Circulo: Vicio Tsun.


Tú + Yo= Error 404.

25. El Rey de las Sombras, parte dos.

Alfred miró por encima del libro que simulaba leer, Matthew a su lado resolvía una ecuación que le quebraba las neuronas, se veía bastante curioso cuando sus cejas se fruncían con enfado. Más allá, sentado en su escritorio estaba Arthur, sellando, leyendo y escribiendo; todo al mismo tiempo. Su cara ya estaba de color normal, así que se podía tranquilizar de una vez, sin embargo, Alfred se encontraba muy lejos de hacerlo.

Seguía pensando en la forma que Scott tomó a Arthur por la cabeza, como lo zarandeó frente a él y pudo hacer poco más que nada para impedirlo. Sabía que no debía insistir con el tema, Arthur le dijo que no recordaba aquello e incluso se disculpó por su hermano, su novio no quería recordar ese asunto y lo expresó muy claro cuando lo mando a callar. Alfred ni siquiera podía tener confianza en decirle que sabía de sus heridas.

—Si tienes tiempo para holgazanear, ve y sirve el té. —dijo Arthur, centrándose en Alfred. Él se sonrojo al verse expuesto, se le quedo viendo demasiado tiempo. Con torpeza se levantó del sillón, golpeándose la espinilla contra la mesa, tirando los libros apilados en el cuaderno de Matthew logrando que se desconcentrara. El inglés alzó una ceja, sin comprender lo que su pareja estaba haciendo.

—L-Lo siento. —balbuceó Alfred, encogiéndose sobre sus hombros. Aun así, fue a servir el té.

Desde el día de su enfermedad ya habían pasado tres más, por lo que su trabajo en el Comité ya se encontraba de nuevo bajo control. El primer día después de que saliera de cama incluso tuvo a Lovino a su lado, estorbándole por supuesto, pero cuidándolo para que no hiciera sobresfuerzos. Y Matthew muy amablemente le ayudó a organizar y concluir todos sus pendientes.

No es que no recordara cuando estuvo enfermo, como le dijo a Alfred. La verdad quería fingir que no vio a su hermano humillando a Alfred, golpeando a Antonio y zarandeándolo a él. Antonio tenía un moretón en su rostro, aunque seguía sonriendo como si no hubiese mañana; se sentía muy mal con él, Scott cruzó la línea al decirle que sus padres no lo querían más a su lado. En cierta forma podía simpatizar un poco con el español, ellos pasaron por lo mismo hace mucho tiempo.

Y por supuesto, si Antonio le provocaba avergonzarse por el hermano que tenía… Alfred le provocaba querer odiarlo hasta lo más profundo de su alma. Fingir que no observó nada, que no vio cómo su hermano le pisó todo el orgullo y se metió en temas que no debía meterse, le rompía el corazón. Alfred era un muy buen chico, inocente y llenó de alegría, verlo llorar por su culpa le carcomía todo su ser. Alfred no merecía nada de eso, no merecía ser tratado así, Scott no sabía nada sobre todo lo que pudo ver con ayuda de los ojos de Alfred.

— ¡Se te está cayendo el té encima, hermano! —gritó Matthew, corriendo a él.

—AHHHH! —chillo Alfred, tirando al suelo la tetera de Arthur, quedando esta partida en mil pedazos y con la alfombra absorbiendo el té.

— ¿Te encuentras bien? —pregunto Arthur, corriendo a buscar el botiquín medico de su estudio.

Sorry! —exclamó sacudiendo como loco la mano, buscando disipar el calor. Matthew le sostuvo el brazo al ver a Arthur llegar con el botiquín.

—Déjeme hacerlo, joven Arthur. —pidió Matthew, soplándole a la mano de su hermano. —Vamos al baño, te pondré agua fría.

Alfred miró a Arthur mientras era jalado por Matthew. Su pareja buscaba vendas en el botiquín y por supuesto que los siguió al baño. Él lo estaba ayudando, pesé a que Matthew intervino. Aunque Matthew fuera quién lo estuviera curando, Arthur humedecía las vendas en el lavabo, pasándolas. Estaba a su lado.

Alfred miró su vendaje recién hecho. Matthew a su lado lo intentaba convencer de que fuera a la enfermería, según él aún no estaba titulado en medicina. Alfred pensó por un instante que no había mejor vendaje que ese, ¿Cuántos no le hizo Matthew a ella o a sí mismo para perfeccionar su técnica? No obstante, se guardó todos esos pensamientos y embozó una enorme sonrisa en el rostro.

— ¡Esto no es nada para el héroe! —gritó alzando ambos brazos al cielo. — ¡Puedo soportar otros mil grados todavía! HAHAHAHA!

— ¡Te meteré en el horno para la próxima vez! —contestó Arthur, reprendiéndolo. — ¡No le causes más sustos a Matthew!

—HAHAHAHA! ¡El héroe siempre saldrá ileso!

Y salió corriendo a toda velocidad del baño antes de que Arthur pusiera a prueba lo dicho.

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Francis tomó con sumo cuidado la cara de Antonio entre sus manos, examinándole el moretón verdoso que comenzaba a borrarse de su cara por el árnica que le mando la enfermera. Gilbert del otro lado sostenía una bolsa de hielo, esperando a que el francés le extendiera la mano para dársela, a decir verdad, Francis sabía que no era bueno combinar ambas cosas y nunca se la pidió, pero Gilbert quería ayudar en lo que pudiera. Antonio recargó sus manos en la cama, echando la espalda para atrás en lo que Francis terminaba.

—No puedo creer que le haya hecho esto a tu hermoso rostro. —se quejó por milésima vez, Antonio cerró un ojo con dolor al sentir la presión del dedo francés en su moretón.

—Más que eso, Fran, —continuó Gilbert poniéndole la bolsa de hielo pegada a la mejilla sana al ver que Francis no le dejaría tocar la adolorida—no puedo creer que no quieras decirnos quién lo hizo.

—Estoy seguro de que fue ese troglodita bien formado de Govert. —aseguró Francis, poniendo una mano en su propia mejilla, seguro imaginándose los músculos de Govert. El alemán le dio un golpe con la bolsa de hielos, esperando desconcentrarlo. — ¡Eres de lo peor, Gilbo!

—Kesesese, pareces una mujercita fantaseando.

— ¿Puedo levantarme ya? —preguntó Antonio poniéndose de pie, los dos miembros restantes del BFT lo tomaron cada uno por un hombro y lo mandaron de nuevo a la cama.

—No puedes. —rugió Francis en todo su papel de mejor amigo. Gilbert asintió con la cabeza, remarcando las palabras de su amigo. — ¿Qué estabas haciendo para que te pasara esto?

—Solo intente ayudar. —murmuró insatisfecho, era la quinta vez que lo interrogaban y sus respuestas seguirían siendo las mismas.

— ¿No son por los golpes de Lovino? —preguntó Gilbert, olvidándose de la bolsa de hielos y yendo a prender su celular con el juego de guerra que recién descargó. —Ese sí es un troglodita.

— ¡Lovi no ha hecho esto! —aseguró Antonio, Francis tuvo que volver a empujarlo para seguir curándole las heridas. —El no aplica tanta fuerza en sus golpes, casi ni duelen.

—Juro que una vez vi tu cabeza dar la vuelta entera por un puñetazo suyo. —dijo Gilbert, presionando una y otra vez botones que le ayudaban a controlar sus ejércitos ficticios.

Francis se mantuvo al margen de la conversación, con una cara estoica, le preocupaba mucho la situación de Antonio y él no era de ocultar secretos; sin embargo, desde lo de Emma se mantuvo más distante con los demás, ocultando sus sentimientos, después lo de sus padres, ahora esto. Ellos más que nadie, debían conocer la razón del por qué. Eran el Bad Friends Trio, los mejores amigos del mundo, incluso en las malas y por alguna razón a Antonio se le estaba olvidando eso.

—No se salió el hueso de mi rodilla, Gilbo. —contestó Antonio. En algún momento Francis había dejado de escuchar y ahora conversaban sobre los huesos rotos de Antonio, los cuales no debía tener hasta donde el francés sabía.

Mon Dieu! —exclamó, frotándose la cabeza. — ¡Solo guarden silencio los dos!

En automático los dos cerraron la boca en un hip. Si sacaron de sus casillas a Francis significaba que algo no iba bien con él, porque vamos, era Francis. Siempre les seguía el juego, y aunque a veces se podía poner incomodo por sus temas más sexuales, era poco probable que él se enojara o encontrara algo malo.

—Antonio, quiero saber qué paso y nos lo vas a decir ahora mismo si no quieres que dejemos de hablar por un mes entero. —tomó bruscamente su mano, desenvolviendo la venda que tenía, la hinchazón bajo tan solo un poco y a sus nudillos todavía les cruzaba un raspón por la mitad. —Mira esta mano, no podrás tocar tu preciosa guitarra por un buen rato.

—Es lo que me hace enojar mucho más. —siguió Gilbert, aburriéndose del juego y tirando el teléfono a un lado de él. —Yo también quiero saber. ¿O qué? ¿Tendrás secretos con nosotros?

—Gilbo…—las palabras le pegaron duro al español, y retiró con cuidado la mano del agarre de Francis. La verdad se moría de ganas por decirles, contarles que tuvo un enfrentamiento con Scott y que salió más lastimado de lo que aparentó. Si repetía sus palabras, podría considerarlas ciertas, creer que sus padres ya no lo amaban más. —Fran…—notó la cara de preocupación en el rubio.

Nunca tuvieron secretos, por más difíciles que fueran de contar. Y la verdad, Antonio no quería ser el primero en tener uno. Así que lo soltó todo.

— ¡Ese imbécil! —bramó Gilbert, pateando la cama.

— ¡Hey, Gilbo! —reprochó Francis, volviendo a aplanar las sábanas. — ¿sabes cuánto me cuesta mantenerla sin arrugas? Que poco sensible eres.

— ¡No estoy para niñerías! —tronó de nuevo, cualquiera juraría que sus ojos rojos ardían en llamas. — ¡Iré a romperle la cara a ese infeliz!

—Me sé defender, Gilbo. —dijo Antonio, ofendido. —Solo que no quise hacerlo.

—Sí, por eso te metió la paliza de tu vida.

—Gilbo tiene un punto.

—Fran, se supone que estás de mi lado.

—No lo estoy esta vez. —concluyó dejando un incómodo momento entre los tres.

Gilbert se sentó junto a Antonio, con el ceño fruncido y las manos metidas en los bolsillos de su sudadera blanca. Rascó su cuello, buscando algo que decirle a su amigo, nada se le ocurría. Maldita cabeza hueca suya. No podía mostrar lo asombroso que era en momentos de tal importancia como esos.

—No podemos meternos. —suspiró al final Antonio. —Arthur no quiere nuestra ayuda, no la aceptaría incluso si nosotros la ofrecemos.

—Eso y esto son dos cosas diferentes. —prosiguió Francis. —Me importa Arthur, pero me importas más tú. Y se ha liado contigo.

—Solo son rasguños que terminaran sanando. —miró su mano, rotándola para apreciarla mejor. —Y sus palabras no pueden hacerme daño a menos que yo lo permita. Arthur en cambio, es su hermano, a menos que deje de verlo como tal las palabras y acciones buscaran forma de desgarrarlo.

— ¿Y lo permitiste? —preguntó Gilbert, removiéndose.

—Me acabo de enterar. —respondió Antonio, mirándolo a él. Sus ojos buscaban una abertura, la más mínima para seguir con su plan de hacerle frente a Scott. La lealtad de Gilbert a sus amigos siempre le causaba una agradable sensación en el pecho al español.

—No me refiero a eso. —suspiró, rodando los ojos. —Digo que si le permitiste causarte daño.

Antonio miró rápidamente a Francis, en busca de ayuda, él no hizo ningún movimiento. Cruzado de brazos, le clavaba la mirada en su ser, en busca de respuestas. Meditó sus palabras, deseando con toda su voluntad una buena mentira, un no sería suficiente para que lo dejaran tranquilo.

—Sí, lo dejé. —confesó agachando la cabeza. Le daba pena mirarlos a la cara. —Sé que no debí, pero…

—No es tu culpa. —intervino Francis, poniéndose en cuclillas para volver a tomar su mano herida. Gilbert menos sentimental que su otro amigo, le rodeó los hombros con su brazo. —Que ellos ya no se amen, no es tu culpa, Toño.

—Los padres son complicados, —inició Gilbert, sobándole la cabeza. —mi viejo siempre dice que se va a separar de mi madre cuando tenga la menor oportunidad, se divorciaron dos veces y ahora viven juntos de nuevo. Extrañarán estar juntos, ya lo verás.

Antonio sabía que eso no era cierto, pero agradecía que Gilbert quisiera consolarlo.

—Eso de emanciparte quizás tu padre lo dijo ante el enojo. Conozco a tu padre, él es una buena persona y te ama hasta los huesos.

—Sí, seguro que es así. —secundó Gilbert.

Posiblemente fuera así, tal vez no, al menos en lo que respectaba a Antonio, no lo sentía así.

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Scott se dejó caer sobre la silla de su despacho, haciéndola rotar en ambas direcciones. Lleno de frustración se talló un par de veces los ojos, esperando de alguna forma que se le quitara lo cansado de los días sin dormir, las ojeras incluso se veían negras. Pronto vendría la competencia académica donde Arthur participaría, al menos en eso estaba confiado, su estúpido hermano menor era inteligente y pasaría sin problemas la prueba; lo que pasaría después era el tema delicado, estaba más que seguro que su tiempo en Gakuen había terminado.

Arrugó uno de los papeles que estaba redactando, haciéndolo añicos y tirándolo al cesto. La presión sobre sus hombros comenzaba a molestarle demasiado y la parte baja de la espalda le dolía, quizás por tan malas posiciones que tomaba por la noche al intentar dormir. Necesitaba un cigarrillo a toda prisa.

—Ah, Scott. —llamó una voz conocida, asomándose por la puerta. Emma Morgens. —Mi hermano te está buscando.

— ¿Para qué? —respondió por inercia, frotándose por última vez el rostro, quitando todo rastro de estrés o preocupación. — ¿Y por qué no ha venido él personalmente?

—Aquí estoy. —entró Govert, sin ablandar su rostro inexpresivo. Scott sonrió de medio lado, volviendo a balancearse sobre la silla. —Puedes irte, Bel.

— ¡Ehh! ¡Quiero saber que le tienes que decir! —protestó la rubia, haciendo un mohín. Scott sonrió mucho más sincero, Emma le agradaba, el aura de la chica lograba relajarlo. — ¿Es sobre la universidad?

—No es tu asunto. —Govert la empujó poco a poco en dirección al pasillo, esperando que se marchara con eso. —Ve a jugar con Lovino.

— ¡Si Lovi me considera su mejor amiga y me cambia por ti no me culpes después! —en un gesto infantil que Scott alcanzó a ver, Emma le saco la lengua a su hermano que suspiró resignado.

—Es raro que tu vengas a mí. —dijo una vez que Emma se marchó, Govert sin pedir permiso se sentó en la silla frente a Scott. — ¿Pasa algo?

—No pierdas tu puesto, Scott. —comenzó todo seriedad, el mayor de los Kirkland se quedó en silencio por segundos que parecieron eternos. Govert no parecía estar bromeando en su orden, así que limito la carcajada que amenazó con salir. Si que era inusual.

— ¿Has venido a decirme solo eso? Es obvio que no lo haré. —Scott se recargó sobre su mano, más aburrido. Que Govert lo tuviera en consideración le ofendía demasiado. — ¿Estás preocupado por las repercusiones de Emma?

—Me voy el siguiente año, espero al menos que haya alguien en quién confiar para protegerla. Y ese es tu hermano.

—Dudo que Arthur quiera llevarla de la mano al baño. —contestó simplón, jugando con una pluma. Govert lo fulminó con una mirada. —Y ya tiene a alguien, mejor dicho, a dos. Lovino Vargas y el imbécil de Antonio.

—Ella no tiene a Antonio. —bufó enojado, Scott sonrió de medio lado. —Simplemente vengo a que me digas cuales son las expectativas para ganar que tienes.

—Altas.

—Estás mintiendo. —cortó Govert, fijando sus ojos verdes en los de Scott. —Lo diré de nuevo, ¿Cuáles son las probabilidades?

Scott se dejó caer sobre el respaldo de la silla, deteniendo su rotación con los pies; de repente el cansancio regresó a él, provocando que se frotara la cara con ambas manos un par de veces, Govert entonces pudo ver las bolsas negras debajo de sus ojos que tanto intentaba ocultar, y más que eso, notó la ira en su mirada. ¿Tan mal estaba la situación? Si los Kirkland perdían el puesto nada le aseguraba que aquellas estúpidas no volvieran a tocar a Emma.

—No perderé. —aseguró, intentando recobrar la confianza. El holandés salió de sus pensamientos, apretando los puños. —No llegué tan lejos para que me lo arrebaten tan pronto, Govert. No lo dejaré ir de mis manos.

— ¿Puedes asegurarme de que tu hermano tampoco lo dejará ir?

