Capítulo 33: Desafortunada.

La nave rompió el manto de nubes que cubrían parte del cielo y continuó con su violenta caída. Momentáneamente pudo superar la quietud y silencio que reinaban en el desierto con las sirenas de alerta que avisaban de su caída en picada. Fuego consumía gran parte de uno de los motores y los alerones habían sido dañados en una cruenta batalla.

Finalmente terminó tocando suelo, pero con muchos problemas. El ala delta del sector derecho terminó destrozada, igualmente el motor que venía incendiándose. Parte de la cabina resultó abollada, sin embargo, no hubo peligro para quien piloteaba.

Había sido un aterrizaje algo movido, pero finalmente estaba en tierra.

- Se metieron con la persona equivocada. – Dijo mientras se quitaba el cinturón y abandonaba el mando de la nave. – Por suerte pude atinar unos cuantos disparos a sus motores. –

Se quitó el casco y lo reemplazó con su visor para distancias lejanas. Buscó un mapa entre todo el caos que era la cabina, caminó hasta la escotilla y presionó un botón para que el mecanismo la abriera.

- "Información actual: Temperatura del motor derecho A1 supera el límite permitido. Sistema de enfriamiento comprometido. Es necesaria intervención manual…" –

- ¡Ya entendí, nave! – Contestó de mala gana a la inteligencia artificial de la máquina. – Cuando me encargue de estos tipos, vendré a enfriar el motor. –

La escotilla se abrió, inmediatamente desplegándose una escalinata que terminó encontrándose con arenas doradas.

- Veamos, según el sistema de navegación las coordenadas eran… - Mientras iba caminando hacía memoria de las cifras que obtuvo de la pequeña computadora que tenía en su cabina. Con ellas podría saber exactamente dónde se encontraba ahora. – Me encuentro ubicada en el Valle de Astarté situado al norte del Mar… -

Cuando levantó la vista del mapa se dio cuenta que frente a ella solo había arena. Nada de valles, menos mares. De hecho, agua no había. Ni una sola gota del preciado líquido. Solo un paisaje desolador que nada concordaba con su mapa.

- ¡Es un desierto! – El peor lugar al cual pudo haber llegado. - ¡Pero acá sale que esto debería ser un hermoso valle! -

El mapa que poseía estaba obsoleto. Provenía de los tiempos en que el planeta poseía fauna abundante, flora sin igual y océanos de agua cristalina. De nada servía ahora que todo estaba cubierto de arena, piedras y una que otra alimaña que podía resistir el inclemente sol de Telián.

- ¡Maldición! – Arrugó el mapa y lo lanzó muy lejos. - ¡No te necesito! –

Activó el visor, dispuesta a rastrear alguna señal sobre el paradero de las personas que estaba buscando. Venían en una nave mucho más grande que la de ella y seguramente no habían caído muy lejos.

- Humo… - Se divisaba a lo lejos, justo entre unas dunas. - ¡Es humo! – Probablemente de los motores dañados de la otra máquina. - ¡Allá deben estar esos malditos! –

Emocionada se quitó el visor y volteó para volver a su nave. Más solo pudo dar unos pocos pasos, ya que un fuerte temblor rompió su equilibrio.

- ¿Qué ocurre acá? – La tierra sonaba como si estuviera rompiéndose.

Asustada, trató ponerse de pie para regresar, pero entonces se percató de la grieta que se abría en el suelo. Se apartó de su recorrido, el cual terminó justo donde aguardaba su nave.

- Por favor, no… -

Un socavón enorme se abrió y frente a sus incrédulos ojos, tragó su único medio de transporte. Se perdió en un oscuro averno, terminando en el más profundo abismo que haya podido ver en su vida.

- ¡Perfecto! – Acababa de perder todas sus posesiones, pero no iba a desesperarse. – Planeta, puedes quedarte con mi nave. –

Fijó su vista en la lejana humareda que se divisaba entre las dunas.

- Hay otra que me interesa mucho más. – Lanzó su visor a la arena y lo pateó. – Seguramente allá está mi espada. –


La enorme máquina estaba partida en dos. Ese era el problema de las naves grandes: Siempre terminan destrozadas si no se maniobran de manera correcta cuando uno las quiere aterrizar de emergencia.

