Circulo: Vicio Tsun.

(El título es en honor a la canción con el mismo nombre).


Tú + Yo= Error 404.

28. La torre del dolor.

Scott Kirkland estaba sentado en el desayunador, inclinado a los cereales delante de él, dándole la espalda a las tres personas del departamento. Annie, su madre, corría de un lado a otro en busca del saco que le brindo la empresa al entrar a trabajar, Arthur y Alfred desayunaban en el sillón, inmersos en su conversación sobre el futuro concurso que Arthur tendría. Dadas las nueve de la mañana su madre se despidió de todos con un montón de besos y salió del departamento a toda velocidad. En cuanto ella se hubo marchado todo el lugar quedo en completo silencio.

—Podemos ir a Liverpool en tren, tardaremos aproximadamente dos horas. —dijo Arthur lavando los platos, excepto el de su hermano que ya se había retirado a la habitación y dejó todo impecable, Alfred pegado a él le sonreía nervioso de la tensión recién formada. —Hay algunos atractivos turísticos. O podemos ir a Londres, aunque no estoy seguro de cuanto tardaremos.

—Siempre podemos ir a algún parque cercano Arthur, —dijo su novio, intentando calmarlo—o a un cinema. Hay una película de superhéroes que quiero ver.

—Entonces vayamos a verla.

— ¡Ehhh! ¿Es enserio? —preguntó Alfred, asombrado, dos estrellitas adornaron sus ojos. Arthur se sonrosó, apartando tímidamente la mirada.

—Claro que sí. De vez en cuando me gustaría hacer ese tipo de cosas contigo. —farfulló.

— ¿Dijiste algo?

— ¡Nada! —se apresuró a aclarar, azotando uno de los platos. Alfred pegó un brinco, confundido por su reacción. —L-Lo siento.

El americano sonrió por lo bajo, ocultando sus ojos tras sus lentes se acercó a Arthur, rodeándolo con los brazos de atrás hacia adelante, quedando recargado sobre su espalda. Podía aspirar el suave aroma del jabón, más una mezcla de leche y azúcar. Arthur en cambió no supo como reaccionar, se quedó paralizado con la boca cerrada en una apretada línea y con los ojos plasmados en sorpresa. Iba a reprocharle un montón de cosas, cuando Alfred F. Jones hizo la cosa que estremeció cada parte de su ser; lo besó en la nuca.

El silencio se prolongo a minutos. Los bombeos del corazón casi lograban sincronizar con el otro, haciendo una pieza rítmica. Arthur atinó a poner una mano encima de las de Alfred, apretándolas con una fuerza nula, remarcando que aquella acción no le molesto en absoluto. Una sonrisa se formó en el mas alto, que, aunque estaba tan sonrojado que sentía que su rostro bien podía freír un huevo, apretó mas el abrazo a su pareja, dejando que su frente reposara sobre el hombro contrario.

Arthur fue el primero en hablar, aflojando el agarre impuesto en las manos. —Scott podría venir en cualquier momento y tendremos problemas. —dijo bajito, sin querer que Alfred lo escuchara, lastimosamente él lo hizo y se separó poco a poco de él, no sin darle otro abrazó, mucho más al estilo de Alfred, brusco y fugaz. Arthur tardó todavía en voltearse a él.

—Fue un impulso. —confesó Alfred, llevándose una mano a la boca, avergonzado. —Lo siento, Arthur.

—No importa. —tosió dos veces, recuperando su tono de voz. Se volvió a Alfred, tomando la mano que tenía en su rostro. —Está bien. —dijo, mucho mas bajito. —E-Es lo que hacen… las parejas… ¿no?

— ¡Ehhh! ¿Lo hacen todas? —protestó haciendo un berrinche. — ¡Pensé que sería original con esa técnica!

— ¿Con quién estas tratando de competir, idiota? —preguntó Arthur, dando un suspiro al final.

De todas maneras, decidieron ir al cinema, dándose primero un baño y Alfred tuvo que vestirse ahí mismo pues no quería exhibirse delante de Arthur o que Scott se burlara de él por la grasa extra que tenía. Muy en el fondo pensó en hacer dieta, una que incluyera tres o cuatro comidas al día, solo habría que buscar. Antes de ingresar a la habitación de la madre de Arthur, escuchó detrás de la puerta, Scott y Arthur platicaban.

—Le he dicho que nos hemos peleado. —dijo Scott, con el mismo tono arisco de siempre.

—Ya veo. —al parecer su novio no quería seguir conversando con él, así que sus respuestas eran escuetas. —Saldré con Alfred.

—Me da igual. —contestó Scott, finalizando la conversación.

Arthur salió de ahí mas serio de lo que Alfred sospechó. Él era un poco torpe y no entendía muy bien como con tres o cuatro oraciones su novio podía verse severamente afectado, ni siquiera tocaron el tema de los golpes o llegaron a ellos. ¿Acaso era por la confianza de ambos? Pero el americano estaba completamente seguro de que esa se había perdido hace mucho tiempo, lo que tenían ellos dos eran meras apariencias, para mantener feliz a su madre, para mantener el respeto en la escuela.

—Vámonos, Alfred. —decretó Arthur, borrando sus pensamientos, centrándose solo en la persona que le sacaba una sonrisa cada que podía.

Él lo siguió sin reprochar nada, tomando su mano antes de salir del departamento, entrelazando los dedos intentando tranquilizarlo. Arthur le miró agradecido. Entre tanto Alfred se daba cuenta que su contraste era casi de risa; Arthur como siempre iba de camisa formal, con un chaleco de abuelito a cuadros cafés y un pantalón de vestir negro, y al igual que siempre, Alfred con una playera de superhéroe -en este caso Flash- y unos jeans que le resultaban increíblemente cómodos.

—Somos demasiado diferentes, ¿verdad? —dijo de pronto, mientras caminaban por la acera. Arthur se detuvo con sorpresa, parpadeando tres veces seguidas. —Parecemos como hermanos.

— ¡I-Idiota! —reprochó, alcanzándolo. —Los hermanos no hacen lo que nosotros.

—Dices eso, pero bien me va si te puedo besar una vez al día. —Alfred infló las mejillas, hablando con los labios apretados, en un puchero. —Además, no me equivoco, solo hay que ver nuestra forma de vestir. Pareces un abuelito. —rio a rienda suelta, señalándolo.

— ¡Ya basta con eso! —gritó sonrojado, dándole un porrazo en la cabeza.

— ¡Ayyyyyy!

—Eres un exagerado de lo peor, tonto.

— ¡Eh, Arthur, no me dejes atrás! —reclamó corriendo a él.

Llevó al menos treinta minutos en llegar caminando a la plaza cercana. Alfred se quejó un par de veces, dejándose caer en la espalda de Arthur como si fuera a sufrir un paro respiratorio. Bastó con que Arthur amenazara con abrir una de las puertas que tenía un perro bravo del otro lado para que este se quitara de encima, recriminándole su falta de tacto. Antes de ingresar al cine, Alfred lo trajo de un lado a otro, para ver las piezas de colección que tenía un local en el segundo piso.

—Si quieres una, elígela, la compraré para ti.

Alfred se quedó hecho piedra, la figura de Batman se le escurrió de las manos, haciendo un ruido seco en el suelo. Un par de lagrimitas salieron de los ojos de Alfred, sorbiendo su nariz.

—Tienen que pagar por eso, ¿saben? —preguntó el vendedor al levantar la caja que se encontraba abollada.

— ¡Qué, no! —pataleó Alfred, sosteniendo la caja. — ¡Ya estaba así!

—No.

—Esta bien, pagaré por ella. —cortó Arthur, mostrándole la tarjeta de débito. El empleado formó una sonrisa de satisfacción en el rostro, dirigiéndole una mirada de superioridad a Alfred.

Con un puchero, característico de él, el joven Jones cargaba la bolsita a un costado suyo.

—Es tu culpa por soltarla. —dijo Arthur, caminando a su lado, exasperado. —Si querías otra podemos volver, la compraré.

— ¡Ese no es el problema! —gritó deteniéndose en seco. Varias personas hicieron lo mismo, contemplando a la pareja, al final se alejaron del conflicto sin prestarles más atención.

—No tienes porqué gritar.

—La caja ya estaba golpeada antes de que la soltara. —explicó más calmado, aunque no menos molesto. — ¿Por qué no confías en mí?

Arthur entreabrió la boca, entre sorprendido e incómodo. —No es que no confíe en ti… solo…

—No es solo con la figura. —dijo Alfred, observando esta. —Tampoco me confiaste lo de Scott. Robín-Lovi lo descubrió primero y debí haber sido yo. Antonio fue el primero en protegerte, en cuidarte, no yo.

— ¿Estás celoso de Antonio? Eso no tiene sentido.

—Tal vez para ti. —Alfred le dirigió una mirada cargada de sentimientos. —Es importante para mí, Arthur. Yo voy enserio con esto.

— ¡Q-Qué…!

—Además, este Batman ya lo tengo. —completó volviendo a poner un puchero, avanzando directo al cinema, sin volverse un momento atrás para ver a su pareja. Y no era por lo que Arthur estaba pensando, sino que Alfred se sentía demasiado estúpido por explotar con algo tan superficial como una figura de Batman.

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Lovino Vargas bostezó ruidosamente, atrayendo las miradas desaprobatorias de sus padres. La familia Vargas, aunque faltaba su abuelo, estaba reunida en la mesa del comedor probando una pasta de un chef bastante reconocido en Italia. Su madre, Bianca Vargas, se limpiaba a toquecitos con una servilleta, intentando no retirarse el labial morado que le lucía increíble en el rostro maquillado. Como era costumbre, cada uno tenía un empleado a sus espaldas esperando a retirarles el plato.

