Bleach es de tite Kubo, la historia es de Lucy Gordon
...
Orihime se despertó al oír un grito que parecía que venía del infierno. Se puso en pie y en un segundo llegó hasta la habitación de Ichigo. Él estaba retorciéndose en la cama, luchando de forma desesperada contra una amenaza existente en su mundo onírico, intentando cubrirse la cara con los brazos.
— ¡No! —gritó él—. ¡No, no!
—Ichigo, despierta —gritó ella—. ¡Despierta! No pasa nada. Estás soñando.
Él no la oía. No conseguía librarse del terror. Su ceguera hacía que todo fuera peor. Alguien que pudiera ver abriría los ojos y al ver la realidad se desharía de la pesadilla. Pero para Ichigo eso no era posible. Estaba atrapado en la pesadilla moviéndose con brusquedad. Orihime estaba preocupada por si se hacía daño en la espalda, que ya tenía lesionada. Lo rodeó con los brazos todo lo fuerte que pudo.
— ¡Ichigo, despierta! ¡Por favor! No pasa nada, estoy aquí.
Al fin pareció oírla. Dejó de moverse y se quedó entre sus brazos, temblando y exhausto.
—Oh, Dios. Oh, Dios —masculló él. Tenía la respiración agitada y su voz temblaba.
Se aferró a ella. La abrazó y escondió su cara contra el pecho de Orihime.
Ella respondió de forma instintiva, abrazándolo más fuerte. En ese momento era una simple enfermera intentando tranquilizar a su paciente atormentado.
—Está bien. Estoy aquí, Ichigo... Ichigo...
—Quédate conmigo —dijo él—. No puedo soportarlo...
—Mi vida... — apenas se daba cuenta de lo que decía, pero se desconcertó al ver que él se acercaba más a ella. De pronto no tenía nada que ver con lo que habitualmente sentía cuando tranquilizaba a un paciente. De pronto no era una simple enfermera cumpliendo su trabajo de siempre. Sentía algo salvaje. Quería sujetarle la cabeza para siempre, y susurrarle palabras tranquilizadoras y de consuelo.
— ¿Qué soñabas? —Preguntó, espantando el cauce peligroso de sus pensamientos—. ¿Podrías contármelo?
—Con el fuego. Intentaba salir de allí, pero estaba perdido, no encontraba la salida y el calor era terrible. Veía cómo se caía el techo sobre mí y cómo todo se volvía oscuro. Todavía puedo sentir el calor... y el miedo...
Le costó mucho admitir sus miedos, y necesitaba a alguien que lo sostuviera mientras lo hacía.
— ¿Sueñas eso a menudo?
—Hacía mucho que no lo soñaba. Creí que se me había pasado, pero hoy lo he vuelto a soñar.
—Has trabajado mucho y has tenido una recaída. ¿Ahora estás completamente despierto?
—Sí, estoy despierto. Si se puede decir así. La pesadilla siempre está presente, da igual que esté despierto o dormido. Al final, no hay una salida. Nunca tendré escapatoria.
Le hubiera gustado decirle que recuperaría la vista y que saldría de esa horrible situación. Pero no estaba del todo segura y tenía que ser sincera. El sintió que ella dudaba y se aferró a ella con más fuerza.
—Es mentira, ¿verdad? –Musitó con la congoja bailando entre decibeles- Siempre seré ciego.
—No lo sé —Respondió ella.
Se revolvió entre sus brazos como un niño, frágil y asustado.
— ¡Ayúdame, Orihime! Por favor, ayúdame.
Desesperado, llevó ambas manos a sus ojos para quitarse el antifaz. Ella lo detuvo.
— ¡No! ¡Ichigo, no!
—Tengo que saberlo —gritó—. ¿Crees que puedo aguantar sin saberlo?
—Pero es demasiado pronto -dijo ella—. Puedes hacerte más daño. No desperdicies tu oportunidad.