Govert conoció a Scott por accidente, de ser posible a Govert le hubiese encantado no involucrarse con una persona tan peligrosa como lo era el mayor de la familia Kirkland. No ver como estaba intimidando a su hermano menor solo porque Arthur no quería meterse en el Comité Escolar. Fue una experiencia bastante desagradable, a decir verdad, pero gracias a que Scott se vio vulnerable en proteger a toda costa ese secreto pudo vengar a su hermana menor. A costa de otra persona…

Demonios, las creencias e inocencia de Lovino se le estaban metiendo demasiado a la mente como para estar reflexionando lo que hizo.

Volvió de nuevo a concentrarse en Scott, y en que no había cambiado desde ese entonces, ni para bien ni para mal. Su guardia siempre flanqueaba cuando se trataba de Arthur.

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Lovino estaba seguro de que vio escabullirse a Antonio rumbo al área de profesores. No pudo haber confundido ese cabello disparado a todas partes con ningún otro, porque, aunque no lo admitiría en voz alta, era el cabello que más le gustaba. Darse cuenta de sus propios sentimientos le colmaba la paciencia a límites de los cuales desconocía su existencia hasta entonces, una sensación similar a las mariposas dentro de su estómago (las cuales odiaba en lo más profundo de su alma) salían a flote cada vez que pensaba en Antonio y lo veía. Y la estúpida sonrisa que tanto trabajo le costaba disimular cada que Antonio le sonreía o caminaba directo a él.

A este paso se confesaría por error en cuanto se despreviniera. No quería. Lovino deseaba escuchar la confesión de Antonio antes que la suya, no es que se muriera de ganas de ver esa expresión tan tímida que ponía, ni mucho menos que le parecía tan lindo verlo sonrojado. No. Él solo quería que Antonio se confesara ya que él se enamoró primero, ¿cómo decirlo? Era su responsabilidad.

Los arbustos se volvieron más espesos mientras el sol se iba quitando del cielo, cediendo el paso a la luna. Lovino tuvo pánico cuando perdió de vista por un largo rato a Antonio, no estaba seguro de que su mal sentido de orientación le ayudara a salir del bosque y los guardias nunca escucharían su excusa. Se relajó en cuanto lo vio, paseandose por los arboles de manera calmada, observando uno en especial. Mejor dicho, dos que se convertían en uno al formar un espiral con sus troncos.

— ¿Qué estás haciendo acá, Lovi? —preguntó sorprendido, reconociéndolo casi de inmediato. Las farolas comenzaban a encenderse a medida que Lovino se fue acercando a él.

—Lo mismo puedo preguntarte yo. ¿Se te perdió algo? —busco en el suelo sin saber qué. Únicamente había piedras deformes, pasto y flores creciendo alrededor de los arbustos. Un punto a los empleados de jardinería, sabían hacer el trabajo.

—No se me ha perdido nada, Lovi tontito. —rio Antonio, levantándole el rostro. Su mano señalaba el árbol enredado. —Uso ese árbol para escaparme de la escuela algunas veces.

— ¿Y así me lo dices? —preguntó frunciendo las cejas.

—Bueno, no más secretos. ¿Verdad? —sonrió, encogiéndose de hombros. —Aunque eres él único que lo conoce, Gil y Fran conocen otro más por el este y Emma uno en el sur.

— ¿Cuántos putos arboles tienes?

—Hay ciertos lugares a los que las cámaras de la escuela no alcanzan a grabar. —explicó, sentándose en el tronco. —Este es uno de ellos.

— ¿Estás pensando en escaparte por la noche? —Lovino se cruzó de brazos, insatisfecho. — ¿En época de exámenes? ¿Quieres que te expulsen, bastardo? ¿A dónde ibas?

—Oh, no. —calmó Antonio de inmediato, protegiéndose con las manos la cabeza para evitar los futuros golpes. Lovino le tuvo compasión al ver su mano aun vendada. —Solo quería ver que aún seguía siendo un sitio seguro. Ya sabes, se les da por cambiar las cámaras cada tres meses y a veces agregan más. Sabré yo de ello.

—Si lo estas revisando significa que piensas usarlo.

—Tengo un evento al cual acudir. —Antonio se encogió de hombros. Lovino refunfuñó, ¿qué era tan importante para escaparse con el riesgo de expulsión? — ¿Quieres venir conmigo?

— ¡Ni de broma! —contestó por inercia. Se sonrojo en contra de su voluntad y por la oscuridad, gracias al cielo, Antonio no pudo apreciarlo bien. —Es decir, primero dime a dónde vas.

—Será una sorpresa.

— ¿Irás con alguna mujer? —preguntó, cruzándose de brazos. A eso se refería cuando odiaba sus sentimientos, su mente le jugaba malas pasadas y le hacía darse cuenta de que era estúpidamente celoso con algo que todavía no era suyo.

— ¿A dónde? —Antonio no comprendió la pregunta, y se rascó la cabeza intentando hacerlo. —Hay muchas mujeres a donde voy… y mujercitas.

— ¿QUÉ? —Lovino pegó el brinco, asustado. ¿En qué líos se estaba metiendo Antonio? ¿Vendría alguna patrulla por él si lo descubrían? — ¡Quiero saber dónde carajos vas y quiero saberlo ahora!

Antonio se abalanzó a él en un segundo, tirándolo a espaldas contra el césped. La luz blanca de una lampara alumbró al árbol enredado, por suerte, un arbusto de al menos un metro logró cubrir sus cuerpos, uno encima del otro. Antonio encima de él, con una mano sobre su boca, observando entre las ramas. Dejó de iluminarlos luego de un rato, el guardia se marchó silbando una canción.

—No debes gritar Lovi, de eso se trata un lugar secreto. —dijo frunciendo las cejas. Lovino le dio un manotazo en la mano sana, quitándola de la boca.

—Vete a la mierda y quítate de encima. —chilló, pataleando. Rápido, lo debía aventar a un lado antes de que se diera cuenta de que su corazón latía frenético.

Antonio se quedó callado un momento, en la oscuridad sus ojos relucían de un verde brillante que se tornaba oscuro y casi peligroso cuando se inclinaba a él. Lovino se vio hipnotizado en ellos, la respiración caliente de Antonio le pegaba suavemente en los labios, y él le sonreía con toda la ternura que era capaz de poner en su rostro. Lovino se preguntaba como una sonrisa tan dulce podía juntarse con unos ojos que esperaban lanzarse a su presa.

—Lovi. —Antonio se atragantó con su saliva al sentir la mano del italiano posarse en su mejilla, acariciándola con suavidad. — ¿Qué haces?

— ¿Vas a besarme o-?

Antonio no esperó a que completara su comentario sarcástico de siempre, como si le hubiesen prendido una mecha se disparó a los labios de Lovino.

Sintió una descarga eléctrica pasar del cuerpo de Antonio al suyo. Era una sacudida tan intensa y agradable que le provocaba un cosquilleó en el estómago. Los labios de Antonio se movían con gentileza entre los suyos, separándose entre momentos donde depositaba besos más pequeños en ellos. El bastardo para su desgracia besaba increíblemente bien. Atrapó de nuevo sus labios cuando intento reprocharle alguna pobre excusa, el inferior fue mordido con suavidad, logrando incrementar los colores de su rostro.

Estaba bien atrapado entre el cuerpo de Antonio por lo que no podía echarlo a un lado sin romper el ambiente. Fue al final Antonio quien se separó, contemplándolo con sus dos orbes centellantes, llenas de amor.

—No puedo creerlo, Lovi. —murmuró, pegando su frente a la suya. Su felicidad se podía palpar. —Tú, tú me has dicho que te bese.

— ¡S-Solo era una provocación, imbécil! —gritó, importándole muy poco si uno o veinte guardias lo escuchaban. ¡Estaba avergonzado, joder! — ¡No esperé que lo hicieras!

—Eres un mal mentiroso. —dijo Antonio, sonriéndole. Mierda, ¿por qué carajo debían conocerse tan bien? —Si dices eso no volveré a besarte.

—Pues no lo hagas. —rechistó, apartando su mirada. Lovino movió una de sus piernas al tiempo en que apretaba los puños de sus manos, demasiado nervioso, demasiado expuesto a Antonio incluso para ser él.

—Lo volveré a hacer incluso si me dices todas las mentiras del mundo. —continuó, acariciándole ahora él la mejilla. —Lo haría incluso si dices todas las verdades.

— ¡Deja de decir estupideces! —refunfuñó, poniendo una mano en su pecho, dispuesto a apartarlo e irse corriendo de ahí.

Antonio tomó la mano que se encontraba en su pecho, entrelazando sus manos con las de su amigo de infancia. Aunque ahora eso no importaba. Estaba con la persona que amaba y era lo único que podía ver ahora. Lovino le intentó ocultar el rostro, y él agachó el propio para buscarle de nuevo la boca. Sabía que no debía ser tan apasionado, Lovi podría asustarse, salir corriendo y no volver a hablar del tema nunca más.

Sin embargo, Antonio ya no estaba seguro de poder desprenderse de él.

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Kiku se quedó parado un buen rato delante de la habitación de Arthur, era muy temprano, apenas las cinco de la mañana. Sin embargo, los pequeños ruidos dentro de la habitación le decían que su amigo ya estaba despierto, arreglándose para un nuevo día en la escuela. Arthur era sin duda un chico increíble, con la capacidad de hacer todo lo que se proponía. Kiku lo admiraba mucho.

Y aun así lo estaba defraudando. Sin hacer el menor ruido se dejó resbalar por la puerta, con la espalda pegada a ella, abrazando sus rodillas cuando estuvo en el suelo. Era un mal amigo, el peor.

—Ni siquiera pude estar cuando enfermaste, Arthur-san. —murmuró revolviendo sus cabellos. —Lo siento mucho, lo siento mucho, Arthur-san.

No hace mucho ambos eran como uña y mugre, comiendo el almuerzo juntos, platicando sobre trivialidades del día a día. Extrañaba esos días en el primer año de Arthur, si Kiku jalaba para un lado Arthur lo seguía sin pensarlo y en viceversa. Las horas en el despacho de Arthur cuando tomó parte del Comité, estudiando, debatiendo sobre como imponer disciplina en los estudiantes para que respetaran las reglas. Por supuesto, Scott no lo sabía, la razón por la que al final Arthur acepto fue porque Kiku se lo pidió. Y ahora tenían responsabilidades distintas, Arthur siendo el presidente del Comité Disciplinario y Kiku el presidente de la generación de tercer grado.

Apenas pudo enterarse de que Alfred se le confesó, y aunque deseaba pasar tiempo con él, de la nada ya se veía con Feliciano y Ludwig, a los cuales también quería muchísimo. Sabía que siempre podía ir con Arthur, por más ocupado que estuviera él lo escucharía, le contaría un montón de cosas y tomarían una buena taza de té. Pero ya no podía verlo a la cara.

Quería culpar a Iván por todo, no obstante, él no le estaba impidiendo contarle a Arthur. Y sí Kiku cedía a entregarle correspondencia a Yao, todo estaría bien. Iván renunciaría al puesto, y nada aseguraba que Yao leyera las cartas, podía tirarlas. Faltaba poco para terminar Gakuen, Yao prometió que no volvería a ver a los Branginski y se olvidarían de todo.

Pero de nuevo la espina en su cabeza crecía un poco, convirtiéndose en una enredadera, en un ¿y sí…?

¿Y sí Yao sí leía las cartas? ¿Y sí se enamoraba de Iván también? ¿Y sí incluso Yao tirará las cartas que pasaría con las personas que dejaba atrás después de irse de Gakuen? ¿Y sí Iván seguía metiéndose con Arthur como venganza? ¿Y sí involucraba a Ludwig y Feliciano tal como lo prometió? Y sí, y sí, y sí… las preguntas seguían apareciendo una a una en su cabeza, cuestionándose miles de probabilidades, él por qué estaba pasando eso.

Sintió su cuerpo despegarse de la puerta, y al estar tan metido en sus pensamientos no pudo detener el impacto de la caída.

— ¡Kiku! —gritó Arthur, arriba de él, parpadeando sorprendido. Un cojín le pego en la parte de la nuca, cortesía de Lovino. — ¿Te encuentras bien?

—L-Lo lamento, Arthur-san. —con ayuda del inglés se fue levantando, sacudiéndose el uniforme recién arreglado.

— ¿Ha pasado algo? Es inusual que estés aquí a primera hora de la mañana.

—He pensado que no hemos pasado mucho tiempo juntos ya, Arthur-san. —confesó con una diminuta sonrisa. Odiaba ser hipócrita con Arthur. —Creí que era buen momento, ¿lo estoy importunando?

— ¡Claro que no! —negó con ambas manos, feliz de escuchar a su mejor amigo decir eso. —Tengo muchas cosas que contarte.

—Me encantará escucharlas.

Emprendieron marcha al estudio de Arthur, sosteniendo el maletín de cada uno en el lado derecho, como era de costumbre. Arthur comenzó a hablarle sobre la comida que preparaba para él y Lovino, y de cómo su compañero de habitación lo malgastaba dándole probadas al Bad Friends Trio.

—Quizás deba hacer más raciones. —comentó Kiku, preocupado por la salud de Arthur. Comer bien significaba que estuviera con fuerzas todo el día.

— ¡Claro que no! Esos idiotas pueden comprar comida en la cafetería. —bufó Arthur, cruzándose de brazos. Kiku sonrió ante su desplante. —Lo que me sorprende un poco es que hayas decidido dejarlas en la cafetería en vez de entregármelas personalmente.

Kiku buscó algo en el suelo, evitando la mirada acomplejada del inglés. —Lo siento, Arthur-san. He estado atendiendo otros asuntos.

—Lo sé, debes estar ocupado preparándote para las futuras pruebas de la universidad de Gakuen. —dijo aclarando la garganta, realmente esperaba otra respuesta por parte de Kiku. ¿Por qué comenzaba a sentirse incomodo el ambiente? —Scott esta como loco estudiando para todo, déjame decirte que su fuerte no es el francés, lo odia tanto como yo.

Kiku se quedó seco. Lo había olvidado por completo, no… ni siquiera pensó en decirle a Arthur que no tomaría las pruebas para la universidad, quería estar lo más lejos de Iván de ser posible, por eso decidió de pronto irse a estudiar a su país natal. El aire frío de la mañana erizó sus vellitos de la nuca, estremeciéndolo de pies a cabeza; delante de él Arthur lo observaba preocupado, preguntándole que iba mal.

—Y-Yo… Arthur-san. —murmuró, con la mano en la boca. Después de todo ambos planearon a finales del año anterior que irían a Gakuen a estudiar juntos.

— ¿Te duele algo, Kiku?

—Quizás la conciencia le pesa. —comentó una voz detrás de ellos. Lejos de que la mente le pesara a Kiku, esta se le congelo por completo. —Kolkol.

— ¿Qué haces levantado tan temprano? —gruñó Arthur, retrocediendo algunos pasos. —Las clases inician en una hora.

—Soy el futuro presidente de la escuela, mi padre dice que no puedo estar holgazaneando. —comentó Iván, poniendo el brazo alrededor de los hombros de Kiku, sonriéndole ampliamente. El japonés se contrajo en el abrazo, buscando una manera de escapar.

— ¿Kiku? —llamó Arthur, extrañado de que no lo hubiese apartado.

—Estaba escuchando que Scott irá a la universidad de Gakuen. —continuó Iván, soltando al japonés, avanzó hasta Arthur poniéndose a su lado. Él se alejó otro poquito a la izquierda, evitando contacto. — ¿Tú también no, Kiku? Kolkol. No irás a desaparecer con Yao, ¿verdad?

Arthur se fijó en su amigo, estaba en una lucha interna con él mismo, debatiéndose si poner o no a Iván en su lugar por tremenda falta de respeto. Él quería mucho a Kiku, de ser posible intervendría lo más rápido que pudiera para ayudar a su mejor amigo, sin embargo, deseaba escuchar la respuesta con tantas ganas como Iván.

—Yo…

—Robarles el puesto de la presidencia no creo que sea suficiente. —comentó Iván, interrumpiendo a Kiku. Él alzó su mirada, esperando a que no fuera lo que estaba pensando. —Una vez que lo tenga supongo que debo replantearme algunas cosas del antiguo director. ¿No lo crees, Arthur?

— ¿A qué te refieres con eso?

— ¿Debería exterminar a tus gemelos heroicos? —preguntó con un tono asquerosamente dulce. Arthur dio un paso a él, sin saber que decir. —Escuché que debieron ser expulsados antes, pero tuvieron tu apoyo. Una vez que ya no estés estorbando podré hacer y deshacer en esta escuela, ¿no?

— ¿Por qué estás haciendo esto? —alterado, Arthur dejó caer su portafolio en el suelo, halando de la gabardina color crema a Iván. Él pareció tomarse la pregunta enserio pues lo medito un largo rato, hasta finalmente llegar a una respuesta.

—Es divertido. ¿No es así, Kiku? —se volvió a él, tranquilamente, perforándolo con esos ojos violeta. —Además, creí haberte dicho que cuidaras con quien te juntabas, Arthur.

