Circulo: Vicio Tsun.
Tú + Yo= Error 404.
29. El Rey de las Sombras, parte tres.
Nada. Ni un solo mensaje, ni de su madre, mucho menos de Scott. Arthur no paraba de mirar el bendito teléfono, esperando que le contestaran en cualquier instante y de eso ya iban dos días. Alfred lo contemplaba angustiado, mordiéndose una uña de vez en cuando, sin palabras para tranquilizarlo. ¿Por qué la madre de Arthur no le contestaba?, ¿estaría enojada con ellos por dejar la casa? ¿Por qué los dos hermanos perdieron la presidencia? ¿Qué le habría contado Scott? Porque, claro, su versión de los hechos no era precisamente la mejor. Alfred se imaginaba que lo describiría como el héroe sin superpoderes, fracasado y que había llevado a su hermano menor, Arthur, al camino del mal. ¡Y eso era súper incorrecto! ¡Porque él era un héroe y Scott el Rey de las Sombras!
— ¿En qué tanto piensas? Estas poniendo caras raras desde hace rato. —dijo Arthur, dándole un golpecito en la frente para distraerlo.
— ¡Héroe!
— ¿Qué?
—N-Nada. No dije nada. —balbuceó Alfred, sonrosándose por la vergüenza. —Estaba pensando en ti.
—Te dije que dejes de juntarte con el cursi de Antonio. —gruñó Arthur, evitándole la mirada, pues el cumplido le había encantado. —Bueno, supongo que tengo que celebrar que no sea la rana idiota.
—Francis dice cosas que no puedo entender. —Alfred negó con la cabeza, remarcando el punto. —Algo sobre tumbarte y ponerme encima, ¿para qué haría algo así? Sería como sellar mi propia tumba.
— ¡Ese imbécil! —gritó Arthur, cubriéndose el rostro.
—No te preocupes, Arthur, jamás lo haría. —sonrió mostrándole el pulgar. Arthur lo miró a través de sus dedos, frunciendo la boca.
—Ta… tampoco he dicho que no me gustaría.
— ¡Ehhhh! —gritó sorprendido el americano. — ¿Eres una especie de masoquista?
— ¡Qué, claro que no, tarado! —reprochó, golpeándolo en la cabeza. —Es solo que..., no podemos estar siempre solo tomados de las manos.
—Arthur, no sé si te habrás dado cuenta, yo sí, pero no hacemos eso. —reprochó Alfred inflando las mejillas. —Bueno, cuando fuimos al cine sí, incluso nos besamos, se sintió bonito. —sonrió bobamente, aunque luego disipó sus ideas con una mano. —Y desde ahí, ¡nada!
— ¡Yo fui quien te besó! —dijo Arthur estirándole las mejillas. —Tú también debes tomar la iniciativa.
— ¡De acuerdo! —Alfred alzó un puño en señal de victoria, con ojos triunfantes. — ¡El héroe hará lo que debe hacer!
—Bien, entonces, ataca. —Arthur cerró los ojos con fuerza, tomando un profundo color carmín en las mejillas, esperando el roce de labios.
Alfred F. Jones podía ser el chico más adorable del planeta, con sus expresiones de héroe, con sus sonrisas, con sus ojos que iluminaban al mundo, sin embargo, así como era adorable también era inocente, tan, tan inocente como un niño pequeño, pues en vez de besarlo le lanzó una almohada a la cara.
Definitivamente debía aprender a ser especifico con sus deseos.
Alfred tenía un chichón en la cabeza, producto del golpe que Arthur le dio con el libro que se encontraba en su cama. ¿Quién pensaría que «atacar» era sinónimo de besar? ¡Nadie! ¡Ni siquiera la RAE! Y sí, definitivamente lo buscó en un diccionario. Con un poco de mal humor por el golpe, Alfred decidió contactar a Antonio, no obstante, este no respondió por cinco largos minutos así que recurrió a su hermano gemelo, seguro que él podía ayudarlo con lo que quería Arthur, ya que este seguro no lo dejaría besarlo, así como así.
—Y me dijo ataca ¡y lo ataqué! —gritó bajito, pues Arthur se estaba bañando en el cuarto de baño que tenía su habitación. —Creo que él no esperaba una almohada en su cara.
— ¿Cómo llegaste a la conclusión de aventarle una almohada? —pregunto Matthew desde el otro lado de la línea. De fondo escuchaba el campamento militar de su padre.
—Te concentras en lo menos importante, Matthew. —replicó Alfred. — ¿Qué voy a hacer si Arthur no me vuelve a dar un beso jamás?
—No creo que eso pase, hermano.
—Y sí… ¿de repente me deja de amar? —se mordió la mano, asustado de esa conclusión. — ¡Tal vez se vaya con Francis… o peor aún, con Antonio!
— ¿El joven Francis?
—Él fue el primer beso de Arthur después de todo, y Tontonio siempre lo quiere cuidar. —recordó fastidiado.
— ¿Tontonio? —Matthew sonrió nerviosamente por el apodo dado al español.
— ¡Tengo una idea! —gritó entusiasmado. — ¡Lo buscaré en Google!
—Espera, hermano…
Y colgó sin escuchar lo que su gemelo tenía que decir. Al primer intento solo encontró exactamente lo que él había hecho, atacar significaba atacar en cualquier idioma; al segundo intento, cambió atacar por lo que Francis le había dicho, encontró clases de defensa personal y movimientos que repitió simulando combatir a un villano del mal.
— ¿Qué estás haciendo? —preguntó Arthur al salir, frotándose la cabeza con una toalla.
— ¡Practicando mis mejores movimientos! —expresó dando un brinquito para adoptar otra posición. —Creo que Francis supo que el héroe necesitaba poses mucho más geniales para enfrentar a los villanos, por eso me dijo lo de tumbar y ponerse encima.
Arthur dejó caer sus hombros, rodando los ojos.
—Ya, claro.
— ¡Mira lo que aprendí en estos diez minutos! —corrió unos pasitos a él, tomándolo por los hombros e intentando tirarlo hacía un lado.
— ¡Espera, que lo estas haciendo mal! —gritó Arthur. — ¡La cama esta del otro lado, imbécil!
En cuestión de segundos ambos habían quedado golpeados contra el suelo, con varios libros encima producto del choque contra los libreros de Arthur. El inglés suspiró sonoramente, llorando en su interior. En definitiva, cuando pensó que su relación estaría llena de golpes que los fortalecerían más y más, no era literal. Alfred comenzó a reír a todo pulmón, contagiándole un poco de esa alegría al rubio.
Después de todo, no era tan malo.
—.—.—.—.—
Lovino se tumbó al lado de su celular que estaba posado en su cama destendida. Al maldito aparato se le había dado por no sonar en todo el transcurso del día; bueno, sonó una vez por la tarde, pero era un mensaje de Bel mandándole adjunto una foto de ella y Govert en sus vacaciones, este último estaba más al fondo disfrutando bajo una sombrilla de playa. Le causo felicidad saber que aún en distancia se acordaban de él, sin embargo, ese no era el mensaje que estaba esperando, si no el de Antonio.
Aquel bastardo que no había tenido la decencia de comunicarse una vez que termino todo el papeleo del divorcio. ¿En quién más podría estar refugiándose el bastardo de Antonio si él, Lovino Vargas, era la persona que mejor lo conocía? ¿Tal vez en el barbón pervertido o la patata bastarda? No, lo golpearía si era así.
El celular timbró, haciéndole dar un brinco de sorpresa. Para su desgracia solo era su abuelo, con el asunto de Buenas Noches. Abrió el mensaje, pensando en responderle un «vete a la mierda y dime que carajos pasó con Antonio», hasta que vio que también traía una foto, que no lo diría, pero le alegró la noche. El padre de Antonio, su abuelo y el mismo Antonio en medio de ellos, totalmente borracho. A Lovino se le escapó una risa en forma de bufido por lo mal que se veía su pareja. Un segundo mensaje llegó, dándole un estremecimiento «¿Por qué no me dijiste que estabas saliendo con él? Antonio no ha dejado de preguntar dónde estás.» Y un tercero, solo que, de un distinto destinatario, el padre de Antonio «Te lo confió.».
Lovino se llevó una mano al rostro, este ya enrojecido, tenía no solo la aprobación de su madre y de su abuelo, también la del padre de Antonio. No hace unos días eso le hubiese parecido una locura, impensable e improbable. Las cosas no siempre le salían así de bien, menos en un tema tan delicado como ese, sin embargo, ahí estaban todos, apoyando su relación, queriendo que fueran felices.
Si Antonio pudiera ver cuán contento estaba, y la sonrisa que puso en se momento, sin duda hubiese caído nuevamente enamorado de él.
«Gracias.»
Fue la respuesta a ambos destinatarios, después se quedó dormido.
Despertó con la grata sorpresa de encontrar a su madre ordenándole el cuarto, aunque murmurando por lo bajo lo desordenado que era. Miró su celular, que ya estaba puesto en su buro, siendo apenas las diez de la mañana. Observó un rato más a su madre, al parecer había traído nueva ropa con ella, pues se estaba llevando la antigua (que era de marcas comunes) y llenaba su closet con su propia ropa diseñada. Siendo esta mucho más normal que los atuendos anteriores donde le quería romper el cuello.
— ¿Qué estás haciendo? —preguntó al fin, tallándose el ojo.
—Oh, ya estas despierto. —dijo Bianca mirándolo de reojo. —La ropa que llevas no es la que yo o tu padre te hemos dado.
—Es porque la vendo, se los dije, el dinero que me dan apenas me alcanza para no morirme de hambre. —contestó enfurruñado. Bianca se giró a él con expresión molesta, dándole escalofríos a Lovino; ¿Dónde estaba el amor de ayer?
—Pues deja de hacerlo. —regañó ella, tomando una camiseta deslavada de la ropa vieja. —Mira esto, Lovino, ¿crees que está bien vestir así? Y me sorprende que lo hagas, siendo tan quisquilloso como eres.
