Circulo: Vicio Tsun.
Tú + Yo= Error 404.
18. Acerca de ti.
El director estaba hablando tonterías, cosas sin sentido para defenderse un poco de las acusaciones. Aunque su discurso parecía más falso que la sobreactuación de los programas de Dora la Exploradora; Arthur detrás de él, intentaba contener su cara en hacer una mueca, seguro que Scott pensaba lo mismo pues llevaba buen rato gruñendo por lo bajo.
―Decido dejar la institución por voluntad propia, en busca de un nuevo trabajo que me ofrezca mayor crecimiento. ―anunció, parándose firme. Con su mano derecha dibujaba sobre las hojas que había en el pedestal su firma, renunciando oficialmente a su puesto. ―Me voy sabiendo que habrá un nuevo director que los guíe a través de sus pasos, brindándoles el mismo apoyo que yo les otorgue en algún momento crucial.
Govert debajo del escenario rodó los ojos ante su hipocresía. A su lado Vash gruñía por lo bajo.
―Con ustedes se queda el nuevo director, Vasili Braginski. ―aplaudió, secundando por los alumnos. Antes de que se retirara del escenario para cederle el lugar a quién tomaría su puesto Arthur pudo notar una mirada llena de odio dirigida a los altos mandos, quienes, sentados con una sonrisa en el rostro, sólo lo ignoraron.
Obtienes lo que mereces, diría su padre.
Arthur entonces fijo su mirada en el hombre de mediana edad que subía a la explanada. Sin ninguna duda lo tacho de ruso al primer instante. Detrás de él entraron tres alumnos más, dos chicas y un chico, que era jodidamente intimidador.
―A partir de ahora, seré su nuevo director. ―anunció en el micrófono. Su postura era perfecta, recta, cuadrado de hombros y con el mentón observando el frente. Al mismo tiempo que a Arthur le alegraba que el tirano ya no estuviera con ellos, ahora comenzaba a preocuparse de haber llamado a un dictador. ―Vasili Braginski.
La presentación comenzó seguida de unos pocos aplausos. No duró más de diez minutos.
―Ellos son mis hijos, comenzaran curso con ustedes a partir de hoy. ―señaló a los tres chicos, quienes hicieron un asentimiento con la cabeza en silencio.
― ¡Ah, él es el supervillano de aquella vez! ―la voz de Alfred llegó a sus oídos entre el barbullo de los estudiantes por los hijos del nuevo director. Rio bajito, escudándose con su mano para hacer como si hubiese tosido.
―Los conocerán a su debido tiempo, por ahora es todo. Retomen sus actividades normales. ―anunció, cerrando la carpeta que portaba y retirándose del estrado. Sus hijos lo siguieron en silencio.
Los profesores comenzaron a desalojar al alumnado grupo por grupo, dejando que se esparcieran por el patio una vez afuera. Aún quedaban veinte minutos para la siguiente clase, así que varios utilizaron ese tiempo para ir a charlar o terminar las labores. Los últimos en salir, como siempre, fueron ambos hermanos Kirkland.
―Esperaba que la despedida del antiguo director fuese todo menos pública. ―comentó Arthur a su hermano. Scott se encogió de hombros, restándole importancia. ―Supongo que ya no era para nadie un secreto.
―Como tú saliendo con el gordo americano. ―gruñó. Arthur paso saliva, ocultando su rostro.
―No estoy saliendo con él.
―Sí, dile eso a toda la escuela. ―Scott se adelantó a su paso, deteniéndose delante de él. ―Escucha esto, Arthur. Acabas tú con esto ó yo lo haré. Y te aseguro que no seré bueno.
― ¿Qué es lo que quieres que haga? ¡Ya lo intenté! ―sin querer alzó mucho la voz, atrayendo miradas curiosas. ―Y él simplemente se negó.
―Claro, debiste sentirte tan triste cuando eso paso. ―alegó sarcástico. Arthur frunció la boca. ― ¿Qué harás si mi padre se llega a enterar de esto? No sólo tu lugar en el Comité está en juego, también el mío y la reputación de la familia Kirkland.
―Tengo asamblea por la tarde. ―suspiró Arthur, pasándolo de largo. Scott lo miró marcharse lleno de enojo. Necesitaba un cigarrillo para no terminar con su hermano en ese mismo instante.
Muy frecuentemente a Arthur no le gustaba pertenecer a la familia Kirkland. Scott y Gales siempre lo llenaban de responsabilidades, sin dejarlo disfrutar un poco o tomar un respiro. Se le hacía muy injusto. Él era quién más se esforzaba por pertenecer y mantener en alto el orgullo de su familia. ¿Por qué no le decían lo mismo a Patrick? ¡Tenían la misma edad!
― ¡Ah, Arthur! ―llamó Alfred. Arthur estaba tan enojado que ni siquiera hizo el mínimo esfuerzo por atenderlo, simplemente lo paso de largo. ― ¡Arthur! ¡Hey! ―era inútil. El inglés no estaba escuchándolo o lo ignoraba de forma horrible.
―No lo estás haciendo bien, Batigordito. ―dijo de pronto Gilbert, pasando sus manos por encima de los hombros de Alfred. ―Mira, para llamarlo sólo tienes que gritar: ―tomó aire, inspirándose. ― ¡PORNO!
Arthur, sin embargo, siguió su camino perdiéndose de la vista de los dos.
― ¡Ni siquiera hizo un ademán! ―le reclamó Alfred, sacándose su abrazo.
―La última vez que lo hice incluso pregunto "¿Dónde?" ―dijo sorprendido. ―Kesesesese~ Tal vez debí gritar "Alfred en calzones".
―Debo alcánzalo. ―murmuró corriendo en la misma dirección de Arthur. Gilbert observo al americano marcharse, apurado. Un silbido de incredulidad salió de sus labios. No era para nada divertido.
Alfred se tardó un poco en localizarlo, le quedaban al menos ocho minutos para su siguiente clase y en ese momento se encontraba en el edificio de segundo año. Con personas de segundo año que no se veían muy amigables con uno de primero, como él.
―Pero si es Alfredo. ―comentó Antonio sonriente, con Francis y Emma a su lado.
―Es Alfred. ―contestó cortante, siguiendo con la búsqueda de Arthur. Justo iba entrando en uno de los salones, Alfred no tardó en ir allá, pasando a los tres chicos.
―Oh, míralo. Esta todo enamorado. ―comentó Emma con una sonrisa gatuna. ―Es muy lindo.
―Ojalá tuviera a alguien que me amará así. ―dijo Francis mordiendo un pañuelo mientras le salían lagrimillas falsas en los ojos. ― ¿No crees que es muy bonito, Toño?
