ANTES DE que Orihime pudiera protestar escuchó ruido en el pasillo y alguien llamó a la puerta.
—Traigo la cena —dijo Rangiku.
Metió el carrito en la habitación y Orihime notó que Ichigo hacía un amago de sonrisa.
— ¡Cómo me cuidas, Rangiku! ¿Para qué necesito otra enfermera?
La cara de Rangiku se iluminó de placer.
—Deja de decir tonterías y obedece a la enfermera —lo regañó.
— ¡Vale, vale!
— ¿Le coloco la mesa? —Rangiku se dirigió hacia una mesa que tenía un lado abierto para poder colocarla sobre la cama.
—No, la enfermera Inoue lo hará —le dijo Ichigo—. Gracias Rangiku.
El volvió a ponerse serio en cuanto Rangiku cerró la puerta.
—La mesa está por ahí en algún sitio -dijo él.
— ¿Lo ayudo a sentarse?
—No... Sí, ¡maldita sea!
Orihime le rodeó los hombros con un brazo y él se agarró al otro. Tuvo que hacer un esfuerzo para no retroceder ante el recuerdo de la última vez que él la había agarrado. A pesar de que su corazón latía muy rápido, consiguió mantener la calma.
Lo ayudó a sentarse y le colocó una almohada para que se apoyara. Después puso la comida en la mesa y la colocó sobre la cama.
— ¿Qué ocurre? —preguntó él al notar que ella dudaba.
—Rangiku le ha subido una salsera, señor Kurosaki. ¿Quiere salsa? —eligió sus palabras con cuidado. Había cuidado a ciegos otras veces y sabía que odiaban las salsas porque siempre se ponían perdidos.
Ichigo permaneció quieto, pero la expresión de su cara cambió, como si de repente hubiera recibido la muestra de comprensión que estaba esperando.
—No, no la quiero —admitió—. Rangiku es un encanto, pero no piensa.
— ¿Hay algo más que pueda hacer por usted?
—Si se refiere a si tiene que cortarme la comida, no.
—Entonces, me marcho.
—Sí, váyase a cambiar sus cosas de habitación.
Ella se marchó sin decir nada más. Ya en su habitación se quitó el uniforme, pero no cambió sus cosas de sitio.
Rangiku le había preparado la comida. Había servido la mesa en el comedor, estaba claro que pensaba que Orihime se merecía ese trato. Pero después de comer sola, Orihime decidió que en el futuro comería en la cocina con Rangiku. Llevó los platos y la ayudó a recoger.
—Por cierto, he subido a ver cómo estaba —dijo Rangiku—, y me ha dicho que cambie tus cosas de sitio.
—No —dijo Orihime.
—No te preocupes. Lo escuché con mi oído sordo.
— ¿Y cuál es?
—Depende —dijo Rangiku—. Tú haz lo que quieras.
Orihime se rió. Rangiku le caía muy bien.
Cuando regresó a la habitación de Ichigo, lo primero que él le preguntó fue:
— ¿Se ha quitado ya el uniforme?
—Sí, llevo ropa normal.
—Déjame tocarla —él tendió su mano como dando una orden.
— ¿Por qué no se lo cree, señor Kurosaki?
—Porque no puedo creerme nada de nadie —gritó.
Después de un momento de silencio, añadió:
—Lo siento. Cuando se vive en la oscuridad, solo hay desconfianza, no sé cómo explicarlo...
—No hace falta. Ha sido mi culpa. Debo ser más comprensiva. Venga -ella le agarró la mano y se la colocó sobre el brazo para que él sintiera el tacto de su jersey.
Retiró la mano enseguida.
—Gracias. No era necesario. Por supuesto que la creo.
Había comido muy poco. Se le había caído un poco de comida sobre la cama.
Ella la limpió sin decir nada y retiró la mesa.
—Voy a leerme las notas de mi compañera —dijo ella—. Mañana hablaremos sobre su tratamiento.
Tenía miedo de que él mencionara algo acerca de la habitación, pero como no dijo nada, se marchó.
Quería estar sola. El día había sido duro. Bajó a respirar aire fresco.
El viento movía las flores. Orihime se puso el abrigo y caminó contra el viento. Así conseguiría deshacerse de los fantasmas.
Pero los fantasmas la esperaban en cada esquina. Estaba Kaien, un chico sonriente que la esperaba con los brazos abiertos. Y corriendo hacia él, estaba el peor de los fantasmas, ella cuando era joven, rebosante de alegría.
