Circulo: Vicio Tsun.
Tú + Yo= Error 404.
19. La regla de los deseos.
El sábado le llegó con más ansias de lo normal. Usualmente los sábados en la escuela para él eran tan monocromos como la semana entera, clases extracurriculares por las mañanas, trabajo del Comité Disciplinario por las tardes y tarea en las noches. Los demás alumnos de Gakuen tenían la tarde libre al igual que el domingo; Arthur recordó entonces que desde su primer año su vida escolar era siempre la misma. Excepto quizás, la primera semana de ingreso en primero, pues aún no era dueño de su puesto en el Comité.
Sin embargo, ese sábado era distinto en muchos aspectos. Y no sólo incluía la cita de Alfred. La cantidad de trabajo que Scott le proporciono el viernes por la tarde era desorbitante, lo suficiente para no sacarlo de los libros por al menos un mes. Era su segundo festival cultural, sabía que el trabajo era gigantesco a comparación de lo que los alumnos harían, nunca pensó que Scott sería tan desgraciado para pedirle eso en un fin de semana. Su odio hacía él era más notorio cada día.
—Esos son muchos libros, bastardo. —exclamó sorprendido Lovino, mordiendo una manzana, recargado en su armario. — ¿Tu hermano bastardo te ha dado todo eso para que no salgas con Batigordito?
Arthur se volteó a él, ruborizado. — ¿Cómo es qué sabes eso?
—Él me lo contó.
—¿Sólo eso te conto…? —murmuró Arthur apenado. Lovino se encogió de hombros asintiendo. Arthur suspiró aliviado, al menos la boca de Alfred tenía un límite para saber que decir; era terrible pensar el hecho que estuviera proclamando a gritos que se besaron algunos días atrás. Aunque para Arthur era más aterrador pensar cuanto quería que eso se repitiera.
Lovino avanzó hasta el armario de Arthur, abriéndolo sin consideración alguna. Justo iba a reprochar tremenda falta de respeto cuando el italiano se tiró a reír a rienda suelta, escupiendo trocitos de manzana sobre su ropa que no tenía ni dos días de limpia.
— ¡Idiota, fíjate que demonios haces! —exclamó. Lovino carcajeó estruendosamente.
— ¡No me digas que piensas ir como abuelito a tu cita! —mofó señalándolo.
Arthur contrajo las cejas logrando que Lovino no parara de reír en un buen rato. — ¡Cállate, idiota! ¡No importa como vista! —Lovino se limpió las lagrimitas que le saltaron por los ojos, aún con una buena sonrisa en su cara.
—Se supone que irás a tirarte a-
—No me iré a tirar a nadie. —reprochó molesto. —Sólo iré a una obra teatral. Sólo me encontraré con Alfred. Sólo me sentaré a su lado. Y sólo volveremos a la escuela antes de que Scott me acribillé con su maldita bola de metal.
—Te creo tanto como le creo al bastardo de vino cuando dice que no le tiene ganas al culo de Antonio. —dijo desinteresado.
— ¡Me importa una mierda lo que tú creas!
Lovino volvió a su propio closet, abriéndolo de par en par. —A pesar de ser un año mayor que yo eres más enano, así que es tú día de suerte, mi molesta madre me acaba de mandar esto. —sacó tres cajas blancas, todas decoradas a juego apiladas una sobre otras. —Te lo regalaré.
—No necesito tu estúpida ropa. —bufó cruzándose de brazos.
—Pues yo tampoco, así que puedo dártela o puedo tirarla bastardo. —comentó con burla. —Soy caritativo con las almas perdedoras como tú.
—Tsk. —Arthur lo miró feo, echándole mil y un conjuros de los que se acordaba en esos momentos.
Lovino puso las cajas sobre la cama de Arthur, atrayendo el inglés a él. La más grande era la que tenía la ropa, ropa que él reconoció en menos de un instante. La siguiente caja contenía un par de zapatos finos y la última accesorios para hacerle juego.
— ¿Por qué me vas a regalar algo tan importante? —preguntó sin caber en la sorpresa. —Lovino esto es…
—Mira, imbécil, mi madre puede ser cualquier cosa, pero tiene buenos gustos en cuanto a ropa. —se encogió de hombros, dándole otra mordida a la manzana sentándose sobre la cama. —No estoy interesado en ponérmela.
Arthur tomó el traje entre sus manos admirándolo. La marca por supuesto pertenecía a la familia Vargas, por parte de la madre de Lovino. Diseñado por la misma. No podía aceptar tremendo regalo, mucho menos al pensar que quizás fue mandando para que su hijo lo utilizara en el festival cultural.
—No lo aceptaré. —suspiró finalmente, dejándolo con cuidado en la caja. —Lovino tu madre te lo ha mandado para ti.
—Eso no es verdad. —confesó sin dejar de comer. —Fue hecho para Feliciano.
El inglés negó con la cabeza, desaprobando lo que hizo. —Escucha, no sé que problemas tengas con tu hermano, pero regalarme algo que tu madre le hizo con cariño…
—Le dijo que me lo diera a mí cuando le confecciono otro mejor. —interrumpió desviando la mirada. Arthur se desencajó un poco, incomodo. —Así que no me interesa usarlo.
— ¿Entonces me lo darás a mí? —gruñó. —Es como si me dieras tu basura.
