Circulo: Vicio Tsun.
Tu + Yo= Error 404.
24. El Rey de las Sombras, parte uno.
Lovino alzó la mirada de su libro de física al terminar de apuntar la respuesta del último ejercicio, Antonio frente a él estaba inusualmente callado, e inusualmente estudiando. Al contrario, por supuesto, de Gilbert y Francis que se dedicaban a jugar jenga con los libros de la biblioteca. La encargada del lugar estaba observando desde su escritorio al par de idiotas que jugaba con los libros, esperando el momento para irlos a regañar el cual no tardaría mucho en llegar considerando que Gilbert era super torpe con sus manos de patata.
Volviéndose a concentrar en Antonio, Lovino observó que la estaba pasando mal, seguro se atoró en un problema y ahora su cabello sufría las consecuencias al ser estirado y maltratado. Era extraño, el aura que emanaba Antonio desde el festival escolar era distinta a la despreocupada y pacífica de siempre; de alguna u otra forma era más absorbente, intentaba ser más madura, quizás pensando que ya no podía depender de nadie y que todos sus esfuerzos serían para obtener una vida mejor en el futuro. A Lovino le entristecía eso, que Antonio tuviera que depender de él solo.
— ¿Qué es lo que no entiendes, bastardo? —preguntó de pronto, asomándose por el libro. Francis y Gilbert dejaron de sacar libros al azar y pusieron atención en ambos. En cuanto a Antonio le sonrió nervioso.
—La mitad del libro. —contestó cubriéndose el rostro con las manos. — ¡Ahh! ¡A este paso perderé mi beca!
— ¡Eso es porque te la pasas jugando todos los días, imbécil! —reprendió Lovino, golpeando su cabeza.
—No me pegues, Lovi. —lloró, dejando caer su rostro sobre el libro. —Lo estoy intentando, pero mi cerebro se concentra en cosas más llamativas.
— ¿Ah? ¿Estás pensando en chicas? —gruñó Lovino, pateando la silla. Aquel pensamiento lo irritaba de más. Ya sabía que Antonio gustaba de él, el bastardo ni siquiera se le había confesado ni fue rechazado, ¿por qué estaba pensando en otras opciones tan pronto?
— ¿Qué dices, Lovi? Estoy pensando en ti. —respondió poniendo un mohín. Lovino sintió como el calor en su rostro comenzaba a ascender a escalas inimaginables y en automático llevó los ojos a la mesa, fingiendo ver el problema que Antonio no podía resolver. Gilbert sacó la lengua en desaprobación a la cursilería de su amigo, mientras que Francis puso ambas manos en su rostro, emocionado. —Te ves tan lindo cuando intentas estudiar, me recuerda a la época que vivimos juntos.
Su voz se opacó un poco al decir la última frase, recordando a sus padres. Lovino no pudo verlo a causa de la vergüenza que sentía todavía, pero los miembros del BFT sí. Francis miró a Gilbert, angustiado. Antonio les comentó el día anterior al festival y aun que esperaban que su amigo se rompiera en ese momento él solo sonrió con tristeza y les dijo que buscaría una forma de arreglárselas, dependiendo por el momento de Máximo. Aunque tal vez eso significara no ir a la universidad de Gakuen juntos, como lo habían planeado.
—Seguro que la princesa extraña dormir a tu lado, Toño. —dijo Gilbert, animando el ambiente. Lovino se volteó a él, arrugando la nariz. —Aunque intente decir que no.
—Yo extraño dormir al lado de Toño. —Francis se unió, dirigiéndose a abrazar a su amigo.
— ¿Qué dices, Fran? Dormimos juntos en la noche. —comentó Antonio, palmeando su brazo. Gilbert puso los ojos en blanco al igual que Lovino. —Incluso me hiciste quitar la playera por el calor que hacía. ¿No lo recuerdas?
Francis sintió un escalofrío en la espina dorsal al fijarse en Lovino. El italiano emanaba llamas a su alrededor, tronando los dientes y apretando los puños. En cuanto a Gilbert, él intentaba borrar de su cabeza tal escena que Antonio le planto en la mente.
— ¡Imbécil pervertido! —reclamó Lovino, quitando uno de los libros de la pila anterior y aventándosela a la cara. El jenga se desbordo en la mesa, atrayendo a la bibliotecaria al instante, la cual los echo a patadas de ahí.
Francis se sobó la parte afectada del golpe, justo en la nariz, reclamándole a Lovino por su belleza. El italiano solo lo ignoro, caminando al lado de Antonio. Gilbert se puso del otro lado de Antonio, platicando animadamente del nuevo volumen del asombroso yo, que escribía en la parte de atrás de los cuadernos. Lovino se puso a pensar por un momento que, si no fuera porque Antonio estaba con ellos, nunca se habría relacionado con tremendos idiotas.
—Me haces cosquillas, Fran. —la voz de Antonio lo trajo de nuevo a la realidad, echándose para atrás cuando notó que Francis ya estaba pegado al español por la parte de atrás, abrazándolo con cariño. Gilbert se unió a contra de su voluntad al abrazo, siendo atraído por Francis que igualmente se colgó en su espalda.
Lovino sintió entonces la mirada de Antonio, cargada de sentimiento; involuntariamente se sonrojo. ¿Es que acaso el maldito bastardo no podía mantener en secreto sus sentimientos? Era muy vergonzoso ser mirado con esa clase de amor enfrente de los otros dos.
— ¡También quiero abrazar a Lovi! —gritó, colgándose de él. Los brazos se cerraron antes de que pudiera aventarlo a un lado, y Antonio dejó caer la barbilla encima de su hombro izquierdo, rozando su oreja con su respiración tan tranquila y cálida que le causó más de una sensación.
— ¡S-Suéltame! —tartamudeó poniendo sus manos temblorosas en el pecho del español. Él en cambio aferró su agarre, dejando el mínimo espacio entre sus cuerpos. — ¡A-Anto-!
—Deja de mostrarme tan horrorosa escena. —recriminó la voz de Govert, apareciendo enfrente de ellos. Francis que antes estaba emocionadísimo por el ambiente formado, ignorando a Gilbert que se hurgaba la nariz indiferente a ellos; formó un mohín, enviándole una mirada de reproche al holandés.
— ¡Y-Yo no estoy haciendo nada, bastardo! —gritó Lovino, aventando la cara de Antonio hacía atrás. Quizás si aplicara más fuerza podría arrancarle la cabeza. — ¡Suéltame imbécil!
Antonio abrazó por la cintura a Lovino, causando un semigritito en Francis. El italiano mordió sus labios, hecho un mar de nervios en el abrazo de Antonio. En cambio, él miró feo a Govert, sacándole la lengua en el proceso.
—Puedo abrazar a Lovi cuantas veces quiera, porque a Lovi le gusta. —reprochó, estrujándolo con más fuerza. —Tú no puedes porque a Lovi no le gustan tus abrazos.
Govert lejos de mostrar que era el mayor ahí, haló del brazo a Lovino, retando a Antonio con la mirada cuando este no lo soltó. Lovino que era mucho más bajo que esos dos, se quedó en medio, mirando la bufanda inseparable de Govert y sintiendo la respiración -recién- agitada de Antonio sobre su cuello.
—Y-Ya bast-
—Tira más fuerte, Gilbo. —ordenó Antonio, sosteniéndolo con dos manos por el estómago. Lovino puso los ojos en blanco al notar que el BFT formaba una cadena, sosteniendo las caderas continuas, Antonio, Francis y Gilbert intentaban separarlo de Govert mientras este tiraba de su brazo en dirección contraria.
— ¡NO SOY UNA PUTA CUERDA! —chilló agarrando a patadas a los dos principales de tal escena.
Ingenuamente había pensado que Antonio se estaba mostrando celoso por Govert. Se sintió estúpido mientras los golpeaba, Antonio era un despistado que no le extrañaría que se hubiese olvidado de sus sentimientos y solo lo buscara para jugar con él.
—.—.—.—.—
Su cuerpo le pesaba en sobremanera. Le dolía cada parte y la nariz estaba tapada al por mayor. Se sentía nefasto, con cero ganas de levantarse de la cama y hacer sus deberes. Después del festival cultural todo salió bien, incluso su familia comió al día siguiente con la de Alfred en unas escenas bastante vergonzosas que mejor quería olvidar de su mente. Y no tardó demasiado para comenzar a sentir el cuerpo cortado, y por ignorarlo había empeorado.
Lovino huyó en cuanto lo vio en ese estado, así que no pudo pedirle que llamara a la enfermera. Pronto entraría a la etapa que más odiaba de la enfermedad, aquella que lo volvía completamente vulnerable. No era exactamente un síntoma, solo pasaba, respondía a todo lo que le preguntaran con la absoluta verdad y aunque usualmente era huraño, su carácter se ablandaba. Odiaba eso, Francis se había aprovechado demasiadas veces de él en ese estado.
