Circulo: Vicio Tsun.

Advertencia: Este capítulo esta contado solo desde la perspectiva de Arthur. [Más aclaraciones en las notas de autor]


Tú + Yo= Error 404.

21. Kirkland x 4.

Arthur ya estaba bastante jodido antes de que fuera aventado a la fuente del patio central frente a todo el festival…, delante de Alfred y Scott.

Comenzó una semana antes del festival cultural. Caminaba con su hermano, quién sin compadecerse de él y sus heridas, le dio mucho más trabajo el cual incluso no le pertenecía; todo para mantenerlo alejado de Alfred. Este intentaba escabullirse un par de veces, sus encuentros entonces comenzaron a durar tan sólo algunos minutos, media hora si bien les iba.

Sin embargo, el domingo por la noche tuvieron una oportunidad cuando Alfred se escabulló entre el piso de segundo año, con ayuda del BFT por supuesto, y después de que apagaran las luces avanzó totalmente aterrorizado por el pasillo oscuro de las habitaciones. Antonio susurrándole que tuviera cuidado con el fantasma de un chico no fue precisamente la gran ayuda que espero. Aguardó unos minutos, cubriéndose los oídos para no escuchar y concentrarse en no presentarse frente a Arthur con las piernas temblando; hasta que se aventuró a tocar la puerta.

— ¡VAYANSE A LA MIERDA, ACABABA DE COMENZAR A DORMIR! —la voz de Lovino tronó del otro lado, llena de furia. Seguramente había aventado algo realmente peligroso pues quedo estrellado contra la puerta. Detrás de los lentes los ojos de Alfred destellaron con susto, ¿realmente valía la pena ver a esas horas a Arthut? ¿No estaba arriesgando su vida o algo así? Quizás… podría conformarse con los cinco minutos pos-aparición de Scott.

Justo se dio media vuelta cuando la puerta se abrió de un portazo acompañado de una maldición. — ¿A dónde mierda crees que vas, imbécil freak? —Lovino apareció en pijama, mal abrochada por cierto y con una cara de invocar al mismo diablo si no le daba una buena razón de su estar.

—B-Buscaba a Arthur.

— ¿AH? —gruñó arrugando sus cejas, nariz y frente. Alfred alzó las manos en señal de paz, había pensado que le quedaba perfecto el papel de Jason Todd. — ¿Quieres decir, gordo bastardo, que me sacaste de mi puta cama para joderte al imbécil cejon que está durmiendo AHORA en su puta sala del comité?

— ¿Qué? —se concentró, por suerte, en lo último. —Arthur no me dijo nada.

—Yo que sé. —se encogió de hombros y le azotó la puerta en la cara. — ¡No toques de nuevo! —advirtió.

Alfred se giró sobre sus talones, observando a un Antonio preocupado asomándose por la puerta de su habitación. Los demás quizás ya estuvieran acostumbrados a los gritos de Lovino y Arthur pues no se escuchaba a ninguna otra alma. Se acercó a él con los ánimos por los suelos, mirándolo como un cachorro abandonado. Francis se asomó en ese momento, bostezando.

—Arthur se está exigiendo mucho, Al. —dijo tallándose el ojo. Metiendo a Antonio con una mano en la cara, el español fue directo a su cama con un puchero en el rostro. —Lo mejor sería no molestarlo. Scott cuando se enoja puede ser realmente peligroso.

—Puede enfermarse.

—Sí, es lo más probable. Pero si él no le pone un límite no creo que nadie pueda hacerlo. —se encogió de hombros dejándolo entrar a su habitación. Ni siquiera pasaron cinco minutos y Antonio ya estaba roncando en una posición exagerada para dormir.

—Francis… tú conoces mucho más a Arthur que yo. —ignoró su anterior comentario y se concentró en el francés que de nuevo entraba en su cama. El rubio le ofreció con golpecitos sobre el colchón un lugar junto a él. Alfred negó con la cabeza con una expresión vacía en el rostro, quién sabe que le pasaría si aceptara. — ¿Por qué le interesa tanto el comité disciplinario? ¿No sería mejor que…—se trabo un momento, pensando si era bueno decirle lo que escucho en la pelea de Arthur e Iván—, lo dejara?

Francis volvió a bostezar, recostándose en su almohada.

—Si te digo lo que sé, probablemente corras con Arthur y le generes problemas. No me gustaría eso.

—A ti no te agrada. —contratacó molesto.

— ¿Celoso, americano? —se mofó dándole una sonrisa ladina. Alfred infló las mejillas en un gesto infantil, dejándose caer de sentón en el suelo, cruzando sus piernas en forma de mariposa. Esperaba una respuesta y no dejaría dormir al otro a menos que la obtuviera.

—Tengo que tomar mi siesta de belleza. —exclamó aberrichado. —Si me llegan a salir ojeras nunca te lo perdonaré, gordito.

—Sólo tienes que contestarme.

—Tres palabras: tú no eres un Kirkland.

—Esas son cinco. —comentó Alfred al contarla con los dedos. No obtuvo respuesta, Francis ya se había quedado dormido.

De quedó un buen rato en la misma posición hasta que comenzaron a dolerle las piernas. Los dos chicos le ofrecieron una colchoneta y una manta de color azul para que pudiera dormir en la habitación. Intento hacerlo un par de veces, daba vueltas y vueltas, se quejaba bajito para no despertar a los otros dos. Y en cierto momento pensó que era bueno despertar a uno para hacerle platica, desistió cuando pareció invocar al mismo diablo al pedirle atención Antonio. Eso sin duda le quitó todo el sueño que le quedaba.

De repente la lluvia comenzó a caer, tronando con fuerza el cielo soltaba relámpagos lejanos. El agua pegaba a la ventana, por las cortinas no podía ver nada, pero de vez en cuando la habitación se iluminaba un poco. Se quitó los lentes para tallarse los ojos, bostezando. Usualmente no le costaba nada dormirse, a menos que estuviera en una pijamada con tres litros de soda y palomitas. Ahora ni siquiera podía cerrar los ojos sin que las preguntas le aparecieran en la cabeza, ¿Arthur habría llevado un paraguas o un impermeable? ¿dormiría cómodo en el sillón del comité? ¿Scott no lo dejaría desvelarse toda la noche o sí? ¡Tenían clases mañana!

Antes de que se diera cuenta tomó sigilosamente una chamarra del ropero tan glamuroso de Francis y se colocó su inseparable chaqueta de aviador encima. Junto a un paraguas que seguro era de Antonio, ya que tenía patitas de perrito por todo él y Francis no usaría algo que no tuviera brillos, cerró la puerta tras de sí.

El agua no le dio piedad, es más pareció soltarse más. Todo el pijama se quedó empapada hasta las rodillas, sus pies no eran la excepción. Los tenis rojos de botín que su padre le compró por aprobar todas las materias absorbían como esponja el agua. La próxima vez tendría que pasarse por su habitación para recoger unas botas más gruesas.

Los guardias estaban resguardándose de la lluvia en los edificios, algunos revisaban por dentro, quién sabe a lo mejor un estudiante se habría quedado estudiando porque vamos, en medio de la lluvia sería lo primero que se te ocurriría hacer. La escuela estaba desértica y demasiado tétrica para el gusto de Alfred; la luz opaca de las farolas daba un aspecto lúgubre que lo mejor sería mantenerlas apagadas. Aunque prefirió no pasarse por ellas para no llamar la atención de los guardias.

Llegó al edificio después de que el paraguas con una ráfaga de aire se fuera hacía atrás. Terminó empapado de pies a cabeza y con una deuda para Antonio. Seguro que el español cuando se diera cuenta le demandaría comprarle uno similar, aunque podría mandarle a fabricar uno con tomates, le gustaría más. Quitó por un momento esos pensamientos de su cabeza, concentrándose en esquivar al guardia de la entrada.

— ¿Qué haría Superman? —murmuró para sí mismo, escondido tras un arbusto. El agua se relajó un poco por algunos minutos, un escalofrío recorrió toda su espalda al sentir la corriente del aire frío. Sorbió su nariz con cara triste, las cosas que uno pasaba por amor. Con cuidado se movió entre las plantas, un poco más alejado del edificio lanzó una piedra al continuó, rompiendo un cristal. Quizás no fue la mejor idea porque los edificios soltaron una luz roja con un foco que el americano no sabía que tenían. Los guardias corrieron a ver, dándole entrada libre al edificio. Justo iba a correr a la puerta, cuando fue sostenido por ambos brazos.

—Vamos. —suspiraron los dos guardias. Alfred sonrió sin podérselo creer, esto no le pasaría a Superman.

Consiguió que lo llevaran con Arthur, después de todo no fue una misión fallida. Al menos no tanto. Lejos de alegrarse de verlo ahí, primero lució sorprendido de que alguien entrara a esa hora a su despacho, no había señal de su hermano que era algo bueno; en definitiva, no esperó que comenzara a regañarlo dejando con un golpe seco los libros que estaba estudiando. Los guardias parecieron satisfechos así que lo dejaron a su encargo, justo cuando Alfred pensó que Arthur tomaría una actitud más relajada al cerrarse la puerta, él estallo en llamas; no literalmente, por supuesto.

— ¡No puedo creer lo que has hecho, Alfred! —gritó tirando de sus ropas, las cuales escurrían y mojaban la alfombra roja cubriendo el piso de madera. — ¡Mira en las condiciones que vienes! ¿Qué haces aquí en primer lugar? ¡No, no quiero sabe eso! —talló su cara, conduciéndolo al sillón. Alfred escondió lo mejor que pudo la chamarra que le llevó, seguro no le haría gracia que fuera de Francis y lo mojada que estaba. — ¿En qué estabas pensando? ¡Rompiste una ventana!

Alfred hizo un puchero, cruzándose de brazos. — ¡Sólo quería verte, no es la gran cosa! —lejos de sonrojarse, como el americano creyó que haría, Arthur juntó aún más sus enormes cejas remarcando su enojo.

— ¡Podemos vernos por el día! —declaró. Vaya, sí que no prestó nada de atención los últimos días a su relación. — ¡Cuando no tengas que romper propiedad escolar!

—La pagaré si te molesta tanto. —se enfurruñó sobre el sofá. Sorbiendo otra vez la nariz, el frío comenzaba a causarle espasmos. —No creí que ver a la persona que te gusta, con la cual sales fuera tan malo. Mi padre me dijo que hay que demostrar cuanto la quieres.