—En eso se va a convertir si no lo utilizas. —se encogió de hombros, concluyendo con la manzana. —Vamos, sé que quieres usarlo bastardo. Todos quieren usar lo que diseña mi madre.
—No lo quiero. —tapó las cajas, apilándolas de nuevo. Lovino frunció la boca, insatisfecho. —Puedes tirarlo. Usaré mi ropa de abuelito.
—Vamos cejotas, no seas así. ¿Tanto es tu orgullo que no puedes aceptar la mejor ropa italiana?
—Sé lo que se siente. —dijo de pronto, Lovino se tensó en su lugar. —Cuando mi padre nos compraba juguetes nuevos a mis hermanos y a mí, ellos siempre me lo quitaban y me daban los viejos.
—Eso es porque eres el menor, imbécil. —suspiró con una sonrisa. A ojos de Arthur lucia bastante aliviado. — ¿Tengo que explicarte la regla de los hermanos mayores?
—Lovino. —lo calló de pronto fijándose en sus ojos. Vargas pareció desplomarse por dentro pese a que su cara no sufrió algún cambio.
—Ya basta de balbucear, bastardo. —dijo poniéndose de pie. Tomó las cajas, metiendo en la más grande el tronquito de la manzana que le quedo y avanzó a la puerta. —Si quisiera enterarme de tus problemas leería el periódico escolar.
Cerró la puerta tras de sí, dejando un enorme silencio. Arthur miró el armario aún abierto de Lovino, era un desastre horrible de ropa regada, al tomar una de sus playeras notó que no tenía la etiqueta de alguna marca o diseñador reconocido, sino una generalizada, de fábrica. ¿Qué tan mala podría ser la relación con sus padres para que ocurriera eso? Echó de nuevo la playera dentro al notar la única prenda colgada en un gancho, cubierta por una funda. Al alzar esta, notó un abrigo azul marino. Arthur mordió su labio, comprendiendo que quizás era al único regalo real que obtuvo de sus padres.
Para su desgracia, Lovino Vargas se parecía demasiado a él.
—.—.—.—.—
Se topó con Antonio después de tirar la basura, que más de uno estaría dispuesto a utilizar. Él pareció terriblemente nervioso cuando lo vio, era claro para Lovino que no quería encontrárselo, así había sido desde que lo rescato del almacén. Lo evitaba a conciencia, ya no sólo en la cafetería donde Arthur era el único haciéndole compañía. Ahora Antonio de verdad intentaba no chocar en los pasillos o en la explanada, ni siquiera iba a visitarlo como antes por las noches, queriéndole dar un beso de buenas noches donde Lovino siempre lo sacaba a patadas de la habitación antes de que lo consiguiera. Eran pocos días los que pasaron, pero se sentían una eternidad cuando Antonio no estaba a su lado.
En cuanto Antonio lo miró cara a cara, escondió su propio rostro evitando todos los sentimientos de emoción que le cruzaron por la mente. Tener de amor platónico a tu amigo de infancia no era lo más grandioso del mundo, más bien, era complicado. No saber reaccionar, que pensar, que sentir. Antonio se ponía nervioso cada vez que se topaban, ni se diga cuando el BFT lo acompañaba e intentaban por todos los medios tirarle indirectas a Lovino. O cuando veía de lejos a Govert y Lovino platicando o jugando juntos, ellos parecían cada vez más cercanos y eso le molestaba, le hería que Lovino lo estuviera cambiando por él.
—Lovi. —llamó alzando la mano. Lovino frunció las cejas, sintiendo el nudo en su garganta. Sino quería hablarle entonces no debería hacerlo, si quería alejarse de él sólo debería hacerlo. Era fácil, Antonio debía saber que a él le importaba una mierda perder su amistad, estaba acostumbrado a quedarse sólo de todas formas.
Sin decir nada Lovino paso a su lado, ignorándolo. Antonio se quedó con la mano arriba sin llegar a comprender la acción del otro.
—Espera Lovi. —pidió al alcanzarlo, intento tocarlo, pero mejor decidió caminar a su lado. — ¿Qué es lo que te pasa?
Lovino sintió eso como fierro hirviendo sobre su pecho. Le caló hasta lo más profundo de su alma. ¿Qué es lo que le pasaba a él? ¿A él que se tragó todo su orgullo para darle la cara y que al final le resulto peor? ¿Qué mierda le pasaba a él? Oh, ya lo sabría.
—Nada. —contestó cortante sin detener su paso. Es más, Antonio juraría que avanzaban cada vez más rápido. —Tengo un cejón que arreglar para una cita así que si dejas de joderme puedo llegar más rápido.
— ¿Lovi? —tomó su brazo, impidiéndole avanzar. Los ojos de Antonio ablandaron un poco el corazón escudado de Lovino, sus malditos ojos de cachorro abandonado eran el puto problema, no podía resistirse a ellos. — ¿Qué sucede? ¿Hice algo malo?
—Nada.
—Lovi, ¿me estás evitando?
Debía estar jodiendolo, de verdad.
—Estorban. —dijo una voz tras ellos. Antonio lo encontró irritante a morir. Govert quitó a Antonio de en medio, aventándolo sin consideración a un lado, indicándole a Lovino con un movimiento de cabeza que lo siguiera.
— ¡Lovi, estoy hablando contigo! —chilló molesto. Lovino se quedó parado en su mismo sitio, sin saber que hacer. —No puedes llegar y llevártelo, Govert. Lovi es…
—Es mi amigo también. —cortó serio.