Cuando se dio cuenta las clases ya habían concluido, y nadie había ido a buscarlo. Tal vez los profesores pensaban que estaría en un asunto relacionado con Iván y la presidencia estudiantil, cosa que le seguía preocupando cada vez más. Debía reparar su error en cuanto pudiera y oh, todo comenzaba a volverse negro a su alrededor, hasta que el techo se perdió de su vista.
Al despertar vio una mancha borrosa de color roja a espaldas de él. Se talló un poco los ojos, recuperando su visión. Y sintió todo su cuerpo temblar, no necesariamente por la enfermedad. Scott Kirkland, su hermano mayor, estaba a espaldas de él, leyendo sus notas escolares. Incluso de perfil se le veía la mala cara que traía consigo, seguro de verlo en ese estado.
En automático Arthur se comenzó a sentir mucho peor.
Scott pareció darse cuenta de que ya estaba despierto a causa de los jadeos incesantes. Tronó su lengua, poniéndose justo a su lado sin suavizar su rostro en ningún momento.
— ¿Qué estás haciendo? —preguntó, subiendo su pie y empujándolo con él.
—Me duele la cabeza. —contestó a medias, quejándose del aventón. Scott le dio otro más fuerte por haber gimoteado.
— ¿Y quieres que me compadezca de ti? —bramó enojado.
—Podrías, sí. —respondió soltando otro jadeo. —De verdad, me siento muy mal.
Scott refunfuñó, no tenía nada que reprocharle a su hermano si estaba en ese estado. Lo más probable es que apenas supiera que estaba hablando con él. Así que sin más remedio se fue a buscar un trapo húmedo, que, por supuesto era uno de los pañuelos favoritos de Arthur, y lo humedeció en agua fría. No estaba muy seguro de que fuera lo correcto, desde hace varios años no cuidaba de Arthur ni de nadie. Debía llamar a la enfermera de la escuela pronto… pero ¿Cómo carajos se le ocurría enfermarse en ese momento? Había mucho que hacer gracias a las amenazas Vasili e iban atrasados con su plan; necesitaba que Arthur estuviera bien para saber que harían. No podían perder el puesto más importante de la escuela, eran créditos para la universidad de ambos.
― ¡Arthur! ¡El héroe está aquí! Hahahaha! ―la voz que menos deseaba escuchar en esos momentos le rezumbo en los tímpanos, poniéndolo más de los nervios. La puerta se estrelló contra la pared, mostrando a Alfred con su usual energía cargando una bolsa de hamburguesas. ― Eeek! ¡Scott!
El mayor de los hermanos Kirkland sin duda necesitaba un buen cigarrillo. Al chocar miradas con Alfred notó que él intentaba no cohibirse delante de él, le tenía miedo, pero ya fuera porque se creía un héroe o sabía que Arthur estaba ahí se mantenía recto.
― ¿Qué estás haciendo aquí?
―Vengo a buscar a Ar… ¡Arthur! ―corrió sin soltar la bolsa de hamburguesas, directo al inglés. Su hermano logró detenerlo antes de que se lanzara a la cama. ― ¡Eh! ¡Deja avanzar al héroe!
Arthur gimió de nuevo, a causa del dolor de cabeza. Scott tomó el borde del cuello de la chaqueta de Alfred y tiró hacía atrás, evitando que se acercara mucho más.
―No necesita que vengas aquí con todos tus gritos. ―dijo serio, poniéndose en el punto de visión de Alfred. Así no podría ver a su hermano.
― ¿Qué le pasó?
―Vete de aquí.
―No hasta que…
—Debe ser bastante agradable, ¿no? —preguntó Scott, caminando en círculos alrededor de Alfred, al estar en un punto ciego del americano cambio su mirada burlona por una de desprecio puro. Alfred lo siguió con la cabeza, estremeciéndose. — Tener a Arthur de tu lado, ¿es agradable?
No comprendió muy bien la pregunta, ni el cambio de tema repentino, Scott le erizaba sus vellitos en el cuerpo. Estaba seguro de que no captaba por completo la esencia de la pregunta de Scott, aun así, respondió. —Sí, lo es.
— ¿Por qué? ¿Es acaso por ser el presidente del comité disciplinario? ¿Por eso te conviene esta relación? ¿O porque nuestra familia es una de las más poderosas en el mercado?
— ¡Qué-!
—¿Acaso crees que Arthur ayudaría a la puta de tu madre a salir de su hoyo sin salida? —murmuró cerca de su oído, poniendo una expresión burlona en los ojos y una sonrisa casi macabra en sus labios. —Lamento decepcionarte, eso no pasará.
— ¡Yo no quiero a Arthur para nada de eso! —reprochó enojado, volteándose a Scott. Él seguía mirándolo lleno de superioridad.
—Te lo dije antes ¿no? —siguió, ignorando su comentario anterior. Alfred lo siguió todo lo que pudo con la mirada, incomodo. Scott seguía dando vueltas alrededor de él, con las manos en su espalda, con la mirada comiéndole el alma. —Arthur se casará con alguien de conveniencia.
—Tú madre no piensa lo mismo. —respondió Alfred, intentando sonar duro. Scott detuvo sus pasos por algunos segundos, frente a su nuca.
—Mi madre cree en cuentos con finales felices, a pesar de todo. —se encogió de hombros, volviendo a avanzar. Se detuvo delante de Alfred, alzando su mentón con el dedo índice. Scott estaba tan cerca de él que Alfred podía sentir su respiración chocando con su propia nariz. —Yo no creo en esas tonterías.
Alfred se separó de él, tropezando con sus propios talones. Scott rio ante su acción, volviendo a tomar asiento en la silla como si fuera el verdadero jefe de la habitación y Alfred un simple lacayo. Arthur a su lado se retorció en la cama, sin ser capaz de interferir.
—Puedo hacer a Arthur feliz. —aseguró Alfred, soltando la bolsa de hamburguesas, que hasta ahora le dio valor, y se hincó ante Scott. El mayor lo observó casi estupefacto, soltando una sonora carcajada después de varios minutos sin reaccionar.
La humillación del héroe.
Ojalá tuviera una cámara para grabar el momento.
—.—.—.—.—
—Lo siento, Lovi. —Antonio le extendió los brazos, mismos que bajo al instante al recibir los gélidos ojos de Lovino congelar su alma. Govert en cambio comenzó a hacer unas tareas pendientes, escuchando al español repetir una y otra vez sus palabras. Luego de unos momentos se le iluminó la cara, agriando la de Govert, seguro estaba a punto de soltar una estupidez. —Seguro querías que te celará, Lovi. ¿No es así? —Lovino estalló en llamas al escuchar eso, dispuesto a golpearlo una vez más. —Pero yo estoy muy seguro de tu amor, Lovi.
— ¿Q-Qué? —Govert suspiró al ver a su mejor amigo sonrojado, con la guardia totalmente expuesta.
—Y Govert es muy feo, ¡no te enamorarías de alguien tan – AHHH! —Antonio se puso de pie en un salto, sobándose los ojos que Govert pico con sus dedos.
—Cierra tu estúpida boca, enamorado idiota. —gruñó Govert, concentrándose de nuevo en sus deberes. Lovino volteó el rostro, sabiendo que se refería a él, y Antonio siguió retorciéndose en el suelo por un buen rato, ajeno a las palabras de su rival.
Francis y Gilbert volvieron con un helado para Antonio que Lovino y Govert terminaron por robarle y comérselo entre ambos. Dejado a la deriva por sus mejores amigos, el español fue a lavarse la cara, indignado por el comportamiento de aquellos cuatro. Lovino y Govert comenzaron a platicar de deberes ignorando a los otros dos, que hacían lo mismo, conversando entre ellos.
—Antonio ha estado deprimido últimamente. Y me preguntaba que podríamos hacer para ayudarlo. —dijo Francis, jugando con un mechón de su cabello, aburrido.
—Darle a la princesa en moño de regalo es algo que me rehusó a hacer. —Gilbert cruzó sus brazos enfrente de su pecho, negando con la cabeza.
—Quizás, pero ¿qué tal si Lovino comparte su amor? ¿Deberíamos ayudar a que estuvieran juntos? —más allá de ellos, pudo notar que al menos tres veces Lovino volteó atrás, quizás en busca de Antonio.
— ¿Y cómo? —cuestionó Gilbert, no estaba realmente interesado en que Antonio y Lovino fueran pareja, eso le podía quitar tiempo a ellos y ya no serían el trío super asombroso de mejores amigos.
—Dándole celos a nuestro querido Lovino. —Francis alzó las cejas, animándolo. Gilbert pensó en ese instante que no podía tener mejores amigos que aquellos dos. Puso la mueca que tanto caracterizaba su rostro, y asintió con la cabeza.