―Ehm. Ajá. ―contestó con una sonrisa falsa. Emma y Francis intercambiaron miradas, sin creérsela. ―Vamos, ya es hora de entrar. ―se adelantó a ambos, haciéndole conversación a dos chicos que iban más enfrente que ellos.
―Eso fue muy raro. ―dijo Emma cruzándose de brazos. ―Toño es muy cursi. Esperaba una respuesta mucho más melosa.
―Decirle cursi a tu ex no suena muy bien, Emma.
― ¡Pero lo es! ―protestó la chica.
― ¡Lo es! ―confirmó Gilbert llegando a ellos. Francis suspiró, rodando los ojos. ―Sólo tienes que ver cómo trata a la princesa.
― ¡Definitivamente vendré después de clases! ―gritó el héroe, saliendo a toda velocidad del aula. Los de segundo año voltearon de inmediato a él. ― ¡Ya te he dicho que haré todo lo posible por gustarte!
― ¡CALLATE MALDITA SEA! ―gritó desde adentro una voz que todos reconocieron al instante. Confirmando aún más lo que ya se sabía.
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Cuando Antonio era niño le gustaba mucho despertarse hasta las nueve de la mañana, a veces quedándose en cama hasta las diez. Donde su madre iba con una bandeja de agua amenazándolo que si no se levantaba para ayudar en la hacienda entonces vaciaría el agua en su cama, aunque jamás lo hacía.
Entonces un día, después de una semana tranquila de vacaciones, todo cambió.
—Desde hoy, Lovino vivirá con nosotros. —dijo su padre, haciéndose a un lado para mostrar al pequeño niño que lo acompañaba. Tenía los ojos rojos, sus mejillas hinchadas y se mordía los labios, intentando ya no llorar. Incluso en ese tiempo a Antonio se le ilumino la cara.
— ¡Un compañero de juegos! —gritó, emocionado. Se acercó a él, tomando su mano; cosa que le molesto al menor, quién la apartó de inmediato.
—Quiero ir a mi habitación. —murmuró, jalando el pantalón del padre de Antonio. El señor asintió con la cabeza, retirando a su hijo con una sonrisa piadosa.
Después su padre le explicó la difícil situación que se presentó con la familia Vargas, y que el abuelo de Lovino le encargo cuidarlo, mientras él cuidaba a su gemelo. Antonio al principio sintió compasión por él, alejando mucho más a Lovino de sí; una vez que entendió que no necesitaba su lastima, sino una persona que estuviera a su lado sin reprochar nada, juró a la luna que estaría a su lado para siempre.
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—Aquí les presento al chico nuevo. —señaló el profesor de filosofía con una sonrisa deslumbrante. Alfred abrió la boca hasta tensar la mandíbula, a su lado Toris, un poco más discreto, estaba igual de sorprendido por verlo.
—Mi nombre es Iván Braginski. —dijo con una sonrisa tierna. Toris sintió un escalofrío recorrerlo por toda la espina dorsal, él le estaba sonriendo. —Espero nos llevemos bien. Deseo que todos sean mis amigos en el futuro, dah.
—Puedes decirles de dónde vienes y tus pasatiempos.
—Vengo de Rusia, Moscú. Tengo dos hermanas…—su cara cambió a una menos relajada cuando las nombro. —Mi hermana Natalia se encuentra en el salón de al lado…
— ¡Hermano! —gritó una voz, irrumpiendo. Iván se tensó en su lugar, lleno de pánico. — ¿Cómo es qué le has pedido a padre cambiarnos de salón?
—No quería estar contigo. —confesó lleno de terror, escondiéndose detrás del profesor.
Algunos de los alumnos comenzaron a murmurar. Alfred quiso comentarle algo a Toris, pero este ya se encontraba embelesado con la chica que jalaba continuamente a su hermano. El americano miró con interés a su amigo, tenía las mejillas sonrojadas y los ojos brillosos, como si acabará de encontrar un inmenso tesoro.
¿Él se vería igual mirando a Arthur?
Arthur. Sonrió sin darse cuenta al pensar en él; el presidente del Comité Disciplinario que al fin de cuentas acepto salir con él al teatro, incluso cuando Scott los intercepto al final del día, soltando chucherías sobre alejarse para siempre o cosas así.
Arthur que se veía tan bien en la ceremonia que se realizó por la mañana anunciando quién-sabe-qué-cosa sobre el director.
—De acuerdo, quédese en el aula. —suspiró el profesor derrotado. Natalia lució satisfecha ante la respuesta, situándose al lado de Iván que de pronto perdió toda la dulzura que traía en la cara y fue sustituida por resignación.
—No puedo creer que sea la hermana de él. —dijo Toris al fin. Alfred lo miró con una ceja alzada. —Es bastante linda, ¿no crees?
—Oh, supongo.
No tan linda como Arthur.
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Emma miró de reojo a Antonio, seguía perdido en sus pensamientos mirando la pizarra delante de ellos. No era nada interesante lo que tenía escrito, sólo letras grandes que ponían: "ASAMBLEA DE SEGUNDO AÑO. OBLIGATORIA." Y más abajo con letras normales, "de 2:00 p.m a 6:30 p.m"
—Ha estado así desde que llegó ayer por la noche. —confesó Francis sentándose al lado de ella. Tenía una charolita con cuatro sodas en ella, paso uno a Emma y otro a Gilbert, dejando el de Antonio al lado de él. —Estoy comenzando a preocuparme.
—Seguro que es culpa del imbécil de Lovino. —suspiró Gilbert sorbiendo. — ¡Blah! ¡Me has pasado el light! Dame ese, Emma, ese es mío. El de naranja.
—Emma sabe que debe cuidar su figura. —le guiñó el ojo Francis. —Deberías hacer lo mismo si no quieres terminar como Alfred.
—Lo light es igual a lo normal, sólo cambian el empaque. —Gilbert sonrió, agitando su soda.
Emma se enfocó de nuevo en Antonio, dejando a Francis pelear con Gilbert sobre las ventajas de las cosas light. El español parecía ajeno a todo lo que no fuera el punto fijo en medio de la pizarra, sus ojos le brillaban más de lo normal y traía un aura que si bien encantaba a la gente también provocaba que se alejaran. Demasiado inmerso en su mundo. En uno en que no solía sumergirse mucho. Ella suspiró enfocándose también en el punto entre la palabra "SEGUNDO" y "AÑO"; tenía los oídos bloqueados por voluntad, los ojos cerrados a pesar de estar despierta y el alma en un puño, aunque pudiera moverse. Deseaba hablar con Antonio, contarle lo que sucedió el día anterior, la pelea con Govert; la forma en la que él la seguía evitando, sin ni siquiera poder mirarla.