—Sabe a mierda. —comenzó Lovino, aventando el plato a un lado. Feliciano jugaba con su pasta, enrollándola con el tenedor, pero sin metérsela a la boca; en el fondo compartía el pensamiento de Lovino sobre lo mal que sabía, sin embargo, él no tenía las agallas para decirlo. — ¿De qué puto basurero sacaron esto?

—Despediré al chef si no te gusta, cariño. —dijo Bianca de una forma tan amable que perturbo a Lovino e incluso a su esposo, que se quedó con el tenedor a medio camino de su boca.

—No me llames «cariño», —objetó, asqueándose aún más. Bianca frunció la boca, ofendida. —mira, el rulo a la derecha significa que soy tu hijo menos favorito.

Blas consiguió meterse la comida sin decir palabra concordando con su hijo. Al tronar los dedos los cuatro platos ya habían sido retirados y el chef despedido. Los empleados que estaban acostumbrados a esos cambios de actitud tenían al anterior chef preparado, con comida ya lista por supuesto. De igual forma una nueva pasta apareció, dejando satisfechos a la familia Vargas.

—Lovino, no tengo hijos favoritos.

—Repítelo hasta que te lo creas. —contratacó tomando el nuevo tenedor que le pusieron. —Ahora quiero comer tranquilo así que déjame en paz. —cortó la réplica de su madre, hundiéndose la comida en la boca. Feliciano apretó el tenedor con fuerza, pese que en su rostro no hubo cambio alguno. Blas no objetó nada.

Terminaron la comida en silencio, Feliciano al ser retirados los platos comenzó a relatar una serie de momentos macho patatas, como lo predijo Lovino, quién pidió su celular para entretenerse un rato mientras fingían que solo tenían a un hijo con ellos. Sorprendentemente, para todos, Bianca se volvió a él, preguntándole si tenía alguna anécdota para contar en familia. Lovino la observó un largo rato, intercambiando rápidas miradas con su padre y Feliciano, este último tenía una enorme sonrisa en el rostro. Blas, con el vino en la mano, se encogió de hombros ante su incógnita. ¿Ahora que maldita mosca pico a su madre? Desde que Lovino tenía memoria ella nunca parecía interesada en su primer hijo. Pero, antes de que Bianca pudiera dar una explicación sutil a su comportamiento, Lovino se puso más a la defensiva, él no era ningún imbécil para dejar que las emociones le fluyeran por tener un poco del cariño de su progenitora dirigido a su persona. Hace mucho tiempo se dio por vencido con ello.

—No tengo nada que decir. —dijo fríamente, apagando su teléfono en el proceso. Bianca sintió un piquete en su corazón por la respuesta.

— ¡Heee! ¡Eso no es cierto, vee~! ¡Ay! —Feliciano recibió una patada en la espinilla, ordenándole silencio. —Pero Lovi, ya tienes muchos amigos.

—Eso sí que es inusual. —comentó Blas, terminándose la copa de vino y negando la servida de más. — ¿Ya te has alejado de ese pueblerino por fin?

—Ese «pueblerino», como tú lo llamas, puede que sea el heredero de mi abuelo. —sonrió Lovino, encantado de borrarle esa sonrisa a su estúpido padre. —¿Quién sabe? El viejo lo considera como un hijo.

—No lo es. —se metió Bianca, olvidando su papel de buena madre por un momento. —Además, por lo que he oído sus padres le darán una buena fortuna por la hacienda que están vendiendo. Así que no necesita nada de nuestra familia, ni de tu abuelo, ni de ti. ¿Te queda claro? —Lovino agrió su mirada, sabía que la farsa de su madre no dudaría mucho. —Por si te llega a pedir dinero.

—Puff. Con la miseria que me dan es posible que yo tenga que pedirle a él. —rezongó Lovino.

—El dinero se le da a quien se lo gana, querido hijo. —habló de nuevo su padre, centrando su mirada en él. Lovino sintió un escalofrío recorrerlo. — ¿Qué me has aportado tú? Tu hermano puede que repita algunos exámenes, sin embargo, lo compensa con su talento innegable en el arte y sus buenas amistades. En cambio tú, ¿repites exámenes sin algún motivo? ¿te juntas con un golpeador, una chica victimizada y aun no dejas de lado a ese estúpido pueblerino? ¿Y así quieres que te compense? ¡Ja! Por favor.

Lovino apretó sus dientes con toda la presión que podía ejercer su mandíbula, lo cual provocó que comenzara a dolerle la cabeza. En cambio tú… en cambio tú… siempre era «en cambio tú». Feliciano agachó la cabeza, mirando de soslayo a su hermano. Él también odiaba las comparaciones que hacían menos a su querido hermano mayor, más de una vez había querido dejar la pintura, pero por cuestiones más personales que la presión de sus padres no podía. Le recordaban tanto a una persona especial que le era imposible abandonarla. Lovino sintió las lágrimas comenzar a inundar sus parpados, y con todas las fuerzas del mundo se tragó el nudo en su garganta, lográndose estabilizar emocionalmente. No le daría la satisfacción a Blas de ponerle en un apuro.

—Metete el dinero por donde más te quepa. —concluyó levantándose de la mesa. Lo sentía por Feliciano y la promesa de ir a la playa, ahora mismo al igual que en los días venideros se postraría en cama hasta terminar la vacaciones.

Y salió del comedor.

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Antonio se limpió el sudor con la manga de la playera, entre su brazo derecho llevaba una cesta con tomates recién cortados. El sol estaba a todo lo que daba, tostándole más la piel morena que ya tenía. Los empleados del lugar se mantenían a una distancia apropiada del hijo de sus patrones, pues a pesar de que amaban platicar con el muchacho ya que era un sol llenó de energía, el aura que emanaba en ese momento no era precisamente agradable. Era tan intensa que n siquiera sus padres, o Máximo Vargas se atrevían a acercarse.

Y, siendo sinceros tenía razones de estar así. Había peleado de nuevo con sus padres por la hacienda. Ambos adultos apenas podían mirarse a la cara, el hombre sobre todo seguía tan disgustado con su exesposa que la corría enseguida de la hacienda en cuanto terminaban de hablar con Antonio. El vientre de ella ya estaba hinchado, producto del niño que nacería pronto, porque sí, su madre le dio esa noticia en cuanto bajo del avión y ella expresamente fue a buscarlo, con su nueva pareja, Antonio, que siempre se llevaba bien con los demás y regalaba una sonrisa, se portó tan ácido que la pareja de su madre decidió ir solo a buscarla cuando terminara de charlar.

No es que odiara al sujeto, parecía un buen tipo; sin embargo, pensar que él tuvo la opción de no meterse con una persona casada, lo disgustaba.

Mientras Antonio regaba las hortalizas con una manguera a baja potencia, su padre apareció con otra, situándose a su lado, imitando su acto. Ninguno cruzó palabras por mas de dos horas, concentrándose en los cuidados del huerto y la recolecta de vegetales, si bien no lo necesitaban, les sirvió de mucho a la hora de aliviar la tensión entre ambos. El padre de Antonio era más moreno que él, con cicatrices en el rostro y ojos amables de color marrón, sus manos eran las de todo un hombre de campo y sus ropas eran tan sencillas que parecía otro empleado.

—Lo siento, Antonio. —dijo enjuagando las verduras en los lavabos destinados a ello. El agua escurrió dando un sonido constante que su hijo no interrumpió. —Hubiese preferido que te enteraras terminando la preparatoria, no quería que tuvieras preocupaciones.

—Lo sé.

—Sobre emanciparte, sabes que solo estaba enojado, ¿verdad? —preguntó en tono obvio. Su hijo se irritó ante el comentario, ¿sabía su padre cuanto le había dolido el hecho de que lo considerara? Enojado o no, le hizo daño. —Eres mi hijo, nunca te dejaría solo.

— ¡Pero la hacienda…!

—Eso y esto son asuntos muy diferentes, Antonio. —interrumpió con un tono mas severo. —No esta a discusión. Venderé este terreno, con lo que gane de ello puedo comprar otro lugar, solo para nosotros dos.

—Yo no quiero otro lugar. —se quejó exprimiendo un tomate por el enojo. Su padre lo miró sin expresión. — ¡Crecí aquí junto con Lovi, es obvio que no quiero dejar mis recuerdos con él!

—Lovino—de repente su papá cayó en cuenta de que él seguía existiendo. — ¿le has dicho?

— ¡Por supuesto! ¡Está tan afectado como yo!

—Me da un poco de pena con él. —continuó su padre, sacudiendo la cesta de verduras. —Seguro que lo esta digiriendo de buena forma, siempre fue más maduro que tú.

— ¡Papá!

—Tu madre fue quien nos abandonó, Antonio, no yo. ¿Quieres que conserve el lugar donde le demostré todo mi amor? Has visto como nos lo pago, no quiero tener que recordarla los días que me quedan de vida. Si te preocupa la hacienda, la mitad de ella se la venderé a Máximo, el área de cosechas le pertenece, la otra parte del ganado se repartirá en distintos compradores, uno de ellos es la familia de tu amigo Roderich.

—Pero…

—Ya veo que estás muy terco hoy. Si no quieres escuchar entonces ve a recoger los huevos de las gallinas, tal vez eso despeje tu mente.

Antonio miró la espalda cuadrada de su padre alejarse cada vez más hasta perderse. Aún con los tomates en sus manos, tiró con furia media docena al suelo usando toda la fuerza que pudo poner luego de un arduo día de trabajo. Lagrimillas saltaron de sus ojos, frustrado.

—Él único que no esta escuchando eres tú. —dijo al viento, apretando los puños llenos de jugo de tomate. Si Lovino pudiera verlo ahora, seguro lo hubiera golpeado por desperdiciar su verdura favorita así.

