Circulo: Vicio Tsun.
Tú + Yo= Error 404.
23. Festival cultural.
Kiku sintió que era su responsabilidad correr en dirección a Arthur. Yao lo detuvo negando con la cabeza, no era un asunto donde debían entrometerse, más si todas las familias de la escuela se encontraban presentes. Kiku agachó la mirada, observando de reojo a Iván que mantenía una sonrisa en la cara mientras su padre corría a la situación originada con dos guardias del evento y cuatro oficiales de la escuela.
—Supongo que puedo ganar las elecciones. —dijo de pronto Iván, a sus lados los estudiantes gozaban del espectáculo impartido por los Kirkland. —No pensé que fueran tan odiados.
— ¿De qué elecciones hablas-aru? —preguntó Yao.
—No es nada importante, Yao-san. —se apresuró a aclarar Kiku. Iván le mando una sonrisa fría a través de su rostro. Cuando Arthur fue noqueado, el japonés tuvo que enterrar -literalmente- sus pies en la tierra; era un mal amigo, a pesar de que Arthur lo necesitaba no era capaz de ir con él. No podía dejar a su hermano con Iván, debía intervenir a cualquier precio en la relación de ellos dos; Yao merecía algo mejor e Iván daba miedo.
Estalló un reclamó poco después, haciendo que dejara de lados sus pensamientos protectores a su hermano mayor. Annie, la madre de Arthur y Scott, intentaba pegarle al chico que se metió con Arthur. Scott la sostenía por los brazos, pidiéndole de la forma más firme que se calmara. Vasili en cambió hablaba con el señor Kirkland y los alumnos causantes de tal alboroto eran llevados por las autoridades de la escuela.
—No puedo creer que haya semejante escándalo en esta escuela. —comentó una madre llena de desagrado. —Me pregunto si ese director está haciendo bien su trabajo. En frente de todos los padres, no lo puedo creer.
Iván dirigió una mirada intimidante, sin borrar la distintiva mueca que siempre lo caracterizaba. Las mujeres de atrás guardaron silencio, pegando un brinquito del susto. Yao y Kiku pudieron ver claramente un aura morada alrededor del ruso, aunque quizás fuera su imaginación. Volviendo de nuevo a la situación presentada, Vasili pedía disculpas por un megáfono, declarando que no volvería a repetirse y demás cosas a las que Yao no le dejo prestar atención a Kiku.
—Quiero comida-aru. —pidió con los ojos brillosos. —Me enteré por mi padre que preparaste muchos almuerzos-aru. ¡Llévame a ellos, Kiku!
—Yao-san, quisiera ver a Arthur-san…
— ¡Déjalo! —reclamó insatisfecho con su respuesta. —Después de que le pegara su rebeldía a Li Xiao Chun, es mejor mantenerse alejado de él -aru.
—Arthur-san no hizo nada malo.
— ¿Por qué se van sin invitarme? —preguntó Iván, poniéndose al lado del chino. Ambos asiáticos voltearon a él con amargura. —También quiero probar la comida, dah.
—Le prepararé comida especial para usted después, Iván. —dijo Kiku, poniendo delante de Yao su brazo. —Puede ir a apoyar a su padre ahora.
— ¿Me estás diciendo que hacer, Kiku? —soltó en el tono más azucarado que pudo. Para Kiku, que ya conocía cada uno de sus tonos, sonó igual a una amenaza. — ¿Lo estás haciendo?
—Sólo estoy tomando las medidas necesarias. —respondió serio.
—Kiku, estás muy tenso. —Yao le masajeo los hombros, intentando relajarlo. —Deberías probar la nueva medici-
—Andando, Yao-san.
— ¡No me ignores-aru!
Iván sin decir nada, les mantuvo el paso.
—.—.—.—.—
Alfred corrió en dirección a Arthur en cuanto lo vio caer, no le importo ni siquiera el mar de miradas que le fueron dirigidas; sobre todo la de su padre y la familia Kirkland. Tomó entre sus brazos el cuerpo desfallecido de su pareja y lo sacó de la fuente, Matthew corrió a ayudarle cuando salió de su sorpresa. No esperaba que su hermano se mostrara tan entusiasmado en dar a conocer sus sentimientos por el presidente del comité disciplinario. Alfred lo sentó debajo de la fuente mientras su gemelo se encargaba de los primeros auxilios.
—Sólo esta inconsciente. —le dijo con una sonrisa, reposando la cabeza de Arthur con cuidado en el cemento. —Se ha golpeado la cabeza, es un simple desmayo.
— ¿No va a olvidarme? —preguntó Alfred con un grito. Scott se llevó una mano al rostro, dando un respingo por las tonterías que comenzaba a decir. — ¿Perderá la memoria o algo así, Matthew? ¿Tendré que volver a conquistarlo? ¡No quiero recibir doble porción de golpes!
—No creo que vaya a olvidarte. —respondió Matthew, pidiendo ayuda a su padre con la mirada. Él volteó a otro lado, haciéndose el desentendido. Cuando Alfred se metía en su lado fanático era difícil sacarlo. —Es un pequeño golpe en la cabeza.
—Que alivio. —suspiró, con cuidado apartó los cabellos pegados a la frente de Arthur. —Espera… ¿qué pasa si toma otra personalidad de repente?
—Basta ya. —intervino Scott, levantando a su hermano del suelo con ayuda de Gales, que lo sostuvo del otro lado. —Lo llevaré a la enfermería.
—Deberías dejar que su enamorado lo llevará. —dijo Annie poniendo una mano en la mejilla, sin molestarse en ocultar la ferviente sonrisa que adornaba su rostro. —Será lo primero que quiera ver.
Gales aguantó una risa al ver la mirada vacía de Scott. Alfred miró a la mujer con una sonrisa, se puso de pie en un movimiento y adelantó a los mayores Kirkland, ofreciendo su espalda para llevarlo. Scott gruñó enojado y Gales dio una sonrisa igual de tétrica similar a cuando decía lo bueno de sacar tripas. El estadounidense sintió un escalofrío recorrerlo tan despacio que juraba haber visto su vida pasar.
—Podemos hacernos cargo nosotros. —Patrick apareció en la escena, abrazando a Alfred por los hombros. Quizás Alfred no fuera lo que se consideraría el más listo, pero al recorrer a la familia Kirkland poco a poco notó que ninguno de ellos tenía una pizca de amabilidad en sus caras, salvó la mujer que antes enfrentó a Scott, la cual supuso sería su madre. —Sabemos cuidar a nuestro hermano.
Alfred se cohibió ante el aura de los Kirkland. Su padre fue quién lo sacó de ahí, pidiendo disculpas por su intromisión. Matthew hizo un mohín al ver a toda la familia a avanzar junto al nuevo director; no hicieron groserías a su familia, y aun así, sentía que debían disculparse con su hermano.
—Estará bien. —quiso animar.
—Eso no puedes saberlo, Matthew. —suspiró hundiendo sus manos, su padre le dio unas palmaditas en el hombro intentando tranquilizarlo. —No lo sabré si me quedo aquí. —farfulló sacando las manos y echándose a correr en dirección a los Kirkland. Matthew hizo el intento de llamarlo, su voz salió igual a la de un fantasma. No deseaba quedarse mucho tiempo solo con su padre.
Corrió intentando no perderlos de vista, Patrick pareció darse cuenta de su presencia pues le sacaba la lengua o el dedo de en medio cada vez que volteaba. Arthur iba en la espalda de Gales, totalmente ajeno a la situación que se le presentaba a Alfred. Él nunca pensó que tratar con la familia Kirkland fuera tan malo, de hecho, ni siquiera se imaginó tratar con ellos todavía. Lo cuál era un poco tonto si el festival cultural incluía a los padres.
— ¡Fíjate por donde vas, imbécil! —chilló Lovino al chocar contra él. Alfred alzó el cuello, intentando buscar a la familia de su novio, ellos se perdieron entre el mar de padres y alumnos. — ¿Te atreves a ignorarme, hijo de puta?
Alfred pensó con desagrado que aquel sufijó a su madre no era tan erróneo como Lovino pensaba. Una parte de él se alegraba que ella no hubiese recibido una invitación o si le recibió tener la descendía de no aparecer delante de ellos. Lovino lo pateó trayendo de nuevo su atención, con lagrimillas incluidas. Antonio rio a su lado.
— ¡No te rías del héroe!
—Debes tratar a tus amistades con más cariño, Lovi. —reprendió su abuelo. Alfred pensó que era su padre. — ¿Eres amigo de Lovi?
— ¡Sí, él es mi secuaz! —gritó emocionado. — ¡Robín-Lovi!
— ¡Eso no es verdad! —tronó Lovino, llenándolo de golpes.
—Es cierto, Lovi ya pertenece al jefe. —comentó Antonio a la defensiva.
— ¿Quieres morir bastardo imbécil? —Lovino le comenzó a soltar manotazos, Antonio murmuraba queditos para, aunque se le notaba bastante contento en realidad.
— ¿Por qué se detienen? —la voz de su madre llegó de pronto, resonando a cada paso que daba con los tacones de aproximadamente diez centímetros. Los estudiantes y padres se abrían ante ella, contemplándola. Lovino gruñó por lo bajo, atrayendo la atención de Alfred. — ¿Quién es él?
—Es amigo de Lovi. —respondió Máximo, alborotando los cabellos de su nieto.
— ¿Tienes una hermana, Robín-Lovi? —exclamó sorprendido Alfred. — ¡No lo sabía!
— ¡Ella es mi madre, imbécil!
— ¿Qué? —Alfred se quedó estático por un momento, alternando miradas entre el abuelo (el cual creía que era su padre) y la madre, sin quererlo realmente puso una mueca extraña. Lo siguiente se lo dijo al oído, sin querer ofender a su familia. — ¿No es muy joven para tu padre?
— ¿Por qué lo dices? —preguntó Lovino, sin entender su conclusión. —Tienen la misma edad.
— ¡Imposible!
— ¿Qué tanto se están murmurando? —Antonio intervino en medio de ambos.
—Si ya acabaste podemos seguir avanzando. —dijo su madre, cruzándose de brazos. —La familia de Ludwig nos está esperando.
— ¿Por qué debo ir a saludar a esas patatas bastardas? —bufó Lovino, imitando su gesto. Tanto como el abuelo y Antonio dieron un paso atrás, jalando consigo a Alfred. —Si tantas ganas tienen ustedes tres, háganlo. No me involucren a mí.
—Ya veo. —fue la respuesta de su madre, a pesar de toda la gente que los rodeaba y sobre el estatus que tenía la familia Vargas, avanzó a Lovino, con el rostro tan inexpresivo que todos podían pensar que le daría una buena bofetada, lejos de eso, pellizco sus mejillas, descomponiendo su faceta a una irritada. —Dije, ahora.
—No creas que puedes venirme a dar órdenes solo porque te quieres sentir una buena madre. —Lovino quitó sus manos, tomándolas por la muñeca y llevándolas hasta una distancia prudente, para luego agitarlas en un movimiento brusco, ordenándole que no volviera a hacerlo con la mirada. — ¿Acaso no es mejor que presenten al bastardo de Felidiota como hijo único?
—Recordaré traer jabón la próxima vez que venga. —comentó ella, halándolo de la oreja. Lovino comenzó a protestar en voz alta.
