Capítulo 53: Consejera de corazón solitario.
Abandonó el salón en el más rotundo de los silencios. El optimismo que Minako sembró en ella luego de la larga conversación que habían tenido por la noche era ahora reemplazado por incertidumbre, miedo y pesimismo.
Apenas el sol se alzó en el cielo, Rei dejó su cama y fue en busca de la reina de Frieden.
La azabache sintió que era necesario hablar con la mujer. Lo que pudo ver en sus visiones lo tenía que saber la reina, pues era posible que existiera alguna forma de evitar todo esto.
Esas eran sus esperanzas, pero Selene las sepultó con sus dichos.
- No es que desestime tus palabras, pero no pienso evacuar a mi gente. Todos están seguros acá. –
- Usted no lo entiende. – Hacerse la sorda costaría caro. – Mis visiones siempre se cumplen. –
- Lo repetiré, pues quizás no lo entiendes: Todos están seguros en Frieden. –
Posteriormente, Selene le aseguró estar al tanto de la amenaza. Sin embargo, nadie sabía con certeza cuándo ocurriría lo inevitable. Podía ser hoy, mañana quizás. La reina requería de información segura si pensaba movilizar a sus tropas, y por otro lado, asegurar a la población.
Hasta entonces, nadie en Frieden podía actuar sin su consentimiento.
- ¿Realmente dijo eso? – Preguntó Minako, que estuvo esperando por la otra afuera del salón.
- ¿Crees que te estoy mintiendo? Eso fue lo que dijo. – La azabache estaba claramente irritada. – Ella sabe todo, pero no piensa mover un dedo. –
Una mueca de sorpresa y confusión apareció en el rostro de la rubia.
- Te creo, pero no sé cómo reaccionar a esto… -
- Yo tuve suficiente de este oasis. – Se expresó Rei con claridad. Sus ojos ardían con ese fuego especial que Minako reconocía cada vez que los sentimientos de la pelinegra eran una verdadera hoguera. – Me marcharé hoy mismo de Frieden. –
Eso era algo que Minako no esperaba oír.
- ¿Perdón? – Sacudió la cabeza, pues se sintió momentáneamente aturdida. - ¿Te marchas? –
Tuvo que ir tras los pasos de Rei, pues la mujer comenzó a caminar sin aviso. Caminaban por los pasillos del palacio, Minako cuestionando esta abrupta decisión que Rei había tomado. Seguramente ni había pensado detenidamente en ello.
Además, irse sola era tan peligroso como quedarse en el oasis. Afuera las cosas también estaban mal.
- No cambiaré de idea, Minako. – Paró en seco, volteó y sus ojos se fijaron en la rubia. La mirada de Rei quemaba. Minako sentía eso cada vez que esos apasionados ojos se fijaban en ella. – Prefiero morir en el desierto antes de perecer acá. Este no es mi hogar, extraño Telián. –
- ¡Entonces iré contigo! –
Si Minako veía fuego en los ojos de Rei, ésta veía luz y esperanza en la mirada de la rubia.
- ¿Por qué? – Cuestionó la pelinegra.
- Acá no estaré cómoda con tanto desconocido. Apenas conozco a Ami y al resto del grupo. Además, está ese tipo que me anda siguiendo por el palacio. Creo que quiere mi espada o algo diferente… -
- Minako. – Llamó Rei, captando la atención de Minako. – Son excusas. Tú y yo no nos conocemos bien. Al igual que el resto, yo también soy una desconocida para ti. –
Dolía.
Era cierto, por eso dolía mucho.
Minako sabía muy pocas cosas de la vida de Rei. La azabache, por otro lado, desconocía tanto de la propia rubia. Eran dos extrañas que habían compartido mucho en el último tiempo.
