Circulo: Vicio Tsun.


Tú + Yo=Error 404.

16. Volar como murciélagos del infierno.

Emma miró por la ventana, aburrida. Escuchaba a los profesores hablando por toda la sala, en el único rincón que dejaban para ella se encontraba un pupitre desgastado, que era en donde se sentaba para comer. Por el vidrio veía la tarde pasar, lenta y silenciosa. En aquella habitación no podía decir nada, ni mirar nada más que aquella ventana. Todo estaba prohibido. Los profesores la ignoraban, dándole directamente la espalda cuando se sentaban a comer; en un principio intentó hacer una conversación, de ahí supo que no tenía voz en esa hora de estancia.

De vez en cuando se preguntaba si la cafetería sería mejor.

—Escuche que el director está con los más altos ahora mismo. —comentó la profesora que impartía biología a los de primer año. —Estaban discutiendo que hacer con el vídeo que se filtró de Govert Morgens.

Bel sintió su sangre helarse. Apretó con fuerza sus dedos contra su cara, simulando no haber escuchado. Eran rumores, todos ellos no comprendían que Govert no haría algo tan despiadado como eso. Govert no era un chico malo que se dedicaba a golpear personas en sus ratos libres, menos mujeres.

—Silencio. —objetó en voz baja el profesor de química. —Su hermana te está escuchando.

—Ella debería ponerle un alto. —continuó la profesora, sin disimular su voz. —Govert es un prodigio en el fútbol, tenía un buen futuro y ella fue quien lo arruino.

—Quiero reiniciar. —farfulló, ocultándose entre sus brazos.

Conoció a Antonio en la secundaria, en el primer curso. Emma se sentaba a su lado, y las personalidades de ambos se habían encontrado instantáneamente, los dos eran un mar de alegría andante. Luego de cruzar la palabra Emma supo que ahí tenía un amigo en el que podía confiar, lo decían los ojos tan amables que tenía Antonio.

Se convirtieron en amigos rápidamente. Emma entonces conoció el verdadero significado de lo que era ser popular, cuando ella gustaba apenas a tres o cuatro chicos, Antonio les gustaba a todos, hombres y mujeres por igual. Era el chico perfecto.

Aunque no fue hasta segundo año que se dio cuenta que tenía sentimientos por él. Todos en el salón los consideraban como pareja, así que no fue difícil comenzar a salir para ninguno de los dos. Se sentían bien el uno con el otro; todos los aceptaban. Incluso las chicas que estaban enamoradas de Antonio, sentían una especie de conexión con Emma y la trataban de la misma manera.

Su relación era una pompa de jabón recién hecha; frágil y hermosa.

Fue cuando ambos entraron a Gakuen que la burbuja se rompió.

—Niña, es hora de ir a clases. Anda, no puedes quedarte aquí. —Emma sintió un fuerte tirón, de manera borrosa pudo distinguir al jefe del departamento de literatura con un café en la mano, observándola molesto. Talló sus ojos con pesar y rápidamente recogió sus cosas, dirigiéndose a clase.

Odiaba los almuerzos.

—.—.—.—.—

—Quiero hacerte una pregunta. —dijo Lovino, dándole un sorbo a la pajilla masticada que tenía el batido de fresa. Miró de soslayo a Arthur, comía tranquilo la comida de Kiku, esperando a que continuara. — ¿Tú sabes que paso entre ellos dos?

— ¿Soy tú último recurso? —preguntó con una sonrisa burlona. Arthur dejo los palillos sobre la mesa, cruzándose de brazos.

—Es un pedido personal. —recalcó Lovino, bufón. La cara de Arthur tomó los colores del cabello de su hermano mayor. — ¿O acaso necesito llamar al Batigordito para que sean más personales?

— ¡Ya paso una semana desde eso! —gritó, atrayendo la atención de todos. Volvió a tomar asiento, guardando de nuevo su compostura. — ¿Es que no van a superarlo nunca?

—No mientras este vivo. —se encogió de hombros. —O puedo olvidarlo si me dices lo que sabes.

Arthur gruñó por lo bajo. —No sé nada respecto a eso. —comentó volviendo a tomar otro poco de arroz. —La escuela se encargó de borrar todo rastro de lo sucedido, y las pocas personas involucradas fueron silenciadas. La escuela no mancharía las cosas por un caso de agresión escolar.

— ¿Qué acabas de decir?

—Lo que has escuchado. —la mirada verdosa del inglés se puso seria. —La verdad es que los detalles que sé son nulos. Estoy consciente de que hubo agresión, aunque ignoró el porqué. ¿Comprendes?

— ¿Scott no lo sabe? —preguntó, dando un trago grande a su malteada.

—Si lo sabe, dudo que se lo diga a la persona que lo ignoro cuando trato de estrechar su mano. —se encogió de hombros, desinteresado. — ¿Por qué no le preguntas a tu queridísimo amigo Antonio? O a Govert. Quizás Emma sea de ayuda también.

—Emma no viene al comedor. —murmuró. —Se salta las horas del almuerzo.

—Ella no es como tú. Tonto. —dijo, mirando su platillo casi vacío. —Cuenta con un permiso especial para ausentarse y comer en la sala de profesores.

Lovino no preguntó nada más por el resto de la comida. Arthur le daba una mirada rápida de vez en cuando para asegurarse que siguiera a su lado, no estaba acostumbrado al Lovino silencioso. Ni siquiera sabía que existía uno, pese a ello giró la cabeza, observando la mesa del centro donde el BFT se encontraba. Gilbert simulando una guitarra con la escoba que seguro habría tomado del fondo, Francis tarareando con un tenedor y Antonio jugando con varias chicas.

—Aquellos chicos que se metían contigo, ¿ya no te han molestado más? —preguntó curioso. Buscando en que distraer su mente por la ligera molestia que sintió al notar como ignoraban al menor.

— ¿Te preocupas ahora? —ironizó dándole una mirada de reproche. — ¿De verdad? Y no me vengas a decir que es una estupidez del Comité Disciplinario porque eso ni tú te lo crees, gilipollas de mierda.

—Supongo que es un no. —suspiró. — ¿Fue gracias a Govert?

—Si ya sabes la respuesta no debes preguntar.

—.—.—.—.—

— ¡El héroe esta aquí! —anunció, abriendo las puertas. Matthew a su lado intentaba en vano controlarlo; Arthur podía estar en un asunto muy importante y podrían meterlo en problemas, más de los que ya tenía por ellos. — ¿Eh? ¡No hay nadie!

—A lo mejor se detuvo con algo. Es una persona ocupada, hermano. —comentó Matthew, sentándose en el sofá. —Quizás deberíamos estudiar por nuestra propia cuenta en lo que llega.

— ¡No quiero hacerlo! —se tiró de brazos abiertos en el sofá para tres personas, relajándose. —Quiero descansar un rato de todo el estudio que he acumulado, mis notas comienzan a incrementar, creo que me merezco algo de paz.

—No, estoy seguro de que no han incrementado ni un poco. —suspiró Matthew, sacando sus libros. —Debemos procurar hacerlo bien para que el joven Arthur no tenga problemas. Suficiente ha hecho por nosotros.

