The mountains are waiting
the full moon has come
I got lost on highway
but don't ask me where I've been...
or what I've done...[1]


Vivaces recuerdos de una noche lejana no permitían que Simon Densen disfrutara de unos efímeros momentos de calma, resguardado en su cómoda posición junto a la pared de la casa de su amigo Tore Sørensen. Un año había pasado ya, desde aquella madrugada tan agitada como lo había estado su respiración descontrolada, dentro de Monica y frente a sus controles.

Remembrar a su querida Monica significaba un arduo pesar para su conciencia; aún recordaba claramente los intentos al borde de un milagro que hizo su avión para llevarlo hasta territorio sueco, donde los invasores alemanes no tuvieron el valor de irrumpir, y donde por fin Simon pudo lograr un respiro de alivio en aquella madrugada de abril. Había sido una experiencia imposible de describir exactamente con palabras, y que significó un enorme cambio en su vida; agradecía enormemente su decisión de haberse dirigido al país vecino con la finalidad de no vivir sometido por invasores, aún si eso significaba dejar su hogar atrás. Pero en esos momentos, recordar tales hazañas de las cuales había presumido un año entero no significaba más que dolor y arrepentimiento. Un simple descuido; un mísero segundo de distracción y se encontraba varado en un pueblito noruego olvidado por los dioses. No era una situación tan catastrófica, ya que tenía la suerte de haber contado con el placer de conocer a Tore Sørensen con anterioridad, pero la sola idea de haber perdido a Monica por su bruta confianza sin fundamentos le hacía sentir un tremendo vacío en su ser, semejante a haber perdido a una persona muy valiosa, a un familiar.

Y eso era Monica. Había sido su fiel acompañante en una travesía de naturaleza salvaje y peligro de muerte. Aunque al menos, estando en Suecia, el peligro de muerte solo estaba presente por inanición y no algo tan grave como lo era estar prácticamente en el hocico del lobo que ansiaba tragárselo vivo desde hacía más de un año. Entiéndase, los alemanes.

Quién iba pensar que al haberse confiado en uno de sus viajes por Suecia y privarse de un rato de sueño necesario, Simon se encontraría cayendo en picada a suelo noruego, luego de haberse quedado dormido mientras pilotaba a su avión. Pudo aminorar el golpe, pero retomó la conciencia muy tarde. Monica se estrelló sin opción en los adentros de un frondoso bosque noruego, y terminó hecha pedazos contra la húmeda tierra. Simon tuvo que oprimirse el corazón al abandonarla para escapar de los fúricos oficiales alemanes en la zona. Apenas alcanzó a rescatar unas cuantas pertenencias valiosas en el avión. Las heridas físicas ganadas en aquella caída eran rasguños, comparadas con su dolor interno.

Y el resto era historia. Se escondió, llegó a Trondheim en una mañana muy agitada a causa de los inconformes estudiantes universitarios, y se dirigió agradecido hasta el cálido hogar de un viejo amigo; un hogar donde había pasado inolvidables momentos de su juventud. Y se encontraba después, recargado contra una pared de ese hogar y con una armónica contra sus labios, considerando sus opciones y posibilidades.

Fue entonces que entre ramas de arbustos y gotas de lluvia, había visto por tercera vez en el tiempo que llevaba ahí a un joven noruego, al que apenas por primera vez lograba observar detenidamente.

Era rubio, de cabello con un tono mucho más claro que el suyo propio, pero no tan platinado como el de su amigo Emil. El cabello de Olhouser era un poco largo, y terminaba en curiosas ondas rebeldes que rozaban su mentón fino. Su cuello, esbelto y largo, estaba al descubierto junto con gran parte de sus marcadas clavículas, como si se encontraran bajo un caluroso sol veraniego. Llevaba una camisa holgada, blanca, transparente, y se había cubierto los hombros descuidadamente con una sábana de cama, aunque de cualquier forma se alcanzaba a ver su pálida piel. Pero por más que su estética figura y delicadas facciones le habían dejado atónito, fueron sus ojos los que lograron que Simon Densen se encontrara perdido por unos instantes.

