Circulo: Vicio Tsun.
Tú + Yo= Error 404.
20. Sólo dilo, ¡IDIOTA!
Desde que tenía memoria Arthur jamás se llevó bien con Antonio. Cuando lo conoció era el niño de las banditas en la cara, raspones en la rodilla y camisetas rotas llenas de tierra, al principio no solía molestarlo, incluso las palabras intercambiadas eran cordiales y empáticas; después se dio cuenta de su buena relación con Francis y Gilbert. Le cayó mal a partir de ahí, bastante infantil, pero eran críos de siete años. Luego el trío de idiotas comenzó a molestarlo siendo la cabeza Francis, bromas infantiles, no pasaban a más. Y así siguió por varios años, incluso conoció a un Lovino mucho más holgazán y tragón.
A los doce años varias cosas comenzaron a cambiar, Francis ya no estaba con sus -estúpidos- amigos. Ambos fueron enviados a Gakuen pues sus familias tenían más estabilidad económica en ese momento. Gilbert iba a otra escuela con Ludwig en Alemania, las finanzas de la familia Beilschmidt no se prestaban para un internado lejos de casa. Y Antonio se incorporó a una escuela en España, diciendo tonterías cursis de aguardar por Lovino del cual se había separado a los once años.
Arthur recordaba vagamente, solía ver a Antonio en las fiestas organizadas por su padre que invitaba a la familia Bonnefoy. Francis por supuesto no podía estar lejos de sus amigos en las vacaciones de verano, así los tres se la pasaban todo el tiempo juntos y él, como el chico reservado que era, solía ser obligado por su madre a jugar con los chicos de su edad. Odiaba eso, cabe destacar. Al menos hasta la adolescencia. Rememoraba con orgullo la primera vez que le soltó un puñetazo a Francis, le jaló de sus horribles cabellos de mujer y le zambullo en la fuente de agua, a vista de todos los invitados. Bonnefoy dejó de hacer tratos con su padre ese día y Arthur se llevó la paliza de su vida.
Se topó más adelante con Antonio, llegando al mismo tiempo a su era rebelde. En esa época Arthur no tenía tanta presión sobre sus hombros como en los días presentes, ni siquiera por Gales, y Scott apenas reparaba en él sin levantar una ceja extrañado de su presencia. Lo cual le hizo sencillo recibir y dar palizas como si fuese un vándalo cualquiera. Antonio no se quedaba atrás, con trece años tenía su sonrisa de idiota y un aura distinta que se relajó después de Emma; en poco tiempo volvió a ser el mismo chico dulce y encantador que todos conocían. Sólo fue una pequeña etapa en su vida.
Finalmente, su primer año en Gakuen junto al BFT fue el caos mismo. Scott de repente le dio por presionarlo para tomar un lugar en el consejo estudiantil, lo logró y en sus primeras semanas el trío de idiotas llenó de papel higiénico todo un edificio; los reprendieron a todos, Scott incluido, les amenazaron con expulsión y sus padres los suavizaron con una remodelación de todas las canchas de fútbol y tenis. Más un severo castigo para todos, Kirkland's incluidos.
Siendo esos sus antecedentes juntos, no entendía la razón, causa o circunstancias que alentaron al español a sentarse con él ese día.
— ¿Qué pasa? —preguntó Antonio mirándose el torso por si tenía algo en el uniforme. Arthur parpadeó y alzó una de sus exuberantes cejas, incrédulo de la pregunta. — ¿Qué?
—El jodido barbón esta por allá. —señaló a Francis, los miraba suspicaz, intentando leer las acciones y motivos que orillarían a Antonio para sentarse junto a Arthur ese día. Antonio no se movía, ignorando su protesta. — ¿No vas a moverte?
—Soy libre de sentarme donde quiera. —reprochó formando un puchero. Su compañera sentada detrás dio un respingo, enamorada. Arthur sintió por un segundo que pertenecía a una historia de manga, las cuales Kiku solía leer, donde el chico guapo siempre causaba suspiros, desmayos y orgasmos en las chicas de su curso y de toda la escuela.
Antonio era guapo, lo aceptaba. Aunque no debían hacer tanto drama por ello, de todas formas, él era demasiado despistado como para ponerles un poco de atención.
—Claroooo. —estiró su palabra lo más que pudo, sentándose correctamente en el asiento. Volviendo a desatender sus reproches.
Lo observaba de soslayó varias veces, incluso cuando la clase ya había comenzado. Arthur se daba cuenta, quería pedirle algo, aunque siendo francos, prefería torturarlo un poco más a preguntarle directamente el qué sucedía. Se la debía por cambiar su rana disecada por una viva en el curso de biología el año pasado.
—Oyeeee,… oye, Arthuur…—susurró bajito para que el profesor no se diera cuenta. El inglés giró levemente su rostro, dándole a entender que tenía su atención. —No comprendo ni un poco.
Le sacó el dedo de en medio como respuesta. No caería en su juego, al final lo terminarían reprendiendo a él mientras Antonio fingía inocencia, a finales del último año paso algo muy similar con Gilbert y no lo repetiría; aún recordaba los gritos de la profesora de historia.
—Hombre, no puedes ser tan cruel. —señaló su libreta en manera suplicante.
Él volvió a ignorarlo fijándose en la pizarra como lo más interesante en su vida. Antonio soltó un bufido, recargándose en su mano derecha con un enorme puchero en la boca. Así paso todo el rato, anotando un poco de lo que escribía o decía el profesor hasta terminar la clase. Cómo ambos se encontraban en la ventana en una banca compartida, Arthur necesitaba el permiso de Antonio para poderse retirar, el español se lo negó poniendo los brazos detrás de su cabeza y echando la silla atrás, topando con la siguiente banca.
—Déjame pasar, idiota. —reprendió apretando los libros de su mano. No tenía tiempo para las idioteces del BFT, la siguiente clase comenzaba en cinco minutos y el próximo salón quedaba en el siguiente edificio.
—No. —dijo poniendo una sonrisa ladina en su rostro. Arthur soltó un gruñido, estampando los libros en su pupitre y tomando la silla con fuerza, recorriéndola.
— ¿Qué jodidos quieres?
Antonio se relajó en su silla al tener toda la atención de Arthur sobre él. —Necesito un favor.
—Por todos los cielos Antonio, te he dicho mil veces que no puedes ir a jugar con los niños del kínder. —Arthur comenzó a reprenderlo, abriendo su agenda para anotar una charla con la encargada de la guardería. — ¿Quién ha sido el guardia que te ha visto o ha sido un profesor? ¿El nuevo director acaso?
— ¿Qué? ¡No! —respondió molesto. —Además, los niños se la pasan muy bien conmigo.
—Ya. Voy a trágame eso por un rato. —el inglés torció los ojos, esperando a que le dijera el verdadero favor.
Antonio se quedó pensando por un rato, incomodo. — ¿Podrías cancelar una invitación al festival cultural? —Arthur se sorprendió, juraba que el año pasado el español era la persona más emocionada para ver a sus padres, y cuando los tres se juntaron formaron un rayo blanco, cegando a todos. Bueno, lo último no, pero estaba bastante cerca.
— ¿No quieres que vengan tus padres? —preguntó observando la puerta, Francis estaba parado ahí seguramente esperando a su amigo. Igualmente, la cabellera plateada de Gilbert se asomó, mandándole una miradita acusadora.
—Los de Lovi. —murmuró cohibido.
Arthur tuvo un destello en su memoria, el traje que Lovino quiso regalarle y su explicación del porqué. Esas cosas no deberían estar molestándolo, no es como si Lovino Vargas fuera su amigo o mínimo se llevara bien con él. Dejó escapar un suspiró, atrayendo la mirada de Antonio. —Sabes bien que eso está fuera de mis límites, —no era broma, varios alumnos siempre le pedían cancelar invitaciones, no obstante, una vez enviadas no había nada que hacer. —ya llegaron varias confirmaciones, incluida la familia Vargas.
Antonio iba a reprochar, sin embargo, el rubio alzó la mano para hacerlo callar.
—Ya han pasado dos semanas, Antonio. ¿Por qué me lo vienes a decir ahora? — Las mejillas del hispano se pusieron coloradas, rojo contrastando con su piel morena, resaltando sus ojos verdes. Arthur tomó de nuevo sus cuadernos, ignorando la reacción del otro. — ¿Puedo ir a mi siguiente clase ahora?
—Sí…—sonó muy decepcionado, casi deprimido. Francis y Gilbert al verlo levantarse entraron de inmediato.
Aún contra sus instintos, Arthur se detuvo antes de salir. —Lo siento, Antonio. Si te hace sentir mejor lo tomaré en cuenta para futuras invitaciones. —entonces vio la cara del otro iluminarse tal cual sol al amanecer y salió disparado de ahí. No quería un abrazo de oso, gracias. Aunque ciertamente Antonio jamás se lo daría.
—.—.—.—.—
Lovino se topó con Ludwig en la última clase antes del almuerzo. El alemán intento por todos los medios rodearlo, poniendo mala cara cuando notó que el hermano mayor de Feliciano tenía intención de hablar con él. ¿Es que era mucho pedir una conversación sin groserías o insultos?
—Oye, jodida patata. —cruzó sus brazos sobre su pecho, impidiéndole seguir avanzando.
—Tengo clase, hermano de Feliciano.
—Y yo un nombre, estúpida patata. —atacó frunciendo la nariz. —Pero no entremos en detalles irrelevantes.
—Ya.
— ¿Dónde está mi jodido hermano? —preguntó sin interés. Ludwig se preguntaba muy seguido si a Lovino realmente le importaba su hermano. No le hablaba mejor a él al menos eso le quedaba bastante claro.
—Los profesores se lo llevaron para seguir con sus pinturas. Están dudando porque aún no las termina y el festival cultural es en dos semanas.
—Sé cuándo es.
—Creo que sólo lleva dos pinturas terminadas de las diez que debe entregar. Si no se la pasara durmiendo o comiendo pasta podría avanzar mucho más rápido. —Lovino arqueó una ceja ante el reproche de la patata. Ludwig puso una mano en su mentón, buscando una solución al problema. —Y yo sólo puedo vigilarlo después de clases. Quizás tú…—al fijarse de nuevo en el italiano este ya le daba la espalda, encaminándose al salón de al lado.
