Circulo: Vicio Tsun.
Tú + Yo= Error 404.
17. El relato de un lobo solitario.
Un tropiezo y caería. Un solo tropiezo y la atraparían.
— ¡Va por allá! —gritó una de las chicas de su salón. Emma apresuró su paso, forzando más a sus piernas. Cuando entro a un lugar donde era fácil camuflarse se apresuró a esconderse. Entre una pila de botes de basura se hizo espacio, poniendo una bolsa delante para cubrirse por completo. Tenía ganas de vomitar, pero no por la porquería que la rodeaba; el nerviosismo de ser encontrada, el miedo de que la lastimaran como antes.
—Lista o no aquí voy, Emma. —canturreó otra. Bel puso las manos en su boca, intentando silenciarse.
— ¡Emma, sal de una vez! El profesor está preguntando por ti. —mintió.
Sus ojos verdes miraron al suelo, estaba sentada sobre montones de comida semi-acabada, cascaras de frutas y papeles desechables, entre ellos pudo notar dos cucarachas bajando de una bolsa cercana. Quiso gritar. De inmediato se mordió su labio para impedirlo hasta hacerlo sangrar.
— ¡Creo que la he visto corriendo de este lado! —gritó de nuevo la primera, mucho más lejos. Las demás comenzaron a correr a paso veloz. Emma no se movió ni un centímetro en al menos cinco minutos, recordando la segunda vez que la acorralaron haciéndole creer que se marcharon.
Se levantó con cuidado, mirando a los lados. Al momento de tener oportunidad corrió al lado contrario, regresando a su clase. Todos, incluso las chicas que la perseguían ya se encontraban reagrupados, por lo que fue muy incómodo para ella llegar con la mirada desaprobatoria del profesor.
—No hemos hecho gran desgaste, Srta. Morgens. —reprimió. — ¿Por qué siempre me llega sucia?
—Me caí. —mintió. —Caí en la basura sin querer.
—Puff, el olor llega hasta aquí. —gruñó uno de sus compañeros. — ¿Puedes apartarte un poco?
—Antonio debería reconsiderar salir contigo. —comentó con una sonrisa fea su compañera que llevaba dos coletas bajas. Emma aun reconocía aquellas ligas en forma de mariposa que tenía puestas, su padre las envió como regalo sorpresa por su noventa por ciento en física. — ¿Qué bueno tiene besar a una chica que vive en la basura? —río.
—Jóvenes, suficiente. —regañó el profesor. Miró a Emma de mala forma e hizo una seña para que comenzaran a avanzar directo a las regaderas. En aquellos veinte minutos que les daban para ducharse seguro que Govert estaría mega orgulloso de ella, podía correr sin cansarse por tres minutos hasta su dormitorio, ducharse en diez y volver con el uniforme diario a clase normal en menos de cinco.
Sonrió al entrar al salón. Sí, seguro estaría orgulloso de ella.
—.—.—.—.—
—Kiku, por última vez. Él no está enamorado de mí. —profesó Arthur, mallugando sus ojos con dos dedos. Llevaba alrededor de quince minutos tratando de convencer al japonés que no era más que un error lo que los chismosos de Francis y Gilbert divulgaron por toda la escuela. Sin embargo, la cara de decepción de Kiku al llegar y preguntarle si aquello era cierto, le gusto; Kiku era su mejor amigo, así que él sería la primera persona en saber si estaba enamorado de alguien.
— ¿Cómo puede decir eso, Arthur-san? —preguntó tomando la taza de té. Arthur dejó la propia en el porta vasos y miró preocupado a Kiku.
—Él sólo está diciendo eso porque fue a la estúpida conclusión que llegaron Scott y él. ¿Lo entiendes? —preguntó, frunciendo las cejas. —No sé de qué demonios estuvieron hablando, pero decir eso sobre cualquier cosa…
—Siento que Scott-san fue el que se dio cuenta de ello. —siguió Kiku, con una sonrisa. —Después de todo es quién más lo observa.
Arthur desvió la mirada, suspirando de nuevo. —Lo dices como si fuera bueno.
—Sólo pienso que, si su hermano se lo dijo, entonces debe ser cierto. Es más, dudo que Scott-san lo hubiera dicho para hacerle ver sus sentimientos. —el inglés pareció meditarlo. Kiku tenía bastante razón, Scott luego de la confesión fue el primero en reaccionar arrastrándolo lejos de ahí sin darle la oportunidad de contestar a Alfred; además, al llegar a la habitación le advirtió con una voz gélida que ni se le ocurriera volver a encontrarse con él.
—Supongo que debió ser un error. —comentó, cruzándose de brazos. Kiku asintió con la cabeza, terminando su té. —Pero eso me costó que ya no pueda hablar con Alfred ni con Matthew.
— ¿Le va a obedecer? —preguntó el japonés, sorprendido. — ¿De verdad?
—Los rumores crecen rápidos en esta escuela, Kiku. Si llegan a los oídos de mi padre o de mis otros dos hermanos. —agachó la mirada, perdiéndose en el suelo. —Todo lo que ha construido Scott en estos tres años se vendría abajo.
—Y tú con él. —completó Kiku, triste. Se levantó de su asiento y se colocó a su lado, palmeando su hombro. Deseaba con tantas ganas que Arthur tuviera la oportunidad de tomar sus propias decisiones, sin embargo, no podía por puro respeto. —Arthur-san, ¿no te has puesto a pensar en tus sentimientos hacía Alfred-san?
— ¿Eh?
— ¿Cómo se siente con él? ¿De verdad piensa que sus sentimientos no pueden ser correspondidos? —Arthur arqueó una ceja, incrédulo de lo que escuchaba. —No he hablado mucho con Alfred-san, pero me agrada. Creo que estaría bien darle una oportunidad.
—Kiku… —murmuró, Arthur sintió sus mejillas rojas ante tales palabras. —d-deberías pasar un buen rato con él para que veas lo extrovertido que puede ser. ¡Te cansarás en sólo dos horas!
—Arthur-san.
El sonido de un mensaje interrumpió lo que Kiku iba a decir, un mensaje de Scott. El japonés miró como la cara de su amigo cambiaba en segundos volviéndose seria, abatida. En esos momentos Arthur no estaba en condiciones de ponerse a pensar sobre sus sentimientos a Arthur, no con Scott pisándole los talones.
—.—.—.—.—
—Lovi. —Antonio sentía sus ojos adormilados por el sueño. Francis lo miró lleno de preocupación, su mejor amigo dio vueltas y vueltas por toda su cama intentando en vano conciliar el sueño, murmurando el nombre de Lovino Vargas justo como ahora.
—Sólo duerme un poco. —pidió intentando arroparlo. Antonio hecho la cobija a un lado, dispuesto a ponerse de pie. —Lovino puede esperar.
—No, no puede. —se sentó de golpe en la cama, mareándose. —Lovi ya no confía en mí.
— ¿Y de quién es la culpa? —preguntó Gilbert, dando vueltas en la silla giratoria de Antonio. Tomó la guitarra que este tenía al lado del buro y la puso sobre sus piernas. — Oh, Antonio~ Oh, Antonio~—tocó en una manera desastrosa, desafinando la guitarra. — ¡Pobres almas en desgracia! ¿Qué harás? ¡No me queda mucho tiempo hasta que toque la campana~! ¡Pobre alma en desgracia! ¿Qué haré por ti? Si tú quieres ser feliz, entonces tú tienes que pagar~ ¡No te vas a arrepentir, no dudes más y dile ya! ¡Muy pronto… sacaré…a esta… pobre…alma de aquí~!
—Ya basta de canciones de la Sirenita, Gilbo. —regañó Francis. —Antonio se siente mal de verdad.
—Lo sé. —bufó apachurrándose. —Sólo pienso que no debería estar deprimiéndose sin sentido. —se encogió de hombros, indiferente. —Lovino es un imbécil, me cae de la mierda, si no tuviera que lidiar con él sería muy feliz. —Antonio se incorporó, a punto de reprocharle. —Y yo sé que le caigo de la misma manera, pero nos vemos las caras por ti Antonio. Porque nos agradas. —Francis sonrió, era tan poco común ver en un modo maduro a Gilbert que a pesar de tantos años juntos aún no se acostumbraba. —Lo que trato de decir es que yo también odiaría que me escondieras algo. Así como tu odiarías que Lovino o yo te escondiéramos algo.
El alemán dejó la guitarra en el mismo lugar que la tomó y salió de la habitación en silencio.
—Genial, Gilbert me odia también. —murmuró Antonio dándose la vuelta en la cama. Cubrió su cabeza con las cobijas dando entender que la charla acabó. Francis escuchó la primera campanada que indicaba su llegada a clases, luego la segunda, cinco minutos después la tercera. En todo ese tiempo Antonio, que fingía dormir, no sintió el peso de Francis irse de la cama.
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— ¿Cómo va esa lesión de tu pierna? —preguntó Scott pasándole una lata de jugo a Govert. Él lo miró por el rabillo del ojo y la tomó de mala gana.
—Bien. No lo sé. —se encogió de hombros, indiferente. Scott se sentó a su lado, tenía ojeras debajo de los ojos y una cara de perro rabioso. Esa mañana se sentía frío por lo que fue el momento perfecto para poder ponerse la gabardina que tanto le gustaba, en la que no era difícil esconder los cigarrillos. —Toma. —ofreció sacando la cajetilla. Scott le sonrió de medio lado, aceptándolo.
—No deberías fumar si piensas retomar el futbol.
—No deberías fumar si eres el presidente de la escuela. —objetó, encogiéndose de hombros.
—Sabes callarme. —sonrió, dejando la lata en el suelo. —Dime, ¿cómo vas vengando a Emma?
—Salvo por el director me he encargado de que todos reciban una paliza. —gruñó, volviendo la mirada a Scott. Ambos dieron una calada al cigarro para dejarlo salir en direcciones contrarias. —No veo ningún progreso con él.