Se detuvo junto a un roble y se apoyó en él para enfrentarse a los recuerdos. Todo podía haber sido diferente.
Al cabo de un rato, respiró hondo y continuó andando.
Cuando estuvo allí la última vez era verano. Pero esta vez era finales de marzo, justo cuando entra la primavera. Los árboles aún estaban desnudos, aunque a punto de brotar. Ella no lo veía así. Para ella, la primavera había dejado de existir.
La casa estaba en lo alto de una colina y tenía vistas al valle. Era como si los Kurosaki tuvieran que controlarlo todo. Trescientos años antes un Kurosaki con mucho dinero construyó aquella casa. En el valle estaba el pueblo, Hampton Kurosaki, y allí la fábrica Kurosaki & Son, que era la que proporcionaba empleo a la gente de los alrededores.
EL lema de la familia Kurosaki era: «Cuidado con el rugido del león», y con él quedaba resumido el poder que tenían. Era perfecto para Ichigo, un león que debido a sus heridas se había vuelto peligroso. El viento era cada vez más fuerte y ya estaba anocheciendo. Las ventanas parecían doradas a causa de la luz. Orihime sintió un escalofrío. Como durante seis años no se había permitido sentir nada, no estaba preparada para los sentimientos contradictorios que experimentaba en esos momentos.
Ichigo Kurosaki la había destrozado. Podía haberse vengado ese mismo día, si hubiese querido. Pero no era vengativa. Solo deseaba no haber regresado a aquel sitio.
Cuando por la noche fue a ayudar a Ichigo, parecía que él estaba muy cansado.
Tenía los labios en tensión, así que ella le preguntó:
— ¿Tiene dolores?
—Físicos, no. Es solo la idea de la noche. Por favor, dame algo para dormir.
—Me parece que la última enfermera le permitía abusar de las pastillas para dormir.
—Quizá comprendía mejor que tú lo que se siente al estar atrapado.
— ¿Atrapado?
—En la oscuridad..., y en el silencio. A veces escucho la radio, pero al cabo de un rato también me siento atrapado.
—Le daré algo para esta noche —dijo Orihime—. Y ya hablaremos mañana.
Le dio una pastilla e intentó acomodarlo un poco más. Él la retiró.
—Buenas noches —dijo él.
—Buenas noches, señor Kurosaki.
Era muy pronto para meterse en la cama, así que bajó a la cocina para charlar con Rangiku. Cuando volvió al piso de arriba, se detuvo frente a la puerta de la habitación de Ichigo y se quedó impresionada por los ruidos que provenían del interior. Gemía como un alma atormentada. Dudó unos instantes y entró sin hacer ruido.
Él le había pedido que dejara las cortinas abiertas y la luna iluminaba la cama.
Pudo ver que Ichigo estaba quieto un momento, pero que enseguida volvía a agitarse.
Orihime se acercó a la cama. No sabía si debía despertarlo para que dejara de estar atormentado.
Pensó que esa era la razón por la que él no quería que se quedara en la habitación de enfrente. No quería que escuchara sus pesadillas.
— ¿Por qué... por qué? —susurró Ichigo
—Señor Kurosaki —ella se acercó para comprobar si estaba despierto.
De repente, él se volvió con brusquedad y le dio un golpe en un lado de la cara.
Continuó revolviéndose y parecía que no se daba cuenta de lo que hacía. Aún estaba dormido.
Ella le sujetó el brazo con suavidad.
—No pasa nada—dijo ella—. Todo está bien. Estoy aquí.
— ¿Dónde? —preguntó él.
—Aquí a su lado. Tóqueme —ella le tomó la otra mano y la colocó sobre su brazo. El murmuró algo. — ¿Qué ocurre? —susurró ella y colocó la cara junto a la suya para intentar entrar en su pesadilla sin despertarlo.
—No eres real —gruñó él.
—Sí, soy de verdad, y estoy aquí para ayudarlo.
—Nunca fuiste real..., todo fue un sueño...
—Esta vez no —dijo ella sin saber de quién hablaba.
—Intenté hacerlo bien, pero no te encontré...
—Tiene mucho tiempo —le aseguró.
—Es demasiado tarde... te esfumaste...
—Pronto podrá contármelo —le dijo Orihime.
Estaba quieto, pero estaba sudando y respiraba muy rápido. Ella le secó el sudor con un pañuelo y él se calmó un poco, pero seguía agarrado a el como si su vida dependiera de eso.
