Capítulo 1

La oscuridad de la habitación la envolvió en cuanto abrió un pequeño ápice de la puerta. Su paciente yacía sobre la cama, envuelto en un mundo probablemente idéntico a aquel lugar lúgubre.

La enfermera Inoue lo observó un instante desde el marco de la puerta, y suavemente dijo:

—Buenas tardes, señor Kurosaki.

Silencio. Podía haber sido un muerto.

Llevaba los ojos vendados desde que tuvo el accidente en el que casi se muere.

Orihime sabía que las lesiones eran más que graves. Observó sus manos tan inmóviles como el resto de su cuerpo. Esas manos grandes y crueles, como él mismo. Ichigo Kurosaki le había demostrado el alcance de su poder, y seis años después yacía frente a ella una vez más, pero indefenso, lastimado e incapaz de valerse por sí mismo.

Orihime Inoue tomó fuerza de algún lugar desconocido dentro de ella. Era enfermera y había jurado proteger a los enfermos y a los indefensos, y ese hombre reunía las dos condiciones. No importaba que él hubiera destruido su brillante futuro junto al hombre más maravilloso que alguna vez conoció y la hubiera condenado a la soledad. Su trabajo era cuidar de él.

—No quiero más enfermeras —dijo el hombre, su tono autoritario parecía no más que un recuerdo.

—Lo sé. Me lo dijeron en la agencia.- Respondió ella impasible.

—Las dos últimas huyeron.

—Quiere decir que se fueron indignadas.

Ichigo Kurosaki refunfuñó.

— ¿También se ha enterado de eso?

—El jefe de la agencia me lo contó todo. Dijo que le parecía justo advertírmelo.

—Así que usted será la única culpable por no haberle hecho caso.

—Así es. Soy la única culpable.

—Me pregunto cuánto tardará en marcharse.

—Más de lo que se imagina —creía que lo mejor sería mantener la distancia con su paciente. Compadecerse de él solo serviría para hacerlo enfadar. Había llegado al límite de su paciencia y estaba a punto de sobrepasar la cordura.

Ella echó una ojeada a la habitación. Los muebles y la cama eran de roble. La alfombra y las cortinas eran marrones.

Era un dormitorio muy masculino. El hombre que vivía en aquella casa gastaba muy poco en cosas personales. Era un hombre duro. Un hombre desconsolado.

— ¿Y cuál es su nombre? —preguntó él. Quizás por cortesía.

—Enfermera Inoue.- Respondió ella manteniendo su tono plano y completamente impersonal.

—Me refiero a su nombre de pila.

—Creo que, de momento, será mejor que me llame enfermera Inoue.

—No quiere que la tutee, ¿no?

—Así le resultará más fácil gritarme.

—Supongo que sí. Dígame cómo es.

—Llevo un uniforme blanco y unos zapatos negros.

Ella intuyó que él estaba intentando imaginarse su cuerpo.

— ¡Eres de las buenas! —comentó.

—Estoy aquí para ayudarlo, señor Kurosaki. Eso es lo que importa. Quiero verlo en pie y caminando, como antes.

— ¿Y cree que eso puede ocurrir? ¿Ha leído los informes? —preguntó él. Su tono denotaba tantas aprehensiones que Orihime temió haber sido en algún punto engañada sobre la gravedad del asunto.

—Sí.- Dijo.- El establo se prendió fuego. Usted fue a rescatar a un caballo y el tejado se desplomó encima suyo.

Ichigo lanzó un bufido que en cualquier otra persona hubiese sido un sollozo.

—El caballo ni siquiera estaba allí. Alguien ya lo había sacado.

Orihime había oído la historia tantas veces como enfermeras habían atendido a Ichigo. En todas aquellas ocasiones llegaba a la conclusión de que no era la clase de accidente en la que le imaginaba envuelto, para alguien como él era tan fácil como enviar a un peón de poca monta.

—Es duro tener que pasar por todo eso para nada. Tuvo suerte de que no se hizo quemaduras graves.

—Sí, todo el mundo me dice que tuve mucha suerte —dijo él, como si no se tragase una sola palabra de ello. Cualquier persona con un poco más de suerte no habría resultado lastimada en un accidente tan fácil de evitar.

