Circulo: Vicio Tsun.


Tú + Yo= Error 404.

26. Quien todo lo quiere, todo lo pierde.

Arthur le dedicó una sonrisa triste a Kiku Honda, él con la cabeza clavada en el suelo haciendo una dogeza, rogándole un perdón que ni siquiera debía pedir. Lo dejó hacer, repitiéndole de todas maneras que debía alzarse cuanto antes, no quería que nadie entrara a su oficina y pensaran que estaba sometiendo al japonés como último acto del presidente del comité disciplinario. Kiku terminó levantándose, retirándose las pequeñas lágrimas que se acumularon en sus ojos, tomó las manos de su querido amigo entre las suyas, observándolo con una determinación que le causo una risilla. Aún no creía que todo estaba bien.

—Tranquilo, Kiku. No debes disculparte por nada, tú no hiciste nada malo. —tranquilizó, apretándole las manos. Kiku bajó la cabeza, rechinando los dientes. —Iván fue quien hizo todos los movimientos por mero capricho. Es como un niño berrinchudo que quiere un caramelo de la tienda y no lo puede conseguir. Lo importante de aquí es que ya acabó, deberías hablar con Yao seriamente del tema ahora que comienzan las vacaciones.

—Debí decírselo antes, le causé demasiados problemas con su hermano. Su cara esta maltrecha al igual que su relación. Si a alguien debía golpear Scott-san era a mí.

—Si eso hubiera pasado nunca lo habría perdonado. —contestó Arthur. Hablaba muy enserio. —Además, creo que has aprendido una lección con esto. No estoy enojado, ni soy rencoroso, Kiku, así que todo marcha viento en popa con nosotros dos. Aunque, a decir verdad, me enojaré si no hablas con Yao.

— Yao-san esta consiente de los sentimientos de Iván.

—Eso no es suficiente. Tienes que decirle lo que te ha hecho pasar, llegar a un acuerdo si es necesario con Vasili.

— ¿Y si vuelve a dañarlo a usted?

—No tienen tanto poder como aparentan, Kiku. —sonrió volviendo a intentar relajarlo. El japonés realmente estaba angustiado sobre lo que pudiera o no hacer los Branginski. —Scott y yo no supimos luchar, es todo, dudo que intenten expulsarnos… o a los que queremos. —aunque no estaba seguro de que Scott le tuviera aprecio a alguien. —Y si así fuera, lo resolvería con mi padre.

—Sus problemas con el se incrementarán.

— ¡Te comes demasiado la cabeza! —reprendió frunciendo sus pobladas cejas. Era casi cómico. —A mi padre le encanta demostrar su poder, pese a que tu veas un anciano que le da un paro cardiaco porque su hijo tiene un novio, él realmente es muy fuerte. No da su brazo a roer y ama cuando alguno de mis hermanos o yo le pedimos ayuda, lo que usualmente no pasa.

— ¿Está bien si me creo eso, Arthur-san? —preguntó, dudoso. Estaba pensando en Scott. ¿Cómo no iba a hacerlo si Arthur aún tenía una venda cubriendo desde su tórax hasta el cuello? —Mis sentidos me dicen que no lo haga.

—A veces debes desobedecer a tus sentidos y confiar en tu mejor amigo. —cortó el inglés. Usualmente no le gustaba señalarse como el mas cercano a Kiku, eso podría ofenderlo ya que tenía a Ludwig y Feliciano, no obstante, el rostro tan a gusto que puso le dijo que sus suposiciones eran correctas. Arthur se sonrosó, aclarando su garganta evitando mirarlo.

Las palabras de Kiku al momento de despedirse fueron demasiado dulces, tanto que pese al mal día que tuvo le alegro la tarde. Los estudiantes miraban con curia la caja de cosas que llevaba cargando en sus brazos, dirigiéndose a su habitación, faltaba poco para la merienda así que debía darse prisa. Paso al lado de la pizarra donde se pegaban los anuncios, donde Kiku pegó el poster de Scott anunciándolo para la presidencia, unas partes de el todavía seguían ahí, en el suelo ya no estaba la bola de papel que Arthur arrojó al arrancarlo.

El recuerdo semiamargo le pegó de pronto. La indiferencia con que su hermano de sangre paso a su lado, con la sensación de un frío invierno acompañándolo, ni siquiera le prestó la mas mínima atención a Arthur ni a su acción. Luego, en la oficina de Vasili, Scott anunció su renuncia frente a todos con la misma expresión glacial y se retiró cerrando con toda tranquilidad la puerta del despacho.

No se lo topó después de eso. Y la verdad, esperaba no hacerlo. Suficiente tenía con que en unos días las vacaciones comenzaban e irían juntos a Inglaterra. Al menos la primera semana estarían con su madre por lo que sería más difícil para Scott tocarlo o hacerle algo, en cambio, la segunda semana le pertenecía a su padre, el cual apenas se daría cuenta si algo malo pasaba entre ellos.

— ¡Arthur! —gritó emocionado Alfred, con estrellitas en los ojos. El alivio destensó sus hombros al ver que el británico llegaba sin una herida nueva en el cuerpo. —Te estuve buscando todo el rato, pero me encontré a Matthew y me dijo que estabas atendiendo el asunto relacionado con el consejo estudiantil, te busque en la oficina de Scott ¡y el villano de Iván estaba metiendo todas sus cosas! Corrí a buscarte de nuevo, y me entretuve con las galletas de conejo que tenían Emma y Gatubela, después Robín-Lovi intervino, aunque Antonio llegó tan rápido llevándoselo de nuevo con él y yo recordé que mi misión era encontrarte, así que le pedí a Robín-Lovi su llave, y me mando con una grosería muy fea a un lugar muy lejano, hice que Matthew se la pidiera ¡y se la dio como si nada! ¿Puedes creerlo? Así que decidí esperar a que llegaras.

—Vaya día has tenido. —comentó Arthur, apenas comprendiendo un poco pues hablaba demasiado rápido para seguirle el ritmo. —Y yo creía que el mío era suficiente.

— ¡Estaba preocupado!

—Sí, sí. Lo siento, debiste haberme llamado, ¿para qué guardaste mi número si no? —preguntó negando con la cabeza. Alfred palideció, recordando de pronto que tenía un teléfono con el fondo de portada de un Superman. — ¿Apenas lo recuerdas? No tienes remedio.

—Arthur nunca contestas el teléfono y aún así me dices que te marque.

— ¡Sólo fue una vez! —dijo Arthur, tallándose la frente. —Te dije que se me olvidó el teléfono por perseguir a Antonio y Lovino.

—Y al final fuiste con ellos. —Alfred hizo un puchero, inflando las mejillas. —Incluso escuché que Antonio te cargó.

—Ese idiota solo intentaba ser amable.

—También te curó de tu enfermedad y te cuidó. Francis le dijo a Matthew que Scott lo golpeó por intentar defenderte. Quizás esta enamorado de ti. —murmuró entre dientes, jugando con sus dos dedos anulares. Arthur parpadeó un par de veces, imaginándose una escena con el príncipe de la escuela, llena de burbujas y fondos rosas.

—Son demasiados brillos para mí. —contestó disipando la idea agitando una mano en el aire.

— ¡No lo consideres! —protestó Alfred, poniéndose de pie. Arthur le puso una barrera con sus brazos, queriendo alejarlo. — ¡Yo también soy guapo!

—Ehh…—Arthur ladeó el rostro, colocando una mano en su hombro.

— ¡Qué cruel! —chilló de nuevo, apartando los brazos de Arthur de su persona. — ¡Ya verás, le diré a Robín-Lovi que deseas apartar a Antonio de su lado!

— ¡Nadie ha dicho tal cosa!

Alfred corrió rumbo a la puerta, chocando con esta al momento que se abrió, dándole justo en la cara. Arthur ocultó su risa, intentando no ofender mas al testarudo de su novio. Lovino iba entrando, llevando una taza de chocolate en la mano. Por supuesto ignoró a Alfred y cerró la puerta detrás de él.

— ¡Robín-Lovi! —llamó el americano, poniéndose de pie al asegurarse que su nariz seguía en su lugar. Miró a Arthur lanzándole una miradita acusadora. Lovino volteó desde su cama, gruñéndole por interrumpir su muy futura siesta. — ¡Arthur-!

—Te daré una paliza si vuelvo a ver comida tirada abajo del escritorio. —intervino Arthur, tapándole la boca a su novio que se retorció entre sus brazos. El italiano rodó los ojos, volviendo a concentrarse en su chocolate caliente. Regalo de Antonio. — ¡Lo digo enserio!

¡Artuf-robuar-nio!

—Me estas babeando la mano. —se quejó, dándole un zape en la cabeza. Tomándolo de la oreja decidió que era el momento perfecto para irse. —Vamos por la cena, tengo hambre, no comí.