Alfred miró el techo, entrelazando sus manos por detrás de la nuca. Recordaba el fin de semana constantemente, a veces imaginando que Arthur nunca aparecía para salvarlo y él se mostraba como el héroe que era, protegiendo a Gilbert. El hecho de que su tutor comenzara a actuar más genial que él comenzaba a molestarle, siempre estaba ahí aunque no lo pidiera. Era como un príncipe, pero no de las sombras, sino como el príncipe de los cuentos de hadas, apareciendo para salvar a la princesa. Y él era la princesa.

— ¡Ah, a qué hora vamos a estudiar! —gritó, sentándose de golpe. Matthew se sorprendió por el repentino grito, soltando el libro. — ¡Podría estar haciendo una hazaña heroica en este mismo instante!

—Puedes irte si lo deseas. —comentó Matthew, tomando su libro de nuevo. —Iré a buscarte cuando llegue el joven Arthur.

—Matthew, ¿crees que Arthur es genial? —preguntó de repente, interesado. — ¿Tú crees que lo es?

—Por supuesto. —comentó calmado. —Nos ha salvado bastante. Si no fuera por él y por Lovino aún sería difícil hablar contigo.

Alfred talló su barbilla, pensativo. — ¿Has considerado que sea un truco para tenernos en la palma de su mano? Ya sabes, él pudo haber sido la cabecilla detrás de todos esos chicos que comenzaron a molestarme. Quiere ganarse mi amistad y entonces, en el mejor momento me dirá: ¡Yo siempre te he odiado, héroe!

— ¡Es suficiente, hermano! —gritó, poniéndose de pie. Alfred por primera vez se sintió pequeño ante Matthew. El parecía furioso. Le recordó el día en que lo vio por primera vez después de los diez años transcurridos, cuando su padre dijo que estaba mejor sin su madre y Matthew, firme, le demandó no volver a repetirlo. — ¡El joven Arthur no es así! ¡Deja de considerarlo el malo, lo puedes lastimar!

— ¿L-Lastimar?

—Herirlo. —continuó, más calmado al ver la reacción de su hermano gemelo. Matthew se acomodó los lentes antes de volver a tomar asiento, mirando fijamente a Alfred. —El joven Arthur es muy buena persona. Ha hecho bastante por nosotros dos, creo que es bastante injusto que aún no creas que sus intenciones son buenas.

—L-Lo siento, Matthew. —junto sus palmas, pidiendo una disculpa. —Jamás creí que Arthur significara tanto para ti.

Su hermano lo miró con un semblante extraño en la cara, al menos así lo percibió Alfred. Había confusión en su rostro con el ligero toque de molestia que aún no desaparecía por completo; sí, estaba bien que Arthur significara mucho para Matthew, pero ¿era totalmente malo que no lo fuera para él? Después de todo el americano sólo quería que volverían a jugar como siempre, demostrando el poder heroico que tenía dentro.

"¡Es personal!" La voz de Arthur retumbo en los tímpanos de Alfred, como una flecha cortando el aire. Sintió su cara caliente, su garganta seca, las manos le comenzaron a sudar pudo sentirlo cuando apretó sus puños. El corazón se le aceleró cuando recordó a Arthur fingiendo ser un villano para levantarle los ánimos.

— ¿Hermano? —cortó el pensamiento su gemelo, pasándole una mano por enfrente. — ¿Te encuentras bien? Perdóname, no quería sonar muy…

—Necesito aire. —se levantó y salió de la estancia. Suspiró hondo, recargándose en la puerta, aún sentía que su corazón latía a toda prisa y no comprendía la razón de eso. Mucho menos porque fue al pensar en Arthur que eso paso.

— ¿Al fin se han dado cuenta que eres un pedazo de mierda, bastardo? —preguntó Lovino, frente a él. Alfred se pegó por completo a la puerta, muerto de miedo; ni siquiera sintió que el italiano estaba delante. — ¿Qué jodidos te pasa?

— ¡N-Nada! —aseguró.

—Lo que sea. —Lovino rodó los ojos, tenía mejores cosas de que encargarse que sacarle información al gordito. —Quiero hablar con el imbécil de Arthur.

— ¡No es un imbécil! —gritó, quizás mucho, mucho más alto de lo que hubiera deseado. Lovino se quedó congelado en su lugar, confundido de cómo reaccionar al respecto. Parpadeó un par de veces, y afinó su garganta, trayendo a la realidad a Alfred. — ¡E-Es lo que seguro Matthew te gritaría! —objetó de inmediato, con las mejillas sonrojadas. — ¡Me acaba de dar un sermón por ello también!

—Seguro. —Lovino lo miró con picardía, logrando que se pusiera aún más nervioso. —Mira no tengo tiempo para decirte que forman una bonita pareja, así que mueve tu culo que tengo que hablar con él.

— ¿Q-Qué cosas dices? —Alfred se cubrió la cara con las manos. Lovino puso una mirada vacía en sus ojos, en cualquier otro momento se hubiera reído de él, pero ahora sólo se preguntaba qué tan virgen podía ser el chico que tenía delante como para imaginarse con otro tío.

— ¡Que saques tu puto trasero! —le piso el pie con saña, esperando apartarlo. Alfred chilló de dolor, ignorando todo lo anterior. Lovino se asomó por la puerta, y sólo encontró a un Matthew que alzó la vista de los libros al notar que esta se abría, saludo a Lovino con la cabeza y volvió a concentrarse. —Si no estaba debiste decírmelo. —bufó dando media vuelta. Pegó unos papeles en el pecho de Alfred y se encogió de hombros. —Dáselos a ese bastardo, dile que no soy su recadera.

Alfred tomó con torpeza los papeles, dejando que unos cuantos cayeran en el suelo. Al volver a mirar a Lovino este iba un poco más lejos de la mitad del pasillo; lucía demasiado despreocupado como siempre, pero más solitario, entonces pensó que Antonio estaba a su lado jugando con él como siempre, Lovino intentando quitárselo de encima, pero al fin y al cabo los dos pasándola bien. Una sonrisa brillante de héroe se le plantó en el rostro, con cuidado de no tirar los papeles de nuevo junto sus manos alrededor de su boca, formando un pequeño megáfono.

— ¡Yo también creo que haces una maravillosa pareja con Antonio! —gritó.

Lovino se detuvo al final del pasillo, volviéndose a él en menos de un segundo. Sus mejillas tomaron un color más rojizo que un tomate, estaba seguro que su rulo estaba completamente erizado y sólo tuvo el tino de salir corriendo, maldiciendo a Alfred a los cuatro vientos.

—.—.—.—.—

Era miércoles cuando un nuevo vídeo salió a la luz. Lovino estaba en ese momento con Govert, comiendo el almuerzo. Ambos teléfonos vibraron al mismo tiempo, Lovino lo sacó casi de inmediato pensando que era algún mensaje de su padre, al desbloquearlo el vídeo se reprodujo por sí solo, abarcando toda la pantalla.

Govert se metió un nuevo trozo de carne a la boca, desinteresado.

