Capítulo 2

CUANDO la enfermera Inoue cerró la puerta, Ichigo Kurosaki se quedó tumbado en la oscuridad, obligándose a escuchar el silencio aplastante del mundo invisible a su alrededor. El cuerpo le dolía de la tensión, tenía la cabeza a punto de estallar y hasta parecía que le estallarían los oídos

Le hubiera gustado poder relajarse, pero no sabía cómo. Era el heredero de los Kurosaki. Su padre había muerto cuando él tenía veintidós años y le dejó un montón de dinero y el peso de un montón de tareas como herencia.

La tradición familiar lo hacía responsable de todos los trabajadores de la finca y de la fábrica. Tenía que asegurarse de que siempre tuvieran trabajo. Tenía que asegurar su propio futuro y el de la poca familia que le quedaba.

Ichigo nunca había rechazado ninguna obligación.

Había saldado las deudas y conseguido que las tierras fueran cada vez más prósperas. Pero pagó un alto precio por ello. No había rechazado las cosas placenteras de manera consciente, pero las había relegado a un futuro lejano. Un futuro que tal vez no podría ver, uno que tal vez no podría recorrer.

—No dejes que ningún hombre, ni por supuesto ninguna mujer, crea que sabe más que tú —le aconsejó su padre—. Eres el mejor. Nadie debe ser mejor que tú.

Al cabo de los años había aprendido el valor de aquel consejo. Al que él añadió:

—Nunca demuestres al mundo que tienes miedo.

Había tenido mucho miedo.

Miedo de no ser capaz de hacer el trabajo, de que la gente opinara que él no era el adecuado para realizarlo.

Pero nadie lo había preparado para el terror que sentía en aquel momento. Lo acechaba en la oscuridad diurna y esperaba para atacarlo mientras dormía.

Llenaba el vacío de su vida. Tenía miedo a las pesadillas. Miedo al futuro, a la gente a la que podía oír pero no ver, al equipo médico porque sabía más que él.

Las enfermeras llegaban y se marchaban debido a su mal humor. Y no las culpaba. El mismo habría escapado de aquel trozo de mundo tan deprimente.

Enseguida llegaría el director de la fábrica para hacer el informe semanal y recibir las instrucciones de Ichigo. Intentó aclarar sus ideas para que pareciera que estaba en condiciones para el puesto. No quería pensar en lo que lo esperaba: años de ceguera e invalidez, ya que si no el miedo se apoderaría de él.

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—Señora Matsumoto...

—Llámame Rangiku, cariño.

—Gracias, Rangiku. Y a mí llámame Orihime —dijo con una sonrisa—. Siento molestarte, pero ¿podrías ofrecerme otro lugar para dormir? Quiero estar junto a mi paciente por la noche.

—Hay una habitación justo enfrente de la suya —dijo el ama de llaves—. Pero es como un armario.

Era muy pequeña, solo cabía una cama, una silla y un armario.

—Estaré bien -dijo Orihime—. Lo que importa es que esté cuando él me necesite.

Rangiku la miró con aprobación. Ninguna de las enfermeras anteriores había tenido tal deferencia.

—Ninguna de las otras pensaba lo mismo. Todas se alegraron de alejarse de él. No es el mejor paciente.

Orihime sonrió levemente. Era difícil contradecir esa expresión.

—No, ya me he dado cuenta.

Rangiku de pronto se quedó viendo por la ventana, absorta en algún pensamiento o algún lugar desagradable en su memoria.

—Cuando sucedió, pensé que se iba a volver loco. Siempre ha sido un hombre tan activo, y de repente, no puede ver, ni moverse. Sería terrible si... —se calló. Era como si no pudiese continuar hablando.

—Tú lo aprecias, ¿verdad? —dijo Orihime con sorpresa. Era difícil imaginar a alguien que apreciara a Ichigo Kurosaki.

—Oh, sí —dijo Rangiku—. Se ha portado muy bien con Hinamori y conmigo. Cuando Hinamori perdió el trabajo, Ichigo le dio trabajo en la finca. Eso es lo que a ti te parece. Que solo se preocupa por sí mismo.

