"Y es siempre así."

La mano extendida se terminó acobardando a pocos centímetros de alcanzar la puerta del gran salón.

En una fracción de segundo fue golpeada por una sensación familiar. Desde la raíz de los cabellos hasta la planta de los pies. Fue un hormigueo veloz, y juraba que la sensación que quedó en las fibras de su cuerpo trataba de decirle algo.

Era una premonición.

- "¿Qué es este hedor repugnante?"

Se filtraba desde dentro del salón provocándole serias náuseas. Su cuerpo fue preso de incontrolables temblores y escalofríos recorrieron su espalda. Las bocanadas de aire desesperadas, sudor frío corrió por su piel, una presión en su pecho. Sí, no había duda: Allí adentro había algo maligno.

- "Es una sensación muy desagradable."

Michiru se preguntó entonces si era buena idea entrar al salón de reuniones.

- "No creo que a la reina le agrade mi atraso. Mejor entrar de una buena vez y así me entero sobre qué ocurrió." – Tomó la decisión que creyó era la mejor.

Abrió las puertas e ingresó sin titubear. Adentro, sin embargo, fue recibida con una escena horrenda: Cuerpos mutilados se esparcían por todo el suelo. Sangre, vísceras y huesos, todo revuelto lucía como un repulsivo y asqueroso tapete de escombros humanos.

Sus náuseas no pudieron ser frenadas.

- No te preocupes, puedes vomitar. Todo ya está bastante sucio. –

Michiru posó sus ojos en la figura de la reina. La mujer lucía muy tranquila pese al espantoso ambiente que la rodeaba. Pero lo que sorprendió más a la musa fue ver las marcas que surcaban el cuerpo de la soberana. Eran como las grietas que nacen en la tierra una vez que queda seca por completo. Grietas que ahora parecían invadir la piel de la reina.

- Llegas tarde, Michiru. – El tono de su voz estaba peculiarmente grave aquel día.

- Lamento mucho el retraso, reina mía. – La musa inclinó su cabeza con respeto. – Resulta que… -

- ¡Guarda tus sucias mentiras para otro momento! – Alzó la voz la soberana de Lebiatis. – Apuesto que algo habrás sabido anteriormente y por tal razón te ausentaste de la reunión. - La piel que antes lucía áspera, demacrada y dañada, comenzó a ganar color y vitalidad. Era un alivio, toda la energía recaudada iba a serle útil. – Tenía planeado tomar tu energía también, pero supongo que será en otra ocasión. Con la energía de estos valerosos soldados me bastará por ahora. –

Había hecho bien al consultar con su espejo antes de asistir a la "reunión".

- Cada una de nosotras tiene sus propios planes, pero debes recordar que aún sigues bajo mi mando. –

Michiru se mantenía silenciosa escuchando las palabras de la soberana.

- Además, tengo una misión importante que deberás cumplir. – La reina le dio la espalda a la consejera. Observó a través del majestuoso ventanal que había en el salón cómo los soldados esperaban formados frente al palacio. Aguardan por las órdenes que en cualquier momento ella entregaría. – Guía a estos hombres y tráiganme a la bruja. –

Pese a saber de sus engaños, igualmente le encomendaba una misión tan importante. ¿Había perdido la cabeza? Confiar en la mujer que tantas veces la había traicionado no era un movimiento muy inteligente.

- ¿Está segura de que desea entregarme tal responsabilidad? – Preguntó Michiru luego de pensar un poco. – Después de todo, sabe que soy una traidora. –

- Estoy consciente de eso. – Los ojos de la reina se tiñeron de rojo. Un aura poderosa comenzó a emanar de su cuerpo mientras que en sus manos se podía ver la energía oscura acumularse. – Más tengo la certeza de que si la vida de la ex capitana está en riesgo, tus prioridades cambian inmediatamente. – Volteó la cabeza para mostrar su sonrisa a la consejera. – De no cumplir con esta misión que te encargó, no dudaré en matarla sin piedad. -

Michiru no tuvo que analizar nuevamente la propuesta de la reina. Su rostro serio hablaba por sí solo: Aceptaba la misión de forma silenciosa. Si la reina deseaba a la bruja arrodillada ante ella, así sería.

