Circulo: Vicio Tsun.


Tú + Yo= Error 404.

2. ¡La aparición de un héroe!

—Deja de mirarme así. —regañó el inglés, frunciendo el ceño en señal de molestia. —No voy a comerte.

Desde hace una hora, Lovino Vargas; su ahora compañero de habitación; lo miraba feroz, con los ojos entrecerrados. Aquello incomodaba demasiado a Arthur, siempre y cuando no le hiciera algo, él ni siquiera le prestaría la menor atención.

—¡Nadie te está viendo, imbécil! —reprochó Lovino, cruzándose de brazos, desviando la mirada. Arthur apretó sus dientes con furia. Ni una hora, ni una puta hora terminaba de pasar cuando Lovino le perdió todo el respeto.

—Cuida tu boca, a menos que quieras que te la arranque. —espetó él, enojado. Su compañero italiano se encogió sobre sí mismo, apretando los puños a sus costados. Arthur sonrió al notar su miedo.

— ¡Vete a la mierda! —chilló Lovino al ver su sonrisa, sacándole el dedo de en medio.

Fuck you!

Luego de unos minutos en calma, gracias a que Arthur entró al baño. Lovino dirigió su molestia a la puerta ya cerrada. Mucho antes de que Arthur llegará era Antonio quién le hacía compañía, abrazándolo y estrujándolo muy felizmente por estar de nuevo a su lado. Aún con fingido disgusto, Lovino aceptó sus abrazos, no sin darle uno que otro golpe claro está. No obstante, cuando le pidió quedarse a su lado el bastardo gilipollas español, llamado Antonio Fernández, le dijo que era tarde y que estaba prohibido pasar la noche en la habitación de otro alumno.

El imbécil español debía creer que era lo bastante tarado, al igual que él, para creerle semejante chorrada. ¡Seguro que iba a pasar todo el rato con los hijos de puta a los que llamaba amigos! Sí pues, ¡él era su mejor amigo! ¡No ese puto barbón ni la puta alemana de cabello blanco!

Cuando salió del baño Arthur se sintió levemente sorprendido de que el italiano mimado, que al parecer no despegaría su trasero de la cama, estuviera furioso.

—Pongamos reglas. Así sobreviviremos los dos. —suspiró Arthur.

—Me vale una mierda convivir contigo. —respondió enojado. Aún estaba molesto por sus pensamientos hacia el español, así que no le dio importancia a la conversación.

—A mí tampoco me interesa, no te hagas ideas equivocadas. —rechistó el inglés. —Stupid Italian.

Lovino plantó sus ojos verdes en los de Arthur. —Vaffanculo or 'ffanculo.

El británico quiso protestar, pero se dio cuenta que no sabía que significaba aquello, pero estaba consciente de que era una grosería. Tal vez debería traer a Francis para ver a quien de verdad le tendría que limpiar la boca, no obstante, desecho la idea al notar lo repulsiva que era.

La tensión en la habitación duro un poco más; donde Arthur, con toda y ella, tuvo que moverse por toda la habitación, para acomodar todas sus cosas, arrepintiéndose de no haberlo hecho antes. Cuando menos se dio cuenta, las luces se habían ido.

Fucking hell! —gritó, golpeando una de las mesas. Lovino pego un brinquito del susto.

— ¡Cállate imbécil gilipollas, estoy tratando de dormir! —gruñó aventando una almohada a la cabeza del inglés. Los ojos esmeraldas de este destellaron con furia, aventándosela de nuevo.

—Maldito crío de mierda, ¿no sabes con quien estás hablando? —exclamó, harto. ¿Quién se creía ese mocoso de primer año?

Lovino se tensó en su lugar, guardando silencio. Aunque claro, maldecía al inglés en su mente todo lo que podía.

Ignorando por completo al italiano, Arthur tanteó su cama con las manos. Estaba cansado así que lo más seguro es que cayera rendido cuando tocara cama, y no se equivocó, pocos minutos después de acostarse, se quedó profundamente dormido. Lovino estaba entre el punto del terror y el asco, nunca le había desagradado tanto ver dormir a alguien hasta que vio, por la luz de la luna, que el inglés dormía en puros boxers.

Después de aproximadamente dos horas, donde todo se había sucumbido en el silencio; Arthur despertó al recibir una luz directo a la cara.

— ¡Qué mierda! —histérico se sentó en la cama. Volviendo la vista al lugar de donde provenía la luz, notó que era el teléfono de Lovino, el cual obviamente ya estaba dormido; de una forma que en otra ocasión le hubiese parecido graciosa a Arthur.