Orihime no podía hacer más que sonar todo lo conciliadora posible. Después de todo, una persona así de deprimida carecía del coraje para enfrentar una recuperación tan larga y tan dura.

—En cierto modo, lo protegieron las vigas que le cayeron encima. Gracias a ellas, las quemaduras han sido superficiales y han cicatrizado. Igual que sus costillas. Tiene la espalda dañada y la vista, pero, con suerte, eso no durará mucho tiempo.

Ichigo sonrió de lado, sin un ápice de alegría.

—Me habla igual que todo el mundo. Pero tampoco se lo cree.

Era cierto. Ella no creía que él pudiera recuperar la vista ni la movilidad. Pero él tenía que creerlo por si acaso había alguna posibilidad.

—Creo que puede conseguirlo si todos lo intentamos —dijo ella—. Y eso es lo que vamos a hacer.

Él se tapó las vendas de los ojos con las manos. Orihime notó que sus palabras mecánicas no surtían efecto alguno y al contrario, solo le alteraron tanto más.

— ¡Márchese, por favor! -dijo con voz temblorosa—. Déjeme tranquilo.

—Por supuesto —ella cerró la puerta con fuerza para que él notara que se había marchado.

La señora Matsumoto, el ama de llaves, la esperaba en el pasillo.

—Sus maletas están arriba —dijo—. Le mostraré el camino.

Orihime había decidido visitar a Ichigo antes de subir a su dormitorio. Siguió a la mujer por el pasillo y, de repente, se dio cuenta de dónde la llevaba.

—Esta habitación... -dijo ella.

—Es la mejor habitación de invitados -dijo la señora Matsumoto y abrió la puerta—. Le subiré un té —y se marchó. Dejando a Orihime nadando en un mar tempestuoso de sucios recuerdos.

La habitación era enorme. En el centro tenía una cama con dosel. Había un tocador, una mesa, una silla y un cómodo sillón. Las ventanas tenían unas cortinas que llegaban hasta el suelo. Todo estaba igual que seis años antes, la última vez que ella durmió allí.

Hasta ese momento, había conseguido controlar los recuerdos, pero en aquella habitación no fue capaz de hacerlo.

Era como si Kaien estuviese con ella, joven y guapo, lleno de amor y entusiasmo, como el primer día que la llevó a esa casa y la presentó como su futura esposa. Iba conduciendo su coche deportivo con un brazo alrededor de los hombros de ella.

Atravesaron la avenida de robles y cuando vieron la casa, ella exclamó:

—Kaien, nunca lo hubiera imaginado... ¿esa es tu casa?

— ¿Cuál es el problema?

—Nunca había estado en un sitio como este. Me crié en una de esas casas destartaladas que hay a las afueras del pueblo. Mi madre trabajaba limpiando en la fábrica de tu padre.

El soltó una carcajada.

—No, ¿de verdad? Cuéntame.

—Solía hacer el turno de mañana. Un día me llevó con ella. Estaba prohibido, pero si no me habría tenido que quedar sola en casa. Pero tu hermano me vio.

— ¿Ichigo? ¿Quieres decir que ya lo conoces? ¿Crees que se acordará de ti?

—Yo tenía ocho años. No me reconocerá. Y prométeme que no se lo dirás.

—Lo prometo.

—Pon la mano sobre tu corazón. Oh, cariño, no tenía que habértelo contado.

—Querida, eso me hace mucho daño. Si no confías en mí, ¿en quién vas a confiar?

—Oh, no quería decir eso. De verdad. Claro que confío en ti, ¿pero no te das cuenta? No pertenezco a este sitio.

—Pero estamos hechos el uno para el otro -dijo muy serio.

Lo amaba desesperadamente.

Cuando se aproximaron a la casa vieron a un hombre en la entrada. Ella lo reconoció a pesar de que cuando lo vio en la fábrica solo era un adolescente. Era Ichigo Kurosaki.