—No hay ninguna oportunidad, y lo sabes. Déjame saber la verdad de una vez.
— ¡No!
Orihime utilizó todas sus fuerzas para sujetarlo. El abandonó la pelea y se derrumbó entre sus brazos nuevamente.
Las palabras no servían de nada. Solo la ternura podía acallar los lamentos de su alma atormentada.
Teniéndolo así de cerca fue consciente de que había salido de la cama demasiado rápido y no se había puesto la bata. Solo llevaba un camisón fino que dejaba sus hombros al aire. Tenía la sensación de que iba medio desnuda. Se hubiera tapado, pero no tenía con qué.
Poco a poco se olvidó de todo, excepto de que Ichigo tenía la cara apoyada en su pecho y que el calor de sus cuerpos se intercambiaba. Sentía calor desde los pies hasta la cabeza.
Ella intentó soltarse pero no lo consiguió. Había algo que hacía que siguiera sujetándolo.
Ichigo seguía temblando y se agarraba a ella con fuerza.
—Está bien. Estoy aquí —murmuró ella. Había dicho esas palabras cientos de veces, pero nunca con ese significado.
—Menos mal –Dijo él, con el tono de quien lleva los suplicios de toda una vida sobre sus hombros-Si no estuvieses aquí no creo que pudiera soportarlo. Creía que era fuerte, pero no es cierto. Solo me espera la muerte. No dejes que me vaya.
Ella bajó la cabeza para rozarle la frente con los labios.
—No —murmuró—. Estoy aquí, abrazándote.
Comenzó a respirar más despacio, pero ella sabía que la pesadilla no había desaparecido.
—Cuéntame, Ichigo. Cuéntame lo que ocurrió aquella noche.
—Por favor, ¿no crees que ya ha sido suficiente?
—Sí, pero tenemos que hablar de ello para que desaparezca. Confía en mí.
Ella vio que Ichigo fruncía el ceño. Él levantó una mano. Encontró la cara de Orihime y el pelo que le caía hasta los pechos.
— ¿Estás ahí? —susurró él, con su mano surcando sus mejillas —. No pareces más que un sueño, una voz que sale de la oscuridad. Algún día te llamaré y no estarás.
—Estoy aquí, estoy aquí. Tócame, soy de verdad.
—A veces creo que eres lo único real que hay en el mundo.
—Cuéntame. Confía en mí. ¿Qué ocurrió aquella noche?
Un momento de pausa dubitativa.
—Trabajé hasta tarde. Salí a respirar un poco de aire fresco y vi el humo. Hice sonar la alarma y corrí hasta los establos —se calló.
— ¿Y luego?
Él se retractó.
—No quiero hablar de eso.
Lo recordaba. Las llamas, el rojo brillante del fuego, la paja ardiendo, lo último que vio.
—Debes hacerlo —dijo ella—. No puedes cambiarlo, pero puedes convertirlo en algo que puedas sobrellevar. Continúa.
—Al principio el fuego no era tan grande. Saqué los caballos que estaban cerca de la puerta. Había un chico ayudándome, él iba por un lado y yo por otro.
— ¿Sacaste los caballos con relativa facilidad?
—Al principio, estaban cojeando y era difícil acercarse a ellos. Pero abrimos las puertas y salieron corriendo, ellos podían ver el exterior —se calló otra vez. Seguía temblando—. Hacía tanto calor. Se oían las llamas y los caballos relinchaban aterrorizados. Habíamos sacado a la mayoría, pero quedaban algunos al final. El sudor me caía en los ojos... —dejó de hablar.
— ¿Qué ocurre? —preguntó Sakura.
—No quería volver a entrar. Hubiera dado lo que fuera por no hacerlo.., pero los otros iban a hacerlo... eran chicos jóvenes. No podía dejar que lo hicieran solos. Me pareció reconocer a zangetsu. Es mi caballo. Lo oía, pero no podía verlo… estaba seguro de que estaba allí... Pero no estaba. Me abrí camino entre el humo, pensaba que mis pulmones iban a estallar... después escuché un ruido y levanté la vista... ¿Estás ahí?