—Con decirme que no sabías bastaba. —se metió de lleno al salón, no sin antes sacarle el dedo de en medio.
Lovino se dejó caer en su asiento resignado, todo por la culpa de su inútil hermano tuvo que hablarle a la patata. El muy bastardo se le escapo toda la semana después de la salida con Antonio, parecía estarle rehuyendo; sin embargo, Lovino en el fondo podía darse una idea de cuan presionado estaba, todo a causa de que los malditos profesores pensaban que sus obras podían hacerse en menos de un mes. Es decir, dos cuadros en una semana ya era un gran logro.
—Mierda, Matthew luces horrible. —comentó de pronto, olvidándose de sus problemas. La cara del chico fantasma era similar a eso, un fantasma. Sus ojos azules estaban tocando lo opaco y sin vida, las bolsas debajo de sus ojos tomaban un color morado y la piel pálida que se cargaba no ayudaba precisamente, mucho menos con su melena revuelta.
—Alfred hizo una pijamada anoche. —suspiró, recostándose sobre el pupitre. Lovi se tuvo que girar para seguir con la plática.
—Pero ayer fue martes.
—Lo mismo le dije yo. —su voz se volvió débil, igualando el tono anterior al conocerlo. —No quiso escuchar y estuvo brincando en mi habitación de un lado a otro.
— ¿Y tú compañero de cuarto?
—Tiene una semana libre por una cuestión familiar.
Matthew se quitó las gafas, acurrucándose entre sus brazos. Lovino sintió un poco de pena por él, definitivamente si algo sabía era que se sentía tener un hermano molesto; aunque sin duda su Feliciano era mucho mejor que Alfred en todos los aspectos. La tontería del americano no la igualaba nadie, quizás Arthur, pero él era idiota en otro sentido. Por eso hacían tan buena pareja.
La clase comenzó a los pocos minutos, donde Matthew por primera vez en su vida se alegró de ser invisible ante los profesores.
—.—.—.—.—
La clase se le estaba haciendo absurdamente tediosa, llena de habladuría por parte del profesor de historia universal. Él ya sabía la historia del Virreinato, por favor, era español. Soltó un bufido, resbalando por su pupitre mirando la pizarra con una indiferencia muy impropia de él. Algunas chicas, las más atentas a él que a la clase se observaron unas a otras, preocupadas por Antonio. Al final, entre tantos murmullos sólo lograron que todos le pusieran atención al hispano, profesor incluido.
—Joven Fernández, si le molesta mi clase puede retirarse. —reprendió, cerrando de golpe el libro que sostenía en su mano. Antonio lo miró soltando un suspiro, poco interesado en lo que decía.
— ¡Qué! ¿Eso se puede? —Gilbert al fondo del salón, intercedió, tomando la misma posición de Antonio. Inclusive cerró los ojos para darle más énfasis. Algunos alumnos soltaron risitas, luego de unos segundos abrió un ojo centrándose en el maestro que lucía mucho más irritado. — ¿Puedo salir ahora también?
Justo iba a reprochar cuando notó que la figura delante de Gilbert tenía el libro sobre la cabeza mientras dormía plácidamente en su clase. Gilbert sin querer dio un porrazo a la mesa cuando se cuadro de hombros, retomando su posición normal en la banca. Entre dientes el profesor murmuró una maldición muy baja, golpeó el atril de madera dejando volar unas hojas que fueron directo al suelo y estalló.
— ¡Fuera de mi clase, los tres!
Gilbert dejó un Y E S impregnado en el aire. Haló a sus dos mejores amigos en el mundo, tomando sus cosas en el proceso y como si hubiese recibido algún tipo de entrenamiento dejó la escena del crimen en menos de cinco minutos. Al menos si reprobaban lo harían juntos.
Francis palmeó suavemente su boca al bostezar. No odiaba la historia, ese profesor no era exactamente la persona más entretenida del mundo por lo que recibir aire fresco después de un feo grito lo hizo sentir mucho mejor. Antonio aún jalado por Gilbert pajareaba en nubes imaginarias, lo cual era raro siendo que hace unas horas lucía deprimido por no convencer a Arthur de cancelar la invitación de la familia Vargas. Y pensando en el enano cejon, no le vio antes de salir de clase.
—Gilbo, ¿Dónde está Arthur?
—Yo que sé. —se encogió de hombros mirando a ambos lados de los pasillos para ver si no rondaba un prefecto o peor aún, Scott. —Se lo llevaron después de la tercera hora. Que suerte tiene él, no tuvo que escuchar la charla motivacional del viejo alíen.
—Oye, Toño. Despierta. —Francis lo zarandeó luego de escuchar la respuesta de Gilbert. —Deja de imaginarte al lindo Lovino en ropa interior.
— ¡No me estoy imaginando nada de eso! —contratacó sonrojado.
—Shhhh. —Gilbert se giró a ellos con un dedo sobre su boca.
—Oh, Gilbo. Sí quieres un beso sólo tienes que pedirlo. —Francis extendió su mano a él, tomándola con suavidad. Los músculos del alemán se tensaron ante el contacto, recordando de pronto que su amigo francés era una de las personas más peligrosas que tuvo el gusto de conocer.
— ¡No, no quiero nada de eso! —chilló alejándose, poniéndose detrás de Antonio para escudarse. — ¡Viejo, me das escalofríos!
Francis soltó una risita pícara. —Se me olvida que eres el más virgen de los tres.
— ¡Eso no tiene nada que ver con esto! —reprochó saliendo de la espalda de Antonio, el español se mordió los labios para no reírse. — ¡Mi asombrosa persona no está dispuesta a aceptar que un hombre le bese!
—Sólo tienes que entregarte al tío Francis, Gilbo.
—Chicos…—Antonio intentó calmarlos, poniéndose en medio.
— ¡Ustedes tres! —gritó un prefecto corriendo a ellos. — ¡Vengan aquí en este instante!
Los llevaron a un laboratorio de primer año, castigándolos con ordenar todos los materiales químicos, limpiar mesas, estantes y reacomodar los accesorios en sus respectivos lugares. El BFT suspiró con resignación una vez que fueron abandonados en las instalaciones, con una advertencia nada amable sobre no romper absolutamente nada. A veces deseaban que Gakuen no fuera tan estricta con los alumnos.
—Se han atrevido a darnos dos horas de castigo con Scott. —bufó Gilbert acomodándose la bata. Francis y Antonio asintieron con tristeza. —Incluso prefiero al simplón de Arthur.
—"Como son de su grupo seguro que sois amiguitos." —Antonio imitó al prefecto con burla.
—Yo podría ser más que un amigo…
— ¡Fran! —gritaron ambos, apresurándose a sacar los utensilios de limpieza.
—Vamos chicos, sé que más de una vez han tenido sueños húmedos con el tío Fran.
—Estoy preocupado de que puedas ser una chica en tu otra vida. —comentó Gilbert, exprimiendo un trapo. —Nunca renazcas, Fran.
—Eso es muy cruel. —chilló dramáticamente, poniéndose gotitas de agua en las mejillas, simulando lágrimas. — ¿No lo crees Toño?
—Pienso que renacerías como una chica mágica con vello grueso en sus piernas. —dijo Antonio pensándolo detenidamente.
— ¡Digan lo que quieran, sería la chica más sexy en la faz de la tierra! —gritó.
—.—.—.—.—
Arthur entró al lado de Roderich, por casualidad se lo topó al entrar a el edificio administrativo y entre quejas de lo tonto que era consiguieron llegar sin ningún cabello despeinado. O al menos Roderich, el austriaco le dio un leve tirón de cabello en el pasillo por haber dicho alguna especie de obscenidad no descubierta aún. Era difícil saber que ofendía al señorito y que no, Arthur ni siquiera estaba seguro de que algo no le molestara. Scott y Vash los miraron entrar, alzando una ceja, el mayor de todos se acercó a Arthur acomodándole bruscamente el cabello.
—Hablaremos con el nuevo director. —anunció a los recién llegados.
—Me parece poco ortodoxo que nos saque a la mitad de clase. —se quejó Roderich tomando asiento.
—Estaba en medio de una práctica de tiro largo. Hay competencia pronto, no puedo estarme distrayendo.
— ¿Alguna vez entras a clases? —preguntó molesto su compañero en la tesorería. Scott rodó los ojos ante sus protestas. —¿Cómo sigues sacando buenas notas si faltas todo el día?
—No falto todo el día.
—Sí, tú lo haces. —tomó uno de los libros gruesos de Scott, hojeándolo con aburrimiento. — ¿De verdad, Scott? ¿Tú interesado en la arquitectura grecorromana?
— ¿Estás en tus días, señorito? —gruñó en respuesta. Roderich iba a replicar ese estúpido mote, dado por Gilbert por supuesto, pero el director dio su entrada en ese instante, junto a Iván.
―Lamento la tardanza, jóvenes. ―el director tenía la misma aura intimidadora que al presentarse a toda la escuela, y al ser menos personas, era mucho más abrumadora. ―Como ya saben, él es mi hijo, Iván. ―el enorme muchacho se adelantó un poco a su padre, dándoles una sonrisa que consideraron tenebrosa. Arthur sintió que el ruso era demasiado intimidador para ser un año menor que él, joder, era una montaña de músculos guardados en su gabardina.
―Han de preguntarse por qué los cite aquí. ―comenzó Vasili. El hombre mayor, con las manos en la espalda y postura recta se paseó por el salón, tanteando las miradas sobre cada uno de los presentes excepto Iván. ―Escuché de los altos mandos que ustedes representan al alumnado. ¿Quién es el presidente?
―Yo, señor. ―dijo Scott alzando la mano. Arthur notó la mirada acida del directivo dirigida a su hermano. ― ¿Necesita algo?
―Seré claro, Sr. Kirkland. ―suspiró. Iván saco del portafolio que cargaba una encuadernación de varias hojas sin pasta, afilando la mirada se podía apreciar el nombre y escudo de la escuela. ―Este es mi contrato indefinido. Contrario al antiguo director, detallé cada parte de lo puntualizado aquí, y encontré algo interesante.