— ¿Te vas a sentar tan tranquilo? —preguntó Lovino, una vez que el vídeo paro. — ¡Dime algo!

—Pensé que ya no pasaríamos por esto. —reprochó, frunciendo la boca. Tomó un sorbo del café que hizo el italiano para ambos y volvió a masticar, sin la menor in tención de seguir con aquella conversación.

El silencio reinó.

—No me sentaré con alguien que golpea chicas. —dijo al fin Lovino, tomando los trastos. Decaído observó la expresión llena de desdén por parte del mayor, quién seguía comiendo como si el otro no estuviera presente. —Quiero confiar en ti. —admitió, mordiendo sus labios. —De verdad lo quiero.

Govert volteó a él sin semblante. Inconsciente, apretó de más los cubiertos haciendo un tintineo.

—Pero supongo que después de todo tú no confías en mí. —suspiró. Sentía todo su cuerpo pesado, como al finalizar todo un día de ejercicio. —No todos son tan idiotas como Antonio, ¿verdad? Ese imbécil al momento de conocerme me dijo que seríamos amigos toda la vida y me lleno de sus secretos, a pesar de que yo le conté muy pocos de los míos. Y ahora, yo le cuento todos mis secretos y él no me cuenta nada, es incordio, ¿no?

—Confías demasiado en él, Lovino. —pronunció Govert, guardando los trastos. Se puso de pie, quitándose la bufanda que siempre lo rodeaba, tomó a Lovino por los hombros y lo obligo a voltear a verlo. Con cuidado, intentando que no se rompiera al igual que un cristal, lo arropó con ella.

—Hace un calor del demonio. —gruñó bajito.

—Antonio teme contarte las cosas por una simple razón. —dijo, atrayendo la atención contraria. La cara de Lovino era desesperación, tristeza, compasión y confusión; apenas podía contener las ganas de contarle todo. —No quiere que te decepciones de él.

—Nunca lo haría. —afirmó.

— ¿Tanto así lo quieres?

—Es mi mejor amigo. La mejor persona que he conocido, quitando a Feliciano y mi abuelo. Me ayudo, apoyo, me brindo una familia cuando nadie más lo hizo. ¿Cómo no…? —Govert puso una mano en su boca, callándolo.

—Te lo contaré. —cortó, serio. —Todo. —Lovino tragó duro, sintiéndose como el más grandísimo idiota al lograr que Govert pusiera una cara tan apagada como aquella. Fue al tiempo en que iba a volver a hablar cuando los altavoces resonaron por toda la escuela, repitiendo una sola frase:

Govert Morgens, 3-B, se solicita su presencia en el Comité Disciplinario.

Govert Morgens, 3-B, se solicita su presencia en el Comité Disciplinario.

—Eres mejor que alguien que golpea chicas. —murmuró Lovino al tomarlo por el saco, antes de que Govert se fuera. —Eres mucho mejor que eso. Lo sé.

—No, no lo soy. —se dio de nuevo la vuelta, sonriente. —Pero es bastante lindo que pienses eso de mí.

—.—.—.—.—

Alfred se encontraba abstraído en sus pensamientos. Tenía una pelota en la mano que lanzaba continuamente hacía arriba, no más de cinco centímetros para volver a atraparla; el aburrimiento lo acababa. Incluso prefería las clases sosas de Arthur antes de estar ahí, sin hacer nada. Pero estas incluso habían sido canceladas a última hora como todas las de la semana, Arthur ni siquiera se molestó en avisarle personalmente sólo mando a un estudiante de primero para decirles que bien, podían quedarse ahí y estudiar por su cuenta o marchase. Inclusive los papeles que le mandó Lovino aún estaban en su escritorio, acomodados de la misma manera en los que los dejo.

¿Estaría enojado con él por lo de los chicos? ¿No quería verlo o jugar con él?

Antes de darse cuenta lanzó la pelota más fuerte, consiguiendo que le rebotara en la cabeza al momento de caer. Tirando sus lentes en el proceso.

— ¡Eres intimidante! —gritó Toris. Alfred volteó la mirada a la bajada que daba a los edificios, sin sus lentes apenas pudo reconocer dos manchas al fondo. — ¡Por favor, déjame tranquilo!

—Sólo quiero una visita por la escuela, soy nuevo. —la voz sonaba inocente, dulzona. Alfred tuvo que acomodarse las gafas para determinar si era su derecho de héroe intervenir en la situación. — ¿Podemos ser amigos quizás?

— ¡Ya te dije que podíamos! —chilló Toris de nuevo, manteniendo la distancia. — ¡Podemos, sólo que ahora estoy muy ocupado!

Tal y como citaba Toris, él chico era alto, corpulento e intimidante. Aunque tenía una cara dulce como el azúcar. Recordaba a los osos polares que vio al ser un pequeño de seis años, tiernos y dulces pero que guardaban un carnívoro dentro de ellos. ¡Pero él era un héroe! Así que pese a todo se levantó de jalón y corrió sendero abajo, aterrizando de un salto frente a ambos.

— ¡No debes molestar a los más débiles! —gritó, plantando su mano delante del nuevo. Toris volteó la cabeza a un lado, queriendo desaparecer en ese instante.

— ¿Y tú eres? —preguntó el más alto, sonriente. Aquella línea le causo un escalofrío en todo el cuerpo al héroe.

— ¡Soy el que protege a los más débiles de villanos como tú! ¡El héroe!

—Ya veo, un nuevo amigo. —dijo, tomándolo de los hombros. — ¡Eres demasiado pequeño para alardear tanto! —bajo sus manos por los brazos contrarios, sujetándolo con firmeza de las manos despejándolo del suelo al darle una vuelta casi mortal por el aire.

— ¡Alfred! —gritó Toris al verlo aterrizar, sano y salvo, sin su zapato derecho.

—Pensé que serías como un muñeco volador, lástima que no es así. —continuó sonriendo, palmeando sus hombros. —Tengo que irme, nos veremos después. Dah. —dio media vuelta, hondeando su larga bufanda color crema y avanzó sin más.

— ¿Te encuentras bien? —preguntó Toris, acomodándole la chaqueta. —Lo siento mucho, Alfred. Él sólo apareció diciendo que quería ser mi amigo o algo así, me ofrecí a enseñarle la escuela después de que terminara mis deberes, pero él sólo comenzó a seguirme.

— ¡Es temible! —gritó, agitando los brazos. — ¡Es un villano grandioso!

—No creo que sea correcto involucrarse con él. —objetó Toris, sobándose el entrecejo. —Alfred no debes acarrearle más problemas al joven Arthur.

— ¿Q-Qué dices?

—Todo el mundo está hablando de esto y de aquello. —comentó, alzándose de hombros. —Que el joven Arthur está haciendo demasiado por ti y tu hermano, desde no hacer que los expulsen hasta meterse en problemas personales.

— ¡No fue un problema tan grave!

—Te creo. —dijo apretando los libros contra él. — Pero los demás no saben mucho al respecto y los niños ricos tienden a ser bastante indiscretos con la vida de los demás.