—Sí, estoy aquí, estoy aquí —dijo ella—. Toma mi mano.
Él la agarró con tanta fuerza que le hacía daño, pero ella no intentó retirarse.
— ¿Y entonces? —preguntó.
— ¡No, ya no más! Eres como esos malditos psiquiatras que intentaban que hablara en el hospital.
—No, no soy como ellos. Soy tu amiga, Ichigo. No voy a marcharme dentro de una hora. Estaré aquí todo el tiempo que quieras. Y la próxima vez que tu mente esté atrapada en el establo, yo estaré aquí. Intenta contarme qué sucedió después.
Con mucho esfuerzo, continuó.
—Miré hacia arriba y el fuego brillaba tanto que podía verlo a pesar del humo. Y entonces, la viga se cayó encima de mí. Es lo último que vi... pero todavía oigo los gritos..., y el ruido de las llamas. ¿Dónde estás?
—Aquí, aquí —ella lo arropó—. No escuches a las llamas. Escúchame a mí. Estoy aquí, Ichigo. Estoy aquí.
—Si hubieses estado allí —murmuró—, no me habría ocurrido nada.
— ¿Qué les pasó a los otros? A los ayudantes, a los caballos.
—Todos salieron.
— ¿Nadie más salió herido?
—Me dijeron que no. He hablado con los ayudantes y dicen que están bien y que sacamos a todos los caballos.
—Pero tú no lo crees, ¿verdad?
—Por supuesto que... si ellos lo dicen... están todos bien.
—Sí, claro que están bien. El único herido eres tú.
Poco a poco, Orihime notó que Ichigo dejaba de temblar. Lo recostó sobre la almohada pero continuó sujetándole la mano. Estaba extenuado a causa de la pesadilla.
—Me alegro de que estuvieras tan cerca —murmuró él—. Al otro lado del pasillo...
—Vete a dormir —susurró ella—, no me fui cuando intentaste echarme y no me voy a ir ahora que me necesitas.
Él sonrió.
—Cabezota.
—Como una mula —admitió ella—. Y como tú.
— ¡Mmm!
Cuando Ichigo se quedó dormido, Orihime regresó a su habitación. No se acostó, sino que se acercó a la ventana y abrió la cortina.
Eran las cinco de la mañana y ya los primeros rayos del sol se alzaban por el horizonte. Los árboles se movían al son del viento y se esperaba un día primaveral.
Pero Orihime no lo notó. Estaba mirando a lo lejos, intentando comprender por qué abrazar a su enemigo había sido la experiencia más dulce de su vida.
…
Desayunaron juntos en el invernadero. Ichigo estaba tranquilo, pero su rostro todavía reflejaba el sufrimiento de la noche. Orihime se preguntaba cómo serían las cosas si él pudiera ver. ¿Podría mirarla a los ojos? ¿O se avergonzaría de que hubiera presenciado su debilidad?
— ¿Hace buen tiempo como para salir? —preguntó Ichigo.
—Sí, hace un día precioso.
—Entonces, llévame bajo los árboles y hablaremos.
Había algo en su voz que ella nunca había notado.
Pasearon durante un rato disfrutando del precioso día. Ichigo le lanzó la pelota a Kon, el perro la recogió y la dejó caer a sus pies. Orihime se la dio a Ichigo otra vez. Él no se quejó de que lo ayudara y ella se imaginó sobre qué quería hablar.
Al fin, él dijo:
—Creo que ya lo estoy asumiendo. No voy a abandonar, Orihime, pero estar furioso tampoco ayuda, ¿verdad?
—No, no ayuda mucho.
— ¿Pero qué tengo que hacer? ¿Cuál es el siguiente paso?
—Quizá recuperes la vista y el movimiento —comenzó a decir con cuidado.