- Tienes hasta que el sol caiga para traerla. –

La consejera hizo una fugaz reverencia, giró y se marchó del salón.

- Hay que desatar una tormenta. –

La reina elevó sus brazos y el cielo de Lebiatis no tardó en volverse oscuro.


Todo el oasis se había volcado en contra de ellas. Todo fue tan repentino y sorpresivo, fue muy complicado escapar de los ataques. Era evidente que la reina se resistiría al escape de su mayor presa. Sus últimos recursos puestos en marcha, todo para atrapar a la bruja.

Huyeron en el caballo a toda prisa y llegaron a lo que parecía ser un viejo granero. Haruka le reveló a Ami que este había sido su escondite por algunos días. Adentro tenía parte de las cosas que pudo conseguir con sus contactos.

- ¡Sella todas las aberturas con tus poderes! – Ordenó la rubia una vez dentro del granero. - ¡Me apresuraré para subir todo a la carreta y tú te encargas de atar al caballo! –

La rubia se hizo con un par de cajones de madera que tenían provisiones, dejándolos ambos en la parte trasera de la carreta. Repitió la misma acción con otros cajones, pero fue allí que notó la quietud de Ami.

Había sellado todo con gruesas paredes de hielo, pero luego se quedó en medio del granero mirando su collar. Lo sostenía entre ambas manos y parecía estarle hablando.

- "Perdió la cabeza." – Pensó Haruka al verla tan absorbida en su propio mundo. – Oye, te pedí que alistaras al caballo. –

- No pude hacer nada para detenerla… - Podía escuchar los murmullos de la joven. – Y no parece que poseas un poder especial para poder encontrarla… -

- ¡Vuelve a esta realidad! – Gritó Haruka. Su paciencia ya había alcanzado el límite. - ¡Te necesito acá, ayudándome con todo el asunto del escape! –

La portadora del collar fue sacada abruptamente de su trance. Parecía desorientada y angustiada, pero rápidamente recobró su semblante neutro.

- Lo siento, realmente trato de concentrarme, pero no puedo. – Se disculpó la peliazul. – Simplemente no puedo dejar de pensar en… -

- ¡Basta! – Ya había soportado mucho por un día. – No hay tiempo para perder, ¿entiendes? – Haruka se acercó y se puso frente a Ami. Sus miradas se conectaron y ambas reflejaban el profundo color del mar. Tormentoso en el caso de la guerrera, sosiego por parte de la bruja. – Debemos abrirnos paso a la libertad pese a que tengamos todo en contra. Por favor, necesitamos trabajar juntas si queremos abandonar Lebiatis. –

De pronto todo le pareció muy divertido y no puedo aguantar la risa.

- Juntas. - Repitió Ami luego que su risa cesó. – Claro, vamos a hacer esto juntas. –

La peliazul dejó su puesto para ir por el caballo. El animal parecía estar nervioso, así que primero procuró calmarlo para luego guiarlo al frente de la carreta. Tomó el arnés y se acercó para ponérselo al caballo.

- "Siempre debes revisar dos veces las ataduras del arnés. Muchas veces se aflojan y el caballo puede terminar escapando." –

Revisó las ataduras en el instante. Una vez que tuvo la certeza de que no podrían aflojarse, volvió al trabajo de colocar el arnés.

- "Es muy sencillo, ¿verdad? Sabía que podías aprender rápido."

- "Makoto, deseo aprender más. Por favor, enséñame todo lo que sabes." –

- "¡Está bien! Te enseñaré todo lo que sé. Sabrás todos los secretos necesarios para sobrevivir en Telián." –

Algunas veces los recuerdos pueden convertirse en los mayores tormentos que una persona puede cargar.

- Sabes, cuando te dije que teníamos que abrirnos nuestro paso a la libertad, realmente me estaba refiriendo a nuestro nuevo plan. –

La frase de Haruka captó la total atención de Ami.

