It's still the same old story
A fight for love and glory
A case of do or die
The world will always welcome lovers
As time goes by


10 de octubre de 1942

Trondheim, Noruega.

La ley marcial fue impuesta en Trondheim y alrededores justo al iniciar octubre. Si antes Inger le había informado a Simon de la inestable situación en las calles de la ciudad, ahora las personas se encontraban mucho más asustadas y desesperadas. Los alemanes patrullaban cada callejón de Trondheim a todas horas, la violación del toque de queda era castigada con la muerte justo como muchos otros actos que no ameritaban tal plan de acción, el uso de radios quedó absolutamente prohibido y las reuniones de más de cinco personas también.

Las pocas libertades con las que contaban antes, les eran arrebatadas de sus manos y ni siquiera tenían permitido llorar sus pérdidas. Las personas que tenían cultivos seguían trabajándolos, pero ya no eran su propiedad. Los salarios bajaban poco a poco, ya nadie podía mantener negocios propios, todos debían trabajar bajo el mando de los alemanes y solo así la ciudad se mantenía andando.

Varios jóvenes de la resistencia habían llegado hasta el punto de trabajar construyendo edificaciones para los alemanes, como lo era la base para submarinos DORA, con tal de conseguir algo para comer. Inger y algunas señoritas trabajaban en bares y restaurantes, mientras otras buscaban conquistar a algún soldado alemán para tener un poco más de facilidades. En general en la pesca y cultivos todo iba bien, sin embargo los precios eran exorbitantes. Muchas personas sufrían, otras intentaban sobrevivir, algunas no podían hacer nada.

Simon era de los últimos. No podía trabajar libremente, debido a que los alemanes lo conocían bien, por lo tanto no tenía una forma de apoyar a los muchachos de forma monetaria. Sin embargo tenía su radio, su armónica, experiencia, y muy poco sentido común.

Simon sonreía todos los días. Sus heridas aún no sanaban del todo, pero al menos ya era capaz de atenderse a sí mismo sin ayuda de nadie más, y sus ánimos se encontraban cada vez mejor. Cada que llegaba algún muchacho al departamento donde él se quedaba y que servía de base de operaciones, Simon los recibía con una sonrisa. Parecía algo simple e inútil, sin embargo el ánimo de los jóvenes aumentaba significativamente al ver que Simon se encontraba optimista y mejor con los días.

Ellos, que vieron al danés en su mejor forma, trabajando para la resistencia y sonriendo, llegaron a verlo también en el peor de los estados mentales y todos creían que ya no podrían ayudarlo. Pero los días de llorar y lamentarse terminaron para Simon. Simplemente sintonizaba la radio en el volumen más bajo que podía, en la estación que le interesaba, y recordaba que aún había cosas por hacer. Cuando era imposible usar la radio, tocada algo en la armónica. Estaba oxidado con la práctica y al principio se escuchaba muy mal, pero las risas de Inger y los muchachos lo animaban y le recordaban que aún había cosas por hacer.

Por esa razón, un día temprano, cuando Inger ya se había ido a trabajar, Simon salió del edificio. Llevaba el mejor abrigo que podía permitirse, había intentado domar sus cabellos rebeldes, pero terminó usando un gorro que ocultara su característico peinado, y no se había afeitado su escasa barba.

Anduvo por las calles de la ciudad con la mirada en alto. Si pasaba junto a algún soldado, no le prestaban la mayor atención. Estuvo a punto de toparse con muchachos de la resistencia que trabajaban alrededor, pero pudo esconderse a tiempo. Caminó por la fría mañana con paso veloz, por lo que era fácil asumir que iba camino a trabajar.

Sus pisadas resonaban contra el piso al pasar por callejones más angostos. No se detuvo al pasar frente a la antigua zapatería, pues no podría moverse de ahí si lo hacía; pensar en Lukas era una espada de doble filo, una que no debía tocar en medio de una misión importante. Continuó hacia el este, hacia el camino que llevaba al pueblo. Rogaba que en el tiempo que pasó, no mucho hubiera cambiado sobre los guardias en la salida de Trondheim.