- Se lo merecen. – Pensó enseguida. – Solo espero que hayan dejado mi espada acá adentro. –

Inspeccionó todo el perímetro buscando entre los restos que terminaron esparcidos en la arena. Al no encontrar nada interesante, decidió entrar a lo que quedaba de cabina. En el instante notó que todo había sido abandonado. Los tipos que buscaba ya no estaban allí. Entonces era probable que su preciada espada tampoco estuviera.

- ¡Esto es el colmo! – No podía tener tan mala suerte. – Vamos, solo necesito una pista de su paradero… -

En medio de su búsqueda, llegó hasta el centro de comandos de la nave. El sistema de navegación aún estaba operando con la energía de reserva de la nave. Una de las pantallas que seguía prendida mostraba un pequeño mapa.

- Radatia. – Aparecía señalado en la dañada computadora. – Un salar ubicado en… - Pero todo se fue a negro antes que pudiera terminar de leer.

Progresivamente iba odiando más este día.

- No, mantén la calma. – Se dijo a ella misma. – Conseguí una pequeña pista y debo usarla de alguna manera. – Era la única allí que podía animarse.

Abandonó la nave mientras pensaba en un plan para poder alcanzar su nuevo destino: Radatia. No sabía dónde rayos se encontraba ese salar, tampoco sabía con exactitud dónde se encontraba actualmente ella, pero era su deber encontrar la manera de llegar a ese lugar.

- Podría tratar de reparar el sistema de energía de esta nave para luego utilizar la navegación… - Se percató que en lo alto del cielo volaban dos aves. – Como me gustaría volar. –

Ya estaba cansada y hambrienta, así que fácilmente se distraía.

- ¡Concéntrate! - Volvió a lo de crear planes. – Quizás reutilizar ciertas partes de la nave para construir… - Entonces sus ojos se encontraron con ella.

Era una mujer caminando en medio del eterno dorado del desierto en una túnica blanca con adornos rojos. Tenía cabello largo y oscuro, piel de porcelana enrojecida por el castigo del sol. Un aura mística acompañaba su tranquilo andar.

- "¡Quizás sea nativa de este planeta!" – Se emocionó al punto de partir corriendo al encuentro de esa desconocida. - ¡Por favor, necesito ayuda! – Gritó a todo pulmón. - ¡Necesito ir a Radatia! –

Pudo captar la atención de la mujer, pero cuando estuvo cerca de ella, fue atacada por las aves que hace poco había visto volar en lo alto.

- ¡No, mi cabello no! – Los cuervos tiraban de su rubia melena sin piedad. - ¡Cuesta mucho para que crezca! – Se defendía dando golpes en todas las direcciones posibles. - ¡Basta! -

- ¡Fobos, Deimos! –

Al escuchar el llamado de su dueña, ambas aves dejaron a la pobre desafortunada en paz y volaron a encontrarse con la otra mujer. Ella recibió a los cuervos, quienes se posaron uno en cada hombro.

- Lamento el comportamiento, solo lo hacían para defenderme. – Habló la desconocida. - ¿Estás bien? –

Recobró el aliento luego del sorpresivo ataque y elevó la vista, encontrándose con bellos orbes amatista que la observaban preocupadamente.

- ¡Debo ir a Radatia! – Sus celestiales ojos brillaban de manera especial. - ¡Mi espada debe estar allí! –

- ¿Radatia? – Hizo un gesto con su mano y los cuervos alzaron vuelo nuevamente. - Allí es donde mi camino llega a su fin. – Sonrió a la extraviada aventurera. - Está bien, sígueme. Te llevaré hasta el Salar de Radatia. -

Minako suspiró aliviada. Finalmente, después de tantos sucesos nefastos, parecía que la suerte se ponía de su lado.


Capítulo 34: Maestría del desierto.