- ¿A qué se refiere? – Preguntó sin entender la peliazul.

- Todo lo que planeamos anteriormente se fue a la basura. – Tenía por seguro que ya no podía confiar en sus contactos para realizar un escape secreto. Las cosas habrían ocurrido de noche, sin que nadie lo supiera. Trepar por la titánica muralla que encierra todo el oasis usando el hielo que Ami podía crear. Ese había sido el primer plan, pero ahora necesitaban otro. Uno que nacería de la desesperación. – Vamos a viajar hasta una de las puertas del muro y usaré mi espada para destrozarla. –

- ¡Pero las puertas son enormes! – La portadora del collar dudaba que la ex capitana pudiera realizar tal hazaña.

- Confío en la reputación que tiene mi arma. – Haruka terminó de organizar las cosas en la carreta. Dejó escapar un profundo suspiro y estiró el cuerpo. Todo esto era sumamente estresante. – Voy a abrir una salida con mi espada. -

- ¿Y si no logra hacerlo? – Vaya que estaba siendo pesimista. - ¿Hay algún plan de respaldo? –

Ahora fue el momento de Haruka para reír.

- ¿Profesas alguna religión? – No esperó a que Ami respondiera. – El plan de respaldo es orar. –


La carreta avanzaba a gran velocidad por las calles del oasis. Tenía la libertad de hacerlo debido a que no había gente en ellas. Ni una sola alma, nadie.

- "Esto no me gusta para nada." – Haruka sospechaba que podía tratarse de una emboscada. Tenía la certeza de que en cualquier momento podían ser atacadas por una horda de ciudadanos o que en algún rincón del oasis esperaba por ellas una barricada dispuesta a entorpecer su paso. – Atenta a cualquier persona que veas por las calles. –

- Entendido. – Era Ami quien iba manejando la carreta.

Se iban acercando cada vez más a la explanada frente a la puerta del norte. Haruka realizó una serie de cortas inhalaciones para calmarse y en un movimiento limpio desenvainó su espada. Posó la hoja frente a sus ojos y se concentró.

La hoja del arma se tiñó roja como la sangre. No solo eso, poderosa energía fluía en ella, haciéndola brillar. La capitana estaba realizando un gran esfuerzo. No era fácil controlar tanto poder, menos sería liberarlo.

- No puede ser… -

La carreta fue perdiendo velocidad.

- ¡La explanada ha sido ocupada por la gente! – Exclamó Ami mientras frenaba al caballo.

- ¿Qué? – Abrió los ojos y se topó con la sorpresiva cantidad de personas que esperaban frente a la puerta. Era obvio, estaban allí por ellas. - ¡Sigue adelante, no bajes la velocidad! –

- ¡Terminaré atropellándolos! – La peliazul se negaba a seguir esa orden. - ¡No quiero dañar a gente inocente! –

Se detuvieron a metros de la muchedumbre.

– "No puedo hacerles daño, ellos no tienen culpa…" – Haruka mantenía su espada alzada. – "Pero yo tampoco tengo la culpa." – Era una decisión complicadísima. Su vida o la de todas esas personas. Con un solo movimiento podía abrir su paso a la libertad. Pero con un solo movimiento, todas esas personas podrían morir bajo el aplastante poder de su espada. - ¡Maldigo el día que pisé el suelo de este oasis…! -

El viento fue cortado por una flecha que atravesó el hombro derecho de la ex capitana. Cayó malherida y su espada terminó por resbalar de sus manos, cayendo fuera de la carreta muy lejos de ellas.

- ¡Haruka! – Ami enseguida se acercó a socorrerla. – Aguanta, por favor. –

- Son arqueros… - Apuntó a sus espaldas. – La guardia real llegó. –

El ejército de Lebiatis se desplegaba alrededor de ellas. No había lugar al cual escapar, nadie podía salvarlas. Habían sido superadas en poder y números. Era el fin del escape, habían fracasado.