―No comprendo…
―Articulo ciento dieciséis, inciso A, el director de esta institución puede moldear a los miembros del consejo estudiantil a su forma o en dado caso de la falla en sus funciones puede destituirlos si así es requerido. ―citó. Tenía la página marcada, estaba preparado para eso. Arthur miró a su hermano, lucía calmado a comparación de Roderich y Vash.
― ¿Quiere que renuncié a mi puesto de presidente escolar? ―obvió, la voz de Scott sonaba como un demonio mismo a pesar de que su cara lucía glacial. ― ¿Qué pruebas tiene en contra del incumplimiento con mis funciones laborales?
―Calma, niño. ―continuó Vasili, en su rostro mostraba su triunfante sonrisa. ―Contrario a lo que estás pensando, no tengo tantos derechos; tú familia es poderosa, ha donado mucho a esta escuela, los altos mandos te adoran a ti y a tu hermano. Pedir la destitución de tus deberes desataría la ira de tu padre. Y nadie quiere eso.
― ¿Qué me está intentando decir entonces? ―siseó Scott. Sus dientes rechinaron al apretar su boca. Arthur fácilmente podía compararlo con un león enjaulado. ― ¿Quiere cambiar mi manera de dirigir la escuela?
―Mi orden es que renuncies a tu puesto. Por voluntad propia, tú y tu hermano. ―señaló a Arthur. Scott se quedó mudo, mirándole entre sorprendido y como si fuese estúpido. ―Mi hijo Iván, se encargará de darle un nuevo sistema a la escuela como presidente escolar. Uniremos la presidencia estudiantil con el comité disciplinario, ya no serán necesarios en ninguna de sus áreas. Sólo serán estudiantes normales, ¿no les hace feliz eso?
Arthur quiso reprocharle miles de cosas, sobre todo que ellos dos sabían mejor que nadie como funcionaba la escuela y sus alumnos. Scott se había ganado la presidencia justamente en segundo año y en primero se dedicó al comité de ayuda estudiantil, él más que nadie se esforzaba en esa escuela que los detestaba tanto. Una parte de él se dio cuenta, estaba adulando demasiado a su hermano, tanto que le molestaba. Luego se ocuparía de eso, antes debían salvar sus traseros y pegarlos todavía más a la presidencia estudiantil.
― ¿Por qué deberíamos obedecerlo? ―gruñó Scott. Una sonrisa macabra se le formo en el rostro. ―Cómo usted ha dicho, la familia Kirkland…
―Sé por dónde va tu argumento niñato. ―cortó Vasili. ―Siendo una de las principales donantes, ¿qué te hace no ir corriendo a contarle a tu padre lo que acabo de decir? ―Scott borró la sonrisa de sus labios, transformándola en una mueca. ―Nada lo detiene, excepto el hecho de que mi querido hijo, junto con sus hermanas han colgado esto por toda la institución.
De nuevo del portafolio, Iván que no había dicho ni una sola palabra hasta el momento, mostró un panfleto. Arthur se congelo sobre el suelo, su piel paso a ser pálida y por un momento Roderich pudo jurar que tenía lagrimitas en los ojos, ojos que se cruzaron con los de Scott por varios segundos. El panfleto mostraba a Arthur y Alfred juntos, besándose.
Scott escuchó un pitido sordo. Arthur tembló ante el suspiró que profirió su hermano. Definitivamente acabaría muerto al finalizar esa platica.
—.—.—.—.—
Emma se pasó del lado derecho de Antonio tarareando una pegajosa canción que estaba de moda últimamente entre los estudiantes de Gakuen. Chocaron camino cuando literalmente Antonio casi tira a Emma al llevar una pila de carpetas impuestas por Scott. Al parecer el presidente de la escuela estaba con ánimos de mil perros encabronados y les alargo el castigo por una semana a él y al resto del Bad Friend Trío. Así que ahora su exnovia le acompañaba a la sala de profesores con una sonrisa en su rostro y un cuarto de carpetas sobre sus manos.
―De verdad puedo encargarme yo, Bel. ―dijo apenado.
―Nada de eso, casi me arrollas con todo y hojas. ―contestó ella echándose con un movimiento de cabeza sus rubios cabellos atrás del hombro. ―Y no estoy cargando algo realmente pesado.
―Si tu hermano me ve terminaré con la nariz y quizás otra cosa rota.
― ¿Desde cuándo le tienes miedo a mi hermano? ―añadió con sorpresa. Antonio cerró la boca en un movimiento, apretando los labios contra sus dientes. ― ¿Qué, de verdad?
―No le tengo miedo, Bel. ―suspiró recargando la barbilla en las demás carpetas. ―Sólo soy cuidadoso.
― ¿Cuidadoso? ―incitó Emma, una sonrisa gatuna se apoderó de sus labios. Antonio miró al frente, algunos chicos de primer año jugaban fútbol de manera ilícita entre los jardines de la escuela, no tardó mucho para que los miembros del comité disciplinario fueran a reprenderlos.
― ¿Y cómo te va a ti en tu grupo? ―preguntó cambiando de tema. Su amiga pudo notar con claridad que intentaba averiguar, para ella Antonio no era más que un libro abierto esperando ser explorado.
―Si te refieres a todo el lío que paso con Govert, va… ¿bien? ―rascó su cabeza, sin llegar a un acuerdo con ella misma. ―Realmente no lo sé. Esta todo igual que siempre, con la ligera diferencia que todos me ven como un monstruo o algo similar, quizás un cíclope.
―Emma eres mucho más bonita que un cíclope. Y más importante, no tienes solo un ojo.
―Estamos estudiando la cultura greco-romana en clase. ―se encogió de hombros, doblando por la esquina que daba al edificio donde tenían que ir. ―Fue lo primero que se me vino a la mente.
―Pintarías muy bien como una ninfa de bosque.
―Los halagos no te llevaran a ninguna parte. ―chasqueó los dedos de su mano derecha, formando una pistola con sus dedos al final. Cosa que entorpeció su agarre en las carpetas y estas cayeron al suelo dispersando unas cuantas hojas que estaba sueltas. ―Ay, perdón.
Feliciano salió por un poco de aire, tras haber pintado desde la mañana, estaba exhausto. El óleo consiguió marearlo, el color azul también; aunque amara y adorara la pintura aún no estaba listo para pasar doce horas seguidas pintando un lienzo que conforme avanzaba se iba tomando un poco más grotesco de lo planeado. No le estaba gustando nada su arte, y los profesores no le daban ningún descanso diciendo que al paso que iba no conseguiría acabar las diez pinturas planeadas para su exposición.
―Veee~
Delante de él se encontraba el hermano Antonio ayudando a una chica, la cual conocía de algún lado sólo que no recordaba donde. En vano trato de hacer memoria, seguro que no olvidaría una belleza como ella, pudiera ser que tanto tiempo encerrado incluso afectaba a su memoria. Pero quitando de lado eso, le extrañaba que aquella escena fuera terriblemente natural; es decir, Antonio lucía como si lo que más deseara fuera tomar la mano de ella y correr lejos de ahí. Eso no podía ser, porque hasta donde él tenía entendido el hermano Antonio estaba enamorado de su hermano Lovino.
¿O serían imaginaciones suyas? No, él lo vio con sus propios ojos. El abrazo del sábado antepasado aún seguía en su memoria, de hecho, esa había sido su primera pintura.
Antonio ni siquiera se percató que Feliciano estaba en pie, del otro lado, observándolos. Ayudó como pudo a Emma a recoger las carpetas, sin tirar las propias, y se encaminaron dentro del edificio de nuevo haciéndole burla a la rubia por su torpeza. No tardaron mucho en dejar las cosas en el lugar que pertenecían, después de un pequeño sello en la tarjeta de Antonio anunciando que cumplió con sus deberes del día salieron de ahí.
Con cautela el español retomó el tema anterior. ― ¿Entonces… todo va bien?
― ¿Quieres saber algo en específico, Toño? ―preguntó ella dándole una mirada fugaz. Mentiría si dijera que no se puso nerviosa cuando notó el cuerpo contrario tensarse.
―Bel… yo…
Emma apretó sus puños contra su falda, a un costado se encontraba la persona que había querido tanto preguntándole si todo iba bien, si ya nadie se atrevía a meterse con ella gracias a su hermano y al nombre de la familia Vargas resonando con el propio. No era que fuera una malagradecida, todo lo contrario, le tomó un increíble apreció a Lovino por ensuciar su nombre con el de ella. Sólo que aún era difícil alzar la cara sin que nadie le aporreara con insultos, miradas feas o cosas peores.
―Nunca me preguntaste nada. ―balbuceó, los dedos de sus manos cosquilleaban asustados. Tenía miedo de que Antonio dejara de hablarle si se quejaba tan sólo un poco, no quería perder a uno de los pocos amigos que le quedaban, mucho menos a él. ―Me sentí completamente abandonada.
El hispano dejó de avanzar, centrando su atención en la chica. Estaban bastante alejados ya de los demás, en un sitio seguro para ambos, donde nadie podía juzgar a Emma o ponerla en la mira para más abusos. Aunque hace bastante que eso ya se había terminado, sólo que él no lo sabía y Bel estaba intentando olvidar todo como para notarlo. La justicia de Govert rindió sus frutos.
―Emma, ven. ―la llamó por su nombre asegurando toda seriedad y atención en ella. Se sentaron en el borde del edificio, la sombra de este caía sobre ambos. ―Déjame escucharte, ―pidió al verla abrazar sus rodillas. ―tienes todo el derecho de recriminarme, de golpearme y si quieres, dejarme de hablar.
― ¡Eso nunca! ―reprochó tomándolo del brazo.
―Sólo si quieres…
―No podría dejarte de hablar, Antonio. Ni siquiera sé si sería capaz de despreciarte, eres demasiado importante para mí.
―Emma…―Antonio se cuestionó por un momento si los sentimientos de Emma no cambiaron después de tanto tiempo, ¿sería capaz de rechazarlos después de todo lo que le hizo pasar?
―Ya no te amo. ―cortó al ver su rostro. ―No tienes que preocuparte de mis sentimientos, Toño. Son distintos a los de antes. Oye, luce un poco más animado, ¿realmente quieres que me enamore de nuevo de ti? ¡No! ¿Lo ves?