—Estoy en ello. —sonrió, sosteniendo el cigarrillo entre su dedo índice y anular, jugueteando con él. —Por ahora te puedo asegurar que el consejo está dudando. Y ahora, con el ingreso de una cabeza tan grande como la familia Braginski será todo más difícil de ocultar.
—Emma por alguna extraña razón piensa que eres un buen tipo. —suspiró, frunciendo el gesto. —Odio que piense eso.
—Tu odias a cualquiera que esté interesado en tu hermana. —se encogió de hombros, volviendo a probar el cigarrillo. —No me gusta ser lo contrario a lo que ella piensa. Pero odio más lo que le hicieron.
—Buena actuación la de ayer. —sonrió, poniéndose de pie. —Casi me creo que no sabías nada.
—Justo como yo casi me creo que estas de tan mal humor sólo por el vejete ese. —Scott apagó el cigarro contra la banca de cemento donde estaba sentado. Govert volteó a mirarlo, con un semblante vacío. — ¿Es por el nieto Vargas? ¿Tanto así te gusta?
—Él no me gusta. —gruñó, aventando el cigarrillo al suelo. —Sólo me agrada.
—Ya, ya. —tranquiló Scott palmeando su hombro. —Es bueno que tengas un amigo aparte de mí.
—Tú no eres mi amigo.
—Me siento realmente ofendido por eso. —puso una mano en su pecho, fingiendo indignación. Después soltó una risa de ironía. —Tal vez no sea tu amigo, pero seré tu futuro cuñado.
—Como si Emma se fuera a fijar en un tipo tan horrible como tú. —Govert comenzó a avanzar, hundiendo sus manos enguantadas en las bolsas de la gabardina. Scott se quedó parado mirándolo irse. —Preferiría que fuera Antonio antes que tú. —pensó.
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Arthur llegó a su habitación lánguido, se sentía enfermo. Tantas cosas pasando en tan poco tiempo no le sentaban bien, deseaba volver constantemente a su vida tranquila de primer año donde sólo tenía que preocuparse para que los alumnos votaran por él para ser el presidente del Comité Disciplinario.
—Traes una cara de pocos amigos, imbécil. —gruñó Lovino, acomodándose la corbata dentro del chaleco beige de la escuela. Arthur alzó una ceja, examinándolo. — ¿Qué mierda te pasa? Déjame decirte que no me van los tíos.
—Claro. —ironizó con sorna. —Sobre todo los que no son unos imbéciles saca feromonas. —Lovino lo vio con extrañeza, sin comprender. —Es decir, no te va ninguno que no se llame Antonio Fernández Carriedo.
— ¡¿Quieres pelea, hijo de puta?! —chilló, sonrojado. — ¡Te mataré!
—Ya, ya. —se dejó caer sobre su cama boca abajo, cubriendo sus oídos con la almohada. —No te tienes que poner como una vaca en celo.
— ¡JODETE! —rechistó, aventándole un par de gafas en la espalda. —Ni que fuera el gordito para que te pusieras en cuatro para mí. —río, al verlo incorporarse.
La cara de Arthur se encendió en un intenso color rojo, al igual que Lovino, había pasado suficiente tiempo con el BFT para comprender los chistes subidos de tono. Al girarse aventó la almohada en la cara de Lovino a la par de un grito.
—Ya he escuchado los rumores en clase. —soltó un par de carcajadas con las manos en la cintura. Arthur se preguntó si sabría que estaba actuando como la villana de una telenovela latina. —El gordito se te declaro. ¿Quién lo diría? Y justo ayer le estaba diciendo lo bien que se verían juntos.
— ¡No nos vemos bien! —protestó, escondiéndose en las cobijas. — ¡Ese imbécil es… es… es un imbécil!
—Debes de tener retraso para darte cuenta hasta ahora. —bufó Lovino, cepillándose el cabello. Arthur se asomó por las cobijas con ojos fulminadores.
— ¿Por qué mierda te estas peinando tan bien, idiota? —gruñó, fingiendo interés. Lovino lo miró de reojo, después lo ignoro. — ¡Si contagias a alguna chica con tu estupidez no te lo perdonaré!
— ¡Eres un pedazo de pervertido! —gritó azotando el cepillo en el buró. — ¡Deja de pasar tiempo con ese maldito francés de una buena vez!
— ¡Tú fuiste quien comenzó todo!
Los gritos fueron intervenidos por unos ligeros golpeteos en la puerta, casi como si no quisieran tocarla. Arthur y Lovino se miraron confundidos.
—Ha de ser Matthew. —dijo Arthur, escondiéndose en su cama. —No lo dejes entrar.
—Tsk, no me digas que hacer gilipollas. —gruñó Lovino, entreabriendo la puerta. De repente sintió un enérgico abrazo que lo hundió dentro de la otra persona. — ¡Suéltame maldita mierda!
— ¡Robín-Lovi! —gritó Alfred, soltándose de inmediato. Arthur se incorporó de pronto, asombrado por la repentina aparición. Alfred chocó mirada con él, iluminando sus ojos. —Lo siento, Lovi. Pensé que eras my sweet honey.
—Puff. —Lovino reventó a risas dentro de la habitación.
— ¡MUERETE MALDITO TONTO! —chilló Arthur volviéndose a tapar la cara con un montón de cobijas. Era lo catastrofico, se sentía a morir. Su cara le ardía por lo caliente que estaba y eso no era todo, su corazón era lo peor que no paraba de latir con fuerza casi queriendo salir de su corazón; tenía que ser una broma. Sus palabras, malditamente vergonzosas, le daban una satisfacción inmensa.
Una vez que la risa de Lovino se calmó, un poco al menos, Alfred pudo acercarse a Arthur hasta sentarse en su cama. El inglés por su parte se alejó lo más posible de él, sentándose hasta la esquina que quedaba pegada a la pared y a la cabecera de la cama.
— ¿Qué pasa, my little wing?
— ¡C-Cierra esa enorme boca tuya!
—Lamento interrumpir, par de imbéciles enamorados. —aún con burla Lovino aventó una caja de pañuelos hacía ellos. —Asegúrense de no hacerlo en mi cama. —concluyó con una sonrisa pícara. Arthur se sonrojó hasta las orejas, mientras Alfred ladeó la cabeza sin llegar a entender a que se refería.
Una vez que se fue, Arthur aventó la misma caja en dirección a la puerta. Alfred entonces tomó su mano, mirándolo tímidamente y con las mejillas rojas. Arthur pasó saliva, nervioso. —Aún no escuchó la respuesta de ayer, sweetheart.
Arthur apartó presuroso la mano de él, abochornado. — ¿Quién mierda te dijo que hablaras de manera tan estúpida, idiota? —gruñó, pataleando para que se alejara. — ¡Suenas como un imbécil!
—Gilbert me dijo que tenía que hablarte de esta manera. —hizo un puchero con la boca, disgustado. — ¿Sabes lo vergonzoso que es hablarte así?
— ¿Por qué demonios le sigues creyendo a ese trío? —preguntó, decaído. Alfred sonrió. —Sólo te dicen esas cosas para poderme ver avergonzado.
—Ósea que si cualquiera te las dijera ¿reaccionarías igual
— ¡Por supuesto! —afirmó, saliendo un poco de su capullo de cobijas. — ¡Es demasiado embarazoso!
— ¡Qué malo eres! ¡Pensé que teníamos algo especial! ¡Sólo estabas jugando conmigo! —gritó con lagrimillas de cocodrilo. Arthur puso sus ojos en blanco, incrédulo. — ¡Me voy, me voy para siempre!
Justo cuando corrió a la puerta, otros golpeteos se escucharon. Mucho más potentes que los de Alfred. Arthur que estaba a medio pararse se quedó tan pasmado que cayó de un sentón al suelo. —Arthur. —llamó la voz de Scott desde afuera. Sí, bien. Tenían un serio problema ahí.
—.—.—.—.—
— ¡Abuelo! —gritó Feliciano al verlo bajar del auto. Lovino a su lado se mantenía con los brazos cruzados y la mirada apartada en dirección al muro izquierdo, donde bajaba un pequeño insecto en diagonal. Parecía el insecto más hermoso del mundo. — ¡Me da mucho gusto verte! —en ese instante su hermano se tiró en los brazos de su abuelo, recibiendo gustoso los besos que él le daba.
Lovino puso mala cara de inmediato, para no generarle la idea a Máximo que él iría corriendo también.
— ¡Vamos, Lovi! ¡Tengo muchos besos para ti también! —llamó, mostrándole los labios comprimidos. Su nieto mayor le dio la espalda, entrando a la escuela. — ¡Qué malo eres, Lovi! ¡No me quieres!
—Lovi esta avergonzado porque muchas chicas guapas se nos han quedado viendo. —comentó Feliciano. —Seguro que nos las quiere dejar todas a nosotros.
— ¡Y una mierda, Felidiota! —gritó sonrojado. Varios alumnos se detuvieron a verlo, riéndose. — ¡Muevan su culo que no tenemos todo el día!
—Tenemos hasta las tres. —su abuelo junto con Feliciano corrieron a alcanzarlo, abrazándolo por los hombros. —No seas tan malo, Lovi. Tu abuelito ha venido desde Italia por ti. Se bueno y dame un déjame saludarte como se debe.
—No quiero apestar a viejo. —Lovino lo apartó con la mano al notar su intención de besarlo. —Me he puesto una colonia nueva, se arruinará por completo si dejo que me beses.
—Pero si te has puesto muy guapo, cualquiera tendría deseos de besarte. —Máximo jaló una de sus mejillas hasta ponerla roja. —Seguro que hay muchas chicas detrás de ti. Ahh~, lo que yo daría por tener semejantes bellezas juveniles en mi casa.
—Contente anciano. —regañó, sin darle importancia realmente. —Todavía no son legales.
—Ya lo serán. Soy bien parecido ¿no? —preguntó a Feliciano.
—Ve~ ¡Por supuesto! Mi abuelo es muy apuesto, cualquiera pensaría que aún está en sus treinta años.
—De su segunda vida. —completó Lovino.