—No te vayas —murmuró.
—No, no me iré, mientras me necesite.
El recorrió los brazos de Orihime con las manos, llegó al cuello y después a la cabeza. Agarró el pelo que tenía entre sus dedos y comenzó a acariciar los mechones.
Orihime respiró hondo. Cuidar de él era una cosa, pero en el trato no entraban esas intimidades con su enemigo. Despacio, temblorosa, le agarró la mano e intentó soltarse. Pero él agarraba con tanta fuerza que ella no se atrevió a hacer un movimiento brusco.
Ichigo le soltó el cabello, pero continuó acariciándole la cara. Cuando llegó a los labios, ella se puso muy tensa. El paró y ella se quedó pasmada por las sensaciones que recorrían su cuerpo.
Eran sensaciones cálidas, deliciosas y prohibidas. Su corazón latía con fuerza y apenas podía respirar.
De repente, el miedo se apoderó de ella. No sabía por qué tenía miedo de aquel hombre indefenso. Tenía que ver con algo que no podía recordar, que no quería recordar. Debía salir de allí, en ese mismo instante, pero la cara de dolor de Ichigo la retenía.
— ¿Por qué te fuiste? —susurró él.
—Tuve que hacerlo. Sabes por qué -dijo sin saber lo que decía.
¿Por qué había dicho eso? Las palabras le habían salido sin pensarlas.
—Sí, yo sé por qué. Pero si yo hubiese podido... lo intenté... pero era demasiado tarde. ¿Te das cuenta, era demasiado tarde?
La abrazó más fuerte y la atrajo hacia sí. Antes de que ella pudiera detenerlo, la besó. Ella se quedó paralizada, pero por dentro se revolvía de terror. Y de rabia. Ichigo Kurosaki conseguía lo que quería incluso dormido y enfermo.
Llevaba dentro el instinto de mando y de posesión.
—Suélteme —insistió ella intentando liberarse.
—No... —susurró él—. No debes marcharte. Quizá te desvanezcas en la oscuridad y no podría soportarlo. Quédate conmigo, no me condenes a la desesperación.
Ella no supo que contestar. Lo que él decía no tenía sentido. Lo peor de todo era que sus palabras encontraron un hueco en el corazón de Orihime. En aquellos momentos, él no daba órdenes, sino que suplicaba. Y ella no era capaz de mantener la rabia ante sus súplicas angustiosas.
La besó de nuevo y, de repente, ella no encontró las fuerzas para resistirse. Tenía sentimientos y pensamientos contradictorios. Debía detenerse, él podía despertarse, debía marcharse, pero sus labios eran tan cálidos y la besaba de manera tan seductora...
Ella comenzó a besarlo. Era una locura, pero no podía evitarlo. El mundo podía acabarse y ella estaba allí, indefensa, atrapada por la magia que se burlaba de los comportamientos apropiados y de la hostilidad. En aquella dimensión no existían los amigos ni los enemigos, solo los amantes.
Y, de pronto, todo terminó. El dejó caer las manos sobre la cama como si se le hubiera acabado la fuerza y ella quedó libre.
El fin de la magia fue casi tan sorprendente como el principio. Orihime sintió que su corazón latía con fuerza y tenía escalofríos. Pero para él, todo había terminado.
Se retiró despacio para no despertarlo. Ichigo respiraba despacio y ella supo que por fin dormía tranquilo.
orihime se marchó a su dormitorio. Se quedó de pie y a oscuras, temblando y horrorizada por lo que había pasado. No había sucedido nada. Su paciente estaba alterado y ella lo había tranquilizado. Eso era todo. Al menos, eso era lo que debía pensar.
El sonido del viento la despertó. La lluvia caía sobre las ventanas y parecía que hacía un día deprimente.
Se preguntó qué ocurriría cuando entrase en la habitación de Ichigo. ¿La noche anterior, estaría profundamente dormido? ¿Se acordaría de algo?
Lo encontró tumbado y le pareció que estaba tenso.
—Buenos días —dijo ella—. ¿Ha dormido bien, señor Kurosaki?
Con esa pregunta quiso transmitirle que la noche anterior no había escuchado nada. Él se relajó un poco.
—Estupendamente, gracias.
—No hace muy buen día —dijo ella para dar conversación—. Supongo que habrá oído la lluvia.
Hablaba por hablar. Decía todo menos lo que en realidad pensaba.
¿Con quién hablaba en sueños? No sería con Deko Inoue, ¿verdad?
