Circulo: Vicio Tsun.
Tú + Yo= Error 404.
27. No voy a dejarte olvidarlo.
Faltaban tres días para vacaciones. Los exámenes de recuperación estaban en su punto de apogeo, Lovino tenía tres, uno que concluyó ese día con una calificación aprobatoria, y dos al día siguiente. Por lo que Govert, al enterarse, literalmente lo secuestró bajó su brazo, apartándolo de su tórtolo, que según él lo estaba distrayendo de sus sesiones de estudio. Así que, ahí se encontraban ambos, en la jardinera de siempre terminando de aprenderse las causas de la Guerra Fría. Acabaron de estudiar por las seis de la tarde, a Lovino ya le dolía la mano y si no le hubiese recordado a Govert que moría de hambre, seguro que este incluso se lo hubiese llevado a su habitación para seguir.
Al final terminaron yendo al comedor principal, comprando una comida italiana y un filete con sopa de algas. Cuando iba a la mitad del plato, Lovino reparó en que Govert balanceaba la cuchara entre la sopa, preocupado. Al darse cuenta el silencio paso a ser incomodo, su mente divagaba en otro lugar y rugía o mandaba amenazas entre murmullos. El filete ya estaba frío.
— ¿Qué tienes? —preguntó al fin Lovino, dejando la cuchara en el plato sucio. Govert volteó a mirarlo, refunfuñando. —Yo no tengo la culpa, imbécil.
—Es sobre mi hermana. —confesó, sin ánimos de tener a Lovino encima de él preguntándole a cada rato sobre que iba mal. Tuvo suficiente con el incidente de Emma y Antonio para volver a soportarlo. Realmente Govert no admitiría que ya le tenía demasiada confianza. —Scott ya no está en la presidencia escolar, y seguro su hermano tampoco.
—Es verdad. —dijo Lovino. — ¿Y? ¿Cuál es el problema con Bel y los Kirkland? ¿El bastardo de Scott se está metiendo con ella? ¡Donde sea así…! —entonces recordó su acto de valor y se arrepintió de decirlo. Por suerte Govert no le tomaba la palabra enserio.
—Te pegará una paliza antes de que tú puedas siquiera llegar a él. —cortó Govert, echando el plato de comida a un lado. Sus tripas eran un revoltijo así que la comida le caería muy mal. —Pero no, me guste o no Scott le tiene apreció a mi hermana.
La cara de Lovino se puso pálida. — ¿Está enamorado de Bel?
—Y yo que voy a saber. —gruñó, irritándose por el comentario. —Más le vale que no sea así.
Borrando esos pensamientos catastróficos de la dulce y alegré Emma con el frío y agresivo Scott, se volvió a centrar en su plática con Govert. — ¿Entonces que te preocupa?
—Scott me ayudó con los que se metieron con mi hermana, a encubrirlo. —dijo tomando por sorpresa a su mejor amigo. —Para proteger un secreto suyo.
— ¿Qué golpea a su hermano cejon?
Govert lo miró, sorprendido. Lovino suspiró con tristeza, ¿qué tan mal estaba Govert antes de conocerlo para pensar que estaba bien aquello? Asintiendo con la cabeza, el holandés confirmó. Le contó entonces sobre las expulsiones fugaces que hizo Scott, ya que el antiguo director era un imbécil que descuidaba su trabajo, nunca encontró raro que el presidente de la escuela echara a unos cuantos, menos conociendo lo estricto que era el mayor Kirkland en cuanto seguir las normas. También le dijo como habían silenciado a las víctimas, mencionando el poder de la familia Kirkland.
—Ahora que ya no está en el puesto y se marcha el año que viene, al igual que yo, ¿quién me asegura que esos estúpidos no volverán a atacar a Emma? —concluyó, apretando sus manos entrelazadas; las venas comenzaron a marcarse en sus manos y muñecas.
— ¿Y yo soy una puta pared o qué? —contestó Lovino, ofendido. — ¿Y Antonio será un imbécil para toda la vida?
—No estoy seguro de lo primero pero lo segundo es un hecho.
— ¡Pues no lo es! —reprochó el italiano, poniéndose de pie. Atrajo la atención de unos estudiantes, lo cual le provocó un sonrojo y se volvió a sentar. —Tampoco Emma es tan indefensa como crees. Después de todo lo que pasó, sigue adelante con una sonrisa en el rostro. No necesita que nadie le cambie los pañales. Antonio y yo no dejaremos que nada malo le pase, puedes confiar en nosotros, o si aún tu orgullo no puede perdonar al imbécil gilipollas de Antonio, ¡confía en mí!
El rubio contempló a Lovino, lucía agitado al terminar de gritar tantas cosas. Su rulo estaba erizado. Una risilla se escapó de su boca, molestando más al otro.
— ¿Y dices querer a ese imbécil? Como te expresas parece que no te ha atendido como se debe.
— ¡Deja de decir burradas! —exclamó sonrojado. — ¡Hablo muy enserio!
—Lo sé. —las manos de Govert dejaron de pellizcarse entre ellas. Lovino infló sus mejillas al notar que se quedaba en sus pensamientos de nuevo.
— ¡Govert! —chilló, dándole una palmada en ambos cachetes haciendo que se fijara en él, el holandés se echó para atrás, arrugando las cejas y la nariz. —Si tanto te preocupa tu hermana, ¿por qué no estudias en esta universidad? Estoy seguro de que Bel también irá a ella.
— ¿Es una forma de decirme que no me vaya? —preguntó con sorna, alzando ambas cejas dándole una mirada divertida.
— ¡Vete a la mierda por mí! —estalló Lovino, poniéndose igual que un tomate.
—Vamos, ahora sin tu queridísimo amigo Tontonio seguro que te sentirás muy solo sin mí. —siguió con el mismo tonito de burla.
— ¿Qué mierdas estas diciendo? —preguntó poniéndole toda la mano en el rostro, apartándolo de sí. —El bastardo tomate no irá a ninguna parte.
—No me refiero a eso. —contestó Govert, apartando las manos de Lovino. Él lo miró mucho más confundido. —Ustedes ya rebasaron la barrera de la amistad, ¿no es así? ¿A quién le vas a contar cuando pasen de los besos? Aunque prefiero no oírlo.
— ¡SERÁS IMBÉCIL!
—Solo estoy diciendo la verdad. —siguió, tomando agua de su botella al terminar. — ¿O acaso ni siquiera a eso han llegado?
— ¡Pervertido!
—Te dije que prefiero no escucharlo, sin embargo, pareces con muchas ganas de contármelo así que haré una excepción.
— ¡No tengo nada de ganas de contarte lo que hago o no con Antonio!
—Así que ya lo habéis hecho. —Govert se rascó la barbilla, simulando analizar la botella de agua a su lado. Ya estaba comiendo más animadamente por lo que hacía pausas al hablar. — ¿Debería investigar un buen motel para ti?
— ¡No entiendo ni una puta mierda de lo que estás diciendo! —protestó, escondiendo su cara entre sus manos.
—A esta edad los chicos como tu son muy monos e ingenuos. No falta mucho para que entres en la etapa de la calentura y te conviertas en un adulto. —la cuchara tintineó al dejarla en él plato, haciendo sonar sus palabras mucho más sabias de lo que en realidad eran.
—Govert…, ¿Cuántos malditos años tienes tú para hablar así? —preguntó Lovino con los ojos en blanco. — ¿Al menos has tenido una novia?
—Ninguna.
— ¡Entonces no me sermonees, jodido imbécil! —chilló estrellándole la botella de agua en la cara.
—.—.—.—.—
Arthur sintió que el mundo se le desvanecía ante sus ojos. La mancha borrosa que seguía se alejaba cada vez más entre la línea de faroles que alumbraba el sendero empedrado, no miró ni una sola vez atrás, siguiendo con su travesía hasta lograr convertirse en un punto a la distancia, luego en nada. Las piernas de Arthur temblaron, clavando poco después las rodillas en el suelo por la falta de fuerza, observó sus lágrimas mojar las piedras que adquirieron un tono casi negro por el agua y la noche. Entre tanto, los focos comenzaron a reventar desde adelante hacia atrás, llegando al último que parpadeaba constantemente.
Al alzar la mirada encontró un millar de copos de nieve, cada uno cayendo encima del otro hasta formar una capa entre todo el piso. Las mejillas de Arthur se pusieron rojas a causa del frío, lo mismo sucedió con sus orejas y manos, estas se quemaban al contacto con la nieve. Entre el silencio que dejó la mancha borrosa, se escucharon acercarse unos pasos, tronando todo bajo sus pies.