—Incluso si fuera una chica no me sentiría nada alagado por lo que acabas de hacer. —reprendió. Luego de algunos pensamientos suspiró, quitándose la chamarra que tenía.

— ¿Qué haces…?

—Pescaras un resfriado, idiota. —gruñó como si fuese lo más obvio del mundo. Se sacó también el saco de la escuela y el chaleco, al parecer el presidente del Comité de Disciplina paso toda la tarde ahí y se preparó incluso para pasar la noche. Arthur pareció debatirse entre quitarse la camisa o no, al final optó por la segunda.

—No necesito que me cuides. V-Volveré a mi habitación. —murmuró sonrojado. Era muy vergonzoso que él hubiera venido a cuidar a Arthur y al final tuviera que ser al revés.

—Oh, por supuesto que no. Pasaras la noche aquí y te atendrás a las consecuencias de mañana. —declaró incitándolo a sacarse la ropa.

—Si Scott me ve aquí…

—Que te deje ir es peor todavía. Pensará que tengo un favoritismo sobre ti. —se encogió de hombros, restándole importancia. —Sácate la puñetera ropa de una vez que estás mojando todo el sillón.

Lo obedeció lleno de pena. Arthur sin duda sería un buen hermano mayor, cuidaba de él muy bien y a pesar de estar molesto se le notaba cierta preocupación sobre si se iba a resfriar. Debía pensar un poco más en él, era de madrugada y el frío no se tentaría el corazón. Su chaqueta pesaba un montón al quitársela, seguro de toda el agua que absorbió. Al final quedo en calzoncillos frente a su novio, con un espeso rubor en la cara y con la sudadera, también mojada, de Francis cubriéndole la entrepierna.

Arthur de repente pareció darse cuenta de en qué situación se encontraban. Intentó no mirar más allá del cuerpo de Alfred, sobra decir que le fue imposible. La sangre también se apoderó de sus mejillas, orejas y en si toda su cara. Intentó distraerse exprimiendo el pijama de Alfred en el bote de basura, no sirvió de mucho cuando tuvo que regresar a él. Alfred no le daba la mirada y la punta de sus orejas estaba roja, la situación le resultaba tan incómoda como a él, eso era claro.

—S-Sécate con el chaleco. —balbuceó mirando el techo. —Puedes usar el saco y la chamarra para cubrirte.

— ¡Tú morirás de frío entonces! —reclamó, olvidándose por un instante de la situación.

— ¡C-Cierra la boca! ¿De quién es la culpa? —gritó con los ojos en blanco.

El americano pensó fugazmente que sería bueno tener una chaqueta como Marty McFly en Back to the Future II y contar con un secado express.

— ¿Por qué aún usas los tenis? Incluso si tu cuerpo está seco si tus pies no lo están te enfermaras. —dijo Arthur, sin retirar la vista del suelo. Con cuidado se arrodilló ante él, sacándole los zapatos. Alfred se hundió en el sillón, hecho un foco de navidad color rojo. Tomó el chaleco ya desocupado, Alfred se estaba poniendo encima la chamarra y en las piernas el saco. Arthur tomó uno de sus pies y comenzó a secarlos con delicadeza, sin volverse a él. Alfred sobre el sillón apretó los puños a su costado, sin saber si era buen momento para soltar un chiste o no.

Se quedó contemplándolo todo el rato que duro eso, sin despegar un momento los ojos de él. Sin lentes se le dificultaba la visión lejana, pero al menos su vista no era tan mala para no notar lo que tenía enfrente; Arthur. Estaba igual o más abochornado que él, tal vez preguntándose si su chaleco quedaría inutilizable después de eso, varios mechones del cabello salían disparados por todas direcciones apuntando a que se lo revolvía en constantes ocasiones. Alfred de nuevo se preguntó por qué el comité era tan importante para él.

— ¡Deja de mirarme! —gritó Arthur estrellándole la prenda mojada en la cara. Alfred sacudió la cabeza para retirarla, sin darse cuenta se sumergió en el otro. La cara de Arthur ardía, pese a eso tomó de nuevo el chaleco y comenzó a sacudirle el cabello. —De verdad, ¿Cuántos años tienes? Deberías ser capaz de secarte por ti solo el cabello, maldición.

Alfred alzó la mirada, contemplando la barbilla de Arthur y sus maldiciones bajas. Los brazos se movían al lado de su cabeza, frotándola para sacarle toda el agua. Algunas gotitas de su nuca resbalaron por debajo de la chamarra, hasta llegar a su espalda y causarle un escalofrío. La boca le tembló. Arthur tenía algo, muy especial que no era capaz de decir, pero estaba ahí y sólo él era capaz de verlo. Sin darse cuenta, estiró sus manos hasta rodearlo con ellas, recargando su cabeza sobre el estómago contrario. Escuchó que Arthur pasó saliva, sintió el subir y el bajar de su estómago, cada vez más rápido.

— ¡Qué…!

—Quiero abrazarte, Arthur. —sonrió sobre él, cruzando cada uno de sus brazos para hacer un agarre firme y que el otro no intentara escapar o separarse.

Arthur no supo cómo expresar todo lo que sintió en ese momento. Su cabeza le daba vueltas y vueltas, repitiéndole que lo alejara antes de que fuera demasiado tarde y sucumbiera ante esos ojos llenos de vida que tanto le fascinaban. Una parte de él quería hacerle caso y huir de ahí, en la mañana la cabeza se le habría enfriado y de nuevo pensaría en las palabras de Scott que le martillaban la cabeza. Su corazón en cambio latía tan rápido que le sorprendía no haberse muerto de un ataque cardiaco. Era la primera vez que se sentía así, llenó de vida, con ganas de corresponderle el intenso abrazo y fundirse con él. Las emociones le golpeaban una tras otra, amor, miedo, alegría, tristeza, enojo, todas y cada una combinada con las otras. Deseaba que al menos su estómago se coordinara, sin embargo, sus tripas eran un nudo bien apretado que no se soltarían en un buen rato; con mariposas revoloteando por todas partes.

En un impulso correspondió el abrazo, pasando los brazos por la cabeza de Alfred apretándola con una calidez abrumadora sobre él. Se sentía tan bien, agachó su cabeza hasta topar con el cabello del americano; tenía una extraña fragancia, digna de él. Lluvia y lavanda. Su nariz acarició despacio sus cabellos, causándole cosquillas. Quedaron así por un buen tiempo, el agua sucumbió luego de un rato.

—Lo siento, Arthur. —murmuró sobre su camisa. El inglés estaba demasiado concentrado en la paz que sentía que no dijo nada. —No debería haber venido, es solo que… estaba bastante preocupado por ti.

—Tus intenciones fueron buenas. —habló separándose de él, Alfred ejerció un poco de fuerza para que no se separa por completo de él. Las mejillas de Arthur adquirieron un tono rosado, menos avergonzado que antes. —Aun así, romper una ventana…

—Pensé que eso haría Superman. —hizo un puchero, desviando la mirada. —Tal vez debí pensar como Batman.

—Dudo que Superman aventara una piedra, el edificio se vendría abajo con su superfuerza. —declaró Arthur. Alfred volvió a él, asombrado. —Creo que llegaría volando del techo. O usaría la supervelocidad para entrar sin que los guardias lo… ¿qué?

—Tú no eres Arthur. —lo soltó de pronto, pegándose por completo al sillón.

— ¡I-Idiota!

—Arthur ni siquiera sabe quién es Batman. —negó con la cabeza, abrazando sus rodillas cubiertas por el saco azul de Arthur. —Algo paso, ¿acaso eres Scott con una peluca rubia?

El inglés hizo un mohín indignado. — ¡He leído un par de ellos!

— ¿Por qué? —preguntó Alfred, simulando el tono más temible del mundo.

— ¡Porque a ti te gustan! —exclamó molesto. Luego apartó su cuerpo del americano, sintiéndose como un tonto al creer que eso significaría algo para su novio. Lejos de significar nada, Alfred entró en un pequeño trance de felicidad, ninguno de sus amigos conocía de comics y realmente nunca pensó en pedirle a Arthur que leyera alguno, juraría que se negaría en cuanto pronunciara la palabra. Su pareja era más de libros gordos, letra pequeña y con una secuela de cinco iguales.

La felicidad le estallaría en cualquier momento. No obstante, le era imposible ponerse de pie sin que Arthur pensara que era un pervertido al cual le gustaba andar en calzoncillos. Además, le daba bastante pena mostrar su cuerpo, no era la persona más hermosa del mundo eso le quedaba claro. Sigilosamente, estiró lo suficiente su brazo derecho para rozar la rodilla de Arthur, él se giró sin mucho ánimo.

— ¿Qué?

—Yo también quiero hacer algo que te guste.

—No te esfuerces, se te fundirá el cerebro al iniciar. —respondió tajante, cruzándose de brazos. Alfred infló las mejillas, insatisfecho por su respuesta. —P-Podrías aprender a hacer té.

—Puedo comprar los sobres que venden el supermercado. —reclamó moviendo sus piernas, inquieto. —Algo que te guste de verdad.

— ¿Ponerte a estudiar?

— ¡Imposible!

— ¡Al menos has el intento!

—Quizás podría leerme toda la colección del detective que tienes en tu cuarto. —sugirió Alfred.

—Ni en un millón de años de dejaría tocar mi valiosa colección de Sherlock Holmes. —fue la respuesta. Alfred agachó la mirada, simulando a un cachorro regañado. Arthur tuvo el error de acercarse a él, acariciándole la cabeza con cariño. —Ya pensaremos en algo.

Una sonrisa traviesa apreció en el rostro del americano, tomándolo de la muñeca lo haló a él, lo suficiente para que ambos rostros estuvieran a la altura del otro. El inglés pareció sorprendido. Antes de que Alfred pudiera revelar sus intenciones, Arthur unió torpemente sus labios con los propios.

Casi fue un golpe, mejor dicho, fue un golpe. Uno bastante brusco pues les abrió el labio a ambos. Primero ninguno de los dos se movió, manteniendo el contacto torpe sobre el otro. Arthur con toda la timidez del mundo sobre sus hombros, fue el primero en hacer movimientos; Alfred sintió que era el peor momento para paralizarse, pero Arthur de verdad que lo sorprendió tomando la iniciativa y buscando un contacto más allá. Sus besos hasta ahora eran breves, un leve roce de labios y hasta ahí. Era normal que no supiera que hacer si le pedía más.