Quería desahogarse con él. Sin embargo, Antonio parecía tan sumergido en él mismo. Quizás sonará egoísta a oídos ajenos, que no estaban al tanto de sus sentimientos, pero ella lo envidiaba, Emma también anhelaba encerrarse en ella misma, pensando en ella misma.
— ¡Se salió con la suya! —gritó alguna persona en las sillas de atrás. — ¡Todo por la ayuda de los Vargas!
Emma mordió su labio, fijando la vista en el suelo. No, no, no. Estaba escuchando. No debería estar escuchando más que sonido blanco, no palabras.
— ¿Algún problema con mi abuelo, hijo de puta? —gruñó una voz entrando al área. Varios se quedaron en silencio, resaltando el eco. Lovino iba acompañado de un profesor que comenzó a reprenderlo por su lenguaje.
Emma escuchó a Gilbert comenzar a soltar maldiciones al aire, preguntando el por qué Lovino se encontraba ahí. Francis intentando calmarlo diciéndole que, si bien él no lo quería, podía brindárselo a él. Y Antonio… Oh, Antonio.
— ¡Lovi, siéntate aquí! —palmeó Emma a la banca de al lado. De nuevo escuchó ruido basura a su alrededor.
—Bel. —el italiano llegó a su lado, mirando con una ceja alzada a Antonio. Él miraba a todos los puntos dispersos en las paredes, nervioso. —Hey, bastardo. Estoy aquí.
—Sí. —tosió un poco, con las mejillas rojas y las manos inquietas. —Lovi, siéntate a mi lado.
— ¡Lo dices con una cara que me acojona, maldición! —gritó soltándole un golpe en la cabeza. Antonio por costumbre tomó su mano, aunque después de conectar sus miradas la soltó rápido; el contacto parecía quemarle. — ¿Anto…?
—Si ya has acabado con tu escena de siempre, siéntate Lovino. —regañó Arthur, entrando. Los alumnos rieron por el regaño, Lovino los maldijo en español e italiano. —Como saben, soy el encargado de llevar esta asamblea desde las 2:00 a las 4:45, después de eso me uniré a ustedes para escuchar a los profesores.
— ¿Por qué estás aquí, Lovi? —cotilleó bajito Emma. No quería ser reprendida también por el inglés. — ¿No tienes clases?
—Los jodidos profesores quieren que este aquí porque según en mi credencial, soy de segundo año. —mostró la tarjetita con desagrado. —No me dieron más opciones.
—Pobre Lovi. —sonrió, balanceándose en la silla.
Lovino le sonrió a su amiga, lucía un poco más tranquila que antes. Aunque un poco forzada, iba recuperando su sonrisa; al menos esperaba que en algunos días ya estuviera de nuevo tan radiante como siempre. Que volviera a ser la misma Emma junto a su hermano. Ahora quién le preocupaba era Antonio y el por qué comenzaba a evitarlo de manera tan descarada. ¿Qué no justo la noche anterior arreglaron todo? ¡Incluso había hecho el maldito truco del fusososo~, debería estar jodiendolo!
—Básicamente lo que les digo es que no pueden estar malgastando el auditorio de la sección B para hacer karaoke. Consideren que se impondrá un castigo severo para la próxima vez que eso ocurra.
— ¡Nos aburrimos mucho en la escuela! —gritó un chico al fondo. — ¡Deberían dejarnos hacer lo que queramos, después de todo mi padre está pagando!
— ¡Eso, eso! —secundaron la mayoría. Arthur soltó un suspiro monótono.
—Tom tú padre está pagando para que tengas una educación de excelente calidad, no para que arruines con tu horrorosa voz las canciones de Bocelli. ¿Comprendes eso?
— ¡Tom esta implementando una nueva moda! —gritaron sus amigos, riendo. Lovino se preguntó si Arthur estaba tan acostumbrado a ello que ni siquiera cambiaba su cara de fastidio. — ¡Sólo no puedes llegar a comprenderlo!
—No, no lo comprendo. —cortó golpeando las hojas contra su mano, atrayendo de nuevo la atención. —La sanción será pasar todo el día limpiando los comedores después de cada comida, por todo un mes.
— ¡Es totalmente injusto!
—Sí, sí. Es muy injusto que no puedan usar propiedad de la escuela para sus tonterías. —volteó de hoja, dando por finalizada la conversación. Algunos abuchearon en su contra, llenándolo de maldiciones.
—Ese idiota le quita la diversión a todo. —bufó Gilbert haciendo un puchero. —Justo la semana pasada debute asombrosamente con All Star.
— ¿No son ellos los que te molestaron aquella vez? —preguntó Francis frunciendo el ceño.
—Jamás dije que lo hiciera con ellos. —sonrió entre dientes, encogiéndose de hombros. —Un hombre debe hacer lo que debe. —Francis arqueó una ceja, sin llegar a entender el afán de su amigo en querer cantar cada que tenía oportunidad.
—Los exámenes del primer parcial han salido bien, pero al ser una escuela reconocida mundialmente se busca excelencia. Así que se implementara una hora más al horario escolar en lo que recuperamos las notas perdidas. —varios alumnos alzaron la voz, insatisfechos.
— ¡Ya pasamos todo el día estudiando!
— ¡Y la tarea es la que abarca la noche!
— ¡Queremos un poco de vida!
—Bien, Argelia. —Arthur señaló a la chica que se hizo pequeña ante todas las miradas. —Si quieres un poco de vida te invito a decirle a tu padre que te saque de la escuela y te meta en otra de menor exigencia académica.
En automático todos se callaron, sabiendo que la respuesta iba para cada uno de ellos.
—Arthur no parece más contento que los demás. —comentó Francis, bajito. Lovino lo miró de reojo, sin comprender el porqué de su preocupación.
—Es normal que él sea el más estresado de todos. —completó Bel dirigiéndose a Francis. —Después de todo es el que lleva más presión en toda esta escuela.
—Con las sesiones del Comité, la escuela, las horas extras de estudio con Matty y Alfred. —el francés puso la mano en su barbilla, intentando buscar una solución. — ¿Realmente tendrá un poco de aire para respirar?
—Tranquilo, Fran. —dijo un incómodo Gilbert, al ver que Antonio no diría nada. Ni siquiera parecía escuchar a su mejor amigo. —El cejotas ya encontrara una forma para sobrellevar todo.
—Es lo que me preocupa. —suspiró, echando un mechón de cabello detrás de su oreja.
Arthur volteó de hoja, pasando a un nuevo tema. Sabía que todos lo miraban con desaprobación como si los hubiera vendido a los profesores. Suspiró, intentando borrar aquellos prejuiciosos ojos de encima.