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Arthur caminaba unos pasos detrás de Alfred, sintiendo una incomodidad muy impropia de ellos. Toda la función su americano había permanecido callado, incluso cuando compraron las palomitas, no pidió las extra grandes como se imaginó Arthur. Dejó que él decidiera todo, también el sabor de su refresco. El inglés le ofreció comprarle algunas golosinas, y al voltearse, Alfred ya estaba entrando a la sala. Con un suspiró, Arthur se detuvo, dejándolo avanzar a su antojo. Alfred estaba a punto de bajar las escaleras eléctricas cuando se dio cuenta de que Arthur no estaba a su lado, se giró de pronto, chocando con dos personas que iban a bajar.

Su pareja estaba apacible, esperándolo unos seis locales lejos de él. Los ojos de Arthur reflejaban tristeza, similar a la que ponía al estar con su hermano mayor, Scott. Caminó hasta Arthur más lento de lo que quería, él volvió a suspirar, mucho más fuerte.

—Vamos por las escaleras normales. —dijo sin detenerse a escuchar alguna queja. Alfred lo siguió encogiéndose en sus hombros, había fastidiado a Arthur con esa estúpida actitud que tomó, pero, no sabía como pedirle disculpas luego de su comportamiento tan infantil.

En las escaleras de porcelanato no había nada de gente, mientras bajaban Arthur dejó que su acompañante se adelantara dos escalones. Fue en el penúltimo cuando lo tocó por el hombro, llamándolo. Alfred se giró a él, esperando el regaño por ser tan niño, sin embargo, lo único que consiguió fue un beso casto de Arthur sobre sus labios. Se puso rojo hasta la raíz de sus cabellos.

— ¿Q-Qué…?

—Te lo contaré. —Arthur tenía la mirada seria y puso las manos sobre los hombros de Alfred, como reafirmando lo dicho. —Confío en ti, Alfred. No pienses que me gusta otra persona, mucho menos el idiota de Antonio, no pienses que no te quiero.

El americano se sintió estúpido, demasiado, agarró los brazos de Arthur y le plantó otro beso, mucho más largo. —Lo siento, Arthur. No debí ponerme así.

—Eres un idiota, lo entiendo. —sonrió el británico, medio burlándose.

—Que malo. —acompañando su gesto, Alfred le dio otro besito más corto, aprovechando que podía besarlo sin hermanos psicópatas o una escuela de niños ricos observándolos.

Se sentaron en una banca de un parque cercano, Alfred notó que había un parque al menos cada tres cuadras, siendo Arthur quién le explicó que era para que los niños no se alejaran demasiado de sus casas. En donde estaban las plantas casi no predominaban, era un campo de tierra donde el pasto iba pegado a los edificios, la mayoría de niños lo usaba para jugar futbol o baloncesto. Como ya era algo tarde, había más adolescentes que niños. Algunos se giraron a Arthur, Alfred podía entenderlos, su pareja tenía ese porte de no pertenecer ahí.

—Podemos irnos si te molesta. —dijo Arthur, ignorando a todos los demás. —Aunque dudo que podamos hablar con Scott dentro del departamento.

Las nubes se comenzaron a juntar en el cielo, clima típico de Inglaterra, además el sol fue perdiendo color a medida que estas bullían monocromamente. Alfred negó con la cabeza, sonriendo, sosteniendo con fuerza la bolsa que contenía su figura recién adquirida.

—Hablemos aquí.

—Es curioso. —sonrió el británico, observando los edificios hechos con ladrillo rojo de enfrente. —Pensé que me dirías algo como «no tienes que decírmelo, Arthur».

—Es inevitable, —contestó Alfred, sonrosándose—si siento curiosidad de algo no puedo quedarme callado. No soy tan modesto como Kiku o Robín-Lovi. Aún así, desde que te conocí siento que esa curiosidad se ha agravado, quiero preguntarte un montón de cosas, pero sé que podrían molestarte, así que no pregunto.

—Tengo conocimiento acerca de tu temperamento, Alfred. No debes contenerte. —le acarició la cabeza en un gesto cariñoso, revolviéndole los cabellos. — ¿Por dónde puedo empezar?

—Sobre los golpes de Scott estaría bien…

—Para eso necesitas conocer la historia de mi familia. No te preocupes, intentaré resumirla lo más que pueda para no agobiarte.

— ¡Quiero escuchar todo! —aclaró frunciendo el gesto, determinado. —Lo haré muy atento, por lo que me niego a que te saltes algo.

—Bien, bien. —Arthur desistió de decirle que contarle toda su vida tardaría más de una tarde en el parque, sin embargo, no lo comentó. —Mis padres se divorciaron cuando tenía cinco años, mi madre descubrió que mi padre llevaba una doble vida en secreto, con niños de nuestra misma edad.

— ¿Cómo es eso posible? —interrumpió Alfred, contrariado. — ¡Tú madre es la maravilla en persona!

—Lo sé, solo que mi padre no lo supo valorar. Mientras engañaba a mi madre, ambas quedaron embarazadas, mi madre se lo contó primero y él intentó centrarse en nosotros, sin embargo, Helen le comunicó la noticia también y él optó por hacerse responsable de los dos, Scott y Gales, pues tenía el dinero para mantenerlos. Por desgracia, no tardo mucho para que después de que saliera Scott mi madre quedara embarazada de nuevo; es un poco vergonzoso, pero supongo que ya no podían aguantar más. —Arthur tosió, evitando la mirada de Alfred. —Lo mismo paso con Helen.

—Ya no veré al Sr. Kirkland de la misma manera. —confesó Alfred con la mirada perdida.

—Como decía, los primeros años fueron buenos, luego mi madre se enteró de su engaño y en ese mismo momento dijo adiós a mi padre.

— ¿Y la madre de Gales?

—No. Ella ama demasiado a mi padre, le ha perdonado tantas cosas que no soy capaz de contarlas con los dedos.

Alfred se quedó pensando un momento, mientras Arthur seguía detallando algunas cosas de Helen. Al observar a Arthur se preguntó si él podría perdonarle algo así. Aunque después se pregunto si él era capaz de hacerle tal cosa, un no definitivo apareció en su cabeza.

—Luego de que se enteró nos llevó a vivir con nuestros abuelos y demandó el divorcio a mi padre. Creo que Scott fue el mas afectado, sobre todo porque yo todavía no entendía nada y él se encargó de cuidarme mientras mi madre trabajaba. Mi abuela se quedaba con nosotros, pero enfermó al cabo de unos meses, mi abuelo se quedó con ella…—Arthur dejó escapar un suspiro, intentando tranquilizarse. Alfred le puso una mano en la suya, apoyándolo. —El sueldo de mi madre no era suficiente para pagar las medicinas, así que tuvo que buscar otro trabajo, por la noche. Nos daba tan poco tiempo que los de servicios infantiles terminaron dándose cuenta.

— ¿Y tú padre? ¿No les pagaba una manutención?

—Mi madre fue muy orgullosa en ese tiempo, todo el dinero que mi papá le daba no se dignaba a tocarlo por más que lo necesitáramos. También mis abuelos se lo prohibieron, no querían nada que viniese del sujeto que engañó a su única hija.

Arthur tenía los ojos tan perdidos en sus memorias que Alfred no fue capaz de llamarlo, tan solo apretó mas su mano, reafirmando que lo tenía a su lado. Que todo estaría bien.

—Fuimos a vivir con nuestro padre en la mansión de Escocia. Bastante lejos. No fuimos capaces de ver a nuestra madre, más que en vacaciones, por dos años. Scott nunca le perdonó eso a nuestro padre. —concluyó encogiéndose en sus hombros, sopesando lo anterior. —Vivir con Gales y Patrick fue poco natural, yo todavía no lo digería bien, solo sabía que no podía seguir viendo a mi madre y que otra señora se hacía pasar por ella. Mi padre rara vez estaba en casa, no tenía tanto tiempo de estar con nosotros; eso incremento el enojo de Scott, porque no tenía sentido mantenernos en esa inmensa casa si ni siquiera él estaba ahí para recibirnos.

—Pero, aún no entiendo como tu madre y la señora Helen se llevan bien. Es decir, llegaron todos juntos al festival cultural y… —la boca de Alfred se cerró de momento, recordando que la persona a su lado, pese a ser su pareja también era el príncipe de las sombras. Arthur tenía un aura tan oscura que lo intimido bastante. Le recordaba mucho a Scott en ese momento.

—Mi madre siempre se basa en dos opciones, Alfred. —continuó con voz ronca. —O puedes hacer esto o puedes hacer lo otro. Valora los pros y contras de manera neutral y sentimental, el que tenga más peso, aunque afecte a los demás, gana.

—No comprendo del todo…

—Tenía dos opciones, Alfred. Odiar para siempre a Helen y a mi padre, arruinarse la vida a causa de ello, e incluirnos a nosotros o dejarlos y perdonar.

—Pero ahora incluso se lleva bien con la otra señora. —dijo Alfred, jugueteando con sus manos. —Nunca vi a nadie hacer eso. Ni siquiera estoy seguro si yo podría llevarme bien con la persona causante de mi sufrimiento.

—Los años no pasaron en vano, ¿crees que ella estuvo bien cuando mi padre le notifico que nos llevaría a Escocia? ¡Por más que quisiera ella no podría ir a vernos, no con su madre enferma! A veces ni tenía dinero para comer con la cuenta del hospital y las medicinas, ¿cómo iba a poder gastar en un boleto de avión? Debía esperar a que nosotros volviéramos. Entonces, tomó una decisión, incluso si sus padres no le hablaron por tres años, ella jamás se retractó.

—N-No quise juzgarla.