Al no sentir movimiento del otro lado, Arthur paró lo que hacía. Con el rubor cubriendo la mejilla de ambos, se separaron llenos de incomodidad.

—L-Lo siento. —atinó a decir Alfred. —No estoy seguro de… ya sabes… humm. Perdón. Soy un asco.

—Es culpa mía por atacarte sin avisar. —cortó Arthur dándole la espalda. —Duerme en el sillón, yo tengo trabajo que hacer.

Alfred se encogió dentro de la chamarra negro con naranja. El frío volvió a él más rápido de que esperó, Arthur desde la silla de su escritorio tiritó levemente; no fue capaz de llamarlo de nuevo, él se encargó de joderles el ambiente y se sentía terrible por eso. Al final se recostó en el sillón, observando la mancha borrosa que veía de Arthur sin los lentes. Sin darse cuenta se quedó dormido.

La puerta del despacho se abrió sigilosamente. Arthur terminó de bostezar apenas esta se cerró. La mañana cayó antes de darse cuenta, salvo una pequeña siesta de una hora que tomó toda la noche la paso en vela. En cambio, Alfred en el sofá parecía no tener ninguna gana de despertarse a pesar de que pasaban de las seis.

—Lo siento, Arthur-san. Me he retrasado.

—Discúlpame a mí, Kiku. Por pedirte hacer este tipo de cosas. —se levantó saludando su mejor amigo. El por modales se limitó a no comentar nada sobre la persona que dormía a todo gusto en el sofá. En cambio, lució preocupado por la falta de abrigo.

—Pescara un resfriado.

—Estoy bien. —sonrió palmeando su hombro. Tomó las cosas que Kiku traía en el maletín. Y despertó a Alfred con una patada en su pie derecho. El americano se removió incomodo, recogiendo sus piernas y dándose media vuelta; Arthur volvió a patearlo, insatisfecho.

—Déjeme hacerlo, Arthur-san. —pidió el japonés, caminando hasta él. En tono suave, igual que siempre al hablar, Kiku lo movió por los hombros pidiéndole despertar. —Alfred-san, por favor.

— ¿Al menos entrará a las primeras clases? —murmuró Arthur preocupado. La mayoría de los estudiantes salvó los Vargas, ya tenían más menos la hora de levantarse grabada en su sistema. Kiku le dio una pequeña sonrisa al conseguir que Alfred abriera los ojos. — ¡Alfred, ya era hora!

Kiku parpadeó una vez antes de hacerse una estatua. El americano se encontraba a centímetros de su cara, con ojos soñolientos y remojándose los labios con su saliva. No pareció reparar en lo cerca que estaban hasta que dio un brinquito atrás al mismo tiempo que Kiku.

— ¡Un fantasma!

— ¡No es un fantasma, es Kiku! —reprochó el inglés, ayudando a su amigo a mantenerse en pie. — ¡Idiota! ¡Lo asustaste!

—Lo siento, Arthur-san…

—N-No me refería a ti, en absoluto, Kiku. —dijo como si la sola idea de que el japonés malinterpretara sus palabras fuera terrible.

Alfred se despertó por completo al tallarse la cara con las manos y, sobre todo, al sentir el frío mañanero colarse por debajo de la poca ropa que llevaba. Procuró no recordar los detalles de la noche anterior, en especial como Arthur lo beso. Es más, ni siquiera quiso posar su vista en él por si Arthur seguía molesto por el tan poco desempeño que tuvo. Supuso que la ropa en el maletín le pertenecía por lo que comenzó a vestirse mientras su pareja le seguía diciendo a Kiku cientos de cosas. El japonés intentaba tranquilizarlo, aunque al final decidió que terminara con su discurso.

—Me iré a lavar a mi habitación. —dijo levantándose del sofá. Arthur lo reprimió una vez más sobre la ventana y le dio un formato de sanción, el cual preparó por la noche luego de que se durmiera. —Te veré después, Arthur. —murmuró cohibido. Arthur asintió con la cabeza.

—Realmente Alfred-san parece contento de estar aquí. ¿No es verdad? —preguntó Kiku después de que la puerta se cerró.

— ¿Kiku?

— ¿Ha tenido muchos problemas con Scott? —siguió tomando asiento en el sillón de una sola persona. Arthur le dio una mirada preocupada a su mejor amigo, lo más probable es que su cara terminara de delatar sus sentimientos. Llevaban buen tiempo conociéndose el uno al otro. —Por favor, no me mire así.

— ¿Qué pasa, Kiku?

Él se tragó un suspiro, luciendo lo más apacible que pudo. Deseaba en su interior decirle que todo lo que estaba pasando era culpa suya, por no entregar una carta, mejor dicho, por no seguirle el juego a Iván. Nunca pensó que las cosas llegarían tan lejos, mucho menos que el padre del ruso lo aprobara.

—Kiku…

—Sólo estoy un poco sorprendido, por su relación con Alfred-san. —mintió a medias. Funcionó para Arthur.

—Lo siento, quería decírtelo, pero… he estado muy ocupado con el Comité. —el inglés jugó con sus dedos, intentando que sonara creíble. —Pensé que me verías como un bicho raro. —confesó luego de unos segundos. Kiku sonrió, agradeciendo su sinceridad.

—Jamás lo haría, Arthur-san. No me molestan esas relaciones. —se llevó la mano a la boca, poniéndola por encima de su labio. —Usted y el joven Alfred hacen muy buena pareja.

— ¡Qué cosas dices! —reprochó sonrojado. — ¡E-Es obvio que apenas nos toleramos el uno al otro! ¡N-Ni siquiera sé porque salimos! ¡No me molesta su presencia es todo, definitivamente no creas que es amor o algo así!

Kiku asintió con la cabeza, su buen amigo lucía muy adorable en su faceta Tsun por lo que no le gustaba interrumpirlo si se daba la oportunidad de verlo. No paso mucho para que sus pensamientos volvieran al asunto que lo tenía tan preocupado, aunque Arthur lucía bastante normal no dudaba que Scott tomará o ya hubiese tomado represalias contra él por salir con Alfred y la amenaza de Iván.

Iván, Iván e Iván. Era todo lo que su mente tenía en ese momento.

— ¿Me estás escuchando, Kiku?

— ¡Ah, lo siento mucho Arthur-san! —se puso de pie de inmediato, haciéndole una reverencia. Arthur negó con las manos. —Me distraje por completo.

—Está bien, Kiku a cualquiera le pasa. Además, no era nada importante, te decía que si gustas un té antes de ir a clases. —ofreció señalando la tetera que ya chillaba en una esquina. Un pequeño privilegio de ser el presidente de la escuela y una propia oficina es que podías arreglarla como más quisieras. Incluso se podría decir que era la segunda habitación, y en esta Arthur tenía una pequeña parrilla que le permitía calentar el té a cualquier hora que quisiera.

—Por mí esta bien. —sonrió de nuevo, olvidándose por un momento del ruso. Desde hace días quería pasar un buen rato con Arthur.

El inglés se separó de su mejor amigo cuando iniciaron las clases. La verdad Arthur no estaba de humor para soportar la bola de estudiantes junto sus profesores, le dolía la cabeza por pasar toda la noche en vela y se mareaba cada que intentaba acelerar el paso. Los siguientes días se la pasaría de igual manera, y después del festival cultural venían los exámenes que permitían tener dos semanas de vacaciones de verano. Ya que Gakuen era una escuela de alto nivel académico acortaban las vacaciones de verano a una semana, los días festivos no se celebraban por tener alumnos de distintas nacionalidades y las vacaciones de invierno comenzaban un día antes de noche buena y terminaban el día después de año nuevo.

— ¡Túúúú! ¡Aborigen de la mala moda! —chilló Francis corriendo a toparlo. Arthur se llevó una mano a la cabeza, para soportar a Francis necesitaba toda la energía del mundo. — ¡Se ha llevado mi preciosa sudadera para entregártela!

— ¿Eh? Yo no tengo nada, estúpida rana.

— ¡Devuélvemela, pequeña oruga!

—Francis, estás haciendo un escándalo. —regañó Roderich, sosteniendo sus cuadernos en el brazo. —Es muy temprano para soportar tus tonterías.

— ¡Cierra la boca, señorito! —gritó él, tomando a Arthur de los hombros para zarandearlo. — ¡Quiero mi sudadera!

—Yo no tengo tu sudadera…—suspiró sin comprender a que se refería. —Ni quien quisiera tus estúpidas cosas de niña. ¡Rana idiota!

—Una pelea de idiotas. —suspiró Roderich entrando a su salón.

— ¡Tú pequeño novio la tomó y te la llevó en la noche! —chilló melodramático.

Arthur deseó con todas sus fuerzas que el imbécil barbón nunca hubiese dicho eso. Los estudiantes comenzaron a analizarlo de arriba abajo, cotilleando con el de al lado. No había nada mejor para los niños ricos que una patraña para olvidarse de sus tareas escolares. Encogió su cabeza entre sus hombros, olvidando que debía mantener siempre la cabeza en alto. Sin quererlo, confirmó lo que dijo Francis.

— ¿Por qué aún están afuera? —preguntó el profesor de la primera clase, seguido de otros tres para los demás salones de segundo año. Los alumnos pararon su cotilleó, aunque siguieron en clase pasándose papelitos y mensajes.

Francis miró con rabia a Arthur al sentarse en su lugar. Él no puso demasiada atención en ello, se intentó concentrar en la clase, sin embargo, cada cierto tiempo sin darse cuenta se acariciaba las costillas y un recuerdo fugaz le llegaba, ya fuera una patada, un puñetazo, un insulto o las tres cosas juntas. Lo que menos deseaba es que se volviera a repetir cuando todavía no sanaba, no quería que Lovino le mostrará su patética cara llorando de nuevo.

