Circulo: Vicio Tsun.


Tú + Yo =Error 404.

3. Príncipe de las sombras.

— ¡Arthur Kirkland, ríndete al increíble poder del héroe!

Arthur paso saliva, aún sorprendido de aquella abrupta interrupción por parte del supuesto héroe. Lo miraba confuso, consternado… pronto recordó que Scott, su hermano mayor y pseudojefe, se encontraba en el mismo pasillo a unos cuantos metros de ambos. Sintió todo su cuerpo erizarse como si se tratara de un puercoespín. ¡Quién se creía ese mocoso de primer año para gritarle así! ¡Y justo delante de su hermano!

Inconvenientemente antes de que siquiera pudiera citar algo, el héroe continúo:

—Has atemorizado a los estudiantes con tus reglas y castigos, déjame decirte una cosa: ¡Tu reino demoniaco se ha terminado! —golpeándose en el pecho, añadió: — ¡Yo, Alfred F. Jones, he sido elegido para terminar con el reino de las sombras!

— ¡Qué mierda estás diciendo! —chilló poniéndose recto. El mocoso le sacaba varios centímetros, aunque no por eso se dejaría intimidar.

Los ojos azules de Alfred centellaron por debajo de sus gafas. — ¡No me engañaras con tus tretas, sé de buena fuente que eres Arthur Kirkland!

Le tembló la boca al no saber qué decir. Sin saber muy bien por qué desvió la mirada a su hermano, en busca de ayuda. Él analizaba la situación con aburrimiento, alzando una de sus cejas rojas intentando comprender que intentaba decirle sin palabras. Arthur gruñó bajito, frunciendo la boca; él muy imbécil no le prestaría ayuda.

— ¿Debo recordarte el hecho de que son los días con más trabajo, Arthur? —murmuró entre dientes. Sus ojos verdes se encontraron, sin anunciarle nada bueno al menor Kirkland sino ponía un alto al chico héroe.

Alfred se sintió ofendido al verse ignorado. Quitó su pose triunfal de héroe sin mucho ánimo, examinando la situación; el pelirrojo enojón tenía un aura mucho más potente que el rubio bilioso, era como si fuera su jefe.

— ¡Sé lo que debo hacer, maldición! —protestó, sin quitar la pose defensiva que tenía. — ¡No sé quién demonios es! —señaló a Alfred acusadoramente.

—Aún no veo que le apliques un castigo. —continuó, provocando un nuevo desvió de mirada por parte del rubio. —Sí, ya me lo suponía. Por suerte solo tendré que soportarte un año más, y no veré en que ruinas quedara Gakuen cuando tomes mi lugar.

Y pasó a su lado, con el sonido de sus zapatos resonando sobre el azulejo blanco del pasillo, hacían un eco que palpitaba en el oído de ambos rubios. Le dio un golpe con el hombro a Arthur al pasar, echándolo a un lado; él bajó la mirada recibiendo el sobre que se estrelló contra su pecho. Scott ni siquiera prestó atención a Alfred y terminó bajando por las escaleras.

Cómo lo odio…—masculló, lo suficientemente alto para que Alfred volviera la vista hacía él.

Alfred golpeó su puño izquierdo en la palma derecha, iluminando su cara. — ¡Yo estaba equivocado! —. Arthur se centró de nuevo en él, aguardando a que continuara. Si lo pensaba bien, era culpa de ese mocoso idiota que Scott se hubiese enojado con él. ¿Quería un castigo? ¡Solo tenía que decirlo! — ¡Tú eres el príncipe! ¿No es así? —preguntó, ladeando la cabeza como un cachorro. — ¡Aquel sujeto es el Rey!

— ¡Cierra la boca, idiota! ¡Todo esto es tú culpa! —reprendió molesto. —Además, ¿quién demonios eres? ¿Por qué me estas siguiendo?

