Bleach es de Tite "diosito" Kubo
Orihime consiguió persuadir a Ichigo para que probara a dejar las pastillas para dormir. Comenzó a darle masajes en el cuello y en los hombros a última hora de la noche y parecía que eso lo ayudaba a dormir. Incluso él lo admitía.
—Y es mejor que las pastillas porque al día siguiente no me deja atontado —dijo una noche mientras se quitaba la chaqueta del pijama para recibir el masaje—. Tenías razón.
— ¡Lo has admitido! —dijo ella—. Sé que preferirías tragarte alfileres antes de admitir que tengo razón.
—Cierto.
Comenzó a darle el masaje en los músculos de la espalda, que al final de la noche siempre los tenía muy tensos. Gracias al firme movimiento de sus dedos, se fueron relajando.
Aquella noche, Ichigo estaba de muy buen humor porque había conseguido mantener a uno de los clientes de la fábrica.
—Los buitres se ciernen sobre mí porque creen que estoy débil -dijo bostezando—. Uno de ellos ha intentado quitarme a uno de mis mejores clientes. Y casi lo consigue.
— ¿Cómo lo has evitado?
—He llamado al cliente para ofrecerle algo mejor y he hablado dulcemente con él hasta que lo he convencido.
— ¿Dulcemente? ¿Tú?
— ¿Te sorprende, eh?
—Bueno, suponía que el enfrentamiento era más tu estilo de trabajo.
— ¿Crees que me conoces?
—Conozco cuántas cosas tienes bajo tu control.
—No me gusta esa expresión. Sugiere tiranía y yo no soy así. No podría encargarme de todo si me comportara como un toro encerrado.
—Ah, eso te describe perfectamente.
— ¿Por qué tienes tantos prejuicios sobre mí?
—No los tengo.
—Sí los tienes.
—Eres un hombre poderoso. Cuando todo el poder lo tiene una sola persona, normalmente siempre hay alguien que sale mal parado.
— ¿Y quién dice que todo el poder lo tenga una sola persona? Ya estás otra vez. ¿Cuándo me he convertido en un monstruo?
«Cuando me abrazaste contra mi voluntad y destrozaste mi corazón», pensó Orihime.
—Exageras —dijo ella—, O quizás soy yo. Provengo del otro lado... donde la gente no tiene poder.
—Y el jefe de tu padre siempre era el enemigo, está claro.
—Mi padre rara vez tenía trabajo, pero mi madre sí trabajaba.
— ¿Y tenía un tirano como jefe?
De repente, ella recordó su primer encuentro con Ichigo Kurosaki, hacía mucho tiempo, cuando era una niña su madre la llevó a la fábrica y él la descubrió.
Él le dijo:
—No debías estar aquí.
Mebuki apareció enseguida.
—Nos íbamos, señor.
— ¿Usted es la señora Inoue, no? —Incluso entonces Ichigo sabía el nombre y la situación de cada empleado—. Siento lo de la muerte de su marido. Pero ahora será mejor que se vayan.
Mebuki agarró la mano de su hija y salió de allí murmurando:
—Dios mío, no dejes que me despidan.
No la despidieron. Y al día siguiente el encargado le ofreció un turno mejor y un poco más de dinero.
— ¿Por qué has dejado de moverte? —preguntó Ichigo.
—Lo siento —Murmuró Orihime, procurando continuar con el masaje.
— ¿Bueno, y cómo era el jefe de tu madre?
—Generoso —dijo ella, de pronto muy segura de lo que decía—. Se portó muy bien con ella.
—Pero eso no te hizo cambiar de opinión, ¿no?
—Lo hizo de una manera tan distante que era difícil estarle agradecida.
— ¿Pero no es la acción lo que cuenta?
Ella recordó la cara de alivio que tenía su madre cuando le contó que le habían subido el sueldo y cambiado el turno.
—Sí —dijo—, lo que cuenta es la buena acción. Él quiso ser amable, y lo fue.
Orihime se preguntó por qué nunca había tenido eso tan claro.
—Si eres el que está al mando, has de ser duro -dijo Ichigo.
— ¿Pero por qué es tan importante ser duro?
—Es lo único que sé. Y si hubieses conocido a mi padre, lo entenderías. Él vivía según la tradición familiar, había que dejar mejor herencia que la que se recibía.