La hora del almuerzo tomó una eternidad en llegar. Con las miradas filosas de Francis, las risas estruendosas de Gilbert que lo acusaban de ponerse ropa de mujer y… ahora que prestaba atención, Antonio no había parecido en todo el día. Sin duda se llevaría una buena sanción por ello. Al entrar al comedor todas las miradas parecieron seguirlo, intentó mantenerse lo más sereno que pudo y seguir con la frente en alto. Al llegar a su lugar de siempre, notó dos cosas desagradables; Lovino que no se encontraba ahí, y aunque su presencia le molestara siempre era mejor tener una persona con la cual platicar -insultarse- e ignorar al mundo. Y lo segundo, fue que su mesa tenía tinta permanente dibujando palabras ofensivas en ella. Apretó los puños sobre la bandeja, decidió ignorar eso y sentarse, pero no pudo, la banca estaba llena de pintura roja y algunas cosas que mejor no quiso saber de qué se trataban.

—No te reconocemos como nuestro superior ahora, Arthur. —se giró sobre sus talones, recibiendo un empujón que lo hizo espabilarse hasta rozar la banca. Pudo mantener el equilibrio al soltar la bandeja, evitando que la pintura llegara a ensuciarlo. Reconoció entonces a los chicos que se metieron con Lovino el primer día, si lo veía por un lado se lo tenía merecido, el karma le estaba llegando por no defender al crío de la familia Vargas. — ¿Por qué no mejor vas con ese idiota de primer año? Seguro que tienes unos cuantos trucos que mostrarle. —hizo una seña obscena con su boca y mano, causándole repulsión.

—Te estás metiendo con la persona equivocada. —escondió su mirada tras el flequillo, dando un paso adelante. — ¿Realmente quieres meterte con un miembro de la familia Kirkland?

— ¿Tú padre estará orgulloso de un marica como tú? —lo empujó de nuevo, con ambos brazos. Arthur cerró los ojos esperando un sentón en la pintura fresa y un uniforme arruinado.

— ¿No creen que lo están llevando demasiado lejos, chicos? —preguntó Francis, sosteniéndolo con un brazo. Lo hecho adelante para que se volviera a incorporar. —Esto no tiene ningún glamur ni es elegante. Son cosas de críos con poca educación.

—No necesito tu ayuda, rana.

—Estabas chillando en la mañana por una estúpida sudadera. —cortó otro de los chicos, Tom, la super estrella que tomaba el auditorio como propio. —Quítate del camino, Bonnefoy.

—Kesesese~ tus amenazas suenan tan feas como tú voz, Tom. —se burló Gilbert, sentado encima de la mesa de Arthur. Eso irritó más al rubio, nadie le pidió al estúpido Bad Friends Trio que lo defendiera, hasta donde él sabía se seguían llevando como perros y gatos.

—El grandioso yo apareció. —se burló una chica. Los demás le siguieron la risa.

—Es suficiente, todos ustedes.

— ¿Qué pasa, Kirkland? ¿Nos pondrás una amonestación? ¿O nos expulsaras a todos?

Realmente Arthur considero esa última idea hasta que las dos televisiones que tenía el comedor, las cuales la mayoría del tiempo se encontraban apagados, salvó que hubiese un anunció importante, se encendieron. Allí apareció el director, a una distancia apropiada, detrás de él un estudiante a su lado, el cual Arthur no tardó en reconocer; todas las partes de su cuerpo se congelaron.

—Estimados estudiantes. La duración de este anunció será breve, para que puedan retomar sus labores escolares lo más rápido que puedan. —Francis escuchó al fondo de la cafetería una voz quejándose, incluso en la hora del almuerzo tenían que saltar con cosas tontas. —Dada mi posición reciente, me he dado la tarea de investigar las actividades de cada una de las áreas dentro de la escuela. El segundo nombre en mi lista que apareció fue el Comité Estudiantil y sus derivados. Siendo ellos los que representan a ustedes, los valiosos estudiantes. En mi travesía, revisando documentos oficiales y analizando el trabajo de los que llevan el comité, los hermanos Kirkland, he llegado a la conclusión de disolverlo.

El silencio reino.

—Ustedes pueden o no estar de acuerdo con ello, así que hemos decidido hacerlo de la forma más democrática posible. Se llevará a cabo una elección, donde competirá el sistema al mando con un nuevo sistema propuesto por mí hijo, Iván Branginski, podrán leer el informe de sus futuras acciones en la gaceta que se repartirá en sus salones. —quizás fuera su imaginación, pero Arthur vio algo muy parecido a una sonrisa chueca en la cara del director antes de que la cámara apuntara a Iván.

—Haré mi mejor esfuerzo. —soltó su risilla típica, tan dulce como el azúcar.

—El anunció también se les dará a sus padres en el festival cultural. Pueden seguir con sus actividades. —y se cortó la comunicación.

Arthur sintió de nuevo todas las miradas sobre él, mucho más penetrantes, más llenas de burla, más malvadas. Tuvo la urgencia de correr a encontrarse con Scott, buscar una solución, pero antes de que sus pies reaccionaran ya estaba en el suelo, cortesía de Tom. Francis salió del corto trance donde se encontró, ayudándolo a mantenerse en pie de nuevo tomándolo por el brazo.

—Déjame, maldita rana. —musitó en un hilo de voz. Las lágrimas delineaban sus ojos, conservarlas a raya Arthur sorbió su nariz.

—Será divertido ver caer a los Kirkland. —sonrió el líder de todos ellos, tomando la sopa de una chica que intentaba mantenerse al margen de todo eso, aunque no replicó cuando él le vacío el contenido a Arthur y Francis.

— ¡Serás cabezota, tío! —bramó Gilbert, saltando de la mesa.

— ¡Mi sedoso cabello! —gritó Francis.

—Ya me encargare de ti más tarde, Gilbert. —prometió dándose media vuelta, con todos los que lo apoyaban. Una tercera parte de la cafetería.

Arthur arañó el suelo hasta cerrar los puños. Intentó levantarse, pero resbaló con el caldillo, volviendo a estrellar su cara contra el suelo. Apretó tanto sus dientes que logró hacerse una grieta en una muela, no quería llorar en frente de todos, mucho menos delante de esos dos idiotas que pese a todo lo defendieron. Francis le extendió la mano a Gilbert que con un mohín le paso la sudadera roja que llevaba ese día, el francés la puso sobre su cabeza, soltando un silbido continuó.

Arthur gimoteó. Ni en un millar de años consideraría eso un favor.

Salió a toda prisa del comedor, colocándose la sudadera roja de Gilbert y ocultándose dentro de la capucha. Una cosa que no tenía nada que ver con los sucesos anteriores comenzaba a molestar, y era que por alguna razón incluso el maldito alemán que bramaba ser el mejor de los mejores apestara a desodorante con aroma y fuera más alto que él, por lo que sus manos se ocultaban en las mangas rojas.

Los profesores no intentaron detenerlo cuando se dieron cuenta que se trataba de él. Con semejante anunció se extrañarían si los hermanos prodigio no saltaran a defenderse. Topó con Scott antes de dar la vuelta al siguiente pasillo, el parecía haber esperado un rato pues lucía irritado. Al verlo apagó el cigarro casi de inmediato, luego quitó su cara de sorpresa restándole importancia.

— ¿Desde cuando fumas? —se aventuró a preguntar, con miedo abordando su voz.

—Quítate eso. —ordenó bajándole la capucha. Sus dedos rozaron sus cabellos pegajosos y mojados. — ¿Qué te ha pasado? —extrañamente para Arthur, de verdad parecía preocupado, eso solo le daba más miedo y nervios. ¿Scott manteniendo la calma después de la osadía del director de declararles guerra frente a toda la escuela? ¡Era para pensar que ataúd escoger!

—Scott, sobre lo del director.

—Lo hizo mientras estaba ahí. —dijo calmo, en alguna parte de los pocos minutos que tenían conversando le dejo de importar que Arthur lo viera fumar y prendió de nuevo el cigarrillo. El humo de la primera calada le pegó de lleno en la cara a su hermano, provocando que tosiera. —Me llamó durante el comienzo del almuerzo, dijo cosas estúpidas como siempre e intentó convencerme de renunciar una vez más. Luego de mi negativa, hizo lo que viste a través de las pantallas.

Arthur se quedó en silencio, escuchando. Metió ambas manos en la las bolsitas que tenía la sudadera de Gilbert, haciendo puños, mancillándose los dedos con fuerza. ¿Acaso en toda esa charla el director no habría mencionado su encuentro sorpresa con Alfred por la noche?

—Llamé a nuestro padre. —confesó en un gruñido. Soltó más humo por la boca. —Dijo que le parecía justo. No hará nada para que Vasili se detenga.

— ¡Pero…!

—Estoy seguro de que ese bastardo lo llamó en plan mi hijo quiere tener una competencia justa con tus críos pero ellos son tan inmaduros que se niegan—los ojos verdes de Scott se volvieron mucho más oscuros al atravesarse el humo del cigarro. —No me extraña que él me dijera que lo afrontara como un hombre.

—Scott…

— ¿Sabes que fue lo que me colmó la paciencia? —tronó, masticando el cigarro. Por un instante Arthur pudo jurar que de verdad parecía un demonio, un rey de las sombras, diría Alfred. —"Aprende de Arthur, él parece llevarlo mejor que tú."

Arthur no odiaba a su padre, pesé a todos los errores que cometió estando con ellos y sus hermanos, no le guardaba rencor. Era un buen sujeto una vez que lo llegabas a conocer, te compraba un helado o una chaqueta de cuero siempre y cuando le dieras buenos resultados o fuera tu cumpleaños. Desde chico su padre siempre le regalaba las cosas que pedía en Navidad e incluso si se portaba muy bien (su madre era la encargada de decidirlo) incluso en año nuevo. Cualquiera debería tener un padre tan guay como él. Sin embargo, no siempre todo fue felicidad. Las pocas veces que no lo vio sonriendo prefería olvidarlas, con ayuda de un Scott mucho más protector pudo hacerlo. Y fue en la quinta ocasión que no lo vio sonreír que Scott cambió por completo con él.

— ¡Eso es digno de una alabanza! ¡El gran Arthur hecha a perder todo nuestro trabajo y yo soy el quejica molesto!

En cierta forma Scott le recordaba mucho a su padre cuando se enojaba. Sin incluir los golpes, claro. Su padre no era violento, solo daba miedo. Muchas veces, usualmente cuando peleaba con Scott, pedía a quién fuera que estuviera en el cielo que su hermano regresara a ser el chico que siempre lo protegía durante su infancia. Scott una vez lo salvó de echarse agua hirviendo, le dio una buena reprimenda y un abrazo muy fuerte después. En otra ocasión lo rescató de caerse en una colina empedrada, Scott se había dislocado el pie, pero su madre estaba agradecida de que fuera eso y no una muerte.