Eran azules, muy azules, pero no brillantes, sino opacos; nunca se había visto en la tierra tal tono profundo de azul en unos ojos tan faltos de vida. Sí, esa era la expresión correcta, pues aquellos irises reflejaban todo, menos señales de vida. Los espejos del alma de Olhouser eran hermosos, pero vacíos, como si su cuerpo se moviera por inercia y sin motivo.

Casi inmediatamente después de ver a ese joven, tuvo el reencuentro que nunca imaginó con su viejo amigo Emil. Verlo representó la primera luz de alegría verdadera en mucho tiempo.

"Así que… señor Andersen," Había dicho esa mañana el muchacho de cabello platinado, una vez que llevó a su hermano a rastras hacia el interior de su hogar. Se acercó lentamente, y pasó sus delgados brazos por el cuello de aquella persona que no creía posible volver a ver. "De verdad eres tú… Lukas me habló de ti ayer," Al separarse, Simon iba empezar a decir algo cursi sobre cuánto Emil había cambiado, pero se vio interrumpido por un golpe en la cabeza.

"¡De verdad! ¿Qué tas estúpido puedes ser?" Gruñó el muchacho, de repente muy molesto, pero en un tono de voz bajo. "¡Solo vas por ahí llamando la atención!"

Simon se quedó atónito, sin saber cómo reaccionar. "Yo… bueno…"

"¡Más te vale que dejes el teatrito de loco sonriente, porque todo el pueblo empezará a sospechar de ti! ¡Estás viendo que eres un extraño, y tú te andas feliz de la vida por el pueblo y la ciudad…!"

Por lo que pareció una eternidad, Emil le dio un sermón sobre los peligros con los que vivían y cómo los alemanes ejecutaban a cualquiera solo con haberlos visto agachar la cabeza. "¡Y así te haces llamar adulto!" Dijo con un último aliento.

Después de eso, Simon intentó mantener la compostura y hablar un poco más con el muchacho, pero éste se apresuró a despedirse y salir de estampida por la rechinante pequeña puerta del cerco. "¡Iré a la ciudad! ¡Esos salmones no se pescan solos!" Le había dicho Emil, mientras se iba. "¡Cuando regrese más vale que estés aquí, Simon!"

En cuestión de nada, se encontró solo; después desayunó en compañía del dichoso hermano mayor de Emil, y de nuevo, se ceñía en su propia soledad plagada de recuerdos amargos. Por lo que, Simon pasó su mañana de mal humor, sentado junto a la casa de su amigo Tore, incapaz de hacer otra cosa. Quiso dar una vuelta por el lugar, pero no estaba en sus planes andar por ahí a plena luz del día, en un pueblo tan pequeño, llamando aún más la atención en aquellos sucios harapos. Los cuales, por cierto, no podía lavar, pues las pobres y escasas tuberías en la casa donde era inquilino apenas servían para el retrete, y eran un desastre digno de una casa abandonada por aparentemente un largo tiempo. Y aunque tuviera la facilidad, no podría lavar, pues no tenía nada para usar mientras su ropa se secaba, ya que la mayoría de sus pertenencias habían quedado dentro de Monica en aquella fatídica noche pasada. Como consuelo le quedó solo una pequeña bolsa andrajosa con escasas (y ya inexistentes) provisiones, su armónica, y una vieja fotografía.

Había pasado poco tiempo desde que el sol dejó su cénit, cuando empezó a escuchar un poco de conmoción entre los habitantes del pueblo. Hablaban sobre ataques, dos días seguidos, mucho peligro, y desesperación. De quien escuchó más fueron niños, que hablaban en un tono más alto que los adultos, y que preguntaban a sus abuelos el porqué de alguna explosión extraña en cierto edificio.

Simon se quedó extrañado. Si juntaba las piezas de cada conversación que pudo escuchar a escondidas, su conclusión llegaba a otro alboroto causado por universitarios, como el día anterior. Suspiró, solo esperando que Emil estuviera lejos del alboroto, y de nuevo se recargó desesperanzado en la casa de su amigo.

.