—En la maldita escuela solo uso el uniforme.
—No tienes necedad de estar usando esto, si no te alcanza con las mesadas que te damos, de acuerdo, hablaré con tu padre. —suspiró, sentándose en la cama. Lovino notó que los ojos de su madre no parecían echar chispas como en sus anteriores peleas, estaban relajados, intentaba comprenderlo. —Pero, a cambio, tus notas tendrán que empezar a subir.
— ¡Eso no es justo! Feliciano…
—La condición irá para los dos. —se apresuró a decir, callando a su hijo. —No importa que tan bueno sea Feli para la pintura o las artes, tiene que mantener el promedio también.
—Yo…
—Así que ya no tienes más excusas para no estudiar. —Bianca se acercó a él, depositándole un beso pequeño en la frente. —Ahora levántate y levanta a tu hermano, iremos a desayunar afuera.
— ¿Con Blas?
—Sí. Tiene nuevos socios y acordaron un desayuno personal—suspiró ella, con desánimos—, así que ponte el traje que gustes, esta vez no decidiré por ti. Esten listos en una hora.
Lovino asintió con la cabeza viéndola salir, se quedó todavía un rato en la cama, analizando las acciones de su madre; ¿de verdad no lo estaba haciendo para poder manipularlo después? No podía saberlo, así que tendría que tener la guardia alta para cualquier situación que se presentara en un futuro. Luego de esos pensamientos, miró su teléfono, aún no había mensajes de Antonio, probablemente estuviera vomitando en algún lugar por la resaca del alcohol.
Lo golpearía en cuanto lo viera llegar.
—.—.—.—.—
Alfred se sentía muy feliz en esa situación, pese a que su conciencia le decía que estaba mal. Había hecho bien en insistir a Arthur con pasar las vacaciones con él, casi podía decirse que todo el tiempo que no tuvieron en la escuela, se estaba recuperando en esos días que llevaban ahí. Es decir, pudo dormir con él en su habitación, salieron en una cita después de tanto tiempo y, sobre todo, Scott no estaba ahí para arruinarles el momento. Bueno, estaban Gales y Patrick, pero este último tenía una agenda apretada y llegaba por la noche a la mansión, y Gales se metía en el laboratorio que Arthur le dijo mandaron a diseñar solo para él. Además, Sr. Kirkland y Helen pasaban todo el día afuera por cuestiones de negocios. Así que solo estaban Arthur, los sirvientes y él.
— ¿No quieres salir mejor? —preguntó Arthur en cuclillas, desde la orilla de la piscina. Alfred salió del agua, plantando una sonrisa en su rostro. —Siendo tú me sorprende que no te quejes por estar aburrido.
— ¡Estás de broma! —gritó sorprendido, salpicándole agua. — ¡Tu casa tiene una piscina enorme! ¡Y una cancha de basquetbol! ¡Y una sala de juegos!
—La descubriste…
—Patrick me llevó a ella. —continuó alegremente. — ¡Podemos ver una película de superhéroes cuando terminemos de nadar!
Arthur se frotó su brazo izquierdo, apartando por un microsegundo la mirada de Alfred, lo suficiente para que él notara que algo iba mal en todo eso. ¡Pero era super genial! ¿Por qué no querría estar en su propia casa? En la casa de Annie no parecía tener esas mismas reacciones. El americano proceso poco lo que hizo a continuación, jalando a Arthur por las manos, adentrándolo a la piscina.
— ¡Idiota! —chapoteó al salir del agua, tosiendo un poco. — ¿Qué crees que haces?
—HAHAHA!
— ¡Deja de reírte! —protestó lanzándole una ráfaga de agua. Alfred se la devolvió sin borrar la sonrisa de su rostro.
Cuando salieron del agua, Arthur seguía reprochándole que esa última bomba de agua pudo ser muy peligrosa. Alfred le pasó una toalla mientras él se secaba con otra, el inglés suspiró al notar que el cabello le seguía escurriendo en los hombros, así que le dio un suavecito golpe en sus manos para que las apartara, dejándolo hacer a él el trabajo. El americano apretó los labios, contemplando con ojos centellantes a su pareja, únicamente tenía que estirar los brazos para alcanzarle por completo, sumergiéndolo en un abrazo.
— ¿Eres un niño pequeño para que aún te tenga que secar la cabeza? —preguntó Arthur, jalando la toalla, todavía enredada en su cabeza, dejando un espacio reducido entre ambos. —No importa, aunque debes estar agradecido por que lo estoy haciendo. —completó soltándolo.
Alfred soltó una risilla al entender esa última línea, Arthur le puso una mano en el rostro, evitando su risa.
—Estoy agradecido. —dijo Alfred, tomándola. —Definitivamente no aprenderé a hacerlo.
— ¿Qué?
—Después de todo pareces muy feliz al hacerlo. Hahahaha!—concluyó poniendo las manos en la cintura, con una estúpida sonrisa de héroe en el rostro.
— ¡Quién rayos esta feliz de ver tu cara de idiota! —gritó Arthur, sonrojado hasta el cuello, y sin más lo arrojó de nuevo al agua.
Luego del arranque en la piscina, Alfred terminó de darse un baño. El clima de Inglaterra, como siempre tan variante, ya estaba en su etapa de lluvia temprana, con el cielo nublado. Alfred salió con una sudadera azul que le cubría la mitad de las manos, la cual parecía tremendamente calientita.
Arthur lo guío de nuevo a la sala de juegos, pues la lluvia no les permitiría jugar basquetbol, sobre todo, Alfred no quería hacer más ejercicio, si es que los juegos de la piscina podían contar como uno. Alfred comenzó a notar, a medida que se acercaban más que Arthur ensombrecía su expresión; a él en absoluto no le gustaba ese lugar. Al entrar notaron que el mantenimiento era bueno, la mayoría de los juegos estaban conectados por la petición de Arthur y no había ni un rastro de polvo en ellos.
A Alfred le brillaron los ojos con infinita felicidad.
— ¡Tienes un hockey de mesa! —tal cual un niño pequeño corrió a él, lanzando los dos discos disponibles. — ¡Tenemos que jugar a esto definitivamente!
—Claro.
—Incluso tienes cada una de las consolas que han salido.
—Son de Patrick, no mías. Es su segunda habitación, aunque muy rara la vez se pasa por aquí.
— ¿Tu no tienes un juego? —preguntó tomando uno de los juguetes que sacaban luces de todos lados. Arthur señaló el estante con juegos de mesa, aunque estaban impecables se veía que no habían sido tocados hace mucho tiempo.
—Son los de ajedrez, damas chinas y juegos de mesa. —contestó cruzado de brazos. —No he estado aquí desde que tenía ocho años.
—No parece que esta habitación te siente bien, Arthur. —dijo Alfred, soltando los juguetes. — ¿Te ha pasado algo malo aquí?
El británico ocultó una mueca, le gustaba que Alfred se preocupara por él, sin embargo, odiaba tener que recurrir a sus recuerdos para contestarle. —Una vez Gales me dejó encerrado aquí. —suspiró volviendo a sobarse el brazo. —Fue cuando apenas nos acabábamos de mudar, él aún no estaba acostumbrado a mi presencia así que simplemente se fue, cerrando con llave. Scott me estuvo buscando como loco por la mitad de la noche, hasta que me encontró justo debajo de la ventana. —señaló una de estas, la cual parecía en perfecto estado. —Tuve que romper el vidrio con uno de las sillas que antes había aquí y salir por la ventana.
— ¿Sólo por eso? —preguntó Alfred, incomodándose, no estaba bien que Arthur solo le contara media verdad.
—Estaba en completa oscuridad. —reprochó este, frunciendo la boca. —De verdad estaba asustado, pensé que jamás me encontrarían.
Al notar la mirada del estadounidense supo que este lo descubriría con o sin su ayuda, y tal vez eso le traería problemas.
—F- Fue la primera vez donde Scott… —tartamudeó, encogiéndose. Alfred empuñó sus manos, tensándose inmediatamente. — ¿Tengo que decirlo?
— ¿Qué pasó?
—Alfred…
—No quiero que le tengas pánico a una habitación por toda tu vida. —explicó Alfred, tomando sus manos, preocupado. —Quiero que te desahogues conmigo, que liberes todo el peso que llevas—con una de sus manos, recogió uno de los mechones que brotaban del cabello de Arthur. —, que lo compartas conmigo. Puedo ayudarte a llevarlo, Arthur.
Arthur se sentó en uno de los puff que tenía su hermano ahí, para estar más cómodo, no era una historia muy larga, pero le dolía contarla. Esperó que Alfred también tomara asiento en otro, no obstante, este se sentó en el suelo, justo a su lado, poniendo la cabeza en sus piernas.
—Cuando Scott comenzó su camino a ser el mejor Kirkland me dejó de lado, siempre iba a buscarlo a su habitación y siempre obtenía la misma nula respuesta. Mi padre nunca estaba, trabajaba a veces hasta muy tarde por la noche, Helen se inmiscuía mucho con las madres del instituto por lo que usualmente iba a las reuniones o pequeñas fiestas que ellas organizaban. —sin darse cuenta comenzó a acariciar el cabello de su novio, causándole un cosquilleo suave a este, que se acurrucó todavía más en Arthur. —Gales y Patrick no se llevaban bien con nosotros dos, siempre terminábamos peleados, y al encerrarse Scott en su habitación tuve que aprender a ponerles un alto, aunque como verás no da mucho resultado. Terminaba jugando yo solo en esta habitación, en la cancha o en la piscina. Era bastante solitario.
Alfred dejó escapar su aliento, sin poder comprender que se sentía estar verdaderamente solo, su padre siempre estuvo para él y tuvo muchos amigos en su infancia. Arthur debió haberlo pasado terrible, ojalá pudiera volver en el tiempo para encontrarlo y ser su amigo.