—Esta bien, no conoces la situación. —Arthur tomó aire, refrescando sus pulmones. No debía desquitarse con Alfred. —También he pensado que mi madre es demasiado ingenua, que tenía otra opción todavía. Ella es muy buena, perdono a Helen a pesar de que fue quién alejó a su marido de ella. Quiere a Patrick y a Gales, pero se pone triste cuando Scott elude a nuestro padre, al fin de cuentas, sabe que ellos terminaron por alejarlo de nosotros. Él acumuló odio siendo un niño, lo dejó ahí hasta que este tomó su corazón. Scott piensa que debe demostrarle algo a mi padre y piensa que yo también debo hacerlo.

—Arthur…

—La decisión de mi madre fue pedirle un trabajo temporal a mi padre, en la casa, de sirvienta o lo que fuera. —tomó mucho tiempo para que Arthur dijera esa línea, arrugando la nariz para evitar llorar. —Con la frente en alto, dejando su orgullo de lado, decidió ver a sus hijos crecer. Mi padre no pudo negarse, mi madre no lo dejó negarse.

Alfred se quedó en silencio absoluto. Cuanto no hubiese dado porque ella hubiera hecho lo mismo. La madre de Arthur aún tenía la cabeza levantada, orgullosa de haber tomado esa decisión, a pesar de su orgullo, de que las personas la juzgaran e incluso de perder a sus padres por tres largos años sin la seguridad de que le volvieran a dirigir la palabra, decidió estar con sus hijos lo más cerca que le era permitido.

Realmente se preguntaba como el Sr. Kirkland había dejado ir a semejante mujer.

—Scott nunca le ha perdonado eso. —soltó un suspiro. —Que haya rogado porque nos quería a su lado.

—Yo creo que es admirable. —interrumpió Alfred, apretándole la mano. —Lo que tu madre ha hecho es digno de un héroe.

Arthur se giró a él, sorprendido de sus palabras.

—Arthur, eres lo que eres ahora por tu mamá. —dijo Alfred. —Te preocupas mucho por los demás, aunque finjas que no. Intentas ayudar lo más que puedes y cuando ves una situación injusta saltas con las garras a defender. También eres muy lindo cuando expresas tus sentimientos, cuando sonríes, cuando sientes que alguien te manosea en el metro, cuando lloras, cuando me reprochas no haber estudiado.

El rubor cubrió el rostro del británico, que intentaba retomar la palabra en balbuceos constantes. Mientras lo hacía, Alfred siguió.

—Eres buena persona, tan amable que por eso no pudiste parar a Scott antes. —guardo un momento silencio, reteniendo las lágrimas de simpatía que amenazaban con salir. —Pensaste que era la única forma de ayudar a Scott, pese a lo difícil que fue aguantar todo eso solo.

—Lo fue. —las lágrimas acumuladas que tenía Arthur en los ojos lograron escapar, haciendo que agachara la cabeza. —Nunca creí que Scott pudiera hacerme algo así, me dolía tanto que me ignorara y cuando logré acostumbrarme a no estar en su plano existencial, apareció de nuevo en el mío, demandando cosas que no estaba seguro de poder conseguir.

—Tal vez…—comenzó Alfred, esperando no meter la pata. —Scott pensó que él no tenía dos opciones.

—Todos tenemos dos opciones, Alfred. Eso me lo ha enseñado mi madre.

— ¿Las tenemos? —preguntó más al aire que a Arthur. —Nada justifica las malas acciones que hacemos, mucho menos lo que Scott te ha hecho Arthur, nunca lo perdonaré por ello. —confesó, sin impórtale que Arthur todavía lo quisiera. —Sin embargo, creo que puedo entender sus sentimientos.

— ¿Qué dices?

Ella me abandonó llevándose a mi gemelo. —relató, apachurrándose entre su chaqueta. Arthur pudo entender que se refería a su madre. —Ella no pensó el daño que me haría eso, solo lo hizo por querer llevar una vida de lujos que mi padre no podía darle. Pensó que al tenerla podría regresar a mi lado, regalarme miles de cosas y restaurar el tiempo perdido. No paso ni lo uno ni lo otro. Cayó lo más profundo que puede caer una persona. Y Matthew regresó, ella regresó y ni siquiera pudo mirarme durante todo el juicio.

—Probablemente estaba avergonzada.

—Debe estarlo. —recriminó Alfred. —Nada puede justificar el daño que me hizo al separar a mi hermano de mí. Y es lo mismo con Scott, soportó estrés innecesario a una temprana edad. Soportó por ti y su madre. Él no tuvo otra opción al igual que Matthew de irse con mi madre. Scott supo que era su trabajo ser el pilar de su familia, y cuando lo separaron de ella, se dio cuenta que debía ser más fuerte todavía. Puede que haya mostrado el mismo amor por los cuatro, sin embargo, Scott apenas era consciente de que pasaría con ustedes. Si volverían a estar alguna vez juntos los tres.

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Antonio anduvo un buen rato vagando por los campos, trabajando sin descanso, ni siquiera atendiendo al llamado de la comida. Máximo intentó ir dos veces por él, el español lo evadió, diciéndole que últimamente los huertos estaban mal cuidados. No fue hasta que se sintió desfallecer que accedió a tomar un rápido almuerzo, un sándwich, una manzana y jugo. La replicas para que comiera más fueron silenciadas con la media vuelta que dio Antonio, rumbo a su habitación. Su cuarto daba a una ventana que daba a notar todo el hermoso campo. Por la tarde tuvo una llamada de su madre quien le preguntaba si podían comer solos al día siguiente, pues estaba preocupada por la situación de esa mañana; Antonio le mintió por segunda vez en su vida, diciéndole que Máximo ya tenía ocupado su día y acabarían muy tarde por la noche. Ella no pareció muy convencida, sin embargo, comprendió la situación y le colgó no sin antes mandarle algunos besos. El hispano más que una sola vez había mentido a su madre, cuando Lovino vivía todavía con ellos, diciéndole que fue culpa suya que los tomates se cortaran todavía inmaduros. La verdad es que Lovi, de seis años, cortó los tomates que vio apenas rojos y para cuando Antonio se dio cuenta, él ya se los estaba comiendo muy a gusto, lavándolos con agua del pozo. Tuvo que resignarse a aceptar el castigo que sus padres le dieron que les cayó como un anillo al dedo a ellos, pues Antonio no deseaba ir a tutorías privadas de piano y con ello no pudo negarse sin delatar a Lovi.

Con una sonrisa Antonio pensó que desde entonces ya le era completamente devoto a Lovino. Sin querer posponerlo marcó el número de él, siendo atendido al cuarto timbrazo.

¿Qué mierda quieres? —preguntó del otro lado Lovino, gruñón como siempre.

—Te volverás viejito si continúas enojándote tanto. —contestó Antonio con su misma paciencia de siempre.

¡De quién es la puta culpa! —chilló.

—Looviii—cantó con voz melosa, echándose de un brinco a la cama perfectamente tendida, Antonio rebotó un par de veces. Lovino desde el otro lado llamó boba a su risa risueña. — ¡Qué malo, Lovi! ¡Yo sólo quería escuchar tú voz!

Te grabaré un audio con todo mi repertorio de buenas palabras, a ver si así me dejas de estar jodiendo.

—Eres muy cruel conmigo, Lovi. —murmuró haciendo un mohín. De repente recordó el mote que Alfred le daba. —Robín-Lovi.

¡Vete a la puta mierda! —reprochó rompiéndole casi el tímpano al español, quién tuvo que separarse varios centímetros el teléfono de la oreja. — ¡Vuelve a llamarme así y te mataré!

—No puedes pegarme ahora. —se burló Antonio, conteniendo una risilla. Lovino quedó en silencio tras el teléfono, seguramente reaccionando a lo dicho. — ¡Así que puedo decirte cuanto te amo sin que me detengas! —gritó emocionado.

¡Eres un puto cursi! —rugió Lovino, por suerte para él no era una vídeo llamada. — ¡Te moleré a golpes en cuanto vengas para acá!

—Los recibiré gustoso. —prosiguió Antonio terminando la oración con beso tronado. — ¿Eh? ¿Lovi? —miró su teléfono en busca de la respuesta nula, entonces escuchó los timbrazos de la llamada terminada. — ¡Eres demasiado cruel, demasiado cruel! —lloró mordiéndose el labio inferior.

Lovino a los cinco minutos terminó mandándole un mensaje ligeramente amenazante. Antonio sonrió con cariño, valorando su acción. Al volver a encender su teléfono llenó de orgullo miró la foto; ya había quitado la que Francis tomó de ellos anteriormente, y ahora tenía a Lovino concentrándose en un libro de ejercicios, con el mentón recargado sobre su puño, intentando comprender, se le oscurecían los ojos verdes cada vez que ponía toda su atención en algo, y el fleco le caía agraciadamente sobre el rostro, dándole un toque casi místico.

Dejó el teléfono luego de contestarle a Lovino. La habitación de Antonio era de un tamaño promedio, con una cama individual, una regadera y baño en otro cuarto más pequeño, pese a que era suya, se sentía muy solo estando ahí, las paredes de madera tenían colgadas varias fotos de familia y de él y Lovino. Sentado en el borde de la cama agachó con una sonrisa triste la cabeza, quizás después de la plática definitiva con sus padres ya no vería ese escenario más a menudo, no habría lugar para sus cosas, no sentiría que llegó a su hogar.

Se dejó caer de espaldas, cerrando los ojos, pensando en las palabras acidas de Roderich. Sabía que no era su intención dañarlo, el austriaco quiso extenderle el panorama y sí, consiguió su objetivo. No podía quedarse con los Vargas, a pesar de que su viejo, Máximo, insistiría en hacerlo. Sería un intruso en esa casa, Bianca y Blas lo reprobarían al primer instante, y aunque pudiera quedarse lejos de ellos, la sensación de depender de otra persona que no fueran sus padres, a pesar de que lo amara con la misma intensidad, era desagradable. No deseaba ser un parasito absorbiendo a Máximo; él le brindaría un buen empleo al acabar la universidad, sino es que antes; pedirle que lo cuidara todavía era aprovecharse de su bondad.

