CAPITULO IV - CALVARIO
La luz de las estrellas era lo único que iluminaba el oscuro azul noche del cielo. Lucy miraba en silencio hacia arriba, dándose cuenta de que aquellos astros eran en realidad los soles de otras galaxias, que allá afuera había tantos lugares que ver y descubrir; sin embargo, ella estaba atrapada en aquél lugar con un monstruo. Considerando su posición, pensó que tal vez había alguna otra muchacha de diecinueve años que lo estaba pasando aún peor.
A su lado, completamente en silencio, estaba Natsu Dragneel. Dormitaba levemente, aunque manteniendo un oído alerta. Había algo que, extrañamente, hacía que deseara con toda su fuerza proteger a la reina; quizás porque había notado lo rota que estaba su alma, o porque tenía un odio increíble hacia el rey.
Probablemente, ambas opciones eran correctas.
— ¿Cuál era tu nombre? — preguntó Lucy sin dejar de mirar el firmamento.
—Natsu Dragneel, a su servicio— respondió él, sin abrir los ojos.
—Nunca te agradecí por haberme ayudado aquél día.
Natsu miró a la cara de la reina, a pesar de que ella no estaba mirándolo
—No tiene qué agradecer, mi lady.
Estuvieron allí, sin hablar hasta el amanecer.
Entonces, dos guardias aparecieron para escoltar a la reina a sus aposentos, pero Natsu insistió en que él debía acompañarla; simplemente se tomó a pecho la orden que el rey le había dado.
Al llegar, el muchacho del cabello rosa esperó fuera de la habitación, al lado derecho de la puerta.
— ¿Qué es lo que quieres ahora, Jienma? — dijo la reina, mirando a su esposo con la misma actitud déspota que él acostumbraba a tener.
Decidió que era momento de apegarse a su plan de ser un dolor de cabeza, después de todo, si el rey quería tener un heredero, no podría volver a tocarle. Si realmente estaba embarazada de ese monstruo, sería muy fácil para ella hacer su voluntad.
Él sonrió con malicia.
—Ahora mismo irás a ver a una curandera— ordenó, siempre con aquél desplante sórdido; pero algo en su interior comenzaba a impacientarse, le estaba sacando de quicio la actitud que estaba teniendo la muchacha.
—Lo que tú quieras...
Jienma sintió como una fibra de su ser estalló en furia: Lucy jamás había sido tan insolente como para tutearlo.
Decidió no hacer nada, puesto que ella podía estar cargando a su hijo en el vientre.
—... pero a partir de ahora, dormiremos en habitaciones separadas.
Lucy enderezó la espalda y asumió una postura dominante, con los hombros hacia atrás, las manos juntas y el mentón elevado. Por primera vez desde que había llegado a Fiore, sentía que llevaba al toro por los cuernos.
Las manos del autoproclamado rey picaban al ver la altanería con la que su esposa le miraba, pero se encontraba entre la espada y la pared. Lucy le importaba en lo más mínimo, pero era altamente posible que estuviese embarazada (él mismo se había encargado de eso), y no quería hacerle daño a su hijo, que estaba buscándolo desde el mismísimo día en que Minerva nació mujer.
—Además, no quiero que vuelvas a acercarte a mí nunca más— agregó Lucy, para luego voltear y dirigirse hacia la puerta. Paró en seco y miró de reojo hacia atrás, para dirigirle unas últimas palabras a su esposo —Y hoy designaré a un guardia que me acompañará todo el día, todos los días, para que jamás vuelvas a tocarme un pelo. Lo siento, Jienma, me aburrí de jugar con tus reglas.
Jienma miró con impotencia cómo Lucy caminó con gracia y abrió la puerta, para luego retirarse. Había elegido a la joven princesa del Reino de las Estrellas porque era la candidata más manipulable de la lista, pero resultó ser una mujer con un carácter fuerte que, para su desgracia, él mismo hizo salir a la luz.
Al salir, Natsu estaba esperándole.
—Acompáñame, Natsu.
La reina caminó a pasos seguros hacia el ala este del palacio, en donde había una torre de seis pisos. Decidió en el momento que debía tener su habitación lo más lejana posible a la de su esposo. Por su seguridad, aunque más que nada por su salud mental.
