Circulo: Vicio Tsun.
Tú + Yo= Error 404.
15. ¡Qué mierda!
Fue tarde cuando se dio cuenta que no lo encontraría ese día. Los colores naranjas del cielo se difuminaban en negro, adornándose con la primera estrella. Las lámparas de la escuela comenzaron a encenderse una tras otra, iluminando a los pocos estudiantes que transitaban cotilleando sobre el más reciente vídeo. Lovino no se contuvo para comenzar a maldecir en voz alta su tan mala suerte; Govert no era del tipo de los que se escondía, tenía que dar la cara por ese asunto.
— ¡Lovi! —gritó Antonio, jadeante. Lo tomó del brazo, asegurándose de que no volviera a correr, llevaba todo el rato persiguiéndolo. Antonio tomó una gran cantidad de aire, como si estuviera a punto de morir por falta de oxígeno. Lovino por su lado formó una sonrisa en su rostro.
—Tienes que hacer más ejercicio. —reprochó, soltándose del agarre. —Te estas poniendo todo flácido como la patata que tienes por amigo.
— ¡Llevó persiguiéndote todo el día! —se quejó, con los ojos llorosos. — ¡Apiádate un poco de mi alma, Lovi!
La explanada se quedó en silencio. Antonio y Lovino se miraron, aún tenían un tema en conversación, ambos lo sabían. Y mientras un ligero viento pasaba, anunciando la noche ambos intentaron tomar la palabra, callándose de nuevo. Era movimientos torpes a los cuales no estaban acostumbrados, con una brecha de años sin verse, no estaban seguros de como volver a reanudar los momentos en donde niños si uno tenía que decir una cosa, la decía.
—No vas a encontrarlo hoy. Debe de estar con Emma, explicándole todo. —dijo, hundiendo las manos en el bolsillo del pantalón. Lovino volteó la cabeza a otro lado, evadiendo el tema. Tenía tantas preguntas en su cabeza que las soltaría en cualquier momento que Antonio le diera la oportunidad. —Lovi, ¿tú crees en mí?
Aquella pregunta tomó por sorpresa a Lovino, quién, volvió a él de inmediato. — ¿Qué mierda me estás preguntando, bastardo? —reprochó, dándole un zurrón. — ¡No me vengas con estupideces!
— ¡No es una estupidez, Lovi! —chilló Antonio, sobándose. —Quiero que me digas que confías en mí.
Lovino no abrió más la boca, se quedó escuchando el poco ruido de fondo. Las primeras campanadas que anunciaban la conclusión del horario escolar se escucharon, tenues, estaban en un lugar apartado, cerca de las habitaciones para profesores que tenía la escuela; Antonio divisó a algunas personas acercándose, hablando entre ellas.
— ¿Confías en mí? —preguntó de nuevo. El silencio de Lovino no le gustaba en absoluto. Sin pensarlo realmente, como todo lo que hacía, se acercó y lo abrazó. Los sujetos que venían a ellos se detuvieron bastante cerca, observándolos con escepticismo.
—Confío en ti. —murmuró con las mejillas rojas. Antonio se despegó de él, sorprendido. — ¡Dije que confío en ti! —repitió más alto, apartando la mirada.
—Lovi. —los ojos de Antonio se pusieron llorosos, lucían felices. El italiano pegó un brinquito, soltándose de él con un fuerte cabezazo. — ¡Tú amor duele!
— ¡Bastardo aprovechado! —gritó, dándole pequeños golpes. — ¡Deja de tocarme cuando te apetezca!
— ¡Luces muy bonito cuando te enojas! —respondió el hispano, cubriéndose la cabeza con las manos. La gente que hace poco los miraba paso de largo riéndose por la escena, logrando que los golpes de Lovino dolieran de verdad.
— ¡Yo soy guapo, no bonito! —justo en aquel momento sus manos fueron capturadas por las de un Antonio temblando de emoción, con los ojos llenos de estrellas. Bien, la había cagado.
— ¡Hablaste en español! —aplaudió con las manos de Lovino, tirando de él lo abrazó de nuevo, estrujándolo por más tiempo.
— ¡VETE A LA MIERDA!
Terminaron de pelear poco después. Antonio feliz, tomó asiento en una banca cercana invitando a Lovino a su lado. No tardo mucho para que ambos se agarraran el estómago con hambre, deslizándose por la banca para tener una posición más cómoda.
—Ni siquiera he tomado mi siesta de la tarde, gilipollas. —bufó Lovino. —Muero de hambre, será mejor que tengas comida contigo.
—No tengo nada, Lovi. Deje mis cosas por seguirte. —comentó, gacho. — ¡Tenías que salir corriendo así, Lovi!
— ¡No me jodas con que es mi culpa!
— ¿Qué te parece si cantamos una canción como en los viejos tiempos, Lovi? —pidió con los ojos centellantes. —Ya no lo hemos hecho. —alzó y bajo sus cejas en señal de provocación.
— ¿Qué te parece si te vas a la mierda? —Lovino se levantó de la banca, dispuesto a ir por algo de comer para después tirarse a su cama y dormir plácidamente por doce horas. Lo detuvieron, tirando de su brazo parándolo delante del otro. Con la poca iluminación de la luna y las lámparas, Antonio lucía increíblemente apuesto. Brillaba incluso en la noche. Eso siempre le encantó a Lovino, su cabello sedoso disparado por todos lados, su piel bronceada aun reluciendo en la oscuridad, pero lo que más añoraba desde que se separaron, desde que eran niños, eran sus ojos llenos de vida. Aquellos ojos esmeraldas que lo arrastraban a todos lados contra su voluntad, a vivir aventuras, a experimentar cosas nuevas.
Un latido se disparó dentro de sí, recorriendo una sensación de cosquilleo por todo su cuerpo. Los ojos de ambos estaban conectados, formando un lazo inseparable llenó de bellos recuerdos de infancia. Lovino veía la noche, el cielo estrellado en los ojos de Antonio y centellaban maravillosos, pero él también estaba ahí. Era en esos orbes que se plasmó todos los años anteriores, en los que quería reflejarse los años venideros. Se sonrojo a contra voluntad, antes de que se diera cuenta de ello, Antonio ya le estaba sonriendo como idiota.
