Leave a prayer within your heart
That the time will surely fly
To the day when we shall meet again
From the time you say goodbye (1)
04 de septiembre de 1943
Trondheim, Noruega.
Las diez de la noche y las muchachas con las que Simon vivía aún no llegaban de sus trabajos, como era usual. En el año que había pasado, había cambiado de casa en diferentes ocasiones, andando de acá para acá en diferentes departamentos, diferentes edificios, diferentes personas. Sin embargo, siempre se llevaba con él los mismos artículos: su armónica, el broche de Lukas, y la radio que en algún momento perteneció a su amigo Tore Sørensen. Había insistido en dejárselo a Inger y Kåre, pero ambos se negaron, y le confiaron a él la tarea de sintonizar la estación sueca e informarles de cualquier cosa importante.
Cosa que no había sido fácil los últimos días. El departamento donde vivía ahora se encontraba en las primeras plantas del edificio, por lo que era complicado encontrar una hora en que pudiera sintonizar el aparato sin ser escuchado, y los alemanes pasaban seguido por la calle contigua al edificio.
A pesar de eso, la resistencia iba muy bien. La base para submarinos DORA había sido terminada (con ayuda de trabajadores que incluso pertenecían a la resistencia) y se la habían entregado a la Kriegsmarine al inicio del año, por lo que sus operaciones empezaron al mismo tiempo que los muchachos noruegos comenzaron a sabotearlas. Habían tenido muy pocas pérdidas, y las misiones fallidas no resultaban en tragedias.
En aquel momento, Simon se recuperaba de las extremas emociones que le había causado una de esas misiones fallidas. Jan Munch, el aficionado de las bombas, ya no estaba con ellos pero al parecer había otros muchachos que podían rivalizarlo, por lo que habían preparado un plan para hundir unos submarinos; sin embargo los descubrieron, y se tuvieron que retirar al instante. Sentado a la mesa, Simon pensaba una y otra vez en lo que habían hecho y cómo podrían lograrlo en la siguiente ocasión, considerando de igual forma lo que podría salir mal.
Se estaba masajeando una mano, inconscientemente pasando sus dedos una y otra vez por las cicatrices que le habían quedado de aquella noche de junio, en que Henry Rinnan vertió ácido en su mano. Aquella noche en que Lukas gritaba desesperado, luchando contra sus ataduras.
Sacudió la cabeza, y se puso de pie. Se asomó por la ventana, y ningún alemán parecía andar cerca, por lo que decidió ir por la radio y empezar a sintonizarla lo más eficientemente posible. Nunca había intentado escuchar la radio a aquellas horas, pues usualmente casi no había ruido alrededor para ocultar la estática del aparato, pero se encontraba inquieto y algo desesperado como resultado de lo que había vivido ese día, y se encontró más calmado en cuando escuchó la grave voz de Berwald resonar en la habitación.
"¿Sigues en la radio hasta esta hora, adicto al trabajo?" Dijo en voz baja, a lo que Berwald hablaba de las buenas noticias más recientes, y que la esperanza no debía faltar. "Siempre dices eso…" Murmuró de nuevo, pero al escuchar lo siguiente, el danés se encontró tomando la radio, sorprendido, escuchando atentamente lo que el sueco decía, como resumen.
"Con la noticia del armisticio al que Italia fue obligada el día de ayer, gracias a la invasión de las fuerzas aliadas por el mediterráneo, estamos un paso más cerca a que esta sangrienta guerra acabe," Las manos de Simon temblaban en su agarre del aparato, sus ojos incapaces de concentrarse en un punto fijo para observar, debido a la magnitud de importancia de aquellas palabras mientras resonaban en su cabeza, una y otra vez. El sueco terminó de dar el resumen, y empezó a despedir el programa. "Y como es costumbre," Dijo entonces, con un tono tan sutilmente triste que Simon casi no lo distingue en medio de su shock. "Decimos buenas noches con esta especial canción, dedicada a un buen amigo. Esperamos que te encuentres bien dondequiera que estés en este momento, S."
No dijo un nombre completo, solo la inicial. Su voz desapareció, y en su lugar, una melodía que Simon nunca olvidaría se abrió paso por las bocinas e inundó el pequeño cuarto en que el danés se encontraba.