—Vee~
Los tres voltearon a ver a la nueva persona que se unió, tonteando por alrededor de Antonio y Lovino. Despreocupado y feliz como siempre estaba el gemelo menor de los Vargas.
— ¿Qué mierda estás haciendo aquí? —Lovino se adelantó a Govert, cruzándose de brazos ante su hermano. — ¿Y el macho patatas?
—Ludy está entrenando a Kiku—respondió preocupado. —Algo de que está comiendo mucha sal últimamente, veee~
—Típico del macho patatas. —suspiró Lovino.
—Entonces pensé que no he pasado mucho tiempo contigo, Lovi. —sonrió de nuevo. —Desde que el abuelo vino no hemos dormido juntos de nuevo. Además, tenemos la tarde libre, podemos ir a algún lugar y comer pasta.
— ¿Ah? ¿Quieres que desperdicie mi tarde contigo? —gruñó sin interés. Feliciano dio un brinquito de susto al notar la mirada penetrante de Govert en él.
—V-Vee~ E-El hermano Antonio puede venir también, vee~
—Claro que sí, Feli. —Antonio acarició su cabeza tranquilizándolo. —Vamos Lovi, hace mucho que no comemos con Feli.
Lovino apretó sus puños conteniendo el enojo que sentía. Así que pasar el rato con Feliciano no le molestaba en absoluto, pero a él podía ignorarlo por todo el ciclo escolar.
—S-Si quieres tu amigo puede venir también, vee~—Feliciano miró a Govert temblando. Lovino le metió un codazo al rubio, regañándolo con la mirada por intimidar a su hermano menor.
Antonio a regañadientes acepto, farfullando por lo bajo. Feliciano más delante se colgó del brazo de Lovino, indicando a que restaurante deberían ir. Más atrás Govert observo a Lovino, aquella acción de cuando Antonio acarició a su hermano no pasó desapercibida por él. Definitivamente el español seguía siendo un completo idiota.
—.—.—.—.—
Arthur terminó por sacar su última camisa del armario. Una pequeña montañita de ropa adornaba su cama, era incapaz de decidir que llevarse, todo por culpa de Lovino y su comentario en contra de su ropa. Debería golpearlo por hacerle eso justo una hora antes de encontrarse con Alfred. Había sonado muy chulo rechazando su traje, pero ahora que se daba cuenta de la situación no era tan malo recogerlo de la basura. ¿Cómo debía ir vestido? ¿Cómo iría vestido Alfred? En una obra teatral lo más recomendable era llevar traje de gala, dependiendo el teatro a veces incluso tenía carácter obligatorio. No obstante, investigo el teatro y para su mala suerte no lo era. Podía vestir como le viniera en gana.
— ¡ARTHUR! —gritó Alfred, entrando a la habitación. Arthur pegó el grito de su vida de igual manera. — Hahahaha! ¡El héroe está aquí!
—Me doy cuenta. —respiró profundo, tranquilizando a su corazón de un infarto. — ¿Qué pasa, ya no vas a ir?
—Eh, no es eso. Llevó veinte minutos esperando afuera de la escuela. —contestó confundido. —Pensé que Scott te tenía bajo llave como a Rapunzel. Quise llamarte por la ventana, pero tú no tienes un largo cabello que lanzarme, aunque tus cejas…
— ¡Cierra la boca, idiota! —regañó aventándole una almohada, Alfred la apretó entre sus manos sonriente.
— ¿Estabas buscando que ponerte para impresionarme? —preguntó sin timidez alguna mirando el montoncito de ropa. Arthur tomó el color rojo como propio para adornar su cara.
— ¡C-Claro que no! —aseguró abrazando el bulto de prendas y metiéndolas de jalón al armario. — ¡M-Me iba a ir justo con lo que tengo puesto, i-idiota!
—Puff. Ropa de abuelito. —rio, tapándose la boca.
Lo mismo que había dicho Lovino.
— ¡Muérete!
Alfred se acercó a él, haciendo sonrojar a Arthur aún más. Sabía que quería, o bueno, pensaba que eso quería. Había pasado un par de veces más después del primero con el consentimiento de ambos las otras veces, Alfred ya no lo tomaba de improviso después del buen golpe que se llevó con el primero, sino que se acercaba de la misma manera que ahora, buscando su aprobación.
Arthur mordió su labio, agachando la mirada. Su corazón bombeaba a mil por hora, la vergüenza inundaba todo su ser, juraría que explotaría en cualquier momento. Percibió los brazos de Alfred comenzando a rodearlo hasta que la cabeza de Arthur toco su pecho, Alfred no iba a besarlo, sólo quería tranquilizarlo con un abrazo.
—Haces mucho ruido, idiota. —reprochó al escuchar sus latidos.
—Es mi corazón latiendo por ti. —soltó de repente, rompiendo el globo de cristal en el que ambos se sumergieron.
— ¡Eso demasiado vergonzoso, idiota! —Arthur lo aventó atrás, abochornado.
— ¡F-Fue lo primero que se me vino a la mente! —contestó Alfred cubriéndose el rostro. — ¡Incluso yo me avergüenzo de lo que dije!