—Se acerca la temporada de arte y cultura. —relató con voz monocroma. —Como ya saben el instituto en busca de relajar un poco el espíritu cansado de los estudiantes les ayuda dándole una motivación cultural.
—Sólo es más trabajo. —mascullaron algunos.
—Las actividades elegidas serán dependiendo del grado, y el grupo tendrá que desarrollarlo en conjunto, sin repeticiones. —pasó otra hoja, tragando saliva. —La actividad elegida para primer año será teatro.
—Espero que Lovi sea el príncipe. —sonrió Emma, golpeándolo suavemente con el hombro.
—Creación artística con los de segundo año. —continuó. —Entre la elección se encuentra, manualidades, pintura y dibujo artesanal. Las manualidades pueden ser desde reciclaje, barro o cualquier material de la elección. Se abrirán cinco salas de la sección D-5 para exhibir las obras. —alzó la mirada de las hojas. —No debo decir que aquel que decida no participar será acreedor a una sanción menos veinte puntos en su calificación final.
—Eso reprobaría a cualquiera. —suspiró Gilbert haciendo un puchero. —Por suerte soy asombroso con el barro.
—No, Gilbo. No lo eres. —comentó Francis, resignado.
—Por último, los de tercero participaran preparando la comida y las áreas de descanso. —cerró las hojas. Finalizando. —Como saben las invitaciones fueron envidadas a sus padres/tutores, personal administrativo, cazatalentos y demás. Intenten no armar un alboroto.
De pronto Lovino sintió su cuerpo pesado, ¿por qué carajos tenían que avisarlo de esa manera? ¡Y sólo a los de segundo! ¿Qué mierda pasaba por la cabeza de todos? Sus padres…, por toda la pasta del mundo, ¿cómo saldría de esa situación?
—Tranquilo, Lovi. —Emma puso una mano en la suya, intentando tranquilizarlo.
Asintió con la cabeza, sin escucharla de verdad. Volteó a ver a Antonio quién lo miraba con preocupación. Al parecer Arthur consiguió que despertara de su mundo con aquella frase, ¿y como no hacerlo? Si los padres del bastardo español eran pan dulce rellenos de caramelo, iguales a él. Seguro que estaría rebosando de felicidad para volver a verlos.
—Toma asiento, Arthur. Gracias. —el profesor apretó su hombro, sonriéndole. El presidente del Comité Disciplinario obedeció, jalando una silla para apartarse un poco de los demás. —Como saben, nuestro antiguo director fue destituido por razones personales.
Emma se quedó tiesa, sentía de pronto que todo el mundo se detuvo y sólo la miraban a ella.
—Gakuen por supuesto, ha tomado medidas en el asunto y conseguimos un nuevo director. Que sabemos empeñara su trabajo con honestidad, esfuerzo y dedicación.
Arthur arqueó la ceja, burlón. Parecía que el profesor estaba anunciando un auto último modelo. Después de eso, la asamblea tocó puntos menos importantes y concluyó. Eran las cinco y cuarto cuando salieron, directo al almuerzo. Arthur escuchó farfullas sobre lo inservible que era, de cómo lamía el piso de su hermano y profesores, que sólo por ser un Kirkland tenía el puesto que tenía.
—Oye, bastardo. —llamó Lovino caminando a su lado con las manos hundidas en el saco. Arthur volteó a él con desagrado.
— ¿Qué no sabes llamar a las personas, mocoso? —gruñó.
—No, menos a bastardos como tú. —sonrió con sorna. El inglés bufó, restándole importancia. —Lo que sea, el Batigordito me dio esto para ti. —sacó un pequeño chocolate de su saco, pasándolo. Se había derretido un poco por el calor, pero aún era comestible. Arthur lo intento tocar, incomodo. —Por todos los cielos, cejón. Sólo tómalo.
— ¡No me digas que hacer! —lo arrebató de su mano, guardándolo de inmediato.
—Dejen de mandarse notitas de amor conmigo, es horroroso. —refunfuñó. —Por cierto, bastardo. ¿No tendrás problemas con tu hermano-psicótico por esto? Se ve que no le agrada el hero para nada.
— ¿Qué? —Francis y Gilbert llegaron ellos, abrazándolos por los hombros. Atrás de ellos Emma y Antonio tenían una sonrisa forzada en su rostro, evitando mirarse. Lovino los observó de reojo, y aunque su cuerpo pedía a gritos lanzar a la patata olorosa a un lado, dejó que siguiera en esa posición. — ¿De verdad están saliendo ustedes dos?
— ¡Claro que no! —rechistó, sacándose a Francis. El francés apenas le dio importancia y volvió a hacerlo.
—Eso no fue lo que vimos por la mañana. —dijeron los dos del BFT con un tono -casi- macabro. —Pardon, he sido tu primer beso. —completó Francis.
— ¡Deja de decir eso en público! —chilló soltándole un pisotón. Las mejillas se le ponían rojas cada vez que lo recordaba.
Lovino lo miró con la boca abierta, era claro que él no estaba enterado de ello. Lo cual sólo consiguió ponerlo más nervioso y más rojo.
—Tranquilo, a cambio de un buen pago, lo mantendré en secreto de Alfred. —sonrió, ocultando la boca bajo su mano, simulando maldad.
— ¡Muéranse!
—Parece que están muy activos hoy. —dijo Emma, llevaba las manos detrás de su espalda, jugando con ella. Los nervios la dominaban. — ¿Toño?
—Eh, sí. —arrastró su afirmación, sin saber muy bien si era la respuesta correcta.
—Y tú muy distraído. —Antonio sintió que le sonrió, no fue así. Emma sólo notó que se elevaba un poco la comisura de sus labios, casi llegando a ser una mueca. — ¿Te preocupa algo?
— ¡Qué cosas dices, Emma! —gritó estirando los brazos al cielo, después la abrazo por los hombros, olvidándose de que ya era muy raro hacerlo. —Sólo estaba preocupado por todo el asunto donde Lovi se metió. No es nada.
Emma lo examino con la mirada por varios momentos. Antonio rascó su cabeza, sonriendo con nerviosismo; tosió un poco, alejándose de ella para ir corriendo a Lovino e imitar el gesto que tuvo con ella. Una sonrisa gatuna se formó en los labios de la chica, mirando a sus dos amigos con curiosidad.
—.—.—.—.—
Lovino miró a Govert y después bajo los ojos al pan que le extendía. Un pan comprado en la tiendita. — ¿Qué mierda es esto? —preguntó rotándolo para poder apreciarlo mejor.
—Comida. —respondió cortante.
—No me vengas con pendejadas, idiota de los pájaros. —regañó dejando con brusquedad el pan en la jardinera. El holandés alzó su ceja, sin llegar a comprenderlo. — ¿Por qué coño estás comiendo esto y no la deliciosa comida de Emma?