— ¡Hamburguesas!

—Que rápido se te olvida el tema. —susurró Arthur poniendo ojos en blanco.

Lovino escuchó la puerta cerrarse, sintiéndose en paz un momento. Puso el vaso sobre su escritorio, casi igual de limpio que el de Arthur, gracias a este. Entre el pequeño librero que pegaba con la pared estaba una foto de Antonio y él, que el mismo español colocó y le impidió quitar pese a todos los golpes proporcionados. Se veía tan feliz. Ahora solo aparentaba que lo estaba, riendo para que nadie se preocupara, Lovino no estaba seguro de poder aguantar tanta farsa; había hablado con Feliciano el día anterior, su hermano preocupado le comentó que la hacienda de Antonio pronto haría una oferta entre amigos cercanos, tratando de que no quedara en malas manos, pues sus tierras eran unas de las más fértiles de España. Muy pocos llegarían al precio. El padre de Antonio esperaba únicamente hablar con su hijo, darle un pésame, emanciparlo y deshacerse de él al igual que un perro con sarna.

Sabía por experiencia propia que eso provocaba querer dejar de existir. No quería que Antonio cometiera una locura.

Por otro lado, se encontraba la exigencia de sus padres para que él y su hermano fueran a Venecia durante las dos semanas de vacaciones, Blas, su padre, les mandó sus boletos dándoles una orden directa que los quería ahí sin ninguna excusa. Vaya a saber para que lo quería a él también, normalmente nunca se preocupaban por tener tiempo de calidad con él. Y Feliciano siempre se terminaba yendo a los cuantos días con Ludwig. Esperaba que esta vez fuera así, en cuanto lo dejaran solo tomaría el primer vuelo que saliera a España e iría a consolar a Antonio. Le demostraría que le importaba.

Lovino Vargas suspiró con fuerza, dejando ir los malos pensamientos cuando cerró la ventana de su habitación. La fase de los buenos recuerdos comenzaba, y estos también tenían a Antonio. Ya que se hallaba solo, se permitió mostrar sus verdaderos sentimientos, si bien, se reprendió en los primeros momentos por parecer una colegiala enamorada no podía reprimir la felicidad que sentía. Aún seguía interrumpiendo a Antonio con la confesión, todavía el lugar y el tiempo no eran adecuados. Faltaba algo que pronto llegaría, de eso estaba seguro. Miró el vaso con chocolate a su lado, Antonio compró uno para ambos, se sentaron en las mesas afuera de la cafetería y esta vez no llegó el estúpido Bad Friends Trio a interrumpirlos por lo que pudieron conversar con más naturalidad.

Infló las mejillas evitando su sonrisa. El vaso térmico cerca del nombre de Lovino tenía un corazón y al lado una carita con la lengua de fuera, guiñándole el ojo. La había dibujado Antonio con plumón permanente y en cambio Lovino le tachó su nombre, colocándole un bastardo al lado.

Tal vez él no pudiera expresar sus sentimientos como Antonio que lo adoraba con el alma, sin embargo, a él no parecía importarle. Sus acciones le provocaban risas sinceras que Lovino valoraba mucho más que cualquier persona, incluso que Francis o la patata de Gilbert. Él era quién mas amaba a Antonio y no le cedería el lugar a nadie.

Tocaron la puerta de la habitación, Lovino se puso nervioso al pensar que sería Antonio, todavía no desaparecía de sus pensamientos y dudaba que verlo a la cara ayudara con ello. Tragó saliva, carraspeó su garganta en un tono bajito, la puerta volvió a ser tocada, exasperándolo, Antonio sabía que no le gustaba que tocaran doble vez. Iba a reprocharle, y entonces vio que no se trataba de él.

Era Scott Kirkland, y por la cara que traía seguro que no era para nada bueno.

—.—.—.—.—

— ¡Hamburguesas, hamburguesas! —cantó Alfred, alzando la bandeja, dando una coreografía en el comedor. Arthur se cubrió el rostro con su saco, queriendo pasar desapercibido por todos los demás. Obviamente, al ser el centro de atención ese día no lo logró, menos con su querido Alfred cantando a todo pulmón.

—Debes comer vegetales. Tanta grasa te hará daño. —regañó una vez que se dio cuenta de que ya era imposible ocultarse o pretender que no venía con él. —Pide una ensalada de alubias o bechamel de calabacín.

—No quiero.

—Dos platos, por favor. —pidió Arthur a la señora, ignorando a su novio. —Y dos bolsas con chips de vegetales.

— ¡Noooooo! —chilló frenéticamente con la cabeza. — ¡No me puedes hacer esto, Arthur! ¡Pediré una hamburguesa!

—Tienes que volverte a formar. —señaló la larga fila de estudiantes, que lo miraron con recelo por si se le ocurría meterse en la cola. —Suerte con ello.

— ¡Eres cruel, muy cruel! —grito siguiéndolo con su charola vacía. — ¡Ni siquiera me dejaste elegir lo que quiero! ¡Como si pudiera llenarme con eso! ¡Yo hago dieta en vacaciones, no antes! ¡estoy en pleno desarrollo!

—Cierra un rato la boca, incomodas a los demás.

—Tendré al menos mi—AH, ¡QUÉ CRUEL!

Arthur sacó dos botellas de agua natural de la máquina, pagando el precio exacto. Sin esperar los reproches de su novio, se fue a sentar en una de las mesas en la cafetería. Alfred miró detrás, algunos chicos también esperaban sacar bebidas de la maquina y él estaba estorbando. Última vez que comería en el comedor, prefería ir por pastelillos o galletas a la cafetería de la escuela.

—Eres muy malo, ¡príncipe de las sombras!

—Hace mucho que no me llamabas así. —comentó Arthur, pasándole la copa con bechamel, el plato de ensalada, su agua y al último la bolsita de chips. —Me trae feos recuerdos a la mente.

—Estas muy malo conmigo. —sollozó Alfred, haciendo un mohín. —Tendré mucha hambre a la mitad de la noche. ¿Cómo puedes comer solo esto sino has comido en todo el día?

—Tu sí comiste, en eso me basé. —dijo Arthur, comenzando a comer la ensalada. —Si recargas mucho tu estomago estarás enfermo todas las vacaciones. Y estoy seguro de que te la pasaras quejándote cuando regreses. Además, algo ligero para antes de dormir es lo que recomiendan los nutriólogos, el desayuno es donde debes de recargar tus energías no a la hora de la cena. Y tú comes puras porquerías a la hora que sea.

—No es cierto…—aunque sí que era bien cierto.

—Ayer desayunaste donas y un montón de bizcochos, comiste casi la mitad de una cubeta con pollo y cenaste una hamburguesa, justo como querías hacer ahora. —recriminó, picándole la mejilla por haber mentido. — ¿Y no quieres que me preocupe por todo el colesterol que tienes? Debes estar bromeando.

—Pero no puedo comer solo plantas…

—Claro que no, debes tener una dieta balanceada, de eso me encargo yo.

— ¿Habrá hamburguesas?

—Vegetarianas.

— ¿Hot Dogs? ¿Pollo frito? ¿Donas? ¿Papas fritas?

—Tranquilízate un poco, Alfred, atraes la atención de todos. —pidió, abriendo la botella de su agua, Alfred puso los ojos de borrego a medio morir, intentando convencerlo. —Sería un error quitarte todo de un jalón, iremos poco a poco. Aunque desayunarás avena en la mañana, dos o tres platos al menos.

— ¡Aquí no venden esa cosa! —chilló revolviendo su bechamel, sin intenciones de comérselo.

— ¡Es lo que más piden a la hora del desayuno, incluso hay una pancarta en la entrada! —reclamó Arthur, golpeando tres veces la mesa, Alfred se encogió en sus hombros echando toda la verdura a un lado. —Lo compre para ti, tienes que comértelo.

—Me duele el estómago. —mintió agarrándoselo, poniendo una cara muy adolorida.

Arthur conocía ese método, su medio hermano Patrick solía usarlo de niño al no querer ir al colegio o para faltar a las practicas matutinas de rugby. Su cara se volvió agria al observar los fingidos retorcijones que Alfred intentaba recrear. Los platos del americano seguían intactos, al igual que su botella de agua; él deseaba cuidarlo nada más, ¿acaso era tan malo? La ensalada no estaba mal, tampoco la bechamel.

Pensó rápidamente en algo, quizás funcionara, después de todo Alfred lo aplicaba a cada rato con él y terminaba cediendo a sus peticiones por más descabelladas que fueran. Aunque era bastante vergonzoso. Se armó de valor, metiéndose una última cucharada de la crema de calabacín.