―Emma no he dicho absolutamente nada.
―No es necesario, tú cara lo dice todo. ―sonrió. Echó su cabeza al hombro de Antonio, disfrutando su compañía. El español no hizo un ademán para moverla, incluso disfruto el silencio formado, a pesar de que se moría de ganas por continuar la plática. Emma pudo notar eso, por lo que retomó la palabra: ―Lo pasado es pasado ya, Antonio. No vivas con ello.
―Me siento terriblemente culpable por ello, Bel. Yo pude haberte ayudado, estaba tan ciego al considerar a esas personas mis amigos que…
La rubia negó con la cabeza, deteniéndolo con una mano sobre su boca. ―Detente. Ya lo he superado.
―Nunca hablamos de ello… no me mientas, Emma, sé que me guardas rencor por no rescatarte.
―Tú y mi hermano sacan teorías muy precipitadas. Cómo que necesitaba venganza o que el odio y el resentimiento tomaron mi pequeño cuerpo y lo sumergieron en vino de ira. ―Antonio frunció sus cejas al notar el tono de juego de su voz. ―No es ni la una ni la otra, Toño. Sólo estoy intentando superarlo, con buenos recuerdos de esta escuela.
―Tenemos que hablar de ello, Emma.
―Si quieres que te golpeé o te diga de cosas por no rescatarme no sucederá. ―la chica se puso de pie, sacudiéndose la falda. ―Poco me apetece recordar cuantas veces pase por lo mismo, si deseas que te castigue con mis palabras te castigaré con mi silencio, Toño.
―Emma…
―En vez de estar recordando el pasado, deberías intentar mirar el presente. Aprende de los errores y no los cometas de nuevo.
Se inclinó a él y beso su frente. Puro, sencillo, lleno de cariño que todavía le guardaba. El lazo que tenían no se había roto, seguía ahí solo que de manera diferente. Podría decirse que fue un beso de despedida a sus antiguos sentimientos, por parte de ambos. Un beso que decía miles de palabras pese que, a la vez ninguna, entre aquellas palabras ambos pudieron oír un casto, gracias por amarme.
―.―.―.―.―
Arthur tenía la cabeza gacha cuando Alfred entró. Gritó un par de veces en el pasillo esperando que Arthur saliera y le ordenara silencio. Al momento comprendió que no sucedería, se metió con cuidado a la sala del comité, esperando encontrar a Scott ahí; ya listo para las amenazas sin sentido del hermano paranoico de su pareja.
―Arthur, ¿estás solo? ―preguntó con cautela. Todo buen héroe debía asegurarse de que la pista estuviera despejada.
―Sí. ―arrastró su palabra, recostándose mejor en el sillón. El rostro de le hundió en forma que no pudiera verlo, fue cuando notó que quizás algo iba terriblemente mal, Arthur contraía su cuerpo con dolor, manteniendo una mano sobre la otra. Aún no le daba la cara. ― ¿Puedes volver más tarde? ―preguntó con la voz quebrada. Era todo lo que el héroe necesito.
Se acercó a él, poniéndose en cuclillas al borde del sillón, tocando sus manos, abrazándolas con las propias. El inglés pego un pequeño brinco al sentirlo a su lado, abriendo sus ojos, reflejando el verde de su iris entre el flequillo rubio que le caía desordenado a un lado; Alfred tembló un poco ante ver la versión malvada de Arthur. El príncipe de las sombras como antiguamente le llamaría antes.
― ¿Te encuentras bien?
―No. ―respondió retirando sus manos de las suyas. Alfred quiso volver a tomarlas, no se dejó y las ocultó entre el sillón y su cuerpo.
―Puedes hablar conmigo.
―Vete, Alfred. Mis ganas de verte son nulas. ―el ácido en su voz le pegó un golpe al pecho de Alfred. ―Puedes ir con Matthew a la biblioteca, ahí ésta Roderich. Pídanle que se encargue de sus tutorías por hoy, no se negara.
―Pero-
―Si no quieres causarle más problemas, lárgate. ―Scott apareció en silencio por la puerta principal. El americano pegó un brinquito, asustado de verle ahí, dejó toda su virilidad al ver a Arthur en ese estado por lo que no estaba preparado para enfrentarlo. Scott lo tomó por el hombro, echándolo a un lado, Alfred cayó de sentón en la alfombra persa que cubría gran parte de la madera en el suelo.
―Hazlo, Alfred. ―pidió Arthur poniéndose de pie. Quizá su imaginación le jugó una mala pasada, porque podría jurar que Arthur hizo una mueca de dolor al levantarse de su asiento.
Los ojos azules de Alfred viajaron a Scott, él llevaba unos papeles en sus manos, una pila de veinticinco hojas al menos. El hermano de Arthur le veía con una indiferencia glacial, cero amenazas, cero paranoias y aquello le erizo los cabellos de la nuca, de lo que se había dado cuenta en todo el tiempo que compartieron es que la tranquilidad no era un atributo de la familia Kirkland. No podía decir qué, pero toda esa situación le ponía nervioso. ¿De verdad estaba bien dejar a Arthur con Scott en esos momentos?
― ¿Tengo que abrir la puerta para ti? ―preguntó lleno de sarcasmo. El americano se estremeció dentro de su chaqueta, buscando fuerzas para ir por Arthur y correr a un lugar seguro. Eso habría hecho Spiderman por M.J si se encontraba en peligro, ¿no? Con la pequeña diferencia que él no tenía telaraña o super reflejos para esquivar los seguros golpes de Scott. ― ¿No entiendes?
―Scott. ―Arthur lo tomó por el brazo, impidiéndole llegar a él. Su hermano se libró del agarre, tomando una de las hojas que portaba y a pesar de los intentos fallidos de quitársela por parte de Arthur, que hacía muecas adoloridas cada vez más, confirmándole la señal a Alfred; Scott la volteó, mostrándola.
Arthur y él besándose. Las mejillas se le ruborizaron infantilmente. Balbuceó un par de incoherencias antes de notar que la tensión de sus hombros ni siquiera desaparición. Los Kirkland apretaban los puños, Arthur a sus lados, arrugando su saco; Scott sobre las hojas.
―Tenemos bastantes problemas con esto, Alfred. ―dijo Arthur, bajando la mano de su hermano. ―Hablaremos luego.
― ¡Eso es un nuevo nivel de descaro! ―gritó Scott, volteándose con las manos en el cielo, tirando las demás hojas. Todas con la misma imagen impregnada. El pelirrojo las piso sin importancia, murmurando varias cosas sin sentido. Alfred comprendió la mirada que Arthur le daba, asintió con pesar, dio media vuelta y salió por la puerta en silencio. Se quedó unos minutos en silencio detrás de la puerta, esperando que le dieran pauta para entrar de nuevo, ni un solo sonido se escuchaba, cómo si no hubiese nadie del otro lado.
Se alzó los lentes, mordiendo sus labios con fuerza. Su instinto de héroe no podía esperar a su conversación con Arthur, quería respuestas y las quería ahora.
―.―.―.―.―
Lovino se hundió sobre su almohada, intentando concentrarse en la ecuación de segundo grado que tenía escrita en su cuaderno. Le dolía la espalda de estar tanto tiempo sentado, comprendiendo los textos de literatura e historia que le pusieron los profesores como tarea. Cualquiera diría que se la pasaría por cualquier parte antes de sentar su trasero sobre una silla, sin embargo, necesitaba algo para distraerse de los continuos pensamientos sobre Antonio. Su mente se distraía pensando en el abrazo pasado y cuanto quería que se repitiera.
―Mierda, me duelen los ojos. ―se quejó echando el cuaderno al suelo, con lápiz y borrador incluido. Se acostó mirando el techo, exasperado. Aún estaba molesto con Antonio, un abrazo no podía resolverlo todo. Pataleó y arañó al aire, moviéndose bruscamente en la cama para borrar todas esas cosas que le atiborraban la mente.
Quería ir con el hispano y maldecirlo en sobremanera por ponerlo en ese estado, pero no sabía dónde estaba. No había cruzado con Antonio todo el día, además no es que su relación estuviera muy bien ahora, solo regresaron a los saludos normales -e incomodos- de todos los días. Si es que se lo topaba al estar con Govert, el demás BFT se encargaba de dejarles un momento a solas, llevándose de vez en cuando a Govert con ellos alegando que les debía dinero o algo así. La mayoría de veces Gilbert sólo robaba la comida que Emma preparaba o algún libro que estuviera leyendo el holandés en ese momento. Con esas acciones se fastidiaba de inmediato, tal vez Gilbert intentaba de una manera poco convencional joderle el día. Porque una cosa era que Antonio insinuara ciertas cosas a modo de juego y otra muy diferente es que el Bad Friends Trio actuara como si de verdad el español estuviera enamorado de él y le buscaran un tiempo a solas como chavales enamorados. Eso era cosa de niños de diez años. Aunque la edad mental de esos tres no debía diferenciar mucho.
La puerta se abrió con un rechinido molesto, dando paso a Arthur. El pobre lucía cansado, arrastraba los pies al caminar y para sorpresa de Lovino tenía ojeras debajo de los ojos a pesar de que en la mañana lucía increíblemente bien. Sus manos traían tres cuadernillos de al menos cien hojas. Lovino sintió lastima por él, aunque no supo por qué.
—Mucho trabajo, ¿eh, cejotas? —preguntó fingiendo desinterés. El inglés dejo las hojas sobre su cama, sin prestarle atención se encamino al baño con pijama bajo el brazo. —Puff. Bastardo. —suspiró haciendo un mohín en el rostro. Divisó los cuadernillos en la cama de Arthur, curioso se acercó a ellos, volteando de vez en cuando para ver si la puerta del baño volvía a abrirse.
Uno de los libretos tenía varias partes subrayadas con marca textos de color azul y amarillo. Lovino lo reconoció como el reglamento escolar, en específico la sección de los comités y clubes escolares, que por cierto no eran demasiados. Algunas notas con lápiz estaban en el borde blanco de las hojas, no entendió muy bien porque todas se encontraban en inglés, pero pudo reconocer palabras como duty, responsibility y varias cosillas más que tenían que ver con el comité, derechos y obligaciones. Definitivamente tenía que practicar su inglés.