Lo mejor que podía hacer era aceptar la propuesta de su padre.

—.—.—.—.—

Lovino Vargas miró a su madre como si esta se hubiese vuelto loca. Feliciano a su lado, soltaba vee's~ nerviosos y una que otra risilla boba se le escapaba. Era claro que él tampoco estaba de acuerdo en llevar semejantes trajes en la fiesta privada que darían sus padres.

Dos trajes majestuosos se postraban en dos maniquís del mismo tamaño y medidas que los gemelos Vargas. Ambos de color negro, con trajes estilo príncipe; es decir, mallas ajustadas, pero piernas bombachas, un saco con exceso de adornos, camisas con encajes y muy incomodas, más unas botas altas que terminaban en una punta de espiral. Aparte de eso, pese al calor, una capa de terciopelo adornada en el centro con tela gris brillosa y en los puños con otra a cuadros tipo ajedrez. Sin contar otros adornos voluminosos sobre el cuello, con encaje negro, dorado y blanco, uno sobre otro. Lovino observó con horror el sombrero de sesenta centímetros o más que tendría que usar, ¡se le caería la cabeza!

—Hay un límite para todo esto. —gruñó, cruzado de brazos. Volteándose totalmente indignado. —No pienso usar tal cosa. Moriré antes de llegar a ponerme eso que llamas sombrero.

—Mis hijos tienen que usar lo que su madre les ha diseñado.

—Soy tu hijo cuando te conviene.

— ¡Lovino!

— ¿No podemos usar los trajes que nos diseñaste para la pequeña fiesta de los Rizzo? Veee~ Fue con la misma temática. —dijo Feliciano, jugando con sus dedos. —Y son menos… veee~

— ¡Por supuesto que no! —chilló Bianca, ofendida. —Puse todo mi esfuerzo en estos trajes, y se los pondrán sin objetar nada. ¡Feliciano, por todos los cielos, no es forma de comportarte con tu madre!

Veee~

— ¿Qué modales le estás enseñando a tu hermano, Lovino? —protestó ella, haciéndolo mirarla de nuevo. Lovino infló un cachete, apartando sus ojos de ella. Siempre era lo mismo. —Vuelvo a escucharlo decir algo tan… tan…

— ¿Tan yo? —preguntó Lovino, desinflando su mejilla, observándola de reojo. Bianca suspiró con fuerza, olvidándose de que era una dama de clase alta. Se tranquilizó, aspirando y exhalando aire unas cinco veces. Si quería mejorar como madre, debía tener paciencia.

—No discutiré con ninguno de los dos. —dijo ella, recobrando la compostura. El corsé que llevaba debió desacomodarse porque se lo ajustó de la cintura. —Irán con estos trajes. Deberían estar agradecidos de que una madre tan ocupada como yo tenga tiempo de diseñarles semejantes vestimentas.

—Guárdate tu falsa indignación. Todos sabemos que ni cortaste la tela para esto. —contradijo Lovino, tomando el brazo de Feliciano, él ya iba a los trajes, dispuesto a ponérselos. Bianca se llevó una mano a la boca, conteniendo la reprimenda a su hijo mayor. —Usaremos los trajes de antes. Si no te parece, puedes llevarnos a tu tienda para elegir los nuestros, en lo que respecta a mí no llevaré algo que tenga una bola colgando del brazo. Ni mucho menos un sombrero que pueda romperme el cuello.

— ¡Lovino!

—Hay formas más fáciles de matarme, no es necesario torturarme antes. —concluyó, girando y haciendo girar a Feliciano, saliendo por la única puerta de la habitación, abandonando a su madre.

Se metieron en la habitación de Feliciano sin prisas, su madre era toda una joyita y no armaría escándalos frente a todos los sirvientes. Lovino sabía que no se quedaría así, se lo cobraría de alguna forma y solo habría que esperar. Su hermano menor suspiró con fuerza, trayendo la atención de Lovino, Feliciano se dejó caer en su cama con los brazos extendidos al igual que las piernas.

— ¿Qué mierda te pasa a ti?

Vee~ Lo que hiciste allá fue muy valiente, Lovi. Ya estaba a punto de ponerme el traje de mamá.

—Eso es porque no tienes mente propia, y eres un idiota. —completó, moviendo afirmativamente la cabeza, confirmando su oración. —Solo hice lo que siempre hago, pelear con mis estúpidos padres.

—Sí…—Feliciano arrastró sus palabras, cerrando los ojos. Luego de unos minutos en completo silencio, volvió a abrirlos, haciendo notar el tono miel de ellos, igual de tontos que siempre. — ¿Entonces iremos de compras, veee~?

— ¿Eres una mujer para emocionarte así?

— ¡Hace mucho que no salimos tu y yo solos! —gritó emocionado. —Usaremos trajes a juego, vee~.

—Mientras no sean una tumba andante todo está bien. —contestó Lovino, acostándose al lado de su hermano. Al voltear la cara a la derecha, notó el buró que Feliciano tenía, una foto con el macho patatas y Kiku, los tres en una ¿cafetería? Que parecía más un salón de Gakuen. Sin duda Feliciano no tenía ninguna preocupación, pensaba Lovino con resentimiento mezclado con envidia, siempre era amado por todos sin ni siquiera esforzarse.

— ¿Qué piensas regalarle al hermano Antonio? —preguntó Feliciano, sacándolo de su trance.

— ¿Eh? ¿Qué pienso regalarle de qué? —gruñó él, confundido.

— ¡Muy mal, Lovi! —reprochó su gemelo, sentándose en la cama y picándole la punta de la nariz con el dedo. — ¡Antonio y tú se aman mucho! Debes ser un buen novio y llevarle algo como muestra de tu amor.

— ¡Cierra el pico! —bramó hecho un foquillo de color rojo. — ¡Te partiré a golpes, imbécil!

Veee~! ¡No me pegues, Lovi! —chilló Feliciano, protegiéndose la cabeza por los golpes salvajes de Lovino. — ¡Tú amas al hermano Antonio, no puedes negármelo!

— ¡Y sigues! —Lovino se tronó el puño, al mismo tiempo que su cuello mientras ponía una cara digna de un dios del inframundo. —Espero que hayas hecho tu testamento, Felidiota.

Veeeeee~!

Una vez que los golpes terminaron y Feliciano acabó todo maltrecho, tendido en su cama boca abajo, ladeó su rostro para mirar a su hermano, sentado en el borde de la cama. Aún tenía el rostro rojo, la verdad a Feliciano le parecía adorable; no cualquiera podía ver esas facetas tan lindas que daba Lovino y apreciarlas en su corazón. Feliciano estaba un poco celoso de Antonio, él podía descubrir más y más facetas de su gemelo solo con una sonrisa, quería mucho a Antonio, pero una parte de su mente le decía que había sido desplazado del corazón de Lovino por este. Ya no era tan importante para su hermano.

—Lovi, ¿amas al hermano Antonio?

— ¡Deja de decir estupideces!

—Ya veo. —por suerte para el menor de los Vargas, hablaba idioma Lovi. — ¿Y él te ama a ti? —A sorpresa de Feliciano, Lovino respondió con una sinceridad apantallante.

—Más de lo que debería. —dijo dando un suspiro desanimado. Feliciano se incorporó sobre sus codos, balanceando sus pies de adelante atrás, pegándole ligeramente a Lovino que le dio una maldición y le aventó las piernas por allá. — ¡Fíjate, imbécil!

— ¿Entonces? —preguntó Feliciano, con una sonrisa tonta en su rostro, similar a la de Antonio.

— ¿Entonces qué?

— ¿Estás en una relación con el hermano Antonio? —se volteó a su hermano, esperando una faceta nueva. Él se giró casi de inmediato, evitando su reacción.

—Sí.

Otra hora más en la habitación de Feliciano hizo que Lovino se exasperará con los vees~ de su hermano menor, así que, con una invitación muy a su estilo para salir a la plaza, se marchó rumbo a su cuarto, que estaba al lado del de Feliciano. Sin embargo, su madre ya lo estaba esperando con pasmo plantado en su rostro.

Oh, no. Por todos los cielos ¡NO!

¿Cuánto había escuchado detrás de la puerta? ¡Quién le daba derecho de oír sus conversaciones privadas!

Lovino palideció de pronto, dando pasos veloces rumbo a su puerta. Al llegar, ella habló.

— ¿De qué estaban hablando? —preguntó Bianca, tomándolo por el brazo. Lovino se soltó bruscamente, dándole la espalda, tomando con enojo el pomo de su puerta. — ¿Cómo es eso de que estás en una relación con Antonio?

Desesperación. Es exactamente lo que Lovino Vargas sintió en ese momento.

—.—.—.—.—

Llegaron al departamento pasadas las ocho de la noche, su madre aún no llegaba del trabajo y Scott se había perdido en alguna parte de Inglaterra. Arthur le dijo que posiblemente estuviera en alguna biblioteca o en alguna exposición de museos. Alfred se quedó con el pensamiento de que los Kirkland no eran las personas más entretenidas del mundo. Una media hora después, Arthur y él comían algunos pastelillos que entre los dos compraron para la merienda, solo que, sin televisión o internet, Alfred no se podía mantener quieto y platicaba y platicaba que Arthur aventó por detrás de su hombro el libro que intentaba leer.