—E-Estoy preocupado por ti… es todo. —murmuró mordiéndose los labios, removiendo sus brazos por la pena que le causaba actuar así. Alfred paró de removerse en el asiento, confundido por las acciones de Arthur, parecía como si quisiera ir al baño. ¿Por qué no solo iba y ya? Podría aprovechar el momento para escaparse… ¡ah! No podía. Recordó con pesimismo que le gustaba menos Scott que el calabacín. — ¿No puedes comértelo, por mí?

—Me estás dando escalofríos con ese rostro. —confesó Alfred, con una mano sobre la boca, mordiéndose las uñas. Arthur lo miraba hacía arriba, apretando los labios en una mueca que intentaba simular su decepción. Al escucharlo el sonrojo abarcó hasta su cuello.

— ¡Trágate eso o te lo meteré por cualquier agujero que quepa! —gritó poniendo ambas manos sobre la mesa.

Alfred se puso rígido de inmediato, obedeciendo las ordenes de su novio de una vez por todas, se atraganto un par de veces, pero consiguió acabarse todo en menos de diez minutos. Sobraba decir que incluso le quito la mitad de su agua a Arthur para quitar el mal sabor de las verduras.

—No vuelvas a poner esa cara. —pidió Alfred, negando con la cabeza, ya cuando salían del comedor. Arthur gruñó, dando a notar que no deseaba hablar de ello. — ¡Me diste tanto miedo! ¡Parecía que estabas invocando a un demonio!

—Por poco lo hago. —fue la respuesta escuálida de Arthur.

—.—.—.—.—

— ¡Ahh, no sabía que compartías habitación con Gilbo! —exclamó Antonio, tomando rápidamente el peluche de pollito que tenía su amigo sobre su cama. Roderich rodó los ojos, sin prestarle atención.

—No me dan ganas de presumirlo. —confesó sentándose en la silla de su escritorio, girándola lo suficiente para poder ver al hispano. —Es una lata.

—Pero si tú tienes el cuarto más desordenado que él. —rio Antonio, notando las pautas regadas de Roderich por su cama y mesa, incluso había algunas debajo de su cama. En cambio, Gilbert todo tenía acomodado, incluso la cama estaba bien hecha aún cuando él se burlaba de Francis por no irse hasta que esta no tuviera ninguna arruga en la cobija. —Quién lo diría del señorito.

—Cierra la boca. —cortó Roderich, cerrando los ojos, ofendido.

—Gilbo tampoco me lo dijo, debí haberle preguntado… creo que Francis lo hizo y él se negó a contestar.

—No te invite a mi habitación porque quiera charlar de tu tonto amigo.

—Dirás lo que quieras, pero sé que te agrada. —se mofó, ampliando su sonrisa burlona.

— ¿Quieres que comience a divulgar asuntos vergonzosos sobre ti?

—Está bien, me callo.

—Te mande a llamar porque sabía que Gilbert no estaría aquí. —inició, sacando unos papeles de un cajón de su buro, el cual necesitaba una llave para abrirse. —Seguro que armaría un alboroto al enterarse que te llame aquí por esto. No quiero que le digas.

— ¿Eh? ¿Le confesarás tu amor a alguna chica? —preguntó inocentemente. — ¿Quieres mi consejo?

— ¡No seas indecente!

¿Indecente? —pensó Antonio, desconcertado.

—Es sobre la finca de tu padre, los ganados ahí son muy buenos, mi madre teme que se termine todo cuando se venda a otra persona; quiere saber de antemano si piensas seguir en el negocio o no. De lo contrario desea que le vendas la parte de los establos o bien, que la comuniques con el futuro comprador en cuanto tengas su número.

—Estas diciendo un montón de cosas sin sentido, Rod. —rio Antonio, rascándose la mejilla. —Apenas he comprendido la mitad. A parte, es muy probable que mi viejo termine por comprar esa tierra, así que si quieres puedes hablar con él al respecto, no tengo inconveniente.

—Ya veo. Puedes marcharte entonces.

—Que sincero. —comentó el moreno, un poco decepcionado de que solo se tratara de eso. Antes de salir, Roderich lo llamó de nuevo, mas serio que antes.

—Siento lo de tus padres, Antonio. —dijo de pronto, causándole una sensación cálida al español. Sí se preocupaba por él. —Si me a sincero más contigo, sé que no es fácil soportar un divorcio, yo he pasado por dos. Así que no te dejes caer.

—Eres un buen sujeto después de todo.

—Idiota. —bufó el austriaco, acomodándose los lentes mejor antes de proseguir. —Si quieres un consejo, es mejor no aceptar la ayuda del Sr. Máximo. —Antonio se giró a él, contemplándolo confuso. —Dirá lo que quiera sobre ayudarte, pero al final de cuentas solo se esta ayudando a él mismo, tu sabes sobre el negocio y lo ayudaras al final. ¿No es así?

—Aún la decisión no esta tomada.

—Cuando se separaron mi madre y padre me quede a vivir en la casa de Ludwig y Gilbert, bastante caótico, luego, mi madre volvió a casarse y de la misma forma a divorciarse, ninguno de los dos me afecto, sin embargo, vivir de la caridad de los tíos, por las fallas de mi madre, es suficiente para que me muera de vergüenza. —concluyó arrugando sus pautas. Antonio pasó saliva, apretando sus puños tras la espalda, aquello le llenaba el corazón de dudas sobre su viejo y eso no estaba bien. —Puedes querer mucho al nieto de los Vargas, pero al final del día, serás un extraño más conviviendo en su casa, tomando su comida, durmiendo en sus camas. No quiero desanimarte, Antonio, te estoy diciendo como me sentí yo, siendo que Ludwig y Gilbert son mis primos lejanos, ¿cómo será entonces contigo y la familia Vargas? Sus padres no toleraran tu presencia, Feliciano y Lovino son dos niños mimados, y Máximo no podrá protegerte para siempre.

—Estas diciendo cosas muy crueles, señorito. —intervino Gilbert de pronto, aventando a Antonio con la puerta. Él fue a dar por las patas de la cama de Roderich.

—Las verdades siempre son crueles, Gilbert. —contestó sin interés. —Me preocupa Antonio, aunque no lo parezca.

—De verdad que no lo parece. —contratacó Gilbert, ayudando a su amigo a levantarse. Roderich chocó miradas con él, irritado. —Vamos, Toño, busquemos a Francis y a tu princesa.

— ¿Princesa? —preguntó Roderich, sin entender a quién se referían. ¿Emma? ¿Lovino? ¿Alguna de entre el millar de chicas que seguían a Antonio?

—Lovino Vargas. —dijo Gilbert con una sonrisa arrogante.

— ¡Gilbo, me harás sonrojar! —gritó Antonio, cubriéndose con las manos.

Roderich suspiró, volviendo a concentrarse en sus notas musicales y la hoja que arrugó sin querer. El consejo ya estaba dado, dependía de la persona seguirlo o ignorarlo. Y esperaba que Antonio no fuera tan estúpido, como decía su cara, para hacer lo último.

— ¿Qué crees que haces con el señorito bueno para nada? —recriminó Gilbert, insatisfecho, metiendo a su amigo a la habitación con una patada. Francis que estaba leyendo, paro su acción, asomándose por encima de la revista de moda.

— ¿Por qué tanta agresividad con el trasero de Toño, Gilbo? ¡Lo arruinarás! —chilló poniéndose de pie.

—Fue con el señorito a quién sabe que cosa y este empezó a decir puras mierdas. —contó enojado. Antonio lo miró desde el suelo, con los ojos aguados. Gilbert era el mas alegre de los tres, que se enojara con él de verdad significaba algo malo. — ¡Deja de mirarme con esos ojos, no soy una chica para caer ante ti!

—Dices eso, pero ya estas mas relajado. —comentó Francis.

— ¡Es que hace enojar a mi asombrosa persona! Sino quería vivir con nosotros simplemente lo hubiese dicho.

—Y yo que creía que estabas preocupado por mí. —Antonio miró a un punto muerto de la habitación, sopesando el poco afecto de su otro mejor amigo.

—Ya, ya. Lo importante aquí es que Antonio no haga caso a sus palabras, el señorito es una persona sumamente molesta, ¡mira que atreverse a salir tan genial en todas las fotos! ¡incluso en las de graduación! Estoy tan celoso. —cómo era costumbre, Francis sacó su pañuelo que lo acompañaba en sus dramas y comenzó a morderlo.

—Siento que esto es más personal con ustedes. —dijo Antonio, apretando sus labios en una fina línea, intentando no reírse. —Iré a ver a Lovi, así que ustedes asegúrense de disminuir todo su rencor a Rod.

— ¡Le llamas incluso por un apodo! —chillaron ambos.

—Yo también voy. —gruñó Gilbert, desabrochándose por alguna razón la sudadera roja que llevaba. —Iré a molestar a la princesa por un rato, ya que no lo haré en vacaciones.

