There was a time when love was blind
And the world was a song
And the song was exciting
There was a time... then it all went wrong... [1]
Lukas ya estaba acostumbrado a las pesadillas que lo atacaban en sus horas de sueño. Si antes despertaba exaltado, con Emil teniendo que calmarlo con palabras suaves, ahora simplemente abría los ojos de forma holgazana y suspiraba con alivio al haberse librado de aquellas horribles imágenes producto de sus peores temores. Volteó a su derecha, esperando encontrarse a Emil junto a él, y al ver vacío el otro lado de la cama recordó que ya hacían meses desde que el otro muchacho había regresado a dormir en su cuarto. Lukas sabía que Emil también seguía teniendo ese tipo de sueños desagradables, pero el muchacho decidió de repente que dormir con su hermano era una molestia, y empezaron a utilizar cada quien su propia habitación.
Lentamente, Lukas se incorporó en su cama, y volteó hacia la ventana. Afuera apenas estaba amaneciendo, y el frío matinal empezaba a filtrarse en su cuarto, junto con el sonido de algunas gotas de lluvia esporádicas. Entonces, entre los cantos de aves con los que estaba ya tan familiarizado, escuchó una extraña melodía. Reconoció enseguida el sonido tan nostálgico como lo era el de una armónica, pero la canción no le parecía conocida.
Se calzó las botas sin molestarse en amarrar sus agujetas, y salió de su cuarto mientras se enredaba descuidadamente en una manta. Se sumergió en la oscuridad de su hogar mientras arrastraba los pies hasta el cuarto de Emil. Abrió la puerta con cuidado, y se asomó para ver la apacible cara de su hermanito durmiendo y respirando con tranquilidad. Sonriendo, Lukas se alejó de esa habitación, y se encaminó a la puerta trasera que daba al jardín. Al salir, una brisa helada y pequeñas gotas de lluvia en la cara lo saludaron, junto a aquella canción cada vez más cerca de él. Caminó despacio entre las plantas que Emil cuidaba como si fueran sus hijas, pisando el camino de piedras que se extendía por todo el jardín, y volteando hacia los lados mientras intentaba encontrar entre las ramas a la persona que tocaba la armónica. Las sospechas de Lukas se confirmaron cuando llegó al cerco de madera que marcaba la división entre su patio y el de la casa abandonada de Tore Sørensen, su vecino.
Sentado en un roído taburete de madera y recargado en una de las paredes de la casa, estaba Andersen con una armónica en sus manos. Ya no la tocaba, pues estaba viendo detenidamente a Lukas acercarse desde el patio de la casa contigua. Unos segundos de silencio se extendieron entre ellos antes de que el de la armónica se pusiera de pie y caminara con determinación hasta el cerco, directo a donde estaba Lukas del otro lado, mientras exclamaba: "¡Olhouser! ¡Así que vives junto a Tore, lo hubieras dicho antes!" Saludó, con una enorme sonrisa. Lukas instintivamente se adentró un poco a su jardín, para quedar fuera del alcance de Andersen. "¡Tardé mucho en encontrar la casa! Ya no recordaba cómo llegar, y nadie estaba dispuesto a ayudarme. Me pudiste ahorrar tanto cansancio…"
«Nuestras casas están contrarias, no juntas» Pensó de inmediato, pero no pudo decirlo en voz alta. Al ver la casa de su vecino, y encontrarse con sus ventanas y puerta trasera todas intactas sin indicios de haber sido forzadas a abrirse, Lukas se dio cuenta de que tenía cosas más importantes por decir. "¿Has entrado? ¿Cómo?"
Andersen sonrió triunfante y de la bolsa de su abrigo sacó una llave dorada, que sacudió frente a la cara de Lukas. "Ayer no me dejaste explicarte, y saliste corriendo… ¡De verdad, qué grosero! ¡No soy una mala persona! No tienes por qué tenerme miedo—"
"No te tengo miedo."
Al ver cómo cambió a un tono más sombrío la cara del noruego frente a él, Andersen tosió de forma incómoda antes de continuar. "La última vez que vi a Tore, me dio esta llave y me dijo que si alguna vez necesitaba su casa, que estaba a mi disposición. Esperaba encontrarlo aquí, pero no tuve suerte. ¿Qué le ha pasado?"
