Capítulo 5
Navidad
24 diciembre
Mi día libre en el trabajo calzó con la celebración de la Navidad, por lo que tomé un colectivo rumbo a la casa de mis padres, para pasar la festividad e intercambiar regalos con mi familia. «Sólo espero que no sea mamá la que debe darme regalo secreto… ¡Estoy hasta el tope de implementos de cocina!»
Cómo aún mantengo las llaves del lugar que una vez me brindó techo, sustento y los mejores momentos que atesoraré en mi memoria para siempre. Abrí la puerta sin presentarme, entré con sigilo, a hurtadillas —arrepintiéndome enseguida. —«¿Y si me sucede lo mismo que a Gaara?, ¿Qué haré si encuentro a mis padres en plena acción?»
Crucé rápidamente el pasadizo, oteando la sala, que lucía pulcra y sin evidencia alguna de vida, de no ser por las plantas en maceteros colocados en puntos estratégicos. No todo estaba perdido, el chocar de ollas, me anunciaron que alguien estaba en la cocina. Caminé hacia ahí. Efectivamente, la mera mera de los Sabaku no, no se ha percatado que su primogénita está recostada en la boca de entrada, observándola, hacer y deshacer en su sacrosanto laboratorio culinario. Estaba agachada metiendo algo en la hornilla, tenía su pequeño, amado y destartalado radio con volumen moderado, escuchando "When a man love a woman" de Michael Bolton. Frente a mi estaba la mujer que me dio la vida, esa que le valió madre perder su figura, llenarse de estrías por traer al mundo a tres rascarrabias. Tan cálida y esencial para nuestras vidas.
—¿Tu siempre de romántica empedernida, mamá? —vociferé a sus espaldas para sacarla de la hornilla.
—¡Kya! —aulló mi madre mientras se enderezaba de un brinco. Estaba pálida viéndome de arriba abajo, tratando de procesar el impacto de verme ahí después de varios meses. —¡Mocosa idiota! Me has pegado el susto del siglo. —vociferó mi madre, con una mano en el pecho y la mirada perdida entre el espanto y el enojo. Perdiendo todo ápice de calidez en su ser.
—¡Ay! —chillé por el pellizco que me propinó mamá.
—¡Te lo mereces por maldosa! ¿Qué te cuesta avisar? —dijo la pequeña mujer colocando sus brazos en jarra para luego alzarlos y darle n fuerte abrazo a su hija. —¿Y tu felino amigo?, ¿Dónde lo dejaste?
—Lo dejé con mi vecino.
—Por un momento temí que fueses de esas personas que los dejan "a la mano divina". —alegó mamá.
—¡Jamás!, rosquilla es mi regordete favorito. —contesté.
—¿Cómo has estado? ¿Cómo te va con la universidad y el trabajo? —le preguntó a su hija, disparando las interrogantes como una ametralladora.
—Bien. —dije caminando hacia el frigorífico para rebuscar comida.
—¡¿Bien?! Un simple…bien. No sé qué le sucede a la juventud actual. Esas no son maneras de contestar. —¿Un monosílabo?, ¡¿Qué barbaridad?! —Y quítate de ahí, que nadie y mucho menos uno de mis hijos muere de hambre en mi casa. Siéntate que te prepararé un bocadillo. —se quejó Karura como cualquier madre.
—¡Ya, mamá! No quise enojarte. —¡Te extrañé! —musité para aplacar su ira. —¿Qué haces?
—Precaliento la hornilla para, dentro de poco, hornear los pollos.
—¿Los pollos?, o sea, ¿más de uno?
—Si sabes los muertos de hambre que son tu padre y tus hermanos, ¿no? —compramos cuatro pollos enteros y grandes. Los tengo marinando. Sasori traerá a su abuela. ¡Espero y nos alcance!
—¿Los hornearás?, ¿Por qué no fritos?, sabes que a papá le encanta lo grasoso.
—Y por eso salió con el colesterol al tope.
—¿En serio?
—No. Sin embargo, el médico le recomendó no atenerse a su contextura delgada, ya que eso no es sinónimo de buena condición física.
—¿Por qué no los encargaste a KFC? (1)
—Lo creas o no, hay que reservarlos con dos meses de anticipación debido a la demanda, además, el servicio expreso no viene a estas partes y no les iba decir alguno de ustedes que lo trajera de la capital o ¿querías dejar el colectivo aromatizado a pollo frito?