— ¿Qué están haciendo esos dos? —preguntó Govert, observando a los dos miembros del BFT riendo entre dientes para ellos mismos. — ¿Al fin han perdido la cabeza?
—Deben estar planeando algo. —suspiró Lovino. —Suelen hacer eso cuando traen algo entre manos.
—Son tan idiotas que no puedo dudarlo. —completó él, totalmente convencido. —Ah, por cierto. Toma esto. —sacó una cadena ligera de su mochila, que simulaba un collar. —Te lo doy.
— ¿Eh? —Lovino alzó las cejas sin comprender, el colgante no tenía gracia en absoluto, solo era una cadena sencilla. — ¿Por qué me estás dando algo así? No tengo esa clase de gustos.
—Es como tú, parece fuerte, pero es muy débil. Me recordó a ti en cuanto la vi.
—No le des un trasfondo tan oscuro a algo sencillo. Y no soy débil, imbécil. —reprochó, colgándosela en el cuello. —No suelo colgarme baratijas, pero está bien ponerse algo como esto de vez en cuando. La próxima vez tráeme algo de oro puro. —infló las mejillas, tomando la cadenita entre su dedo pulgar y anular, reusándose a darle las gracias a pesar de que estaba feliz.
Francis y Gilbert observaron quisquillosos la escena. Antonio estaba tardando demasiado y Govert aprovechó bien la oportunidad.
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Alfred apretó los ojos con fuerza al escuchar la risa de Scott. Él de verdad quería a Arthur, por ser como era, porque lo hacía feliz hacerlo reír, le gustaban sus caras, que luchara tan duro. Estaba muy enamorado de él, y ante su última confesión comprendió que nunca quería dejarlo ir.
Sintió algo frío resbalarle por la cabeza, más otra cosa viscosa, y… ¿un tomate?
Las hamburguesas que había traído para él y Arthur ahora estaban escurriéndole por la cabeza, gracia de Scott. Él sostenía la bolsa por encima de Alfred, con una mirada de desprecio puro, se apartó para que sus botas no se mancharan por los condimentos. Los lentes de Alfred cayeron al suelo, rebotando un par de veces antes de inmovilizarse.
―Muévete, basura. ―lo pateó por el hombro, y el americano ni siquiera se movió. ―Te digo que…
―Tú no quieres que Arthur sea feliz. ―dijo Alfred, comenzando a ponerse de pie. Scott frunció las cejas, manteniendo a raya su compostura.
― ¿Qué estupideces estas diciendo?
―Es la impresión que yo tengo. ―continuó, volviéndose a poner los lentes. Scott iba a reprochar que le importaba una mierda su opinión, hasta que agregó: ―Es la impresión que Arthur tiene.
Se sintió cohibido por momentos, ante la mirada congelada de Alfred. ¿Qué le daba el derecho a ese imbécil de sermonearlo? ¿Quién se creía por juzgar sus acciones? ¿Por qué se ponía a hablar de Arthur como si lo conociera mucho mejor que él? Todo su cuerpo hirvió en cólera, ¿Arthur era tan estúpido para pensar eso? ¿Arthur no sabía cuánto sacrificó por él? ¡Arthur tenía toda la culpa por ser tan débil! ¡Por perdonar a su padre con tanta facilidad! ¡Por dejarse engañar por un imbécil como él!
― ¿Crees que me importa lo que piense él de mí? ¿O tú de mí? ―respondió con tanta calma que Alfred no se lo esperó. Parecía por primera vez que había puesto a Scott en su lugar, y ahora él reaccionaba así. Daba miedo. ― ¿No estás creyéndote demasiado?
Alfred dilato su mirada al notar como Scott tomaba la cabeza de Arthur, que estaba entre dormido y lo alzaba de la cama, sin borrar la sonrisa de su rostro.
―Este sujeto de aquí es bastante molesto. ¿No lo crees? ―sonrió, zarandeando a Arthur. ―Hace todo lo que quiere por convicción, siempre piensa que hace lo correcto, sigue sus propias creencias sin preguntarle a nadie o temerle a algo. Es bastante repulsivo, ya te darás cuenta de ello. ―aventó de nuevo a su hermano a la cama, este se encogió sobre el mismo.
― ¡Basta con esto, Scott! ―recriminó Alfred, saliendo de su sorpresa. ―Arthur no es así. ¡Tú deberías saberlo mejor que nadie! ¡Estoy seguro de que tú eres su ejemplo por seguir!
―No hables sobre cosas que no entiendes. ―dijo arrugando la nariz, poniendo una mirada vacía en el rostro. ―Aunque tu punto no está muy lejos. Incluso un idiota como este tiene sus ventajas al ser utilizado.
― ¡Es tú hermano!
― ¿Y? ¿Acaso tú no hiciste lo mismo con el tuyo? ―cortó con seriedad. Alfred dio un paso atrás, volteando la mirada. ― Tanto tiempo para buscarlo y lo único que hiciste es culpar a tu madre por separarlo de ti. ¿Por qué no lo buscaste? ¿Temías ver que encontrabas? ¿O acaso creíste que también te robaría el afecto de tu padre como lo hizo con tu madre?
― ¡Eso no es verdad! ―protestó, frunciendo las cejas hacía abajo. Un nudo se le formo en la garganta, él no era como Scott, él de verdad amaba a Matthew. ―Yo…
―Eres muy pesado. ―bramó furioso, volviendo a tomar a Arthur por el brazo. Él gimoteó traspillando con sus pies, quedando casi en el suelo. ― ¿Qué sabes tú acerca de nosotros?
Sin pensarlo realmente Scott abrió el pijama de Arthur, reventando al menos dos botones de esta. Alfred sintió que tenía congeladas las piernas, pues se quedó estático en su lugar, contemplando todo el vendaje que rodeaba el cuerpo de Arthur. Esas heridas no se debían a su encuentro en la fuente, de eso estaba seguro.
― ¿Qué has hecho tú para detener esto? ―preguntó, aventando a Arthur a un lado. ― ¿O es que ni siquiera te has dado cuenta y eso que dices amarlo demasiado?
Alfred tembló ante las heridas, mirando como Arthur intentaba incorporarse en vano, siendo casi un muñeco de trapo para Scott.
― ¿Sabías al menos que tiene una competencia de conocimiento pronto? ―preguntó de nuevo, volviendo a mirarlo como alguien inferior. ―Nuestra escuela participa en un concurso que ha ganado desde hace mucho tiempo, por ende, la escuela que califique en lo regional se enfrenta inmediatamente a nosotros. Siempre los aplastamos. Aunque ahora no estoy muy seguro, ¿qué hará Arthur en este estado? Nos hará pasar toda una vergüenza al igual que cuando dijo salir contigo.
No sabía que responder, el americano sintió que todo estaba pasando por su culpa. Que esas heridas de Arthur en todo su cuerpo eran su culpa. Gracias a él, Arthur estaba sufriendo. ¿Dónde estaba el héroe que llevaba dentro cuando más lo necesitaba? Involuntariamente recordó una escena de incendio cuando era niño, tampoco ahí había podido salvar a nadie. Y ahora Arthur…
―Nuestra familia cayo en el desprestigió por tu culpa. ―señaló Scott. ―Si caemos en la ruina por su estúpida relación, será tu culpa.
―Yo…
―Arthur no te querrá para siempre, lo sabes, ¿no? ―sonrió al ver su cara llena de lágrimas. Alfred alzó la mirada a él, sin entender porque decía eso. ―Algún día querrá hijos, niños propios. Una persona que le cocine delicioso porque él es un asco haciéndolo, alguien que lo espere en la cama, con quien compartir una vida.
Alfred dio tres pasos atrás, pisando el pan de hamburguesa que todavía seguía en el suelo. Scott entonces ensombreció su rostro, formando otra aterradora sonrisa, digna del Rey de las Sombras.
―Y tú no eres esa persona, Alfred.
Sin dar otra mirada a ninguno de los dos Kirkland, Alfred F. Jones salió corriendo a toda velocidad de la habitación 404.
—.—.—.—.—
Antonio se frotó los ojos lagrimosos. Govert incluso metió los dedos por lo que ardía de más. Justo salió del baño cuando se topó con Scott, que lo miraba con aquellos ojos llenos de superioridad; Antonio maldijo por dentro su mala suerte, el mayor de la familia Kirkland se notaba de mal humor y seguro que él era la primera persona con la que se topaba, podía leerlo en su cara, buscaba una manera de torturarlo.
—Ven conmigo. —ordenó dándose la vuelta.
— ¿¡Ni siquiera vas a orinar!? —gritó alarmado. ¿Qué tanto le había hecho enojar Arthur? Después se desquitaría con él escribiendo por toda la escuela Alfred x Arthur.
