No more smiles, no more tears
no more prayers, no more fears
nothing left, why go on?
when your lover is gone (1)
Simon despertó de un profundo y cansado sueño. Su brazo le dolía, su cabeza punzaba, su mano ardía, y su cuerpo en general se sentía adolorido en cada centímetro. Estaba recostado en un sillón duro e incómodo, junto a una ventana que era tapada por pedazos de periódico.
Escuchaba voces a su alrededor, muchas, diferentes. Era evidente que todas tenían distintas conversaciones al mismo tiempo, y su cabeza empezaba a doler más.
Algo frío llegó a su frente, y Simon luchó por abrir los ojos. Pudo ver una silueta, y los volvió a cerrar, luego de reconocer a Inger Vinter.
"Tres días," Dijo la muchacha, con voz amable y calmada. Retiró el trapo de la frente de Simon, y después lo puso de nuevo, ahora más helado que antes. "Has estado tres días inconsciente. Tienes suerte, de verdad. Estábamos a punto de irnos cuando te vi caer de la camioneta."
Simon tragó saliva e intentó hablar, pero su garganta estaba demasiado seca, demasiado áspera. Como leyendo sus pensamientos, Inger le puso un vaso junto a sus labios y tomó un trago. Cuando se acostumbró un poco más y probó su voz, lo primero que dijo fue: "¿Dónde está Lukas?"
"Esperemos que en algún lugar de Suecia," Repondió la joven, luego de dar un suspiro lastímero y en un tono que Simon no lograba comprender. "¿No deberías preocuparte por tí mismo? Tu estado se ve muy mal."
"No tanto como se veía él," Respondió y ni siquiera intentó sentarse. Todo dolía demasiado, seguro en la caída se había roto algunos huesos. Entre más permanecía despierto, más ganas sentía de volver a dormir. "Parecía a punto de desfallecer, Inger. Se veía muy mal… debo asegurarme de que… está a salvo."
La joven sonrió ligeramente, y puso su pequeña mano junto a la vendada mano de Simon. "Claro, pero eso será después. Por ahora, descansa."
Como si Inger hubiera usado un hechizo mágico, Simon se encontró somnoliento justo después, y una vez más, cayó inconsciente.
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Simon estuvo yendo de acá para allá en un estado tumultoso de consciencia e inconsciencia, causado por repentinas punzadas de dolor al dormir.
No pudo descansar, por la inconsistencia de su onirismo ni por los sueños que lo acechaban. Y sus sueños no eran solamente escenarios creados por su mente, sino recuerdos.
Cada vez que despertaba siempre estaba alguien junto a él, que le ofrecía agua y consuelo. Llamó a Lukas, buscando su calor, pero sus llamados nunca fueron respondidos con las manos que él deseaba sentir.
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La próxima vez que despertó, se encontró a sí mismo menos entumecido y más consciente de sus alrededores. Lo cual significaba que todo dolía mucho más.
Continuaba en el mismo sillón duro, pero tenía suficiente espacio para poder estar recostado sin problemas, incluso tenía espacio para moverse en su sueño, cosa que no pasaba mucho ya que un dolor abdominal no le permitía siquiera sentarse, mucho menos cambiar de posición al dormir.
"¿Cómo estás?" Preguntó Inger. Al parecer la joven siempre estaba cerca en caso de que Simon necesitara ayuda, o quizás era solo coincidencia. Se acercó a él, le dio agua y le tocó la frente. "Tienes algo de fiebre."
"Me siento cansado… mi cuerpo está cansado de permanecer acostado…" Cerró los ojos, y pensó que podría quedarse dormido una vez más, pero no se lo permitió. "Dime, ¿tú que piensas? ¿Cómo estoy?"
La muchacha sonrió ligeramente. "Ninguno de nosotros es médico, así que tenerte aquí vivo es ganancia. Las heridas en tus brazos van bien, y el esguince en tu pie igual, aunque debes tener alguna costilla rota que seguro ya notaste."