—De nuevo con eso… ¿qué es lo que tratas de decir?

— ¿Por qué no le dices tú, Kiku? —Iván apartó suavemente las manos de Arthur sobre su gabardina y sacó un nuevo sobre de uno de sus bolsillos, entregándoselo con suma calma a Kiku. —Asegúrate de que llegue a su correspondencia esta vez. Dah.

—Qué…

— ¡No lo haré! —gritó Kiku, poniéndose lo más firme, haciendo bolita la carta entregada y aventándosela justo en la cara. — ¡Pase lo que pase, me odie quién me odie, no dejaré que Yao-san se enamoré de un sujeto como usted!

— ¿Qué está pasando? —preguntó Arthur, después de un silencio prolongado. Iván lo taladraba con la mirada, murmurando cosas indescifrables para sí mismo.

— ¿Incluso aunque consiga echar al americano? —habló el ruso, en un tono tan ácido que parecían estar viendo a una persona completamente distinta. — ¿No sabes que los amigos se protegen? ¿No eres un buen amigo? A las personas malas les va mal por la vida.

Kiku tiritó al momento en que Arthur comenzó a enlazar la conversación con todo lo que pasó desde que Iván ingresó. Parecía que en cualquier momento le daría un ataque, ojalá que se desquitara con él, que le reprochará, incluso no estaría mal que le diera un golpe; lo tenía merecido, por su orgullo que hasta pondría la otra mejilla.

—El único mal amigo es usted, Iván-san. —continuó Kiku sin dar su brazo a torcer. —Cree que haciendo toda esta clase de actos infantiles podrá llegar hasta mi hermano, no obstante, solo está alejando su corazón de usted.

Iván volvió a sonreír, esta vez mostrando sus dientes, tan apretados que rechinaban cada vez que se movían. Cualquiera diría que realmente estaba feliz, excepto los que estaban frente a él, dispuestos a esperar cualquier cosa. Kiku no cedió, a pesar de que prefería salir corriendo, Arthur lo observaba todavía, sin decir ninguna palabra; y eso le angustiaba mucho más.

—Gracias a ti, Arthur tiene muchas heridas en su cuerpo. —dijo Iván, en un tono tan tenue que incluso inclinado sobre su oído le costó mucho entender sus palabras. — ¿Sabes lo que ha hecho su hermano desde que me inmiscuí en esto gracias a ti?

— ¿A qué se refiere? —cuestionó Kiku, esperando de verdad no escuchar la respuesta.

— ¿Qué le estás diciendo a Kiku? —refunfuñó Arthur, saliendo de su trance y corriendo para acercarse a ellos.

—Debería unirme la próxima vez que vea a Scott destrozarle los dientes. —con una risilla dulce se separó, encogiéndose de hombros al ver a Arthur y dándose media vuelta para avanzar.

Arthur deseaba respuestas, a objeción de ello, Kiku las necesitaba primero.

Caminaron en silencio un largo rato, luego de que Arthur comprendiera que Kiku no hablaría hasta que llegaran al despacho, donde habría más privacidad, aunque a decir verdad a excepción de Iván y los vigilantes no había nadie rondando por la escuela, ni siquiera los profesores. Al llegar lo primero que hizo el japonés fue mantener la calma todo lo posible, si bien era conocido por siempre estar tranquilo, le era bastante difícil luego de lo dicho por Iván.

—Arthur-san.

— ¿Cuál es el problema entre tú e Iván? —preguntó antes, dejando su maletín en el escritorio. — ¿Está enamorado de Yao?

—Déjeme tomar la palabra primero. —pidió en el tono más serio que tenía. El rubio se encogió en sus hombros, sin saber cómo reaccionar. Al ver que no lo interrumpiría de nuevo, prosiguió. — ¿Por qué tiene heridas en el cuerpo?

Al inglés se le abrieron los ojos más de la cuenta, e intento toser para disimular la sorpresa. No deseaba que Kiku se enterará, donde fueran Alfred o Antonio quienes abrieron la boca, él mismo se encargaría de cocerlas con hilo de cáñamo para que jamás pudieran volver a hablar. Aunque eso significará no poder besar a su novio.

—Me he caído.

—No lo ha hecho. —corrigió serenándose, no le gustaba que le mintieran, mucho menos Arthur. — ¿Qué le ha hecho Scott-san?

— ¿Cómo-?

—Iván me lo murmuró en el oído. —confesó. —Y por su reacción es obvio que es cierto. ¿Por qué lo ha hecho? ¿Por qué usted no me ha dicho nada, Arthur-san?

—Espera, Kiku-

— ¡Todo esto es mi culpa! —gritó al final, arañándose las rodillas por encima de la ropa. Su cabeza agachada le impedía a Arthur ver sus ojos, pero él era consciente de que su amigo estaría llorando por dentro.

—Eso no es verdad, Kiku. —Arthur se acercó con cautela, esperando no ser rechazado. Dolería demasiado si pasara. —Lo que haga o deje de hacer Scott, nunca será tu culpa.

—Si tan solo…—farfulló. —Hubiese aceptado lo que me pedía.

— ¿De qué hablas?

—No se preocupe, Arthur-san. —de repente Kiku volvió a estar sereno, una calma tan fría que le provocaba terror a Arthur. —Me encargaré de todo, usted no perderá el puesto del Comité y Scott no volverá a meterse con usted.

—Kiku, ¿qué dices?

Arthur estaba perdido en la conversación, lograba entender solo las partes esenciales e intentaba unir las piezas del rompecabezas con la conversación anterior de Iván. Aun así, le faltaba mucho por entender, y Kiku estaba bloqueando sus preguntas con declaraciones que no tenían ningún sentido.

—Tomemos una taza de té, Arthur-san. —dijo al final, sosteniéndole una sonrisa horriblemente fingida. —Y planeemos una estrategia para ganar las elecciones de manera justa.

Sin comprender muy bien todavía, Arthur simplemente le siguió la corriente.

—.—.—.—.—

Lovino no paró de beber el té de frambuesa hasta terminarlo por completo, acto seguido pidió otro. Antonio estaba frente a él, observándolo con adoración infinita. Luego de aquella escena en el árbol enredado (la cual no podía recordar sin que sus orejas se encendieran) Lovino cortó la pronta declaración que Antonio iba a darle. No estaba preparado y al parecer su amigo se dio cuenta a tiempo y dejó de incomodarlo.

Deseó poder ver a Govert y contarle, sin detalles por supuesto, pero el bastardo traidor decidió que debía ir con Scott de nuevo.

—Lovi, no estés así conmigo. —comentó Antonio, dejando su taza de leche en la mesa. —Quiero que me hables como normalmente lo haces.

¿Dónde estaba su té cuando lo necesitaba?

—Ya. —cortó evitándole la mirada. ¿Qué esperaba? ¿Qué gritara a los cuatro vientos que se gustaban mutuamente? ¿Y tener un montón de crías lloronas detrás diciéndole que por su culpa Antonio se volvió gay? ¡No, gracias!

— ¿Tan malo soy besando? —preguntó tímido. Lovino quiso que la tierra se lo tragara cuando se atraganto con la saliva.

— ¡No digas eso tan alto, idiota! —reprendió. — ¿Quieres que todos escuchen, o qué?

—No tengo problema. —se encogió de hombros, sonriéndole. —Fran y Gilbo ya lo saben.

— ¿Qué?

—Fran lloro un poquito por algo de mi cuerpo, no entendí muy bien. —rascó su mejilla, rememorando. Francis había llorado que el cuerpo de Antonio ya no le pertenecía más. —Y Gilbo me dio esto. —sacó una tarjeta de la bolsa delantera en su portafolio, tendiéndosela a Lovino. —Aunque creo que es muy pronto.

— ¡QUITA ESA PUTA MIERDA DE MI VISTA! —tronó completamente rojo. La mesera que llevaba su té giró sobre sus talones, directo a la cocina de nuevo. Antonio metió tan rápido la tarjeta como sus manos le permitieron.

Una tarjeta de hotel. Sí, el bastardo patata se había vengado muy bien de él por quitarle su lugar junto a Antonio a la hora de dormir.

—No te digo que la utilicemos ahora. —murmuró Antonio, bajito. —Falta mucho antes de eso, Lovi. Yo no te quiero por tu cuerpo. —aseguró.

Lovino Vargas dejó caer sus codos sobre la mesa, recargando la cabeza en sus manos cruzadas. Suspiró con fuerza, intentando guardarse las ganas de patear a Antonio hasta que su culo se deformara. ¿De verdad lo quería como novio? Se fijó en él, lleno de cansancio. Antonio lo miraba sin comprender el porqué de su mal humor; seguro se estaba preguntando si deseaba ocupar el hotel tan pronto.

Si Alfred y él tuvieran una competencia, seguro quedaría en un empate.

—Ya que no me quieres por mi… por eso. —corrigió, indispuesto a repetir lo mismo. —Me queda muy claro, no tienes que decirlo.

Antonio suspiró aliviado. —Pensé que te habías hecho ideas raras en la cabeza, Lovi, no medí la intensidad del beso y casi estaba seguro de que no volverías a hablar del tema. —aunque rio al decir lo último, sus ojos no reían. De verdad pensó en ello como la posibilidad más alta.

— ¿Estás seguro de esto? —preguntó lo más franco que pudo. Si él decía que no, le rompería el corazón en mil pedazos y no tenía la seguridad de poder volverlo a ensamblar. — ¿Me quieres a como pareja?

—Claro que sí, Lovi. ¿A quién más querría? —reafirmó, ladeando la cabeza.

Feliciano y Emma le cruzaron en un santiamén la cabeza. Ellos dos era más amable, más abiertos y mucho más amorosos que él. ¿Por qué razón lo quería a él y no a uno de esos dos? Incluso Francis, con sus manoseos y todo, le veía más oportunidad. Deseaba saber, conocer el motivo de que lo hizo enamorarse de una persona tan simple, tan gruñona y con poco atractivo.

—Puedes escoger a quien quieras de la escuela. —murmuró, volteándose a un lado. La camarera que antes le trajo su té estaba siendo reprendida por su jefe al no querer pararse en la mesa de Lovino de nuevo. —O de afuera, ¿por qué yo?

—Lovi no lo hagas. —cortó Antonio, tomando su mano por encima de la mesa. El italiano sintió que de repente todas las miradas volteaban a ellos y apartó la mano, ocultándola entre la silla. —No me gusta que te menosprecies de esta forma. Tú eres maravilloso.

—Podrías elegir…

—No quiero a otra persona que no seas tú. —confesó, sin quitar su mano de encima. —Si tengo que enumerar cada razón del porque me gustas lo haré con gusto, aunque sería mejor que buscáramos un lugar más cómodo porque pienso tardarme un buen rato.

La cara de Lovino volvió a ruborizarse.

— ¿Por qué tienes la cara tan roja? —preguntó Govert, apareciendo delante de ellos. Emma por supuesto, a su lado sonreía de forma gatuna.

— ¡Te vale mierda! —gritó, aventándole una galleta a la cabeza.

Antonio refunfuñó ante la interrupción, Emma tomó asiento a su lado y Govert en el de Lovino. Este último miró incomodo a la chica, de verdad que ambos se veían jodidamente bien juntos. Tirando estrellitas por todas partes, con un fondo de algodón de azúcar, corazones revoloteando y miradas aprobatorias de todos lados. Excepto quizás de las chicas y Govert.

Él nunca tendría una escena tan bonita como esa.

—Será mi última charla con Scott. —le dijo Govert, tomando una de las galletas con forma de conejo. Lovino interpretó eso como una manera muy extraña de disculpa.

—Lo tenías que hacer a la hora que comíamos los almuerzos de Bel. —reclamó Lovino. En realidad, él estaba más concentrado en el juego de Emma y Antonio, donde apostaban galletas de conejo y la leche del español.

—Es el único rato que tengo libre.

—Sí, claro. —le dio una mirada rápida a Govert con expresión más relajada. Disculpa aceptada.

Emma se inclinó de más a Antonio, que sostenía una galleta por encima de su cabeza. Ambos parecían muy entretenidos en su juego, hasta que el peso de su cuerpo terminó de derribar a Bel encima del español. Ellos rieron ante la caída. Govert frunció la boca, y a su sorpresa, Lovino también. Se levantó en silencio, siendo seguido por la mirada de los tres y se dirigió a la salida. Antonio apartó con delicadeza a Emma, corriendo a alcanzar a Lovino.

— ¡Lovi, espérame! —gritó, poniéndose a su lado. Lovino volteó a él y por segundos puso una leve sonrisa.

Los hermanos Morgens se miraron el uno al otro, sin comprender. Y no paso mucho para que lo hicieran, pero decidieron que podían entrometerse o seguir comiendo. Ese día se acabaron las reservas de galletas de conejo en la cafetería.

—.—.—.—.—

Alfred buscó por un largo rato a Arthur al finalizar las clases, su despacho estaba bloqueado cuando fue a tutorías con Matthew y al ir a su habitación Lovino le aventó una linterna (que logró esquivar a tiempo, aunque el chico detrás de él no tuvo tanta suerte) para que se marchara. Realmente deseaba pasar mucho tiempo con él, a solas o en compañía, daba lo mismo.

Tenía mucho miedo que Scott estuviera diciendo la verdad, sobre que Arthur al final escogiera a otra persona en su vida.

—Debe estar con el director, hermano. —consoló Matthew, palmeando su espalda. —Ha requerido mucho su presencia últimamente.

—Si esta con el director, esta con el Rey de las Sombras y el villano. —murmuró, acomodándose los lentes. —Necesita un héroe que lo proteja.

—Creo que el joven Arthur puede protegerse él solo.

— ¡Ehhh! ¡Quiero ser su héroe! —chilló haciendo un berrinche. —Nunca puedo ayudarlo, comienzo a pensar que no merezco a estar a su lado.

—Hermano…

—Pensé que, si yo estaba a su lado, lo demás no importaba. —prosiguió metiendo las manos en las bolsas de su chaqueta, mirando a otro lado. — ¡Pero sí importa! Arthur la está pasando muy mal en este momento, por algo que yo causé. El Rey de las Sombras lo pisa delante de mí y yo no puedo hacer nada más que quedarme paralizado, observando.

—Alfred.

—Soy un héroe lamentable. —se hincó en el suelo, escondiendo su rostro entre las rodillas. Matthew se agachó a su lado, sobándole la espalda; no tenía palabras de aliento para él, solo quería que supiera que lo tenía a su lado.

—Lo eres, bastante. —confirmó Scott detrás de él, sosteniendo entre sus manos un enorme portafolio de dibujo. Alfred se hizo a un lado, chocando con su gemelo. —Haces bien en moverte.

— ¡No lo he olvidado! —gritó una vez que Scott estuvo pasos más adelante. El pelirrojo volteó a él, alzando una ceja. —No he olvidado lo que le has hecho a Arthur. No voy a olvidarlo nunca.

—Por supuesto que no. —Scott tomó la palabra con calma, resaltando que era mucho mejor que él. —No te dejaría olvidarlo.

Su mirada ensombreció, Alfred podía jurar que tenía un brillo rojo que le mejoraba mucho el aspecto malvado.

—Buscaré una manera de ayudarlo, ¡y te destronaré de tu reino del terror! —declaró, apuntándolo con el dedo. — ¡Derribaré al Rey de las Sombras!

— ¿No has escuchado la frase "nunca rompas el silencio si no es para mejorarlo"? —preguntó Scott, con toda la nariz fruncida y mueca de desagrado. Matthew intentó recordad a quién pertenecía esa frase.

— ¡Seguro que te lo has inventado! —recriminó Alfred.

— ¿No pones atención en sus clases? Lo ha dicho Ludwig Van-

— ¿El amigo del hermano de Robín-Lovi? —preguntó, rascándose la cabeza. —Se llama Ludwig, ¿no? —se volteó a Matthew, buscando una confirmación.

— ¡NO, MOCOSO IDIOTA! —tronó tan fuerte que incluso los estudiantes más alejados se estremecieron. Scott tardó en recobrar su compostura, tallándose el tabique de la nariz, últimamente lo repetía mucho. — Escucha, no voy a hablar contigo, por la sencilla razón de que no discuto con idiotas.

— ¡El que está discutiendo con un idiota, eres tú!

Scott imitó su gesto anterior, con más y más fuerza. Matthew busco palabras, sin embargo, no encontró alguna que pudiera defender a su hermano.

El hermano mayor de Arthur decidió entonces que no quería perder mucho más tiempo con Alfred, era mejor que él mismo se diera cuenta de su estupidez, al fin y al cabo, si no fuera por culpa de Arthur, él nunca se hubiese involucrado con alguien tan odioso como Alfred. Matthew se asomaba por el costado de su hermano, mirándolo serio, a Scott le causaba cierta gracia su intento mal hecho de intimidación.

— ¿No deberían estar empacando sus maletas? —dijo con sorna, inclinándose más en una pierna que en la otra tomando una posición más cómoda.

— ¿Eso no ya había quedado en el pasado? —preguntó Alfred, confundido. —Sé que me odias, Scott, pero al menos deberías diferenciar entre el pasado y el presente.