Govert mordió un pedazo de pan, indiferente. —Sólo tuve antojo de esto.
—Sí, ya creerás que me tragaré ese cuento. —objetó enojado. — ¿Tú crees que soy imbécil, Govert?
El rubio lo miró largo tiempo, dudativo. Provocando miles de venitas hinchándose por toda la cara de Lovino. —Bueno… la verdad es que siempre he tenido mis sospechas.
— ¡Jodete maldito imbécil! —chilló aventándole el pan a la cara. Govert frunció la boca al recibir la comida. — ¡Mueve tú culo de aquí, iremos en este momento con ella!
—No quiero. —respondió volviendo a masticar su pan.
— ¡Ya han pasado tres días desde que el vejete se fue! —reprochó golpeando el suelo con su pie, impaciente. —No puedo creer que aún no te reconcilies con Emma. ¿Quieres que te muela a patadas, hijo de puta?
—Preferiría que fuéramos a lavar tu bocota con jabón y cloro. —gruñó dejando la mitad de su pan. —Se te está poniendo cada vez más sucia.
—Tch.
—O quizás prefieras que llame al español idiota y que él se encargue de limpiarla. —sonrió burlón. Los colores en la cara de Lovino destellaron haciéndolo reír.
— ¡Que te den!
— ¿Así como a ti? —contestó, tomándolo del hombro para poder abrazarlo. Lovino se removió de un lado a otro, en busca de una en vana liberación. —No tengo esos gustos, gracias.
— ¡YO TAMPOCO! —bramó mordiendo su mano. Govert se quejó, soltándolo casi de inmediato.
—Me pregunto si el torito idiota sabrá eso.
— ¡Por supuesto que lo sabe! —recalcó segurísimo. —A él también le gustan las chicas. Por eso salía con Emma.
—A ese imbécil le gusta todo lo que se mueva. —gruñó Govert.
—Eso es mentira. —contestó de inmediato Lovino. —Antonio tiene buenos sentimientos.
Paso una fracción de tiempo en donde ambos se quedaron callados. Govert jugaba con su pan pasándolo de una mano a la otra, intentando creerse lo que Lovino le decía; que al menos el imbécil español alguna vez tuvo buenos sentimientos por su hermana.
—Antonio se ha mantenido distante de mí. —confesó de pronto Lovino. Govert centró su atención en él, olvidándose un poco del pasado. —Creí que ya estaba todo bien entre nosotros después de la noche pasada. Pero empeoro. Ni siquiera es capaz de dirigirme la mirada ya.
Govert sacó aire de sus pulmones. Tenía que volver a aspirar aire para intentar que el enojo no lo dominara de nuevo; ¿ahora que mierda le pasaba al español aquel? ¿acaso de nuevo tenía los ojos abiertos pero tapados al mismo tiempo? ¿qué demonios intentaba conseguir con que Lovino se alejará por completo de él?
—No sé lo que paso. —continuó rascándose la mejilla. —Y temo el preguntarle. ¿Qué tal si decide ocultármelo también?
—Recuerdo la primera vez que confronté al grupo de chicos que intimidaba a Emma. —interrumpió Govert. Lovino alzó la cara, dejando que continuara. —Me dieron la golpiza de mi vida. —sonrió al recordarlo, observando su pierna. —Uno de ellos tuvo la amabilidad de hacerme la lesión. Un pisotón demasiado fuerte que no me deja correr a grandes velocidades sin desgarrarme de nuevo el musculo.
—Seguro que eras muy bueno jugando futbol.
—Me estaba debatiendo por el título de capitán. —suspiró, rememorando. —Después de que salí dado de alta del hospital mi entrenador me dio la espalda, al igual que todo mi equipo. Aquellos imbéciles se rieron de mí, querían comenzar a meterse conmigo de la misma forma que con Emma.
— ¿Qué?
—Fue la primera vez que simpatice con Emma, en cuestión de no querer preocupar a alguien más. —suspiró, tomando más aire. —Antonio me salvó aquella vez. —Lovino abrió los ojos llenos de sorpresa.
—Él… ¿aún no lo sabía?
—No. Fue ahí cuando se enteró y me lleno de disculpas. —una sonrisa se formó en todo su rostro. Lovino alzó una ceja, confundido. —Le pegue la paliza de su vida.
— ¿Eres un maldito sádico para estar diciendo eso con una sonrisa? —gruñó apartando la mirada de él. Govert pudo notar como los puños de Lovino se encogían hasta cerrarse. Seguro que estaba enojado con él por golpear a Antonio.
—Recuerdo que lo que más me dio coraje aquella vez fue que él dejo que lo hiciera. —murmuró aunque llego a los oídos de su acompañante. —Y bueno, luego comencé a entrenar una y otra vez hasta que todos me tuvieron miedo en la escuela. Fin.
— ¿A dónde mierda quieres llegar?
—A que soy el sujeto más genial del mundo…
— ¿Eres acaso la patata bastarda?
—Así que, si quieres enamorarte de alguien, hazlo de mí.
Lovino pudo contestar cualquier cosa en ese momento. Que dejara de tomarle el pelo, que era un imbécil por decir cosas sin sentido o que preferiría mil veces a Emma antes que a él. O simplemente soltarle un cabezazo por las estupideces que decía. Sin embargo, pudo ver el trasfondo de lo que Govert le trataba de decir, y se sintió mal.
¿Podría Govert algún día perdonar de verdad a Antonio?
—.—.—.—.—
Antonio gritó por todo el pasillo atrayendo la mirada de todos los estudiantes de segundo año, quienes observaban divertidos la escena delante. Con Gilbert sosteniéndolo de los brazos y Francis de las piernas, corrían rumbo a la habitación. Y es que ya se había escapado bastante de ellos, al menos eso pensaban el alemán y el francés; Antonio divaga por las nubes en busca de una mosca a la cual atrapar.
El BFT se sentía solitario sin él.
—De acuerdo, lo sueltas o hacemos que lo sueltes. —ordenó Francis, tomando su almohada y apachurrándola con fuerza. Antonio escapó a su cama, cubriéndose con su guitarra que fue arrebatada por Gilbert.
—No puedes escudarte tocando la guitarra, Toño. —Gilbert hizo un puchero, pasando sus manos por las cuerdas. —Aunque después de decirlo puedes tocar todo lo que quieras.
— ¡No es nada, de verdad! —aseguró, cubriéndose con la almohada el rostro. Tan sólo pensarlo le hacía ponerse colorado.
—Te conozco desde que ambos teníamos pañales. —bufó Francis, soltándole un almohadazo.
