If it seems that everything is lost...
I should smile and never count the cost
If you love me, really love me...
Let it happen, darling, I won't care (1)
Las rápidas pisadas del muchacho de la resistencia (cuyo nombre Lukas se veía incapaz de recordar), apenas y se escuchaban en los pequeños callejones de Trondheim. Llegó junto a Lukas y Simon rápida y sigilosamente, tanto que ambos veteranos por poco ni siquiera lo notaron.
"Es hora, Rinnan está a punto de salir," Anunció el joven, sin aliento, para después colocarse junto a ellos con su arma en mano, atento hacia la calle para captar el primer movimiento que les indicara la llegada del enemigo.
Lukas asintió, e instintivamente colocó una mano donde su arma esperaba a ser desenfundada, más fría y pesada que nunca. Tuvo incluso el tiempo para considerar lo mucho que habían aprendido esos niños hasta ahora, y pensó con tristeza que eran ahora más asesinos de lo que eran niños. Asesinos, justo como él, y como todos sus amigos.
A su lado, Simon se acercó un poco más, ofreciéndole su calidez como apoyo. Solo era necesario eso entre ellos, nada más.
Mientras esperaban los escasos segundos necesarios, Lukas repasaba las palabras del Turco, con exactitud, la información enviada por Morten, y el plan. Rinnan saldría esa mañana de su casa en un coche, siendo escoltado de forma usual, rumbo a las oficinas principales justo al centro de la ciudad. Cosa de todos los días, algo normal.
Sin embargo, ese día era diferente. Rinnan debía salir en un coche sin blindaje debido a ciertas complicaciones entre los alemanes causadas gracias a la resistencia, lo cual era algo que debían aprovechar. De igual forma, su escolta no serían miembros de la Gestapo, sino simples soldados alemanes. Esos pequeños, más sin embargo muy importantes detalles, eran la clave para que la misión de ese día fuera un éxito.
La misión era muy simple. Reidar Holt y su grupo se encargarían de interceptar el auto antes de que tomara velocidad, justo afuera de la casa de Rinnan, neutralizando a los incompetentes soldados alemanes e inmediatamente después deshaciéndose del agente de la organización. Algo muy sencillo para ellos.
Claro, que estaban listos para cualquier contratiempo. En los edificios, en diferentes puntos, había francotiradores esperando. A lo largo de la calle por la que pasaría el coche, estaban en diferentes posiciones miembros de la resistencia, listos para intervenir si algo salía mal. Lukas y Simon se encontraban casi al final, donde Rinnan, en su usual recorrido, daba vuelta para encontrarse cerca del río Nidelva y dirigirse a su destino. Más adelante que ellos estaban Jan Munch y Johan Agotness, los últimos en la formación.
Habían tomado precauciones, pero decidieron no incluir a muchos de los más jóvenes en la revuelta, ya que todo debía salir bien.
Debía, hasta que Emil llegó corriendo, desesperado, tropezándose con sus propios pies, desde el fondo del callejón, hasta recargarse en Simon mientras respiraba forzadamente. Lukas sintió su garganta cerrarse y el aire no pudo pasar a sus pulmones. Emil no tenía razones para estar ahí en ese entonces, ninguna; su lugar era en casa, junto a Eirik, esperando. Ese día temprano se aseguró de despedirse de él, Lukas lo hizo, estaba seguro, su hermano no tenía razón alguna para ir a buscarlo.
El muchacho apenas iba a abrir la boca, cuando se escucharon varios disparos a unos cuantos metros de distancia, seguidos de un sonoro derrape de automóvil, ya más cercano a ellos. Lukas sabía muy bien, sabía que Reidar fue el que dio la orden de disparar, y que Rolf Vinter junto a otros le habían seguido. Después, se escucharon gritos de hombres, y más disparos, sobreponiéndose a los cantos de los pájaros, cantos que celebraban los escasos signos de verano en la atmósfera.
Pequeñas gotas de sudor recorrían la frente de Lukas cuando su hermano salió de su estupefacción, y lo tomó de las solapas de su saco.
"¡Lukas, vámonos, debes decirle a todos que deben retirarse!" Exclamó Emil, sus ojos desorbitados, apenas enfocándose en el rostro de Lukas, el miedo nublando su juicio. "¡Morten, Morten vino a casa y—!"
Gritos de victoria, estridentes, ensordecedores, retumbaron por los edificios de la ciudad. Signo de que la misión fue un éxito, de que la resistencia lo había logrado. El joven cuyo nombre Lukas no recordaba, se unió a la celebración con un grito. Simon, Lukas y Emil se quedaron viéndose uno a otro, moviendo los labios pero no hablando, la incertidumbre espesa entre ellos, espesa y gruesa, un poco más y podrían estirar sus brazos y tocarla.
"Emil, ¿de qué hablas—?" Había empezado Simon, desconcertado, quien recuperó primero su voz. Inmediatamente después, el joven que estaba junto a ellos salió de su escondite y corrió los escasos cincuenta metros que los separaban del auto, de los cuerpos inertes de los alemanes, y de sus compañeros celebrando. Lukas volteó hacia allá, en búsqueda de sus amigos, de sus rostros, de respuestas.
Antes de que el joven llegara, Reidar gritó con autoridad, demandando silencio, y nada cercano a una señal de celebración. "¡Éste no es Rinnan!" Exclamó, con un deje de asombro y horror en su voz.
Antes de poder dar la orden de retirada, desde los edificios que los rodeaban se escucharon disparos de francotiradores.
Lukas había visto muchos compañeros caer, tantos que podría perder la cuenta, sin embargo nunca lo haría gracias a su maldición, a su buena memoria. A muchos colegas, compatriotas con los cuales disfrutó y pasó tiempo, los vio morir frente a él desde el inicio de la guerra. Pero nunca había visto a un amigo caer.
A pesar de que había perdido amigos, nunca había tenido la oportunidad de presenciar una bala atravesando la cabeza de uno de sus amigos. Nunca, hasta ese momento, hasta ese día, hasta ese junio.
Equivalentes al número de estruendos por los disparos, se escucharon en el pavimento de Trondheim caer cuerpos inertes de noruegos, miembros de la resistencia. Lukas, quien había estado viendo hacia afuera, buscando a sus compañeros, los encontró. Hizo contacto visual con Reidar, minúsculo, insignificante, antes de que su cabeza reventara en pedazos, antes de que cayera muerto, antes de que su sangre se esparciera en el suelo.
Rolf, entonces, ordenó la retirada con un grito, uno potente digno de su voz grave, y los hombres empezaron a esparcirse, trastabillando.
Lukas no pudo gritar.
Sintió que una mano fuerte y estable lo tomó del antebrazo, y lo jaló hacia el fondo del callejón. Tuvo que correr inevitablemente, porque quien lo jalaba iba cada vez más rápido. De repente pasó su aturdimiento, y recordó lo que pasaba, lo que debía hacer. El sonido lo atacó de todas direcciones, Simon gritándole que corriera, Emil gimoteando cosas ininteligibles.
Los disparos aún se escuchaban, los gritos igual, pero cada vez eran menos gritos remotamente conocidos. Alguno que otro alemán fue derribado, seguramente, pero eran demasiados contra ellos; era una emboscada.
Y las personas que quedaban en la resistencia, una a una, empezaban a desaparecer.
Empezó entonces a correr, dándose cuenta de la situación crítica en que estaban, pero apenas y habían avanzado cuando, desde el fondo del callejón, alemanes venían hacia ellos.
"Mierda," Dijo entre dientes. Tomó a Simon y Emil de las muñecas, y dobló a la derecha, corriendo lo más rápido que sus acompañantes le permitían. Los gritos continuaban, la persecución apenas iniciaba.
"Morten fue a casa," Decía Emil, entre respiraciones, en voz baja, como una plegaria. "Dijo, dijo que lo engañaron— Que debían retirarse—"
"¡No importa, Emil! ¡Corre!" Exclamó Simon, respirando pesadamente. "Vamos con Johan, a las camionetas, podemos escapar—"
"¿Y abandonarlos?" Alcanzó a decir Lukas, a él también costándole trabajo hablar mientras corrían. "¡Yo solo voy a dejar a Emil! No pienso abandonar—"
"¡Joder, Lukas! ¿No ves que todos están muertos?" La voz de Simon tomó un filo desgarrador, incapaz de creer sus propias palabras. "¡Hay que irnos!"
Rápidamente llegaron a la calle principal. Lukas intentaba concentrarse entre todo lo que paseaba por su cabeza, a velocidades que mareaban. Intentaba buscar soluciones.