- ¡Pues por eso quiero ir contigo, tonta! – Apretó los puños con fuerza y gritó con toda la potencia que su garganta permitió. - ¡Quiero que dejes de ser una extraña en mi vida! – La presión en su pecho se iba calmando a cada palabra que dejaba escapar. - ¡Me encantaría tener la oportunidad de conocerte mejor! Y así, finalmente, dejar de ser dos desconocidas que caminan juntas…-
Quedó muda, sin palabras.
Oraciones llenas de fuerza y convicción. Esto era algo que Minako quería, nadie se lo podría quitar de la cabeza. Era la misma convicción que Rei mostraba, pero por un asunto diferente.
Y no se podía negar a ella.
Minako siendo diferente, se ganó su confianza. Eran opuestas, se complementaban de una extraña manera. No era como Makoto, ni similar a Ami. En el fondo, eso la hacía interesante.
- "Ami..." –
- Está bien. –
- ¡Aunque te niegues, igual yo…! – Cerró la boca y quedó viendo a Rei, incrédula. - ¿Qué acabas de decir? –
- Creo que estás sorda. – No pensaba repetir nuevamente eso. – Anda por tu espada. No sé, péinate y consigue comida. Nos vamos hoy en la noche. –
La sonrisa de Minako opacó al brillante sol. Pero luego, como cuando las nubes cubren al astro mayor, esa sonrisa se esfumó y la seriedad volvió al rostro de la rubia.
- ¿Qué pasará con ella? –
Sinceramente, Rei no quería pensar en eso. Cambiaría de parecer si lo hacía.
- ¿Ella? – Si se quedaba, todo seguiría igual. Si se marchaba, las cosas se mantendrían de la misma forma. – Ella no debe saber esto. Ya sabes, nos marcharemos sin que nadie lo sepa. – Sin importar qué hiciera, nada iba a cambiar. – Ami ya pasó por mucho. Está comenzando a sentirse bien, está tranquila. Tiene a Makoto a su lado…-
- ¿Y qué hay de ti? –
La azabache era la única que cargaba con estos sentimientos. No eran recíprocos. Ami solo tenía ojos para Makoto, Rei sabía eso muy bien.
- ¿Yo? – Una sonrisa dolida apareció en sus labios. – No puedo ser tan cobarde, ¿verdad? –
Minako negó con la cabeza, su largo cabello se meció de un lado a otro.
- ¿Por lo menos debo despedirme y aclarar todo con ella? –
Esta vez la rubia asintió con entusiasmo.
- Tienes razón, Minako. – Iba en contra de sus principios marcharse sin hablar con Ami. Lo mínimo que la peliazul merecía era su sinceridad. No cambiarían las cosas, pero Rei iba a sentirse mejor. – Gracias. -
Rei partió con renovados ánimos en busca de Ami. Minako la observó con una sonrisa en el rostro, pero con cierto dolor molesto en el corazón.
- "¿Y qué hay de mí?" -
Capítulo 54: Cuando caía el atardecer.
Ami observaba detenidamente entre sus manos un collar incompleto con una gema rota y sin lustre. Su bella posesión ya no emitía la misma energía de antes. Lágrima Azul había perdido su especial aura y brillo.
- ¿Por qué tan solitaria? – Se escuchó una voz, después unas pisadas que se acercaban.
La peliazul sonrió, dejando su collar en paz y escondiéndolo. Lo siguiente que hizo fue voltearse y encontrar a Rei acompañándola en esta alta torre del palacio.
- Buenas tardes, Rei. – Saludó con amabilidad. – Estoy aguardando por Makoto. Ella está en ese salón, justo allí. – Paralela a la torre se hallaba la habitación. – Tiene una herida en su espalda que no sana aún. Le recomendé que lo mejor era ser tratada, así no se terminaría complicando. Me costó convencerla, pero… – Sus mejillas se pintaron de rosa.
Se había dado cuenta.
- Perdón, mala costumbre. – Hablar mucho de Makoto era algunas veces un problema - ¿Cómo estás tú? ¿Te has sentido bien? –
Se podía regresar sobre sus pasos y olvidar todo esto, ¿verdad? Una parte de ella seguía creyendo que esta era una muy mala idea. No importaba quedar como una cobarde.