—Me estas mirando demasiado, Lovi. —dijo con una sonrisa tonta. Lovino apartó su cara, con los mofletes y orejas ardiéndole. — ¿Tan apuesto te parezco?
— ¡Eres horrible! —sentenció Lovino, devolviéndole la mirada con sorna. Antonio hizo un puchero de inmediato, halándole las mejillas. — ¡Duele, bastardo!
—Fuiste muy cruel, Lovi. —señaló, poniéndose de pie. Lovino retrocedió algunos pasos, dándole su propio espacio o de lo contrario ambos hubiesen quedado demasiado cerca para su gusto. Antonio sólo lo miró interrogante. —Vamos a la cafetería, muero de hambre.
—Espero una gran recompensa por esto, bastardo. —gruñó. Tener hambre lo ponía tan de malas que apenas podía soportarlo.
— ¿Eh? ¿Lovi, yo que hice? —preguntó, caminando en reversa. —Ya sé. Quieres que te cocine un poco de paella, ¿verdad? Lovi tontito, sabes que sólo tienes que pedírmelo.
— ¿A quién mierda le dices tonto, imbécil? —gritó, intentando darle un golpe. —Si caes mientras caminas así, te moleré a patadas.
—Te has vuelto más cruel que antes. —lloró, secándose las falsas lágrimas. — ¡Espérame Lovi, no te enojes!
—.—.—.—.—
La noche paso demasiado rápido. Al día siguiente, los murmullos, susurros y ajetreos del vídeo no paraban, es más, iban en aumento. Lovino miraba a sus compañeros de clase, cotilleando sobre que vieron en vivo a Govert golpeando de nuevo a una chica, eran comentarios absurdos. Algunos de más alto grado juraban que incluso le hizo algo más, eso era mucho peor.
Aunque entre tanto movimiento sólo se resumía en chismes de pasillo. Nadie había confirmado nada, y la chica que se mostraba en el vídeo, una que se identificó del segundo año hace meses que se fue de la escuela, por motivos personales. Todos intentaban hallarla de nuevo, contactándola en redes sociales o por medio de las amigas que dejó atrás; nadie sabía nada más aparte de que estaba bien.
—Esos rumores son bastantes molestos. ¿No, Lovi? —preguntó Matthew, encogiéndose en su pupitre. —Creo que Govert no haría una cosa así.
—Por supuesto que no lo haría. —contestó, volviendo la vista a la pizarra. El profesor se metió al aula, imponiendo el silencio con una pila de hojas que dejo caer de manera suave en el escritorio. Lovino repasó los cuestionarios con molestia, no tenía cabeza para ningún examen especial.
—Parecen bastante nerviosos. —se rio el profesor, tomando un gis blanco y anotando en grande, con letras mayúsculas: "DESARROLLO PERSONAL." —Sólo es un formulario que la escuela maneja, para saber sobre sus relaciones personales y si hay algún problema con ustedes, que podamos hablar con sus padres.
— ¿Eso que tiene que ver con química? —preguntó uno de enfrente, el representante de la clase.
El profesor se puso serio, aún con el gis en la mano puso las manos sobre el escritorio, intentando remarcar que lo que decía fuera importante. —Nada. Pero la escuela me lo demando a mí en esta ocasión, así que como soy el tutor de esta clase soy yo el que tiene que repartir esto en mi hora; por supuesto, sólo es una tarea más para que se lleven a sus dormitorios. —volteó de nuevo a la pizarra, borrando de un tajón lo que escribió. —Repartan las hojas y volvamos a la lección diez.
Cuando le tocó la hoja a Lovino, prestó más atención a ella que en la clase. Parecía un cuestionario de encuesta ciudadana, había casillas con opciones múltiples y tres preguntas que se tenían que llenar con bolígrafo. Era algo simple que podía llenar en ese mismo momento para evitar el sermón del día siguiente por no entregarlo, pero era aburrido, sólo doblo la hoja y la metió entre su libro. Matthew en cambio miró la hoja con interés renovador, solo eran diez preguntas, bastante interesantes.
— ¿Quién es mi mejor amigo y como me llevo con él? —dijo con su vocecilla apenas audible. No le tomaba ni un trabajo volver a hablar con ella. Miró enfrente de él, Lovino no era su mejor amigo, apenas y sabía algo sobre él, de mera casualidad. Aunque se llevaban bien, estaban aún en categoría de compañeros de clases. Pensó en Arthur y sonrió.
Ya a la hora del almuerzo era donde él y Lovino se separaban, Matthew se quedaba con Alfred quién siempre gritaba a todo pulmón el almuerzo más popular que había en el menú ese día. Feliciano a su lado, le secundaba con un Ve~, donde Ludwig reprendía a ambos por hacerle pasar vergüenza. Usualmente el mayor de los Vargas siempre salía disparado de ahí, intentando que nadie lo viera con esa bola de idiotas como él los llamaba; hoy no se le veían las ganas de correr, es más, podría jurar que no quería marcharse.
—Credencial. —pidió la mujer encargada. Feliciano miró a su hermano con preocupación. —Credencial. —repitió.
—Lovi, puedo hacerme pasar por ti hoy. Ve~—le susurró Feliciano, tomando su credencial. Su hermano le miró, sorprendido. — ¿Te has peleado con el hermano Antonio, ve~?
— ¿Qué?, ¡no!
—No pareces tener ni una gana de ir, ve~. —dijo, devolviéndole la tarjeta. —Estoy seguro que se alegrará mucho de verme, además me llenará de preguntas de donde estás tú. Ve~. Después irá a abrazarte y a darte muchos besos. Ve~.
—Credencial. —la mujer encargada tenía mala cara cuando repitió por tercera vez. Los dos gemelos se miraron, asustados.
