Bleach es de Tite Kubo, alias "Dios", alias "Fan número uno del Ichihime"

Capítulo 4

EN EL PISO de abajo había un pequeño invernadero que Orihime utilizaba para trabajar. Era más espacioso y más luminoso que su dormitorio.

Orihime anotó la temperatura de Ichigo y la hora. Al cabo de un rato vio que llevaban el caballo de Senna a la puerta delantera. De repente, Senna entró en el invernadero. Orihime no comprendía si la sonrisa en su rostro significaba que había recuperado su buen humor, o simplemente fingía demencia.

—Ichigo dice que estás haciendo un trabajo estupendo- Dijo. Sus facciones se movían como si fueran plástico a punto de romperse. - Así que espero que pronto pueda levantarse.

—No sé cómo de pronto —respondió Orihime, entrando quizás en el juego de fingir que no estaba desagradada con su presencia—. Las heridas son bastante graves.

—Pero podrá ver otra vez, ¿verdad?

—Confío en que sí.

Senna frunció el ceño profundamente. Claramente, la idea de un novio paralítico estaba lejos de ser una opción.

—Es un hombre muy importante. Habría muchas cosas que se perderían si Ichigo no fuese capaz de atenderlas.

El tono era un poco acusatorio, como si fuera culpa de Orihime el que Ichigo no se recuperara del todo.

—Puede estar segura de que cumplo con todas mis responsabilidades —le aseguró Orihime.

—Bueno, pronto tendrás a Ishida para que te ayude.

— ¿Ishida?

—El médico de Ichigo. No debería dedicarse a la medicina general. Es un médico muy bueno. Le han ofrecido trabajo en muchos hospitales, pero tiene demasiados ideales. Quería trabajar en las zonas rurales, donde pudiera ser útil. Ahora está de vacaciones, pero regresará en un par de semanas.

Senna se marchó y al cabo de un momento Orihime la vio montar en el caballo y alejarse galopando. Orihime se clavó las uñas en la palma de la mano. Había algo de la señorita Senna Kurebayashi que no le gustaba.

—Muchas gracias por no traerme el café —le dijo Ichigo en cuanto Orihime entró en la habitación—. Senna no comprende nada.

Orihime se resistió a la tentación de decirle: «es su prometida, debería entender».

—Me gustaría que la próxima vez que venga yo estuviese fuera de la cama –dijo Ichigo, bajando un decibel su tono de voz a medida la frase avanzaba, casi como si se arrepintiera de desear tanto.

—Eso depende de cuándo venga otra vez.- Dijo Orihime, nuevamente fingiendo demencia ante un hecho bastante obvio.- Si viene mañana...

—No, dentro de una o dos semanas.

—Puede que para entonces ya vayas en silla de ruedas—vio que él agarraba la sábana hasta poner los nudillos blancos, impotente—. Lo siento, Ichigo, pero todavía te queda tiempo para poder andar.

Súbitamente, agachó la cabeza y sonrió. De no haber sido él, Orihime habría jurado ver un destello de humildad cruzarle.

—Lo sé. Es más, he llegado a un punto en el que hasta una silla de ruedas me parece bien. Tendrás que encargar una. Hasta ahora me he negado a que la trajeran.

Y se sorprendió aún más de lo que añadió después.

—No soy tan malo como parezco, Orihime. Es solo que no estoy acostumbrado a estar incapacitado. Pero imagino que eso le ocurre a todo el mundo.

Orihime intentó disimular el suspiro a punto de escaparse de su garganta.

—Sé que es muy duro.- Dijo, en tono bajo. Parecido a una confidencia.

—Quizá esperaba que me maldijeras.

Ella suspiró, sin poder evitarlo a tiempo. Lo había maldecido muchas veces. Pero no por estar así.

—Claro que no —dijo ella—. Puedo aguantar más de lo que crees.

—Casi me tienta comprobarlo. Puede que sea un reto interesante -dijo con una media sonrisa.

—Hazlo, si eso te entretiene.

Podía haberse callado. Ichigo se puso serio otra vez y dijo:

—Ya no hay nada que me entretenga. ¿Queda correo por abrir?

—Solo una carta. Tiene un matasellos de Londres.

—Será de Miyako, mi cuñada.

— ¿Tu...?

—Está casada con mi hermano pequeño, Kaien. Es una mujer muy agradable.

Durante un instante, para Orihime se detuvo el mundo. El sobre que tenía delante era de mentira. Las palabras de Ichigo resonaban en su cabeza. «Está casada con mi hermano pequeño, Kaien».