Orihime no contestó. Tenía un nudo en la garganta y muchas razones para saber que Ichigo solo se preocupaba por sí mismo y su apestoso prestigio.

Mientras hacían la cama, Rangiku le contó cosas de la familia.

—Ya no quedan muchos. Solo Ichigo, su hermano Kaien y su hermana. Ella se casó y se fue a Australia. Kaien vivió aquí hasta hace un par de años. Ahora está en Londres.

Orihime sabía que Kaien se había marchado, la última enfermera se lo contó. Era un alivio y tal vez el detonante de su estadía en aquel lugar saber que no lo vería.

Cuando se separaron, la expresión de su rostro estaba llena de amargura. La llamó cosas horribles que no podía recordar sin que la boca le supiera a amargura. No era culpa suya. Ichigo había forzado la situación. Pero Kaien se había creído lo peor. ¿Por qué?

—Pero con un poco de suerte, volverá a formarse una familia. Estamos esperando el día en que Ichigo traiga a su prometida a casa. En cuanto se recupere, se casara con la señorita Senna.

—Con Senna Kurebayashi*? —preguntó Orihime sin pensar.

—Sí, ¿la conoces?

—No, pero he oído hablar de los Kurebayashi.

La familia Kurebayashi era muy conocida. Orihime no conocía a Senna, pero había oído que era el orgullo de la familia. Kaien hablaba de ella como la futura novia de Ichigo ya desde que Orihime fue allí por primera vez. Era una chica apropiada. Con clase, educada y podrida en dinero.

—Ambas familias se conocen desde hace mucho tiempo y todos sabían que era probable que Ichigo se casara con alguna de las dos chicas -dijo Rangiku.

— ¿Y si él no hubiese aceptado? —preguntó Orihime.

—Entonces podría haberse casado con una de las Shiba, o Kuchiki —eran los nombres de las familias ricas y terratenientes de la zona.

—Pero, ¿y si buscase algo diferente?

—La propiedad se casa con la propiedad —dijo Rangiku—. O con el dinero. Así es como las familias importantes han sobrevivido al paso de los años.

Cuando Rangiku se marchó, Orihime pensó en ella y en cómo sus pocas posesiones cabían en aquel pequeño espacio. Tenía un uniforme de repuesto, alguna ropa elegante, algunos jerséis y dos pares de vaqueros. Su ropa interior era blanca, sin una sola flor o encaje.

Con el maquillaje, ocurría lo mismo. Nada especial. Sus libros apenas llenaban una estantería, excepto un par de novelas, casi todos eran de medicina. Le gustaba estar al día de los últimos avances.

Podía dar una explicación ante tanta austeridad. Le gustaba llevar poco equipaje. No le gustaba acumular trastos.

Pero en realidad sabía que no tenía mucho que añadir a su vida. Una vida triste. Un corazón marchito. Aunque lo intentara, sabía que no podía negarlo.

Se vio reflejada en el espejo del armario. Era una mujer joven, pero su boca dejaba ver un poco de tensión. Las arrugas que comenzaban a formarse en su cara eran producto de largas noches de estudio, días de trabajo, años sin vacaciones y sin sentimientos. Sin nada.

Pero su piel tenía el resplandor de la juventud. Sus rasgos estaban marcados, su boca era grande y en las comisuras de los labios todavía quedaba algo de sensualidad. Sería preciosa si su cara tuviera un poco más de ánimo. Y si sus ojos grises brillaran gracias al amor o a la risa, sería irresistible.

Pero el amor y la risa habían desaparecido mucho tiempo atrás.

Comenzó a recordar, las imágenes pasaban por su mente y ella intentaba contenerlas. Sabía que el horror y la miseria llegarían más tarde.

La cena de bienvenida. Kaien alardeando de que Ichigo se había rendido, aunque ella sabía que Ichigo nunca se rendiría. Desconcertada. Temerosa. Imaginándose qué estaba tramando Ichigo.

El día de la fiesta, llegó un catering con cestas de comida y vino y preparó el comedor. En medio de la agitación, los dos hermanos se encerraron en el estudio de Ichigo y tuvieron una fuerte discusión. Ambos salieron de allí con cara de disgusto.