Dobló por los pasillos a una velocidad de vértigo, hasta que llegó a la cocina, en donde una persona en la que ella confiaba estaba dirigiendo todos los preparativos para el desayuno real: uno de los mayordomos reales, Fred Eucliffe.
—Fred— llamó la reina. El aludido volteó e hizo una reverencia, siendo imitado por todos los cocineros presentes.
—Mi señora, dígame— contestó el hombre, con una sonrisa, mientras los chefs seguían silenciosamente con sus labores.
—Necesito que envíes a algunos criados a sacar mis cosas de los aposentos del rey, y que los lleven a la habitación en la cima de la torre de seis pisos.
A Fred le pareció muy extraño que la reina se estuviese trasladando a la habitación más alejada del castillo, pero podía imaginar el porqué de la situación. De hecho, pensaba que ella había soportado mucho tiempo junto a él.
—Sí, su majestad.
Lucy se despidió cortésmente y dio media vuelta, para salir del lugar. Nuevamente, con Natsu detrás, se movió a través de los pasillos hasta que fue detenida por otro guardia, enviado por Jienma.
Estaban esperándole para ir a ver a la curandera.
Y fue entonces que Lucy se percató de que seguía con pijama, despeinada y con la cara llena de lágrimas secas. Decidió que no importaba su apariencia, puesto que sus ropas ya debían estar en movimiento hacia la nueva habitación y ella no iba a detener todo el proceso sólo para vestirse, así que optó por dirigirse al baño más cercano, lavarse la cara y peinar su cabello.
Natsu, siempre vigilando su puerta.
Él simplemente había decidido acompañarle aquél día para asegurarse de que nada malo le fuera a suceder, después de todo, el idiota del rey le había dicho que la cuidara.
Una vez que estuvo lista, fue escoltada por el guardia de cabellos rosa hacia la puerta del palacio.
—Mi señora, debo dejarla aquí— dijo el chico, a sabiendas de la regla que prohibía a los caballeros dejar el castillo a menos que hubiese algún conflicto bélico en el que deberían intervenir.
Lucy, consciente de aquello, sonrió a su guardia.
—Es una orden, debes acompañarme—dijo sonriente, demostrándole la amabilidad que la caracterizaba. Ella sólo quería un poco de compañía de la persona que había aparecido en sus peores momentos, se sentía segura con él.
Natsu sonrió con diversión, notando que ella jamás había dado una orden. Y en efecto, ella solía pedir las cosas, no exigirlas.
—Sí, su majestad.
Erza caminaba a pasos rápidos por las calles de Crocus, cubierta por su capucha, escondida entre la multitud, buscando a alguien.
Tardaría en encontrarla porque aquella mujer era una gitana errante casi imposible de hallar. Sólo esperaba que aún siguiera en la capital, como su informante le había indicado, sino, estaría perdida.
Estaba por perder la razón luego de tantas horas de búsqueda, cuando vio a una mujer de largo cabello castaño sentada en una manta, con los ojos cerrados, una botella de vino en la mano y un mazo de cartas en frente de ella.
Debía admitir que casi corrió cuando la vio, pero se controló un poco. Se sentó como que no quiere la cosa en frente de la gitana y retiró su gorra del cabello.
—Ponte la gorra— dijo ella, sin abrir los ojos en ningún momento —Las paredes aquí tienen ojos.
La pelirroja obedeció.
—Cana, necesito tu guía— pidió Erza, completamente serena por fuera, pero muy ansiosa en el interior.
—Dime qué necesitas y yo te lo diré— con la botella en la mano, Cana Alberona abrió un ojo y sonrió ampliamente —Para eso estamos las amigas.
Scarlet se relajó. Escuchar las palabras de su vieja amiga era música para sus oídos.
—El plan ha cambiado, necesito que guíes mis decisiones.
Cana miró sus cartas, pero decidió que no las necesitaba. La clarividencia con la que había sido bendecida funcionaba mucho mejor en las personas que tenían un vínculo con ella, por lo que no haría uso de artilugios.
Tomó las manos de Erza sin su permiso, sabiendo que no lo necesitaba. Entonces, miró hacia el cielo y cerró sus ojos, abriendo sus sentidos.