Kaien estaba casado. Kaien estaba casado.

«Te llevaré a casa para que conozcas a Ichigo, y nos casaremos lo antes posible».

Se había casado con otra mujer. Era culpa de Ichigo Kurosaki, ese maldito gusano egoísta lisiado y ciego, frágil como un bebé. Una vez más, la amargura se apoderó de ella. Se volvió y se acercó a la ventana.

— ¿Estás ahí? —preguntó Ichigo.

—Sí.- Exclamó Orihime rápidamente, más alto de lo que habría deseado.- Sí... estoy aquí.

Ichigo fingió no haberse dado cuenta del repentino cambio de humor de la enfermera.

—Léeme la carta de Miyako.

Orihime se obligó a regresar a la cama y a actuar como si nada hubiera pasado.

—Mi querido Ichigo —leyó-, espero que cuando recibas esto te encuentres mejor que cuando yo estuve en Kurosaki Manor...

—Vinieron cuando tuve el accidente —interrumpió Ichigo—, y Miyako se quedó un tiempo. Continúa.

Orihime sentía como cada palabra le cerraba más y más la garganta.

—Kien y yo acabamos de regresar de nuestro viaje por América. Ha sido más duro de lo que esperábamos, pero hemos traído algunas cosas que pueden interesarte...

—Sabía que ese viaje era una pérdida de tiempo. No estamos preparados para vender a los Estados Unidos. Eso llegará después. Pero mi hermanito quería hacer el viaje.

— ¿Cuántos años tiene tu hermanito? —preguntó Orihime, intentando infructuosamente que su voz sonara neutral.

—Veintitantos.- Respondió él con simpleza.

—No es tan pequeño. Hablas como si fuera un niño.

—Para mí es como un niño.

¡Un niño feliz! Hasta que el último día se enfrentó a ella porque Ichigo le hizo creer que Deko lo había traicionado.

—He de admitir que Nueva York me ha gustado mucho —Orihime continuó leyendo—. Ha sido como nuestra segunda luna de miel. Kaien y yo somos muy felices. No puedo tener un marido más encantador... —dejó de leer porque Ichigo carraspeó. Pero le sirvió de excusa, leer aquello era más duro de lo que pensaba.

— ¿Qué ocurre? —Dijo ella al oír su carraspeo—. Parece que no la crees.

—Sé que está loca por Kaien y que insiste en creerse lo mejor acerca de él.

—Quizá es que una mujer debe creerse que su marido es bueno.

Ichigo suspiró.

—Bueno, quizá les vaya bien. Ella es una mujer agradable y Kaien habla muy bien de ella. Según él, ella es el amor de su vida y hasta que la conoció no había conocido al amor verdadero y todas esas cosas.

«Mi querida Deko, tú eres la primera chica a quien amo. Nunca me había sentido así. Sé que nunca amaré a nadie más».

—Todas esas cosas... —Ichigo hablaba solo—. Yo hice todo lo posible para hablar con él. Quizá me equivocaba.

— ¿No querías que se casara con ella? —preguntó Orihime.

—No, no quería.

— ¿No era la mujer adecuada?

—Creía que no lo era por varias razones...

—Pero él no te dejó entrometerte —a pesar de la tristeza que sentía, Orihime hubiese felicitado a Kaien en aquel momento.

—Ella es un poco mayor que él, y... ¿Por qué estoy hablando de esto contigo? Léeme el resto de la carta.

Miyako alabó a Kaien en los dos párrafos siguientes y después se despidió deseándole a Ichigo que se recuperara pronto.

Cuando terminó, Orihime se quedó en silencio. Tenía un nudo ciego en la garganta que le impedía decir más que sollozos mal disimulados.

—Iré a ver si Rangiku ya ha preparado la comida.- Dijo, aprovechando los últimos vestigios de sus dotes de actriz.

— ¿Estás bien? —preguntó él—. Me da la sensación de que te pasa algo. No te importa leerme el correo, ¿verdad?

—No —contestó ella, procurando no destrozar la puerta al cerrarla.

Tuvo que detenerse nada más salir para respirar hondo. Kaien había desaparecido de su vida muchos años atrás, y no tenía por qué afectarla. Además, ya no le importaba. En realidad, no le importaba nada.

Cuando consiguió convencerse de eso, bajó las escaleras.

A Orihime le llevó poco tiempo descubrir que Ichigo empeoraba las cosas al no querer adaptarse a las circunstancias. La tensión acumulada dificultaba su recuperación.

