Circulo: Vicio Tsun.

Advertencia: La historia esta narrada desde el punto de vista spamano al mismo tiempo que el UsUk del capitulo anterior.


Tú + Yo= Error 404.

22. Un punto.

—Antonio—llamó de pronto, recordando que tenía conciencia. Sus dedos entrelazados con los contrarios se abrieron en un dos por tres, hecho su cuerpo atrás, empujando con su mano disponible el pecho de Antonio. Él aún con la mano entrelazada con la suya, se separó, sorprendido por sus acciones. —déjame.

— ¿Lovi?

A ojos de Antonio la noche se volvió mucho más oscura, las farolas opacas al igual que la luna y estrellas. El canto de un grillo vitoreaba en el aire, trayendo consigo un ambiente casi denso. Paso saliva con dificultad, imaginando como sería una vida sin la persona delante de sus ojos. Quizás de le quedo viendo de más a Lovino pues él alzó una ceja, inconforme con su agarre, se libró de Antonio en un manotazo. Estaba molesto, Antonio podía sentirlo, y después de lo que Emma le grito en la cara lo consideraba totalmente justo.

— ¡Perdóname, Lovi! —pidió juntando sus manos en una palmada. — ¡De verdad, lo siento muchísimo!

— ¿Ah?

—He sido un muy mal amigo. No he sabido como actuar en todo este tiempo. —alzó su rostro para transmitirle sus sentimientos, Lovino se puso a la defensiva sin saber muy bien el porqué. Su cuerpo debió reaccionar antes de que sus emociones. Antonio lo conocía muy bien para reconocer esa acción como una muy mala, si era dirigida a él, era claro que una parte de su Lovi ya no le tenía la suficiente confianza. —Di por hecho que siempre estarías a mi lado. —continuó agachando la mirada, jugando con el botón de su saco. —Que no podía perderte.

— ¿De qué diantres me estás hablando, hijo de puta? —bramó Lovino, apartando el rostro.

—Tú lo sabes, Lovi. —junto sus manos de nuevo, jugando con sus dedos. —Te ignore, te oculte cosas, te trate como un completo extraño pesé a que eres una de las personas más importantes para mí. Y, aun así, tu estuviste ahí para mí.

—Déjalo ya. —Lovino se cruzó de brazos, sin darle la cara todavía. —Si lo entiendes ahora ya no lo repitas o te golpearé ese culo tuyo hasta hacerlo papilla.

—Lovi…

— ¡Qué estoy bien, maldito bastardo!

— ¡No lo estás! —reprochó Antonio, tomando de nuevo sus manos, incitándolo a verlo. — ¡Y todo es mi culpa!

El italiano infló las mejillas con enojo, aventando las manos de Antonio. Él volvió a tomarlas entre las suyas, apresándolas con mucha más fuerza.

— ¡Suéltame!

—Si te vas ahora Lovi, no podremos arreglarlo.

— ¡Nadie quiere arreglar nada contigo!

— ¡Yo lo quiero arreglar!

— ¡Me interesa una mierda lo que tú quieras!

—Siempre haces eso cuando intentas ocultar tus sentimientos, Lovi. —dijo Antonio, halándolo de los brazos para quedar cerca de él. Invadiendo su espacio personal. Ambos pudieron contemplar el verde de sus ojos, brillando con una determinación diferente. —Es mi culpa, Lovi. Estoy consciente de eso, por eso me estoy disculpando.

—Bien. Te perdono, ¿eso quieres escuchar, bastardo?

—No.

— ¡Qué mierda quieres, entonces!

—Dime lo que verdaderamente sientes. —dejo sus brazos rápidamente, tomándolo de la cara. Lovino se quedó en un silencio anonadado. Definitivamente Antonio no quería dejarlo ir. —Escucharé todos lo que me tengas que decir, sin interrumpir. Tomaré todas tus maldiciones e incluso si tú lo quieres, las cumpliré.

—Procuraré ordenarte que te mueras en un principio. —rezongó intentando apartar la cara de sus manos.

—Lo haré siempre y cuando estés satisfecho.

— ¡Estoy bromeando!

—Yo no. —pegó su frente con la de Lovino, sin quitar la mirada de sus ojos ni las manos en su cara. —Lovi, te hice daño y voy a compensarlo.

— ¿Por qué estás actuando así de repente? —sin que pudiera evitarlo la sangre le adorno las mejillas. Lovino se maldijo entre sus pensamientos, era el peor momento para ponerse rojo por la cercanía del bastardo español.

Porque me gustas. Al menos eso fue lo primero que le cruzo en la cabeza a Antonio, sus labios temblaron al fijarse lo cerca que estaban de los contrarios. Su inteligencia le falló al igual que en los exámenes, tomar a Lovino frente con frente no fue lo que consideraría sensato si estaba a punto de declararse; aunque claro, primero estaba arreglar su situación con Lovino y luego preocuparse por lo demás. Sus sentimientos podían esperar, los de Lovino ya no.

—Porque te quiero. —y no era mentira.

— ¡Deja de decir cursilerías! —chilló explotando en color rojo.

—Basta, Lovi. Me tomaré la libertad de esposarte a mí si es necesario.

— ¿Quieres que te llené de reproches? —gritó tomándolo de los brazos, inhaló todo el aire que sus pulmones le permitieron y echó su cabeza adelante, pegando con la frente contraria. Antonio sintió que algo se le rompía, no quiso saber qué. — ¡Eres un imbécil! ¡Un bueno para nada! ¡Y veme a los ojos, gilipollas, estas a punto de cagarte en los pantalones!

Comenzó desde la primera semana que se encontraron, antes de entrar a Gakuen. Siguiendo con su abandono total cuando Arthur le toco como compañero de habitación, su poca interacción con él en la cafetería, su desconfianza en el asunto de Govert y Emma, enfocándose mucho más en eso, le llamo bastardo y por otras malas palabras un millón de veces, siguió con el rechazo de las últimas dos semanas, en ese punto las lágrimas ya se desbordaban de sus ojos, y Antonio, recapitulando un hecho de cuando eran niños, las limpió con sus pulgares en completo silencio. Lovino mordió su labio sin poder contenerse más tiempo, lanzándose a él en un abrazo.

—Perdóname, Lovi. —dijo Antonio, correspondiendo el abrazo, queriendo fundirlo con él. —Yo… ignoré tus sentimientos. Me concentré más en mí y te dejé de lado. Te prometí que te cuidaría y no lo cumplí.

—Eres un maldito bastardo. —balbuceó, escondiendo su rostro en su hombro derecho.

—Lo soy, ¿no es así? —acarició su cabello, buscando transmitirle tranquilidad.

No era momento para confesarle sus sentimientos, de eso se dio cuenta muy rápidamente. Había herido a Lovino, demasiado. Primero debía recuperar la confianza que este le perdió en ese corto periodo de tiempo, se sintió demasiado estúpido, de niños le costó al menos un año entero que Lovino se abriera un poco a él y otros dos para que se soltara por completo. Y ahora, por sus tontas acciones, se vino abajo todo lo construido. Así que por el momento no se sentía con el derecho de ponerlo en un aprieto tan grande como sus sentimientos, solo serían una carga en su relación.

Al menos, por ese tiempo, Lovino era inalcanzable para él.

Llegó de mal humor a su habitación, pese a la compañía que Antonio le brindo al final y sus promesas de que todo cambiaría a partir de ese momento, se sentía horrible. No solo le chilló al español sobre mil cosas de las cuales, ya lo había perdonado, también le mostro un lado muy patético de él. Antonio no recrimino nada en ningún momento, tampoco justifico sus acciones, lo escucho hasta el final acariciando su cabello con cariño.

La razón de su molestia no era eso, si no otra muy simple de hecho, los ojos de Antonio se mostraban infinitamente tristes.

Y más que molesto, estaba preocupado. ¿Acaso el bastardo pensaría que su perdón fue falso? No lo admitiría en voz alta, claro, pero quería muchísimo a Antonio. Sus errores le dolían, las cicatrices marcaban su corazón y aunque un niño de primaria sabía que si el fuego te quemaba no debías acercarte a él, Lovino fingía no saberlo. Al final de cuentas, Antonio se dio cuenta, al fin y al cabo, fue quién dio su primer paso para restaurar su relación. Las cicatrices quedarían, pero al menos ya no se volverían a abrir, aprendería a vivir con ellas teniendo a Antonio a su lado.

Se recostó en su cama pensando en sus manos entrelazadas. Mucho antes de que la plática pasara. El abrazo que se sintió tan diferente. ¿Quizás se había sentido distinto porque Antonio ya no pasaba mucho tiempo con él? Podría ser, no estaba muy seguro. Emanó un calor distinto al que siempre le transmitía Antonio, uno mucho más duradero, cargado de más sentimiento.