— ¡Déjame, maldita sea! ¿Qué pensarán si estás jalando a tu hijo así? —chilló, manoteando.
—Que eres un niño malcriado incluso a tus dieciséis años.
Antes de que pudieran avanzar mucho o que la oreja de Lovino se despegara por completo de su cuerpo, Feliciano junto a otro hombre aparecieron, este último con mala cara, observando a los alrededores con aire prepotente e insatisfecho. Antonio que se encontraba al lado de Alfred puso una mirada seca, sin borrar la sonrisa cordial de su rostro; el americano pensó que nunca lo vio así. Bueno, no es como si lo conociera tanto de todas formas.
— ¿Pueden dejar de comportarse como niños? —más que una pregunta sonaba a una orden. La madre de Lovino le dio una mirada fiera, sin hacerle el menor caso. Alfred observó con más detalle al recién llegado, su aire le cortaba la garganta pero su similitud era horriblemente semejante con la de los gemelos Vargas. —Bianca.
—Solo lo estoy educando. —respondió ella, soltando a Lovino. Él talló su oreja, intentando borrar el dolor.
— ¿Quién es él? —Alfred fue señalado con el mentón, siendo recorrido de arriba abajo. ¿Quién era ese hombre, otro hermano de Lovino? ¿Algún tío?
—Es amigo de Lovino.
—Era de esperarse. —contestó él lleno de desdén. El americano intentó no sentirse ofendido por eso.
— ¿Qué se supone que signifique eso, querido hijo? —dijo Máximo, recordando de pronto que se encontraba con ellos. Alfred deseaba con muchas ansias no estar ahí. Otro hermano, no, tenía suficiente con los de Arthur.
—Lo que deba significar, padre. —contestó enfocando su mirada castaña en Alfred. —Al contrario de Ludwig o Kiku parece menos… sabes a lo que me refiero.
—Si quisiera encontrar patatas bastardas como amigos me juntaría con Felidiota. —contestó Lovino, pese a que Kiku le caía bien. Su comida era deliciosa.
Alfred tragó saliva, estupefacto. Se encontraba tan incomodo que el simple hecho de respirar comenzaba a ser difícil, así que optó por escabullirse sin que nadie lo viera, lentamente fue dando pasos atrás con una risita burlona de Antonio acompañándolo.
— ¿Es forma de contestarle a tu padre?
Se quedó estático con esa oración.
— ¿QUÉ? ¿PADRE?
La familia Vargas se quedó en silencio sepulcral, Feliciano soltaba quedos vee~ por los aires. Lovino alzó un puño y adorno su rostro con una expresión de mil perros enfadados, seguro lo golpearía más tarde o ahora, ahora sonaba un buen momento para golpearlo. Y así lo hizo.
— ¿Hay algún problema con que sea su padre? —preguntó el hombre, con un ligero toque de mofa en su voz.
Alfred se sobó todas las partes adoloridas a causa de Lovino. Asintió con la cabeza, limpiándose las lagrimillas. —Pensé que él lo era. —señaló a Máximo que tenía la mirada a otro lado, observando a las bellezas maduras de la sociedad. Intentaba elegir a alguna que pudiera llevar a casa esa noche.
—Este imbécil es mi abuelo. —señaló Lovino.
—No es mi culpa que tus padres luzcan jóvenes, Robín-Lovi. —protestó, inflando las mejillas.
— ¿Acaso… sabes quién soy? —preguntó la madre de Lovino, en tono ofendido. Alfred la inspeccionó, su cara no le sonaba de nada, pero era claro que Lovino había heredado de alguien ese carácter y dudaba que fuera de su padre o abuelo. —Ya veo que no.
—Lo siento.
— ¿Cuál es tu nombre? —cuestionó el padre, de repente se dio cuenta de lo maleducado que sonaba y le extendió la mano. A decir verdad, no le importaría mucho sus modales, pero estaban rodeados de gente importante y debía mantener apariencias. —Déjame presentarme, soy Blas Vargas. —Alfred al recibirla sintió un apretón demasiado fuerte para ser un saludo.
—Alfred F. Jones. —dijo más bajo de lo deseado.
—Supongo que serás mi futuro empleado también. —sonrió con frialdad.
—Sí—intervino Lovino, haciendo un ademán con la mano en el aire ordenándole desaparecer de ahí. Antonio lo hecho detrás de él, haciendo énfasis en la petición de Lovino. Alfred sintió que nunca había acatado una orden tan rápida como esa. —Pero las patatas bastardas no se hacen más jóvenes esperándonos.
—Oh, tiene razón. Debemos ir. —fue lo último que escucho decir a la madre de Lovino, antes de dejar a la familia Vargas.
Alfred se corrió antes de que si quiera se acordaran de su presencia, sobraba decir que los padres de Lovino no lo harían. Por una parte, se sorprendía de que Lovino usará mal lenguaje con ellos, incluso parecía estar molesto de que le estuvieran hablando. Y, por otro lado, le apareció una ligera molestia al ser tratado por ellos. Ambos juzgaban con la mirada sin detenerse a pensar en el sentir de la otra persona; Alfred no estaba tan acostumbrado a la gente rica.
Emma apareció de repente en su campo de visión y tuvo suerte de frenarse a tiempo antes de tener que enfrentarse a Govert.
—Fijante por donde andas. —regañó quitando a su hermana de en medio. Alfred se disculpó con ella. Antes de ponerse a la carga para por fin, alcanzar a los Kirkland, recordó que Govert era amigo de Lovino.
— ¿Te has topado con los padres de Robín-Lovi, Gabubela? —preguntó. Emma y su padre aguantaron la risa al ver a Govert sonrojado por el mote. —Son bastante intimidantes.
— ¿Los padres de Lovi? —intervino Emma antes de que Govert pudiera responderle. —Quiero conocerlos, hermano.
—Te están diciendo que son intimidantes.
—Su abuelo es muy buena persona, dudo que ellos no lo sean. ¿Quién crees que educo a Lovi? —Emma infló las mejillas poniendo las manos en la cintura. Govert no recordó alguna vez que Lovino le haya advertido acerca de sus padres, sin embargo, recordaba los gritos en las conversaciones de celular y la cara triste que ponía Lovino entonces, a decir verdad, también se encontraba curioso. —Vamos hermano, quiero conocer a sus padres. —Emma haló a Govert del brazo, él suspiró derrotado, logrando que la siguiera.
—Intenta no ser tan espontanea. —pidió él, Emma lo miró sin comprender. —No sabemos qué clase de relación tiene con ellos.
La sonrisa gatuna no tardo en aparecer en la cara de Emma. Govert apartó la mirada de ella, avergonzado. —Ni siquiera con Scott has sido tan delicado en tus acciones. —dijo ella, tarareando a su vez una canción. —Cierra los ojos y recuerda bien, que yo soy tú amigo fiel. Sí, yo soy tu amigooo fiel~.
—Deja de pasar tiempo con ese trío de idiotas. —sentenció, adelantándose. Emma no tardó en correr para alcanzarlo, invitando a su padre.
—.—.—.—.—
Alfred los alcanzó en la enfermería provisional que el director plantó en el patio de los primeros edificios. Así los padres o invitados al igual que los alumnos no podían atravesar las instalaciones correspondientes a la escuela, ni a los dormitorios. Las carpas eran únicas para cada paciente, aunque a excepción de Arthur y su familia no había nadie más ahí, todavía.
—Luce bastante bien para mí. —escuchó decir a Scott. —Ponte de pie, tenemos cosas de las cuales encargarnos.
— ¡Scott! —reprendió su madre. —No te apresures a levantarte, Arty. La enfermera dijo que debemos reposar un poco.
—Estoy bien, madre. —suspiró, y de seguro se intentó volver a poner de pie porque Annie protesto de nuevo.
Estaba inseguro si pertenecía a esa escena o no. Arthur indudablemente se enojaría con él por ir sin avisar, mostrando su relación a sus padres y hermanos; aunque ya lo sabían. Alfred siempre pensó que era mejor preocuparse por el cómo están reaccionando al cómo reaccionaran. Siempre actuando por impulso, porque era sencillo, las consecuencias vendrían después. Sin embargo, al estar a punto de abrir la carpa, un pensamiento fugaz llegó a su mente. Esta vez las consecuencias no lo afectarían únicamente a él, sino a Arthur. Y algo similar a hacer sentir mal a Arthur no estaba en sus planes.
Dio media vuelta, con las manos hundidas en el abrigo de aviador. Sobraba en aquella parte.
— ¿Qué eres de Arthur? —preguntó la voz de Helen, la madrastra de Arthur, aunque él no lo sabía.
— ¿Eh? —Alfred volteó a donde provenía la voz, la mujer iba a acompañada de uno de los hermanos de Arthur, Gales. — ¿Quién es…?
—Soy la madre de Arthur. —contestó con una sonrisa. —Aún no escuchó que me respondas mi pregunta.
—S-Soy amigo de Arthur.
—Eso no dicen las imágenes que le llegaron a su padre en el correo. —comentó ella, avanzando. Y pensar que la madre de Lovino le pareció intimidante, aquella señora tenía los ojos de un león enjaulado. — ¿Podemos ir a hablar a otra parte?
—Me están esperando. —respondió incómodo.
— ¿Por qué no hablas un rato con su padre?
— ¡Imposible! —se apresuró a negar, poniendo las manos delante, agitándolas. —Aún es muy pronto.
— ¿Qué estás haciendo aquí? —Arthur salió de la carpa, sobándose la nuca. Annie lo sostenía del brazo, pidiéndole que reposara un poco más. Al verlo, le dio un empujoncito a Arthur en la espalda, indicándole ir hacía él. El menor de los Kirkland comenzó a sonrojarse.
—Así que tú eres el novio de mi hijo—comenzó Annie. La mujer mayor pensó que podía cocinar un huevo sobre la cara de ambos por lo caliente que deberían estar.
—Annie. —el padre de Arthur salió de la carpa con los brazos cruzados, sujetando en su mano un vaso de whyski que seguro le ofrecieron los servicios de Vasili. Patrick igualmente salió, frunciendo el ceño al notarlo. — ¿Qué está pasando, Arthur?
Alfred paso tímidamente su peso en el pie derecho primero, luego en el izquierdo. Queriendo estar en cualquier otro lugar menos ese. Recordó de forma fugaz el día en que conoció al padre de Arthur, intercediendo por él para que no fuera expulsado. Le pareció un buen hombre, pero al recordar que Scott al primer momento también se portó amable y después fue elegido como el rey de las sombras, le asustaba. ¿Y sí era un villano mucho peor que Scott? En primer lugar, ¿podría haber alguien peor que él?
—Oh, ¿no es el joven Jones? —preguntó el Sr. Kirkland, sorprendido, haciendo un gesto con la mano movió los gruesos hielos que se encontraban dentro del vaso. —Arthur, no me dirás que lo que vi en esa imagen es verdad. ¿Correcto?
Alfred se tensó en su lugar, con los ojos girándole. ¿Era momento de interceder y decirles que era la persona que enamoró a Arthur? Nervioso miró de soslayo a todos los presentes, notando las miradas penetrantes de Helen, Gales, Scott y Patrick. Los otros hermanos de Arthur tampoco están de acuerdo con ello, incluso el mismo Arthur parecía estar dudando.
—Intente decírtelo. —comentó Scott a su padre.