—Pasó mucho tiempo para que Scott se volviera a fijar en mí. —sonrió melancólico. —Fue antes de ingresar a Gakuen, ya que era la escuela donde él iba quise ingresar también, supongo que una parte de mí quería ser reconocido todavía. Resulto más difícil de lo que esperaba, pero lo logré y no obtuve ninguna felicitación de mi hermano, solo una presión que jamás pedí; al darme cuenta ya no pude dar marcha atrás. Paso en el transcurso de las vacaciones de invierno, quise renunciar a Gakuen, y él no me lo permitió, ya que mi padre había anunciado mi ingreso a la escuela en una fiesta en mi honor.
— ¿Te golpeó en tu propia fiesta? —preguntó sorprendido.
—Al termino de esta. —contestó Arthur, evitando que se levantara. —Scott ya tenía mucho estrés encima, creo que fue su forma de canalizarlo, no exactamente por lo que yo quería hacer. Y después continuó, continuó, y no fui capaz de pararlo, hasta que te conocí.
—Estoy seguro de que lo habrías hecho incluso sin mí. —dijo Alfred, arrodillándose para quedar a su altura. Arthur enlazó su mano con la propia, dándole un apretón. —Eres mas fuerte de lo que Scott imagina, Arthur.
—No lo soy. —exhaló Arthur, agachando la mirada. —Tú fuiste el tonto héroe que me salvó.
—A tus ojos nunca he sido un héroe, Arthur. —murmuró acercándose a sus labios, depositándole un corto beso. —Siempre he sido un tipo molesto llamado Alfred.
—Eso es cierto. —contestó él, en una risilla. —Y eso es perfecto para mí.
Alfred volvió a besarlo, justo como a Arthur le gustaba, despacio, sin mirarlo para evitar que se avergonzara, acariciándole con el pulgar una parte de la mejilla. Tal vez los dos fueran primerizos en eso de tener relaciones amorosas, pero con tiempo y cariño habían pulido su propia técnica.
—.—.—.—.—
Después del desayuno tan aburrido con sus padres, Feliciano y Lovino por fin pudieron tener un momento para ambos. Ante esto el menor de los Vargas fue jalando a su hermano por la mitad de la ciudad haciendo turismo. Como no tenían permitido salir de Venecia, tuvieron que conformarse con lo que esta les ofrecía, aunque Lovino deseaba ir al coliseo de Roma, un sitió que le encantaba desde pequeño.
—Quiero comprarle algo grandioso a Ludy y a Kiku, vee~.—expresó comiendo de su gelato. Lovino tiró el suyo en un bote de basura cuando se lo terminó. — ¿Qué le comprarás al hermano Antonio, Lovi? ¡Ah! Pero también tienes a ese chico que da mucho miedo y a la preciosa Emma.
Lovino le apachurró los labios, cuando terminó de pronunciar aquello. —No te atrevas a intentar ligarte a Bel.
—No, no. —negó lloriqueando. —Veee~ Lovi, ni siquiera eres celoso conmigo. Es muy injusto.
—Es porque eres demasiado idiota como para preocuparme por eso. —contestó indiferente. —Ligas con una, pero al minuto te vas con otra.
—Tú fuiste quien me enseño eso. —protestó haciendo un puchero.
— ¿Dijiste algo?
—Veee~ ¡Mira esto, fratello! —gritó Feliciano, pegándose a la ventana de una tienda de regalos. — ¡Estoy seguro que eso le encantará a Ludy!
Lovino dejó de ver a la chica bonita que contorneaba las caderas en la otra acera, y con las manos hundidas en los bolsillos, fue a donde su hermano, con las expectativas realmente bajas. ¿A quién le importaba lo que el macho patatas quisiera? Al ver la vitrina, su hermano le señalo un pastor alemán hecho de cerámica a tamaño real. La patata y su obsesión con los perros, ¿cómo podía olvidarlo?
— ¡Lo compraré! —dijo Feliciano con ojos llenos de estrellas, totalmente emocionado. — ¡Ludy no dejará de quererme en cuanto se lo dé!
Antes de que Lovino pudiera preguntar a que se refería su hermano ingresó a la tienda, espantando a un viejito en el proceso.
Sin más remedio el mayor también entró, podría encontrar algo bueno entre tanta chatarra. Mientras Feliciano intentaba negociar con el dueño un buen precio, Lovino recorrió los estantes uno por uno, sin nada que le llamara precisamente la atención, hasta que llegó al segundo del tercer pasillo, este tenía una muñeca de porcelana muy parecida a Bel, casi sin dudarlo la tomó. Seguido de eso, encontró una pipa que de inmediato le recordó a Govert y su manía al tabaco, también lo agarró. Y, por último, al pagar en otra caja, ya que la del dueño aún estaba siendo ocupada por Feliciano y el dueño discutiendo, encontró un llavero pequeño, de un gato con manchas blancas y cafés, con un sombrero de copa y un moño verde alrededor del cuello. Le recordó a Arthur.
Después de que Lovino tuvo que soltar un poco de su dinero para comprar el regalo del macho patatas, salieron de la tienda.
— ¡Gracias, Lovi, eres el mejor! —contento como estaba Feliciano, Lovino lo tenía que apartar con una mano para evitar sus besos pegajosos.
—Vas a pagarme ese dinero. —reprochó con una venita hinchada. —No quiero tener nada que ver con los presentes de la estúpida patata. ¡No le regalaría ni un poco de aire!
—Veee~ Fratello, Ludy puede ser verdaderamente increíble. —dijo él, abrazando el perro de cerámica que le ocupaba ambos brazos. —Yo lo admiro mucho.
Lovino se volteó a él con una expresión de asco absoluto.
— ¿Y? ¿Qué hay de mí? —preguntó con una sonrisa triunfante en el rostro, con las manos en la cintura, golpeándose con la bolsa de sus compras.
— ¿A qué te refieres, Lovi?
—A mí también me admiras, ¡mucho más que a una patata! ¿no es así?
—Veee~—Feliciano lo observó un largo rato, mientras las mejillas de su hermano mayor comenzaban a colorarse por la gente que comenzó a mirarlo con esa pose triunfal.
— ¡Di algo maldito Feliculo! —chilló Lovino, tirando del rulo contrario.
— ¡Veeeee!
— ¡Te mataré a golpes!
— ¡Lovi, veee~, Lovi! ¡Mira allá, mira allá! —gritó su hermano preso del pánico. — ¡Es el hermano Antonio!
Lovino se giró casi de inmediato, soltando a su hermano menor, este al sentirse libre como un rayo salió corriendo por la calle, esquivando de forma casi mágica a todos los transeúntes de por ahí. Un tic inició en la ceja de Lovino, al mismo tiempo que su sonrisa crispaba una severa advertencia, sería hijo único a partir de ahora.
Y con eso en mente, fue corriendo detrás de su hermano.
—.—.—.—.—
Scott había llegado, justo dos horas después de la respuesta de su madre. Annie le pidió disculpas en el mensaje, expresándole que estaría para despedirlo en el aeropuerto y que la maleta de Alfred se había quedado con ella, la cual podrían mandar a recogerla con uno de los sirvientes de su padre, pues ella estaría demasiado ocupada en su trabajo por los días que tuvo que faltar. Arthur contempló a su hermano desde la ventana, saliendo con el porte renovado en su totalidad. No había ni una flaqueza.
—Scott esta aquí. —le dijo a Alfred, que estaba jugando en una de las consolas de Patrick. En ese mismo instante se le cayó esta de las manos, asombrado.
— ¿Qué? ¿Por qué?
—Bueno, está también es su casa.
—Pensé que no le gustaba venir aquí.
—Tenemos un acuerdo legal. —dijo Arthur, encogiéndose de hombros. —Si aún somos menores de edad, debemos pasar una semana en la casa de cada padre. Y él cumple años en octubre, por lo que las siguientes vacaciones seguro que las pasara enteras con mi madre.
—El Rey de las Sombras cumple años en el mes del Halloween, ¿coincidencia? Yo no lo creo.
—Cállate, Alfred.
— ¿Irás a recibirlo? —preguntó con una falsa lagrimita asomándose en su ojo.
—No tengo que. —rezongó haciendo un mohín. Arthur volvió a sentarse al lado de Alfred, sosteniendo un libro mientras el estadounidense se volvía a concentrar en pasar de nuevo el nivel.
Paso un buen rato todavía hasta que una de las sirvientas llamó a ambos jóvenes. Arthur para ese tiempo se encontraba enseñándole algunas fórmulas de física a un confundido Alfred que rezaba a cualquier Dios existente que alguien parara tal masacre a su cerebro y a su futuro cuerpo, pues el aura que tenía Arthur rodeando su cuerpo no predecía nada bueno, así que agradeció infinitamente que llamaran a comer.
Aunque su agradecimiento no duro mucho tiempo. Scott tan puntual como siempre, fue el primero en estar en la mesa, leyendo un libro de bolsillo de la Divina Comedia. Gales fue el último en aparecer, guardándose los guantes manchados con pintura roja -o al menos eso quiso creer Alfred- en el bolsillo de su bata. El que no apareció fue Patrick, pues se encontraba en su disquera.
Alfred no había sentido tanta tensión en el ambiente desde el juicio de sus padres. Y los tres hermanos Kirkland comenzaron a comer sin prestar atención a nada más.
—Vegetales…—murmuró con desprecio, picando la lechuga de su ensalada.
— ¿Qué pasa? —preguntó Arthur.
—No, nada. Un antiguo rival. —sonrió Alfred, nervioso. Arthur le dio una mirada extrañado, pero no hizo más preguntas.
En su travesía con la ensalada poco notó de las miradas que se mandaban los hermanos Kirkland, sobre todo Gales. Scott estaba ignorando a ambos, negándoles cualquier trato, sintiéndose igual de importante que todos los días. Arthur en cambió intentaba mantener la frente en alto, sobre todo para no alarmar a Alfred quién tenía un momento difícil con las verduras. Scott a extrañeza del segundo mayor y el menor de la familia, tomó la palabra.