Eran apenas las primeras horas de la tarde, cuando Emil se encontraba ya de camino a casa en la parte trasera de una camioneta. Luego de escuchar las explosiones causadas en la ciudad por los miembros de la resistencia, el señor Raske inmediatamente decidió regresar al pueblo. El camino estaba lleno de personas que se alejaban de Trondheim, asustadas. Nadie quería imaginarse lo fúricos que estarían los alemanes luego de dos días seguidos de ataques hacia ellos.

Perdido entre los lloriqueos y quejas de los transeúntes, Emil se dejó llevar por la corriente que se llenaba de aquellos problemas, cada vez más hastiado por las horribles experiencias que debía vivir día a día. Por un momento se sintió fuera de sí, solo moviéndose por el traqueteo de la vieja y minúscula camioneta del señor Raske. Veía humo ascender al cielo desde la cada vez más lejana ciudad, pero no le tomaba importancia.

Entonces, pasaron junto a otra camioneta: la que generalmente usaban en la resistencia para los viajes. Impaciente, mientras pasaban junto ella, Emil estiraba el cuello para ver dentro de la cabina. Ahí estaba su hermano, hablando despacio con Johan Agotness, quien manejaba. Un enorme alivio invadió el pecho de Emil, y más cuando Lukas lo vio y le sonrió al verlo.

Al llegar al pueblo, las camionetas fueron en caminos distintos. Emil decidió quedarse con el señor Raske, a regañadientes. Quería saber lo que había pasado, pero podía esperar.

"Muchacho… estaba pensando últimamente…" Dijo aquel anciano, mientras él y Emil bajaban algunas cajas de la parte trasera de la camioneta. "Si quieres, sabes, puedes venir a vivir con nosotros."

Emil se quedó inmóvil, con una pesada caja a medio levantar, sin entender aquellas palabras. No necesitó preguntar. "Nosotros ya somos viejos y muy humildes en estos tiempos, pero… es mejor para ti estar en un ambiente más… seguro…" Carraspeó un poco, para continuar. "Lo que quiero decir… es que simplemente no me gustaría enterarme de que algo te pasó, y mucho menos si pudo haber sido evitado."

"Pero, señor—" Emil no sabía cómo enfrentar aquella situación.

"Yo sé… que ese joven es lo más cercano a una familia para ti, Emil…" Asintió Raske, con una dolida expresión en su rostro. "Por eso no insistiré. Solo quiero que sepas que llegará un momento… en el que ya no podrás cambiar nada de lo que suceda a tu alrededor. Con la finalidad de evitar eso… simplemente te doy más oportunidades para que no te quedes sin opciones."

Un prolongado suspiro se dio paso al final de ese comentario. Emil levantó la caja por fin, y sin apartar la vista de los ojos frente a él, habló. "Muchas gracias por preocuparse. Aunque puedo asegurarle, señor, que no importa lo que pase, siempre será mejor para mí estar junto a mi hermano que en otro lugar."

Tuvo especial cuidado en pronunciar la palabra «hermano» de la forma más lenta, pero discreta, que le era posible. El señor Raske se limitó a sonreír con tristeza. Cuando terminaron de bajar las cosas de la camioneta, le notificó a Emil que sería mejor no ir a Trondheim mientras las cosas estuvieran tan agitadas, y se despidió de él luego de darle unos cuantos pescados. El muchacho no se había quedado cómodo luego de tener esa conversación, por lo que decidió apresurarse a casa y pensar en otra cosa. Al acercarse por la parte trasera, pudo ver que Simon seguía en casa de su vecino; dormitaba sentado en el alféizar de la ventana del dormitorio principal. Emil levantó una pierna y la estiró hasta saltar el pequeño cerco del patio de la casa, y tocó el marco de la ventana ligeramente. Simon se estremeció, se alejó de la ventana de un brinco, y en un movimiento rápido (tan rápido que Emil no lo registró hasta que Simon estuvo casi al otro lado de la habitación) sacó un pequeño puñal de su abrigo, y lo blandió en posición defensiva. Desde el patio, Emil se quedó inmóvil en su sitio. En un instante el semblante amenazador de Simon, se suavizó en uno de sorpresa, y se apresuró para salir al patio por la vieja puerta trasera.