—Deja que Arthur tome la palabra. —cortó Gales, en un usual modo que Arthur recordó los momentos terribles que le hacía pasar de niño, enseñándole animales muertos o jalándole los cabellos. Alfred sintió como todo su cuerpo se comprimía de miedo, no por él, sino por Arthur. Ya era suficiente con que Scott siempre estuviera detrás de ellos, que intentará impedir su relación.
—Yo soy la pareja de Arthur. —alzó la voz un poco más fuerte de lo usual. Mirando sólo al padre de Arthur, el hombre soltó el vaso de whisky que quedo en mil pedazos repartidos por el suelo.
— ¿QUÉ? —el gritó de Gales y Patrick resaltó encima del vaso estrellándose. Scott se preguntó si él había reaccionado igual de estúpido al escuchar la declaración del héroe.
—É-Él es mi novio. —la voz de Arthur se fue apagando a medida que seguía hablando. Tenía las mejillas rojas por la confesión, temblaba por las futuras reacciones y sentía el cuerpo congelado en el lugar donde estaba.
—Sí, eso ya lo escuchamos. —gruñó Scott, acomodándose el saco, su madre le dio un codazo en el brazo y Alfred lo miró feo.
— ¡Ya decía yo que no eras normal desde que confundiste a Francis con una mujer! —río Patrick, sobándose el estómago. Gales soltó una risa ahogada, golpeando el hombro de Scott.
Alfred se sintió menos cohibido cuando escuchó las risas. Bastante confundido de que nadie lo golpeará por llevar a Arthur por el camino del mal como lo insinuó Scott, se empezó a reír de puro nerviosismo. Patrick se acercó a él, aun riendo.
—Tú…—olió su cabello, examino su cara de lado a lado sosteniéndolo por las mejillas. —No eres inglés.
—Soy americano.
Patrick lo soltó bruscamente, perdiendo el interés. — ¿De qué parte?
—D-De América. —contestó, encogiéndose de hombros sin comprender la pregunta.
—América es un continente. —dijo Gales con cara de no poder creerlo.
—Le dará un ataque al viejo. —chilló Patrick, fingiendo alarma. El padre de Arthur se sostenía a duras penas de Helen, intentando normalizar su respiración. — ¡Scott, Scott!
—Está exagerando. —gruñó Annie, mandándole una mirada aniquiladora.
—Sólo está en shock. —contestó Scott, suspirando. —No es para menos.
— ¿Tú lo sabías? —preguntó Gales sin borrar su sonrisa. Scott no le dio la cara, simulaba examinar a su padre. —Lo sabías y no dijiste nada.
—.—.—.—.—
Después de saludar a las patatas bastardas, Lovino se adelantó con Antonio al campo donde los tiradores harían su prueba de tiro. Antonio iba tarareando una canción acerca de frutas o algo por el estilo, producto de un comercial para niños. Lovino lo tomó del brazo, parando su andar.
— ¿Qué pasa, Lovi?
—No deberías estar con nosotros. —dijo directo, agachando la cabeza. Las personas pasaban a su lado, sin detenerse a contemplarlos, solo buscaban un buen lugar para poder sentarse y observar la práctica de tiro. —Blas no tardará en hacerte sentir mal.
—Deja de estar preocupado, Lovi. Te saldrán arrugas y aún eres muy joven para eso. —se burló, tocando con dos dedos de su mano derecha el entrecejo del italiano. El juicio de Lovino debió estar en sus cinco minutos de locura, porque le dieron unas infinitas ganas de lanzarse a Antonio y abrazarlo, por suerte le regreso a tiempo la cordura. —Además, tú padre parece estar conteniéndose muy bien.
—Sabe que no debe molestar al viejo. —replicó, cruzándose de brazos. Incluso su estúpido padre sabía las consecuencias de molestar a la máxima cabeza de la familia Vargas.
—Me fiaré de eso entonces. —Antonio estiró sus labios en una imponente sonrisa, agradecido de las preocupaciones de Lovino. Con delicadeza acarició su cabeza un par de veces, contemplándolo con ojos brillantes. —Gracias por cuidarme, Lovi.
— ¡Nadie lo está haciendo! —intento aclarar, evitando su contacto e inflando las mejillas. —Solo me preocupa que tú te quejes conmigo luego de que esos bastardos se vayan. No quiero escuchar tus quejas de mariquita.
—Estás todo sonrojadito, Lovi. —los dedos de Antonio viajaron hasta pómulo, picándolo burlonamente. —Que monada.
— ¡No lo estoy, gilipollas imbécil! —sin previo aviso le dio un cabezazo que el estómago, logrando doblarlo. Lovino siguió su camino, no sin antes darle una patada en el culo, provocando que cayera por el frente.
— ¡Lovi! —la voz de Emma llegó corriendo a él, ignorando a Antonio que intentaba levantarse. Govert le dio otra patada al pasar, volviéndolo a derribar. La chica llegó a abrazarlo, llenó de cariño. — ¿Dónde están tus padres?
Govert se detuvo a su lado, inspeccionando de un lado a otro, buscando al abuelo de Lovino. Le caía bien el anciano, debía darle las gracias por su ayuda en el conflicto con el antiguo director. Con gracia pudo notar que Antonio se sacudía la tierra, siendo rodeado por dos chicas que lo ayudaban a levantarlo. Lovino al parecer no le prestó atención, pues su familia apareció detrás de ellos.
— ¿Ustedes son? —preguntó su madre, mirándose las uñas. Ella también podía ser irritante cuando quería; más si veía a una chica colgada del brazo de su futuro heredero. Emma contempló maravillada lo hermosa que era, su aspecto parecía ser sacado de una película de princesas. Toda perfección muy a pesar de ya ser una señora con dos hijos de dieciséis años.
— ¡Los amigos de Lovi! —dijo Feliciano, apareciendo detrás de ella. Lucía bastante feliz de decir aquellas palabras y a los hermanos Morgens les hizo feliz ser nombrados así, aunque solo Emma lo demostró. —Ha hecho muchas amistades desde que llegamos.
—Cierra la boca, idiota. —gruñó Lovino, dándole un pisotón. Govert prestó atención a aquella acción, el italiano no parecía nada cómodo al hablar sobre sus amistades frente a sus padres. — Son Be-Emma y Govert Morgens.
— ¿Eres la novia de mi hijo? —Bianca Vargas tomó uno de los brazos de Emma y otro de Lovino, separándolos en cuestión de segundos. Echó a Emma a su hermano y a Lovino lo atrajo a ella, poniéndolo al lado de Feliciano. Govert tomó a su hermana por los hombros, molesto. Lovino chasqueó la lengua, indignado. —No he escuchado de tus padres nunca.
—Me extrañaría que fuera el caso contrario. —dijo de pronto el padre de los Morgens, saludando con la mano a Máximo.
—No soy su novia. —aclaró Emma, soltándose de Govert. Miró a Antonio que se incorporaba con ellos, trayendo su deslumbrante sonrisa consigo.
—Es nuestra amiga. —comentó Antonio. —Y su hermano.
—Yo no soy tu amigo. —aclaró Govert, mirando a otro lado.
—No dije que lo fueras. —siguió Antonio entre dientes.
Los Vargas no prestaron a la diminuta discusión, Feliciano parecía ver a los amigos de Lovino con admiración plantada en los ojos. Pasaba ya muy poco tiempo con su hermano, y aunque ya conocía a Govert le alegraba que Lovino tuviera más amigos todavía, como Alfred y Emma. Una parte de él también se puso celosa, si el hermano Antonio y Lovi se volvían pareja eso abarcaría mucho más tiempo de su hermano, y el sobrante seguro se lo quisiera dar a sus amigos. Eso no le gustaba mucho que digamos.
—La demostración comenzara pronto, ¿qué esperamos? —dijo Blas, llegando hasta ellos. El hombre alzó una ceja al encontrarse a la familia Morgens con la suya, su padre parecía llevarlo bien con el otro hombre por lo que debía ser cordial.
— ¡Un Lovi adulto! —exclamó Emma emocionada. Govert se volteó a ella en un parpadeo, queriendo silenciarla. Lovino miró a su padre y este le devolvió la mirada. —L-lo siento.
— ¿Es tú novia? —preguntó burlón. Hundió sus manos en los bolsillos sin mucha importancia; Lovino sabía que no tenía permitido nada de eso.
—No lo es. —intervino Antonio, mordiéndose el labio al terminar la oración. Ese autocontrol debía aparecer cuanto antes.
Emma se acercó poco a poco en dirección a su hermano, queriéndose alejar de la tensión formada; su padre estaba más allá, platicando con Máximo. — ¿No hay mucha rigidez en el ambiente? —susurró en su oreja, Govert se inclinó para escucharla mejor. —Todos me preguntan si soy novia de Lovi.
—Es porque eres la única mujer aquí. —contestó indiferente.
— ¡Qué cruel, hermano! —chilló en protesta. — ¡Incluso si hubiese más mujeres debería ser considerada!
—-Te has descuidado mucho estos días. —Govert tomó un pedazo de su cabello, separando las hebras, encontrándose con un nudo. —Mereces el apodo que te diste cuando enfrentaste a Antonio.
La chica farfulló por debajo, maldiciendo la insensibilidad de su hermano.
—.—.—.—.—
— ¿Es mi obligación vigilar todo lo que hace? —preguntó Scott, enojado. Gales y Patrick se dirigieron una mirada fugaz.
—Siempre lo haces. Incluso de niños. —contestó Patrick.
Y lo sigue haciendo, solo que es bastante orgulloso para admitirlo, pensó Arthur agriando su expresión.
—Ya basta de eso, luces como un idiota. —reprendió Annie a su exesposo, Helen se aguantó una risita. — ¿No sabes que estamos en el siglo XXI? Estas cosas pasan de forma más natural cada día y es tu deber como padre amarlo hasta el final. ¿No lo amas acaso? ¿Debería volver a apelar la custodia solo para mí?
— ¡Madre! —Scott se acercó sorprendido por la temeridad de su madre. Ella pareció una jovenzuela al chasquearle la lengua a su propio hijo, arrugando la nariz por si decidía hacerse el valiente y enfrentarla. Scott no quiso imitar a Alfred en cuanto a ser un héroe.
— ¡Tu hermano se ve bastante lindo enamorado, no dejaré que tú estúpido padre le eche a perder su juventud por cosas tan sosas como negocios!
Arthur se cubrió la mitad del rostro con una mano, bastante apenado, sin poder voltear a Alfred. Él en cambio lucía bastante excitado y alegre pensando que la madre de Arthur era absolutamente genial, sino fuera porque sería raro le hubiese presentado a su padre para que este volviera a casarse con ella. Seguro que la quería como madre. Pero en definitiva quería mucho más a Arthur.
—Tu madre es fabulosa. —soltó de pronto, embelesado.
—Gracias, cariño. —contestó Annie, dejando la discusión de su esposo. Caminó hasta Alfred poniendo una de sus suaves manos en la mejilla regordeta de Alfred. —Si Arthur te eligió también debes ser fabuloso. Tienes toda mi bendición, y si alguno de esos dos se atreve a molestarte confió en ti para que me lo digas. —ella señalo al padre de Arthur y Scott, sabiendo que eran los únicos que le meterían ideas absurdas a su hijo menor. Los otros no tenían el derecho ha.