—¡Paso!, ¿Ya preparaste el kurisumasu kēiki? (2)
—No. ¡La batidora te está esperando! —acotó mamá, quién adoraba mis pasteles y de paso evitarse la fatiga.
Me levanté de un tiro para rebuscar en la alacena. —Tienes harina, huevos, esencia de vainilla, azúcar… —¿No veo fresas por ningún lado?
—¡Las olvidé, cariño!
—Iré al mercado a comprarlas, pero primero voy a poner mi maleta en mi habitación.
—No tardes, recuerda que también necesito el horno y si no te apuras el bizcocho no estará a tiempo.
—¡Deja a la niña tranquila, mujer! —dijo el gran amor de mi vida, acercándose por la boca de entrada a la cocina. —¿Cómo has estado, preciosa? —me preguntó, dándome un beso en la frente.
—¡Bien por dicha, papi! —dije con algarabía estrechándome a él.
—¿A tu padre si lo saludas como debe de ser? —vociferó mamá. —¡Una cosa más, jovencita! —. Tengo prácticamente listo el vestido que me pediste, solo falta que te lo midas y entallarlo.
—¡Genial! —bramé de felicidad, con mi mochila al hombro, subiendo las escaleras. Dejando a mi madre regañando a papá por golosear lo que cocinaba en la estufa.
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Cuando llegué a mi antigua habitación, tiré mi mochila a la vieja mecedora y yo me arrojé a mi cama. —Por un rato contemplé el cielorraso cubierto por afiches de "Black Eyed Peas", "Green Day" y "Avril Lavigne", quienes fueron mis artistas favoritos en mi adolescencia. Todo estaba tal cual lo dejé unos años atrás. —«aún las paredes son lilas»— pensé. — Saqué mi móvil del bolsillo de mi pantalon, para ver, una vez más, la captura de imagen que tomé de la fotografía del chico de la plaza de Cibeles. Siento empatía, por él, por esa voz cansina, por el hombre a espaldas, por un sujeto que no tengo la remota idea como sea. —Me gusta tomarme la libertad de soñar con que, en un futuro cercano, en el momento menos pensado, él y yo estaremos frente a frente. Guardo mi móvil, saco algo de ropa de mi mochila y me dirijo al tocador para tomarme una refrescante ducha.
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Estoy a unos cinco minutos del mercado central del pueblo. Pedaleo y pedaleo, saludando a cuanto transeúnte y vecino me encuentro en el camino; voy en bicicleta, respirando aire puro, con mis cuatro coletas siendo remolineadas por el viento, reviviendo viejos tiempos. Parqueo la bicicleta y activo el parquímetro, camino sintiendo mi energía revitalizada, me adentro al mercado, estaba atiburrado tanto por clientes como por comerciantes; compro el resto de ingredientes para el pastel navideño, con víveres en mano y sin prestar atención al entorno, me giro para salir del local chocando con una persona.
—¡Disculpe! No me fije por donde… —las palabras quedaron en el aire y mi boca se deslizó hacia abajo. De todas las personas tenía que venir a toparme con él.
—¡Temari! —musitó el hombre con los ojos desorbitados.
No había duda. Era él. El hombre que se llevó mi doncellez. Mi primer novio.
«¡Puaj!»—esa exclamación de asco era la única que pasaba por mi mente.
—¡Cómo has estado? —preguntó con curiosidad.
«A este idiota se le habrá olvidado que no terminamos bien. ¡Por él!» —Muy bien Daimaru, ¿Y tú? —contesté con decencia.
—No me puedo quejar. ¿Te vez muy bien?
Puse mis ojos en blanco. Este sin vergüenza es de los que delante de su pareja ni te corresponde un saludo de cortesía, pero lejos de estas quieren saber hasta el color de tus calzones. ¡idiotas! —¡Y así me siento! Completamente poderosa y mejor que nunca. —respondí con barbilla levantada incluida.
¡Caradura! De seguro y como típico macho cabrío, esperaba verme hecha una desgracia para vanagloriarse. ¿Hasta cuando los hombres superaran su complejo de indispensables para la vida de una mujer?
—Un día me encontré con Sasori y le pregunté por ti. Me dijo que estabas estudiando y trabajando. Que bueno. Me alegro por ti.
—Sí, ya casi me graduó. Ahora si me disculpas, tengo un pastel por hacer. —¡Hasta luego! —corté la conversación con el sujeto que le valió madre montarme una cachamenta del tamaño de Alce. Giré sobre mis talones para marcharme por el lado contrario.