Y efectivamente, al llegar al camino resguardado por alemanes, le saludó el hecho de que los guardias de la salida no eran de la Gestapo. Estaban ahí, de pie, dos hombres cuyas facciones conocía muy bien.

"¿Cómo hablas con ellos?" Había preguntado Simon a Johan Agotness, cuando se tocó el tema de los dos soldados alemanes con los que el noruego había empezado a simpatizar. Lukas le había prohibido interactuar con ellos. Simon deseó haber hablado con ellos antes.

"Buenas tardes, señores," Saludó Simon, en alemán. Ambos hombres abrieron los ojos, sorprendidos. Uno de ellos llevó una mano instintivamente hacia el lugar donde un arma colgaba de su cinturón. Simon no reaccionó.

Su idea para la misión fue apresurada y arriesgada, una tontería en realidad, pero valía la pena intentar.

"Tengo entendido que ustedes son buenos amigos de Johan," Continuó el danés. "Yo también lo soy, y me gustaría que me dieran la oportunidad de hablar con ustedes."

Uno de ellos continuaba con la mano en el arma, pero el otro le indicó con una seña que no siguiera. "Ahora no solo la Gestapo está enterada de ti," Dijo el alemán, en voz baja. "Los rumores corren rápido y todos sabemos quién eres. Sabemos lo de los rebeldes."

Simon tragó pesadamente. El soldado lo vio entonces directamente a los ojos, con tal expresión de odio y furia que Simon se cuestionó en ese entonces si de verdad había salido del edificio ese día totalmente preparado para lo que pasara.

"¿Cómo jodidos se te ocurre venir aquí, a plena mañana, a hablar con nosotros?" Gruñó el hombre. "¿Quieres que te maten? ¡Si de verdad eres quién se supone que eres, deberías ser más inteligente que esto!"

"Estoy desesperado," Soltó Simon, voz quebrada. Estaba muy sorprendido por la reacción del alemán, pero decidió no cuestionarlo. "Estamos desesperados. Necesitamos ayuda, necesitamos algo…"

El otro soldado habló entonces. Su mano ya no se encontraba en su arma. "Encuéntrate con nosotros enfrente del museo de Trøndelag a las dos en punto," Dijo. "Es nuestra hora de comer. Si confías en nosotros o no, es tu problema. Ahora lárgate de aquí."

Simon dio media vuelta inmediatamente, y regresó de dónde venía. No dijo nada más, ni era necesario. Ya tenía algo más por hacer, y su mente empezó a trabajar una vez más.

.

Regresó al edificio, y en el departamento comió algo de pan que Inger había llevado el día anterior. No sabía para nada como el pan insípido de Knut Naess, pero no estaba mal. Cualquiera cosa que se pudiera comer, era bienvenida.

Los minutos pasaban lento, y empezaba a impacientarse. En los días anteriores se había acostumbrado a quedarse solo en el departamento, haciendo ejercicio la mayor parte de los días, pero ahora que tenía una tarea frente a él, una hora que debía esperar, el tiempo era indiscutiblemente lento. Se puso de pie de su lugar en el sillón, y entró a la cocina. Sacó los pocos vegetales con los que contaban, y se encontró con la sorpresa de que tenían suficientes papas y algunas otras cosas para un estofado decente.

No había cocinado en un buen tiempo, porque los muchachos siempre decían que ellos podían encargarse de todo, y Simon nunca reprochó ya que cocinar le traía recuerdos de Emil y Lukas. Fue Emil quien le enseñó a preparar el estofado que planeaba hacer, después de todo.