Simon rió apenas, y el movimiento le dio un dolor punzante del lado izquierdo de su pecho. Con un quejido, se llevó una mano a la zona. "Sí, ya me di cuenta…" Suspiró. Aquella caída no había sido la más beneficiosa, después de todo. "¿Cómo van ustedes, dónde estamos?"
"Estamos en Trondheim. Ya no podemos regresar a casa," bajó la vista, y Simon apenas pudo ver su rostro triste y decaído. "Los alemanes saben todo sobre nuestras casas, y sería peligroso para las personas del pueblo. Son mucho más estrictos ahora, e indiscutiblemente más groseros," Simon estuvo a punto de decir algo, pero Inger no se lo permitió y continuó hablando algo insegura. "Pero no te preocupes, la gran mayoría de nosotros podemos andar por la ciudad, al parecer… al parecer Lukas no habló mucho."
El estómago de Simon se retorció de repente, inundándolo de una sensación de asco indescriptible al recordar a Lukas bañado en sangre, gritando desesperadamente, escupiendo sin cesar la información de cada uno de sus conocidos. A pesar del dolor, Simon buscó la orilla del sillón, y viendo hacia el piso, dejó salir cualquier cosa que estuviera en su estómago. Solamente agua, según notó de forma distraída.
"Disculpa, no debería tocar esos temas en estos momentos," Escuchó que decía la muchacha, mientras de forma reconfortante le frotaba la espalda. Después, le ayudó a limpiarse la boca con un pañuelo, y lo recostó una vez más, lentamente.
"Es mi culpa, Inger," gimió Simon entonces, todo llegando a él en un instante. "Nunca consideré que… no pensé… solo quería salvarlo, solo quería alejarlo de ellos y me pareció fácil solo seguir el plan de Emil—"
La muchacha lo observó detenidamente, mientras Simon continuaba lamentándose en voz alta, con palabras atropelladas y oraciones sin sentido. "Debí haberle disparado a los alemanes que me llevaban a mí, ellos escucharon todo… pero no, no me era posible, porque el ruido nos habría delatado, ¡y además eran cuatro y conmigo solo iban dos! Fueron ellos quienes hablaron, seguro, porque a Rinan yo lo—" Simon se interrumpió a sí mismo. "¿Cuántas bajas hubo, qué pasó?"
Inger negó. "Solo te lastimas más, preguntando eso."
"¡Debo saberlo, debo saber a quiénes atraparon, es todo mi culpa!"
La muchacha se puso de pie, su antes calmado rostro se llenaba poco a poco de desdicha. "¡Ya lo sé, ya sé que es tu culpa, pero entiende que no arreglarás nada con enterarte, mucho menos en el estado en que te encuentras! ¿No lo ves? Solo intentas hundirte en tu propio desprecio, pero en realidad no quieres sentirte de esa forma, no debes, porque salvaste a Lukas y todos nosotros sabíamos a qué nos exponíamos desde el inicio, ¡no te necesitamos a tí, para que sientas lástima!"
"No es lástima, no es," repetía Simon una y otra vez, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas. Sentía su cuerpo caliente, hirviendo, y una vez más creía estar a punto de desfallecer. "No había dicho nada, Inger, hasta que llegué yo… por mi culpa… él me va a odiar, me va a odiar tanto cuando esté totalmente consciente, cuando se dé cuenta… ni siquiera sé si sobrevivió para odiarme, oh Dios, sus heridas eran horribles, ¿siquiera sobrevivió al viaje—?" sollozos acompañaban sus lágrimas y sus lamentos. Balbuceó algunas otras cosas hasta que volvió a quedar inconsciente y en ese entonces Inger entendió la naturaleza de las preocupaciones de Simon.
Mientras ponía trapos fríos en la frente del danés, mientras intentaba bajar su fiebre, Inger Vinter lloró, esta vez no por su propio sufrimiento, sino por el de sus compañeros.
