Capitulo V: Infiltrada

— ¿De quién es tu lealtad, Natsu Dragneel, del rey o mía?

La mirada castaña de Lucy se encontró con los ojos verdes de Natsu. A él no le tomó mucho trabajo decidir a quién pertenecía su lealtad, puesto que el rey no era precisamente una persona apta para depositar confianza.

Por lo que se arrodilló en frente a la reina, sacó su espada del cinturón dejándola horizontalmente frente a él y puso su mano derecha sobre su corazón, inclinando la cabeza, demostrando la posición sumisa y vulnerable del caballero que confía en su autoridad.

—Suya, su majestad. Mi lealtad ha sido suya desde el momento en que pisó este palacio, y juro, por sobre mi juramento como caballero, protegerle a usted antes que a nadie.

Heartphilia soltó el aire que había contenido en sus pulmones sin darse cuenta. Los caballeros tenían prohibido volver a jurar algo, porque su vida debe estar siempre a disposición del rey. Al jurarle lealtad, Natsu estaba rompiendo sus votos de caballero. Y ella estaba muy nerviosa por aquello, porque era dar un paso del que no podía arrepentirse.

Por lo que, honrando la voluntad del muchacho, tomó la espada que él le había ofrecido y apoyó la hoja en el hombro izquierdo de él.

—Con el poder divino que se me ha otorgado…— comenzó la reina, moviendo lentamente la espada hacia el otro hombro del caballero. Lo hacía con torpeza, ya que nunca había nombrado a un caballero antes; por poco corta la cara de Natsu en el proceso —… te nombro a ti, Natsu Dragneel, Caballero de la Santísima Orden de Protección a la Reina, extinta al asumir Jienma de la Casa Orland, y revivida por ti.

Y era cierto, la legítima familia real tenía asignados a tres caballeros, que anteriormente eran conocidos como mosqueteros, para la protección y vigilancia continua de la reina. ¿Por qué de la reina y no del rey? Porque la reina debía educar a los herederos que vivieran en caso de que el monarca falleciera antes de que ellos tuvieran edad para asumir el trono. Por lo mismo, los caballeros peleaban ese puesto, y al romper su juramento inicial, le ofrecían a la reina sus espadas: si el juramento de lealtad ofendía a la reina, ella tenía el derecho de ejecutarlos; en caso contrario, honraba su petición y los convertía en sus caballeros personales, sus guardaespaldas.

Lucy había recordado aquello, pues lo había leído en algún libro del palacio en sus tiempos de ocio.

—Dios salve a la reina— contestó Natsu, sintiéndose halagado porque su juramento había sido aceptado por ella.

En general, Natsu era un idiota de cuidado, insensible y cuando menos, torpe. Pero toda la vida había querido ser caballero, desde su tierna infancia en la poco acogedora Tierra de Sangre, donde aprendió todo lo que sabía y dejó su hogar con el fin de convertirse en caballero. Llevaba tres años viviendo en Crocus, bajo las órdenes de Jienma.

Allí comenzó su odio por él, al ver cómo golpeaba a algunos de sus compañeros hasta saciar su sed de sangre. A pesar de que ambos venían del mismo lugar, Jienma era de esas personas despiadadas que hasta la gente oriunda del Desierto Rojo evitaba.

Podía tolerarlo y entender su naturaleza violenta, pero el punto de no retorno llegó cuando encontró a Lucy desnuda, ojerosa, despeinada y con las piernas ensangrentadas luego de la noche de bodas. Su padre le había enseñado que las mujeres son los seres más hermosos del planeta y que, aunque les puedes gastar mil bromas pesadas, hacerles un daño así era imperdonable.

Por eso, Natsu decidió que juraría su lealtad a la reina en cuánto se le diera la ocasión.

—Puedes retirarte, quiero estar sola— dijo Lucy, una vez que él se puso de pie.

El caballero salió de la habitación, pero permaneció junto a la puerta. Se dio el lujo de sentarse a pesar de que no debía hacerlo, vigiló durante horas el pasillo, permitiendo la entrada Sting, quien llevaba el almuerzo para la reina.