—¿Interrumpo? —se escuchó decir a espaldas del troglodita de mi ex.
Noté que como al gran hombre se le desvanecía el color de la cara.
—¡Amor ven! —dijo el grandulón atrayendo a la mujer en medio de nosotros dos. —Ella es Sabaku no Temari, mi… e… mi a…. la hija de unos vecinos.
—¿Así que esta es la tal Temari? —soltó la castaña escaneándome de arriba abajo y con cara de culo.
—¡Mujer! —le regañó el imbécil quién una vez fue la razón de mis suspiros.
—¿La tal? —no pude evitar decir. —¿La… tal? —reiteré con incredulidad ante lo dicho por la bruja. —No tengo el disgusto de conocerla…
—Soy Umōji Fugake. La esposa de Daimaru.
Lo que me faltaba… que me planten una escena de celos por un pelafustán que no me inspira siquiera rascarme la cabeza. Para peores males la mujercita de Daimaru le dio por subirle el tono a su chillante voz y la muchedumbre comenzaba a conglomerarse a nuestro alrededor.
—El escaso tiempo que tengo con mi familia me es muy valioso como para perderlo con una celosa que se imagina cosas donde no las hay. Si me disculpan… ¡adiós! —corté.
—No me gusta que converses con la fulana esta. —exclamó la medio metro.
La escuché decirle y esa fue la gota que derramó el vaso.
—¿Cómo me llamaste?
—Mujer te recomiendo no meterte con ella. ¡Es de armas tomar! —le aconsejó el mastodonte a su mujer, jalándola hacia atrás.
—¡No le tengo miedo!
—¡Ay no seas estúpida mujer! si este idiota te está poniendo el cuerno, en definitiva, no es conmigo, ni siquiera vivo acá. —le dije para enfurecerla más y le armara la gorda a Daimaru. ¡Él me la debía y era hora de que pagara! —Lo mío con esa cosa que llamas marido fue de chavales, además fue él quien me dejó o más bien me acomodó un par de cuernos con media secundaria. Ahora cierra la maldita boca antes de que te dé quince patadas en el trasero como obsequió de navidad, ¿entendiste?
—¿Crees que es lindo que te comparen con la ex de tu marido? —No existe una maldita vez que vaya de visita donde la familia de mi marido y no escuche a mi suegra y mis cuñadas… Temari aquí. Temari allá. Temari esto. Temari lo otro.
—¿Y yo que tengo que ver con ello? —chillé con mis manos en jarra y la ceja izquierda arqueada. —Anda a reclamarle a ellas. No a mí. —Tu marido hace muchísimos años atrás que me vale un soberano asterisco. Si quieres te lo envuelvo en papel de regalo. Es todo tuyo. —rugí para marcharme antes de que mi paciencia se fuese al traste y terminara por golpearles la cara a los dos.
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Luego de mi bochornoso encuentro con el señor y la señora mandril, tomé mi retorno a casa de mis padres, roja de ira acumulada para no terminar de hacer el ridículo en medio mercado. Ya en casa, mi madre me preguntó el porque me había tardado. No contesté, me fui directo a la cocina, tomé un recipiente grande y hondo para cernir la harina y demás ingredientes, pero mamá, siendo una artista de las artes del camuflaje interrogativo, se sentó a picar cebolla y entablar conversación conmigo hasta que, entre acotaciones esporádicas, acabé por evidenciarme y solté la sopa.
—Debiste ser agente de la CIA. —me burlé de mi madre.
—Soy tu madre cariño. Puedes mentirle al mundo entero si así lo quieres, pero nunca a tu madre. Nosotras sabemos con el mínimo gesto que les molesta o les agrada. Tu lo aprenderás a su debido tiempo.
—No creo que desarrolle esa habilidad.
—Cuando seas madre hablamos, cielo. —acotó mamá levantándose con una sonrisa tierna adornando su rostro, para después tomar las manoplas, abrir la hornilla y checar el pollo. —Prepararé café, ¿quieres? —inquirió la matrona de los Sabaku no.
—¡Creí que no lo dirías!