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"Felicidades, por fin puedes sentarte," Saludó Kåre Skejestad al entrar en el campo visual de Simon, quien continuaba postrado en el sillón. "¿Te encuentras mejor?"
"Dentro de poco podré moverme, y dejaré de ser una carga para ustedes," Aseguró, en tono de burla hacia sí mismo. "Solo espera y verás."
"No te apures, debes recuperarte bien primero," Se acercó a Simon, y se sentó en una silla cercana, la que Inger usaba cuando estaba con él. Detrás, varios jóvenes conversaban, otros escribían sobre papeles, otros entraban y salían del apartamento.
"Rødrev," Pidió Simon al instante en que el muchacho se acercó lo suficiente. "¿Dónde está Lukas? ¿Han sabido de él?"
Kåre suspiró, abatido, y negó con la cabeza. "No lo sabemos, Simon. No podemos comunicarnos con el exterior, los alemanes sabotearon todas las vías de comunicación, además de que entraron a la casa de los Niels y destruyeron todos los aparatos de radiocomunicación con los que contábamos, sin contar los desastres en otros hogares de los miembros de la resistencia. No podemos siquiera enterarnos de lo que pasa en la guerra en otros lugares, no sabemos nada."
Simon frunció el entrecejo. "¿Sabes a dónde fueron?"
"El plan era Suecia, pero no sé del lugar específico. Seguro con los miembros de la resistencia que apoyaban desde allá, pero tampoco sé dónde se localizan," Iban terminando de hablar y Simon se hundió en sus pensamientos, considerando aquello. Kåre lo interrumpió antes de que dijera nada, antes de que siquiera pensara en algo qué decir. "Ni se te ocurra. No podemos salir del país, es imposible. Los alemanes se han puesto estrictos, ¿no te lo dijo ya Inger? Pusieron vigilancia extra en la frontera, custodian los posibles caminos."
"¿Y qué hacen ustedes, entonces? No tienen provisiones, no reciben ayuda externa, no saben dónde están sus compañeros, no saben siquiera cómo va la guerra…" Empezaba a desesperarse, pero la expresión decaída del muchacho fue suficiente para que Simon se calmara.
"Trabajamos en lo que podemos, ganamos algo de dinero para comer. Nos recuperamos, unimos fuerzas. Somos más de lo que piensas, aún hay muchos jóvenes en esta ciudad de ancianos," Rió un poco, de manera auto-despreciativa.
Aquello logró que Simon recordara la existencia de cierto aparato viejo. "En mi casa hay un pequeño radio, si pueden deberían ir por él. Incluso si entraron ahí, está escondido debajo de unas tablas en la cocina," Otra idea le llegó. "Dime, ¿qué le pasó a las personas del pueblo? ¿Los lastimaron? ¿Cuántas fueron las bajas?"
El muchacho suspiró. "Inger me dijo que insistías en saber. Afortunadamente, la información solo perjudicó directamente a nuestros compañeros. Claro que en su frenesí, los alemanes metieron en problemas a civiles inocentes, pero nada grave. Solo quedamos los jóvenes aquí, y al parecer no saben mucho de nosotros, por alguna razón…" Dudó un poco en continuar, pero negó con la cabeza y siguió con lo que decía. "Por alguna razón Lukas no habló de Inger o de mí, pues los alemanes parecen ignorar nuestra existencia. Luego de enterarnos del plan, supusimos que sería seguro para mis compañeros quedarse, ya que Lukas nunca se relacionó con nosotros directamente, pero estábamos seguros que al menos Inger estaría en peligro. Seguimos procediendo con cautela, pues es posible que por ahora solo estén ignorándonos a propósito o alguna razón tendrán."
Simon recordó, que cuando llegó por Lukas y le pidió que reaccionara, el noruego despertó gritando que 'no lo sabía'. Quizás cuando se llevaron a Simon, Lukas por fin se tranquilizó y empezó a ocultar algunas cosas, entre ellas la identidad de los más jóvenes. "El Turco…"
"Se esfumó," Respondió Kåre, haciendo ademanes vagos con las manos. "Cuando Emil vino con nosotros a contarnos el plan, el extranjero ya se había ido. Creemos que logró escapar," Entonces, de forma aprensiva, vió a Simon de reojo. "¿No te interrogaron a ti también? Esperábamos que nos contaras qué pasó."