El celular continúo brillando, pues al parecer le llegaban mensajes continuos al italiano. Enojado, Arthur se levantó, tomó el aparato y lo lanzó por la ventana. Quedándose este en la rama de un árbol. Y sin más, el presidente del Comité Disciplinario, de nuevo se fue a la cama.

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Comenzó a escuchar ruidos y maldiciones por eso de las cinco de la mañana. Y no queriendo, abrió los ojos. La silueta de Lovino aventando algo por la ventana no le pasó desapercibido, por lo que se sentó en la cama, frotándose un poco los ojos antes de despertarse por completo.

— ¡Quién jodidos pone una alarma tan temprano! —le espetó enojado. Arthur abrió aún más los ojos.

— ¿Lanzaste mi despertador por la ventana? —preguntó, anonado.

— ¡Tú que crees, pendejo! —contestó, metiéndose a la cama de nuevo. O no, eso sí que no. Levantándose de las tibias colchas, fue hasta la cama de Lovino y jaló sus cobijas, provocando que cayera al suelo.

Stupid Italian, coward. Fuking you! —aventándole de nuevo la cobija, se fue directo a la cama, sin embargo no conto con que el italiano le tomará del tobillo y lo halará hacía si, causando que cayera de boca al suelo.

Cazzo me stupido inglese—masculló, con la cabeza escondida en las sombras de la cobija.

Bien, de todas maneras, Arthur ya se había esperado algo como eso.

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Cuando Antonio miró a Lovino salir acompañado de Arthur, frunció el ceño, lo cual no pasó desapercibido por Francis, quien sonrió con malicia.

—Parece que no están peleándose cómo lo imaginaste, Toño. —susurró, mirando como Arthur se irritaba con el simple hecho de verlo. —Tal vez se lleven mejor de lo que crees.

— ¡No digas algo tan repugnante, Francis! —pidió, molesto. — ¡Lovi!

El italiano lo miró colérico. No estaba de muy buen humor como para soportar todos esos brillos y gritos que desprendía Antonio; y es que, todo lo contrario, a lo que Francis había dicho, Arthur y él estaban lejos de llevarse bien.

La pelea había llegado más lejos de lo pensado, claro, no a golpes. No obstante, habían tirado casi todas las cosas del otro por la ventana, y todo empeoro cuando Arthur le gritó que lanzó su teléfono por la ventana; Lovino no pudo contenerse más y tiró todos los libros de Arthur, quien no se quedándose de brazos cruzados, hizo lo mismo.

Pararon cuando lo único que tenían para lanzar era el otro.

—Arthur, mon amour~¿Cómo te la has pasado con el delicioso Lovino? —preguntó Francis, pasando un brazo por los hombros del más bajo. — ¿Le has mirado mientras se cambiaba?

Una mueca de asco se dibujó en las caras de Lovino y Arthur. — ¡Claro que no, enfermo! —gritó, dándole un manotazo para que lo dejara ir.

— ¿No te ha hecho nada malo, Lovi? —preguntó el español, tomándolo del mentón. La cara del italiano enrojeció de golpe.

¿Por quién me toman estos idiotas? —se preguntó Arthur con mala cara, con un suspiro y, convenciéndose de que le daba igual, aceleró su paso, aunque fue en vano, pues el francés iba tras de él.

Antonio, sin embargo, sólo se concentró en la cara roja de Lovino, la cual era igual que un tomate. — ¡Qué lindo, Lovi!

— ¡Vete a la mierda! —fue su respuesta al momento que le daba un puñetazo en el rostro. Antonio se llevó una mano a la cara con los ojos acuosos.

— ¡Lovi!

— ¡Jodete!

Ya sin esperar por el español, aceleró su paso hasta la salida de los dormitorios. Por supuesto Antonio no espero para seguirlo, con su gran sonrisa en el rostro.

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Cuando Lovino llego a su salón entró sin prestarle atención a nadie. Con ayuda de Antonio y Francis recogió la mayoría de cosas, por supuesto a Arthur le fue más difícil porque nadie le ayudaba, aunque Lovino hubiese preferido que el francés le estorbara a este y no a él. Situándose en el asiento de atrás, pegado a la ventana; sin embargo, cuando se sentó, volvió a pararse de golpe al sentir un suave viento soplarle en la nuca.

— ¡Pero qué mierda!

No se había dado cuenta de cuando, pero otro chico había ocupado el lugar. Sus ojos se ampliaron con sorpresa, estaba seguro de que no había nadie ahí.

L-Lo siento…—dijo, con una voz casi inaudible.