Debía recibir tres visitas semanales del fisioterapeuta, pero Ichigo o bien anulaba las citas o bien las interrumpía para contestar el teléfono. Orihime habló con Keigo Asano, el terapeuta, y gracias a su diplomacia consiguió que aceptara intentarlo de nuevo.

Después intentó convencer a Ichigo. Él, como buen hombre de negocios, no se negó, pero puso todas las dificultades posibles, al menos hasta que la enfermera Inoue cayó en la cuenta de que con él no servía la diplomacia, y le preguntó:

— ¿Quieres volver a andar, o no?

Ichigo bufó al aire, como si en el fondo supiera que la reacción sería más o menos así.

—Como si sirviera de algo que me toqueteen —gruñó.

—Señor Kurosaki- Exclamó Orihime, casi gritando.- Yo no me meto en sus asuntos. Por favor, no se meta en los míos. Los masajes ayudan a que sus músculos se mantengan en forma. Keigo Asano vendrá mañana a las dos.

—El gerente de la fábrica va a llamar...

—Tendrá que esperar a que el señor Asano se haya marchado.

Ichigo resopló con fuerza.

—Eres una mujer muy cabezota.

— ¡Sí, lo soy! Y me alegro de que te des cuenta.

Keigo Asano resultó ser un hombre nervioso y chillón cual quinceañera con las hormonas alborotadas, que molestaba a Orihime tanto como Ichigo.

Hablaba sin parar sobre temas más que banales, y tenía una extraña y peculiar capacidad de volver loco a cualquiera. Pero era muy bueno en su trabajo, tanto que Orihime estaba dispuesta a responder sus preguntas incómodas, y algo coquetas, con sonrisas apocadas pero impenetrables. Orihime lo observaba de cerca, sabía algo de fisioterapia y se le estaba ocurriendo una idea.

—A mí tampoco me gustaría tenerlo cerca —le confesó a Ichigo cuando Asano ya se había marchado—. Pero sabe lo que hace.

Le contó su plan. Asano iría una vez cada quince días y ella le haría el resto de las sesiones. Ichigo aceptó con desgana, pero después de la primera sesión admitió que se encontraba mejor.

Orihime había ganado la primera batalla.

Gracias al talento y obscena constancia de Orihime, Ichigo fue recuperándose, pero insistía en mantenerse al mando de sus negocios y eso le quitaba toda la fuerza que ella le daba.

—No puedes seguir así —Vociferó ella, harta del ir y venir de hombres en traje que interrumpían su trabajo y ni siquiera tenían la decencia de saludarla adecuadamente.

—Eso lo tendré que decidir yo- Dijo él, intentando cortar el asunto de raíz, pues conocía ya el carácter de la enfermera Inoue cuando no se le permitía trabajar a gusto.

—No estás bien para trabajar…

—Enfermera Inoue- La interrumpió de súbito.-Tengo una fábrica y una finca de veinte mil acres que dirigir. Entre las dos, contrato a mil quinientas personas a quienes tengo que pagar. Ellos cuentan conmigo para que sigan teniendo trabajo. Y eso no puedo dárselo si estoy enfermo.

— ¿Pero no hay gerentes?

— ¡¿Gerentes?!- Exclamó, ya fuera de sí ante la insistente ignorancia de Orihime- No sirven para nada. Este sitio funciona porque yo estoy pendiente de todo —ese era el de siempre, arrogante, dominante y sentencioso—. Ahora deje de opinar acerca de lo que no sabe.

Eso fue el detonante. Orihime sintió la sangre hervir como hace mucho no le ocurría, un cúmulo de palabrotas se le atoraron en la garganta y acabó haciendo algo que nunca había hecho: Perdió los estribos con un paciente.

—Te diré una cosa que sí sé —dijo furiosa—. Sí tus ayudantes son unos inútiles, pregúntate por qué. ¿Quién los ha enseñado?

Ichigo enarcó una ceja, preguntándose por la última vez que uno de sus empleados había osado a tratarle con tal familiaridad.

— ¿Qué?

—Estás muy orgulloso de estar pendiente de todo, pero si un día no puedes hacerlo, dejarás a todo el mundo en la estacada.

—Eso no va a ocurrir

¡¿Hasta dónde llegaba su estúpida arrogancia?!