Arthur se echó aire con la mano, intentando que el calor de su cara disminuyera. Alfred por su lado se hizo viento con la ropa, quitándose su chaqueta de aviador y dejándola encima de la cama de Arthur. El inglés pudo notar que su ropa era la más simple del mundo con una polera blanca y pantalón de mezclilla. Y él de tonto casi escogiendo un traje de distinguida marca.
—.—.—.—.—
—Hay muchos asientos por allá, allá y allá. —señaló Antonio molesto. Govert alzó una ceja. — ¿Por qué tienes que sentarte a su lado?
Feliciano se apartó un poco de él, observándolo con preocupación y miedo. Todos sabían que cuando Antonio se enojaba era como invocar mil demonios en la tierra y arrasar con ella. Govert en cambio, feliz de que el español tuviera su merecido puso su trasero en la silla al lado de Lovino importándole muy poco las quejas del otro.
—Hermano Antonio…—.
—Ah, lo siento Feli. —se disculpó fingiendo una sonrisa. Lovino por su parte seguía con la cabeza metida en el menú del restaurante italiano, agachado debido al tremendo espectáculo que Antonio estaba montando desde que Govert comenzó a hablar con él.
— ¿Cuál es su orden? —llamó el camarero, irritado de que lo tacaran los ruidosos.
—Vee~ quiero pasta.
—Cuatro platos de pasta. —ordenó Lovino entregándole la pancarta. —Pediremos lo demás al terminar el primer plato.
—Mi fratello tan genial como siempre. —sonrió Feliciano.
—Yo no quería pasta. —se quejó Govert.
—Pues te lo comes. —contestó Lovino.
—Vee~
Fue entonces que Feliciano pudo notar que algo ahí iba tremendamente mal. Las conversaciones cortas y quejosas, las miradas filosas de Antonio y el amigo de su hermano; su hermano tan tranquilo casi tocando a lo frío. ¿Se había apresurado en invitarlo? ¿Estaba enojado con él por interferir con el tiempo de él y Antonio? ¿O era porque se vio obligado a invitar al chico aterrador a su lado?
— ¿Qué carajos te sucede, Felidiota?
Feliciano pegó un brinquito cuando obtuvo la atención de los cuatro. — ¡N-Nada, fratello! —aseguró agitando las manos lleno de pavor. Seguro que ahí comenzaba la tercera guerra mundial si se atrevía a hacer notar su incomodidad. Lovino arqueó una ceja, ignorándolo en cuanto llegó la pasta a la mesa.
—Sabe muy rica, aunque no tanto como la de Feli. —sonrió Antonio. Lovino estaba a punto de meterse la pasta en la boca cuando escucho su comentario, y con todo el coraje del mundo tragó la porción. —¡Por supuesto Lovi, la tuya es igual de deliciosa! —se apresuró a decir.
—Deja de atragantarte con la comida. —reprendió Govert dándole un vaso de agua. Lovino pareció aceptarlo gustoso, Govert se ganó una mirada enojada de Antonio.
—Hace tiempo que no cocinamos juntos, Lovi. —comentó Antonio, emocionado de que la idea pudiera interesarle a su amigo.
— ¡Ah, es verdad! ¡También quiero cocinar contigo Lovi! Extraño la pizza que haces. —intervino Feliciano, cortando el aire tenso.
Lovino ni siquiera intento contestar, sólo se siguió metiendo más comida en la boca hasta que termino con ella y llamó al camarero, pidiendo el plato fuerte a pesar de que ni Govert ni Antonio terminaban su pasta todavía. Lasaña vegetariana y una botella con jugo de uva. Govert suspiró retirando su plato de pasta para comenzar a comer el siguiente, Antonio lo imitó no intencionalmente por supuesto, él sabía que Lovino estaba molesto. Y que siempre que se molestaba con él se llenaba de comida el estómago para no tener que hablar del tema.
—Ah, Lovi. —Feliciano de repente recordó algo que le ayudaría a relajar el ambiente. —Me invitaron a participar con los de segundo año para el festival cultural, tengo que hacer una pintura mural en una de las salas.
— ¡Eso es genial, Feli! —Antonio sonrió esplendido, sobándole la cabeza con cariño. Actos que no pasaron desapercibidos por Lovino. — ¿Qué es lo que pintaras?
—Aún no lo sé, vee~ pero estoy muy emocionado. ¿Qué piensas tú, Lovi?
—El viejo estará feliz. —contestó cortando un pedazo de lasaña.
— ¿Y tú?
—Creo que deberías pintar un paisaje, Feli. —intervino Antonio, atrayendo su atención. —O puedo posar para ti con mi guitarra, cantando una canción.
—Vee~ lo estaré pensando hermano Antonio, gracias. —dijo en tono tristón. Antonio bajó la vista, sin saber que más decir.
—Estoy feliz por ti, bastardo. —completó, aventando el plato al centro de la mesa el cual chocó con el recipiente que contenía la lasaña. Feliciano sonrió de pronto, fijándose en su gemelo. —Quiero más lasaña.
— ¡A la orden!
—.—.—.—.—
El transporte era un caos, el metro estaba atascado por ser hora pico y la gente no paraba de llegar a la estación central. Arthur sentía que el aire del lugar se acabaría en cualquier momento, pudiendo pedir un taxi o un carro privado para ambos Alfred prefirió mezclarse entre un mar de personas porque a su perspectiva las citas eran más geniales así. No, definitivamente no lo eran.