Lukas solo se le quedó viendo, en silencio. El hombre tenía algunos rubios vellos faciales en la barbilla, cosa que no había notado el día anterior. Las manos de Andersen seguían cubiertas de andrajosas y muy sucias vendas, que al parecer servían solo para contrarrestar el frío. Su cabello seguía igual de despeinado, y su sonrisa igual de deslumbrante. La ropa que traía no era la excepción en la lista de cosas que no cambiaron de Andersen. Llevaba el mismo abrigo del día anterior, también sus botas rechinantes y ese pantalón que rogaba por ser enjuagado alguna vez. El día anterior, Lukas solo lo había visto de reojo durante el día, y en la tarde apenas apreció que se veía exhausto; pero con las gotas de lluvia deteniéndose y la luz que ya empezaba a invadir los jardines, notó entonces lo horriblemente pálido que estaba Andersen. Intentaba ocultar su pesar tras una sonrisa, pero era evidente que aquel hombre no estaba en la mejor de las condiciones.
El silencio se prolongó en lo que Lukas examinaba con detenimiento a la persona sospechosa frente a él, pero al otro pareció no importarle. Continuaba sonriendo, cuando volvió a hablar: "¡Pero, es increíble!" Dijo, con un mohín. "Que este pueblo esté tan cerca de la súper ciudad Trondheim, y tengan que vivir prendiendo quinqués y velas…"
Lukas se encogió de hombros ligeramente, cuidando que la manta que llevaba encima no se resbalara, y Andersen sonrió triunfante al haber logrado al menos una reacción de su parte.
"Cultivan cereales, ¿cierto? He visto campos enormes detrás de las casas más apartadas del mercado." Hizo ademanes hacia quién sabe dónde, y la armónica en sus manos captó de inmediato la atención de Lukas. A Andersen le recordó como cuando un cachorro sigue con la mirada un pedazo de carne que su dueño mueve de un lado a otro para molestarlo. "Yo pensaba que todos aquí se dedicaban a la pesca," Continuó hablando, notando cómo Lukas seguía viendo la armónica. "Aunque es un poco ridículo, pues si todos hicieran los mismo, no podrían subsistir…" Terminó, riendo un poco.
Sin saber que se había quedado viendo a la armónica por una considerable cantidad de tiempo, Lukas apartó la vista para ver que en las casas cercanas se abrían las ventanas una por una. Notó cómo sus vecinos salían a estirarse bajo la cálida luz del sol.
"¿Me dices tu nombre? Tu primer nombre, digo. Acabo de caer en cuenta de que solo sé tu apellido," Andersen habló, con intenciones de volver a tomar la atención del noruego.
Viéndolo con su cara inexpresiva de siempre, Lukas respondió: "Yo tampoco sé el tuyo."
Andersen se quedó callado, algo sorprendido por la respuesta, y después empezó a reír a carcajadas. "Ah, cierto, yo tampoco he dicho mi nombre…"
Antes de que continuara la conversación, Lukas escuchó la puerta trasera de su casa abrirse, y alguien que empezó a andar sobre el camino de piedras en su patio.
"¡Lukas! ¿Estás aquí?" Le llamó Emil, que saltaba a la vista entre las diversas plantas en el patio. "Ha llegado Reidar, te dije que—"
"¡Así que te llamas Lukas! Lukas Olhouser… ¡se escucha bien!" Sonrió Andersen, sin prestarle mucha atención al muchacho que acababa de llegar junto a ellos.
Emil, por el contrario, se quedó helado en su lugar y no podía apartar los ojos del intruso en la casa de su vecino.
"¿Qué pasa?" Preguntó Lukas, preocupado.
"¿…Simon?" Dijo Emil, en un hilo de voz.
Ante la pronunciación de aquel nombre, Andersen volteó rápidamente hacia Emil. Estaba frunciendo el entrecejo con cierta aprensión en sus facciones, y Lukas se extrañó aún más con la situación, por ser la primera vez que veía a aquel hombre sin una sonrisa en el rostro.
"Eres… ¿Emil?" Preguntó esta vez Andersen, mientras abría mucho los ojos, y la sonrisa volvía a su rostro ahora más deslumbrante de lo que Lukas la había visto hasta ahora. "¡No puede ser! ¡Eres Emil!" La sonrisa se transformó en una serie de risotadas incrédulas, y Andersen saltó el cerco de madera de un solo brinco para llegar hasta Emil y abrazarlo. "¡Estás enorme! ¿Cuántos años tienes ya? ¡La última vez eras solo un enano!"