- Estoy muy bien, gracias. – Dijo mientras sonreía a la peliazul. Dando un par de pasos más, se posicionó al lado de Ami, observando el oasis.
- ¿Y Minako? –
- Debe estar durmiendo. – Mintió.
No vino a esto, no podía perder su tiempo con esta clase de conversación. Tenía tanto que decir. Pero no podía pensar con claridad, no podía debido a esta bella mujer que tenía a su lado.
Con la brisa que corría y este fulgor eterno que hay en Frieden, Ami lucía casi divina. Le robaba el aliento sin saberlo, y eso era lo que deseaba cambiar.
- Estuve pensando en la idea de salir a conocer Friden. ¿Les gustaría venir…? –
Con ambas manos, Rei sostuvo a Ami de los hombros. Sus miradas se encontraron y un choque de fuerzas opuestas nació. La pasión en los ojos de la azabache contrastaba con los expectantes orbes de la peliazul. La belleza del prístino azul que cargaba Ami en sus ojos hizo suspirar a Rei.
Como telón de esta escena se hallaba el sol, colgando del cielo, pintando las siluetas de ambas mujeres con los rezagados rayos del atardecer.
Rei negó con la cabeza, sonriendo.
- No soy buena con las palabras. – De hecho, no sabía qué diantres decir ahora que tenía la atención de Ami. Frente a ella perdía hasta la facultad de hablar con elocuencia. – Por favor, no me odies después de esto. Solo quiero que sepas cómo me siento cuando te tengo a mi lado. -
Fue suave como la caída de una pluma, un ligero roce entre la piel de su frente y los suaves labios de Rei. La sensación permaneció, quemaba allí. Fue efímero, pero quedó grabado en su retina.
Y la escena se repetía en su mente, una y otra vez. No pudo evitar sentir un ardor en la garganta.
- Eres especial. – Dijo la azabache al separarse. - ¿Sabes lo solitaria que era cuando vivía por mi cuenta en esa abandonada torre? No sabía nada, desconocía los sentimientos que puedes experimentar por otra persona. Creo que hacía falta la persona justa para comenzar a sentir de verdad. –
La sangre le hervía en las venas.
- Eres especial, pues llegaste en el momento apropiado. Apareciste para remecer mi mundo y cambiaste esa triste realidad. – Cogió un mechón azulado del cabello de Ami, acariciándolo con la yema de los dedos. - Gracias por todo, Ami. Gracias por aparecer en mi vida. -
¿Por qué ella no era valiente como Rei?
- Perdón, pero… -
La espectadora abrió la boca, mas se sintió estúpida luego de haber hecho tal cosa. Ahora Rei y Ami la estaban observando con ese semblante pálido, sus miradas culpables y aterradas sobre ella.
- ¿Makoto? – La voz de Ami se escuchó como un suspiro.
Algo le decía que no debía estar en este sitio.
La castaña intentó partir, pero fue detenida por Rei. La sostuvo de un brazo con gran fuerza, pero en ningún momento vio directamente a sus ojos. Con el rostro dirigido hacia el suelo, cubierto por su flequillo, decidió hablar.
- Yo soy quien se debe ir. – Pronunció con voz quebradiza. - Las dejaré tranquilas. -
Makoto no pudo negarse. En su sitio, observó a Rei marcharse. Cuando pasó por su lado, juró ver lágrimas en los ojos de la azabache. La siguió con la vista hasta que abandonó la torre.
- No lo puedo creer… - Ami cayó al suelo. Sentada, su espalda contra la roca que formaba esta torre, se tomó la cabeza con ambas manos. - ¿Cómo es que nunca lo noté? –
Rei estaba enamorada de ella.
En silencio, Makoto se acercó y tomó asiento junto a Ami. Siempre intentaba tener palabras para apoyar a la peliazul, pero ahora simplemente no sabía qué decir. Temía que al momento de hablar, su propia molestia y pena se reflejaran en su voz.