Lovino recordó la primera vez que conoció a Antonio. Después de bajar del auto con la ayuda del mayordomo y dejar la maleta en el suelo, fue bien recibido por una pareja adorable en la entrada de la hacienda. Ambos tenían una sonrisa amable, y se sujetaban las manos como tontos esperando a que su hijo adoptivo llegará. El pequeño Lovino gruñó en sus adentros, a pesar de su corta edad su padre le remarcaba lo mucho que otros intentarían usarlo por el simple hecho de pertenecer a la familia Vargas; no era la primera vez que trataba con personas que fingían ser amables. El padre de Antonio lo ayudo a llevar su maleta y su madre comenzó a hacerle una plática sobre los huertos de tomates que tenían. En ese tiempo, Lovino pensó que sería lo único bueno de ese lugar.

Jamás admitiría que se la paso llorando todo el transcurso, pidiendo a su madre. Rememoraba con gracia lo inocente que era en aquellos días, pensando que su madre lo quería.

— ¡Un compañero de juegos! —le gritó el pequeño Antonio. Cuando Lovino lo visualizó por primera vez lo tacho de una molestia, en cierta manera no se equivocó. Y al sentir la mano áspera del niño, la quitó de inmediato, aún no entendía como un mocoso un año mayor que él podía tener ámpulas en las manos.

—Quiero ir a mi habitación.

Luego de eso las conversaciones le fueron cada día más difíciles. Los padres de Antonio procuraban no ser tan duro con él, le daban de comer comida muy rica y podía comer toda la chuchería que quisiera siempre y cuando hiciera las tareas de la escuela; e incluso si no era así, le compensaban con algún dulce por intentarlo. Lovino sabía que fingían para él, que intentaban ganarse a su familia a través de él. Nunca estuvo tan equivocado en toda su vida. Antonio intentaba jugar con él porque de verdad le agradaba, sus padres le consentían porque querían mucho a los niños, solo eran personas cariñosas, le tomó al menos dos años descifrarlo.

Así que, bien, Antonio cometió el error de no confiar en él y le dolía, no mentiría. Sin embargo, aquel español con sonrisa idiota y mirada cálida le había dado más momentos felices que tristes. ¿Cómo siquiera podía pensar que lo odiaría? Si no fuera por él… todo el mundo se le hubiese derrumbado a tan temprana edad. Odiaría incluso a Feliciano. No le interesarían las demás personas, no conocería a Govert y Emma.

Estaba bien, Antonio era un imbécil y eso lo sabía desde hace mucho, no necesitaba algo más que no fuese su sonrisa.

Despertó con dolor de cabeza, producto del lloriqueó anterior. Arthur no estaba en su cama, no quiso indagar más. Luego de saber que el bastardo de Scott lo dejó todo mal trecho, decidió no preguntar más, no era su territorio y Arthur parecía no querer su ayuda de todas maneras. Aun así, se sentía mal por el bastardo, su instinto de hermano mayor le rogaba intervenir.

Se talló el rostro, olvidando todos esos pensamientos. No era su asunto y punto final. El reloj gritó alegremente que eran las ocho de la mañana, hacía eso cada maldita hora, por suerte su sueño era lo suficiente profundo para no despertarse a la voluntad de un estúpido reloj. Decidió dormir un poco más, al menos hasta la hora del almuerzo para poderse incorporar a clases sin necedad de un regaño por parte de algún perfecto. Además, no se sentía de ánimos para soportar física y química en las siguientes cuatro horas.

Notó el primer cambio cuando fue a almorzar. Todo era normal con Arthur comiendo a su lado, ningún reclamo por parte del cejon ni siquiera reparó en que falto la mitad de la mañana a clases, se soltaban una que otra maldición como siempre y compartían algunas cosas que no le gustaban a uno y al otro sí. Sobre todo, la comida de Kiku, que el japonés ya preparaba doble ración de onigiris para Arthur. Lovino se preguntaba si Kiku no estaba interesado en donde acababa su comida.

— ¡Lovi! —chilló Antonio, corriendo a abrazarlo. — ¡Los demás no están de acuerdo conmigo en que eres adorable!

— ¡No soy adorable! —gruñó estrellando su cabeza en la quijada de Antonio. — ¡Mi cara es la de todo un hombre!

Arthur se atragantó con la comida al intentar reír. Gilbert en cambio estalló en carcajadas, balbuceando incoherencias sobre lo niña que de verdad parecía.

—Lovi, incluso tú…—Antonio hizo boca de pato, murmurando las palabras dentro de sus dientes. —Debería traer una foto de ti cuando eras niño, así nadie lo negaría.

— ¡Te patearé el culo donde lo hagas! —estalló dándole golpes en la cabeza y pecho. Francis y Gilbert aprovecharon la distracción para tomar dos bolitas de arroz de Kiku.

— ¡Hey! —se quejó Arthur al verlos tragar. — ¡Es tú culpa, Lovino! ¡Perdiste la porción de hoy!

— ¡Ni se coña, esas son tuyas!

— ¡Yo también quiero una! —gritó Antonio, tomando la que Lovino tenía en la mano. El italiano le apreso el antebrazo con sus manos, dándole una enorme mordida al onigiri, salpicándose de arroz en la boca. — ¡Qué cruel, Lovi!

Sonmapfmías.—declaró con la boca llena.

—Podemos comer juntos, Antonio. —ofrecieron algunas chicas, apareciendo por arte de magia en la escena. El moreno se volteó a ellas con una sonrisa al ver la comida. —Es comida hecha… ¡EEEK!

Lovino le estrelló la otra mitad del onigiri en la boca de Antonio, bastante molesto. Su naturaleza no era ser rudo con las mujeres, ni en un millón de años pondría a un tío primero antes de que, a una bella dama, sin embargo, era tan molesto que le coquetearan.

— ¡Eso me dolió, Lovi! —reprochó tragando todo el arroz que pudo, dejando caer al suelo el resto. — ¿Por qué lo hiciste?

—Tú querías, yo te lo di. —fue su respuesta escuálida.

Bien, quizás el único en cambiar su manera de comportarse fuera él.

El sábado por la tarde se encontró comiendo con Govert. El cielo estaba comenzando a nublarse, aun así, se podía disfrutar de una buena comida antes de que comenzara a llover.

— ¿Te has vuelto la pareja del imbécil de Antonio? —preguntó Govert, encendiendo el cigarrillo en su boca. Lovino se volteó a él, atragantándose con la comida que especialmente Emma le había preparado. Su amigo le paso la botella de agua, sin apuros.

— ¡Qué mierda estás tirando, bastardo! —chilló secándose el agua derramada con la mano. Grovert se echó para atrás, recargándose en el árbol, entrecerró los ojos, observando el cielo. — ¡Respóndeme!

—Sólo escuché que estabas llevando a Antonio por un mal camino. —murmuró, sacando el aire del cigarrillo. —Bueno, ese es el resumen.

Lovino se estremeció, encogiéndose entre sus hombros, enfurruñado. Grovert cerró los ojos, sin darle importancia a la expresión tan maja que su mejor amigo le ponía. Él comenzó a murmurar un sinfín de maldiciones sobre que pisara mierda de perro al caminar o le cayera un cubo de agua encima al pasar por debajo de una escalera.

— ¿Y? —de nuevo Govert lo llamó, impidiendo que Lovino completara el pentagrama para invocar al diablo hecho con chicharos. — ¿El imbécil de Antonio ya tiene una correa con tu nombre? ¿Te regalo una?

— ¡No estamos saliendo! —gritó sonrojado, tirando el arroz sobrante. Una lagrimilla se le escapo al ver la tan rica comida de Emma tirada en el suelo. Pero más importante era lo que el bastardo le estaba diciendo. — ¿De dónde te sacas esas ideas, hijo de puta?

Govert abrió un ojo, mirándolo. Con las manos echadas detrás de su cabeza y el cigarro en su boca lucía igual que un vándalo que no dudaría en atacarte; más por esa cara de perro que se cargaba. Lovino infló las mejillas, soltándole una patada. Govert se la devolvió justo en la espinilla. Lovino le dio un golpe en la cara y él se lo regreso. Una venita se hinchó en la frente de ambos, sosteniendo con fuerza las muñecas del otro.

—Déjame acabar contigo, malnacido.

—Lo haré si me dejas arrancarte ese jodido rulo en tu cabeza. —protestó Govert.

Se calmaron luego de un rato, recordando que el postre de Emma seguía guardado. Lovino se preguntaba de vez en cuando a qué hora preparaba la chica el almuerzo, siempre parecía estar de un lado al otro, poco preocupada de encontrar los ingredientes. Govert prendió otro cigarrillo gracias a que el otro quedo en el suelo por su pelea anterior. Volviendo a adoptar la misma posición anterior.

— ¿Entonces, te doy una?

—Te la metería por el culo. —bufó adquiriendo rubor.

— ¿Qué ha pasado?

—Sólo rechazo a unas cuantas chicas—enfatizó esa palabra, llenándola de enojo—, y se han encargado de convertirlo en una novela dramática.

—Supongo que el imbécil al fin te dio tu lugar. —al ver la expresión confundida de Lovino, prosiguió— ¿No dijiste que ahuyento a las crías de ahí?