Recuerdos de una lejana noche, donde tenía a Lukas en sus brazos, llegaron a él y revivió el momento como si hubiera sido el día anterior. "Creo que es nuestra canción," Había dicho Simon, y casi recordaba perfectamente el precioso aroma de Lukas, sus mejillas coloreadas de un pálido rosa, su cuerpo tan cercano al suyo. "Me gusta lo que dice. Nunca he amado a alguien como te amo a ti…"
Después de eso, Lukas le había brindado la dicha de escuchar su risa. Su hermosa risa. Simon casi podía escuchar aquella risa endulzando sus oídos, abrazándolo, mientras en la realidad permanecía con su agarre en la radio, temblando en esporádicos espasmos mientras lloraba luego de casi un año de no atreverse a ello, por miedo a no poder recuperarse.
Berwald había dicho que era costumbre despedirse con esa canción; ¿por cuánto tiempo la habrían utilizado hasta ese momento? Desde que les fue imposible regresar al pueblo, Simon nunca había sintonizado la radio a esas horas de la noche, era casi imposible hacerlo. ¿Antes habría dicho su nombre completo, o siempre usa su inicial? ¿Cómo sabía Berwald la importancia de esa canción? Simon no tenía duda de que estaba dedicada a él, lo sabía bien, o quizás eso quería creer. Eran demasiadas coincidencias.
Debía ser Lukas el que informó a Berwald, no había otra forma. Sin embargo, en cuanto la esperanza nació en el pecho de Simon, fue asesinada por su pensamiento racional; Emil también sabía de esa canción, por las ocasiones en que Simon la cantó en casa. Quizás él tuvo la idea de que al transmitirla, podría ayudar a Simon a ser un poco más positivo cada día. A ir contra la crueldad del mundo actual.
O quizás se la dedicaba, pensando que estaba muerto ya. El mensaje de Berwald fue muy ambiguo, y no había razones para creer otra cosa, ya que el hecho de que Simon estuviera vivo quizás era también algo de cuestionarse, luego de ver su caída de la camioneta y el disparo que había recibido.
En cuanto la canción terminó, Simon apagó el radio, a pesar de encontrarse aún desconcertado y algo perdido en sí mismo. Mientras las lágrimas aún fluían, el danés empezó a considerar que no importaba cómo Berwald se enteró de aquella canción. No dejó que las buenas noticias se mancharan con sus inútiles pensamientos en círculo, y prefirió concentrarse en el supuesto armisticio con los italianos. Ese hecho quizás explicaba el comportamiento tenso que tuvieron los alemanes todo ese día.
El pasado año había sido como un infierno en vida, pero poco a poco las cosas iban mejor, tanto que Simon no pudo contener su energía y empezó a preparar la mejor cena que se podía permitir en ese momento. Incluso usó las patatas que habían estado guardando para las épocas navideñas.
"¡Ah, qué bien huele!" Exclamó una de las muchachas al entrar al apartamento. Las otras tres expresaron lo mismo de diferentes maneras apreciativas. Una de ellas se asomó a la cocina casi al instante. "Simon, ¿qué pasa ahora? ¿Qué celebramos?"
El danés no esperó a que siguieran inventando sus posibles razones, y les dio las nuevas noticias rápidamente. Las muchachas brincaron y rieron, una de ellas lo abrazó, y otra hablaba muy animadamente sobre lo felices que estarían los muchachos de la resistencia el día siguiente, cuando lo supieran.
Simon sonrió amplio al verlas a todas, con aquel brillo de esperanza que iluminaba sus miradas. Pensó que sin importar cómo terminaran las cosas ni cuánto tiempo pasara, mientras continuara viendo esos preciosos rasgos de felicidad él podría continuar viviendo con la energía suficiente para ayudar. Mientras Berwald continuara dedicándole aquella canción, Simon podría continuar pensando en un futuro mejor.
Y el miedo seguía ahí, persistía y lo acechaba, en forma de ilusiones y pesadillas, pero aún había cosas por las que era importante creer en un futuro mejor.
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13 de noviembre de 1944
Trondheim, Noruega.
Los hombres en la habitación intentaban fútilmente ocultar su emoción y entusiasmo ante las noticias que acababan de escuchar en la estación de radio de Berwald. El tirpitz había sido derribado por fin. Luego de años de aterrorizar los fiordos de Noruega, años destruyendo los convoyes que los aliados mandaban para apoyarlos en el norte, por fin los Lancaster británicos habían derribado al gigante metálico en los fiordos de Tromsø.