"¡Emil! Bienvenido, yo... lo siento si te sorprendí..." Dijo apresurado, y con rostro afligido. Emil apenas negó con la cabeza, con la intención de no preocupar a Simon, pero su rostro sorprendido decía otra cosa. "A la próxima deberías pararte a dos metros de mí y lanzarme piedras," Terminó de decir eso riendo, sin embargo el muchacho no parecía tranquilizarse, por lo que Simon dejó las risas de lado y suspiró mientras pasaba una mano por su cabello. "Desde que inició... todo esto... no he podido dormir tranquilo una sola vez; es inevitable estar alerta."

Emil agachó un poco la cabeza, comprendiendo el sentimiento. Seguía sin decir nada cuando volvió a poner su mirada en Simon. Tentativamente, levantó su mano y tomó al otro hombre de la manga de su abrigo, para después indicarle que lo siguiera hasta su casa. Simon lo siguió sin quejarse. Hasta que entraron a la parcial seguridad de su hogar, Emil pudo volver a sentirse tranquilo.

La sorpresa que había tenido en la ciudad momentos antes se había dejado ver luego de estar frente a la reacción de Simon; le hizo recordar que en verdad se encontraban en una situación peligrosa, día a día.

"Yo... debería explicar por qué estoy aquí, ¿cierto?" Preguntó Simon tentativamente, mientras Emil le invitaba a ponerse cómodo.

"Ya te di suficiente tiempo para inventarte una historia creíble, así que sí, supongo que deberías."

Sacudiendo los hombros con falsa diversión, Simon negó. "No seas así... las razones que tengo para mentir, radican en tu seguridad y la de tu hermano."

"Créeme," Empezó Emil con ironía. "Solo por estar en esta casa podrían fusilarte."

Simon entonces dejó su expresión juguetona, para fruncir el ceño. "No creo que debas decirme esos comentarios con tanta facilidad. A Lukas no le gustaría."

Luego de quedarse atónito por un momento, Emil empezó a reír en voz alta. "¿Ahora te quieres poner serio? No querrás que te recuerde tu comportamiento hasta ahora..."

"Estoy preocupado," Dijo mientras se sentaba en una frágil silla de madera. "Pensar que puedes dar información comprometedora de esa forma... ¿qué pasaría si confiaras a primera vista en un simpatizante de los alemanes solo porque lo conociste hace unos cuantos años?"

Una penetrante mirada de ojos azules escrutó a Emil de arriba hacia abajo, esperando a una reacción. El muchacho intentó sostener aquella mirada. A pesar de que Simon estaba sentado y lo veía desde abajo, Emil se sentía observado por un gigante, superior en todo sentido. Esto debe ser lo que deja la guerra en las personas, pensó.

"Eso sería muy malo," Afirmó, para después golpear con la palma de la mano la mesa que estaba por un lado de Simon. "Sin embargo, no me parece que sea el caso. Mucho menos pensando que los alemanes ahora mismo trotan desesperados de aquí para allá, buscando rastros del piloto que se estrelló hace dos días a las afueras de Trondheim, oh, señor Simon Densen, teniente de la fuerza aérea danesa…"

Simon se mantuvo callado, pero había empezado a juntar sus pobladas cejas con más aprehensión que antes. Buscó encontrar en Emil algún signo dubitativo, pero el joven lo veía a los ojos, con total seguridad. Simon entonces suspiró y, derrotado, dejó sus hombros liberarse de la tensión. "Perdí mi façade tan rápido, no puedo creerlo… No recordaba haberte dicho mi nombre antes…"

Los labios de Emil entonces se curvearon en una sonrisa ligeramente, y sintió que veía a Simon correctamente desde arriba. "No lo hiciste," Admitió satisfecho. "Si yo fuera un simpatizante de los alemanes, ahora mismo estarías con un pie en Kristiansten. [2] ¿Puedes criticarme ahora por mi forma de tratar con información comprometedora?"