—Me pregunto cómo encontraras novia si repudias a las mujeres. —reprochó Lovino.

—Sólo a las de esta escuela. El siguiente año pasaré a la universidad, en Holanda. —dijo sonriente. Se le veían las ganas de regresar a su país de origen, sin embargo, Lovino no se sintió ni un poco alegre por lo mencionado. ¿Qué pasaría cuando Govert se tuviera que ir? Probablemente no lo volvería a ver. Ni siquiera se había planteado la posibilidad que él no decidiera ir a la universidad de Gakuen.

Govert se quedó un momento mirándolo, inesperadamente Lovino se quedó callado.

— ¿En qué estás pensando?

—Nada. —respondió bajito, desviando la mirada al suelo.

Lejos de lo bien que se lo había pasado Arthur el domingo por la noche, Lovino lo tuvo duro desde la tarde, cuando llamó su padre. Antonio estaba a su lado, contemplando con una felicidad desenfrenada como le sacaban los intestinos a alguien en la película de terror que estaban viendo. Francis ahogó un grito terrorífico, cubriéndose la cara con una almohada. Mientras Gilbert zarandeaba a Antonio para que reaccionara, alegando que él lo haría mejor que el héroe.

El ruidito causo que todos se sobresaltaran, chillando. Al final decidieron abrir las ventanas para despegar el aire terrorífico mientras Lovino recibía su llamada. El Bad Friend Trio no tardo en volverse a él cuando escucharon los primeros gritos.

¡No quiero que le eches a perder esto a tu hermano, Lovino!

—No lo haré. —murmuró él, pegándose más el aparato a la oreja. No quería que los demás escucharan, pero si salía al pasillo era peor, gente desconocida lo haría.

¿Tienes el traje que te regalo tu madre, cierto? Ponte eso, tenemos que lucir como la mejor familia de ahí.

—No será muy difícil.

No estoy bromeando, Lovino.

Tuvo la tentación de decirle que nunca lo hacía, salvo con Feliciano. Terminó la llamada con algunos cuantos regaños, vaya a saber porque (no es que le pusiera siempre atención) y se volteó al BFT. Gilbert estaba trepado en la cama de Francis simulando la batalla de Thorin II Escudo de Roble contra Azog, el orco de piel pálida. Y sí, los conocía porque hubo cierto tiempo que aquellos tres se obsesionaron con las películas del Hobbit y el Señor de los Anillos, tanto que tenían una copia del anillo guardado en alguna parte; se habían olvidado de eso hace mucho. Pero a Lovino le traía buenos recuerdos, porque ellos le obligaron a participar varias veces con sus disfraces.

Miró a Antonio quién le guiño el ojo y simulo enterrarle la almohada-espada a Francis.

— ¡Por qué siempre tengo que ser el orco! —preguntó indignando. — ¡Gilbo tiene la piel más pálida que yo!

—Yo soy Luke Skywalker.

— ¡Eso no es justo, estamos con el Hobbit, Gilbo! —se quejó Antonio, bajando la almohada.

— ¡Yo quiero ser la princesa Leia! —apuntó Francis, tomando una sudadera rosa que tenía botada por ahí y poniéndosela encima de la cabeza.

—Entonces seré Darth Vader. —sonrió Antonio, tomando una botella de plástico que aún tenía el jugo de alguno de ellos. — ¿Listo para la batalla?

—Y creía que Alfred tenía un problema…—murmuró Lovino.

La cara se le iluminó de pronto a Gilbert, recordando el último trío que vieron en televisión. — ¡Seamos las Heathers! —Lovino lo miró con una ceja alzada, sin comprender. — ¡Y la princesa puede hacer de Veronica, somos el elenco perfecto!

— ¿De qué mierda hablas?

—Podemos hacer también a Percy Jackson… ¡yo puedo ser Annabeth!

—No quiero ser mitad cabra. —se quejó Antonio, pues estaba seguro de que Gilbert eligiría Percy.

—Prefiero a las tías maniáticas de poder que se meten con todos.

— ¿Te ves reflejado estúpida patata? —comentó Lovino.

— ¡Escuche eso!

—Otro trío interesante es el que le gusta a Kiku en su manga japonés….—sugirió Antonio.

—No recuerdo como se llama. —siguió Francis.

—O podemos ser las Heathers. —decretó Gilbert, haciendo un mohín. Se puso de un salto en el suelo, quedando frente a Lovino. — ¿Vamos a tener un problema?

—Gilbo, no te metas con Lovi. —reprochó Antonio.

—Aburridos. —concluyó dándole un tirón al rulo de Lovino.

Se fue de ahí en cuanto vio entrar a Alfred por la puerta. Suficiente estupidez para su día de descanso, aunque luego el descardo acabaría tocando apenas estuviera cerrando los ojos, pero eso ya era otra historia.

Y entonces lo peor comenzó el lunes.

El día era muy bonito de hecho, el cielo estaba despejado y no hacía tanto calor. Es más, corría una brisa fresca por la mañana dando a entender que el día sería mucho más agradable de lo que se hubiese imaginado. Para su fortuna estaba muy ocupado quedándose en la oficina del comité disciplinario como para notar su falta de interés en asistir a las primeras dos clases. Se levantó luego de un rato, sin poder dormir más. Intentó arreglarse lo mejor posible y salió a clases. La verdad lo que menos pensó encontrarse fue a Antonio volviendo a entrar al dormitorio, con la mirada perdida.

— ¿Qué sucede, bastardo? —preguntó cuándo el español se detuvo delante de él. — ¿Estás enfermo? ¡Por eso te dije que no comieras el chocolate que te dio el imbécil de Gilbert! Llevaba al menos un mes debajo de su ca-

Antonio se inclinó en dirección a él, rodeándolo de nuevo con sus brazos. Lovino quedo con la mente en blanco, ¿ahora por qué demonios lo estaba abrazando? ¡Le patearía el culo! ¿Cómo se atrevía a abrazarlo y a hacer latir su corazón tan rápido? En algún día muy cercano terminaría muriendo por la aceleración en su corazón o con la cabeza quemada de tanto que se le sobrecalentaba. Pese a todos sus sentimientos en ese momento, detuvo cada uno de ellos al sentir los espasmos de Antonio.

— ¿Qué…?

—Perdona, Lovi. Solo un momento más… permíteme un momento más a tu lado. —balbuceó con voz rota.

—De acuerdo. —murmuró bajito, rodeando también con sus brazos alrededor de la cintura de Antonio. No entendía muy bien lo que pasaba, y la situación sería muy embarazosa si alguien los encontraba, sin embargo, algo le decía que Antonio no estaba ni un poco bien.

Tardaron un poco más en estar abrazados, Antonio se apartó al sentir sus brazos entumecidos. Con una sonrisa recibió a Lovino, acariciando su cabeza con cariño. El italiano notó una terrible tormenta a punto de ser desatada en sus ojos, estaban llorosos, rojos e hinchados, seguro que había llorado antes de toparse con él.

— ¿Qué sucede, Antonio?

El español suspiró, tallándose los ojos con las manos, el sueño apareció de repente en él. Deseaba hundirse en su cama lo más pronto posible. Sin embargo, al mirar a Lovino se intentó tranquilizar, no deseaba preocuparlo de más.

—Dime que está pasando.

—Mis padres no podrán asistir al festival cultural. —murmuró rascándose la cabeza.

—Eso es imposible. ¿Qué ha pasado? ¿Ellos están bien? —las imágenes le abarrotaron la cabeza, pensando en los peores escenarios posibles. — ¿Debo llamar al viejo de Máximo?

—Él ya está con ellos. —suspiró, removiéndose el cabello. —Yo también quisiera ir allá.

Lovino miró a sus alrededores, aquel no era un buen sitio para hablar. De todas formas, le valían un comino las clases y Antonio siempre sería mucho más importante que un maldito castigo impuesto por los Kirkland. Tomó de la muñeca a su amigo y lo encamino hasta su habitación, recorriendo los pasillos en completo silencio; Antonio parecía estar muy perdido en sus pensamientos, tanto que ni siquiera notó las lágrimas cayendo por sus mejillas.

—Ahora dime, ¿qué demonios paso, bastardo? —preguntó de nuevo, calmado y cauteloso, no sabía que tan grave era el asunto.

Antonio se recostó en la cama mirando al techo, su mano hizo un caminito a la propia de Lovino sosteniéndola con cariño. El italiano no tardó en descifrar el mensaje, así que se acostó a su lado, entrelazando su mano con la suya. Aquello sin duda se sentía tan diferente a cuando se tomaron de las manos en el abrazo de disculpa de Antonio, emanaba un afecto distinto.

—Mis padres se están divorciando. —dijo al aire.

Lovino escuchó sonido blanco invadiendo sus oídos. — ¿Qué? —aún en la cama, volteó su cabeza a Antonio, visualizando su perfil.