—Has sacado mis genes, Lovi. Como me ves, te verás. —sonrió picaron, antes de darle un codazo en el brazo. Lovino encarnó una ceja. —Seguro que Antonio te sigue amando, aunque pases una vida golpeándolo.
La cara de Lovino tomó los colores de un tomate maduro. — ¡A qué mierda viene eso, viejo inútil! —gritó, dándole golpes en la espalda. Máximo sonrió corriendo junto a Feliciano con Lovino pisándole los talones.
—Ve~. ¡Yo rompí mi récord de citas en este tiempo! —gritó alzando el brazo. Máximo le aplaudió como si fuera un gran mérito. Es decir, en su familia lo era, pero ahora que se lo ponía a pensar era una tontería. —Aunque fui golpeado por ello. Ve~.
—Ludwig es un buen chico, Feli. Podría decirse que es un santo. —aseguró el abuelo con lágrimas en los ojos. Lovino sintió por primera vez pena por el macho patatas. —No conoce todavía el buen gusto por las mujeres. —Feliciano asintió con una sonrisa de oreja a oreja. — ¿Y? ¿Alguien con el que quieras pasar un buen tiempo?
—Sólo con Ludy. —agitó los brazos, energético. Lovino gruñó lo suficiente alto para que dejara de hacerlo. — ¡No me refiero de esa forma, Lovi! —exclamó con las mejillas rojas. — ¡Ludwig no me gusta, no me gusta para nada!
— ¡NO LO DIGAS COMO COLEGIALA ENAMORADA! CHIGIIII! —estalló, dándole un cabezazo en el estómago.
—.—.—.—.—
Arthur se apresuró en levantarse con un salto, tomó a Alfred del brazo e hizo que se hundiera de bajo de la cama, tirando las cobijas al suelo para cubrirlo por completo. El toque se escuchó por segunda vez, haciéndolo tragar duro. Maldito Alfred, ya se las pagaría más tarde.
—S-Scott. Que sorpresa. —tartamudeó dándose una palmada mental. Si Scott los había visto, seguro que contactaría a su padre de inmediato, tendría más problemas todavía. — ¿Qué haces en mi cuarto?
—Asegurándome que el imbécil ese no te esté merodeando. —gruñó. Al ver la habitación encarnó una ceja, desaprobando el desastre.
— ¿Sabes que es dormir con Lovino? —preguntó antes de que pudiera decir algo. —Incluso creo que él es más ordenado que su hermano.
—Pero tu cama esta igual.
—Me he peleado con él en la mañana, seguro que la desarreglo por un simple berrinche. —suspiró, intentando ser convincente. —Pondré más disciplina en él, lo prometo.
—Lo que sea. —se giró al parecer convencido de que Alfred no estaba ahí. —Espero que entiendas cual es la respuesta absoluta a todo este asunto con él. ¿Lo haces?
Arthur se sintió estremecer, sonrojándose contra voluntad. Sus labios se sintieron secos cuando susurro un quedo sí, haciendo enojar aún más a su hermano; sabía que, aunque Scott no usara los métodos más ortodoxos sólo no quería defraudar a su padre, como ninguno de sus otros hermanos mayores. Y por ende siendo Scott el mayor de todos, tenían un peso mucho mayor en los hombros, teniendo que cuidar incluso de él. Si de algo estaba seguro Arthur era que Scott no sería el Kirkland que avergonzaría a su padre, ni ahora ni nunca.
—No puedo creer que me tenga que asegurar de cada una de tus acciones. Desearía que al menos Gales estuviera aquí para darte una buena paliza al ver tu cara de duda. —bufó, extrañando a sus hermanos.
—Lo siento, Scott.
Un sonido monótono salió de su hermano, abandonando el cuarto. Arthur se quedó parado frente a la puerta un buen rato, pensando en nada, luego giró hacia Alfred ordenándole salir. El americano se puso de pie, envuelto como una oruga hasta la cabeza donde se asomaban sus lentes; Arthur río, acercándose a él para desenvolverlo, quitando las gafas en primer lugar para que no cayeran al suelo. Una vez que lo giró para retirar la cobija, Alfred perdió un poco el equilibrio y ambos quedaron tan cerca del otro que Arthur podía apreciar de forma inmensa sus ojos azules.
—G-Gracias por salvarme. —murmuró Alfred, apartando la mirada con las mejillas rebosantes de color rojo.
—P-por supuesto que no lo hice por ti…—alegó Arthur despegándose de él. —Scott me habría matado de haberte encontrado.
—Sí. Lo sé. —puso una mano sobre su boca, intentando controlarse. Apretó con fuerza los ojos antes de darse un impulso de coraje y plantarle un beso rápido en la mejilla de Arthur. El mayor se quedó paralizado, con los pies pegados en el suelo como si fuese una estatua desde hace años. Alfred quitó los lentes lo más rápido que pudo de sus manos antes de casi salir corriendo de la habitación. —Si sirve de algo… no creo que decepciones a nadie. Tú eres la persona más genial que he conocido, Arthur.
—.—.—.—.—
Emma nunca había visto a su padre tan molesto. Irradiaba furia desde el asiento al lado de Máximo Vargas quién se mostraba con una sonrisa triunfadora en el rostro, hablando con uno de los directivos a su lado. Tenía miedo, mucho. Govert tomaba su mano intentando transmitirle tranquilidad, pero no podía tranquilizarse. ¿Qué pasaría si a pesar de toda la ayuda ofrecida se decretaba que su hermano sería expulsado? Perdería demasiado.
—Entonces, ¿exponemos el caso? —preguntó el director que parecía una tormenta en calma a punto de estallar, seguro que se estaba jugando el trabajo en ello.
— ¿Comenzamos con el incidente de hace un año? —contratacó Govert, soltando la mano de Emma. — ¿Quizás de como cubrió todo el maltrato hacía mi hermana?
— ¿Tal vez de como golpeaste a las mujeres de esta escuela?
—No caigamos en provocaciones de los niños, Sr. Director. —sonrió Máximo, palmeando para alivianar la situación. —Somos los adultos aquí.
—Disculpe, Sr. Vargas. Pero aun no comprendo que es lo que hace aquí, el asunto pertenece a la familia Morgens. —dijo con la frente en alto, mirando al padre de Emma y Govert con una superioridad que no se molestó en ocultar.
—Digamos que soy un intermediario. —contestó, poniéndose de pie. Los directivos se pusieron rectos, intentando no provocar su enojo. —Alguien muy cercano a mí me lo ha pedido.
—Su joven nieto sólo intenta proteger a sus amigos. —río. —Me gustaría hablar más delante de ellos. Feliciano es un prodigio en el arte, pero el mayor…
—Su nombre es Lovino. —cortó de repente, molesto. En ese instante incluso Govert sintió el aura tan imponente que emanaba, muy diferente a cuando lo vio entrar irradiando felicidad y cotilleando sobre lo lindas que eran las profesoras de comunicación. —Además, me preocupa quién está guiando esta escuela, donde mis queridos nietos estudian.
Los más altos le mandaron una mirada de advertencia al director, exigiéndole silencio.
—Puedo asegurarle que se están desenvolviendo en un ambiente muy agradable. —sonrió, forzando la mandíbula. Emma odiaba esa sonrisa. —Al igual que su protegido, Antonio.
—No estamos aquí para hablar de mis lindos nietos o Antonio. —Govert pudo notar con gracia lo mucho que Máximo quería a sus nietos cada vez que se expresaba de ellos. Se preguntó vagamente si él hablaría así de su hermana sin darse cuenta.
—Siento interrumpir su plática. —intervino el Sr. Morgens. Máximo lo miró con una sonrisa radiante en el rostro, muy al estilo italiano. —Mis hijos están esperando que le demos una solución a todo esto.
— ¿Ya ha mirado el vídeo? —preguntó uno de los directivos. Govert gruñó al notar como se dirigían a su padre, déspotas que sólo veían el dinero de los demás. —Es su hijo quién ha estado golpeando a una estudiante de aquí.
— ¡Mi hermano no haría nada así! —gritó Emma a su defensa.
—Tiene razón. He educado a mi hijo correctamente, tiene que ser un error o una evidencia mal planteada para inculparlo. ¡Él no se atrevería a tocar a las mujeres! —exclamó su padre. Algunos de sus cabellos platinados se escaparon de su perfecto peinado.
Por ese pequeño instante Govert se arrepintió de arremeter contra ellas, de alzar su puño. Ver a su hermana y padre dando la cara por él lo lleno de vergüenza, creían en él y no haría nada más que decepcionarlos igual que a su difunta madre. Era hora de ser valiente, de enfrentar todo porque quizás más tarde, sería peor.
—Lo hice. —admitió con la frente en alto. La habitación de repente se sintió pesada en sus hombros, con una abrumadora oscuridad que no lo dejaba ver más allá.
—.—.—.—.—
A su pesar, Govert tuvo que quedarse a una práctica extra ese día por llegar tarde. La cancha estaba desierta, sólo el último de sus compañeros iba cruzando la reja para marcharse al dormitorio. Tenía tarea que hacer, y quería darle un bonito adorno para el cabello a Emma, el cartero se lo entregó justo ese día por la mañana. Río para sí mismo, seguro que preferiría el suyo antes que el de Antonio.
Emma le decía a menudo que era muy celoso, y estaba de acuerdo. ¿Qué clase de hermano sería si no celara a su hermana pequeña? La crio junto a su padre desde que era un bebé, tenía todo el derecho de amenazar a Antonio y advertirle que si llegaba a lastimarla nunca más volvería a ver la luz de día. El sujeto podría ser atractivo, bueno y comprensivo, pero nunca lo suficiente bueno para su hermana.
Bien, quizás debía dejar los asuntos de Emma para Emma. Después de todo se estaba disputando el puesto de capitán para el siguiente año, sería mejor concentrarse del todo para los partidos venideros y hacer el entrenamiento extra que le puso el entrenador. Ya luego le diría a Emma que mientras lo siguiera queriendo a él primero, antes que Antonio, le bastaba.