— ¿A qué hora volverá nuestro padre?
—Creo que a la hora de la cena. —respondió Arthur.
— ¿Tienes algo que hablar con él? —preguntó Gales, poniendo la misma mueca arisca de siempre. Scott le dio una fugaz mirada, sin importancia. —Que malo.
—Dentro de unos meses me haré un adulto, por lo que debo saber cuáles son los términos legales sobre eso.
—Scott.
—No volveré a pisar esta casa. —sentenció desafiando a su medio hermano. —Serás el heredero, Gales, felicidades.
— ¿Nuestra madre estará de acuerdo con esto? —preguntó Arthur, retorciéndose las manos por debajo de la mesa. Los tres hermanos hace varios minutos que habían acabado su comida.
—Intentas crecer a un paso muy veloz, Scott. —replicó Gales, sin perder la tranquilidad. Él más que todos ahí sabía cuanto Scott quería abandonar ese lugar, con todos dentro. — ¿Qué pasará con la universidad? Escuché de Arthur que ya no tienes el pase especial.
—No es gracias a mí. —dijo glacial.
—La Universidad de Gakuen no da becas al cien por ciento.
—Lo que yo haga o deje de hacer es un asunto irrelevante para ti.
—Dudo que Annie pueda pagar los gastos del todo poderoso Scott.
—Tengo mis propias manos para trabajar, Gales. —gruñó el pelirrojo, comenzando a molestarse de verdad. —Al contrario de ti o tu hermano.
— ¿No incluyes al tuyo?
El silencio reino un buen rato en la mesa, solo escuchando los piques del tenedor de Alfred para penetrar a un tomatito de su plato. Cuando al fin lo logró soltó un murmulló referente a lo típico de siempre, los héroes. Scott refunfuñó en un resoplido, irritado y no fue el único, Gales chasqueó la lengua; siendo Arthur quién se llevó las malas miradas, pese a no tener culpa, ellos habían olvidado por completo que había un invitado con ellos.
—Tú reinado del terror ha acabado, champiñón. —murmuró para él mismo, Alfred, siguiendo con su juego de comida.
—Él esta consciente de que la única razón por la que seguimos aquí es porque estamos esperando a que termine, ¿verdad? —preguntó Gales, fúnebre.
Alfred entonces pareció recordar que no estaba al lado de su padre o de personas divertidas.
—Ah, lo siento. —dijo metiéndose el último tomatito a la boca, haciendo una mueca de asco. —He terminado.
Las sirvientas recogieron los platos al mismo tiempo que otras traían el postre, los cuales los tres hermanos negaron. Alfred miró a Arthur con ojos vidriosos, no podía dejarlo sin postre cuando se había acabado todas las verduras de su plato.
—Llévate algunos. —suspiró Arthur antes de que pusiera su rostro de cachorro apaleado. —Si ensucias tú limpiarás.
— ¡De acuerdo! —vocifero, feliz. —Saben tan ricos que pediré que me den unos para el regreso a la escuela.
—Si regresas. —murmuró Scott.
—No seas tonto, no puedes ingresar comida al aeropuerto. —reprendió Arthur, sobreponiéndose al comentario de su hermano mayor.
—Eso es lo de menos, puede comer todo el pastel que quiera estando aquí si me deja revisarlo un poco. —comentó Gales olvidando su molestia anterior. Alfred tragó saliva, perturbado.
—Abre su cabeza si así lo quieres. —completó Scott.
—Vamos a la habitación. —dijo Arthur, notando la incomodidad de Alfred.
—Además por hoy estoy muy cansado. —comentó Alfred hacia Gales, rascándose la cabeza.
—Hecho polvo. —corrigieron Scott, Gales y Arthur. (*)
—.—.—.—.—
Ciertamente Lovino se sentía nervioso entre tanta gente. Nunca le agradó estar en ese tipo de reuniones desde los tres años, cuando ya lo comenzaban a comparar con su hermano gemelo. Y sin Antonio presente eso se volvía cada vez más fastidioso. Feliciano estaba coqueteando con unas chicas de la fiesta, hijas de algunos empresarios aliados de su padre, los cuales miraban con particular resentimiento a su hermano, con gracia Lovino pudo recordar que esa era la mirada que Govert le mandaba a Antonio o a cualquier hombre que se le acercará a Bel.
— ¿Qué estás haciendo aquí solo? —preguntó su madre, con su bello disfraz de Reina de las Nieves, con una mascarilla azul celeste cubriendo la mitad horizontal de su rostro. Le daba un aspecto tan brillante que los hombres no eran los únicos en voltear a verla. Blas le hacía juego, disfrazado de un Rey de las Nieves, con el mismo tipo de máscara que ella.
—Viendo como devoran a tu querido Feliciano con la mirada. Y no me refiero a las chicas. —contestó, señalándole con la cabeza a los padres de ellas. —Va a salir golpeado.
—No sabrán que es él, trae su disfraz. —comentó su madre. Lovino puso los ojos en blanco al escucharla, ¡se le salía el jodido rulo! —Se ven increíbles los dos. Creo que debí confiar más en su sentido de la moda.
Lovino sonrió satisfecho al recibir el alago, ambos llevaban un traje al puro estilo victoriano, el de Lovino rojo y el de Feliciano azul, con mangas que terminaban en empuñaduras de color negro, sobresaliendo de ellas algunos trozos de tela que fueron acomodados de tal forma que parecieran plumas. Encima traían una capa del mismo tono del traje, con los bordes decorados con listón dorado, amarrada con un moño bastante grande de color blanco. Una pluma salía del costado izquierdo de la capa. Como adorno extra ambos traían un sombrero tirolés más grande que el promedio, con un centenar de plumas cayendo en forma de cascada por el lado derecho mas dos listones sueltos de color rojo. Y por supuesto, la media máscara dorada sobre sus ojos.
Si combinaban los buenos talentos de ambos para la moda saldría algo excelente.
Los bailes comenzaron a partir de las diez de la noche, como era de costumbre, Lovino invitó a muchas muchachas hermosas a la pista. Pero comenzó a aburrirse cuando notó que no deseaba estar ahí, mucho menos cuando los mayores incluso compararon su danza con la de Feliciano, según ellos era un empate. Era increíble lo insoportables que podían ser.
Sentado en una de las sillas más apartadas, Lovino miró a través de las máscaras y vestidos que inundaban el salón, de pronto un hombre inundo su campo de visión, con un traje formal de lo más sencillo, una máscara blanca que solo le cubría la mitad de su rostro, terminando por el puente de la nariz, un lazo en el borde de tono dorado con notas musicales danzando dentro de ella. Una pluma naranja salía por el centro unida a una perla. El sombrero de tres puntas con los mismos colores, blanco y dorado cubría todo el cabello, los cascabeles en los picos de este resonaban con cada paso que el joker daba a él.
No tenía que ser un adivino para saber quién era.
Antonio se paró delante de él, deleitándolo con aquella inmensa sonrisa que destellaba como el dorado de su traje. Se inclinó a él, hasta pegarse a su oreja derecha, la respiración le causo un estremecimiento a Lovino a causa del sudor que el traje le proporcionaba. La gente a su alrededor no les prestó ni una mínima atención, siguieron danzando entre ellos, dejándolos sumergirse en el otro.
—Te extrañé, Lovi. —dijo Antonio, para después separarse de él.
El tiempo dejó de rotar. El mundo entero dejó de moverse cuando Lovino se tiró a él en un abrazo, sin importarle los trajes estorbosos, tampoco el calor que emanaba tanta gente acumulada ni mucho menos que aquello fuera totalmente impropio para un heredero de la familia Vargas. Había pedido a Antonio, rogado por tenerlo a su lado, y ahí estaba, sonriéndole, diciéndole que lo extraño tanto como él.
— ¿Estoy en el cielo? —preguntó el español, recuperando el aire.
— ¿Quieres que te baje al infierno, hijo de puta? —. Sí, esto era totalmente propio de él. — ¿De dónde has salido? Y con tremendo traje.
—Compré esto de último minuto en una tienda del aeropuerto. Gaste mis últimos ahorros, pero dada tu reacción creo que valió cada moneda invertida. —respondió jugando con las mangas del traje, tenía la estúpida sonrisa de siempre plantada en su rosto. Lovino sintió toda su cara arder, ni siquiera él se había dado cuenta de que tanto lo había extrañado.
Además…, ese imbécil de verdad parecía un príncipe sacado de un cuento de hadas.
— ¿Deberíamos bailar? —Antonio extendió la mano a Lovino, sin dejar de contemplarlo, la gente del alrededor seguía abriéndose y cerrándose, girando, moviéndose al compás de la música.
—Si insistes…—murmuró tomando su mano.
Antonio puso las manos en su cadera, atrayéndolo a él. Lovino por un momento sintió que las fuerzas en sus piernas se iban, poco a poco subió las manos a los hombros del español, apretándolos con más fuerza de la que deseó pues Antonio soltó un quejido, aunque no suavizó su agarre en ningún momento. Era extraño. En aquella danza, sus padres que estaban al centro, eran los que recibían toda la atención, la gente bailaba a su alrededor, alzando sus vestidos, quitándose los sombreros al hacer un paso elegante.
Y pese a todo ello, a Lovino le importaba un comino. Toda su atención se reducía a la persona tras la máscara blanca.
—.—.—.—.—
Scott alzó poco a poco la mirada, por los zapatos sin lustrar, la camisa desfajada y la chaqueta de aviador que tanto odiaba. Alfred tenía una línea dibujada en el rostro, apretando sus labios que temblaban. El mayor de los Kirkland soltó un bufido con risa mal contenida, a pesar de todo, le seguía teniendo miedo. Se encontraron por casualidad mientras el americano vagaba por la mansión, esperando a que Arthur terminara su estudio de dos horas. Alfred y Scott apenas se veían salvo por los desayunos, comidas y cenas.