El americano hizo un puchero, avanzando con su compañero de habitación. Al parecer Toris le estaba contando una extraña hazaña con un amigo que se vestía de mujer, quería prestarle la atención merecida, Toris siempre lo escuchaba. Él tenía que hacer lo mismo, pero no podía, Arthur y sus hazañas estaban abarcando toda su mente.

—Debo pensar en un buen regalo. —comentó más al aire, ni siquiera se daba cuenta de que su compañero le estaba prestando atención. — ¿Un videojuego?

— ¿A quién piensas darle un regalo? —preguntó Toris. — ¿Será a Matthew?

—Ya le di un regalo. —comentó, hundiendo las manos en los bolsillos de la chaqueta. — ¡Le di una bandera de Estados Unidos!

— ¿Qué él no es canadiense?

—Son básicamente la misma cosa. —respondió alzándose de hombros.

— ¡No, no lo son! —exclamó alarmado. — ¡Por eso saliste mal en todos los exámenes de geografía!

—El mapa del mundo es confuso. —cerró la libreta donde anotaba las ideas para regalo, mostrando un mapa de Estados Unidos.

—Yo… no tengo nada más que comentar al respecto.

—Es para Arthur. —respondió, haciendo un mohín. —Si le doy un regalo de verdad entonces estaríamos a mano y volveríamos a jugar como siempre. No me gusta estar en deuda eterna con él. Siempre viene a salvarme, como si él fuera el héroe.

—Eso es porque no paras de meterte en problemas. —suspiró, sonriendo. —Creo que su mayor regalo es que dejaras de preocuparlo.

—Me estas pidiendo cosas realmente complicadas. —dijo hundiéndose de hombros. — ¡Lo tengo! —Toris lo miro con curiosidad. — ¡Pensaré mejor comiendo algo!

Y se fue corriendo rumbo a la cafetería.

—.—.—.—.—

Arthur se talló los ojos por quinta vez, se sobó el cuello y tomó varios sorbos de café antes que la puerta se abriera, mostrando a Govert acompañado de un agitado Scott. Seguro que su hermano corrió para alcanzarlo, traía todo el uniforme y peinado deshecho.

—Es bueno verlo, Morgens. —saludó el Director, quién en su momento miraba por la ventana. Sus manos detrás de su espalda sólo le mandaban a Arthur una mala señal.

—Director, yo intercederé por él. —anunció Scott mandándole una mirada a todo el Comité. Arthur sentado en la silla de en medio puso una mano en su cara, analizando la situación. A su lado derecho tenía a dos miembros de la junta directiva, hombres mayores, duros y fríos. Del lado izquierdo dos ayudantes del Comité, Vash Zwinngli y Roderich Edelstein ambos tesoreros de la escuela.

—No es propio de ti meterte en problemas ajenos, Scott. —reprendió Roderich, subiéndose los lentes. — ¿Pasar mucho rato con tu hermano te ha vuelto un idiota?

— ¡Escuche eso!

—No porque Govert sea tu amigo debes intervenir. —siguió Vash, cruzado de brazos. —Él merece el castigo acordado por haberse atrevido a tocar a una mujer. ¿No piensas ni un poco en tu hermana, tonto? —preguntó a Govert. —Si fuese mi hermana a quien tocaras no estarías de pie en estos momentos.

Govert no pareció inmutarse.

—Dejen a los grandes encargarse. —ordenó uno de los ancianos. —Tengo entendido que no es la primera vez que se presenta un vídeo de este estilo, ¿me equivoco? Lo que yo quiero entender aquí es por qué no se han tomado medidas antes. —las miradas cayeron en los hermanos Kirkland.

—Necesitábamos pruebas. —defendió Scott sin dar tiempo a Arthur. —Si puede darse cuenta, sólo es la silueta la que se parece. No se tiene ninguna prueba en su contra.

—Tenemos el temor de los padres que se han enterado. —dijo el segundo anciano. —Esta no es una escuela cualquiera, somos lo que somos por el apoyo de los padres de familia. Las personas ricas han invertido en nuestra escuela para que sus hijos tengan seguridad y una educación de primera clase.

—Creo que no es necesario decir por qué un problema como este debió ser irrelevante desde un principio, ¿no? —Govert miró al director. —La familia Morgens no brinda tantos fondos como otras familias como, por ejemplo, Honda, Kirkland, Bonnefoy o más reciente, Vargas.

—Lo que quiere decir, —tomó la palabra Govert. —es que debieron deshacerse de mí y de mi hermana.

—En efecto. —continuó el mismo anciano. —Tienes una lesión en la pierna, ¿me equivoco? Eso te quito todo el crédito para el pase a la universidad, tu hermana no tiene el promedio más alto de la escuela. ¿Qué están haciendo aquí?

—Si me vuelto multimillonario entonces ¿podré golpear a quién quiera sin necedad de pasar por esto? ¿podré comprarlos?

— ¡Govert! —Scott y Roderich hablaron al mismo tiempo.

—Eso fue lo que aquellas bastardas hicieron ¿no es verdad? —preguntó, golpeando la mesa. —Dejaron que mi hermana fuera humillada y maltratada sólo porque ellas tenían tantísimo dinero para expandir el terreno de la escuela, haciendo las áreas de descanso para ustedes, los cansados viejos.

—No permitiré que diga una palabra más. —el director se impuso, firme. Levantando uno de los brazos de Govert para que lo volteara a mirar.

—Es usted la cereza del pastel, ¿no? —bufó, soltándose. —Mi hermana vino aquí, a este mismo lugar casi suplicando la ayuda, y ¿qué hizo? La ignoró e incluso se atrevió a burlarse de ella. Dejo que la lastimaran, cubrió todo sólo por unas cuantas monedas.

Arthur se puso de pie mirando con perplejidad a Scott, su hermano le devolvía la mirada con la misma intensidad. Roderich y Vash se quedaron mudos, al igual que los viejos.

— ¿Qué? —Arthur fue el primero en articular la duda de todos. — ¿Qué has dicho Govert?

—Este cerdo se vendió. —gruñó. —Dejo que lastimaran a Emma. Hizo su vista a un lado y dejo que todos pasaran por encima de ella; cuando me la lleve a Holanda con mi padre él sólo dejo que todo se perdiera en un recuerdo, disipando todos los malos rumores en contra de las brujas esas.

—Suficiente. —intervino uno de los ancianos. —Que diga eso y sea creíble son dos cosas diferentes.

—Llamaré a mi padre. —cortó Scott.

Los tres directivos se pusieron a la defensiva en ese momento.

—Joven Kirkland piense que su hermano no ha sido de mucha ayuda para su historial en este momento. —Scott frunció la boca, mirando a Arthur. —La historia del joven Govert no será creíble teniendo cero pruebas, y cuando el caso fallé entonces veremos quién tomará el lugar del Comité Disciplinario. Al igual que los lugares de Jones y Williams.

—Director, con todo respeto...—Roderich se puso de pie, imitando el gesto de Vash.

—El hecho de que este aquí es solo por la familia Beilschmidt. No se crea tanto. —cortó, enojado. Roderich se tensó en su lugar. —Por su parte joven Vash, no creo que sea el momento indicado para darle problemas a su familia, no con un contrato a punto de ser firmado.