—Veo en tu camino un aliado poderoso, Erza Scarlet. No esperas que alguien así esté de tu lado, pero te dará todas las herramientas que necesitas para llevar a cabo tu más grande hazaña. No olvides a quienes tienes contigo, porque vienen tiempos difíciles.
— ¿Qué más ves, Cana? Sé más específica.
—Hay gloria en tu destino, mujer, pero no de la forma en la que tú quieres ni esperas. No sirve de nada que planees, porque no serás tú quien acabe con la razón de tus pesadillas. Debes…
Entonces, Cana abrió los ojos de golpe.
—Erza debes irte, ahora— dijo, mirando hacia los lados frenéticamente.
Erza miró a su amiga y comprendió, debía partir rápido.
Sólo alcanzó a esconderse en un callejón cuando pasó por el lado de ella el carruaje real, con la reina adentro. Ella iba acompañada por un joven hombre de cabello rosa.
—Natsu…— murmuró la pelirroja, impresionada. Luego, dio media vuelta y se perdió nuevamente entre la multitud.
Luego de algo más de diez minutos de viaje, Lucy llegó a su destino acompañada de Natsu. Era una simple casita en las afueras de la ciudad, rodeada de naturaleza y tranquilidad. Allí, le esperaba una señora mayor, de cabellos rosa y cara de pocos amigos.
—Pase— dijo a secas aquella mujer, invitando (sin mucho respeto) a la reina a entrar a su casa —Mi nombre es Porlyusica.
Lucy miró de reojo a Natsu, quién sólo le dedicó una sonrisa nerviosa debido a la huraña actitud de la mujer.
La rubia entró sola.
Allí, Porlyusica tenía todo dispuesto para dar una atención digna de la reina, a pesar de que en un principio parecía que solo quería tenerla lejos de allí. La anciana se dirigió directamente a una mesita que tenía allí, en donde estaba preparado té y bocadillos. Preparó una bandeja y fue hacia Lucy.
—Tome asiento— indicó la anciana —Seré sincera, me parece repugnante lo que Jienma le hizo.
Lucy se sintió incómoda por eso, pero evitó decirlo.
—Mi esposo no me ha…
—No lo niegue, Lucy. No sería la primera vez que ese cerdo hace tal barbaridad. Acá puede hablar sin miedo, no hay nadie cerca que simpatice con ese asesino.
— ¿Puedo preguntar por qué odia tanto a Jienma? — preguntó la reina, mientras recibía la taza de té que le estaban ofreciendo
—Tuve una amiga que no vivió precisamente feliz al lado de ese imbécil— contestó la mujer, sin dar más detalles.
No conversaron mientras se servían el té.
Ninguna de las dos comió nada.
—Entonces…— dijo Lucy, intentado romper el hielo
—Le haré un chequeo— contestó la mujer, mientras guiaba a Lucy hacia una sala aparte que cumplía la función de consulta.
Allí, Lucy tuvo que quitarse la ropa.
La curandera comenzó por palpar los pechos; naturalmente eran grandes, pero al tacto se sentían duros, no blandos como es lo normal. Luego, siguió revisando su cuerpo de manera muy profesional, las caderas estaban anchas y el plano abdomen de la reina estaba comenzando a hincharse por la retención de líquidos.
Heartphilia se sentó en una silla de examen, en donde puso las piernas sobre un armatoste. Allí, estaba en una posición extremadamente vergonzosa, pero confiaba en que la mujer sólo tocaría lo justo y necesario. Tenía traumas con respecto a su cuerpo desde que, bueno, Jienma consumó el matrimonio.
Usando un guante, Porlyusica introdujo un dedo en el interior de Lucy. Sólo necesitaba palpar una zona que era crucial para confirmar todas las señales que el exterior estaba indicando.
El cérvix de Lucy presentaba una masa de mucosa flexible que cumplía la función de sellar el útero a la fecundación.
En efecto, la reina estaba esperando a un nuevo miembro de la familia real.
El silencio que se formó en la sala mientras Porlyusica retiraba su dedo del interior de la rubia fue tan, pero tan incómodo que podías escuchar la respiración de cada una y como se había sincronizado con sus latidos.