—No me refiero al antiguo director, pedazo de imbécil. —bramó enojado. —Si algo bueno obtuve de ustedes esa vez fue que lo destituyeran, me comenzaba a dar dolores de cabeza ese vejestorio.

—Eso significa que nos debes una. —señaló Alfred sacando la lengua de manera juguetona, guiñándole el ojo y alzando el dedo anular.

—A menos que sea hacerte otro agujero en tu cuerpo, no me interesa saberlo.

— ¡Uy! —exclamó Alfred, cohibiéndose ante la respuesta de Scott. —Dudo que consigas una buena novia con esa actitud. —la cara de Scott en ese instante se tornó del mismo color que su cabello, tan roja de furia que Matthew hubiese agradecido que su hermano no siguiera hablando. —Ni siquiera por un buen contrato o millones de dólares un padre te entregaría a su hija en compromiso.

— ¿Qué me estás diciendo, freak imbécil? —gruñó deseando estrellarle el portafolio en la cabeza. —Tengo mejores cosas que hacer que concentrarme en una mujer. ¿Crees que soy el idiota de Arthur? No pajareó con estupideces como el amor, el estudio es lo que me sacará adelante.

— ¿Sigues estudiando? —preguntó, sorprendido. Scott por segundos pensó que se estaba burlando de él, sin embargo, no tardo en captar que la pregunta era enserio. —Pero ¿por qué si ya vamos a salir de vacaciones?

—Hermano, estamos en exámenes finales la siguiente semana.

— ¡Eso ya lo sé! —aseguró Alfred, volteándose a su gemelo, llenó de ofensa. —Arthur no ha parado de repetir para que este día y noche pegado a un libro.

—Al menos eso hace bien.

—Mi padre dice que la vida no solo se trata de estudio.

—Y ahora es un empleado de gobierno. —bufó Scott, contratacando. Alfred comenzó a molestarse. —Además, si dice que la vida no se trata de estudio ¿por qué meterte en una escuela de alto prestigio académico? Vaya ironía, ¿no?

—Solo quería que pasará más tiempo con Matthew. —rezongó clavando sus ojos azules en los verdes de Scott. Matthew estaba pensando que sería buen momento en comenzar a intervenir. —Le recomendaron este lugar es todo.

—Y vaya que pasas tiempo con él. Pretendiendo a mi hermano, tomando sus ratos libres y los que no lo son. Debe ser agradable estar con tu hermano, por supuesto. —el tono de voz en Scott comenzaba a calentarle la sangre a Alfred. Él no era un chico que peleará, probablemente le ganaría Scott de ser así, no obstante, sus cejas se comenzaron a fruncir recordando todas las acciones del hermano mayor de Arthur desde que lo conoció hasta lo más reciente. — E incluso si es verdad, pudo escoger un montón de orfanatos diferentes.

—Das muchos rodeos a las cosas, Rey de las Sombras. —una sonrisa nada modesta apareció en la boca de Alfred. — ¿No es mejor llegar al punto? ¿Dirás algo doloroso como que mi padre quería alejar a Matthew de ella?

Alfred estaba nervioso, no lo negaría, balanceaba un pie de un lado a otro en busca de la mejor forma para salir corriendo del lugar. No sabía cuánto tiempo más podía seguirle la corriente, tal como Antonio le aconsejó, y cuanto más Scott dejaría que él se estuviera saliendo con la suya.

—Tienes mucha confianza desde que sales con Arthur, mocoso. —reprendió.

—Él prefiere que yo esté a su lado. —sostuvo, con los nervios a flor de piel y el hormigueo constante que le recorría de las manos hasta el brazo. Sacó una paleta que casi se le cae a causa del leve temblor, Scott no lo notó por lo furioso que se estaba poniendo, pero Matthew sí. Alfred estaba mostrando su valor de héroe, y este mismo se quería ir tan rápido como llegó. —Y creo que yo también prefiero que este a mi lado, en vez del tuyo. A-Ahora vámonos, Matthew. Tenemos cosas que hacer.

—Espera, hermano. —paro Matthew, acercándose a Scott. Alfred pasó nervioso de un lado a otro la paleta que traía en la boca, que su gemelo se acercara a Scott de esa manera tan despreocupada le ponía los nervios de punta. El hermano mayor de Arthur gruñó al verlo acercarse. —Tome esto, joven Scott. —le tendió una tarjeta, la cual Scott ni se molestó en tomar. —Es de un psiquiatra muy bueno, puede que lo ayude con esos arranques de violencia que tiene.

— ¡¿QUÉ?!

Bien, hora de marcharse. Alfred tomó lo más rápido que pudo a su hermano gemelo y salió a toda velocidad del parámetro de Scott.

—.—.—.—.—

Antonio metió a Lovino a su habitación, sosteniendo una película en sus manos. Lovino puso los ojos en blanco, de verdad que era muy idiota o seguía por alguna estúpida razón los consejos de Francis y Gilbert. Encontró a ambos en la habitación de él, sonriéndoles pícaramente. Sí que sabían, y mucho más de lo deseado.

—Aunque me encantaría tener el sudor de ambos sobre mi cama, odio el olor cuando terminan. —reveló Francis, agitando la poca agua que quedaba en su botella. Lovino no entendió, aunque tampoco tuvo la intención de hacerlo, algo le decía que el imbécil estaba siendo morboso.

— ¿Cuál trajiste, Toño? —preguntó Gilbert, metiéndose más papas a la boca. Una patata comiendo patatas, podría demandarlo por comerse a sus parientes.

Spider-Man. Alfred me la ha prestado con la condición de que olvidara mi paraguas. —sonrió de oreja a oreja. Ojalá Lovino supiera a que se refería con eso.

—Nunca ganan las de romance. —suspiró Francis.

—Viejo, las que nunca ganan son las porno. —desmintió Gilbert, echándose atrás. Lovino se sonrojó al escucharlo, rogándole a Dios que si un día ganaban esas películas que a Antonio no se le ocurriera invitarlo.

El español puso la película en el Blue-Ray, prendiendo la pantalla en el proceso. Lovino se situó en la manta, debajo de la cobija; Francis y Gilbert se subieron a la cama, aunque Gilbert no paro de tirar indirectas a ellos dos. Antonio no tardó en posarse a su lado, pegando su hombro con el suyo. Se concentró lo más que pudo en la película, y no en la persona que lo ponía tan nervioso y que estaba a su lado. En un momento pensó que Peter no merecía esos poderes al tratar tan mal a su abuelo.

Bueno, aunque a decir verdad él no era mejor.

Sintió la mano de Antonio caminar lentamente hasta ponerla encima de la suya. Él le dio una mirada rápida y le sonrió, pidiéndole con la otra mano que guardara silencio. Se estaba tomando muchas libertades con él, mira que atreverse a demandarle silencio. Lovino gruñó, pellizcando su mano. Antonio hizo un ruidito, pero no la despegó.

Antonio quería recargarse en su hombro y darle una que otra vez otro beso. Se limitaba porque no quería asustarlo, y mucho menos empalagarlo o incomodar a sus amigos. Debía abstenerse de muchas cosas en lo que todos se acostumbraban, mucho más Lovino; el paso más difícil estaba dado, y los dos lo dieron al mismo tiempo así que lo ponía inmensamente feliz. Reía sin querer, y una de sus risas se escapó en el ataque de la tía May. Lovino, Gilbert y Francis sé le quedaron viendo un poco asustados de que se riera en semejante escena.

Terminó la película y Lovino le apartó la mano, fingiendo que tomaba su botella de agua.

—Iré a dormir. —anunció Gilbert, estirándose. —Mi compañero de habitación no es tan amable, me cerró la puerta la última vez que no llegué al toque.

—Con razón te encontramos tendido a media habitación, abrazando la frazada de Fran. —recordó Antonio. Lovino rio con burla dirigida a Gilbert.

— ¡Solo fue una vez! —gritó sonrojado.

—Ya, ya. También tengo sueño, no he tomado mi siesta de belleza debido a las horas de estudio de los exámenes. —Francis se tiró en su cama, relajando su cuerpo.

— No estás flojeando, ¿verdad? —preguntó Lovino a Antonio. Él negó frenético con la cabeza. —Más te vale, bastardo.

—Te acompaño hasta tu habitación.

—Está, literalmente, a tres habitaciones de aquí. —gruñó Lovino, con un tic en la ceja. —Puedo caminar por mí mismo, imbécil.

—Solo quiere cuidar a su novio. —bostezó Francis. —Pero tiene razón, Toño. No quiero que me despiertes cuando habrás la puerta de nuevo.

—Yo veré que se vaya. —dijo Gilbert, apresurándose a sacar a Lovino a base de empujones. —Tú no te preocupes, no te podrá engañar mientras tengas a mi asombroso ser como vigilante.

— ¡No pienso engañar a nadie! —le gritó Lovino, pateando su espinilla. Antonio sonrió con cariño, despidiéndose de él con la mano. Al fin un poco de su vida estaba mejorando.

Gilbert cerró la puerta detrás de él, sobándose la parte pateada. Le hizo una seña a Lovino con dos dedos, indicándole que lo miraba. El italiano negó con la cabeza y con los ojos en el techo, dando media vuelta se dirigió a su habitación, ignorando al alemán.

—O-Oye. —llamó, rascándose su albino cabello. Lovino se volteó un poco, el pasillo estaba vacío por lo que se dirigía a él. — ¿Cómo decirlo…?

—Solo dilo, me quiero ir a dormir, estúpida patata.

—Gracias por no romperle el corazón a Antonio. —rascó su mejilla, incomodo. Seguro prefería morder un ladrillo a darle las gracias por algo.

—Suena a que estoy con él por lastima. —bufó Lovino. —Y no es así.

—Aun así, estoy seguro de que Francis también está feliz y te lo agradece. —se dio media vuelta, tieso. Lovino lo observó hasta que se metió en su habitación.

Tal vez él no era el único que se preguntaba porque fue elegido por el otro.

—.—.—.—.—

Kiku se encontró divagando mientras Feliciano contaba una animada historia sobre una chica hermosa a la que invitó a salir la tarde pasada. Desde la ocasión con Iván, pasaron tres largos e interminables días donde debía fingir que todo estaba bien. A su suerte Arthur se encontraba muy ocupado estudiando para la prueba que tendría al inicio de vacaciones, e intentando desarrollar la idea que se los ocurrió mientras tomaban el té. La cual sin duda desagradaría a Scott, pero dado el porcentaje que tenían en contra peor era hacer nada.

Vee~ Kiku, ¿estás escuchándome? —preguntó Feliciano, zarandeándolo. Ludwig lo miraba enfrente, con un panque de moras en la mano y semblante preocupado al igual que el italiano. — ¿Te pasa algo?

— ¿Eh? —sus ojos vacilaron un momento, debatiéndose en decirles o no. Al final optó por la respuesta de siempre. —No ocurre nada, Feliciano-kun, es solo que se avecinan las vacaciones y probablemente mi padre de nuevo no pueda estar en ese periodo de tiempo.

— ¡Ehhh! —exclamó apachurrado. Feliciano se compadecía de él, si realmente supiera que por su culpa su mejor amigo estaba siendo cortado en pedazos y él no hacía nada para impedirlo, quizás no volvería a hablarle.

— ¿Estás seguro de que es eso? —preguntó Ludwig, sin morder su panque todavía. Kiku se sintió todavía peor al hacer al alemán preocuparse por él, era claro que solo ponía esa cara cuando algo en verdad le preocupaba.

Kiku no se sentía con el valor de que sus otros dos mejores amigos en el mundo pusieran esa cara por él.

—Sabes que puedes contarnos lo que quieras, Kiku. —palmeó alegremente Feliciano su espalda. El japonés pasó suficiente tiempo con él para darse cuenta de que quería suavizar la tensión formada en el ambiente. —No tienes por qué estar tú solo.

—Feliciano tiene razón. —secundó Ludwig. —Somos…—tosió un poco al momento que sus mejillas se coloraban suavemente. —somos tus amigos.

Vee~! ¡Ludy me ha dado la razón!

— ¡Dije que basta con ese apodo ridículo! —gritó el otro mucho más rojo. Feliciano revoloteó a su lado, balbuceando vee's y Ludy's por el aire.

Lo pensó por un momento al ver a sus amigos jugar de aquella forma en la que cualquiera pensaría que se estaban peleando. Necesitaba un consejo urgente, deseaba que alguien viniera a él y le ordenará decirle de una vez por todas a Iván, salvar a Arthur, pedirle disculpas y seguirle cocinando todos los días. Si no fuera porque amaba a Yao, porque no quería a una persona tan toxica como Iván a su lado. Si Yao sufría a causa de esa relación, sería su culpa. Si Yao lloraba sería su culpa.

— ¡Kiku! —reprochó otra vez Feliciano, más preocupado que la primera. — ¿De verdad no quieres decírnoslo?

Una parte de Kiku se alegró, su amigo no era tan crédulo como los demás pensaban, él sabía leer a las personas mejor que nadie. Debía ser porque tenía de hermano a Lovino, indudablemente le costó demasiado que se abriera a él en el pasado. Y claro, Ludwig ayudaba mucho a mejorar sus habilidades.

Su lema siempre fue tomar las medidas necesarias. Ahora, que ellos todavía no se veían directamente involucrados todavía con Iván, era mejor que lo supieran; así decidirían si era mejor quedarse a su lado o no. Y comenzó, lento, con el primer pedimento de Iván, la primera carta, el primer número de Yao. Feliciano y Ludwig lo miraron durante toda la conversación, sin comer ningún pastel, solo algunas veces tomaron sorbos del té, queriendo analizar lo que les decía. Escucharon incluso cuando les dijo que podía meterse con ellos, al contarles sobre su culpa de los golpes que rodeaban el cuerpo de Arthur y su tan mala relación con Scott. Sus posibilidades con Yao y su temor a que este tuviera una mala relación en el futuro.

Al decirlo también sintió un peso menos en sus hombros, un peso que ahora se dividía en tres personas. Reflexionó de igual forma en lo que debía hacer, y a su mente llegó la idea que más temía, que fue secundada por Ludwig como mejor opción y terciada por Feliciano.

Quizás… lo mejor que podía hacer ahora era aceptar la propuesta de Iván.

—.—.—.—.—

Arthur siguió a Lovino y Antonio quienes buscaban escabullirse en plena mañana entre los pocos guardias. Con buena suerte encontraría el sitio del español de una buena vez por todas, Antonio tenía tomado de la mano a Lovino, evitando que se quedara mucho tiempo atrás. En más de una ocasión estuvo a punto de ser descubierto por él, supuso que si no llevará al italiano con él ya le hubiera perdido la pista desde hace dos edificios.

Llegaron por detrás de los jardines, un lugar muy apartado donde vigilaban pocos guardias, ya que estaba cerca del edificio donde habitaban los profesores. Dos árboles enredaban sus troncos en forma de espiral, formando una pequeña escalera que era muy fácil de montar si la suela de tus zapatos no era resbaladiza. Lovino pareció en desacuerdo sobre subir a él, al parecer no tenía mucha curia de saber a qué lugar le llevaría Antonio.

—Deténganse ahí. —apareció, quitándose ramitas del hombro. Antonio y Lovino se quedaron congelados en su lugar, observándolo en completo silencio. —No hagan ningún movimiento a menos que deseen un castigo más prolongado.

Como si fuera el detonante Lovino subió lo más rápido que pudo al árbol, con ayuda de Antonio por supuesto, dándose un buen golpe en la quijada cuando resbaló. Antonio lo siguió, haciendo uso de su experiencia, dio un solo brinco entre escalón y escalón, superando a su querido Lovino; seguro que quería estar del otro lado antes de que Lovino saltara.

Arthur no pensó en lo que sus acciones llevarían más adelante, ni que después de su escapada para estudiar por la noche aquella vez detrás de la biblioteca esta era la segunda vez que se saltaba una regla radical de la escuela, que ameritaba expulsión. Lovino pegó un brinco al verlo escalar, y lo más presuroso que pudo se dejó caer del otro lado, siendo sostenido por Antonio, claro está. Al llegar al barandal, Arthur pudo ver porque Antonio escogió ese lugar entre tantos otros; el árbol cubría todo el panorama de la escuela, por lo que nadie podría verlos, pero, además el punto donde saltaban era la parte de en medio del muro, había como diez metros o más de extremo a extremo para llegar a las esquinas donde estaban grabando las cámaras, seguro aquel era su punto ciego. Y, aunque no lo fuera, una calle se habría justo delante, en la cual quien quiera que se escapara podía perderse y nunca ser atrapado.

El español parecía todo un príncipe idiota, pero era bastante astuto, a decir verdad.

— ¿Vas a bajar con nosotros o no, Arthur? —preguntó Antonio, extendiéndole sus brazos en la acera de la calle.

— ¡Qué mierda, Antonio! —secundó Lovino mirando a todos lados. — ¡Déjalo ahí y larguémonos de una vez!