—La juventud de ahora es más obediente de lo que pensé. —el director dio unos suaves aplausos, sonriente. —Así que joven Govert, ¿por qué no va llamando a su padre para que venga por su hermana y por usted?

La puerta del salón se abrió, golpeando las paredes. Lovino entró por ella con un teléfono en la mano y una cara tan seria que Govert nunca se imaginó que pudiera poner, era una persona completamente distinta y no le gustaba. Ese no era Lovino Vargas, él que había llamado por primera vez amigo. ¿Antonio conocería esa faceta de él?

—Ya he llamado a alguien. —anunció. Arthur iba a reprenderlo, pero él tomó la palabra más rápido. —Espero que el número de Máximo Vargas sea el correcto.

—.—.—.—.—

— ¿No crees que estás comiendo demasiado? —preguntó Francis al llegar. Alfred estaba con las mejillas hinchadas de comida y sostenía contra su boca una pierna de pollo freída y barnizada con barbecue. Frente a él había una cubeta llena de otras partes de pollo y una soda de más de un litro. — Mon Dieu! Habla con él, Toño.

El español estaba con la mano en la boca, preso de la sorpresa. — ¡Ni siquiera Lovi es capaz de comer toda esa comida chatarra cuando no tiene nadie quién le cocine! —gritó, alarmado. — ¿No sabes lo que eso te hace en el cuerpo?

—Kesesese~—la risa de Gilbert resalto, sentándose al lado de un desconcertado Alfred. Le quitó la pieza de pollo de su boca y la metió en la suya, restándole importancia al asunto. —Yo sólo digo que lo dejemos comer lo que le plazca, después de todo creo que conoce bien los resultados. —río, pellizcándole el estómago.

— ¡Hey, no molestes al héroe! —gritó, apartando sus manos. —En mí país es natural comer todo esto, no sé porque están sermoneándome. —bufó, inflando las mejillas.

—El héroe esta enojado. —se burló Antonio, sentándose al lado contrario. Francis ocupó el otro asiento al lado de Alfred; el BFT lo miraba con sátira, esperando que se desahogara con ellos y poderse reír un rato.

Podés contarnos, hero. —Francis imitó un perfecto acento argentino que hizo reír a los otros dos. Seguro que copiaba a algún compañero suyo. —No creo que sea por el gruñón de Arthur y su doctrina.

Gilbert sonrió con burla cuando notó que Alfred tomaba su vaso de refresco jumbo como si se tratara de una cerveza.

— ¡Él tiene la culpa de todo! —chilló, dando un sorbo enorme. Unas lagrimillas se le juntaron en los ojos. — ¡No tiene porqué defenderme de esa manera, no soy una doncella en apuros!

—Así que es por él. —Francis se recargó en su mano, echando mechones de cabello rubio hacía atrás. — ¿Es por lo que paso el fin pasado?

— ¡Aún es gracioso burlarse de ello! —bromeó Antonio. Luego puso la cara más seria que pudo. —Es personal. —citó, partiéndose de risa de nuevo. Alfred puso mala cara.

—Quiero darle un regalo. —confesó, soltando su pieza de pollo y hundiendo la cara entre sus brazos, acostándose en la mesa. Gilbert aprovechó para tomar otra pieza.

—¿Un regalo? —preguntó, Francis mirando con asco a su amigo. Con las servilletas que estaban en la mesa, a las cuales Alfred no les había hecho caso, comenzó a formar una flor. — ¿A quién? ¿Arthur?

—Sí. —puso de lado su cabeza, para poder mirarlos. —Le debo mucho y no he sido muy agradecido que digamos. No sé qué darle.

—Podrías darle un ramo de rosas. —se encogió de hombros Francis, sonriente. —Hechas con las finas hojas de su colección de mil dólares de los libros de Conan Doyle.

—Un tomate. —objetó Antonio, con una sonrisa macabra. —Uno podrido. Yo sé dónde conseguirlo.

—Una cerveza. —intervino Gilbert, con la boca llena de arroz y un trozo de pechuga.

— ¿De verdad, Gilbo? —preguntó Antonio, irónico. —Quizás podrías llevarlo a cenar. A los burritos que venden fuera de la estación del metro.

—O a una orquesta sinfónica. —comentó Francis, golpeando a Antonio suavemente en la cabeza. Parecía interesado en lo que Alfred comentaba. —Desde hace tiempo que quiere ir a una, que mejor que se la regale su héroe.

— ¡Me quedaré dormido! —protestó, estirándose. — ¡Esas cosas de estirados no me van!

— ¿Quizás, dos cervezas? —volvió a comentar Gilbo, dando un trago grande de soda.

Tenés que sacrificarte un poco, Alfredo. —Francis imitó de nuevo el acento, siendo Antonio el único que comprendió lo que decía. —Un juego de té creo que le encantaría.

—O un disfraz de pirata. —siguió Antonio. —Tiene gustos bastantes peliculares.

Alfred parecía más estresado todavía. Puso sus manos en la cabeza, revolviéndose el cabello. Gilbert entonces colocó una mano en su hombro, en señal de apoyo.

—Con tres cervezas, ya estaría en tu cama. —aseguró con el pulgar arriba.

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— ¿Qué crees que estás haciendo? —preguntó Govert, sosteniéndolo del brazo con fuerza. El holandés lo sacó por la fuerza, a tirones, frente a todo el Comité y los miembros de la Junta Directiva. Arthur y Scott intentaron intervenir, pero una mirada de él fue suficiente para ordenarles permanecer en su lugar.

Lovino lo miró incrédulo. — ¡Salvando tu culo, por supuesto! —gritó, soltándose. — ¿Qué creen que son esos bastardos? ¡Ya verán que no se pueden meter conmigo!

—No necesito ayuda. —gruñó. —Te dije que te diría todo. ¿No podías simplemente esperar paciente y guardar la compostura? ¿No te es suficiente con sacarme algo que no quiero decirte? —estalló.

—Govert…—su cara paso del triunfo a la derrota en un instante. —Yo no…—suspiró un poco y volvió a tomar aire al instante. —Lo siento. Si no me lo quieres decir está bien. Pero no por eso voy a permitir que te expulsen de la escuela.

—Lovino ya…

—Ya he pedido ayuda. —sonrió, triste. Govert mordió su labio. —No me hagas retractarme, por favor.

— ¡Hermano! —gritó Emma corriendo por el pasillo. — ¿Por qué te han llamado aquí? ¿Te han dicho algo? ¡Yo les demostraré que esos vídeos no son ciertos!

—Por supuesto que no lo son. —contestó Govert con una sonrisa. Emma se le devolvió, creyéndole. Lovino sintió un nudo en la garganta formase, la verdad dolía, quizás demasiado; ¿qué pensaría Emma si sabía que los vídeos eran reales? ¿qué haría Govert?

—Lovino, llévate Emma. —pidió, fingiendo la sonrisa. —Pueden estar tranquilos, me encargaré en un santiamén de esto.

—Pero, ¿realmente no debemos llamar a papá? —preguntó, decayéndose. — ¿Estarás bien tu solo?