—Ya, entra de una vez, Felidiota. —gruñó Lovino, empujándolo por la espalda. —No ves que tienes a muchas personas detrás.
— ¡Pero Lovi…!
Lovino comenzó a moverse, hasta perderse por el pasillo que daba a las siguientes escaleras. Cambiar de posiciones no le parecía mala opción, le habría relajado el hecho de no tener que soportar a su cabeza por una hora mientras Alfred lo distraía. No quería subir al segundo piso del comedor, donde estaba un Antonio rodeado por muchas chicas, ignorándolo.
Todo lo que necesitaba era un factor que le impidiera ir y lo encontró. Justo al doblar la escalera, se topó cara a cara con Govert, quién al parecer tampoco tenía ni una intención de subir al tercer comedor. Descendía de forma natural, como si eso no fuera una falta contra la escuela.
—Oh, Robín. —saludó, haciendo un gesto con la mano.
— ¡I-Idiota! —gritó, atrayendo la atención de los estudiantes. Algunos murmuraron cosas mirando a Govert, el cual no parecía ni un poco inmutado por el vídeo del día anterior. Govert se quedó en blanco al ser nombrado así, parpadeó un par de veces, incluso miró detrás de él para ver si no estaba Antonio. — ¡Te hablo a ti, imbécil!
—Tienes una gran boca. —comentó, apachurrándole los labios con una mano. Lovino se echó para atrás, soltándose. — ¿Por qué pareces tan alarmado de verme?
Lovino miró a los demás, pasaban muy cerca cuchicheando varias cosas. Se puso nervioso contra voluntad, las manos se le entumecieron, agachó la mirada. Eso le hizo pensar ¿Qué le habría dicho el día anterior si lo hubiese encontrado? ¿Se quedaría de la misma manera que en ese momento? Quería preguntarle tantas cosas, cuestiones que Antonio no quería responderle, que le evitaba. ¿Govert sería capaz de responderlas con sinceridad? ¿Podía confiar en él a pesar de lo que vio?
El holandés alzó una ceja, al ver que Lovino miraba a todos lados nervioso supuso que era lo que estaba pensando. Suspiró, poniendo mala cara. Las escaleras y los descansos que conectaban con los demás pisos pronto comenzaron a vaciarse a medida que los estudiantes ingresaban a la cafetería correspondiente, de quedarse ahí por más tiempo un profesor se hubiera encargado de que los dos se metieran a su respectivo lugar. No obstante, Govert fue más astuto al escabullirse secuestrando a Lovino en el proceso.
Al llegar a los jardines traseros Govert soltó a Lovino. Este lo miraba entre asustado y llenó de preguntas, que seguro quería que le respondiera. El mayor se fue a sentar a una jardinera seguido por el italiano, los dos en un silencio que sólo era roto por un incómodo bullicio de fondo. Lovino no estaba seguro del porqué, pero esa sensación de incomodidad que tenía con Govert tenía una diferencia abrumadora con la de Antonio.
— ¿Sí lo hiciste? —preguntó tímido, como si estuviera mal dudar de él. — ¡Yo no creo que seas el del vídeo! —aclaró de inmediato.
—Lo hice. —admitió, encogiéndose de hombros. Del bolsillo de su pantalón saco un cigarrillo, el cual no tardo en llevarse a la boca, suspirando el aire poco después. Lovino lo miró con asombro, haciendo su cuerpo hacía atrás, casi cayendo de la jardinera. Nunca espero una confesión tan sincera.
— ¿E-Estas bromeando conmigo? —se incorporó, pegando un brinco frente a él. — ¡No hagas ese tipo de bromas, bastardo!
—No estoy bromeando. —contestó sin expresión. —Te estoy diciendo que lo hice. ¿Qué? ¿Esperabas otra respuesta, niño? No creas conocerme tan bien o me molestaré contigo, Lovino. ¿Por qué no vas con Antonio por algunas respuestas? Ah, es verdad. El cobarde huiría en la primera oportunidad.
— ¡Antonio no es un cobarde! —defendió, molesto.
Govert afiló su mirada provocándole un escalofrío. Tenía miedo, quería a Antonio a su lado para poder apoyarlo, pero él estaba en el segundo piso y aunque gritara nadie lo escucharía. Paso saliva, asustado, busco a Govert con la mirada intentando encontrar un pretexto para irse de ahí. ¿Le haría daño si continuaban discutiendo?
—Eres igual que él. —bufó, tallando el cigarrillo en el borde de la jardinera. Lucía tan molesto que Lovino tuvo que retroceder varios pasos antes de tener ya a Govert delante de él. —Ambos me causan mucha repulsión.
—Nosotros somos amigos, ¿no? —preguntó sonriendo. Una sonrisa confundida. El miedo a que le hiciera daño desapareció al escuchar sus palabras cargadas de odio. —Govert. ¿Odias tanto a Antonio que utilizas a terceras personas para vengarte de él? —recordó el baño en el cine, la escena que Antonio armó para que se alegará de él, las palabras dichas; entre ellas, venganza.
—Lo odio. —suspiró, relajando sus músculos. —Tanto que no me importaría utilizarte para verlo destrozado. —se dio la vuelta, mirando al cielo.
— ¿Por qué lo odias? —ahí estaba la pregunta que tantas veces se le atoró en la garganta con Antonio. Saliendo a flote. — ¿Me estas utilizando? ¿Qué hay de Emma? ¿Por qué en ese vídeo estas golpeando a una chica? ¡Por qué ninguno me dice nada! —gritó, apretando los puños.
Govert pareció mirar al suelo, meditando sus palabras. Cuando volteó hacía él, su mirada era triste, cansada, a punto de quebrarse. Sólo fue un fragmento de tiempo, casi nulo, pero Lovino pudo observar como esa mirada tan frágil volvía a ponerse de acero en un flash.
—Así que no te ha contado nada. —se burló. —No veo porqué sea yo el que tenga que decírtelo, después de todo, Antonio es tu mejor amigo. ¿Me equivocó?