— ¿Ah?
—Nada. —respondió de inmediato, apresurándose a seguirlo. Cualquier cosa para mantener lo poco que le quedaría de integridad.
Antonio metió las manos a las bolsas de su pantalón, insatisfecho. Ahora no podía ir donde Lovino, eso lo ponía triste. Quería atesorar cada momento antes de confesarle sus sentimientos. Scott a su lado se mostraba igual de indiferente que siempre, simplemente dispuesto a fastidiarle el día por su estrés. Privilegios del presidente de la escuela. Para sorpresa de Antonio lo guío a los dormitorios, específicamente al piso de segundo año. El hispano puso los ojos en blanco, ¿no le iría a registrar la habitación o sí? ¡Quién sabe qué cosas tendría Francis metidas ahí!
—Necesito que veas a Arthur. —Antonio quiso decirle que más que una petición sonaba a la orden que un jefe te daría. —Eres bueno para estas cosas, ¿verdad?
— ¿Le ha pasado algo al cejo- a Arthur? —sonrió mostrando los dientes, disimulando el apodo. Scott lo dejó pasar con una mirada efímera de advertencia, abrió la puerta de la habitación de Lovino y Arthur, encontrándose con el inglés tirado en su cama con una ligera manta arropándolo y un pañuelo encima de su cabeza.
Antonio avanzó hasta él, comenzando a examinarlo y comparando sus temperaturas corporales. La de Arthur estaba ligeramente más alta, aunque parecía bastante agitado. —Solo es un resfriado, seguro porque lo tiraron en la fuente. Estará bien en un día o dos.
—Quiero que este bien antes de que se acabe el día. Tiene mucho trabajo que hacer. —contradijo Scott.
— ¡No pidas imposibles! —reprochó Antonio, volteando la pañoleta. Arthur soltó un jadeo, removiéndose. —Tiene que reposar o de lo contrario volverá a recaer.
—Es tu responsabilidad que eso no pase o te haré pasar una pesadilla, pueblerino.
Con cierto fastidio Antonio recordó aquel mote que usaban los padres de Lovino cuando estaban molestos con él. Scott se sentó en otra silla, perteneciente al escritorio de Lovino, y repaso el lugar con la mirada analizadora y frívola que tanto lo caracterizaba. Estaba evaluando a su Lovi, podía leerlo.
Scott no tardó mucho en limpiar la habitación después de correr a Alfred. De hecho, lo hizo con muchas ganas, arropó a Arthur y volvió a remojar el pañuelo. Su hermano seguía jadeando por las acciones anteriores, en el fondo se disculpaba con él por ser tan brusco cuando estaba enfermo, muy en el fondo.
—Haré lo que pueda. —masculló, molesto. —Sin embargo, deja de mirar la parte de Lovi como si fuese una enfermedad mortal.
—Incluso hay comida no terminada sobre el escritorio. Y su ropa interior está por donde quiera. —reprochó, alzando un bóxer con una regla del escritorio. Antonio se apresuró a tomarlo, guardándolo entre las cobijas de Lovino.
—Solo es un poco descuidado, lo normal para un chico de su edad.
—Siempre dices esa excusa.
—Siempre es verdad. —concluyó volviéndose a centrar en Arthur.
Antonio palpó con sus manos dentro de los brazos de Arthur, con la mirada gruñona de Scott en su espalda concentrado en cada movimiento que hacía. Con cuidado coloco el termómetro debajo de la axila, dejándolo así por al menos unos tres minutos. Su fiebre rozaba casi los treinta y nueve grados, al menos el paño y analgésicos estaban funcionando.
—Debes ir a la cafetería. —comentó, anotando en un papel todo lo que necesitaba. Scott alzó una de sus cejas rojas, extrañado por la orden. —No te dejaré con Arthur aquí solo, eres capaz de poner a trabajar a un enfermo.
— ¿Qué? —el aura imponente de Scott se hizo presente, chocando con la ya de por si molesta de Antonio.
—Solo traerás un jugo, no te lleva ni veinte minutos. —le enseñó el papelito, que Scott tomó de mala gana. —Dile a la señora que necesitas todo eso en un jugo. Arthur necesita tomar los cítricos y vitaminas que contiene.
—Más te vale que funcione. —rechistó dando media vuelta, saliendo de la habitación.
—.—.—.—.—
Kiku soltó un suspiro, dejándose caer por la pared. Se sentía culpable por esconderse de Feliciano y Ludwig, pero de verdad quería estar solo un rato. Recordando con molestia el beso entre su hermano e Iván, el ruso al verlo llegar hasta ellos le mando una mirada fría, llena de advertencia de que Yao ahora le pertenecía. En cambio, su hermano se apresuró a apartarse de él, con toda la cara roja y alegándole que él era mayor e Iván debía guardarle respeto; sin duda no prestó atención a lo verdaderamente importante.
Después de terminado el festival, Kiku se encargó de que Iván y Yao no volvieran a toparse. Sin embargo, no esperó que Vasili los interceptara a media escapada y se los llevara a cenar. Su hermano por educación no se pudo negar, e hizo dudar a Kiku más de una vez en la cena si lo que le dijo en el gimnasio era real. ¿De verdad todo acabaría cuando se graduará de Gakuen? ¿Iván ya no volvería a ver a su hermano?
—Aquí estas, Kiku. —la voz tarareante de Iván apareció del otro lado, sonriéndole como siempre. —Te he estado buscando.
El japonés se puso de inmediato de pie, girándose para emprender marcha. Iván le bloqueó el paso con ambas manos, arrinconándolo entre la pared y su cuerpo. Los ojos violetas de Iván parecían piedras preciosas, que incitaban a acercarte a ellos, sin saber lo peligrosas y envenenadas que realmente eran.
—Tengo una carta para Yao.
—No tengo intenciones de dársela. —respondió esquivándole la cara.
— ¿Debería ejercer mucha más presión? Quizás puedas cambiar de opinión así.
— ¡Usted no merece a Yao-san! ¡Es una mala persona! —gritó Kiku, harto. Iván separo sus manos de él, sorprendido por la reacción del japonés. — ¡Si de verdad quisiera a Yao-san no estaría usando métodos tan sucios para llegar a él!
—Tienes razón, podría enviarle un mensaje de texto con el número que me dio y luego bloqueó. —sacó su teléfono, dándole una mirada vacía, desechándolo poco después al tirarlo al suelo y pisarlo, rompiendo toda su pantalla. —Pero así no es divertido, Kiku. Dah.
— ¿Qué esta diciendo? —Kiku sintió un terror recorrerlo al ver que endulzaba de nuevo su rostro.
—Tú expresión de ahora es bastante buena. —sonrió, ladeando su cabeza. —Supongo que la de tus hermanos será igual.
— ¿Qué quiere decir con eso?
—Puede que Yao sea a quien amo, —dijo juguetón, Kiku se sonrojo ante su sinceridad. —no obstante, me encantaría volverme uno con todos ustedes. Como una familia. ¿Me aceptaran como la pareja de Yao?
— ¡Por supuesto que no! ¡Yao-san ni siquiera lo ama!
Kiku estaba seguro, el aura que imponía en ese momento el ruso se asemejaba a la sensación que Atlas sufría al cargar el peso del cielo en su espalda. Una abrumadora, constante y de la cual no se podía deshacer. Iván estaba murmurando una palabra en específico, poniendo los ojos completamente oscuros.
—Ya veremos si sigues sosteniendo eso, kolkol. —declaró, poniéndole suavemente la carta entre sus manos. Kiku la apretó con fuerza, mirando con inquietud como se marchaba con una espléndida sonrisa en la cara.
Por culpa de Iván, nunca podría ver a Arthur de nuevo a la cara.
—.—.—.—.—
Cuando Scott volvió notó que Antonio le daba fomentos de agua a Arthur. El español sabía sin duda que estaba haciendo, al verlo llegar dejo su tarea y se sorprendió al ver que incluso traía comida para enfermos y una jarra llena del jugo sugerido.
—Estas realmente preocupado, ¿no es así? —preguntó tomando la bandeja y dejándola en el escritorio.
En parte es culpa mía que este así, pensó Scott recordando cómo se desquito con Arthur por culpa de Alfred. Antonio se le quedo mirando, aunque no agregó nada más. Prefirió darle poco a poco el jugo a Arthur. Al principio este le hizo muecas de desagrado por lo ácido, Antonio no dejó que le apartara la mano hasta que terminara todo lo del primer vaso. Luego de media hora le daría más.
—Scott…—llamó el español una vez que notó que Arthur volvía a dormir. El escoses que estaba parado al lado de él, alzó una ceja en su dirección indicándole que podía proseguir. — ¿Qué son las heridas que tiene Arthur en todo el cuerpo? —preguntó observándolo de reojo.