—No pasa nada, cariño —dijo Kaien cuando ella le preguntó—. Solo es Ichigo haciéndose notar. Olvídalo. Ve a ponerte guapa para esta noche.

Pero había algo de preocupación en su tono de voz y ella lo notó. Se había dado cuenta de que a veces la miraba pensativo.

Los invitados la saludaron sonrientes, pero miraban a Ichigo de reojo como para averiguar qué pensaba. Ella también quería averiguar qué había tras su sonrisa.

Durante la fiesta, sus temores fueron aumentando.

Después de la cena, alguien se sentó al piano y la gente comenzó a bailar. Ella bailó con Kaien y la gente aplaudió.

Ichigo se acercó a ellos, parco elegante, y le tendió la mano, invitándola a bailar. Deko procuró estar a una distancia razonable, no admirar sus facciones, no sentir su perfume, no intimidarse con el aura superior que emanaba. Al final, se quedó admirada de lo bien que bailaba.

—Sonríe -dijo él, su mirada castaña fija sobre ella—. Es tu noche triunfal.

—No me siento triunfadora —le aseguró, disimulando la mezcla entre enojo y nervios ataviados en lo profundo de su estómago—. Solo contenta. Quiero a Kaien de verdad. Si te lo creyeras...

—Yo me creo todo, pero me gustaría no creerlo.

—Entonces, si me crees...

De pronto se acercó a ella. Posó los labios a una corta distancia de su oído, como si quisiera contar una confidencia.

— ¿Nunca se te ha ocurrido pensar que Sai no es la persona que tú crees?- Dijo con voz clara y firme.

Ella sonrió. De repente, tuvo una idea.

— ¿Qué pasa? ¿Por qué sonríes?

—Porque ahora comprendo qué es lo que te molesta.

— ¡De verdad! -dijo él con ironía—. Entonces es hora de que hablemos.

Se dirigieron a la biblioteca.

Las imágenes pasaban por la mente de Orihime. No quería seguir recordando. No era necesario revivir el dolor.

Pero, por alguna razón, no podía dejar de hacerlo. Recordó el momento en que entraron en la biblioteca y la sensación de que por fin había conseguido quedar por encima de aquel hombre despiadado. Le hubiera gustado apartar a aquella inocente chica del peligro. Pero ya no podía hacer nada.

—Cuéntame acerca de eso que se te ha ocurrido -dijo Ichigo.

—Se me ha ocurrido que... tú conoces el lado oscuro de Kaien, ¿no?

— ¿Así que reconoces que tiene un lado oscuro?

—Claro. Todos lo tenemos —se sintió segura y añadió-: Tú lo tienes.

En lugar de ofenderse, él sonrió y dijo:

—Continúa. No puedo esperar a oír el resto.

—De acuerdo, yo no conozco su lado oscuro. Pero él tampoco conoce el mío.

— ¿Tú qué?

—Ah, yo también lo tengo -dijo ella riendo—. Soy muy gruñona por las mañanas. No me imagino a Kaien siendo un gruñón, pero estoy dispuesta a averiguar que me equivoco. Cuando se ama a alguien de verdad, se quiere incluso a sus fallos, porque son parte de esa persona.

Siguió hablando y observó la expresión de sarcasmo que tenía Ichigo. No entendía el porqué.

Él estaba furioso.

—Crees que lo sabes todo, ¿no?

—Sé sobre el amor, Ichigo. Quiero a Kaien y él me quiere. Nada nos separará. Permaneceremos unidos y superaremos lo peor.

Ella sonrió y él Contuvo la respiración.

— ¡Inocentona! —gritó—. ¡Eres una cría! ¡Y una idiota! Ingenua...

Su expresión cargada de sarcasmo e ironía poco a poco se desvaneció, hasta decaer en la seriedad absoluta. La agarró por los hombros y la miró fijamente. Estaban tan cerca que Orihime pudo sentir el latido de ambos corazones. De repente, escucharon la voz de Kaien en el pasillo. Ella notó que Ichigo se ponía tenso y, al instante, él la abrazó con fuerza, la miró a los ojos con intensidad mientras suavemente la acariciaba desde el cuello hasta las mejillas… y la besó en la boca.