—Me enteré sin querer por un mensaje erróneo de mamá. —explicó, apretando aún más su mano. —Le decía a su abogado que papá estaba todavía negándose a firmar los papeles. Le pedía esperar un año más hasta que yo saliera de Gakuen.

—Antonio…

Lovino regreso su mirada al techo, recordando sus días en la hacienda de los Fernández. Es que… era imposible. Los padres de Antonio eran estúpidamente tiernos y adorables, siempre se daban besos afectuosos, se sonreían uno al otro, jugaban al preparar la comida y al recolectar las frutas o verduras de los huertos. Muy pocas veces los vio pelear y siempre los encontró reconciliándose entre lágrimas y sonrisas. Se habían vuelto el prototipo de pareja ideal del pequeño Lovino Vargas, el cual deseaba encontrar una pareja así en el transcurso de su vida.

—No es posible. —balbuceó en un empeñó de calmar los gimoteos. Ellos que lo cuidaron como sus padres, sin querer nada a cambio de su familia, ellos que le enseñaron que era el calor de una familia ahora tomaban la decisión de separarse. — ¿Por-?

—No llores, Lovi. —Antonio giró a él, acurrucándolo en su pecho. Lovino mordió su labio, afligido. Él debería estar consolando, no ser al que consuelan. Si él reaccionó así, Antonio debería estar hecho un caos emocional, aun así, le acariciaba su cabello con tanto cuidado como si se fuera a romper.

—Y-Yo debería hacer eso, bastardo. —gruñó entre lágrimas. —Nuestra… nuestra familia… ¿por qué?

—Mamá encontró a una nueva persona. —le temblaron los labios al decirlo y los escondió en la cabellera de Lovino. —Eso me dijo mi papá cuando le marqué en busca de explicaciones, por un momento pensé que solo era una broma y que al contestar me recibirían con risas.

—Puede que solo este confundida…

—Ellos tuvieron problemas incluso cuando vivía con ellos, yo los veía pasar tiempo juntos, pero ya no era lo mismo. Al parecer ellos no duermen juntos desde mi primer año —Antonio cerró los ojos, recordando con pesar la plática de su padre. —Desde que ingrese a Gakuen las cosas cambiaron, ya no pasaban tiempo de calidad, cada uno iba por su camino y dejaron de enamorarse el uno al otro.

— ¿Y las vacaciones, no notaste nada raro?

—Fingían para mí. —respondió estrujando más a Lovino contra sí. —Me lo dirían después de mi examen de ingreso a la universidad. Cuando estuvieran seguros de que mi viejo se encargará de mí.

Lovino sintió una punzada en el pecho. ¿Qué demonios significaba eso? ¿Cuándo su abuelo pudiera hacerse cargo de él? Rezó varias veces a un Dios que no estaba muy seguro de que existiera, rezó para que no fuera lo que se estaba imaginando. Vamos…, los padres de Antonio lo amaban en sobremanera, ellos eran peras en dulce a pesar de que ya no se amaran el uno al otro, ni en un millón de años serían la misma escoria que sus padres.

—Mi madre está embarazada, tiene un mes. —murmuró entre sus cabellos, Lovino sintió un ligero cosquilleó en su cabeza. —Y mi padre no quiere saber nada de ella ahora que me he enterado. Se ha disculpado conmigo, por hacerme pensar en cosas innecesarias.

— ¿Has hablado con tu mamá?

—Sí, justo en la mañana lo hice. —hizo una pausa muy larga antes de continuar. —No se escuchaba nada triste de que me haya enterado, parecía que se libró de una verdadera carga. Me dijo que ya era lo suficiente grande para soportarlo, que me seguía queriendo pese a todo y que podría ir a visitarla cuando quisiera, a ella y a mi futuro hermano.

—Espera… ¿de verdad te piensan dejar a cargo de mi abuelo?

—Le cederá la patria potestad a mi padre. Y mi padre ha decidido que es hora de emanciparme de él.

— ¡No tienen derecho de decir lo que se les dé la gana! —reclamó removiéndose. Antonio le negó ese derecho, aferrándose más a él. — ¡Simplemente porque se divorcian no significa que tú ya no existas! ¡Los dos te hicieron, tienen que hacerse cargo de ti hasta el final! ¡Tú no tienes la culpa de nada!

—Que lo digas así suena muy feo, Lovi. —rio bajito, con la mirada perdida en algún punto del colchón. —Seré mayor de edad el siguiente año, y mi viejo me ofreció un trabajo a su lado. Estaré bien.

—Antonio, no lo entiendes. Ellos solo están decidiendo todo por su cuenta, ni siquiera piensan en tus sentimientos como hijo. ¿Cómo pueden ser así? Creí que eran mejores que mis bastardos padres… ¿no tienes algo que decirles? ¿estás bien con esa decisión?

—Si dijera "quédense a mi lado" ¿cambiaría su opinión? —Lovino alzó su cabeza, enfocándose en los ojos de Antonio. El verde de ellos estaba oscuro, nublado por las acciones tan estúpidas de sus progenitores. ¿Cómo era posible que pudieran tomar decisiones así sin considerar al hijo que alguna vez dijeron amar tanto? —Mi madre ya está con otra familia, mi padre quiere reconstruir una nueva. Yo solo les estaría estorbando en su nueva vida.

—Antonio…

Entre el silencio formado se escucharon los pasos de alguien en el pasillo. Ambos se miraron el uno al otro, esperando que se detuvieran en algún punto sin embargo seguían avanzando lentamente, resonando entre la madera del piso. La habitación 404 era la del más al fondo, y sería a la última a la que los pazos llegarían si no se detenían. En el instante ambos pensaron en Arthur.

— ¡Lovi, aplícame una llave de lucha libre! —pidió poniéndose de pie en un salto.

— ¿QUÉ?

— ¡No quiero que nadie se enteré de esto, Lovi! —exclamó echándose en la cama, aplastándolo con su cuerpo. El italiano se regodeó entre él, manoteando y apartando su rostro del suyo. —Por favor.

Así que esa fue la razón de que Arthur lo encontrara aplicándole una llave a Antonio.

— ¿Qué se supone que están haciendo aquí? —gruñó quitándose la capucha roja que le cubría la cara y el cabello.

— ¿Esa es la sudadera de Gilbo? —preguntó Antonio lo más neutral que pudo, aunque un poco preocupado. ¿Había pasado algo en el tiempo que no estuvo con sus mejores amigos? ¿por qué Arthur tenía una cara tan apagada? Lo normal sería que los llenará de insultos y castigos. Lovino apretó su pierna contra su espalda, sacándolo de sus preguntas mentales. — ¡Lovi!

Por parte de Lovino esa era una señal de advertencia, no debía preocuparse por otros en esos momentos.

—Podría hacerte la misma pregunta, bastardo cejon. —contestó Lovino, soltando la pierna de Antonio, sentándose de brazos cruzados en el colchón. —El perfecto Arthur Cejas por las Nubes Kirkland no debería estar aquí. —mucho menos cuando debía platicar más afondo con Antonio. Arthur eligió el peor el día para saltarse clases.

—Puedes preguntarle a tu novio, falto todo el día a clase. —señaló con la mirada a Antonio. Lovino quiso tirarle un buen golpe en ese momento, ¿Cómo se atrevía a mirar feo a Antonio? El único autorizado para hacer eso era él, y quizás Govert.

— ¡No digas cosas de mal gusto, imbécil! —protestó Lovino con la cara roja.

—Sí, bueno. Largo de mi cuarto. —hizo un ademán con la cabeza para que ambos se retiraran. —Luego me encargaré de su castigo.

—Tienes tizne en la cara. —dijo Antonio al incorporarse, no quería reparar mucho en la palabra novio. — ¿Te ha pasado algo?

—Nada que te importe. —cruzó sus brazos, desviando la cara. —Fuera.

Algo iba mal ahí, Lovino pudo sentirlo. Arthur estaba actuando más raro de lo normal, e intentaba no mirarlo a los ojos. A pesar de ser muy malo expresando sus sentimientos, Lovino podía leerlo perfectamente, ¿acaso habría pasado de nuevo lo de Scott? ¿Por eso intentaba tener la habitación para él mismo? Sintió la necedad de quedarse a su lado también, de curarle las heridas como antes. Nadie debía soportar eso solo. Él más que cualquiera sabía que era cuidarse las heridas sin que a nadie le importara, sin embargo…

Justo cuando iba a decirle algo a Arthur, incluso si eso significaba delatarlo a Antonio, este se echó a correr rumbo a su habitación.

— ¡DONDE CIERRES LA PUTA PUERTA, ESTÁS MUERTO! —gritó pasando a su lado a toda velocidad. Lo lamento, imbécil fue lo que Lovino pensó al pasar a su lado, Antonio le importaba más que todo.