Sting cargaba una sencilla bandeja llena de deliciosos manjares, había insistido en llevarla él mismo para así poder conversar con ella unos minutos, y esta vez se había asegurado de almorzar antes para no comer junto a ella. Le costó comprenderlo, ya que a nadie jamás se le pasó por la cabeza hacer semejante estupidez como sentarse a comer con alguien de la realeza siendo solo un plebeyo.

Aprovecharía de pedir disculpas.

—Muchas gracias, Sting— dijo Lucy en cuanto le recibió la bandeja, estando recostada en su cama. Sentía ganas de morir en aquél momento, ya que recién, después de muchas horas, estaba asumiendo el peso que consistía llevar en el vientre al hijo de Jienma.

Aunque debía admitir que ver al niño rubio le subía el ánimo.

—Alteza— respondió el niño, y luego hizo una reverencia —Discúlpeme por haber comido de su almuerzo.

Lucy soltó una carcajada.

—No te preocupes, no hay problema.

Sintiéndose relajado, el niño decidió retirarse para dar privacidad a la reina.

Lucy era consciente de que, al final, lamentar su embarazo no le serviría de nada; pero no podía evitar sentir el pesar de cargar a aquél bebé en su vientre.

Siempre imaginó que cerca de sus veinticinco iba a casarse con algún aristócrata de su reino, que simpatizara con el viejo cascarrabias que era su padre, pasaría unos tres años con él y luego, después de una gran y alegre fiesta, se pondría en campaña para tener hijos. Su plan era tener cuatro, darles nombres históricos y ser una familia feliz.

El cómo terminó, a fin de cuentas, era una burla para toda su inocencia infantil.


Tres largos meses habían transcurrido ya.

Lucy se había acostumbrado a la idea de tener al hijo de Jienma, aunque eso no quería decir que se hubiera encariñado con él.

Natsu ahora vestía un uniforme apto para atacar rápido en caso de necesitar defender a la reina, dejando de lado la armadura plateada de los Honorables Caballeros de Fiore. Constaba de unos pantalones color chocolate, botas con punta de hierro, una camisa sorprendentemente elasticada, un chaleco gilette de color rojo y una corbata negra que claramente no sabía arreglar, pero le ponía empeño para al menos verse decente.

Sting había comenzado su entrenamiento como caballero.

Minerva había desaparecido del castillo. Todos desconocían sus razones, pero la verdad era que ella ya no podía soportar la culpabilidad con respecto a las atrocidades cometidas por su padre, por lo que escapó hacia algún reino vecino.

Aquella tarde en particular, tanto Lucy como Jienma estaban sentados en el salón del trono, esperando a que las personas llegasen aunque ambos sabían que eso no iba a pasar.

A esas alturas, Lucy sólo interactuaba con su marido en actos oficiales y cuando estaban en el salón del trono.

Si ella necesitaba alguna cosa, Fred Eucliffe se había ofrecido para conseguirlo luego de enterarse de toda la historia de cómo fue concebido el príncipe o princesa. Esa era una historia que se mantenía en secreto, pero una tarde la reina decidió contárselo; por ende, las únicas personas que tenían conocimiento sobre eso eran Natsu, Fred, Minerva, Jienma y Lucy.

— ¿Cómo va todo? — dijo Jienma, sin mucho interés, sólo le interesaba saber sobre el embarazo

—Bien— y Lucy lo sabía, por lo que decidió darle algunos detalles más —Porlyusica dice que está creciendo sano y que es muy inquieto para estar recién formado.

— ¿Será un niño? — preguntó el rey, queriendo confirmar cuanto antes lo que él quería

—Es imposible saberlo hasta que nazca.

El enojo se hizo claramente presente en la cara de Jienma, pero no podía hacer nada. Estaba atado de manos.

Natsu, que en ningún momento se separaba de la reina, estaba de pie justo detrás de su trono, con una mano disimuladamente puesta sobre la empuñadura de su espada, escuchando la conversación. La reina y su caballero se tenían mucha confianza, y para ella no era menor su compañía. Ambos reían juntos, tomaban té y se llevaban muy bien, por lo que a esas alturas, para la rubia era muy raro notarlo tan serio.