— ¿Y supón que quisieras hacer algo diferente? —preguntó ella con curiosidad.
—Imposible. Si se es un Kurosaki, hay que ser capaz de dirigir la fábrica y las tierras, y de hacerlo todo mejor que los empleados.
— ¿Y tu hermano? —preguntó intentando parecer natural.
— ¿Kaien? Papá no era tan duro con él. Nos llevamos ocho años, y era un niño mimado. Además, tiene mucho encanto. Ha conseguido cosas que yo nunca conseguí.
— ¿Y eso te importaba?
— ¿Quieres decir que si estaba celoso?
—Sería normal que tú estuvieses resentido porque os trataran de distinta manera.
—Bueno, si es lo que quieres oír, sí, ¡claro que estaba celoso! Yo trabajaba y él vagueaba. Se engañó pensando que todo lo que quería era suyo. Si se metía en un lío, se las apañaba para salir de él.
—Hablas como si no te cayera bien.
Ichigo se dio la vuelta para estar frente a ella, y aunque no pudiera ver, Orihime tuvo la sensación de que la estaba mirando.
— ¿Caerme bien? Es mi hermano. Es un Kurosaki.
— ¿Y eso significa que tiene que caerte bien?
—Significa que tenemos que estar unidos.
—Háblame de tu hermano. ¿Cómo era?
— ¿Por qué dices cómo era? —Preguntó Ichigo—. No está muerto.
—Claro que no —dijo ella—. Solo quería decir...
Ella quería hablar del Kaien de hacía seis años, del chico guapo que era su amor y que con su risa iluminaba el mundo para ella. Quería que Ichigo le recordara la felicidad que él había destruido. Y ella estuvo a punto de traicionarse a sí misma.
— ¿Cómo podría explicarte cómo es él? No se me dan muy bien las palabras. A Kaien sí, demasiado bien. Le han metido en muchos problemas, y yo siempre he tenido que recoger los pedazos.
Ella se quedó callada. Su corazón latía deprisa. ¿Estaba a punto de escuchar su propia historia?
— ¿Sabes de lo que me arrepiento? -dijo despacio, como si acabara de descubrir algo.
—Cuéntame.
—Ni de las cosas malas que hice, ni de las buenas que no hice, sino de las que hubiera hecho mejor si hubiese sabido cómo. Uno se promete a sí mismo que luego dará una explicación, pero, de repente, es demasiado tarde y uno desea... —suspiró—. Bueno, da igual, desear no es bueno. Hice lo que hice, con la mejor intención, pero todo salió mal. Me gustaría saber cómo terminó después de todo.
— ¿Cómo salió qué?
Él bostezó. El masaje comenzaba a hacer efecto.
—Nunca sabemos lo que le estamos haciendo a otra persona. Yo creí que todo saldría bien, pero ella lloraba... nunca había oído llorar a alguien así.
Ella le tomó la mano.
—Ichigo...
—No te vayas —dijo él.
Ella no contestó, pero se quedó allí sujetándole la mano.
Él la agarró más fuerte, después se relajó. Dormía. Orihime estaba sentada en la cama sin moverse, pensando en lo que él había dicho. Tenía que tener algún sentido.
¿Por qué pensaba que él hablaba de la chica a la que se le rompió el corazón?
—Tienes razón —susurró ella—. Nunca sabemos qué es lo que le hacemos a los demás. Y quizá sea mejor. ¿Qué se puede hacer cuando ya es demasiado tarde?
Obedeciendo a un impulso inexplicable, ella le acarició la mejilla. Después salió de la habitación.
…..
Desde que lo dejaba entrar en la habitación de Ichigo, la relación entre Orihime y Kon mejoró. Cuando ella salía a pasear, el perro la acompañaba y pronto se hicieron amigos.
Ya habían cesado las lluvias y el sol calentaba. El jardín estaba lleno de flores. A mediados de abril, Orihime salió a pasear y Kon se acercó a ella con una pelota que llevaba en la boca.
—Está bien —rió ella—. Juguemos.
Le lanzó la pelota y el perro fue a buscarla. Durante unos instantes, Orihime consiguió olvidarse de todo y disfrutar del juego con una criatura para la que todo era muy sencillo.