— ¡Y entonces Iron Man le dice «Yo también lo era»! —chilló soltando pequeñas patadas al aire. — ¡Y el Capitán América recibe tantos golpes, pero todavía se pone de pie diciendo «podría hacer esto todo el día»! —Arthur casi podía jurar que Alfred soltaba pequeñas lágrimas de la emoción que sentía. — Y… y… ¡SUELTA EL ESCUDO!

— ¿Quién?

— ¡El Capitán América! ¡Arthuur, no me estas escuchando!

—Lo hago, lo hago. —calmó dándole palmaditas en la cabeza. —Tan solo me quede viendo tu emoción. Te ves tan feliz que me contagias.

— ¡Podemos ver la película si quieres!

—No, no. —puso una mano delante, parándolo. —No me refería a eso.

— ¿Entonces?

—Estoy feliz de haberte conocido. —dijo sonriéndole. Sin meditar palabras, sin vergüenza, únicamente con una expresión sincera en la cara. Alfred lo contempló, maravillado, mientras el rubor abarcaba sus mejillas; se cubrió con ambas manos, procesando con emoción lo dicho por Arthur. Se sentía tan feliz que podría explotar.

Tal y como siempre, Alfred no detuvo sus emociones, lanzándose a abrazar a su novio. Arthur tuvo que mantener el equilibrio recargando ambas manos en el suelo, palmeando la espalda de Alfred, intentando tranquilizarlo. Este a su vez, busco sus labios, depositándole un largo beso que trajo de nuevo la vergüenza a Arthur.

—Me enamoré del príncipe de las sombras. —sonrió Alfred, sin despegar las manos de las mejillas contrarias. —Has enamorado al héroe, Arthur.

— ¡Se te pegó lo cursi de Antonio! —lo apartó con una mano, evadiendo otro beso.

—Tal vez, pero…—de nuevo había puesto los ojos de cachorro maltratado que tanto disgustaban/gustaban a Arthur. — ¿puedo?

—N-No es como si tuviera otra opción, idiota. —murmuró contrayéndose en sus hombros, el americano lo tomó de la barbilla y volvió a besarlo, mucho mas lento que antes, disfrutando todo lo posible el contacto. Arthur respondió de la misma manera sutil. Notó con cierto desconcierto que Alfred estaba tomando una iniciativa que nunca antes se atrevió, tal vez ni siquiera se daba cuenta de que lo estaba haciendo; con lentitud lo recostó sobre el suelo, separándose entre besos para tomar aire, aunque volvía a repetir la acción, Alfred no estaba dejando que su mente trabajara, ya que si llegaba a escucharla no podría volver a ver a Arthur por al menos unas horas a causa de la vergüenza.

Para el británico la deducción fue sencilla, estaba imitando algo de una película o cierta cosa que el bastardo barbón le dijo. Pese a eso, disfrutaba bastante la dominación que su pareja comenzó a ejercer. Sus ojos azules resplandecían como un cielo turbio, y los labios de ambos ya estaban hinchados de tanto besarse. Cuando al fin Arthur cerró los ojos, la puerta de la habitación se abrió.

—Qué creen… par de imbéciles ¡QUÉ ESTÁN HACIENDO! —gritó Scott, tirando la bolsa de libros que llevaba cargando, poniéndose azul del disgusto. — ¡Quítate de mí puto hermano en este instante! —sin darles tiempo de si quiera digerir la situación, Scott tomó el hombro de Alfred y le dio un tirón bastante fuerte que lo estrelló contra el librero.

Arthur retrocedió sobre sus manos, observando la imponencia que su hermano proyectaba. Scott desde arriba iba a avanzar a él cuando el librero cayó de repente, encima de Alfred.

— ¡Alfred! —como si su hermano no estuviera ahí, Arthur se apresuró a ir con su novio, ayudando a levantar el librero, por suerte este era lo suficientemente ligero y Alfred no tenía ninguna herida visible, solo un montón de cuadernos encima. — ¿Te encuentras bien?

—Estoy bien, deja de revisarme como un espécimen recién descubierto. —bromeó él, sacudiéndose la ropa. —No creo que a tu mamá le guste esto.

— ¿Qué demonios estas pensando, Arthur? —gruñó Scott, volteándolo. Su hermano se encogió agachando la mirada con las mejillas rojas. —Si quieres hacer lo que se te pegue la gana hazlo fuera de esta casa.

— ¡T-Te equivocas, no es eso! —aclaró de pronto, negando con las manos.

— ¡No toques a Arthur! —tal cual héroe, Alfred se interpuso entre ellos, separando las manos de Scott sobre los hombros de Arthur. —No hicimos nada malo, ¡es lo que hacen todas las parejas!

El menor de los Kirkland hubiera agradecido que su novio guardara silencio. Alfred chocó con Arthur cuando recibió el golpe de Scott en el rostro, pegándose ambos en la cabeza. El mayor volvió a tomar a Alfred de la playera, alejándolo de su hermano con un empujón al otro lado de la habitación, el americano se quejó al golpearse la pierna con la base de la cama.

—Ya tuve suficiente de todos ustedes. —suspiró con un tono tan glacial que detuvo a su hermano quién intentaba defender a Alfred. — ¿Por qué de repente vienen y se meten en la vida de los demás sin pedir permiso? ¿Quién les da el derecho de darme consejos si su vida esta peor que la mía?

—Scott…—Arthur apretó los puños a su costado, tenía miedo de acercarse a su hermano.

— ¡Y todo es tu maldita culpa! —se giró a Arthur, con los ojos ardiéndole en ira. — ¡Es tu maldita culpa todo lo que pasamos, que perdiéramos el puesto, que dudaran de nosotros!

— ¡Yo no fui quién renunció a la presidencia! —declaró Arthur, dándose valor al estar Alfred ahí. — ¡Iba a luchar por ella!

Scott soltó una risa irónica, estremeciendo a los menores. — ¡Qué condición crees que me pusieron para que no te expulsaran! ¡Te saltas una de las reglas más importantes y tienes la estúpida idea de que no habrá consecuencias!

— ¡Yo no te pedí nada! —Scott ya tenia a Arthur a centímetros de él, dispuesto a recordarle el dolor de sus puños. Alfred se levantó casi a la misma velocidad que el sujeto de su playera, deteniendo el puño de Scott.

—No pienses que te dejaré. —bramó enojado.

— ¡SCOTT! —el grito de su madre trajo a todos de nuevo a la realidad.

—.—.—.—.—

— ¡Lovino, abre en este instante!

— ¡Vete de aquí! —chilló él, sosteniendo su peso contra la puerta, aunque esta tenía seguro, hacer eso lo hacía sentir más confiado de que su madre no entraría.

Los golpes cesaron por varios segundos, su madre estaba hablando con el ama de llaves, pidiéndole la llave de su habitación. La sirvienta se alejó a cumplir la orden. Lovino se dejó resbalar por la puerta, llevándose la cara a las manos, no había pensado bien las cosas y solo corrió a encerrarse en su cuarto, sin embargo, pudo negarlo y diagnosticar a su madre como paranoica.

¿Por qué se le ocurría hasta ahora?

—Lovino, déjame entrar. Tienes que salir en algún momento de ahí.

—No, no es verdad.

— ¡Lovino!

Veee~ ¿por qué tantos gritos? —preguntó Feliciano, temeroso, asomándose por la puerta de su habitación. —Lovi ¿hizo algo malo?

—Cariño, vuelve a tu habitación. —decretó Bianca haciéndole un gesto con la mano. Al parecer Feliciano obedeció pues no volvió a hablar. —Lovino. —llamó de nuevo su madre, más cerca de la puerta tal cual si le fuera a contar un secreto. —Si le digo esto a tu padre sabes cómo terminará ¿verdad?

A su disgusto, Lovino quitó el seguro y tiró del pomo, todo en menos de un minuto.

—Pasa.

—Me duele tener que decirte eso para que me permitas pasar.

—Sí, claro, y yo te creo.

Bianca tomó asiento en la cama destendida de su hijo, no hace algunos días la alcoba estaba impecable, ahora había ropa, calzones, chucherías y basura por toda la habitación. Al menos esperaba que los de limpieza hicieran un excelente trabajo cuando su hijo regresara a la escuela.

— ¿Me dirás que termine con él? —preguntó Lovino, con los brazos cruzados sobre su pecho, lo mejor era ir al grano y mandar a sus padres a la mierda lo más rápido que pudiera. Tenía planes con Feliciano.

—Incluso si lo hiciera sé que no me harás caso.

—Si lo sabes entonces no sé porque tanto jaleo por querer entrar.

—No pensé que te gustaran los chicos. Siempre que pasa una chica linda te le quedas mirando embobado, al igual que tu hermano, tu padre y tu abuelo.

—No me gustan los hombres. —respondió Lovino poniendo una mueca de asco. —Me gusta Antonio.

—Cariño, Antonio es un hombre.

—Deja de decirme «cariño». —ordenó de nuevo. —Y él es diferente, no hay otro igual que él en el mundo.

Bianca guardo silencio, contemplando el rostro de su hijo mayor. Tenía las mejillas sonrojadas, y apartaba la mirada apenado, sus manos apretaban sus brazos, enterrándose las yemas de los dedos. Estaba nervioso, y ella entendía que no era por contarle sus sentimientos, como cualquier otro hijo, sino por la represalia que eso tendría. ¿Cómo es qué se daba cuenta hasta ahora sobre el miedo que ejercían en Lovino?

— ¿Le amas?

Oh, maldición, ¿no acababa de tener esa platica con Feliciano?

—Lovino, —llamó de nuevo Bianca, poniendo un tono mas firme — ¿lo amas? ¿Amas a Antonio?

—Sí.

Bianca suspiró, alisando su falda que se arrugó al sentarse. Quedaron en silencio varios minutos, cada uno en sus pensamientos, la madre de Lovino buscando las mejores palabras para lo que iba a decir y Lovino imaginándose todo tipos de castigos que alejaran a Antonio de él.