—Es verdad. Tengo que cuidar bien tu castidad, Toño, esa me pertenece.

— ¡Pertenece a Lovi! —protestó él.

Al llegar a la habitación Antonio fue el primero en reaccionar, lleno de furia se arrojó sobre Scott, que momentos antes tomaba a Lovino por el cuello de la camisa, alzándolo del suelo.

—.—.—.—.—

Lovino cerró la puerta de la habitación una vez que Scott se adentró, observando en sigilo el lugar. Al no encontrar a su hermano se volvió sobre sus talones, observando al mayor de los Vargas con una de sus cejas rojas alzada, esperando una explicación a la pregunta que suspendida estaba en el aire y no era formulada. Lovino pegó un brinco efímero que ni siquiera fue notado por Scott. ¿Le podía decir que se fue con Alfred? ¿Debería mentirle y decirle que no tenía ni idea de donde estaba?

—No tengo idea. —contestó a secas, optando por la segunda opción que su mente formulo. —No soy su puta niñera.

El mayor de los Kirkland suspiró, haciéndose una idea de dónde o más bien, con quien se encontraba. Su estúpido hermano menor ni siquiera podía aparentar un día que le dolía el orgullo, al primer momento se largaba feliz de la vida con el imbécil de Alfred, que seguro lo inducía a comerse un centenar de papas fritas bañadas en grasa. Gruñó sin darse cuenta, acojonando más a su forzado anfitrión.

—Lo esperaré.

Oh… no.

—Prefiero que lo hagas afuera. —dijo Lovino, cruzándose de brazos, evitando que viera el temblor en sus manos.

— ¿Me estás diciendo que hacer mientras te cagas en los pantalones? —preguntó Scott con burla, quizás no viera sus manos, pero sus piernas no se podían ocultar. El crio tenía la cara tan pálida, reusándose a mirarlo que le daba un poco de lastima. —Déjalo. Ve a buscar a tus amigos o lo que sea, yo me quedo aquí. —hizo un gesto despectivo con la mano, apurándolo a marcharse.

Era la primera vez que ambos chocaban verdaderas palabras entre sí. Lovino recordaba muy vagamente el rechazo de la mano de Scott, y para ese entonces a Scott ya le daba igual la presencia de Lovino. No lo necesitaba para ascender de todas maneras. Vargas y Kirkland se dedicaban a negocios completamente distintos, aunque sabía que su padre guardaba un inmenso respeto a Máximo Vargas y viceversa. Lo mejor que podía ser el mayor Kirkland era ignorarlo hasta nunca volver a verlo, que sería básicamente en medio año.

Lovino en cambio retenía su lengua sobre preguntarle de las heridas que tenía Arthur. Scott Kirkland era un sujeto de cuidado, y si algo le enseñó su inútil padre fue no provocar a sujetos mas poderosos o fuertes que él; si Lovino fuera su padre, seguro que intentaría hacerse amigo intimo de Scott, por suerte no lo era, así que podía guardarse las nauseas que le provocaba pensar en un sujeto como él de aliado.

De verdad, deseaba callar su boca, debía ir mejor a la habitación de Antonio, jugar un poco con él y el BFT, dejarle un mensaje a Alfred sobre que no llevara a Arthur a su cuarto y esperar hasta que Scott terminara por marcharse. Ahí no había nadie para salvarlo, ¿para que provocar a la bestia que no podía parar?

—Deberías dejarlo. —dijo de pronto, mordiéndose la lengua al final.

— ¿Ah? —Scott que hojeaba uno de los libros de Arthur se volvió a él, extrañado de sus palabras. ¿Dejar el libro de Arthur? ¿Para qué o qué? Incluso entrecerró el libro para ver la portada, definitivamente era uno de los libros de Arthur.

—D-Dejar de golpearlo. —tartamudeó, buscando fuerzas invisibles. Un grito en su mente le pidió que parara, que su piel era demasiado suavecita, no soportaría ningún golpe. —Es a lo que me refiero.

Scott parpadeó dos veces, procesando sus palabras, movió su cabeza de un lado a otro sin llegar a comprender porque el crio idiota de los Vargas sabía semejante cosa. ¿Acaso su estúpido hermano iba divulgándolo por toda la escuela ahora que los poderes se habían invertido? No, ni pese a su pelea sería tan pendejo, si algo los distinguía a la familia Kirkland era lo reservados que eran respecto a que los demás supieran sus problemas. Tal vez el niño mimado de los Vargas lo descubrió por mera casualidad.

— ¿Qué tiene que ver contigo? —preguntó casual, sin rastro de incomodidad o ira en su voz. Lovino notó que le daba igual que supiera o no.

—Sé que nada, sin embargo…, me causa mucha repulsión lo que haces. —contestó sincero, apretando los puños contra sus piernas. Las uñas se le enterraban en la palma de la mano.

—Si lo sabes entonces no debes de meterte. —contradijo Scott, ignorando sus palabras finales. Y al parecer para él eso concluyó la platica pues volvió a concentrarse en el libro.

Lovino soltó una risa irónica. Tal como Govert creía que golpear a chicas por vengar a su hermana era bueno, Scott pensaba que hacer eso a su hermano estaba bien. ¿Qué estaba mal con todos los sujetos de esta escuela? ¿Acaso no conocían el sentido común? Scott a pesar de todo siguió sin prestarle atención.

— ¡M-Me estoy metiendo porque yo también tengo un jodido hermano menor! —estalló, tronando los dientes con cada palabra. Scott apacible, volvió la vista a él, analizándolo con ella. — ¡¿Como puedes pensar que lo hecho está bien?! ¿Eres un maldito psicópata o algo así?

—Cierra la boca. —decretó cerrando el libro con un golpe sordo.

¡Eso intento!, pensó Lovino sudando frío. Su boca se estaba moviendo por voluntad propia. — ¡Piensa un poco más en los sentimientos de Arthur!

Scott entonces se puso de pie, dejando el libro que tomó en el mismo lugar del librero con una calma que hizo pequeño a Lovino. Debía retractarse cuanto antes, no obstante, cada una de sus palabras estaban llenas de absoluta verdad y Scott lo sabía. Como una tormenta a punto de estallar, el mayor de los Kirkland se puso delante de él, dándole una mirada fría, calculadora y jodidamente intimidante.

—Lo diré de nuevo, porque soy consciente de tu familia —dijo, empujándolo por el pecho, Lovino traspilló deteniéndose justo a tiempo para no caer. —Esto, ¿qué tiene que ver contigo?

Su mirada, su lenguaje corporal, el aura tan imponente ordenaban a todos sus sentidos italianos no contestar. Inclinar la cabeza, resguardar su seguridad e irse corriendo rumbo a Antonio o Govert, no volverse a meter en los asuntos de Arthur e ignorar todas las vendas que tenía, los ojos sin vida que ponía cuando tocaban el tema. Si ese fuera Feliciano, ¿de verdad sería tan cobarde para no hacer nada? Si Feliciano tuviera que soportar todo ese dolor solo, ¿no haría nada?

Lovino apretó sus labios en una fina línea, agachando la cabeza hasta que observó las botas bien pulidas de Scott.

—El cobarde eres tú. —empezó, volviendo a empuñar las manos, a respirar todo el aire toxico de la habitación, a chocar sus ojos verdes contra los de Scott. — ¡ÉSTAS SIENDO UN PUTO COBARDE! —gritó furioso. — ¿Cómo has podido tocarlo sin tener un solo remordimiento en esa cabeza? ¿Qué carajos sucede contigo? ¡Él es tu hermano menor, y tu deber como hermano mayor es dejarle tu hombro para apoyarse no romperle el brazo por querer hacerlo!

Scott separó sus labios, contemplando sorprendido al heredero de la familia Vargas. Desgraciadamente, no tardó mucho que la sorpresa se transformara en cólera. Una tan palpable que calentó toda la habitación. Aún cuando sus emociones estaban a punto de estallar consiguió mantener su estabilidad, lo cual le causo un largo y temible suspiro.

—Si no sabes nada, guarda tus absurdas palabras.

— ¿No sé nada? —cuestionó soltando un bufido. —Puedo parecer un imbécil, pero me doy cuenta de las cosas, Scott. ¡Basta con mirar al maldito cejon para ver cuanto sufre a causa de tus golpes!

La oscuridad comenzó a abarcar la habitación, Lovino ni siquiera pensó en prender las luces, Scott salía a relucir por si solo. Además, le daba miedo ver iluminados esos ojos tan furiosos. Luego de haber llegado tan lejos, sacando el rugido de su pecho sería demasiado estúpido volver atrás. Ni Scott se lo perdonaría tan poco.

— ¿Por qué será que las demás personas no se ocupan de sus asuntos antes de meterse en los míos? —preguntó al aire, con un tono absurdo de ironía y enojo. —El imbécil de Alfred, el pueblerino de Antonio y ahora hasta un crío idiota viene a decirme como tratar a los míos.