—Tengo a Scott de mi lado. —continuó, hundiendo las manos en sus bolsillos. Lovino se quitó la bufanda de la garganta, se le comenzaba a ser difícil respirar; Govert lo observó, luego tomó su prenda. —Tengo esto. Y por supuesto, el apoyo de Máximo Vargas.

Emma miró fugaz a Lovino, sorprendida.

—Iré con ustedes en menos de media hora, así que esperen en la jardinera principal, ¿de acuerdo? —preguntó, volviendo a ponerse serio. Poco a poco fue entrando a la habitación hasta que se perdió por completo.

—Él… estará bien, ¿verdad, Lovi? —Emma agachó la mirada, temblando. —Sé que no me quiere preocupar, pero el hecho que lo oculte sólo hace que me angustie más. ¿No puedo serle de ninguna ayuda?

—Emma…

—Incluso tú, nos estás brindando ayuda. —volteó a él con el rostro destrozado. Sonrió y le partió el corazón a Lovino. —Sin saber nada de lo que paso, estás ofreciendo todo por nosotros.

Caminaron en silencio hasta donde acordaron encontrarse con Govert. En el cielo las nubes bullían monocromas, dejándose llevar por un viento que era nulo; los colores destallaban en un tono azul griseo, opaco. Los arboles permanecían en calma, sólo los murmullos de los alumnos evitaban pensar que el lugar se encontraba abandonado.

—Ninguno de los dos te lo ha dicho. ¿Verdad? —preguntó, dando un brinquito para sentarse en la parte alta. Lovino salió de sus pensamientos, mirándola.

—No. —arrastró sus palabras, sentándose a su lado. —Govert me ha dicho que es porque Antonio no quiere que me decepcione de él, pero eso no pasaría. Nunca. Antonio es mi mejor amigo y lo será por siempre.

Emma miró a Lovino con compasión. Debía ser tan difícil para él esos momentos en donde no sabía si confiar en Antonio o no; quizás una explicación pudiera ayudarle a darse cuenta que Antonio era la mejor persona que se podía tener cerca. —Te lo contaré. —dijo con una sonrisa caída. Lovino sintió un desierto ponerse delante de él al ver tal expresión; Emma siempre sonreía, una curva y radiante que alumbraba incluso el camino más oscuro, como Antonio.

—No, Emma…perdona. —se apresuró a decir, negando con la cabeza. —No tienes que recordar cosas dolorosas por mí.

—Fue doloroso, sí. —admitió. —Pero ya lo he superado, contrario a lo que cree mi hermano. Quiero a Antonio, pero ya no lo amo más. Es un gran amigo que sé que estará siempre pendiente a mí debido a que cree que tiene una deuda conmigo, no es así Lovi. Deseo que tú me ayudes a que vea eso. Quisiera que volviéramos a iniciar todo.

— ¿Resetear? —preguntó, fijando su vista en el suelo. —Emma, las cosas no tienen un botón de inicio que puedes pulsar cada vez que van mal. Tienes que afrontarlas.

—Lovi, eres una persona muy sabia. —rio bajito. —Ya veo por qué le gustas tanto.

— ¿Eh? No te he escuchado.

—Conocí a Antonio en la secundaria. —comenzó, ignorando el comentario del otro. —Desde el primer curso para ser precisa, los dos comenzamos a llevarnos muy bien el uno con él otro, teníamos gustos similares, los mejores amigos que se pudieran encontrar. Yo siempre creí que era popular con los chicos, aunque sólo le gustará como a tres, en cambio Antonio le gustaba a toda la escuela; hombres y mujeres por igual. Tenía una llama que atraía a cualquiera que lo viera.

—Justo como ahora.

—No. —corrigió. Por momentos Lovino se percató de la mirada llena de melancolía y efusividad que tenía Bel, hablando del antiguo Antonio. —Era diferente. Ahora Antonio sigue siendo amable, coqueto, incluso mucho más divertido que antes, pero no es el mismo. El antiguo era más inocente… más, lindo.

—Y eso que no lo conociste de niño. —sonrió Lovino, recordando al Antonio sin dientes que conocía al llegar a España.

—Debió ser tremendamente adorable. —Emma puso las manos en sus mejillas con los ojos llenos de estrellas. —Debes mostrarme una foto en el futuro, Lovi.

— ¡Por supuesto!

—En fin. —suspiró, volviendo al pasado. —Fue en el segundo año que noté que tenía sentimientos hacía él. Al parecer todos se dieron cuenta antes de que yo lo hiciera o él. Sin que lo notáramos ya éramos novios al terminar las vacaciones de verano. No fue hasta el siguiente año, por época de Año Nuevo que nos dimos nuestro primer beso.

Lovino se acurruco entre sus piernas, imaginándose la bella relación que tenían ambos. Tomados de la mano, siendo torpes el uno con el otro, sonrojándose al tener un roce repentino. Sintió celos, celos de que otra persona que no fuera él viera las facetas tan únicas y torpes de Antonio; no obstante, no lo odio. Poder compartir todo lo que era Antonio con una persona como Emma le hizo muy feliz.

—Ese idiota fue un lento. Mira que hacer esperar a una belleza como tú.

—Creo que le deba pena. —Emma imitó la posición de Lovino, abrazando sus piernas. —Porque tenía muchos amigos que se burlaban de nuestra relación, en manera infantil por supuesto.

—Una burbuja. —dijo de repente Lovino, poniendo su cabeza de lado sobre las rodillas para mirar a Emma. —Su relación era igual que una pompa de jabón recién hecha, muy frágil pero muy hermosa. Que si nadie la toca, entonces duraría.

—Es un ejemplo excelente, Lovi. —la mirada verdosa de Bel se oscureció entre su cabello. —Pero se rompió.

— ¿Cómo? —preguntó brusco y se reprendió por ello. Su curiosidad era demasiada, ni siquiera estaba teniendo tacto con Emma.

—La mayoría de los que están aquí Lovi son porque han estado en Gakuen desde que nacieron. —explicó, tomando aire. —Un caso sería el presidente Kirkland y Fran. Ellos se conocen desde que tienen un año.

— ¿Qué mierda?

— ¿Sorprendido? —sonrió.

—Yo conozco al bastardo del vino por Antonio, son amigos de infancia. No sabía que el imbécil de Arthur también lo conociera desde bastante tiempo.

— Creo que la primaria tiene un sistema diferente al del internado. Aunque no sé muy bien cual es. —borró la idea con una mano, volviendo al tema principal. —A lo que quería llegar es que un "externo" como nos suelen llamar a los recién ingresados, no los tratan tan bien. Por eso los chicos de la cafetería se metían tanto contigo.

— ¿Quién…? ¿Estás en la cafetería? —preguntó desconcertado. Juraría que Arthur le dijo que tenía un permiso especial para saltárselo.

—No. Yo voy a la sala de profesores a comer con ellos, así se aseguran que no haya ningún problema con las chicas de segundo y tercero. —hizo una mueca de desagrado. Lovino entonces comenzó a darse cuenta a que se refería. —Mi hermano es quién me ha contado algunas cosas que te suelen pasar.

— ¡Sólo me ha defendido una vez!