Con aquel enorme hombre sobre él, apretándolo y alborotándole el cabello, Emil se vio incapaz de reaccionar de alguna forma ante aquella muestra de afecto. Para su suerte, Lukas solo tardó un momento en acercarse y alejar a Andersen de él con un solo empujón, ya sin preocuparse de la manta que antes estaba sobre sus hombros.
"¿De qué conoces a mi hermano?" Preguntó, juntando las cejas con recelo.
"¿Hermano? ¡Emil, creía que no tenías hermanos! Y no recuerdo que vivieras junto a Tore…" Andersen continuaba hablando con un tono de alegría en su voz, sin molestarse ni un poco por la forma brusca en que Lukas lo había empujado. Mientras Lukas, perdiendo la paciencia por la personalidad despreocupada del otro, estampó los pies firmes frente a Andersen y lo vió directo a los ojos, demandando una respuesta a su pregunta.
"Está bien, ya entendí…" Lejos de sentirse intimidado por la mirada del noruego un poco más bajo de estatura que él, Andersen se veía más bien divertido por lo que parecía ser una rabieta silenciosa de parte de Lukas. "Conocí a Emil hace muchos años… ¿unos ocho? La primera vez que vine para acá, a visitar a Tore. Pero no recuerdo que viviera en…" Se detuvo de repente, y pensó mejor sus palabras. "Bueno, será que soy muy malo con ese tipo de detalles," Rió, haciendo a un lado el tema.
"No cambias en nada, Simon…" Suspiró Emil, luego de levantar el pedazo de tela que había quedado olvidado en el pasto.
La sonrisa de Andersen parecía tatuada a su cara. "¡Pues tú sí que cambiaste! Estás muy alto…"
"Es normal que las personas crezcan durante su adolescencia."
"¿Y qué pasó con tus lindas sonrisas?" Cambió de tema de repente. "Tanta energía que tenías…"
"Yo creo que tú derrochas mucha energía," Emil, siempre el muchacho sensato, se cruzó de brazos mientras negaba con la cabeza. "Por si no lo sabes, ya eres un adulto, y deberías comportarte como uno."
"¡No digas cosas tan aburridas!"
Sintiéndose cada vez más fuera de lugar, las preguntas saltaban de un lado a otro en la cabeza de Lukas, incapaces de salir de su boca. Con la desesperación invadiéndolo, estiró un brazo y tomó a Emil de la manga. Sin la necesidad de que Lukas dijera alguna palabra, Emil entendió y le sonrió.
"Habrá mucho tiempo para explicarte," Dijo casi en un susurro. "Ahora ve con Reidar, o puede que queme la casa."
Lukas dudó un momento. Emil rodó los ojos y empujó a Lukas por el patio hasta la puerta de su hogar. "¿Conoces a Andersen?" Preguntó entonces el confundido miembro de la resistencia, con la voz baja.
"Entonces Simon es el tal Andersen, huh… Sí le queda, definitivamente," Emil sonrió con nostalgia y genuina felicidad. "No te preocupes por él, sé lo que te digo. Cuando regrese del trabajo te explico. ¡Sé amable!"
Con ese último comentario, Emil abrió la puerta y empujó a su hermano adentro de la casa con movimientos ágiles. No le quedó tiempo a Lukas para reaccionar, pues Reidar se acercó desde la cocina hasta el fondo de la vivienda luego de escuchar el portazo.
"¡Hey, Bondevik!" Saludó Reidar Holt con una sonrisa. Llevaba la misma ropa del día anterior, pero no parecía haber trasnochado o algo parecido. A decir verdad, se veía mucho mejor que el otro día. "Te levantas muy temprano, huh. Les he traído algunas manzanas, las mejores del viejo," Indicó a Lukas que lo siguiera hasta la cocina, donde estaba un pequeño costal aparentemente lleno de manzanas.
Suspirando resignado, Lukas decidió sentarse sin gracia en la primera silla que vio, y mientras se masajeaba las sienes volteó hacia Reidar con expresión agotada. "No se te da todo esto. Ya dime qué es lo que quieres."