Justo Alfred iba a dar media vuelta cuando el mayor de los Kirkland lo llamó.
—Tengo que hacerte una pregunta.
—No tengo reloj. —habló entre dientes el americano, sudando frío.
—Quiero que me digas, ¿qué sientes por Arthur? —preguntó sin una pizca de emoción en su rostro u ojos. Alfred, que de manera ingenua creyó que la platica con Annie funcionó, volvió a preocuparse sobre si el Rey de las Sombras cambiaría algún día.
—Lo amo. —respondió sin duda.
—Ya veo. —Scott entreabrió sus labios, con una ligera sorpresa por la respuesta firme. Una pequeña sonrisa se formó, irónica. —Entonces, ¿a quién escoges? ¿Arthur o tu hermano? —soltó de pronto, paralizando al otro.
— ¿Qué?
—Elige a uno.
— ¡Me niego! No puedes pedirme que escoja entre uno de ellos dos. —gritó enojado. —Es como ponerte a elegir entre tu madre y Arthur.
—Mi madre sin dudarlo. —respondió Scott, causándole un estremecimiento a Alfred. —Ahora es tu turno de responderme.
— ¿Qué tan seco debes estar para poder responder una pregunta así? —cuestionó.
— ¿Seco? —Scott dejó que una risa muerta le escapara de los labios. —Todavía eres un niño, Alfred. No eres capaz de decidir algo tan simple como eso. O tal vez… ya tienes la respuesta, solo que temes decirla.
El héroe agachó la cabeza, apretando los puños contra su cuerpo, sí que tenía la respuesta, que bien odiaba pensar así. ¿Cómo podía elegir entre las personas que más amaba?
— ¿Qué hay de malo con decirme la respuesta? —siguió el Rey de las Sombras, sonriente. —A ambos los acabas de conocer, ¿no es verdad? ¿ahora resulta que amas con intensidad abrumadora al gemelo que no viste durante diez años? ¿Cuánto sentido tiene eso?
— ¡Matthew es mi hermano, a comparación de ti, es normal sentir afecto por ellos! —respondió alterado. Scott afiló sus ojos.
—Entonces supongo que tengo mi respuesta…
—Sí, elegiría a Matthew. —dijo Alfred rechinando sus dientes. Scott alzó una de sus cejas, soltando un bufido.
— ¿Lo ves? —cuestionó tomando un tono ronco en su voz. La ira comenzaba a desbordarse en cada una de sus palabras, en su mirada. —Es por esto que odio tu relación con Arthur, no me puedes asegurar que puedes protegerlo por encima de todo.
— ¡No he terminado! —intervino Alfred, igual de enojado, no, incluso más. Scott lo contempló sin dejar ver su asombro. —Tal vez no pueda sobreponerlo por encima de Matthew, sin embargo, —gruñó cerrando su puño y golpeando la pared del pasillo, haciendo rebotar uno de los cuadros de Patrick que quedó estrellado en el suelo. —puedo jurarte algo Scott, y es que lo pondré por encima de mí.
Alfred hundió sus dos manos en su chaqueta, soltando un último resoplido, dando marcha a la habitación de Arthur.
—.—.—.—.—
Al medio día, justo después de despertarse, Antonio ya estaba recibiendo los regaños que merecía por parte de Lovino. La fiesta había acabado por eso de las doce de la noche, y Máximo había permitido que ambos chicos durmieran juntos a escondidas de sus padres, sabiendo que no tenían ni idea de que el español se encontraba ahí.
—No me mandaste ningún mensaje o alguna llamada. —se quejó Lovino, cruzado de brazos, negándole la mirada. Antonio se rascó detrás de la oreja, confundido.
—Mi viejo me dijo que estarías muy ocupado, —confesó sin entender— algo sobre que Blas tendría muchos asuntos que atender contigo y no quería que te interrumpiera. Como él me lo pidió, no pude negarme.
— ¡Ese viejo! —pensó Lovino, enojado con su abuelo, seguro Máximo había pensado que así podría tener más tiempo a su querido "hijo" Antonio para él, para meterle más alcohol a su cuerpo. — ¡Pues no fue así!
—Si te sentías solito pudiste llamarme, Lovi~—ronroneó dándole un abrazo cariñoso. —Sabes que siempre voy a contestarte a ti.
— ¡No me sentía solo bastardo, estaba preocupado por ti! —reprochó más enojado, intentando apartarlo de su ser. Los ojos de Antonio adquirieron un brillo mucho mayor, emocionado y feliz por sus palabras. — ¡Vete a la mierda! —lo cortó antes de que pudiera decir algo sumamente infantil o cursi, que era peor. — ¡Suéltame bastardo!
— ¡Yo también te amo, Lovi!
— ¡Y un carajo! —lo pateó, logrando doblarlo. — ¡Jamás he dicho semejante cosa!
Antonio formó una sonrisa en su rostro, un poco maliciosa, recordándole que también pertenecía al Bad Friends Trio. Lovino en cambió puso los ojos en blanco, preparándose para lo peor. —Eso no fue lo que me dijo Feli hace unos días, incluso le dijiste que me amabas.
— ¡Por supuesto que no!
—Se llama "leer entre líneas", Lovi. —Antonio se puso de pie, tomando las manos que amenazaban con golpearlo y se acercó a la cara de su querido Lovino. —Yo también sé idioma Lovi. —murmuró cerca de sus labios, logrando hacerlos temblar. —Y también te amo.
—Vete-al-carajo. —gruño Lovino entre dientes, apretándole las mejillas a Antonio y plantándole una patada justo en la espinilla. Antonio sacó varias lagrimitas que se limpió rápidamente, corriendo a alcanzar a Lovino que se marchaba a paso veloz de ahí, con toda la cara adornada en carmesí.
Lo alcanzó en cuanto este iba a tomar el pomo de la puerta, abrazándolo por la espalda de nueva cuenta. Lovino apretó con más fuerza la manija, sin llegarla a girar. Antonio tenía hundido su rostro entre la curva que se formaba en la espalda, respirando el aroma del italiano. Lovino soltó la puerta, dudoso sobre tomar las manos de su pareja, ¡malditas emociones que no querían salir! ¡Él era el novio de Antonio (pese a que no tenía confesión todavía), podía tomar sus malditas manos o lo que quisiera, cuando quisiera!
—Lovi, sal conmigo. —pidió Antonio antes de que Lovino pudiera llegar a un acuerdo con sus emociones. —Sé que ya lo estamos haciendo, pero quiero pedírtelo bien. Quiero que seas mi novio, que estés a mi lado como siempre, pero no como siempre. Estoy enamorado de ti.
Tardó en contestar más de lo que el hispano también esperaba, por lo que este dejó de recargarse en su espalda y se incorporó, levemente confundido.
—De acuerdo. —contestó sin darle el rostro, pese a eso, sus orejas lo delataban. Estaba hirviendo. — ¡Pero ya te jodiste imbécil! ¡Más te vale no estar coqueteando con nadie cuando yo no te vea! ¡Y s-soy muy celoso, así que no quiero quejas!
—Lovi tontito, eso ya lo sé. —sonrió Antonio, besando su cabeza. Con mucho trabajo y algunos golpes en la cara pudo voltearlo, observando con anheló el rostro de su persona más amada. —Sólo deja que te ame como siempre lo he hecho.
Lovino sintió los labios de Antonio pegarse a los suyos con una gentileza que le causo un estremecimiento por cada parte de su cuerpo. Ese sujeto delante de él era un completo idiota, tal vez esa fuera la razón por la que se había enamorado de Lovino en primer lugar, una persona común no lo haría por el temperamento que se cargaba este. Pero eso a Antonio nunca le llegó a importar, él antes que nadie, incluso que los propios padres de Lovino, pudo ver la belleza en el interior de este.
—.—.—.—.—
Si de por sí las cosas estaban bastantes tensas ya en la mansión Kirkland, la bofetada que le plantó el Sr. Kirkland a Scott en cuanto todos se dirigían al comedor fue suficiente para sentir que se encontraban en el mismo infierno. Arthur junto a sus dos medios hermanos se quedaron hechos piedras, mientras Helen sostenía la mano de su esposo para evitar otro futuro golpe.
— ¿¡Qué estás haciendo, querido!? —preguntó Helen alarmada.
Scott aún tenía una mano en la mejilla, sin salir de la sorpresa fue volteando poco a poco a su desgastado padre que lucía muy alterado, incluso cuando Helen hacía lo que podía para tranquilizarlo. Gales fue el primero en reaccionar, tomando una posición defensiva por si Scott se le iba encima a su propio padre.
— ¡Ya me he enterado de lo que has hecho a tu hermano! —exclamó Sr. Kirkland, furioso. — ¿En qué estabas pensando, Scott?
— ¿Qué?
— ¡No te queda hacerte el idiota! —bajó el tono de voz, aunque lo conservo igual de severo y frío. — ¡Tú madre me lo ha dicho y lo he confirmado con el director esta misma tarde! ¡Arthur!
Patrick le dio un empujoncito para que saliera de su trance, Alfred estaba detrás de él, esperando pasar desapercibido; por más que él quisiera ayudar a Arthur sabía que no pertenecía a esa conversación. Que los frutos de tan feo secreto estaban saliendo a relucir de una forma igual de fea. La mirada de Gales fue suficiente para que asintiera con la cabeza y volviera a la habitación de Arthur, acompañado de una sirvienta para que pidiera su comida o alguna comodidad. Solo le quedaba esperar a que Arthur volviera a subir y estar ahí para él.
— ¿Se puede saber por qué no has abierto la boca? —reprendió su padre, evitando pegarle una bofetada también a él. Ciertamente era la primera vez que el Sr. Kirkland levantaba la mano a uno de sus hijos. — ¿Te gusta que te peguen acaso?