Empezó a picar todo, lentamente, y casi podía escuchar a Emil riendo porque estaba comportándose más tranquilo de lo usual y diciendo que no le tuviera miedo al cuchillo. Cuando terminó con lo primero, se movió a la alacena de al lado para sacar un recipiente y se encontró con que ahí no estaba lo que buscaba.

Esta no era la casa de Lukas.

Sin detenerse a pensar mucho en eso, buscó alrededor lo que necesitaba, para después continuar pelando y picando. Silenciosamente.

Yours 'til the stars lose their glory

Yours 'til the birds fail to sing…

Se encontró cantando la canción, despacio, casi como un soplo de viento saliendo de entre sus labios. Sus ojos empezaron a sentirse calientes, y poco a poco llorosos, pero no dejó de cantar y no se detuvo a pensar en las lágrimas que nunca cayeron. Eventualmente el estofado estuvo listo para cocinarse, y esperó pacientemente, el sonido del agua hirviendo superponiéndose a su voz cantando.

.

Cuando Inger salió a comer del trabajo, llegó apresurada al departamento pues tendría que preparar algo rápido para que le alcanzara el tiempo. Estaba maldiciendo por lo bajo al pensar en que quizás ni siquiera podría comer de lo que preparara por tener que regresar a trabajar, pero al abrir la puerta, un delicioso aroma la golpeó.

Dos idiotas estaban sentados en la estancia, saboreando dos platos enormes de estofado.

"No puede ser…" Murmuró la joven. "¿Ustedes cocinaron?"

Ambos muchachos voltearon a verla, sorprendidos. "¡Inger! ¿Apenas llegas? Creímos que tú habías hecho esto…" Dijo uno de ellos.

Inger juntó las cejas al instante. "¿Dónde está Simon?"

"En el baño, supongo. Aunque no ha salido desde que llegamos," Respondió el otro.

La muchacha atravesó el departamento hasta llegar a baño y tocar la puerta. Nadie respondió. Se preparó para lo peor, inhaló y exhaló. Abrió la puerta del baño.

Estaba vacío.

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Simon apenas esperó unos minutos en el lugar acordado, cuando dos alemanes se acercaron, ambos con pequeñas cajas de almuerzo. Tomaron asiento junto a él, en la banca en que estaba, como si fuera lo más natural.

"No creí que fueras tan estúpido como para de verdad venir," Comentó el que estaba más lejos de él, mientras se preparaba para atacar su comida.

"Estoy desesperado," Repitió.

"Se te nota," Comentó el otro. "Así que… el hombre que ha escapado dos veces de los alemanes está junto a nosotros, y termina actuando estúpidamente porque está desesperado…"

"Las personas hacen cosas más estúpidas."

"No juzgo. Simplemente me sorprende," Empezó a comer, más tranquilo que el otro. "¿Y Johan cómo está?"

"No lo sé," Respondió Simon. Inconscientemente, apretó sus manos. "Quiero creer que escapó, junto a los demás."

"¿Qué te hace pensar que estamos de tu lado?" Preguntó el alemán que estaba al otro extremo.

"Si no tuvieran intención de al menos escucharme, yo en este momento ya estaría en Kristiansten," Volteó a verlos, pero ambos continuaban comiendo. "Justo ahora solo quiero pensar en lo mejor. No me queda más."

Silencio. Simon esperó a que alguno de ellos hablara primero. Esperó, hasta que ambos terminaron de comer. El que estaba junto a él, lo vio de reojo, y habló en noruego.

"Se los van a llevar. A los judíos, se los llevarán de aquí. Auschwitz," Le dijo, con frases algo cortadas, pero perfecto en general.

Simon inhaló. "Necesito municiones," Dijo, y sus acompañantes sonrieron ligeramente.

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Cuando Simon regresó al departamento, Inger ya se había ido a trabajar, pero otros jóvenes estaban ahí y tuvo que calmarlos sin darles explicaciones. Al anochecer, cuando la joven junto con Kåre y otros más llegaron a casa, Simon se tuvo que someter a la reprimenda de su vida.