— ¿Hurgando en mis cosas, Lovino? —preguntó alzando una ceja. El italiano intento no reír. —Deja ahí.
—Nadie está tocando tu basura. —se quejó echándose a un lado. Arthur tomó las hojas con expresión afligida y las puso sobre la mesa de noche. — ¿Vas a trabajar aquí, justo a la hora de dormir? —preguntó al verlo tomar asiento. No, claro que no. Él tenía una cita con su cama y no iba a cancelarla.
—Es mi habitación también, niñato. Así que puedo hacer y deshacer lo que me plazca.
— ¡Eso sí que no! —le arrebato las hojas con molestia. Arthur se paró molesto, sintiendo un tirón en los músculos que le obligo a sentarse de nuevo. —Oye… ¿qué fue eso?
—Nada. —disimuladamente se tocó el costado, agriando su expresión. Lovino esperó un par de minutos hasta que Arthur le extendió la mano, haciendo un puchero. —Dame mi trabajo.
Seguramente ante Alfred luciría adorable, y este cedería, pero eso no funcionaba con él. —Arre-ba-ta-me-lo. —deletreó poniendo una sonrisa sádica en el rostro. El inglés abrió la boca para reprochar, antes de lanzarse literalmente sobre él y tirarlo sobre su propia cama. A pesar de los gestos de dolor que ponía el inglés, batallaron un poco; Lovino se volteó dándole la espalda, abrazando las hojas contra su pecho. No fue hasta que Arthur se detuvo de pronto con un gemido que Lovino se giró a él, espantado.
— ¿Bastardo? —llamó, Arthur se tiró en la cama, sobándose la parte baja de las costillas y el pecho. —Oye, cejotas.
No contestaba, es más, parecía que se desmayaría en un santiamén. El color de su rostro se tornó muy blanco para el gusto del italiano y el sudor comenzó a emanar de él, acompañado de una respiración entrecortada. Lovino se puso de pie de un salto, tirando las hojas el suelo. ¿Qué le había dicho Antonio cuando trataba a una persona enferma? No lo recordaba. ¡Qué rayos, el español estaba a tres habitaciones de ahí!
— ¿A dónde crees que vas? —preguntó el inglés, tomándolo de la muñeca. El color poco a poco regresaba a él.
— ¿Tú donde crees, imbécil? Voy por la estúpida enfermera española.
—No. —cómo pudo se incorporó sobre la cama, respirando con dificultad. —Estoy bien, sólo me duele un poco el costado
— ¡Es obvio que no estás bien! —intentó volver a recostarlo, Arthur no se dejó. Lovino se pasó una mano por el cabello, haciendo rebotar su rulo un par de veces. —Escucha bastardo, si estás bien como dices no tiene nada de malo que llame a ese bastardo a revisarte.
—Antonio no me tiene tanta estima como a ti. —jadeó con una sonrisa burlona.
—Ya. Entonces llamaré a Alfred, estoy seguro de que sí estuvo en la milicia debe saber algo de medicina.
—Su cerebro sólo piensa en comics. —contestó sobándose la parte afectada. Al ver que Lovino no cambiaría de opinión y sobre todo que él no tenía la fuerza para impedírselo, suspiró. —Mira, esto es algo de lo que no se debe enterar nadie. Y si de mi fuera no lo contaría, mucho menos a ti.
Con cuidado se desabotono el pijama, Lovino estuvo a punto de preguntarle porque estaba haciendo algo tan repulsivo cuando el cuerpo de Arthur le contesto la pregunta, de una manera horripilante. Tenía un exuberante moretón recién hecho entre verdoso, rojo y morado, abarcando toda la costilla. Notó otros más pequeños por el estómago y las caderas. Lovino tembló ante la naturalidad con la que Arthur los miraba.
— ¿Quién…?
—Ya había pasado mucho tiempo desde que me dio una verdadera paliza. —suspiró con una perturbadora nostalgia. Sin saber cómo Lovino adivinó que se trataba de su hermano mayor, Scott.
—Arthur, esto…
—Sólo ayúdame a ponerme ungüento en la espalda, no fui capaz de alcanzarme. —pidió extendiéndole la pomada que saco de su pantalón. —Y una venda.
Lovino asintió en silencio, tragando saliva con pesar. Estuvo a punto de tirar el frasquito de Arthur, sus manos temblaban sin poder evitarlo. ¿Cómo era capaz de hacerle eso a su hermano menor? Llenarlo de moretones sin ningún resentimiento, dejarlo botado, caminar herido. Su mente de inmediato viajo a Feliciano, en cuanto se había esforzado por mantenerlo lejos de cualquier sufrimiento, incluso si se tuvo que alejar bastante tiempo para que le tuviera más confianza a una patata que a él. ¿Cómo Scott era capaz de hacer semejante cosa? ¿No tendría algún resentimiento en esa cabeza dura? ¿Por qué no entendía que un hermano mayor estaba para proteger a sus hermanos no para lastimarlos más?
— ¿Lovino? —farfulló Arthur al notar como sus dedos se detuvieron en uno de los moretones. Giró la cabeza suavemente, observándolo de reojo. Sintió un nudo en la garganta y algo contrayéndose en su estómago, ahogó un sollozó al sentir las lágrimas acumularse en su rostro.
Lovino tenía la cara empapada en lágrimas.
En silencio continuó aplicando la pomada en su espalda, terminando por rodearlo con la venda que le proporciono Arthur. Ninguno de los dos habló más del tema.
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Dos días pasaron más rápido de lo que imagino, aún sin hallar respuesta de lo sucedido con Arthur. Alfred se sentó en la jardinera con las piernas cruzadas, abriendo uno de sus más valiosos comics donde Los Vengadores se enfrentaban contra el Devorador de Mundos, Galactus. La verdad no prestó atención a las primeras cuatro páginas, luego se dio cuenta que su mente viajaba a las reacciones de Arthur los días anteriores; las tutorías se las daba otro chico de algún comité, mucho menos estricto y que sólo le dejaba ejercicios al azar. Matthew estaba igual o peor que él, buscando hablar con Arthur cada vez que podía, el inglés hacía caso omiso a sus visitas ya fueran en su habitación o en la sala.
—El Rey de las Sombras tiene que ver con esto. —murmuró, mordiéndose el dedo pulgar. Con cuidado, como buen freak, guardó el comic en su bolsa y lo metió en una carpeta dentro su mochila.
— ¿Qué pasa? ¿Comic equivocado? —preguntó Arthur apareciendo a su lado. Alfred pegó un brinco del susto. —Miedoso.
— ¡Arthur! —sus ojos destellaron con emoción, haciendo sonrojar al otro. Nadie nunca había estado tan feliz de verlo. Alfred intento abrazarlo, el inglés detuvo sus brazos antes de que llegasen a tocarlo, aún le dolían las heridas que tenía.
—Recuerda la foto. Nos meteremos en más problemas si sigues igual de afectuoso.
—Pero quiero abrazarte. —murmuró apachurrado. —Ni siquiera puedo besarte entonces.
—Lo siento. Pasará pronto, lo prometo. —acarició su cabello con cariño, Alfred le sonrió.
—Pensé que la presión de mi padre evitaría esto. —Iván de repente salió detrás del árbol donde se encontraban. Arthur dio un pequeño brinco del susto ante la presencia del hijo del director. Alfred frunció la boca, recordaba a ese chico, era su compañero de curso y el villano de villanos, él sonreía con maldad.
—Ugh. Sí. —respondió Arthur, incomodo ante su presencia. Esperando a que no fuera corriendo a contarle a Scott que se encontró con Alfred. — ¿Necesitas algo?
—Sí, dah. —el ruso salió de su escondite, su sonrisa daba miedo. —Mi padre me ha pedido que me una al Comité Escolar, en lo que pasa lo inevitable.
—Aunque me lo pidas a mí, no soy el encargado de decidir eso. Scott está al mando, y dudo que quiera. —suspiró poniendo las manos en la cintura. — ¿Sabes en qué posición nos están dejando? Deberían parar con esto, nos están subestimando demasiado. Pronto encontraremos algo que usar contra ustedes…
Alfred miró a Arthur con aburrimiento. ¿Cuándo podría demostrar que era un héroe en toda esa charla sin sentido? Quería enfrentar a ese chico que lo mando a volar por los aires. Además, ni siquiera entendía de que estaban hablando.
—Mi padre desea que tomé el lugar de tu hermano lo más pronto que se pueda. —se encogió de hombros con la sonrisa tierna de su parte ni siquiera parecía que decía querer derrocarlos. —No pueden evitarlo. Él es el director.
— ¿Quieres tomar el lugar del Rey de las Sombras? —cuestionó sorprendido Alfred. El lugar perfecto para él y Scott, debía ser debatido, por supuesto. No podía haber dos reyes en un mismo reino.
— ¡No pueden venir y cambiar todo así de pronto! —reprochó Arthur. —No es justo, ustedes no se han esforzado tanto como nosotros. Yo—
—Pensé que no te gustaba ser el príncipe de las sombras. —declaró Alfred, ladeando su cabeza con confusión. Tal vez malinterpreto las facetas de Arthur en cuanto a su lugar en la escuela. El inglés le mando una mirada enfadada, era claro que no era momento de decir eso.
—Deberías dejar de preocuparte, —continuó Iván con su siempre tono dulzón. —en cuando me convierta en presidente de la escuela, serás al primero que deslinde de toda responsabilidad. A menos que gustes servirme, también me gustaría mucho.
Alfred notó como su novio se tensaba al lado suyo, pasando saliva con dificultad, fue incapaz de seguirle respondiendo a Iván. El ruso paso junto a él, deteniéndose justo a un costado, picoteando su mejilla. Arthur retiró con cautela la mano contraria, dándole una mueca fugaz. El americano hizo un mohín, sin comprender que se traían esos dos, ¿tanto significaba ese puesto? ¿Les pagarían acaso? ¿Arthur no podría descansar más si lo sacaban de ahí? ¡Podrían pasar mucho más tiempo juntos!