—Que voy a saber yo. —respondió cruzándose de brazos. —Se las habrá hecho él solo.
—Tiene enormes moretones. ¿No te preocupa? —esta vez lo miró de frente, esperando ver su reacción.
—En absoluto.
— ¿Lo has hecho tú? —cuestionó de nuevo, empuñando sus manos entre su pantalón. Arthur por peor que se llevara con el BFT no se merecía eso. — ¿Me equivoco? —Scott no contesto nada.
Antonio suspiró, sabiendo que Scott no diría nada, mucho menos a él. Posiblemente él creyera que estaba haciendo lo correcto, que por ser el mayor tenía derecho de tratar a Arthur como si fuera una basura. Por supuesto que no era así.
—Gilbo me lo ha contado. —comenzó de nuevo, atrayendo la atención de Scott cada vez con un enojo más predominante. —Porque Arthur llevaba su sudadera con anterioridad. Él fue humillado en la cafetería cuando fue el anunció del director y la sustitución del comité disciplinario, por los mismos chicos que lo empujaron en la fuente según Fran.
— ¿Y a mí qué? —no es como si no lo supiera, después de todo. —Él se lo ha buscado exponiendo su relación con el freak ese.
—Conozco una persona casi igual a Arthur. —prosiguió, pensando en Lovino. Su esencia en la habitación le calmaba al estar enfrentando a Scott. Ojalá Lovino supiera lo que lograba provocar en él incluso cuando no estaba cerca. — Él guarda todo dentro de sí, porque piensa que puede resolverlo él solo. Porque no quiere dar molestias a nadie más, pero cuando alguien necesita su ayuda de inmediato la da, sin pedir nada a cambio.
—No compares a ese idiota con mi hermano.
— ¡Lovi no es un idiota! —defendió de inmediato, haciéndole un mohín. —Lo que trato de decir es que, si buscas que Arthur se sane de tus heridas con el tiempo, estas equivocado. Un corazón anudado nunca se cura con el tiempo, en cambio, se vuelve cada día más y más grande a causa de que son ignorados y descuidados. —Antonio recordó los primeros días de Lovino en su casa, cuando era niño, pidiendo a su madre entre sollozos con su manita tapándole la boca. Scott se le quedó mirando, molesto con él por inmiscuirse en sus asuntos y tener el descaro de darle un consejo. —Tú en vez de cuidar el corazón de Arthur, solo hiciste que el nudo se hiciera cada vez más enredado.
— ¿Deberías estar fanfarroneando sobre mi relación con Arthur cuando ni siquiera puedes mantener a tus padres unidos? —preguntó, esperando causarle el mayor daño posible.
— ¿Deberías estar preocupado por mis relaciones cuando ni siquiera puedes mantener en pie la tuya con tu hermano? —Antonio le sostuvo la mirada, sin reflejar alguna emoción por el tema tan sensible en el que se metió Scott. El pelirrojo apretó los puños con fuerza, al igual que Alfred, Antonio era vulnerable. Todos eran vulnerables y al final de día sabían quién mandaba ahí.
—Escuché que tus padres se quieren deshacer de ti.
—Escuché que hubo un tiempo donde tú y Arthur eran inseparables.
— ¿Debería cerrarte la boca con un puñetazo?
—Supongo que Govert estaría muy feliz con ello. —sonrió Antonio, encogiéndose de hombros.
Scott se hartó de la situación antes de tiempo; primero Alfred y ahora ese imbécil español, alguien debía estarle jugando una mala broma. Él no debería atreverse a dirigirse a su persona siendo de tan baja categoría ya. Sin dar tiempo a su mente de pensar en más insultos, tomó a Antonio de la silla y lo aventó al suelo, soltándole casi de inmediato una patada en el estómago.
Antonio intentó levantarse, Scott lo volvió a derribar de otra patada, ahora en el pecho. Cerró los ojos por inercia al sentir que le aplastaba una mano con su bota. Dolía a montones, y al menos por un tiempo no sería capaz de tocar la guitarra.
—Todos ustedes comentando sobre cosas que no saben. —gruñó, tomándolo de los cabellos. Antonio abrió los ojos, recibiendo un rodillazo que esquivo a tiempo, volteando la cara y estampando el golpe con su mejilla. Seguro que evito una buena fractura en la nariz.
Scott aventó su cabeza hacía atrás, Antonio pudo entonces sobarse el rostro y el cuerpo. Necesitaba algo así como un buen abrazo de Lovi para recuperarse. Al menos Scott debería tener consideración y golpearlo afuera de la habitación, donde su hermano no estuviera gimoteando por la fiebre.
—Él es un ser humano. —murmuró Antonio, poniéndose de pie. —Y mucho más importante, tu hermano. Quizás deberías comenzar a tratarlo como tal.
Scott frunció la boca, abriendo con despreció la puerta. —No más que un montón de idiotas. —dijo antes de perderse por ella.
—.—.—.—.—
Lovino maldijo un par de veces a Antonio por abandonarlo con el estúpido dúo que tenía por amigos. Si no fuera porque se fue con Govert a la cafetería, ignorándolos por completo, los hubieran seguido molestando por un largo rato. Al final su amigo se terminó separando para ir a encontrar a Bel que intentaba estudiar en una fuente y algunos chicos querían pasar el rato con ella. Su complejo de hermana apareció al instante y antes de que se diera cuenta Govert se había marchado sin despedirse.
Decidió ir a su habitación para que aquellos dos pertenecientes al BFT no lo encontraran o su hermano con sus estúpidos vees~ y el macho patatas a su lado. Se encontró a Scott saliendo con una cara de mil perros endemoniados, seguro por el resfriado de Arthur. Le dio una mirada fugaz al pasar, cargada en enojo. ¿Por qué se supone que estaba molesto con él? ¡Debía ser el quién reprochara porque pegaba a su hermano menor!
—Tienes un mes de castigo. —bramó a su espalda, Lovino se volteó en el acto, sin saber que decir. —Lovino Vargas.
— ¿Qué puta mierda? —rechistó alzando la voz. Scott afiló su mirada causándole un estremecimiento. — ¿Por qué?
—Lo tienes y ya. —concluyó volviendo a su andar. Antes de reprocharle a él, debía aprender a callar la boca simplona de Antonio.
Lovino chasqueó la lengua, enojadísimo. Si veía a Antonio le metería una patada en el culo, algo le decía que era por su culpa aquel castigo tan descabellado. ¡A saber qué cosas le pondría a hacer ese bastardo psicópata! Al llegar a la puerta de su habitación se encontró con que esta no estaba bien cerrada, agradecimientos a Scott por supuesto, entreviendo se podía apreciar el ropero de Arthur y se escuchaban claramente las voces.
—No le hagas caso. —dijo Antonio, sentando a Arthur. Él lucía terriblemente pálido por la discusión anterior, se despertó en medio de los golpes y no pudo más que mirar a causa de lo débil que se sentía. — ¿Sabes? ¡Soy muy bueno levantándome del suelo!
—Lo siento, Antonio…—jadeó agachando sus ojos verdes, Antonio se encargó de arroparlo hasta la cintura. —Has hecho todo esto por mí y ese idiota es como te paga.
—Scott es así después de todo. —sonrió tomando el plato de caldo de la mesilla. —No dirá que se preocupa por ti.
—Ni siquiera sé si lo hace. —murmuró, aunque Antonio ni Lovino pudieron escucharlo. —Al contrario de ustedes tres. La rana y Gilbert me ayudaron en la cafetería y tú ahora. Ustedes son mejor que mi hermano.
—Eh, vamos. Me harás sonrojar. —rio Antonio, rascándose la nuca. —No somos tan buenos, siempre nos las pasamos molestándote.
—Tu eres el que más me agrada de esos tres. —dijo, iniciando una nueva conversación.
Lovino abrió más la puerta, queriendo ver lo que sucedía y se encontró con Antonio sonriéndole a Arthur, pudo notar como se reía del comentario anterior, con una felicidad que se asemejaba a cuando él le decía algo bonito por descuido. Estaba mal, le molestaba, Antonio no debería mostrar esa expresión a cualquiera.
—Siempre pensé que era Francis. —contestó dándole una cucharada de caldo con un poco de verdura. Al ver la expresión confusa de Arthur, prosiguió: —Porque siempre peleas con él.
—Dije que eras quien más me agrada, no a quién más quiero. —reprochó molesto. Antonio se puso en modo estatua al escucharlo, sosteniendo la cuchara de caldo unos centímetros alejada de Arthur. — ¿Vas a darme eso?
—¡Eh! ¡Claro! —Antonio reaccionó dándole la comida a Arthur, tirando un poco de caldo encima de él. Ningún reproche. Vaya que cambiaba cuando estaba enfermo. — ¿Lo quieres más que a Alfred? —preguntó, disfrutando la situación.