—Y yo desde que comimos pegamento juntos en el kínder. —añadió Gilbert. —Tus mentiras no funcionan con nosotros.
— ¡Pues deberían! —protestó, sacándose la almohada y tirándosela a Francis. — ¡N-No estoy mintiendo!
— ¿Cosquillas? —preguntó Francis.
—Cosquillas. —fue la respuesta de Gilbert.
Ambos amigos se lanzaron a él, moviendo sus dedos por todo el abdomen de Antonio. Las carcajadas no se tardaron en salir. Paso un buen tiempo antes de que el español comenzara a dolerle el estómago producto de la risa, aunque aún se mostraba firme en no querer decirlo.
— ¡No funciona! —se quejó Gilbert respirando con dificultad. Francis a su lado se limpiaba el sudor con una manga.
—Quizás en los pies.
— ¡Esperen, chicos – ja- NO! —Antonio de nuevo estalló en risas, pataleando para ser soltado. — ¡De acuerdo, de acuerdo lo diré!
— ¿De verdad?
— ¡Está mintiendo! —gritó Gilbert moviendo sus manos con más intensidad.
— ¡No! —estalló una risa que lo retorció por toda la cama. —¡Juró que lo diré por el BFT!
En automático los dos se pararon en sus primeras posiciones, respirando trabajosamente. Gilbert tomó de nuevo la guitarra de Antonio, amenazándolo con esta. Jurar en el nombre del BFT era sagrado. Gilbert y Francis esperaron un poco a que los tres volvieran a tener la respiración normal y a que Antonio se armara de valor.
—Creo…—balbuceó un poco, tímido. —Creo que estoy enamorado de Lovi. —dijo Antonio con las mejillas sonrojadas. Sentado en su cama, con las manos sobre sus rodillas, temblaba de nerviosismo. Francis dejó caer la almohada que tenía en las manos, y Gilbert por poco suelta la guitarra de Antonio.
— ¿QUÉ? —Gilbert fue el primero en gritar, incrédulo. — ¿TE GUSTA LA PRINCESA?
— ¡Shh! —Antonio corrió a él, tapándole la boca. — ¡Gilbo, su habitación está muy cerca de la nuestra!
Francis miró a todos lados, sin saber que hacer. —El tío Francis ya se esperaba esto, aun así, es difícil de procesar.
—Lo siento chicos. —suspiró, quitando las manos de Gilbert. Él y Francis lo miraron con extrañeza. — ¿No los he decepcionado? Me gusta Lovi, quién es mi amigo de la infancia y sobre todo un chico.
Francis se sentó a su lado con una sonrisa en la cara. — ¿Por qué estaríamos decepcionados, Toño?
— ¡Es cierto! Creo que me decepcionaría más si no te gustara la princesa. —Gilbert se rascó la cabeza meditando sus palabras, muy raro en él. —Es decir, ahora que lo pienso es muy natural la escena en mi cabeza cuando los veo juntos.
—Eres nuestro amigo, Toño.
—Que te gusten los tíos no va a cambiar eso. —completó Gilbert, sonriendo.
— ¡No me gustan los chicos, me gusta Lovi! —aclaró con un mohín. —Sólo Lovi.
—Oh, Antonie me has roto mi corazón. —Francis con un tono melodramático se tapó el rostro, simulando llorar.
— ¡Vamos, soy el grandioso Gilbert! —gritó el germano, subiéndose a la silla. — ¿Por qué demonios no te gusto?
Quizás otras personas dirían que el BFT era un grupo muy ruidoso con personas pocos convencionales. Que llamaban mucho la atención de todos, teniendo a un francés pervertido, a un germano egocentrista y a un español idiota; pero para Antonio aquellos dos chicos que se peleaban delante de él para decidir la mejor forma de declarar su amor a Lovi, eran sus mejores amigos. Dos de las personas más importantes de su vida. Y definitivamente, jamás los cambiaría por nada.
—.—.—.—.—
Ya era tarde cuando Alfred interceptó a Arthur en su oficina. Invadiendo su espacio con risas, alegría y ruido; Arthur suspiró dejando sus tareas para prestarle atención al chico. Scott por suerte estaría en una junta o algo así, por lo que no tendría por preocuparse por él y de que interviniera llenando a Alfred de amenazas.
—Ahora que lo pienso, ni siquiera tengo tú número. —Alfred sacó de su bolsillo su celular, mostrándoselo a Arthur. —Dímelo.
—Ni de broma. No quiero que me marques cada diez minutos. —regañó Arthur, cruzándose de brazos. Alfred infló las mejillas, enfurruñado. —Aunque hagas esa cara, no te lo daré.
—Entonces tendré que buscarlo. —sonrió juguetón, lanzando sus manos a él en busca de su teléfono. Arthur se retorció de cosquillas riendo. El americano pronto sintió un bulto saliendo de su bolsillo; el teléfono de Arthur era muy viejo, de aquellos que ni siquiera usaban touch. — ¡Qué viejo!
— ¡Cállate, idiota! —gritó, molesto. —Sólo necesito mi teléfono para llamadas y mensajes importantes, no me interesa estar en redes sociales o viendo a personas haciendo el ridículo en Internet.
—Eres muy aburrido. El chiste de Facebook o Twitter es poder compartir con tus amigos tus experiencias. —tomó su propio teléfono y puso cámara, para después sacarse una foto abrazándolo por los hombros. Luego hizo un par de movimientos con los dedos y sonrió al finalizar. —Ahora todos saben que eres mi persona especial. —dijo mostrando la foto en el teléfono, subida a Twitter. En el pie de la imagen ponía algo estúpidamente cursi como my little waifu.
— ¿QUIÉN MIERDA ES TU ESPOSA? —chilló, golpeándolo en la cabeza. — ¡Borra eso de inmediato!
—No. —objetó, firme. Le entregó su teléfono aún con la sonrisa en la cara. —Ahora ya tengo tu número de celular.
—Eres un tramposo de lo peor.
—Bueno, soy americano. —se encogió de hombros restándole importancia. —Además, en este momento acabo de descubrí algo muy importante sobre ti. Tu punto de cosquillas.
— ¿Cómo eso podría ser importante? —Arthur lo miró con desagrado, volviendo a guardar su teléfono.
—Es que tú lo dijiste…—dijo Alfred confundido. —Que tenía que aprender acerca de la persona que me gustaba.
— ¡E-Eso fue…!
—Acerca de ti. —terminó con las mejillas adornadas de un profundo color rojo. Arthur sintió su cara hervirle y su corazón latir desbocado, sintiendo emoción.
— ¡Que tonterías! —reprochó ocultando su cara, iba a levantarse y huir de ahí. Alfred alcanzó a agarrarlo de su brazo, haciendo que cayera sobre él de manera suave, dándole un abrazo. — ¡A-Alfred…!