—Vamos. Si anoto a la primera, comeré un filete enorme esta noche. —se prometió, dejando el balón en el suelo. Lo golpeó con la fuerza necesaria para que llegara a la altura de la portería, sin embargo, no entró. Se quedó al lado de ella. — ¡Mierda!
Trotó hasta el, tomándolo entre sus manos. Fue cuando escuchó los primeros ruidos lejanos que a medida se fueron intensificando, volviéndose voces, chicas parloteando. No le iba a dar la importancia, seguro que perdían el tiempo en lo que sonaba la campana; aquel lugar era perfecto para esconderse de la tutoría en la tarde.
Justo dio media vuelta cuando reconoció la voz de Emma entre todas ellas.
—Emma, esta vez sí que te has pasado de la raya. —gruñó otra voz, gruesa y llena de coraje. Govert puso cara seria, acercándose a la reja que era cubierta por enredaderas. Al quebrar algunas pudo hacer un pequeño agujero para ver mejor del otro lado. —Mira que besarlo frente a media escuela.
Lo primero que se puso en su campo visual fueron dos chicas que reconoció como sus compañeras de curso, Belinda y Hannah. Más otras tres que seguro eran de la misma edad de Emma. En medio de todas ellas distinguió a su hermana y se la sangre se drenó de su cuerpo.
Emma tenía el uniforme roto. Emma sangraba del brazo y la rodilla. Emma temblaba de miedo.
— ¿Por qué no te mueres? —preguntó Hannah, tomándola del cabello. —Mira que incluso engañar a Antonio diciéndole que eres una buena chica. Sólo mírate, ningún chico querría salir contigo, él sólo lo hace por lastima.
—Si es un chico con cualquiera debería bastar, ¿no? —preguntó una más joven, Govert pudo distinguir una caja de huevos que no se molestaba en ocultar. — ¿Por qué con Antonio? Le estas causando muchas molestias.
—Antonio es demasiado lindo para rechazarte. —bufó Belinda arrancando un huevo de la mano contraria y estrellándoselo en la cabeza. Govert no necesito otra cosa para reaccionar, soltó el balón que quedo rebotando y rodo hasta el principio de la cancha, mientras que el jugador estrella de Gakuen se iba corriendo.
— ¿Govert?
No distinguió con quién choco, ya más tarde sabría que era con el entrenador el cual lo llamo a gritos. Sólo deseaba llegar tan pronto como fuera posible para rescatar a su hermana, recorrer el enorme pasillo que daba con cada cancha para los clubes deportivos, salir del edificio y volver a entrar a la escuela. Jamás odio tanto a sus piernas por no correr tan rápido, ni siquiera cuando perdió el final de liga en la primaria.
La campana del fin de tutoría pito en sus oídos. El sonido de los estudiantes saliendo de los edificios, los que aún se encontraban afuera distrayéndose de los deberes o jugando entre compañeros. Entre toda esa multitud pudo notar una figura, rodeada de gente que no conocía, sonriéndole a personas que fingían para él. Antonio.
Lo odió.
Lo deseó muerto.
Sin embargo, al cruzarse sus miradas leves segundos le rogó que salvara a su hermana. Sólo que Antonio, como siempre, no pudo entenderlo.
Encontró la caja de huevos rotos tirada en el suelo. Ningún rastro de Emma cerca, sintió su sangre fría como el invierno en Holanda, ¿y sí la llevaron a otro lugar en lo que corría? ¿y si también incluían chicos esta vez? Al escuchar los primeros sollozos le volvió un poco de color a la cara, que lucía como la luna amarillenta que se situaba por las noches en Gakuen. Con cuidado se abrió paso entre los arbustos, llegando hasta su hermana.
Emma volteó a él llena de terror. Al reconocerlo entreabrió la boca y por fin, todo el llanto que aguanto hasta ese momento fue liberado. Govert la apretó contra su pecho con fuerza, imaginándose desde que día estuvo soportando todo eso y como fue tan estúpido para no darse cuenta lo que sufría su pequeña hermana, la que juro que protegería en la tumba de su madre. Y le dolía, no sólo el hecho de que Emma estuviera destrozada, le ardió el alma al tiempo que comprendió que ella no lo estaba esperando a él para rescatarla, sino a Antonio.
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Lo alcanzó cuando ya iba saliendo de los dormitorios, llevaba un paso apresurado, quitando a los pocos que se cruzaban en su camino. Al parecer ni se daba cuenta de ellos, sus ojos parecían desenfocados de la realidad. Arthur se sintió más rojo todavía al verlo así, ¿tanto había sido un beso en la mejilla? ¡Debería golpearlo!
— ¡E-Espera! —gritó tomándolo del brazo. Alfred se giró a él, con los ojos girándole del nerviosismo.
— ¡L-Lo siento mucho, reaccione por instinto! —gritó, rotando la cabeza. Parecía un lunático de esa manera, Arthur dejó escapar una risa. — ¡N-No te rías! —protestó sonrojado.
—Es que es muy divertido verte de esa manera. —infló sus mejillas aguantando otra risa.
—N-No pareces afectado por lo que hice. —formó un puchero con sus labios.
— ¿Por qué debería estar afectado por un beso en la mejilla? —preguntó, cerrando los ojos. Se cruzó de brazos, dándole la espalda. —Por si no lo sabes ya he tenido mi primer beso. A comparación de un niño como tu yo ya soy todo un adulto.
— ¡Eh! —Alfred lo giró a él, emberrinchado. — ¡Se supone que yo tenía que ser tu primer beso también!
— ¡Qué mierda estas soltando enfrente de la escuela! —gritó apartándose de él, ruborizado.
—Antonio me paso una novela española. —confesó volviendo a su estado natural. —Los dos protagonistas se enamoran por primera vez y tienen todas sus primeras experiencias juntos; como una foto de pareja, su primer beso, su primera pelea por celos y así.
—Antonio es un cursi de lo peor. —bufó Arthur pasando su mano por su cabello. —Escucha esto, Alfred. Deja de pedirle consejos al BFT o acabaras siendo igual de pervertido que ellos. Y no queremos eso, ¿verdad?
Alfred se encogió de hombros. —Francis me dijo que dejara salir la pasión que hay en mí. Y que desatará la tuya.
— ¡Ese imbécil!
—No entiendo a qué se refería, pero lo busque en Google. —admitió con una sonrisa, saco su celular y se recorrió los lentes que amenazaban con caerse. —Dice así: deseo vehemente, capaz de dominar la voluntad y perturbar la razón, como el amor, el odio, los celos o la ira intensos.
—Deja de buscar todo en Google.
—No creo que seas capaz de perturbar mi razón. —dijo de pronto, guardando su teléfono. Arthur frunció el ceño, ofendido. —Ni tampoco de dominar mi voluntad.
—No es como si quisiera hacerlo de todos modos, gordito.
—Pero creo que serías capaz de sacar todos mis sentimientos a flote. —reconoció hundiendo sus manos en la chaqueta de aviador. —Al menos así lo sentí cuando Scott me dijo que estaba enamorado de ti.
—El hecho que Scott te lo dijera prueba el hecho de que no lo estas. —suspiró. Lamentablemente habían llegado a la parte que quería evitar a toda costa. Alfred se acercó a él, confundido. —Yo no te gusto. —aseguró Arthur, frunciendo las cejas. Alfred quiso interrumpirlo, pero Arthur alzó una mano para que se callara y lo dejara continuar. —Sólo estás agradecido conmigo. Sientes esa necedad de querer estar conmigo porque soy quién más te ha ayudado.
— ¿Cómo puedes saber que no me gustas? —protestó, enfurruñado. — ¿Acaso puedes leer mi mente?
—No. —prosiguió, serio. —Pero ¿te puedes enamorar de una persona que no conoces? —preguntó, cruzándose de brazos. —No sabes nada acerca de mí. ¿Mi color favorito? ¿Mi comida favorita? ¿Qué es lo que me gusta? ¿Al menos sabes un poco de mis aspiraciones a futuro? ¿Mis miedos? ¿Mis pasiones? ¿Mis anhelos?
Alfred agachó la mirada, buscando las respuestas en su mente. Sobraba decir que no las tenía.
— ¿Lo entiendes ahora? —preguntó, mucho más suave. Relajó sus musculo y le dio una palmadita en el hombro. —El día en que ames a alguien no habrá necesidad de que te digan que estas enamorado. Lo sabrás por ti mismo. Pensaras todos los días en esa persona y será a la única que veas. Al escucharle guardaras cada una de sus palabras para siempre, construirás un puente indestructible donde puedan pasar los dos. No podrás sacarlo de tu cabeza, ni de tu corazón.
Alfred se quedó en silencio, mirando a Arthur anonado. El inglés intento dar media vuelta para dejarlo en paz con sus pensamientos, pero el americano lo tomó del brazo impidiéndolo.
—Entonces sólo tengo que intentar enamorarme de ti. ¿No es así? —preguntó, sonriente. —Y tú te tienes que enamorar de mí.
— ¿Q-Qué?
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—Hermano.
—Govert.
—Yo lo hice. —dijo de nuevo, sin mostrar vergüenza. De su gabardina sacó una pequeña libreta que mostró sosteniéndola de los bordes, contenía nombres tachados con grado, grupo incluidos y algunas señas particulares de la persona. —Estoy admitiendo que he golpeado a esas brujas.
—Vaya, eso no me lo esperaba. —comentó Máximo, preocupado. Si Lovino lo sabía le metería una buena regañina. — ¿Por qué lo has hecho?
— ¿No es obvio? —intervino el director, riendo. — ¡Es un delincuente que debería estar en la cárcel!
—No estoy hablando con usted.
—Por favor, mantenga la compostura. —regañó uno de los ancianos. —Está dejando en ridículo esta institución frente al Sr. Vargas.
—No intervenga. —objetó Máximo sin despegar la mirada de Govert. —Quiero comprender por qué tomaste esa decisión.
—Ellas golpearon a mi hermana, la humillaron. —explicó moviendo sus brazos bruscamente. — ¡Ese sujeto en vez de ayudarla, sólo lo encubrió! ¡Se hizo de la vista gorda porque ellas tienen más dinero que nosotros! ¡Él sentaba su trasero cada día en esa maldita silla y dejaba que esas brujas lastimaran a mi hermana!