El danés negó con la cabeza. Su garganta se sentía seca, no tenía el humor ni la fuerza para hablar de eso. "Apenas llegué, me llevaron frente a… me llevaron con él, y en la primera oportunidad que tuve noqueé a mis guardias, yo… aún no puedo hablar de eso, lo siento."
"No te preocupes. Primero debes descansar y recuperarte," Sin embargo, el muchacho parecía decepcionado. Se puso de pie lentamente, al tiempo que varios jóvenes entraban en la amplia habitación. "Debo irme ahora, ese pan no se consigue solo. Inger también está trabajando, pero pronto debería venir. Mientras tanto, si necesitas algo puedes pedírselo a quien sea que esté aquí."
En poco tiempo, Simon se encontró una vez más solo, sentado en el sillón incómodo. Analizó la habitación un poco; era amplia, una estancia. Solo había una ventana, y se encontraba en la pared que estaba detrás del respaldo de su sillón. A su derecha había una pared con un ventanal, donde al parecer estaba la cocina. A su izquierda estaba la puerta, junto a unos sillones y sillas rotas o mal arregladas. Había muchachos sentados aquí y allá, mientras un par andaba por la cocina. Luego de observar un rato los cuadros que colgaban en las paredes, Simon recordó que en alguna ocasión estuvo en ese edificio, en ese lugar, por una misión. Recordó la noche en que tuvieron que quedarse a dormir ahí, Lukas junto a él, y rodeados de una docena más de hombres cansados y adoloridos.
Empezó a buscar en sus bolsillos, y al encontrarlos vacíos se dio cuenta de que lo que llevaba puesta no era su ropa. Apenas tuvo tiempo de entrar en pánico, cuando detrás de él, en una mesita, encontró lo que buscaba. Tomó su armónica, y al pasar sus dedos por su superficie, recordó las ocasiones en que tocó algo nostálgico para sus amigos en Dinamarca, las ocasiones en que tocó en medio de alguna fiesta de la resistencia, las ocasiones en que tocó alguna canción para Lukas. Antes de hundirse mucho en sus recuerdos, tomó el otro objeto en la mesita, el que más le importaba: el broche para el cabello de Lukas. Lo tomó en su mano, y lo vió. Estaba limpio, reluciente, ya no quedaba en él el olor a sangre y putrefacción, sin embargo tampoco quedaba el olor a Lukas. Era solo un pedazo de metal, extraño, irreconocible, pero aún así, Simon lo llevó contra su pecho y lo apretó, porque era de Lukas.
Las heridas de Lukas eran espantosas, de verdad, y la parte más racional de Simon estaba segura de que el noruego era incapaz de soportar un viaje largo en aquel estado, detrás de una camioneta, al aire libre, con muchos huesos rotos y sin medicamentos adecuados para ayudarlo. Era demasiado inocente creer que Lukas Bondevik estaba vivo en ese momento.
No había forma de comunicarse, no había forma de ir a buscarlo, no había forma de apurar a sus propias heridas a cerrarse, Simon no podía hacer nada, nada, solo llorar frente a un puñado de jovencitos lo suficientemente lastimados ya como para tener que soportar el sufrimiento del culpable de su actual estado. Solo podía llorar mientras apretaba un frío pedazo de metal, recostado en un sillón incómodo, intentando pensar en algo positivo.
Pronto se recuperaría, y podría volver a caminar. Podría caminar, y ayudar a los muchachos, trabajar, hacer algo para pagarles su amabilidad a pesar de estar en todos sus derechos de odiarlo. Simon era el mayor entre ellos, y estaba seguro de que en algo podría ayudarles, si acaso solo levantándoles los ánimos. Simon era bueno en eso, ya le habían dicho. Lukas solía decir que sus sonrisas eran estúpidas y muy exageradas para su gusto, pero el noruego siempre terminaba de mejor humor luego de verlo sonreír. Algo podría hacer, seguro; dejaría de ser una carga.