—Verás…—sonrió al intentarse explicar. Inclinó un par de veces la cabeza, buscando la mejor manera. —Quería acabar con tu reinado del terror. Nunca me imaginé que no eras el villano a derrotar. Cuando ese sujeto atendió a mi padre… wuhu—silbó dando un vistazo a las escaleras. —Fue la amabilidad en persona.

—Ese sujeto, imbécil, tiene nombre. Scott Kirkland.

— ¡Ah, es tú hermano! —señaló, sorprendido. Arthur notó con sorpresa los ojos centellantes azules del otro lado de las gafas, llenos de vida, llenos de felicidad.

— ¿Te acabas de dar cuenta? —el inglés llevó una mano a su cabeza, todo el brillo logró deslumbrarlo demasiado causándole un palpitar.

—Ah… parecía un buen chico. —retomó el tema, sonriente. — Pensé que estaba siendo acosado por ti cuando menciono el riguroso Comité de Disciplina. —dijo, llevándose una mano al mentón, como si aquello de verdad fuera importante para él. — Supongo que el héroe tiene mucho trabajo por hacer.

—No tengo tiempo para tus juegos. —masculló Arthur, dirigiéndose a la oficina.

— ¡Espera, Arthur! —tomándolo del brazo, lo obligo a voltearse. El británico se tensó, observándolo sorprendido, sin duda si seguía tan cerca de esos ojos llenos de vida se comenzaría a sonrojar.

— ¿Q-Qué…?

—Me aseguraré de destronar primero al Príncipe, después iré por el Rey. —dijo, tomando una actitud seria, cosa que molesto al más pequeño. — ¡Estate preparado!

—El que tiene que estar preparado es otro…—murmuró, provocando que Alfred se acercara más al no lograrlo escuchar. — ¡Tú, mocoso idiota, ven conmigo!

Y tomándolo de la oreja, lo jaló hasta la oficina. Se aseguraría de que ese tal Alfred F. Jones, aprendiera su lugar.

—.—.—.—.—

Se estiró lo más que pudo, le dolían las plantas de los pies y juraría que se rompería un tendón si continuaba haciendo lo mismo. La rama del árbol le sacaba al menos dos metros, por lo que era casi imposible de que terminara alcanzándolo. Ese bastado lleno de cejas se las pagaría en cuanto lo encontrara. Ya se había tardado por lo menos dos horas en intentar bajar el maldito celular, y cuando fue a buscar a Antonio se lo encontró jugando con sus putos amiguitos a quién sabe qué cosa.

Intentando otra cosa, se puso de puntillas nuevamente y saltó. Lo único que logró conseguir fue lastimarse el pie al volver al suelo.

— ¡Maldición! ¿Dónde jodidos vas cuando te necesito, bastardo español? —gruñó entre dientes, volviendo a saltar. Esta vez no toco suelo, todo su cuerpo se tensó al sentir unas manos por debajo de los brazos que lo alzaban, sin esfuerzo. Lovino se replanteó su peso por un momento, la última vez estaba muy bien, quizás ya se había transformado en una pluma y él ni en cuenta.

No obstante, fue capaz de alcanzar su celular.

Lo dejaron en el suelo con la misma fragilidad con la que fue alzado. Lovino se volteó para observar quién lo ayudo, esperando en el fondo que fuera Antonio para agarrarlo a patadas por cargarlo. La persona ya se marchaba por dirección contraria, con las manos dentro de su pantalón y una enorme bufanda azul con blanca, pese al calor, ondeándose con el viento.

—Maldición… gracias…—murmuró, mirando cómo se alejaba.

Minutos después en donde el chico extraño de la bufanda se perdió por completo de su vista, observo su celular.

— ¡Ese bastardo inglés! —gritó, temblando de rabia. Tenía alrededor de cincuenta llamadas perdidas de su madre y padre; le esperaban unos buenos gritos por parte de ambos. Justo cuando se estaba debatiendo si llamarles o no, una nueva llamada entro. Su padre. Tragó duro y al segundo timbrazo, contestó.