—Pero creo que todo está en mi contra...
—Ichigo, no tengo una bola de cristal...
—No, está bien. Intento enfrentarme a lo peor. Pensé que no podría soportarlo, pero tengo que hacerlo, he de intentarlo…, si supiera por dónde empezar.
—No hay un punto concreto —murmuró ella.
— ¿Qué?
—No se puede buscar, está todo el tiempo, a cada momento.
—Tú lo sabes, ¿verdad?
De repente, ella sintió el peligro y se retractó.
—Todo el mundo lo sabe... a su manera.
—No, tú sabes. Te ha sucedido algo. Comprendes cosas que otra gente no comprende. Siempre lo noto. ¿No puedes contármelo?
—No es nada, Ichigo. Te equivocas, te estás imaginando todo. ¡Toma!
Tomó la pelota y se la lanzó a Kon. Orihime estaba temblando por lo que casi había sucedido. Se había olvidado de todo menos de las necesidades de Ichigo, y en su deseo por ayudarlo, se había metido en terreno peligroso. Pero se dio cuenta a tiempo. Podía retraerse y refugiarse dentro de sí, donde estaba a salvo. Porque si uno no siente, no pueden herirlo.
Miró a Ichigo. Parecía asombrado. Ella sintió remordimientos. Le había pedido ayuda y ella se la había negado. Se hubiera sentido mejor si él le hubiera gritado y acusado. Pero estaba demasiado cansado para luchar, y ella no podía soportarlo.
Pensó decirle: «Te diré todo lo que quieras saber, si eso te ayuda».
Pero lo que le salió fue:
—Se está levantando viento. Creo que es mejor que regresemos.
—Por supuesto —dijo él.
Lo llevó hacia la casa, pero se detuvo en el último momento.
—Sé que han terminado de reconstruir los establos. Quizá debieras visitarlos.
— ¿Estás segura de que es una buena idea?
—Creo que te alegrarás de hacerlo.
Se dirigieron hacia allí. Podían escuchar los relinchos y el ruido de los cascos sobre las piedras.
Un hombre estaba sacando una yegua del establo. Al ver a su jefe sonrió y gritó:
— ¡Eh!
— ¡Hanataro! —dijo Ichigo y levantó la mano para saludarlo.
—Me alegro de verte.
El caballo relinchó e Ichigo levantó la mano para acariciarlo.
—Buen chico -dijo Ichigo mientras colocaba la mejilla sobre el hocico del caballo. A Orihime le pareció que Ichigo fruncía las cejas de la emoción.
— ¿Cómo es el nuevo edificio, Hanataro?
—Es enorme. He mejorado algunas cosas como me dijiste, y ahora es como un palacio. ¿Quieres que te lleve?
—No, saca a pasear al caballo-dijo Ichigo—. Ya vamos nosotros.
Cuando se quedaron a solas, le pidió a Orihime que entraran.
El edificio nuevo era grande y luminoso. Había cinco pesebres a cada lado y los caballos asomaban la cabeza para curiosear.
Orihime se detuvo en cada uno de ellos para que Ichigo tocara a cada animal y viera que no estaban heridos. Al principio, le leía los nombres que había escritos, pero él le pidió que no se los dijera.
—No me lo digas, deja que adivine. Todos son únicos. Este es Haineko, ¿verdad?
—Verdad.
—Es una yegua joven. La tengo desde hace tres años. Es un poco más lenta de lo que esperaba, pero es tan cariñosa que no quiero deshacerme de ella.
Haineko lo olisqueaba mientras él hablaba. Ichigo terminó riendo.
En la siguiente parada ocurrió lo mismo.
—Este es Zabimaru —dijo riendo y le dio un beso—. ¿A que sí?
—Sí —dijo Orihime. Zabimaru era el caballo que un día la tiró al río.