"¿Tienes idea lo preocupada que estaba? ¡Pudiste haber muerto!" Seguía la muchacha, andando de aquí para acá en la estancia. Ninguno de los casi diez muchachos que estaban ahí decían nada. "¿Y todo nuestro esfuerzo dónde iba a quedar? Hemos gastado mucho en ti, Simon, ¡y si andas por ahí intentando que te maten, mejor te mato yo primero!"

"Inger, no pasó nada, ya para," Intentó calmarla Kåre, solo para recibir una sarta de maldiciones que Simon nunca había escuchado de la boca de aquella muchacha. "Ya va siendo hora de que los demás se retiren, así que deja hablar a Simon," Intentó hacerla entrar en razón.

"Fui con los dos amigos de Johan, Edwin y Dietrich" Explicó Simon entonces, desde su lugar en el sillón. "Los alemanes," El silencio se apoderó de la habitación. Inger parecía a punto de estallar, pero se mantuvo callada. "¿Recuerdan las marcas en las identificaciones? Algunos de ustedes las tienen. Al parecer los alemanes van a mandar a esas personas a Auschwitz. Estuve preguntando en la ciudad, y efectivamente, los alemanes han llegado en las noches a distintos edificios y se llevan personas con esa particular característica."

Casi todos en la habitación estaban pálidos e inmóviles. Uno de ellos habló, tartamudeando: "Pero… ¿es mentira, cierto? Todo lo que hemos escuchado solo son rumores, solo… se los van a llevar para trabajar allá, ¿no?"

Inger soltó una risa irónica. "Aún después de todo lo que hemos vivido, ¿puedes llegar a dudar de nuestra información y de lo que son capaces esos imbéciles?" Entonces, volteó hacia Simon, con los brazos cruzados firmemente frente a su pecho y con expresión totalmente seria. "Necesitamos información, municiones y un plan."

Sin esperar mucho, Simon respondió en el mismo tono. "Ya estoy trabajando en ello."

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Después de estar mucho tiempo inactivos, intentando ser ciudadanos normales y asustados, Simon esperaba que los jóvenes se movieran lento y con aprensión, sin embargo todos trabajaban muy rápido.

Para no tener problemas con el límite de personas en una habitación, muchos de los jóvenes de la resistencia vivían en el mismo edificio y así regresar rápidamente a sus casas. Sin embargo, al estar activos nuevamente, necesitaban estar más en contacto, por lo que decidieron un plan de acción arriesgado pero efectivo, uno tan obvio que los alemanes (en caso de descubrirlos) nunca sospecharían por ser tan idiota. En el departamento donde Simon se quedaba, vivían también Inger, Kåre y otra señorita; a cada lado, otros tenían su hogar, y al lado de esos, otros más. En una misma mañana, los muchachos trabajaron más silenciosamente de lo que Simon hubiera escuchado alguna vez, tumbando una parte de las paredes que conectaban los departamentos, para estar en contacto continuo.

Los hoyos fueron tapados simplemente con muebles. Nada más.

Mientras los muchachos hacían eso, varias señoritas estuvieron dando mantenimiento a sus armas, con ayuda de Simon e Inger. Esa misma tarde terminaron con todo el armamento que tenían disponible, y empezaron a enseñarles a utilizar dichas armas. Era una tarea difícil sin poder practicar, pero con algo debían conformarse.

Los siguientes días, continuaron yendo a trabajar de forma normal, pero todos llegaban a casa con nueva información. Descubrieron que utilizaban Kristiansten como base para tener a los judíos, mientras esperaban un día en especial en que utilizarían varias camionetas para llevárselos. Los muchachos habían estado preparando sus únicos tres transportes que les quedaban, pero no iba a ser necesario utilizarlos, si los mismos alemanes tenían su trasporte.

"Sólo debemos quitárselos," Había dicho Kåre, con una enorme sonrisa plasmada en su rostro.