Después de eso y un resoplido, la niebla de dudas que se había formado entre ellos se empezó a disiparse. Simon se quejó sobre cómo había bajado la guardia porque se trataba de aquel muchacho, específicamente, con quien hablaba. Emil solo aceptaba sus quejas sin tomarlas en cuenta, mientras se disponía a preparar los pescados que recién había conseguido. Simon entonces le habló sobre su escape de la invasión a Dinamarca, pero sin la usual efusividad con que contaba esa historia en Suecia. Después le contó sobre sus viajes en aquella tierra neutral.

"Puede que no me creas," Dijo entonces con una sonrisa de incómoda nostalgia. "Pero me quedé dormido en uno de esos viajes, y así llegué aquí. El aterrizaje no me costó la vida, pero sí a Monica..."

Sacó una pequeña bolsa de la parte interior de su abrigo, y la abrió con especial delicadeza. Con cuidado le pasó a Emil una fotografía un poco quemada de una esquina. En la imagen estaba el avión de caza, Monica, en un enorme hangar; frente a ella estaba Simon abrazando por los hombros a dos compañeros que llevaban el mismo uniforme de aviador que él. Los tres sonreían de forma despreocupada y alegre. Emil se sintió sonreír por mero reflejo, y después lo inundó un terrible sentimiento, al relacionar aquellos dos hombres con el relato de Simon sobre la invasión alemana a Dinamarca.

"¿Son ellos...?"

No terminó de preguntar cuando Simon ya asentía con tristeza. "Poul y Jørgen. Ambos pilotaban el fokker C.V que vi desmoronarse detrás de mí en la invasión. Probablemente sobrevivieron a la caída... pero no a los alemanes que los esperaban en tierra."

Emil inmediatamente soltó la fotografía para dejarla caer en la mesa, y de manera inconsciente se llevó una mano a la boca. "Cómo... ¿cómo puedes hablar sobre ello de esa forma?" Preguntó incrédulo, luchando consigo mismo por no recordar cierta ejecución pública de cinco miembros de la resistencia...

Poniéndose de pie, Simon se acercó a Emil para darle unas palmadas en la espalda. El joven parecía al borde de una crisis nerviosa. "Tranquilo. Lo que sea que pasó, ya está. Hasta el final, ellos mantuvieron sus ideales: eso es lo que importa."

Enseguida Emil se dio cuenta de la forma en que estaba reaccionando, y quiso empezar a tranquilizarse. Con impotencia, enojo y frustración, se abalanzó sobre Simon en un abrazo desesperado, hundiendo sus dedos en la sucia tela de aquel abrigo. Entonces estuvo seguro: aquella ejecución frente a la catedral de Nidaros en Trondheim, en aquel fatídico día de 1940, nunca en su vida la iba olvidar.

.

Estaba empezando a oscurecer cuando Lukas salió de la interminable reunión llevándose a cabo por la resistencia en la casa de Johan Agotness. Ya que Reidar no se iría hasta que el joven Niels se sintiera mejor, Lukas decidió dejarle al temerario hombre la tarea de llevar a cabo sus siguientes misiones; aparentemente no quería descansar ningún día en el que estuviera cerca de Trondheim. Lukas por su parte estaba preocupado por Emil y el paradero de aquel antiguo conocido de su hermano, por lo que se apresuró a llegar a casa.

Al abrir la puerta, lo saludó un delicioso aroma a pescados, acompañado por la vista de una espalda ancha, desnuda y llena de cicatrices, que justo se despojaba de sus ropas. Un poco más abajo, en la zona del abdomen, se enredaban vendas sucias y ensangrentadas. Al escuchar su llegada, Emil y Simon voltearon hacia él, y le dieron la bienvenida; mientras el primero tomaba la sucia ropa en sus manos, el segundo continuaba el antes interrumpido proceso, desabrochando su pantalón.

"¿Qué pasa aquí?" Preguntó Lukas acercándose más a la estancia, y sin mostrar signos de estar sorprendido. Intentó ignorarlo, pero de alguna forma no podía apartar sus ojos de aquella enorme espalda, mucho menos mientras Simon flexionaba sus sorprendentemente tonificados músculos en movimientos que parecían rítmicos, en una clase de ritual. Supo de inmediato que sus movimientos eran tan armoniosos debido a que seguro las heridas en su espalda baja dolían si se desvestía de otra forma.