Sin necesidad de un segundo aviso, Holt metió sus manos detrás de él por debajo del abrigo y sacó un manojo de papeles que distribuyó sin demora en la mesa, al mismo tiempo que empezaba a recitar sus planes con entusiasmo. "Fuentes de confianza me han dicho que en este punto los alemanes tienen muy poca vigilancia para no llamar la atención, pero en realidad es un lugar estratégico para su comunicación regional," Habló mientras señalaba en un mapa de un lado a otro. "He pedido reconocer el terreno, y Arne ya me ha confirmado varias rutas seguras—"
"Me sorprende que trajeras todo esto contigo por la calle," Interrumpió Lukas el discurso, mirando atentamente las hojas llenas de información comprometedora.
"No pasa nada, ¿quién me va atrapar aquí? Los alemanes siguen acurrucados en sus cómodas camas a estas horas," Rió Holt, con un poco de vacilación. "Lukas, no podemos darnos el lujo de descansar, lo sabes. Intentar detenerme por hacer lo correcto sería una traición a nuestros ideales."
"No me parece que te esté impidiendo algo, ni recuerdo haberte prohibido nada," Razonó Bondevik, con su expresión estoica tan irónicamente característica. "Lo que es más, no creo ser capaz de ello. Y aún así, aquí estás."
"Necesito tu aprobación," Reidar expandió sus fosas nasales para acompañar su expresión de autosuficiencia. "No importa cuánto confíen en mí… no actúan si tú no estás de acuerdo."
El silencio incómodo se expandió entre ellos con presteza. Reidar no quitó su expresión seria, y llegó a un punto en que Lukas no soportó más, y rió un poco. Holt se sorprendió, pero no dijo nada y le permitió que riera despacio, para él solo.
"Casi caigo en la broma," Dijo Lukas, su voz aún con rastros de risas. "Puedo afirmar sin una pizca de duda que en este mismo momento Arne anda por ahí arriesgando su vida, y también Jan, explotando bombas a diestra y siniestra."
El final de su diálogo significó el punto de partida para que ahora Reidar soltara una carcajada, pero mucho más efusiva que Lukas. "Contigo no puedo jugar, ya lo veo," Dijo, agarrándose la barriga. "En realidad ambos me esperan en la cantina de Vinter. Cuando Stian me confió las armas que consiguió esta vez para nosotros, me pidió con mucho ahínco que Jan no las tocara sin supervisión."
"¿Te están esperando? Entonces tenías completa seguridad en que iba a permitir que te salieras con la tuya," Agregó Lukas, quien no omitía ningún detalle.
"No te puedes resistir a los ojos que pongo cuando te pido algo, al menos en eso sí tengo completa seguridad," Para acompañar su afirmación, Reidar pestañeó con dulzura, provocando que Lukas bufara y le diera un ligero golpe en la cara con la palma de su mano. "Qué gracioso eres," Dijo Bondevik con ironía.
Riendo con un sonido gutural, Reidar Holt se enderezó en su lugar y empezó a juntar todas las hojas que antes había esparcido por la mesa. "Me iré ya, pues el tiempo apremia. ¿Te apetece acompañarnos?"
Volviendo a su rostro totalmente serio, Lukas observó a Reidar con detenimiento. "No se te ocurra llevar a Eirik a tus misiones suicidas. Por Arne no puedo decir lo mismo, pues además de que es muy eficiente, se vuelve loco cuando lo tratas como el muchacho que es."
"Me han dicho que mucha juventud ha intentado contactarse con ustedes, interesados en unirse a nuestra causa," Comentó Holt entonces.
Lukas juntó las cejas, y respondió con todas las intenciones de abandonar ese tema de inmediato. "Tenemos mucho apoyo de algunos grupos independientes en Trondheim, pero no puedo permitirles acercarse más. Esto inició como una reunión de viejos amigos y así se quedará; es un error confiar en alguien que en realidad no conoces."
Reidar entendió inmediatamente, y no necesitó más explicaciones. "En eso no puedo diferir contigo," Guardó sus papeles en donde los llevaba en un inicio, y se dispuso a salir de la casa. "Pero ambos debemos admitir que en estos tiempos siempre se necesita una ayuda extra."
Quedándose Lukas con los labios entrecerrados, vio a Reidar acomodarse el abrigo y abrirse paso por las desoladas calles de su pueblo.