—Vamos, Lovi, no pensé que Arthur aceptará brincar el muro. Le traería muchos problemas si llega de la nada por la puerta principal. —seguro se estaba refiriendo a Scott, después de todo Antonio conocía sus heridas, él mismo tenía una en el rostro.

—Siempre puedo volver. —se quejó Arthur.

— ¡Pues que jodidos esperas!

—Es hora de que pase el vigilante, no creo que sea conveniente. —un mohín apareció en el rostro del moreno, luego miró las cámaras esperando algo. —Y las cámaras no tardaran en volver a enfocar de este lado.

— ¿Le has hecho algo a las cámaras? —preguntó enojado.

— ¡No! —sus manos que lo estaban esperando para bajarlo, se pusieron enfrente de su pecho, tratando de quitarse la culpa. —Es sólo que apuntan más a las esquinas, y en cierto tiempo giran para acá. Así que anda, faltan como dos minutos para que vean que el presidente del Comité Disciplinario se está escapando de la escuela.

Arthur sintió el nerviosismo apoderarse de él, por un lado, podría regresar y decirle al guardia que solo perseguía a esos dos. Le creerían sin dudar, ojalá pudiera decir lo mismo de Vasili y Scott. Antonio extendió de nuevo sus brazos, apresurándolo a tomar una decisión, Lovino ya se encontraba en la otra acera, con expresión fruncida. Seguro le cagaba que los acompañara, una sonrisa casi malvada apareció en su rostro, no era porque a Lovino le molestara su compañía, cierto o falso los dos se acostumbraron al compartir habitación; fue que Antonio tuvo que abrazarlo para sostenerlo. Entonces Arthur miró con cierta satisfacción la cara de su compañero, a punto de estallar en celos.

Una vez que cruzaron la primera calle, Arthur nunca en su vida caminó por una tan larga como esa, parecía una avenida en lugar de calle. Antonio se detuvo, orientándose. Las casas de aquel sitió eran pequeñas, la mayoría solo era de un piso aunque se veían increíblemente limpias y bien cuidadas, sin jardines voluptuosos pero con el pasto recién podado y mojado.

— ¿Dónde estamos?

—Es donde viven los empleados de Gakuen. —comentó el español, Lovino parecía igual de perdido que Arthur, por lo que decidió añadir: —Los empleados de la cafetería, de limpieza, los vigilantes con sus familias. Ya saben, la gente que trabaja.

Al igual que su compañero se sintió abochornado de olvidarse de esas personas. No estaban acostumbrados a salir de su pequeña burbuja rosa millonaria, por más que ambos la odiaran. En cambio, Antonio saludaba a una que otra mamá, que le sonreía tontamente; sin duda algunas personas olvidaban que ese chico todavía era ilegal.

—Tenemos que tomar un autobús, —dijo sacando de sus bolsillos cuatro boletos. —nos faltaran dos boletos para regresarnos, pero ya veremos donde comprarlos luego.

— ¿Dónde compraste estos, bastardo?

—Los compré hace unos dí…—miró a Arthur, nervioso. —obviamente, Lovi tontito, los compré el domingo pasado. Yo no suelo saltarme las clases nada más para observar la ciudad.

—Sí, ya. No hay nadie quien te crea eso. —bufó Arthur. Lovino arremetió contra el español con una patada por haberlo llamado tonto. —En fin, ¿A dónde vamos?

—Eso me suena a manada. —gruñó Lovino. —Se supone que solo éramos yo y Antonio.

—Antonio y yo. —corrigió.

— ¡¿Te atreves a excluirme, hijo de puta?! —chilló Lovino, poniéndose a la defensiva.

—Miren, aquí viene el autobús. —señaló Antonio, ignorando su pelea.

Arthur recordó con desagrado que podía ser una experiencia igual al metro y sintió terror. Juró por todo lo sagrado, ósea su madre, que no volvería a usar un transporte público, pero cuando iba a reprochar Antonio ya lo estaba subiendo a empujones, detrás de Lovino. El español entregó los tres boletos con una sonrisa, y muy tarde se dio cuenta que los otros dos se sentaron juntos, excluyéndolo a él.

— ¡Qué malo, Lovi, me quería sentar contigo!

— ¡Esto es tu puta culpa! —bramó sin importarle los niños pequeños a los que les taparon los oídos. — ¡Tu quisiste traer al bastardo cejon contigo!

—Podría sentarme en tus piernas. —sonrió tontamente, ganándose un pellizco en el brazo por parte de Lovino.

—Basta ustedes dos, están molestando a las personas. —regañó Arthur, observando a los lados. —Solo toma el asiento de enfrente, Antonio.

Él obedeció evitando un berrinche. Luego una señora de mayor edad se sentó a su lado y Antonio comenzó una plática sobre los huertos y las papas de su hacienda. Tanto Lovino y Arthur prefirieron no comentar nada al respecto, él era así y ya no podían cambiarlo. A medida que fueron avanzando el lugar comenzó a verse menos vistoso, las casa seguían estando limpias, pero menos cuidadas, muchas de ellas estaban pintadas con aerosol de diversos colores formando nombres o groserías.

— ¿A dónde vamos? —preguntó Arthur a Lovino, él se encogió de hombros, esperando que Antonio escuchara la pregunta, sin embargo, él seguía muy a gusto platicando con la anciana.

El lugar le causaba una mala sensación a Arthur, algo le decía que sus uniformes no eran bienvenidos ahí y que Antonio no lo consideró. El autobús se detuvo de nuevo, recogiendo más transeúntes, chicos de su edad o de la edad de Scott; varios de ellos los miraron de arriba abajo, Antonio en su plática de vacas ni siquiera lo notó, Lovino en cambio prefirió ignorarlos y voltear a la ventana, empuñando sus puños con nerviosismo. Arthur evitó una risilla, Lovino debería ver la cara de enojo de Scott o de Gales para saber que era el verdadero terror.

Pese a que no hubo ningún problema como Lovino se estaba imaginando al bajar del autobús, uno de los chicos de esa escuela les gritó una grosería a la que estuvo tentado a contestar sacándole el dedo de en medio, Antonio por supuesto no se lo permitió y lo abrazó por los hombros. Arthur solo siguió su camino sin voltear en ningún momento, no merecían la pena.

—Estabas muy amigable con la anciana, —comentó Lovino, separando tu brazo de Antonio. — ¿ahora te gustan mayores?

— ¡Lovi! —reprochó.

—Solo está celoso. —dijo Arthur, volviéndose a ellos. —No te preocupes, Lovino, Antonio únicamente tiene ojos para ti.

— ¡Qué carajos, imbécil! —gritó sonrojado. Antonio de igual manera se sonrojó, aunque abrazó a Lovino para reafirmar las palabras de Arthur. Aun no aprendía, o tal vez lo hacía y solo era masoquista, pues el italiano le pegó directo en la boca del estómago, sacándole el aire.

Lo que nunca esperó Arthur fue que alguien viniera corriendo a salvar a Antonio.

Y por supuesto, que le pegará una patada en la espinilla a él y a Lovino.

— ¡No toques a mi Antonio! —gritó la pequeña, dos coletas rubias le adornaban la cabeza y venía cargando una muñeca en su mano, igualmente rubia, igualmente peinada. — ¡Discúlpate con él!

—Mocosa…—murmuró Lovino, levantando la mano. Ella volvió a sacarles la lengua y corrió a esconderse detrás de un Antonio que no podía ayudarla mucho en esos momentos.

— ¡Lidia! —una mujer mayor salió, desarreglada del cabello y con la cara llena de maquillaje blanco con sombras azules y labios absurdamente rojos. — ¡Ay, como lo siento! Lidia, discúlpate con los caballeros.

— ¡Ellos le pegaron a mi Antonio! —acusó, dándole palmadas en la espalda al español. Él sonrió. Tanto Arthur y Lovino esperaba que dijera una cosa para defenderlos, no lo hizo.

—Estoy bien, Li. —aseguró, poniéndose de pie. —No se preocupe, Miss. Rossy, todo está bien. Li solo me defendió.

— ¡Traidor! —gritaron a coro ambos.

Lovino no tardó en escuchar un montón de gritos indescifrables, entonces comprendió el lugar donde estaban. El portón recién abierto por la tal Lidia sostenía encima de él un cartel enorme, con letras de todos los colores y personajes infantiles de Disney: Casa Hogar. Miró a Antonio con estupefacción, ese no era el kínder a donde solía saltarse las clases de eso estaba seguro.

—Son vacaciones de verano en las escuelas, Lovi. —dijo él, leyéndole el pensamiento. Un montón de niños de todas las edades lo rodeaban, pidiendo abrazos y unos que otros algún dulce o regalo. —Ellos no estarían ahí incluso si vamos, además estos chicos son geniales.

—Nos alegra tanto que vinieras, seguro que hoy adoptan a varios de estos chicos. —las profesoras le acariciaron la cabeza a los más cercanos a ellas.

— ¿A qué se refiere, Antonio? —preguntó Arthur, esquivando las manos pegajosas de un niño de seis años.

—La casa hogar hoy hace un festival donde se presenta a los niños a los futuros padres. —contestó Miss. Rossy, quitándole a Arthur al niño pegajoso. —Si se animan pueden comenzar los trámites de adopción hoy mismo.

—Son muchos niños. —comentó Lovino. —Y el lugar muy pequeño.

—No te preocupes, hay espacio para todos. —sonrió otra profesora, menos desarreglada que la anterior, pero con las mismas ojeras. —Niños, dejen pasar a Antonio, jugarán con él cuando terminemos los decorativos.

— ¡Yo quiero que me adopte Toño! —gritó un bebé de cuatro años. Antonio lo subió en sus hombros, siendo reprochado por otra decena de ellos.

Antonio parecía una mamá pato con tanto niño detrás, formados en filita. Ellos dos entraron al último con la Miss. Rossy y Lidia que le sostenía la mano. La pequeña rubia le mandaba miradas furiosas a Lovino.

—Cuando sea grande seré la esposa de Antonio. —dijo al aire, su profesora rio suavemente asintiendo con la cabeza. —Y nos adueñaremos de este lugar.

Lovino sonrió al escucharla, luego de que terminaran con eso podría pedirle a Feliciano que llamará a su abuelo para que ayudará al lugar, el viejo no se negaría. Lidia se soltó de su maestra y fue a tomar la mano de Lovino, pellizcándola para atraer su atención.

— ¡Ay!

—Te estoy declarando la guerra, niño. —dijo inflando las mejillas.

Vaya, esas eran palabras matadoras, pensó Lovino.

Lidia no lo soltó en el camino, es más, se aferró mucho más a él. Rubia, de ojos negros, con una muñeca que comenzó a parecerle diabólica a la mitad del camino; a Lovino comenzó a preocuparle de verdad su futuro esposo. Si así era de pequeña, no quería imaginarse de grande. Al final se soltó de él para ayudar a Antonio a cargar unos gorros de fiesta que se le cayeron al suelo.

—Nos trajo a trabajar. —bufó Lovino, tomando otra de las cajas, jodidamente pesada. Contenía al menos siete kilos de papas o más.

—Está bien, es por algo bueno, tal vez les quite el castigo por esto. —contestó Arthur, dejando su saco en un perchero donde las profesoras colgaban sus mandiles, arremangándose las mangas comenzó a llevar un pastel de color rosa. Otro niño, un poco más grande que el resto, de ocho años al menos tarareando una canción llevó una bandeja de mini panquesitos.

—Oye, cuidado con eso. —gritó Arthur, a él no pareció importarle, siguió brincando con la bandeja en las manos.

— ¿Lo viste? —comentó Lovino, riendo entre dientes. —Ese niño tiene las mismas cejas que tú.

— ¿Qué? —Arthur se sonrojó, gruñendo por debajo. — ¡Idiota!

—Tienes un hermano perdido, cejon. Me extraña que Scott no haya sacado las cejas que tú. —siguió burlándose. —Perdería toda su autoridad con eso. ¿Quieres que te ayude a pintárselas?

No sonaba tan mala idea, a decir verdad.

—Déjalo, se pondría más furioso que Mel Gibson al pasarse de copas. —contestó Arthur, dejando el pastel en la mesa desarmable que se encontraba en el patio, cubierta con un mantel grueso de color blanco. Lovino dejó su caja en el suelo, cerca de donde las profesoras encendían leña para calentar una enorme olla verdosa.

— ¿Qué están haciendo? —preguntó Lovino a Antonio, quién llegaba cargando dos cajas con carne.

—Encendiendo una fogata.

— ¿Van a cocinar ahí? —preguntó Arthur. —Daña el medio ambiente.

—Bueno, el gas no sale precisamente barato. —contestó Antonio. —No hay muchos fondos aquí.

— ¿Tú no has donado, bastardo? —preguntó Lovino con las manos en la cintura.

— ¡Por supuesto que lo hago, Lovi! —contestó ligeramente ofendido. —Intento ayudar lo más que puedo.

—Antonio, Antonio, ven a jugar con nosotros. —Lidia lo tomó del brazo y con otra decena de niños consiguieron llevarse a Antonio y Lovino.

Era una escena graciosa, donde los niños rodeaban al español por todos los lados posibles, dos colgaban de ambos brazos, otros escalaron por su espalda tirando de sus cabellos en busca de atención. Lovino era excluido por completo de ellos, recibiendo una que otra patada de los más pequeños por estar regañando a Antonio sobre lo peligroso que era cargar a todos a la vez.

Con el jugo en la mano, que le ofrecieron las amables maestras, se acercó a Lovino. Los niños tiraron un poco más atrás a Antonio, alejándolo de ambos. Si no fueran niños…, y si no fuera un invitado de ahí, seguro Arthur ya les estaría dejando un montón de deberes.

— ¿Vendrás a competir con nosotros a los costales? —preguntó uno de los niños sobre su espalda.

— ¡Por supuesto! —sonrió palmeándole la cabeza, en instantes los demás comenzaron a protestar para que hiciera lo mismo con ellos. Arthur comenzó a cuestionarse como es que les tenía tanta paciencia a los niños llorones. Si Scott estuviera, los mandaría a volar con esa mirada suya, probablemente debería traerlo para que lo demandaran por asustar niños o algo así. —Lovi y cejotas también participaran. —completó.

— ¡No decidas cosas como esas, bastardo! —chilló Lovino, buscando un lugar desocupado para pegarle.

— ¡Bastardo! —repitieron a coro algunas niñas, las maestras le dieron una mirada desaprobatoria a Lovino.

— ¿Cómo que cejotas, idiota? —bramó Arthur, amenazante.

— ¡Él me está dando miedo! —acusó una niña de no más de tres años, corriendo a esconderse detrás de Antonio. Otros cinco más la secundaron.

—Arthur, deja de intimidar a los niños. —reprochó Antonio, intentando consolarlos. Varios ya estaban llorando. Se sintió mal hasta que Antonio fue llamado por las profesoras y los niños aprovecharon para dejar de llorar y sacarle la lengua y patearle la espinilla.

— ¿Tú que eres de mi Antonio? —preguntó una de las niñas, el sequito de Lidia, por supuesto. Lovino solo le prestó atención porque tiraba de su manga con insistencia. —No pareces ser con el tipo de persona que se junte.

¿Cuántos años tenía? ¿Ocho, quizás siete? Aunque por su actitud parecía mucho más grande, una nena que buscaba intimidarlo por alguna razón.

— ¿Por qué dices eso? —preguntó incomodo, busco ayuda con Arthur, pero notó que este tal vez estuviera buscando lo mismo a causa del mar de niños que le saltaron encima. — ¿No me veo como su amigo? —aunque lo dijera una niña, eso le hería el orgullo.

—Los amigos de mi Antonio…—continuó Lidia poniendo una mirada vacía. —, son muy tontos.

Lovino no pudo estar más que de acuerdo con esa afirmación.

—.—.—.—.—

Alfred estuvo de nuevo buscando a Arthur. Más de una vez fue a su habitación e incluso se asomó en el despacho de Scott con el temor de verlo golpearlo. Por suerte no fue así, sin embargo, ni siquiera se dignaba a contestar el teléfono. El BFT no sabía responderle, pero le extrañaba que Antonio no estuviera con ellos. Deambuló varias veces por los lugares que frecuentaba Arthur, y entre vuelta y vuelta pudo distinguir a Kiku. Iba a paso veloz, hablando por teléfono, a lo mejor era por eso que Arthur no podía responderle, estaba hablando con Kiku. Con las manos dentro de la chaqueta, lo siguió a una distancia discreta, lo cual era muy raro porque se llevaba bien con el japonés, pero aquello lo hacía sentirse como James Bond en una misión.

Lo que le extrañó de más fue que Kiku se estaba yendo a una de las partes más alejadas de la escuela, atrás de la dirección. Eso reafirmo la teoría de que se encontraría con Arthur, ¿quién más aparte de él era tan apegado a la escuela? Fue mucho más despacio al momento que Kiku también lo hizo, miró un par de veces en distintas direcciones y Alfred tuvo la suerte que al voltear a su lugar un grupo de profesores inmersos en sus tareas le bloquearan la vista al japonés. Luego se adentró en la parte de los arbustos, el americano no dudo en seguirlo.