A lo lejos estaba el auto, los cadáveres. Entre las calles se escuchaban más disparos, y las pisadas de los alemanes que los seguían podían escucharse cerca. Estaban en junio; no más nieve para detenerlos, ni climas extremadamente fríos que estuvieran del lado de la resistencia: los alemanes eran rápidos en ese tiempo.
Cruzaron la calle sin detenerse, y sabían que aún tenían tiempo, que a los alemanes aún les faltaba mucho para alcanzarlos; pero aún así, un disparo muy cercano a ellos se escuchó.
No solo un disparo cercano a ellos, sino un disparo dirigido a ellos.
Y Lukas sintió la sólida calle de Trondheim contra su cara, antes de sentir el dolor del disparo. Lukas escuchó el grito de Emil y el de Simon, antes de dejar salir el suyo. Era un dolor supuestamente familiar, pero un dolor de cualquier forma. Lo había sentido antes en la guerra, en Finlandia, pero apenas le había rozado un brazo en aquella ocasión. Ahora, la bala había atravesado su pierna y sentía que ésta podría explotar en cualquier momento.
Simon se movió, y probablemente disparó en repetidas ocasiones. Lukas escuchó por sobre los gritos de su hermano, que otro alemán se acercaba. Luchó contra sí mismo, deseando levantarse, pero el dolor era desbordante. Entonces un disparo rápido penetró por el aire, derribando al otro alemán que se acercaba.
Lukas sabía que era Selma Sorensson, pues ella estaba en la posición más cercana. Pero también sabía que había revelado su escondite, por salvarlos. Apenas empezaba a sentarse con ayuda de Simon, y el grito de la mujer se escuchó.
"¡Selma!" Gritó Emil con voz ronca, gastada de tanto gritar, al mismo tiempo que el cuerpo de Selma se estrellaba en la calle, con un sonoro estrépito. Una caída desde el último piso del edificio. Difícilmente algo digno de apreciarse.
A pesar del dolor, la frustración, y las lágrimas corriendo por las mejillas de Emil, los dos hombres se las arreglaron para rápidamente levantar a Lukas y continuar su recorrido por los callejones. Emil pasó el brazo derecho de Lukas por sus hombros, mientras Simon el izquierdo. En mejores condiciones, esa era la ruta perfecta a pesar de ser la más larga. Pero no ahora. A ese paso, nunca iban a llegar a salvo con Johann, y si lo hacían, las camionetas ya se habrían ido. Lukas arrastró su pierna herida una vez más, para después detenerse.
"No vamos a llegar," Dijo con seriedad. Los alemanes acercándose se escuchaban a lo lejos, pero aparentemente habían tomado otra ruta. Un poco más de tiempo, entonces. "Deben dejarme aquí."
"Lukas, no es momento para esto," Simon lo vio, su rostro lleno de coraje, frustración y miedo. Emil se quedó petrificado en el acto. "Vamos, podemos llegar," El danés apretó su mano en la cintura de Lukas, e intentó moverlo, pero Lukas no lo permitió. Simon gruñó, desesperado, intentando moverlo a la fuerza. "¡Joder, Lukas, no me hagas esto! ¡Muévete! ¡Muévete, por favor!"
Ignorándolo, Lukas volteó hacia su hermanito, y le sonrió, mientras en su mente se disculpaba. "Lukas…" Susurró Emil, a duras penas, pues aún se encontraba desconcertado. Lukas se sintió culpable, pues pensaba utilizar ese estado de estupor en que Emil se encontraba, para salvarlo. Quitó su brazo de los hombros del islandés, para recargarse en Simon.
Volteó hacia él, y en el rostro del danés escurrían ya gruesas lágrimas, hasta su barbilla, y golpeaban la punta de sus botas. Su expresión era de completa desdicha y dolor, mientras veía a Lukas con ojos azules que rogaban, pedían que nada fuera real. "Lukas, por favor…"
"Simon," Dijo con dulzura, y puso su mano en la mejilla del otro. Apenas y sintió la humedad contra su mano. "Me lo prometiste. Es una promesa, Simon. Debes cumplirla, te lo pido."
Simon tomó la mano que Lukas tenía en su rostro, y lloró. Soltó un gemido, gutural y desgarrador, con un dolor expresado tan crudo, que Lukas sintió un punzante dolor en el pecho. Junto a ese dolor, sintió su corazón romperse, su alma destrozarse. "No, no…"
"Perdóname… perdóname, pero no hay tiempo," Las pisadas a su alrededor se escuchaban como su sentencia de muerte, y retumbaban en sus tímpanos. Debía sacar a Simon y a Emil de ahí, debía hacerlo. "Simon…" La atención del otro se centró en él al escuchar el tono de Lukas, el ligero quiebre en su voz. "Nunca he amado a nadie, como te amo a ti. No lo dudes."
Simon entonces, entre llanto y lágrimas, se inclinó hacia adelante y besó a Lukas en los labios. "Yo también," Dijo, y después otro beso. Mientras ayudaba al noruego, poco a poco, a moverse hasta la puerta del edificio más cercano. Lo dejo a su pie, sentado en las escaleras, escondido detrás de un enorme contenedor de reciclables. "Yo también, nunca podría amar a nadie más que a ti, nunca," Otro beso, final, de despedida. "Volveré, no tardaré nada. Espera aquí, escóndete, juro que volveré. Vendré por ti."
"Te creo," Sonrió Lukas, su expresión a punto de quebrarse, pero mantuvo la compostura.
Simon rápidamente fue por Emil, y empezó a correr. Emil alcanzó a quejarse, a negar, pero Simon era más fuerte; lo arrastró, incluso tapando su boca para que no gritara, y desaparecieron pronto en una esquina.
Lukas se puso de pie, recargándose de un barandal. El dolor era molesto, pero casi no podía sentirlo debido a la adrenalina. Había dejado un rastro de sangre, un rastro que Emil y Simon ya no cargaban; ahora podrían llegar a salvo hasta Johan.
Buscando su arma, pues nunca dejaría de dar pelea, encontró su broche para el cabello. Lo dejó en las escaleras, donde Simon lo ayudó a sentarse, y empezó a dar pasos lentos y dolorosos, con su arma en mano.
Emil y Simon lo dejaron destrozado, sus rostros casi imposibles de soportar, pero no dejó que una sola lágrima saliera. No por él, no por ellos, no por sus compañeros. Acababa de dar otro paso cuando escuchó a varias personas acercarse. Dio media vuelta y solo pudo ver los uniformes negros, razón suficiente para disparar. Derribó a dos antes de que llegaran, y esperó a que le dispararan de regreso.
Pero no le dispararon. En su lugar, uno de ellos lo tacleó, y una vez más su rostro se encontró con la fría calle en un tosco golpe, más intenso que el anterior.
Y todo se ensombreció a su alrededor. Ni siquiera el dolor causó que permaneciera despierto.
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Llegaron con Johan rápido, según la opinión de Simon. Con él estaban Jan, Inger, y otros hombres que Simon no reconoció y que, sinceramente, no le importaban. Ni siquiera sus obvias expresiones de temor le importaron. Todo lo importante era Lukas, todo lo que tenía en su cabeza era Lukas.
"¡Emil! ¿Qué pasó? ¿Dónde está Bondevik?" Preguntó Johan, acercándose a ellos, y tomando a Emil en sus brazos. El muchacho se encogió en los brazos de Johan, y sus hombros temblaban en espasmos mientras lloraba. Inger se acercó a él, las lágrimas no parecían dejar de correr por su bonita cara.
Todos los presentes empezaron a decir que ahí estaban a salvo por ahora, que al parecer los alemanes se habían retirado, que ya todo había acabado.
"Cuida a Emil," Dijo Simon, presuroso. Para él no se acababa aún. "Voy por Lukas."
Jan no le permitió irse. "¡No, es muy peligroso! No podemos arriesgarnos así—"
Sin consideración, dejando salir toda su frustración, arrebató su mano de Jan, y gritó. "¡No me importa! ¡Ustedes no van, voy yo!" Se llevó las manos al cabello, y lo alborotó, más de su usual. "¡Lo dejé ahí, solo, y le prometí que regresaría! ¡Justo como prometí— como prometí que—!"
Sus ojos se posaron en los de Emil. Nunca había visto aquellos ojos reflejando tales sentimientos; tristeza, soledad, vacío… traición. El muchacho continuaba aparentemente desorientado, pero sabía bien lo que acababa de pasar. Simon había dejado a su hermano, a su única familia, atrás, herido y sin esperanzas. El danés no dudó más, y salió de ahí, corriendo, haciendo caso omiso de cualquier grito que lanzaran hacia él.