—Eso es lo que tú crees. Pero si sigues así, vas a sufrir un colapso. Y todo el mundo que depende de ti irá detrás. Eso es muy egoísta.- Orihime se tragó las ganas de echarse a llorar mientras daba la media vuelta, incapaz de seguir respirando el mismo aire que él.- No tienes que echarme, porque me voy.

Salió sin esperar su respuesta y cerró la puerta.

El estruendoso sonido que hizo fue suficiente para caer en cuenta de cuan horrorizada estaba por su comportamiento. No le había echado a Ichigo una charla constructiva, sino que se había dejado llevar por la rabia personal.

Se moría de vergüenza.

Salió de la casa y no se detuvo hasta que llegó al lago. Lanzó una piedra y se quedó mirando cómo se hundía, deseaba que todos sus problemas pudieran desaparecer con tanta facilidad.

¿Qué le había hecho regresar allí? Era una locura, pero confiaba en que si se comportaba como una profesional lo podría soportar. Pero ya sabía que ese hombre, incluso seis años después, conseguía que actuara de manera bochornosa.

Había salido sin abrigo y, al levantarse la brisa, tembló de frío.

—Será mejor que regrese para hacer las maletas —murmuró—. Tengo que marcharme de aquí ahora mismo.

Se encontró con la expresión de pesar de Rangiku en la escalera.

— ¿Qué ha pasado?- Dijo. Orihime lanzó un largo y tortuoso suspiro.

—Que le he dicho un montón de verdades.

—Oh, cariño.

Orihime respiró hondo y subió las escaleras sin mayor ceremonia, cual condenado andando por la milla verde. Abrió la puerta de la habitación de Ichigo repasando el pequeño discurso que iba dispuesta a lanzarle antes que el dijera cualquier cosa. Realmente, lo último que deseaba oír era estás despedida desde sus labios. Él volvió la cabeza al oír el ruido.

—No debiste haberte marchado tan rápido —Dijo. Parecía cansado pero tranquilo—. La primera norma para cuando se dicen las cosas claras es quedarse para ver cómo se derrumba el enemigo.

La palabra enemigo sorprendió a Orihime. Era como si Ichigo tuviese doble visión.

—Siento lo que dije.- Masculló, mucho más bajo de lo que deseaba.- No tenía derecho.

—Segunda norma: no lo estropees con disculpas.

—Eso está muy bien, pero yo soy una enfermera y lo que he hecho no es de profesionales.

—Y ser una profesional es lo más importante para ti, ¿no es así?- Dijo él, sonando casi como un reproche.

—Le doy mucha importancia.- Respondió ella, procurando fingir que no había notado ese detalle.

—Mucho más que otras cosas, me pregunto por qué.

Orihime pensó que debía acabar con esa conversación antes de comenzar a vomitar información innecesaria.

—Señor Kurosaki, ya me he disculpado y estoy dispuesta a marcharme inmediatamente...

—Quieres decir que estás deseando escapar. Pensé que era más valiente que las otras.

No pudo evitar observarlo como si hablase en un idioma desconocido. De Ichigo Kurosaki no cabía esperar más que una irrefrenable hostilidad hacia todo aquel que le contradijera, pero allí estaba.

— ¿No quieres que me vaya?

—Ven aquí —tendió su mano como para que ella la agarrara. Orihime estuvo a punto de tomarla, pero se contuvo.

—Todo lo que dijiste es cierto -dijo él—. Me di cuenta en cuanto lo escuché. Te lo hubiera dicho si me hubieras dado la oportunidad. Odio delegar en otros. Pero ya sé que tengo que dejar que la gente haga más cosas, por lo menos.., hasta que pueda ponerme al mando de nuevo.

Estaba suplicando. Necesitaba creer que algún día se recuperaría, porque sin esa esperanza no sobreviviría. Le estaba suplicando que no le dejara perder la esperanza.

—Por lo menos hasta entonces —dijo ella.

— ¿No te irás? —preguntó él.

—No, no me iré.

—Quiero tu palabra de honor, por favor.

Orihime sonrió tenuemente. No había manera de negarse a una petición tan desesperadamente humilde.

—Te doy mi palabra.

Al escuchar aquello, él relajó los hombros.

— ¿Qué te ha hecho saltar así sobre mí?

—No me gustaría ver que mi trabajo ha sido una pérdida de tiempo.

— ¿Estás segura de que solo es eso?

Esta vez fue ella quien se puso tensa. Incluso con vendas en los ojos, Ichigo veía demasiado.