—Ya lo creo. —palmeó su cabeza con cariño. —Como venía diciendo, Antonio y yo no estuvimos en la secundaria perteneciente a Gakuen. Cuando recién ingresamos fuimos dejados de lado, más yo que él. Antonio tenía la suerte de conocer a Francis y Gilbert, Arthur, aunque se llevaran mal y tener a Máximo Vargas como su patrocinador.

—Sólo le dio una beca. —bufó con desagrado.

—No fue sólo una beca. Le dio su nombre, le permitió usarlo para defenderse. —se abrazó más a ella misma, buscando refugio. —Yo sólo tenía a mi hermano. El capitán del equipo de futbol, la estrella prodigiosa.

— ¿Emma?

—La verdad ahora que veo las cosas desde otra perspectiva no me extraña que Antonio fuera el boom del primer año. Las chicas tardaron menos de una hora en rodearlo, con su personalidad encantadora conquisto a los chicos que querían tratarlo mal. Y aunque me daba mi lugar como novia, eso atrajo aún más miradas.

Lovino extendió su mano para alcanzar su hombro, la detuvo a escasos centímetros.

—Miradas malas, Lovi.

—Emma es suficiente, no tienes que contarme más.

—Permíteme hacerlo. —las primeras lágrimas comenzaron a caer, rompiendo el corazón de Lovino. ¿Cómo había podido ser tan estúpido? —Necesito liberar esto con una persona que amé tanto a Antonio como yo lo hice.

—Continua. —fue su única respuesta.

—A ellas no les gusto verme colgada de su brazo siempre. Así que tomaron medidas en el asunto. —explicó, mordiéndose el labio. —Al principio sólo fue ignorarme, alejarme lo más posible de Antonio. Difundían pequeños rumores, lo normal de unas chicas celosas. —Lovino frunció la boca, callándose una maldición. —Después, todo empeoró. Las personas ricas dan mucho miedo, ¿no crees? Creyendo que pueden hacer todo los que se les venga en gana y nadie les dirá nada.

Emma se enmudeció por varios minutos, recuperando el aliento. Dio un largo suspiró, y continuó:

—No le comenté nada a nadie. Sólo lo deje pasar esperando que ellas reflexionaran sus acciones; ya te debes estar imaginando que no funciono. —se encogió de hombros. —Entonces tomaron medidas mucho más apropiadas para una rata como yo.

— ¿Dónde estaba Antonio? —intervino Lovino, apretando sus labios en una delgada línea.

—Él no lo sabía. —contestó Emma. —Tampoco mi hermano. Antonio y yo estábamos en distintos salones por lo que solo podíamos vernos de vez en cuando. Además, consiguió nuevos amigos que abarcaron su tiempo, más todo lo que rodea su cabeza, por ese instante pensé que era mejor no darle más problemas.

— ¡Pero Emma!

—No tiene sentido regañarme ahora. —dijo al comprender sus intenciones. —Yo sólo decidí ocultarlo, así como tu ocultas de él que esos chicos te molestaban.

Emma echó atrás de su oreja un mechón de cabello, Lovino abrió un poco la boca al observarla, embelesado. Tenía a una mujer delante de él, forjada, hecha de un hierro que tenía que ser tratado como una rosa en el frío invierno. La admiró.

—Es suficiente, Emma. —la voz de Govert resonó como un pitido en los oídos de ambos. Lovino sintió el tirón en su brazo que lo obligó a ponerse de pie, al enfocar su mirada en Govert algo se estrelló contra su mejilla; el puño contrario.

— ¡Hermano!

— ¿Quién te crees que eres, mocoso idiota? —preguntó, tomándolo del cuello para volver a ponerlo de pie. Volvió a golpear su rostro, sólo que ahora lo sostuvo firme. — ¿No quedamos en que ya no harías más preguntas?

— ¡Govert, suéltalo! —Emma lo sostuvo de su mano derecha, impidiéndole lanzar otro golpe.

—Es suficiente. —Govert aventó a Lovino al suelo, tomó la muñeca de Emma y comenzó a marcharse. —No te vuelvas a acercar a nosotros. —sentenció. Lovino sintió un balde de agua fría caerle encima. —Ni tú, ni ese maldito español. La próxima vez no me contendré ¿te queda claro, Lovino?

Emma intentó forcejear, liberarse de su hermano. Pataleó e incluso lo mordió, pero Govert no aflojó su agarre. Lo único que pudo hacer Lovino fue quedarse mirando al vació por varios minutos, observando en silencio como se marchaban los hermanos Morgens. Sintió su teléfono vibrar, una, dos y tres veces hasta que se dignó a contestarlo.

¡Lovino!

Y sintiendo todo el derecho del mundo, le colgó a su padre.

—.—.—.—.—

Ya era tarde cuando Arthur salió de la sala. Roderich y Vash se despidieron de él con un ademan de manos, cansados de tanta charla. Antes, por la tarde se expuso todo el caso de Govert lo más breve posible; hasta que llamo el abuelo de los Vargas, exigiendo una audiencia para el caso. Seguido de eso el padre de los hermanos Morgens hizo una llamada a la escuela, con el asesoramiento de un abogado.

Todo era un caos en ese momento y realmente deseaba que no exigiera mañana. Scott, a su lado, se encontraba hundido en sus pensamientos; tal vez pensando en cómo salvar al único amigo que tenía. Viéndolo a él pensaba en Kiku, al cual necesitaba ver en ese instante para reconfortarse. Seguro que le prepararía un delicioso té.

HERO'S BACK! —chirrió la odiosa voz que incluso saco a Scott de sus pensamientos.

Arthur volteó súper cansado. No quería soportarlo en esos momentos, menos con su hermano al lado, observando cada uno de sus movimientos. Sin embargo, cuando menos lo sintió, fue rodeado por un par de brazos fuertes, que lo apretaron contra suyo.

Un par de risas estallaron de fondo. Carcajadas que él reconocía.

— ¡Lo hizo, de verdad, lo hizo! —gritó Gilbert, sobándose el estómago.

— ¿Quién diría que tenemos a todo un amante aquí? —preguntó Francis, igual de burlón. — ¡Deberían besarse ahora para romper la tensión!

Arthur puso los ojos en blanco. ¿Qué tan inocente podía ser Alfred para caer en los juegos de esos tres?

— ¡Gracias, Arthur! —gritó, sosteniéndolo de los hombros y apartándose para mirarlo. Muy de cerca, a lo mejor fue por eso por lo que comenzó a ponerse nervioso. — ¡Por todo lo que has hecho por mí!

Sintió las mejillas comenzar a arderle. Su corazón se aceleró en un instante al contemplar de nuevo, de manera tan cercana, los ojos azules llenos de vida. Justo iba a decir algo, profundamente embarazoso para variar, cuando el carraspeó de Scott lo saco de trance.

— ¿Podrías alejarte un poco? —gruñó Arthur, aventándolo. Alfred hizo un mohín, retomando el equilibrio. —Me estás dando claustrofobia.

— ¿Qué es la claustrofobia? —preguntó Alfred al BFT.