— "¿Qué deberíamos hacer, Scott?" ¿De verdad vienes a preguntarme eso? —estalló. — ¡Tú eres quién debe arreglarlo, no yo!

Le dolía tanto no poder regresar a esos días. Al alzar la cara, le llegó una visión borrosa de Scott pisando su pecho. Sentía todo el cuerpo adolorido, similar a que pasara un tractor encima de ti. Scott seguía fumando su cigarro, dejando que la ceniza le pegara en la cara, por suerte ya caía fría y se le disolvía como hollín. Se sintió bastante aturdido cuando Scott le soltó la última patada en una pierna.

—Piérdete de mi vista, imbécil. —dijo al final, machacando el cigarro con su pie.

No podría decir cuánto tiempo se quedó ahí, pero al menos escuchó la campana sonar unas tres veces. Cómo era el edificio directivo, casi nadie pasaba. A menos que fuera el director o un administrativo, lo cual sería más que extraño pues los administrativos nunca salían de sus cubículos. Después del cuarto toque de la campana decidió que era hora de moverse, el sexto toque después del almuerzo era el fin del día en clases.

Decidió no aparecerse más por las clases, tenía que acicalarse las heridas primero. De nuevo se puso encima de la cabeza la capucha, en definitiva, nunca le devolvería aquella sudadera a Gilbert. Era genial para caminar de infraganti por toda la escuela. Se sintió aliviado al llegar sin ningún contratiempo a su habitación. Lo que no se esperó era ver a Lovino aplicándole una llave de lucha libre a Antonio.

Los dos tenían muchas agallas para saltarse las clases.

— ¿Qué se supone que están haciendo aquí? —gruñó destapándose la cabeza.

— ¿Esa es la sudadera de Gilbo? —preguntó Antonio con una mueca de dolor, Lovino le apretó más fuerte la pierna que tenía encima de su espalda. — ¡Lovi!

—Podría hacerte la misma pregunta, bastardo cejon. —respondió Lovino, soltando la pierna de Antonio para minutos después sentarse sobre él con los brazos cruzados en posición pretenciosa. —El perfecto Arthur Cejas por las Nubes Kirkland no debería estar aquí.

—Puedes preguntarle a tu novio, falto todo el día a clase. —señaló con la mirada a Antonio.

— ¡No digas cosas de mal gusto, imbécil! —protestó Lovino con la cara roja.

—Sí, bueno. Largo de mi cuarto. —hizo un ademán con la cabeza para que ambos se retiraran. —Luego me encargaré de su castigo.

—Tienes tizne en la cara. —dijo Antonio al incorporarse. Arthur gruñó, se había olvidado de limpiarse. — ¿Te ha pasado algo?

—Nada que te importe. —cruzó sus brazos, desviando la cara. —Fuera.

Lovino se le quedó observando por largos momentos que le parecieron eternos a Arthur. ¿No podría saberlo, verdad? Era un niño idiota que solo se preocupaba por sus propias necesidades, y con Antonio ahí toda su atención estaba centrada en él. De ninguna forma podría saberlo. Él no podría ser tan persuasivo

Justo Lovino iba a decir algo cuando Antonio se echó a correr rumbo a su habitación. — ¡DONDE CIERRES LA PUTA PUERTA, ESTÁS MUERTO! —gritó pasando a su lado a toda velocidad.

Cerró a puerta escuchando los golpes de Lovino en la que pertenecía a Antonio. No se concentró en eso, ellos dos podrían arreglárselas solos y después estar muy felices al compartir castigo; que sería básicamente como un castigo doble para Antonio, pues Lovino nunca hacía nada.

Se dio una buena ducha y se trató los nuevos moretones que se formaron en su piel. Era más fácil tener la ayuda de alguien, pero no se veía rogándole por ayuda a Lovino o a su enfermera personal. Cuando al fin se terminó de vendar, notó con desagrado que la mayor parte de su cuerpo lo estaba. Tendría que llevar por un buen tiempo camisa de manga larga y saltarse las clases de natación. Tomó la sudadera de Gilbert entre sus manos, notando con cierta burla la forma de pollito que tenía grabada en el brazo izquierdo.

Una parte de él estaba agradecida, solo que era demasiado vergonzoso decirlo en voz alta. Seguro que lo tomarían a broma de nuevo. No lo bajarían de idiota come sopa en mucho tiempo, así que era mejor guardarse esos sentimientos y bordarle dentro de la capucha idiot.

Tocaron a la puerta. Arthur pensó que era Lovino o mejor aún, Alfred; de verdad que tenía muchas ganas estar a su lado en ese momento. Pesé al fiasco de la noche anterior y la incomodidad que se dio en la mañana. Se daba a extrañar cuando no estaba a su lado. Abrió la puerta y lo primero que encontró fue a Iván regalándole una de sus tétricas sonrisas llenas de dulzura.

— ¿Estás descansando? —dio un paso a él, el mismo que Arthur retrocedió. Entró a su habitación sin permiso, observándola con curiosidad inmensa. — ¡Ah, tienes un compañero de habitación! A mí solo me dejaron un ropero viejo como compañero.

—¿Qué quieres, Iván? —su voz salió más ronca de lo normal.

—Te vi pasando por la ventana. Lucías muy mal así que al terminar las clases pensé en visitarte para cuidarte. —explicó tomando asiento en la cama de Lovino.

—No necesito que te preocupes por mí.

—Yo también estaba sorprendido cuando mi padre hizo el anuncio. —confesó sin dejar de recorrer el lugar con la mirada. — ¡Tienes buenos libros en tu colección!

—Ya se hizo. No pueden anularlo. —se encogió sobre sus hombros, manteniendo la postura.

—Puedo hacerlo. —sonrió de nuevo, concentrándose en él. —Renunciaré.

— ¿Qué dirá tu padre entonces?

—Oh, a él no le importa. —continuó. Arthur sentía escalofríos cada vez que veía su sonrisa. —Sólo lo hace porque es divertido como tu hermano y tú se comen la cabeza por un puesto en esta academia. Y porque yo se lo pedí.

—Seguro.

—Estoy diciendo la verdad, dah.

—Bien, ¿y cómo puedo convencerte de renunciar? —le siguió la corriente con desgane.

—Tu amigo Kiku…

—Olvídalo. —cortó de pronto, sorprendiendo a Iván. —No pienses que puedes inmiscuir a Kiku en mis asuntos. No pienses ni siquiera que puedes meterte con él. No te dejaré hacerlo, sin importar cuanto prestigió tenga tu padre. Puedo hacerte caer.

—Ya veo.

—Además, ya no importa. Sabemos que ustedes ganaran la competencia. —suspiró cerrando los ojos.

—Joven Arthur, me molestaré si llegó a ser subestimado. —dijo con una sonrisa, aunque el destello en su mirada morada daba todo menos calma. Se levantó de la cama de Lovino, caminando directo a él. —Yo sólo tengo tres semanas antes de las vacaciones. ¿Cómo me podría ganar a todos esos estudiantes en ese tiempo semanas? Tú y el joven Scott se han encargado de la escuela por dos años, deberías tener más confianza en su trabajo.

— ¡La tenemos!

—Dudo que ellos piensen que es un verdadero reino del terror como el joven Alfred lo dice. —tronó algo dentro de su boca al pronunciar su nombre, un diente quizás. — ¿O sí lo es? —se comenzó a alejar de él, directo a la puerta.

—Iván…

—Antes de echarme la culpa a mí o pasársela a mi padre, deberías preocuparte por los amigos que tienes. —Arthur giró una parte de su cuerpo, observando la espalda del ruso, con la bufanda tan larga de color cenizo ondeándose por el movimiento. —Si aprendieran a obedecer a las grandes personas, nada de esto estaría pasando.

— ¿A qué te refieres?

—No te lo diré, dah. —y volvió a avanzar.

Los días siguientes hasta el festival cultural fueron un caos total. Scott no hablaba por él así que debía pedirle a Roderich o a Vash que entregaran sus informes por él, sí, esperaba que su hermano fuese más maduro, pero en vista de que no sería así mejor se guardó el enojo. No quería otra paliza. Y sobre eso, estaba seguro de que Lovino se había percatado de ello, ni el chico sería tan imbécil como para no notar que era mucho más cuidadoso que antes a la hora de cambiarse o dormir. Lovino no dijo nada. Lejos de centrarse en él murmuraba maldiciones a Antonio y al festival cultural; pronto recordó lo que Antonio le pidió.

Sería un largo festival para ambos.

Gilbert le pidió su sudadera de muy mala manera, así que le bordo un IDIOT en línea diagonal atravesando el pecho. Se ganó todo un día de reclamos, pero al menos se fue feliz a la cama. Pese a lo que creía, las bromas pararon de un día para otro, dígase que los chicos principales de su burla en la cafetería no aparecieron hasta el festival cultural llenos de banditas en la cara y con Tom empujándolo a la fuente.

Todo comenzó por la mañana, la escuela resaltaba en adornos. Banderitas de todas las nacionalidades puestas en varios lazos que se cruzaban de poste a poste, simbolizando las distintas nacionalidades que tenían todos los estudiantes de Gakuen. Los arboles fueron decorados con luces blancas para la noche, las fuentes y los edificios por igual. Al final todos muy a regañadientes participaron para no repetir año; no es que se pudiera de todas formas, si reprobabas era baja definitiva de la escuela. Una calificación mínima aprobatoria era suficiente para la escuela.

Arthur se talló los ojos con pesar, había dormido bien esa noche por lo que se sentía más relajado. Además, ese día era el único que la escuela ofrecía para disfrutar durante el trascurso escolar. Baile de bienvenida y despedida, no contaban. Claro, siempre quitando toda la presión de los días anteriores.

Lovino en la otra cama tenía todas las cobijas echadas encima de la cabeza, seguro que lo menos deseado era despertar.

Aquello le otorgó tiempo de sobra para vestirse, ese día cancelaban las clases sabatinas por lo que no había prisa para los demás estudiantes por levantarse. No obstante, él no era como los demás estudiantes. No todavía. Así que tuvo que moverse con el mejor traje de gala que encontró para internarse en sus deberes hasta que los padres comenzaran a llegar, que sería a medio día.