"Reidar," Le llamó entonces, voz queda. El aludido torció el cuello todo lo que pudo hacia Lukas. "Ya casi termina el tiempo de nieve."
Reidar Holt sonrió, sin mostrarse sorprendido por la trivialidad de su amigo. "Te equivocas, aún falta un poco más." Y emprendió su camino, con un solo objetivo en la mente.
.
"Volviste, Lukas," Saludó Simon Andersen desde el viejo taburete, la armónica aún en sus andrajosas manos. "Pensé que no estabas en casa."
"¿Ya desayunaste?" Preguntó, con las manos detrás de su cuerpo y un poco alejado del cerco que dividía a los jardines. Andersen inclinó la cabeza un poco hacia la derecha, en señal de confusión, y después negó lentamente. Lukas entonces reveló una de sus manos escondidas, presentando un humilde platillo con las sobras del día anterior y trozos de las manzanas que Reidar había llevado a su casa. El intruso en la casa del vecino se iluminó de felicidad. Guardó la armónica en uno de sus bolsillos y se acercó a Lukas despacio.
"Eres amigo de Emil, así que no puedo dejar que te mueras de hambre," Dijo Lukas con sencillez, mostrando su rostro neutral. "Puedes ir a comerlo dentro de la casa de Tore."
"¡No, claro que no!" Exclamó Andersen, tomando el plato que sostenía Lukas. "Comeremos aquí afuera. Quizás así te sientas más seguro que estando solos dentro de una casa."
Lukas hizo una ligera mueca, considerando la invitación. Simon sonrió mostrando los dientes, un poco sucios y con sobras de la comida pasada, pero aún así de forma deslumbrante y cálida. "Además, ya traes tu comida ahí," Dijo, riendo un poco y asomándose a la espalda de Lukas, donde el joven escondía su propio plato con comida.
"No es porque quiera comer contigo. Me gusta desayunar al aire libre," Se defendió, sin mostrarse afectado por el anterior comentario.
Andersen lo observó por un momento, y después volvió a sonreír, decidiendo que era mejor aceptar la excusa de Lukas en vez de enfrentarse a él.
Sin demorarse mucho, ambos se pusieron a devorar sus comidas, siempre con el cerco de madera entre ellos. Simon estaba sentado en el taburete, mientras que Lukas había tomado una silla abandonada en su patio. Andersen era inesperadamente callado mientras comía; pero solo mientras comía.
"Emil me dijo que se fue a trabajar, pero me preocupa que no llevara comida. Bueno, a mí me pareció que no llevaba comida, pero en realidad no me fijé en eso. Quizás llevaba algo en su mochila. ¿Tú también eres pescador?" Hablaba y hablaba. Él había terminado de comer, pero Lukas aún no, así que le tocaba escucharlo balbucear. Aunque de alguna forma no encontraba a ese hombre tan molesto como cualquiera se imaginaría. En lugar de molestia, le daba intriga; que una persona pudiera hablar así en el tiempo en que se encontraban le parecía muy extraño.
Sin esperar respuesta, Simon continuaba hablando. "¿Dónde está la madre de Emil? Se me pasó preguntarle por ella antes."
"No lo hagas," Respondió al instante. Antes de que Simon preguntara el por qué, Lukas continuó: "¿La conociste?"
"¡Claro que sí! Solía compartir conmigo un brunost [2] delicioso, ¡de otro mundo!" Pero a Simon no se le iba a pasar la previa reacción defensiva de Lukas. "¿Qué le pasó?"
"Murió, hace ya algunos años."
Mucho tiempo había pasado desde que Lukas respondía esa pregunta por última vez, pero seguía siendo un dolor tan cercano que parecía un poco irreal. Podía responder con indiferencia, pues se había enseñado a ser de esa forma desde muy pequeño, sin embargo era solo una manera de disfrazar su verdadero sentir.
"Ya veo. De verdad debería abstenerme de preguntarle por ella, entonces." Coincidió Andersen, sin hacer ningún tipo de comentario sobre la actitud aparentemente frívola de Lukas, y abandonando por un momento su fachada de felicidad.
"¿A qué has venido?" Preguntó Lukas de repente, luego de terminar su último trozo de manzana. "Me refiero a que no conozco una sola persona que viva paseando de un lado a otro, en medio de… esto."