Cuando la última farola reventó, Arthur pudo apreciar al ser que salía de la oscuridad y lo arrastraba a ella.
Scott.
Despertó con el cuerpo adolorido, la cabeza le punzaba a pesar de la siesta que tomó. Las cicatrices en heridas pequeñas ya se le comenzaban a formar, mientras que, para los moretones enormes, una gasa fue la solución perfecta. La venda que antes cubría su pecho ahora llegaba al cuello, rodeándolo de una forma no muy amistosa, comenzaba a molestarle.
Arthur miró a su lado, sintiendo que sus costillas de verdad se quebraban cuando lo hizo. Alfred dormía en el suelo, abierto de piernas y brazos, con las cobijas aventadas por la cama de Lovino, estaba roncando de una manera muy graciosa y tiritaba de vez en cuando, solo que sus manos no podían alcanzar las mantas. El sol estaba desapareciendo del cielo, al terminar el último examen del día Alfred le insistió demasiado con tener que descansar, que sus heridas podrían volver a abrirse; aun cuando le comentó que había trabajado en situaciones peores y tenía que prepararse para el futuro concurso, el americano como siempre, terminó ganando la batalla. Con cuidado, Arthur se quitó una de las colchas que lo cubrían, se puso de pie tendiéndola suavemente sobre Alfred, que la abrazó gustoso.
Era como cuidar a un niño pequeño o a un cachorro.
Bajó otra colcha junto con su almohada y la puso al lado de Alfred, aventándole las piernas junto a los brazos buscando espacio. Lovino seguro no llegaría durante un buen rato, podía aprovechar la calidez que desprendía el americano en esa chaqueta calientita, susurrando sobre atrapar a los villanos malos que corrían de él en sus sueños. Arthur lo envidió, él no soñaba o nunca tenía sueños bonitos, no desde los ocho años que fue la época en que regreso con el Sr. Kirkland y se quedó solo en una mansión que no era suya. Y tampoco tenía sueños reales, no tenía ni un solo objetivo más que seguir a su hermano, Scott, llegar un peldaño debajo de lo que él llegara. Pero dado el asunto, eso ya no podría ser.
Alfred se despertó en mucho rato después, sintiendo que el brazo izquierdo se le entumecía por un peso extra. Al abrir los ojos se encontró con Arthur dormido sobre su extremidad, tan tranquilo que sintió pena al querer despertarlo, así que mejor dejó que su brazo se entumiera por completo pese a la dolorosa sensación que le provocaba. Es que se veía tan pacifico durmiendo, como si no tuviera un hermano psicópata que lo ultrajara cada que estaba enojado o un villano que le robo el puesto usando a su mejor amigo, aunque esto último él parecía no darle importancia.
Quitó los mechones de pelo que estorbaban en los parpados de Arthur, acariciándole con gentileza la mejilla. Tenía muchas ganas de besarlo, desde antes de la pelea con Scott no lo habían vuelto a hacer, primeramente, por las heridas de Arthur y segundo por si Scott llegaba a verlo; y él ahora no estaba ahí, aunque Lovino podía llegar en cualquier momento y aventarles todo lo que tenía encima por hacerlo en su habitación. Con el miedo de ser descubierto, incluso por Arthur, se inclinó sobre su brazo, alcanzando a rozar sus labios con los suyos.
¿Quién diría que al final del día si podía tener a alguien que compartiera sus sentimientos? Y se sentía tan bonito que hasta agradecía a Scott por darle la advertencia de sus propios sentimientos. Incluso si estos no eran así al principio, ahora estaban ahí con una intensidad abrumadora, por lo que nada más importaba. Amaba a Arthur.
— ¿Qué hora es? —preguntó el inglés, despertando de su sueño. Alfred agradeció mentalmente que se incorporara, pues ya no sentía su brazo. — ¡Waa, me espantaste! Pensé que seguías dormido.
—No tiene mucho que desperté. —contestó, moviendo su brazo en círculos. —Luces lindo cuando duermes, Arthur.
— ¡Cállate, idiota! —protestó poniéndose de pie y levantando el desastre de cobijas. —Ya son las siete, debes ir a estudiar de una buena vez. Mañana tienes otro examen que repetir, definitivamente tienes que rozar el promedio esta vez.
—Que poca confianza. —farfulló Alfred, negando con la cabeza.
— ¿Y de quién es la culpa?
—Si paso todas mis materias ¿podré acompañarte en las vacaciones?
— ¡Qué no!
—Insensible. —de nuevo hizo un mohín, cruzándose de brazos.
—Cambiando de tema…
—No cambies de tema tan fácilmente. —recriminó Alfred.
— ¿Qué te gustaría como regalo de cumpleaños? Acabo de acordarme que no te di nada, y no tengo la menor idea de que comic quieras o cual tengas. —explicó removiéndose un poco avergonzado de decirle. Sabía su cumpleaños a causa de los papeleos constantes en que ayudaba a Scott, y si bien su relación ya era formal, su mente paso por alto el cumpleaños de Alfred. De verdad, Arthur, ¿qué es más importante que el cumpleaños de tu novio?, pensó el día en que se dio cuenta.
La cara de Alfred se iluminó formando hoyuelos en sus mejillas. — ¡Pensé que no lo sabías! Intenté comentártelo un par de veces, pero Matthew me detuvo diciendo que tal vez sonaría muy codicioso.
—Es muy reservado, Matthew.
— ¡Yo quería un regalo gigantesco! La figura de Hulk que está en Nueva York. —Alfred puso una mano en su barbilla, imaginándose la estatua en la habitación de Gakuen, aunque probablemente esta no cupiera ahí.
— ¡Como si pudiera!
—Entonces no sé.
—Deja de actuar como un niño mimado y dime de una vez o lo tomaré como que no quieres nada. —gruñó Arthur, pellizcándole su mejilla inflada.
—Quiero que me dejes acompañarte.
—Ya veo, no deseas nada. ¿Quién diría que tenemos un héroe tan modesto? —se mofó, formando una sonrisa casi siniestra. En esos momentos era en los que Alfred recordaba que su hermano era Scott.
—Solo deberías elegir algo que te guste a ti…
—El regalo es para ti, no para mí. —Arthur golpeó la mesa de su escritorio con los dedos impacientándose. —Si te regalo algo que no te guste estoy seguro de que me lo echaras en cara.
— ¡No soy tan mezquino, lo aceptaría con gusto!
—Supongo que te traeré tu regalo de Inglaterra. Un recuerdo o algo así. —dijo apartando la mirada. —Aunque no será muy ostentoso, mis ahorros son escasos.
Alfred le dio una mirada vacía, sin creerse que el niño rico de la familia Kirkland tuviera tan pocos ahorros encima. —Se te caerá el codo.
— ¡También tengo necesidades! Hay libros que aún no he comprado por estar ahorrando ese dinero.
—Ehh… así que mi regalo no pasara de cinco dólares, que seguro compartiré con Matthew. —bufó recargándose sobre su mano, enfurruñado. —Con que no me cocines todo está bien. Aunque si son los pastelillos de Kiku, los aceptaré con gusto. —Arthur lo tomó por ambas mejillas con una sola mano, oprimiéndolo con todas sus fuerzas posibles, oscureciendo sus pupilas, una mirada digna del príncipe de las sombras. — ¡Mis mejillas, destruyes mis mejillas! —chilló pataleando.
—.—.—.—.—
Antonio se dejó caer en la banca, echándose sobre las piernas de Francis con suma tranquilidad. Gilbert al lado del rubio comía un helado de dos sabores, bastante relajado. Sería porque los exámenes por fin terminaban ese día; Francis no repitió ninguno, Antonio hizo el de termodinámica para aumentar su promedio pues su beca pedía un diez por ciento más al estipulado por Gakuen y Gilbert gracias a su hermano solo repitió uno, música. Ahora que todo iba más relajado, Francis jugaba con los mechones disparados del cabello de Antonio, comenzando a hacerle trencitas por todas partes.
— ¡Deberíamos ir a la playa con West! —gritó Gilbert, alzando ambas manos. Francis se quejó por unas gotas de helado que le escurrieron en el saco. —Deja de ser tan quejica, Fran, ¡veremos muchas mujeres en bikini! ¡Bikini!
—Prefiero ver a Toño en la ducha. —confesó, poniéndole una liguita a la trencita. —Aunque eso ya lo hago todos los días.
—No sé cómo te conformas con los tíos, las mujeres tienen más de donde agarrar.
—Estas siendo irrespetuoso, Gilbo. —reprendió Antonio con los ojos cerrados.