—A decir verdad…—Arthur le pellizco por la espalda, ordenándole silencio. Alfred le mandó un puchero inconforme. —No, no es nada.
—Supongo que ustedes quieren pasar un rato solos. —siguió su madre sin prestar mucha atención a lo anterior. —No deben pasar mucho tiempo juntos con las actividades de Arthur.
—Que comprensiva. —Scott juraba, con desagrado, que el gordinflón estaba a punto de llorar a los pies de su madre.
— ¡Espera, Annie! —llamó el padre de los Kirkland, soltándose del brazo de Helen.
—Pero lo siento, Alfred. Mi hijo es mío por este día. —ignoró con simpleza al padre, atrayendo a Arthur a ella. —Tú lo tienes todos los días.
Alfred quiso decirle con tristeza que eso no era necesariamente cierto.
—Realmente quiero decir algo…—el no siguió hablando a causa de que su esposa le aventó la cara hacía atrás, con una sonrisa del rostro.
—Será más tarde. —continuó Annie. —Por supuesto, me encantaría conocer a tu familia, Alfred. Estaré encantada.
— ¡Claro que sí! ¡Los iré a buscar! —exclamó emocionado, echándose a correr en dirección contraria.
La familia Kirkland se quedó en silencio, manteniendo la mirada fija sobre Arthur. Algunos suspicaces de los motivos que el americano tuviera con él, otros más calmados evaluando la situación y la madre de Arthur y Scott con una enorme sonrisa en el rostro.
—Aunque de verdad me encantaría tener nietos. —Annie se volteó a Scott con picardía. —Debes conseguirte una novia Scott. No me haré más joven esperando.
—No es lo que una madre deba decirle a un chico de preparatoria. —suspiró Scott, removiéndose el cabello. —Gracias, pero quiero terminar una carrera antes de inmiscuirme con mujeres.
—Querido, no me digas que tú también…—su madre se llevó la mano a la boca, desconcertada.
Sus hermanastros aguardaron una risa. Scott solo pudo sonrojarse al mismo tono que su cabello.
— ¡Claro que no! —gritó eufórico.
—De verdad que no tendría problema. —aseguró emocionada. Toda la familia Kirkland, incluido su padre, estallaron en carcajadas.
—.—.—.—.—
La práctica de tiró terminó mucho más rápido de lo esperado, al menos para la familia Vargas. Su padre se aburrió después de un rato, diciendo que si tuvieran un arma de buen calibre en sus manos ni siquiera sabrían como disparar. Lovino tuvo que actuar rápido para que a Feliciano no se le ocurriera preguntar como lo sabía. Bianca, su madre, estaba firmando unos cuantos autógrafos apartada del resto, y Blas optó por ir con otros hombres de negocios que conocía. Máximo quedó a cargo de los tres adolescentes.
—Soy demasiado joven para estar a cargo de ustedes. —bufó observando a las hermosas damiselas que quería cortejar. —Terminaré con mi vida sexual antes de salir de aquí.
— ¡Cierra la boca, viejo precoz! —gritó Lovino, tapando los oídos de su hermano.
—Vee~
—Quiero ir a ver las pinturas de Feli. —comentó Antonio, Feliciano le sonrió estúpidamente y con enojo Lovino se interpuso entre ellos dos, interviniendo en su contacto visual. Su abuelo le sonrió pícaramente, incrementando su sonrojo. — ¿No quieres Lovi? —preguntó sin comprender su acción.
—Vee~ El director dijo que se mostrarían en una sección especial, para finalizar con broche de oro o algo así.
—Había una mención de una obra por parte de primer año. —recordó el abuelo, sacando el tríptico de su bolsillo. — ¿Qué papel tienen?
—Yo no pude participar. —Feliciano hizo un mohín. —Tuve que concentrarme en las pinturas, vee~
—Soy uno de los muertos en la escena dos. —Lovino se encogió de hombros, restándole importancia. Antonio quiso reprochar, Lovino le pegó en la boca antes de que pudiera.
—Vee~ Hermano Antonio, ¿te encuentras bien? —Feliciano corrió al español, revisándole el rostro. Su hermano mayor se cruzó de brazos, atrayendo de nuevo el gesto malicioso de su abuelo.
—Te carcomerán los celos, querido Lovi—susurró Máximo a su oído.
— ¿No tienes que ir a dejar tu semilla en algún lado? —reclamó Lovino, pegándole un codazo. Su abuelo se puso a la caza de nuevo.
Lovino se permitió contemplar un ratito a Antonio; quién siendo acompañado de su hermano, platicaba sobre algunas travesuras que se perdió del BFT. Antonio a su desagrado, se mostraba bien, cero tempestades en su mirada, cero tristezas. Lovino sabía que debía esperar, tal como prometió, al momento en que el español por fin explotara. Era difícil ver como sufría. ¿Antonio habría pensado lo mismo al conocerlo? ¿Le fue complicado llegar a sus sentimientos? Aunque ahora era diferente… ambos eran…
Ups. Mal momento para ponerse a dudar sobre lo que eran.
Desde que lo escuchó de Emma y Francis no lo dudo ni un solo momento; y ahora, que su hermano estaba colgado encima de él, recibiendo mimos fraternales del español sabía que todo podía ser diferente en un abrir y cerrar de ojos. El amor de Antonio a él ya no era de un hermano mayor a un hermano pequeño como a Feliciano, ni igual a ser compinches de fiesta (y de vida) como el pervertido francés y la estúpida patata. Aun así, lo que más le tenía preocupado a Lovino no eran los sentimientos cambiantes de Antonio, sino los suyos.
Si la confesión llegaba, ¿qué debía responder?
— ¿Por qué no han venido tus padres, hermano Antonio? —preguntó Feliciano, preocupado. Lovino salió de sus pensamientos queriéndole dar un porrazo a su hermano por tal pregunta. Antonio en cambio le sonrió como siempre, sobando su cabeza lo cual disgusto a Lovino, en definitiva, no es que le importara, pero… sería bueno que si de verdad le gustaba a Antonio este se limitara a ser afectuoso solo con él.
—Ya no había vuelos disponibles para este día. —mintió encogiéndose de hombros, quitando despacio la mano encima de Feliciano.
—Vee~ pudieron elegir otro día entre la semana.
—No pueden descuidar tanto su trabajo. —respondió alzando uno de sus dedos. — ¿Quién produciría los tomates que tanto te gustan?
— ¡Ah! ¡Es verdad!
—Déjalo tranquilo, Felidiota. —Lovino interceptó el futuro abrazo de su hermano al hispano, recibiéndolo él. — ¡Quítate!
—Si solo quieres un abrazo, tienes que pedirlo, Lovi. —comentó su abuelo uniéndose a ellos.
— ¡Nadie se los pidió! —chilló forcejeando. Antonio se unió de pronto a ellos, quedando delante de Lovino, la magnífica sonrisa que puso en ese momento lo atrapó con fascinación. Se hundió entre el abrazo de oso que mantenían los tres sobre él, con las mejillas ardiéndole hasta hacerle pensar que le escurriría sangre por la nariz. — ¡Quítense de encima! ¡BASTARDOS!
Incluso su abuelo salió con dos golpes en la cabeza.
—.—.—.—.—
Kiku recordaba con desagrado el anunció del director, una y otra vez se repetía en su cabeza. Ahora era casi imposible pedirle a Iván que retirará sus malas intenciones de Arthur. Antes, en el anunció de la cafetería había querido ir con Arthur a toda velocidad, no pudo hacerlo. No podía darle la cara a causa de la carga que llevaba. Si tan solo hubiese dado esa carta a su hermano Yao, nada de esto le pasaría a su mejor amigo.
—Kiku, te has quedado callado de pronto. —dijo Yao, evitando todo contacto con Iván. Se encontraba inclinado a él, ladeando su rostro todo lo que podía. El ruso en cambio sostenía la expresión simpática en su rostro, manteniendo las manos ocupadas con el maletín de Yao, aunque este no se lo hubiera pedido y fuese obligado ha. — ¿Seguro que estás bien-aru?
—Lo estoy, Yao-san.
— ¿De verdad tenemos que caminar con él todo el rato-aru? —susurró mordiéndose las uñas. Se fijó de soslayo en Iván que le dio una sonrisa dulce al contactar sus miradas, Yao de inmediato se puso firme, sintiendo un escalofrío recorrer por su espalda. Él daba miedo.
—Podemos detenernos cuando gustes, Yao. —comentó Iván, parándose delante de un puesto con comida tradicional china. Los sentidos de Wang Yao estallaron en felicidad, devorando con la vista todo a su paso, no se dio cuenta de cuanta hambre tenía desde que bajo del avión. La alegría de ver a Kiku era mucho más importante.
— ¡Waa! ¡Es muchísima comida-aru! —babeó sin querer, limpiándose rápidamente con la manga del hanfu rojo que vestía. Iván escondió una risa entre el puño que se llevó a la boca, Kiku suspiró bajando rápidamente la mirada a la comida. Era cierto que Iván propuso e hizo realidad ese puesto con ayuda de su padre, la mayoría de los estudiantes votaron por comida francesa o italiana por lo refinada de esta.
—Coma lo que guste Yao-san, es gratis. —dijo Kiku, adelantándose a Iván. Sus preciosos ojos morados se tornaron mucho más oscuro de lo deseado, logrando intimidar un poco al japonés, sin embargo, no dio su brazo a torcer. Debía proteger a su hermano.
—Tomaré bastante lumpia entonces-aru. —se llevó un rollito a la boca, haciendo una mueca de dicha pura. — ¡Está delicioso-aru! ¿Lo has cocinado tú, Kiku? —preguntó emocionado. El japonés negó con la cabeza, él participo en la comida italiana y en montar la enfermería provisional. —Sabe a lo que harías tú.
—Lo hice yo. —intervino Iván, sonriendo resplandeciente. Yao abrió la boca por el pasmo, el ruso sostuvo el rollito con su mano, sin borrar la delgada línea en su rostro. —Me alegra que te gusten tanto, dah.
—N-No sabía que pudieras cocinar-aru—el tono de su voz se fue apagando. Iván le ofreció de nuevo la lumpia, obligándolo a comérselo con su mirada incesante. Yao terminó accediendo a comer otros cuantos, no quería hacer enojar al ruso.
—Aprendí por mi hermana. —Iván ofreció comida a Kiku, él la rechazo con pena. Era muy descortés hacerlo, y de verdad se veía rica la comida, pero tenía que seguir su código de no deberle nada a Iván para que este no le pidiera nada a cambio. —Seré un buen esposo en el futuro.
—Aiyaa! ¡Ser joven es maravilloso-aru! Persigues tus sueños y todo. —Yao le dio unas palmaditas al hombro del ruso, queriéndolo llenar de buenas vibras. —Seguro que cualquier chica se querrá casar contigo.
—Yao-san, no entremos en ese tema.
—Tú también debes encontrar a una buena mujer, Kiku. Aunque dudo que alguien sepa cocinar más rico que tú.
—Yao-san debería considerar el hecho de que es mayor que yo. —suspiró Kiku, cansado. —Pronto tendrá veinticuatro años, debe considerar sus futuras relaciones y con quién compartirá su vida.
— ¿Qué estás diciendo de repente, Kiku? —preguntó Iván ampliando su sonrisa. Yao lo siguió con la mirada hasta que se puso detrás de él. —Cuando termine Gakuen, me iré a vivir con Yao. ¿No es así?