—Sigo sin comprender tu punto, Govert. —Máximo se acercó a él, siendo esta vez el padre de Emma quién le impidió seguir.
— ¿Crees que golpearlas por lo que le hicieron a Emma está bien?
—Sí.
—Sabes que en el momento en que esto salga a la luz dirás adiós al fútbol, ¿verdad?
—Me da igual. Ya no es algo que quiera en mi vida, no con la lesión que tengo. —Govert desvió la mirada, enojado.
— ¿Te la hiciste tratando de defenderla? —se aventuró a cuestionar Máximo. Emma observó la cara de su hermano llena de estupefacción. —Olvídalo, me has contestado sólo.
Emma apretó los puños contra su cuerpo, tronando sus dientes. Todo ese ruido comenzaba a desagradarle, saber que su hermano golpeaba por ella, que no cumpliría su sueño porque ella no fue lo suficientemente fuerte para defenderse sola. Si tan sólo tuviera un botón para reiniciar todo, no dudaría ni un segundo en apretarlo; comenzar desde cero, llevarse bien con todos para no comer sola todos los días en la sala de profesores, ser amiga de Antonio y, sobre todo, no ser una carga para su familia.
— ¡No lo entiendes! —estalló.
— ¿Emma? —llamaron padre y hermano al mismo tiempo. —Todo está bien, linda. Resolveremos esto. —continuó su padre.
"¿Por qué sigues colgándote de él todos los días? ¡Muérete!"
Apretó los ojos para borrar aquellos recuerdos que comenzaron a inundar uno a uno su mente al punto de hacerla sollozar. Govert se movió por instinto hacía ella, Emma lo detuvo con una mirada tan enojada que tuvo que retroceder dos pasos.
"¿No debería bastarte con cualquier chico? No tiene que ser Antonio."
—Creo que necesitas un poco de aire. —su padre intentó tomarla del brazo, Emma lo esquivó echándose a un lado.
— ¿Por qué crees que hacerles lo que me hicieron a mí está bien? —preguntó a Govert.
"Eres un juguete con el que nos podemos divertir todo el día, Emma. Así que no trates de huir."
Un plaf silbó en el aire.
—Yo…—Govert se llevó una mano a la cara, sorprendido. Era la primera vez que Emma lo golpeaba.
— ¡Emma!
— ¡ERES DE LO PEOR! —gritó, tomándolo del brazo para que la mirara directo a los ojos. Govert ni siquiera pudo salir del shock del golpe. — ¿Crees que mi madre estaría orgullosa de ti? ¿Crees que si golpeas a cada persona que ni siquiera me devolvió el saludo te lo voy a agradecer? ¡Eres igual que ellas!
Govert frunció las cejas al escucharla, liberándose de su agarre. — ¡Lo hice porqué ellas te lastimaron! ¡Antonio te lastimo!
—Oh, no. —Emma se llevó una mano a la boca, aterrada. — ¿Has golpeado a Antonio al igual que a Lovi? ¡Quién te crees que eres!
Máximo miró con preocupación a Govert. Ahora que miraba con atención los recuerdos de ese día con Lovino, él tenía el labio roto.
— ¡Creo que soy tu hermano!
— ¡Eso no te da el derecho! —Emma estaba roja de furia, casi llegaba al tono de su listón para cabello. — ¡Yo comencé a decirle a Lovi lo que paso! Él quiso detenerme, pero yo seguí. ¡Pero fuiste tan estúpido de ni siquiera querer escuchar que no tenía la culpa de nada! —Govert de repente se puso blanco como la nieve. — ¡Y yo lo oculte de Antonio! ¡Oculte que me lastimaban!
—Aun así, él debió…
— ¿Cómo crees que se sentiría una persona si le digo que me están lastimando porque me ama? —pataleó contra el suelo, colérica. — ¡Sentiría que ya no puede amar a nadie más!
—Emma, es suficiente hija. —pidió su padre, abrazándola. Emma se apartó de él, sin dejar de mirar a Govert. No quería tranquilizarse, no todavía. Quería estallar y sacar todo lo que llevó adentro durante dos años enteros.
— ¿Por qué no puedes comprenderlo? —preguntó, esta vez con las lágrimas inundando su rostro. Se acercó hasta su hermano, golpeando levemente su pecho. — ¿Por qué no puedes comprender que todo eso está por debajo de ti? ¡No tienes que sacrificarte por mí! Esperaba todo de ti, hermano. Todo menos eso.
—Ellas tenían que pagar. —gruñó, tenía una mirada fiera en sus ojos. Como si hubiera buscado cada una de las soluciones y al final, entre todas, esa fuera la correcta. — ¡Ellos no harían nada por ti, así que yo lo tuve que hacer! —señaló a los directivos.
— ¡Que estuvieras ahí fue suficiente para mí!
— ¡PERO NO PARA MÍ! —el gritó opaco todo el ruido de la sala, dejando un eco de fondo. Emma tragó saliva, su hermano sostenía uno de sus brazos con demasiada rudeza, obligándola a no alejarse de su lado.
—Es suficiente ustedes dos. —dijo el Sr. Morgens, separándolos. —Emma, sal de aquí.
— ¿Qué?
—Sólo hazlo. Hablaré con ustedes más tarde. —tomó el brazo de su hija con delicadeza y la guio hasta la puerta, abandonándola detrás de ella.
Emma miró perpleja la puerta de madera con un letrero dorado en la parte superior indicando la oficina del director. La secretaria del escritorio adyacente alzó una ceja, sus ojos le dieron una fría mirada y volvió a su trabajo.
—Govert…
Govert se dejó caer en una de las sillas, cubriendo su cara con las manos. No lloraba, pero se sentía roto al ver la cara de decepción plantada en Emma, una decepción que iba dirigida a él. Su padre se paró al lado izquierdo de él, sin mirarlo ni siquiera un poco.
—Dado este caso, lo más prudente sería la expulsión de ambos hermanos. ¿No es así? —sonrió el director, veía de reojo a Govert como si se tratara de un bicho insignificante. —Puede que usted tenga muchas influencias, Sr. Vargas pero…
—Quiero la destitución de él en este mismo instante. —cortó de repente con una voz glacial. Govert alzó la cabeza para mirar a los administrativos quienes destellaban incredulidad en sus caras.
— ¿Qué?
—Si la respuesta del instituto es negatoria sacaré en este preciso instante a mis valiosos nietos de aquí. —volteó a ellos con firmeza.
—No puede venir y dar órdenes…
—Una vez que mis nietos estén fuera de aquí, al igual que los dos jóvenes que presiden de este caso no tardaran mucho otras familias en darse cuenta de lo que sucedió. —explicó cruzándose de brazos. —Lovi me ha dicho que el Comité de estudiantes está gobernado por los hermanos Kirkland. Su padre es un muy buen hombre, dudo que enterándose de esto quiera que sus hijos se vean afectados en el escándalo.
—Govert, ve afuera…—ordenó su padre en voz baja. El mayor de los Morgens asintió, aún sofocado de las reacciones de Emma. Ya no tenía animo ni para defenderse.
Lo último que escucho recitar al abuelo de Lovino fue una lista de apellidos que conocía bastante bien. Los más adinerados de la escuela. El anciano también era diferente, como Lovino; ambos podían tener un rostro estúpido a primera impresión, bondadoso y amable, sin embargo, de vez en cuando daban miedo.
Aunque le dolía en el orgullo de él y su padre, ya sabía lo que pasaría. Al menos una sonrisa de satisfacción se le implantó en la cara al saber que el vejete que tenían por director no pasaría ni una noche más en el campus.
—Lo más importante es el dinero, ¿no es así? —murmuró, hundiendo las manos en los bolsillos del abrigo y comenzando a avanzar en dirección a la salida.
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— ¡No has escuchado ni una sola palabra de lo que dije! —protestó Arthur. — ¡Tú no puedes estar enamorado de mí!
— ¿Y por qué no? —preguntó. Parecía un niño de tres años preguntando el por qué no podía encender la estufa.
— ¡N-No es normal! —contestó no muy convencido. —Los dos somos chicos.
—En Estados Unidos ya podemos casarnos. —dijo, pensativo. —El presidente Obama lo legalizo en todo el país. ¿No te enteraste en las noticias? —preguntó.
— ¡Ese no es el problema!
—A tu padre le agrade.
— ¡Cómo mi amigo!
—Si ya pasaste de la villanozone, entonces yo puedo pasar de la friendzone. ¿No? —Alfred hizo el intento de tomar su mano, Arthur la aparto de inmediato. — ¿De verdad me estás rechazando?
— ¡Por supuesto!
—Supongo que entonces tiraré esto. —con un tono melodramático sacó un par de boletos que ondeó con el viento. Arthur miró con atención cuando se detuvo. —Francis me aconsejo que los comprara para tener nuestra primera cita.
— ¿Cita? —frunció la boca de tan solo pensarlo. Maldito BFT, ya les pediría a los profesores que les dejara tarea extra como un favor. — ¿A dónde son?
—Le dije que no iba conmigo, pero no quiso escucharme. —suspiró. —Son para una obra teatral.
Arthur se paró recto, disimulando interés. — ¿Cuál?
—La noche de los asesinos. —recitó con tono fúnebre. —Son la única función que encontré disponible para el día que tenemos libre.
—Si no quieres ir, no debiste comprarlos. —alegó mirando constantemente los boletos. Alfred recordó la salida al cine con una alegría inmensa.
—Sé que me sacaras de ahí, aunque te pierdas toda la función. —sonrió, haciéndolo sonrojar.
— ¿Qué pensabas? —preguntó, evitando mirarlo. — ¿Qué solo con eso cambiaría por completo mi opinión?
—Sí. —respondió de inmediato, al ver la cara de estupefacción de Arthur, comenzó a ponerse nervioso. —N-No… no. Por supuesto que no.