La ciudad se encontraba en un silencio sepulcral, todo lo contrario a unos pocos minutos atrás. Había cadáveres por doquier. A lo lejos escuchó una camioneta andar, pero no le prestó atención: seguro eran los sobrevivientes de la resistencia, que decidieron dejarlo atrás. No importaba. En poco tiempo llegaría con Lukas, unos cuantos metros más.
Recorrió las angostas calles que ya conocía de memoria. Cada vez se acercaba más, solo debía dar una vuelta en el próximo callejón.
Aceleró su andar sin saber cómo le era posible ir más rápido de lo que ya iba, y llegó al lugar que lo esperaba, pero no había nadie ahí.
En las escaleras, al pie de la puerta, junto al contenedor… Lukas no estaba ahí. Su mente, su traicionera mente lo había preparado para una infinidad de horribles escenarios… pero no ese, no una situación donde Lukas simplemente no estuviera ahí. Y entró en pánico; lo inundó, lo asfixió. Y sin embargo, su pánico le abrió los ojos y le permitió darse cuenta de algo muy claro, algo que era obvio, pero que había ignorado.
Donde había dejado a Lukas, yacía su broche para el cabello. Simon fue hasta ahí, y levantó el broche. Lo acarició, lo puso contra su pecho.
No fue a él a quien reconocieron los alemanes aquel día, cuando se suponía que verían a Morten para confirmación. Fue a Lukas a quien reconocieron.
Los alemanes sabían de Morten, y le permitieron seguir filtrando información, para que la resistencia confiara. Morten nunca mintió; a él lo engañaron y le dieron información falsa, con la finalidad de lograr aquella emboscada. Curiosamente la Gestapo no los cazó a todos ese día, simplemente se dieron a la fuga sin razón aparente. La camioneta que acababa de escuchar irse, no era de la resistencia, era de los alemanes.
Y sus sospechas se confirmaron cuando Johan se acercó, corriendo, hablándole. Dónde está, preguntaba, viendo alrededor.
Los alemanes les pisaban los talones, no había forma de que no encontraran a Lukas. Los alemanes sí lo encontraron; lo encontraron, y se lo llevaron. Porque era lo que querían.
Henry Rinnan, uno de los más destacados agentes de la Gestapo viviendo en Trondheim, intentando deshacerse de la resistencia que poco a poco tomaba fuerza. Ese hombre, deseaba más que nada, tener entre sus garras al líder, a la persona al mando.
Morten había dicho que Rinnan buscaba más reconocimiento, más fama, más prestigio.
Buscaba al líder de la resistencia.
Quería a Lukas.
"Se lo llevaron," Dijo Simon, incapaz de creerse a sí mismo. "Se lo llevaron," Repitió, y se dejó caer de rodillas en la calle, junto a un pequeño charco de sangre, sangre de Lukas. Lukas, su amigo, su compañero, su amante. Lukas, el amor de su vida. Lukas, hermoso y brillante, de ojos perfectos y risa muchísimo más que eso.
Lukas, en manos de la Gestapo.
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Después de eso, todo pasó en un borrón de imágenes para Simon. La idea era demasiado para asimilarlo, simplemente imposible. Johan lo sacó de aquel callejón hasta llegar al edificio con los demás y las camionetas, cuidándose de alemanes que quedaran patrullando. Los que contaban con las capacidades salieron sigilosos a buscar personas que necesitaran ayuda.
Afuera no encontraron a ningún miembro de la resistencia vivo, salvo por Rolf Vinter, a quien encontraron en su lecho de muerte. Su hija Inger fue incapaz de continuar ayudando luego de eso, pues se quedó con él, gastándose todas sus lágrimas, mientras el hombre le pedía disculpas y le decía que la amaba hasta finalmente morir.
Poco después, encontraron el cuerpo de Selma Sorensson, que yacía sin gracia en el pavimento, una vista insoportable. Johan Agotness se acercó hasta ella, con sus piernas temblando, y le habló con voz de miel y palabras de azúcar. Intentaron apartarlo, pero no lo permitió; llegó a sentarse junto a ella mientras le rogaba, inconsolable, que se pusiera de pie, sonriera y bailara con él una vez más.
Jan Munch apenas y pudo ver el cadáver de Reidar Holt, e inmediatamente se dispuso a intentar mantener las cosas en orden, lo cual no resultó muy bien. En cuanto los hombres supieron sobre lo que había pasado con Lukas Bondevik, la resistencia (o lo que quedaba de ella), terminó de desmoronarse. Con sus espíritus arrastrándose por el suelo, sus esperanzas muertas y sus ideas positivas apagadas, intentaron recuperar la mayor cantidad de cuerpos posibles antes de que los alemanes y su división especializada llegaran a limpiar y dejar las calles de la ciudad relucientes para antes de mediodía, como si una masacre nunca hubiera ocurrido ahí.
Entonces, en distintas camionetas y por distintas rutas, la resistencia se alejó de la ciudad para ir al pueblo y dar funerales dignos a sus compatriotas.
Y para Simon, todo era simplemente demasiado. Gritaba y reñía a pesar de apenas estar consciente ello, demandando que debían ir y hacer algo, pero todos estaban igualmente destrozados. Fueron al fiordo cercano al pueblo y en un viejo barco abandonado quemaron los cuerpos, dejándolos irse al mar, a la libertad, un adiós digno para alguien que luchaba por ella. No se quedaron mucho tiempo, no querían que un grupo de vigilantes alemanes los encontraran en momentos de vulnerabilidad y dolor. Los restantes de la resistencia se juntaron en la casa de los Vinter, hablando sobre la situación de forma sumisa y sencilla, apenas tranquilizándose de los rápidos y traumatizantes eventos del día.
Simon les explicó lo que había pasado, lo que había entendido, con ayuda de algunas simples afirmaciones de Emil. Johan apenas parecía estar presente; Inger y Emil eran reconfortados por Eirik, quien se sentía hundido en la culpa por no haber sido parte de aquella misión. Jan Munch, con ambas manos en la cabeza, hablaba sobre las pocas provisiones, los pocos compañeros que quedaban, las pocas opciones de acción con las que contaban ahora.
Entonces, Kåre Skjeggestad mejor conocido como Rødrev entre los jóvenes, llegó a la reunión, presuroso. Junto con él llegó el Turco, expresión seria siempre adornando su semblante.
"Tengo testigos de confianza," Anunció el muchacho con voz temblorosa, pero decidida. Los bajos ánimos eran contagiables. "Unos vieron a Morten Silje salir del pueblo, entre ellos Emil, y otros afirman verlo llegar a Trondheim temprano en la mañana, desaliñado. Un escuadrón de la Gestapo lo interceptó y antes de poder llevárselo, Silje se disparó en la cabeza. Dejaron su cuerpo para que lo levantaran después."
"Imagino que otro de tus testigos de confianza es él," Sugirió Jan, señalando hacia el hombre moreno. "¿Le has pagado por información?"
"No me han pagado," Dijo Sadik Adnan, manteniendo su seriedad, el único en la habitación que no se dejó llevar por la tristeza y desdicha de la situación. Lentamente se acercó hasta Emil, y puso su mano en el hombro del muchacho. "Simplemente me preguntaron y respondí lo que vi."
Emil levantó un poco la vista, y vio al Turco con ojos dolidos. El hombre apretó su agarre en el huesudo hombro del islandés. "Silje no los traicionó, creo que al menos deben saber eso."
"Lo sabemos," Afirmó Jan. "¿Pero cómo supieron de Lukas?"
El sol empezaba su lento camino hacia el horizonte, indicando la llegada de la tarde, y después, la noche. Lukas llevaba casi siete horas como prisionero. Siete largas horas en que Simon no había hecho nada.
"Es simple," Intervino Johan, con voz distante, usada y gastada. "Nos expandimos. Muchas personas. Bondevik… Lukas empezó a mostrarse más autoritario, empezó a darse a notar más como líder. Como el líder que nosotros elegimos. Sin importar los secretos… debían darse cuenta tarde o temprano, que a él lo seguíamos. Entre tantas personas, es inevitable la salida de información."
Todos guardaron silencio por unos segundos.
Jan carraspeó. "Bien, entonces… creo que todos coincidimos con que eso tiene sentido. Rødrev, ¿los jóvenes cómo están?"
"Debido a que la gran mayoría no participaron en la misión de hoy, nuestros números siguen estables. Estamos listos para actuar."