—Como sea, Toño debe ir con su familia así que esta vez solo seremos tu y yo. —siguió Francis, mirando a su amigo. El infló las mejillas, preocupándose por el español. —Te traeremos fotos, Antonie.
— ¿Debería ir con ustedes? —preguntó abriendo sus parpados de nuevo, observando primeramente la barba de Francis. Se veía más emocionado con ello que tanto Gilbert como Francis se sintieron mal al sacar el tema de conversación, era claro que Antonio quería evitar esa platica con sus padres a toda costa. —Supongo que no.
—Podrías alcanzarnos después. —sugirió el albino, terminándose la primera bola de chocolate. — ¿Qué te parece?
—Aunque seguro prefieres pasar tiempo con tu querido Lovi, lo entendemos.
—Yo no lo entiendo. —repuso Gilbert, irritándose por la mención. —Ni se te ocurra llevar a la princesa con nosotros.
—Se están llevando cada vez mejor. —comentó Francis, poniendo una mano en su mejilla en señal de ternura. Gilbert puso los ojos en blanco. —Recuerda que nuestro precioso Lovino será nuestro futuro cuñado, debemos llevarnos bien con él, o no volveremos a ver a Antonio nunca más.
—Lovi no va a asesinarme, Fran.
—Tú qué sabes. Con tanto golpe que te da, quizás no te veamos en unos cuantos años.
—Siempre puedes denunciar a violencia intrafamiliar. —siguió Francis, terminando de enredar su última liga. —Listo, Toño, puedes levantarte.
—Estaba bastante cómodo. —masculló, obedeciendo. Francis pronto sacó su celular, tomando una foto a su mejor amigo, poniéndola en la carpeta especial de Antonio. Su cabello siempre alborotado ahora tenía trencitas disparadas por todas partes. Gilbert se echó a reír en cuanto lo vio, tomándose una foto con él, que igual fue almacenada en la carpeta correspondiente de Francis.
— ¿Qué están haciendo, chicos? —preguntó Emma, llegando con su hermano y Lovino. Estos últimos se quedaron hechos piedra al notar el nuevo peinado de Antonio. — ¡Ah, yo también quiero una foto con Toño!
—No en mi guardia. —respondió Govert, sosteniendo a su hermana por el cuello de su blusa. Bel pataleó un par de veces, hasta finalmente resignarse.
— ¡Tómame una foto con Lovi! —pidió Antonio, pasándole su teléfono a Francis. —Hace mucho tiempo que no tengo una foto con él.
— ¡Ayer recién me obligaste a posar para una!
—Y que feo saliste. —comentó Gilbert, asomándose a ver el fondo de pantalla de su amigo hispano. Govert secundó, moviendo la cabeza de arriba abajo.
— ¡Cierren su puta boca!
—Yo creo que luce adorable—confesó Emma, que al igual que Francis sacaban florecitas de sí al mirar la foto. —, está todo sonrojadito.
— ¡Es una monada! —declaró Antonio, ganándose una patada en el estómago por parte del italiano.
—Como dije, violencia familiar. —repitió Francis, tomando la foto justo en el momento, poniéndola como fondo de pantalla de Antonio. Después de todo, ¿a quién creía que engañaba poniendo una foto tan linda de ellos dos juntos?
Emma repartió una caja a cada uno, excepto a su hermano y a Lovi que ya traía la suya, con las galletas de la cafetería en forma de conejo. Gilbert de inmediato las abrió, aun le quedaba espacio a su estómago después de los dos helados. Francis mejor se fijó en los detalles tan bonitos de la caja, agradeciendo con un abrazo que Govert impidió, recibiéndolo él. Bastaba decir que sería la última vez que lo haría en cuanto sintió que el francés quería descender sus manos. Y Antonio comparó al conejo pirata con su rival, diciéndole a Lovi que si le pusiera un parche a Govert serían casi idénticos.
Se gano un buen puñetazo por ello.
—Son las últimas de la cafetería. —lloró Emma. —No traerán más hasta el siguiente año.
—Lastima Govert, habías encontrado tu lugar en el mundo justo ahora. —dijo Antonio, poniéndole una mano en el hombro.
— ¿Quieres pertenecer al infierno tan pronto, imbécil?
— ¡Ese es mi trabajo! —reprochó Lovino.
— ¡Lovi!
Francis se acercó a una de las chicas dudosas en arrimarse o no a la escena descabellada que montaban todos ellos, en busca de la atención del príncipe Antonio. Pidiendo por favor que tomara una foto de todos ellos, incluido el malhumorado Govert que al principio negó su presencia. Una cara angelical de su hermana bastó para que terminara aceptando. La chica tardó al menos cinco intentos en tomar la foto, una de ellas Gilbert se atragantó con las boronas de las galletas, moviéndose cuando se capturo la imagen; otra Antonio y Govert comenzaron a pelear, saliendo agarrados de los cabellos; la siguiente Lovino discutía con Gilbert por estarle poniendo caras y cuernos con la mano; en la cuarta Emma y Francis tenían cara de resignación total y en la última, todos salían en su forma natural, es decir, Francis tocando a Antonio, Lovino intentando golpearlo por eso, Antonio y Govert echándose bronca, Gilbert riendo a todo pulmón y Emma destapando la caja de galletas de su hermano.
— ¿Cómo consiguen ese tipo de fotos? —preguntó una de las chicas, con los ojos en blanco.
—Sabré yo…—contestó la fotógrafa.
Al final Lovino se quedó solo con el Bad Friends Trio con la excusa de Govert de no poder soportar tanta estupidez más de media hora, llevándose a su hermana por supuesto. Antonio le sonrió igual de resplandeciente que siempre, Lovino escuchó unos chillidos más en el fondo, aunque no se concentró en ellos; al único que Antonio miraba en esos momentos era a él. Las trencitas le daban un toque gracioso, aunque parecía más adorable que nunca.
— ¿Dónde pasaras las vacaciones, adorado Lovino? —preguntó Francis, entreteniéndose ahora con el cabello de Gilbert a pesar de que él insistía en que lo dejara. — ¿Con tus padres?
—No es como si tuviera opción. —contestó tajante. Miró Antonio que comía una de las galletas que les regalo Emma, murmurándose que así acabaría Govert si se enfrentaran a duelo. Lovino tenía muchas ganas de decirle que se fuera con él, tal vez los primeros días su abuelo no pudiera estar, sin embargo, en cuanto supiera que Antonio se encontraba en la mansión Vargas no dudaría en ir de visita. —La patata bastarda le canceló a Feliciano así que me corresponde acompañarlo a Italia.
— ¡West no es ninguna patata bastarda! —se quejó Gilbert, queriéndolo golpear. Francis jaló su cabello, frunciendo la boca por arruinar su peinado que ahora consistía en colitas. —Y no le canceló nada, Feli puede venir a la playa donde iremos si gusta, pero tú no. —y le sacó la lengua.
—Corrección. Hice que el bastardo de Feliciano le cancelara al macho patatas. Se me olvida que hay una diferencia entre patatas.
—Olvida lo que dice Gilbert, puedes ir con nosotros, así Toño podría alcanzarnos después.
— ¿No pasaran las vacaciones con sus padres?
Antonio miró de reojo a sus amigos, si se sintieron incomodos por la pregunta de Lovi no lo dieron a notar.
—Tienen trabajo que hacer. —contestó Francis. —Así que nos pagaron el viaje a Playa del Carmen.
—Ojalá los míos también tuvieran trabajo que hacer. —gruñó Lovino entre dientes. —Será mejor que me alcances en el transcurso bastardo, o te moleré a patadas.
—Intentaré hacerlo, Lovi. —contestó Antonio, masticando su galleta. El italiano pellizcó su mejilla en busca de una mejor respuesta. — ¡Esta bien, lo haré, lo haré! Auch.
—Deberíamos aplicar esa nosotros también. —comentó Gilbert asombrado por la eficacia.
—.—.—.—.—
— ¿A qué has venido? —preguntó Arthur, confundido. No es que no lo quisiera ver, pero no tenía mucho que ambos se separaron del jardín. Seguro que Alfred también tenía cosas que empacar, al igual que él.
—Bueno…—Alfred titubeó, convirtiendo su sonrisa soñadora en una nerviosa. Arthur se alejó un poco de él, mirándolo con una de sus predominantes cejas alzada. —si soy un héroe, necesito hacer cosas de héroes.
—Incluso aunque me pidas que te salve de algo yo ya no pertenezco al Comité Disciplinario. —dijo Arthur, cruzando los brazos. Alfred negó con las manos, espantado de ver a su pareja comenzar a enojarse.
—No he hecho nada malo.