Berwald presentaba las noticias entusiasmado (Simon podía notarlo, aunque algunos muchachos hacían comentarios sobre lo inexpresivo que se mostraba el locutor), y daba algunos detalles sobre la importancia que tuvieron los miembros de la resistencia noruega en tal hazaña. Inger infló el pecho con orgullo al escuchar aquello, y las otras muchachas soltaron risitas de ensueño. Ellas habían sido las principales informantes, con eso de que trabajaban en las oficinas de los alemanes encargadas de la limpieza y algunas otras nimiedades. En los pasados meses, algunos muchachos se las habían arreglado para mantener contacto vía radio con otros miembros de la resistencia en distintas ciudades, completando así la tarea de hacer saber a los aliados el trayecto que estaba siguiendo el acorazado.
De repente, al escuchar cierta cosa que mencionó Berwald, Kåre soltó una carcajada, a lo que otro muchacho le tapó la boca al instante. "¡Cállate, idiota!"
"¡Es que-!" Rødrev apenas podía contener la risa, y Simon estaba seguro de que se trataba de una tontería. "Siguen hablando de Inger como si fuera un hombre, ¡y no deja de ser gracioso!"
Inger rodó los ojos simplemente, mientras las muchachas empezaban a responder indignadas. "¡Siempre con tus simplezas!", y "Es mejor si creen que nuestro líder es un chico, ¡así Inger está a salvo!", mientras por otro lado alguien comentaba: "Además el apodo que le pusieron es más genial que el tuyo."
Kåre iba a responder, pero Simon lo interrumpió sin más. "Basta de este bullicio, o van a terminar descubriéndonos. Ya hemos hablado de esto, por favor compórtense como los adultos que son," Al escuchar esto, los jóvenes presentes guardaron silencio y un ambiente tenso se apoderó de ellos. Ante esto, Simon resopló: "Pero sí que es genial. ¿El fantasma de invierno? Muchísimo mejor que un simple zorro rojo." (2)
Entonces Inger rió, a quién después los otros muchachos le hicieron coro. El rostro de Kåre tomó un color cálido casi al instante, y antes de que otra cosa pasara, Simon apagó la radio y la guardó en su maleta mientras reía con sus compañeros. "Bien, muchachos, tenemos que irnos antes de que los alemanes en guardia decidan venir a ver quién se atreve a divertirse en esta noche," Los jóvenes rieron un poco más ante el comentario.
"No te preocupes, Simon," Le dijo una de las señoritas, sonriendo coqueta. "Los alemanes han estado demasiado cabizbajos como para preocuparse por un simple bullicio en este día. Además del frío al que aún no se han acostumbrado, las cosas no han estado muy bien para ellos."
Y era cierto. En los últimos meses, gracias a el estupor en que estaban viviendo los alemanes por sus derrotas, la presencia de la resistencia en Trondheim era cada vez más imponente. Las misiones para obtener provisiones terminaban bien sin excepción gracias a la nieve y las heladas, tanto que habían empezado a ayudar más familias que no contaban con miembros en condiciones para conseguir víveres. Las municiones no les faltaban y los buenos ánimos tampoco, ya que los aliados hacían cada vez más avances positivos en la guerra.
Era una lástima que, sin importar lo genuinamente feliz que Simon se encontrase, en su interior un vacío estaba siempre presente y lo hacía recordar las cosas que perdió.
"Nos vemos mañana entonces," Se despedían los muchachos mientras unos salían por la ventana y otros por la puerta principal. Se habían acostumbrado ya tanto a su situación que cambiar de departamentos y de edificios luego de las reuniones era para ellos algo simple. En el departamento quedaron solo Simon, Inger y otro muchacho. Al irse todos, Simon notó enseguida el cambio de humor en Inger, quien entró en su recámara. Cruzó la mirada con su otro acompañante, y el joven se encogió de hombros, para después acomodarse en el sillón que le servía de cama. Yo no hablaré con ella, es tu problema. Eso parecía decirle aquel gesto.
Simon suspiró, y entró a la recámara.
"No deberías tomarte en serio lo que Kåre dice," La encontró sentada en su cama, con una manta cubriéndola, y se sentó junto a ella.
"Me malinterpretas," Respondió simplemente. Simon resopló incrédulo.
"Sabes, Lukas solía decirme algo curioso," Inger dio un ligero respigo al escuchar aquel nombre, pero no comentó nada más. "Él decía que yo soy un idiota para muchas cosas, para lo que se te ocurra, pero no para los sentimientos. Yo pienso que ustedes dos son lo contrario." Inger volteó a verlo, y sonrió ligeramente. "Son dos de las personas más inteligentes en la resistencia, y claro, ya que por algo son nuestros líderes. Hay un sinfín de cosas que se les dan bien, sin embargo, son terribles con los sentimientos. Diría que es por ser jóvenes, pero han tenido que crecer demasiado rápido, así que simplemente son dos tontos que dan vueltas uno alrededor del otro, lastimándose sin darse cuenta. Por eso, no deberías sentirte mal por esas tonterías. Él te adora, y tú lo sabes."