Lejos de lo que esperaba Antonio dejó la puerta abierta, por más que quisiera estar solo para digerir lo de sus padres, aún mantenía su promesa de no fallarle de nuevo. Lovino se sentía agradecido por eso, y un poco mal, debía darle un poco de privacidad a Antonio y su dolor, pero no podía. Imaginarse que el bastardo español siempre sonriente podía sumergirse en la oscuridad, le aterraba. Ni Francis ni Gilbert estaban ahí para apoyarlo, y a lo mejor Antonio ni siquiera quería que ellos se enterasen. Todos querían muchísimo a los padres de Antonio, tanto como a él, y pensar que ellos podían hacer algo tan triste como eso sería una decepción tremenda.

—Lo siento, Lovi. —se disculpó sentado en su cama, jugando con sus pulgares. —No estaba con ganas de consolar a Arthur.

— ¿Sabes lo de Arthur? —preguntó con sorpresa y algo de enojo.

—Debió de discutir con Scott. —supuso sin comprender muy bien. —Siempre pone esa cara cuando pelea con él.

— ¿Sólo eso?

— ¿Hay algo más?

—No, nada. —mintió. No era su secreto, a pesar de que quería ser reciproco con Antonio en eso de no mantener secretos, aquel no era suyo.

—Quiero dormir un poco, Lovi. ¿Te quedarías a mi lado? —Antonio extendió su mano a él, incitándolo a dormir a su lado.

— ¡Solo porque no quiero que el bastardo barbón venga y te meta mano! —chilló agarrándolo. — ¡Únicamente por eso!

Antonio sonrió, incluso por más preocupado que estuviera por él, Lovi no cambiaba. Lo haló, recostando ambos cuerpos en la cama. No tardó mucho para que perdiera la conciencia a causa de la frustración mental. Lovino despejó su frente de los cabellos revoltosos que se le pegaban a ella, esos rizos disparejos heredados de su madre. Seguro que comenzarían a ser un dolor de cabeza para él cada que se viera en el espejo.

Acarició sus mejillas con cuidado, queriendo borrar el rastro de lágrimas que caminaron por su rostro. Una sonrisa se plantó en la cara de Lovino, lucía tan tranquilo en ese estado que casi olvida el hecho de que estuviera completamente destrozado por dentro. No podía imaginarse el dolor de Antonio. Su estima a la madre de este era alta, sin duda una de las mejores personas que conoció, pero no llegaba a comparar su tristeza con la de su hijo.

Con cuidado arropó al español, intentando recostarlo mejor en la cama. Se le quedo viendo todavía un buen rato, sin dejar de acariciar su cabeza. Permanecería a su lado sin importarle los castigos que obtendría de ello. Volvió en sí por la tarde, le dolía el cuello seguro por dormir en una mala posición. Estaba recostado en la cama de Antonio, babeando un poco. El español le sonreía desde arriba, en el transcurso del día le paso la almohada y la cobija por lo que solo se abrigaba con su suéter holgado. Le sonrío al verlo despertar.

—Estas despierto.

— ¿Llevas mucho tiempo despierto? —preguntó tallándose el ojo. —Incluso te cambiaste de ropa.

—Pensé en cambiarte, pero supuse que me golpearías si llegará a comentar algo de tu bóxer de alien. —sonrió con burla, logrando sonrojarlo.

— ¡Maldito pervertido! —gritó golpeando su rostro. Antonio soltó una risita tonta.

Escuchó a Antonio inhalar aire, refrescando sus pulmones, se dio unas palmaditas en los cachetes y sin que Lovino lo notara, se limpió las ultimas lágrimas en el borde de sus ojos. Estiró su espalda tronando algunos huesos, y le prestó de nuevo atención.

—Me estoy muriendo de hambre, Lovi. ¿Quieres ir a la cafetería conmigo? —preguntó sin borrar su sonrisa.

—Antonio, no finjas que estás bien. —murmuró, cerrando sus puños en la sábana. —Sé que no lo estás.

—Pero lo estaré. —palmeó con cariño su cabeza, acariciándole el rulo al final, Lovino se giró a él sonrojado. —Tan lindo.

— ¡A quién llamas lindo! —bramó pellizcando sus mejillas.

—Luces terriblemente aterrador, Lovi. —titubeó, haciendo muecas con los ojos y nariz.

—No me cambies de tema, imbécil.

—Tranquilízate un poco, Lovi. —quitó las manos de sus mejillas, soltándolo. —Lo mejor es no pensar en cosas como esas. No me gusta estar triste.

—Debes quejarte, así como yo me queje contigo, escucharé todas tus replicas incluso si no van dirigidas a mí. De esa manera, podrás liberarte. —escondió su rostro, agachándolo. Él aún estaba furioso con sus padres, ¿por qué Antonio estaba actuando de manera tan natural?

—Eres un chico muy bueno. —suspiró observando la ventana. —Está bien, lo consideraré. Si siento que no puedo más con ello, iré a buscarte y te llenaré de reproches. Tendrás que escucharme hasta el final, ¿de acuerdo?

—Siempre y cuando no te quejes de mí. —infló las mejillas, contemplándolo molesto.

—Me golpearías muy duro si lo hago.

— ¿SI TIENES QUEJAS?

— ¡Claro que no, Lovi! ¡Eres el mejor! —gritó lanzándose a sus brazos. Restregó su mejilla contra la otra, en un esfuerzo por convencerlo. —Me gusta todo de ti, Lovi, incluso tus golpes.

— ¿Eres masoquista?

—Solo de Lovi.

— ¡I-Idiota! —se levantó de la cama, evitando mirarlo. — ¡Andando, me muero de hambre!

Lovino frustrado tomó un sorbo de su taza de chocolate. Estaba pasando todo el resto de la tarde con su mejor amigo, lo cual debería alegrarle, desde que entro a Gakuen estaba queriendo pasar un buen rato a solas con él, sin el molesto Bad Friend Trio revoloteando alrededor. No sentía nada de eso. Su cabeza rememoraba la conversación de momentos atrás una y otra vez.

—Lovi, ¿me estás escuchando? —llamó Antonio pasándole la mano por enfrente del rostro, buscando su atención. — ¿Aún piensas en eso?

—Yo debería preguntar eso, bastardo. —se quejó chasqueando la lengua. Enojado reposo su barbilla sobre la mano que tenía el brazo recargado en la mesa.

—Ya te dije que lo dejes. No deseo hablar de eso.

Se quedo en silencio un momento, volviendo a tomar un sorbo de chocolate. En cambio, Antonio apenas parecía reparar en que tenía comida con él, ni siquiera lo tocó en todo el tiempo que llevaban ahí. Decidió concentrarse en otro tema, de lo contrario terminaría hartando al español y llamaría a su molesto trío. Le apetecía pasar más tiempo a solas con el español.

—Por cierto, ¿no querías decirme algo el jueves? —preguntó recordando el abrazo. —Tuve esa sensación mientras me abrazabas, idiota.

Antonio dejó la taza de chocolate en la mesa, inesperadamente nervioso y sonrojado. Lovino alzó una ceja, confundido por su reacción.

— ¡S-Solo estaba feliz de conversar contigo! —gritó.

— ¿Qué estas ocultando, hijo de puta? —gruñó mordiendo un pedazo de pan. — ¿No cumplirás tu promesa?

— ¡No estoy ocultando nada! —agitó sus brazos a los lados, negando el hecho. — ¡De verdad!

—No intentes mentirme, Anto—

Mon Dieu! —Francis apareció en escena, acercándose a Antonio con preocupación. Detrás de él venía toda su pandilla.

— ¡Faltaste todo el día a clases, Toño! —reprochó Gilbert. — ¡Si te vas a saltar clases, avísame para no asistir también!

— ¿Dónde estabas? —reprochó Francis, girando la cara de Antonio de un lado a otro, buscando alguna herida.

—Hoy era el día del festival de los niños de preescolar, les prometí que estaría ahí. —sonrió simple. Francis y Gilbert suspiraron, satisfechos por la respuesta.

—Debes avisarnos cuando sea así, estábamos preocupado por ti. —reprochó Emma.

—La próxima vez enviaré a la policía a ese lugar, podrías contagiar a los niños con tu estupidez. —soltó Govert, tomando asiento al lado de Lovino.

— ¡Eh, eso no es una enfermedad! —reclamó Gilbert.

—No, viene de nacimiento. ¿Acaso no los ves, Govert? —preguntó Lovino, dándole un pedazo de pan. —Yo los conozco desde antes, no es algo que se contagie.

— ¡Lovi! —reprochó Antonio. Francis, Gilbert y Emma se dividían el pan de este y su taza de chocolate. —Estabas muy cariñoso conmigo hace unos momentos.

Govert alzó una ceja en su dirección, ruborizándolo.

— ¡Y una mierda!

—El buen Lovino no nos tiene estima, Toño. Debes afrontarlo de una vez. —suspiró Francis, dándole palmaditas en el hombro.

—En vidas de videojuego ya hubiéramos muerto. —apuntó Gilbert.

— ¿Cómo podrías decirnos cuanto nos quieres, Lovi? —preguntó Emma, sonriente. Era una buena oportunidad para saber los sentimientos de Lovino por Antonio; aunque no estaba muy segura de que él dijera la verdad.