"Quizás porque no has buscado en el lugar correcto," Andersen intentó guiñar un ojo, cosa que terminó siendo una muy buena imitación de un tic nervioso, lo que resultaba ser de mal gusto. "Ay, vaya… creo que esto no se me da…" Rió de sí mismo, mientras intentaba guiñar de nuevo. Lukas solo observó en silencio las payasadas del otro. Notó que en la mejilla derecha de Andersen, se formaba apenas la sombra de un hoyuelo, y que en su oreja izquierda tenía una pequeña cicatriz. Se preguntó por qué ese hombre era capaz de sonreír de esa forma. Consideró que quizás no había perdido a ningún familiar aún; también era posible que estuviera fingiendo, o tal vez solo se le había zafado un tornillo. La última era más creíble.
"Sabes, Lukas," Dijo entonces, con un poco de seriedad. "Así como tú no confías en mí, yo no puedo confiar enteramente en ti. Por esa razón quiero esperar a hablar detenidamente con Emil cuando vuelva. Confío en él de la misma forma que tú lo haces."
El joven del otro lado del cerco asintió, algo pasmado. Andersen le pasó su plato y agradeció en repetidas ocasiones por la comida, con una enorme sonrisa de vuelta en su rostro. "¡Pero estoy seguro de que no puedes ser alguien malo, mucho menos si compartes tu escasa comida con un extraño!" Dijo de forma solemne, mientras Lukas entraba a su casa con los platos usados en sus manos.
Se sentía extraño; inusual. Una desconocida calidez lo saludaba cada vez que veía a Simon Andersen sonreír, e incluso cada vez que lo escuchaba decir algo estúpido.
Pero intentó no prestar atención a eso. Tenía otros asuntos de los cuales ocuparse, algunas preguntas relevantes que debía hacer, y dilemas por resolver. No tenía tiempo para preocuparse por algo que quedaba fuera del contexto de la vida que debía llevar. Notó que la luz del sol ya se filtraba directamente por las ventanas de la cocina, y solo entonces reparó en lo rápido que se le estaba pasando la mañana. Olvidando los platos, entró a su habitación para vestirse adecuadamente. Se abotonó una camisa con rapidez y eligió sin considerar mucho el primer traje café que vio en su armario. Sintió lástima de sí mismo al calzarse sus zapatos favoritos, pues eran muy cómodos pero ya eran tan viejos que las costuras se le estaban deshaciendo. Se le antojó cómica la idea de un antiguo zapatero, carente de zapatos.
Salió a la estancia, donde tomó un abrigo y su broche metálico en forma de cruz, para después abrir la puerta principal de la casa. En el apuro, olvidó totalmente la existencia de Andersen, y se concentró en ir directo al bar de Rolf Vinter, que estaba a unas cuantas calles de distancia.
Las personas del pueblo ya se disponían a marcharse a sus lugares de trabajo. Los hombres daban dulces besos a sus esposas en las mejillas; las mujeres los despedían con intentos de sonrisas. Algunos ancianos debían salir también a ganarse la comida diaria, pues no contaban con hijos o nietos que los apoyaran. Los niños no se veían jugando, sino cargando pesadas cajas con mercancía que debían llevar a Trondheim, a rastras si era necesario. Los vecinos intentaban vivir una mentira. La mayoría de las personas ahí ya habían perdido familiares en medio de la guerra, pero eso no les había señalado el fin de sus vidas, pues continuaban luchando cada día por sobrevivir.
Seguía perdido en sus amargos recuerdos cuando llegó a la puerta del bar, desolado a esas horas de la mañana. Al ver pasar un soldado alemán cerca, Lukas se apresuró a entrar al establecimiento.
"¡Buen día, Lu!" Le saludó la armoniosa voz de Inger Vinter, hija del dueño del bar. La muchacha llevaba un vestido bastante viejo, lleno de polvo, que usaba cuando le tocaba la limpieza. "Los muchachos estuvieron hace rato aquí. Ya se han marchado al trabajo."
Lukas saludó con un pequeño ademán, y registró el bar lentamente. En una esquina, sentado con la mirada perdida, estaba Johan Agotness, un miembro de la resistencia que al parecer no se había ido «al trabajo» con los demás.
"Se rehusó a ir con Reidar," Dijo la muchacha en voz baja, quien estaba ahora de pie junto a él. "Eirik me contó las noticias que trajeron. Estaba muy deprimido por no poder ayudar al final; a mí en realidad no me molesta, pues no me parece divertido ser la de los mandados. Yo sería más útil en sus misiones usuales."