Intentar evacuar a las personas hacia tierra pacífica y seguir el plan sería difícil con camionetas alemanas, dado que podrían atacarlos si los veían entrar en territorio sueco pensando que eran alemanes, pero el plan de Kåre era el que les ahorraría más tiempo. Con ayuda de los amigos de Johan, consiguieron poco a poco municiones, y supieron exactamente el día en que se marcharían. Varios muchachos de la resistencia habían sido aprensados junto a otros civiles, pero era mejor así, ya que ellos sabían el plan y lo harían todo más fácil ayudando a calmar a las personas en el momento indicado.

Así, en menos de una semana, la resistencia se encontraba una mañana temprano en sus puestos junto a la carretera, soportando el frío y escondiéndose en las grandes capas de nieve, esperando a una caravana de cinco camionetas en total, todas llenas de personas que viajarían incómodas por un buen tramo. Debido a que la resistencia estuvo inactiva mucho tiempo y bajo las circunstancias en que se encontraban, los alemanes estaban seguros de que ya no existían amenazas para ellos, y en cada camioneta iban solo dos oficiales de la Gestapo, completamente tranquilos y nada preparados para la emboscada que los esperaba.

Solo tuvieron que sacrificar las llantas de la primera camioneta. Unos certeros tiros de Inger en ambos neumáticos delanteros fueron suficiente para que la camioneta se saliera un poco de control y se detuviera, para que de esta forma las otras cuatro igual se quedaran inmóviles. Algunos de los noruegos dentro de las camionetas gritaron, pero en general permanecieron callados, probablemente gracias a los jóvenes que iban adentro con ellos. Las poco confiables carreteras con ligeras capas de hielo ayudaron a que no fueran viajando con mucha velocidad, y evitar así accidentes. De las dos primeras camionetas salieron el piloto y copiloto, los cuales fueron aprensados de inmediato por distintos jóvenes, y les pasaron un afilado cuchillo de forma profunda por la garganta. Al mismo tiempo, Kåre y otros se habían acercado a las demás camionetas, abrieron las puertas del copiloto y los sacaron a la carretera para que siguieran el mismo destino, seguidos de los pilotos que recibieron un simple disparo en la cabeza antes de que pudieran buscar sus armas.

Unos muchachos empezaron a registrar las camionetas al instante para cerciorarse de que todo era seguro, otros se empezaron a pasar municiones que quitaron de los cuerpos de los alemanes, Inger y las muchachas abrieron las partes de atrás para asegurarles a las personas que estaban bien e informarles rápidamente lo que harían, mientras Simon trabajaba con otro muchacho para cambiar los neumáticos por unos de repuesto.

En cuestión de minutos, ya habían dos muchachos de la resistencia arriba de cada camioneta, listos para partir, utilizando los abrigos y gorras de los alemanes muy a regañadientes para poder pasar sin problemas por los retenes en la frontera. Las despedidas fueron rápidas, pues el plan ya tenía todo previsto, y no había tiempo que perder.

Los corazones de todos latían imparables, a un ritmo liderado por la adrenalina, la emoción, el miedo y otro montón de emociones que a todos los animaba e distintas maneras. Simon pasaba junto a alguien y casi podía sentir que sus latidos se sincronizaban, que su anticipación era la misma, que su miedo se presentaba en la misma cantidad.

"Una vez lleguen a la frontera, toma la ruta que te había mencionado," Decía Kåre al piloto de la primera camioneta. "Será turbulenta pero efectiva. Cuando lleguen allá, no olviden ir a la estación de radio."

Simon se alejó para asomarse por la segunda camioneta. "No se les ocurra intentar regresar," Les dijo, especialmente al copiloto, uno de los jóvenes que más le apoyó cuando no podía moverse de las heridas. El joven frunció el entrecejo y volteó hacia abajo. "Sé que estaban planeando regresar, los conozco demasiado bien. Si a aquel idiota se le ocurre volver," Señaló a la primer camioneta, haciendo alusión al muchacho con el que Kåre hablaba. "Sé que tú puedes hacerlo entrar en razón. Confío en ti."