Era alto y de complexión fuerte. Tenía la piel bronceada, como si pasase mucho tiempo al aire libre, y el pelo de un naranja pálido. Llevaba unos pantalones de montar y una chaqueta de lana. Estaba de pie en las escaleras y parecía un patriarca observando sus dominios.

— ¿Cómo está, señorita Inoue? —dijo con voz aguda. Ella tuvo la sensación de que el tono era burlón, como si se mofase de su apellido vulgar.

Le dio la mano para saludarlo. El la agarró con fuerza, como transmitiéndole que él tenía el poder.

Ella recordaba muy bien su primera tarde en Kurosaki Manor. Era la primera vez que estaba en una casa en la que la gente se ponía elegante para cenar. Por lo menos, ella pudo estar a la altura de las circunstancias ya que tenía un vestido largo y unos pendientes de zafiro que le había regalado Kaien. Estaba muy guapo con el traje de chaqueta y la corbata negra que llevaba. Pero, aunque lo mirara con buenos ojos, la figura de su hermano le hacía sombra.

Kaien tenía veinte años, era de palabra fácil, delgado y de aspecto aniñado. Ichigo tenía veintiocho años, razonaba sus comentarios y despedía un aura autoritaria, de manera que las personas sabían de su poderío sin mayores presentaciones.

Kaien la encandilaba. Ichigo la atemorizaba.

Se parecían ligeramente. Ichigo era de facciones duras, su boca y su barbilla dejaban ver que se impacientaba ante la gente que no estaba de acuerdo con él. Sin embargo, su boca también tenía algo que reflejaba humor, sensualidad y encanto.

Deko se ponía nerviosa cuando él la miraba, parecía que sus ojos se tragaban la luz para no dejar ver sus pensamientos.

Las paredes del comedor estaban decoradas con los retratos de los antepasados de la familia Kurosaki. Ella estaba segura de que no utilizaría los cubiertos adecuados o de que rompería alguna de las copas de cristal. Pero no le fue tan mal como esperaba.

Ichigo conversó con ella de manera cordial, y no dio muestra alguna de haberla reconocido. Después de enseñarle la casa, se sentaron en la biblioteca.

— ¿Y cómo conociste a mi hermano? —preguntó Ichigo y le tendió una copa de jerez.

— ¿No te lo ha contado Kaien?

—Me gustaría escuchar tu versión. El tiende a... ¿adornar las cosas?

—Tiene mucha imaginación -dijo ella. Quizá a Ichigo no le gustaba que su hermano fuera así, pero a ella le encantaba.

—Mucha —repitió Ichigo sonriente. Ella también sonrió, y durante un instante hubo un momento de comprensión entre ambos.

—Yo estaba trabajando en una zapatería -dijo ella desafiante—. Y Kaien entró a comprarse unos zapatos.

Estuvo dos horas y se marchó con cinco pares, según le dijo a Deko esa misma noche, porque no podía dejar de mirarla.

— ¿Has trabajado en alguna otra cosa? —preguntó Ichigo.

—Iba a estudiar para enfermera, pero mi madre se puso enferma y me quedé cuidándola hasta que murió.

— ¿Y después no comenzaste tus estudios?

—Bueno, entonces conocí a Kaien -dijo ella con una amplia sonrisa.

Miró Ichigo y vio que él la miraba fijamente.

— ¿En que trabaja tu padre? —preguntó él.

—Falleció hace diez años.

Yusuke Inoue se cayó a una zanja cuando volvía borracho a casa, se quedó dormido en el agua y nunca más despertó. Ella imaginaba lo que pensaría de esa historia un hombre tan estricto como Ichigo.

Deko vio que Ichigo fruncía el ceño mientras la escuchaba. De repente, él se acercó y dijo:

—Eres la hija de Mebuki Inoue. Al principio no quise creerlo...

Así que la había reconocido.

—Sí, así es.

—Y nos conocimos en la fábrica. ¡Bueno, bueno! ¿Un poco más de jerez?

Ella dio un sorbo y él preguntó de repente:

— ¿Por qué has elegido ese vestido?

La pregunta pilló a Deko desprevenida y ella contestó con sinceridad.

—Lo eligió Kaien.

—Me lo suponía. Imagino que también lo pagaría él.