Deko lo vio todo negro. No recordaba nada más de aquel momento. Solo lo que sucedió después. Kaien estaba varado frente a ellos, pálido e impresionado.

—Maldita zorra mentirosa —gritó—. Creía que me amabas, pero te habías propuesto conseguir una pieza mejor, ¿no? ¡Confiaba en ti!

Ella intentó protestar, con un nudo en la garganta y las lágrimas bajando súbitamente por sus mejillas, pero él y su ira no la dejó pronunciar más que balbuceos.

—Te quiero. Hubiera dado mi vida por ti, pero en cuanto me he dado la vuelta, te lanzaste a los brazos de mi hermano. ¿Qué tramabais?

—Nada —gritó ella—. Por favor, Kaien, no es lo que piensas.

—Está muy claro. Deko, ¿cómo has podido hacerme esto?

Los invitados estaban detrás de él, escuchando cómo le habían partido el corazón.

—Escúchame —suplicó ella gimoteando.

— ¡Que te escuche! No quiero saber nada más de ti. Vete de mi vista.

— ¡Ya está bien! —Intervino Ichigo—. Ya lo has dejado claro, Kaien. Ahora, déjalo. Se acabó.

—Sí, se acabó —contestó él—. ¡Se acabó!, Deko. Y yo que creía que estaríamos siempre juntos.

Se volvió y subió por las escaleras. Ella lo siguió, pero él cerró la puerta con llave y no respondió cuando ella la aporreó. Deko se sentó en el suelo, llorando desconsoladamente. Podía ver claramente como cada pedacito de su existencia se perdía en la grandeza de aquellos hombres.

Al cabo de un rato, llegó Ichigo.

-Los invitados ya se han marchado.- Dijo, sin parecer conmocionado por toda la situación.

Ella lo miró con los ojos llenos de lágrimas.

—Lo hiciste a propósito.

—Sí, lo hice a propósito. Vamos, levántate.

El la agarró y la ayudó a ponerse en pie. Deko se marchó con él porque no podía hacer nada más. No tenía a nadie más que a Kaien, y él le había dado la espalda.

Ichigola acompañó a su habitación y dijo muy serio:

—Haz tu maleta. Te irás por la mañana.

Ella confiaba en poder ver a Kaien, pero al amanecer escuchó el ruido de un coche, abrió la ventana y lo vio marchar.

Se había marchado para siempre. Desilusionado. Creyendo que ella lo había traicionado.

Era su hermano el que lo había traicionado, quien la besó cuando Kaien estaba a punto de entrar. ¿Por qué no la comprendía? ¿Por qué se había creído lo peor?

Ichigo insistió en llevarla a la estación. Deko dejó allí todos los regalos y las joyas que le había dado Kaien.

Pero dejaba mucho más que eso: la juventud, los sueños, la esperanza, el amor, y la creencia de que el mundo era bueno.

En aquel momento, mirándose al espejo, comprendió que le habían quitado todas esas cosas, y que detrás de su imagen había una mujer vacía.

Cerró la puerta y se dirigió al piso de abajo.

Habían cambiado la cocina desde la última vez que estuvo allí. La vieja era una pieza de anticuario. La nueva tenía vigas de roble en el techo y sartenes de bronce colgadas en las paredes. Los fogones eran modernos y Rangiku estaba orgullosa del cambio.

—Tuve que decírselo —dijo refiriéndose a Ichigo—. A él le gustan las cosas antiguas, pero yo le dije que quizá era la cocina apropiada para la Reina Victoria, pero no para mí.

— ¿Ha venido alguna vez a Kurosaki Manor la reina?—preguntó Orihime.

—Eso dicen. Y no me sorprende. Total, que aguanté un tiempo con esa cocina, pero al final decidí que o la quitaban, o me marchaba.

— ¿Y qué dijo el señor Kurosaki?

—Dijo: «Rangiku, Kurosaki Manor no sobreviviría sin ti». Y al día siguiente vino un hombre a tomar las medidas.

Orihime se quedó muy sorprendida. Ichigo Kurosaki había escuchado a Rangiku. Claro que reformando la cocina se incrementaba el valor de la casa.