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Máximo lo encontró fumando detrás de una arboleda, suspirando el humo al cielo con los ojos cerrados. En sus ojos hinchados resaltaba el color rosado, quizás por haber llorado o tal vez sólo fuera el humo pegándole directamente. No quiso indagar más.
—Mi lindo nieto jamás me ha pedido ayuda para otra persona que no sea Feliciano o Antonio. —dijo Máximo, sonriendo. —Al recibir su llamada me alegre tanto. Nunca me llama, dice que no tiene sentido llamar a un vejete como yo. —Govert alzó una ceja, masticando la punta del cigarrillo. Lejos de verse afectado, el viejo lucía feliz. —Sin embargo, Feliciano siempre me dice que me ha mandado saludos o buenas noches.
—No es bueno mostrando ese lado suyo. —comentó al aire.
—Lo sé. Por eso sé que tú debes ser una persona importante para él. —se encogió de hombros, despreocupado. —Necesitara a un amigo para cuando se dé cuenta de algo importante.
—Tiene a Antonio. —gruñó.
El abuelo le mando una sonrisa pícara, intentando transmitirle un secreto con la mirada. —Ya lo comprenderás más adelante. Por ahora sólo hazme el favor de pedirle una disculpa por golpearlo, la Srta. Emma ya ha dicho como ocurrieron los hechos y entiendo tus razones de enojo, no obstante, aunque seas su amigo no puedo pasar en alto que lo golpeaste y no te has disculpado por ello.
Govert puso mala cara, entre avergonzado y molesto. —Lo haré sin falta.
—Estaré pendiente de ello.
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—Tsk. Esos dos imbéciles están haciendo un espectáculo, me repugna. —gruñó Scott, aplastando el cigarrillo contra el piso. Roderich se alzó las gafas con una vena saltándole en la sien, a su lado Govert fumaba despreocupado otro cigarrillo. Scott escupió a un lado, comenzando a alzar una bola de metal con picos.
—¿Qué diablos piensas hacer con eso? —gruñó Roderich, impaciente. Vash llegó a su lado frunciendo la boca.
— ¿Por qué demonios me mandan un mensaje a esta hora? —regañó, poniéndose detrás el rifle con el que practicaba para disparar a los platillos. —Tuve que salirme de mi práctica.
—Dímelo a mí. —Roderich rodó los ojos. —Estaba a mitad de una melodía.
— ¿Qué demonios piensas que haces practicando lanzamiento de caber aquí? —preguntó Govert, sonriendo con sorna. Scott respiraba profundo para lanza la bola.
—Deja de joderme y cúbreme. —espetó, enojado.
— ¡Déjate de boberías! —gritó Roderich. — ¿A quién piensas darle con esa bola, a Arthur? ¿Acaso eres un tonto?
—Sólo no quiere dejarlo con su nuevo novio. —se burló Govert, dando otra calada a su cigarro.
— ¡No es su novio! —rechistó, azotando la bola en el suelo. — ¡Nunca aceptaría a un hombre como la pareja de mi hermano! ¡Y mucho menos a uno con complejo de héroe!
— ¡Cállate, yo no te acepto como presidente de la escuela! —regañó Roderich.
—Roderich, yo no tampoco te acepto como segundo tesorero al mando. —intervino Vash mirándolo seriamente.
— ¡Cierra la boca, tonto! —continuó, exasperado. — ¡Y los únicos con complejos son ustedes tres, trío de idiotas! ¡Complejo de hermanos! —suspiró, tomando aire y miró a Govert con un eje de desesperación que el rubio se limitó a ignorar, mirando a otro lado. —¿Me estás diciendo que me salí de mi practica de piano sólo porque quieres joderle la cita a tu hermano?
—Yo no te obligue a que vinieras. —contestó Scott tomando la cadena que sujetaba la bola metálica entre sus manos. —Lo único que quiero es que ese Superfat lo deje tranquilo. Así que lo noquearé con esto.
— ¿¡Crees que puedes ir matando gente a tu gusto!?
—Ese gordito sólo le está causando cada vez más problemas al imbécil de Arthur. —bufó. —Yo estaba dispuesto a considerar la pareja que Arthur eligiera, siempre y cuando fuera de buena familia. No obstante, a él lo rechazo completamente.
—Vash, dile algo. —pidió, alzando sus lentes para tallar entre sus ojos.
Vash se sacó el rifle de encima y lo apunto directo a la pareja que tenía delante de ellos. Alfred en vano intentaba tomar la mano de Arthur.
— ¿Qué estás haciendo, tonto? —preguntó con la mirada perdida. — ¿Ahora estas de su lado?
—Nunca pensé que concordaría con Scott, pero he ahuyentado a trece pretendientes de mí hermana. —tronó sus dedos, antes de colocarse sus guantes para la práctica. —Puedo ver el cariño que siente por su hermano. Lo comprendo.
—Yo no dije nada de tenerle cariño…
—Si mi hermana fuera a quienes le sostienen la mano, me gustaría que me ayudaran a matarlo también.
—En primer lugar, si tu hermana fuera la de allá, el sujeto ya estaría sin cabeza. —intervino Govert.
—Oigan, complejos de hermanas. —murmuró Roderich, saliendo del arbusto. —Sus presas se acaban de escabullir después de todo el alboroto que armaron.
—.—.—.—.—
— ¡Anciano! —gritó Antonio corriendo a darle un abrazo. Máximo volteó a él en un parpadeo con los brazos extendidos. Hace varias horas que se encontraba deambulando por todo el campus, buscando a sus nietos.
Varias alumnas se quedaron viendo maravilladas de que varios brillitos se desprendieran de Máximo y Antonio. Era similar a ver a un padre e hijo abrazados, sólo que aún tenían el ligero toque que los distinguía de diferente familia. Lograba verse conmovedor.
— ¡No sabía que estarías aquí! —se separó, alegremente. —Lovi tampoco me dijo nada.
—Me pidió que lo mantuviera en secreto. —Máximo hizo un puchero, descontento. —Después me abandono a mi suerte y arrastro a Feliciano consigo.
—Clásico de Lovi. —suspiró Antonio. —Debe estar pensando en prepararte una sorpresa.
— ¿Tú crees?
—No realmente.
—Sí, lo mismo pensé yo. —una mirada vacía apareció en los ojos del abuelo Vargas.
Antonio miró de reojo al mayor. — ¿P-Por qué te pidió que vinieras? ¿realmente no puedes contármelo?
—Tu no me dijiste que alguien te golpeó. —dijo de pronto, suspirando. Antonio se paralizo en su lugar, obteniendo la respuesta de un golpe que lo dejo sin aire en los pulmones. Máximo avanzó, haciéndolo reaccionar.
—Yo no quería preocuparte…—vaciló. —Sé que estas muy ocupado.
—No querías que le dijera a Lovi. ¿Me equivoco? —preguntó, sosteniéndole la mirada. Antonio agacho la cabeza, avergonzado. —Me preocupa toda esta situación, Antonio. Viendo a Lovi tan involucrado contigo y con los jóvenes Morgens. Si su padre se entera…
— ¡No! —exclamó, deteniendo al abuelo de repente. —No debe de saber nada. Lovi se pondría muy mal.
—Lo sé. Por eso recurrió a mí. —suspiró Máximo, pasando su mano por el cabello. —Pensé que te había pasado algo muy grave a ti o a Feliciano. Cuando me dijo que se trataba de alguien más, me dio mucha ilusión. Tiene nuevos amigos Antonio, —lo miró, con una sonrisa de felicidad. —y son muy buenas personas.
—Govert…
—Él sólo intento hacer lo mejor para proteger a su hermana, aunque sus métodos no fueron los indicados.
—Aun así, golpear chicas…
—Lovi no quería venir a esta escuela. Porque tú estabas en ella. —dijo sincero. Antonio paso saliva, atónito. —No lo malentiendas; sólo tenía miedo. Después de tanto tiempo sin verse es natural que la gente cambie. Estaba asustado de que lo vieras cambiado y ya no lo quisieras.
— ¡Eso es imposible! —alegó molesto.
—De verte cambiado y ya no quererte. —completó. Antonio se sintió helado por dentro al escucharlo. —Tú creíste que ocultarle las cosas sería lo mejor para él, pero al igual que Govert, tus métodos no resultaron los indicados. Lovi debe de pensar que no tienes confianza en él.
— ¡La tengo! —aseguró, temblando. Había sido un completo estúpido con Lovino.
—Asegúrate primero de que él lo sepa.
— ¡Abuelo! —gritó Feliciano, junto a él corrían Kiku y Ludwig, este último lleno de admiración. Antonio recibió gustoso el abrazo de Feli también cuando llego a ellos. Se sentía tan bien pertenecer a esa familia, no quería perderla. Ni mucho menos perder a Lovino.
—.—.—.—.—
—A ti te estaba buscando, princesa. —llamó Gilbert, pasando una mano por sus hombros. Lovino lo apartó de inmediato con repulsión.
— ¿Qué mierda quieres ahora, patata olorosa? —gruñó, volviendo a centrarse en la música que escuchaba. Gilbert jaló ambos audífonos de un tirón. — ¡Eso duele imbécil!
—Escucha lo que tengo que decir, después puedes oír toda tu música de mierda. —dijo sentándose a su lado, Lovino se alejó al menos un metro de él. —Ten por seguro que a mí no me hace más feliz venir a hablar contigo si no está Toño o Fran de por medio.
—A mí no me hace feliz hablar contigo ni cuando ellos están. —rezongó, cruzándose de brazos. — ¿Qué mierda quieres? ¿No tienes que ir a pelar patatas o algo así?
—Antonio hoy falto a clases. —fue directo al grano, así pasaría menos tiempo con Lovino y no le tiraría un golpe. —Por ti.
— ¿Acaso yo lo amenacé con un arma? —preguntó ofendido.
—No, imbécil. Él cree que ya no quieres ser más su amigo. —contestó, enfurruñado. —Créeme que sería una de las personas más felices si te deja de hablar, pero a él le duele que ya no creas en él. Y confiéis más en Govert.