Si, la anciana era huraña, maleducada y cascarrabias, pero aun así era una mujer sensible.
¿Cómo le dices a una chica, sin importar que sea la reina, que está embarazada del hombre que la violó?
—Su majestad…— dijo la mujer, claramente acongojada al no poder encontrar palabras adecuadas para darle la noticia, que en otra situación sería una nueva feliz, pero que en este caso era una manera de sellar para siempre el destino de una joven con toda una vida por delante.
—Estoy esperando un hijo, ¿verdad? — susurró la reina, quitando la carga de los hombros de Porlyusica. Con la mirada perdida en el techo, sin mostrar ni tristeza, ni enojo, mucho menos felicidad. Sólo estaba ahí, mirando el techo, asimilando lo que ella ya sabía desde la noche anterior. Su ciclo menstrual jamás se había retrasado, Lucy sabía muy bien que un atraso sólo significaba que estaba esperando un bebé.
—Si quiere, puedo guardar el secreto— ofreció Porlyusica, en un susurro tan silencioso que la rubia con suerte lo escuchó, a pesar de estar a medio metro de distancia.
No era necesario decirlo, pero Lucy entendió que la mujer le estaba ofreciendo deshacerse del secreto. Por una milésima de segundo, lo consideró posible. Pero, si no llevaba a término el embarazo, no tendría una manera de escapar de su esposo, por ende, él volvería a hacerle alguna atrocidad.
No quería tener a ese bebé de ninguna manera, pero debía tenerlo para asegurarse de sobrevivir.
Así que decidió tenerlo.
—No es necesario, muchas gracias.
Lucy se puso de pie, se vistió y salió en silencio del lugar. Con la espalda recta caminó hacia el carruaje, sin dirigir mirada ni a su cochero, ni a Natsu. Sólo deseaba que el enredo de pensamientos desapareciera y volver en el tiempo a cuando no tenía ninguna preocupación ni un engendro creciendo en el vientre.
Se sorprendió de pensar en un bebé como un engendro, puesto que ella no era así.
Se encontraba en un lío tremendo. Por una parte, seguía sintiéndose asquerosa por el hecho de haber sido abusada por Jienma, se sentía culpable por no haber querido tener relaciones con él, porque quizás así estaría tranquila con respecto a su situación. Sentía un poquito de ternura por el bebé que cargaba en el vientre, pero también creía que era un castigo llevar al hijo de aquél monstruo. Pensaba que aquél bebé sería igual de desalmado que su padre en el futuro. Incluso sentía que quería matar a sus padres por no impedir que algo así pasara, por no haberse quedado con ella en Fiore, los odiaba a ambos por haberse ido el día después del matrimonio.
Estaba tan, pero tan enfrascada en sus pensamientos, que no supo en qué momento llegó a su nueva habitación.
— ¿Necesita algo más? — preguntó Natsu, desde la puerta. Él había tomado disimuladamente a la reina del brazo para guiarle, porque no parecía estar en el planeta tierra, hasta su habitación.
Ella volteó y miró a su interlocutor. Aquel muchacho, que parecía tener su edad, había estado con ella el día después del matrimonio, el día en que su alma había sido quebrada por su esposo; y también había estado cuando se enteró de que traería al mundo al hijo de Jienma.
Era el candidato perfecto a guardaespaldas.
Así que decidió olvidar por un momento su penuria y hacerle una pregunta al chico: dependiendo de la respuesta, se convertiría en su mano derecha o ella se encargaría de enviarlo a las catacumbas.
— ¿De quién es tu lealtad, Natsu Dragneel, del rey o mía?
CAPITULO IV: CALVARIO - FIN
Hola! Cómo están? Espero que muy bien!
Me ha encantado escribir este cap, lo disfruté (creo que tengo problemas) XD
Quiero contarles una pequeña cosita: La actitud de Lucy está basada en la actitud de la Reina Elizabeth II, en la serie The Crown. Dios, que buena actuación que hizo Claire Foy, les recomiendo la serie!
Bueno, me marcho ya... espero que les haya gustado este capítulo tanto como a mí me gustó escribirlo; si es así, déjenme una review, no les cuesta nada n.n
Adios!