Rodando los ojos ligeramente, Lukas le dio a Inger una leve palmadita en un hombro. "Que tu padre no te escuche diciendo esas tonterías."
"¡Sabes que tengo razón!"
Ignorando eso último, Lukas se dirigió al fondo del bar, y se sentó frente a Johan. "Qué raro que no quisieras participar en algo peligroso y espontáneo."
"No pienso seguir las órdenes de ese idiota egocéntrico," Bufó Agotness, con el ceño fruncido y cruzando los brazos. "Debemos respetar las decisiones que se toman. Él lo ve todo como un juego."
"Solo estás molesto porque sabías que se iba a salir con la suya de una forma u otra," Lukas sonrió de lado.
"No deberías ser tan flexible con él."
La expresión de reproche que puso Johan le recordó a los tiempos en que sus únicas preocupaciones eran llegar temprano a casa para ahorrarse sermones infinitos. Cuando despertaban temprano solo porque sus madres les jalaban los cabellos y los obligaban a ponerse de pie. Cuando se recostaban en los amplios campos del pueblo por las tardes, para observar cómo iban apareciendo las estrellas.
Todo eso era ahora muy lejano, y había sido cambiado por un arma escondida entre sus ropas la mayor parte del tiempo.
"No me sería posible obligarlo a actuar según mi conveniencia. Es mejor dejarlo trabajar en calma, en vez de estar bajo la presión de nuestros pensamientos negativos."
Agotness continuaba mostrando un rostro fruncido de quien no está de acuerdo con lo que escucha, pero no comentó nada más. Lukas entonces se inclinó más cerca de él, y con voz ligeramente zalamera, le dijo: "Johan… llévame a Trondheim."
El aludido observó fijamente la cercana cara de Lukas. "No necesitas hacer eso. A mí puedes obligarme a ser útil en lo que necesites, lo sabes bien," Dijo, con un tono de fastidio, para después levantarse bruscamente. "La camioneta está en casa."
Luego de despedirse vagamente de la muchacha Vinter, los dos hombres se encaminaron por el pueblo hasta las viviendas más alejadas. Veían cada vez a más personas ponerse en marcha junto a los minutos del día. Las pisadas en la escasa nieve se disipaban. Su destino era un viejo granero, en la parte trasera de la casa de Johan Agotness. Dentro, estaba la pequeña camioneta de color oscuro que usaban los de la resistencia para movilizarse usualmente, y sin demora la pusieron en marcha. La carretera que daba a Trondheim veía pasar personas que iban y venían, a pie o a carreta; pero casi nadie en auto. Al inicio de la invasión, muchos hombres se habían adelantado a los hechos y vendieron sus propiedades para sacarles provecho antes de que sus bienes resultaran confiscados sin razones aparentes.
"¿Qué te lleva a la ciudad esta vez?"
Lukas apartó la vista de los paisajes blancos y lejanos que lo rodeaban, para poner atención a el camino frente a él. Los ruidos que hacía la camioneta lo obligaban a hablar en un tono poco más alto de lo normal. "Hoy toca ver a Morten."
Johan asintió despacio. "¿No está muy ocupado para eso?"
"Eso lo veré dentro de poco. Si me deja plantado, ya podré llegar a mis conclusiones."
No dijeron más en todo el recorrido, y en poco tiempo ya habían llegado a Trondheim, la ciudad que ahora se teñía de rojo y negro en sus banderas.
Notas:
[1]
Hubo un tiempo en que el amor era ciego
Y el mundo era una canción
Y la canción era emocionante
Hubo un tiempo... entonces todo salió mal...
La canción es I dreamed a dream, del musical Les misérables. Me parece que las primeras líneas quedan muy bien con la situación emocional de Lukas en este capítulo.
Mis ganas de escribir las saco de canciones, así que más de una vez haré referencias así.
[2] Brunost, o geitost, es un queso de cabra dulce, tradicional en la cocina noruega.
La escuela es una zorra, se los digo. Bendito fin de semana.
Como siempre, a quien sea que siga leyendo esto se lo agradezco mucho. Si se me pasó corregir algún error, lo siento. Y si ustedes se sienten dadivosos, no duden en dejarme algún comentario de lo que sea.