Munch asintió, pensativo. "Debemos esperar, no podemos movernos aún. Ni siquiera sabemos dónde está Rinnan, ya que la prioridad del día de hoy—"
Simon volteó hacia Emil, quien le devolvió la mirada, igualmente sorprendida y horrorizada. Fue en ese momento cuando no soportó más, se puso de pie, y golpeó las palmas de sus manos en la mesa. "¿La prioridad? ¡La prioridad aquí es Lukas y su bienestar! Ya desperdicié mucho tiempo, callado, esperando, porque entiendo por lo que están pasado, ¡pero esto no está bien! ¡Debemos salvar a Lukas, inmediatamente!"
"Densen," Empezó Jan Munch, voz tensa pero tranquila, a punto de explotar. "No sabemos siquiera si lo llevaron a Kristiansten o no. Incluso si así fuera, ese lugar es una fortaleza, un laberinto. No somos suficientes para hacerlo, no estamos en las condiciones. Es una misión suicida, ¿por qué crees que las misiones de rescate nunca han resultado bien—?"
Simon avanzó hasta él, y lo tomó del cuello de la camisa con un agarre fuerte. "¡No han resultado bien porque en el tiempo que gastan dudando, nuestros compañeros ya fueron asesinados en las torturas!" Y después, en un tono más bajo, lleno de cólera, continuó: "No pienso dejar que eso pase."
Jan intentó mantenerse calmado, pero su lenguaje corporal dejaba en claro su miedo hacia Simon, su aprensión. Emil se dejó caer al piso, sus piernas incapaces de soportar el peso, y se hizo un ovillo en silencio. Adnan continuaba junto a él, sin decir una palabra.
"No van a matarlo," Dijo Johan. Parecía ya más centrado, más calmado. "Lukas sabe demasiado, no van a matarlo. Van a mantenerlo vivo, y sacar lo más que puedan."
"¡Mucha más razón para actuar ya!" Simon sentía un dolor punzante en la cabeza, que lo hacía marear. Entre más tiempo lo mantienen vivo, peores las torturas.
"Mi hermano nunca hablaría," La voz de Emil se escuchaba monótona, como si todas sus emociones hubieran salido de su cuerpo junto a las lágrimas. "Nunca, él nunca lo haría."
"Enano," el Turco habló con un tono suave, delicado. Parecía sufrir genuinamente, si acaso solo por el mismo dolor que Emil sentía. "Todos hablan, niño… todos."
Jan apartó la mano de Simon de su camisa con desdén, y asintió. "Yo, como Emil, confío en Lukas. Sé que él nunca hablaría, por eso podemos continuar con seguridad. Él más que nadie sabía los peligros en los que vivimos. Él lo entendía perfectamente, por eso no debemos arriesgar nuestras vidas, no debemos arriesgarnos a que nos atrapen a nosotros, porque entonces sus esfuerzos y dolor serían en vano."
"¿Quieres abandonarlo, entonces?" Simon temblaba de rabia, de impotencia, de incredulidad. "¿Todos ustedes piensan lo mismo?" Su exclamación se encontró con silencio. Dejó que sus brazos colgaran inmóviles a sus costados. "Le dispararon en una pierna, apenas podía caminar. Quería llegar con Johan, solo para dejar a Emil a salvo. En su estado, nunca pensó siquiera, la posibilidad de irse y salvarse. ¡Él quería salvarles el culo, a todos ustedes, a pesar de que no estaba en condiciones! ¿De verdad así es como reaccionan?"
"Por favor, Densen, no quieras hablarnos de lealtad," La voz de Jan había tomado ahora un tono con sorna. "Tú fuiste quien lo abandonó primero, ¿no? Sin importar que fueran los deseos de Lukas o que hubieras actuado de la forma más noble… lo abandonaste de cualquier forma."
No había siquiera terminado de pronunciar la última palabra cuando el puño de Simon hizo contacto con la barbilla de Jan, mandándolo al piso inmediatamente. Gotas de sangre adornaron el piso de madera, espesas y oscuras. Kåre y Eirik tomaron a Simon de los brazos, para evitar otro enfrentamiento; Inger gritaba que se detuvieran, mientras Johan se acercó a Jan para ayudarlo a ponerse de pie.
"¿Piensas que con golpearme vas a arreglarlo?" Jan Munch tenía los dientes rojizos, bañados en sangre. Escupió en un pañuelo.
"No me quedaré aquí un segundo más," Con una señal, pidió a los muchachos que lo soltaran. Algo indeciso, Eirik dejó que Simon quedara libre, y después el hombre se dirigió a la puerta con pasos largos y decididos.
Alguien le pidió que esperara, pero Simon no le tomó atención. Caminó por el pueblo, casi desierto, intentando ordenar sus pensamientos. Metió las manos en los bolsillos de su pantalón, y encontró el broche de Lukas.
Lo tomó en su mano, y lo vio brillar bajo el sol del atardecer.
Las circunstancias eran negativas, todo estaba en su contra. Jan tenía razón en lo que dijo, y Simon lo sabía, pero nada de eso importaba. Lukas lo necesitaba, y las cosas no podían quedarse así.
Algo debía hacer, sin importar el costo.
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La oscuridad no era absoluta en la habitación; un poco de luz natural se filtraba por la ventana, que estaba mal sellada con ladrillos rotos, y por debajo de la puerta se podía apreciar la luz artificial del pasillo. Las únicas dos rutas de escape, ambas selladas.
Lukas estaba lo suficientemente consciente para saber que los amarres en sus manos y pies le impedían siquiera llegar a cualquiera de las dos, e incluso si podía llegar, le sería imposible abrirlas. Su cuerpo estaba entumecido en su totalidad, pero mucho más lo estaban sus manos, quizás por el amarre fuerte que no permitía la circulación.
Tenía la mente nublada, no podía pensar en nada con claridad, ni siquiera en el dolor. Le habían curado el balazo de la pierna, sin cuidado y dolorosamente, solo para no dejarlo morir desangrado. Lo llevaron a la habitación en que estaba ahora, y empezaron a interrogarlo. Luego de eso, Lukas decidió desconectarse del mundo, e ignorar.
Porque era mejor ignorar, a concentrarse en cada una de las cosas que le hicieron, que no le hicieron y que habían prometido hacer si no respondía.
El dolor era descomunal. Nunca había experimentado tanto dolor, ni físico ni emocional. Además de su sangre escurriendo, de su piel ardiendo, de sus huesos rompiéndose, su espíritu y alma habían sufrido de igual forma, incluso peor.
Intentaba no pensar en la risa de Reidar, en los abrazos de Johan, en los ojos de Emil o en los besos que le había dado Simon alguna vez. Intentaba no pensar en ello, porque así evitaría mostrar debilidad, y su trabajo más importante en ese momento no se vería afectado.
Debía guardar silencio.
Los alemanes se mostraban frustrados, Lukas pudo notarlo incluso en su estado onírico. Desde que llegó, no habían escuchado su voz ni visto su rostro contorsionado por el dolor. No había hablado, ni gritado, ni gemido, ni nada remotamente parecido a un ruido desde su garganta. Solo silencio, y el ligero sonido de sus dientes apretados con fuerza. Lukas no les iba a dar el placer de regocijarse al escuchar sus gritos de dolor, nunca, ni siquiera aunque su silencio costara mucho más sufrimiento, muchas más torturas.
Y era difícil, muy difícil, no gritar cuando algo dolía. Pero podía arreglárselas, podía hacerlo, ya que creció acostumbrándose al silencio. Creció acostumbrándose a llorar en silencio, a sufrir sin que los demás lo supieran.
Abrieron la puerta, y la luz golpeó contra el lado izquierdo del rostro de Lukas. La puerta estaba a la izquierda, entonces. Según lo que alcanzó a notar cuando lo trasladaron a esa habitación, muy probablemente se encontraba en el lado oeste del edificio, y la falta de bullicio afuera indicaba que quizás era Kristiansten. De cualquier manera, el joven apenas y se movió, haciendo caso omiso a su nuevo visitante, frustrado porque sin importar que supiera bien su ubicación, sus oportunidades de escapar eran nulas.
"Entonces, me dicen que no quieres cooperar," Dijo una voz muy diferente a las anteriores, autoritarias, severas, alemanas. Un hombre hablaba noruego, con voz endulzada y asquerosa. "Es un gusto conocer a alguien tan tenaz, vaya que sí. Lukas Bondevik, líder de la resistencia de esta zona..."