Se asomó por la pared discretamente, no tuvo que observar a todos lados puesto que la escena se desarrollaba delante de él. Iván y Kiku comenzaban una charla más menos cordial, el ruso le dedicaba una sonrisa acida, digna de un villano malévolo y Kiku se esforzaba por mantenerse compuesto. Alfred deseó intervenir, salvar al japonés y que Arthur lo reconociera como su héroe.

— ¿Qué pasa, Kiku? —preguntó Iván, sacando de sus pensamientos al americano. —Es raro que tú seas el que me cite.

—He venido a decirle que me rindo. —declaró, dando el balazo sin jalar el gatillo.

¡No te rindas ante el poder del mal! —gritó en su mente Alfred, preocupado. Aunque no entendiera a que se refería.

—Esto es inusual, —dijo el ruso, sorprendido, aunque a decir verdad parecía más divertido por la situación— ¿a qué te refieres con que te rindes?

—Le entregaré a Yao-san las cartas que quiera.

Iván dedicó unos segundos a meditar su respuesta. Alfred esperó paciente, le incomodaba no saber de qué estaban hablando, ¿Arthur sabría? ¿eran palabras claves? ¿quizás el tal Yao era un intercambio por la paz de la escuela? ¿debería protegerlo a él? ¿Cuándo podría mostrar su valor de héroe? Aún le quedaba un poco después de enfrentarse a Scott.

—A cambio dejé a Arthur-san en paz y renuncie, tal y como lo prometió, al puesto del presidente escolar.

Wait a minute… eso ya era diferente y a Alfred le interesó mucho más. No debió desear que su novio se viera involucrado en eso.

— ¿Y si me niego? —preguntó Iván, ampliando su sonrisa en una que Alfred considero aterradora. Casi se podía imaginar una masacre detrás del ruso y este sonriendo de esa forma.

—Pero usted-

—Lo último que me dijiste no me gusto, Kiku. —declaró poniendo las manos atrás de su espalda. —Sobre que Yao no me amaría o algo por el estilo.

—Eso fue un arranque. —confesó Kiku.

—Es solo que… si soy presidente de la escuela, podré acceder a los números de Yao. No lo pensé hasta ese día. —continuó, ignorando lo dicho por Kiku. —He incluso si tu no accedes a mi relación con Yao, pienso que no importa, ya te resignaras.

— ¿Por qué lo hace? —retó Kiku, poniéndose serio de nuevo. — ¿de verdad ama a mi hermano?

—Lo hago. —aseguró sin dudar.

—Entonces, ¿por qué torturar de esta manera?

—Es divertido. —confesó.

Alfred se ocultó de nuevo en la pared, su corazón latía acelerado. El héroe debería intervenir, pero le temblaban las piernas.

— ¿Por qué está enamorado de mi hermano? —soltó Kiku, aliviando otro peso de encima. — ¿Qué es tan increíble en él para que haga lo que hace?

Iván relajó su expresión, volviendo a ser el chico dulzón de siempre, en sus ojos ya no se notaba la oscuridad que convertía el violeta en morado. Se veía como un simple chico enamorado.

—Él… —comenzó, suspirando. Ni Alfred ni Kiku sabían cual expresión les causaba más miedo. —me salvó de morir.

— ¿Qué? —era la primera vez que el japonés escuchaba eso, Yao solo le comentó que ayudo un día a Iván y que este se enganchó con él.

—Mi padre no siempre fue tan abierto. —relató, recargándose en la pared con las manos aún detrás, moviéndose inquietas de un lado a otro. —Usualmente nos presionaba tanto hasta hacernos desfallecer. Pese a que mi hermana es la futura heredera él siempre la desprestigió por ser débil. Le inculcó más una vida de campo, al igual que a Natalia. Fui yo quien se llevó la presión de ser el heredero. Tenía que ser mejor que él, que mis hermanas, que las demás personas. Si fracasaba nos dejaba en los establos en las noches heladas con abrigos que apenas nos cuidaban del frío. —Al recordar todas esas cosas su expresión se transformó en una triste y vacía, mucho más profunda y oscura que cuando se enojaba. —No podía tener amigos que no fueran seleccionados y ellos me hacían a un lado. No podía trabajar con mis hermanas en el campo, debía sobresalir a lo grande.

—Yao estaba en inicios de su carrera cuando se relacionó con mi padre a causa del suyo. —los ojos de Iván se iluminaron al solo pronunciar su nombre, como si todo lo vivido hubiese valido la pena con tal de conocerlo. —Se quedó un mes con nosotros para aprender el negocio de la agricultura.

Kiku recordaba ese mes, él se tuvo que hacer cargo de la casa por todo ese periodo y lidiar con Yong Soo no era precisamente lo más relajante del mundo.

—En todo ese tiempo me mantuve cercano a él, aprendiendo juntos. Solo que fallé una vez, nos tocó vender a un negociante. Yo quería que Yao ganará, él fue la primera persona que me trato como un humano, así que perdía a posta. Mi padre no lo tomó bien. Me dejó dormir en los establos, solo que estaba nevando por lo cual era más peligroso todavía. Recuerdo que me comenzaba a quedar dormido cuando sentí que alguien me echaba en su espalda, y corría a toda velocidad rumbo a la casa.

—Yao-san. —afirmó Kiku.

—De aquella noche solo recuerdo una fogata caliente, los brazos de Natalia rodeándome, no dejando que nadie me tocará y a mi otra hermana llorando a un costado.

— ¿Qué hizo Yao-san?

—Fue el primero en gritarle a mi padre—sonrió con estima, suspirando un largo momento después. —Amenazó con llamar a todos los medios de comunicación, en hacer que su padre quitara las acciones de su pequeña empresa. Él hizo que mi padre, luego de largos años, me diera un respiro. Era como si alguien lo hubiese abofeteado. Yao lo despertó y le hizo ver que estaba arruinando nuestras vidas, mi padre cambio mucho desde entonces, e incluso renunció a su prospecto de empresa y tomó otro rumbo.

—Por eso ahora es director de esta escuela.

—Le va bien ser un tirano. —se encogió de hombros, restándole importancia. Kiku deseaba decirle que era un rasgo hereditario. —Yao me prometió que me enseñaría un montón de cosas, y lo hizo, me enseñó muchos mundos que no conocía. Un mundo que pronto se convirtió en nuestro.

La pregunta no fue dicha, pero Kiku lo veía en los ojos de Iván, implícita. "¿Cómo no iba a enamorarme?"

—Así que me niego a renunciar a él. —concluyó volviéndose a Kiku de nuevo, con una sonrisa. —Y también me niego a renunciar al puesto del presidente escolar.

— ¿Por qué de repente decide lo que le venga en gana?

Alfred decidió que era momento de aparecer, podía quedar como un metiche frente a Kiku, sin embargo, Arthur le importaba más. Si Iván renunciaba, entonces Scott lo dejaría en paz de una buena vez.

— ¿Y sí le decimos al tal Yao lo que has hecho con su hermano? —preguntó de pronto, saliendo de su escondite. Kiku se volteó a él con sorpresa, e Iván se quebró el labio al mordérselo. Quién sabe de donde estaba sacando tanto valor Alfred últimamente.

— ¿Podría atravesarte con una motosierra? —dijo Iván, sonando más a una afirmación que a pregunta. — ¿Podría?

Thanks, but no, thank you!

—Alfred-san esta conversación no le corresponde.

—Me corresponde porque incluye a mi novio. —por alguna razón le salieron las ganas de recalcar esa palabra frente a ambos. Hablaban de Arthur con tanta casualidad que le molestaba un poco. — ¿Qué crees que piense el tal Yao de esto?

—Antes de que eso pase ya abre ganado la presidencia. —declaró encogiéndose de hombros. Vasili le enseñó en aquellos tiempos de oscuridad que no debía mostrar nunca sus sentimientos ante un rival. —Si me das su número, podré decírselo personalmente, Kiku. Seguro que se pone orgulloso de mí, dah.

—Solo quiero que no le cause más problemas a Arthur. —Kiku sacó su celular, dispuesto a dárselo.

—Aunque hagas esto no cederé ante nada, Kiku. —sonrió escribiéndole un hola fugaz a Yao después de que el japonés le diera el número.

—Espere un momento…

—A cambio, te daré esto. —le tendió un sobre amarillo a Alfred, un paquete grueso. Al abrirlo notó que contenía un engargolado de color negro, con al menos doscientas hojas en él. —Es una guía que le servirá mucho a tu Kirkland para la competencia de conocimiento.

— ¿Son las preguntas del examen? —preguntó Kiku, desconfiado.

—No, solo es una ayuda, dah. —la sonrisa que le dio le causo un escalofrío al japonés, Alfred no pudo verla al estar tan embelesado con el libro. Si esto sacaba de apuros a Arthur seguro que él sería bien recompensado, y Scott aceptaría que no era tan malo después de todo.

Sí, esto los sacaría de un gran aprieto.

—.—.—.—.—

Arthur se mantuvo al margen del festival, y sin querer fue a dar al lado del pequeño que sin cuidado cargo los panquesitos por la mañana; pensó en reprocharle, pero seguro Antonio u otro mocoso saltaba a defenderlo y la verdad ya tenía suficientes patadas en el cuerpo para todo el año. Se fijó en lo que antes se burló Lovino, en verdad tenía sus mismas cejas.

— ¿Cuál es tú nombre? —preguntó cruzándose de brazos, intentando restarle importancia. Si Francis estuviera ahí seguro de que se burlaría de él por ser tan mezquino con un niño pequeño.

—Peter. —contestó hundiendo sus manos en dos gelatinas que se encontraban en la mesa. Le dio una sonrisa pícara, volviendo a tomar otras dos; antes de que las pudiera echar de nuevo en sus bolsillos, Arthur lo detuvo, negando con la cabeza.

—Los demás niños también tienen el derecho de comer, si tú te las llevas todas ellos no comerán ninguna.

—Pero no son para mí. —respondió como si fuera lo más obvio, aunque obedeció a Arthur al final y dejó las golosinas en la mesa, excepto las que ya habitaban en su pantalón. —Se las daré a mis nuevos padres cuando me adopten. Será mi regalo.

—Nadie asegura que te vayas hoy. —dijo al aire, más a él que a Peter. Fue tarde cuando se dio cuenta del efecto que podían provocar sus palabras, la cara del pequeño Peter estaba a punto de estallar en lágrimas.

— ¡Nadie va a adoptarme! —chilló llamando la atención de varios, algunas señoras miraron a Arthur negando con la cabeza. — ¡Waaaa! ¡Pero sí soy tan lindo y tierno!

— ¡No llores! —reprochó el inglés, poniéndose a su altura. Peter se sorbió la nariz, soltándole manotazos para que lo dejará.

— ¡Eres muy cruel, idiota!

— ¡Un niño no debería decir groserías! —reprendió con voz más seria. — ¡Deja de balbucear que no entiendo nada de lo que me dices!

—Deberías tener más paciencia con los niños. —dijo una voz detrás de él, no parecía regañarlo o reprocharle, Arthur casi creía que le estaba hablando con la misma delicadeza que a un pequeño. Era rubio con corte de hongo y con los ojos tan alegres de un niño pequeño. Con cuidado palmeó sobre la gorrita de marinero de Peter, intentando consolarlo. —A lo que él se refiere es que el trámite se realizará hoy, y en una semana o dos podrás venir con nosotros.

Peter pareció comprenderlo e hizo sentir malhumorado a Arthur cuando le saco la lengua a espaldas del otro rubio.

—Mi nombre es Tino, Väinämöinen Tino. Me acabo de mudar recientemente aquí, antes vivía en Finlandia. ¿Cuál es tu nombre?

Sí, a Arthur ya se le hacía raro ese acento. Como aún se encontraba a la altura del malvado Peter, una sombra enorme logró cubrirlo y hacerlo estremecer en un solo segundo, lo que le consolaba fue que incluso Tino y Peter se espantaron de igual o peor forma que él. Peter fue mucho peor.

— ¡Da miedo! —chilló de inmediato, escondiéndose en las enaguas de Tino.

— ¡Vamos, Su-san! —reprendió de pronto Tino, dejando escapar un suspiro de profundo alivio. —No espantes a los niños.

Arthur al voltear y ponerse de pie notó que el tipo le sacaba incluso más cabezas que Alfred. ¡Era estúpidamente imponente! Se asemejaba a un soldado con las ropas que traía puestas, sin embargo, parecía extranjero, MUY extranjero. Y sus ojos, si los de Alfred transmitían alegría con viento en popa, los de él estaban tan secos y fríos como si no tuvieran vida.

—Lo siento, no quiso asustarte. Su-san es malo para presentarse.

Arthur se cohibió un poco, asintiendo con la cabeza.

— ¿Qué te parece, Peter? ¿Te gustaría venir con nosotros? —preguntó Tino, sonriendo. —Su-san parece intimidante, pero en realidad es muy amable.

— ¡Da muchísimo miedo! —volvió a decir Peter, buscando un nuevo lugar donde esconderse.

— ¿Son pareja? —preguntó Arthur, sorprendido. Sí que era un mundo muy diverso.

—Llevamos juntos desde la universidad. —sonrió Tino, mostrando un anillo de oro. —Unos, ¿cinco años?

—Seis. —dijo el soldado, de manera glacial.

—Sí, lo siento, Su-san. —murmuró. Arthur en el fondo se preguntó si de verdad podía manejar una relación tan duradera.

— ¡Qué! —de repente le cayó en cuenta algo muy impresionante. — ¿Eres tan mayor? ¡Pareces estar en tus veinte todavía!

—Soy mayor que Su-san, incluso. —rio tontamente rascándose la cabeza. —El siguiente año estaré en mis treinta.

Arthur solo conocía a un traga años, de lejos, muy de lejos pues era la hermana del cabezota de Vash. No quería una bala en su culo por acercarse a la pequeña Liech. No obstante, lo de Tino era absurdo, una especie de magia negra a lo mejor… quizás debería buscar un buen hechizo que le ayudará a ser joven por siempre.

—Es sorprendente. —contestó al final, Arthur tenía muchas ganas de acercarse y examinar su rostro, se contuvo al ver la cara de su esposo Su-san.

— ¡Ya vamos a comenzar con la competencia! —gritó Antonio, corriendo con costales en la mano. Tino y su esposo animaron a Peter a ir con ellos, aunque al final el niño con cejas iguales a las suyas terminó tomando únicamente la mano del chico amigable.

Antonio trajo consigo a Lovino y tres costales más al tamaño de ellos. —No voy a participar en eso. —dijo Arthur, negándose a tomar el costal. Antonio le hizo un mohín, causando un rugido en su espalda por la parvada de críos. —Lo que sea. —bufó, arrebatándoselo y cruzando sus brazos.

—Toma Lovi, este es tuyo. —ofreció recuperando su sonrisa. Lovino lo tomó sin mucho ánimo, capaz que terminaba siendo la burla de los críos. —Si ganas te daré un beso, ¿te parece?

Tanto como Arthur, Lovino y las profesoras se atragantaron con su saliva. Lo único que pudo hacer el italiano al reaccionar fue cubrirlo con el costal por la parte de la cabeza, darle una patada en la parte trasera de las rodillas y patearlo antes de irse corriendo rumbo al campo de juego.

— ¡Ya oyeron! —gritó Lidia llena de entusiasmo. — ¡Antonio le dará un beso a quien gane!

—.—.—.—.—

Scott no era de tomar siestas en la tarde, consideraba que eso era para personas con mucho tiempo libre y/u holgazanas. No obstante, decidió que en ese momento ameritaba una, se la ganó después de una semana sin dormir y asegurándose que sus exámenes no le fueran tan pesados. Encontrarse con Alfred aquella noche sin duda lo estreso de más. Al menos sabía que su promedio no bajaría más que un punto o algunas décimas. Si no fuera por el estúpido puesto de la presidencia estaría tan tranquilo que incluso practicaría un buen rato tiro con arco.

Al contrario de lo que seguramente toda su familia pensaba, incluido Arthur, y la demás escuela, no le gustaba el puesto. Es decir, ¿a qué cabeza sin cerebro le gustaría llevar tremendas responsabilidades que le quitaban horas de estudio, de convivencia social o de sueño? ¡A nadie! Él no era el amante de Gakuen como todos creían. Odiaba el puesto, pero lo necesitaba. Si permanecía en el por tres años, los primeros tres semestres de la Universidad no los tenía que llevar, podía saltar al cuarto semestre y meterse de lleno en la carrera. Por eso era tan receloso con el puesto, si no lograba completar los tres años, entonces no valía la pena. Y todo era por el imbécil de Gales y su pasión por cuerpos en descomposición. Le adelantaron un año en la primaria, y ahora ya se encontraba en la universidad a pesar de tener la edad de Scott; si todo salía de acuerdo con el plan, él lo superaría por medio año.

Y con salir de acuerdo con el plan se refería a si Arthur no la cagaba.

Scott negó con la cabeza, borrando el rostro de su hermano en su mente. Pensar en Arthur le causaba migraña y lo ponía de malas.

Durmió sin darse cuenta, por lo que no notó que estaba en un sueño.