— ¡Estas lastimando a tu propio hermano! —chilló Lovino, soltando sus brazos con fuerza, intentando hacerle reaccionar. — ¿Por qué es tan difícil para ti verlo? ¿Por qué no entiendes el sufrimiento que le estás causando? ¿Por qué no puedes cumplir tu función como hermano mayor?

— ¿Función de hermano mayor? —rio, llevándose una mano a la boca, guardándose el gesto. — ¿Por qué haría semejante cosa? Arthur me da absolutamente igual, solo debe limitarse a obedecerme, esa sí es una verdadera función. Si tú supieras manejar a tu hermano, seguramente sería igual, no somos tan diferentes, Lovino Vargas.

—En mi vida le pondría un puto dedo encima a mi hermano únicamente para que cumpliera mis deseos. —siseó Lovino demasiado ofendido. —Si tú quieres echar tu vida a perder pensando que el puto dinero es todo lo que vale en esta vida, no tengo nada más que hablar contigo, sin embargo, no te atrevas a compararme contigo, sádico de mierda. Yo sé valorar el amor de mi hermano y de las demás personas.

— ¿La de tu familia? —remarcó mostrando sus perfectos dientes en la oscuridad.

—Me siento mal por ti después de todo, Scott. —expresó borrando la sonrisa de autosuficiencia del rostro contrario. —Si crees que los únicos lazos son con tus parientes de sangre definitivamente no hay nada que hacer por ti. Antonio me mostró eso, que la sangre no pesa más que el agua. Mis padres pueden no amarme, avergonzarse de mí por no tener los talentos de Feliciano, pero a cambio de su desprecio fui bendecido con mi abuelo, con Govert y Emma, con un estúpido hermano terriblemente bueno y…—hizo una pausa, Scott no pudo ver el rostro que puso en la oscuridad, que Lovino relajó todas sus facciones hasta casi sonreír. —, Antonio.

—Supongo que no todos tenemos la misma suerte.

—No. —contestó Lovino, volviendo a retomar la seriedad. —Tú la has tenido y te has esforzado en perderla. Tienes una madre que a kilómetros muestra lo dulce y comprensiva que es, un hermano que a pesar de todo siguió a tu lado hasta que alguien le mostró que su relación era horrible y le brindó un cariño que no sabía que existía…—si Lovino pudiera verlo, sabría que era un buen momento para comenzar a callar. —Mi abuelo me ha hablado de tu padre incluso, no parece mala persona—

Ya no lo toleró más. Scott sintió que la bilis comenzaba a saberle en la boca. Con un movimiento rápido que Lovino no vio llegar, sintió el tirón en sus hombros, Scott lo sostuvo por el cuello de su camisa, apunto de estrellarle el puño en el rostro.

Sintió una ráfaga de viento pasar delante de él y el agarre se aflojó por completo, haciéndolo retroceder dos pasos anonadado. El estruendo lo regresó a la realidad en cuestión de segundos, al igual que las luces que Francis se encargó de encender. De inmediato sus ojos se dirigieron al escritorio donde Scott Kirkland fue estampado, intentando ser sometido por Antonio.

— ¡Muévete de aquí, princesa! —protestó Gilbert, tomándolo del brazo jalándolo hacia la puerta del baño.

Francis ya remediaba la situación queriendo quitar a Antonio de encima de Scott, repitiéndole muchas veces que no le convenía meterse en problemas. Scott logró voltearse, estampándole un golpe al moreno, justo en la quijada; Antonio ni así se apartó, devolviéndole el golpe justo en la mejilla donde Arthur lo arañó. Lovino en su posición no podía procesar nada, Gilbert lo dejó justo ahí, sabiendo que era la prioridad de Antonio y se unió con Francis para calmar a ambos chicos. Los estudiantes de afuera comenzaron a asomarse a la habitación, formando una bolita a las afueras del dormitorio.

— ¡Basta los dos, todos los están viendo! —exclamó Francis, siendo empujado por Antonio.

— ¡Toño serás expulsado, tú tienes todas las de perder! —le recordó Gilbert sujetándolo por un brazo.

Eso hizo entrar a Lovino en sus cabales. De un portazo cerró, dejando a los compañeros de piso sorprendidos, algunos incluso tocaron varias veces de nuevo la puerta. El italiano tomó de la misma forma por la cintura a Antonio, hasta lograr quitarlo de encima de Scott, Gilbert se apresuró en parar al pelirrojo.

— ¡Como te atreves a tocar a Lovi! —reclamó Antonio forcejeando entre los agarres. Scott estaba tan tenso que Gilbert dudaba en poder contenerlo si es que se dirigía a atacar a su amigo, también se estaba limpiando la sangre del labio roto que le dejo Antonio. — ¡Eso nunca te lo voy a perdonar!

Mon dieu, Antonie!¡Tranquilízate de una buena vez! —gritó Francis, llevándoselo hasta la puerta. —Basta los dos. Ambos salen perjudicados de esto. ¿Qué esta sucediendo, Lovino? ¿Por qué están los dos solos?

¡Váyanse a sus habitaciones si no quieren que los reporte! —habló de repente la voz de Arthur, detrás de la puerta. No tardo ni un minuto en abrirla, con la voz de Alfred remarcando que el héroe se encargaría de todo lo que pasara, pese a que no conocía la situación.

Alfred apenas alcanzó a entrar pues Arthur cerró de inmediato al ver la escena.

— ¿Qué es todo esto? —preguntó Arthur a Lovino, observando a Scott de reojo.

— ¡Me importa un comino que me insultes o me golpees a mí! —siguió Antonio, soltando algunas patadas al aire. Scott iba a arremeter contra él de nuevo, siendo detenido a la velocidad de la luz por Gilbert que le gritó a Arthur por su ayuda, él le paso la bolsa de papas que traía en la mano a Alfred, socorriendo al albino. Francis empujó hacia atrás, señalando a Alfred la puerta. — ¡Pero no te atrevas a tocar de nuevo a Lovi! ¡Suéltame, Fran, le mostraré que no estoy bromeando con esto!

—Ya basta, Scott. No estamos en posición de armar una pelea. —le recordó Arthur, evitando un codazo que iba directo a su cara.

— ¡Corre, Fran, corre! —gritó Gilbert, soltando a Scott y aventurándose a tomar las piernas de Antonio, cargándolo con ayuda de Francis. Antonio les chilló que lo bajaran de inmediato, ninguno obedeció y Lovino tuvo la inteligencia de salirse con ellos, pidiéndole a Alfred con la mirada que intentara remediar la situación.

Al final la puerta se cerró estruendosamente, y todo quedo en silencio.

Scott se giró a Arthur echándole la culpa con la mirada. Ahora todos pensaban que tenían el derecho de hablar sobre su situación. Su hermano no bajó los ojos, sosteniéndoselos por buen tiempo hasta que decidió que estar a su lado no era bueno y caminó rumbo a Alfred, quién arrugaba la bolsita de chips, seguramente ya trituradas.

— ¿Ahora te vas a meter con esos idiotas? —preguntó en tono serio.

— ¿Estás seguro de que no quieres considerar la oferta de Matthew? —dijo Alfred, dándole una media sonrisa. Scott respiró tres veces, aguantándose todas las ganas de someterlos contra el piso. Las palabras de Lovino retumbaban como ecos en su mente, justo como había pasado con las de Alfred y Antonio.

Sin decir nada avanzó directo a la puerta, Alfred puso un brazo delante de su novio, protegiéndolo.

— ¿A qué has venido? —Arthur detuvo su caminar con esa pregunta, haciéndolo volverse a él. —Pensé que todo quedo claro entre los dos. Has renunciado sin ninguna consideración a mi propio trabajo, me has presionado hasta volverme loco y ahora lo desechaste como si no valiera nada. ¿Qué tienes que hablar conmigo ahora? —recriminó bajando el brazo de Alfred de un sopetón. El americano lo miró sorprendido, entendiendo la indirecta; él no quería que lo protegiera. — ¿Me darás la excusa perfecta por si mi madre pregunta de mis heridas?

Scott no se dejó intimidar por sus palabras, arrojó a su cara un sobre que contenía un boleto de avión rumbo a Inglaterra. Ambos Kirkland ya no cruzaron ninguna palabra, la puerta volvió a cerrarse tan silenciosamente que ni parecía que un demonio había salido por ella.

—.—.—.—.—

— ¡No puedo creerlo, Lovi! ¿¡En qué estás pensando!? —gritó Antonio caminando de un lado a otro, rabioso. Lovino estaba sentado sobre su cama, desviando la mirada a los escritorios de ambos amigos. — ¡Quedarte y enfrentarlo como si nada! ¡Pudo haberte hecho algo terrible!