— ¿Entonces qué…? —lo observó con cautela. Portaba el chaleco de la escuela con una camisa de manga larga, faltaba su inseparable chaqueta. — ¿Se han metido contigo? ¡Quién…!
— ¡Tampoco es eso! —aseguró riendo. Desvió la mirada un poco, haciéndose un lado; mostrando la mochila que sigilosamente había dejado sobre la cama del inglés y una pequeña maleta de ruedas acompañándolo. —Verás…
—No. —Arthur lo cortó de pronto, parándolo con una mano. —No. No. Mil veces, no.
— ¡Pero Arthur!
— ¡Nada! —gritó señalándolo. —Te dije que no hace una semana. Te dije que no hace tres días. Te dije que no hace una hora. Y te digo que no justo ahora.
— ¡Arthuuuuur! —chilló, pataleando el suelo. — ¡No puedo dejarte ir sabiendo que vas en compañía con el Rey de las Sombras!
—Mi madre estará ahí.
—No mientras duré el viaje. —obvió dejando caer su mandíbula de manera cómica. — ¡Tengo que acompañarte a Inglaterra!
—No, no tienes. —Arthur caminó a la mochila que tenía en la cama, tomándola entre sus manos, dispuesto a estrellársela en la cabeza a Alfred por ser tan obstinado.
—Ya compré mi boleto, en el mismo avión que tú. —murmuró con un mohín, formando una boca de pato. Arthur se giró a él con los ojos verdes escondidos en las sombras, Alfred dio un brinquito del susto. — ¡Le pedí a Robín-Lovi que lo viera!
—Ese idiota, seguro que lo hizo solo para molestarme. —gruñó Arthur, soltando la mochila infantil de Guardians of Galaxy lleno de desaire. Alfred seguía poniendo la cara de perrito apachurrado que tanto le derretía el corazón. Bufó una vez más, fingiendo no estar de acuerdo con la situación. — ¿Tengo otra opción?
— Y E S! —gritó Alfred, dando un brinco. —Sabía que si ponía esa cara no te podrías negar.
— ¿Debería tirar tus cosas por la ventana? —rugió su novio, volviendo a tomar la mochila.
— ¡No, no! ¡Era broma, Arty! ¡No lo hagas!
Arthur suspiró, mirando a su infantil novio con preocupación. No deseaba que su madre se enterará de la pelea con Scott, aunque las heridas de ambos seguían visibles; tampoco que Alfred sufriera más a causa de su estúpido hermano mayor ni de sus otros hermanos mayores. El Sr. Kirkland padecería otro ataque al verlo llegar, y si llegaban a compartir habitación…
—Arthur, estas muy rojo. —comentó Alfred, preocupado de que la fiebre siguiera en sus venas.
— ¡Déjame un rato! —le gritó, aporreándolo.
Una vez más las cosas se calmaron, y Alfred cómodamente se comenzó a pasear en la habitación, observando los libros más cuidados de Arthur y llorando luego de que vio como un comic, prestado a Lovino, estaba embarrado de chocolate y manchado con café.
— ¿Y? ¿Por qué has venido a dejar tus cosas? —preguntó Arthur, ignorando su llanto.
—Me quedaré a dormir aquí.
— ¿Qué? —su boca tembló un poco, sorprendido. —No creo que a Lovino le agrade la idea.
—Ehh, no se dará cuenta. —protestó, inflando las mejillas. —Además si me voy a mi habitación eres capaz de irte sin mí.
—Quieres que sea tu alarma en pocas palabras. —resopló Arthur, cruzándose de brazos. — ¿Matthew está de acuerdo? ¿No deberían pasar las pocas vacaciones que nos dan juntos?
—Él fue quien me incitó a hacerlo. También se preocupa por ti, ¿sabes? Te está eternamente agradecido.
— ¿Estás celoso de tu hermano? —se mofó el inglés, con gesto prepotente.
—Estoy celoso de ti. —respondió apretando la boca al ver el aura negra rodear de inmediato a su novio. — ¡También de él, también de él! —se apresuró a corregir. —Pero, creo que él necesita pasar más tiempo con papá. Yo lo tuve mucho tiempo para mí solo, quiero darle algo de tiempo a él también.
— ¿Y tú madre?
Tan pronto como preguntó, Arthur prefirió no haberlo hecho, la luz intensa que desbordaba Alfred, llena de alegría y jubilo, se apagó. Aún no lograba perdonarla. Tal vez debería tocar ese tema una vez que estuvieran completamente solos, sin que alguien pudiera interrumpirlos. No era justo que Alfred estuviera siempre apoyándolo sin recibir el mismo trato de su parte. En definitiva, hablaría con él.
—Se supone que debía ir a verla. —confesó tallando su dedo anular en la madera barnizada del escritorio de Arthur. —No quiero hacerlo.
—Venir conmigo es una excusa para no hacerlo.
—No lo es. —los ojos azules de Alfred chocaron con los de él, tan iluminados como siempre. Diciéndole a Arthur que sus palabras eran verdad. —Quiero protegerte de Scott a toda costa.
El rostro de Arthur se adornó con una curva extensa, alegrándose infinitamente de tener a semejante persona a su lado. Era como si el mundo se inventara para los dos, para complementarse uno al otro. Por primera vez en toda su vida, no le dolía tener a una persona a su lado.
—.—.—.—.—
Francis se talló la barbilla, pensativo, luego de cerrar su maleta rosa con brillitos plateados, que según Gilbert quemaba la retina de los ojos, contempló escéptico a los dos tórtolos que tenía delante. Antonio y Lovino. Ambos decidían que era mejor si el pastel de calabaza o el de limón, una difícil decisión, pero Francis prefiriera el crème brûlée. Aunque más que preguntarse quién ganaría, la cabeza le carcomía por otra cosa.
— ¿Ya están en una relación, Toño? —preguntó de pronto, entrecerrando los ojos.
Ambos castaños se voltearon a él, con un sonrojo que comenzó a expandirse por toda la cara.
— ¡Qué cosas dices, bastardo del vino! —chilló primero Lovino, como siempre. — ¡Te mataré a golpes!
—Fran… si ves lo obvio no debes preguntarlo. —respondió Antonio, poniendo una mano en la mejilla como chiquilla enamorada.
— ¡Tú cierra la puta boca! —tronó Vargas, completamente avergonzado.
—Es solo que yo los veo igual que antes. —suspiró Francis, explicando su pregunta. Su boca se frunció, y se abrazó de una manera que aumentó la irritación de Lovino. —Si yo tuviera a mi querido Antonio entre mis brazos, no dejaría de besarlo y tocarlo.
— ¡Imbécil pervertido!
—Lo mismo sería contigo, queridísimo Lovino, tu cuerpo también me gusta.
— ¡No compartiré a Lovi! —Antonio se lanzó a él, tal cual una ardilla voladora lo haría y lo tiró sobre su colchón, fundiéndolo en un abrazo. — ¡Consíguete a alguien a quien puedas abrazar, Fran, Lovi no está disponible!
—Ni tu tampoco en mucho tiempo. —lejos de ser un cumplido, al girar la cabeza en dirección a Lovino, Antonio vio su vida pasar.
Francis volvió a suspirar al ver que Lovino agarraba a Antonio torciéndolo por todas partes. Aplicando llaves de lucha libre profesional que quién sabe donde aprendió, más unas maniobras suyas inventadas para causar el máximo daño al español. De verdad que apenas se lucía una pequeña diferencia sobre ser pareja. Y no estaba seguro de que lo fueran, Antonio le contaba con tristeza que Lovino siempre lo cortaba en la confesión, fingiendo tener algo que hacer o cambiando rápidamente de tema.
Las vacaciones pasarían más rápido de lo que ambos imaginarían, y Francis agradecería si Lovino le daba mucha felicidad a Antonio antes de que este se marchara a ver a sus padres.
Y sobre eso, ¿cómo le contaría Antonio a ambos que estaba en una relación con el niño que cuidaron y quisieron como un hijo? Aunque al parecer los Fernández se olvidaron de él a partir de su divorcio. Esperaba al menos que no fueran tan cerrados de mente por su religión, lo que menos necesitaba Antonio aparte de su separación y emancipación era que lo rechazaran por ser diferente.
Lo mismo con Lovino.
— ¡Eh, Toño, si vas a besarlo bésame a mí también! —chilló Fran, corriendo a brincar sobre ellos. Lovino pegó un grito al cielo, recordándole a su madre.
Todo estaría bien siempre y cuando Antonio no se olvidará que tenía al Bad Friend Trio, a Lovino, Emma y aunque él no quisiera admitirlo, Govert también. Todo saldría bien mientras ninguno de ellos se quebrara.