—Me gustas. —balbuceó, tímido. Arthur soltó un quejido y sintió como su cabeza explotaba sin lograr articular alguna palabra. —Pero no quiero que sólo me gustes, A-Arthur.
—S-Su-Suelta…—Arthur se removió de su abrazo, separándose la distancia suficiente para poder apreciar de nuevos sus ojos de color cielo, ocultos tras las gafas. Sintió que miraba el sol rebosante en ellos, en día cálido de primavera. Se perdió por completo en ellos.
Tanto que sólo reaccionó cuando Alfred depositó torpemente sus labios contra los suyos.
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— ¿Estás seguro de que Lovi va estar de acuerdo con esto? —preguntó Antonio, intentando aflojarse el corbatín. Francis lo manoteó, volviéndoselo a acomodar. —No quisiera incomodarlo.
—Pronto Lovino estará en el suelo por ti. —añadió Gilbert guiñándole el ojo.
— ¡Pero no quiero que se caiga!
— ¡Era algo metafórico!
Antonio hizo un oh con la boca, captando la metáfora. Francis suspiró, peinando de mejor manera su cabello, aunque siempre los mechones seguían saliendo disparados en todas direcciones por más gel que usaran.
—Quizás deberíamos ponerle limón. —comentó Gilbert, tallándose la barbilla. —O preguntarle a West que utiliza para su cabello.
—No, no. Es su forma seductora. —dijo Francis, dejando en paz su cabello. Antonio ladeó la cabeza sin comprender. —Lovino ardera por ti.
— ¡Es una metáfora! —se apresuró a aclarar Gilbert.
Francis tomó la rosa de papel mache que Gilbert hizo de rápido. Tenía un color entre rosado y naranja, aunque supuestamente debería ser roja.
—Sólo tienes que ir hasta él y declararle tu amor. Así de fácil.
— ¡No es nada fácil, Fran! —respondió Antonio enfadado. —Podía perder su amistad para siempre. ¡Es como si me declarará a ti o a Gilbo!
—Yo te diría que sí. —contestó Francis encogiéndose de hombros.
—Si me dejaras vender ese trasero tuyo para conseguir plata, lo consideraría. —fue la respuesta de Gilbert, llena de desdén.
— ¡No, definitivamente Lovi es mucho mejor que ustedes!
Francis suspiró poniendo una mano en la espalda de Antonio. —De acuerdo, intentemos practicar antes de que vayas a decirlo.
—Me parece perfecto. —suspiró, dejando la rosa en la cama.
—Gilbo puede simular del buenísimo Lovi.
— ¡AH, ESO SÍ QUE NO! —gritó ofendido. — ¿Por qué mi awesome ser tiene que representar a esa princesa caprichosa?
—Mi lengua se ensuciará si hablo con tanta palabrota. —declaró Francis. —No quiero hacerlo.
—Yo puedo hacerlo. —se ofreció Antonio.
—Y yo puedo ser Antonio. —dijo más animado Gilbert.
—Pero yo también quiero ser Antonio. —un puchero apareció en la cara de Francis.
—Podemos ser Antonio por turnos. —propuso Antonio. —Y rotarnos el personaje de Lovi.
—Así veríamos las distintas formas de confesarse. —Francis analizó la idea, aceptándola. —Bien, primero Antonio será Antonio y Gilbo será Lovino.
—Pues ya que.
—Bien. —Antonio tomó de nuevo la rosa, nervioso. Gilbert tomó una foto de Lovino del cajón del buro, era una foto de Lovino más pequeño comiendo tarta. Y se la puso en la cara. —Gilbo quítate eso, me siento como un pedófilo.
—Si tengo que actuar como esa ceñuda princesa lo haré con su rostro. No quiero que se manche el mío.
—Vamos Gil, dame eso. —Francis le arrebató de la mano la foto de Lovino, zarandeándola entre ellos para dar la indicación de poner comenzar.
Antonio tomó aire, poniendo una rodilla en el suelo y extendiendo la flor a Gilbert. El germano miró a Francis sin saber muy bien que hacer. — ¡Sal conmigo por favor, Lovi!
— ¡Y una mierda, bastardo! —contestó Gilbert dándole un porrazo.
— ¡Gilbo! ¿Qué fue eso? —preguntó Antonio sobándose.
—Sólo actué acorde a Lovino.
—No tienes que golpearme de verdad.
—Siento que Lovino lo habría hecho. —asintió con la cabeza, cruzado de brazos. Francis concordó con él, moviendo la cabeza de arriba abajo con una sonrisa resignada en el rostro.
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—Govert. —Emma estiró los brazos, bloqueándole el paso. Su hermano intentó avanzar, Emma dio un paso decisivo, no lo dejaría pasar. — ¿No vas a hablarme?
—No tengo nada que decirte. —dijo, volteándose. Antes de que pudiera caminar, Emma ya le bloqueaba de nuevo el paso. —Emma, déjame.
—No. —le retó, firme. — ¿Vas a seguir huyendo de mí?
—Nadie está huyendo de ti.
—Lo haces. —contestó ella. —No has hablado conmigo desde que papá vino. El abuelo de Lovi me dijo que tenías muchas cosas que decirme.
—Pues no es así. —suspiró, apartando la mirada de ella.
Metros atrás de ellos Lovino observaba desde un almacén de ropa la conversación de Govert y Emma. Sí, él había tenido que ver un poco en que la chica fuera a hablar con su hermano, dándole el ambiente perfecto. Ahora ella se tenía que encargar de lo demás. Él tan sólo se lo trajo, engañándolo diciendo que necesitaba ir al almacén para hablar con el encargado para pedirle un descuento por algo roto. Govert le creyó sin dudarlo.
Y entonces él se escondió en el almacén, dándole paso a Emma.
—No estoy enojada contigo, hermano. —aclaró, bajando la mirada. —Es sólo que…
—Mi forma de actuar no fue la correcta. —Govert metió las manos en sus bolsillos, apretando el cigarrillo que llevaba dentro. Siempre perdería ante Emma. —Hice que te decepcionaras de mí. Es de lo único que me arrepiento, que miraras lo que soy en realidad.
—Perdiste la visión de lo que era importante. —dijo Emma, tomando su mano. —Lo siento, hermano. Tus manos están sucias por mi culpa.
—No, Emma. Yo soy quién decidió hacerlo.
—Fui yo quién te dio el motivo para. —suspiró, rodeándolo con sus brazos. Govert se tensó en el abrazo; contendiendo sus manos, evitando corresponderle. —Hermano, gracias.
—Emma.