—Siento que me están tocando el trasero. —se quejó una vez que se incorporaron en el vagón. Alfred hecho una mirada detrás de él, nadie lo estaba tocando.
—Estás siendo paranoico.
—He visto películas para saber que eso pasa en estos lugares. —contestó removiéndose.
—Sólo eres un niño rico que nunca ha viajado en metro. —se burló Alfred.
—Imagínate que mi padre o Scott se enteraran que uno de la familia Kirkland está viajando en un tren. —Arthur se pegó más a él cuando las personas comenzaron a descender en la estación, pensó por un momento que los apretujones terminaron sólo para darse cuenta de que la gente ni esperaba del todo que la del vagón bajara.
— ¡Me voy a morir aquí, idiota! ¡Me quiero bajar!
—Hahaha! ¡El príncipe de las sombras no soporta el calor de las personas!
— ¡Deja de llamarme así, imbécil!
—Haces mucho ruido.
— ¡No quiero escuchar eso de la persona que grita a todo pulmón que es un héroe!
—Tengo una barra de chocolate. —ofreció de repente el americano, sacándola de su pantalón. — ¿Quieres un poco?
— ¿Por qué estás comiendo cuando estamos rodeados de gente y calor? —la frustración cayó sobre Arthur al mirarlo.
—Ustedes dos lucen más como una pareja de recién casados que como hermanos. —comentó una señora mayor. Algunas personas extras asintieron con la cabeza, comprendiendo el punto.
— ¿H-Hermanos? —exclamaron los dos.
—É-Él no es mi hermano…—comenzó Arthur, nervioso. — ¿M-Me veo como un hermano mayor acaso? S-Ser gentil no la llevará a ninguna parte, señora.
—No es mi hermano. —cortó Alfred metiéndose otro trocito de chocolate a la boca.
—Ya veo…
El metro llegó a la última estación, donde la gente seguía al tope. Al abrirse las puertas una sensación de alivio llegó a todos, mucho más a Arthur pues era ahí donde la tortura del metro llegaba a su fin, de loco volvía a subirse de regreso. Alfred sudaba a mares a su lado, agitando su chaqueta para que le entrara mucho más aire.
—Debiste dejarla, idiota. Estamos como a mil grados aquí adentro. —objetó, ayudándolo a quitársela.
—Francis me dijo que si llovía o hacía frío tenía que dártela.
—No, gracias. —dijo Arthur mirando lo sudado que estaba Alfred. —Por cierto, ¿no quedamos en que ya no le pedirías ayuda a esos tres idiotas?
—Es inevitable. No sé cómo actuar cuando estoy a tu lado, ellos me dijeron que tenía experiencias que me podían servir. —explicó subiéndose los lentes.
—Escucha, tonto. El que ha estado más cerca de una chica es Antonio, los otros dos ni siquiera tienen idea de que es tener novia, sólo están alardeando.
—Francis parece popular con las chicas.
—Bueno, quizás sí son populares, excepto Gilbert. Él ha tocado los pechos de una, pero fue totalmente diferente a lo que estás imaginando, pensó que era hombre cuando tenía nueve años. Creo que todos lo pensamos. —Arthur rememoró esos días, riendo por lo bajo. Alfred sonrió, al menos consiguió que se relajara un poco. —En fin, llegamos.
— ¿Eh? ¿Es aquí? —Alfred pareció decepcionado al mirar el pequeño edificio. — ¿Cómo surgirán las explosiones entonces?
— ¿Qué demonios piensas que es una obra teatral? —reclamó Arthur aturdido.
— ¿No es una película en vivo?
— ¡Claro que no, idiota! —recriminó enojado.
El chico que recogió los boletos les dio un pequeño folleto que contenía los actos, canciones y descripción de la obra. Arthur se entretuvo imaginando como serían las canciones para una obra de terror. Alfred al parecer estaba buscando algo por lo que de nuevo centro su atención en él.
— ¿Eh? ¿Dónde está la comida? —preguntó enfurruñado.
—Hay un restaurante en el segundo piso, podemos ir cuando acabe. —dijo Arthur entrando por la fila que le correspondía.
— ¿Ehhh? ¿No podemos comer aquí? —se detuvo de pronto, entre un señor ya sentado que le recogía las piernas para que pudiera entrar con comodidad. — ¡No quiero estar aquí si no puedo comer!
— ¿Por qué estás aquí en primer lugar?
— ¡Quiero comida!
—Comeremos después de terminar de ver la función. —lo jaló hacia él, sentándolo a su lado. Alfred se cruzó de brazos, apretando la cara en una fea mueca. —Te compraré lo que me pidas, deja de hacer esa cara.
— ¡Wohoo!
—Pensé que mi época de niñera había terminado a los trece años. —suspiró Arthur cuando las luces se apagaron y el escenario se ilumino.
—.—.—.—.—
Antonio infló las mejillas como un niño encaprichado con algo. Delante Govert y Feliciano no le daban tregua a su querido Lovino, dejándole un espacio a él para platicar; aunque para ser francos el primero solo caminaba a su lado izquierdo con las manos sumergidas en los bolsillos, escuchando la animada platica de Feliciano. Antonio jamás pensó que un día con Feliciano fuera malo, siempre le fascinaba salir con el hermano menor de Lovino, era una de las personas que más quería también.