Las mejillas de Lovino se pusieron rojas por él enojo. Govert soltó un bufido burlón. —Dijiste que ibas a cambiar eso. —comentó el italiano, avergonzado. —Que no querías que Antonio siguiera siendo mi mejor amigo.
— ¿Qué te lo cuente va a cambiar eso? —preguntó con sorna.
— ¡No! —aceptó, inflando las mejillas. —Pero es un comienzo. Antonio evita el tema, lo cambia o simplemente se larga.
—Deja de murmurar entre dientes. —haló sus mejillas, con una sonrisa sádica en el rostro. Lovino lo apartó de un manotazo. Govert se encogió de hombros, volviendo a tomar asiento en la jardinera. Alzó un dedo, ensanchando su sonrisa. —Sólo contestaré una pregunta. La que quieras. Si quieres enterarte de lo demás, será por tu cuenta.
— ¡Eso no es justo! —reprochó encaprichado.
— ¿Qué es lo que deseas saber, Lovino? —ignoró, moviendo el dedo de un lado a otro. — ¿Si te utilice para vengarme de Antonio? ¿Cuál es mi venganza? ¿La relación de Emma y el imbécil ese? ¿Por qué lo odio? ¿El comienzo de todo? ¿Por qué estoy golpeando a alguien en el vídeo?
Hacía calor, Lovino podía sentir una gota de sudor bajando por su cuello. El sol pasaba cálidamente por las hojas de los arboles proyectando sobra y luz en la cara de Govert, su cabello rubio brillaba mucho bajo los pocos rayos. La bufanda que se enrollaba sobre su cuello se mecía con la brisa suave.
—O, ¿si te considero mi amigo? —concluyó, bajando su mano. —Tú decides.
— ¿Lo haces? —preguntó por inercia. Se sorprendió al notar que ni siquiera dudo ni un poco en querer saber la respuesta. Govert parpadeó un par de veces, escéptico de la cuestión, podría haber jurado que escogería saber el secreto de todo ello antes de saber si lo consideraba su amigo. — ¿Me consideras tu amigo? —volvió a decir ante el silencio formado.
Por un momento Govert sintió deseos de mentir, de ver la reacción de Lovino ante su respuesta. De contemplar que pasaría después de que se alejará por completo de él y se uniera mucho más a Antonio de lo que ya estaba. Tenía celos de Antonio, ese maldito español que tanto odiaba siempre lo obtenía todo.
—Sí. —dijo al fin. Hundió sus manos en las bolsas del saco. —Cuando te conocí, no sabía que estabas involucrado con Antonio. Me has caído bien desde el principio. Hacía tanto tiempo que no tenía una conversación normal con una persona, sin que me tuviera miedo o fuera Scott. Bel notó eso, así que solo me pidió que no me alejará de ti.
— ¿Entonces no me utilizaste para vengarte de Antonio? —curioseó, sigiloso. Govert le había dicho que solo contestaría una pregunta, ¿no?
—No lo hago. —respondió sincero. —Puedes confiar en mí, Lovino.
Lovino se quedó en pausa por varios minutos al escuchar a Govert decir eso. Justo era lo que hablaban Antonio y él la noche anterior, frente a las habitaciones de los profesores; sólo que la sensación no era tan plena. Creía en Govert, eso sí, sólo que… aquel efecto al decirlo Antonio le impactaba mucho más.
—Te creo. —suspiró. —No preguntaré nada más.
—.—.—.—.—
—Hero is back! —gritó Alfred, abriendo las puertas de par en par. Le parecía una gran entrada al parecer por lo que medio le comentó Matthew al preguntarle si siempre era tan ruidoso, incluso con él.
—Estamos en las habitaciones continuas. —respondió el canadiense. —Es mi vecino de habitación. Sí. Siempre hace ruido.
La sala tenía un bonito aroma a naranja y canela que se desprendía del té que Arthur le estaba sirviendo a su hermano, Matthew se encontraba masticando un pastelillo de zarzamoras. Arthur pensó que Alfred sintió abrumado por el ambiente tan conservador que desprendían ambos, uno en el que ciertamente no encajaba. Pero no, fue todo lo contrario. De forma inmediata tomó varios de los sándwiches sin cortezas o aceitunas y se sentó al lado de su hermano, esperando su propio té.
— ¡No sabía que cocinabas! —gritó sonriente al terminar el quinto sándwich. Los otros postres no fueron discriminados, en cinco minutos ya no quedaban muchos en el plato. —La próxima vez deberías hacer hamburguesas, con una soda. Delicious!
—Es la hora del té. Idiota. —cortó el inglés, arrebatándole un pedazo de tarta para dársela a Matthew. —No una fiesta para niños.
— ¡Pero es muy aburrido! —se quejó haciendo un puchero. — ¡Esa música clásica me dará sueño después de comer! Tú también dile que te aburres, Matthew.
—Me la estoy pasando bien. —admitió metiéndose el ultimo pedazo de tarta a la boca.
—Traidor. —murmuró bebiendo el té de un sorbo, tendiéndoselo a Arthur de nuevo. —Si alguien necesita relajarse es Robín-Lovi. Lo he visto corriendo por todo el día, intentando averiguar si el vídeo donde sale Gatubela es cierto.
Matthew miró al suelo, preocupado. —El joven Govert le dijo que era cierto. —confesó, Arthur escupió su té al escucharlo. —Lovino se niega a creerle.
— ¿Qué? —Arthur se metió en la conversación, dejando la taza en la mesa. — ¿Ya lo confesó? My goodness! Yo perdiendo el tiempo aquí con ustedes. Debo buscar a Lovino de inmediato.
—Creo que sería mejor dejarlos. —dijo Matthew agachando la mirada. —Lovino no parece estar en su mejor momento ahora. Cuando terminó el receso y lo encontré de nuevo parecía estar a punto de destruir todo a su paso.
—No podría destruir ni una varita de árbol seco. —gruñó el inglés. —Tiene que hablar conmigo si sabe algo de ese vídeo. Mi padre vio el vídeo también, al parecer lo mandaron para cualquier persona que se encontrará en todo el perímetro de la escuela. Quiere respuestas.