¡Se puede saber por qué no contestas! —gritó, provocando que Lovino se encogiera un poco sobre sus hombros.

—Mi celular se quedó atascado en una rama de árbol. —replicó, intentando con todas sus fuerzas que la voz no le temblara.

¡Seguro que te estás metiendo en problemas de nuevo! —le chistó su padre, enojado. —¡Pásame a tú hermano!

—No está conmigo. Tenemos aulas diferentes.

¿Le has dejado sólo? ¡Vaya hermano que tiene! —Lovino sintió como le tiritaba el labio inferior. —Entonces, déjalo. Adiós.

— ¡E-Espera! —pidió, alcanzando a su padre antes de que cortara la llamada. Él refunfuño del otro lado. —M-Mi uniforme se ha arruinado y….

¡Lo sabía, de nuevo en problemas! Cómpralo con tus ahorros, que es tu problema. Adiós. —y colgó.

Lovino se quedó unos minutos más con el teléfono en la oreja, apretando los labios con fuerza para que ni una pisca de la rabia o el dolor que sentía se le saliera de la boca.

—Aquí. —sintió como le colocaban algo en la cabeza, una cosa fría.

—Joder. —se quejó llevando las manos a la cabeza, notando una lata de cola. Sus ojos se posaron en el tipo enorme de enfrente, el chico de la bufanda había regresado a él y era terriblemente aterrador. Paso saliva aceptando la bebida, agachando la mirada. — ¿Por qué?

—Suele levantarme el ánimo. —encogiéndose de hombros, se fue a sentar justo en el árbol donde Lovino había recogido su celular.

—Hace poco me ayudaste. —dijo observándolo mejor. Su cabello rubio se alzaba como púas, dejando su frente y ojos verdes despejados. Tenía porte… de ser un matón que no te quisieras encontrar jamás en la vida.

—No me podía refugiar en el árbol. —contestó, con voz indiferente. Tomó un sorbo de su propia bebida y continuó: —Es mi árbol.

— ¿Por qué me has traído una lata?

—Parecías a punto de llorar. —de nuevo el rubio se encogió de hombros, completamente impasible. —Me debes cinco con noventa.

—Tsk. ¡Nadie te lo pidió, tómala! —gritó, aventándosela. Lo cual le causo más enojo, pues el chico logro atraparla.

Lovino se quedó parado frente a él, con expresión desafiante. Unos minutos después, al parecer el rubio recordó que estaba allí y lo llamó para sentarse a su lado, como si se tratara de un pequeño perro.

— ¡Jodete, imbécil gilipollas! —exclamó, intentando con toda su fuerza de voluntad no lanzarle su celular a la cabeza. Incluso si fuera el tipo más temido de la escuela, no le daría el gusto de humillarlo como esos chicos en la cafetería.

—Te me has quedado mirando, pensé que querías sentarte y no sabías como pedírmelo. —explicó, neutro.

— ¡Nadie estaba pensando en eso! ¿Por qué quisiera sentarme a tú lado, idiota? —en un intento de no cometer asesinato, se dio la media vuelta.

—Soy Govert Morgens. —comentó, más al viento que a Lovino. Este último volvió a voltearse con expresión confundida y molesta.

— ¿A quién le importa? —dicho esto se encogió de hombros, comenzando a avanzar.

—Nací en Holanda.

— ¡Ya te dije que no me importa! —gritó de nuevo, harto de que siguiera murmurando.

El rubio lo miró, encarnando una ceja. —Nadie está hablando contigo. —dijo, serio. Mientras un pajarito bajaba de la rama del árbol para posarse en la mano del mayor. —Y estoy en tercer año.

¡Loco de los pájaros! —se dijo, mientras emprendía una caminata más rápida, lejos de ahí.

—.—.—.—.—

— ¡Ya dije que lo siento! —se quejó Alfred, presionando frenéticamente el botón de las copias. — ¡No puedes tener a un héroe en cautiverio!