Luego de que Francis decidiera ir a tomar una ducha, Lovino y Antonio se quedaron solos en la habitación, escuchando el agua del baño opacar cualquier otro sonido. El italiano sentado a su lado sentía la mano tibia de Antonio sobre la suya, acariciándola con una delicadeza que le llenaba de sensaciones todo su cuerpo. Un mar de estrellas descendía del cielo cada que Antonio lo miraba de esa manera, con un amor infinito plantado en los ojos, queriendo llegar a lo profundo de su alma.
—No olvides traerme un recuerdo de Roma, Lovi. Hace mucho que no voy para allá. —dijo Antonio, rompiendo el pacífico silencio. —Y también a Fran, Gil y Emma.
—Los primeros dos me valen mierda. —contestó Lovino, frunciendo la boca.
— ¡Escuché eso, delicioso Lovino! —gritó Francis dentro del baño.
Antonio soltó una risa boba, contagiándole una mueca de felicidad a Lovino.
—No querrás que Fran salga del baño desnudo. —susurró cerca de su oreja, estremeciendo al futuro heredero de la familia Vargas.
—Menudo asco. —respondió, queriendo olvidarse de la sensación.
—Lovi…—Antonio volvió a tomarle la mano, agachando la mirada con sus estúpidas mejillas rosadas. Lovino de igual forma se sonrojó, más fuerte que Antonio, lo cual le molesto de sobremanera. ¿Por qué parecía el más enamorado de la relación? ¡Él podía joderle el culo al jodido español si se lo proponía! ¡Era todo un hombre entre hombres!
Lovino tomó impulso con todos esos pensamientos rondándole la mente, sellando con un beso los labios de Antonio. Los orbes verdes de Antonio destellaron como dos esmeraldas recién fundidas, contemplándolo con asombro. Lovino afiló la mirada, con todos los músculos del rostro tensos. No sabía si debía moverse o despegarse de una buena vez de él. El español lo seguía viendo, esperando cualquier reacción. ¡Debía meterle una patada por no tomar la iniciativa! Tomó otro poco de valor, apretando sus puños que yacían sobre el pecho de este, juntando fuerzas para mover sus labios. Antonio correspondió casi al instante, cerrando los ojos para dejarse llevar.
Sus dientes chocaron causando un parpadeo en ambos, suavemente Antonio deslizó la lengua dentro de la boca contraria, tanteando con suavidad su reciente descubrimiento. Era suave y caliente, a cada segundo se derretía la pena que ambos comenzaron a sentir al principio.
No tardó mucho para que se separaran, por una mordida accidental que Lovino le dio a Antonio.
—Mon Dieu! ¡Déjenme traer la cámara al menos! —exclamó Francis, riendo entre dientes.
— ¡F-Fran! —Antonio se puso de pie, cubriéndose el rostro con la mano.
La reacción de Lovino, al menos para Francis no fue tan mona como la de su mejor amigo.
— ¡CHIGIIIIIIII!
Y si de algo estaba seguro fue que ese grito se escuchó por toda la Rosa de los Vientos. Porque casi de inmediato apareció Gilbert, azotando la puerta y con la cámara de su teléfono grabando.
— ¿De qué me perdí? ¿La princesa ya encontró los huevos podridos en su maleta? Kesesesese~—gritó riendo a todo pulmón.
Al menos Francis y Antonio agradecieron que la furia de Lovino Vargas no fuera desplegada en ellos.
—.—.—.—.—
Lovino entró jalando de la oreja a Gilbert, mientras él pataleaba y le soltaba el repertorio de groserías que Lovino ya se había aprendido de memoria. Quizás él fue quien se las enseño a la patata mayor. Cuando entraron a la habitación con Francis y Antonio detrás de ellos, todos se quedaron quietos y Gilbert sintió como el agarre de su oreja se aflojaba poco a poco, pese a eso él tampoco se movió.
— ¡CHIGIIIIIII! —dos chigi's en un día, logró desbloqueado pensaría Gilbert al día siguiente.
— ¡EHHHHH! —a la par de Lovino, los miembros del Bad Friend Trio gritaron, más con burla que de sorpresa.
Alfred se encontraba sobre las piernas de Arthur, dormido, y Arthur igualmente dormido, se inclinaba a él, casi pegando la frente con la suya. Parecía la escena sacada de la Bella Durmiente o Blancanieves, con el ligero intercambio de un freak virgen y un inglés gruñón. Al escuchar los gritos, Alfred se despertó alzándose de golpe, pegando a la frente de Arthur que también despertó con el ruido.
— ¡Ay! —chillaron ambos. Alfred volvió a caer en las piernas de Arthur y el inglés se hecho atrás, pegando su cabeza contra la pared.
— ¡Están en mi puta habitación, bastardos! —bramó Lovino, volviendo a apretar la oreja de Gilbert.
Arthur con la mano en la frente miró a su novio acostado en sus piernas, sin pensarlo y con toda la vergüenza que sentía en el momento, intentó levantarse bruscamente; Alfred que todavía no terminaba por orientarse se cayó de la cama, rodando por la primera mitad del suelo.
—Si algún día me comporto así de virgen, sean buenos conmigo y háganmelo saber, chicos. Me tiraré a una piscina llena de pirañas. —pidió Gilbert.
—Trato. —respondieron Antonio y Francis.
—Mueve tu culo, pendejo, y saca esos jodidos huevos antes de que aplaste los tuyos. —tronó Lovino, aventando a Gilbert sobre la maleta que tenía en la cama. El albino refunfuño bajito, sobándose la oreja.
Arthur del otro lado ayudaba a levantar a Alfred, pidiéndole disculpas con la mirada. El americano no paraba de quejarse sobre que ya todos sabían que eran pareja. Francis se burlaba de ellos y Antonio le seguía el juego. Lovino vigilaba que Gilbert hiciera lo demandado, desistiendo en decirle que se los comiera.
—Están haciendo mucho ruido, idiotas. —regañó una voz frente a la puerta. Todos voltearon a él, encontrándose con Roderich.
— ¡El señorito está aquí! —gritó Gilbert como si nadie lo hubiese visto. —Mira, tengo estos huevos…—al sentir la mirada temeraria de Lovino, mejor los tiró a la basura.
— ¿Vienes a presumirnos ese tonto lunar que tienes en el rostro? —se mofó Francis, picándole la mejilla. —No luces para nada atractivo.
—Hola, Rod. —saludó Antonio, agitando la mano.
A los dos miembros del BFT se les desplomaron los hombros. — ¡No es divertido si lo saludas tan casual, Toño! —reprochó Gilbert.
—Es porque no es tan idiota como ustedes, idiotas. —contestó Roderich.
— ¿Debería tomar eso como un cumplido? —preguntó Antonio, confundido. —No suena como uno.
— ¡Se está burlando de ti! —reclamó Francis, mordiendo su inseparable pañuelo. —Solo porque es absurdamente guapo, cree…
—Cierren la boca. Están haciendo demasiado escándalo, Arthur, deberías de saber que no está permitido la entrada de otros estudiantes al dormitorio. —regañó, ignorando las feas miradas de Francis. —Aún si ya no eres representante del Comité Disciplinario, debes hacer cumplir las reglas hasta el final. ¿Acaso eres tonto?
— ¿Ton-?
—Sí, lo es. —respondieron a coro el BFT y Lovino. Alfred apretó la boca en una delgada línea, al ver la mirada afilada de Arthur cuando se dio cuenta de que se quería unir a ellos.
—Fuera de aquí ustedes cuatro. —señaló a los que no pertenecían ahí, subiéndose los lentes. —Antonio, debo hablar contigo.
— ¿Eh? ¿Para qué? —preguntó parpadeando. — ¡Tus platicas son muy aburridas, Rod!
— ¡Nosotros iremos también! —gritaron a coro Gilbert y Francis, aún no olvidaban la platica que el señorito le dio con anterioridad a Antonio.
Lovino intercaló miradas entre ambos, contrayendo las cejas. La familia de Edelstein había comprado propiedades anteriormente por los Fernández, por lo que Antonio ya conocía a Roderich desde el pasado. El austriaco sobre todo lo buscaba para hablar sobre los contratos de sus padres, aunque ahora parecía mucho menos serio que las veces anteriores.
— ¡Ay, ay, ay! ¡Ya voy! —protestó Antonio, siendo pellizcado por la mejilla. Lovino se dio cuenta que aún no se ponía de acuerdo con él para ir juntos al aeropuerto. — ¡Nos vemos mañana, Lovi! ¡Te amo! —gritó en su idioma natal.