—Hermano Antonio, entraremos aquí. —Feliciano señaló un museo de arte, Lovino parecía no querer entrar por la cara contraída que tenía. —Vamos, Lovi.
Entraron en silencio, siguiendo las indicaciones de los empleados de guardar los celulares y prestar atención a la explicación del guía. Las pinturas fascinaban a Feliciano quién escuchaba encantado todo, deteniéndose de vez en cuando para detallar las pintadas en óleo o acuarela. Govert por otro lado caminaba derecho, observando de reojo una que otra, más de una vez se adelantó al guía.
—Lovi, —Antonio al fin pudo ponerse a su lado, atrayendo su atención. Lovino puso mala cara. — ¿he hecho algo mal para que estés molesto conmigo?
—No.
— ¡Lovi! —le chilló sosteniendo de repente su brazo, Lovino se apartó de un movimiento. Las demás personas del tour le mandaron una señal de silencio. — ¿No vas a decirme?
—Cierra la puta boca, bastardo.
Antonio suspiró, lo intento, de verás lo intento por las buenas. El grito de Lovino atrajo todas las miradas del tour, incluidas las de Feliciano y Govert, quien reconoció de inmediato la acción de Antonio, podría decirse que él se la había enseñado.
— ¡Qué mierda estás haciendo, gilipollas! ¡BAJAME EN ESTE PUTO MOMENTO!
—No. —fue la respuesta espesa de Antonio, se lo echo en la espalda como saco de patatas sosteniéndolo por debajo de las rodillas para evitar sus patadas, aunque no aguantaría mucho pues Lovino se retorcía con fuerza en sus brazos.
— ¿Hermano Antonio, vee~?
—Lo siento, Feli. Saldremos otro día. —contestó sincero, de verás le dolía hacerle eso al pequeño Feliciano.
Aún con las protestas de Lovino a todo pulmón lograron salir de ahí en la misma posición. Antonio puso en el suelo a Lovino dando dos pasos atrás para salvarse de los golpes que le daría el italiano, en efecto, no tardaron en lloverle maldiciones, golpes y cabezazos. Luego de dejar que Lovi sacará todo lo que llevaba dentro el hispano le detuvo las manos con cuidado, intentando calmarlo.
—Tranquilo, Lovi.
—Tsk. Es lo peor que puedes decir en este momento, imbécil. —se quejó haciendo que lo soltara. — ¿Por qué mierda se te ocurrió hacer eso?
—No querías hablar conmigo, fue en lo primero que pensé. —dijo agachando la mirada. —Necesito que me hables Lovi. ¿Por qué estás actuando de esta manera conmigo?
—Me estás tocando las pelotas, jodido bastardo. —gruñó, una mirada fiera cruzo por su rostro. Antonio entreabrió la boca, inesperadamente contrariado por Lovino. — ¿Qué mierda debo decirte para que me dejes tranquilo? ¡Todo está perfecto! ¿No lo ves?
Sin posponerlo más Antonio se lanzó a él, fundiéndolo en un abrazo suave, rodeando su espalda para apretarla contra sí mismo. Le ardía el corazón, no precisamente por los sentimientos de atracción que le generaba Lovino Vargas, sino por unos que ya permanecían ahí desde hace mucho tiempo atrás. Sintió su cuerpo contraerse entre sus brazos, nervioso de lo que estaba haciendo Antonio. Las caricias en su cabello lo llevaron todavía más alejado de la realidad, la calidez con la que Antonio lo tocaba, sus manos suaves entrelazándose con sus hebras castañas dándole cosquillas.
—Umh.
Gover tosió a posta, separando a ambos de inmediato. Feliciano tenía una sonrisa rara en la cara, al menos de eso se dio cuenta Antonio, estaba consternado por ver que abrazaba a su hermano con tal magnitud. Antonio se cubrió la cara con una mano, preso de la vergüenza, de la pena al no saber controlar sus instintos; el bochorno se hizo presente en él, otorgándole al mismo tiempo un mar de nerviosismo. ¿Qué pasaba si también Feli se daba cuenta de sus sentimientos?
—Vee~
—Avancemos. —ordenó de pronto Govert, haciendo lo dicho.
Lovino y Feliciano lo siguieron desde atrás, conversando de trivialidades, ignorando la acción pasada. El corazón de Antonio respiro lleno de alivio. Aún no había nada a que temer.
Entre la larga caminata que los cuatro decidieron dar de pronto Govert se acercó discretamente a Antonio luego de notar que Feliciano entretenía muy bien a Lovino, ganándose golpes y jalones de rulo por parte de él. Antonio lo miró de soslayo, desconfiado; quizás al abuelo Máximo le parecía un chico en apuros para proteger a su hermana, sin embargo, Antonio aún creía que pudo haber sido de manera distinta.
— ¿Qué es lo que pasa? —preguntó el español, manteniendo distancia. No fuera ser que Govert lo golpeara de pronto sin saber por qué, sí, ya había pasado anteriormente.
—Hm. —una línea de burla apareció en los labios de Govert. —No tienes porque tenerme miedo.
—No te tengo miedo. —alegó haciendo un mohín. — ¿Me dirás que quieres?
—Lovino no pareció feliz cuando su hermano le dijo que fue elegido para el festival cultural. ¿Tan mal se lleva con él?