— ¿Y qué pasa si Gatubela de verdad es la persona del vídeo? —indagó Alfred. — ¿Lo expulsaran?
—Es muy probable que lo hagan. —contestó desinteresado. —Lo lamento por Emma.
—Puede que el vídeo este alterado. ¿No lo ha pensado, joven Arthur? —Matthew se levantó del sofá, esperanzado. —Si él se va, Lovino se pondrá muy triste. No quiero eso.
—Yo tampoco quiero que Robín-Lovi se entristezca. —afirmó Alfred. —Deberíamos investigar el caso. Como buenos súper héroes no podemos juzgar a cualquier persona como mala sin antes tener pruebas, aunque Arthur sea el villano.
— ¿Cómo demonios he pasado a ser de nuevo el villano? —puso los ojos en blanco. — ¡Te he salvado el trasero!
—Una estrategia muy buena. —admitió, asintiendo con la cabeza. —Hacerme creer que eres bueno cuando en realidad buscas una forma de vengarte porque crees que mate a tu hermana. En el fondo sé que sabes que yo no lo hice.
— ¡Yo no tengo hermanas, maldito idiota!
—Pensaré en una cosa mejor la próxima vez. —sacó la lengua cerrando un ojo.
Arthur formó una sonrisa malévola en su rostro, disfrutando mucho lo que iba a decir. —Nunca tendrás novia con esa actitud. —las mejillas de Alfred se colorearon de rojo al instante.
— ¡E-Estoy muy joven para salir con alguien! —comentó avergonzado. — ¡No me interesan esas cosas!
—Es la cosa que un virgen diría. —se burló. —Los chicos de ahora ya están llenos de novias a esta edad. Sólo tienes que mirar a Lovino, él es bueno con las chicas.
— ¡Eso es porque es italiano! —argumentó Alfred. —Además, ¡tú tampoco tienes novia!
— ¡N-No es que me guste alguien en particular! —chilló, sonrojado. — ¡Suficiente tengo con que me dejen a cargo de ti! ¿De dónde sacaría más tiempo?
A Alfred se le borró su sonrojo y pronto formo una enorme sonrisa. — HAHAHA! Seguro que Scott tiene muchas más citas que tú. ¡Él es más apuesto después de todo!
—Alfred-san, ¿cree que Scott es apuesto? —preguntó Kiku apareciendo en el portón.
— ¡Qué, no! ¡No te concentres en eso, Kiku! —protestó, abochornado. El japonés sonrió, sentándose en el sillón al lado de Matthew el cual le ofreció varios dulces.
— ¡Yo también soy muy popular! —gritó Alfred, señalándose. — ¡Podría invitar a cualquier chica y diría que sí!
— ¡No seas tan engreído con las señoritas, idiota! —reprendió dándole un golpe en la cabeza.
— ¡Sólo tengo que tener una cita para mostrártelo! ¡Lo haré! —y salió corriendo del estudio. — HAHAHAHAHA!
Su risa estalló por todo el pasillo hasta perderse en sus tímpanos con un eco rezagado. Al voltear a ver a Matthew y Kiku los encontró plácidamente comiendo los pocos postres que ya quedaban, discutiendo que té de él era mejor. Al parecer se llevaban bien, era Kiku después de todo, dejaba a Matthew en buenas manos.
Sí, debía cuidar más al gemelo idiota. Pensó que por extraño que pareciera, siempre quedaba a cargo de los peores, dígase Lovino Vargas, aunque aún por algunas mañanas pensaba que estaba con el mejor, no soportaría más de un día a Feliciano. Luego desistía de la idea al lanzarle Lovino fue lo que fuese que encontrara para que apagara las luces.
—.—.—.—.—
Dos días pasaron rápidamente. Lovino se sentía extraño de saltarse los almuerzos con Govert, ni Arthur ni Antonio parecían percatarse de que faltaba en la estancia por lo que el rubio le dijo que era mejor relajarse y disfrutar antes de que llegara el castigo. Aún no se sentía cómodo por tener tantas preguntas en la cabeza, pero disfrutaba los pequeños momentos de amistad que tenía con Govert. El segundo día que lo siguió hasta la jardinera recibió con sorpresa una pequeña caja de comida, llena de arroz, carne picada, pollo cocidos con varias especias y condimentos.
—Se llama Rijsttafel. Es típico de Holanda. —comentó sacando el humo del tabaco. —Lo ha cocinado Emma en su clase de cocina.
— ¡Sabe delicioso! —alagó Lovino.
—Primero prueba un poco, después decide su sabor. —reprochó jalando una de sus mejillas. —Aunque tienes razón, es delicioso.
—Podría acostumbrarme a esto. —sonrió Lovino. —Puede que me tengas de cuñado en un futuro.
—No. —corrigió, haciendo un mohín. —Tendré a un cuñado mucho más molesto. Demasiado molesto.
— ¿Eh? ¿Emma tiene un pretendiente? —lo volteó a ver con sorpresa. Al ver la cara de desagrado de Govert tosió un poco. —Quiero decir, Emma es hermosa, pero teniéndote a ti como su hermano dudo que exista alguien que quiera morir tan joven. ¿Será que es igual de idiota que Antonio?
Govert arrugó sus cejas ante la mención anterior. —Dejemos el tema, me pongo de mal humor.
—Hummm…—Lovino miró el plato de comida. Ahora que lo recordaba Antonio había dicho que ambos no terminaban todavía, en ese momento se lamentaba el hecho de no haber querido escuchar más. —Antonio me dijo que él y Emma no terminaban aún. —le comentó, jugando con el arroz.
—Ya terminaron. —dijo Govert, frunciendo la boca. —Él se encargó de terminarlo todo.
— ¿Podría preguntarte algo más?
—Ya pasamos por esto.
— ¿Antonio lastimó a Emma? —ignoró, apretando la cuchara. No quería saber la respuesta, fuese cual fuese, tenía miedo.