—Yo no se lo pedí...

—No digas nada más. Conozco a mi hermano. Ese vestido es demasiado moderno para ti.

—Pensé que sería el apropiado —balbuceó ella.

—Quieres decir que querías vestirte con elegancia para parecer lo que no eres. ¡Qué idea más ridícula! ¿A quién crees que vas a engañar?

Al ver que ella se sonrojaba, él añadió con un tono más suave:

—No te lo tomes tan a pecho. Soy un hombre sencillo, un hombre duro, y digo las cosas claras. Y hablando en plata, Kaien y tú os equivocáis.

—No puedes decir eso si solo nos has visto una tarde.

—Podría decirlo en solo un minuto.

Por suerte, Kaien entró en aquel momento. Ichigo no dijo nada más y Kaien y ella se fueron a dar un paseo por el jardín.

—Sabe quién soy —dijo ella—. Me ha reconocido. No tiene gracia... —dijo cuando Kaien soltó una carcajada.

—Lo siento, cariño. ¿Qué ha dicho?

—Ha dicho: «Eres la hija de Mebuki Inoue, no puedo creerlo». Oh, Kaien ¿sabes lo que eso significa? Se dio cuenta en la cena y no dijo nada.

— ¿Te ha dicho por qué se ha dado cuenta? —preguntó Kaien con curiosidad.

—No. ¿Y qué más da? Se ha reído de mí todo el rato.

—Le gusta quedar por encima de todo el mundo. ¿Qué más te ha dicho?

— ¿Te parece poco? Me desprecia porque no tengo un pasado honorable.

La risa de Kaien resonaba aún en su cabeza. Qué joven tan encantador y qué generoso.

— ¿A quién le importa el pasado?

Se llamaba Orihime Dekorin, pero Kaien la llamaba Deko, de Dekorin, pero también de...

—Deko de Cenicienta —bromeó él—. Mi pequeña cenicienta —su pobreza le encantaba—. Me encanta regalarte cosas —le dijo aquella noche mientras paseaban bajo los árboles—. Voy a cubrirte de diamantes.

—Pero yo no quiero diamantes. Solo tu amor, cariño. Nada más que tu amor.

—También te lo daré. Atado con un gran lazo y junto a todo lo que pidas.

Llena de placer, apenas se percató de que habían llegado a la casa. Vio que Ichigo estaba junto a las escaleras y que había escuchado las extravagantes promesas de Kaien. Como ella habló en voz baja lo más seguro es que Ichigo no escuchase su respuesta.

Antes de que Ichigo se volviera, ella vio que su expresión era de enfado.

Ichigo nunca mencionó nada acerca de lo que había oído, pero dejó claro, en más de una ocasión, que Kaien dependía económicamente de él. Kaien lo confirmó.

—Heredé lo que me dejó mi padre, pero Ichigo me lo administrará hasta que yo cumpla veinticinco años -dijo encogiéndose de hombros—. ¿Y qué? ¿Cómo va a evitar que utilice mis tarjetas de crédito? Y cuando me gaste el dinero, ¿cómo va a negarse a pagar? Después de todo, es mi dinero. No te preocupes por eso.

Era su filosofía de vida. No había que preocuparse. Y en cierto modo, las cosas siempre le salían bien. Era fácil creer que siempre sería así, sobretodo porque ella estaba hechizada por él.

Deko sabía que no era una casualidad que sus dormitorios estuvieran en los lados opuestos de la casa. Las precauciones de Ichigo eran innecesarias. La chica aún no se había ofrecido por completo al hombre que amaba, y como él respetaba sus deseos, ella lo amaba aún más. Pronto llegaría el día en que compartiesen sus cuerpos igual que compartían su alma y su corazón.

Así que la decisión de Ichigo de mantener a su hermano lejos de la cama de ella era un insulto. No podía haberle dicho más claro que la consideraba una persona interesada. Al menos se lo había oído decir cuando, por casualidad, halló a los dos hermanos conversando.

—Pequeño idiota. Ni se te ocurra acercarte a su cuarto... Lo último que quiero es que dejes embarazada a esa chica...