Se abrió la puerta y entró un perro de aguas lleno de barro.

—Kon, ¿dónde te habías metido? —dijo Rangiku. Le ofreció una galleta y el perro se la tragó—. Es de Ichigo. Ahora nadie le dedica mucho tiempo. Pobrecito. Se pasa la vida paseando por la finca.

—¿Del señor Kurosaki? El no... —Orihime estuvo a punto de decir que Ichigo no tenía un perro cuando ella estuvo allí—. No parece que sea la clase de hombre que cuida de una mascota.

—Es más que una mascota. Gana todos los concursos de perros. Es puro pedigrí. Ahora no lo parece porque está lleno de barro.

«Me lo creo», pensó Orihime. «Incluso el perro de este hombre es de pedigrí».

Kon se acercó a ella.

— ¡Aléjate de mí! -dijo muy seria. Después añadió-: Es que sus patas...

—Sí, no quieres que te manche el uniforme limpio -dijo Rangiku.

Orihime asintió, pero un poco avergonzada por haber extendido su rabia hacia Ichigo al pobre animal. Solo porque él poseía el pedigrí que ella no tenía.

Para disimular, comenzó a comentar cosas sobre la casa.

—Es un sitio muy grande para que lo lleves tu sola.

—No estoy sola. Limpio la habitación de Ichigo porque a él no le gusta que entren extraños, pero el resto de la casa lo limpian dos asistentas que vienen del pueblo. Hinamori hace diversos trabajos y cuida de la huerta.

Se concentró en la cena que estaba preparando.

—Carne con verduras, con mucha salsa —dijo—. Se lo preparo todos los días. Y de postre un pudín. Si por lo menos se lo comiera todo. No importa, haré que se ponga fuerte.

Orihime no le dijo a Rangiku que no conseguiría fortalecer a Ichigo mediante platos que, evidentemente, no lo tentaban. No era el momento.

Oyó que alguien bajaba por las escaleras, salía de la casa y se marchaba en coche.

—Debe ser el director de la fábrica -dijo Rangiku—. Ha venido para recibir órdenes.

— ¿Quieres decir que ha estado con el señor Kurosaki? —preguntó Orihime.

—Viene dos veces a la semana. El doctor Ishida, el médico de Ichigo, intentó detenerlos, pero Ichigo se puso tan furioso que tuvo que ceder.

—Creo que será mejor que hable con el señor Kurosaki.

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Encontró a Ichigo tumbado y en silencio. Le resultó difícil saber si estaba despierto o no.

— ¿Por qué me mira? —preguntó en tono irritado. Orihime se sobresaltó y sintió un poco de vergüenza. No era profesional quedarse viendo a los pacientes.

—Lo siento, no me he dado cuenta.- Respondió suavemente, restando importancia al asunto.

—Sé que me estaba mirando. ¿No sabe que esa es una de las peores cosas? La gente te mira y se cree que no te das cuenta. Se creen que ser ciego es lo mismo que ser estúpido.

—Señor Kurosaki, no quiero que se considere un ciego...

— ¡Estupendo! —soltó él—. No soy ciego, solo que no veo nada.

Orihime tragó saliva disimuladamente. No había manera de mantener la compostura ante una situación así y un paciente tan tempranamente acabado. Parecía que el mismo escribía su nombre sobre su propia lápida y languidecía sobre ella a cada palabra que daba.

—De momento. Puede que no sea para siempre, y es mejor que no adquiera la mentalidad de un ciego.

—Las enfermeras debían de ponerse de acuerdo. La última me dijo justo lo contrario. Que tenía que adaptarme a la realidad.

—Adaptarse a la realidad antes de que ocurra es rendirse —dijo Orihime en tono tranquilo.

Hubo silencio por breves instantes que ella sintió como una puntada en el estómago. Sabía que en un momento así las palabras ayudaban muchísimo, sólo que no se consideraba la persona adecuada para decirlas, mucho menos a él.

—Así que puede decir cosas con sentido —gruñó Ichigo.

Orihime sonrió ante el cumplido. Era el primero que Ichigo Kurosaki le profería con algo parecido a la sinceridad.