—Yo…
Scott se retiró la mano de la mejilla rojiza, contrayéndose levemente al soltar una risa mordaz. — ¿Te estás atreviendo a reclamar mi comportamiento? —preguntó entre risas. — ¿Es enserio?
—Solo vas a empeorarlo, Scott. —advirtió Gales.
— ¿Lo sabías? —preguntó su padre a Gales, iracundo. —Sí que lo sabías.
— ¿Quién te crees? —bufó el pelirrojo.
— ¿QUIÉN SE CREEN USTEDES? —gritó de nuevo la cabeza de la familia, ordenando silencio. Helen retrocedió algunos pasos, paralizada. — ¿Golpeas a tu hermano menor? —preguntó a Scott— ¿y tú lo solapas? —apuntó a Gales— ¿y a ti te parece bien? —miró a Arthur, sin reconocerlo. — ¿Y tú ni siquiera te enteras? —concluyó a Patrick.
— ¿Culpas a Patrick? —cuestionó Gales, saliendo a la defensa de su hermano. —Tú tampoco lo sabías.
— ¡Pero tú sí! —reprendió. — ¿Es que piensas que lo que esta haciendo Scott esta bien? ¿Tan poco te importan tus hermanos?
—Yo no me lo creo. —comentó Scott, sonriendo. —Pasas de nosotros todos estos años y de repente parece que quieres ser buen padre, ¿por qué? ¿es que tu empresa se está yendo a la ruina o algo así?
—Nunca he "pasado" de ustedes, Scott. —dijo Sr. Kirkland, a punto de pegarle un golpe a cada uno de sus hijos. —Sé que he cometido errores y he tratado de remediarlos con el paso del tiempo, que tú hayas querido estar en un pozo sin fondo, con la ira carcomiendo tus entrañas…
— ¿No es tú culpa? —preguntó este, igual de socarrón.
Sr. Kirkland suspiró fuertemente, canalizando el enojo que sentía. No estaba bien hablar con gritos, eso los pondría más a la defensiva y su familia terminaría demasiado fracturada para poder arreglarla por segunda vez. Lo mejor era hablar lo más tranquilo que podía, sin perder el tono firme de su voz.
— ¿Por qué no me lo has dicho? —interrogó a su hijo afectado, ignorando las risas burlonas de Scott.
—No quería hacerlo. —respondió él, trayendo el silencio de su hermano. —Era mi problema y deseaba resolverlo por mi cuenta.
— ¿Soportando las patadas de tu propio hermano? ¿Cómo podías resolver eso tu solo? —Sr. Kirkland se acercó a Arthur, poniéndole las manos en los hombros, obligándolo a verlo. — ¿En qué estabas pensando, Arthur? ¿Pensabas que no podría ayudarte?
— ¿Alejándome de Scott como lo hiciste de mi madre? —preguntó el menor de los Kirkland, tomando los rasgos del Príncipe de las Sombras, diría Alfred. — ¿Qué tan solo quieres que esté?
—Sabes que esa no fue mi intención.
— ¡Pero aún así lo hiciste! —se metió Scott, furioso. — ¡Nos alejaste de nuestra madre por tu estúpida arrogancia!
— ¿Mi arrogancia? ¡No tenían ni para comer! ¿Es tan malo querer darles la mejor vida?
— ¿Abandonándonos en una enorme mansión con las personas que nos separaron de ti? —cuestionó Arthur, irritado. — ¿Para qué nos querías lejos de mamá si ni siquiera podías estar para nosotros?
—Arthur…—murmuró Helen con una mano en la boca.
— ¿Crees que te estamos agradecidos o algo así? —ironizó Scott.
—Entonces, Scott, ¿qué se supone que hiciera? ¿dejarlos morir de hambre?
— ¡Tenías que venir con nosotros! —reclamó este, aunque de inmediato se llevó una mano a la boca. Incluso Arthur lo observó sorprendido.
Scott usualmente no dejaba salir sus emociones, todos sabían eso. Ahora mismo no parecía el Rey de las Sombras, ni el mejor sujeto a encabezar la próxima generación de la familia Kirkland, simplemente era un niño roto que dejó expuestas todas sus grietas. Se limpió rápido las dos gotitas que se le formaron en el borde de los ojos, evitando cualquier otra reacción.
— ¿Por qué crees que estaríamos felices lejos de nuestra madre, sin ti, con una madre sustituta y dos hermanos que nos robaban tu atención? —dijo Arthur mientras su hermano volvía a recuperar su semblante.
—Tampoco estábamos de acuerdo con la decisión. —se metió Gales, con las manos hundidas en los bolsillos de su bata salpicada de verde.
—Intenté tomar las mejores decisiones para ustedes. —murmuró Sr. Kirkland, revolviéndose el cabello. —Y puede que no fueran las mejores, pero Scott, no puedes justificarme lo que has hecho solo con esto. Arthur no es tu medio hermano, es tu hermano de sangre. ¿Por qué has pensado que estaba bien hacerlo?
Su hijo mayor se dejó resbalar por la pared, sosteniendo su cabeza con ambas manos, hundiendo los dedos entre su cabellera roja. Estaba consciente de que pasaría, su madre misma le advirtió con tristeza que tendría que informar a su padre, pese a sus quejas. Solo que no esperó que sus sentimientos lo traicionaran de esa forma, desde la charla con el hijo de los Vargas sabía que una parte de él ya estaba demasiado blanda para volver a fortificarla.
—Se sentía bien. —reconoció sin darle la cara a nadie. Sr. Kirkland al igual que todos los presentes sintieron que la frialdad descendía varios grados. —Ver su cara rogando a que parara, era divertido. Me sentía libre… podía respirar de nuevo. Tenía la fuerza para controlar a tu favorito y así lo hice.
—De acuerdo. —A sorpresa del padre que buscaba palabras para su hijo, Gales se puso delante de su medio hermano, de su rival y lo que él consideraba un amigo. —Ahora dinos tus verdaderos sentimientos.
Scott le dio una mirada fiera desde su posición, los ojos de Gales casi tenían el mismo tono y sentimiento que él.
—Tú también piensas lo mismo que yo, y estoy seguro que tu hermano también. —Patrick del otro lado se estremeció al ser incluido. —Su favorito siempre ha sido Arthur. Nosotros nos llevamos toda la presión, —continuó refiriéndose a Gales y a él— y él otro ni siquiera tiene la atención de nadie.
Patrick ladeó el rostro, evitando cualquier contacto.
—Por eso Gales guardó silencio. —respondió Scott, ante la antigua pregunta de su padre. —Por eso Patrick se volteó a otro lado como ahora. Por eso tú favorito sé quedó callado.
— ¿Creen que Arthur es mi favorito? ¿De dónde han sacado eso?
— Siempre fuiste a sus concursos, incluso si no ganaba, lo felicitabas. —comenzó Patrick, aún escondido entre su rostro. —Le arreglas sus problemas, no importa lo que tengas que hacer.
—Ustedes saben que yo estoy aquí, solo necesitan llamarme.
—Arthur no necesita llamarte. —sentenció Gales. Todo eso le estaba pareciendo una niñería, quejarse con su padre cuando estaba a punto de convertirse en un adulto.
—He intentado por mucho mostrarte algo distinto cada vez. —siguió Scott, dirigiéndose a Arthur. —No necesitaba que me abandonaras también.
Su padre se puso en cuclillas, sin llegar a ponerle ni un dedo, simplemente escuchando las réplicas de su primer hijo. Era la primera vez que escuchaba una desde los cinco años, donde estas se trataban de no comprarle su juguete o dulce favorito; sí, le dolía haberles hecho daño, sin embargo, no podía arrepentirse, eso sería lamentar tener a Helen a su lado, a Gales y Patrick.
—Me he esforzado. —sollozó Scott, con la cara escondida entre sus piernas. A este punto solo su padre era capaz de escucharlo. —Por ser un buen hijo para ti, porque pensé que, si lo hacía, dejarías que volviéramos con mi madre.
— ¿Tan malo te parezco? —susurró Sr. Kirkland. —Scott…
—Nada de lo que hago te termina de agradar, eso lo sé. Es evidente para nosotros tres.—continuó evitando su agarre. —Y cuando se trata de Arthur, saltas a alagarlo de inmediato. ¿Crees que a mí no me afectan las cosas por las cuales me he esforzado todo este tiempo? ¿Crees que solo me gane esos trofeos para competir contra Gales?
—He sido un padre imbécil que lo creyó hasta hoy. —bajó su mano que Scott le esquivó. —Lo que sí sé es que eres una buena persona, Scott, y…
— ¡No lo entiendes! —gritó poniéndose de pie. — ¡No voy a dejar de odiarte solo porqué te dignaste a tener una charla conmigo!
Eso fue una pedrada directo al corazón de cada uno de los presentes. Scott tenía razón, podían endulzar las cosas por un día, sin embargo, eso no cambiaría su infancia, sus recuerdos amargos ni a ellos mismos.
—Solo quiero que consideres perdonarme, Scott. No me gustaría que vivieras con rencor toda tu vida. —dijo su padre, levantándose. —Sé que es tarde, muy tarde para esto, pero lamento todo el daño que te hice. No te pido que entiendas mis razones, ni mucho menos que vuelvas a mí, solo quiero que vivas una buena vida hasta el final, es un deseo de padre a hijo.
—Tú y yo nunca fuimos padre e hijo. —concluyó Scott, dándole la espalda para marcharse de ahí.
—.—.—.—.—
Así como en la ex-hacienda de Antonio, Lovino y él tenían un lugar especial para ellos en la mansión de los Vargas, en cada una de ellas para ser precisos. En este caso, quedaba entre una de las habitaciones abandonadas que antes se ocupaba como un almacén extra. Con el paso del tiempo, quedo olvidada al ser inaugurado uno mucho más llamativo e higiénico.
Cuando Antonio llegó ahí, quitando una enorme mesa que bloqueaba la pequeña puerta de madera desgastada, Lovino fue el primero en entrar, retrocediendo casi de inmediato cuando una ráfaga de polvo sacudió todo el cuarto.