Incluso en ese día tan ocupado se dio tiempo para darse una pequeña escapada al piso de abajo. Si alguien lo veía estaba muerto a manos de Scott, pero era demasiado temprano para eso y contaba con que Alfred estuviera despierto. Lo había comprobado mandándole trece mensajes seguidos, logrando su objetivo. Al llegar la puerta ya estaba abierta, con la cabeza de su novio asomándose por todos lados en busca de él.

—Estoy aquí, tonto. —dijo detrás. Alfred chocó contra su pecho.

— ¡Ay!

—Andando.

—Aún sigo en pijama, Arthur. —reclamó con un puchero, al verlo en traje puso una cara alegre. Arthur pudo imaginarse una cola y orejas saliendo de él, muy al estilo de los dibujos japoneses que Kiku leía en sus ratos libres. —Pero, ven. —tiró de su brazo, cerrando la habitación.

El cuarto era igual de amplió que el de Lovino y él. E igualmente, una parte estaba ordenada y otra no. En la parte de Alfred parecía haber pasado un huracán. Pensó haber visto todo cuando conoció a Lovino, no era así. Alfred tenía comida en su mesita de noche, envases vacíos tirados alrededor de su cama y varios comics y revistas dispersas por su cama. Al menos la cama no tenía comida.

De un empujón Alfred lo tiró a su cama, juguetonamente. Las heridas le dolieron, pero apenas tuvo tiempo de pensar en ello ya que él también se tiró, simulando una ardilla voladora. Arthur se pegó lo más posible a la pared, gritándole algunas maldiciones, sintió el colchón rebotar y por el peso fue llevado de nuevo a la compañía de Alfred. Este le mostro sus blancos dientes en una estupenda sonrisa. No llevaba lentes, así que Arthur pudo contemplar lo bello que le parecía. Se sonrojo contra voluntad. Alfred destellaba estrellitas que se le clavaban en la frente.

—Podemos quedarnos aquí. —dijo recostando la cabeza en la almohada. —Me he conseguido un nuevo comic.

—No quiero leer comics. —reprochó imitando su gesto. —He estado leyendo toda clase de artículos por dos semanas, sin descanso. Si veo otro texto, por más pequeño que sea, moriré.

— ¡Heeee! Pensaba darte de regalo uno.

— ¡Piénsalo de nuevo, idiota! —le dio un golpecito en la frente. Alfred tomó su mano con delicadeza, centrando sus ojos en los de Arthur. — ¡S-Suéltame!

—He estado pensando en el beso que me diste antes.

—No pienses en cosas desagradables. —murmuró poniendo mala cara.

—No fue desagradable, en absoluto.

—T-Tú cara dijo otra cosa. —aseguró Arthur, intentando alejarse por todos los medios. El sonrojo se expandió por todo su rostro, sus ojos deambulaban de un lado a otro en busca de un distractor y sentía perfectamente como una revista se le clavaba en la parte trasera de su pierna. —H-Hablemos de otro tema. —balbuceó.

— ¡N-No es fácil decirte esto! —se quejó Alfred, frunciendo la frente. Su cara igualaba el tono de Arthur a causa de la vergüenza. —Eres la primera persona con la que salgo en todos los sentidos. Incluso no tengo muchos amigos.

—Porque te la pasas diciendo que eres un héroe. —recriminó.

—Solo quiero decir…—su voz se fue apagando, la boca le temblaba y agachó la mirada a donde sus piernas rozaban con la otra. —Es normal que no sepa como actuar. —murmuró al final, con un hilo de voz que le salió más aguda de lo esperado.

— ¡Y tú crees que yo sé! —exclamó Arthur, apartándose con vergüenza. Se cubrió la cara con ambas manos. —No mepidascosasimposibless—dijo sin darse a entender realmente, las manos no permitían que salieran palabras más allá de su boca y manos.

Alfred se sentó en la cama, poniéndose los lentes. Se mordió el labio conteniendo el temblor de sus labios, apretó los ojos lo mejor que pudo para… bueno, la verdad no le servía para nada, pero le hacía sentir como si estuviera controlando algo dentro de sí.

Arthur abrió sus dedos solo un poco para asegurarse de que Alfred no lo estuviera viendo. Él le estaba dando la espalda, sin embargo, lejos de lucir molesto por su respuesta tan compleja tenía la punta de las orejas de color rojo. ¿Qué sería de ellos en el futuro si seguían en ese camino? Lo más probable es que al momento de decirle su relación a sus padres murieran de vergüenza, serían algo así como los amantes trágicos que explotaron de virginidad, como diría Francis.

Ninguno esperó el abrazo del otro, Alfred se había girado demasiado rápido a él dándole un accidental golpe en el pecho. Arthur por su lado se acercó en un nuevo impulso para abrazarlo por la espalda, pero le dio un porrazo en la mejilla. Ambos apaciguaron sus ganas, sobándose la parte adolorida. Eran un par de tontos intentando lucir geniales, Afrodita se estaría riendo de ellos, pensó Arthur.

—Ya es hora de irme. Los otros comenzaran a levantarse en poco tiempo. —Arthur se sentó en la cama, esperando que Alfred dijera algo para que se quedara. Usualmente eso pasaba. Al no recibir respuesta se dirigió a la puerta.

— ¡Aprenderé a besar! —exclamó audaz.

— ¡CALLATE, TONTO!

Caminó hasta el edificio de administración aun con la cara roja. Alfred podía decir las cosas más tontas y vergonzosas cuando se lo proponía. De alguna eso le puso feliz por un buen rato, incluso ignoró la mirada indignada de Scott cuando llegó unos minutos tarde. Vasili parloteó un largo rato sobre la obra de teatro de primero y las esculturas de segundo año. Hablando de la obra, Arthur no le preguntó a Alfred sobre ella. Ni que papel tendría o si al menos participaba en el elenco.

—Las pinturas de Feliciano Vargas deben ser las últimas en ser mostrada. Su galería es lo mejor que tenemos.

—Varios chicos de segundo año han trabajado en las suyas, no creo que sea justo. —comentó Roderich.

—Limítese a su concierto de piano, Edelstein. —cortó Vasili. Arthur pudo jurar que entre dientes el señorito le había llamado idiota. —Joven Arthur, espero ver que ha preparado. —sonrió dejando los papeles en la mesa. Él y Scott intercambiaron miradas, sin lograr entender. —Por supuesto que también debe participar.

Su hermano, gracias al cielo intercedió. —Según el reglamento podemos o no participar. A los miembros del Comité y sus derivados se les da esa opción por todo lo que ayudan en el planeamiento del festival.

—Oh, eso claro. —Vasili chasqueó la lengua. —Supongo que se me olvido comentarles, he removido ese derecho. Creo que todos tienen la obligación de aportar algo.

— ¿Con horas de anticipación? —gruñó Scott.

—Scott y yo siempre guiamos a los padres en la hora de entrada. Nos encargamos de todo el evento. Es injusto que salte con eso en último minuto. Obviamente no hemos preparado nada con anticipación. Los demás miembros tampoco.

—Supongo que esa responsabilidad cae sobre ustedes dos. Roderich participará con un concierto de piano y Vash junto con otros miembros se unieron a dar una muestra con el disparo al plato. Ellos están excluidos, por supuesto, junto a los miembros que los apoyan.

— ¡Eso es a causa de los clubes!

—Deberían hacerse un tiempo en su apretada agenda para pertenecer a alguno. —Vasili de nuevo tomó los papeles. Al escuchar que su sala se quedaba en silencio, miró a ambos hermanos. — ¿Qué esperan? Tienen hasta que acabe el festival para presentar algo con sus demás compañeros.

—Los padres llegaran en menos de tres horas…

—Pueden olvidarse de eso, ya contraté un servició para la guía a los padres.

— ¡Eso saldría del presupuesto! —reclamó Vash.

—Como dije, ustedes dos limítense a lo que deben hacer. —dio una mirada agría a los dos tesoreros. —Adiós.

Los cuatro salieron de la oficina con los ánimos por los suelos. Incluso Scott lucía afectado por eso, Arthur no podía culparlo, la universidad cada vez estaba más cerca y no podía permitirse una nota fatal. Su hermano al sentir la mirada le lanzó un gruñido.

—Pueden ayudarme con la muestra de discos. —sugirió Vash.

—Incluso a mí, con el telón o algo así. Cuidando los amplificadores. —comentó Roderich.

— ¿Cuánta gente necesitan? —preguntó Scott.

—Yo al menos puedo permitirme unas cinco personas más. —Vash se rascó la cabeza, dudando.

—Con dos o tres, realmente parecerá raro si aparecen más personas.

—Son ocho, perfectos para los chicos del comité. Los que sobren prestaran ayuda a la obra de teatro. —suspiró Arthur.

—Alto, ¿y ustedes dos? —preguntó Roderich.

Desde que los conoció, Arthur y Scott nunca se habían parecido en lo más mínimo. Uno era un quejumbroso que no exclamaba sus sentimientos, y el otro un psicópata que intentaba quemarte con la punta del cigarro si no acatabas una orden. Sin embargo, aquella expresión que pusieron en ese instante, llena de furia y orgullo le hizo recordar que eran hermanos de sangre.

—Nadie se burla de los Kirkland y se jacta de ello. —exclamó Scott con un tono tan amenazante que incluso Vash se dijo que no lo quería jamás como enemigo. Avanzó a la salida, con Arthur pisándole los talones.

Arthur ya estaba seguro a donde se dirigía su hermano. Estaba igual de enojado de él, ¿y cómo no estarlo? Vasili les jodía todo lo que planeaban. O quería demasiado a su hijo o de verdad no soportaba a la familia Kirkland. Pero ellos no darían su brazo a torcer, si el director quería algo realmente asombroso se lo darían. No se dejarían humillar menos cuando su madre vendría a la escuela.

— ¿Estás preparado? —preguntó Scott, pasándole un arco y una aljaba de cuero con al menos veinte flechas, todas muy bien hechas, de madera y plumas de la mejor calidad.

Arthur estaba maravillado contemplando la habitación de su hermano. Estaba quizás más ordenada que la parte de él. Usualmente nadie tenía una habitación sola, pero Scott había corrido con suerte ese año y la tenía toda para él solo por lo que quitó la otra cama y el armario para darse más espacio en colocar libros, repisas con una colección de figuras del ejercito escoses que lideró William Wallace, del otro lado se encontraba el bando del Rey Eduardo I.