—No tengo nada más que decir entonces.

— ¡Espera! —Lovino se le metió a medio camino, agitado. — ¡Digas lo que digas, hagas lo que hagas, mis sentimientos no van a cambiar! ¡Si es necesario renunciaré a la herencia de quien sea! ¡Pueden negarme como hijo…! ¡Yo…!

Bianca lo calló al darle un abrazo. Su hijo comenzó a forcejar, lastimándola un par de veces, no obstante, le fue imposible romper el abrazo.

—Lo siento, Lovino, perdóname.

— ¿Qué? —dejó de patalear, quedándose seco entre los brazos de su progenitora.

—Sé que no puedo llegar y decirte que siento todos estos años que te traté como una peste para mí. Nunca te apoyé, siempre te comparé, a pesar de que dabas tu máximo esfuerzo jamás lo valoré. Una disculpa no puede remediar eso, ni mucho menos borrar las cicatrices que te han dejado marcado de por vida. —Bianca depositó un beso en la mejilla de Lovino, logrando un sonroso pequeño. Era una satisfacción increíble el recibir una caricia de su madre sin que las miradas o la sociedad la obligaran ha. —Mis acciones reafirmarán mis palabras.

Lovino sonrió, tallándose el beso de la mejilla. La satisfacción fue borrada y sustituida por una tristeza absoluta.

—No quiero tu amor. —dijo de pronto, logrando que Bianca se separará de él, anonada. Su hijo estaba llorando. —Si eso significa apartarme de Antonio no quiero tu amor.

—No, Lovino…

— ¿Qué pensabas? —recriminó alejándose de ella. — "¡Ah, tengo por hijo a un imbécil! Le mostraré un poco de afecto y dejará a ese pueblerino cuando se lo pida. ¡Así de manipulable es!" ¡Pues no! ¡Antonio me quiso siempre, él no es como tú o Blas! ¡Él no me pide nada a cambio para amarme!

Bianca suspiró, era obvio que su hijo no le creería, los años no pasaban en vano y Lovino había dado por hecho que nunca recibiría el amor de sus padres hasta el fin de sus días.

—Esas palabras no han salido de mi boca, Lovino.

— ¡Poco hace falta!

—Ese pueble…—aclaró su garganta, evitando el apodo de desprecio a Antonio. —Antonio será tu pareja hasta que tu decidas lo contrario.

— ¿Es una amenaza?

— ¡Claro que no! —reprochó Bianca, perdiendo la paciencia. —Si quieren estar juntos, yo no me interpondré. Antonio no me agrada, eso es obvio, nunca lo ha hecho y nunca lo hará, pero…, si te hace feliz, esta bien. Lo aceptaré.

— ¿Por qué lo harías?

—Porque eso hacen las madres, —dudo un poco antes de completar— las verdaderas madres.

Lovino dejó que otros pares de lágrimas le escurrieran por el rostro, sin poder completar palabra a las acciones de su madre, buscando, procesando que beneficio le traería eso a ella. Más que un beneficio sería un prejuicio, todos señalarían a la nueva cabeza de la familia Vargas, no solo por estar con un chico, sino también porque ese chico se estaba quedando en la calle por sus padres.

—No lo entiendo. —Dijo al fin. — ¿Por qué te estás comportando así ahora?

Bianca no tuvo el valor de decirle que Antonio le restregó en el rostro la mala persona que era.

—Solo tienes que tener en cuenta de que intentaré dar lo mejor de mí de ahora en adelante Lovino, por ti, por tu hermano y por mí. —le puso una mano en el pecho, dándole peso a sus palabras. —Estaré ahí para ti.

Por fin, después de tantos años, al fin esas palabras estaban ahí.

Su madre limpió el rastro de llanto que tenía en su rostro, dándole una sonrisa, echándose aire con la mano; como actriz odiaba llorar porque se le corría el maquillaje. —Asegúrate de llevar a al menos un guardaespaldas contigo cuando salgas con Feliciano, no quiero ningún incidente. Tengo una junta directiva, así que me tengo que ir. —sonrió Bianca. Por alguna razón ahora Lovino era consiente de que su madre era verdaderamente hermosa. —Solo asegúrate elegir algo adecuado para la fiesta del fin de semana. La temática es fiesta de máscaras.

— ¿No quieres saber si él me ama? —preguntó Lovino, más tímido. Bianca se acercó acariciándole una de las mejillas, ya fuera por la sensibilidad del ambiente o que Lovino realmente se sintió feliz del gesto de su madre, inclinó un poco su rostro a la mano contraria, recibiendo la caricia.

—Cariño, yo sé que te ama.

Lovino agradeció que su madre se marchara en ese instante, de lo contrario hubiera visto como su hijo se convertía en un tomate.

—.—.—.—.—

Antonio talló sus ojos, sorbiéndose la nariz igualmente. Su padre le palmeaba la espalda, al mismo tiempo que su madre se retorcía las manos, sin poder acercarse a su hijo a causa de la mirada agria de su exesposo. Máximo, con los tres abogados detallaban los documentos, siendo los únicos que mantenían la cabeza fría en esa situación. Ciertamente al abuelo de Lovino le partía ver a su casi hijo, Antonio, en una situación tan mala como esa, pero no se podía hacer nada; sus padres ya eran adultos, eran consientes de que sus acciones tendrían consecuencias.

—Los papeles del divorcio están en orden. Lo que importa ahora es como se dividirá la hacienda.

—La hacienda ya esta vendida, la mitad del dinero me pertenece a mí. —Tomó la palabra su padre, sin quitar la mano del hombro derecho de Antonio. —Y, aunque no me parezca, la otra mitad le pertenece a ella.

—Tengo un nombre.

—Lo olvidé. —respondió su padre apartando la mirada de ella.

—No creo que deba de haber ningún problema, hemos llegado a un acuerdo fuera de juicio así que el juez no emitirá uno. —redactó el abogado de su padre. —Sobre Antonio, será un adulto dentro de un año, puede emanciparse si así lo desea o cualquiera de los dos que se haga cargo de él por un año, estará bien.

Máximo y los padres de Antonio le dirigieron una mirada enojada al abogado. Trataba a Antonio como si fuera un bien material que pudiera ser desechado.

—Estás en Gakuen todo el año, cariño. —comenzó su madre tomando la mano. —Solo elige a cualquiera.

— ¿Elegir?

—Vendrá conmigo. —dijo su padre. —Tu ya no eres necesaria en nuestras vidas.

— ¡Te estás portando como un niño malcriado! —reprochó su madre, poniendo las manos en la mesa, agitada. —En primer lugar, tú fuiste quién propuso que Antonio tenía que elegir. Soy su madre y como tal, lo quiero a mi lado también.

Antonio se encogió en sus hombros, escondiendo la mirada tras su flequillo.

—Tú ya tienes a otra criatura en tu vientre. —señaló su exesposo, descontento. — ¿Quieres mostrarle a Antonio el fruto de tu infidelidad?

— ¡Basta los dos! —gritó Antonio, antes de que Máximo pusiera un alto. — ¡Si quieren pelear háganlo cuando yo no esté presente!

—Antonio, mi niño, sabes que nadie podrá remplazarte. El hijo que está a punto de nacer, lo amaré con la misma intensidad que a ti. Mi amor no cambiará.

—Lo sé. —sonrió Antonio, tomándole la mano que le ofrecía.

—Quisiera no meterme en este asunto, —intervino Máximo. —pero le he dado la opción a Antonio de venir conmigo si así lo desea.

—Te lo agradezco, Máximo, pero Antonio ya sabe con quién quedarse. —objetó su padre, enfatizando sus palabras al presionar de nuevo el hombro de su hijo. La madre de Antonio se mordió las uñas, preocupada. Sabía que su exesposo era un buen hombre, el mejor que ella había conocido, sin embargo, una parte de ella sabía que él ya no iba a ser él mismo después de eso. Que en Antonio la vería a ella.

—Si estas de acuerdo en quedarte con tu padre, firma estas hojas. —Antonio obedeció al abogado, sin mirar a nadie. —Realmente no hay mucho problema con él, si fuera un niño pequeño o un bebé los tramites serían mucho más.

Una vez que los abogados se retiraron, Antonio se despidió de su madre con un beso, ella le pidió que la fuera a visitar un par de días a su casa. Cuando regreso al estudio su padre y su viejo, Máximo, hablaban sobre las acciones y demás cosas que seguro tardarían más que los tramites del divorcio.

Máximo acarició su cabeza con un gesto de cariño, algo que el menor apreció demasiado, necesitaba un abrazo.

—Ya que estás de vacaciones podemos ir a donde desees, Antonio. —dijo su padre, tomando un tono amable de nuevo. Algo que desde su llegada no había hecho. — ¿Quieres ir a Madrid o Guadalajara?

—No. Iré a donde Lovi. —respondió pasando saliva. —Se lo prometí.

A su sorpresa, ninguno de los dos adultos pareció esperar otra respuesta.

—De acuerdo, irás, pero el viernes por la tarde. Estos días te quedaras conmigo, pasaremos un tiempo padre-hijo y Máximo.

—Me alegra ser incluido. —sonrió el abuelo de los Vargas, rascándose la cabeza. Antonio infló las mejillas, inconforme.

—Lovi me golpeará.

—Hijo, has soportado sus golpes desde los siete años, puedes soportar unos cuantos más. —concluyó su padre, sirviendo dos vasos de tequila para Máximo y él, y un vaso de jugo de naranja para su hijo.

—.—.—.—.—

— ¿Qué estas haciendo? —regañó Annie, separando las manos de Alfred y Scott.