—Solo es eso —dijo ella—. Y quiero que me prometas una cosa. Me quedo con la condición de que a partir de ahora seas un paciente modelo.

—No sé cómo hacerlo.

—No te preocupes, yo te enseñaré.

Él sonrió.

—De acuerdo. Lo intentaré.

Él le ofreció la mano y ella la aceptó. Y por segunda vez en ese día regresó al pasado.

Aquel día de verano Kaien la llevó allí y le presentó a su hermano, se saludaron dándose la mano y ella se sintió atrapada por la gran mano de Ichigo. Él no la agarró muy fuerte, pero ella pudo sentir la fuerza que irradiaba.

Ella adoraba a Kaien, pero enseguida supo que su hermano mayor le hacía sombra.

Mientras sostenía otra vez la mano de Ichigo, sintió que él estaba muy débil y de pronto una extraña sensación se apoderó de ella.

Estaba tan solo, luchando contra su sufrimiento. No pedía compasión, pero sí amistad. Lo que le había dicho sobre su profesionalidad era un reproche. Era una enfermera excelente, pero él necesitaba algo más, y ella no se lo quería dar.

Sintió un escalofrío. Él le agarró más fuerte la mano y le preguntó:

— ¿Qué ocurre?

—Nada —contestó ella intentando disimular—. He estado mucho tiempo fuera y creo que me ha entrado frío.

—Entonces ve a ponerte algo de abrigo. No puedo permitirme que te pongas enferma. Me llevas de cabeza, pero he de admitir que eres la única que sabe lo que hace.

….

Los días siguientes, Orihime observó que la relación entre ellos había cambiado.

Quizá desde el día que ella perdió el control y él se lo tomó bien, pero también porque desde que llegó allí cada vez se respetaban un poquito más.

Ella no podía olvidar el momento en que él le agarró la mano para pedirle, en silencio, su amistad. No podía decirse que fueran amigos, pero si camaradas luchando contra un enemigo común.

El siguió siendo un paciente difícil, y ella una enfermera cabezota. Ambos sabían que podían decirse las cosas claras sin que hubiera resentimientos por parte de ninguno. El la llamaba «la mujer dragón», pero siempre con una sonrisa que hacía que aquellas palabras no fueran ofensivas.

Ichigo estaba más sonriente y hablaba de forma animada. Pero no la engañaba.

Orihime sabía que Ichigo seguía teniendo fantasmas atrapados en el interior, y que poco a poco se enfrentaba a ellos. Seguía teniendo miedo al futuro, pero lo había relegado a otro plano.

Ella no sabía qué había sucedido con su hostilidad.

No había desaparecido, pero parecía que la había dejado aletargada para más adelante.

—Te traigo el correo —le dijo Orihime una mañana, diez días después de que Senna regresase a Londres—. Hay un sobre azul con matasellos de Londres.

—Senna. Será mejor que me la leas.

Tomando en cuenta lo desafortunado de su último encuentro, sus ganas de leer una carta escrita por Senna Kurebayashi eran igual o menores a cero.

— ¿Estás seguro de que quieres que lo haga?

—No, ¿pero se te ocurre alguien más?

—Rangiku, alguien que conozcas bien.

Cualquier persona menos enfermera Inoue.

—Creo que una voz impersonal sonará mejor, ¿no crees?

Tenía razón. Pero una parte de ella realmente no quería leer las palabras de amor que Senna le escribía. Aun así, no tenía otra opción.

—Cariño, ¿cómo te las arreglas sin mí? —leyó—. ¿Esa dragona que tienes como enfermera te cuida bien? En serio, cariño, no sé de dónde las saca la agencia...

—Lo siento —interrumpió Ichigo—. No tienes que leer más.

—Está bien. No te preocupes —dijo Orihime. No podría haberla tratado en otros términos—. Como dijiste, es impersonal. ¿Por dónde iba? Ah, sí.

—No sé de dónde las saca la agencia. Espero que sus conocimientos de enfermera sean mejores que sus habilidades sociales.

—Eso lo dice porque no me trajiste la taza de café —Interrumpió Ichigo, sonando algo nervioso.

—Me dijiste que no querías —le recordó ella.

—Y Senna te había dicho que sí. No le gusta que no la obedezcan.

—Pero tú eres mi jefe, ella no.

—Lo sé. Solo intento explicarte su punto de vista para que entiendas que no quiere decir nada con esas palabras.

Orihime podía haberle dicho que si Senna lo amaba de verdad, debía intentar comprenderlo. Pero se tragó cada palabra hacia lo más profundo de su ser.