Lovino lo miró con recelo y se situó en el asiento de adelante. La verdad es que no le importaba estar hasta atrás, solo con poder observar la ventana fingiendo prestar atención a clases le bastaba. Aunque casi se caga en los pantalones cuando notó al chico detrás de él, ¿acaso el bastardo tenía problemas de invisibilidad o qué?

El sonido de la campana y el profesor entrando lo distrajeron de sus pensamientos. Así que sin mucho ánimo sacó sus libros, pues si no fuera por el bastardo de Arthur se habría saltado esta y la siguiente clase.

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El día no pudo esmerarse en joderlo cada vez más; primero con lo de Arthur, después con el chico invisible y ahora, eso.

—Soy de primer año. —gruñó, intentando lo más posible no mandar al profesor directo a la mierda.

—Pues tu credencial dice que estas en segundo. —contestó el hombre, de más de cincuenta años.

— ¡Eso es porque se equivocaron y no me la quisieron cambiar!—protestó, apretando con todas sus fuerzas la credencial.

Ciertamente no quería entrar a la cafetería, pues sabía que se encontraría con el bastardo de Feliciano y al macho patatas que este llamaba a amigo, hermano del imbécil Gilbert. Pero estaba prohibido estar en el aula o en los jardines a la hora del almuerzo.

—Ve a la cafetería de segundo. Allí podrás comer. —ordenó el hombre, atendiendo a otro estudiante.

— ¡Váyase a la mierda! —estalló, y dando media vuelta, se echó a correr.

Cuando llegó al segundo piso se encontró con una mujer de mediana edad, con una muy mala cara, así que sin decir nada enseño la credencial y se le permitió la entrada. Lo primero que vio era que tenía un color azulado a comparación de la otra, que era color crema. Debía encontrar a Antonio… y no, ¡no era porque quisiera estar con él! Era preferible a pasar toda la comida sólo, aunque tal vez era mejor así, seguramente el español estaría con Francis y Gilbert, y la verdad no estaba de humor para soportarlos.

Al terminar de comprar su comida aún no encontraba a Antonio y varias personas le mandaban miradas hostiles, seguramente preguntándose qué hacía uno de primer año con ellos. Un poco desesperado por encontrar una mesa vacía y tomarla como suya, no notó como uno de los mayores le ponía el pie, y en poco tiempo quedo pegado al suelo. Las risas no tardaron en escucharse. Lovino se comenzó a levantar con dificultad, dispuesto a romperle la cara al maldito hijo de puta que le había hecho eso; pobre de él cuando su pequeño cerebro se enterara a que familia pertenecía.

Pero al darse la vuelta, dispuesto a soltar miles de maldiciones, se paralizo. El sujeto y los otros cuatro casi le doblaban el tamaño, por no decir que notó los músculos que ellos tenían.

— ¿Qué, se te perdió algo? —la voz amenazante no pasó desapercibida por Lovino.

¡Me asusta, maldición! —se gritó internamente. Y como buen italiano, huyó del lugar. No sin antes escuchar las risas de esos cinco imbéciles junto a las de toda la cafetería.

Con hambre y sintiéndose una mierda, se sentó en una de las mesas traseras, donde casi ni siquiera llegaba la luz del día. Un poco asqueado comenzó a limpiarse con las manos el alimento que tenía en la ropa, con ligeras lágrimas amontonadas en sus ojos.

—Estás en mí mesa.

Lovino pego un brincó del susto, volteando la mirada hacia atrás, notó a Arthur.

—Quítate.

—Que te den—respondió, enojado. ¡Había pasado un día de mierda! No estaba de humor para soportar al cejas creído.

Arthur frunció la boca, pero antes de contestar, observó la ropa y la expresión del italiano, seguramente era porque cuando entro a la cafetería segundos más tarde todos habían comenzado a reír. Debería hacer algo como presidente del Comité Disciplinario, mejor no, y lo ignoró.

Ya sin protestar, Arthur se sentó a su lado, sacando una pequeña caja de almuerzo. Lovino lo miró de reojo, ¿en qué jodido momento había preparado Arthur un almuerzo? El estómago del italiano lloró al ver un pequeño onigiri; el británico lo miró, alzando una ceja.

— ¿Quieres un poco?

— ¡Nadie te está pidiendo nada!

El silencio reinó por algunos minutos, donde el italiano seguía limpiándose los pocos restos de comida que le quedaban en el saco, aunque para ser francos la ropa se le había arruinado por completo. Los ojos verdes de Lovino se ampliaron con suavidad cuando vio la mitad de un onigiri y un pan medio brumoso a su lado.