Non, non, Lovino. —murmuró Francis, negando con la cabeza. —Mira como tienes a Antonio, si no hubiésemos llegado…

—Pero llegaron. —cortó él, comenzando a molestarse por los regaños. ¡Solo intentaba defender al puto cejon, debían alabarlo!

—Por mí parte me encantaría ver esa cara de princesa hecha puré. —comentó Gilbert, con la barbilla recargada en su mano, indiferente a la situación. —Toño recibió el golpe por tu culpa.

Maldita patata, sabía en que punto darle.

— ¡Yo no le pedí que me salvara! —gritó Lovino, harto. — ¡Simplemente debiste dejarlo hacer lo que quisiera!

—Estás siendo muy grosero, lindo Lovino. —regañó Francis, frunciendo las cejas. —Antonio te salvó.

—Deberías agradecérmelo con un beso~—pidió Antonio, formando una sonrisa en el rostro, al parecer todo su enojo se esfumó al notar esa oportunidad. Un puñetazo fue lo que recibió.

—Ni siquiera eso puedes hacer—le recriminó Gilbert, burlón.

— ¿Qué podemos esperar, Gilbo? El pequeño Lovino sigue siendo un niño. —secundó Francis. —Estoy seguro de que todos los besos se los ha dado nuestro querido Toño.

—No debes forzarte a hacerlo, Lovi. —Antonio negó con las manos, sacudiéndolas a los lados a la altura del pecho. Lovino tenía la cara roja por las burlas y el enojo de que todo fuera verdad. —Llegará en día donde aprendas a besar.

— ¡Qué mierda!

Kesesese~! ¡La princesa no sabe besar!

—Puedo darte clases, Lo-vi-no. —el tono en que Francis lo dijo hizo erizar los vellos del cuello de Lovino, asustándolo.

— ¡Déjalo en paz, Fran, practicará conmigo! —protestó Antonio, pegándose a Lovino en un abrazo por los hombros, remarcando sus palabras. —No te preocupes Lovi, tomate tu tiempo.

— ¡Puedo besarte cuando se me pegue la puta gana! —chilló Lovino con las venas resaltándole de los ojos, lo tenía tomado de la camisa, furioso, lo cual dio a conocer dándole una patada en la espinilla. Antonio se dobló, reteniendo las lagrimitas en sus lagrimales. — ¡Si digo que puedo hacerlo, puedo hacerlo, gilipollas imbécil!

—Entonces deja de hablar y hazlo. —comentó Francis, poniendo una mano sobre su mejilla, atento a la reacción de Lovino, el cual se enrojeció hasta las orejas.

Kesesese~! Si vas a hacerlo, hazlo ya. El santurrón no se echa atrás, que gracia~—se burló Gilbert.

Lovino miró al resto del Bad Friends Trio, con su rulo erizado, después se enfocó en Antonio que regañaba a sus amigos por ponerlo en un aprieto. La verdad es que sí, merecía un premio o mínimo un halago de su parte por salvarlo de Scott, ¡él también era valeroso, un puto beso no tenía por qué acojonarlo!

—Está bien, Lovi, no tienes que hacerles caso. Te estamos tomando el pelo. —calmó Antonio, notando el aura casi negra que rodeaba a Lovino. Tal vez Gilbert y Francis deberían comenzar a correr.

—Oh, no te preocupes, pequeño Lovino. —inició de nuevo el francés, rascándose la barbilla. —Tú querido hermano mayor, Francis, te enseñará como hacerlo.

Antonio sonrió con inocencia, ante las intenciones que Lovino sabía que Francis tenía. Gilbert puso las manos detrás de su cuello, riendo con la risa boba que tanto lo fastidiaba. El rubio avanzó hasta Antonio, poniéndole una mano en la cara, cuando el español notó su propósito se echó un poco para atrás, sorprendido; fue el turno de Lovino para actuar, casi como un rayo, apartó a Francis aventándolo atrás, cogiendo desprevenido incluso a Gilbert. Tomó el rostro de Antonio entre sus manos, gracias a la diferencia de estatura, lo inclinó hacia abajo plantándole un beso fugaz en los labios.

La risa de Francis y Gilbert arruinaron su acto de valor.

— ¡Lo ha hecho, lo ha hecho! —gritó Gilbert, sobándose el estómago. — ¡La princesa ha besado al príncipe!

—Solo necesitaba un empujoncito. —Francis le guiñó el ojo en señal de complicidad.

— ¡Sois geniales, chicos! —lloró Antonio, repletó de felicidad.

— ¡VAYANSE A LA PUTA MIERDA! —tronó Lovino, aventándoles todo lo que encontró a su paso.

—.—.—.—.—

Scott se mordió la lengua para no regresar y poner en su lugar a su hermano menor. La noche estaba demasiado hermosa para su estado de humor, el viento apenas soplaba, los estudiantes bullían de un lado a otro, murmurándose entre ellos como si él no tuviera orejas para escucharlos. Le comenzó a doler la cabeza a medida que avanzaba cada vez más, el pecho se unió justo antes de incorporarse al siguiente patio, no tuvo más remedio que irse a sentar en una de las bancas que recién desocupaban dos alumnos al ver que él quería ese lugar. A pesar del rostro tan pálido que tenía, nadie se acercó a preguntarle si todo iba bien. La verdad se extrañaría que así fuera, Scott Kirkland no tenía ni un solo amigo en ese lugar.

Cerró los ojos un momento, volviéndolos a abrir con pánico al sentir que se hundía en el fondo del mar. A pesar de que siempre mantenía todos sus recuerdos a la raya, solo sacando a flote los que lo impulsaban a salir adelante, uno que otro en ciertas ocasiones se lograba inmiscuir en su mente.

Últimamente Scott estaba teniendo días terribles. Arthur no los mejoraba, lloraba extrañando a su madre, ¿y cómo culparlo? Él también lo hacía. Annie no podía verlos más que un par de horas por los sábados y ella debía trabajar así que esas horas se reducían a un máximo de treinta minutos. Su madre antes de irse los besaba un montón de veces, jugaba un rato con ellos y les prometía que pronto todo cambiaría. Scott no tardó mucho en darse cuenta de que no era cierto.

La escuela por otro lado se le tornaba difícil, preocupado por su hermano en un distinto salón con niños que se burlaban de su situación diciendo que tenía dos madres. Un mocoso presumido llamado Francis, le apodaba oruga fea mientras giraba sus vestidos. Scott trató de intimidarlo un par de veces, sin embargo, su otro amigo Gimbri o algo así, espontaneó y llenó de energía siempre lograba que Scott se marchará completamente agotado. Arthur le lloraba en busca de consuelo, muchas veces lo hizo hasta que se comenzó a cansar de sus lloriqueos.

Scott también quería que alguien lo consolara.

Por otro lado, se encontraban sus medios hermanos, Gales y Patrick. Patrick que era tan hiperactivo que corría de un lado a otro en la inmensa mansión Kirkland, destrozando jarrones, ventanas, mármol y todo lo que pudiera romperse. Scott lo descubrió muchas veces en su habitación, jugando sus juguetes, tocando sus libros e incluso sonriéndole a la foto de su madre; todas esas veces peleó con Gales por los golpes que le dio a Patrick. Y hablando de Gales…, su estúpido hermano con la misma edad. Fue comparado infinidad de veces con él. Gales que era un adicto a la anatomía humana, sobre todo a los órganos; Gales que fue premiado al menos tres veces en la escuela por alumno más destacado; Gales que llenó los escaparates de la planta baja con trofeos; Gales que le avanzaron un año por sus aptitudes académicas.

Scott miraba los estantes con enojo, no es que le tuviera envidia, al principio todo eso le daba igual. Su misión era estar con Arthur y buscar la forma más rápida de volver con su madre. No obstante, las demás familias en las fiestas que ofrecía su padre o en los picnics que organizaba Helen hacían notar la diferencia entre Gales y Scott, entre Helen y Annie. Eso fue lo que impulsó a Scott a querer destacar también, hacerles ver a esas tontas personas que su madre los crio de manera correcta durante su tutela. Para un niño de diez años, esto estaba bien.

Así que se esforzó mucho más, pese a odiar a su padre, aunque no quisiera recibir los halagos de él. Estudió arduamente, repasando sus lecciones una y otra vez, quedándose hasta tarde en la escuela; tuvo que ignorar a Arthur para lograrlo. No tenía tiempo para su hermano menor. Los momentos con Annie pasaron a ser solo de Arthur. Y él ganó por primera vez su primer trofeo, uno matemático.

Lo has hecho bien, Scott. dijo el Sr. Kirkland, palmeando su cabeza durante el desayuno.