—Será muy divertido. —Iván le dio una mirada rápida a Alfred, retomando su camino, pasando por completo al inglés.
— ¡Espera! —gritó Alfred tomándolo por el hombro. Iván se giró a él con desagrado. —Un chico malo nunca acaba bien. —negó con la cabeza, preocupado. —Los héroes siempre terminamos ganando.
—Alfred, no…
— ¿No eres el chico que estaba con Toris? —preguntó calmado, aunque Arthur podía jurar que un aura morada lo estaba rodeando. — ¿Debería hacerte volar hasta el cielo esta vez?
—Gracias, no estoy interesado. —respondió devolviéndole la sonrisa. Una mucho más ingenua y tonta, con pisca de burla. Los dientes del ruso tronaron sin quitar el siempre amable gesto. —Estoy seguro de que Arthur puede contigo. Él es increíble.
Iván hizo una mueca de desagrado, chocando su hombro contra el de Alfred, al parecer ninguno de los dos cedió al final. Se miraron unos segundos antes de que el ruso siguiera su camino.
—Eso fue increíble. —Alfred se miró sus manos, emocionado. El inglés le dedico una sonrisa de lado, sin estar verdaderamente impresionado. — ¿Te encuentras bien?
—Perfectamente. —respondió, Jones supo de inmediato que estaba mintiendo. —Sólo quería pasar un momento contigo e Iván lo arruino.
—Puedes estar conmigo ahora. —palmeó la jardinera con suavidad, invitándolo a sentarse. Arthur no dudo en hacerlo, observando el cielo. Mientras Alfred se moría de ganas de preguntarle qué estaba ocurriendo con Iván, con Scott y con él. Decidió resolverlo en otra ocasión, ese era el momento de ambos; con cuidado puso su mochila en medio de ellos, cubriendo la vista para poder escabullir su mano y juntarla con la de Arthur. Por más que su novio se lo impidiera, anhelaba su contacto.
Al inglés no pareció molestarle, es más, entrelazo sus dedos con suavidad sobre los suyos.
—.—.—.—.—
Antonio azotó el vaso con soda sobre la mesa de la cafetería. Las chicas a su lado lo miraban preocupado, observándose unas a otras buscando alguna razón para que el sol de Gakuen estuviera tan apagado ese día. Francis y Gilbert al lado del español impedían que alguien se le acercara. Varios chicos, amigos de Antonio le preguntaban vagamente que es lo que tenía antes de encogerse de hombros o seguir su camino rumbo a la comida.
—No estés tan deprimido, Toño. —consoló Francis.
—Sí. Seguro no es que vaya a pasar tiempo con Govert o algo así. —dijo Gilbert, observando una lata de mini elotitos los cuales parecían quedarse hasta el fondo y no querer salir. Volvió la vista a ellos cuando sintió los ojos desaprobadores de Francis sobre él.
— ¡Pero me dijo que no! —chilló él, azotándose sobre la mesa. — ¡Con toda la extensión de la palabra!
—Sólo lo invitaste a sentarse contigo, Toño. No declaraste…tus sentimientos. —le susurró al oído Francis, fijándose en las chicas que parecían bastante intrigadas en su plática. —Eso no significa que ya no te quiera, igual sólo quiere estar con su hermano.
— ¡Qué tiene de bueno! —reprochó inflando las mejillas. —Lovi ya no me quiere.
Un golpe firme le llegó a la cabeza, causando que pegara su frente en la mesa de nuevo, de manera más brusca. Algunas chillaron ofendidas por la agresión a Antonio, otras arrugaron sus narices y las más bravas le mandaron maldiciones a la persona delante de ellas.
—Por supuesto que no te va a querer. —Emma apartó a Gilbert y sus elotitos, sentándose al lado de Antonio. Francis dio una sonrisa divertida a las jovencitas que lucían más como demonios ladrando en ese instante. — ¿Te has fijado en tus acciones estos últimos días?
— ¡Bel!
—La que viste y calza. —enseño sus manos y agito sus dedos, mostrando sus uñas recién pintadas de azul turquesa y puntitos plateados.
— ¿Qué estás haciendo aquí? ¿No es tiempo de jugar a la comidita con Govert? —preguntó Gilbert desinteresado. Con la manija del tenedor intentaba llegar al último elotito.
—Fue a buscar las tasitas de té. —se encogió de hombros con su usual sonrisa gatuna. —Pero eso no es lo importante, sino Lovi.
Antonio de pronto recordó que estaba deprimido por el rechazo de Lovino y se tiró sobre sus brazos. —Lovi ya no me quiere, Bel. Me odia.
—Estas exagerando. —suspiró Francis. Antonio en su estado depresivo era el Rey del drama. —Es sólo que invito a Lovino a comer pizza con nosotros…
—La princesa le dijo que se fuera a la mierda. —completó Gilbert.
—Exactamente con esas palabras. —murmuró Antonio escondido entre sus brazos. —Y después se fue a buscar a Feli.
Emma talló su barbilla frunciendo el gesto, un acto no apropiado para una señorita según Francis, aunque la verdad Emma se veía demasiado adorable con esa cara. La rubia rasco su cabeza, sacudiéndose el pelo después de unos momentos.
—Suena lógico para mí. —confesó de pronto mirando a Antonio.
—Emma…
—Estas siendo muy egoísta con Lovi. —siguió sin dejar que Francis la interrumpiera.
—Yo sólo quería comer con él.
Emma deambuló sus ojos gatunos por las chicas que se mantenían lo más cercanas posible a la mesa, fundiéndola con sus miradas celosas; una parte de ella quería cohibirse en ese momento. La otra parte deseaba echarles en cara todo el abuso que sufrió, todo lo que su hermano sacrifico por culpa de sus locos celos.
¿Lovino no pasaría por eso, cierto?
— ¿Emma? —Antonio se preocupó por ella, zarandeándola por el hombro. — ¿Te encuentras bien?
—Escucha Toño. —suspiró. Cerró los ojos por segundos, armándose de valor para lo que iba a decir; seguro que su hermano la mataría al enterarse que fue a la cafetería y se sentó junto a Antonio Fernandez y sus amigos lerdos, como solía llamarles él; era ahora o nunca. —Estoy enamorada de alguien.
Francis alzó una ceja, sin comprender a donde la chica quería llegar con eso. Gilbert dejó de cazar al elotito del fondo y se concentró en ella, tenía una sensación rara en el estómago. Antonio se mordió los labios, aguardando a que su antiguo amor continuara, rogando que no fuera lo que estaba pensando.
— ¿Y quién es? —preguntó al fin, Antonio sentía que su alma y corazón pendían de un hilo tan fino que ni siquiera era capaz de verse.
—Lovi.
Por varios minutos el silencio reino entre los cuatro, Francis y Gilbert intercambiaban miradas. Emma en cambio no quitaba los ojos de Antonio, sintiéndose mal casi al instante de decir el nombre de Lovino. El corazón palpitaba al mil por ciento, nerviosa e inexperta de la acción o reacción que Antonio tomaría en ese momento. Cuando al fin el español se movió Emma se echó a un lado, igualando a un gato asustado, chocó con Gilbert y pegó un codazo a la lata de elotitos que quedo en el suelo, liberando el último elotito que rodo por debajo de la mesa.
Antonio la observó largos segundos, reflejándose en los ojos de Emma. Se sentía mal, a punto de vomitar. Lo primero que obtenía después de darse cuenta de sus sentimientos es que otra persona que quería tan inmensamente como Emma sintiera lo mismo por Lovino. Y ciertamente, era natural ¿no? Lovino la ayudó con su hermano, siempre fue amable con ella, era el amigo de Govert. ¡Vaya! Incluso hablando de él, estaría más que encantado con ellos dos juntos.
Emma se merecía la felicidad, de verdad que la merecía, después de todo lo que él le hizo pasar. Necesitaba a una persona que la tratara como la princesa que era, alguien que la protegiera y viera sus necesidades, que la cuidara, la mimara y supiera cuando estaba mal. Necesitaba a Lovi.
Aun así…
—No quiero, Emma. —suspiró sin darle la cara. —Lo siento.
— ¿Antonio?
—Yo… —Antonio tragó saliva, asustado. —estoy…
Sin dejar que terminara, Emma se abalanzo sobre él, cayendo sobre Francis en el proceso. Gilbert sin procesar la información se lanzó como ardilla voladora, aplastándolos.
Una mala broma del BFT, pensaron todos.
—.—.—.—.—
Kiku suspiró pesadamente abrazando para sí mismo los libros que tenía en los brazos. Había quedado con Ludwig y Feliciano para estudiar en la biblioteca, junto con una sesión de ejercicio para relajar los músculos. Su amigo italiano reprochó no querer hacer ejercicio, y sólo acepto cuando Ludwig le prometió que comerían gelato después de eso.
Al japonés le gustaba estar con ellos a pesar de que no le creían cuando les decía que era mucho mayor. Pero sin duda no le fascinaba pasar poco tiempo con Arthur últimamente; es decir, incluso se enteró junto a toda la escuela que Alfred lo beso. No fue algo confidencial que Arthur le dijo, sino un me entero con los demás. Y, a pesar de que Arthur le reiteró que si se enamoraba de alguien él sería el primero en saberlo, se sintió mal. Aparte del hecho que no lo veía más que en algunas sesiones que tenían con Scott y este se encargaba de alejarlo casi de inmediato.
— ¿Debería de mandarte un poco más de presión? —preguntó una voz a su espalda, la reconoció casi en un segundo. Con desdén se volteó a la persona detrás de él, Iván Branginski. — ¿O me debo invitar a comer de nuevo?
—Déjelo ya. Aléjese por favor. —pidió, apretando mucho más los libros.
— ¿Vendrá al festival cultural? —preguntó, ignorándolo. Sus ojos violetas se iluminaron con verdadera felicidad. —Estoy tan emocionado. Incluso estoy buscando un lugar en el comité para impresionar un poco.
— ¿Qué? —Kiku retrocedió un paso, pensando en su amigo. — ¿Qué tipo de lugar?