— ¡Cállate, mocoso engreído! —a su lado, Arthur le apachurraba la mejilla con saña. —Eso te ganas por molestarme.

—El héroe no debería estar haciendo trabajo de oficina. —protestó, inflando las mejillas. — ¡Espera!

El británico lo miró, poniéndose a la defensiva, sólo por si se le ocurría intentar atacarlo como el supuesto "héroe" que era.

— ¡Esto es igual que Clark Kent! —llevó sus manos a su rostro, completamente emocionado. — ¡Cómo Superman!

—Sólo saca las copias…—protestó Arthur, tapándose la cara con una mano, pues estaba cansado de escucharlo.

—Pero no soy de otro planeta…—murmuró, haciendo un puchero. — Y esto no es una editorial. ¡Ya sé, iré al club de periodismo!

Dicho esto, soltó las copias y salió corriendo, totalmente emocionado.

— ¡Hey, idiota, vuelve! —gritó Arthur, y alternado miradas entre las copias y el chico, por alguna razón que no comprendió del todo, decidió seguirlo.

Justo cuando iba a doblar la esquina que recientemente había cruzado Alfred, se detuvo de repente, pues el americano había caído al suelo.

— ¡Fíjate por donde vas, gilipollas idiota!—gritó, la voz que reconoció al instante.

Lovino Vargas. Al parecer aquella creencia que tenía de no topárselo hasta la noche, era más falsa que su cariño hacia Scott, pues ahí estaba de nuevo su dolor de cabeza.

— ¡Tú, idiota cejon!—levantándose del suelo, antes de maldecir por completo a Alfred, se dirigió a él. — ¿Sabes el trabajo que me costó alcanzarlo? —preguntó, mostrando su teléfono. — ¡Incluso tuve que lidiar con un idiota de bufandas, árboles y pájaros!

— ¡Fue tú culpa por no apagarlo en la noche!—señaló el rubio, enojado.

— ¡No tenías derecho! Lanzaré tu colección de Homes de nuevo por la ventana. —exclamó, sabiendo que eso era importante para el británico, pues cuando habían recogido las cosas en la mañana le había amenazado con matarle si algo malo les había pasado a sus preciados libros.

— ¡Atrévete!

Alfred miró a los dos chicos, y con expresión de asombro se puso de pie. —Pero si ustedes dos son igual de enojones.

— ¡Cállate, gilipollas!—le gritó Lovino.

—Muérete, gordito. —comentó, Arthur, completamente enojado.

— ¡¿A quién le llamas gordito?!—exclamó, golpeándolo con el canto de su mano.

— ¿Te atreves a golpearme, idiota?—la cara de Arthur cambio a una tétrica, asustando por completo a ambos chicos.

— ¡Deja esa expresión, es aterradora!—gritó, Lovino. Situándose detrás de Alfred.

—Si ustedes fueron los que comenzaron. —protestó el inglés, volviendo a su forma natural.

—Así que esta es la evolución del mal. —murmuró Alfred, mientras Lovino y Arthur seguían peleando. — ¡Arthur!

— ¿Ahora qué?—preguntó, el rubio, entretanto ponía una mano en la cara del mayor de los Vargas, evitando que hablara.

— ¡Yo, Alfred F. Jones, destrozaré tú imperio, Príncipe de las Sombras!—exclamó de nuevo, provocando unas enormes ganas de golpearlo por parte del mayor, y un poco también en Lovino.

— ¿De nuevo con esas mierdas…?

—Así que…—separándolo de Lovino, y tomándolo del brazo, hizo que lo mirara. — ¡No permitiré que te enfrentes a nadie que no sea yo!

Sin poderlo evitar más, Lovino se echó a reír de buena gana. Alfred por su parte seguía sonriendo con ego, pero aquella mirada desapareció cuando notó el aura negra que rodeaba al presidente del Comité Disciplinario.

— ¡Vuelve aquí, idiota! Voy a darte tú merecido—exclamó, casi expulsando sus pulmones en el proceso.