¿Pero cómo podría llegar a sonreír de nuevo, si la idea de que Lukas no sobrevivió seguía acechándolo? No se creía capaz. Si Lukas de verdad ya no existía en este mundo, entonces Simon no tenía ya una razón para sonreír. No importaba si nunca podría recuperarse, no importaba lo mal que lo pasaran los muchachos en Trondheim, no importaba si lo tiraban a la calle o si lo entregaban a los alemanes, nada importaba sin Lukas.
Continuó sollozando mientras pensaba lo mismo una y otra vez. Nadie se acercó a ver cómo estaba, y Simon se los agradecía. En aquel momento, solo deseaba silencio.
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Inger lo estaba ayudando a caminar por la habitación, a pesar de las protestas de Simon. La muchacha era extremadamente terca y estricta; sin importar lo mucho que Simon se negara, sin importar lo mucho que le dijera que no se preocupara, ella continuaba insistiendo, por lo que al pasar el tiempo el danés se encontró recuperándose de manera lenta y segura.
La gran mayoría de jóvenes que entraban y salían de la habitación ya se acercaban a él con más confianza y le hablaban. Algunos ya lo conocían de antes, y le ayudaban a cambiar sus vendas de tiempo en tiempo. Algunos aún lo veían desde lejos, con ojos desaprobatorios, pero Inger era su líder ahora, y ella insistía en que Simon era uno de ellos, a pesar de lo que había pasado.
Sin importar que a algunos no les pareciera apropiado continuar tratándolo, todos por igual lo respetaban y admiraban. Después de todo, él hizo muchas cosas impresionantes junto a la resistencia, y había demostrado ser de confianza en repetidas ocasiones.
La noche caía sobre ellos, y pasó poco tiempo para que Kåre junto con un grupo de muchachos entraran en la habitación, con rostros triunfantes, cargando una pequeña caja de madera oscura.
"¡Pudimos recuperarlo!" Anunció el muchacho, y con un pie movió una pequeña mesa de madera en la estancia para colocar en ella el radio de Simon, o más bien, el radio que Simon utilizaba en su estancia en la casa de Tore. "Fue difícil, pero hemos hecho cosas peores," Sonrió, y muchos jóvenes rieron, evidentemente de buen ánimo.
Simon e Inger continuaron con sus ejercicios en silencio, sin embargo el danés estaba completamente interesado en lo que harían los jóvenes, y continuó escuchando detenidamente. Seguía las instrucciones de la joven lo mejor que podía, mientras los demás sintonizaban a alguna estación de radio cuidando el volumen, pero no tenían suerte alguna. Sin darse cuenta, en su frustración al verlos con dificultades, empezó a fruncir el entrecejo e Inger lo vio con una mirada reprobatoria.
"Quieres ir ahí," Dijo ella, y le apretó un poco más el brazo del cual lo sostenía para que no se golpeara contra el piso. Su tono era seguro, no inquisitivo. "Quieres ayudarles."
"No," Simon apretó los dientes, mientras una vez más todas sus inseguridades caían sobre él. Ya no debía importarle nada, no tenía derecho a interesarse en nada. Volteó hacia Kåre, su perfil con expresión tumultuosa, sus manos moviendo aquí y allá en el aparato de manera suave pero torpe. Recordó a Lukas trabajando, reparando botas, una expresión de concentración en su rostro, manos rápidas y ágiles.