Kon regresó y dejó la pelota junto a los pies de Orihime. Ella la recogió, pero en lugar de lanzársela la mantuvo en alto fuera de su alcance. El perro ladraba y ella reía. Al final, Kon dio un salto y le mordió la manga del jersey, ella se desequilibró y se cayó. Los dos bajaron rodando por una pendiente que acababa en la carretera que llegaba hasta la casa.
Orihime vio que un coche daba un frenazo y tocaba el claxon. Ella estaba tirada en el suelo y prácticamente debajo de las ruedas del coche.
— ¿Quieres suicidarte? —preguntó una voz masculina. Ella se puso en pie. Tenía el pelo lleno de flores silvestres.
—Lo siento. Ha sido un accidente.
El conductor era un hombre de unos treinta y tantos años.
—Serás boba... —suspiró-. Te has cortado en la mano. Soy médico. Cuando lleguemos a la casa miraré a ver si tienes algo más.
—Gracias, pero aparte del corte no me he hecho daño.
—Eso lo diré yo.
—Soy enfermera y le aseguro que no me he hecho daño.
— ¿Una enfermera? ¡Madre mía! No me digas que te han confiado a ese hombre enfermo de ahí dentro. ¡Pobrecito!
—Soy la enfermera Orihime Inoue —dijo indignada—. Y estoy muy cualificada.
— ¿En qué? ¿En idiotez? ¿En jugar con perros?
—Estoy fuera de servicio, ¡por favor!
Él sonrió.
—Yo soy el doctor Uryu Ishida. Me había enterado de que había llegado otra enfermera. Sé cómo puede ser Ichigo, pero es un poco pronto para que te tires debajo de un coche, ¿no crees? Súbete.
Se subió al coche y Kon subió detrás. Mientras regresaban a la casa, observó al doctor.
Uryu Ishida tenía el pelo negro. Llevaba una chaqueta de lana que debió de costarle cara, pero que estaba en mal estado por el uso.
—Estaba deseando conocerlo —dijo ella.
—Por la manera en que lo dices, me hace sospechar algo. No me habrás preparado una trampa.
—La señorita Senna me dijo que usted era un genio de la medicina.
— ¡0h, cielos! ¿Qué va contando por ahí? No, déjame adivinarlo. Que soy demasiado bueno para dedicarme a la medicina rural. Que los mejores hospitales compiten por conseguir mis servicios, ¿a qué sí?
—No del todo -dijo sonriente—. Solo dijo hospitales. Lo de los mejores lo ha añadido usted.
—Bueno, pero he acertado. ¿A qué sí?
— ¿Y no es cierto?
—Senna es mi prima. Siente que he estropeado el nombre familiar por haber elegido la medicina rural.
— ¿Quiere decir que es uno más de la alta sociedad? —bromeó.
—Eso me temo. La diferencia entre Senna y yo es que para ella eso define su mundo y a mí no me importa nada.
—Entonces debe conocer a Ichigo muy bien.
—Fuimos al colegio juntos, peleamos por las mismas chicas, nos defendimos de los extraños. Pobre chico.
—Me ha autorizado a encargar una silla de ruedas. Espero que llegue en cualquier momento.
—Bien. Salir de esa habitación lo animará.
Cuando llegaron a la casa subieron juntos las escaleras. Al llegar a la habitación de Ichigo, Ishida se detuvo y quitó una flor de la cabeza de Orihime.
—Te has dejado una —le dijo mostrándole la flor.
Ella se rió y dijo:
—Será mejor que me cambie de ropa.
Al ver que se metía en la habitación pequeña, Ishida arqueó las cejas. La observó de cerca, pero no dijo nada y entró en la habitación de Ichigo.
Los dos hombres se saludaron de forma amistosa. Ichigo recibió a Ishida con una pequeña bronca y se sintió mejor.
—Lo sé —dijo Ishida—. Es detestable.
— ¿Cuándo terminará? ¿Cuándo podré levantarme? ¿Cuándo podré ver? Y no me digas que tenga paciencia o te tiro algo.
—Nunca te diría una tontería como esa. Sé que es duro, Ichigo, pero recuperarse lleva tiempo.
—Hablas como la enfermera Inoue. ¿La has conocido?
—Sí, hace un momento. Casi la atropello. Ha salido de la tierra como un gnomo.
— ¿Cómo qué? ¿Intentas ser poético, Ishida?