- ¡En nombre de la reina de Lebiatis, entréguense! – Se alzó la voz de una mujer por sobre todos. – ¡No hay necesidad de usar la fuerza si podemos hacer todo esto en paz! – Michiru apareció de entre los pelotones y paró cerca de la carreta donde estaban Ami y Haruka. – Creo que ambas son lo suficientemente inteligentes como para saber que no están en una posición favorable. Por favor, entréguense. –

Ninguna de las dos podía creer que todo haya ido tan mal.

- Bajen de esta carreta tranquilamente y prometo que… - La musa se fijó en una escena que ocurría frente a la carreta. – Vaya, no pude vislumbrar esto en mi espejo. –

Todos los ojos viajaron hasta donde estaba la espada de la ex capitana. El arma no era lo que llamó la atención de todos, sino más bien, quien la sostenía entre sus temblorosas manos. Pese al terror, avanzó gracias a la pasión de su corazón. Jugaba con la muerte, pero lo hacía por una muy importante razón.

- Makoto… - Ami la reconoció al instante y su rostro se llenó de emoción. - ¡Makoto! –

Michiru hizo una señal con la mano y todos los arqueros alzaron sus arcos, dispuestos a lanzar sus flechas a la próxima señal de la musa.

- ¡Suelta esa espada o terminarás muerta! – Amenazó la consejera.

- ¡No lo haré! – Gritó en respuesta la castaña. - ¡Una cobarde como yo solo tiene una oportunidad para redimirse! –

- ¡Es muy peligroso! – Ami estaba al borde de la histeria. - ¡Baja esa espada! –

La decisión de una sola persona podía afectar el destino de todos. En sus manos tenía la llave para liberarla de una vez. Ella, quien encontró en el desierto y decidió proteger con su vida, podía escapar de esta pesadilla.

Sabía muy bien qué debía hacer.

- ¡Maldita hipócrita, toma tu espada! – Su grito de guerra salió desde el fondo de su alma. - ¡Haruka! – Makoto arrojó el arma con toda su fuerza y ésta voló por los aires.

- "Demente…" – Y pese a tener una flecha atravesando su hombro, la ex capitana se alzó con valentía y atrapó su espada en pleno vuelo. - ¡Arranca ahora! –

La señal fue hecha y los arqueros soltaron las flechas.

- ¡Makoto! – Ami hizo partir al caballo y tomaron velocidad rápidamente. Pero no podía irse sin su compañera. - ¡Toma mi mano y sube! – Hizo todo lo posible para maniobrar la carreta lo más cercanamente posible de la castaña.

No iba a importar cuánto esfuerzo pusiera de su parte. Si la persona a la que deseaba llegar no quería ser alcanzada, sus intentos eran inútiles. La mano extendida nunca fue recibida. Makoto la siguió con la mirada. Era raro, ya que le sonreía. Pero no era esa sonrisa que iluminaba sus días cuando sentía que nada estaba yendo bien. Su compañera sonreía con cierto aire de tristeza viendo como la carreta la pasaba y avanzaba contra la muchedumbre.

- ¡Makoto! – Volvió a llamar la peliazul, pero el estruendo del ataque de la ex capitana opacó sus gritos.

Haruka lanzó un ataque que viajó directamente hacia su destino, destrozando en su paso a personas inocentes, pero dando finalmente con su increíble potencia en toda la superficie de la puerta. Grandes trozos de madera volaron por toda la explanada y cayeron sobre la gente. En la gran puerta, impenetrable como mucho la conocieron, había ahora una enorme apertura.

Yo me quedaré acá en Lebiatis. –

Ami recordó esas palabras mientras la carreta abandonaba el oasis. Vio caer la infernal lluvia de flechas sobre la pobre gente, gritos agónicos llegaron hasta sus oídos. Sus ojos buscaron a Makoto, pero no pudo hallarla en aquel caos.

Finalmente estaba fuera de Lebiatis, pero sin la persona que deseaba a su lado.


Yo no tengo la culpa. Es culpa de mis manos, ellas escribieron esto.

Gracias a todos los que leen. ¡Suerte!