—Podría decirles con sencillez que los evaluó con un sistema de puntos. —gruñó Lovino al BFT. Emma puso las manos en sus mejillas, balanceando su cabeza de un lado a otro, feliz. —Es más fácil con eso.

— ¿Eh? ¿Y cuantos puntos tengo yo, Lovi? —preguntó Emma emocionada. Lovino se sonrojo, evitando su mirada. — ¿No tengo puntos?

— ¡Claro que sí! ¡Tienes un millón de ellos, Emma!

— ¡Qué malo, Lovi! ¡Sólo evalúas a Emma!

— ¿De verdad quieres saber cuántos puntos tienes, Toño? —preguntó Francis, negando con la cabeza. —Eres mejor que eso.

—El imbécil pervertido tiene menos quince.

— ¡Muy cruel! —como ya era de costumbre, el francés saco su pañuelo, mordiéndolo con dramatismo.

—El bastardo patata menos infinito. —Gilbert en respuesta le saco el dedo de en medio a Lovino. —Vete a la mierda. Govert… veinte puntos, supongo.

—Eso es lo máximo que he recibido en toda mi vida. —respondió este en tono burlón. — ¿Debería aspirar a cincuenta?

— ¿Y yo, Lovi? —pregunto entusiasmado Antonio. Lovino hinchó las mejillas, apretando sus dientes para no contestar, el español estaba demasiado cerca de su rostro, sacando brillitos de todos lados. — ¿Será más infinito?

—Tienes un punto. —respondió con la vista enfocada en su taza de chocolate.

— ¡Ehhh!

—Incluso nosotros tuvimos una buena puntuación en cuanto a odio. —comentó Gilbert, dándole una sonrisa burlona.

—No sé porque me siento mucho mejor ahora. —Francis se limpió una lágrima falsa con su pañuelo bordado.

— ¡Son muy crueles, chicos! —gritó Antonio, llorando.

—Te compartiré unos dos puntos, Toño. No estés triste. —dijo Emma, dándole palmaditas en su hombro. Se quedo un momento analizando, después hizo un mohín. —Pensándolo mejor, no quiero hacerlo. No es fácil obtener los puntos de Lovi. Apreciaré su amor de mejor manera, guardándolos para mí.

— ¡Nadie dijo nada de amor, Bel! —chilló el español.

— ¿Quizás cien puntos terminen por hacerte desaparecer? —preguntó Govert, ladeando la cabeza.

— ¡No uses los puntos de Lovi para matar a alguien!

Pese a todo, se sentía tan bien ese ambiente. Antonio estaba sonriendo de verdad, reprochando a sus amigos el nuevo mote que le dieron, referente a su puntuación. Govert le tiró una bolita de chocolate al rostro, intentando silenciarlo. Podría ser que su amigo ya estuviera perdonando en el fondo a Antonio. Lucía más feliz a comparación de los primeros días que lo conocía.

—Cierra la boca, un punto. —ordenó Govert, distrayéndolo de sus pensamientos.

— ¡No me llames así! —gritó Antonio molesto.

—Pero es tu puntuación, Toño. —objetó Francis. —No puedes agregarte puntos.

—Ustedes… ¿de qué lado están? —preguntó con la mirada vacía.

Todos comenzaron a reír, menos Antonio que seguía reprochando. Lovino sintió la ligereza en sus hombros, sin querer había conseguido lo que en sus antiguas escuelas nunca pudo, hacer amigos. Amigos de verdad, aunque el BFT estuviera involucrado no le molestaba, podía tolerar a una patata o dos siempre y cuando se sintiera tan bien como eso.

Gilbert y Antonio decidieron ir por la comida y bebidas de los demás, obligando a Govert a ir con ellos con la amenaza de escupirle a su taza y comerse su pan. A regañadientes el holandés los acompaño, más interesado en escogerle algo rico a su hermana. Los dos miembros del BFT le mandaron una mirada socarrona, riéndose de su complejo de hermana. Lovino decidió aprovechar ese tiempo en ir al baño, al regresar se encontró con la mesa aun sin los más ruidosos, solo con Emma y Francis.

—Al fin y al cabo, Antonio no le pudo decir nada a Lovi. —Emma suspiró, recargándose en su mano. Francis comenzó a jugar con un mechón de cabello, comprendiendo el dilema en el que se encontraba su amiga. Una parte de ellos quería gritarle a Antonio y la otra salir corriendo a buscar a Lovino para decirle lo que pasaba. —Me pregunto si tendré que reprochar de nuevo.

—No creo que ese sea el caso. —dijo Francis, mostrando un mohín. —Es más complicado. Antonie debe de estar pensando que no debe causarle más problemas a Lovino, a lo mejor siente que aceptara sus sentimientos por mera consideración.

—Me preocupa que Lovi terminé enamorado de otra persona. —confesó Emma. —De ser así, Toño tendría el corazón roto. Espero que eso no pase.

Lovino se detuvo justo antes de llegar a ellos, intentando comprender lo dicho por Emma. ¿En qué sentido le tendría que afectar al bastardo que se enamorara de alguien? Francis y Emma dejaron caer la cabeza en la mesa, soltando un gruñido, ambos le daban la espalda a Lovino por lo que ni siquiera imaginaban que este estuviera escuchando.

— ¿Deberíamos hacer algo? —preguntó Francis. — ¿Preparar el ambiente?

— ¡Toño tiene muy buenos ambientes! —exclamó Emma, incorporándose y alzando sus brazos al cielo. —Lo digo enserio, parece ser bendecido por los dioses del amor. Recuerdo que cuando ambos nos declaramos el ambiente se llenó de burbujas.

—Debió ser tu imaginación, Emma.

—No es así. —la chica infló sus mejillas, intentando convencer al Francis. —De repente un montón de niños invadieron el parque, soplando burbujas.

— ¿Qué?

Lovino se imaginó la situación y la pareció tan extraña que mejor lo borro de su mente. Ahora que lo pensaba, en cierta manera, Emma tenía razón. Podía jurar que cuando aparecía una situación entre ellos dos, todo parecía encajar con la acción del español.

—Solo digo que el ambiente es lo de menos. —concluyó Emma, sonrojada. Sonaba demasiado tonto cuando lo decía en voz alta. —Toño debe afrontar solo sus sentimientos por Lovi.

Un momento, ¿qué?

¿Qué acababa de decir Emma? ¿Qué sentimientos debía enfrentar Antonio con él? Lovino dio dos pasos atrás, rascándose la cabeza. ¿De nuevo el imbécil español le estaba ocultando algo? Ahora conforme a sus sentimientos… ¿acaso lo odiaba? ¿estaba enojado? Pero si ese era el caso, ¿por qué aquellos dos debían preparar el ambiente? Involuntariamente trago saliva, mientras un cosquilleo comenzaba a recorrer las yemas de sus dedos. La conversación de Emma y Francis pasó de nuevo por su cabeza, logrando sonrojarlo.

Imposible, no podía ser que el bastardo de Antonio…

—No es fácil decirle a tu mejor amigo que estás enamorado de él. —resopló Francis con melancolía.

—Supongo que no. —corroboró Emma, extendiendo de nuevo sus brazos al aire. Al darse vuelta no encontró a nadie más allí.

Se metió de nuevo en el baño, ocultándose en el cubículo más cercano. Debía volver pronto para no levantar sospechas, sin embargo, ¿le podría dar la cara a Antonio de nuevo sin lograr controlar a su propio corazón? Porque en ese momento estaba que se le salía del pecho. Su cara tampoco estaba de un color normal.

Un momento, quizás había escuchado mal. ¿Por qué le gustaría a Antonio? Siempre se la pasaba golpeándolo y maldiciendo. Ni el bastardo era tan masoquista. Tal vez malinterpreto las palabras del idiota barbón. Podía haber cambiado abruptamente de tema, podía ser otro chico con un mejor amigo que le gustaba. Sí… no. No, no. Su estómago le decía que no era así, algo muy parecido a mariposas revoloteaba en él.

¿Estaba bien lo que comenzaba a experimentar? ¿No era raro? ¿Por qué no estaba ni siquiera dudando? ¿Debería preguntarle a Antonio directamente? ¿Pero qué pasaba sí de verdad se confundió? No podía mirarlo a la cara de nuevo por la vergüenza.

¡No! ¿Qué diablos estaba pensando? Antonio no estaba para esos asuntos. Se podría mostrar feliz, pero estaba triste en el interior. Solo lo molestaría con esa clase de preguntas. Pero… ¿y sí era cierto? El abrazo del jueves podía corroborar esa teoría, posiblemente era por eso que se sintió tan diferente a los anteriores. Aunque los siguientes se sintieron iguales a un abrazo fraterno. ¿Antonio podía controlar ese poder a su voluntad?

— ¿En qué estás pensando, Lovino? —murmuró, escondiendo su cara entre sus manos, preso de la vergüenza.