Escuchó pasos por el pasillo y al darse la vuelta vio que Kon entraba en la habitación.
— ¡No! -dijo ella al ver que estaba empapado. Antes de que pudiera detenerlo, el perro ya había saltado a la cama.
Ichigo se quejó cuando Kon se tumbó encima de él. Lo abrazó y dejó que lo lamiera. Fue la primera vez que Orihime lo vio reír con sinceridad.
—Buen chico, buen chico -dijo él.
Lo abrazó otra vez y el perro se revolvió de placer. Orihime los miró fascinada. La cara de Ichigo resplandecía con amor y ternura. Parecía un hombre diferente.
—Eh, te vas a meter en un lío —le dijo al perro al sentir que estaba mojado—. Imagino que habrá puesto perdida la cama, ¿no?
—Más o menos. No importa. No es el fin del mundo.
—Ha debido dejarse la puerta abierta. Normalmente no lo dejo entrar.
— ¿Por qué no? Parece que lo adora.
—No es su lugar. No tiene por qué aguantar mi mal humor.
—Quizá, si le hiciera más compañía, estaría de mejor humor. Y claro que es lugar para él. Intenta decirle que no está solo para que juegue con él, sino también para consolarlo. Ese es su trabajo y usted le está negando la oportunidad de realizarlo.
—Le dará más trabajo a usted.
—No importa, las sábanas y los pijamas se pueden lavar. Ahora le traigo una chaqueta limpia.
— ¿Y no le importa?
—Señor Kurosaki, yo tengo una función, y agradezco toda la ayuda que me pueda prestar Kon.
—Eso no es lo que me dijo la última enfermera.
—Considere a Kon como parte del equipo de enfermeras. Pero tú, perrito –dijo acariciándole la cabeza—, estás bajo mis órdenes. La próxima vez, me dejas que te seque primero.
— ¿Has oído? —Preguntó Ichigo al perro—. Tienes que hacer lo que te digan. Supongo que los dos tenemos que hacerlo.
Orihime mandó salir al perro para que fuera a comer.
—Y a usted, le traeré el desayuno cuando esté afeitado y presentable —le dijo a Ichigo.
Orihime retiró la sábana de arriba y ayudó a Ichigo a quitarse la chaqueta del pijama.
Tenía una gran cicatriz en el pecho como consecuencia de la operación que le realizaron para evitar que las costillas le atravesaran los pulmones.
Orihime observó que estaba mucho más delgado y comprendió por qué Rangiku se empeñaba en fortalecerlo.
Se dio cuenta de lo solo que estaba en aquella casa, con solo empleados para cuidar de él. ¿Dónde estaba su hermano? ¿Y su novia? ¿Dónde estaba alguien que lo quisiera?
Por supuesto, él había conseguido que se alejaran, igual que lo consiguió con ella.
— ¿Dónde tiene la ropa limpia? —le preguntó.
—En la cómoda, a la izquierda de la ventana.
Orihime encontró una chaqueta y se la dio. El masculló la palabra gracias y se movió como para evitar que ella le ofreciera ayuda para ponérsela. Ella dejó que se la pusiera solo y se marchó a buscar una sábana.
Cuando Orihime terminó de hacer la cama, él dijo:
—No hace falta que me llames señor Kurosaki, solo Ichigo.
—Muy bien, Ichigo.
—Y quiero saber cómo te llamas.
—Orihime —dijo ella—. Iré por el desayuno.
—Va a venir el capataz de la finca —dijo él.
—Entonces será mejor que se lo coma todo para estar en plena forma.
Una hora más tarde, cuando llegó el capataz, Orihime se marchó a dar un paseo. Ya no llovía y había salido el sol. Las hojas de los árboles estaban mojadas y la luz les daba un toque de magia.
Pero Orihime no se fijó en nada. Solo pensaba en la mujer que había aceptado, contra su voluntad, asistir al hombre que odiaba y que en la primera noche traicionó a sus principios de enfermera.
Lo odiaba, pero había dejado que le diera un abrazo para besarla y además le había gustado. Ella podía, debía haberse resistido. Pero no lo hizo, por el bien del paciente, por supuesto. Corría el riesgo de que se despertara y se encontrara en una situación embarazosa. Al paciente había que protegerlo a toda costa.
De momento, con eso se conformaba. Pero tarde o temprano, tendría que enfrentarse a la verdadera razón. Y eso significaba abrir una puerta que había mantenido cerrada durante seis años.