No reaccionó a la mención de su nombre, pero en ese momento, supo con quién hablaba.
"No sabes cuánto te busqué hasta ahora."
Lukas no levantó la vista, pues no iba dejar que aquel hombre lo viera desde arriba, en una posición mayor a la suya.
Henry Rinnan estaba ahí. El hombre por el que todo se vino abajo, el hombre que lo buscaba y que lo había encontrado.
Ruidos metálicos empezaron a escucharse rebotando en la habitación, y Lukas inhaló, preparándose para su siguiente sesión de preguntas y silencio.
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Simon había recargado sus municiones y tomó otra arma más, la única disponible en casa. Levantó la madera debajo de la cual Lukas guardaba todos sus papeles importantes, toda la información. Estuvo hojeando entre ellos de forma apresurada, buscando algo relacionado a la fortaleza de Kristiansten. Era el lugar en el que mantenían prisioneros y los torturaban, pero además de eso no sabían nada.
Encontró algunas descripciones dadas por Morten, que Lukas escribió a detalle. Ese joven de verdad tenía una buena memoria, pero las descripciones eran escasas. Morten había explicado más el funcionamiento del personal que las instalaciones, y Simon se encontraba aún perdido, con un plan ciego.
La puerta se abrió, y Emil se asomó a la estancia. Tenía los ojos rojos e irritados, los labios partidos, la vista perdida, y Simon se vio incapaz de mantener contacto visual con él. Empezó a guardar los papeles donde los encontró, para disponerse a marchar, cuando le habló una voz muy diferente a la de Emil.
"El noruego está en Kristiansten, en la planta baja hasta el final del pasillo principal, doblando a la izquierda y hacia las celdas principales, ala oeste. Una posición bastante sencilla de encontrar, si me lo preguntas, ya que es muy céntrica en el edificio. Sin embargo, eso la hace más peligrosa y difícil de contactar desde afuera," Simon se encontró de frente al Turco, Sadik Adnan. Sus ojos oscuros, determinados, a pesar de estar medio ocultos por una máscara penetraban en los ojos claros de danés, los cuales a pesar de faltarles brillo, ardían con intensidad de igual forma. "Es prácticamente imposible infiltrarse a ella desde adentro, y desde afuera es inútil; se encuentra en la parte más alta de la cúspide, y además todas las ventanas están selladas. Tal como lo decía el rubio antes, es una misión suicida."
"¿Por qué me estás diciendo esto? ¿Cómo es que lo sabes?" Simon no podía sino sentirse inseguro, confundido.
"Estuve en la ciudad toda la mañana, y me enteré. Supe que los alemanes hablaban del hermano de este enano, así que me pareció interesante informarme un poco más. Si quieres que te dé detalles, lo siento; un informante clandestino tiene sus trucos," Se refería a Emil cuando decía 'enano', Simon lo sabía bien, así que solo se mantuvo en silencio, escuchando. "Me impresionó saber que la Gestapo está teniendo un mal momento con él; ese niño tiene mi respeto."
"Me parece increíble que esas sean tus razones," Simon intentó hacer caso omiso a la manera en que sus interiores se retorcían. Debía salvar a Lukas, el tiempo se agotaba.
Adnan asintió, y procedió a tomar asiento en uno de los viejos sillones de la estancia. "Mis razones son mías, no tuyas para juzgarlas. En estos días quiero regresar a Europa central, y pensé que hacer una última buena acción no me vendría mal. Entonces, ¿quieres la información, o no?"
"Podemos confiar en él, Simon," Habló Emil, captando la atención del danés. Ya no parecía a punto de llorar, ni a unos segundos de dejarse caer al suelo de nuevo. Su semblante era serio, determinado. "Pensé en un plan que debería funcionar."
"Claro, el enano aquí también es impresionante. Apenas y había terminado de decirle, cuando ya tenía una idea en mente," La sonrisa en el rostro de Adnan parecía genuina, orgullosa.
Simon negó. "No voy a dejar que estés en peligro."
El muchacho avanzó hacia Simon con pasos decididos, sus manos apuñadas y el ceño fruncido. "Ya me harté de que siempre quieran protegerme. Sí, sé que soy un inútil, y sí, sé que soy un llorón, ¡pero ya no quiero serlo! ¡Por mi culpa se llevaron a mi hermano, y no pienso dejarlo así! ¡Por mi culpa, tú tuviste que dejarlo atrás, tuviste que tomar una decisión! Y yo sé, yo sé que fue difícil para ti, sé que esto es tan difícil para ti como lo es para mí, por eso, ¡déjame ayudar!" De sus ojos amenazaban salir lágrimas de frustración, gruesas y acusadoras.
"Emil, yo pensé que—" Simon creía que el muchacho lo culpaba a él, por dejar a su hermano. Tenía todas las razones y el derecho para hacerlo, pero nunca pensó que la situación fuera al revés.
"¡No me importa lo que pienses! Yo solo, solo…" Y las lágrimas empezaban a correr una vez más, pero Emil no dejó que el dolor se apoderara de él, no más. Las lágrimas fluyeron, pero la determinación en su rostro nunca se dejó arrastrar. "Solo quiero a mi hermano de vuelta… ¿Es tan difícil de entender? Lo quiero de vuelta, y como tú, pienso hacer lo que sea para recuperarlo."
Simon volteó hacia el Turco, quien con mirada severa, asintió. Una vez más, el danés puso su atención en Emil, el joven que lloraba pero lo veía decidido. Colocó sus manos en los hombros del muchacho, y lo acercó a él en un abrazo.
"Lo sé, Emil. Juntos, hay que salvar a Lukas," El muchacho puso sus delgados brazos alrededor de Simon, y lo apretó ligeramente. "Pero prométeme que no te culparás por lo que pasó o por lo que pase, por favor. Lukas no querría eso."
"Solo si tú prometes nunca más elegir sin consultar a los demás."
Simon sonrió ligeramente, y se apartó. "Juntos debemos trabajar en nuestras fallas."
"Antes de continuar, debo decirles algo," Intervino Adnan, poniéndose de pie. "Es cierto que hasta ahora el noruego no ha dicho una sola palabra, pero créanme cuando les digo… Todos hablan, en algún momento. Este plan, enano… puede llegar a ser de utilidad para salvar a tu hermano, pero a gran escala es peligroso. Deben considerarlo."
No había nada por considerar. Todo lo que pasaba por sus mentes era Lukas, así que ambos, con seguridad, asintieron. Y pusieron en marcha el plan.
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Lukas escupió en el piso una vez más, a falta de algo en su estómago por vomitar. La saliva y la sangre se mezclaban en el piso de forma asquerosa e hipnotizante. Había pasado ya un buen tiempo desde que varios de los hombres que acompañaban a Rinnan fueron llamados debido a una emergencia, y Lukas continuaba solo en la habitación en el agente.
"¿Te hablé ya de Morten Silje?" Hablaba con su putrefacta voz. Causaba que la cabeza de Lukas doliera más y más. "Sirvió muy bien, la verdad. Siempre pensó que hacía lo correcto. Es una lástima que no pudiéramos atraparlo para interrogarlo; el muy cabrón se voló el cerebro, con tal de evitar el deleite que vives ahora. Digo, me parece un deleite para ti porque no te he visto sufrir… dime, ¿acaso sufres? ¿Existe algo que te haga sufrir?"
En ese momento, tocaron la puerta y alguien entró, directo a hablar con Rinnan en voz baja. Lukas no supo de qué, pero su sangre se puso helada al escuchar la ligera risa del hombre. "Ya veo… Discúlpame por un tiempo, Bondevik. Tengo que ir a recibir una muy grata visita, en poco tiempo me reúno contigo."
No necesitaba ver su rostro para saber que sonreía de éxtasis, y Lukas se sintió enfermo y a punto de vomitar una vez más. Salieron de la habitación, pero no pasó mucho tiempo hasta que Lukas escuchó que se acercaban de nuevo, solo que ahora muchas más personas. Su corazón empezó a latir más rápido, pues escuchó que traían a alguien amordazado, contra su voluntad, que pataleaba y hacía que los alemanes gritaran cosas ininteligibles para él.
"¡Bien, Bondevik!" Anunció Henry Rinnan al abrir la puerta. "Me queda muy claro que jugar contigo nunca te hará hablar, lo sé. Pero, veamos… ¿Qué tal si otra persona sufre en tu lugar? ¿Qué harías entonces?"
