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Capítulo 7: Escape de Telián.

Makoto siempre recordaba las palabras de su madre: "Todo aquel que nace en Telián, muere en él". Así había ocurrido con sus padres, quienes un día partieron a buscar la caza del día, pero volvieron en ataúdes, siendo cargados por guardias reales.

Tuvo que crecer sola y aprender de Telián a través de los años. Pero ahora cargaba en una carreta todos sus recuerdos y posesiones, ya que partiría muy lejos.

Lo que antes había sido su hogar, ahora eran ruinas destrozadas acompañando una rara escultura de hielo.

- Ésta es la última. – Dejó el baúl con su ropa, acomodándolo al lado de los cajones de vegetales. Tuvo que parar a respirar hondo, a todo pulmón, ya que se había vuelto a marear. La herida en su cabeza le dolía bastante, pero tenía que continuar con todo, ya no había vuelta atrás. - ¿Quién será un buen caballo y ayudará a su dueña a escapar del maldito y árido Telián junto a una extraña que puede invocar letales púas de hielo? – El escuálido animal relinchaba al ver a la castaña junto a él. - ¡Sí, tú serás! – Realmente esperaba que lo hiciera. – ¡Todo listo, ya vámonos! – Gritó llamando a Ami.

La joven apareció luego de unos segundos usando una larga túnica celeste que le llegaba hasta los pies.

- Veo que la túnica te quedó perfecta. –

- Yo la encuentro larga. –

- Por eso es perfecta. – Makoto la encontró en el fondo del baúl y pensó que sería bastante útil para ocultar la identidad de Ami. – Mientras viajemos por el desierto deberás usar siempre la capucha, solo así podremos ir tranquilas. – Volvió a sentir unas punzadas y una de sus manos fue a parar a la venda que cubría su herida.

- Hace bastante calor para usar la capucha todo el tiempo. –

- ¡Pero solo así nadie sabrá que eres la joven que busca la Reina! –

- Gritarlo hará que el propósito de la túnica pierda su sentido. – La azabache tenía razón, pero Makoto se había dado el tiempo de dar unas vueltas y ver que nadie anduviera por allí espiándolas o escuchando sus conversaciones. Realmente nadie más podía enterarse de la actual reputación de Ami.

- ¿Y a dónde iremos? – Preguntó la joven del collar.

- Vamos a ir a Lebiatis. – Dijo Makoto, respondiendo a la duda de su compañera. – Es el lugar más cercano, está a dos días de acá. Allí podremos escapar de la Reina. – Aunque no sabía realmente cuál de todas las reinas del planeta deseaba hacerse de Ami. – Será un viaje duro, pero valdrá la pena. – Por tercera vez volvió a sentir dolor, pero ahora solo hizo una mueca, tratando de no darle mayor importancia.

Ami subió a la carreta y se aseguró de que su melena azulada fuera cubierta totalmente por la capucha de la túnica.

- No te presiones tanto. Si llegas a sentir dolor en tu frente nuevamente, debemos parar y descansar. –

- Está bien. – Makoto subió al caballo y tomó las riendas. – El gran oasis nos espera. -


Capítulo 8: Pesadillas y sueños.

El suelo de Telián se abría bajo sus pies. Era como ver el vidrio quebrarse y comenzar a caer en un abismo oscuro. Abajo, esperando los restos del desierto, esperaba una enorme boca de dientes afilados. Deseaba tragarse todo, incluso a ella.

- ¡Ami! – La voz de Makoto la hizo reaccionar y se dio la vuelta. La castaña venía corriendo apresurada, pero para su mala fortuna, un gran agujero apareció debajo de ella. - ¡AHHHH! – Una de sus manos fue agarrada a tiempo por su compañera.

- ¡Makoto, sostente! – Pedía la otra chica. - ¡Te voy a sacar de acá! –

La voraz boca que se abría esperando a su víctima, clamaba ver a la castaña caer.

- No podrás salvarte… - Makoto debía tomar una decisión rápidamente o ambas podían morir. – Fue agradable conocerte, Ami. – Comenzó a balancearse y su peso no podía ser soportado por la otra chica.

- ¡No lo hagas! – Pedía Ami entre sollozos. - ¡Debemos ir a Lebiatis! – Se le estaba arrancando de las manos. - ¡MAKOTO! – Ya no era abismo lo que sus ojos veían. El cielo estrellado se abría ante ellos, iluminando su mente y aclarándole todo: Había sido una pesadilla.

Telián seguía allí, nada había cambiado o se había destruido.

- ¿Todo bien, Ami? – La voz la reconoció, así que se sentó en la carreta que estuvo ocupando para dormir y notó a Makoto viéndola preocupada. – Esos gritos me hacen creer que tu sueño no estaba siendo plácido. –

- Ya no importa. – Dijo la chica destapándose y bajándose de la carreta. - ¿Qué haces? – La castaña estaba frente a una gran fogata y con una de sus manos movía lentamente un cucharón, revolviendo quizás la cena de aquella noche. - ¿Otro tipo de sopa? –

- Sí. – Dijo sonriente Makoto. – Tiene patatas y cebollas. – De un gran bolso de tela sacó luego unas hierbas y las lanzó en la olla. – Con un toque especial. – Vio que Ami estaba muy callada observando el suelo. - ¡Ya despierta y ven acá! – La chica dio palmadas en el suelo, justo al lado de ella. - ¡Cerca de la fogata es más agradable! –

Cuando la cena estuvo lista, Makoto sirvió para ambas y comieron tranquilas.