El trofeo irá en el estante de en medio, en vista de todos.Helen se metió un trozo de hotcake al concluir, sonriéndole. Luce tan bien, Scotty, estoy orgullosa de ti.

No necesito que lo estés. Y no me llames "Scotty"—. concluyó la plática, levantándose de la mesa. Su plato ni siquiera había sido tocado. Arthur del otro lado lo miraba escéptico, a él no le parecía que tratara así a Helen; se le olvidaba que esa no era su madre.Quiero que este en el estante de madera, en la sala de espera. Lo llenaré todo así que no es necesario que lo rellenen con nada más.

¡Scott!regañó su padre, ofendido.Helen lo ha dicho con buenas intenciones.

Como he dicho, padre, no las necesito.salió del comedor, escuchando los gritos de él.

Pronto los trofeos adornaron toda la casa Kirkland, la mayoría de Gales y Scott, unos cuantos de Arthur y muy poquitos de Patrick, aunque estos eran de arte. Scott entonces se giró a su hermano, mientras observaba el propio estante de Arthur condecorado con tres medallas de segundo y tercer lugar, trofeos de plata y diplomas de buen promedio. Sin embargo, siguió pensando que ese era su deber, no del más pequeño. Así que todavía no tomo medidas para mejorarlo.

Gales un día tuvo la brillante idea de anunciar su profesión, luego de una sesión de flautín. En una de las fiestas que celebraba su padre por un nuevo contrato realizado. Gales y órganos, nada mejor que cirujano. Scott apenas le prestó atención, sino hasta que su padre habló.

¡He aquí a mi futuro heredero! ¡Este es mi hijo!gritó Sr. Kirkland con unas copas de más encima. Los invitados aplaudieron, haciendo un brindis.

Scott no pudo aplaudir. Sintió toda la sangre congelada. Arthur tiró de él, preocupado, a cambio recibió su primera mirada llena de coraje. ¿Por qué? ¡Él también se estaba esforzando! No es que quisiera ese estúpido dinero de su padre, en absoluto, no deseaba nada de él. Sin embargo, le dolía tanto. ¡Él nació primero! ¡Él era el hijo legitimo! ¿Era por qué todavía no sabía su profesión? ¡Por todos los cielos, tenían once años apenas! Lo estaba haciendo jodidamente bien, no dormía por estudiar, no salía con amigos, no le prestaba atención a Arthur.

El sonido de algo estrellándose en el suelo lo despertó de sus recuerdos, al mismo tiempo en que en su mente se difuminaba la imagen de su madre vestida de sirvienta. Scott se talló por quinta vez en el día el rostro, queriendo olvidarse de todos esos malos pensamientos. Con una mano en la boca hizo una arcada para volver a tomar aire. Sentía que la oscuridad comenzaba a absorberlo, arrastrándolo hasta lo más profundo de ella.

Era igual que un jarrón viejo, lleno de grietas, en el borde de un pedestal esperando que alguien lo empujara. Y entonces, el día que cayera, estrellándose en mil pedazos, nadie, nunca jamás sería capaz de arreglarlo.

—.—.—.—.—

Lovino volvió a su habitación luego de golpear al estúpido Bad Friends Trio por sus acciones. Antonio estaba asomado desde su cuarto, esperando cualquier señal de que Scott todavía siguiera dentro. Lovino al asomarse solo notó a Arthur sentado, estudiando. Así que, como aviso, le sacó el dedo de en medio a Antonio, quién sonrió amablemente y se metió en su pieza.

—Estás aquí. —comentó al cerrar la puerta, repitiéndose que Antonio era un masoquista.

— ¿Dónde más estaría?

—Comiéndote al Batigordito.

— ¡Deja de decir obscenidades! —gritó el inglés, tomando como suyo el color rojo.

Ambos comenzaron a hacer sus propias cosas sin dirigirse más la palabra, el silencio ya no era incomodo como al principio de su estadía. Ahora los dos estaban acostumbrados al otro. Lovino ya ponía su celular en vibrador al entrar a la habitación, aunque jamás admitiría que era por su compañero, al igual que Arthur siempre negaría que la ropa doblada de Lovino la hubiese hecho él. Bueno, cada quién se esforzaba a su manera, solía pensar el italiano cada que acomodaba su armario.

— ¿Cómo van tus heridas? —atinó a preguntar Lovino, observando las vendas usadas del basurero. Seguro Alfred había ayudado a cambiárselas.

—Ya no sangran si a eso te refieres, duelen un montón. —contestó Arthur, sacando otro cuaderno se su portafolios, que contenía la tarea de física.

— ¿Te has puesto la pomada que te dio Antonio?

— ¿Tú que crees? —ironizó, rodando los ojos. —Tu enfermera suele ser mejor que la de nuestra escuela.

—Solo te lo estoy prestando porque me das lastima.

—Sí, sí.

—Ni se te ocurra pensar que va a estar a tu disposición siempre. —comentó Lovino, inflando las mejillas. Arthur parpadeó sorprendido, volteándose sobre su silla, contemplando a Lovino. Él escondía el rostro entre una revista de moda que seguro le mando su madre, pues su padre aparecía en la portada.

— ¿Irás con tus padres en las vacaciones? —preguntó, dejando al aire la respuesta, a veces ninguno de los dos volvía a contestarse hasta entrada la noche.

—Sí. —la voz de Lovino se agrió, queriendo dar otra respuesta. —Desearía ir con el bastardo de Antonio, pero no puedo. ¿Y tú?

—Iré una semana con mi madre y otra con mi padre. —contestó, moviendo nervioso la pluma sobre el cuaderno. Lovino se incorporó en su cama, dejando la revista de lado.

— ¿Con Scott?

—Supongo que sí. —suspiró haciendo rotar la pluma entre su mano derecha. El ejercicio aún estaba incompleto. — ¿Sabes? Él parecía muy afectado cuando salió de aquí, puede que sus expresiones no lo denoten, pero soy su hermano, lo he observado por bastante tiempo, sé cuando algo lo daña. ¿Puedo saber que le dijiste para ponerlo así?

Lovino mordió su labio, observando la foto de Blas que se agarraba la barbilla con una sonrisa matadora en su rostro. Con desagrado puso la revista sobre sus rodillas, con la portada enterrada en sus piernas. No deseaba ver a su padre.

—Gracioso, ¿no? Nunca creí que tú pudieras ponerlo en ese estado. Él debe estar queriéndose desquitar con cualquiera por perder el puesto de la presidencia, aunque él fue quien renunció a ella. Es muy mezquino, mi hermano. —Arthur rio nervioso, esperando que Lovino le echara la culpa por las acciones de Scott. No hubo respuesta. — ¿Lovino?

— ¿Terminaré como él? —preguntó estrujando la revista, forzándose a cerrar los ojos. Arthur de nuevo giró en su silla, confundido por las acciones de su compañero. —Si sigo los pasos de mi padre, ¿terminaré como tu hermano?

— ¿A qué te refieres? —Arthur sintió que los ojos de Lovino guardaban más cosas que insultos o majaderías, algo le estaba carcomiendo el corazón. El niño llorón se desvanecía a pasos agigantados, a cambio un adulto que daba miedo comenzaba a formarse y lo estaba sustituyendo.

—Yo haría cualquier cosa por Feliciano, incluso renunciar a mi felicidad o mis sueños. —comentó, subiendo sus piernas a la cama para poder abrazarlas. —Lo he hecho desde que me mude con Antonio. Me he guardado la pregunta del porque mi abuelo no me llevo con él y mi hermano, ¿por qué me abandonaron todos en un lugar que no conocía? ¿por qué volvieron por mí cuando ya tuve la familia que siempre deseé?

Arthur se tensó. Recordó a Scott alejándose por las escaleras, luego de un berrinche por su yo de diez años. Desde ese día Scott no volvió a prestarle atención, se encerró en sus estudios y tutorías, saltándose incluso los momentos con su madre. Recordó la sensación de ser abandonado en una inmensa mansión con dos medios hermanos que disfrutaban molestarlo, una madrastra que intentaba quererlo igual que un hijo, pero no podía, y un padre que apenas estaba en casa.

Pero eso no era todo. Hasta ahora su único pensamiento fue cuanto sufrió solo, llamando a una puerta con el nombre de Scott que este no se molestaba en abrir. ¿Y qué había de Scott? Él no había tenido quien lo consolara al volver a vivir con su padre, él tuvo que esforzarse para darle una sonrisa y trasmitirle que todo estaría bien. Scott, cuando vivían con su madre, cuido de él, buscando desesperado que alguien en algún lugar pudiera atender la fiebre de su hermano menor. Se le estrujo el corazón a solo pensarlo.

—Puff, ni siquiera sé porque te estoy contando esto. —Lovino pareció reflexionar sus acciones pues dio media vuelta en su cama, cubriéndose con las mantas. —Olvídalo, cejotas.