Inger sacudió los hombros en una risa, y abrazó las piernas contra su pecho. "Me estás diciendo esto solo para que deje mis dramas, y evitar que afecte a nuestra buena racha."
"Niña, has vivido cosas peores que esto," Dijo Simon al instante, sonriendo. "Si de algo estoy seguro, es que un pequeño drama no cambiará tu buena actuación en las misiones. Lo que me preocupa, es tu bienestar, aquí," Puso su mano en la cabeza de la muchacha, y le dio dos palmadas suaves.
Inger se abrazó a sí misma un poco más fuerte. "¿Cómo haces para continuar sonriendo luego de todo lo que pasaste…?" Preguntó en una voz queda. De repente, la mano que gentilmente se había posado en su cabeza, le dio un golpe rápido y firme. Inger bajó las piernas para evitar caer al piso de la sorpresa. "¡Hey!"
"Dije que eres terrible con los sentimientos para que no se escuchara mal mi discurso, pero de verdad que eres idiota," Simon negaba con la cabeza, con los brazos cruzados. "¿Cómo preguntas eso? Tú misma puedes responderte, ¿o acaso olvidas que tú también has vivido lo que yo? Inger, tú sonríes. Date cuenta de eso."
"Sabes a qué me refiero," Frunció el ceño, pero Simon se puso de pie, sin responder algo al respecto.
"No importa ya. Esto era sobre ti, no sobre mí," Se dirigió a la puerta, mientras continuaba hablando. "Ahora a descansar. Las buenas noticias siguen, pero nosotros aún tenemos trabajo por hacer."
Antes de que cerrara la puerta, Inger le llamó. "Gracias," Le dijo. Sonrió con sorna. "Aunque todo lo que hiciste fue decirme idiota."
Simon le devolvió la sonrisa. "Para eso estamos."
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Simon sabía que era un sueño. Una pesadilla. Pero eso no lo hacía menos doloroso. Despertó con un sudor frío recorriendo su frente, y su ritmo cardíaco acelerado. Se había acostumbrado lo suficiente a las pesadillas para no tener que despertar a las personas que estuvieran cerca de él, pero el dolor en su pecho seguía siendo igual de opresor.
Tras respirar profundo y tranquilizarse un poco, empezó a cantar despacio la única canción que podía darle la suficiente paz para volver a dormir hasta inevitablemente tener que levantarse con buen ánimo al día siguiente. Perdió hilo de su consciencia mientras apretaba en su mano el broche de Lukas.
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"Las cosas están muy mal, Simon. Deben aprovechar estos tiempos al máximo," Decía Dietrich entre los mordiscos que le daba a su almuerzo. "Hace poco escuché a varios de mis compañeros hablar sobre cómo el Fürher está perdiendo la cordura poco a poco. Empezó a mover hacia la batalla a escuadrones que ya no existen…"
"Creo que no nos queda mucho tiempo aquí, amigo, tú entenderás," Comentó después Edwin.
Las ocasiones en que Simon se encontraba con los amigos de Johan seguían siendo escasas, ya que no podía permitirse salir seguido, pero cada vez que se encontraban hablaban con una familiaridad reconfortante. Simon disfrutaba cada minuto que pasaba con ellos, ya que a pesar de que los muchachos de la resistencia eran una presencia cálida en su vida, no dejaban de ser mucho menores que él, y a pesar de su experiencia Simon no podía entablar conversación con ellos de la forma en que lo hacía con Johan o algún otro miembro de la resistencia.
"Tiempo…" Entonces, Simon pensó en algo que no había considerado antes. "¿A qué se refieren? ¿A dónde irán?"
"De regreso a Alemania," Razonó Dietrich. "No sabemos cuándo, pero es algo seguro. Y como van las cosas, esperemos no llegar victoriosos."
"Pero entonces… ¿Qué harán?" Simon lo sabía. Estaba muy al tanto de lo que iba a pasar. Y sus acompañantes lo sabían también.
Edwin sonrió, a lo que Dietrich respondió: "En su momento lo consideraremos."
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8 de mayo de 1945
Trondheim, Noruega.