— ¿Por qué crees que se llevan mal? —preguntó Antonio, desorientado. Feliciano colgado del brazo de Lovino lo arrastraba de un lado a otro, enseñándole las tiendas. —Si no hace falta ser un gran observador para notar lo mucho que se quieren.
Govert escuchó en silencio, esquivando a una persona que amenazo con chocarlo. — ¿Entonces? —Antonio lo miró receloso. —Que sea tu amigo no significa que no pueda ser mío.
—Bien, pero no te contaré los secretos de Lovi. Si quieres de verdad su amistad, has que él te tenga tanta confianza para contártelos. —advirtió. Govert asintió. —Lovi es feliz por Feli, de eso no cabe ni la menor duda. Es sólo que esta triste y enojado por lo que viene.
— ¿Lo que viene?
—Sus padres.
— ¡Hermano Antonio, amigo de Lovi! ¡Nos detendremos aquí! —gritó Feliciano señalando una fuente cercana.
—.—.—.—.—
La comida en el restaurante fue buena, consiguió treinta minutos de paz cuando regaño a Alfred para que no hablara con la boca llena. El americano por su lado pidió en su mayoría golosinas disfrazadas de comida, Arthur le dio un sermón sobre la importancia de comer saludable y le hizo pedir un plato rico en proteínas y vegetales. Alfred suspiró con molestia, se supone que era una cita no una comida con el supervisor de su papá.
—Quiero ir a jugar videojuegos. —dijo de pronto, estirando sus brazos al aire.
—Ni hablar. —contestó Arthur. —Después de una buena comida lo primero que tienes que hacer es reposarla y lo segundo bajarla.
— ¿A dónde quieres que la baje?
— ¡Idiota! Me refiero a que hagas un poco de caminata, así digiere mejor tu estómago.
— ¡Parece una molestia!
— ¡Deja de quejarte y camina! —Arthur lo haló de la chaqueta, con mucha fuerza para que el americano avanzara. Este lo obedeció a regañadientes, inflando las mejillas de vez en cuando para hacer notar su fuerte molestia.
Avanzaron por un buen rato llenando sus conversaciones en trivialidades, Arthur notó con pesar que el cielo comenzaba a tomar colores oscuros y las nubes bullían cerrando en una masa grisea. No tardaría en llover. Se fijó en la hora mientras Alfred le contaba una anécdota heroica que llevo a cabo cuando era niño, salvando a un perro del baño que le iba a dar su padre.
—Creo que ya es hora de irnos a la escuela. —cortó de pronto. —Nos agarra la lluvia si nos quedamos más tiempo.
— ¿Eh? ¿Tan pronto? —Alfred pareció decepcionado de su decisión. —La lluvia no va a comerte.
Arthur suspiró. —No quiero enfermarme, es tedioso.
— ¡No quiero irme todavía!
—Llamaré a un taxi.
— ¡Ehhhh, Arthur! ¡Ehhh, Arthur! —llamó zarandeándolo del brazo. El inglés se quitó el teléfono de la oreja, regañándolo con la mirada por la imprudente interrupción. — ¡Vamos allá!
—Te dije que…
—Será la última palabra, lo prometo. —suplicó juntando las manos. —Si llueve y te enfermas te ayudaré a hacer todos los deberes que te ponga el Rey de las Sombras, lo prometo. ¡El héroe no hace promesas falsas!
Arthur se talló los ojos con el pulgar y anular, de repente se sentía estresado de tener al americano a su lado. Al final accedió descontento a la petición del otro, acercándose a la fuente que disparaba agua en seis direcciones todas iluminadas en distintos tonos por las luces que estaban al fondo de esta. En el centro lo que parecía una virgen abrazaba una luna hecha de piedra.
—Es una fuente de los deseos. —dijo Alfred al ver las monedas en el fondo del estanque. — ¿Quieres intentarlo?
—No creo en los deseos. —Arthur se encogió de hombros. —Son cosas bobas.
— ¡Mentira! —chilló Alfred.
—Sólo puedes creer en las cosas que hacer por ti mismo. —explicó cruzado de brazos, no estaba dispuesto a que Alfred en un impulso de idiotez lo obligara a lanzar una moneda. Si no creía, no creía y punto final. —Los deseos que se cumplen mágicamente no existen.
Alfred lo miró con tristeza, la ilusión de lanzar la moneda junto al inglés se le fue de las manos. Arthur notó disimuladamente como sacaba la mano de su pantalón, dejando su cartera de nuevo. Mierda y mil veces mierda. No creía lo qué haría sólo para consentir a un mocoso caprichoso.
—Bien, dame la moneda. —estiró la mano, volteando a otro lado.
—Si no quieres hacerlo no lo hagas. No te obligaré. —farfulló Alfred.
—No lo estoy haciendo porque me sienta mal de verte triste. —aclaró sonrojado. Alfred volvió a él de inmediato, sorprendido. —Sólo creo que hacer de vez en cuando esto es bueno para relajarte. Creer que alguien puede darte lo que pides sólo con una moneda a cambio.
—Que fea forma de ver las cosas. —reprendió.
— ¿Qué tengo que pedir? —preguntó poniéndose en posición para lanzarla.
—Lo que sea. —contestó Alfred, lanzándola al agua y juntando sus manos, pidiendo su deseo mental. —Sólo hazlo en la mente.
— ¿Qué pediste tú?
—No te lo diré hasta que se cumpla.
Arthur chasqueó la lengua, insatisfecho. Sin más que agregar aventó la moneda al agua.