Su estómago dio un vuelco, por culpa y asco, pero ni siquiera así hablaría. No diría una palabra si lo torturaban, y tampoco si torturaban a alguien más. Sin importar que lastimaran a un inocente, Lukas no traicionaría a sus compañeros. Si de algo estaba seguro, era que no traicionaría a Noruega, por nada, a pesar de sentirse asqueado de él mismo por causar dolor insufrible a alguien más.
Rinnan pidió que metieran a la habitación a la persona que traían a rastras, la persona que pataleaba y forcejeaba. Lukas no levantó la vista, pero sí podía escuchaba, y supo que esa persona había dejado de poner resistencia, había dejado de luchar. Tan mal me veo, huh.
"Verás, Bondevik. Hace muchos meses ya habíamos buscado a una persona muy molesta, pero nos rendimos; dejó de importarnos, porque había cosas más importantes en juego. Tú entenderás. Pero justo hoy, ¡parece que ha llegado como un milagro!" Hablaba y hablaba, pero Lukas apenas entendía, las ideas mezclándose en su mente. "Bueno, puede que a ti no te importe, es muy probable que no lo conozcas…" Notó el cambio en su tono de voz casi inmediatamente, notó la sonrisa en su voz, la sonrisa maniaca. Lukas intentó luchar contra el miedo, pero era imposible; algo no andaba bien. "Pero… vaya, quizás sí se conocen. Algunos pajaritos dicen que sí, además… ¿por qué has dejado de moverte, teniente?" Eso último no fue dirigido hacia Lukas, claro que no. Entonces, el noruego levantó la vista, poco a poco, deseando a cualquier cosa posible que sus sospechas estuvieran equivocadas, que sus miedos resultaran infundados.
"¿Acaso conoces a Lukas Bondevik? Dime, Teniente Densen, ¿ustedes se conocen?"
Lukas levantó la vista, y frente a él, a unos cinco metros, se encontró a Simon. Estaba siendo forzado en el piso, de rodillas, pero ya no era necesario. Yacía lánguido viendo a Lukas, inmóvil, su rostro petrificado en una expresión de puro horror. Sus brazos estaban amarrados por su espalda, y justo le acababan de quitar la mordaza que traía en la boca.
"¿Y bien?" Rinnan se acercó y tomó a Simon del cabello, dándole un jalón que parecía doloroso, pero el danés apenas e hizo una mueca. Lukas sintió nauseas una vez más, sintió un dolor mucho más punzante en la cabeza, sintió que su pecho estaba siendo oprimido forzosamente en su tórax. Esto no podía estar pasando. "Respóndeme."
Simon entonces escupió al hombre en la cara, y continuó sin decir palabra alguna. Rinnan se puso colorado desde la punta de sus orejas, y colérico, limpió su rostro para después golpear con su puño el rostro de Simon, haciéndolo voltear hacia el otro lado del impacto. Estaba a punto de dar otro, cuando alguien gritó.
"¡Déjalo!"
Los alemanes y Simon voltearon hacia Lukas, los primeros evidentemente sorprendidos, el segundo mucho más horrorizado que antes. El danés negaba ligeramente, hacía señales con su boca, deletreaba palabras. No, Lukas, ¡silencio!
A Lukas no le importaba, fue cegado por el miedo. Por ningún motivo podía dejar que lastimaran a Simon; no sabía por qué estaba ahí, ni cómo lo capturaron, pero no importaba. Todo lo que importaba era su bienestar. No le importaba que Simon implorara con la vista que se callara, o que Rinnan sonriera de oreja a oreja, complacido.
"¡Vaya! Por fin conozco tu voz," Se alejó un poco de Simon y juntó las manos. "¡Y esa expresión se ve muy bien en tu bonito rostro! Ya veo que sí se conocen, ya veo que sí."
"¡No es así—!" Simon empezó, pero fue interrumpido por otro golpe del mismo hombre, dirigido al estómago.
Lukas gritó una vez más, un grito que parecía venir desde lo más profundo de sus pulmones. "¡No, no lo toques!" La lógica no funcionaría con él, Simon lo entendió en ese momento; Lukas estaba demasiado desesperado. Los ojos de Bondevik estaban desorbitados, recorrían al danés de abajo hacia arriba, sin saber dónde detenerse, buscando una señal de que se equivocaba de persona. Luchaba contra sus amarres, pero era inútil.
Aquel era, en efecto, Simon. Simon Densen, su compañero, su amigo, el amor de su vida. Sus ojos azules, y su cabello desaliñado lo delataban. Su fuerte mentón, sus cejas pobladas. Era él, y Lukas tenía ganas de llorar solo con considerar que Simon estuviera ahí, solo con considerar que Simon sufriera lo que sufrió él.
Y lo hizo. Lo que juró no hacer, vino a él por reflejo, en medio de su incredulidad y dolor, lágrimas recorrieron las mejillas de Lukas. Lágrimas verdaderas, lágrimas pesadas que había estado conteniendo desde hacía años. Lágrimas que señalaban su vulnerabilidad, su dolor, su peor miedo, su mayor sufrimiento.
Por favor no lo lastimen.
Rogaba para sí, una y otra vez, desconsolado. Su llanto se empezó a escuchar en la habitación, sus sollozos reverberaban en el corazón de Simon, y aumentaban la dicha de los alemanes. Sus plegarias no solo las decía y sentía dentro de él, sino que las cantaba y gritaba para que los presentes pudieran escucharlas. Simon sintió todo el dolor y sentimientos que Lukas había encerrado hasta ahora, y sus ojos le dolían, al estar él mismo al punto de las lágrimas.
Pero a los alemanes no les importaba eso, no les movía, no les dejaba ningún tipo de sentimiento. Uno de ellos tomó a Simon por el cabello, mientras otro lo liberaba de las cadenas en sus muñecas. Después, llevaron una de sus manos hacia enfrente, y levantaron su dedo meñique hasta doblarlo para atrás de forma poco natural. Densen se mordió el labio, negándose a mostrar dolor, pero Lukas gritó por él.
Si el noruego antes parecía desesperado, ahora se veía como un animal salvaje, una bestia que luchaba contra sus ataduras hasta hacerse daño él mismo, ojos perdidos, voz quebrada. "¡No, déjenlo! ¡Suéltenlo, no lo toquen!"
Y lo soltaron. En el dedo solo quedó un entumecimiento incómodo, en Lukas quedaron respiraciones forzadas y más plegarias. Rinnan, que había estado moviendo algunas herramientas, en la mesa cercana, llegó junto a Simon son una sonrisa enorme. En sus manos llevaba un contenedor, que emanaba un pútrido aroma.
"Ahora, ¿sabes qué es esto, Densen?" Preguntó, y no esperó respuesta. "Por supuesto, es ácido, claro. Duele mucho, estoy seguro de que Bondevik puede confirmarte eso."
Simon, sumergido en cólera, intentó liberarse de los alemanes, pero eran cuatro y muy fuertes. Habría podido hacerlo, pero últimamente comía tan poco y en tan raras ocasiones que su vitalidad no era la indicada. "¡Hijo de puta!" Gritó entonces, ardiendo de ira. Deseaba más que nada liberarse y ahorcar a ese desgraciado, someterlo a las peores torturas por lastimar a Lukas.
"¿Qué dices, Bondevik?" Con una cucharilla, Rinnan llevaba un poco de ácido hasta la cara de Simon, pero Lukas protestó de inmediato. "¡Bien, creo que entiendes tu situación ahora! Entonces, ¿seguirás solo gritando o responderás a alguna de mis preguntas?"
"¡No lo hagas, Lukas!" El danés sintió su mano arder, y por la sorpresa, soltó un grito; Rinnan vertió algo de ácido en su mano, y poco en poco carcomía su piel. "¡Joder!"
"¡Lo haré, lo que sea!" Gritó Lukas al mismo tiempo, mientras derramaba más lágrimas. Simon nunca lo vio así, nunca algo parecido a eso, y estaba aterrado. Lukas de verdad planeaba responder. "¡Pero déjenlo, no lo toquen! ¡No le hagan daño!"
Y Simon presenció mientras Lukas daba detalles de su vida, de su familia, de sus amigos, de sus conocidos. De la resistencia, de las personas relacionadas con ella, de su forma de trabajar, de los lugares de sus reuniones, de sus códigos; todo, todo lo respondió en cuestión de minutos, todo lo respondió al instante en que Rinnan terminaba las preguntas, su buena memoria una maldición en esos momentos de desesperación, porque Lukas no estaba pensando con claridad. No sabía lo que conllevaba hablar de todo ello, porque no lo estaba considerando. Solo consideraba que Simon estaba frente a él, con una botella de ácido junto a su cara.