—Se impresionaría de la cantidad de cosas que puedo decir con sentido —contestó ella.

—Bien, de momento, puede quedarse. Pero una cosa...

Se incorporó sin avisar y la agarró por los brazos. Orihime contuvo el aliento pero fue incapaz de moverse. La última vez que la tocó de aquella manera ellos…

—Señor Kurosaki...- Dijo atropelladamente, intentando vanamente disimular la sorpresa y los nervios rebalsándola.

—Quédese quieta.- Dijo él, con el tono de voz que denotaba una orden más que una petición.

La sujetó con una mano y con la otra recorrió su brazo hasta llegar al cuello del uniforme. Después la soltó, ofuscado y tal vez asqueado.

—Quítese ese maldito uniforme y póngase algo civilizado —ordenó—. Me pone enfermo que lleve eso.

Orihime se alejó lentamente de la cama, si estuviera rellena de aserrín o algún material que le impidiera notarse más de lo necesario.

—Muy bien, señor.- Dijo serena, aunque el corazón estaba a punto de escapársele por la boca.

—Muy bien, señor —repitió él—. Habla en un tono tan tranquilo. Tiene una voz tan neutra. Me gustaría poder verle la cara.

Sonrió con sorna, pensando que si el pudiera verla no le permitiría estar a menos de cinco metros, probablemente por miedo a que contaminara su sagrado pedigrí.

—También tengo una cara neutra —le aseguró—. Tráteme como a una máquina.

Una inerte, fría y escuálida máquina que él con sus propias acciones creó.

—Hay muchas máquinas en mi fábrica.- Dijo él- Huelen a grasa, y no a flores del campo como usted.

Orihime se quedó asombrada. No se ponía perfume y utilizaba jabón sin aroma.

¿Qué había notado él que no notaba el resto del mundo?

—He venido porque no me gusta que venga mucha gente a verlo. Todavía necesita descansar y creo que debíamos...

—No, creo que usted debía escucharme —la interrumpió-. He estado enfermo el tiempo que podía permitírmelo. Hay mucho trabajo por hacer y nadie en quien pueda confiar para hacerlo. Así que si tengo que hablar con el director o con el administrador, lo haré. Espero que le quede claro.

—Perfectamente. Si cree que está bien como para dar órdenes, no tengo nada que decir.

—No intente ser más lista que yo. Es mi enfermera, no mi guardiana. No quiero que me mimen demasiado.

—Me alegro de oírlo.

—Entonces, ¿qué es eso de que se ha mudado a la habitación de enfrente? ¿Eso no es mimarme?

—Eso es parte de mi ética profesional. Mientras siga enfermo, prefiero estar cerca de usted por la noche.

— ¡Váyase al infierno! Ahora mismo se cambia a la otra habitación. ¿Ha oído?

—Lo he oído. Pero me quedaré ahí.

—Entonces, le diré a Rangiku que cambie sus cosas.

—No lo hará. Rangiku ya tiene bastantes cosas que hacer como para que la meta en esto. ¿Quiere pelear? ¡Estupendo! Pelearemos. Pero no meta a Rangiku en esto.

Él apretó los dientes.

—Creo que el destino se ha vuelto en mi contra. No tengo bastante con estar aquí tumbado como un inútil, sino que además tiene que venir una arpía dando órdenes. El jefe soy yo, por si no lo sabía.

—Supongo que si grita así se enterará todo el mundo—respondió Orihime.

—Grito porque es la única manera de que me escuchen. Hará lo que yo digo, cuando yo lo diga, y punto. Ahora, váyase antes de que me enfade.

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Para los incautos: En esta historia, el nombre de orihime es Orihime Dekorin Inoue. Cuando Kaien la presentó a Ichigo fue con el diminutivo de su segundo nombre, que es "Deko". Por lo tanto, Orihime y Deko son la misma persona.

Realmente me encanta esta historia, pero a ratos detesto que se resten de narrar escenas hasta cierto punto emotivas, por mis ganas de sacarles provecho tardo en actualizar.

En fin, besitos y cuidense. El siguiente capitulo sale esta semana, o dejo de llamarme como me llamo :3