Los ciudadanos de Trondheim cantaban, gritaban y bailaban por las calles de su ciudad. Los muchachos de la resistencia caminaban con todos los demás, celebrando. No había ningún alemán a la vista, ya no quedaba ninguno fuera. En cuanto se dio la noticia de que los soviéticos habían tomado Berlín en su poder y se supo de la rendición alemana ante los aliados, todas las tropas alemanas que estaban en la ciudad y sus alrededores se habían marchado.
Dietrich y Edwin se fueron con ellos; dijeron que iban a Oslo para dirigirse a Alemania, pero ambos ya estaban conscientes de que allá los esperaban las tropas Noruegas listos para apresarlos. Dijeron que no iban a huir de sus castigos, y le desearon a Simon suerte. Le pidieron que le hiciera saber a Johan que deseaban lo mejor para él, y se fueron. Algunos alemanes no alcanzaron a irse, cuando los miembros de la policía de Trondheim empezaron a detenerlos en sus cuarteles. Las esvásticas eran quemadas, y las banderas y los cantos nacionales adornaban los callejones esa tarde. Las lágrimas abundaban en los rostros de la mayoría.
Simon veía a la celebración desarrollarse, algo incrédulo. La pesadilla en vida se había acabado por fin, y parecía ser algo más allá de lo real. Increíble. Sin embargo, ya era cuestión de tiempo. La actuación alemana en la guerra estaba perdiendo visiblemente, y solo aguantaron porque su líder era terco y no deseaba escuchar razones. Pero ya no importaba. Ya había acabado.
Divisó a Inger, feliz, riendo y llorando al mismo tiempo. Los ojos de la muchacha estaban iluminados con aquella esperanza que nunca murió en ella, pero ahora resplandecía como nunca. Simon seguía entumido por el abrazo tan apretado que la chica le había dado, mientras ella seguro ya ni lo recordaba, puesto que había abrazado ya a otro montón de personas desde ese entonces. De repente, Kåre apareció con lágrimas en los ojos, con semblante sorprendido, y se lanzó contra la muchacha en el instante en que la vio. Simon los vio, fundidos el uno con el otro en medio de un mar de personas, como si solo ellos existieran en el mundo. Cuando se separaron, Inger tomó la iniciativa en darle un beso en los labios, mientras tomaba su rostro entre sus manos.
Simon apartó la vista entonces, y vio a los otros jóvenes en sus celebraciones. Se abrazaban, se levantaban en brazos, daban vueltas, cantaban. Cuando alguien más lo veía, se acercaba, lo abrazaba, y le agradecían. Simon no sabía por qué le agradecían, pero era así.
Y estaba feliz, en verdad lo estaba. Estaba aliviado, ya que aquellos muchachos ni nadie tendría que pasar más miedo, más peligros. Ya no más asesinatos. Ya no más luchar por sobrevivir. Ya no más agachar la cara cada que algo inhumano pasaba. Pero no podía sonreír, no podía bailar eufórico, no podía fingir que cantaba las canciones nacionales que definitivamente no sabía.
Porque en ese momento, como en los años que pasaron, la ausencia de Lukas era pesada, y dolorosa. No tenía a Lukas junto a él para sonreír y celebrar su tan esperada victoria. No lo tenía para abrazarlo, besarlo y decirle cuánto se alegraba de estar con él. No tenía a Emil para burlarse y decirle que al parecer su idea de ser un esclavo para toda la vida no iba a ser real. No estaban Johan, ni Eirik, ni Monica con él.
Era momento de celebrar, pero Simon no sentía que hubiera algo importante que él pudiera celebrar.
(1)
Deja una oración en tu corazón
de que el tiempo seguro volará
hasta el día en que nos veamos otra vez
desde el tiempo en que dices adiós
La canción es From the time you say goodbye de Vera Lynn. La estaba guardando para cuando tuviera que publicar este capítulo, porque es perfecta.
(2) Vinterspøkelse (fantasma de invierno) es el apodo que le pusieron a Inger (es un juego tonto mío porque se apellida Vinter jajaja). Mientras Rødrev (el apodo de Kåre) significa zorro rojo. Y pues así.
De verdad me habría gustado ponerle más salsa a este capítulo en cada timeskip pero la verdad ya me moría por escribir el final, así que se queda así. Perdón por algún error, lo escribí todo de golpe y mal lo chequé al terminar. ¡Feliz año nuevo! ¡Perdón por tardar tanto! Y muchas gracias a quien siga leyendo esto;;;; es muy corto el capítulo pero espero que en los siguientes días pueda publicar ya el último, y ser feliz porque terminé este monstruo XD