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Papá, mamá y yo; acomodamos sillas, la mesa, manteles y demás artilugios para que todo estuviese listo cuando llegaran los chicos. Después, me fui a mi recamara para tomar una muy merecida ducha, saqué un abrigo de cuello alto, un pantalón negro a dúo con el abrigo, pero una vez puesto supe que infartará a mi padre y mis hermanos en cuanto lo vean. No es que no me luzca. Todo lo contrario, se ciñe como pantimedia sobre cadera y piernas. —¡No fue mi mejor opción! Ni modo, no traía otra muda apta para la ocasión. Tomé prestadas la plancha y secadora de cabello de mamá, coloqué unos zarcillos muy coquetos en mis orejas, me maquillé la cara en un tono suave, pero encendí mi boca con un rojo a tono a la navidad; me puse unas botas color café, una bufanda carmesí y me unté perfume. Ya estaba lista para bajar a cenar con mis seres queridos.
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Bajé deslizándome por el pasamanos de las escaleras. Una vieja manía mía y de mis hermanos. Papá al ver mi acto de chiquillada no soportó y soltó a reír. Me fui encarrera a colocar mi regalo de intercambio bajo el árbol. En ese preciso momento el timbre de la entrada sonó, anunciando la llegada de las visitas, me acerqué a la puerta donde mis padres ya esperaban a sus vástagos.
—¡Ni se te ocurra sacudirme el cabello! —amenacé a Kankuro, quien fue le primero en saludarme. —¡Lo vengo de alisar!
—¿Prefieres tu cabello a tu hermano? —inquirió.
—Puedes saludarme de otra forma, ¿no?
—¡Ven acá quejumbrosa! —dijo alzándome desde mi cintura.
—¡Bájala ya! —musitó Sasori. —¡Es mi turno!
—¿Creí que venías a mi rescate?
—¡Pues te equivocas!
Y de nueva cuenta estaba entre los brazos de un hombre. Lastimosamente para mí, era abrazos fraternales, hasta un tanto bruscos. No el contacto de un buenmozo caballero que me haga estremecer en delicia.
Papá regañó a los chicos por siempre tomarme como una muñeca de trapo, y los sentenció a no hacer los mismo con mamá o se la verían con él. No se dejen llevar por la apariencia y contextura media del señor Rasa, las tres veces que lo he visto pelear a dejado muy mal parados a sus contrincantes.
El único en no ser tan efusivo a la hora de expresar sentimientos es Gaara, quien fue el último en saludar por estar conversando con una vecina y antigua novia.
La saludé desde lejos, con asentimiento de cabeza. Ella correspondió a mi saludo, pero su rostro reflejaba dolor. Orgullo herido y arrepentimiento por aquello que fue y por decisiones erróneas, no volverá a ser.
El más pelirrojo, inmediatamente abrazó a mamá. Era el benjamín de la familia y no superaba su complejo de Edipo. Para él, mi madre lo significaba todo, luego saludó a papá y, por último, a mí.
—¿Cómo estás? —los cinco ahí reunidos casi caímos de espaldas cuando esa pregunta salió de la boca del menor.
Una enorme sonrisa se dibujó en mi cara —¡De maravilla!
El hermoso gesto por parte de mi enano favorito eclipsó a todos por igual. El chico problema, el que no salía de la oficina del director por siempre pelear con cuanto atorrante se asomase, había crecido. Físicamente y emocionalmente era otro completamente. El que Matsuri lo hubiese dejado por irse tras el chico del momento, lo catapultaron a desalojar a los inquilinos de su casa e irse a vivir lejos del nido, el corazón roto y el cambio de escenario lo hicieron madurar. Al menos en ese aspecto.
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Mamá nos sentó a la mesa. Papá fue a ayudarle a traer los pollos, incluso de llegar a su destino el olor que desprendían era sencillamente sublime.
—¡Pido un muslo! —exigió Kankuro.
—¡Oe, que primero se le sirve al mayor! —vociferó Sasori.
—¡Paren los dos de pelear! —regañó mamá. —¡Siempre es lo mismo con este par! El primer platillo es para su padre. ¡respeten! —exigió.
—¡Hai! —respondieron los dos al unísono.
—¡Gracias, cariño! —agradeció papá en cuanto mi madre le sirvió la cena. —¡Las ventajas de ser el hombre de la casa! —bromeó papá a espaldas de mi madre.
—¡¿Perdón?! —¡Chicos! Creo que su padre hará de guardia en el taller. —sentenció mamá con los brazos en jarra.