—Al menos Govert no me ha dejado de lado desde que entre. —bufó cruzándose de brazos. Gilbert se giró a él, sorprendido. —Quizás a ti te valga mierda, imbécil. Pero a mí no. Me dolía el hecho de que Antonio me ignorara al estar en el mismo lugar.
—Tienes razón, me vale mierda. —se sentó en forma de mariposa, rascándose la barbilla. —Como sé que Antonio actuó mal, pero todo su actuar tiene un por qué.
— ¿Ahora eres una patata madura?
—No soy quién para decirte las acciones de Antonio, si él quiere, te lo dirá.
— ¿Entonces que mierda haces aquí? —gruñó poniéndose de pie. —Yo no soy quien debe pedir una disculpa.
—Sigues siendo el mismo niño caprichoso y berrinchudo que conocí. —aseguró Gilbert imitando su acto. —Me caes de la mierda. No sé cómo Antonio logra soportarte.
—Lo mismo pienso yo de ti. —sonrió irónico. —Incluso ahora debe haber un trasfondo para que hayas venido a hablar conmigo ¿no es verdad? ¿Tan mal esta Antonio que ni siquiera hace chistes con el estúpido BFT? ¿Eres tan egocentrista que sólo quieres que todos sonrían como si nada hubiese pasado?
— ¡HEY!
El grito de Gilbert lo dejo callado, asustado. Aquella patata maloliente le había alzado la voz, de verdad, por primera vez en toda su vida; aunque desde que lo conoció habían peleado, de vez en cuando incluso llegando a los golpes. Francis y Antonio eran los encargados de separarlos, no obstante, esta vez Lovino pudo notar el peso de su grito; no era una pelea para ver quién se quedaba con la última botana, o por disputarse a Sub-Zero cuando jugaban videojuegos.
—Por una vez en tu vida cierra esa estúpida boca tuya. —gruñó Lovino, sabiendo que quería tomar otra vez la palabra. —Ya he comprendido, estúpida patata.
—Milagro que esa cabeza hueca lo haya entendido.
—.—.—.—.—
Lovino dejo de correr al visualizar a Antonio sentado en una de las bancas del jardín, la luz que alumbraba arriba de él era de un amarillo opaco, sin vida. Lovino hundió ambas manos en el abrigo azul que llevaba puesto, cortesía de la marca de ropa que patrocinaba a su madre. Antes de llegar a su amigo dio un suspiro, sacando humo de la boca por la baja temperatura; en silencio se posiciono a su lado.
—Te lo diré, Lovi. —murmuró al notarlo. Lovino sintió su corazón estremecerse. Antonio era un chico de campo, trabajador e ingenuo que vivía al día. Recordaba que él podía cargar cientos de costales llenos de papas o maíz a una carretilla, que después trasladaba hasta la hacienda. Eso fue antes de que aprendiera a conducir. Así que verlo de esa manera, tan apagado como el foquillo que lo alumbraba, lo destruía. —Pero por favor, no me odies.
Cuando eran niños Antonio solía correr por los matorrales con piedritas en los zapatos, revolcándose entre la tierra, llenándose de espinas, cayéndose por las colinas rocosas. Al dejar de rodar entre piedras se ponía en cuatro y mallugaba la tierra, aguantando el golpe, absorbiendo las lágrimas y volviéndose a poner de pie para seguir corriendo. Su padre solía reírse de él por ello, su madre lo regañaba todo el día por arruinar siempre su ropa, pero solían curarlo y darle un montón de besos.
En ese momento Lovino deseó que ambos estuvieran ahí, apoyando a su amado hijo.
—Lovi…
—No voy a odiarte. —suspiró, dejándose caer en la banca. —No podría hacerlo.
—Vas a decepcionarte de mí. —dijo escondiendo la boca entre el cuello de la chaqueta. Se veía destrozado.
—Eso…—arrastró sus palabras, como si no quisiera decirlas. Y mejor calló. —Continua. —Antonio volteó a él en ese momento. Lovino se arrepintió de no decirle palabras de aliento. Sentía que en cualquier momento Antonio colapsaría.
—Yo fui el causante de todo lo que sufrió Emma. Pero eso ya lo sabes. —habló entre dientes, sintió de pronto que la carga sobre sus hombros se sentía mucho más intensa que antes. —Al entrar aquí no sabía que tenía que hacerme respetar. Di por hecho que todos sabían los valores que mis padres nos enseñaron. —jugó con sus manos, tenía la mirada agachada, pero miraba a Lovino de soslayo. Este tiritaba levemente a pesar del abrigo que tenía y la playera de cuello de tortuga que llevaba debajo. Se preguntó si sus manos se sentirían tan heladas como las de él. —Gracias a Francis y Gilbo fue sencillo adaptarme. Yo no sabía que para Emma no sería lo mismo.
Antonio fingió estirarse en la banca para poder mirar mejor la expresión de Lovino. Su corazón latía sin cesar como si estuviera en un juego mecánico en el cual podía sufrir un paro cardiaco si llegaba ver enojo en la cara de Lovi. Por suerte no se detuvo. Lovino observaba a la nada, perdido en sus pensamientos; cualquiera pensaría que no lo escuchaba. Antonio por suerte no era cualquiera.
—No sé cuánto lastimaron a Emma antes de darme cuenta. —confesó echando la cabeza atrás, recargándose en el respaldo de la banca. El cielo se encontraba escaso de estrellas y nubes esa noche, la luna rebosaba una magnifica luz que alumbraba las arboledas que tenían cerca. Era maravillosamente inalcanzable. Tomó aire antes de volver a hablar, helando sus pulmones. —El daño estaba hecho al enterarme. No podía ensamblar las partes rotas del corazón de Emma, no tenía el derecho ha.
Deseó que Lovino lo mirara, ver sus ojos y saber que no lo odiaba, que lo seguía queriendo.
—Emma nunca me dijo lo que le hicieron. —retomó la palabra al comprender que el italiano no quería regresarle la mirada. Se concentró en sus recuerdos y en los árboles tétricos que tenían delante, alumbrados por la luna.
— ¿Y tú nunca quisiste saberlo?
— ¿Por qué iba a querer saber cuánto sufrió por mi culpa? —un nudo en la garganta resaltó al momento de hablar. Por primera vez en esa noche sus ojos se cruzaron hasta fundirse en el otro. Veía la indignación, culpa, histeria y desasosiego en los ojos verdes que se oscurecían por la palidez de la luz. —Yo la amaba, Lovi. Saber que sufrió por eso, ¿cómo crees que me hace sentir? El comprender que cada vez que la besaba, tocaba o le decía un saludo de buenos días, la zambullían entre la basura. ¡Entender que si vuelvo a querer a alguien puede pasar lo mismo o hasta peor!
Lovino se quedó atónito. Pocas veces en su vida veía en ese estado a Antonio, al español imbécil que sonreía sin comprender que se estaban metiendo con él, el bastardo que lo obligaba a comer tres veces al día el primer año que su familia lo abandono en España diciéndole que si no lo hacía el hombre del costal se lo llevaría en un saco repleto de patatas.
— ¡Fui un imbécil! —gritó, tapándose los ojos con ambas manos, apretándolas contra ellos. — ¡Era la persona que decía amarla y nunca me di cuenta! ¡Me mando señales por todos lados y como un idiota, fingí no verlas! Al momento en que iba a buscarla al salón y no estaba, cuando perdía todas las cosas que yo o su hermano le regalábamos, su uniforme arruinado por completo, su temblor al momento en que la abrazaba o besaba. ¡Ella seguía diciendo que todo estaba bien! ¡Que eran descuidos suyos! ¡Y yo le creí!
En otro momento, quizás al resolver todo este asunto y que los meses se dejaran correr, no podría sacarse a Antonio de encima pidiéndole repetir el mismo acto. Aunque veía ese futuro cercano, decidió hacerlo, pesé a su orgullo. Con cuidado quitó las manos de la cara de Antonio, entrelazándola con las propias, su mejor amigo lo observó con lagrimillas en el borde de los ojos. Lovino dio un gran bocado de aire, reteniéndolo en sus pulmones, tomando valor. De pronto Antonio ya no sintió tristeza, al parpadear para intentar despertar de ese sueño, si es que lo era, no lo logró. Sólo consiguió que las ultimas lágrimas se le resbalaran por las mejillas hasta la barbilla. Lovino terminó de pegar su frente con la de Antonio al dar otro gran respiro.
—Te mostraré un truco que siempre me animo cuando estaba pequeño. —dijo, conteniendo el aire de sus pulmones. —Un idiota bastardo español me lo enseño. Le metí un golpe en el culo por ello.
— ¿Lovi?
Separó sus manos de él, formando una palmada. —F-… Fusosososo~ —la cara de Lovino consiguió las escalas mayores del tono rojo, que por la noche brillaba mucho más. —Fuso- ¡Deja de sonreír como imbécil! —protestó, dándole un cabezazo.
— ¡Lovi, eso fue muy lindo! —gritó, sin despegar su frente de la contraria. Fue Antonio ahora quién tomó sus manos entre las suyas, apretándolas.
—Nunca me lo dijiste, bastardo. —reclamó Lovino y estaba en el derecho de. — ¿Cómo demonios voy a saber que estas sufriendo si nunca me lo dices? ¿Crees que soy adivino, gilipollas?
—Es sólo que…
— ¡Deja que te llene de reclamos hasta que te salgan por el culo! —gritó sin despegarse de él. Antonio se sintió pequeño a su lado. — ¿por qué de repente se te dio el guardarme secretos? ¿quieres que te entierre con todos ellos? ¡Tú mismo me dijiste que no me quedara con el dolor dentro de mí o se me haría un hoyo en el estómago!
—Eso fue cuando teníamos ocho años. —hizo un puchero con la boca, bastante adorable. —No puedo creer que aún lo recuerdes.
Lovino le dio un cabezazo que lo dejo mirando nubes y pollitos alrededor de su cabeza. —Gracias a eso confió en ti. —admitió apartando por segundos la mirada. — ¡Maldito, imbécil! Mira que aprovecharte para sacarme información, te mandaré de regreso a España de un cabezazo.