—Mamá…

—Mi pregunta no fue a ti, Arthur. —un ambiente pesado se dejó caer en la habitación, la madre relajada de los Kirkland tenía una ira tan fría que congelaba los huesos. Arthur inmediatamente se calló. — ¿Por qué estabas a punto de golpear a tu hermano?

Alfred notó con asombro que Scott estaba titubeando, esperando formular una respuesta adecuada.

— ¡Contéstame!

—Simplemente le estoy dando lo que merece. —respondió al fin Scott, mas seco que nunca. Arthur tensó sus músculos, sintiendo que sus instintos le indicaban que algo iba terriblemente mal ahí. — ¿Acaso no tengo el derecho? Soy su hermano mayor.

—Con golpes no se corrigen a las personas, Scott. —dijo su madre. —Pídele una disculpa a Arthur y Alfred en este instante.

Al fin, después de tanto tiempo, Scott sintió que había llegado a su límite.

—No. —en un tono glacial, miró con una superioridad a todos los de la habitación. Incluso Annie sintió el aura de peligro que emanaba su hijo. — ¿Por qué debería? Él es quien siempre toma malas decisiones y el afectado soy yo, el cobarde, el que «no toma las cosas con tranquilidad igual que Arthur»—citó a su padre, con voz ronca—, soy yo. Es el colmo.

—Scott, tranquilízate.

— ¡Ya estoy cansado de estar tranquilo! —estalló agitando sus manos con fuerza hacia atrás. — ¡Siempre, siempre, siempre es lo mismo! ¡Por más que me esfuerzo no pueden ver nada más allá de mis errores!

Alfred se hizo pequeño en sus hombros, sosteniendo con firmeza la mano de su novio que estaba mucho peor que él.

—Eso no es verdad, Scott. —Annie avanzó unos pasos a él, mismo que su hijo retrocedió por lo que paró. —Tal vez no pueda recompensarte como es debido, pero estoy muy orgullosa de ti.

— ¡De nada me sirve que estés orgullosa de mí si igualmente los derechos de mi persona los tiene el estúpido viejo Kirkland!

— ¿A qué te refieres?

Scott soltó un bufido con gracia irónica. — ¿Por qué pensaste que yo podría ser feliz si no te tenía a mi lado? ¡Era obvio que yo no iba a poder con todo! ¡No podía cuidar a tu estúpido hijo y al mismo tiempo esforzarme! ¡Era un puto crio de ocho años! ¿Por qué creíste que podía lograrlo? ¿Por qué me hiciste un adulto a tan… a tan…? —el mayor de los Kirkland se llevó una mano a la boca, callando sus protestas; con los ojos llenos en lágrimas, quiso salir del lugar, siendo impedido por Annie, que lo sostuvo con un abrazo.

—Vámonos, Alfred. —susurró Arthur, haciéndole un gesto con la mano, el americano obedeció con la cabeza gacha.

— ¿Estás bien? —preguntó Alfred, una vez en la sala. Arthur asintió con la cabeza, seguido marco un número telefónico.

Una vez que colgó notó la cara confundida y consternada de su pareja.

— ¿Querías conocer la mansión Kirkland, no?

— ¿Iremos? ¿Ahora?

—No podemos estar aquí. —dijo apachurrándose contra el sillón.

—Tú sí, es tu hermano, me guste o no creo que debes estar con él, me iré a un motel cercano y mañana puedes llamarme.

—Esperemos afuera. —continuó Arthur, ignorando su sugerencia. Él lo que menos quería era ver a su mayor pilar caerse y no volver a levantarse.

El aire fresco de la noche les cayó bien a ambos, Alfred tuvo la suerte de dejar su chaqueta de aviador en el sofá, por lo que se salvó de padecer frío. Y Arthur parecía estar demasiado inmerso en sus pensamientos para notar siquiera que tenía la nariz y mejillas rojas, aunque esto no era realmente por el frío.

Una camioneta negra se paró en frente del edificio de su madre, una vez que Arthur la identificó, subieron a bordo, con dos hombres sentados en el piloto y copiloto. Alfred los comparó con sujetos del escuadrón de su padre, eran altos, imponentes y musculosos. No hablaron en el trayecto, solo tenían las manos una encima de la otra, recordándose que estaban ahí para el otro.

Alfred notó con gracia que la escena iba en retrospectiva a cuando viajó en el taxi del aeropuerto. Al llegar a las casas lujosas abrió un poco la boca, admirando su tamaño, algunas abarcaban tres veces su casa. Y, al llegar a la mansión Kirkland, una lagrimita de envidia se escapó de su ojo. Esta abarcaba una calle completa de los cuatro lados, con un muro rodeándola y en cada esquina una torre de seguridad, similar a las cárceles, pero más geniales, según Alfred. La puerta principal tenía rejas pintadas de negro, con dos K en cada puerta. En medio estaba una fuente de un ángel con una varita mágica, que escupía agua.

—Arthur, esto es genial. —llenó de emoción se volvió a su novio. Él salió de sus pensamientos, dando un brinquito.

—Sí, emmh, claro.

Decidió guardar silencio entonces y concentrarse en la enorme casa que tenía en frente, tenía un estilo antiguo, como un castillo hecho de piedras. El portón también era antiguo, de metal color cobre, con un aro que en la antigua época serviría para tocar y ahora solo adornaba la puerta.

—Por favor, ignora a mi padre y a mis hermanos. —pidió Arthur, siguiendo a los guardaespaldas rumbo a la puerta, donde un par de sirvientes ya los esperaban.

—De acuerdo. —sonrió, recordando los acontecimientos ocurridos en el festival escolar; no quería que le sacaran las vísceras a mitad de la noche o le tiñeran el cabello de un rosa extravagante.

—Joven Arthur, me alegra que este con nosotros. —dijo su ama de llaves, haciendo una reverencia. —Estábamos a punto de iniciar la cena, el Sr. Kirkland ha estado esperándolo.

—Pensaba que me iría a dormir en cuanto llegara. —confesó Arthur, incomodándose. En cambió los ojos de Alfred destellaron con alegría en cuanto mencionaron la comida.

—Lo siento mucho, joven Arthur, fueron las indicaciones que me dieron. En cuanto llegara debía pasar al comedor.

—Gracias.

Con un movimiento de la cabeza, Arthur pidió a Alfred que lo siguiera rumbo al comedor de la planta baja, por una de las puertas que se encontraban pasando las escaleras. En las paredes del pasillo había una buena colección de pinturas, que seguro pertenecían a la madrastra de Arthur, pues la mayoría se trataba de flores o pasteles. Al llegar al comedor, casi se le sale el corazón a Alfred, no solo por el glamur de este, sino que toda la familia Kirkland estaba reunida.

— ¡Pero si es tu novio! —exclamó Patrick, golpeando con ambas manos la mesa.

— ¿Dónde esta Scott? —preguntó Gales, estirando su cuello.

— ¡Qué? ¡Exijo saber por qué está aquí él! —gritó el Sr. Kirkland, levantándose. — ¿Dónde está tu hermano?

—Oh, vamos, cariño. Lucen adorables juntos. —dijo Helen, poniendo una mano en la mejilla. —Pero no se queden ahí, siéntense. Sirvan su comida, por favor. —ordenó a las sirvientas.

— ¿Por qué has venido con mi Arthur? —cuestionó de nuevo la cabeza de los Kirkland, gruñendo. — ¿Acaso has venido con él, incluso en la casa de Annie?

—Sí…

— ¿Y Scott? —Gales parecía molesto de ser ignorado así que, al estar al lado de su padre, estiró su cuerpo cubriendo a este.

—Se ha quedado con mi madre, tenían que hablar. —contestó Arthur, jugando con sus manos.

—Esta bien, —calmó Helen—a Scott no le gusta estar aquí de todas formas.

—Es un niño irrespetuoso—bufó su padre, cruzándose de brazos—debería darle un abrazo o mínimo un saludo a su padre de vez en cuando. ¿Qué pasará cuando se case, no me invitará a su boda? ¿Y si la chica es tan fea que alguien lo necesita salvar al final? ¿A quién le pedirá ayuda?

—Puede que también le gusten los chicos como a Arthur. —bromeó Patrick, agitando su trozo de patata en el aire.

— ¿Qué será de la descendencia de la familia Kirkland? —suspiró su padre, echándose aire lleno de drama. —Gales ama tanto las tripas que piensa casarse con ellas, Scott es un insensible que ninguna chica aceptaría porque seguramente olvidaría regalarle flores el día de su cumpleaños al tener tanto trabajo, y Arthur, mi única esperanza por más que lo intente no podrá darme hijos.

— ¡Padre! —Arthur se atragantó con el vaso de agua, salpicando el mantel. A su suerte Alfred no entendía a qué se refería.

—Te has olvidado de mí, abuelo. —protestó Patrick.

— ¿Qué será de la descendencia Kirkland? —repitió ignorando al menor de sus hijos.

— ¡Hey!


Hubo un montón de besitos para el UsUk hoy -ains- y el spamano está separado, pero todo tiene su recompensa, así que espérenla~ Al fin Scotty dejó ir un poco de su tensión, ¿quién mejor que con su madre? En fin, aún no estoy segura si se agregará otro capitulo antes del Rey de las Sombras, parte tres; espero que no, yo creo que no… hummm…, como sea, ojalá les gustara. Por cierto, ¡muchas gracias por sus comentarios diciéndome que les gustaban los capítulos largos! Al principio pensé que también se quejarían, me alegra que les gusté.

Paso a agradecer sus reviews hermosos a: qwerty2307 (me acabo de dar cuenta que tu nombre se escribe seguido en mi teclado jajajajaja), aoi-chan, BananaMisteriosa, Yensen.02, Sybilla Kahler, Loveless1039 & Cinnia17.

Con cariño,

MimiChibi-Diethel.