—Sí. —contestó, lanzando la colilla del cigarrillo a lo lejos.
— ¿Qué hay de Emma? ¿Lastimo a Antonio? —tragó saliva. Sus manos le temblaron al subir la mirada chocando con la de Govert. Lucía confundió y molesto por su pregunta, aun así, la respondió.
—No fue necesario. —dijo serio. —Con solo verla cualquiera se quebraba.
—.—.—.—.—
—Tenemos una cita el sábado. —comentó Gilbert sonriente. Ambos tenían los brazos encima de los del otro. — Kesesese~!
— ¿Cómo demonios consiguieron eso? —gritó Arthur, estupefacto. — ¡Estoy seguro de que vi a una chica huyendo de ti ayer! —señaló a Alfred.
— ¡Sólo le pedí que fuera mi Natasha! —aclaró, sonrojado.
— ¡¿Quién demonios es Natasha?!
—No importa. —cortó el albino. —La cosa está en no invitarla en privado. Hicimos una cita grupal con otros chicos de segundo.
— ¿Quieres venir con nosotros? —preguntó Alfred burlón. —Puede que consigas a alguien que te soporte.
—Preguntamos a Francis y Antonio, igual al idiota de Lovino pero se negaron. —Gilbert hizo un puchero, molesto. —Antonio luce muy preocupado estos días, pensé que esto podría distraerlo, aunque sea un poco. Hay muchas chicas que quieren conocerlo.
—Eh…, paso. —Arthur volvió a su libro, desinteresado. —Una cita grupal es para perdedores que recurren a ellas para poder hablar con chicas. Y más importante aún, no estoy interesado en mujeres por el momento.
—Si no mal recuerdo cuando estábamos en primaria confundiste a Francis con una chica. —sonrió burlón. —Y le pediste salir contigo.
— Fuck off!
—HAHAHAHAHA! Y te atreves a burlarte del héroe. —rio a todo pulmón Alfred.
—Fuiste rechazado cruelmente entonces. —continuó Gilbert. — ¡Frente a toda la escuela!
Arthur puso una expresión de maldad pura haciendo que ambos pegaran un brinquito. Más Gilbert que Alfred. —Yo recuerdo a una persona que tocó los pechos de una chica porque la confundió con hombre, por más de un año. —una risa macabra salió de él. Gilbert sintió su cara ardiendo.
— ¡S-Se vestía como hombre y actuaba como uno! —dijo de pronto. — ¡N-No sólo yo lo hacía!
—Fuiste el único que toco su pecho porque era una señal de debilidad. —se carcajeó, sobándose el estómago.
— ¡Ya está bien! —intervino, derrotado. —Nos desviamos por completo del tema principal. Así que cuando Alfred consiga una novia después de la cita del sábado tendrás que tragarte tus palabras y tu comida.
— ¿Eh? ¿Por qué su comida? —preguntó Alfred, confundido.
— ¿Nunca has probado su comida? ¡Sabe de la mierda! —exclamó. Al ver la cara de confusión de Alfred, paro de reír. — ¿Qué?
—Su comida es buena. —declaró, Arthur se cubrió la cara con la mano aguardando un largo suspiró.
— ¿Eh? ¿Tienes fiebre? —puso una mano en su cabeza, intentando tomar su temperatura. — ¿Qué pasada contigo? ¿Tienes problemas mentales, de salud? ¿ESTÁS MAL DE LA CABEZA, OYE?
— ¡Deja de ser tan dramático, imbécil! —gritó Arthur, aventándole a un lado. —No creas nada de lo que te dice…
— ¿Diste la comida de Kiku de nuevo? —preguntó Gilbert, travieso. Arthur volteó a él, en sus ojos se veía la estupefacción y la vergüenza mezcladas, el rubor creció desde el cuello hasta la punta de la cabeza.
—Me siento sucio. —comentó Alfred dedicándole una mirada vacía a Arthur.
— BULLSHIT!
—.—.—.—.—
El sábado llego. Alfred miró con curiosidad a las seis personas que le rodeaban. Gilbert a su lado parecía bastante nervioso, observando a la chica que conocía en la fiesta mientras ella, ignorándolo, platicaba con el que se colocó a su lado. No estaban Francis ni Antonio, tal vez fuera por eso que no paraba de mirar a todos lados.
— ¡Yo soy el asombroso Gilbert! —se presentó, señalándose. —Mi tipo de chica ideal es una fuerte, que tenga carisma, cabello corto castaño y ojos verdes, pero sinceros, de mi misma edad algo ingenua pero que me reprenda con fuerza. Para ser franco no me interesa nadie más, pero ¡Dado que ella no está aquí por el momento, me conformó con salir con el bombón de la esquina derecha! —señaló.
— ¡Vete a casa! —gritaron la mayoría. — ¡No vengas a citas grupales si ya tienes a alguien!
—Lo siento, sólo que desde que la vi fue bastante impresionante. —rio, rascándose la cabeza. — ¡Vamos, vamos! Alfred es el siguiente en presentarse.
—El chico héroe. —comenzó a reír una de las chicas. Alfred la reconoció como la primera a la que invito. — ¡Cuando me pidió salir me dijo algo sobre ser su Natasha Romanoff! —las carcajadas no tardaron en salir.
— ¿Quién demonios es esa? —preguntó otro. — ¿Ni siquiera puedes vestirte de manera normal para impresionar a algunas chicas? —se burló, recorriendo con la mirada su polera del Capitán América. —Se te resalta un poco de grasa.
— ¿Cómo dices que te llamas?
—El asombroso dijo que Alfred.
— ¡No tiene nada de héroe!
—Eh… no. P-Puedo presentarme por mí mismo. —murmuró incómodo. Gilbert seguía tan embobado con los pechos de la chica morena que ni siquiera notaba que algunas burlas iban dirigidas para él.
—Hey, asombroso. —llamaron las mujeres, distrayendo a Gilbert. — ¿Por qué has traído a este chico a la fiesta? Estábamos seguras que traerías a Antonio. —todas hicieron un puchero insatisfechas. —Ya que Emma no es un estorbo, una de nosotras puede probar suerte.