Ayudé a mamá con la comitiva de llenar los platos de los cuatro glotones varones. Sobre la mesa estaban los pollos asados, patata al eneldo, puré de calabaza, alverjas y no podía faltar el ponche secreto de papá. Una delicia para el paladar y un atentado terrorista para tu salud mental, si no es tomado con moderación.
El brindis fue dirigido por mi padre, quien, abrazado a mamá, dieron las gracias por una navidad más, al lado de sus hijos, con la esperanza de que la tradición no se rompa, y que, por el contrario, más personas se unan a ella.
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La cena estuvo exquisita, era el momento de que el postre hiciera su aparición para endulzar nuestras vidas. Fui por él al frigorífico, Sasori vino ayudarme.
—Toma unos platos del mueble aéreo. —le dije.
—Dame un minuto, primero quiero darte esto. —acotó él dándome una pequeña bolsita de regalo.
—Pero, ¿El intercambio es hasta la media noche? —inquirí.
—Esto no es parte del intercambio. Te lo envía mi abuela y me hizo jurarle que te lo entregaría cuando estuvieses absolutamente sola.
—¿Por qué la abuela Chiyo no vino? Nunca se pierde esta festividad con nosotros.
—Los chicos y nuestros padres me han preguntado lo mismo. Solo a Kankuro, Gaara y a ti, les he dicho lo siguiente—: Me temo que la abuela anda de oji alegre con un carcamán de la casa de retiro.
—Con que el próximo año traerá un abuelo nuevo para ti bajo el brazo. —dije en sorna.
—¡Vete a la mierda, Tema! —respondió con cara de pocos amigos.
—¡Vete tú! —repliqué. —¿Qué es? —pregunté por el contenido de la bolsa.
—¡Y yo que sé! Tal vez una pócima mágica que te quite lo amargada y encuentres novio de una vez por todas. —¡Ay! —chilló en respuesta por el tremendo puñetazo que le di en su hombro.
—¡Eso te pasa por idiota! —gruñí abriendo el obsequio. —Chillé de alegría al verlo. Eran dulces de castañas, receta casera y especial de la abuela Chiyo. No pude resistir no llevarme uno de esos pequeños caramelos a la boca. —¡Aplaudí de felicidad!
—¿Dame uno? —exigió Sasori.
—¡Uno! —sentencié con un dolor en el alma al ver como se llevaba mi preciado manjar a la boca.
—¡Wow, que dadivosa! —¿Qué onda con ese traje? —inquirió el mayor de los jengibres. —Andas más tallada que la tanga de una striper.
«Me sonrojé. Lo había notado.»
—Espero que solo tú lo notaras, pero no traje otra muda. No acorde. —expliqué.
—¡Error, hermanita! Todos lo notamos, los chicos, papá incluso mamá. Creo que el viejo fue a tomar un antiácido, no por la ingesta de comida sino por verte con eso que llamas pantalón. "Aniquila hombres", deberías decirle. —¡Ay!, ¡Deja de golpearme! —musitó.
—¡Eso te pasa por baboso! —refunfuñé.
—¡Oe! Se les ha perdido el camino de regreso, o ¿qué? —gruñó el adicto al azúcar de papá. De ahí mi manía por los dulces.
—¡Ya vamos! —exclamé en respuesta. —Trae la espátula, las servilletas y los platos—le dije a mi hermano mientras caminaba rumbo al comedor izando el molde con el postre.
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Luego de recibir felicitaciones de parte de mi familia por tan majestuoso pastel. Nos sentamos en la sala, charlamos y reímos al recordar travesuras de pequeños, cada minuto nos acercaba a la hora cero.
—¡Bien! Es hora de intercambiar regalos. —señaló mamá.
La tradición era que mis padres intercambiaban entre ellos, el meollo estaba entre nosotros cuatro. Luego de las muestras de cariño de ambos y los vítores de nosotros, los cuales hicieron que se sonrojasen y que recibiéramos una buena bronca por parte de mi padre.
Sasori, al ser el mayor, fue el primer en declamar sus deseos y entregarle el obsequio a Gaara. Seguidamente, Gaara le dio el presente a Kankuro; este último debía entregarme a mí o a Sasori. El grandote se levantó, tomo una pequeña cajita bajo el árbol y aulló mi nombre con alegría. Me levanté para recibir mi presente y un fuerte abrazo de mi hermano del medio.
—Esto es para ti, hermanita.
—¿Para mí? ¡Gracias!
—¡Ábrelo!