Scott miró a todos lados, un paisaje oscuro y nevado se desarrollaba delante. Él conocía el lugar donde estaba, lo vio tantas veces en su infancia que era difícil olvidarlo. La primera mansión Kirkland, aquella que estaba en Escocia y le pertenecía a su abuelo, con un enorme patio delantero. Scott avanzó sin más, hundiendo sus botas gruesas de piel entre la nieve espesa, el sendero empedrado que tanto caracterizaba a esa casa se perdía entre la blancura. Al seguir avanzando la oscuridad le daba nuevas escenas, revelando las otras cosas dentro del patio y lo de atrás era absorbido de nuevo por la negrura.

Llegó hasta la fuente echa de mármol y enredaderas con flores, ahora marchitas por el viento frío. El agua estaba congelada, y en el borde había escarcha mal acumulada. Recordaba esa fuente con tristeza, muchas veces consoló a su madre llorando en ese lugar. Y como si le hubiesen leído el pensamiento, la vio, sentada en la tormenta, con las manos en el rostro y empapada entre agua y lágrimas.

Intentó llamarla, pero una versión más joven de él paso a su lado, corriendo a ella. Se agachó hasta recostarse en sus piernas, y Annie con todo el amor del mundo que podía tener una madre le acarició el cabello.

¡Arthur está abriendo los regalos!acusó el pequeño Scott, emberrinchado. Sus mejillas se inflaron cuando su madre rio. ¡Dile que no abra los de ese sujeto!

Yo los he comprado.mintió Annie. Todos.

Es mentira.acusó Scotty, su madre no supo decir si sus mejillas estaban rojas de frío o de ira. Vi cuando "él" metía los regalos a escondidas.

Es tu padre, Scott.intentó hacerlo comprender.

No. Él puede ser el padre de quien quiera, pero no mío.concluyó, sentándose al lado de Annie. Ella lo atrajo a su persona, abrigándolo entre sus brazos.Solo te necesito a ti, mamá.

Esta arrepentido.

Si estuviera arrepentido no estaríamos celebrando la navidad con "esas" personas.refunfuñó.No quiero su casa, ni sus regalos, ni a él. Mamá con que tú y Arthur estén conmigo es más que suficiente.

Si fuera tan fácil…la escuchó murmurar. El Scott que observaba entre las sombras ya sabía a qué se refería, en esos tiempos la familia de su madre estaba en la ruina absoluta, a sus abuelos les costaba tanto salir adelante que no se podían encargar de ella ni de dos niños pequeños, lo único que le quedo a su mamá en ese tiempo fue resignarse a vivir esa vida.

Scott siguió avanzando, dejando esa dolorosa escena atrás. Las escaleras de madera, pertenecientes a la mansión le aparecieron de pronto. La nieve seguía cayendo, más veloz y más constante, al llegar a la enorme puerta una montañita de nieve salía de su cabeza. La puerta se abrió antes de que pudiera empujarla, se echó a un lado al ver a su madre con un par de maletas bajo el brazo y dos niños por delante de ella, Arthur y él.

¿A dónde irás, Annie?gritó el señor Kirkland dentro de la mansión. ¡No puedes llevarte a mis hijos!

¡Tienes otros dos allá atrás!chilló ella, envuelta en lágrimas. ¡Scott y Arthur no se merecen lo que les has hecho!

¡Los amo a los cuatro por igual!

¡Pues dales todo el amor que puedas, que estos se vienen conmigo!Annie en un arranque de irá le tiró una pequeña maleta, Scott nunca supo que contuvo pues la puerta se cerró con el grito de su padre detrás.

Arthur tenía al menos cinco años, y se chupaba la mano calmando las lágrimas. El pequeño Scotty de seis años miraba a todos lados, temblando, su madre se desmorono al cerrar la puerta y su padre nunca salió por ella. Scott a su desgracia, era la escena que tenía más presente en su día a día; aquel miserable día, cuatro de abril, cuando descubrieron que su padre llevaba otra familia en secreto.

La imagen se fue borrando a medida que paso el tiempo. Scott decidió que era momento de abrir la puerta de la mansión, la empujó con fuerza, algo estaba bloqueándola. Al entrar vio más oscuridad, y solo una silueta comenzó a formarse, primero borrosa, luego trasparente hasta adquirir un aspecto sólido.

Scotty Kirkland, es decir, su yo más pequeño. El del recuerdo con su madre en la fuente.

Dime que hicimos algo.murmuró el niño, con la mirada escondida entre las sombras.

Lo hicimos.respondió Scott. Sabía lo que su pequeño Yo estaba pensando, él siempre se estuvo haciendo esa pregunta a futuro.Mamá dejó de llorar hace mucho.

¿Y Arthur?preguntó, emocionándose. Scott pensó que, desde hace mucho, él ya no ponía esa mirada llena de júbilo en sus ojos. Ahora estaban tan cansados como dos ojos de pez muerto. ¿Es más fuerte?

Lo hicimos fuerte.

¿Es feliz?preguntó más tímido. Scott sabía a donde iba esa pregunta, "¿tú eres feliz?" era la verdadera.

Dejó dado un brinco en la cama, e intentó percibir de dónde venía el ruido. Su celular sonaba como loco, y la llamada pertenecía a Vasili, el director de la escuela. Contestó tan rápido como pudo y él le dio una sola indicación. Al cuarto de vigilancia del bloque Q, YA.

Scott bloqueó la pantalla, dando un suspiro. Pensando en la pregunta dentro de su sueño. Se puso una chaqueta estilo rockero que su madre le regalo en su cumpleaños pasado y se dirigió a donde Vasili.

—Hay cosas más importantes. —se respondió, cerrando la puerta.

—.—.—.—.—

Lovino tenía toda la cara rasgada al igual que Arthur, ambos cayeron rodando por el suelo con la risa de los padres a todo pulmón. Antonio preocupado curaba las heridas de Lovino con un algodón, mientras otra profesora se ocupaba de Arthur junto con Tino y Peter. Al parecer se encariñaron con el inglés porque incluso le echaban porras en la competencia.

—Lo siento, Lovi. Pensé que recordarías cuando jugábamos en la hacienda. —se disculpó, Lovino cerró un ojo al sentir el alcohol penetrarle el raspón.

—Querrás decir que tu jugabas, imbécil. —rezongó, dándole un manotazo. —No recuerdo que mi infancia estuviera llena de moretones y raspones.

—Vamos, Lovi. De verdad quería que ganaras. —murmuró haciendo un puchero. Los colores estallaron en la cara de Lovino, al recordar lo prometido. —Quiero un nuevo beso.

— ¡Jodete!

—Lovi. —tomó sus manos, mirándolo con ese brillo en los ojos que le erizaba la piel a Lovino. Tenía toda la intención de inclinarse a él y besarlo, de acariciarle el cabello y que Antonio lo trasladara a otra dimensión con esa increíble pasión que desbordaba. Sin embargo, alguien tuvo que interrumpirlos, haciendo gruñir a Lovino.

—Ya es muy tarde, debemos irnos. —dijo Arthur, conteniendo una risa al ver la cara de odio de Lovino dirigida a él.

—Apenas son las seis. —contradijo Antonio. —He salido de aquí más tarde. —rio tontamente.

—Tal vez a ti no te extrañen, pero seguro que Scott me ha de estar buscando como loco. Se me ha olvidado el teléfono en mi habitación. —explicó, Lovino carcajeó señalándolo con el dedo sin bajarlo de estúpido. —Y no quiero preocupar a Alfred. —terminó, sonrojado.

—Ha de estar pasando el rato con otro chico más agradable que tú. —comentó Antonio, sonriente.

— ¿Qué? ¿Con quién? —para mala suerte del inglés, se dio cuenta al finalizar que su comentario sonó muy desesperado. Se ruborizo y encogió sobre sus hombros, apartando la mirada de sus dos compañeros de escuela y la profesora que sonreía con picardía.

Lovino y Antonio rieron entre dientes.

— ¡Solo vámonos!

—Está bien, solo déjame despedirme. —pidió Antonio poniéndose de pie y corriendo al montón de niños que se pusieron a patalear y a llorar en cuanto les dio la noticia. Lovino lo miró de lejos, se veía tan natural en ese ambiente, Antonio nació para esa clase de cosas, para tener un montón de hermanos, de hijos y de nietos. Y si de algo estaba seguro el futuro heredero de la familia Vargas, es que a menos que se equivocara de genero toda su vida, él no podría dárselos.

Lidia se acercó con los ojos lagrimosos y sorbiéndose la nariz después de despedirse de Antonio. Miró a Lovino con timidez, sus manitas metidas en su overol jugaban haciendo más bulto todavía.

—Agáchate. —ordenó frunciendo su pequeña boquita. Lovino arqueó una ceja, ella no estaba esperando que la obedeciera, ¿verdad? — ¡Dije que te agaches! —chilló dándole una patada, Lovino no tuvo otra opción porque incluso le saco lágrimas.

— ¡Lidia! —reprendió una maestra, corriendo a ella.

Antes de que la separaran ella le plantó un beso en la mejilla a Lovino, sonriéndole tímidamente.

—Será mejor que cuides muy bien a mi Antonio. —infló sus mejillas, como si la idea aun no le terminase de gustar. —Cuando crezca voy a ser una belleza e iré directo a arrebatártelo.

— ¿Q-Qué?

—Lidia, qué cosas dices. —la maestra se llevó una mano a la cara, avergonzada por las palabras de la pequeña.

—Eres mi rival. —le extendió su pequeña manita, ella incluso se las lavó antes de tendérsela. Lovino admiró la determinación en sus ojos, pesé a ser una niña parecía estar hablando muy enserio. —Si Antonio se enamora de mí es porque incluso con ventaja de años, no eres el amor de su vida. Pero, si él solo tiene ojos para ti como ahora, me retiraré y alzaré la bandera blanca en señal de derrota.

Él solo tiene ojos para ti, Lovino sintió que esas palabras lo ponían de muy buen humor, aunque el sonrojo en su rostro era épico. Se acercó a la pequeña, susurrándole a su oreja unas cuantas frases que la hicieron feliz, al final estrecho su mano, evitando la mirada de la profesora.

Arthur no tuvo tiempo de ver la chistosa historia de Lovino y su rival de siete años. Se entretuvo despidiéndose de Tino y el tal Su-san del que nunca supo su verdadero nombre. Peter sostenía las manos de ambos, balanceándose, Peter había decidido irse con ellos después de todo, aunque permanecería un par de días más en la casa hogar en lo que se concluía el papeleo.

—Aquí esta nuestra dirección. —dijo Tino, enseñándole una tarjeta. —Ven a jugar con él de vez en cuando.

—Sí. —afirmó Su-san.

— ¡Será divertido! —gritó Peter. — ¡Tendré un montón de juguetes y Santa vendrá a visitarme sin falta en Navidad!

—Iré sin dudarlo. —Arthur miró la tarjeta con apreció. Le alegraba que muchos niños como Peter hubiesen encontrado casa nueva, aunque otros tantos se quedaban atrás, más tristes. Definitivamente le diría a su padre que promocionara el lugar y donara, quería que fuera posible que los niños, así como entraran, salieran.

—Los veré después, niños. —sonrió Antonio. Lovino se percató que guardo un montón de tarjetas con direcciones de los niños adoptados. No cambiaba, y así le gustaba.

—Estarás muy ocupado en tus vacaciones. —dijo Lovino al subirse al autobús. Arthur se sentó esta vez en la ventanilla, contemplando la ciudad.

—Debo ir a ver a mis padres, Lovi. —contestó, encogiéndose de hombros. El inglés pegó ahora de forma inmediata su vista al paisaje, era un tema incomodo desde que Scott se mofó de ello. Lovino tampoco parecía tener una reacción distinta a la de él. —Veremos qué pasa.

— ¿Es necesario…? Podrías venir con mi abuelo.

—Tal vez te alcancé más adelante. —Antonio se encogió de hombros, acariciándole la cabeza a Lovino. Por ende, el italiano le metió un manotazo para que dejara de hacerlo. —Estaré bien.

Tanto Arthur como Lovino deseaban que eso fuera cierto.

—.—.—.—.—

Scott se dejó caer sobre la mesa del vigilante, rebotando su café y tirándolo al suelo. Él gruño ante la acción y fue a buscar un trapeador mientras el director y su hijo hablaban con el chico.

—Entiendes lo grave que es esto. —dijo Vasili, sentándose en la silla delante. Iván se puso a su lado, repitiendo un par de veces el vídeo. Arthur saltando de la barda, sostenido por Antonio y después echándose a corres a la siguiente acera, donde se perdían. —Amerita expulsión.

—Lo sé, director. —siseó furioso. —Me he leído las putas normas más de un millón de veces.

Vasili sonrió ante la grosería, Scott no era un sujeto que perdiera la calma con facilidad; incluso el día que gravo el vídeo para anunciar la postulación de Iván el con serenidad apagó la cámara y se retiró en completo silencio del lugar. Esto, que se trataba nada menos que de su hermano saltándose una regla alfa del colegio, debía ponerlo muy mal.

—Tengo que llamar a su padre.

Scott recordó su sueño, su padre que no abrió la puerta después de que su madre la azotó. Por alguna razón hoy lo odiaba más que todos los días anteriores, de igual manera el odio se expandió a Gales y Patrick, incluso a Helen; que a decir verdad le daba tan igual que a veces se olvidaba de ella.

—No. —objetó, poniéndose de pie y arrebatándole el teléfono a Iván.

— ¿Qué haces? Kolkol.

—Renunciaré a la presidencia. —decretó Scott, apretando los puños a un costado suyo. Vasili e Iván intercambiaron miradas, sin saber como reaccionar. —Solo, borren el vídeo y nunca comenten nada al respecto.

—Trato. —respondió Iván, antes que su padre.

Scott no esperó una respuesta tan pronta como esa, pero, debía mantener su palabra, todo para cuidar a su estúpido, estúpido hermano menor. Vasili le paso el vídeo, y al llegar el guardia preguntaron sobre copias. Él negó su existencia y con la suficiente cantidad de dinero silenciaron su boca.

Scott metió el vídeo en un sobre y lo agarró a pisadas en medio de la hierba, hasta hacerlo inservible. Lo desechó en el bote de basura, dentro de una bolsa negra que contenía cientos de papeles más. Al final lo puso en el contenedor que debía fundirse por la mañana. Esperó paciente, frente al árbol de enredadera, aguardando a que Arthur entrara por ahí.

Tardó al menos dos horas en llegar, junto con el imbécil de Antonio y el chillante nieto de los Vargas. Sin querer salvó a aquellos dos también. Arthur al verlo se detuvo en seco, al igual que los otros dos; Antonio tuvo la rápida reacción de poner un brazo delante de Lovino a modo de protección.

—No estoy interesado en ustedes, largo de una vez. —dijo en un tono tan glacial, que estaban seguros de que se les detuvo el corazón por un momento. Arthur asintió con la cabeza en dirección a Antonio, él parecía estar dudándolo mucho, fue Lovino quien tuvo que tirar de él para hacerlo avanzar.

Una vez que se marcharon, Scott le hizo una seña con la cabeza a Arthur para que lo siguiera.

—Aquí no hay nadie para ver. —dijo Arthur, sonriendo con ironía. — ¿Por qué no comenzamos de una buena vez?

—Cierra la boca. —y continuó avanzando. Su hermano lo siguió, cabizbajo, deseando encontrarse con cualquier persona en ese momento. ¡Incluso Francis era bienvenido!

Scott se dejó caer sobre la silla de su escritorio, la cual giró unos cuantos grados a la derecha. Debía vaciar la oficina para el día siguiente, sin embargo, no se la dejaría tan limpia a Iván. Frente a él, Arthur arrugó sus dedos sobre la alfombra, sentía perlitas de sudor recorrer su frente, aspiraba todo el aire que podía por la boca. Su hermano no se contuvo al darle un golpe directo en el estómago momentos atrás. Justo al cerrar la puerta tras de sí.

— ¿Por qué lo haces Arthur, para llevarme la contraria? —preguntó, verdaderamente interesado. — ¿Crees que está funcionando?

Arthur desde el suelo, sonrió cansino. — ¿Cómo le explicaras a papá los moretones ahora?

Scott no estaba de buen humor para seguirle el juego, se levantó de su silla que quedo tirada en el suelo. Le dio una patada en la cara, logrando estrellarlo contra el suelo, Arthur gimió e intento ponerse de pie, sosteniendo ambos brazos a los costados de su pecho, buscando una manera de levantarse. Scott mantenía su pie sobre la cabeza, hasta que lo estrelló de nuevo y se separó. Le volteó con el pie, Arthur con el labio hinchado y sangrando lo miró por su ojo morado.

—Yo que sé. Te inventaras algo. —respondió a su pregunta, dándole de nuevo la espalda, deteniéndose frente al escritorio con una pila de hojas que debían ser firmadas. Por suerte ya no era más su trabajo, aunque eso Arthur no lo sabía y solo pensaba que Scott no debería tener tiempo para golpearlo o reprenderle, aun así, lo hacía. — ¿Entiendes en el embrollo que estamos metidos? Los dos miembros legítimos de la familia Kirkland, superados por sus medios hermanos.