—.—.—.—.—
Sin que lo supieran Feliciano y Lovino visitaron la misma fuente que Alfred y Arthur, justo antes de que la pareja llegara. Antonio emocionado por la fuente sacó cuatro monedas, repartiéndolas entre los cuatro. Govert la lanzó de inmediato al estanque, mirándolo con seriedad.
—Mi deseo es que desaparezcas como la moneda. —confesó.
— ¡Qué cruel! —gritó Antonio.
Feliciano no tardó en imitarlo, soltando una risita tonta después. —Mi deseo es que Lovi me prepare pasta cuando lleguemos a la escuela.
—Que dolor en el culo. —protestó su gemelo, lanzando la moneda que le dio Antonio. Justo cuando iba a hablar Antonio le tapó la boca, golpeándolo ligeramente. — ¡Qué mierda, bastardo! —bramó cuando se alejó.
— ¡No puedes decir tu deseo Lovi o no se cumplirá!
—Haberlo dicho antes. —rezongó Govert.
—Vee~ ¿No habrá pasta?
— ¿De dónde sacas esa mierda, Antonio?
—Es la regla de los deseos Lovi. —respondió, aventando la propia moneda, cerró los ojos juntando sus manos en una oración. Lovino lo contempló con una ceja levantada, el bastardo lucía extrañamente feliz. Antonio volteó a él luego de terminar. —Si lo dices no se te cumplirá.
—Que tontería. —contestó Lovino.
—Bien, entonces lanzaré la siguiente. —anunció Govert, sacando una moneda de su bolsillo.
— ¡Todos sabemos tus intenciones, no se te cumplirá! —gritó Antonio, intentando impedir su tiro.
—.—.—.—.—
Era domingo por la noche cuando Antonio pudo juntar a Gilbert y a Francis en su habitación, contándoles lo sucedido del día anterior. Los tres parecían haber tenido un fin de semana agitado, Francis con las chicas de un karaoke que conoció y Gilbert muy a su estilo con Ludwig y Kiku, dándole un poco de lata a Roderich también.
—Entonces, —dijo Francis tirado sobre su cama, escuchando con sumo detalle la excursión de su mejor amigo con los hermanos Vargas más Govert. — ¿Ya te le has declarado?
— ¡Qué, no! —se apresuró a decir, sonrosado. —No puedo Fran.
— ¿Por qué no? Seguro que Lovino se muere por que le des amor.
—No me hagas imaginarme eso. —espetó Gilbert poniendo cara de asco. —Odio ver a la princesa cuando cierro los ojos besando a Antonio.
—Pensar en cómo reaccionara Feli me da miedo. Govert ya lo descubrió, temó que le vaya a decir.
— ¿Qué? —Francis se sentó sobre la cama, sorprendido. — ¿Cómo paso eso?
—Lo supo cuando rescate a Lovi del almacén.
—Podría ser peor. —comentó Gilbert agitando la lata de soda que saco del frigobar. —La princesa podría presentar a sus padres a Govert y ellos podrían aceptarlo como amigo.
—Eso no me ayuda. —suspiró Antonio, encogiéndose sobre sus rodillas.
—Tiene buenos modales. —siguió Francis con cizaña. Estaba seguro de que Gilbert sólo daba joda, pero podía sacar algo bueno de ello. —Y va a ir a la universidad el siguiente año, un amigo que puede ayudarlo con los estudios.
—Pasará toda la tarde estudiando con él.
De repente Antonio lució molesto y en un ademán, le dio un manotazo a la bebida del alemán la cual cayó sobre su ropa y cara. — ¡Eso no se le dice a una persona enamorada! —reprochó, volteándose con brusquedad y aventándose a su cama, cubriéndose con las cobijas hasta la cabeza.
Antes que nada… no piensen que los padres de Lovino son tan hijos de… para darle la ropa sobrante de Feliciano. Es sólo que Lovino vende la ropa de marca que le manda su madre, padre o abuelo para conseguir ropa que le guste y tener un poco más de dinero. De lo que el siente celos es que la mayoría de las veces la ropa que diseña su madre siempre es para Feliciano. A él sólo le ha diseñado últimamente el abrigo azul que Arthur encontró, mientras que Feliciano llena un closet con la ropa que su madre le confecciona.
Ahora sí, ¡HOLA!
Últimamente he estado leyendo libros sobre guerras y conspiraciones por lo que fue un caos escribir este capítulo. Quería poner una guerra campal de Antonio y Govert sólo porque sí, pero al final del día se me ocurrió una idea para confesar el amor de Antonio y eso cambió todo, me puse a escuchar música romántica.
Si tienen un libro de romance recomiéndenmelo por favor, sólo que no sea tan dramático porque me dejo llevar bien feo. O si tienen canciones de amor que puedan recomendarme sería de gran ayuda, sólo que no sea metal o rock pesado, tengo suficiente con mi hermana. xD
Paso a saludar a mis queridos lectores de reviews, muchas gracias por leerme y comentarme no saben cuánto aprecio cada uno de sus comentarios, me nutren. Condesa sangrienta, Javany, Amiyei, Dark-nesey, Guest & mr-nadie. También a los que agregan a follows y favoritos. ¡Los quiero!
Con cariño,
MimiChibi-Diethel.
Sí, Arthur y Alfred no sólo se han besado una vez. :D