—Si te sirve de algo, no creo que seas igual que Scott.

—Me da repulsión que tú me lo digas. —concluyó.

Arthur se quedó pensando un poco en las palabras de Lovino, ¿Antonio sabría sus pensamientos? Aunque no dijo mucho al respecto, podía entenderlo y simpatizar con él. No era fácil adaptarse a un lugar que no conocías, preguntándote constantemente porque tu madre no podía estar contigo. Luego sus pensamientos pasaron a las vacaciones, tenía dos semanas junto a Scott, sin ver a Alfred.

Y como si fuera por arte de magia, este gritó a las afueras de su habitación, pese a no tener mucho tiempo de haberse marchado. El inglés corrió a abrirle, dándole un golpe en la cabeza para silenciarlo; Lovino, una vez que entro le lanzó un libro que terminó por darle en la pierna.

—Ya nadie respeta a los héroes por aquí. —bufó, sobándose.

—Eso te pasa por ser un puto escandaloso. —regañó Lovino, jalando las cobijas para tapar su cabeza.

— ¡Eres muy cruel, Robín-Lovi! —chilló Alfred, alzando los puños, emberrinchado. — ¡Tú también sabes lo que es estar enamorado!

— ¡Deja de decir cosas tan vergonzosas! —gritó Arthur antes de que Lovino pudiera. Alfred se volvió a su novio con un puchero en la boca, molesto con él por no secundar sus palabras.

—Claro, las mías son obscenidades, pero las de tu gordo freak son cosas «vergonzosas». —murmuró Lovino.

Arthur refunfuñó por lo bajo, tirando del brazo de su novio para sacarlo de la habitación. Alfred seguía diciéndole a Lovino que lo acusaría con Antonio. Entre los pasillos algunos estudiantes todavía comentaban lo de la mañana, incrementando al americano en su conversación.

— ¡Fui por mi mochila, tal como me lo pediste! —dijo alzándola. — ¡Dijiste que me podía quedar si la traía!

— ¿Has estudiado correctamente? —preguntó con una mueca, deteniendo su salida y cerrando la puerta. Los estudios iban primero que todo.

— ¡No digas imposibles! —se quejó Alfred, estirando sus manos al cielo. Al final se tiró sobre la cama de Arthur, olvidándose por completo del porque estaba ahí. —Estoy tan preocupado que podría morir por eso. No tengo tiempo para hacer esas cosas.

Arthur suspiró. — ¿Cómo se supone que mantengas el promedio requerido entonces? ¿Arte de magia?

—Deberías comprenderme, Arthur….

—Como si lo fuera a hacer. —respondió jalándole el mechón de cabello parado que siempre llevaba. —Más te vale que tengas ese trasero tuyo pegado a tu escritorio porque estarás muerto si te atreves a reprobar alguna materia.

— ¡¿Eres mi padre?! —protestó en un lloriqueo.

El inglés siguió reprendiéndolo por un buen rato, al mismo tiempo en que comenzó a preguntarle cosas al azar sobre datos históricos, fórmulas de química, significados de palabras o el nombre de varios países y su capital. Alfred luego de dos horas consiguió que le diera un respiro al enseñarle la libreta que le proporciono Iván. Lovino para entonces ya tenía la pierna saliendo de la cama, roncando a rienda suelta.

—Tienes un concurso pronto, ¿cierto? —preguntó Alfred, sacando de su mochila un cuaderno forrado de negro. —Me dieron esto para que lo estudies.

— ¿Quién fue? —Arthur tomó la guía en sus manos, hojeándola con cuidado.

—El gran villano.

— ¿Iván?

—Sí. Se la ofreció a Kiku cuando…bueno, conversaron.

Con eso volvió a atraer la atención de su novio, quien lo miró esperando que continuara sus palabras, deteniendo la sutil revisión. Alfred se encogió en sus hombros, mirando a todos lados; si ahora Kiku lo consideraba entrometido por unirse y escuchar la conversación con Iván sin su permiso, no quería saber en qué bolsa quedaría si le contaba a su novio el contenido de esta. Pero, al mismo tiempo, deseaba hacerlo. Eso le incumbía a Arthur, el hecho de que Kiku pudo evitar esa catastrófica situación.

— ¿De qué conversaron, lo sabes?

— ¡No! —aseguró de inmediato. Arthur alzó una de sus cejas, ladeando un poco su cabeza. —Tal vez…

— ¿Puedes decírmelo?

Maybe…

—Está bien, no lo hagas. —cortó al notar su nerviosismo. —Tengo una idea de lo que se trata, además a Kiku no le gusta que divulguen sus conversaciones personales. Le preguntaré en cuanto tenga la oportunidad. —Arthur volvió a centrarse en la guía que le tendió, formando una sonrisa. —Está muy bien hecha. No puedo creer que Iván me la haya dado.

—Sí…—Alfred titubeó, dudoso. —Seguro tiene que entregarle buenos resultados a su papá. Y…, ¿de qué es la competencia?

—Conocimiento general. Ya que nosotros somos los semifinalistas por default se nos aplica un examen de todo. —explicó alzando las esquinitas de la guía. Alfred afiló un poco su mirada, sin borrar su puchero, Arthur se ponía feliz por las cosas más sosas del mundo, parecía más entretenido pensando en lo primero que resolvería que en pasar tiempo con él. —Será iniciando de nuevo las clases, así que aún tengo tiempo para seguir estudiando, creo que en eso me concentraré en las vacaciones.

— ¿No era antes de salir?

—Se recorrió, no se organizaron bien este año así que nos informaron que sería al entrar de nuevo a la escuela. —comentó emocionado. — ¿No es genial? Haré mi mejor esfuerzo.

— ¿Puedo ir contigo de vacaciones? —preguntó Alfred de pronto, cambiando abruptamente el tema de conversación. El puño alzado de Arthur lleno de emoción quedo un buen rato suspendido en el aire mientras él analizaba las palabras de su novio.

— ¿A dónde?

— ¡Como si yo fuera a saber! —chilló. Arthur hizo una mueca, bajando el puño de nuevo a la mesa. Alfred interpretó eso como una mala señal, y puso de nuevo esos ojos de borrego a medio morir. —No quiero que estés solo con el Rey de las Sombras. —explicó, hundiéndose de nuevo entre sus brazos, observándolo a través de ellos.

Ugh. No puedes. —cortó poniendo las manos delante, formando una cruz. —Ya no quiero más cosas de las cuales arrepentirme, Alfred, si Scott te llega a tocar frente a mi madre… deseó la paz en mi casa, por lo menos.

—Yo deseó que quites esos ojos tristes que tienes desde que te conocí.

Arthur dio un parpadeó, entre extrañado y deleitado por sus palabras. — ¿De qué estás hablando? —se tocó la cara, en busca de algo anormal en su rostro, aunque eso no era exactamente a lo que Alfred se había referido. —Mis ojos son muy normales.

—No lo son. —negó acercando su mano, la manga de su chaqueta se recorrió mostrando su muñeca cuando llegó a tocarle la frente, apartando con cuidado su flequillo. Arthur se puso nervioso, sonrosándose por el contacto, el americano recorrió con las yemas de sus dedos el espacio que había entre ceja y ceja, bajando por su nariz hasta casi tocar sus labios, en ese momento fue detenido por Arthur que le sostuvo su mano, avergonzado.

—E-Es suficiente. —tartamudeó. —Esto no cambiará mi opinión.

Tch. —tronó la lengua Alfred, molesto de que su plan no funcionara.

— ¡¿De verdad pensabas que iba a funcionar, idiota?!


Se supone que este es el capitulo de enero, pero dado a que tuve problemas con mi internet no lo pude subir hasta ahora LoL.

Lamento si sienten el capítulo un poco flojo. La verdad tenía un texto de cuarenta páginas o más, y otros once borradores aparte con la mitad ya hecha, les juro que se veía tan… ugh… tanto texto junto, representando tantas acciones, sin parar. Nunca sentí que un texto pudiera verse tan sucio, por eso intente calmarme un poco, no hay prisas para que todo se revele de jalón. Por lo que antes de llegar al "Rey de las Sombras, parte tres" se agregaran dos capítulos intermedios o solo este, aún no sé muy bien.

En fin, creo que este capitulo retoma un poco la comedia del fic sin dejar de lado la seriedad que están viviendo los personajes.

Como siempre, paso a agradecer a las hermosas personitas que me leen, ¡son las mejores!

BananaMisteriosa, qwerty2307, aoi-chan, Alex Makenshi, Erzebeth K, Dark-nesey, Sybilla Kahler, alisspaz1197 & Lamyamadibujar.

Todas sus palabras me alegran mucho mi corazoncito de pollo. -corazón-. ¡Gracias por sus deseos!

Desde la mansión Corleone,

MimiChibi-Diethel.