Unas cuantas horas después, Lucy estaba sentada en un banquillo del jardín del palacio, disfrutando del agradable sol del atardecer. De pie, Natsu le hacía compañía, como siempre, pero mirándola notó un detalle que llamó especialmente su atención.

—Está empezando a notársele el vientre, Lucy— si, era incorrecto e irrespetuoso, pero él ya la llamaba por su nombre.

Ella miró hacia su estómago y se dio cuenta de que, en efecto, si que se empezaba a notar.

—Por la mañana había visto que si, pero no esperaba que se notara con los vestidos aún— dijo, restándole importancia.

—Es un niño— dijo Natsu con seguridad. Tenía la certeza de que un príncipe estaba creciendo allí

—No podemos saberlo hasta que nazca, ya lo sabes.

—Le estoy diciendo que es un niño— contestó Natsu, enojándose por la siempre presente terquedad de Lucy.

Y en efecto, era un niño.

Natsu lo sabía porque, bueno, tenía un olfato demasiado poderoso.

Mientras, Sting estaba en el fuerte de los caballeros, un recinto ubicado cerca del palacio. Era entrenado por el Caballero Comandante Sir Lahar y su teniente, Sir Doranbolt.

De todos los aspirantes a caballeros, solo Sting y otro chiquillo de cabello negro y actitud tímida eran niños; los demás, bueno, parecían tener desde quince hasta veinticinco, y por lo demás eran bastante intimidantes.

Por lo que el pequeño amiguito de la reina decidió acercarse a su coetario durante el descanso, para conversar.

— ¡Hola! — saludó Sting en cuanto se acercó al chico, que comía su almuerzo solo en una esquina del comedor

—Hola— contestó el niño, sorprendido. Él también quería conversar con el rubio, pero no sabía cómo hacerlo.

—Me llamo Sting Eucliffe, ¿puedo sentarme? — la pregunta sobraba, puesto que ya se había sentado en frente del chico — ¿Cómo te llamas?

—Soy Rogue Cheney— contestó el niño, ya más cómodo con la irrupción de Sting en su almuerzo.


Ese mismo día, por la noche, una sombra saltó por uno de los muros del palacio real, infiltrándose con éxito.

Aquella noche, fría como nunca, la reina era custodiada por su mayordomo, Fred.

La sombra caminaba con cautela por el borde de los jardines del palacio, buscando a alguien.

—Creo que es la primera vez que te descubro cuando te infiltras, Erza— dijo una voz a sus espaldas, sorprendiendo a la pelirroja. Ella volteó rápidamente, con cuchilla en mano.

—Casi me matas del susto, Natsu— dijo ella, reconociendo a su amigo. Respiró tranquila al ver que no se encontraba en peligro.

Natsu tomó a Erza de los hombros y la guió hacia un asiento escondido detrás de los arbustos.

—Lucy está esperando un niño— informó Natsu

—Y mandó todo el plan a la basura.

—No es culpa de ella, la obligaron.

—Pareces muy amigo de la chica.

—Pues sí.

— ¿Qué hacemos?

—La única solución que veo es esperar hasta que el príncipe nazca.

—He esperado quince años, Natsu, no puedo esperar más.

—Debes hacerlo, Erza, o serás de la misma calaña que él.

—Mi padre murió por su culpa.

—Y también mi madre, pero si llevas a cabo el plan ahora deberás tomar el trono y no es eso lo que queremos.

Erza tomó un respiro, se estaba enojando demasiado de sólo empezar a recordar el momento en que Jienma Orland, oriundo del Gran Desierto Rojo, tomó el trono del reino luego de seguir un camino de sangre y matanza que comenzó en la Tierra de Sangre.

La Tierra de Sangre era la localidad asentada en el Desierto Rojo, lugar de donde residían los peores bandidos y los guerreros más orgullosos.

Pero eso era otra historia.

—Esperaré— dijo finalmente la pelirroja, para ponerse de pie y desaparecer entre las sombras.

Capitulo V: Infiltrada - Fin

Hola! Sé que es cortito pero considero que fue mejor así, para qué más?

Ojalá les esté yendo bien a todos!

Me marcharé ahora, tengo compromisos de la universidad ahora, nos vemos en cuanto se pueda!

Bye bye!