Rinnan dio indicaciones de que se llevaran a Simon, y rápidamente acataron las órdenes. Lukas empezó a preguntar una y otra vez a dónde lo llevaban, qué harían con él, mientras Simon respondía que no le creyera, que ya no hablara.
"Solo irá a descansar," Dijo Henry Rinnan, quien había estado pavoneándose por la habitación con orgullo. "Ahora responderás otras pocas preguntas—"
Simon no pudo escuchar más, y Lukas lo perdió de vista. El mundo se derrumbaba a su alrededor, y ninguno podía hacer nada.
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Los alemanes le pusieron un saco en la cabeza, y lo llevaron con prisa hasta otra habitación, pero Simon pudo contar los pasos y sabía en qué dirección lo habían llevado. Al llegar a la otra habitación, uno de los soldados lo golpeó en el estómago, y otro lo golpeó en la cara.
"¿Qué jodidos fue eso? ¿Por qué empezó a hablar solo con verte?" Cuestionó uno de ellos, en tono de asco. "¿No me digas que son maricas?"
"¡Ya lo creo que sí!" Rió otro más. De los cuatro que lo tenían aprensado antes, solo quedaban dos, y habían cometido el error de dejar las manos de Simon, libres. Con una patada, golpeó un costado de Simon y lo dejó sin aire. "¿No escuchaste cómo gritaba el otro? ¡Debe sentirse muy bien tenerlo retorciéndose debajo de ti, Densen, y escuchar—!"
Simon podía estar cansado, adolorido, y a punto de ser incapaz de moverse, pero más que nada, estaba enojado. Lukas estaba en un estado deplorable. Su platinado cabello se teñía de rojo en las puntas, la piel de sus brazos se veía algo quemada, sus dedos habían estado en posiciones grotescas, su pantalón estaba roto y tenía manchas de sangre, su pecho estaba descubierto y lleno de heridas. El joven precioso y sofisticado que conocía, era en ese entonces un desastre de sangre, llagas y sangre coagulada. Aquellos ojos azules a los que les había dado brillo y vida una vez más, se encontraban de nuevo vacíos y negros. Simon podría dejar que lo humillaran a él, que lo golpearan y hablaran mal, pero lo que le habían hecho a Lukas era imperdonable, y que hablaran de él con burlas no lo podía soportar.
Mientras sus dos guardias continuaban riendo como hienas, Simon tomó una postura estable, inhaló profundo, y dirigió un puñetazo directo a la cara del último que había hablado. Sintió algo romperse contra sus dedos por el impacto, pero no se detuvo a considerar nada cuando atacó al segundo tomando la cabeza del alemán entre sus manos y golpeándola lo más fuerte que pudo contra su rodilla. El primero empezaba a ponerse de pie cuando Simon lo pateó en la cara, justo en su nariz ya antes rota, y ambos quedaron inmóviles en el piso.
Sin perder el tiempo, Simon los despojó de sus armas: cada uno llevaba una pistola, diferente a las Colt que usaba la resistencia, seguro de manufactura alemana. Tomó las municiones. Consideró utilizar un uniforme para pasar más libremente por la instalación, pero además de que posiblemente no serviría su camuflaje, la sola idea de usar uno de esos uniformes le daba un asco descomunal.
Por lo que les quitó sus cinturones, les amarró las manos, y se dirigió a la puerta. Tenía solo unos segundos para moverse, no podía quedarse mucho tiempo ahí, pero tampoco podía salir sin pensar las cosas bien. Recordó su recorrido a ciegas hasta ahí, recordó los gritos desesperados de Lukas, y decidió ponerse en marcha antes de empezar a sentirse culpable.
Salió al pasillo y no se encontró a nadie en él. Trotó hacia la dirección donde él consideraba que se encontraba Lukas, y estaba muy confiado en sus suposiciones, ya que su sentido de la orientación era muy bueno. Al doblar en una esquina, aún contando sus pasos, se encontró a un alemán que caminaba en la misma dirección que él, por lo que fue fácil noquearlo. Lo encerró en una habitación cercana, y terminó de contar pasos. Al detenerse, escuchó un quejido, e inmediatamente conoció aquella voz. En ese momento, sonó la estridente alarma de la fortaleza, y la puerta más cercana a Simon se abrió, permitiendo ver a Henry Rinnan salir de ella con semblante confundido y molesto.
Aprovechando el bullicio a su alrededor, Simon le disparó en un pie, causando que Rinnan se tirara al piso al instante. Disparó una vez más, y otra y otra, a diferentes partes no vitales del cuerpo, y vio al hombre retorcerse y gritar. Todo el ruido era aún absorbido por la alarma, pero Simon sabía que su distracción se acabaría.
"Por mucho que me gustaría verte sufrir como la mierda que eres, mi tiempo se agota," Y con todo el pesar de su existencia, le disparó a Rinnan en la frente, teniendo como satisfacción el hecho de que vio su rostro adornado con puro y crudo miedo.
Antes de entrar a la habitación, tomó un manojo de llaves que llevaba Rinnan en el cinturón, las cuales no necesitó ya que encontró a Lukas en el piso, sin cadenas ni ataduras. Aquello era bueno por el tiempo que se ahorraría buscando las llaves correctas, pero era una escena por demás preocupante, mucho más con el estado inmóvil del noruego.
Corrió hacia él, y cuidadosamente lo acomodó en sus brazos. No sabía dónde tocar, pues todo el cuerpo del noruego parecía un gran cardenal sangriento. "¡Lukas! ¡Lukas, respóndeme!" Empezaba a desesperarse y apenas había llegado con él; sus ojos ardían de esa forma tan peculiar antes de que salieran las lágrimas, y sus manos temblaban impacientes. Intentó sentir el pulso del joven, y era débil, pero estaba ahí. Una nueva esperanza se expandió por su pecho, pero Lukas seguía sin responder. "Vamos, vamos, ayúdame un poco, cariño," Su voz se quebraba, pero se dispuso a acomodar mejor el cuerpo herido del joven entre su agarre. No importaba si Lukas no quería despertar en ese momento, pues Simon podía entender que estaba cansado; sería una tarea difícil, pero el danés podía cargar al noruego en sus brazos, claro que podía. Pero no tendría la oportunidad de usar su arma, lo cual era muy malo.
Estuvo a punto de colocar a Lukas en el suelo nuevamente, para pensar en otra forma de cargarlo, cuando el joven herido abrió los ojos de repente, alarmado.
"¡No! ¡Te dije que no lo sé! ¡Ahora déjame verlo, déjame ver a Simon!" Intentó levantarse apoyándose de sus manos, pero algo no salió del todo bien, y Densen tuvo que detenerlo para evitar que se golpeara.
"¡Lukas, tranquilo, estoy aquí! Soy yo, Simon, ¡aquí estoy!"
Al momento de escuchar su voz, Lukas pareció salir del trance en que estaba, y sus ojos antes perdidos se enfocaron en el rostro de Simon. "Aquí estás, estás vivo," Soltó un suspiro tembloroso, casi un sollozo. Sus labios se estaban curveando hacia arriba cuando cayeron de repente, y dijo desconsolado: "Los traicioné, Simon. Lo dije todo."
Por temor a que Lukas se pusiera peor, Simon negó con la cabeza y se acercó a él a darle un delicado beso junto a su boca. "No te preocupes por eso, ahora hay que salir de aquí. Preocúpate por salir de aquí, conmigo."
Se apartó de él, y vio su fino rostro, con manchas de sangre, viéndolo directamente a los ojos con un semblante esperanzado. "¿No me odias?" Preguntó, incrédulo, y levantó una mano hacia su pecho. "Los traicioné, ¿no te das cuenta? ¿Aún me amas, a pesar de eso? Simon, ¿todavía me amas?"
"Por supuesto que te amo," Afirmó al instante, el dolor en su pecho cada vez más prominente y opresivo. Las alarmas aún se escuchaban, y Simon pudo captar algunos sonidos de bala que venían desde afuera. "Nunca dejaría de amarte por nada, ¿entiendes? Ahora ya no te preocupes, y vámonos. Ven, te ayudo, súbete a mi espalda."
Con ayuda de Simon, Lukas se subió a su espalda, pasando sus brazos por el cuello del danés y apretando su pierna más sana en su cintura. Era un agarre débil, pero suficiente. Simon tomó la pierna del noruego a la que le habían disparado, y con su otra mano acomodó sus armas para fácil alcance. "Sí, ya no me preocuparé… si me amas, no me preocuparé más…" Susurró Lukas junto a su oído; parecía somnoliento.