—Significa que le temé a Santa Claus. —respondió Gilbert, golpeando su mano con el propio puño. —Ya estás grande, Arthur.

— ¡Jo, jo, jo! —gritaron Antonio y Francis al mismo tiempo.

— ¡Para, lo estás asustando! —se unió Alfred fingiendo alarma.

— ¡Muéranse, malditos imbéciles! —chilló dando pisotones al suelo.

Entre las risas de todos, algo comenzó a moverse entre las sombras. Una pequeña figura, caminaba despacio, sollozando; al entrar en contacto con la luz Antonio pudo reconocerlo fácilmente. El dolor y la preocupación se le implantaron por todo el rostro, como si se hubiese cortado y tuviera la herida expuesta.

— ¡Lovi! —gritó, corriendo a él. Todos voltearon al instante a la dirección donde iba Antonio. Francis y Gilbert intercambiaron miradas rápidas, inquietos. — ¿Qué ha pasado? ¿Por qué estas llorando? ¡Dios mío! ¿Qué te ha sucedido en el rostro?

—Me he caído. —mintió. Antonio lo supo.

—Venga, vamos a mi alcoba. Ahí te curaré. —dijo tomándolo de la mano. Lovino masticó sus labios, causándose una pequeña cortada, Antonio tiraba levemente incitándolo a avanzar. Sólo que Lovino ya no podía más.

—Antonio. —llamó, clavando los ojos en él. —Quiero saber.

— ¿Eh? —el español soltó su mano, sabiendo a que se refería. Para su sorpresa, Lovino volvió a tomarla, pegándola contra su pecho.

—Quiero saber que paso con Emma y contigo.

Alfred sintió una mirada clavada en él cuando todos los demás se distrajeron con la entrada de Lovino. Era de Scott. Aquellos ojos se veían como un fuego verde, le quemaba. Dolía mucho sentir la mirada sobre él. ¿Qué había hecho mal? Ni siquiera le prestó atención para no tener problemas. ¿Sería eso? ¿Quizás era porque metía a su hermano en constantes problemas?

En cuanto menos lo sintió, se puso a su lado. Arthur se concentraba en toda la escena de adelante, preocupado por Lovino; sí, él era sí de buena persona. Aunque digiera que no le agradaba, la verdad es que comenzaba a tenerle mucho apreció.

—No te quiero cerca de Arthur. —los dientes de Scott rechinaron al hablar. — ¿Comprendes?

Alfred se tensó en su lugar, nervioso. Negó con la cabeza, incapaz de procesar alguna palabra sin que saliera con un hilo de voz.

—No necesito que mi estúpido hermano manche el nombre de mi familia. —Alfred se volteó a mirarlo, de frente, confundido. —Que estés cerca de él es ya de por si un error. —ya ni siquiera tenía interés en ocultar su voz, por suerte los demás seguían concentrados en Lovino y Antonio. Scott avanzó hasta una distancia apropiada, donde nadie los escuchara, Alfred ciegamente lo siguió.

—Soy el héroe que derrocara a Arthur…—murmuró, agachando la mirada como un perro apaleado. Sus palabras se escuchaban lejanas incluso para él. Scott suspiró.

—Si quieres inmunidad, te la daré. —se cruzó de brazos, enojado. Sus ojos fríos parecían querer perforarlo. —Ya no necesitas estar revoloteando a su alrededor, tampoco tu hermano.

— ¡Yo no me junto con Arthur por eso! —gritó, enojado. Scott afiló más su mirada, apretando la mandíbula. — ¿Por qué pareces tener un problema conmigo? —estalló. —Sé que no soy el mejor amigo que puede tener tu hermano, ¡pero estoy haciendo el intento de…!

— ¿Por qué te pegaste a Arthur como chicle desde el primer día? —cortó, avanzando. Alfred retrocedió, tragando saliva. — ¿Por qué sigues girando en torno a él? Mi familia no necesita a uno de tu especie en ella. Arthur es inmaduro todavía, te deja jugar con él. Pero pronto será una cabeza importante de la familia Kirkland. Conseguirá una esposa, contraerá un matrimonio que nos beneficie y tendrá hijos.

Los ojos de Alfred destellaron en sorpresa e incredulidad. — ¿Por qué estás diciéndome todo eso?

—No soy imbécil. —bufó. Alfred podría jurar que si no se había roto un diente de lo fuerte que tenía apretada la barbilla era pura suerte. —Puedo ver como lo miras. Estás enamorado de mi hermano, ¿no es verdad, pedazo de basura?

Enamorado.

Estaba enamorado de Arthur Kirkland. Su enemigo jurado. Como Spiderman de Mary Jane, como Superman de Lois Lane. ¿Sería posible? ¿Por eso sentía sus mejillas rojas cada vez que pensaba en Arthur? ¿Por eso se puso tan nervioso cuando Lovino le dijo que harían buena pareja?

—Oye. —gruñó Scott. Pero Alfred parecía divagar en su propio mundo. El mayor de los Kirkland quiso darse un golpe cuando comprendió lo que causaron sus palabras, de ser posible, se dispararía por lo idiota que fue.

— ¡Era eso! —estalló con estrellas en los ojos. Scott dio un paso atrás, sorprendido. — ¡No tenía ni idea de que sintiera así!

— ¿Qué está pasando Scott? —Arthur llegó de pronto. Seguro que se dio cuenta de su ausencia al calmarse las cosas. — ¿Qué te sucede a ti, idiota?

Alfred se volteó a él, sonriente. Arthur miró a su hermano en busca de una explicación razonable. El americano se acercó a él, hasta sentir que sus cabellos de la frente rozaban con los suyos; inevitablemente se sonrojo.

— ¿Qué mierda sucede contigo? —regañó, intentando alejarse. Alfred lo tomó por las manos, alertando a Scott. — ¿Alfred?

— ¿Saldrías conmigo? —preguntó, apretando sus manos contra las propias. —Creo… creo que estoy enamorado de ti.

— ¡QUÉÉÉ!

Sin duda aquel momento sería recordado como el día que los Kirkland perdieron la compostura.


Cuando no quieres que tu hermano sea feliz, pero hasta le consigues novio. Jajajaja, la suerte de Scott es para morirse. Por cierto, que de hecho no iba a ser Alfred quien se declarara, iba a ser de la pareja spamano (no declaración, pero sí darse cuenta de los sentimientos) pero no lo pude poner o el capítulo quedaría mucho más largo de lo que de por sí ya quedo. Por el momento disfruten la sátira del UsUk.

Si notaron la broma de Bob Esponja espero que las haya echo reír. La verdad es que estaba viendo comedia para animar un poco las cosas, pero no me resistí a copiarla cuando me imaginé al BFT diciéndole a Arthur eso.

Sin más que añadir, pasemos a los que me dejan bonitos comentarios que por ser el mes del cumpleaños del FanFic (ya dos años, ¡muchas gracias!)

Dark-nesey, Shadwood, Naty, Marcia Andrea, JP Artist, Guest & Wuil3

A los lectores silenciosos y los que me agregan a follows y favoritos, ¡muchas gracias por su apoyo!

Con cariño,

MimiChibi-Diethel.