Sin darse cuenta, había llegado junto a Kåre sin la ayuda de Inger, e intentó sentarse con dificultad. Varios muchachos le ayudaron al instante, hasta que tuvo sus manos en el radio. La horrible estática que emitía le recordó a la primera vez que Lukas entró a visitarlo en su casa temporaria, la primera vez que sintonizó aquel aparato luego de encontrarlo escondido en las curiosidades de Tore. Como si no hubiera pasado tiempo desde la última vez que utilizó aquel radio, empezó a trabajar, recordando la plática que intentó entablar con Lukas en aquel entonces, recordando al joven noruego sentado cerca y atento a lo que hacía, recordando el primer pedazo de confianza que Lukas Bondevik le había regalado.
La estática terminó, y se escuchó a través del aparato aquella voz grave y calmada que Simon tanto conocía. Berwald Oxenstierna hablaba en sueco, despacio, anunciando la siguiente canción. Una delicada mano se posó en su hombro y Simon notó que había empezado a llorar, sin saber en realidad la razón. Los demás jóvenes se limitaban a sonreír por el éxito de sintonización, cordialmente haciendo caso omiso de sus lágrimas. Kåre e Inger, ésta última con la mano aún en su hombro, le sonrieron.
La canción era una que había escuchado en pocas ocasiones, pero la tonada y la voz de la mujer que la interpretaba eran muy agradables. Recordó que en alguna ocasión pasada había intentado tocar un poco en la armónica, pero se había rendido para simplemente tararearla mientras cortaba madera o mientras ayudaba a Emil a preparar la comida. Lukas le había preguntado qué canción era, y él no supo decirlo exactamente, solo continuó tarareando.
Los muchachos a su alrededor seguían festejando, pero alguien pidió silencio ya que la música no se podía escuchar bien. El volumen de la radio estaba muy por lo bajo, ya que era mejor no llamar la atención de nadie en aquellos momentos. La melodía terminó a su tiempo, y todos guardaron completo silencio para escuchar al locutor.
Berwald daba gracias por cartas que habían mandado los escuchas a la estación de radio. Muchas decían que aquel pequeño espacio en la radio mantenía un poco de esperanza en las personas que tenían la posibilidad de escucharlo, y Simon había escuchado en la voz de Berwald aquel tono suave en solo una situación: cuando hablaba sobre cierto joven finlandés.
"¡Ya sé que no entiendes sueco, pero muchos de nosotros sí!" Dijo alguien en un susurro. "¡Cállate un poco, y luego te explico lo que dice!"
Las lágrimas de Simon no dejaban de caer, aunque poco a poco lo hacían en menos abundancia. No se creía capaz de ello, pero se encontraba inmensamente feliz solo con escuchar a Berwald a través de un aparato viejo, con un tono que demostraba su bienestar en medio de la tragedia que se vivía. Su amigo estaba bien. Al menos, alguien estaba bien. Quizás Lukas no lo estuviera, y le dolía solo el considerarlo, pero la certeza de que Berwald se encontraba bien le dio a Simon Densen una nueva esperanza.
"Como habíamos informado antes," Decía Berwald, ahora de manera seria. La tensión en la habitación era palpable; todos sabían bien lo que aquel cambio de tono significaba. "Nos ha llegado información de que en Dinamarca han ocurrido ciertas lamentables tragedias," Simon pensó que su corazón dejaría de latir, sin embargo éste empezó a latir con más rapidez. La mano de Inger apretó su hombro un poco más, de forma casi imperceptible. El danés no podría escuchar más malas noticias, no después de todo su sufrimiento, no después de haberlo superado un poco luego de escuchar la voz de un amigo, no después de haberse atrevido a pensar de manera positiva una vez más. Berwald continuó hablando, ignorando completamente el dilema en que se encontraba Simon: "Pero no fue en vano. Desde esta estación, tenemos la dicha de informarles a todos ustedes, que nuestros hermanos en Dinamarca han empezado a pelear contra la tiranía Nazi. Después de haber sufrido por la pérdida de contacto con muchos de nuestros aliados en Noruega, podemos afirmar que la resistencia danesa ha empezado a moverse, y que la luz de la esperanza puede llegar a nosotros una vez más."