—Es un pillo —dijo Ichigo—. Con él nunca se sabe dónde puedes acabar. Una vez tiró a una persona al agua…-Dijo, su voz en degradé hasta acabar en un susurro. Orihime sintió cada vello de su cuerpo erizarse durante los tortuosos segundos que Ichigo se tardó en volver a hablar - una chica, dijo que sabía montar y no era cierto.
—Qué tontería -dijo rápidamente—. ¿Vamos al siguiente?
El siguiente caballo relinchó en cuanto reconoció a Ichigo.
— ¡Zangetsu! Deja que te acaricie. ¿Estás bien? -Le acarició el cuerpo hasta donde le llegaban las manos y pareció alegrarse. —Sí —murmuró—, sí.
Pasaron un rato más en el establo para que Ichigo pudiera sentirlo todo.
—Me gustaría volver ya -dijo al fin.
Ella lo llevó a la casa. Allí lo esperaba su secretaria.
— ¿Estás bien, Ichigo? —preguntó Orihime.
—Sí, estoy bien. Gracias, Orihime. Ya sé por qué lo has hecho. Ahora es cierto. Los caballos están bien. Ahora lo he comprobado y no es lo mismo que cuando me lo dijeron. También...
— ¿Sí?
No sabía cómo decir lo que pensaba... que la próxima vez que soñara con el fuego de los establos, no estaría solo. Ella estaría allí. Y no sería tan terrible.
—No sé... no importa. Está bien.
…
Desde entonces, visitaron los establos cada día. A Ichigo le sentaba bien estar junto a los caballos.
El clima era cada vez más cálido y Orihime insistía en dar un paseo al aire libre todos los días. Él cada vez estaba más animado, aunque a veces tenía que esforzarse.
Se había propuesto hacer lo correcto, y eso era estar animado costase lo que costase.
Orihime observaba su lucha interior, y lo ayudaba cuando podía. Pero sabía que él era el único que podría encontrar su salvación.
Una tarde, cuando se marchó la secretaria, Orihime vio que Ichigo estaba en el estudio dando golpecitos con los dedos sobre el escritorio.
—No es culpa suya -dijo él cuando oyó entrar a Orihime—. No es su culpa, ya lo sé.
— ¿Qué?
—La señora Katō. Es una buena secretaria, pero tiene una voz que es como el rechinar de un cristal. Nunca lo había notado, pero después de escucharla diez minutos leyendo en alto, estoy a punto de golpearme contra la pared. ¿Por qué no todo el mundo tiene una voz como la tuya?
—Puedo leerte todo el correo, si quieres. Y tú puedes dictar las respuestas en una grabadora.
—Tengo una, pero no encuentro la mitad de las teclas.
—Entonces compraremos otra mejor.
—Me estás manejando, ¡mujer terrible!
—Solo intento facilitarte la vida.
-¡Grr!
—Ichigo...
—Vale, vale. Soy insoportable. Lo damos por sentado.
—Por supuesto. Tiemblo de miedo.
—Sería bueno verte temblar. ¡Enfermera sabelotodo!
— ¿Lo peor que puedes llamarme es enfermera?
—Si supiera de algo peor, te lo diría.
Su tono era gracioso más que hostil y ella soltó una carcajada.
— ¡¿Qué diablos?! Sálvame, Orihime. Voy a volverme loco.
Orihime fue a Hampton Kurosaki y compró una grabadora fácil de usar. Después de leerle todo el correo, él grababa las respuestas y la señora Katō escribía las cartas al día siguiente.
Orihime también consiguió que Rangiku aligerara la dieta de Ichigo. Cambió las comidas fuertes por tortillas y fruta. Ichigo comenzó a comérselo todo.
—No sé cómo me las habría arreglado sin ti —le dijo una noche mientras lo acostaba—. Supongo que todos los pacientes te dirán lo mismo.
—Nunca he tenido otro paciente como tú.
—Te olvidas de añadir: afortunadamente.
—Quizá sí —dijo ella riéndose—. Buenas noches.
...
Feliz año nuevo!