—Él es como el hermano mayor que Scott dejó de ser. A Alfred lo quiero demasiado, solo que de forma distinta.
Antonio se sintió mal después de aquella pregunta, no debía estar aprovechando la situación de Arthur para sacarle información. Eran sus verdaderos sentimientos, y si fuera él, le gustaría que los escuchara la persona a las que iban dirigidos. Como, por ejemplo, Lovi.
— ¿Cuándo le piensas decir a Lovino lo que sientes por él? —preguntó Arthur, rechazando la zanahoria que le ofrecía. Antonio casi tira el plato al escucharlo y Lovino por poco se dejó caer por la puerta, completamente sonrojado.
— ¿Soy tan obvio? —preguntó después de unos momentos. Arthur asintió, tomando un pedazo de pollo. Antonio agachó la cabeza, resignado.
—Si me preguntas, creo que harían buena pareja. —respondió, mirándolo directamente a los ojos. Antonio se sonrojo contra voluntad, avergonzado de ser expuesto a tal forma. Lovino gruñó por lo bajo, lo que le reconfortaba era que al menos Arthur no recordaría aquella platica ni las expresiones del español.
—Debes dormir un poco más. —Antonio dejó el plato en la mesa, recostando a Arthur. —No te preocupes, te cuidaré de Scott.
—Ojalá Alfred estuviera aquí. —murmuró entrecerrando los ojos.
Antonio lo acobijó, acomodándole la almohada en el proceso. Lovino justo iba a entrar cuando la imagen delante de él lo dejó congelado en su lugar. Antonio quitaba los cabellos de la frente de Arthur, tan cuidadosamente como se lo haría a él. Usualmente ellos no se llevaban bien, siempre molestaba al cejotas idiota en compañía de los otros dos y cuando estaban solos su relación era tan nula que nunca se preocupó por ella. ¿Desde qué día aquellos dos se empezaron a volver cercanos?
Y peor aún, ¿por qué se sentía tan molesto al respecto?
Antonio le gustaba, como persona, como amigo, como todo. Saber que Antonio tenía sentimientos por él le hacía inmensamente feliz, saber que le gustaba tanto que incluso evoluciono a una manera distinta de amor. Pero ¿realmente él sentía algo similar respecto a Antonio? ¿su gustar era igual al de él? No, era completamente distinto.
Lejos de gustarle, Lovino ya estaba completamente enamorado de él.
—.—.—.—.—
Alfred llegó gimoteando a su habitación, Toris dio un brinco sobre su cama al escucharlo entrar. El americano se tiró sobre su cama, hundiendo su rostro en la almohada, sin importarle que los lentes se le enterraran en la cara. Se sentía muy mal por las palabras de Scott, sin duda, pero le dolía mucho más que no pudo hacer nada para ayudar a Arthur cuando Scott lo atacó sin medida, sin importarle que estuviera en cama guardando reposo.
— ¿Te encuentras bien, Alfred? —preguntó Toris, acercándose después de cerrar la puerta. — ¿Quieres un vaso con agua?
—Estoy bien, Toris. —respondió, abrazando la almohada con sus brazos. El castaño se sentó al borde de su cama, dándole palmaditas en la espalda.
—Cualquier cosa que quieras desahogar, estoy aquí.
—Gracias. —sonrió de medio lado, limpiándose las lágrimas con el canto de la mano y sorbiendo su nariz. —E-Es solo que…, creo que no soy un verdadero héroe.
—Sí, eso es bastante obvio. —respondió él por inercia.
—Dejé a Arthur en las manos de todo un villano, no pude soportarlo y salí corriendo del lugar en vez de ayudarlo. Incluso después de que él me dijera que me quería, aunque él siempre me ha apoyado a pesar de declararle la guerra el primer día de clases. No puedo ser igual que él. Arthur es el verdadero héroe.
—Alfred…
—Soy un cobarde. —dijo, por último, volviendo a enterrar la cara en la cama.
No pasó mucho tiempo, al menos como media hora después Lovino aporreó con todas sus fuerzas la puerta. Toris abrió temeroso, esperando que no fuera Iván. Alfred se incorporó sobre su cama con los ojos rojos, observando al mayor de la familia Vargas pasar a su habitación sin ninguna invitación.
— ¿Qué mierda te ha pasado? —preguntó asqueado. Los ojos de Alfred también estaban hinchados y tenía la marca de los lentes remarcada en su cara.
—Nada. —suspiró, tirándose de lado. Lovino puso un zapato sobre su colchoneta de Batman y limpió la tierra de este.
— ¿Arthur te ha dejado para que estés así? —gruñó, cruzándose de brazos. Eso explicaría porque -maldita sea- estaba tan apegado a Antonio. —Ven conmigo ahora mismo, tienes que atender a tu puto novio. No puedes dejarle todo el trabajo a Antonio.
—Scott lo estaba cuidando.
—Pues ya no. —tronó la boca, recordando su castigo injustificado. —Si no vienes puede que el bastardo cejon termine enamorado de Antonio y ya no te ame más a ti.
— ¡Eh! —Alfred hizo un puchero, aguantando de nuevo las lágrimas. Estaba muy sensible respecto al tema de Arthur. Lovino se echó para atrás, poniendo un brazo adelante para escudarse del lagrimeo americano. — ¡No quiero que eso pase! ¡Antonio no tiene nada de bueno!
— ¡Él tiene muchas cosas buenas, imbécil! —gritó dándole un golpe en la cabeza. Minutos después las cosas se calmaron en la habitación, Toris al lado de Alfred intentaba reconfortarlo. —Vamos, idiota.
—No puedo estar cerca de Arthur. —dijo, tomando una mano entre la otra, apretándolas con fuerza. —Scott me lo prohibió.
— ¿Y desde cuando le haces caso a ese puñetero imbécil? —bramó Lovino.
—No lo entiendes, Robín-Lovi. —suspiró, volviéndose a acostar en la cama. —Arthur saldrá herido si me acerco más a él.
Recordó el vendaje cubriendo todo su cuerpo, imaginó las heridas que tenía, el cómo no se dio cuenta a pesar de que vio muchas veces como Arthur se quejaba. Sus dolencias tenían sentido ahora, desde hace ya mucho tiempo Scott estuvo agarrándoselas con su hermano, por culpa suya.
— ¿Te quedarás aquí llorando como marica idiota? —reprendió Lovino, apretando los puños contra su cuerpo. De verdad deseaba darle un puñetazo. —El imbécil Sherlock de pacotilla te necesita.
—Pero…
Lovino lo tomó del brazo, poniéndolo de pie con toda la fuerza que le era posible utilizar. —Desde el jodido primer día has estado detrás de él, diciendo que lo derrocarías, luego que lo enamorarías y ahora que lo consigues estas aquí, lamentándote no poder ayudarlo. ¿Es la clase de amor que le tienes?
— ¡Claro que no!
— ¡Demuéstraselo entonces! —gritó chocando sus ojos contra los azules de Alfred. —Cuando el cejotas se despierte lo primero que querrá ver es a ti. No a Antonio.
— ¿Y sí le causo más heridas? ¿Si Scott le causa heridas por mi culpa? —se hizo pequeño en sus hombros, apretando los ojos para evitar pensar en la escena anterior.
—Tendrás que afrontarlas con él, Alfred. —intervino Toris, después de ver que Lovino pensaba en una buena respuesta. —De eso se trata una relación, que los dos se apoyen y se cuiden. Tal vez sí eres el héroe que Arthur está buscando después de todo.
— ¿Soy un héroe? —preguntó con los ojos de nuevo iluminados.
—No te emociones, bastardo, solo es un decir. —cortó Lovino, dándole una patada en el trasero. —Muévete.
—.—.—.—.—
Alfred y Lovino pusieron los ojos en blanco al llegar a la habitación 404. Justo en la cama de Lovino se imponía una partida de póker entre Matthew y Gilbert, en la cual era obvio que el albino estaba siendo aplastado por el canadiense. Quizás su madre no le hubiera enseñado muchas cosas, pero los naipes no eran una de ellas. Francis por otro lado estaba abrazando a Antonio por detrás, tocando su pecho. El español reía tranquilamente, citando una receta casera sobre hacer paella. En la cama Arthur lucía mucho más calmado por la fiebre, diciéndole a Francis lo mucho que quería un peinado igual al suyo.
— ¿Qué están haciendo, idiotas? —preguntó Lovino, casi tronando el picaporte de la puerta.
— ¡Ah, Lovi! —Antonio sonrió a él, aún con las manos del francés manoseándolo. —No pensé que estuvieras con Alfred.
— ¿Cómo esta Arthur? —preguntó Alfred, adelantándose. Francis sonrió cuando lo vio acercarse a Arthur y a este poner una sonrisa casi de inmediato.