No quiso posponer más su salida, Emma era muy astuta al igual que Francis. Indefinidamente si era cierto o no, prefería no pensar en ello por el momento. Al fin podía pasar un momento de calidad con Antonio, no lo estropearía. Después pensaría en la conversación de Francis y Emma. No obstante, al llegar tuvo que rehuirle la sonrisa a Antonio, volteando al techo.

— ¿Tenías algo atorado o qué? —preguntó Gilbert al verlo llegar.

—Sí, una enorme que te está esperando en el baño, patata bastarda. —respondió Lovino, sentándose de nuevo al lado de Govert.

—No comenten esas cosas en la mesa. —regañó Antonio. —La comida es sagrada.

— ¿No tienes otro lugar donde decir cursilerías? —preguntó Govert, bajando su taza de café.

—Mis puños pueden hablar en tu cara. —una venita se hinchó en la frente de Antonio al sonreír.

—Inténtalo. —retó Govert.

—Podemos hacer una competencia de abdominales. —sugirió Francis, mandando besitos al aire. —Yo seré el juez.

— ¡Ah, yo mostraré sin duda mi asombroso cuerpo!

—Tú no tienes abdomen, Gilbo. —comentó Antonio riendo.

—Es cierto, debes de tener grasa guardada ahí. —siguió Lovino. —Y sigues tragando.

—No eres la persona adecuada para hablar, Lovi. Sentí tu pancita por la tarde. —siguió el español, sobándose la barbilla. —Vamos a tener que entrenar muy duro pa- ¡Ay!

— ¡Cierra la boca, bastardo! —aulló Lovino, después de patearlo por debajo de la mesa.

Se han olvidado de que hay una chica entre ellos, pensó Emma con una sonrisa.

Al final Lovino no pudo olvidarse de la situación. Cuando fue a dormir, todos los días pensaba en si las acciones de Antonio tenían doble significado y recordaba los días en que el Bad Friend Trio comenzó a insinuarle cosas en doble sentido, no fueron muchos, de seguro que Antonio los había aplacado. También meditaba si el español lucía triste o no por parte de sus padres. Estaba bastante normal, aunque a veces se quedaba mirando de más al cielo y notaba los mismos ojos que guardaban una tormenta.

De ahí paso toda la semana, sin concentrarse realmente en lo que estaba por venir: sus padres. Tampoco prestaba atención a Feliciano con sus pinturas. En su mente solo cabía Antonio. Y por más extraño que pareciera, no le incomodaba cuando su mente fantaseaba y se dejaba llevar con una confesión imaginaria.

El día del festival se levantó con pereza, por suerte Arthur no lo despertó muy temprano en la mañana. Ahora que lo pensaba se le había olvidado preguntarle acerca de sus sospechas, aunque estaba seguro de que lo regañaría diciendo que no se metiera en sus asuntos. Él también le respondería así después de todo. Se ducho y al salir se dio cuenta que no tenía un traje decente, el de su madre lo tiró y estaba seguro de que ya no existiría para ese momento.

— ¡Lovi! —Antonio entró gritando, llevando un traje negro. Se asimilaba a un mayordomo con esos guantes blancos. — ¡Tengo aquí un traje!

— ¡No te metas como si fuera tu cuarto! —gritó pateándolo. Infló las mejillas, dándole varios manotazos en la cara.

—Ya, ya. —lo calmó con una sonrisa y mostrándole el traje que llevaba protegido en una bolsa. —Compré este para ti.

— ¿Por qué lo harías?

—Supuse que no querrías ponerte el de Feli. —suspiró triste. Lovino le arrebató el que llevaba, ignorando su cara. — ¡Es bastante mono, te quedará muy bien!

— ¿Cómo sabes mi talla?

— ¿Hay algo que no conozca de ti? —preguntó ladeando su cabeza.

—Eres todo un acosador.

— ¡Qué malo!

Abrió el protector, sacando una camisa amarilla, un pantalón formal negro y un chaleco café. La cara le cambió a una emocionada por el regalo de Antonio, a una de asco absoluto. ¿Acaso el bastardo no entendía ni un poco el sentido de la moda a pesar de su amigo barbón?

—Esto es asqueroso no me lo pondré. —objetó, tomando de una esquina la camisa amarilla. —Es una aberrante combinación.

— ¡El señor de la tienda me dijo que era lo mejor!

—Probablemente solo se quería deshacer de esto con el primer estúpido que viera. —regañó.

—Yo pensé que te quedaría muy bien. —puso un puchero en su rostro, observando la ropa. —Supongo que debí llevar a Fran conmigo.

—Supongo que puedo hacer algo con esto. —tomó el pantalón y la camisa, sacando de su armario un suéter negro. Al cambiarse notó que el cabello le escurría todavía, goteando sobre el suéter. —Aunque será una molestia cuando empiece a hacer calor.

—Déjame secarte el cabello, Lovi. —pidió Antonio, sentándolo en la silla de su escritorio. —Podría hacerte una colita para despejar tu frente.

—Podría meterte la secadora por el culo.

—Mejor no. —sonrió, olvidándose de la idea. Antonio comenzó a distribuir sus cabellos por los lados a medida que iba secando, a su mente venían los días de niños, siempre se aseguraba que Lovino tuviera el cabello seco pues a él contantemente se le olvidaba; mejor dicho, fingía que se le olvidaba para que el español pudiera hacerlo. —Lovi, ¿puedo hacerte una pregunta?

—Ya lo estas haciendo. —ojeó la revista que leía, sin mucho interés.

— ¿Por qué solo me diste un punto a mí? —detuvo unos segundos la secadora, observándolo en el espejo del frente. Lovino al verlo se escondió en su revista. —No puedes esconderte, Lovi.

— ¿Pues cuantos querías que te diera, imbécil?

—Más que a Govert. —admitió parando la secadora. Había terminado así que se sentó en la cama del italiano, sin despegar sus orbes de él. —Él tiene veinte puntos, yo nada más uno.

—Solo necesitas uno. —murmuró sin darle el rostro, el artículo de mejoras en las lavadoras parecía increíblemente atractivo.

— ¿Por qué?

— ¡Porque sí!

Antonio se puso a su altura, bajando la revista de su rostro. Sus miradas chocaron, la nerviosa y llorosa de Lovino con la firme e insatisfecha de Antonio. —Quiero saber. —siguió Antonio.

— ¡Tú nunca podrás perder ese punto! —gritó inflando las mejillas. — ¡Todos pueden incrementar o anular sus puntos, menos tú! No importa lo que hagas, no podrás quitarlo.

—Pero quiero saber porque Govert tiene más. Me parece que lo quieres más a él y ni siquiera se diga de Bel.

— ¡Eres un idiota!

— ¿Eh, por qué?

— ¡Lo que trato de decir es que mi…—balbuceó un poco al continuar, sintiendo su cara arder—mi cariño… siempre será el mismo para ti!

— ¡Pero quiero que crezca! —afirmó haciendo sus manos un puño. ¿Es qué sus sentimientos no podían ser correspondidos? ¿siempre sería solo su amigo? ¿o es que ni siquiera podía crecer como amigo?

— ¡No me pidas cosas imposibles! —intentó cubrirse con la revista, Antonio no lo dejó. —Si te di un punto es porque el número uno abarca la totalidad. —al ver la cara de confusión del otro, resopló. ¡Era demasiado vergonzoso! —E-Es imposible que crezca por la simple razón de que… yo tendría que crecer más.

—No entiendo, Lovi. Sé más claro. —rasco su cabeza, sin llegar a un acuerdo con su mente. ¿Por qué Lovi tendría que crecer para quererlo más? ¿necesitaba un corazón o un cuerpo más grande? ¿Cómo que el uno abarcaba la totalidad? Si él tenía un punto, significaba que…

Lovino le dio un porrazo en la cara, levantándose enfadado. — ¡Mueve ese culo tuyo! —gritó abriendo la puerta de un golpe.

Antonio se sobo la mejilla con una sonrisa tonta en el rostro. Su cara se calentó tímidamente, apreciando sin duda aquellas palabras codificadas. — ¡Tú también significas todo para mí, Lovi! —gritó corriendo a alcanzarlo.

— ¡NO HE DICHO ESA MIERDA! —chilló arrogándole lo primero que encontró en sus alrededores, el maletín de un chico del pasillo.

Sintió la incomodidad cuando llegó hasta las puertas principales, ignorando a un más animado Antonio se puso al lado de su hermano con las manos sumergidas en los bolsillos. Alfred lo saludo un poco más adelante, Matthew en su modo fantasma lo imitó, seguro que el chico fantasma se sentía un poco incomodo por ver a su padre de nuevo. Le deseaba suerte en su interior; al menos si Matthew lograba llevarse bien con su padre sería un día productivo.

—Hermano Antonio, te debo una. —comentó Feliciano sonriente. —Me has servido como inspiración para mis cuadros.

— ¿Me has pintado, Feli? —exclamó feliz. Lovino chasqueó la lengua, ¿qué tenía de bueno pintar al bastardo español?