Deko desapareció antes de que ellos la vieran. Le hubiera gustado desaparecer de Kurosaki Manor. Pero, gracias a su fuerza interior, decidió quedarse y luchar por su amor. Incluso contra Ichigo Kurosaki. Y sabía que era un gran adversario.

— ¿Por qué no devuelves a Kaien al mar? —Le preguntó Ichigo en una ocasión—. Encontrarás otro pez más adecuado para ti.

—Nunca amaré a nadie más que a Kaien.

—Entonces eres tonta.

— ¿Y Kaien? ¿Él también es tonto? —preguntó ella con más valor del que sentía.

—Sí, porque cree en la misma clase de amor que tú. Yo ya sé cómo se apasiona. Le encanta ser romántico, colocar a la chica en un pedestal, comprarle regalos, todo sin pedir nada a cambio.

Lo dijo con tanta ironía que a ella le entraron ganas de vengarse.

—No puedo imaginarme que tú no pidas nada a cambio.

—Entonces, se te da bien juzgar a las personas. El romanticismo está muy bien, pero soy yo el que después tiene que recoger los pedazos de corazón roto.

—Te equivocas. Entiendo que te preocupes por tu hermano, pero yo no voy a romperle el corazón...

—Solo su cuenta corriente, ¿no?

—Es un poco malvado pensar eso...

—Mira, he visto algunos de los regalos que te ha hecho... los ha comprado con el dinero que no tiene.

—No se lo he pedido.

—Seguro que no. No hace falta que lo hagas. Disfruta siendo espléndido. Bueno, yo también puedo ser generoso... con una finalidad —mencionó una cantidad de dinero.

— ¿Estás intentando comprarme? —preguntó ella con rabia.

—Tómatelo como quieras. Es una buena oferta.

— ¿Y mi autoestima? ¿Cómo voy a recuperarla?

—Es una buena estrategia, subiré un poco la oferta, pero no mucho.

—Aunque me ofrecieras el doble, no me interesa.

—No, no exageres. No voy a doblarla.

Se dio la vuelta furiosa, dispuesta a alejarse. Pero en el último momento decidió girarse para mirarlo a los ojos.

Deko acostumbraba a levantarse temprano para ver el amanecer desde su ventana en la finca Kurosaki. Ese instante le hacía olvidar toda la tensión acumulada que estropeaba su estancia en aquel sitio maravilloso.

Aquella mañana vio a Ichigo montado en zangetsu, un semental negro. Kaien lo había descrito como «una bestia feroz que intenta matar a todo aquel que se le acerca», pero Ichigo lo montaba como si fuera un pony.

Controlaba a la bestia sin esfuerzo y la camisa que llevaba hacía resaltar sus músculos.

«Cree que puede controlarlo todo», pensó ella, «las tierras, su hermano, el mundo entero. Pero no dejaré que me controle».

Un instante más tarde, él se detuvo bajo su ventana.

— ¿Sabes montar? —gritó mirando hacia arriba.

—Yo... Sí —contestó ella.

—Bien. Te buscaré una montura.

Había cometido un gran error. Su madre trabajó una vez para un hombre que tenía un viejo pony. El dejaba que la niña jugara con el animal, ella aprendió a ponerle la silla y lo montaba mientras deambulaba de un lado a otro. Pensaba que eso era montar a caballo.

Le dieron un caballo de verdad, de los que hay que montar con decisión. Ella no sabía cómo hacerlo.

Siempre se avergonzaría de lo que ocurrió después.

El caballo no la obedecía, iba por donde él quería y Deko se sentía cada vez más humillada. Intentó dominar la situación, pero el caballo salió trotando hasta el riachuelo, se detuvo de golpe y Deko acabó en el agua.

Ichigo la ayudó a salir.

— ¿Por qué dijiste que sabías montar? —preguntó enfadado.

—Sé montar, pero no un animal como ese —insistió ella y se quitó la chaqueta empapada. Debajo llevaba un jersey blanco, que también estaba empapado.

— ¿A qué te refieres con «un animal como ese»? —gritó él—. Es un caballo. Tiene cuatro patas y no tiene cuernos. Es para que lo monte un niño, siempre y cuando el niño sepa montar. ¿Dónde has aprendido? ¿En un caballito de madera?