—Pensé que tomar el puesto de los hermanos Kirkland sería suficiente para que me hagas caso, Kiku. —se balanceó sobre sus puntillas, fingiendo inocencia. El japonés abrió y cerró la boca un par de veces, asustado de lo que estuviera pasando y Arthur no le dijo. —Parece que te lo tomas realmente mal.
—Arthur-san no tiene nada que ver con esto.
—Pero es tu amigo.
— ¡Pare por favor!
—Me pregunto que me darás a cambio de que lo haga. —cantó sus palabras con burla. — ¿Un número? ¿O recibirás mi carta?
—Ni una ni la otra. —Kiku se puso serio ante él, dejando su apariencia sumisa lo más que pudo. Era obvio que incluso así Iván no se intimidaría. —Tomaré las medidas que sean necesarias para proteger a mi preciado amigo.
— ¿Debería tomarlo con los otros dos también?
—Es suficiente. No dejaré que nada de lo que tiene planeado pase. —suspiró pesadamente, intentando creer por un segundo que podía hacerlo. —Tiene una advertencia de mi parte.
—Estaré esperando ansioso. —concluyó, avanzando directo a él. Kiku creyó que iba a hacer algo terriblemente malo cuando invadió su espacio personal, Iván se detuvo justo a tiempo, complacido de que las manos del japonés no dejaran de temblar. Dejó una carta entre sus libros, dándole una sonrisa genuina.
Una vez que se fue, Kiku suspiró con cansancio, no era la primera vez que se lo topaba, pero al menos no fue tan inútil encontrárselo, le reveló sus intenciones. Estaba muy preocupado por Arthur en esos momentos. ¿Le pasaría algo malo por ser tan terco con Iván? Tal vez debería ceder un poco para proteger a su mejor amigo, aunque eso significara descuidar otra parte igual de importante.
Tomó la carta de Iván entre sus dedos, poniendo mala cara. Tenía una estampilla de un muelle pegado en la parte superior derecha, era la única decoración en el sobre blanco, lo demás eran palabras grandes con una letra muy extraña, sin embargo, podía distinguir ese nombre en cualquier idioma que le pusieran.
From: Wang Yao.
Su hermano mayor.
—.—.—.—.—
—Sentí que me ibas a matar allá. —confesó Emma, sobándose la espalda. Luego de su rutina de idiotez, los cuatro se trasladaron a un jardín más abandonado. Los cercanos a la biblioteca, justo en una mesa de piedra rodeaba de arbustos y un árbol. Gilbert se sentó a su lado, agradecido con ella por su nueva lata de mini-elotitos que le compro antes de salir de la cafetería. Francis y Antonio tenían el ceño fruncido, ambos con un chichón en la cabeza. —Tenía tanto miedo que apenas podía respirar.
—Emma, no es gracioso. —cortó Antonio, cruzado de brazos.
—Sí, no es gracioso que estén con mi hermana en un lugar semi-desierto. —Govert apareció por detrás de ellos, enojado. El BFT por costumbre se puso a la defensiva. — ¿Qué estás haciendo, Emma Morgens?
Demonios, le había dicho por su nombre completo.
—H-Hermano, no te enojes. Es por una buena causa.
—Yo no veo que una buena causa sea estar enamorada de la princesa. Más me parece una desgracia causada por el odio de todos los dioses existentes. —Emma y el resto del BFT le mandaron una mirada agria.
—Emma. —su hermano rechinó tanto los dientes al pronunciar su nombre que tuvo suerte de no romperse uno. — ¿Qué-diablos-estás-intentando-provocar?
Bel abrió muy bien sus ojos, paralizándose en su lugar. Retrocedió pasito a pasito hasta quedar detrás de Gilbert que parecía ser su único aliado en ese momento, mil gracias a las latas rellenas de elotitos.
— ¿Fue por lo que te dije ayer? —preguntó al tomarla del brazo. La rubia se cohibió ante su hermano. — ¿Qué tanto quieres ayudar al bastardo que te lastimo?
— ¡Mucho! —soltó ella molesta, perdiendo el miedo a su hermano. Antonio y Francis se miraron sin comprender. — ¡Ambos son tan torpes que me desespere al momento en que me lo contaste!
— ¿Emma?
— ¡Debiste soltar algo como "mantente alejado de él, rubia elotera"! —recriminó enojada, señalando con un dedo inculpador a Antonio.
— ¿Elotera? —el español miró a Francis, ladeando la cabeza.
—Se inspiró en los elotes de Gilbo.
—Ah.
— ¡O algo cómo-ugh- lo que fuera! —Emma se soltó de su hermano, dando dos pasos y alcanzando a Antonio, él subió las manos a los lados, simulando un arresto. Francis, Gilbert y Govert dieron un paso lento hacía atrás, alejándose de la chica. Antonio les fulmino con los ojos, dándoles las gracias. — ¡Demuestra que lo quieres a tu lado!
— ¿Cuándo supiste…?
— ¡Cualquiera podría darse cuenta con tan sólo mirarlos! —rezongó. — ¡Sólo falta que uno de los dos lo confirme!
—Lovi no…
— ¡Y tú qué sabes! —le golpeó el pecho, agarrándolo por el suéter azulado de la escuela y jalándolo a ella. Muchísima agresividad para un cuerpo tan pequeño como el de Emma.— ¡No subestimes los sentimientos de Lovi!
—Es suficiente, Emma. —intervino Francis. Recibió una mirada fiera de la chica que lo obligó de nuevo a retroceder.
—Escucha, Antonio. Te estabas quejando de que Lovi te rechazo un pedazo de pizza. —dijo ella soltándolo, aunque no dio ni un paso atrás, así que ni Govert ni el BFT dieron uno adelante. — ¿Puedes culparlo? Has actuado como un mal amigo todo este tiempo.
— ¿Qué?
—Antonio no…
—Le ha ignorado cuanto puede por un montón de chicas en la cafetería. Ocultaste de inmediato todo el embrollo de mi hermano y mío.
—Yo no quería que Lovi se decepcionara de mí.
— ¡Ese es el problema! —echó en cara, golpeando al viento de un manotazo. —Nunca te das cuenta de las cosas porque siempre quieres proteger la imagen que otros tengan de ti. No consideras lo que otros piensen, ni la lealtad que te tienen. Sólo piensas lo que ellos creen de ti.
—Si me lo dices por ti, lo siento, Emma.
— ¿Lo ves? ¡Lo haces de nuevo! —Bel le zarandeó por los hombros, intentando hacer que reaccionara. Antonio suavemente le retiro sus brazos. —No lo entiendes Toño. No puedes comprender que pase lo que pase Lovi siempre seguiría contigo, te querrá por siempre, todos los días hasta su muerte. Al igual que Gilbo y Fran. Al igual que yo.
Govert se sintió tenso en ese momento, apretando con fuerza todo lo que su cuerpo le permitía. Emma al fin soltó lo que tanto le daba miedo, ella realmente amaba a Antonio. Tanto como para quedarse a su lado a pesar de todo el daño causado.
—Emma.
—Lovi esta triste porque lo evitas. —cambió de tema, reteniendo las lágrimas. —Y tú nunca te darás cuenta a menos que alguien te lo aviente a tu fea cara. —Emma frunció el gesto, apretándole la nariz a Antonio. —Pero no siempre podemos cuidarte la espalda, Antonio.
— ¿Cómo sabes eso, Emma?
—Yo se lo conté. —intervino Govert. —Lovino me lo dijo.
— ¡Porque él-!
— ¡Porque tú no estás actuando como un mejor amigo! —calló Emma. Antonio se encogió sobre él mismo.
—No lo entiendes, Emma, por eso es fácil hablar para ustedes. —Antonio contuvo sus lágrimas en el borde de sus ojos, incapaz de mostrarse indefenso a sus sentimientos. —Ustedes no lo conocen tanto como yo. No es por ser homosexual, no es porque sea mi amigo de infancia. Bueno, un poco sí, no mentiré. Pero a lo que más temo es que Lovi sufra por culpa de estos sentimientos, Lovi no me quiere como yo a él, no puede quererme como yo a él.
—Lovi puede…
— ¡No, no puede! —estalló. —Sus padres jamás se lo permitirían, él me odiaría si por esto hago que Feli ya no pueda estar a su lado. Ya jamás podría volver a verlo. No quiero llegar a un mundo donde no pueda estar con Lovi por culpa de absurdos sentimientos.
Govert se dio paso a él, echando a su hermana a un lado. Literalmente Emma salió volando hasta donde se encontraban Gilbert y Francis. Govert por primera vez no reparó en su fuerza. Se puso frente a Antonio, él le sostuvo la mirada firme a su decisión.
—Eres la misma basura que no pudo proteger a mi hermana. —dijo en el tono más frío.
—Hermano…—Emma sintió el tirón en su brazo, obligándola a permanecer en su lugar. Los ojos rojos de Gilbert mostraban dolor, odiaba que Antonio tuviera que escucharlo de su mayor rival, aunque sabía al mismo tiempo que podía ser la única forma en que se diera cuenta. Francis parecía pensar lo mismo porque no intercedió.
— ¿Crees que podrás ocultar tus sentimientos toda la vida que pases a su lado? —preguntó empujándolo por el hombro, Antonio se tambaleó hacía atrás, desviando la mirada de Govert. — ¿Podrás seguir sonriendo bobamente después de que sus padres le consigan una prometida y se vea obligado a casarse con ella?
Antonio sintió ruido en sus oídos, dolor en su corazón. Aun no fue capaz de mirarlo.
—Eres fastidioso hasta la medula, Antonio. —su hermano se acercó a ella con molestia, tendría una buena charla que escuchar por meterse donde no la habían llamado, de eso estaba segura. Govert antes de alejarse por completo del trío se volteó a él. — ¡Sino estás listo para dar la cara, aléjate de nosotros tres!
Nosotros tres. Las palabras le retumbaron con pesar. Govert tenía razón, muy a su disgusto lo tenía, no quería esperar a que la amistad de Lovino terminara sólo porque no supo cuidarlo al igual que con Emma; la reacción de él posiblemente fuera distinta, seguro que no iría como la chica apoyándolo en todo, estando detrás de él a pesar de tanto daño. Tal vez ya no estaría más a su lado.