— ¡Arthur!

— ¿Cuándo las conseguiste? —preguntó sorprendido. Tomando uno de los caballos que tenían la banderita azul. —Están muy bien hechos.

—Concéntrate. —reprendió su hermano, tomando su propio arco y aljaba del mismo baúl que saco las de Arthur. Aunque una parte de él estaba feliz de que Arthur se interesara por sus figurillas. —Las mandé a hacer con la beca escolar.

— ¿Tienes una beca? —exclamó dejando el caballito en su lugar. — ¿Por qué?

—No molestaré a mi padre con cosas innecesarias. —le estrelló sus cosas en el pecho, doblando a su adolorido hermano. Scott ya no le dio importancia. —Andando, aún tenemos que hacer varias cosas y estoy seguro de que no has practicado nada. Y necesitamos vestuarios.

De nuevo siguió a Scott. En el transcurso se puso a pensar que tenía razón, incluso de niño Scott nunca aceptaba los regalos de su padre y le quitaba los que le encontraba a Arthur; usualmente él le decía que eran regalos de sus amigos por su cumpleaños o de su madre, por suerte su padre solo les daba un par de veces al año por lo que estaría más que justificado. Aunque muy tarde se percató que puso en un gran aprieto a su madre porque tenía que encontrar cosas igual de bonitas para cuando Scott abriera sus regalos.

Él de verdad odiaba a su padre, aunque lo obedeciera como si la vida se le fuera a ir.

—Podemos ponerles un cohete para que estallé. —sugirió Scott una vez que llegaron al campo donde los de tiro practicaban más a lo lejos. Había improvisado un blanco de diez metros con dos almohadas y dos palos de golf clavados en el suelo.

—Sería peligroso si va a pasar volando por encima de la cabeza de todos. —comentó Arthur.

—Tal vez luces de bengala para la noche.

—Suena bien en cuanto lancemos la flecha en dirección opuesta. —Arthur miró a su hermano, estaba concentrado en revisar las flechas. Al sentir sus ojos sobre él, Scott le mando un "¿qué quieres?" de igual manera. —Me estaba preguntando porque elegiste esto… de tantas cosas.

—Será una sorpresa para nuestra madre, hace años que no nos ve en una actividad juntos.

Arthur se preguntó si sería buena idea decirle que le dolían demasiado los brazos como para lanzar la flecha con fuerza o siquiera tomarla de la aljaba. Mejo se quedó callado. Tocarle los nervios a un Scott armado se encontraba en la lista de suicidios número uno de Gakuen.

— ¿Puedes hacerlo? —preguntó Scott, al parecer recordó de repente que le había golpeado tan fuerte que no sintió su pierna durante un par de horas. —Por lo que paso.

—Sí. —mintió.

—No dejes que ese imbécil ruso nos humille frente a todos.

Arthur deseó protestarle un par de cosas, sobre todo que era gracias a él que no pudiera mantener la flecha en el arco. Se quedo de nuevo callado. Seguro que Scott le enterraría la flecha en la cabeza a la menor queja.

Estuvieron practicando las tres horas que tardaron las visitas en llegar. Incluso hubo un tiempo donde los cazadores, como los llamaban en Gakuen, se detuvieron para ver a los dos arqueros. Arthur hizo su mejor esfuerzo para tragarse el dolor, aún seguía siendo bueno en la arquería y eso le daba más ánimos. Sería un regalo para su preciosa madre, pero también Kiku y Alfred lo verían y sintió mucha emoción por eso. Hasta ahora lo estaba haciendo bien, así que Scott no le pidió que se quedara en cambio le ordenó ir a recibir a sus padres diez minutos antes de que se abrieran las puertas. Él lo alcanzaría una vez que guardara bien sus cosas.

Se sintió un poco cohibido de repente, no veía a su madre desde que comenzó el año escolar y ella rara vez le mandaba mensajes por lo ocupada que estaba en el trabajo. Aunque siempre que los enviaba era un texto enorme que abarcaba al menos diez mensajes. Con Scott sería indudablemente igual. Ella amaba a los dos.

Todos los estudiantes estaban nerviosos, algunos se removían incomodos de un lado a otro. Recibir a los padres de niños ricos nunca era fácil. La mayoría tenía una cara poseída por el diablo, enojada y fría. Muy pocos tenían un aura calmada o eran amables, a menos claro que tuvieras más que ellos. Ahí siempre se portaban bien.

Se situó al lado de Kiku, él normalmente nunca estaba nervioso en las visitas. Por duro que sonara Kiku no tenía padres, él fue criado por un hombre adinerado que lo adoptó junto a otros cuatro y fueron criados como una familia normal en lo que cabía. Su padre adoptivo seguía vivo, solo que era muy difícil verlo. Así que para que sus hijos no se sintieran solos en esas festividades escolares siempre pagaba un boleto de avión para que todos los demás los visitaran, si su escuela lo permitía, claro. Aunque su hermano mayor, Yao, lograba convencer a todos los de la escuela para no decepcionar a sus hermanos. Así que no tenía sentido que su mejor amigo estuviera tan nervioso. Yao era un poco extravagante pero un buen sujeto entre lo que cabía. Incluso a Scott le agradaba.

— ¿Te encuentras bien, Kiku? —preguntó preocupado. El japonés saltó sorprendido de verlo a su lado.

—L-Lo siento, Arthur-san, estoy nervioso.

— ¿Por Yong Soo? Dudo que venga.

—Sí…—hizo una larga pausa, enfocándose en la gran puerta de Gakuen que se abría. —Tiene razón.

El primero en recibirlos fue Vasili, por supuesto, con sus tres hijos detrás de él. Las familias comenzaron a entrar, buscando a sus hijos con la mirada y estos al verse descubiertos corrían a encontrarlos como si no se hubiesen escondido.

— ¡Estás cada vez más grande-aru! —chilló la voz de Yao, corriendo a abrazarlo. Todos en automático se giraron a ver al chino que paso de largo a Valisi y corrió a abrazar a su familiar; el callado y reservado Kiku Honda. — ¡Estoy tan feliz de verte! ¡Pensé que tendría que buscarte por toda la escuela como la última vez-aru!

—P-Por favor compórtese, Yao-san.

— ¡No me hables de usted! ¡Somos hermanos, hermanos-aru!

Arthur soltó una risilla de compasión a su amigo, una vez que lo dejo en buenas manos se encamino a encontrar a su madre. Detrás de ella iba su padre, junto a sus dos hermanos: Gales y Patrick, este último gracias a Dios, vestido con elegancia… y otra mujer. Pero se concentró en la belleza de su madre.

— ¡Arthur! —con su voz llena de bondad envolvió a su hijo en brazos. Ella se parecía mucho a Scott en cuanto al cabello rojizo vivo, solo que sus ojos no eran verdes sino marrón claro y con ese vestido azul celeste lucía hermosa a la luz del sol. No llevaba perlas o adornos costosos como la mujer de atrás o las madres de los demás, es más, apenas lucía un broche de fantasía en su cabello. — ¿Cómo has estado?

Tuvo la tentación de decirle lo de Scott, pero no pudo. Lo que menos deseaba era poner triste a su madre.

—Madre. —Scott apareció detrás, justo a tiempo para que Arthur supiera que había tomado la decisión correcta. Sin importarle que Arthur estuviera en medio de ambos, la abrazo con fuerza, sonriendo.

—También estamos aquí. —saludó su padre, alzando una mano. Sintió a Scott tensarse, su madre lo controlo poniendo una de sus tibias manos sobre su brazo. Al instante él se relajó, dentro de sí Arthur deseaba tener el mismo poder que ella para tranquilizarlo.

—Padre. —ambos estrecharon sus manos, incomodos. Su padre señaló con la mirada a sus hermanos y a la mujer colgada de su brazo.

—Gales, Patrick y Helen han venido a ver su esfuerzo, chicos. Sean amables. —pidió su madre.

Gales reprimió una risa. — ¿Todavía son niños de kínder?

—Gales. —gruñó Scott, estrechando su mano con fuerza. El castaño hizo la mejor sonrisa que pudo, devolviéndole el apretón. —Y Patrick. —resopló al final Scott, dándole la mano. —Gracias por venir.

Arthur les dio rápidamente la mano a ambos, evitando que se ensañaran con él por las acciones de Scott.

—Sra. Kirkland. —saludaron Arthur y Scott al unísono, haciendo una leve reverencia. La mujer de hermosa cabellera castaña sonrió, complacida por el saludo.

— ¡COMEREMOS HAMBURGESAS AL TERMINAR EL DÍA! HAHAHAHA!

El estruendoso grito de Alfred llamó la atención de todo el mundo, incluso de sus otros hermanos.

—Ese chico sigue lleno de energía. ¿Verdad, Arthur? —preguntó su padre. — ¿Cómo van las tutorías con él?

—Eh… bien. —dijo sin darle la mirada. ¿cómo era posible que aún no se enterará? O quizás solo lo estaba guardando para cuando estuvieran solos. Pese a eso no se salvó de la mirada matadora de Scott.

— ¡Hay muchas chicas guapas aquí! —exclamó Patrick. —Me iré de cacería por un rato.

Antes de que pudiera avanzar Scott lo tomó por el saco de cuadros que llevaba. Con la mirada más aterradora que pudo poner, gruñó a su hermano. —Mantente quieto.

—Cualquiera diría que no quieres que vaya por tu chica, Scott. —comentó Gales sin borrar su permanente sonrisa. En cierta forma le recordaba a Iván.

— ¿Tienes novia, Scotty, querido? —preguntó su madre emocionada. Los tres hermanos restantes se aguantaron la risa. — ¡Tienes que presentármela!

—No es así, madre. —aclaró. —Olviden eso, tenemos que ir al auditorio o quedaran en los peores lugares.

Arthur tuvo la suerte de clavarse con su madre en la primera oportunidad, obligando a Scott quedarse con su padre y los demás. Por una vez no sería el centro de atención de ellos cuatro.

—Arthur. —llamó su madre en voz baja, no queriendo que la parte de atrás de la familia Kirkland escuchara. — ¿Me contarás lo que pasa con el chico de las hamburguesas?