- Mira que hay allá. – La habitante del desierto apuntó a unas rocas que habían cerca.

- ¿Qué cosa? Yo no veo na… ¡Oh! – De entre ellas se asomó una cabeza pequeña. Era un animal de ojos brillante y se quedó observando a las dos chicas.

- Es un roedor dorado. – Explicó la castaña. – Son nativos del desierto y siempre aparecen cuando cocinas algo. Tienen un olfato muy desarrollado, igual que la vista, la cual les sirve para ver incluso de noche. –

La pequeña criatura seguía escondida entre las rocas.

- ¿Quieres un poco? – Ami ofreció de su pan al animal.

- No vendrá, son muy tímidos… - El roedor abandonó su escondite y se acercó con cautela hasta el lado de Ami.

- Anda, come tranquilo. – La joven del collar estaba feliz al ver que el animal disfrutaba del pan. – Makoto lo hizo, debes estar agradecido de ella. –

- ¡Mi pan se lo acabas de dar a una rata gigante! – Pero por otra parte, el animal parecía apreciar su comida. – Aunque sabes qué, bien rellenitos y con lo mismo que estamos comiendo ahora, estas cosas son muy sabrosas. –

- No puedes estar hablando en serio… – Ami abrazó al peludo animal, como protegiéndolo de la mirada de Makoto. - ¡¿Cómo te puedes comer a una criatura tan tierna?! –

- De alguna parte hay que sacar carne... – La mirada de la otra chica se mostraba dolida. - ¡Bromeaba, no hablo en serio! –

- Eso espero, ya que quiero quedármelo. –

- ¡¿QUÉ?! – No iban a andar por el desierto cargando un roedor dorado como mascota. - ¡Esa cosa irá con nosotras solo si al final del viaje nos sirve como cena! –

- ¡Me dijiste que no te los comías, malvada! – El animal se soltó del agarre de Ami y salió corriendo a perderse por la noche y la arena. - ¿Ves lo que hiciste? Se asustó. –

- Claro… – Pero tan rápido como se fue, el roedor volvió, ahora acompañado de una manada de su misma especie. Eran aproximadamente doce, algunos más grandes que otros. Incluso habían algunas madres cargando en el lomo a sus crías. – Genial, tenía familia. –

- Al parecer tenemos nuevos compañeros de viaje. – Ami podía quedarse con todos los roedores dorados que quisiera.


- ¿Quién iba a pensar que sirven como almohada? – La carreta estaba llena por donde vieras de roedores dorados. Por suerte, Makoto encontró un buen uso para los animales. Bueno, además de comerlos en algún futuro distante.

- Con todos ellos acostados junto a nosotras ya no siento frío. – Ami también utilizaba a uno como almohada. – Makoto… -

- Dime. –

- ¿Telián algún día podría desaparecer en un gran agujero negro? –

La castaña se volteó en su lugar y quedó observando el perfil de Ami. La joven del collar miraba las estrellas mientras acariciaba uno de los peludos animales que dormía sobre ella.

- ¿De eso trató tu sueño? –

- Diría más bien que fue una pesadilla. – Ami dejó al adormilado animal a un lado y se volteó para ver a Makoto directamente a los ojos. – He tenido muchas pesadillas y se sienten muy reales. Algunas veces veo que tu planeta se destruye. –

- ¿Destruirse? –

- Sí, como si fuera un cascarón. Siempre termina cayendo en un abismo oscuro. –

La castaña se puso a reír.

- Recuerdo que mi mamá decía que este planeta era hermoso. – Incluso, si Makoto se concentraba, podía escuchar la voz de su madre contándole las historias que solía relatarle cuando era pequeña. – Me decía que antes existían grandes masas de agua llamadas mares. Allí vivían muchos tipos de animales que la gente podía recoger para comer. ¿Te imaginas? Roedores nadadores, aves marinas, insectos de agua. – La sola idea la maravillaba. – La lluvia no era un capricho del cielo, era una bendición de todos los días. Llenaba de vida el suelo y hacía que creciera verde por todas partes… - Makoto refregó sus ojos y bostezó. – Habían variedades de… árboles… - Acomodó su cabeza en el suave pelaje del animal que le servía como almohada.

- ¿Makoto? –

- Sí, muchos árboles… diferentes frutas y vegetales… - Otro bostezo. – Era un paraíso y mis padres pudieron conocerlo… - Un paraíso que ella nunca pudo vivir. - Me gustaría que todo... fuera así... - Las palabras cesaron y sus ojos terminaron completamente cerrados. Se había quedado profundamente dormida, dejando a la otra chica observándola en silencio.

– ... – Una de sus manos acomodó con cuidado un mechón de cabello que molestaba la visión del rostro de la castaña. - Déjamelo todo a mí. - En silencio, Ami prometía cumplir el anhelo de Makoto.


Finalmente comenzamos la etapa del viaje a Lebiatis. Y sí, soy bastante mala con los nombres.

¡Gracias por leer! ¡Suerte!