Así que en vez de usar palabras, Makoto optó por rodear los hombros de Ami con uno de sus brazos y atraer su cuerpo al suyo. Dejó que la peliazul apoyase la cabeza en su hombro. Sintió que la pesadez en su pecho se alivió un poco cuando Ami se aferró a ella con ambos brazos.
¿Por qué no podían ser valientes?
Estuvieron de esta manera por cerca de cinco minutos. En ningún momento sintieron la necesidad de alzar la voz y romper el silencio. Era en sus mentes donde trataban de analizar a fondo esta situación. Y después de tanto pensar y sentirse culpable, Ami no llegó a ninguna clase de conclusión. Confundida, molesta e impotente, así no quería sentirse.
Deseaba saber qué hacer o decir.
- Creo que ya lloraste mucho por hoy. – Makoto había notado sus lágrimas. Con gentileza, usando un dedo, secó unas cuantas. – No te sientas mal, Rei parecía saber a lo que se estaba enfrentando. – Pero al momento trató de corregir sus palabras. – No es que esté asumiendo lo que tú sientes. Digo, puede que ella realmente te guste y yo solo esté… -
Fue un leve temblor el que hizo que la castaña olvidara por un momento lo que estaba diciendo.
- Olvídalo. – Dijo Makoto. – También sería asumir algo que no sé. –
Luego de unos segundos, Makoto decidió ponerse de pie. Con una mano ayudó a Ami a levantarse del suelo. Esa mano nunca dejó la que sostenía de la peliazul. De hecho, entrelazó los dedos con la portadora del collar.
¿Por qué no lo decían?
- No sé qué debo hacer ahora. –
Un nuevo temblor sacudió la torre. Makoto frunció el ceño, Ami trató de ignorar este hecho.
- ¿Crees que estaría bien ir a hablar con Rei luego de esto? –
- Soy algo ignorante en estos temas. – Dijo la castaña un poco avergonzada. - ¿No crees que este temblor está durando mucho? Me está poniendo nerviosa… -
Una violenta sacudida lanzó a ambas al suelo. Tanta fue la potencia que la torre se quedó tambaleando, Ami y Makoto se mantuvieron abajo, soportando el vaivén. Un crujido extraño hizo eco en el ambiente. Quizás era la torre, puede que haya sido el suelo rompiéndose bajo sus pies.
De pronto las nubes se acumularon, negras como la noche. El refulgente oasis de Frieden cayó en penumbras.
- ¡¿Qué está pasando?! – La peliazul observaba a todos lados alarmada.
La respuesta de Makoto murió en su garganta.
Un ojo descomunal las observaba detenidamente. Rojo como sangre, tan grande como una de ellas, con venas oscuras palpitando y unidas a él. Makoto sintió pánico, perturbada por la horripilante imagen. Temblando de miedo, obligó a que Ami se pusiera de pie. Le pidió no ver atrás, por nada del mundo. Fue en vano, pues volvieron a caer a causa de un enérgico temblor.
El techo sobre ellas cedió bajo las garras enormes de un monstruo familiar para las dos. Cayeron escombros y polvo, pues la torre había sido partida por la mitad. Cuando todo se disipó, Ami se reencontró con su mayor pesadilla.
- "¿Por qué tenías que aparecer? Te hubieras quedado en el infierno." –
Cuando caía el atardecer, Ami y Makoto se hallaron atrapadas en esa torre. Sin escape esta vez, tenían delante a una titánica bestia que dejó escapar un rugido salvaje que estremeció el cielo y la tierra.
Frieden caería bajo el descomunal poder de la oscuridad.
Uh, mucha cosa pacífica en este plato. ¡Traigan más drama a la mesa tres! ¡Oh, acompañado de batalla final y sufrimiento!
Muchas gracias por la paciencia. Disfruten la lectura, ¡suerte!