—Por supuesto. Aunque siento que estoy fomentando el adulterio. —Feliciano rascó su cabeza, evitando pensar en la chica rubia que vio con Antonio. Su hermano español estaba enamorado de Lovi y punto final. —No serías capaz de hacerlo, ve~

—No entiendo, pero gracias por pintarme, Feli. Estaré ansioso de verlo. —sonrió alzando el pulgar.

—Por cierto, Lovi, ¿Dónde está el traje que te di? —preguntó preocupado. —Mamá se pondrá triste si no te lo ve.

—Tch. Solo…

—Le cayó cátsup cuando intentaba abrir la tapa. —mintió Antonio, señalando la supuesta parte afectada. —Mi culpa. Lo siento, Feli.

Vee~ Ya veo. Esperó que a la próxima no suceda nada inesperado, quería lucir a juego con Lovi. —señaló su propio traje, hecho por su madre, de color vino. Lovino prefirió no reparar en ese hecho.

Las puertas se abrieron y los primeros que entraron, fueron por supuesto sus padres. Feliciano lo tomó de la mano para irlos a recibir, antes de perderse entre la gente se giró de nuevo a Antonio quién le brindaba un gesto amable, mandándole suerte; quería decirle que fuera con él, pero estaba seguro de que se uniría a él después. Ya fuera por Máximo o Feliciano. Debía ser más duro para él en ese momento, ver a todos ir con sus padres por más malos que esos parecieran, le debería recordar terriblemente a su familia.

— ¿Estás con nosotros, Lovino? —preguntó su madre en tono helado. Perdió de vista a Antonio cuando se giró a ella.

—En absoluto. —respondió serio.

Veee~—Feliciano miró perplejo a su hermano, sin deducir su dura respuesta. — ¡Me alegra mucho verlos!

—A nosotros también, Feliciano. —dijo su padre, dándole un abrazo. Lovino alzó una mano saludando a su abuelo. —Lovino, ¿no vendrás a saludarme?

No tengo porqué. —gruñó en voz baja. Sin embargo, se acercó a él, ambos fingieron algo cálido; Lovino no reparar en el hecho de que lo toco como si fuese una enfermedad infecciosa, desgraciadamente, le fue imposible.

—Estoy emocionada por ver tus pinturas, Feliciano. —dijo su madre, tomando las manos de su gemelo menor. Su madre tenía una belleza sin igual, por supuesto, el padre no se quedaba atrás. Ambos eran castaños, solo que uno de ojos verdes y otros marrones. Sin duda el verde con café era símbolo de la familia Vargas.

—Pinte en dos cuadros al hermano Antonio. —sonrió él.

—Debiste pasar por falta de inspiración para animarte a hacer eso. —suspiró su padre, negando con la cabeza. Lovino arrugó la nariz notando el todo ácido de su oración.

—Por cierto, ¿Dónde está? —preguntó el abuelo, mirando a todos lados.

—Ni se te ocurra llamarlo, padre. —pidió, Blas Vargas, el padre de ambos gemelos. —Solo es tiempo de la familia Vargas.

—Él es mi familia también. —dijo Máximo molesto.

—Preferiría pasar el tiempo de aquí con mis hijos, no con otras personas. —suspiró su madre, Lovino se mordió la lengua para no reprocharle. —Feliciano, ¿Dónde están tus amigos? Quiero ir a saludarlos.

Lovino infló las mejillas, evidenciando la molestia de ser ignorado. No es que le importara realmente, se acostumbró con el paso del tiempo, pero ahora quería ir con Antonio y aunque sus tontos padres no le pusieran atención al estar a su lado sin duda le reprocharían por alejarse de ellos. Debían aguardar apariencias de ser la familia más unida de aquella farsa. Le daban asco.

— ¿No quieres venir conmigo, Lovi? —preguntó su abuelo, sonriente. —Hay muchas señoras solteras que me esperan.

—Qué asco. —bufó. —La mayoría de ellas tiene esposo.

—He escuchado que han traído a tías también.

— ¡Detente, no quiero imaginármelo! —gritó, cubriéndose los oídos.

—Sigues siendo demasiado puro, querido nieto. —paso su brazo por sus hombros, llorando con pesar. —Incluso te has sonrojado todo. A este paso te convertirás en un santo.

— ¡Tengo dieciséis años, vejete idiota!

—A esa edad al menos ya había conseguido a tres mujeres. —suspiró con una sonrisa boca adornando su rostro. — ¿Debería presentarte a unas cuantas?

— ¡Ni de coña!

Su abuelo siguió dándole consejos de amor tontos por un largo rato. Adelante iban sus padres, uno en cada lado de Feliciano, riendo y bromeando con él. Sin querer puso un rostro inexpresivo, ignorando los comentarios subidos de tono por parte de su abuelo. Él pareció notarlo porque hizo más fuerte su abrazo.

—Estoy bien, viejo.

—Lo sé. —respondió él, sin aflojar su agarre. A Lovino le gustaba eso, que le hiciera sentir igual de querido que Feliciano. —Por cierto, ¿Antonio ha hablado contigo?

—Sí. —suspiró buscándolo con la mirada, estaba rascándose la cabeza intentando saludar a los padres de varias chicas. — ¿Te harás cargo de él? ¿De verdad piensan abandonar a su hijo como si no existiera?

—Me haré cargo de él, Lovi. —dijo poniéndose a su lado. Su nieto mayor estuvo a punto de reprocharle. —Sobre sus padres, estoy seguro de que al menos sienten el remordimiento de hacerle esto.

—Sentir remordimiento no ayuda en su dolor.

—Antonio debe ser quién les diga cómo se siente, Lovi. —suspiró, observando a su hijo con decepción. No estaba en condiciones de hablar de familia cuando tenía una tan disfuncional como aquella. Una donde se ignoraba al hijo mayor solo por no ser lo que ellos esperaban. —Ni tu ni yo tenemos el derecho de reclamarles.

—Él estaba destrozado cuando se enteró.

— ¿Estuviste ahí para él?

— ¡Por supuesto!

—Entonces estará bien. Te quiere mucho, Lovino. —acarició su cabeza, removiendo su melena. —Puede ser bastante despistado, pero él te quiere, y si estas a su lado, logrará salir adelante.

Lovino recordó las palabras de Emma y Francis, logrando sonrojarse. Máximo sonrió con picardía, volviendo al abrazo por los hombros.

— ¡No!

—No he dicho nada, Lovi. Kukuku—rio, con una mano sobre la boca.

— ¡Sea lo que sea, no! —exclamó sonrojado.

Cuando fueron llamados al auditorio para las palabras de bienvenida del nuevo director, se sentó al lado de Antonio y su abuelo. Sus padres le mandaron una mirada molesta al español, y este les dio una sonrisa gigantesca. Lovino tuvo que aguantarse una risa al igual que su abuelo para no ser reprendidos, sin duda Antonio sabía cómo devolver de una manera mucho más atenta los desprecios.

La cosa era que sus padres y Antonio chocaban demasiado, pues cuando los dividieron a él y Feliciano, ellos habían optado por mandarlo a un colegio militar para que aprendiera modales de una buena vez. Fue idea del abuelo Máximo que lo mandara con la familia Fernández, en lo que él cuidaba de Feliciano. Con el tiempo Lovino se guardó con rencor la pregunta del millón: ¿Por qué no pudo llevarse a los dos con él? Así que, en resumen, acabo viviendo con Antonio y cuando llegó el momento en que Blas, su padre, se lo llevó de nuevo; el Antonio de once años se plantó delante de él y le escupió un montón de cosas -ciertas- pero que a su padre no le gustaron. Claro, el afectado de todo eso fue Lovino, sin embargo, el castigo puesto no le importo en lo más mínimo. Antonio lo defendió, a capa y espada, y aquello era suficiente para él.

Después de todo, si tuviera que medir a sus padres en puntos, ambos tendrían la misma cantidad que las patatas bastardas. Aunque pensándolo bien, quizás esos malditos alemanes le cayeran mejor.


Yo creo que con al menos doscientos puntos de Lovi podemos ocultar un asesinato (?)

[-llora en letras-] Por Glob, escribir más de veinte paginas ya se ha vuelto costumbre en este fic. Antes ni llegaba a las diez. De verdad, no es intencional. [-cries in words x2-]

Lo sé, no ha pasado el mes. Pero como dije en el capítulo anterior, ya tenía una buena parte del capítulo de Lovi escrito. Así que lo tenía que subir. En fin, pasaron muchas cosas en este capítulo. Estaré esperando que me digan cuales han sido sus favoritas, o si algo no les ha gustado.

Por supuesto, muchas gracias por los comentarios a Sybilla Kahler (elevada a la tercera potencia XD), aoi-chan, Dark-nesey, BananaMisteriosa, America5 & Guest. Agradezco mucho sus comentarios, les mando saludos y besitos desde México; también a los que agregan a favoritos y follows.

Con cariño,

MimiChibi-Diethel.