— ¡Deja de decir sinvergüenzadas! —chilló Roderich, llevándose a Antonio a través de todo el pasillo.
El mayor de los Vargas se cubrió la cara con las manos, maldiciendo con todas las groserías que podía a los tres chicos que le mandaban miradas picaras, excepto Alfred, que por suerte no parecía conocer el significado de las palabras. Ya al fin sin en Bad Friends Trio, Lovino miró a la pareja del otro lado de la habitación con una ceja alzada, esperando que Alfred se despidiera de una vez por todas.
—Me quedaré esta noche aquí. —sonrió rascándose la cabeza.
— ¡Y una mierda! ¡No de nuevo!
—Dormirá en mi cama, y no hará ruido. —dijo Arthur, volteándose para acomodar las cobijas. —Así que deja de quejarte.
— ¡Eso dijiste el lunes! —protestó Lovino, observando las maletas de Alfred cerca de la de Arthur. —Y no dejaba de parlotear sobre comics.
— ¡Hablando de comics, mira lo que le has hecho a Hulk #711! —reclamó el americano, mostrando el librito maltratado que encontró.
—Cierra la boca y vete a dormir de una buena vez. —cortó Lovino, metiéndose al baño.
—Tan cruel, Robín-Lovi. —masculló Alfred.
—No me gusta dormir contra la pared, así que metete primero. —ordenó Arthur, abriendo las colchas para él. Alfred sonrió de nuevo, obedeciendo casi al instante. Ambos ya tenían el pijama puesto, por lo que Alfred ya no tenía nada que reprochar.
—Si comienzo a escuchar ruidos extraños por la noche, llamaré a un guardia. —declaró Lovino, metiéndose en su propia cama.
— ¡Cierra la boca! —reclamó Arthur, apagando las luces.
—.—.—.—.—
Arthur se despertó varias veces por la noche, solo para observar en silencio el rostro de Alfred mientras dormía. Notando con resignación que babeaba y murmuraba palabras de superhéroes o nombres de estos. Recordó a Peter, el niño del orfanato que fue adoptado por Tino y el soldado frívolo, seguro que era casi similar a tener un Alfred. Aun así, se veía tan calmado, como si fuese otra persona que no proclamaba ser un héroe o corría por todos lados en busca de villanos a los cuales derrotar. Se estaba enamorando terriblemente de él y eso le daba miedo, Alfred era su primera pareja y temía acabar lastimado o lastimarlo a él. Con tantos problemas familiares que tenía Arthur se extrañaba que Alfred no comenzara a apartarse, es más, quería estar más cerca.
Eso le alegraba y al mismo tiempo lo ponía terriblemente nervioso. Ahora que Scott estaba tan calmado no sabía que seguía. ¿Debía decirle que tenía miedo sobre las futuras reacciones de su hermano? Y también de las de Iván, ¿no había dicho algo sobre reconsiderar las acciones del antiguo director? Pese a decirle a Kiku que todo iba a marchar bien, realmente no estaba muy seguro de que tan verdaderas serían sus palabras. Cerró los ojos de nuevo, queriendo poner su mente en blanco para conciliar el sueño.
Sintió que la alarma sonó demasiado pronto, era la primera vez que le pasaba, usualmente despertaba antes que ella. Culpaba al oso que era Alfred, tan calientito y acolchonado que daban ganas de dormirte un rato más, sin embargo, su sentido de responsabilidad era absurdamente más fuerte. Se levantó tallándose los ojos, Alfred dormía muy plácidamente todavía y Lovino lo imitaba con todas las cobijas tiradas mientras el extendía brazos y piernas por todo el colchón.
Se lavó la cara, los dientes y se vistió con la "ropa de abuelito" según Alfred y Lovino. Escuchó golpecitos suaves en la puerta, encontrándose con Antonio bostezando y aun con pijama, rascándose el estómago y con el cabello más alborotado que nunca.
—Vine por Lovi.
—Vístete primero. —refunfuñó Arthur, dejándolo pasar.
—Oh, —una sonrisa pícara se dibujó en su rostro al notar a Alfred. —comienzas a mostrar lo pervertido que eres, Arthur.
—Cierra tu estúpida boca o Lovino no te podrá besar en muchos días.
Antonio alzó los brazos en señal de paz. El inglés comenzó a alistar las últimas cosas, asegurándose de que Lovino tampoco tuviera comida debajo de la cama o entre su escritorio; lo que menos quería era encontrarse con una infestación de cucarachas u hormigas al volver. Su mirada se desvió a Antonio que acariciaba los cabellos de Lovino, observándolo dormir.
—Antonio…
— ¿Eh? ¿Qué pasa, cejotas?
—Tch. —de repente sus buenos deseos se le marcharon, no obstante, decidió decirlos al final. —Suerte con tus padres.
Antonio se volvió a él con una sonrisa en el rostro, emocionado de su preocupación. Arthur quiso estrellarle el puño en la cara. Al final ambos chicos de segundo año despertaron a sus respectivas parejas de primero. Antonio recibiendo un buen gancho al hígado bastante decente, paralizándole las piernas provocando que se doblara hacia el frente, sosteniéndose el estómago. Lovino le gruñó cuando todavía Antonio se encontraba en el suelo, intentando regularizar su respiración. A la mala, viendo el reloj de Arthur, se levantó. En cambio, Alfred ni, aunque Arthur pusiera el reloj sonando a todo volumen cerca de su oreja parecía despertar, por lo que recurrió a salpicarle el rostro con agua.
— ¡Y-Ya… ya estoy despierto! —aseguró poniendo las manos encima de su cara para detener el agua.
—Dices que quieres acompañarme y te quedas dormido. —reprendió el inglés, aventándole la ropa. —Apresúrate que debemos salir antes de las seis.
—Eres todo un huraño. —masculló Alfred, tallándose los ojos.
—Iré a cambiarme Lovi, estaré aquí en media hora. —dijo Antonio, aun con la voz desinflada.
—Sí, sí, vete a la mierda. —contestó azotando la puerta del baño detrás de él. Arthur puso los ojos en blanco al notar la sonrisa llena de amor que le dio Antonio al final.
Alfred se terminó de limpiar la baba escurrida y se vistió dormitando, esperando que Lovino saliera del baño para asearse la boca y el rostro. Una vez que ya estaban listos, Arthur lo apresuró para concluir con los últimos detalles y asegurarse de que llevará el boleto de avión con él; Antonio apareció cuando ellos estaban saliendo de la habitación, con Feliciano Vargas sobre su espalda, totalmente dormido.
—Al menos el macho patatas no nos acompaña. —gruñó Lovino.
Varios alumnos del mismo piso ya también se dirigían a la salida, arrastrando sus maletas. Muchos otros aún permanecían dormidos, principalmente porque eran los que viajaban a casas de campo o playas privadas con amigos o solos. No todos los padres podían o querían estar con sus hijos en vacaciones.
—Deja de escudarte en mi espalda. —reprendió Arthur. —Scott no va a aparecer.
— ¿Y tú como sabes? —preguntó Alfred saliendo de ella sin dejar de estar alerta sobre el hermano de su novio. — ¿Ya te habla?
—Por lo mismo sé que debió tomar un vuelo más temprano o lo hará más tarde. Puede que lo haga hasta mañana.
—No creo que le agrade verme llegar contigo.
—Aún estas a tiempo de regresar por donde viniste.
—Eres muy cruel, Arthur. Solo estoy preocupado por ti. —murmuró inflando las mejillas. El inglés soltó un jadeo, volteando a otra parte. Alfred podía conseguir lo que quisiera de él con una simple carita triste.
Al salir de la escuela los profesores y guardias revisaban los pases de vuelo, formándolos en fila para que comenzaran a subir al transporte rumbo al aeropuerto. Cinco camiones de primera clase estaban en la puerta de la entrada, aguardando por los estudiantes. Alfred pudo observar a su hermano terminar de subirse en el primero, con Francis, Gilbert y el hermano de este; al menos le alegraba que no fuera solo y estos lo incluyeran en su plática. A Arthur y a él les toco el tercer autobús, en los asientos de en medio. Por la ventanilla pudieron ver a Antonio, Lovino y Feliciano formados esperando abordar el tercer camión. Por más que el inglés estiró su cuello, queriendo localizar la cabellera roja de Scott esta no apareció por ningún lado.
Lo mejor sería aguardar la tormenta que vendría.