La de los pechos grandes lo miró con cara de perro apaleado. — ¿Podrías llamarle para que venga a pasar un buen rato?
—E-Eh…—el albino parpadeó un par de veces, incomodo. —Antonio tiene que hacer sus propias cosas, intenta solventar una situación que se presentó con Emma…
— ¡Siempre se la pasa con esa chica! —protestaron. — ¿Para qué demonios te invitamos entonces?
— ¿Qué?
—Sólo tenemos a un freak gordo delante de nosotras y a un idiota que no para de ver los pechos de Lidia. —bufó el líder de los chicos. — ¿No sería mejor que ustedes fueran a traer las bebidas? Lucen servir más para ello.
— ¡Que grosero! —rieron los demás.
El restaurante contaba con habitaciones privadas lo cual agrado a Francis en primera vista. Sin embargo, las risas se escuchaban a través de la puerta medio abierta que dejaban los camareros para preguntar si se necesitaba algo más. Antonio sólo miro a los lados, sujetando en un firme abrazo a lo Lovino; para él sólo era un restaurante de niños ricos.
— ¿Qué rayos? ¿A esto nos querían invitar? —murmuró Francis frunciendo el ceño. Antonio y Lovino se pararon en seco, escuchando las primeras burlas que lanzaban a Alfred, siguiendo Gilbert. —No tienen ni una idea de lo que se pierden al no tratarlos.
— ¿Por qué se quedan callados? —Lovino se cruzó de brazos, molesto. Antonio bajó la mirada al escuchar el porqué de su invitación. —Esa maldita patata habla hasta por los codos y ahora decide quedarse en silencio.
—Yo sólo quería probarle a Arthur que soy capaz de tener una cita. —pensó Alfred escondiendo la mirada en sus lentes. Gilbert a su lado se mordía el labio con fuerza, intentando contener un par de groserías. — ¿Se reía si le digo que paso esto? ¿Robín-Lovi me pateará de nuevo? Seguro que pronto todos nos reiremos de esto.
—Es difícil soportarlo. —murmuró Gilbert, apretando las mangas de su suéter rojo. —Necesito a mis amigos…
Francis y Antonio estaban a punto de entrar para rodar unas cuantas cabezas, pero una sombra les ganó la entrada triunfal. Al reconocerlo, Lovino abrió la boca. Ciertamente había tenido una conversación sobre ello con él pues Alfred le dijo que incluso lo invito, pero fue rechazado de manera cruel, al mismo tiempo enterándose de que Kiku era un as de la cocina.
—Oye, héroe. —llamó Arthur desde la puerta. — ¡Alfred!
— ¿Eh? —todos quedaron en silencio al ver al Presidente del Comité Disciplinario ahí. — ¿Qué haces…?
—Vine porque dijiste que encontraría a alguien que me soportara. No que compartiría mesa con una bola de idiotas. —comentó, sin importarle las miradas asesinas que recibió. —Por lo visto no hay más lugares donde pueda sentarme, así que vayamos a otra parte.
—E-Eh… enseguida iré. —respondió torpe, tomando su suéter para ponerse de pie.
—Vaya, vaya. ¿Acaso es un pedido personal del Presidente Kirkland? —soltó con sorna una chica. Alfred se detuvo mirando en seco a Arthur, se puso nervioso y sintió sus mejillas rojas por la vergüenza. ¿No se estaba sacrificando demasiado por él?
—N-No es así. —contestó volteándose a verlos. Suficiente de ser un cobarde, debía sacar el héroe que llevaba dentro. —Él sólo…
—Es personal. —dijo apacible. —Así que muévete, no tengo toda la noche. —ordenó dándose media vuelta. Alfred no se atrevió a darle la cara a nadie, como un perro regañado siguió a Arthur. Con la cara ardiéndole igual que un foquillo de navidad.
Gilbert sintió como todas las miradas pasaban a él. Debía irse de ahí, seguro que podía contactar a el resto del BFT de inmediato, pasarían un buen rato e incluso si Lovino estaba incluido no le molestaba en absoluto.
— ¡Deja de lucir tan patético, patata bastarda! —gruñó Lovino, imponiendo su presencia. Paso de largo, sentándose entre Gilbert y la chica de al lado.
—Lo siento por hacerte esperar, Gilbo. —sonrió Antonio, entrando con Francis. Las chicas se miraron sorprendidas, esperando que no fueran escuchadas.
—El tío Francis pensó que era en la habitación de al lado. —explicó Francis. — Excusez-moi mademoiselle, pourriez-vous l'amabilité de me donner ce siège?—la chica a la que se dirigió adquirió un enorme sonrojo en su rostro al escuchar tan perfecto francés. No dudo ni un momento en darle el asiento.
—Oh, rayos. No hay ya ni un asiento para mí. —Antonio hizo un puchero. La chica de pechos grandes junto con la otra restante se pusieron de pie casi de inmediato, dándole el asiento. Lovino se recorrió abarcando más espacio, impidiendo que una se volviera a sentar.
—Ve~ Hay muchas chicas lindas. —exclamó Feliciano, apareciendo junto con Ludwig, Kiku y Matthew.
—Compórtate o te golpearé. —ordenó Ludwig. —Oh, hermano. ¿Has comido solo dulces? —preguntó molesto observando el pastel.
— ¿¡Hermano!? —los dos chicos que quedaban sentados de inmediato se pusieron de pie. Ludwig los miró extrañados. — ¡S-sólo estábamos jugando, no dijimos nada enserio!
— ¡Nos dejamos llevar por los chicos, Antonio! —exclamaron ellas.
—Vamos Lidia, dile que quieres salir de nuevo con el asom-Gilbert.
—S-Sí. —se puso detrás de Antonio, justo delante de Gilbert. —P-Podríamos volver a vernos en la semana.
— ¡Eso es mío, princesa! —gritó el albino, poniendo un pie en la mejilla de Lovino. — ¡Devuélveme mi pastel!