— ¡Lovi, esto está asqueroso! —reprochó casi de inmediato Antonio, dispersando el polvo con una mano. — ¿Hace cuanto que no bajas aquí?
— ¿Desde cuando no vienes a Venecia? —preguntó de vuelta, tomando un vaso que seguramente tendría algo dulce pues a pesar del polvo se notaba todavía un tono rosita.
— ¡Mi última vez fue a los trece años! ¿Lo has dejado así tanto tiempo?
Lovino se cruzó de brazos, como si estuviera muy ofendido. — ¿Y qué se supone que iba a hacer aquí abajo sin ti? ¡Seguro que las criadas me dejaban encerrado!
—Todo tiene una gruesa capa de polvo. —suspiró el español, seguro que tardaría todo el resto de sus vacaciones limpiándola. Y nada le aseguraba que no acabara igual. — ¡De acuerdo, Lovi! ¡Buscaremos un nuevo sitio!
—Solo tienes que limpiar. —ordenó frunciendo la boca.
— ¿Qué están haciendo los dos aquí? —preguntó Máximo, repartiendo un abrazo por los hombros. Antonio sonrió, y Lovino rezongó mucho más, pelando los dientes, aún recordaba que el viejo no le había contado nada y que secuestro a Antonio para él solo. —Lovi, así se te quedará el rostro si no quitas esa expresión.
— ¡Perfecto para mí!
— ¡Pero no para mí, Lovi! —chilló Antonio.
Máximo soltó una enorme carcajada, abochornando más a su nieto. Antonio cogió a Lovino en un abrazo, diciéndole lo bonito que era su rostro y que a nadie le gustaría que lo estropeara.
—Lovi~ —tarareó su abuelo, jugando con sus dedos mientras fruncía los labios. El futuro heredero de los Vargas tensó la mandíbula, su abuelo estaba a punto de pedirle algo. — ¿Me dejas a Antonio un rato?
— ¿Ah?
—Al momento que ha llegado aquí lo has acaparado todo.
— ¿No tienes otro lugar donde decir cosas tan repugnantes? —preguntó Lovino, frunciendo las cejas y contrayendo la nariz.
—Hoy no. —respondió su abuelo, apachurrándose. —Feli salió con tú madre a no sé dónde y Blas sigue en su trabajo. Estoy muy aburrido~
—Lo siento, viejo, Lovi hoy no quiere soltarme en todo el día. —presumió Antonio, completamente feliz.
— ¡Y una mierda! —protestó Lovino. — ¡Por mí llévatelo a donde quieras!
— ¡Loviiiii!
—Te veré todo el año en la puta escuela, —dijo este, mientras Máximo arrastraba al español hacia afuera. —un día no me afecta tanto.
—Puedes venir si quieres, Lovi. Aunque tú tomaras jugo. —añadió el abuelo, dándole una sonrisa triunfal.
— ¡Ehh! ¡Mi padre me lo ha prohibido hasta que de verdad tenga edad para beber! —le dijo Antonio, recordando con desagrado la resaca que la bebida conllevaba. Al menos hasta superar ese pequeñito trauma no bebería alcohol en un largo rato.
—Pufff. No morirás más joven si comienzas desde ahora.
— ¡De hecho sí lo hará! —gritaron ambos chicos.
—.—.—.—.—
Alfred se encontraba comiendo algunas papas fritas en la banquita de la fuente, por ordenes el mayordomo, pues sin Arthur no podía autorizarle la habitación. Además, este, que era bastante amable al igual que las sirvientas, le recomendaron no quedarse dentro de la mansión o la comida le caería mal por el ambiente tan pesado que se sentía. Realmente el americano estaba preocupado por Arthur, ¿qué pasaba si el Rey de las Sombras perdía el control y ya nadie podía pararlo?
Luego de su tercera ración de papas, entregó satisfecho el plato en la cocina, para volver a la misma banca, en espera a que Arthur le mandara un aviso de que podía volver. Justo iba a llegar cuando notó la figura de Scott caminando a paso veloz, dejando a los sirvientes que ofrecían llevarlo en la puerta principal de la mansión. Alfred decidió ignorarlo, aún seguía molesto por su pregunta de días anteriores; solo que Scott lo interceptó antes de que pudiera sentarse.
—Cuida a mi estúpido hermano. —dijo parándose delante de él. Alfred notó que sus ojos estaban cristalinos, además de que sus labios estaban tenuemente hinchados, seguro por estarlos mordiendo. —Si me enteró que le has hecho daño, vendré a patearte tu gordo trasero.
—Sí quieres a Arthur después de todo. —contestó con humor, sin asustarse de su presencia.
—No. —cortó a secas. —Él debe demostrar lo que yo no fui capaz. Incluso si tiene que hacerlo con la ayuda de un freak imbécil.
— ¿Qué pasó allá adentro?
—Solo soy yo a partir de ahora. —Scott prendió un cigarrillo, sacando el aire, dejando que el frio viento de la noche se lo llevara.
— ¿No siempre ha sido así? —preguntó Alfred con una sonrisa triste. Scott lo volvió a contemplar, esta vez sin inspeccionarlo, solo notando los ojos brillantes a los cuales Arthur miraba tanto. No estaba tan mal después de todo. —Te deseo suerte, Rey de las Sombras. —dijo al final, despidiéndolo con una mano. Scott bufó, le echó el aire de la reciente calada a su cigarrillo directo en la cara, y anduvo nuevamente, perdiéndose tras el enorme portón de metal.
Mientras caminaba por las frías calles para refrescar sus pensamientos, Scott pensaba que el título El Rey de las Sombras, no le quedaba tan mal.
—.—.—.—.—
Al final de la tarde no dejaron que Máximo ingresara con dos menores de edad a un bar. Este quiso pasar un dinero por lo bajo, y Lovino junto con Antonio tuvieron que retirar a Máximo antes de que se metiera en verdaderos problemas. Ni a él ni a su empresa le convenía.
— ¡Mujeres, alcohol! —gritó él, haciendo un berrinche en medio del parque.
—Sí solo te interesa eso puedes beber en la mansión y contratar a alguien para tus servicios banales. —protestó Lovino, pegándole un golpe para que se callara de una buena vez.
—Loviii, no lo entiendes. El sexo no es solo sexo, hay más detrás de él. Si conquistas bien tienes el sexo más genial de la noche.
— ¡Deja de decir cochinadas! —gritó él con la cara ardiéndole en color rojo. Por suerte su bastardo novio se había ido a la tienda a comprar bebidas y estaba tardando bastante.
—Oh, Lovi, aún eres un niño. —Máximo le pegó unas palmadas suaves en la cabeza, apiadándose de su pobre alma. —El sexo no es ninguna cochinada, es un acto de lo más común entre humanos. Tarde o temprano tú lo tendrás.
—Antonio y yo somos hombres, abuelo idiota.
— ¿Y eso qué tiene que ver? —cuestionó alzando una ceja. Lovino volvió a apartar la mirada, tapándose las manos con los ojos, salvó por lo poco que tocaban en la escuela, era un tema completamente nuevo para él. —Lovi, descúbrete las manos, no estamos hablando de un asesinato o un acto malo para que te avergüences de esa manera, estás hablando con tú abuelo, ¿quién sabe mejor que yo?
—Sabes más de lo que deberías. —murmuró su nieto, obedeciéndolo.
— ¿Has sentido deseos de tocar a Antonio? —preguntó Máximo, tomando un carácter más serio. Sabía tan bien que ni uno de sus padres se había molestado en explicarle aquellas cosas a su hijo, y que, por cualquier error lo culparían solo a él.
—Podemos no tocar ese tema. —rogó Lovino, subiendo sus rodillas para poder abrazarlas. Deseaba que Antonio no se apareciera en un buen rato al menos.
— ¿Lo has sentido o no?
—Sí. —el hilo de voz que le salió fue tan agudo que Máximo no pudo escucharlo, dedujo su respuesta a partir del carmín que era su nieto.
—Es muy normal a tu edad. Yo creo que también Antonio lo ha sentido. —explicó él, sonriéndole a Lovino. —Supongo que vivir en un internado no tienen tantas libertades como cualquier otro chico.
— ¿Qué quieres decir? —preguntó Lovino, volteando a mirarlo. Fue el turno de Máximo para sonrojarse, su última vez en la platica de la abeja y la flor, fue cuando su hijo Blas tenía catorce años. Era algo casi nuevo para él, y Blas se lo hizo más fácil porque él ya entendía mucho más esos temas. Lovino y Feliciano, en cambio, eran totalmente puros.
— ¡Mantente así toda tu vida! —chilló su abuelo abrazándolo con todas sus fuerzas. Justo a tiempo, pues Antonio venía trayendo las bebidas. Lovino se desconcertó bastante, pero lo dejó pasar dado que Antonio acababa de llegar.
— ¿De qué estaban hablando?
— ¡Nada en especial! —corearon ambos. Antonio alzó una ceja, riendo ante la obviedad, aunque no comento nada al respecto. Era un secreto entre nieto y abuelo.
— ¿Por qué tardaste tanto? —preguntó Lovino.
—Ah…—el hispano rascó su mejilla, decidiendo si era bueno contarle o no. —, unas chicas me rodearon pidiendo mi número.
— ¿¡Se los has dado!?
—Que bueno es ser joven. —murmuró Máximo relajado.
— ¡C-Claro que no, Lovi! —dijo Antonio de inmediato a su novio. — ¡Lovi bajá la botella que es de vidrio! —gritó.
Máximo los miró correr de un lado a otro en el parque, Antonio se estaba escudando en una niña de cinco años por el área de juegos mientras esta imitaba a Dora La Exploradora cantando la canción del zorro. Una sonrisa se formó en el rostro del mayor, definitivamente había hecho una excelente elección ese día que dejó a su querido nieto en la hacienda de los Fernández.