—Viniste. —murmuró el inglés, tomando su mano. —Pensé que no lo harías.
—HAHAHA! ¡Imposible que el héroe no venga a verte! —exclamó a carcajadas. Lovino quiso reprochar que apenas hace unos momentos se le caía la autoestima al suelo.
—No es bueno gritarle a una persona enferma. —dijo Antonio, pidiendo silencio.
—Toma aquí. —dijo Lovino, inclinándolo a tomar un poco del jugo que Antonio pidió con anterioridad. —Si ensucias la habitación te moleré a golpes. —protestó, haciendo un mohín. Arthur le intento dar una sonrisa, que resulto muy fea. —Corrección, sonríeme de nuevo así y te moleré a golpes.
—Gracias por cuidarme. —dijo Arthur, soltando la mano de Alfred para tomar el vaso que le ofrecían. Lovino pegó un brinco, estrellando el vaso en el suelo antes de que lo tomara. — ¿Te encuentras bien?
— ¡Qué mierda pasa! —chilló asustado, escondiéndose en su cama, mandando a volar a Gilbert y Matthew. — ¡Tú no eres amable!
—Lovi…—llamó Matthew, sorprendido de su reacción.
— ¡Lovi! —reprendió Antonio sacándose a Francis de encima. —Sabes que no es bueno gritar cuando una persona está enferma.
—Él inicio todo…—acusó con un dedo señalador, Francis rio. —De repente comenzó a preocuparse por mí y ya no supe que hacer y…
—Así se comporta Arty en sus días de enfermedad. —confesó Fran, intentando tocar al enfermo cosa que Alfred detuvo con una sonrisa. —El otra vez me pidió disculpas por tratar de envenenar mi comida.
— ¡Qué miedo! —Gilbert se llevó las manos a su boca, asustado.
—Lo sé, salí disparado de ahí. —siguió Francis.
—Chicos, hay una persona enferma aquí. —regañó Antonio yendo hasta donde Lovino, este se asomaba por su cobija mirando a Arthur como bicho raro.
—Mi Toño, siempre preocupado por los demás. —Francis sacó un pañuelo de su bolsillo limpiándose la lágrima falsa que le escurría. —Es tan dulce.
—No es "tú Toño" —gruñó Lovino. En automático todos voltearon a verlo, incluido Arthur; Matthew formó una alegre mueca en su rostro. Lovino al darse cuenta de sus palabras se separó de Antonio, dándole una patada en la espalda para que se alejara de su cama. Antonio sintió las mejillas arderle en cuanto cayó al suelo, sus sentimientos comenzaron a fluir y rezó con todas sus fuerzas no ser tan evidente.
—Se me olvido algo en la estufa—aclaró, señalando su habitación. Lovino alzó una ceja.
—No tenemos estufa, Toño. —aclaró Francis despejando la duda de todos.
— ¡P-Por supuesto! —gritó, yéndose de inmediato. Lovino frunció la boca, diciendo una maldición. ¿Por qué demonios tenía una reacción tan virgen el bastardo tomate? ¡Lo avergonzaba de igual manera! ¡Únicamente debía voltear como siempre y burlarse de él, diciendo babosadas cursis!
—Es el primero en decir que no tenemos que gritar. —suspiró Francis, halando el banquito para sentarse, quitándoselo a Alfred. —Bien chicos, pueden irse.
— ¿Por qué mierda te dejaría en mi habitación? —protestó Lovino.
—Yo vine a ver a Arthur. —declaró Alfred, acostándose a su lado. Él le pegó suavecito en la cabeza, observándolo con infinito cariño. —Me quedo aquí.
—Estoy preocupado por el joven Arthur también, ¿podría quedarme, joven Francis? —preguntó Matthew, juntando sus manos con nerviosismo.
—Yo quiero ayudar a cuidarlo también, estoy aburrido. —hizo un puchero Gilbert.
—Bien, me pueden ayudar a desvestirlo. —comentó Francis, halando a Matthew para sí, conmovido por su manera tan dulce de pedir las cosas.
—Todo tuyo. —dijeron al unísono Lovino y Gilbert. Francis se recargó sobre su mano, riendo por lo bajo.
— ¡Ehh! —Alfred se tapó los ojos, completamente rojo, removiéndose de un lado a otro. — ¡No puedo ver a Arthur todavía de esa manera! ¡Quisiera esperar un poco más para ello!
Francis lo observó con aburrimiento, discutiendo consigo mismo como le podía quitar lo virgen a aquel chico amante de los comics. En la puerta la discusión de Gilbert y Lovino comenzó a hacerse mucho más fuerte, ambos estaban atorados en el pequeño marco de la puerta.
— ¡Muévete maldita patata, voy a pasar! —gritó Lovino, arremetiéndole una patada a Gilbert justo debajo de las rodillas, como Antonio le enseñó a hacerlo.
— ¡No tengo tiempo para ti, princesa! ¡Mis asombrosos ojos están a punto de ser quemados si veo al imbécil de Arthur desnudo!
— ¡Me vale mierda! —rechistó, apretándose contra el cuerpo contrario. —Mis ojos valen mucho más que esas cosas que tienes en la cara.
— ¡Son hermosos! —aseguró el alemán, tomando un mechón de su cabello. Lovino puso un pie en su estómago, intentando librarse.
—Acabaran siendo los mejores amigos del mundo, estoy seguro. —dijo Francis, pateando a ambos para cerrar la habitación. Ya en el suelo, los dos lo miraron con cara de asco absoluto. —Sería una gran hazaña.
— ¡Yo soy su Batiamigo! —gritó Alfred, desde adentro de la habitación. Matthew muy quedito intentó callarlo para no molestar a Arthur. — ¡YO SOY SU MÁS GRANDE HAZAÑA!
— ¡TE ODIO MALDITO IDIOTA! —acompañó Lovino, aventando a Gilbert a un lado, al momento en que Francis terminaba de cerrar la puerta.
—.—.—.—.—
Scott decidió no pasarse más tiempo por la habitación de Arthur. Lo logrado con Alfred era suficiente para darse por bien servido ese día. Antonio no valía la pena, al menos ya no. Se encerró en su propia habitación al ver la noche caer, no tenía ánimos para nada más; las palabras de Alfred y Antonio no dejaban de sonar en su cabeza. ¿Realmente estaba haciendo lo correcto con Arthur?
Al recostarse en la cama recordó a su pequeño hermano, sollozando por haber roto a uno de sus muñecos preferidos. Su madre les había comprado uno a cada quién, esperando que ninguno se peleara por el otro; al pequeño Scott le encantaba tanto ese muñeco como a su hermano, no obstante, no dudo ni un segundo en dárselo al verlo llorar, quedándose él con el roto.
El mayor de los hermanos Kirkland cerró los ojos, borrando esos molestos recuerdos. De nada servía ser débil ahora, permaneció fuerte a lo largo de toda su vida, no torcería su brazo ante su hermano. Él nunca entendió nada sobre su familia, aceptó todo lo que su estúpido padre propuso, perdono a todos con tanta facilidad que le daba repulsión. Porque después de todo, Annie era madre de los dos, no solo de él. ¿Por qué era al único que le seguía doliendo? Incluso su madre parecía bastante feliz al ver a su antiguo esposo con la persona que lo arrebato de su lado.
Era en esos momentos cuando pensaba que no sería tan malo tener un compañero de habitación con el cual distraerse. Odiaba recordar el pasado sin que fuera para ayudarle a cumplir su propósito, recordaba momentos felices con Arthur que le traían nostalgia y no fuerza para seguir adelante. Su hermano lo volvía vulnerable.
—.—.—.—.—
Alfred le tapó los ojos a Francis mientras Matthew ayudaba a cambiarse a Arthur. Mientras tanto él volteaba a otro lado, avergonzado. El francés le murmuraba cosas, diciendo que ese cuerpo era algo que ya había visto; Alfred intento no prestar atención a ello, él debía ser respetuoso con Arthur y esperar al día en que ellos compartieran esa intimidad, aunque Arthur ya lo hubiera visto semi desnudo, pero eso era diferente.
—Ya puedes voltear, hermano. —dijo Matthew, volviendo a recostar a Arthur. Su cara volvía a tomar color a medida que avanzaban las horas. — ¿Cómo se siente, joven Arthur?
—Creo que estaré listo para mañana. —sonrió, tomando su mano. —Gracias, Alfred. —lo jaló a él, intentando darle un beso. Matthew se puso nervioso, intentando zafarse, el rulito que le salía por la cabeza se agitó al compás. Justo cuando plantó sus labios, Alfred le ladeó la cabeza, haciendo que lo recibiera en la mejilla.