—O mejor contigo, Antonio…
— ¡Lovi, Lovi! ¡Ven a sentarte a mi lado! —llamó Antonio, golpeando el lugar a su lado. — ¡Pediré muchos pasteles para ti!
— ¡No me da la misma satisfacción que robárselo a la patata bastarda! —gritó, halando el cabello contrario.
— ¡Lovi ya no me quiere! —gritó Antonio, llorando en el hombro de Feliciano. Este le daba palmaditas hundiéndose un trozo de pastel en la boca. — ¡Francis! ¡Lovi ya no me quiere!
El nombrado alzó la mirada con reproche, se encontraba abrazando a Matthew plácidamente. —Tranquilo, Toño. Seguro anda en modo quiero que me ruegues, bastardo español. O algo así.
— ¡No tengo ningún modo así!
— ¡Seguro que ya considera a Gilbert su mejor amigo! —chilló, haciendo una rabieta en la silla. — ¡Yo seré desplazado! No podré abrazarlo ni besarlo cuantas veces quiera. —pataleó, aventando la almohada. —Lovi ya no quiere mi compañía.
— ¡Ni en un siglo consideraría a esta patata mi mejor amigo! —gritó, lanzándole un pedazo de comida en la cara.
— ¡Nunca en mi vida tendría deseos de abrazarlo!
—Lovino-san es bastante tsundere. ¿Verdad? —preguntó Kiku con una sonrisa.
— ¿Tsundere? —preguntó otra voz llegando. Govert y Emma se sumaban a la lista de invitados no-invitados. — ¿Qué es eso?
Antonio frunció la boca con molestia, al levantarse para ir por donde Lovino sintió que algo le rozaba la cabeza. Había chocado con los pechos de la chica, enojado como ya estaba, volteó a verlos a todos de una manera tan seca que los congelo en su lugar.
— ¿Siguen aquí? —preguntó con voz gruesa.
— ¡Y-Ya nos íbamos! —gritaron saliendo a toda prisa del lugar. Emma rio bajito a costa de una mirada de reproche por parte de Govert.
— ¡YO NO SOY TSUNDERE! —tronó Lovino, sonrojado hasta las orejas.
—.—.—.—.—
—E-Espera un poco, Arthur. —jadeó Alfred corriendo para alcanzarlo. —Me dices que te siga, pero te echas a correr al primer instante, no entiendo nada.
El Presidente no le dio la cara sólo detuvo su caminar mirando las luces de los edificios que seguían por delante. Los carros pasaban en sentido inverso, trayendo consigo aire que revolvía el cabello de ambos. La escuela no estaba muy lejos, pero comenzaría a estarlo si seguían por aquel camino ya que iban en sentido contrario.
—Gracias por ayudarme, …de nuevo. —murmuró entre dientes. —No tenías que hacerlo.
Escuchó el enorme suspiró de Arthur. No parecía estar prestando atención a ninguna de sus palabras lo cual le molesto, se acercó a él poniéndole una mano en el hombro obligándolo a voltear, aunque fuera un poco, lo logró. Aunque la reacción de Arthur también consiguió sacarlo de foco por un momento.
— Shut the fuck up! —gritó tapándose el rostro. Alfred notó que tenía las orejas rojas al igual que sus mejillas. — American Stupid!
—L-Lo siento. —dijo poniéndose colorado también. —De verdad. Sólo quería probarte que podía conseguir una chica, no quería meterte en problemas de nuevo.
Arthur alzó uno de sus brazos, descubriendo un ojo. La cara de Alfred lucía de verdad arrepentida, como si fuera su culpa que aquellos chicos se burlaran de él por su físico o personalidad; se sintió estúpido por hacerlo pensar de esa manera. Él no tenía la culpa de nada pero estaba tan avergonzado por las palabras que dijo que no pudo evitar entrar en su faceta Tsun, a veces olvidaba que Kiku ya no era la única persona con la que trataba.
—Vamos a comer una hamburguesa. —dijo hundiendo las manos en sus bolsillos. Aún estaba avergonzado, pero quería hacerlo sentir mejor de una u otra forma; Alfred lo observo con desconfianza. — ¡Deja de verme así!
—No tienes que preocuparte por mí… ya has hecho bastante. Volveré a la escuela.
— ¿Te atreves a rechazarme una hamburguesa? —gruñó poniendo mala cara. —Podría mandarte al infierno por esto, héroe. —exclamó haciendo volar su gabardina negra con el aire. — ¿Estás listo para ver destrozado tu mundo?
—Arthur yo…
— ¡Yo soy el Príncipe de las Sombras! —gritó aun cuando el color rojo volvió a inundar su rostro. — ¡Y ahora mismo te estoy retando a un duelo de comida, héroe! —al menos la suerte le pertenecía y no pasaba ningún transeúnte.
Alfred sintió las lágrimas acumularse en su rostro, aun así, agarro fuerzas para sonreír. — ¡Él héroe comerá todo lo que le apetezca! —gritó, echándose a correr. — ¡El último en llegar paga toda la cuenta!
— ¡Espera un momento, idiota! —respondió Arthur, yendo detrás de él. — ¡No pienso pagar más de diez dólares!
TUVE QUE CONTENERME TODO EL CAPITULO. AH-!
Los feels me llegaron uno tras otro, pero me contuve de no llenar el capítulo de drama. La relación de Alfred y Arthur ayudo mucho con eso. Al menos sabemos que Arthur no dejara que nadie le haga burla a Alfredito, menor unas niñas feas :'D
Y ya, para hacerle de emoción. Alguien se dará cuenta de sus sentimientos en el siguiente capítulo, y sí, es una de las parejas principales. Bueno supongo que se quedaron con la duda de que el bullicio en la escuela sobre lo de Govert no fue tanto, but- hay una explicación para todo.
Como siempre, gracias a las lindas personas que me dejaron reviews. Shadwood & GinYang98. No saben cuánto los aprecio.
Con cariño,
MimiChibi-Diethel.