—N-No tienes por qué dármelo, maldición. —murmuró, desviando la cara a un lado.

—No te confundas, no lo hago por ti. —respondió Arthur, sin mirarlo. —Tú estomago es molesto.

Idiota…—pensó Lovino, tomando el onigiri. Sabía cómo si lo hubiese preparado un Dios, sin pensarlo dos veces lo devoró. Y, pensando que el pan sabría mucho mejor, no dudo en llevárselo a la boca.

Error.

Del cielo había sido bajado al infierno. — ¡Sabe a mierda!—exclamó, escupiendo a un lado.

La cara de Arthur enrojeció de golpe. — ¡P-Pues no te lo comas! ¡N-no es como si quisiera saber tú opinión de mi comida ni nada por el estilo!

Lovino lo miró, extrañado. ¿Cómo era capaz de preparar algo tan rico para después preparar mierda? Después pensaría en eso, ahora sólo tenía que buscar algo para quitarse ese sabor de boca; así que, sin dudarlo, tomó el té de Arthur y se lo empinó.

¡De nuevo en el cielo!

— ¡Oye, idiota! —gritó, quitándole el vaso vació. — ¡Te lo has acabado!

— ¿Acaso te quieres envenenar? —preguntó, limpiándose un poco de té que se le había derramado.

— ¡No es comida envenenada! —gritó, enojado. Lovino encarnó una ceja, el inglés debería ser un adicto al dolor si comía aquello. — ¡Dámelo, última vez que te doy algo mío!

— ¿Por qué el onigiri te ha salido bien? —cuestionó, sentándose de nuevo.

—Yo no lo he hecho. ¡Deja de joder!

—El té… sabía bien. —murmuró, desviando la cara a un lado. Kirkland volvió la vista a él, sorprendido.

—N-No es que me importe tú opinión o algo así…—masculló, igual de bajo que Lovino.

Ambos se quedaron mirando a direcciones opuestas, en un silencio profundo, pero cómodo. Hasta que alguien tomó a Lovino por detrás, abrazándolo.

— ¿¡Qué crees que haces, gilipollas!?—gritó, al sentir la risita de Antonio en su oreja, su sonrojo incremento aún más cuando el español lo cargó. — ¡Bájame!

—Ya, ya. Lovi, eres malo, no me dijiste que estarías en nuestra cafetería… es más, ¿por qué estás aquí? —preguntó, devolviendo al italiano al suelo.

—No me dejaron ingresar a la cafetería de primero por mi credencial. —refunfuñó.

— ¡Qué bien! ¡Estaremos más tiempo juntos! —gritó, abrazándolo. Lo cual de nuevo hizo enrojecer a Lovino.

— ¡Suéltame, maldición! ¿No ves que estoy sucio? —protestó, empujando al español.

— ¿Qué te ha pasado Lovi? —cuestionó, para después mirar a Arthur. — ¿Acaso te hizo algo malo? ¡Te dije que…!

—Él no me hizo nada, bastardo. Al menos no ahora. —masculló, recordando la mañana.

— ¿Entonces?

—Me caí. —murmuró. Arthur lo miró encarnando una ceja, estaba seguro de que le contaría a Antonio y le haría darles una buena paliza a aquellos chicos.

—Lovi, tontito. —haciendo un puchero el español acaricio los cabellos de Lovino.

Y la campana había sonado de nuevo, dándole fin al almuerzo. Sin decir nada, Arthur se levantó y se fue, dejando a los dos castaños solos.

—Vamos, Lovi. Tenemos que ir a clase.

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Cuando terminaron las clases, Arthur se encaminó a la oficina del Comité Disciplinario, aunque era el primer día, tenía muchos papeleos que hacer, no obstante, justo cuando dio vuelta se encontró con la persona que menos quería ver.

Scott Kirkland.

Su hermano se encontraba frente a la oficina, seguramente esperando por él. Sin pensárselo mucho, se volvió a esconder detrás de la pared. ¿Qué demonios quería ese idiota con él? ¡Debería meterse en sus asuntos!

— ¡Ah, estas aquí! ¡Tú, el rey de las sombras que invaden este reino, Arthur Kirkland!—una estruendosa voz, lo sacó de su escondite, atrayendo en el proceso la atención del pelirrojo.

—Oye…—comenzó, retrocediendo por el pasillo hasta toparse contra una de las paredes contrarias.

— ¡Arthur, ríndete el increíble poder del héroe!—gritó el otro, apuntándolo con el dedo.