— ¡Qué indecencias dice! —reclamó Kiku, separándolo de su hermano.
— ¡Por supuesto que no-aru! —chilló al mismo tiempo Yao.
—.—.—.—.—
No paso mucho tiempo para que los estudiantes comenzaran a tomar posiciones, principalmente los de primer año, a su lugar correspondiente de la obra. Lovino se separó de Feliciano y Antonio, alegando que los demás alumnos le retorcerían el trasero si no se presentaba en la obra. Máximo le dio un último abrazo, besando su cabeza, en señal de buena suerte.
Sus compañeros de clase se agruparon en su auditorio designado. Por falta de tiempo, y principalmente para que los padres no se aburrieran, las dos obras se encimaban, una en el auditorio y la otra en el gimnasio con su respectivo escenario, cualquiera podía ir a ver la obra que quisiera. A Lovino le alegraba, al menos su clase no se alió con la patata molesta, sino con el de Alfred. Ambos gemelos ya lo esperaban con una sonrisa, el canadiense vestido con ropa del siglo XIX y Alfred completamente de negro. Matthew se acomodó los lentes, Lovino pudo notar que lucía más feliz de lo normal. Alfred en cambió intentaba contener su nerviosismo.
—Ni siquiera sales en escena, bastardo. ¿De qué estás tan nervioso? —preguntó Lovino, llegando a ellos. Una de las chicas comenzó de inmediato a pasarle su vestimenta, regañándolo por lo tarde que llegaba.
— ¡Robín-Lovi, Batman necesita un consejo! —chilló siguiéndolo hasta los vestuarios. El lugar estaba repleto de actores novatos, leyendo las líneas del libreto una y otra vez. Lovino infló las mejillas al ver tanta gente, necesitaba un lugar para concentrarse.
— ¿Qué sucede, el pervertido de Arthur ya te tocó en lugares indebidos? —Lovino le arrebató un biombo a un chico que terminaba por ponerse el pantalón, poniéndose detrás de él y dejando a Matthew y Alfred en la guardia para que nadie intentara llevárselo.
— ¡Por supuesto que no! —chilló el americano, adquiriendo el color rojo en su rostro, que al parecer ya se había vuelto parte de él desde que inició relación con Arthur. Matthew se aguantó una risa. —Es solo que… ¡su madre quiere una presentación de familias!
— ¿Y qué tiene eso de malo? —tiró la ropa por encima del biombo, tomando el vestuario que Matthew le ofrecía. Un traje negro de gala.
—Nada, pero… me siento muy nervioso. Si vieras como toda su familia me examino, te morirías de miedo al igual que yo.
—Yo no soy un puto cobarde. Así que lo dudo. —se encogió de hombro, abotonándose el pantalón. Alfred le pego a una cara del biombo, reprochándole. —Ya. Entonces no los lleves.
—Quiero conocer a la familia del joven Arthur. —intervino Matthew. —Me guastaría hablar con su padre sobre lo bueno que es Arthur dando tutorías.
— ¡Sus hermanos son aterradores! —exclamó Alfred, extendiendo los brazos al cielo. Sin querer deshizo el chongo a una chica que pasaba por ahí. —Ups.
—Terminé. —Lovino salió justo a tiempo, luciendo el fantástico traje a la medida. La estudiante afectada se olvidó por completo de su chongo y lo fue a sentar de inmediato a una silla donde estaban maquillando a los actores. Matthew consoló a su hermano por el momento.
Paso bastante tiempo en lo que la chica terminó de maquillarlo, al menos la mitad de su rostro. Otro estudiante comenzó a peinarlo en lo que el maquillaje secaba en su rostro, sostuvo el rulo con cinco pasadores que se enterraron con fuerza en su cabello, Lovino se estremeció ante el contacto. Todo el flequillo que le caía en la frente se peinó hacía atrás, siendo reforzado con gel, mus y muchas cosas que nunca se puso en el cabello; temía que al final de la obra este quedara tan dañado que nunca se recuperaría.
— ¡Waaa! —chillaron sus compañeras a su espalda. Lovino a través del espejo pudo ver el porqué. Natalia Branginski lucía hermosa. Aunque fuera de un salón distinto al principio, lucho por estar con su hermano Iván, al final no le quedó otro remedio al director que cambiarla al grupo de Alfred pese a las quejas de su hijo.
Toris detrás de ella, ya con el traje puesto, la contemplaba embelesado. Lucía tan bonita y aunque compartían un montón de escenas juntos, dudaba que la chica rusa siquiera notara lo mucho que se arregló para ella. Lo único que Natalia pedía era que quitaran al protagonista y le dieran el papel a su hermano, que, por cierto, se quedó fuera de la obra al quererla hacer con tripas de verdad.
—Luce bastante bonita. —comentó Matthew. Alfred asintió con la cabeza, admirando la belleza de la chica.
—Estás listo, también. —dijo el estudiante que lo arreglaba, pasándole la capa que debía usar también.
Lovino la hizo volar hasta su espalda, abotonándola en un click. De la mesa improvisada de maquillaje agarró la máscara blanca que cubría la mitad de su rostro. Con cuidado de no arruinar el maquillaje debajo de esta, la acomodo con ayuda de Matthew. De igual forma, la chica del maquillaje le paso una rosa roja, haciendo juego con el interior de su capa.
Por un segundo, o más, lo contemplaron escépticos de que fuera el crío gritón y malhablado con el que compartían salón de clases. Al cual ni le podías pedir una goma sin que te recordara a tu madre.
— ¡Robín-Lovi! —chilló Alfred, emocionadísimo. Todos lo siguieron con un gritó de sorpresa y alabanzas.
Lovino intentó serenarse, estaba absurdamente feliz por la aprobación de sus compañeros. Debía mantener la compostura y meterse en el personaje lo más rápido que pudiera. Se frotó las manos, dándose suerte con un pensamiento, antes de colocarse los guantes negros.
—No te preocupes, Lovi. —tranquilizó Matthew poniendo las manos sobre las suyas. —Lo harás muy bien, te he visto en los ensayos. Eres increíble.
— ¡El héroe está de acuerdo! —Alfred alzó una mano al cielo, secundado por muchos compañeros más.
—Puede que tengas mala actitud, pero nadie niega tu talento aquí. —comentó Toris, aplaudiéndole. —No por nada tienes el papel estelar.
—Lo haces bien. —comentó de pronto Natalia, haciendo un mohín. —Aunque no mejor que mi hermano, por supuesto. Él es mucho mejor que tú.
Lovino sonrió, asintiendo con la cabeza. Estiró su capa, dejándola volar mientras salía por la puerta directo al escenario.
—.—.—.—.—
Antonio se sentó en medio de Máximo y Feliciano. Del lado de Feliciano se encontraban los padres de este, sin alguna expresión en su rostro; seguro sabían que Lovino no tendría el papel protagónico y eso, al menos para su madre, significaba algo de lo cual avergonzarse. Ella era una actriz de obras de teatro muy importante en Italia y el resto del mundo, conocida sobre todo por su enorme talento en musicales y como directora. Incluso diseñaba la ropa de sus obras teatrales.
Feliciano en cambio estaba terriblemente decepcionado de no ir a ver a Ludwig. Como las obras estaban en polos distintos y tenían la misma hora programada, le era imposible presentarse sin saltarse la obra de su querido hermano. El grupo de Ludwig junto al otro primero harían Hamlet. Ludwig al ser tan escaso de expresiones faciales apoyo/organizo toda la obra, siendo el director de esta.
Todos los padres de primero estaban en la respectiva obra de su hijo, en cambio los de segundo y tercero tenían la oportunidad de elegir. Antonio se guardó la burla al ver llegar a Arthur, buscando con la mirada a Alfred detrás del escenario. Su familia no tardó en acompañarlo, siendo Scott quién tenía la peor cara entre todos ellos. Emma y Govert junto a su padre tomaron asiento dos filas atrás de ellos, esperando con ansia la aparición de Lovino. Para mala suerte de Antonio, Francis decidió acompañar a Gilbert con la grabación de la obra de su hermano.
— ¿En qué acto aparecerá tu hermano? —preguntó Blas, tomando el tiempo con su reloj de mano.
—Solo nos ha dicho que lo matarían en una escena, no cual. Vee~—respondió Feliciano.
—Veremos una mala obra para mantenerlo feliz. —suspiró la madre, cruzándose de piernas y brazos. —Hubiera sido un placer que tu participaras, Feli.
— ¡Mi hermano lo hará perfecto! —sonrió Feliciano, arañando con las yemas de sus dedos su pantalón. Máximo se quedó callado al ver tal reacción. —Vee~ Incluso si únicamente sale en una escena, destacará.
—Eres tan bueno, cielo. —su madre acarició su cabeza, sonriente.
El telón comenzó a abrirse, poco a poco. Arthur en la segunda fila, que era bien ocupada por toda su familia, notó que el héroe era quien se encargaba de subir y bajar el telón. No le extrañaba, le sería mucho más raro que le hubiesen escogido un papel en una obra tan sombría como esa. Su madre al lado platicaba con los amigos de Scott que estaban en la fila de atrás, ella estaba emocionada de conocer a Emma, diciéndole demasiados cumplidos.
—Si quieres salir con mi hijo no me molestaría. —dijo riendo, dándole una palmada en la espalda de Scott.
— ¡Madre!
Antes de que alguno de los Morgens pudiera contestar, la encargada de la obra comenzó a demandar silencio. Era una chica de trenzas y gafas, sosteniendo un libro entre sus brazos, seguro el libreto de la obra. Comenzó a dar el discurso de siempre, y al final hizo una reverencia y salió del escenario.
"Con ustedes, el Fantasma de la Ópera."
Las luces del escenario se apagaron, y entre varios movimientos, trajeron al escenario los panoramas en los que se desarrollaría la obra.
Murmullos, muchos murmullos de gente exaltada, nombrando al fantasma.
La narración comenzó contando la edificación del teatro donde se desarrollaba la obra. Las primeras mujeres comenzaron a hablar, contando el relato del fantasma de la ópera, junto a la primera muerte. Natalia entró en primera escena, interpretando una de las partes finales de Fausto como Margarita. Luego entró Toris, interpretando a Raúl. Toris se puso nervioso cuando tuvo que tocar el violín, desde niño hasta los primeros ensayos no lo había vuelto a tocar por lo que sonaba algo desafinado, aunque aceptable al ser un novato.
—Christine, es preciso que usted me ame. —declaró la voz oculta entre las sombras del escenario. Toris en su personaje, simulaba escuchar detrás de una puerta.
—Solo cantó para ti. —respondió Natalia, completamente metida en su personaje.
Antonio comenzó a formar una sonrisa en su rostro. Se inclinó adelante, atrapado en las redes de la obra. Lovino era un buen mentiroso, de verdad le creyó cuando dijo que no tenía un papel importante. Máximo y Feliciano no parecían darse cuenta de aquello todavía, sin embargo, todos apreciaban aquella obra. Siguió por un buen rato, sin conocer el verdadero rostro del fantasma, solo su voz.
Arthur al igual que toda su familia se concentraron en el escenario, aunque de vez en cuando el inglés se asomaba un poco para ver a su novio. Él platicaba con otra chica de la obra, observando las escenas que pasaban. Sintió un poco de celos al no poder estar a su lado, no obstante, los dejo pasar por el momento.