—.—.—.—.—
Lovino bajó a regañadientes del avión, con Feliciano a su lado chillando sobre lo emocionado que estaba de pasar con él las vacaciones. Ninguno de los dos llevaba más que una maleta de mano, la ropa les sobraba en la mansión y únicamente traían la maldita tarea que los profesores les impusieron. En el área de la puerta cinco, el conductor de la familia Vargas ya los esperaba, sosteniendo su gorro entre las manos enguantadas, preso del calor. Al verlos llegar se lo colocó de inmediato y los dirigió a la limusina que ya aguardaba en la salida. Varias personas curiosas intentaron ver si se trataban de celebridades o algo parecido.
—Puedes quitarte el gorro. —ordenó Lovino, encendiendo el aire acondicionado. El calor lo ponía de malas, ir a Venecia lo ponía de malas, ver a sus padres lo ponía de malas y observar como el jodido conductor no obedecía lo ponía de malas. — ¿Me escuchaste?
—Claro, señor. —el obedeció a regañadientes, y Lovino mejor subió el cristal que los separaba para que no pudiera ver como los maldecía.
—Mira Lovi, nos pusieron un refrigerio aquí. —mostró los jugos y fruta picada que venían en hielo seco. —Toma.
—No tengo hambre. —contestó echando un vistazo por la ventana.
No tardó mucho para que el conductor los pasara a una góndola, con un empleado de la familia, por supuesto. Feliciano iba tocando el agua, exclamando lo bueno que era regresar a su amada Italia, Lovino se sentía de igual forma, realmente amaba su país, sin embargo, viajar a él significaba verle las putas caras a esos que llamaba padres. Terminaron llegando a pie a una de las enormes casas de ladrillo rojo que se alzaban en las pequeñas calles. Antes de entrar el mayor de los Vargas se palmeó la cara, dándose ánimos.
—Oh, están aquí. —la primera en recibirlos, como siempre, fue el ama de llaves. Con dos sirvientes que les retiraron las maletas de las manos. —El señor y la señora no se encuentran por el momento, no han reportado a qué hora llegaran.
— ¿Y mi abuelo, vee~? —preguntó Feliciano.
—Me temo que no fue entregada esa información. —se disculpó, haciendo una reverencia con la cabeza. —Su madre me entrego estos dos boletos.—tronó los dedos, y una sirvienta se apresuró a venir con una bandeja de plata, portando los susodichos.
—Es en el teatro la Fenice, veee~.
—Me sé el «diluvio que viene» de memoria, bastardo. No necesito verla de nuevo. —ignorando a la mucama se adentró a la enorme casa, comenzando a subir las escaleras. —Me daré un baño en la tina, preparen todo. —ordenó, el ama de llaves volvió a tronar los dedos y la joven empleada dejó casi corriendo la bandeja de plata en el buro victoriano que tenían en la entrada, apurándose en subir las escaleras.
—Looviiii—chilló Feliciano, corriendo a alcanzarlo. La mujer encargada de la servidumbre se quedó parada con una expresión fría en el rostro, esperando cualquier capricho de aquellos niños. —Veee~
—Date un baño también, quiero ir a la plaza. —gruñó, cambiando sus planes de querer estar todo el día en cama. Feliciano dio un saltito de emoción y subió con él las escaleras, recitándole todos los regalos que le llevaría a Ludwig y Kiku.
Lovino se dejó caer en la enorme cama que tenía, sin importarle que la sirvienta siguiera preparándole la tina. Cuando era niño le encantaba ordenar a todos que se hiciera su santa voluntad, luego de que fue a vivir con Antonio, se dio cuenta de que los empleados tenían sentimientos y trabajaban por necesidad, no por gusto. La familia Fernández le había inculcado hacer las cosas por sí mismo, decía la madre de Antonio que él tenía dos manitas en perfecto estado para hacerlo. Pero, al querer hacer las cosas de la misma forma que la hacienda en las enormes casas de sus padres, ellos pegaron el grito al cielo, reprochando que para eso pagaban el servicio y que ningún hijo suyo haría semejante vulgaridad de tender una cama o lavar los platos. A veces se preguntaba si eso era por lo que Feliciano y él eran unos inútiles.
—Su baño está listo.
—Puedes retirarte. —contestó sin levantarse. Escuchó la puerta cerrarse y se incorporó de nuevo. Comenzaba a extrañar a Antonio.
Ahora mismo seguro ya estaría hablando con uno de sus padres o cosechando algunos tomates para olvidar los temas amargos de conversación. Pensó en el beso que le dio aquella noche en su habitación, se sonrojó, pero no impidió el recuerdo, estaba solo y podía mostrar cuanto le encantó. Quería que se repitiera. Una parte porque le hacía sentir inmensas sensaciones en todo el cuerpo, y en otra porque los ojos de Antonio, cada vez que se besaban o le dedicaba la muestra más mínima de afecto, volvían a iluminarse con la alegría característica de este.
Se metió a la tina pensando en él, recordando sus lágrimas al contarle lo de Emma, su timidez al darse cuenta de sus sentimientos, el momento en que sin querer escuchó a Emma y Francis hablando sobre el amor de Antonio, su abrazo con otro tipo de significado y el árbol enredado, donde se dieron su primer beso. Seguro que los recuerdos serían mucho más que esos al pasar el tiempo, aún faltaba la confesión de Antonio, que se había empeñado en cortarle. Sentía que debía ser especial, aunque a decir verdad no importaba, su relación ya había evolucionado en una etapa de la cual sería difícil volver atrás.
Y él no quería hacerlo, pese a tener prohibido avanzar más.
Salió de la tina oliendo a rosas combinadas con almizcle, se puso el traje negro con la camisa color vino que le dejaron en la cama, diseñado por su madre y unos zapatos caros de la misma marca. Seguro tendrían una buena platica familiar cuando volvieran de bajar por Venecia, ni siquiera en vacaciones tenía la oportunidad de relajarse.
— Veee~! ¡Lovi, prueba estas galletas, son deliciosas! —gritó Feliciano al verlo entrar; con un traje similar al suyo, solo que, con la camisa naranja, como siempre. La mucama extendió la bandeja a él, siendo rechazada.
—Mueve tu culo que seguro los viejos no tardan en volver. —contestó a su vez, robándole el jugo de frutas tropicales que iba por la mitad del vaso.
—Claro, Lovi. Llevaré unas para el camino, vee~
Justo iban por la recepción cuando la puerta de entrada se abrió, revelando a uno de los empresarios más poderosos de Italia y Alemania, Blas Vargas, su jodido padre. Venía acompañado de su asistente, la mujer más frívola que Lovino hubiese conocido, superando a su madre y eso ya era decir mucho. Ella anotaba en su inseparable agenda quién sabe qué cosas, pues su padre ni siquiera estaba hablando.
—Han llegado.
—No, son nuestros putos espíritus caminando. —rezongó Lovino, decidiendo de pronto que todas sus ganas de salir podían irse a la mierda.
—.—.—.—.—
Alfred notó con extrañeza que, al bajar del avión, Arthur no volteó a ver a ninguno de los choferes que mostraban el letrero con el nombre de la persona que venían a recoger, en algunos cuantos el americano pudo leer rápidamente sus apellidos, Evans, Williams, Jackson, Wilson y Montecarlo, del cual no estaba seguro de como pronunciarlo. Arthur siguió arrastrando su maleta, preguntándole si deseaba algo de desayunar antes de salir. Alfred se moría de hambre, pero prefirió esperar al almuerzo que la madre de Arthur les prometió. Finalmente tomaron un taxi negro de aspecto extremadamente elegante, con un conductor silencioso; de manera definitiva Arthur se había criado ahí. El americano, a medida que avanzaban, esperaba ver todo tipo de casas glamurosas como la mayoría de sus compañeros le decían. Los Kirkland eran muy famosos por vivir en lugares lujosos. Según ellos, decían que portaban al menos cinco mansiones divididas en Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda. Sin embargo, a medida que el taxi daba y daba vueltas por calles y avenidas principales, los enormes edificios se fueron reduciendo a privadas con casas bonitas, y luego se incorporó por otro conjunto de calles, hasta llegar a una zona de condominios.
— ¿Qué esperas para bajar del carro? —preguntó Arthur, observándolo desde la puerta. En la cajuela el chofer descargaba las dos maletas de los estudiantes.
— ¿No te has confundido de casa? —Alfred salió del auto, dejándolo marcharse y tomando su propia maleta, arrastrando las llantitas por el pedrerío que tenían por camino. La puerta del edificio de cinco pisos era negra y la más neutral que Jones hubiese visto en su vida, sin ser demasiado llamativa iba protegida por una cadena y un candado. El comunicador de al lado era viejo, descuidado por el paso de los años, aun así, parecía seguir funcionando. Arthur no lo tocó, simplemente marcó a su madre.