Ya había perdido la noción del tiempo, pero no estaba preocupada de ese detalle. Más preocupada iba de los endemoniados cuervos que volaban sobre su cabeza. Daban vueltas en el cielo, quizás sin quitar sus pequeños ojos de ella. Lo más probable es que en cualquier momento bajarían en picada para tirar de su cabello.

- "¡Oh, pero que vengan acá! ¡Se ganarán unas buenas patadas de mi parte!" – Pensaba mientras seguía de cerca a la dueña de las aves. – "¿Qué ocurre con ella? Estoy segura que no es muda, pero no me ha dirigido la palabra en un buen rato." – Y eso era un poco molesto.

Minako estaba acostumbrada a ser social y comunicativa. Lamentablemente esta mujer había aceptado guiarla hasta Radatia y nunca más habló. ¡Menos se presentó! Estaba viajando con una total extraña que poco parecía querer comunicarse con ella. Y todo era tan raro, también incómodo. ¡No podían seguir en silencio por más tiempo!

- "Quizás se trata de una loca del desierto que desea comer mi carne..."

Podía teorizar sobre la mujer todo lo que ella quisiera, pero la verdad era que había sido la única persona que hasta ahora había visto en este basto y árido territorio. Si no hubiera sido por su aparición, seguramente habría seguido perdida.

- ¡Mi nombre es Minako! – La rubia decidió presentarse, ya que seguir con el silencio no era una opción para ella. – Provengo de un sistema de estrella binaria lejano a este. -

- Yo soy Rei. – Habló finalmente la otra. – Gusto en conocerte. –

Se alegró al ver que la desconocida estaba dispuesta a hablar con ella. Entonces no era tímida, solo de pocas palabras.

- ¡No creerás lo que me ocurrió en este planeta! – Con confianza comenzó a contar su historia a la otra mujer. – ¡Llegué en mi nave luego de ser atacada por unos ladrones y solo me han ocurrido cosas malas! – Sin importar si era escuchada o no, Minako continuó desahogándose. – Me robaron mi espada, terminé perdiendo mi nave debido a que un socavón se la tragó, no sabía dónde rayos me encontraba y fui atacada por esos cuervos que parecen ser tus mascotas… -

- Son mis compañeras. – Corrigió la pelinegra. – Pero adelante, continúa. –

- ¡No, ya acabé con mi historia! – No era un relato largo, ya que solo había llegado al planeta aquel día. – Aun así, ¿puedes creer mi mala suerte? –

- Sí, te creo. – Dijo siempre viendo hacia el frente. – Todo aquel que pisa las arenas de Telián queda maldito de por vida. –

Minako terminó riendo pese a la seriedad con la cual Rei dijo esas palabras. Su intención no era ser grosera, pero simplemente no pudo aguantarse.

- ¡Esa es una reputación muy mala para un montón de arena! – Dijo muy divertida.

- No debes tomar mis palabras a la ligera. – Advirtió la mística mujer. – Este desierto es mucho más peligroso de lo que crees. – Rei lo conocía muy bien, sabía de lo que hablaba. – Muchos de los aventureros que intentan cruzar este desierto terminan muriendo en su viaje. –

- "Yo podría haber corrido el mismo destino." – Pensó Minako mientras continuaba caminando. - ¿Y qué hay de ti? ¿Eres acaso la excepción? –

- Los fantasmas no contamos como aventureros. – Bromeó la pelinegra.

- ¿Estás muerta? - La rubia paró en seco y observó de pies a cabeza a la otra mujer. - Pues no luces fantasmagórica para mí. –

- ¡Créeme, debo estar muerta para muchos! – Rei seguía su andar, sacándole gran ventaja a la otra mujer. – Pero algo me dice que en Radatia encontraré una razón para volver a vivir. -

Ya por la tarde Minako había comprendido las palabras de Rei. Sus piernas temblaban y estaba sedienta. Sin hablar del dolor de cabeza que sufría y la fatiga de sus músculos, que puestos al extremo, clamaban por un descanso.

¿Era esta la maldición de Telián?

- Rei… - Su visión se nublaba a ratos. – No puedo seguir… - Respiraba con dificultad. Y cuando lo hacía, su nariz ardía y el aire caliente se colaba hasta sus pulmones. Estaba mareada y desorientada, sentía que iba a morir. - ¡Ayuda! –

El sonido de un cuerpo cayendo en la arena hizo que Rei se detuviera.