Arthur intentó ponerse de pie, sosteniéndose torpemente sobre sus brazos. Scott volteó de lado, observándole con autosuficiencia. Ya estaba harto de esos ojos, siempre fijos en cada una de sus acciones, de su respirar. Quería que parara.

—Hablé con Gales hace poco. Al parecer Patrick consiguió un nuevo manager, le agendo un contrato con una empresa bastante importante…, olvidé su nombre. —se encogió de hombros, restándole importancia. Arthur mordió su labio y quiso soltar un aullido de dolor al hacerlo, se contuvo para conservar un poco de dignidad. —Que él haga que su hermano le dé tan mala fama a nuestra familia…

—También es nuestro hermano…—consiguió decir, incorporándose por completo.

—Ves el vaso completamente lleno cuando ni siquiera hay agua ahí. —Scott tomó de nuevo asiento, ahora sobre el escritorio, sin importarle que las hojas se regaran en toda la mesa. Arthur se acomodó el saco de vestir, la camisa y la corbata por igual, con dolor y orgullo perdido se reacomodo el cabello intentando no verse tan despeinado. —Tú no la viste sufrir, Arthur. No la viste llorar cada día y cada noche. No la viste buscarnos un techo donde vivir.

—Las paredes tienen oídos, Scott. —dijo tocando un nuevo escalón al desdén. Los ojos verdes de su hermano se cerraron, dándole la razón.

—No debo recordarte que pasará si perdemos el puesto, Arthur. —aunque ya lo habían perdido.

— ¿Otra paliza? —dijo con acidez. Scott no le prestó atención.

—Sugiero algo muy simple, hermano. —Arthur atrás de su espalda apretaba con fuerza los puños, poniendo sus nudillos de color blanco. —Entiendo. Tú tienes ganas de experimentar algunas cosas, estás en una época complicada de adolescencia o rebeldía.

—Por favor, la plática de la abeja y la flor no. —Scott cruzó su mirada con Arthur, por ese segundo se sintió como si dos pilas de acero chocaran una contra otra. — ¿Qué más da, Scott? —dijo liberando sus puños, dejando caer sus brazos a sus costados. —En todo tenemos que ganar, somos la estúpida familia Kirkland. ¡La mejor de la mejor!

— ¡Arthur!

— ¡Si perdemos un crimen será!

Scott cruzó de dos movimientos el estudio, soltando un golpe a la mejilla más hinchada de Arthur. Cuando pensó que ahí se detendría todo y él agacharía su cabeza, obedeciéndolo de nuevo, la mano de su hermano menor, ese que arropó entre cobijas en el frío mientras su madre iba de trabajo en trabajo, le estampo un puñetazo en medio del rostro.

Por un momento ambos escucharon algo romperse contra el suelo. Su poca confianza en el otro, quizás.

Rodaron en el piso, la espalda de Scott fue la primera estampar contra su propio escritorio. Entre patadas, puños y jalones de cabello, acabaron con las hojas encima de ellos. No les importó, no importaba nada más que dejar al otro abajo. Aplastaron su trabajo, lo mancharon de huellas de zapatos y un poco de sangre. Scott puso la mano encima de la cabeza de Arthur, este se ladeó intentando librarse.

—Poner en alto a esta estúpida familia vale más que salir con un americano imbécil. —siseó, chocando su cabeza contra el suelo. Al inglés se le cuadriplicaron las imágenes a causa del golpe.

— ¡Me importa una mierda! —bramó arañándole la cara. Después se sentiría estúpido, pero fue lo primero que se le ocurrió. — ¡Siempre dándome ordenes! ¡Antes te importaba más un puto pepinillo! —balanceando sus caderas logró tirar a Scott al lado suyo, sin perder tiempo se posiciono sobre él. Su hermano le sostuvo los puños que iban directo a la cara; sí algo había perdido Arthur de su adolescencia era su habilidad de pelea. — ¡No fue hasta que Gales y Patrick comenzaron a resaltar! ¡Ahí te comencé a importar!

— ¿Quién jodidos crees que te cambiaba los pañales cuando bebé? —espetó Scott, torciéndole el brazo. Echó las piernas abajo, dándole un empujón con toda su fuerza consiguió quitárselo de encima. — ¡Yo, imbécil, YO!

— ¿Eso fue antes o después de abandonarme a mi suerte en esa inmensa mansión?

Volvieron a tirarse al suelo, esta vez Arthur acabó con un doloroso golpe en la pierna al chocar con un pedestal de mármol. Scott lo agarró del cabello, intentando pegarle un puñetazo; la cara de Arthur sangraba, la suya igual, lo veía en esos inmensos mares verdes. Un temblor recorrió el cuerpo de Scott y lo soltó. El inglés jadeó, entreabriendo los ojos al no sentir más dolor al ya causado; su hermano mayor le contemplaba con su cara hinchada, sangrando de la ceja y el labio, pese a toda la adrenalina y calor de pelea mezclados, sus ojos mostraban frialdad.

—Sé que quieres lograr, Scott. —murmuró resintiendo cada uno de los golpes, su garganta le exigía agua o mínimo que no hablara. —Ser el hermano más poderoso de la familia Kirkland para hacer tragar a mi padre sus acciones, restregarle en la cara que estaba mal, que debió elegirnos a nosotros, a nuestra madre antes que a su amante.

Scott dejó todo su peso descender en la alfombra roja que cubría la madera del estudio. Los cabellitos de la tela le acariciaron la nuca sudada y se enterraron en su cabello rojo combinando perfecta con ella. Extendió los brazos y cerró los ojos, cansado de aquella discusión con Arthur.

—No estoy interesado en seguirte. —Arthur se puso de pie como pudo, sosteniéndose de la puerta que le quedaba convenientemente cerca. Empuñó la cerradura con cuidado, esperando que Scott se pusiera de pie en cualquier momento y lo impidiera.

Cuando cerró la puerta detrás de sí, se soltó a llorar.

—.—.—.—.—

Arthur se levantó poco a poco, sosteniéndose el cuerpo a como pudo. Dentro se escuchaba el tarareó desafinado de Scott, sobre una canción de cuna que les cantaba su madre de pequeños. Quién sabe cuánto tiempo había pasado, pero seguro que su hermano no tardaría en salir y él ya no tenía fuerzas para soportar otra pelea. Se fue balanceando por la pared, cayéndose un par de veces; al doble chocó con una persona que le era difícil reconocer.

Oh my God! —exclamó Alfred, sosteniéndolo. — ¿Qué te ha pasado? —lo examinó de pies a cabeza, visualizando sus heridas. El enojo comenzó a invadirlo de nuevo, ¿por qué se le ocurría venirlo a buscar al último en este lugar? ¡Debió ser el primero en pasar su mente! — ¿Fue Scott?

—No pongas una cara tan aterradora. —sonrió, débil. —Te ves horrible.

—Arthur, no es gracioso.

El inglés se aferró a su chaqueta, escondiendo su rostro maltrecho entre ella. Alfred lo rodeó con ambos brazos, ocultando su cara en su cabello.

—Lo siento, Arthur. De nuevo, no estuve para ti.

—Lo estás, lo estás ahora. —sollozó. Alfred escuchó la puerta abrirse, Arthur siguió llorando sin prestar demás atención.

Scott dobló en la esquina con el sigilo de un gato, también tenía la cara y el cuerpo mallugado. Alfred sintió todo el cuerpo tensarse de repente, y la expresión en su rostro hizo soltar un silbido a Scott. Arthur pegó un brinco y se alejó un poco de Alfred, aunque este lo volvió a atraer, sin dejar de desafiar a Scott con la mirada. Ambos hermanos chocaron miradas, Scott les dio a pensar a ambos que comenzaría otra pelea, Alfred ya no lo iba a permitir por todos los cielos que estaba a punto de soltarle un puñetazo a Scott si se acercaba de más a Arthur.

Scott con la frente en alto, paso al lado de ambos, sosteniendo la chaqueta de su madre en un costado del hombro y sin preocuparse de que alguien lo viera a parte de ellos, prendió un cigarrillo sacado de su pantalón.

—Te dije que no pusieras esa expresión. —reprendió Arthur. Alfred lo miró con tristeza, relajando sus hombros. —No es algo que el héroe pueda arreglar.

—Lo dejaste mal parado también. —sonrió Alfred, buscando que de alguna forma regresara su sentido del humor; ahora Arthur no necesitaba que lo vengaran, no necesitaba a un héroe. Lo necesitaba a él, y nunca nadie había necesitado a Alfred F. Jones, lo debía hacer jodidamente bien. —Aunque la mayoría era tu sangre.

—Idiota. —sonrió Arthur, Alfred le colocó su chaqueta en los hombros ayudándolo a avanzar.

Al día siguiente todo paso muy rápido, con ayuda de la enfermera Antonio pudo apaciguar sus heridas. Lovino y Alfred se quedaron a su lado toda la noche, Alfred fue quien duró más, lo encontró dormido encima del escritorio, babeando sus cuadernos. Le costaba mover las piernas y los puños, seguramente por los golpes, aun así, logró levantarse. Cambiarse fue todo un tema porque Alfred se negaba a ver su cuerpo y Lovino les tiró un libro en la cabeza por despertarlo.

Las clases trascurrieron normales, con cientos de alumnos preguntándole por sus heridas y por las que Scott también presumía en su clase. Antonio, Emma y Francis lo rodearon en los asientos, Gilbert solo se unió a ellos de mala gana. Arthur nunca se dio cuenta de que se rodeó de buenas personas -excepto Francis- con el paso del tiempo. Al terminar las clases, encontró a Kiku junto a Feliciano y Ludwig pegando el primer panfleto, simulando una campaña electoral.

Al verlo llegar Kiku tiró todos los papeles al suelo, y corrió a él sumamente preocupado.

— ¿Qué le ha pasado? —preguntó angustiado. — ¡Arthur-san!

—Ya no es necesario que hagas esto, Kiku. Lamento las molestias. —dijo sonriendo. El japonés asintió con la cabeza y volvió a preguntar sobre sus heridas.

Arthur lo ignoró, avanzó y se quedó mirando el papel pegado en el mural de la escuela. El altoparlante que estaba pegado en la esquina superior de la pared, junto con los otros cientos de la escuela comenzaron a sonar uno por uno. Vasili comenzó a saludar con su misma seriedad de siempre. Arthur se puso de puntillas, tomando de la mitad superior del cartel y rezagándolo hacia abajo.

"En este justo momento se decidirá el puesto presidencial de la escuela…"

Se dio media vuelta, enfrentándose con la mirada confundida de Kiku, Feliciano y Ludwig; la burlona de otros compañeros de escuela, entre ellos otra preocupada de Matthew al fondo. Apretó el papel que arrancó entre sus manos, dejándolo caer en el suelo frente a él. Sin ganas de fingir más, avanzó, pisándolo en el proceso. Un paso más adelante se encontró con el mismo sujeto de la imagen.

"Iván Branginski."

Scott Kirkland.


OMG, OMG, OMG, OMG. ME ESTOY MURIENDO DE GANAS DE SABER QUE PASA DESPUÉS Y ES MI PUTO FANFIC XDDD

Ay, disculpen, quiero hacer el fic lo más pegado a las nacionalidades de cada uno, pero si le quitaba a Finlandia (Tino) el Su-san, sentiría que no es Finlandia XD (Una se puede dar unos lujos al momento de escribir, ¿no? (?)) Por otro lado, Lovi ya está pensando en los hijos que quiere tener con Antonio, alv xD

Espero que les haya gustado tanto como a mí, este capítulo superó a "El relato de un lobo solitario" en su record del capítulo más largo y más apasionante. (Aunque me sigue gustando más ese xD).

¿Cuál ha sido su parte favorita? Las mías fueron muchas, pero creo que la escena de Arthur peleando con Scott es donde más me emocione al escribir y leer. ¿Se esperaban el pasado de Iván? ¿o qué al fin pusiera un puto beso de mi pinche OTP (spamano)? XD

Como siempre, muchas gracias por leerme. Este es el último capítulo del año y no podría traerles menos que esto. ¡Espero que me sigan apoyando el siguiente año! Que esto todavía no se acaba. Les deseo lo mejor el año próximo, que cumplan todos sus deseos y luchen por lograr salir adelante. Todo se puede en esta vida, hagan lo imposible, posible. Que la pasen excelente en compañía de sus familias, amigos y ¿por qué no? En compañía de sí mismos. Dicen que no hay mejor compañía que esa. ¡Un gran abrazo y beso!

¡Feliz 2018!

Desde el Reino de la Capa Roja y,

Con sus mejores deseos,

MimiChibi-Diethel.


Agradecimientos a:

Aoi-chan:Jajajajajaja cuando leí la parte donde me dices que "ojalá que el spamano no pase una situación tan complicada como el UsUk" contuve una risa diabólica. No en mala manera, por supuesto, sin embargo, pedirme eso es como pedirme que actualicé diario xD Bastante imposible, más porque me encanta hacer sufrir a esos dos, así que perdona Aoi-chan, no puedo cumplir la petición de no hacer sufrir al Spamano. Te diré que se viene su arco luego del término de este, y si este es muy crudo… pues ya te imaginaras el de ellos. Pero shh, es secreto.

Por cierto, muchas gracias por tus comentarios, me hacen muy feliz. Dejas un comentario que me llega al corazón ya que comentas cada parte del fic C':

Mucha suerte este 2018, te deseo lo mejor. ¡Felices fiestas!

America5:¡Sí! Alfred y Matthew son mis nenes consentidos en este FF. C: Muchas gracias por tu comentario, mucho éxito este 2018.

Erzabeth K:Cuando dijiste "te voy a moler a golpes" me imagine a Hibari de KHR! Poseyendo el cuerpo de Scott x'DD Se le metió el demonio a nuestro hermano mayor, pero Arthur lo ha aplacado ya C: Falta que cierta personita se entere para que se le salga el chamuco de una buena vez. ¡Gracias por tus comentarios! ¡Qué tengas un excelente 2018!

Sybilla Khler: ¡NO LLEGASTE TARDE! XD Puedes comentarme cuando gustes, tarde, día o noche jajajaja. Scott es una divina y nadie pasa de su esquina xDD ¡Muchas gracias por tus palabras, siempre me animan y tus comentarios me sacan una sonrisa! ¡Te deseo un hermoso 2018, linda!

BananaMisteriosa:El spamano dio un paso muy importante hoy. Me siento orgullosa -se limpia la lágrima-. ¡Gracias por sus comentarios! ¡Le deseo lo mejor este 2018!

Lamyamadibujar: Mi fic también está en Wattpad -llora tomates-. Jajajaja, mi instinto protector me dice que te regañe por no dormir temprano, pero vamos, yo tampoco lo hago. XD ¿RoChu? ¡RoChu será pues! Me encantó tu comentario, me hizo tremendamente feliz que por mí te hayas quedado en el fandom y como quiero que te quedes todavía, te recomendaré un fic llamado El diario de Feliciano Vargas, si te metes en mi muro esta entre mis historias favoritas. Ese la verdad es uno de los mejores FF que he leído, a pesar de que contiene algunas parejas que no me gustan mucho, la trama te hace quedarte y amar a todos. ¡Gracias por tu comentario! ¡Feliz 2018!

Qwerty2307: ¡Muchas gracias por tu comentario! La verdad es que el UsUk al principio no era mi fuerte y dudaba mucho con que me quedara bien planteada la pareja, sin embargo, me alegro de que a pesar de que no te guste emparejar dentro de Hetalia te haya gustado la forma en la que quedo. ¡Feliz 2018!

Dark-nesey:Chica, ¡MUCHAS GRACIAS POR TODO! En verdad esperó que leas este comentario porque va dirigido a ti con todo mi cariño. Tus comentarios a decir verdad son de los que más espero, me emociona que haya una persona que comente desde que comencé este fic, a pesar de haberlo dejado en pausa por un largo periodo anteriormente, te agradezco mucho que hayas permanecido a mi lado. Espero que estés de lo mejor, te mando todas mis buenas vibras para el siguiente año, y ojalá que alcances todas tus metas. Aquí, si gustas, tienes una amiga. ¡Mucha buena vibra este 2018!

Y a todas las personitas que me comentaron a lo largo del año:

Dark-nesey.

Aoi-chan.

Shadwood.

BananaMisteriosa.

Cinnia17.

Sybilla Kahler.

Yensen.02

America5.

Erzebeth K.

Lamyamadibujar.

Qwerty2307.

Condesa Sangrienta. (corazón, banana, corazón.)

GinYang98,

TeaParadise

tomato49

-fanfics

A todos los Guest C:

Javany

Amiyei

Mikan Albarn

drizz.02.01

MikoBicho-chan

mr-nadie

AliceIggyKirkland

alisspaz1997

YuriSan333.

Naty

Marcia Andrea

JPArtist

Wuil3

Ahora sí, me inclinó a ustedes en un cordial saludo.

Felices fiestas.

MimiChibi-Diethel.