"Llegaste justo a tiempo," Le dijo Emil, empujando a Simon de repente, hacia el fondo de la vivienda. "Por Dios, desnúdate en el baño. Ten un poco de decencia," Entonces se dirigió de nuevo a su hermano. "Lukas, busca algo de ropa para Simon, ¿sí? Cuando termine de bañarse necesitará algo limpio y seco."

"¿Vas a lavar su ropa?"

"Pues claro, ¿no ves lo sucia que está? Seguro debes tener algo que le quede a este mastodonte..." Simon entonces se quejó por la ofensa, y Emil solo rodó los ojos. "A primera vista pareciera que estás en los huesos, pero estás muy bien conservado por lo que veo."

Vaya que estaba bien conservado, Lukas no pudo evitar notar para sí mismo. Sacudió un poco la cabeza en un intento de alejar aquellos pensamientos, sintiéndose de repente culpable al estar frente a Emil. Para su suerte, pronto Simon desapareció en el baño, y él aprovechó para entrar en su habitación y sacar algo de ropa. Los viejos trajes de su padre parecían ser lo suficientemente anchos para cubrir a Andersen, por lo que tomó uno de los más recientes y menos usados, para llevárselo a Emil.

Encontró a su hermano en el pequeño, húmedo y mohoso cuarto que utilizaban para lavar la ropa, al fondo de la vivienda. Estaba vertiendo agua caliente en un gran balde de agua fría. "Oh, ponlo en una silla por favor. Y, ¿puedes pedirle sus botas? Las limpiaré primero, pues no tenemos zapatos que le queden."

Lukas solo asintió, algo fascinado por la diligencia y seguridad que Emil le dedicaba a ese asunto. Puso la ropa en la estancia, y se encaminó al baño. Tocó la puerta, y abrió una vez Andersen le indicó que pasara. Encontró al hombre dentro del ancho barril de madera que usaban para bañarse antes de que iniciara la guerra. En los tiempos actuales, no se tomaban la molestia de llenar aquel recipiente y solo se daban duchas rápidas, después de todo. Sin embargo, Andersen estaba completamente cubierto de agua, a excepción de sus pies que sobresalían del barril, y su cabeza que se recostaba en el borde de la madera. Tenía una tranquila y pacífica expresión en el rostro, que reflejaba más que nada el cansancio saliendo de su cuerpo poco a poco. Lukas se agachó para tomar los pantalones, las vendas y las botas que habían quedado olvidadas en el mojado piso, ignorando la sutil sensación de calor que se expandía por su estómago.

"Emil no necesita hacer nada, ya se lo dije…" Habló Andersen despacio, en un suspiro, con los ojos cerrados. "Solo esto es suficiente…"

"Aprecia sus buenas intenciones," Le dijo Lukas antes de salir. "Y siéntete cómodo mientras puedas, porque no te quedarás aquí mucho."

Al salir, apenas escuchó a Simon dar las gracias. De nuevo Lukas fue al cuarto del fondo en busca de su hermano, y lo encontró apoyado en sus rodillas, tallando en el pequeño lavadero de madera la sucia camisa gris (anteriormente blanca) de Andersen. "Gracias, déjalo por ahí," Dijo Emil al notar la presencia del otro. "La comida está lista en la cocina, también está caliente. Lo siento, ¿pero te importaría servirte tú?"

Luego de negar con la cabeza a pesar de saber que Emil no lo veía, Lukas esperó un poco antes de ir a la cocina. "¿Piensas lavar esas viejas vendas? Puedes tomar de las que tenemos en el mueble; las otras hay que desecharlas."

"Ah, claro, está bien..."

"Y no te preocupes por las cantidades en el botiquín. Si necesita que desinfectes sus heridas, las desinfectas. Iré con Neils por algunas de las provisiones que trajo Ole," Después de decir eso, Lukas se alejó de la habitación.