—Lo siento, Lovi. —dijo cerrando los ojos. —Es sólo que pensé que te decepcionarías de mí, que ya no me ibas a querer más. Tenía miedo de que creyeras más en Govert que en mí, porque yo fui el idiota, porque dejé que lastimaran a Emma.
—Debiste decírmelo. —Lovino apretó sus manos, causando un estremecimiento en Antonio. —No importa que fuera, ¿qué no soy tu amigo? Se lo contaste incluso a esa patata maloliente de Gilbert.
—Gilbo me dijo que te lo contara. —admitió, despejándose de su frente unos cuantos centímetros para poder observarlo. —Que si te lo seguía ocultando podía perder tu amistad. Pensar en eso fue horrible, Lovi. No quiero estar en un mundo donde no hables conmigo, me destrozaría.
—Esa patata sabe dar buenos consejos de vez en cuando. —sonrió.
—Me dijo que te peleaste con Govert. —murmuró, haciendo un mohín. —Que fue él quien golpeó tu rostro.
—Tiene una enorme boca también.
—Tarde o temprano se dará cuenta que eres un buen chico. —pegó su mejilla con la de Lovino, restregando su cara en él. —Y vendrá rogando tu perdón.
—No todos son bastardos masoquistas como tú, idiota. —con la mano derecha aparto su rostro, fingiendo molestia. —Ya veré la forma de reconciliarme con él, no te aflijas.
Los dos se sentaron correctamente en la banca, con una de sus manos aún entrelazadas. Antonio infló las mejillas en un gesto infantil, aunque Lovino no se dio cuenta de ello al estar concentrado en sus pensamientos. La verdad es que deseaba pedirle a Lovino que no se acercara más a Govert, que aprovechara esa oportunidad para sacarlo de su vida, pero sabía que eso lo haría enojar y no quería pelear con él.
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Lovino hundió las manos en la gabardina. Antonio le había hecho quedarse hasta muy tarde a su lado, y cuando se ofreció a llevarlo a su habitación le dio una negativa rotunda; necesitaba estar sólo. Tenía demasiados pensamientos que aclarar, además tenía que ir a ver a su Felidiota quién estaba compartiendo habitación con su abuelo. Debía darle las gracias como era. Gracias a su abuelo, todo volvía a un ambiente más calmado y por Antonio se enteró de que al día siguiente se anunciaría la destitución del director.
La escuela ya estaba desierta, eso le causaba un escalofrío, pero prefería no pensar en ello. Lo mejor sería llegar rápido hasta la habitación de Feliciano, hundirse en su cama y dormir plácidamente otras doce horas tal vez trece, dependiendo de que animo tuviera para vivir al día siguiente. De verdad que comenzaba a pasarla mal, desde que Emma y Govert se distanciaron de él, desde que incluso Antonio se distancio de él.
Se le revolvió el estómago de tan solo pensarlo.
Justo se iba a detener para recargarse en un árbol cuando un balón de fútbol paso rodando, llegando a sus pies. Lovino alzó la mirada intentando encontrar a su dueño y entre las sombras apareció Govert, vistiendo su inseparable bufanda a rayas azules con blanco y ropa deportiva.
— ¿Ahora también te aparecerás por las noches? —preguntó tomando el balón entre sus manos.
—Es asunto mío. —cortó tajante Lovino. Ya iba a pasarlo de largo cuando Govert tomó su brazo. —Suéltame.
— ¿Por qué tienes que meterte en los asuntos de los demás? —preguntó, molesto. El balón rebotó en el suelo al momento en que obligo a Lovino a pararse delante de él. — ¿Antonio ya te ha pedido una disculpa por haberte ocultado las cosas?
—El único bastardo que me tiene que pedir disculpas no se llama Antonio. —ironizó dándole una sonrisa burda. Su labio morado no paso desapercibido. —Todo está bien con el imbécil de Antonio. Y a mí me vale mierda que me vuelvas a hablar o no.
—En tu idioma eso significaría "no estoy bien, dame un poco de atención." —respondió él, burlón. —Según Kiku todo lo que dicen los tsunderes es contrario a lo que quieren decir.
— ¿A quién mierda le llamas tsundere? —gruñó, intentando golpearlo. No tardó mucho en darse cuenta que estaba cayendo de nuevo en el juego de Govert. —Piensa lo que quieras. —bufó. Lo rodeó para evitar el contacto de nuevo y avanzó.
—Lovino. —dijo. El italiano se paró a medio camino, volteando. Govert suspiró. —Es sólo que…, tengo muchas ganas de estar sólo.
— ¿Quién te lo impide? —fue la respuesta automática de Lovino.
Govert hizo una mueca. —También me he estado comportando como uno. —se encogió de hombros. — ¿Puedes entenderlo?
—No. Porque yo soy un tipo genial. —contestó caminando hasta él. —Que puede meterte cinco goles en menos de cinco minutos. —tomó el balón entre sus pies y lo lanzó hacía él.
Lovi era un tontito. Pensó Antonio caminando velozmente por toda la escuela, se había dejado el teléfono en la banca donde estuvieron sentados; así que decidió buscarlo, tal vez fuera golpeado por seguirlo, pero podría llamar su padre o madre y eso le traería problemas. Además, tenía muchas ganas de verlo de nuevo, de tomar su cara entre sus manos y apachurrarle las mejillas mientras le daba un beso de buenas noches.
—Ni siquiera me estás haciendo sudar. —reprochó la voz de Govert. Antonio pasó saliva recargándose en uno de los troncos de árbol cercano. Frente a él, Lovino y Govert se intentaban quitar el balón a base de jaloneos y empujones; abrió la boca, luego el cerro en un vano intento de que el aire llegara a sus pulmones. Si era sincero consigo mismo, no tenía ni la menor idea de porque se ponía así al ver a Lovino tan cerca de Govert. Incluso aunque se decía en su mente que sólo eran amigos, que Lovino podía ser amigo de quien fuese, alguna extraña razón lo ponía a la defensiva con Govert. Y quizás no fuera por Emma.
Tal vez fuera por él.
Parpadeó al sentir un bum en su corazón, sintió las mejillas rojas y el nerviosismo apoderándose de todo su ser. Con las emociones a flor de piel, indicándole una sola cosa: Lovino Vargas, su preciado amigo de la infancia, le gustaba.
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Ese día dio una enorme calada a su cigarro, quizás para fingir que tenía valor para lo que haría a continuación. Tenía enormes ojeras por no haber dormido bien tres días antes, pensando en la mejor manera de hacer pagar a las personas que lastimaron a su hermana. Al final de la noche del tercer día pudo comprender que las heridas internas de Emma sanarían con el paso del tiempo, que no habría necedad de una venganza. Pero él la quería.
Y, entonces, golpeó con fuerza la pared al lado de la cabeza contraria. Hannah se hizo pequeña a su lado, apretando los libros contra su cuerpo.
—Te lo advierto, Govert. —chilló, asustada. A Govert le recordó el llanto de un cerdo. —Mi padre es mucho más importante que el tuyo. Podría hacerte desaparecer de la escuela si quisiera.
—Me pregunto que será más rápido. ¿Tu padre mandando a alguien para que me golpeé o yo estrellando incontables veces mi puño contra tu rostro? Dudo que los muertos puedan hablar. —observó su puño, llenó de sorna. Hannah lo miró con lágrimas en los ojos.
— ¿C-Crees que puedes cubrir algo así…?
—Me pregunto si tu familia es más importante que la Kirkland. —dijo una voz en el fondo. Govert chasqueó la lengua por la interrupción. De las sombras apareció Scott Kirkland con un cigarrillo casi terminado en la boca. — ¿Lo es?
—No sé porque subestiman tanto a mi familia. —suspiró Govert. —Tenemos bastante dinero también. Creo que con mis ahorros puedo encubrir el crimen perfecto.
—Estas sonando bastante aterrador. —regañó Scott. —Sólo dale un susto.
Govert rodó los ojos, volviendo a ella. —Escucha, sólo quiero que las marques. —sonrió, mostrando el anuario escolar. Hannah lo miró como si estuviera loco. —A todas tus amiguitas y amiguitos que lastimaron a Emma.
—No lo harías…
— ¿Debería comenzar a probártelo? —amenazó, poniéndole una mano en el cuello.
—Govert…
—Después de todo, ustedes no sólo le dieron un susto a mi hermana. —Hannah comprendió a la perfección aquello, tanto que sólo cerró los ojos y esperó.
Iba una.
Yo quise darle un motivo al porqué de que Govy sea (en un futuro) tan avaro. But- creo que me ha quedado demasiado oscuro el trasfondo. Lo siento, el capítulo es inmensamente largo. Pero… tengo que decir que he estado esperando por este arco desde que comencé a escribir la historia, sólo me deje llevar. Y aunque es un poco pesado para este FF que es comedia, me gusta el resultado. Estoy feliz.
La verdad espero que me haya quedado bien el tema que toco aquí, estuve investigando por todos los medios (desde que comencé la historia) sobre el bullying. Por supuesto, he tratado de que sea muy suave para que no fuera muy profundo; al principio quería hacer que Lovi-Love pasará todo lo que sufrió Emma, pero no me convenció la idea así que sólo lo deje como que lo molestaron una vez, intervino Govert y zaz, huyeron.
Sobre el UsUk para ser franca quería separarlos para hacer una referencia a la independencia de Estados Unidos…, pero joder, Alfred es tan lindo que no puedo hacerle eso XD. (Aun así, no esperen que no lo haga a futuro, sería tener muchas esperanzas sobre mí xD)
Whatever, creo que este es uno de los capítulos más largos en toda mi carrera en FanFiction. Estoy orgullosa de él.
Muchas gracias a mr-nadie, Javany, Dark-nesey, YuriSan333, GinYang98 por sus preciosos reviews.
Ahora les haré una pregunta, ¿qué piensan de lo que hizo Govert?
Con cariño,
MimiChibi-Diethel.