— ¡Basta! —gritó ella—. ¡Deja de intimidarme!

— ¿Intimidarte, niña estúpida? Intento evitar que cometas el error más grande de tu vida —parecía que había perdido el control. La agarró de los hombros con fuerza—. Deja de pretender ser lo que no eres, ¿has oído? Vete de aquí. Kaien no es el hombre adecuado para ti.

—Eso lo diré yo. Kaien me quiere y yo lo quiero —él la sacudió con fuerza. Ella intentó soltarse pero no pudo.

— ¿Qué sabes tú del amor?

Se miraron fijamente. Ambos estaban furiosos. Deko era de naturaleza dulce y tranquila, pero, de repente, dejó de contenerse y demostró su ira. Se quedó sorprendida. Y su enemigo también. Podía verlo en sus ojos.

— ¡Eh!

La voz de Kaien los sorprendió. Ichigo masculló algo y la soltó. Ichigo se bajó del caballo, se quitó la chaqueta y se la puso a ella. Ichigo montó de nuevo y se alejó galopando y sin mirar atrás.

Aquella tarde, Kaien grabó sus iniciales en el tronco de un roble, la besó y dijo:

—Podía haberle dado un puñetazo por sujetarte así. ¿Sabes que estabas casi desnuda?

Ella se sonrojó y se rió.

—No tienes que tener celos de tu hermano. Es el último hombre en el que me fijaría. No sé cómo puede gustarle a las mujeres.

—Ichigo sabe ser agradable, cuando quiere. Pero cuando quiere ser desagradable...¡cuidado!

—Y ahora quiere ser desagradable —murmuró ella—. Pero eso no cambiará nada entre nosotros, ¿verdad?

—No lo permitiremos —le aseguró él.

Había confiado ciegamente en que Kaien resolvería cualquier problema. Pero Ichigo se las arregló para separarlos como se había propuesto.

Ella no se imaginaba que pudiera hacerlo de manera tan cruel y malvada.

Ichigo sabía que estaba loca por haber regresado al lugar donde todas las cosas le traían recuerdos amargos. En un principio, no quiso aceptar el trabajo y se lo dieron a otra persona. Pero la enfermera tuvo un problema familiar y la directora de la agencia le pidió a ella que ocupara el puesto. Decidió que quizá era el momento de enfrentarse a viejos fantasmas.

La recibió la señora Gakure, que trabajaba desde hacía mucho tiempo para los Uchiha y que estaba ausente la primera vez que Sakura fue a aquella casa.

Decidió no decirle a Ichigo quién era. Inoue era un apellido común y además él no la reconocería por el nombre de Orihime, ya que siempre la había llamado Deko.

Lo hacía por su bien. Decirle la verdad solo serviría para ponerlo más nervioso, y ya tenía bastantes problemas.

Ella también estaba nerviosa. Había prometido que regresaría y así lo había hecho, desafiando el mandato de Ichigo de que se mantuviese alejada de su familia.

Había hecho esa promesa guiada por el dolor y la pasión, pero con el paso del tiempo la pasión se había desvanecido y Deko decidió trabajar día y noche para convertirse en enfermera.

No tenía vida social. No quería saber nada del amor. Mientras las otras chicas salían con chicos, ella estudiaba, y así llegó a ser la primera de la clase.

Se convirtió en una mujer desenvuelta y elegante. No tenía nada que ver con la chica vulgar que había ido a Kurosaki Manor.

O eso creía, hasta que vio a su enemigo otra vez.

Recordó la primera vez que lo vio y como ella se agarraba a la mano de Kaien para sentirse segura. Después pensó que era la enfermera Inoue, muy cualificada y con muchas ofertas de trabajo. E Ichigo Kurosaki era un hombre ciego y desdichado que necesitaba su ayuda.

Sabía que había aceptado una tarea demasiado dura. Intentó borrar esa idea de su cabeza. Había aprendido a ser fuerte. Y tenía que serlo, por su paciente. Eso es lo que él era. Solo un paciente.