"Muy bien, pero ahora necesito que me hagas un favor," Sonrió un poco y caminó con pasos decididos hasta la puerta. "Te pido que por nada del mundo te duermas, ¿está bien? Y no me sueltes. Sigue aferrándote a mí."
Lukas asintió, y acomodó un poco más sus brazos, pero por alguna razón no movía sus manos. "Bien, solo que…" Habló en voz baja. "No puedo mover mis manos."
"No importa, seguro solo están entumecidas, solo agárrate," Entonces, abrió la puerta, y con el ligero peso de Lukas sobre él, emprendió camino hasta la puerta principal de Kristiansten.
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Las alarmas ya habían parado, lo que hacía posible que se escucharan los balazos en la parte trasera de la fortaleza. Simon corría en dirección contraria lo más rápido que sus piernas le permitían, y por gran tramo no se encontró con ningún alemán, ya que muy seguramente todos estaban atrás intentando luchar contra quien sea que había activado la alarma. Justo como el Turco había dicho, la posición de Lukas era muy céntrica en el edificio, y rápidamente llegaron a la puerta principal.
Podía sentir su espalda y diferentes partes de su cuerpo manchándose con la sangre de Lukas, así como podía escuchar al noruego quejarse en voz muy baja por el dolor. No se detuvo a pensar en eso; solo quedaba avanzar.
En la puerta estaban dos guardias, que voltearon hacia él cuando escucharon sus pisadas. Simon tenía lista su arma, y les apuntó directo al pecho a ambos. Cuando cayeron, pasó por la puerta, que había estado abierta, hacia el exterior nocturno, oscuro y frío. Corrió aún más rápido, hacia el bosque cercano. Otra alarma se escuchó en la fortaleza, y pisadas de hombres a lo lejos. Nada de eso importaba, porque a unos cuantos metros más, se encontraba Emil esperándolos.
Salió del bosque, y llegó hasta una de las partes bajas de aquel altiplano donde se encontraba la fortaleza, y volteó hacia abajo. Un poco más adelante, dos metros hacia abajo, estaba una camioneta esperándolos en el camino, lista para arrancar en cualquier momento y alejarse de ahí. Había dos siluetas atrás, y Simon las reconoció al instante, aliviado. Simon saltó, y cayó en un montón de mantas que estaban destinadas a disminuir el impacto de la caída, cosa que no funcionó mucho pero era suficiente. Al caer, Simon se inclinó hacia enfrente, y permitió que Emil y Eirik tomaran a Lukas y lo acomodaran entre las sábanas. La camioneta empezó a andar con rapidez. Escuchó que Emil inhaló, sorprendido y horrorizado, mientras Eirik se dispuso a tratar las heridas del noruego con un botiquín medio vacío que llevaban.
"Pero qué le hicieron," Dijo el islandés, temblando, tocando el rostro de su hermano dubitativamente. Lukas seguía consciente, y sonrió un poco al escuchar a su hermanito, pero el dolor parecía estarle llegando más intenso, luego de moverse tanto.
"Emil, agáchate, por favor," Respondió Eirik, ocupado con unos vendajes. "Lo importante es que está vivo. Lo hiciste, Simon."
"¿Quiénes manejan?" Preguntó el danés, a lo cual Eirik explicó que eran Johan Agotness y Jan Munch. "Aceptaron venir…" Dejó salir un poco de aire, el alivio cada vez inundándolo más. Emil estaba recostado junto a Lukas, quien parecía reprenderlo por ponerse en peligro, a lo que el muchacho solo sonreía, feliz aunque aún preocupado por las heridas del otro. Simon hizo contacto visual con Lukas, y ambos sonrieron; todo está bien.
Iban ya al pie de la pequeña montaña donde estaba la fortaleza Kristiansten, cuando otra camioneta muy familiar se les unió por atrás, y juntas se alejaron cada vez más del lugar. Al parecer algunas de los alemanes los seguían, pero no estaban muy cerca.
"En aquella van Inger y Kåre. Ellos armaron el alboroto para distraer a los alemanes, junto a otros amigos," Explicó Eirik rápidamente. Estaba trabajando en las manos de Lukas, e hizo algunas muecas que expresaban dolor, pero las terminó de vendar a pesar del traqueteo de la camioneta en el rocoso camino del bosque. "El plan de Emil funcionó bien."
"Me sorprende que cooperaran, a pesar de estar en contra," Eirik empezó a tratar las heridas en el rostro de Simon, y estaba vendando su mano, cuando Simon notó que no iban a Trondheim ni al pueblo. De hecho, hace mucho habían pasado de largo a ese último. "¿A dónde vamos?" Preguntó el danés al tiempo que la camioneta de atrás hacía sonar el claxon, disminuía velocidad, alejándose. De igual forma, unos disparos se escuchaban.
"A la frontera," Empezó a explicar Eirik, y la camioneta tomó más velocidad. "Cuando Emil nos contó el plan, todos supimos que la resistencia caería. No había forma de que Lukas se quedara callado, si veía que los alemanes tenían a alguien querido para él," Vió a Simon a los ojos, con una expresión extraña, entre recelo y entendimiento. Simon se sintió culpable al instante. "Pero esos dos," Señaló a la camioneta que venía atrás. "Se quedarán. Solo nos están acompañando."
"¡No pueden hacer eso!" Alarmado, Simon enderezó su espalda, ya no más oculto en la parte trasera. "Si saben lo que pasó, saben que es peligroso. ¡No pueden—!"
Todo ocurrió muy rápido. Se escuchó un disparo atrás de ellos, que atravesó el brazo de Simon. Gritó, y el impacto causó que perdiera el equilibrio; se fue hacia el lado derecho de la camioneta, cayendo. Lukas gritó igual, pero no tenía fuerzas para levantarse, además de que Emil lo mantenía recostado. Eirik estiró una mano, pero no lo alcanzó, y Simon Densen impactó contra la tierra del camino, dolorosa y estrepitosamente, dando algunas vueltas antes de detenerse. Quedó mareado, escuchando los gritos de Lukas que intentaban ser callados, pero la camioneta no se detuvo. De hecho, aceleró; y Simon sintió paz interior. Lukas estaría bien.
"¡Váyanse!" Alcanzó a gritar, cuando se escucharon más disparos. Se arrastró y tomó refugio, aún desorientado, junto a uno de los troncos del bosque. Una imponente y negra camioneta alemana se estacionó cerca, y de ella salieron unos cuantos soldados. El corazón de Simon latía rápido, aterrorizado. ¿Hasta ahí había llegado, después de todo lo que sobrevivió? Sin embargo, inmediatamente después llegó la camioneta de la resistencia, y varios jóvenes derribaron a los alemanes que acababan de presentarse.
Después, varios muchachos noruegos se acercaron a él, lo levantaron y lo subieron a la camioneta. Al empezar a andar, Simon Densen permitió que el cansancio y el dolor lo arrullaran junto al sonido de la camioneta andando. Su cabeza le dolía. Se inclinó hacia un lado en la camioneta, y vomitó lo poco que aún tenía en el estómago. Entonces, dejó que la oscuridad llegara a él.
Lukas estaba a salvo, así que podía perderse en su consciencia.
Lukas estaba a salvo, rumbo a algún lugar lejano, que no conocía.
Pero no importaba, porque era un lugar seguro.
(1)
Si parece que todo está perdido
Debería sonreír y nunca prestar atención al costo
Si me amas, de verdad me amas
Déjalo pasar, cariño, no me importará
La canción es If you love me, really love me cantada por Vera Lynn, aunque Edith Piaf es la autora original. La versión original de esta canción, en francés, se titula L'Hymne à l'amour y fue mi verdadera inspiración para esta historia, ya que la letra habla de cómo ella estaría dispuesta a incluso negar su patria y todo lo que conoce si tan solo el amor de su vida continúa amándola. Es una canción preciosa, que expresa la necesidad y la importancia de ser amado a pesar de que el mundo se derrumbe alrededor. Edith la compuso luego de que su amante falleciera en un viaje a EEUU, y es de verdad perfecta para reflejar lo que siente Lukas en este capítulo.
Y aquí estamos, en las primeras escenas que imaginé para esta historia. Disculpen mi poca capacidad para escribir escenas de acción. No puedo creer que primero tuve que escribir 50k palabras para llegar a lo que de verdad buscaba, wow...
A los que siguen leyendo (gracias un millón de veces) quiero recordarles que me alimento de sus comentarios, así que déjenme saber lo que les pareció.
Ciao~