Caminó durante un par de horas, hasta que vio pasar el coche del capataz.
Regresó y cuando estaba cerca de la casa sintió un pequeño temblor en la tierra. Se volvió y vio a un caballo montado por una mujer joven que se dirigía hacia ella.
La mujer se bajó del caballo cerca de Orihime y pasó delante de ella sin mirarla.
Orihime se preguntó indignada quién sería esa mujer a la que le importaba tan poco el resto del mundo.
Encontró a Ichigo cansado. Le tomó la temperatura y vio que tenía fiebre. Pero no le dijo nada para no ponerlo nervioso.
— ¿Quién ha venido? —preguntó él. Había oído que alguien caminaba por la gravilla del jardín.
Orihime miró por la ventana.
—Una mujer joven a caballo. Pasó por delante de mí por el camino.
—Senna -dijo él.
Orihime acababa de hacer la cama cuando la puerta de la habitación se abrió. La señorita Senna Kurebayashi tenía treinta años, era guapa y altiva. Caminaba con la seguridad de una persona que ha nacido en una familia rica y privilegiada. Los pantalones de montar resaltaban sus bonitas piernas, la chaqueta era de alta costura y en el cuello llevaba un pañuelo blanco de seda pura. Llevaba demasiado maquillaje para estar en el campo y el aroma de su perfume invadió la habitación.
—Cariño —exclamó y se acercó a Ichigo para abrazarlo.
—Bueno, al fin has venido —dijo él con buen humor.
—Cariño, ya sé que he tardado unos días más, pero es que en Londres hay tanta gente, me ha llevado más tiempo de lo que pensaba. Y todo el mundo me ha preguntado por ti.
—Muy amables.
—Todos están muy afectados por lo que te ha pasado, pero se alegraron cuando les dije que te estás recuperando.
—Me alegro de que les hayas dicho eso —la voz de Ichigo tenía algo de tensión, pero Orihime estaba segura de que Senna lo ignoraría.
La impresión que le dio la mujer joven fue muy desfavorable. Parecía que Senna no se percataba de lo que le pasaba a aquel hombre.
— ¿Recibiste mi postal?
—Sí, Rangiku me la leyó -dijo Ichigo.
—Me costó muchísimo encontrar la adecuada -de repente reparó en que Orihime estaba en la habitación y soltó una carcajada—. Oh, no, otra vez no, Ichigo, ¿has vuelto a echar a otra enfermera con tus gritos nocturnos?
Él sonrió un poco.
—Me temo que sí. Esta es la suplente, la enfermera Inoue.
Senna se puso en pie y se acercó a Orihime para saludarla.
—Inoue —repitió-, que nombre tan dulce para una enfermera.
—Depende -dijo Orihime sin darse por aludida.
—Creo que eres una santa por cuidar del pobre Ichigo. Ninguna de las enfermeras lo soportaba. Espero que te esté pagando montones de dinero.
—Cobro mi sueldo habitual -dijo Orihime con frialdad.
—Bueno, pronto pedirás dinero por peligrosidad. Lo comprenderé.
Intentaba ser encantadora. Pero Orihime no se dejó llevar por su encanto.
—Es muy amable -dijo Orihime con educación.
Senna la miró con curiosidad, como si se hubiese ofendido por que Orihime no mostraba suficiente entusiasmo.
— ¿No te he visto antes en algún sitio? —preguntó.
—Casi me atropellas -dijo Orihime—. Hace ya más de una hora.
Senna debía de haber llegado a la casa mucho antes que ella ya que iba a caballo. Que no lo hubiera hecho significaba que, antes de ir a ver a su prometido, se había ido a dar un paseo de placer.
—Sí, me encanta este sitio y he dado una vuelta antes de venir. Me apetece un café. Rangiku sabe cómo me gusta. Y trae uno para Ichigo.
—Para mí no -dijo Ichigo.
—Cariño, deberías tomártelo —miró a Orihime—. Date prisa, por favor.
Orihime regresó al cabo de un rato y dejó una bandeja sobre la cama.
—No le has traído uno a Ichigo —se quejó Senna.
—El señor Kurosaki dijo que no quería —le recordó Orihime.
—Pero yo te dije que le trajeras uno -dijo Senna.
—Señorita Kurebayashi -dijo Orihime—, el señor Kurosaki es mi paciente y mi jefe. Acato sus órdenes.
Se marchó de la habitación sin decir nada más. Estaba muy enfadada.