— ¡No debes levantarte hasta que estés bien por completo! —chilló señalando su propia mejilla para que le diera un beso a él. Arthur cerró los ojos antes de que pudiera hacerlo, ignorándolo por completo. — ¡Matthew devuélveme mi beso!
Estampo su mejilla contra la de su gemelo, intentando que se pegara de alguna forma.
— ¡H-Hermano! ¡M-me lastimas! —susurró, agarrando sus lentes para que no se le cayeran.
— ¡El hermano Francis también quiere un besito! —Francis se acercó a Arthur, dispuesto a besarlo. Alfred aventó a un lado a su hermano, quitando al rubio de encima.
— ¡Esto es totalmente diferente!
—No seas celoso, Alf. Solo es un besito. —puso el dedo índice sobre su boca, fingiendo inocencia. — ¿Deberías dármelo tú?
— ¡Noooo! —negó frenéticamente con la cabeza, buscando una manera de apartarlo.
Al final lo terminaron echando de la habitación. Bueno, Alfred. Matthew simplemente no quiso intervenir.
Cuando se quedaron solos, decidieron que ambos debían dormir en la cama de Lovino, esperando que este no apareciera en el último momento. Ambos gemelos se quedaron despiertos hasta tarde, observando a Arthur dormir ya más tranquilo, con su verdadero color en el rostro. Era un misterio lo que Antonio hizo, con sus mil recetas caseras, pero al menos valieron la pena y el inglés estaba mucho mejor.
Alfred miró a Matthew que sin querer cayó sobre su hombro al dormitar. —Lo siento, hermano.
—Soy yo quién debe disculparse, Matthew. —se encogió sobre sus hombros, abrazando sus piernas. El canadiense lo miró sin comprender. —Scott tiene razón, no te busque porque tenía miedo a ver que encontraría. A que me robaras el amor de papá.
— ¿Eh?
—Siempre me cuestioné por qué ella me abandonó y nunca me busco para verme. ¿Qué había hecho mal? Yo no elegí a papá, eso solía decirme continuamente. —Matthew pudo ver que escondido entre sus anteojos intentaba no llorar. —Papá es genial, solo que nunca podía irme a recoger a la escuela o estar en los festivales de esta. Lo veía en casa y jugábamos, pero cuando estas rodeado de niños que tienen a su madre te sientes pequeño.
—Sí, lo sé. —Alfred volteó a su hermano, observaba por la ventana, directo a las estrellas.
—Sé que no debería estar quejándome, tú la has pasado peor, y aun así…
—Me hace feliz, hermano. —comentó, regresando sus ojos a él. —Que me comentes todo esto. Puedes quejarte todo lo que quieras conmigo, soy tu hermano, te escucharé.
— ¿No me detestas ni un poquito?
—Quise hablar contigo desde el primer momento, sin embargo, no se sentía igual que ahora. Gracias al joven Arthur y a Lovi puedo hablarte de verdad. —aclaró sonriendo. —No te culpo por no buscarme ni te guardo rencor, yo tampoco hice un esfuerzo por buscarte. Y mentiría si dijera que alguna vez no pensé lo mismo que tú, solo que con papá.
Alfred tomó con cariño su mano, encima de las cobijas. Matthew entrelazó los dedos, encogiéndose de hombros.
—Ahora nos tenemos el uno al otro.
—.—.—.—.—
Lovino se quedó mirando con ojos vacíos las colchonetas tiradas en el suelo. Antonio terminaba por acomodar las ultimas cobijas, Gilbert se tiró en medio de todas, emocionado por la pijamada. Francis en cambio se acicalaba en el espejo de su escritorio, poniéndose una mascarilla para dormir.
— ¿Qué carajos es esto, bastardo? —gruñó, cruzándose de brazos. Antonio volteó a él, sonriente. Lovino tuvo que fingir una tos momentánea para ocultar el sonrojo que le provocó.
—No puedes dormir donde Arthur, Lovi. Te resfriaras. —dijo poniéndose de pie, saltando a Gilbert que daba vueltas por las colchonetas. —Así que pensé que podríamos hacer una pijamada, aunque es un secreto.
—Con el escándalo que hace la patata dudo que sea un secreto. —respondió, tirándose en la cama de Antonio. —Ni de coña me dormiré en el suelo, ¿con quién crees que estás hablando?
— ¡Perdone, princesa! —mofó Gilbert, tirándole una almohada en la cara.
—Vamos, Lovi. Será muy divertido.
—Y una mierda.
—Puedes dormir a mi lado si quieres. —sonrió señalándose.
—Si no aprovechas la oferta yo lo haré. —intervino Francis, poniéndose dos pepinos en los ojos. Gilbert aprovechó para ir a robarle el tazón, echándoles chile y limón.
Dormir con el trío de idiotas era echarse la soga al cuello. Se puso de pie al instante, ignorando la cara de perrito que le ponía Antonio… o bueno, algo así.
—Me iré a cambiar. —tomó el pijama de Antonio, rojo de animalitos variados. Era todo un niño sin duda. La cara del hispano se iluminó y la de Gilbert refunfuñó molesta, de verdad esperaba una negativa.
Después de que volviera de lavarse la cara, Lovino notó con desagrado que los otros dos idiotas del trio rodeaban a Antonio. Gilbert del lado derecho y Francis del izquierdo, este último estaba casi encima del español dándole un abrazo con la pierna y brazo. Gilbert en cambio simplemente se acurruco a su lado, babeando como cada vez que dormía. Lovino chasqueó la lengua con desagrado, Antonio se veía tan apacible dormido entre ellos dos, el malnacido ni siquiera lo había esperado.
—No es como si fuera a dormir en la cama realmente, idiota. —murmuró entre dientes, buscando un hueco entre ellos.
Despegó las manos de Francis poniendo cara de asco, no quería estar al lado del francés, así que optó por mover a Gilbert y con todas sus fuerzas lo apartó a un lado, quedando en medio de Antonio y él. Pensando mejor tampoco quería que Francis abrazará de nuevo a Antonio, no es que estuviera celoso o algo así ¡claro que no!, es que en el abrazo Francis podía tocarlo y eso no estaba permitido. Así que, sabiendo que Antonio tenía el sueño de un toro lo jaló con cuidado por las colchas, hasta pasarlo del lado derecho de Gilbert, quedando este al lado de Francis.
Lovino se recostó entre los escritorios y Antonio, antes muerto que ponerse al lado de la patata mal oliente de Gilbert. Nunca esperó que después de unos minutos el albino despertara, en busca de calor, miró a Francis con extrañeza y después a Antonio. Lovino fingió dormir.
—Maldita princesa. —refunfuñó Gilbert, asomándose. Lovino lo sorprendió con el dedo de en medio. El alemán sintió una venita hincharse en su cabeza, y con cizaña, haló la cobija que compartía con Antonio (al ser ellos los de en medio) y de forma casi inmediata Antonio se volteó al lado izquierdo, donde Gilbert se encontraba.
El italiano siseó una maldición. Él al estar en las esquinas, al igual que Francis, tenían una cobija individual por lo que no podía imitar la acción de Gilbert. Además, corría el riesgo de despertar a Antonio, nadie quería eso sabiendo como era el chico cuando no dormía bien. Podía asemejarse a un demonio.
Gilbert se alzó un poco entre la silueta de Antonio, dándole a Lovino una sonrisa burlona mirándolo con ojos llenos de placer al hacerle fallar su plan. Lovino infló las mejillas, dispuesto a aceptar su derrota. Sin embargo, lejos de lo que esperaba, Antonio se dio otra vez vuelta a él, rodeándolo con su brazo derecho acurrucándose en él. Lovino se sonrojo al sentir su respiración tan cerca, algunos de sus cabellos le rozaban la cara y Antonio parecía muy feliz al abrazarlo.
Pese a que se moría de la vergüenza, y tal vez Gilbert lo usara para burlarse de él por la mañana, levantó un puño al cielo en señal de victoria, le alzó las cejas a un Gilbert que lo observaba con recelo y plantó una muy bonita sonrisa en su rostro.
Siento que eso ya es shonen, alv. xDDD
Los madrazos que pega Scott no los detiene ni Obama (?) En fin, puede que Scott se una verdadera mierda (y al igual que Govert, el fin no justifica los medios) pero hay más de lo que se ve a simple vista. Fuera de eso, mi bebé Lovi ya se dio cuenta de sus sentimientos. SHIIIIIIP IT *corazón, banana, corazón* Y la virginidad de Alfred palpa con la perversión del francés.
Vamos a agradecer reviews: aoi-chan, Shadwood, Dark-nesey, Banana Misteriosa, Cinnia 17, Sybilla Kahler & drizz.02.01. ¡Muchas gracias por sus hermosas palabras, me llegan al corazón y me ponen infinitamente feliz!
Con cariño,
MimiChibi-Diethel.