Al fin Lovino entró a escena después de que el fantasma regresara donde Christine. Máximo que este cruzado de brazos alza las cejas sorprendido de ver a su nieto ahí. Feliciano soltó un quedo vee contento de ver a su hermano tan guapo parado delante de cientos de espectadores. Antonio sonrió al ver que incluso los padres de Lovino se quedaron sin habla.
— ¿Puedes aflojar las ataduras? —pidió Natalia, forcejeando quedo.
— ¡Dios mío! ¿Te has hecho daño? —preguntó Lovino, inclinándose a la rusa, desanudando su amarre. La capa se le arrastro por el suelo, cubriendo la mitad de su cuerpo. Del lado que miraba a la audiencia portaba la máscara blanca.
Los sonidos de una cámara tomando fotos al igual que el flash no se hicieron esperar. Emma en la parte de atrás, con la desaprobación de la mayoría, tomaba fotos sin cesar en su celular. Los fotógrafos de la parte de enfrente, que fueron contratados por los mismos alumnos, tuvieron que ir hasta su lugar a convencerla de parar. Lo lograron una vez que prometieron una copia de la cinta para ella.
Antonio había visto un par de veces la actuación y canto de Lovino. Era bueno, con la práctica y esforzándose incluso podría llegar a ser un profesional, al igual que su madre. El único defecto en todo ello era que a Lovino no le importaba ser igual de popular, siempre decía que, si él lo hizo bien, Feliciano podía hacerlo mil veces mejor. Lo mismo pasaba con la actuación, aunque Antonio jamás vio cantar o actuar al gemelo menor de la familia Vargas.
Lovino entonó una canción, desentonando en algunas estrofas. Aunque nadie pedía profesionalismo en una obra escolar, le aplaudieron al terminar su canción. Todos excepto su madre. Vamos, incluso Blas le aplaudió. Bianca suspiró fuerte, atrayendo unas cuantas miradas. Mientras los de primer año seguían actuando la obra. Antonio no se percató en qué punto ya tenía su mano rodeando la muñeca de la madre de Lovino, impidiéndole marcharse.
—Por favor, aguarde un solo momento. —Antonio se encontraba inclinado sobre el abuelo y Feliciano. Bianca se volteó a él atónita de ser tocada por el hispano. Intentó soltarse, no funciono. Blas se prendió de la mano de Antonio, apretándole la muñeca.
—Suéltame en este preciso momento, pueblerino. —gruñó Bianca Vargas, forcejeando. Patrick y Gales Kirkland chasquearon la lengua, molestos por el ruido que los distraía de la obra.
—Si se va ahora Lovi saldrá herido. —el agarré del padre de Lovino le estaba causando daño, aun así, sostenía con firmeza la mano de ella. —Se lo suplico.
—Dejen de estar haciendo un espectáculo. —Máximo intervino en la situación, soltando el agarre de Blas en la mano de Antonio. Este igualmente soltó a Bianca, pidiendo una disculpa al separarse. —Se van a sentar y a callar esas horribles bocas de aquí a que acabe la obra. ¿Han comprendido?
—Bianca, siéntate. —ordenó su esposo, cruzándose de brazos.
Para gusto de Máximo lo lograron.
Al finalizar la obra todos los alumnos salieron al escenario, haciendo una reverencia a los padres de familia. Alfred saludo en el fondo a su padre que le chiflaba a Matthew en su traje, el chico fantasma se ruborizo e hizo buen uso de su apodo al esconderse detrás de Alfred que resaltaba sobre todos los demás alumnos. Arthur miró más allá de su pareja, centrándose en Lovino, parecía bastante feliz de que todo el mundo aplaudiera su actuación. Seguía siendo un niño después de todo.
—El talento de esa familia no deja de sorprenderme. —murmuró bajito su madre, evitando que los Vargas escucharan. Arthur se volteó a ella, afirmando con la cabeza. La verdad es que si Lovino pudiera pulir sus aptitudes sería considerado uno de los mejores.
—Supongo que pueden ser buenos para algo de vez en cuando. —se encogió de hombros, restándole importancia.
—.—.—.—.—
Del otro lado de la escuela, en el gimnasio, Kiku alternaba miradas entre su cámara y su hermano mayor. Yao a su lado comentaba lo buena que era la obra de Ludwig, el japonés estaba de acuerdo, había visto los ensayos con Feliciano y su amigo hizo un buen trabajo como director. Sin embargo, no prestó atención a la función. Debía conversar con Yao antes de que Iván volviera a aparecer.
Los alumnos de primero al terminar la obra se esparcieron con los disfraces puestos. La actividad de segundo año estaba a punto de comenzar, los ayudantes contratados por el director comenzaron a desmontar la obra de teatro del gimnasio, y los profesores llamaron a los padres para unirse en el tour de esculturas, pinturas y demás. A lo lejos Kiku escuchó a Gilbert gritando a sus padres que sería lo mejor que verían después de la obra de Ludwig.
—Yao-san.
— ¿Qué pasa-aru? —preguntó con una sonrisa. Kiku se mordió el labio, incapaz de continuar. — ¿Estás sintiéndote mal? Aiyaa! ¡Estás muy palido!
—Me encuentro en perfectas condiciones, Yao-san. —cortó antes de que atrajera la atención de más presentes. —Debo hablar con usted de algo muy importante.
—Sabes que puedes decirme lo que quieras, Kiku. —Yao puso las manos en su cintura, esperando a que continuara. Salvo los ayudantes de Vasili y algunos alumnos que buscaban a sus padres alzando el cuello, el gimnasio se encontraba casi vacío. No encontraría otro sitio más cómodo para hablar, la escuela estaba llena y no tenía permitido llevarlo más lejos de las barreras. — ¿Kiku?
—Por favor no acepte el amor de Iván. —dijo de pronto, sosteniéndole la mirada en todo momento. Pudo reparar como sus manos comenzaron a temblar, las oculto detrás de su espalda, evitando que su hermano se diera cuenta.
— ¡Qué cosas estás diciendo-aru! —chilló Yao, dando un brinco atrás. Las mejillas se le llenaron de rubor, avergonzado de lo dicho por su hermano menor. Segundos después se cubrió el rostro con las manos, evitando los ojos serios de Kiku.
—Estoy hablando enserio, Yao-san.
— ¡No sigas! —reprochó entreabriendo los dedos de su mano, para poder observarlo. Kiku tenía una expresión de tristeza en su rostro, combinada con preocupación. De verdad, él parecía el hermano mayor. Yao se recuperó poco a poco, tosiendo a un lado, librándose de la vergüenza. — ¿Qué estás diciendo de repente-aru? ¿El amor de Iván? No creo que él sienta eso por mí, es muy joven para saber que es el amor.
—Me ha dado cartas para usted. —confesó, Kiku se enterraba las uñas en las palmas de las manos. —Y ha hecho cosas indebidas con Arthur-san porque me he negado a entregarlas. No merece ser querido por usted, Yao-san.
—Aiyaaa! —Yao se lanzó a abrazarlo, rodeando la cabeza de Kiku con sus manos, pegándola contra su pecho. — ¡Nunca pensé que me fueras a celar -aru!
No es así, quiso decirle Kiku. Estaba preocupado por él, en que Iván terminara por hacerle daño. Su hermano era una de las mejores personas que conocía; antes, todos los niños del orfanato lo pensaban, incluso las profesoras. Él ayudaba a los niños a leer, resolver ejercicios de matemáticas o a resolver un problema interno. Las profesoras lo querían mucho. Al principio Kiku era frío con él, pensando que le tenía lastima como los demás al quedarse huérfano a los seis años. Yao le enseñó mucho en esos días antiguos, incluso cuando fueron adoptados Yao lo llevó de la mano por la enorme mansión, junto a sus otros tres hermanos.
—Pero, no debes preocuparte-aru—siguió Yao, separándose del abrazo. —Si Iván te está dando problemas, hablaré con su padre.
—El director está de acuerdo con que su relación surja.
Yao suspiró, derrotado. A sus casi veinticuatro años seguía sin poder responder de manera adecuada a Kiku. —Lo haré de todas maneras. Igualmente, pronto te graduaras de Gakuen, y no volveremos a tener problemas con ello.
Kiku se quedó pensando, Yao tenía un punto. En cuando se graduará no volverían a cruzar palabras con los Branginski. La universidad a la que Kiku aplicaría sería en su país natal, y Yao seguiría con los negocios de la empresa de su padre adoptivo, ni Vasili ni Iván tendrían el poder de intervenir; inclusive si Iván tomaba las ramas de una carrera similar tardaría varios años en volverse a encontrar con Yao por la diferencia de edad. A ese tiempo su hermano ya debería estar casado y con hijos.
— ¿Qué tanto piensas-aru?
—El amor de Iván desparecerá después de unos años, ¿verdad? —Yao asintió varias veces con la cabeza, formando una sonrisa. Kiku se contagió de ese gesto, imitándolo. —No lo pensé así, Yao-san. Me alegra haber charlado contigo.
—Ya sabes que puedes contarme lo que quieras-aru. —le revolvió el cabello con cariño.
—Por favor, no haga eso. No soy un perro. —Kiku le detuvo la mano, volviéndose a poner serio de pronto.
—¡Qué malo-aru!
—.—.—.—.—
Antonio corrió a Lovino al verlo reaparecer entre la multitud de gente. Sin previo aviso, lo abrazo, llenándolo de halagos y semi-reproches sobre el porqué no le dijo que sería el estelar. La familia de Lovino se reunió con él luego del tercer golpe al español. Feliciano se tiró también sobre él, felicitándolo. El abuelo le palmeó la cabeza, diciéndole que le hubiese regalado flores de haberlo sabido. Su padre se divisaba igual de desinteresado que siempre, observando la escena que montaba su familia sin la menor gracia de unirse.
En cambio, su madre parecía echar fuego por los ojos. A Lovino no le extrañaba, si no recibía una mala critica por parte de ella sentiría que realmente lo hizo terrible. Por eso no le gustaba actuar, ni cantar, ni nada en particular; siempre encontraban un defecto en él, por mínimo que fuera. Nunca lo haría perfecto como Feliciano. Él era el hijo que no debió nacer.
— ¡Ha sido maravilloso! —Antonio se despegó de él, sonriéndole. —Deberíamos festejar con muchos tomates.
— ¡Sí! —secundo Feliciano.
—No son para ti, bastardo. —reprochó su hermano. Máximo sonrió, feliz de ver a sus queridos nietos llevarse tan bien.
—Lovino—llamó su madre, interrumpiendo que terminara de arrancar el rulo de Feliciano. Su hijo mayor la miró, agrietando la felicidad de su cara.
—Incluso el maquillaje no se ha corrido. —señaló Antonio, ignorando que Bianca quería tomar la palabra. Lovino volteó a él, sin saber que decir. —Es muy bueno.
—Estoy tratando de-
—Te ves igual de lindo para mí. —continuó. Feliciano y su abuelo soltaron una risita boba detrás de él al ver el color rojo de sus mejillas.
—Que-
— ¡Te has puesto como un tomate!
—Ven a hablar un momento conmigo, niño. —la madre de Lovino tomó del brazo a Antonio, enterrando sus largas uñas hechas con manicura entre su codo y antebrazo. Lovino dio un paso al frente, queriendo impedirlo. Su abuelo pareció pensar lo mismo, pero fueron detenidos por su padre.