El muchacho parecía dubitativo, pero asintió, viendo a Simon directamente a los ojos. El danés le sonrió y se apartó, justo en el momento en que se dio la señal de partida y los muchachos se alejaron en las camionetas, a una velocidad estable y tranquila, como si nada hubiera pasado en aquella carretera unos minutos atrás.

Los que quedaron se dieron a la tarea de enterrar de forma holgazana a los alemanes en la nieve, para retirarse del lugar y continuar con sus vidas de buenos ciudadanos. Confiaban en que los sonidos de los disparos no hubieran llegado a la ciudad, y que todo marchara de acuerdo al plan.

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Una semana después, mientras Simon escuchaba la radio, Berwald dio la noticia. Los jóvenes que se encontraban ahí se acercaron a escuchar, atentos, mientras el sueco explicaba el milagro de cinco camionetas abordadas por jóvenes de la resistencia noruega que llegaron a Suecia, llenas de personas a las que los alemanes habían destinado para morir en sus campos de concentración, pero que se encontraban sanas y salvas, felices de estar en tierra neutral, gracias a los valientes jóvenes que las escoltaron.

"Al parecer tuvieron algunos percances en el camino," Explicaba Berwald, su voz grave parecía monótona pero Simon sabía la felicidad que se escondía en aquellas palabras. "Pero todos han llegado en una pieza a casa. Porque ésta es su casa, y nosotros sus hermanos. Agradecemos profundamente a todos los jóvenes que arriesgan su vida aún, allá en Noruega. Días mejores vendrán, junto a estas buenas noticias."

Y solo entonces, los muchachos se permitieron celebrar. No gritaron, no brincaron, no hicieron ningún tipo de escándalo que pudiera llamar la atención de algún alemán fisgón que anduviera cerca. Se tomaron de las manos, se abrazaron, lloraron y sonrieron de oreja a oreja.

Simon vio cada una de sus reacciones, cada una de sus caras iluminadas con felicidad, con esperanza, con paz. Algunas eran de facciones más toscas, otras aún tenían curvaturas aniñadas, pero todas reflejaban los mismos sentimientos. Sonrió enternecido, a lo que Inger se abalanzó sobre él, apretándolo en tal abrazo aplastante que le hizo soltar una carcajada.

"¡Lo lograron, Simon! ¡Llegaron, de verdad llegaron!"

Sus lágrimas mojaban la parte trasera de la camisa de Simon, y el hombre simplemente sonrió más amplio. Un rayo de esperanza era todo lo que necesitaban. La resistencia había revivido.


Es aún la misma historia vieja
Una pelea por amor y gloria
Un caso de hacer o morir
El mundo siempre dará la bienvenida a amantes
Mientras el tiempo pasa

La canción es As time goes by y salió en la película Casablanca (no es una película, es la película. Si les gustan los dramas desgarra corazones, se las recomiendo), interpretada por Dooley Wilson, pero pues yo escucho la versión de Vera Lynn porque (por si no se han dado cuenta) amo a esa mujer.

Un capítulo cortito una vez más, pero quería hacer esta parte individual. Aunque creo que salió algo apresurado, me parece un buen ritmo porque se vienen unos time skips bien salvajes y pues hay que prepararlos, haha ; v ; Si todo sale de acuerdo a mi plan, quedan... chan chan chan, ¡dos capítulos! Wow, se siente como si ayer hubiera empezado esto pero creo que el fic ya cumplió dos años, looool

Si sigues leyendo esto (y aún te gusta) mil gracias de verdad. A la persona que me dejó el último comentario: muchísimas gracias. Tu comentario me iluminó la vida, y me llenó de inspiración para por fin terminar esta historia.

Ciao!