Luego de eso, Berwald empezó a pedir plegarias para los hermanos nórdicos que luchaban por su libertad, y explicó algunos movimientos que realizaban los miembros de la resistencia en Dinamarca. Las manos de Simon temblaban mientras veía al radio sin prestarle atención, anonadado con lo que acababa de escuchar. Los jóvenes reían, se abrazaban, y decían una y otra vez: "¡Hay esperanza! ¡No debemos rendirnos!"
Inger puso ambas manos en sus hombros, y acercó su rostro a un costado de Simon. "¿No es genial? ¡Están luchando, Simon! ¡De verdad empezaron a moverse!"
Desde el inicio de la guerra hasta ese momento, los daneses habían sido sumisos. No iban contra los alemanes, no luchaban, justo como el día de la invasión. Aquel día, en que los alemanes los tomaron desprevenidos, y no les permitieron un solo movimiento de oposición. Aquel día, en que los invadieron y todos aceptaron su destino sin más.
Aquel día en que solo Simon intentó ir en contra de los invasores, junto a sus ahora difuntos amigos, mientras todo el pueblo de Dinamarca dormía o se encogía de hombros.
En la actualidad, era todo lo contrario. Sus hermanos y hermanas habían decidido por fin levantarse en armas, habían decidido ir en contra de los alemanes, mientras él se lamentaba de sí mismo, llorando frente a un radio.
Berwald hablaba ahora de las otras naciones involucradas, lo que hacían o no hacían, lo que intentaban para darle la vuelta a los resultados de la guerra. Los muchachos una vez más, escuchaban con atención, pero las sonrisas no se borraban de sus rostros. En poco tiempo, el sueco anunciaba que era hora de más canciones.
"Alguien anónimo solicitó la siguiente canción, para celebrar las buenas noticias de este día. No importa lo mucho que algo duela, siempre tendremos una razón para seguir adelante, siempre hay alguien que cuenta con nosotros. Espero que escuchen esta canción con eso en mente, y sonrían al menos un poco," Inmediatamente después, la música empezó. Era una de las favoritas de Simon; daba un sentimiento de paz y felicidad a pesar de que muchas palabras no las podía entender bien por la pronunciación estadounidense.
De repente, Simon recordó a Emil y sus sonrisas. La última vez que lo vió, el muchacho estaba en muy buenas condiciones, y seguramente había logrado escapar junto a Eirik y los demás. Simon le había prometido a Lukas que cuidaría de su hermanito; sin importar lo que pasó en realidad, Simon debía continuar viviendo para poder hacer realidad su promesa. Pero no necesitaba ir tan lejos para encontrar a alguien que lo necesitara. Inger estaba justo ahí, con delicadas manos postradas en sus hombros. Los demás muchachos sonreían a su alrededor, una nueva llama ardiendo dentro de sus jóvenes cuerpos de apenas veinte años.
Simon era el mayor, el que tenía más experiencia. Lukas, en su posición, nunca permitiría que los muchachos trabajaran sin un guía.
Y no iba dejar que el dolor le venciera, por mucho que la parte racional de su mente le dijera una y otra vez que Lukas ya no estaba. Porque él creía fielmente en que algún día, en algún momento, lo volvería a ver sin importar las circunstancias. Además, Simon tenía muchas razones para seguir, muchas personas que contaban con él. Y no los iba a decepcionar, no si aún vivía para evitar llegar a eso.
Notas:
(1)
No más sonrisas, no más lágrimas
no más rezos, no más miedos
no queda nada, ¿por qué seguir?
cuando tu amante ya no está
La canción es Heaven Have Mercy de Édith Piaf. Es la versión en inglés de Miséricorde, el título original de la canción en francés, de la misma artista. Ambas versiones desgarran el alma, y creo que pueden expresar lo que Simon siente en este capitulo.
Perdón que sea tan corto, solo quería que tuvieran señales de vida de mi parte, haha. Muchas gracias a quien sea que continúe leyendo esto (¡ya vamos por la recta final! ¡woo!)