—Está bien. También quiero platicar con ella. —dijo Antonio, tomando con delicadeza la mano de la mujer, apartándola de su brazo. Las marcas comenzaron a punzarle. — ¿Vamos?
Lovino miró a su abuelo, suplicándole ayuda. Máximo le pidió disculpas a Antonio mentalmente, si dejaba solo a Lovino con su padre probablemente acabaría más deprimido que al escuchar las críticas de su madre. Feliciano se encogió sobre sus hombros, desviando la mirada al suelo.
—Quiero una bebida. —ordenó a Lovino.
—Pero-
—Vamos por una, Lovi. —pidió su abuelo, palmeando su hombro en señal de confianza. —Estará bien. —susurró a su oído, avanzando con su hijo.
Lovino respingó. Su abuelo daba mucho miedo cuando se enojaba, era una de las personas más temidas en la alta sociedad, aunque era increíblemente amable y cariñoso. Cualquiera se sorprendería si les dijera que su familia se estaba partiendo en pedazos. Su hijo era un desinteresado en su familia, aunque todo un hombre de negocios al ponerle dinero enfrente; su nuera una mujer fría que manipulaba todo su entorno para conseguir las cosas que deseaba, Lovino estaba seguro de que si sentía amor por Feliciano era a causa de su talento. Sus padres eran la peor escoria del mundo. Una vez que su abuelo se marchará al cielo, todo lo que mantenía a su familia unida, desaparecería.
—Si no tiene nada inteligente que decirle a su hijo, mejor mantenga la boca cerrada. —Antonio tomó la palabra, estacionándose en un árbol cercano, donde la gente no podía escucharlos.
— ¿Qué? —la madre de Lovino parecía estupefacta. La humedad del césped mal cortado en el cuadrante donde se encontraban comenzaba a mojarle las medias negras que llevaba. — ¿Quién te has creído?
— ¿Por qué tiene que hacerlo sentir mal por algo tan pequeño como una obra escolar? —reclamó Antonio, metiendo las manos en los bolsillos de su pantalón. La madre de Lovino agrió su rostro. —Su actuación fue muy buena.
—Es porque no tienes ni un mínimo de conocimiento en actuación. —decretó Bianca, cruzada de brazos. —Todo lo que haga tiene que ser impecable, es la próxima cabeza de la familia Vargas.
—Solo es una obra escolar. —Antonio frunció las cejas, sin creer lo que escuchaba. —Él ni siquiera se va a dedicar a esto de mayor. ¿Para qué presionarlo en algo que supuestamente debe ser divertido?
— ¿Eres su defensor?
— ¡Lo soy!
La madre de Lovino tronó la boca, enojada. Antonio lograba siempre sacarla de sus casillas, pero no era buen momento para ser un espectáculo, mucha gente estaba en los alrededores. Se acercó a él, observándolo de arriba abajo; Antonio recordaba aquella mirada de cuando la conoció por primera vez, llegando en un auto deportivo en el campo, con tacones altos y vestidos elegantes.
—Teniendo un hijo como tú no me extraña que tus padres se estén separando.
Antonio sonrió, agachando la cabeza al descubrir sus intenciones. Lástima que él era inmune a los desprecios de la gente, después de todo, una de las cosas que más le inculcaron sus padres fue la amabilidad, incluso a las malas personas. —Por favor deles mis saludos si habla con ellos al acusarme. —la madre de Lovino retrocedió al escucharlo. —Intente no ser tan dramática, mi madre está esperando a mi hermanito, no debe de enojarse o exaltarse.
—De verdad te has vuelto más engreído con los años, niño.
— ¿Por qué debo estar defendiendo a Lovi de los comentarios de su propia madre? —murmuró, apretando los puños contra su cuerpo. Bianca se puso recta, mirando a otro lado. — ¿De verdad no se alegra ni un poco de lo que ha hecho? ¿Es tan decepcionante para usted?
—Cuida tus palabras.
— ¡Él no pidió nacer!
A decir verdad, esperaba una bofetada, no creyó que la madre de Lovino le cerrara la boca aventándole uno de sus tacones a la cabeza. A Antonio le hubiese encantado tener una cámara para grabarla y cada vez que molestara a Lovi, enseñarle el vídeo para ver que ella no era exactamente perfecta.
—Aléjate de mi hijo.
—No. —contestó devolviéndole el zapato con la mano. Bianca lo arrebató, poniéndoselo con toda la furia que se podía poner un zapato. Ella se marchó de ahí, doblándose el pie al terminar de salir del pasto. Antonio aprovechó para sobarse la parte afectada, por suerte el tacón no se le clavo en la cabeza.
Se quedo recargado en el árbol, observando a las familias acompañadas de sus hijos. Debía apresurarse para presentar su colaboración en el festival, sin embargo, el nudo en su garganta le impedía avanzar. Extrañaba a sus padres, se sentía como un intruso con los Vargas incluso si Máximo lograba hacerlo entrar en calor familiar. Si lo imaginaba, en ese justo momento estaría con sus padres halagando la función de Lovi, ellos le hubiesen regalado una flor, aunque esta fuera arrancada de los jardines. Suspiró, alborotando su cabello, borrando aquellos pensamientos.
—.—.—.—.—
Arthur se encontró con Alfred junto a su familia luego de que Vasili inaugurara las presentaciones de segundo año. Su madre se llevó una mano a la boca, sorprendida, al ver al gemelo de su pareja y a su padre, que era una viva imagen de un Alfred del futuro. Scott bufó con una molestia que no trató de ocultar. Gales y Patrick especularon que su hermano tenía tres prototipos de americano a elegir, aunque Matthew fuese canadiense.
Los padres de ambos de saludaron cortésmente. Para alivio de Arthur, el padre de Alfred no parecía prestarle demasiada atención, de todas maneras, ya le había comentado que él era muy liberal en cuanto a relaciones de su hijo. En cambio, la cabeza de la familia Kirkland insistía en una charla con el padre de Alfred, aunque él, Annie y Helen lo negaban casi de inmediato. Arthur pensó con gracia que su padre ya había perdido toda autoridad en aquella situación.
—Espero que estés feliz. —dijo Scott, poniéndose a su lado. —Todo nuestro prestigio se vino abajo.
—Estoy feliz. —contestó Arthur, sin encogerse. Tener a su madre ahí le daba más valor de lo usual. Alfred le sonreía del otro lado de la discusión, comiendo una banderilla junto a su hermano. —Me gusta Alfred. —confesó de pronto, volviéndose a Scott.
— ¿Qué? —el mayor de todos esos hermanos estaba a punto de explotar en cólera. Patrick y Gales se unieron a la conversación, sin entender muy bien los gestos de Scott.
— ¡Qué me gusta Alfred! —gritó Arthur, trabándose con la saliva al hablar.
La plática que tenían sus padres se detuvo, volteando a Arthur. Scott se contuvo para no soltarle un puñetazo en medio de la cara. Arthur se terminó de sonrojar al ver que toda su familia y la de Alfred lo miraban, Matthew le sonrió desde el otro lado, alzando con timidez sus puños en señal de aprobación. Su hermano a su lado soltó la banderilla que comía, llenándose de mostaza, mayonesa y cátsup las zapatillas negras.
Arthur no lo dijo con claridad antes, aunque lo recapacitó varias veces al pasar los días su relación. Tampoco contesto apropiadamente a su confesión, tan solo dieron todo por hecho y siguieron la corriente a sus propios sentimientos. Alfred con torpeza y guiándose de las palabras de Scott confesó lo que probablemente eran sus emociones efímeras que con el paso del tiempo se hicieron intensas.
Ahora el presidente del comité disciplinario lo tenía claro.
—Me gus—definitivamente era más difícil con toda su familia comiéndoselos con la mirada. Scott no lo aceptaba, su padre estaba a punto de un ataque al corazón y su madre y madrastra chillaban emocionadas alrededor. Antes de que su hermano de sangre o Gales y Patrick lo interrumpieran con algún comentario, lo soltó en un grito. — ¡Me gustas mucho, Alfred!
— ¿QUÉ? —Alfred sobresalió entre todos los gritos de la familia Kirkland.
— ¡Eso ya lo sabías! —chilló Arthur con las mejillas ardiéndole.
Los Kirkland y la familia Jones entraron en una burbuja rosa al ver a sus hijos cubrirse la cara con ambas manos, sin poderse mirar el uno al otro. Arthur quería que la tierra se lo tragara, su mente parecía trabajar muy bien ahora, recordándole que hizo una confesión frente a media escuela y que se enfrentó a Scott para poder decir sus sentimientos. Alfred en cambio no estaba preparado ante la confesión de su Kirkland, es decir, estaba muy bien comiendo su banderilla; nadie se esperaría una confesión tan mona con la cara embarrada de mayonesa.
—Mi hermano es la virginidad en persona. —suspiró Patrick, recargado en el hombro de Scott. Del otro lado Gales también se recargo.
—Dan pena solo verlos. —comentó Gales, negando con la cabeza.
—Su padre está muriendo en el suelo. —Scott señaló con la cabeza al mayor Kirkland tirado en el piso, ignorado por todos los demás, incluida su esposa.
—Estará bien. —dijeron ambos.
Scott entendió algo ese día, el sentimiento que Arthur y Alfred se tenían no se detendría. En cambio, comenzaría a crecer y él ya no podría interferir.
Le habían robado a la cosa que más quería en el mundo.
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Cuatros salas se abrieron al público, la otra estaba bajo candado al contener las pinturas de Feliciano. Se darían a conocer al concluir el concierto de piano de Roderich. Los alumnos indicaban de que trataba su obra y uno que otro padre comentaba su opinión al respecto. Lovino lo consideraba una de las cosas más sosas, aunque estaba ansioso de ver el trabajo de su hermano.
— ¿Qué has hecho tú? —preguntó a Antonio. Más allá Máximo y sus padres observaban un jarrón de cerámica, intentando decidir si debían comprarlo o no. Como si necesitaran otra cosa ostentosa dentro de la mansión, podía ser para el heno de los caballos.
—Una canción. —respondió emocionado.
—No sabes cantar, ni componer. —le recordó Lovino, esperándose lo peor. — ¿Con el BFT?
—Lovi tontito, ya sabes que sí. —Antonio dio un empujón amigable con su hombro, logrando hacerlo sonreír. —Te encantará.
—Lo dudo, de verdad, lo dudo. —aseguró yendo a la otra escultura más cercana.
Se encontraron con Emma presentando una escultura de gato, echa de arcilla. Realmente no había mucho que explicar, cualquiera diría que a la chica solo le gustaban los gatos, sin embargo, Emma comenzó a relatar una historia antigua de Bélgica sobre las brujas, gatos y sacrificios. Si en algo se parecían Antonio y Emma era en su capacidad de relatar algo aterrador sin borrar la sonrisa de su rostro; Lovino entendía perfectamente por qué se gustaron el uno al otro.
Antonio se reunió con el BFT a poner sus respectivos instrumentos en su lugar. Lovino debía verse como Ludwig y Athur en esos momentos, simulando no conocer a esos tres. Emma y Govert, sosteniendo la escultura de su hermana a la altura de su estómago, miraban entretenidos como tomaban posiciones. Máximo y sus padres llegaron a posicionarse a su lado, Feliciano se encontraba animando a su amigo patata más allá.