- ¿Minako? – Volteó para encontrarse con la rubia tirada metros atrás. Al parecer había terminado desmayándose debido al clima de Telián. – Resistió bastante, pero creo que llegó a su límite. –

Volvió en sus pasos y se agachó al lado de la aventurera. Con parte de su túnica formó una sombra sobre ambas y silbó llamando a sus aves.


Abrió lentamente los ojos. Se percató que la oscuridad se había apoderado del desierto, pero que una tenue luz mantenía los alrededores iluminados. Miro el cielo y supo que ya era de noche. Sobre ella solo se distinguían las estrellas. También un cuervo, que posado sobre su cabeza, parecía estarla examinando cuidadosamente.

- ¡AGH! – De forma estrepitosa tomó asiento y quedó viendo al ave con cierta desconfianza. – Te dije que mi cabello no, pequeño. –

- Son hembras. –

Al escuchar la voz de Rei, Minako buscó a la chica y la encontró sentada frente a una pequeña fogata.

- A Deimos le gusta observar. – Dijo justificando el actuar de su ave. – Le pedí que te dejara descansar tranquila, pero algunas veces hacen lo que quieren. – Se puso de pie y caminó hasta llegar al lado de la rubia. – Toma, come esto. – Extendió su mano ofreciéndole una especie de higo.

- ¿Para mí? – Preguntó apuntándose.

- Es una fruta que aparece en los cactus de esta región de Telián. – Se la volvió a ofrecer. – Es dulce y entrega muchos nutrientes. Puede significar la vida o la muerte si decides comerla o no. –

Pues Minako quería vivir.

- ¡Gracias! – Una simple mordida y sintió el dulce sabor de la fruta inundar su boca. Era exquisita, nunca antes había probado algo tan delicioso. - ¡Está buenísima! –

- Fobos recolectó estos higos para nosotras. – A diferencia de Deimos, ésta otra era más aventurera y gustaba de buscar cosas. – Espero que comiendo unos cuantos te sientas mejor. –

- Realmente no tengo palabras para agradecer lo que estás haciendo, Rei. – Sin duda había tenido mucha suerte al encontrarla. - ¡Siempre estaré en deuda contigo! -

- Tranquila, no busco recompensas. – Siempre pensó que ayudar a los demás con sus conocimientos era suficiente. – Mañana trataremos de caminar tramos más pequeños y descansar más… -

- ¡No, yo puedo seguir tu ritmo! – Aseguró la rubia. - ¡Ya no volveré a desmayarme! ¡No puedo perder más tiempo si quiero ir a Radatia para recuperar mi espada! –

Hace mucho que no veía a alguien que cargara tanta decisión en su mirada.

- Está bien. – Aceptaba finalmente la azabache. – Entonces deberás descansar bien esta noche. –

- No lo dudes. – Sonrió la rubia. – Roncaré hasta por los codos. –

Se ganó una grata risa por parte de la otra mujer.

- Espera un momento, ¿estoy alucinando o eso de allá es un animal? – Minako cerró los ojos y sacudió la cabeza, como tratando de alejar algún tipo de visión. Luego los abrió y se percató que estaba viendo bien. - ¡Es un animal! –

- Son roedores dorados. – Los reconoció al instante. – Creo que llegaron por el olor de los higos. –

La rubia no perdió el tiempo y dejó su puesto, corrió detrás de los tímidos roedores, y pese a que le costó un poco, pudo atrapar uno. En el instante pudo sentir lo suaves y tibios que eran.

- ¡Qué tierno! – Dijo mientras acariciaba al animal.

- Vaya, esto me trae recuerdos. – Comentó Rei mientras observaba la escena.

- ¿Por qué? – Preguntó curiosa Minako.

- A ella también le gustaban los roedores dorados. -


¡Minako Aino llegó, señores! Y Rei volvió de sus vacaciones, así que es un 2x1.

Gracias por leer. ¡Suerte!