El doctor soltó una carcajada.
—Supongo que sí. Conocer un milagro hace que un hombre se ponga poético. ¿Cómo puede una criatura tan divina tener un nombre tan vulgar como Inoue?
— ¿Criatura divina? —repitió Ichigo asombrado—. Es un dragón, un dragón bueno, pero que escupe fuego. El día que llegó le pregunté qué aspecto tenía y me dijo que llevaba un uniforme blanco y medias negras.
Ishida se rió.
—Cuando yo la he visto llevaba vaqueros y un jersey, estaba tirada en el suelo y el pelo le caía sobre los ojos.
— ¿De qué color tiene el pelo? No quiero preguntárselo a ella.
—Así que está manteniendo distancia profesional. Muy apropiado.
De repente, Ichigo se vio atrapado en un sueño extraño. Había recuperado la vista, pero no veía la cara de la mujer que tenía entre sus brazos. Sentía su aroma a flores silvestres y oía su dulce voz. Pero su rostro estaba oculto hasta que ella se volvió y él reconoció la cara de una persona que no quería recordar. Intentó protestar pero sus labios eran suaves y lo besaban con delicadeza.
Él movió la cabeza como para dejar de pensar. ¿Por qué lo atormentaba ese sueño?
— ¿Qué has dicho? —le preguntó a Ishida.
—He dicho que tu enfermera está manteniendo distancia profesional.
—Sí —dijo él—. Por supuesto. Descríbeme cómo es.
—Es joven, tendrá unos veintitantos años, y tiene el pelo liso hasta los hombros y lleno de flores. Se las estaba quitando mientras hablábamos.
—Flores en el pelo —murmuró Ichigo—. Si, así es como yo... —se calló y se sonrojó—. ¿Es alta o baja?
—Alta, como el tallo de una flor, con piernas muy largas. Tiene los ojos castaños y la piel de porcelana.
Continuó utilizando términos que podían aplicarse a una diosa pagana. Ichigo escuchaba con interés intentando acoplar esa imagen de la perfección con la cabezota enfermera Inoue.
— ¿Cómo es que tenía flores en el pelo? —preguntó.
—Estaba jugando con Kon. El saltó sobre ella y rodaron por la cuesta hasta la carretera. He parado justo a tiempo.
—Y entonces, te enamoraste de ella -dijo Ichigo con ironía.
—No bromees. Ella es una invitación al amor, con una sonrisa tan grande como el sol.
— ¿Orihime? ¿Estás loco?
—Desde la última hora.
Ichigo oyó el ruido de la puerta y después la voz de Orihime.
—Buenas tardes, doctor.
—Buenas tardes, enfermera —contestó el doctor Ishida.
— ¿Y qué lleva puesto ahora, Uryu? —preguntó Ichigo.
—Un uniforme blanco y planchado —contestó él.
—Te he dicho que no te pusieras esa ropa —dijo Ichigo.
—Me la he puesto por respeto al doctor.
—Déjame ver tu mano —insistió Ishida.
—Ya me la he curado —Orihime le enseñó la gasa que se había puesto sobre la herida—. ¿Qué está haciendo?
—Hacerle una cura adecuada, como te dije que haría.
— ¿Intenta decirme que no soy capaz de poner una simple gasa?
—Estoy seguro de que te las has arreglado con una sola mano, pero yo puedo utilizar las dos, así que lo haré mejor. Ahora quédate quieta y deja de protestar.
Ichigo suspiró de puro placer.
—No sabes cuánto me gusta escuchar cómo dan órdenes a la mandona de la enfermera Inoue.
Pero su ánimo duró poco. Momentos después, Orihime se rió y él se quedó paralizado. ¿Qué había sucedido para que ella se riera? ¿Qué aspecto tenía? ¿Le brillaban los ojos como sugería su voz?
El tono de su voz era diferente. Normalmente lo controlaba tanto que a Ichigo le costaba mucho imaginarse la cara de Orihime. Pero, en aquel momento, tuvo la sensación de que había descubierto la otra cara de aquella mujer, aquella que invitaba a un hombre a llegar más lejos. Fue la primera vez que consideró en Orihime no solo una enfermera, sino una mujer.
Llamaron a la puerta y se oyó la voz de Rangiku.
—Ya ha llegado la silla, está abajo.
—Ahora bajo -dijo Orihime.