Antes de comenzar el hispano les dijo algo en secreto, exaltando sus amigos, aunque no parecían muy de acuerdo asintieron con la cabeza. Era divertido de todas formas por lo que no importaba mucho si era a la manera planeada o a la de Antonio.
Gilbert tocó el triángulo, comenzando la canción.
Lovino nunca había visto a su padre poner los ojos en blanco, lleno de vergüenza ajena al acto de los chicos de preparatoria. Muchas veces, cuando era niño, intentó convencerlo de que Antonio no era mala influencia para él. Esperaba que al menos Antonio hiciera lo posible para que sus palabras tuvieran credibilidad; incluso si sus padres no se lo prohibían, Lovino estaba seguro de que no saldría sin unos lentes de sol y bufandas cubriendo su rostro cuando estuviera al lado de Antonio. Aquella vergüenza seguiría al BFT por una buena parte de sus vidas.
Ludwig escondía su rostro en su mano derecha, sin poder mirar a su hermano mayor que se dedicaba a señalarlo un par de veces. Feliciano intentaba seguir el ritmo de la canción, pero no es como si entendiera el mal inglés del BFT de todas formas. Arthur y Lovino conocían a la perfección a ese trio de idiotas, y aunque ni siquiera lo comentaron con el otro, estaban seguros de que esa coreografía era de la película Sing. Seguro que la vieron esa semana y como no tenían nada mejor que presentar, lo usaron.
Lovino al menos agradecía que no fuera Libre soy.
—'Cause the players gonna play, play, play. And the haters gonna hate, hate, hate. Baby I'm gonna shake, shake, shake. —la audiencia habría agradecido que al menos hicieran bien los pasos y no chocaran unos contra otros.
—Shake it off.
—Heart break is gonnas break, break, break. And I think it's gonna fake, fake, fake. Baby I'm just gonna shake, shake, shake. —Francis intentó tomar a Gilbert para cargarlo, justo como practicaron en su habitación, pero al no tener una cama con la cual apoyarse, era bastante difícil levantar al alemán. Pesaba demasiado.
Antonio siguió con la canción y la coreografía pese a que sus amigos aun no hacían el siguiente paso. Lo único que consiguió fue que los tres rodaran por el suelo, la música siguió, aunque lo que más resaltaba era la risa de todos los presentes, excepto los conocidos de ellos que se morían de vergüenza.
—Shake it off, shake it off. —una voz conocida para Arthur se unió al trio de idiotas, su hermanastro Patrick.
— ¡Sal de ahí, Patrick! —gritó Gales, ruborizado. Tanto Scott y Arthur se alejaron de él, negando algún parentesco con ellos.
Antonio se incorporó con Gilbert y Francis a su lado, riendo por la estruendosa canción que tocaron (aunque no hubiesen tocado ningún instrumento). Chocando sus instrumentos en señal de triunfo, Roderich fue el primero en unirse a ellos, él no había estado en su penoso concierto por lo que no sentía ninguna vergüenza ponerse a su lado con toda la delicadeza de estarles llamando idiotas e intentando no llenarlos de golpes. Su concierto era el siguiente por lo que no podía arriesgarse a lastimarse las manos, aun así, les dio un golpe con el triángulo que Gilbert tocó al principio.
El español se alejó de sus amigos para ir con los Vargas mientras Francis y Gilbert eran reprendidos por sus propias familias. Antonio se puso delante de Bianca, quién intento tomar una posición de superioridad.
—Eso, señora madre de Lovi, es una pésima interpretación musical y actoral. —dijo Antonio, sonriente. Lovino infló las mejillas para no reírse, pese a que sus facciones demostraban que estaba todo menos triste o enojado. — ¿O dirá que está a la altura de Lovi?
Bianca apretó sus dientes, fingiendo una sonrisa. Su esposo arrugó su nariz, negando con la cabeza lo fea que se veía ella con esa cara. La madre de los gemelos Vargas con todo su orgullo pisoteado en el suelo se volteó a su hijo mayor, extendiendo su mano hasta alcanzarle la cara, poniéndola suavemente sobre su mejilla.
—Lo has hecho bien, Lovino. —admitió, dando un suspiro.
—No quiero escuchar eso de ti. —dijo apartando su caricia ladeando el rostro, con la frente en alto el paso de largo para ir a burlarse del BFT.
Por primera vez su madre volteó, observando cómo se alejaba de ella. Bianca Vargas no lo creía, pocas veces sentía aquellas punzadas en su corazón, solo que esta vez fue más constante, más dolorosa y le indicaba una cosa que se negó a reconocer todos esos años.
Era la peor madre del mundo.
—.—.—.—.—
Las notas finales que toco Roderich le anunciaron que era su turno de presentar su trabajo. Al abrir la cerradura y quitar los protectores que tenían sus pinturas Feliciano recordó que el austriaco le reprendió por ellas. Él en cambio no veía nada de malo, no eran sus mejores trabajos, pero los profesores no comprendieron cuando les dijo que no podía trabajar bien bajo presión. Le gustaba mucho la pintura, la amaba; sin embargo, le traía malos recuerdos también. Tomar el lienzo era todo un reto para Feliciano, pero nadie debía saberlo.
—Estás aquí. —su gemelo apareció detrás, asustándolo.
—Vee~ Lovi no puedes estar aquí. Los profesores se enojarán. —dijo descubriendo otra pintura, un ciervo en el bosque. Lovino esperó que ese no fuera su estelar.
—Me importa una mierda. —contestó descubriendo una de la derecha, una cascada. — ¿Qué demonios pintaste?
Feliciano se encogió de hombros, tirando otro protector. Lovino chasqueó la lengua, un poco celoso de que su hermano hubiese pintado a sus amigos y no a él.
—Tomé una foto y la pinté. —redactó, quedándose viendo a la pintara por un rato. Lovino se acercó a él, asomándose al ver que no respondía ni escuchaba lo que preguntaba. —Ah, lo siento Lovi.
— ¿Te sucede algo? —preguntó desviando la mirada de él, destapando la otra pintura. Se quedo seco en cuanto vio aquello, era una silueta borrosa difuminada entre blanco y negro, como si fuese un recuerdo borroso. El sujeto, quién parecía un niño, se adentraba al lienzo, ondeando una capa negra. —Feliciano…
—Aquí, Lovi. —llamó más alegre, del otro lado de la sala. Lovino iba a decir algo en cuanto Feliciano destapó los dos lienzos de sus lados. —Son para ti y el hermano Antonio.
— ¡Qué rayos!
El de la derecha contenía a Emma y Antonio, recogiendo los libros. A Govert no le haría mucha gracia esa pintura, al menos eso pensó al verla. Estaban muy bien hecho, Feliciano debió tener la imagen por mucho tiempo en su cabeza para hacerlos así de bien. Y lucía tan natural que era hermoso. El recuadro de la izquierda lo hizo sonrojar en todos los tonos de rojo y rosa. Sin duda odiaba la memoria fotográfica de su hermano menor. El abrazo que Antonio le dio al sacarlo del museo estaba pintado ahí, con la cabeza de Lovino resaltando en la imagen y la de Antonio sobre su hombro.
— ¡Deshazte de esta! —chilló tomando el cuadro.
— ¡Lovi, no puedes hacer eso! Veee~—contestó Feliciano, intentando arrebatarla. — ¡Te ves tan lindo!
— ¡Y una mierda! —reprochó cubriendo el cuadro de nuevo, poniéndolo debajo de su brazo. Feliciano rascó su cabeza, buscando palabras para que le devolviera la pintura. —Me quedaré con esto.
—Pero…
— ¡Cierra la boca, Felidiota! —gritó guardando la pintura entre las cosas artísticas de Feliciano. — ¡Se quedará guardada aquí y pobre de ti donde la enseñes!
—Deberías decirle al hermano Antonio tus sentimientos, Lovi. —murmuró en un puchero. —Así mi arte no sería suprimido, vee~.
— ¡Qué coño!
— ¡Ahh, lo siento Lovi, lo siento!
—.—.—.—.—
Por supuesto el festival cultural no podía concluir sin que Vasili recibiera su merecido por la familia Kirkland. Con ayuda de Patrick y Gales, Scott y Arthur montaron en la entrada una prueba de arquería, vestidos de época medieval. Todos los padres se reunían ahí para las palabras finales del director que agradecía su presencia e indicaba que podían disponer de sus hijos por esa noche y el día siguiente.
—Haremos una presentación final. —declararon ambos Kirkland al público en general. Entre la gente Scott notó que su amigo, Govert, intentaba quitarle un cuadro a Emma. Seguro de la galería que tuvo el menor de la familia Vargas, regalo ocho de sus nueve cuatros, conservando uno para él. Su familia se llevó uno de un ciervo.
Vasili se apartó de en medio, dándoles espacio de realizar su acto. Murmurando entre su sonrisa por la interrupción. Mientras el festival transcurría los hermanos Kirkland pudieron notar que él no les daría un espacio entre las actividades a menos que ellos lo tomaran por la fuerza. Para suerte de ellos nadie parecía tener prisa por irse.
Comenzaron entonces, tirando flechas prendidas con fuego al cielo, estas descendieron a por donde estaban sus hermanastros, quienes prepararon sus arcos e hicieron chocar sus flechas con las otras, partiéndolas por la mitad. Arthur hacía bastante tiempo que no practicaba con ninguno de sus hermanos, era sorprendente que todavía tuvieran suficiente coordinación para no fallar. Le dolían los brazos al tirar y en la segunda horda de flechas la suya no tuvo suficiente altitud para que Patrick tuviera un tiro bueno.
Scott suspiró con fuerza, dándole la advertencia que la siguiente era la más importante, pues tenía fuegos artificiales que se encenderían al contacto con las flechas de sus hermanos. Arthur se preparó mentalmente para no fallar, visualizó a Alfred que le animaba desde atrás, gritando cosas de héroes que no comprendía. No pudo ver a Kiku por ningún lado, así que dejo de buscarlo cuando Scott carraspeó de nuevo.
Más al fondo, lejos de la multitud de personas, Kiku corría para alcanzar a su hermano que estaba cara a cara con Iván. Sin querer, bajo la guardia por las palabras de Yao. Y ahora pagaba las consecuencias. Allá en la escena, Yao intentaba hacerle comprender a Iván que no podía estar intimidando personas para entregarle cartas.
—Eres muy joven-aru. Debes concentrarte primero en tus estudios y después en el amor. —le dio consejo, afirmando con la cabeza. —Cuando menos te des cuenta te enamoraras de otra persona y…
—Mis sentimientos no desaparecerán. —aclaró Iván, tomando las manos de Yao. El chino intentó apártalas rápidamente, él las apreso con más fuerza.
Mientras el truco de los Kirkland daba resultado, encendiendo los fuegos artificiales en el cielo, Kiku dejo de correr observando horrorizado la escena delante de sus ojos.
Iván besaba a Yao detrás de toda la escuela.
Y el padre de Arthur murió ignorado. xD Por favor, tomarlo con humor, él los apoya solo es sobreprotector con sus hijos.
Gracias por sus comentarios a Sybilla Kahler, alisspaz1997, aoi-chan & Dark-nesey.
Con cariño,
MimiChibi-Diethel.