Detrás de él quedó Emil, estupefacto. No fue hasta que Lukas desapareció dentro de la casa, cuando el muchacho gritó, alegre y conmovido: "¡Gracias, hermano! ¡Ah, también come de las manzanas que trajo Reidar!"

Lukas comió la cena de ese día algo más temprano que de costumbre, y también con más tranquilidad, a pesar de tener esa tarde a un extraño en su propia casa. Luego de terminar de comer, se levantó para lavar su plato, e incluso hojeó uno de los libros que tenían en el pequeño librero de la estancia; sin embargo, no pudo concentrarse con aquel hombre aún perturbando su hogar, y más específicamente, su baño. Pasó un buen rato cuando por fin Emil salió del cuarto donde lavaba, secándose el sudor de la frente como si no vivieran en el helado norte.

"Ese horrible abrigo fue un reto," Gimió el muchacho con disgusto. Entonces, se quedó un poco sorprendido al ver a su hermano sentado solo en una silla, hojeando un libro de cuentos.

"Parece que tu amigo se ahogó en el baño," Dijo Lukas mostrándose indiferente.

Con un gruñido de hastío, Emil tomó el botiquín y las vendas, y sacó a Simon a rastras del baño. Le ayudó a vendar sus heridas, y lo dejó solo para cambiarse. Cuando el hombre terminó de arreglarse, parecía una persona totalmente diferente. Lukas no quería mirar, pero era demasiado tentador. El pantalón café se ajustaba perfecto a su cuerpo, los tirantes le daban un toque especial de seriedad, y aunque las botas estaban un poco fuera de lugar, la forma en que se enrolló las mangas de la camisa hasta los codos valía lo suficiente como para perdonar cualquier otro error. Pero eso no era todo. Libre de mugrientas vendas en sus manos y sin suciedad acumulada en cabello grasoso, Lukas se dio cuenta de que Simon no solo tenía un inesperado buen cuerpo, sino que era excepcionalmente apuesto. Su cabello seguía igual de alborotado que la primera vez que lo vio, pero ahora lo podía apreciar brillante y rubio y Lukas solo quería pasar sus manos por aquellos mechones que contrastaban tan bien con su color de piel… Por supuesto que sus azules y profundos ojos seguían iguales, justo como su deslumbrante (y ahora totalmente limpia) sonrisa perfecta.

"Vaya, siento que estoy vivo de nuevo," Rió Simon. "Muchas gracias por todo… ya no me gustaría ser una molestia, por lo que me voy a casa de mi amigo…"

"Te daré unas mantas," Se apresuró Emil. "Las noches son muy frías, las necesitarás."

Inmediatamente, la calmada voz de Lukas intervino impasible. "Quietos. Nada de esto ni lo otro. Necesito explicaciones, y las necesito ahora," Dijo, mientras colocaba el libro sobre la mesa, y levantándose de su silla. Volteó hacia Simon. "¿Y bien?"

"Hablé ya con Emil," Asintió el aludido. "Pude darme cuenta de que estamos del mismo lado de la línea, Lukas Olhouser, y no corren más peligro ustedes al estar conmigo, del que yo vivo al estar ahora mismo aquí. Permíteme presentarme de nuevo," Avanzó entonces hasta Lukas, quien por reflejo dio un pequeño paso hacia atrás, pero mantuvo su usual seriedad. El hombre extendió una mano hacia enfrente, y sonriendo, dijo: "Simon Densen, para servirte."


Notas:

[1]

Las montañas están esperando
la luna llena ha llegado
me perdí en la autopista
pero no me preguntes dónde he estado...
o qué he hecho...

La canción es Amarillo de Gorillaz. La primera parte, narrada desde el punto de vista de Simon, me recuerda mucho a esta canción.

[2]

Kristiansten es una fortaleza a las afueras de Trondheim que los alemanes usaron para ejecutar traidores y tal. Acostúmbrense al nombre, pues luego sabremos más del lugar.

Okay, volví.
Me gusta mucho esta historia y no pienso dejarla, sin importar cuánto me tome terminarla. No aparecía por aquí pues mi inspiración simplemente se había ido de vacaciones, ya entenderán.

Como siempre, muchas gracias a quien sea que continúe leyendo ésto.