Debió ponerse muy rojo porque su madre tomó un pedazo de su propio cabello y lo comparó con su rostro. Además de que le murmuró que lucía muy mono enamorado.

—T-también te enteraste, entonces mi padre…

—Debe estar aguardando el momento para hablar contigo. —sonrió emocionada. Se colgó de su brazo en manera juguetona. —No te preocupes, ya le he advertido que si te llega a lastimar yo misma me encargaré de que Helen lo deje en abstinencia por un año.

— ¿Qué cosas dices, madre? —preguntó sin bajar el tono rojo de su cara.

—Quiero saber todo lo que mi hijo me ha estado ocultando desde que entró a la escuela. En tus mensajes siempre me dices que todo va bien y todo es perfecto. —mandó una mirada acusadora a la parte de atrás, señalando a Scott. —Igual que tu hermano. ¿Se copian las respuestas acaso?

—Te diré cada detalle en cuanto se nos habrá un tiempo…

—Nunca me dirás nada. Cumple el capricho de tu madre y díselo ahora.

Arthur sabía por experiencia que no salía nada bueno de hacer esperar a su madre, así que comenzó, avergonzado e intentando que la tierra se lo tragara.

—Llegó y me declaró la guerra, como el héroe que es…

—Que romántico.

Tardó un buen rato contándole a su madre en voz baja los detalles de su relación con Alfred. Obviamente omitió buenos detalles como el haberlo besado, aunque ella ya lo sabía, estar en la habitación del otro y demás cosas embarazosas. No borró la cita de su respuesta, sabría que a su madre le causaría gracia y a él le encantaba verla sonreír. Vasili ya había comenzado a hablar, pero su madre seguía platicando en voz baja con él, sin darle importancia al director, no todos los días podía ver a sus hijos como otras madres así que aprovecharía todo el tiempo con ellos.

Al menos así fue hasta que Vasili mencionó lo del Comité escolar. En automático todos se giraron a la familia Kirkland. Arthur tomó la mano de su madre, notó como Scott se armaba de valor para ponerse de pie.

—Aún no está decidido, reiteró que seguiré luchando por mi posición en la escuela. —con la frente en alto no dejo de mirar a Vasili. Al parecer él no se esperaba aquella escena por parte de Scott, varias familias comenzaron a cuchuchear con sus hijos.

—Tome asiento, joven Kirkland. Gracias por su aviso. —de nuevo el director pareció neutral.

—No me han dicho nada ninguno de los dos. —reprendió su madre al momento en que Scott tomó de nuevo asiento. — ¿Qué les sucede? ¿Creen que yo no puedo ayudarlos a solucionar esto?

Arthur sintió una pedrada en el pecho. —No queríamos preocuparte, madre.

—Enterándome por este medio me preocupo mucho más.

—Lo resolveré, madre. —dijo Scott llenó de calma. Gales y Patrick le mandaron una mirada llena de desdén. —No tienes nada de qué preocuparte. Podré todo mi empeño en ello.

Ella no pareció convencida pero no objetó nada más. Arthur se llevó una mano a la cabeza, intentando sostenerla en alto. Por su culpa su madre había quitado la sonrisa de la cara.

Tardaron un rato más en salir, donde su madre pese a lo dicho por Scott siguió reprendiéndolos por su falta de confianza. La callaron una vez y esa fue suficiente para que toda la familia Kirkland se giraran a la persona en cuestión con expresión sombría en su rostro, Helen incluida. Helen era su "madrastra" por así decirlo, madre de Gales y Patrick por lo que en realidad Arthur y Scott no eran más que sus medios hermanos, pero su padre decretó que todos eran una familia y punto final. Helen no era una madrastra sacada de cuento de hadas, de hecho, era bastante buena, sólo que ni Arthur ni Scott se sentían cómodos a su lado. Había una historia detrás, por supuesto. Sin embargo, Helen intentaba romper aquella incomodidad siempre con sus buenas acciones. Quería llevar tan bien con Scott y Arthur como se llevaban sus propios hijos con Annie, la madre de ellos dos.

Lo primero que hicieron al salir fue un pequeño recorrido por las instalaciones, había un tour programado, así que el bullicio era tremendo. Todos parloteando con su familia, salvó unas que parecían más atentas a sus celulares por el trabajo o hablaban con los profesores respecto a la última evaluación de sus hijos. Entre todo el ajetreó Arthur notó entre las personas a Alfred, quién lo saludo con sus dos respectivas personas, su padre y Matthew. Se sonrojó volteando la cara a otro lado, encontrándose con la familia Bonnefoy que presumía la ropa de última moda, asqueado, giró su cabeza de nuevo a la derecha, topándose con Yao y Kiku caminando al lado de Vasili y su hijo, ambos lucían bastantes incomodos. Más para la izquierda se encontró con la familia Vargas, decidió no concentrarse demasiado en ella al visualizar a Lovino caminando detrás de ella con las manos metidas en los bolsillos de un traje nuevo. Solo pensó que quizás eran las personas más bellas que hubiese visto en la tierra.

Después de media escuela recorrida fue el turno de Scott para acaparar a su madre, mandando a Arthur a la parte de atrás. No, todo menos eso.

—Escuché que les patearan el culo antes de sus pequeñitas vacaciones de verano. —se rio Patrick, invadiendo su espacio personal con un abrazo por los hombros.

—No será así. —gruñó sacándoselo de encima.

—Quizás verte borracho ayude un poco, ¿no crees Arthur? —preguntó Gales a su lado. Su padre y Helen platicaban de lo hermosa que era la escuela, así que no prestaban atención a sus hijos. —Ayudo aquella vez con Bonnefoy.

—Aún me duele mi traserito al pensar en las palmadas de padre. —Patrick se sobó como si todavía sintiera el dolor, apretando los ojos con falsas lágrimas.

—Y todo fue tu culpa. —reprochó Gales.

—Tú fuiste quién me dio alcohol en primer lugar.

—Pero fue tu culpa beberlo—apoyó Patrick a su hermano de sangre. Pese a la edad mental de cinco años que aparentaba su hermanastro, tenía la edad de Arthur. Sólo que el cabello más oscuro, parado en puntas y los ojos de un verde-azulado. Sus orejas las llevaba perforadas unas tres veces cada una, con pequeñas cadenitas y aretes en forma de cruz que le daban un aspecto punk.

—Déjame tranquilo, Patrick. —le aventó la cara con la mano, sacándoselo de encima. — ¿Debería traerte a tus tres eternos rivales para aguarte la fiesta un rato?

— ¡Ese trío de idiotas no hará nada! —gritó, poniendo las manos como megáfono. Los miembros del BFT voltearon a él con molestia. —Están celosos porque soy todos ellos en uno.

—Ya.

Gales y Arthur, comenzaron a hablar de cualquier tema para olvidarse lo molesto que era su otro hermano. Ciertamente Arthur se llevaba un poco mejor con Gales que con los otros dos, él era más relajado y ni siquiera lo presionaba con el nombre de la familia o algo por el estilo. Por eso era que Patrick se cambió al camino de la música pese a la desaprobación de Helen y Scott. Gales solo quería ser un médico para abrir tripas y estar en toda clase de cirugías, con eso él era feliz.

Vale, ningún miembro de su familia era normal.

Terminó el transcurso del viaje con las escenas explicitas que le platicaba Gales y la plática de cómo hacerte asombroso impartida por Patrick. No necesitaba otro grandioso yo, gracias.

Fue cuando paso todo. Arthur se acercó a su madre para preguntarle si necesitaba un descanso, en ese instante vio a Alfred acercarse con la mano alzada en forma de saludo. Negó frenéticamente con la cabeza, pero su hermano, Patrick, se dio cuenta de que el americano se acercaba y asintió muchas veces al lado de Arthur.

—Largo. —gruñó Scott, impidiéndole el paso.

— ¿Qué dices cariño? Déjalo saludar. —pidió su madre con una sonrisa. Scott volteó a ella con los ojos en blanco.

Y cuando Alfred se intentó acercar, Arthur sintió un tirón de la parte de atrás de su saco, traspilló con un pie ajeno y fue empujado con fuerza a la fuente cercana. No cayó dentro de ella, solo se estrelló ahogando un grito de dolor. Pero otra persona se encargó de empujarlo al agua cuando se puso de pie. Tom, el cantante infraganti.

— ¿Qué creen que están haciendo? —escuchó gritar a Scott. Su madre intentó ayudarlo, pero Tom se puso en medio, de verdad, era el colmo para esos chicos. Arthur deseó ayudarla, pero se llevó un buen golpe en la cabeza, y estaba mareado.

—Simplemente estamos hartos de los Kirkland. —dijo el líder, encogiéndose de hombros en su traje de gala. —Solo intentamos mostrarlo.

—Wuhuu. Ustedes sí que están escasos de tornillos en el cerebro. —exclamó Patrick. —Los Kirkland nos multiplicamos rápido.

— ¿Deberíamos probarlo? —sonrió Gales. —El único que puede abrir la cabeza de Arthur, seré yo.

Eso no le ayudaba, pero viniendo de Gales significaba un gran apoyo. Al menos eso quería creer Arthur. Tom lo volvió a zambullir en el agua, dándole un traspié. Bien, eso estaba mal, lo último que vio fue el cielo aborregado y el sol pegándole en todo el rostro.


¡Hola!

Sentí que me paso un tractor cuando vi que juntando la parte de Arthur y Lovino se hacían más de cuarenta páginas. Y apenas es el comienzo del festival (LoL). Así que mejor lo corte en tres partes, así que el siguiente capitulo que viene será puro Spamano (siempre que escribo "spamano" tengo que corregirlo porque pongo "espamano" XD)

Los hermanos Kirkland aparecieron, junto a los padres de los mismos. Literal, tres padres. Wow. Ya se pueden estar imaginando una parte de lo que está pasando ¿no? :'D

Dando las gracias como siempre por sus maravillosos reviews a: Sybilla Kahler, Dark-nesey, Javany & BananaMisteriosa. Son apreciados con todo mi corazón. ¡Son maravillosas chicas, no cambien!

Por cierto, si notan ciertas palabras en castellano o dialectos del habla española, es que me he estado leyendo varios libros que son de autores españoles o su traducción está en castellano. Y se me queda su forma de narración. (No puedo evitar que me afecte TuT -sorrynosorry-).

Con cariño,

MimiChibi-Diethel.