—Está bien, Govert. —se separó de él lo suficiente para mirarlo a los ojos, sonriéndole. —Estoy aquí.
—Gracias, Emma.
Lovino sonrió al ver a ambos hermanos abrazados. Govert lucía feliz ahora que su hermana no lo soltaba, parecía un niño pequeño cansado de llorar.
Y por alguna razón no pudo ver más, el almacén se cerró antes que pudiera decir algo.
—.—.—.—.—
Emma miró como Antonio llegaba a toda velocidad, tirando de Govert para que avanzará con ella. Su hermana puso mala cara de inmediato, haciendo hincapié en que aún le molestaba verlo. Gover alzó una ceja al ver a Antonio, su cabello tenía brillantina con gel.
—Lovi quedó atrapado en el almacén. —dijo la chica, preocupada. Ignorando el hecho que Antonio traía brillo labial. —No pudimos abrir la puerta.
— ¡Lovi! ¡Lovi! ¿Me puedes escuchar? —gritó golpeando la puerta. Algo pareció hacer ruido adentro, devolviendo los golpes del otro lado.
— ¡Antonio, bastardo, sácame de aquí! —chilló del otro lado aporreando la puerta de igual manera.
— ¡Lo haré enseguida, Lovi! —aseguró jalando las manijas con toda su fuerza, al no conseguirlo, se lanzó contra ella, provocando sólo lastimarse el hombro.
—Basta, terminaras herido. —Emma lo detuvo, intentando encontrar una solución. —Mi hermano y yo iremos por un profesor.
—Están en la sala de juntas. —dijo Govert recordando las quejas de Scott.
—Es una situación urgente. Vamos, hermano.
—Me quedaré aquí para… ¡Ay! —Emma lo piso con fuerza, evitando que terminara la oración. Gover le reprochó con la mirada, sin comprender el porqué, su hermana lo amenazó con su codo evitando cualquier queja oral.
—De acuerdo, vamos. —aceptó caminando recio. Antonio le dio un asentir rápido a Emma con la cabeza, buscando él una roca o algo para abrir las manijas. Detrás de la puerta Lovino le gritaba que se apresurara a sacarlo de ahí.
Golpeó la puerta con su hombro continuamente, sin lograr ningún avance.
—Basta, idiota, terminaras lastimándote de verdad. —comentó del otro lado Lovino, tenía la voz temblorosa. —Me ayudas más si no me tengo que preocupar por ti de este lado.
Antonio sintió sus mejillas rojas al escucharlo. —Pero Lovi, a ti no te gusta la oscuridad.
—Me gusta menos que te aporres con la puerta, si quieres un golpe mejor te lo meto yo. —bromeó dando un respingo. El español formó una pequeña sonrisa en sus labios. Quizás no pudiera verlo, pero sabía que Lovino estaba lo más pegado a la puerta que se podía, abrazándose a si mismo. Como deseaba estar en ese instante con él, reconfortándolo.
—Lovi. —murmuró sólo para que él escuchara. Aunque no había nadie más que pudiera hacerlo.
— ¿Qué jodidos quieres? —preguntó dándole un golpecito a la puerta.
—Tengo algo que decirte. —dijo nervioso, poniendo una mano en su corazón. Pegó su cabeza despacio contra la puerta, cerrando los ojos; su corazón latía desenfrenado, emocionado y preocupado al mismo tiempo.
— ¿Antonio? —llamó del otro lado, angustiado de su larga pausa. — ¿Qué sucede?
—Yo… estoy…
— ¡Toño! —gritó Bel, corriendo al lado de Govert. Él lo miraba con semblante frío, no enojado como de costumbre. ¿Acaso…? No, era imposible. —Disculpa la tardanza, no querían darnos las llaves. —dijo ella, agitada. —Lovi no te preocupes, te sacaremos de ahí.
Tanteó las llaves buscando la que tuviera la forma del almacén. Cuando al fin la encontró Lovino salió disparado de ahí, buscando aire de libertad. Emma respiró aliviada, acercándose a él para tranquilizarlo.
Govert y Antonio los observaban desde atrás. Justo cuando el español se quiso unir a ellos, Govert lo tomó sutilmente por el hombro, llamándolo. Su mirada le mandó una horrible advertencia, dándose cuenta de que sus sospechas cuando los vio regresar eran ciertas. Se había dado cuenta de sus sentimientos.
Suspiró internamente, aguardando sus ganas de salir corriendo de ahí. Fingió una sonrisa despreocupada y volvió la vista a Lovino, sacándose a Govert de encima.
—Lovi. —llamó con molestia. Lovino pegó un brinquito, tragando saliva. —Comprendo que quieras reconciliar a Emma y Govert, pero debes tener en cuenta que pudiste haberte quedado atrapado ahí por días.
—Pude haber brincado por la ventana o algo así. —infló los cachetes con molestia, cruzándose de brazos. —O pude haber llamado a Felidiota o mi abuelo.
—Ah. —y tic apareció en la ceja de Antonio en señal de enojo. —Así que mi viejo vendría desde Italia sólo para sacarte de un almacén. —tomó su mano, jalándolo hacía él. —Bien, volvamos a encerrarte para que puedas llamarlo.
Lovino chasqueó la lengua, soltándose de su agarre. Joder, odiaba cuando Antonio tenía razón. Enojado como ya estaba se dio media vuelta, dispuesto a marcharse y dejar a un Antonio preocupado detrás de él. Se adelanto varios pasos antes de voltear de nuevo, y con la expresión más molesta que pudo poner miró al español; el cual juraba que le arremetería con un cabezazo.
—Gracias…, maldición.
Ah, Lovino jugaba demasiado sucio.
Hay que inspirar el amouur~ [-inserte a Sebastián aquí-]. Sha la la la~ ¿qué paso? Él no se atrevió y no la besará~
En este caso, sí, ya lo beso.
Btw. Me puse a ver Sadako vs Kayako unos días antes, y la naturalidad donde el protagonista le dice a las chicas que una tiene que morir es épica; es decir, cuando lo vi me puse a pensar, ¿cómo van a decidir? ¿Por un piedra, papel o tijeras?
Muchas gracias a todas las lindas personitas que me dejaron reviews, un enorme besito a cada una de ellas, me alegro tanto que el anterior capitulo les haya gustado tanto o más que a mí. ¡Los amo de verdad!
Mikan Albarn, Javany, Condesa sangrienta, Shadwood sin FF, drizz.02.01,MikoBicho-chan,Guest,mr-nadie, Dark-nesey, AliceIggyKirkland & YuriSan333.
Sobre una pequeña duda de que hicieron, las actualizaciones sí son mensuales, excepto por el mes que paso. Xd
Con cariño,
MimiChibi-Diethel.