Lovino ya había puesto de su parte demasiado, mucho más de lo que Antonio podía imaginarse. Hablándole de frente, quitando esa actitud que le ponía un muro a toda la gente que quería acercarse, no era posible que siendo su mejor amigo fuera quien menos apreciara esas acciones. Era un verdadero idiota al echar las palabras del viejo Máximo a un almacén olvidado. Lovi era su anhelo, desde hace mucho tiempo atrás.
Gilbert y Francis se miraron con una sonrisa en el rostro, al parecer el español terco que tenían como mejor amigo al fin despertó de su torpeza.
Se encontró con Lovino casi al finalizar el día. Después de ir a la sala del Comité Disciplinario y los "secuaces del mal", como Alfred solía llamar a los otros miembros del comité, les dijeran que ni Arthur ni Scott se encontraban disponibles. El BFT se libró fácilmente diciendo un reporte a la conclusión de sus deberes, los chicos parecían menos leales que los hermanos Kirkland a la escuela, simplemente se encogieron de hombros y pusieron un sellito en la lista que les paso Arthur.
— ¡Lovi!
El italiano reparó en él con incomodidad, le vio venir desde que salió del edificio del comité. Seguro que paso por una especie de castigo y Arthur le sentenció una buena tarea. Después de su salida sus saludos eran… raros. Ni muy secos ni muy especiales como antes, sólo raros. Justamente por eso la distancia creció un poco más por ello. Si Lovino se lo planteaba en un cuadro, pensando en Feliciano, ambos estarían de extremo a extremo, sin mirarse, apenas sosteniéndose con la yema de los dedos. Siguiendo su propio camino, separando el de ambos.
Antonio estuvo dudando de ir a saludarlo, bien, una cosa era armarte de valor después de una charla motivacional con tus dos mejores amigos en el mundo, aunque estos más bien no hablaron, tu exnovia que mentía diciendo que le gustaba el mismo chico que a ti, pero después no y un rival, hermano de tu ex, que casi te estrangula por lo molesto que eran tus sentimientos. Y otra muy diferente era hacerlo de verdad, decirle a la persona que tenías delante que te enamoraste de ella, quién por cierto era tu amigo de la infancia, mientras tu cabeza trabajaba en pasarte una película llena de sus mejores momentos juntos, poniendo un cartel gigante arriba con letras color azules "¡SÓLO DILO, IDIOTA!" y otro en la parte de abajo con letras aún más grandes "PUEDES PERDERLO PARA SIEMPRE".
A cualquiera se le iría el valor con eso y le darían ganas de vomitar.
— ¿Qué sucede, Antonio?
El español frunció las cejas afligido. Llamarse por su nombre era doloroso, Lovino ya no le nombraba idiota, no bastardo, no imbécil, no nada. Que le llamará así no era lo más correcto, pero sí de Antonio se trataba diría que sonaban a palabras más propias de Lovino, que las pronunciaba con un tono especial; dando a entender algún tipo de perturbador mote. Una parte de él podría ser M sin darse cuenta, tal como lo sugería Gilbert en muchas ocasiones, inclusive Francis.
La brecha entre ellos se alargaba cada día y por más que intentaba sujetar la cuerda que los unía, esta se le resbalaba de las manos, pues del otro lado ya no había nadie quien tirara. Aunque tal vez, él tendría que ir del otro lado y ayudarle a sujetar con fuerza.
— ¿Quieres comer algo? —preguntó fingiendo una sonrisa. Comida, no era lo más inteligente del mundo mucho menos para sus nauseas, pero fue lo primero en lo que pensó.
—Comí con Govert hace rato. —respondió en automático. Lovino notó un destello de dolor en la mirada de Antonio, aunque bien pudo haber sido su imaginación ya que la sonrisa volvió a su rostro más rápido que un rayo. —Pero podemos ir…
— ¡Antonio!
Algunas chicas llegaron corriendo a él, lanzándose a sus brazos. Lovino parpadeó un par de veces, sintiendo un cosquilleo en su estómago que le rogaba irse de ahí; las niñas nunca le molestaron, de hecho, le encantaban las mujeres como a cualquier italiano sólo que a estas las encontraba terriblemente irritantes gritando con su voz melosa el nombre de Antonio; él que parecía que se olvidó de él, igual que siempre. Se dio la vuelta para marcharse de ahí, harto de aquel calvario.
—Espera, Lovi. —Antonio adelantó a las chicas, poniéndole una mano en el hombro. —Estoy hablando contigo.
Lovino se giró, chocando con él. Debió reflejar en su rostro que no esperaba esa acción pues Antonio hizo una mueca en el propio. Miró atrás de su hombro, las chicas se iban por el camino contrario volteando un par de veces, haciendo mohines a Antonio. ¿Dejarlas ir estaba bien? ¿No sería malo que comenzaran a divulgar el hecho de haberlas dejado tiradas por andar con un chico? Vamos, él incluso iría con las chicas. Sin embargo, pese a que trato de ocultarlo una sonrisa se formó en su rostro.
Los dos avanzaron a la dirección anterior a donde huía Lovino. El hispano comenzó una charla muy animada sobre los panqueques de la cafetería, nombrando cada uno de los doce sabores que tenían; Lovino sintió hambre de pronto, saboreándose el pan de nuez que más mencionaba Antonio. Iba a decir que fueran a comer un poco y el español menciono antes que desde la semana pasada se agotaron y los demás tardarían en llegar al menos otra semana.
— ¡Bastardo, deja de hablar de ellos entonces! —reprochó dándole un golpe en el brazo. Por alguna extraña razón al otro se le ilumino la cara. — ¿Qué?
—Nada, nada. —Antonio negó con la cabeza, sin borrar su sonrisa paso el brazo alrededor de los hombros contrarios. —Sólo estoy feliz de platicar contigo.
Los labios de Lovino temblaron ante tal confesión, sonrojándose. — ¡Deja de decir esas cursilerías!
—Sólo estoy diciendo la verdad, Lovi. —contestó haciendo una carita de perro triste. Lovino le puso una mano en el rostro, intentando apartarlo. Al parecer Antonio se ensañó más con esa acción y lo estrujo contra suyo, abrazándolo ahora con ambos brazos, poniéndole la cabeza en el hombro poco después.
Lovino Vargas se encogió ante él, nervioso de que hacer, cómo moverse, que decir. Los pocos estudiantes que pasaban los miraban con una ceja alzada o apartando la vista, incomodos. Las manos de Antonio se empuñaron sobre su saco, el peso del español casi le obligaba a empujarlo para adelante o de lo contrario ambos se caerían; intento hacerlo, el resultado fue nulo, Antonio no quería apartarse de él.
¿Qué estaba pasando ahí? ¿Acaso le había pasado algo? Incluso si aún estaba molesto con él, no significaba que no le importara. Le importaba, demasiado, tanto que era capaz de dejarlo todo sólo por ir ayudarlo.
Fue entonces que sintió todos sus nervios a flor de piel, un escalofrío recorrió toda su espina dorsal. Su corazón comenzó a latir tan rápido que no dudaba que saltara de su pecho en cualquier momento, las mejillas se le encendieron de un color carmesí.
La mano izquierda de Antonio se deslizó por la propia, acariciándola con suavidad, pidiendo permiso para entrelazarse con sus dedos, abrazándolos con firmeza efímera que fue sustituida por una calidad abrumadora, llena de ternura, cariño y amor acumulado.
De pronto todas las miradas de rareza que podría tener aquella situación le dejaron de importar a Lovino. Observando de soslayó podía notar la cabellera ondulada de Antonio, acariciándole la mejilla, los picos desordenados brotaban por doquier, jugando contra el suave viento que pasaba en ese instante. Al darse cuenta ya se encontraba aspirando el aroma que las hebras de Antonio emanaban, un suave toque de almizcle y miel. Ante eso apenas pudo reparar en que sus dedos ya se habían cerrado en la mano contraria, correspondiendo el mimo.
¿Cuándo paso? ¿Desde cuándo algo cambio?
¡Llegué a los veinte capítulos! Lo cual es un gran logro viniendo de un LF mío. ¡Hurra!
Últimamente me llegaron muchos estados en FB de páginas hetalianas donde me mostraban el Scott que es "oficial" por Himapapa. Me quedé con cara de… wft? Glob, el Escocia de Himapapa es un pan bendecido por los dioses y el mío es una mierda andante. Un sádico violador de ingleses, algo así leí XD
La situación de Arthur me peso. Lloré al escribir la escena donde Lovi lo descubre. Al principio no me decidía si ponerlo o no, fue como un ni Scott es tan mierda, para. No siempre tomamos las decisiones correctas para criar a los menores, y aunque intentamos que vayan por un camino correcto, a veces nosotros nos desviamos al camino de los monstruos para intentar que comprendan lo que queremos enseñarles. No es fácil ser mayor.
Por otra parte, mi spamano por fin, AL FIN, está avanzando. Por un momento creí meterme a un hoyo sin salida, me quede en blanco y al revisar los capítulos anteriores me grite un par de veces regañándome por hacer tan embrollosa, pero genial, la situación. Podría decirse que salí con unos cuantos rasguños profundos para liberar a esos dos.
Sólo tengo otra cosa que decir antes de pasar a los reviews. Se vienen los buenos feels, no sólo con los padres de Lovi, se viene lo bueno con el UsUk. Creo que, si el arco de Emma y Govert es mi favorito para el spamano, el de la familia Kirkland es el mejor para el UsUk.
Ya escribí mucho, paso a agradecer a sus maravillosos comentarios como siempre:
Dark-nesey, Guest, Sybilla Kahler, Javany, Amiyei, Erzebeth K &Condesa sangrienta. De verdad, amo sus comentarios. ¡Y muchísimas gracias por sus recomendaciones de canciones, las escuche todas y son maravillosas! Me di cuenta de que todas aman a Govert, ¿cómo culparlas? Yo también lo amo, a él y Emma, esos dos son mis bebés.
Sin más que decir, excepto que me disculpen por el posible OoC de Rusia (nunca se me ha dado manejar a personajes tan complejos como él, no sé qué piensan, ¿por qué creen que la historia es de tsunderes? xD -okno-), me despido.
Con cariño y mandándoles muchísimos besitos,
MimiChibi-Diethel.