—Ya viene. —le anunció, bajando el teléfono. Alfred pudo notar como los dedos de Arthur se apretaban en la manija de la maleta. Se volvió a él, totalmente incómodo. —Mira, mi madre es muy amigable y bondadosa, pero también tiene el carácter de una niña. Ten un poco de paci…
—Tu madre me agrada demasiado. —cortó Alfred, alzando ambos puños reafirmando sus palabras. — ¡Estoy seguro de que nos llevaremos de maravilla!
— ¡Arthuuuur! —la voz de Annie, bajando por las últimas escaleras interrumpió la conversación de la pareja. — ¡Y mi querido yerno!
—Mamá, por favor. —el rostro de Arthur se puso rojo, queriendo que la tierra lo tragara. Ella abrió rápidamente la puerta, envolviendo a su hijo menor entre sus brazos y dándole un montón de besos. Cualquiera pensaría que bastaría con eso, no con Annie por supuesto, repitió la misma acción con Alfred.
A comparación del festival ahora parecía más una madre de dos hijos maduros. Tenía ojeras debajo de sus ojos marrones y varias arrugas alrededor le saltaban a la vista, su cabello estaba sujetado en un moño mal amarrado, dejando caireles cayendo alrededor del cuello. La ropa de igual forma parecía haber salido de un campo de batalla en la cocina.
—Vamos, entren. —ofreció. Arthur le hizo una seña a Alfred, dejándolo entrar primero y ayudando a su madre a volver a poner la cadena con el candado, como el buen caballero que era. —Estaba terminando de prepararles un pastel de melocotón.
— ¡Muero de hambre! —gritó Alfred, entusiasmado. —Seguro que usted cocina mucho mejor que Arthur.
— ¡Escuché eso, idiota!
Annie se llevó una mano al rostro, limpiándose una falsa lagrimita. Por un momento le recordó a Francis y sus falsos dramas. —Lo sé, cariño. ¿Sabes cuantas cocinas he tenido que limpiar por su culpa? Mis dotes no fueron entregados a mis dos hijos, y al que no le gusta es a quién mejor le sale.
Supuso que sería Scott. El cual en un delantal floreado no le parecía tan aterrador.
Llegaron al tercer piso, cuatro departamentos contando el de Annie se veían en el pasillo. La mayoría de ellos debían de vivir solos pues no se escuchaba ni un solo ruido de niños o de cualquier otra persona. En la puerta frente de la madre de Arthur había un montón de periódicos apilados «The Times». Annie suspiró al ver unas hojas volar a su puerta, las cuales hizo bolitas y las dejó en otro montoncito cerca de la puerta.
—Es un escritor muy sucio. —le dijo a Alfred, arrugando la nariz.
Alfred esperó ver la misma neutralidad de la puerta y fue aún más decepcionante que eso. El departamento era pequeño, con una habitación, un baño y el cacho de cocina que compartía con un sillón desgastado. No había televisión, tampoco parecía haber internet y ni siquiera una mesa donde pudieran comer.
—Por eso te dije que no vinieras. —susurró Arthur, al ver a su madre cantar sobre sacar el pastel. —No iba a pasar las vacaciones en la mansión de mi padre. Tienes toda una cara de "¿por qué estoy aquí?".
Alfred se subió los lentes, preocupado de haber ofendido a Arthur o su madre. —Lo siento, está bien, solo no creeré en rumores de nuevo. Es hogareña la casa de tu mamá.
—Chicos, ustedes saben…, tal vez la mala cocina de Arthur la heredó de mí. —dijo su madre, poniendo el pastel quemado encima del pequeño desayunador de madera que tenía el departamento. —Debí sacarlo en cuanto sonó.
—Está bien, mamá. Lo comeremos así. —aseguró su hijo, ignorando el insulto a su comida casera.
— ¿Estás loco? —reprendió, tensando a ambos jóvenes. — ¡Iré por uno a la pastelería! Mientras dile a Alfy donde dormirá.
Arthur suspiró, notando como su madre ya comenzaba a tomarle cariño a su novio. Annie tiró el pastel en una bolsa negra de basura y se la llevó consigo al salir, regañando en voz alta al vecino porque sus hojas volvieron a volar hasta su puerta.
—Como dije, tu madre me agrada. —sonrió Alfred, dejando sus maletas cerca del brazo del sillón. — ¿Y? ¿Dormiremos en el sillón?
—No. Dormiremos con mi madre.
— ¿Eh?
Arthur retiró la mirada de él, avergonzado, caminando en dirección a la única habitación. —Cuando Scott y yo nos quedamos, dormimos los tres juntos en sabanas y colchas extendidas en el suelo, aunque dormir no es precisamente el termino correcto, mi madre siempre nos cuenta anécdotas divertidas del trabajo y, a pesar de que nosotros solo tenemos para contar el trabajo aburrido del comité o la presidencia estudiantil, ella nos escucha totalmente encantada.
Jones escuchó asombrándose, se parecía mucho a lo que su padre hacía cuando iban a acampar a las montañas. Ellos se quedaban mirando las estrellas, contándose un montón de cosas y debatiendo quien era el héroe más fuerte. Su corazón latió con fuerza, esas pequeñas cosas que lo conectaban con Arthur lo ponían muy feliz.
— ¡WAAA!
Ambos chicos gritaron una vez que se abrió la puerta, encontrándose con un Scott semidesnudo, pecho descubierto y recién cubriendo su ropa interior. Su mirada verdosa los mató más de una vez en sus pensamientos.
—Se toca antes de entrar. —gruñó Scott, terminando de subirse los pantalones.
— ¡No sabía que estabas aquí! —reprochó Arthur.
— ¿A dónde se supone que fuera si no? —preguntó poniéndose una polera gris, su cabello aun goteaba agua de su reciente ducha. Sin prestarles más atención se tumbó en la cama, tomando uno de los libros que su madre tenía botados por ahí para ignorarlos.
—Te resfriarás si no te secas correctamente el cabello. —comentó Arthur, poniendo la maleta de Alfred y suya por el librero que tenía su madre, que era llenado más que nada con cuadernos de kínder y primaria de ambos hermanos. Alfred se sintió como un intruso estando en esa habitación.
—Ocúpate de tus asuntos.
—Vamos, Alfred, te mostraré donde está el baño. —dijo su novio, perdiéndose de nuevo entre la puerta. Alfred sabía dónde estaba el baño, en un cuarto tan pequeño, no le fue difícil adivinarlo, sin embargo, no objeto nada, conociendo los pensamientos de su pareja.
—No tienes ni una pisca de decencia. —añadió Scott, antes de que se marchara. —Pararte aquí sin ser invitado.
—Fue a lo que me orillaste. —confesó Alfred, volteándose a él. Scott opacó su mirar, irritándose por el comentario. —Te lo dije, no pienso olvidar lo que le hiciste a Arthur. —recordando las palabras que el Rey de las Sombras soltó, llenas de rencor, las citó. —No voy a dejarte olvidarlo.
—Alfred.
— ¡El héroe va en camino! —gritó, corriendo, sin darle otra pequeña atención a su cuñado.
Scott arrugó las hojas del libro, rompiendo varias. Todo el mundo comenzaba a colmarle la paciencia.
Por sí una que otra se confundió con los de los exámenes, en los primeros capítulos (donde la expulsión de Alfred y Matty) dije que la escuela no aceptaba a los reprobados por lo que tenían que pasar con el promedio adecuado. Así que si, por ejemplo, no se alcanzara el promedio dado por la escuela (pongamos que es un 80% en la materia) se le da al alumno un examen de recuperación donde debe alcanzar ese promedio. En caso de que el alumno saque en el primer examen menos del 50% automáticamente se le da de baja (ya que los estándares de educación son muy altos) igualmente si en el examen de recuperación saca una menor cantidad al 80%.
Es una escuela complicada, no quisiera estar en ella. xD
Aunque todavía falta bastantito para el final, he de decir que ya he escrito la parte final (del final xD). Me siento muy orgullosa porque ya casi vamos a alcanzar los treinta capítulos. Estaba releyendo mi historia de nuevo, y me di cuenta de que al pasar el tiempo los capítulos pasaron de ser pequeños a monstruos. Me siento un poco mal por las personas que van leyendo desde el principio xD
En fin, este es mi regalo de San Valentín (-espero algo para el White Day (?)-) :'D
Muchas gracias a:
Blacklara (¡Bienvenida!), Sybilla Kahler, Banana Misteriosa, qwerty2307, aoi-chan, Dark-nesey & Mikami.
Desde la mansión Corleone,
MimiChibi-Diethel.