Me di a la tarea de romper la envoltura. Mis ojos no daban crédito a lo que tenían en frente. —Pero, ¿cómo le hiciste? ¡Son muy costosas! —musité anonadada.
—¿Qué? ¿Esa pulsera? …Lamento desilusionarte hermanita. Es imitación. Lee bien la caja.
—Cerré la caja que contenía la pulsera para leer la inscripción sobre la tapa. No había duda, Kankuro estaba en lo cierto, había una "r" de más. No dice "PANDORA", sino, "PANDORRA". No negaré que me decepcioné. He querido comprarme una de esas pulseras, pero su costo equivale a la matrícula y al menos una materia de mi carrera. «La intención es lo que cuenta, ¿no?» —Y que un desgarbado como Kankuro se tomé su tiempo para elegir algo de chicas, es mucho que desear, sin contar que, modestia y aparte, la copia es de excelente calidad. Le di su intercambio a mi hermano Sasori y este me ayudó a colocarme la pulsera en mi muñeca.
Cuando el reloj marcó la media noche, nos dimos un abrazo grupal. Mamá. Como es usual, soltó a llorar, estuvimos sentados dos horas más, bromeando y celebrando el simple hecho de estar vivos y ahí reunidos con las personas más especiales de nuestras vidas.
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Por increíble que parezca, los hombres de la casa se dieron a la tarea de limpiar, lavar y recoger todo el desorden; papá sacó una botella de vino, sirviendo un poco del elixir a cada uno mientras ellos aseaban nosotras estábamos sentadas viéndolos hacer y dirigiéndolos.
Un rato más tarde, nos fuimos a dormir. Yo fui a ponerme un pijama bien abrigador, los vientos y la nieve se hacían presentes. Me quité el maquillaje, cepillé mis dientes, y salí de puntitas mi camita suave y calientita. Moldeé mi vieja almohada a mi gusto, y recé una plegaria en agradecimiento.
Estaba adentrándome a los dominios del amo de los sueños cuando el maldito repiqueteo de mi móvil me abstrajo de ahí.
Abrí mis ojos, palpé mi móvil sobre la mesita de noche y vi que la llamada entrante era un número larguísimo y desconocido.
De seguro es equivocado o alguna de las chicas para desearme, ¡Feliz Navidad!
—¡Bueno!
—¡Oe, problemática! Es más fácil hablar al vaticano que comunicarse contigo.
Di un respingo y me incliné hacia al frente al reconocer aquella tediosa voz.
¡No puede ser! - fue el único pensamiento activo en mi cabeza en ese preciso momento.
Sí. Lo sé. ¡Lo sé!
La navidad hace casi quince días que pasó, pero bueno nunca es tarde. Acá tienen una entrega más de esta historia, espero sea de su agrado. Muchas gracias por la paciencia que me han tenido, además de sus buenos deseos.
Capítulo dedicado a ANABELITA, Karitnis- san y una personita que se llama Wen Gavo, infinitas gracias por seguir este trabajo. Besos y abrazos para ambas.
Hasta la próxima Dios mediante. ¡Los quiero!
(1) Bien saben que KFC, son las siglas de Kentuchy Fried Chicken una franquicia de restaurantes de comida rápida. Lo interesante de esto es que para hacer este capítulo un tanto acorde a la realidad de Japón, me di a la tarea de investigar como celebran sus ciudadanos la festividad navideña, y encontré muchas similitudes con el occidente. También, leí que, efectivamente, los japoneses hacen reservaciones incluso dos meses antes a KFC para encargar el pollo navideño, que para esta época los paquetes o combos de piezas de pollo tienen una alta demanda en dicha nación. Comer KFC en época decembrinas en Japón es todo un
(2) kurisumasu kēiki, es como se llama comúnmente al pastel tradicional navideño japonés.
Quise enfocar un poco la cotidianidad de la vida de Temari. Su interacción con el entorno familia, más adelante se dará cuenta del por qué. Asimismo, quise narrar el ataque de celos por parte de la esposa de Daimaru, porque creo que a muchas nos ha sucedido un bochorno así, ¿no?
En lo personal, tengo casi 16 años de haber terminado con mi primer novio y la que es hoy su esposa, no sé cómo carajos se enteró, y cuando, por casualidades de la vida, nos topamos en algún lugar y ella va con él, pues a la mujer le da por poner ojos de AK-47; que, si las miradas matasen, yo ya estuviera 20 metros bajo tierra. ¿A ustedes les ha sucedido algo parecido?