—Uryu —dijo Ichigo en cuanto ella se marchó—, quiero que me ayudes tú a subirme en la silla. Diles a las mujeres que se vayan, incluso a Orihime.
—Pero son ellas las que más tarde tendrán que ayudarte.
—Lo sé, pero dame la oportunidad de probarla primero. Ya sabes cómo soy. No puedo soportar que nadie me vea incapacitado. Y menos ella.
— ¿Qué pasa con ella?
—Nada. Es la mejor enfermera que he tenido nunca. Pero tiene algo esquivo.
Sabía que no era tan malo. Quizá también debía haberle dicho que, además de ser esquiva, Orihime lo tranquilizaba. Y si ambas cosas eran contradictorias, no sabía explicar por qué. Pero era cierto.
Llevaron la silla a la habitación de Ichigo. Orihime captó la mirada de Ishida, asintió y salió de la habitación.
Minutos más tarde, apareció Ishida empujando la silla que había bajado despacio por las escaleras.
Al verlos, Orihime sintió algo extraño, como una sensación de peligro. No quiso analizarla, pero era algo parecido a la lástima.
Orihime siempre se había controlado para no sentir lástima por sus pacientes. Pero, de pronto, un sentimiento de desesperación se apoderó de ella, como si estuviera unida con el corazón de aquel hombre herido.
Vivir una vida invivible, ser un inútil cuando se está acostumbrado a tener el poder, ¿hay algo peor que eso?
De pronto la idea de verlo en ese estado para siempre le parecía insoportable.
Se recuperó, pero se quedó temblando, como si ya no fuera la misma mujer.
Llevaron a Ichigo al exterior y él levantó la cabeza para inhalar el aire fresco.
—Se está bien aquí —dijo al fin—. Tomémonos un té aquí fuera.
—Voy a prepararlo —dijo Orihime. Necesitaba alejarse de Ichigo, para alejar esos sentimientos. Estaría bien al cuidado de Ishida.
Pero mientras preparaba la bandeja del té, Ishida entró corriendo con el teléfono móvil en la mano.
—Tengo que marcharme, es una emergencia. Volveré pronto, y me gustaría que nos reuniéramos para hablar un buen rato.
—Sí, es una buena idea.
Llevó la bandeja a la terraza donde estaba Ichigo y le explicó que Ishida había tenido que marcharse.
Ichigo ya no llevaba los ojos vendados, pero sí un antifaz negro. Sus heridas habían cicatrizado, pero todavía no podía darle la luz. Si se quitaba el antifaz demasiado pronto, sería desastroso. Levantó la cara hacia el sol para sentir su calor.
—Hace un día precioso —dijo él—. Puedo sentirlo, quizá pronto... —se cayó y continuó—. No me digas nada. No tengo derecho a pedirte que me des esperanzas.
—Claro que tienes derecho. Si no te las doy yo, ¿quién te las va a dar?
—Me he prometido no sentir lástima de mí mismo.
—No, la autocompasión no es tu estilo -dijo ella.
—No estoy tan seguro. ¿No he sentido lástima de mí mismo? Luchando contra el mundo. Atacando a todo aquel que intentaba ayudarme. Por lo menos podía intentar comportarme como una persona civilizada, ¿no?
Mientras ella buscaba una respuesta, él continuó:
—Está bien, puedes decírmelo claro.
—No hace falta —contestó ella—. Ya te lo has dicho todo. Has hecho lo que ninguna enfermera podía hacer por ti.
—Ninguna enfermera, excepto tú... —tendió la mano y ella la agarró. Era cálida, suave y temblaba levemente. Si alguna vez se imaginó un momento así, jamás creyó que sería tan agradable—. Tú eres diferente. Ten un poco de paciencia conmigo.
Ella le apretó la mano y él le devolvió el apretón.
— ¿Amigos? —preguntó él.
—Amigos – Respondió ella.
No podía decir otra cosa. «Amigos», no era del todo cierto. ¿Pero qué es lo que era cierto? Ya no estaba segura.
...
Lamento mucho la demora, la facultad me dejó sin tiempo u.u ahora que estoy de vacaciones prometo (al fin) terminar de subir esta bonita historia. Gracias por los review, aunque no los he contestado créanme que después de leerlos una encuentra la motivación para seguir escribiendo!