La carta relataba la intensa vida social de Senna durante su estancia en Londres. Bailes con gente importante, alcohol cada fin de semana, pequeñas escapadas entre amigas…

Era una carta extraña, por decir menos, para escribírsela a un hombre enfermo.

—No te imaginas lo mucho que te echo de menos —continuó leyendo—. Me da tanta pena pensar que estás ahí tumbado sin poder moverte. Pero pronto terminará todo y podremos estar juntos otra vez...

— ¿Qué pasa? —preguntó Ichigo al oír que Orihime súbitamente se había callado.

Esa última frase acabó por detonar el cúmulo de pensamientos acumulados. Parecía inaudito como se desligaba de toda responsabilidad con alguien a quien decía amar profundamente en un momento así, gris, triste, deprimente, ¿sabía ella de sus gritos nocturnos, su miedo a no volver a caminar o ver? ¡Ni siquiera era capaz de respetar una aversión culinaria!

—Es solo que... que no entiendo por qué no podéis estar juntos.

— ¿Perdona?- Masculló Ichigo. Casi parecía una amenaza, pues el mensaje era bastante claro.

Pero Orihime no se echaría hacia atrás nuevamente.

—Si te echa tanto de menos, ¿por qué no está aquí?

El rostro de Ichigo estuvo en cuestión de segundos deformado en una mueca que podía llamarse el disgusto materializado.

— ¿Es asunto tuyo?

Su tono acabó por recordarle a Orihime la posición en que se encontraba. Una enfermera emocionalmente distante que no conocía a Ichigo Kurosaki lo suficiente.

—Lo siento. No, no lo es.

—Dame la carta —ordenó él.

Ella la dejó sobre su mano en silencio.

— ¡Estoy seguro de que tiene cosas que hacer, enfermera!

Orihime salió de la habitación. Ichigo se quedó atento hasta que escuchó el ruido de la puerta. Estaba furioso.

A los treinta y cinco años, Ichigo podía alardear de que nunca se había enamorado. Era un hombre de pelo en pecho y las mujeres habían tenido una función en su vida. En la adolescencia tuvo algunos líos con las chicas de la zona que lo seducían con sus encantos. Después tuvo una relación con una viuda que no lo exigía demasiado. El la ayudaba a mantener a sus dos hijos y ella estaba allí siempre que él la necesitaba. Después de unos años, ella se casó otra vez y se separaron sin pena ni dolor.

Kaien era lo contrario a él.

No le importaba el dinero y se encaprichaba fácilmente de las mujeres. En concreto, uno de sus líos amorosos era la causa de las pesadillas de Ichigo. No le gustaba cómo provocó la ruptura del compromiso de su hermano, pero tampoco creía que se hubiera equivocado.

Si hubiera tenido que convencerse de que la vida amorosa era más complicada de lo que merece la pena, solo habría tenido que fijarse en la vida de su hermano.

Sabía que tarde o temprano tendría que casarse para concebir al heredero que evitaría que las tierras cayeran en manos de su hermano Kaien.

Senna era la elección perfecta. La hija de unos amigos de sus padres, ella comprendía su forma de vida y compartía los mismos valores aunque no los mismos intereses. A ella le gustaba la vida social londinense y él la aborrecía. Pero no importaba. Ella haría un buen papel como la señora de Kurosaki Manor y como la madre de sus hijos, y eso era lo que él quería.

Con ella sucedía lo mismo. El hombre con el que deseaba casarse se había arrepentido. Ella tenía treinta años y estaba encantada de aceptar la propuesta de un viejo amigo. Se comprendían mutuamente.

Las palabras de Orihime lo habían molestado porque sugerían que ella lo veía como un hombre traicionado. Él nunca se había considerado así, y la idea de que alguien sintiera lástima por él lo aterraba.

Parecía que Orihime tenía la idea romántica de que una prometida debe ser el compañero del alma. El no consideraba a Senna como su compañera del alma, y tampoco estaba muy seguro de saber qué era eso.

Posiblemente alguien que comprende tan bien a su pareja que ni siquiera tiene que hacer preguntas, que la acepta tal y como es, y que solo con su presencia le da fuerzas para enfrentarse a la oscuridad.

A medida que se le pasaba el enfado, se percató de que la persona en quien pensaba era Orihime Inoue. Sonrió. Deseaba poder decírselo. Estaba seguro de que ella apreciaría la broma.

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Disculpen la demora, el próximo no tardará tanto : 3