Antonio le dio a Lovino la esperanza de que la vida era terriblemente bella para no vivirla. Algo que ni él, ni sus padres, Feliciano o incluso el propio Lovino fueron capaz de darle.
—.—.—.—.—
Volvieron a clases más inquietos de lo que se fueron. Arthur parecía demasiado perdido en sus pensamientos, mucho más de lo reciente, y solo hablaba cuando él le hacía preguntas, que no tenían nada que ver con el tema de su familia. Al final, los últimos días de vacaciones terminaron siendo los menos favoritos de Alfred. Incluso la madre de Arthur se mostró apagada cuando los fue a despedir en el aeropuerto, Scott por supuesto, se marchó mucho antes que ellos.
— ¡Matthew! —gritó al ver a su hermano menor, llegar en el carro de su padre. Arthur siguió avanzando, sin prestarle la menor atención. — ¡Te extrañé!
—Yo también. —dijo este en su tono bajito de siempre.
— ¿Te la has pasado bien con nuestro super padre? Y más importante, ¿has comido hamburguesas?
— ¡Por supuesto! —gritó el General Jones, alzando su puño. — ¡Hemos comido junto a todo el campamento! Ha hecho un montón de amigos.
—Las clases del joven Ludwig han servido bastante bien. —comentó Matthew.
—Bien, no me puedo quedar mucho tiempo en el portón, pero estaré toda esta semana por acá, el domingo iremos a comer hamburguesas en familia.
— ¡Seguro! —corearon ambos, uno mucho más fuerte que el otro.
Una vez que se despidieron de su padre, ambos entraron a la escuela, Alfred en vano intentó localizar a Arthur, seguro que ya había subido a su habitación para descansar. Matthew comenzó a contarle algunas cosas divertidas del campamento con su padre, y se le notaba muy feliz de haber compartido las dos semanas de vacaciones con él. Eso le alegraba en sobremanera al americano, ya que una parte de sus planes habían resultado a la perfección. Cuando le tocó contar a él, hizo varias pausas que sonaban increíblemente depresivas.
—Yo creo que ayudaste bastante al joven Arthur. —dijo Matthew luego de escuchar el final. —Hubiera sido peor si estuviera solo.
—No lo sé, Matthew. —murmuró rascándose la mejilla. —Habla muy poco desde la última pelea. Y Scott también actuó muy raro.
— ¿Qué estáis platicando? —preguntó Francis, colgándose de la espalda de ambos gemelos, abrazándolos por los hombros. — ¿Te has lanzado a Arthur como te lo dije?
—Le va bien el bronceado, joven Francis. —comentó Matthew con una sonrisa, notando el tono distinto de piel que tenía.
— ¡Eres adorable, Matty! —restregó su mejilla en la contraria, con mucho cariño.
—Practicamos defensa personal en su habitación si a eso te refieres. —contestó Alfred, recordando.
— ¡Eso no es nada romántico! —chilló el rubio. Paró en cuanto notó la cara de angustia del menor. — ¿Ha pasado algo?
—Arthur tuvo problemas con su familia. —confesó bajito, evitando que los demás alumnos escucharan. —Se cerró mucho después de eso.
—No es extraño en absoluto. —dijo Francis, soltando a Matthew. —Los Kirkland son muy reservados en esos temas, me sorprende incluso que lo sepas. Quiere decir que Arthur te aprecia mucho.
—Me ama mucho. —replicó Alfred, digno.
—Seguro que no más que a mí. —le cerró el ojo, juguetonamente. — ¿Quieres que te ayude un poco? Podría hablar con Arthur.
—Solo conseguirías ponerlo de malas.
—Ya veremos. —Francis les mandó un beso flotante antes de despedirse, subiendo por las escaleras que conectaban con el piso del segundo año.
—Yo también podría ayudarte, hermano. —dijo Matthew, adquiriendo un poco más de confianza. —Haré algo.
—Gracias, Matthew. —sonrió Alfred.
Cuando su hermano se adentro a su habitación y él a la propia, se recostó en su cama, observando una de las fotos en su galería con Arthur. Paró en una donde Alfred había conseguido que Arthur se pusiera uno de los sombreros extraños que tenía Patrick en su colección y posaba tímidamente para la foto. Sonrió al recordar el momento, definitivamente alegraría a Arthur de alguna manera.
—Al fin puedo comprenderlo, Arthur. —le dijo a la foto, acariciando con el pulgar el rostro de su pareja. —La tristeza en tus ojos y la soledad en los de Scott.
—.—.—.—.—
Cuando bajaron del autobús que fue por ellos, y por otros tantos al aeropuerto, lo primero que hizo Antonio fue encontrarse con el BFT que venían bronceados por la playa. Gilbert le presumía su tono tostadito, señalándose cada parte que lucía más asombrosa en ese color. Francis le guiñó un ojo a Lovino a lo lejos, seguro escuchando acerca de que ya eran una pareja oficial. Feliciano no tardó en dejarlo también, reuniéndose con Ludwig que venía rojo por él sol, Lovino no pudo evitar soltar unos buenos chistes sobre eso.
Al llegar a la escuela se dirigió a paso agotador a su habitación. Era el último día de vacaciones, ¡joder! Todo el día siguiente tendrían clases. Lo mejor que podía hacer Lovino Vargas en ese momento era irse a dormir, despertar para la comida, dormir de nuevo y volver a despertar para la cena. Sin embargo, antes de eso tenía que reacomodar la ropa que su madre le había dado.
Ahora no sólo tenía que asistir a clases, tendría que sacar buenas notas.
Arthur entró en silencio a su habitación sorprendiendo a Lovino que estaba acomodando algunas cosas en su closet, ropa nueva al parecer. El italiano tuvo, extrañamente, la sensatez de no comentar acerca de sus ojeras y cara mallugada con la que llegó.
—Esto es para ti. —comentó pasado un rato, lanzándole algo a su pecho, pues Arthur estaba recostado en su cama boca arriba.
— ¿Qué es? —preguntó recogiéndolo con una de sus manos. Un extraño llavero con forma de gato con un sombrerito de copa color negro y un moño alrededor de su cuello color verde. —Esto esta hecho en China.
— ¿A quién mierda le importa?
—Esperaba una máscara victoriana o un llavero con forma de pasta.
— ¡Sólo te lo traje porque Felidiota me obligó! —protestó Lovino, sonrosado. — ¡Ni pienses que te recordé en mis vacaciones!
Arthur se llevó una mano a la boca, ocultando su sonrisa burlona tras esta. —No sabía que me tenías tanto aprecio. ¿Debería comenzar a llamarte «Lovi»?
— ¡Vete a la mierda!
—No me he ido de ahí desde que me mandaste la primera vez. —rio, agitando el llavero frente a su rostro. Era muy lindo, lo colocaría en las llaves de su habitación. Aunque se sentía un poco mal de no haberle traído nada al italiano, como recompensa no lo obligaría a levantarse por la mañana al menos por tres días.
—Supongo que el Batigordito te supo mantener bien contento. —dijo Lovino tomando un acento bromista. La cara de Arthur se puso colorada al notar su doble sentido. —Escuché que pasó todas las vacaciones contigo.
— ¡T-Tú hiciste lo mismo con Antonio!
—Yo he pasado toda mi vida con ese bastardo. —respondió Lovino alzando las manos en señal de poca importancia. —No significa lo mismo.
—La sonrisa de tu rostro me dice que estas estúpidamente feliz de presumirme eso. —bufó Arthur cruzado de brazos, alzando una de sus exorbitantes cejas. Lovino se mordió la lengua al intentarle responder con más alarde, abochornado de que sus intenciones fueran reveladas. —Como sea, gracias por el regalo.
—Muérete.
Por más extraño que pareciera ambos se dirigieron a la cafetería juntos, en un incomodo silencio que más de una vez trataron de romper. Lovino no lo diría, pero estaba preocupado por la ausencia del británico, parecía estar en otro mundo, uno muy, muy lejano. Arthur en cambio intentaba concentrarse en las palabras de Scott, rememorando el hecho una y otra vez hasta que comenzaba a dolerle la cabeza; cabe decir que apenas estaba enterado de que Lovino iba a su lado.
— ¡LO-VI! —gritó Emma corriendo a ellos una vez que los vio. Govert como siempre, iba a su lado, mandando miradas fulminantes a cada sujeto que le clavaba los ojos a su hermana por más de cinco segundos. — ¡Te extrañé mucho! —la chica le apretó las mejillas, sobándoselas con una sonrisa gatuna en el rostro.
Govert le sonrió, carraspeando para que notara su presencia. Lovino le hizo una seña con su dedo del medio, misma que el holandés respondió. El expresidente del Comité Disciplinario salió de sus pensamientos por única ocasión, absorto en Govert, el cual comenzó a incomodarse.
—Govert, ¿puedo hablarte? —preguntó igual de interesado.
— ¿Qué quieres?
—En privado. —siguió con la misma neutralidad, Govert jamás había logrado intimidarlo, ni con la cara de matón que cargaba el pobre chico.
—No parece que tenga otra opción. —resopló al ver a expresión de determinación plantada en él, cualquiera que conociera a los Kirkland sabía que ese semblante no se borraría hasta lograr su cometido. Y para su mala suerte, Govert conocía a fondo al peor de todos ellos.
— ¡No te preocupes, hermano, me aseguraré de comprar las galletas de conejo que tanto te gustan! —gritó Emma alzando ambos brazos al cielo. Govert fingió no escucharla cuando notó que los demás estudiantes se reían por lo bajo. —Qué raro, él estaba preocupado por encontrarlas todavía.
—Pensé que habían dicho que ya no habría más hasta el siguiente año.
Emma se encogió de hombros, resoplando. —Teníamos esperanza de encontrarlas.
Arthur se lo llevó a la parte trasera de la cafetería, donde los estudiantes no solían estar mucho por la sombra y humedad que había ahí. Govert sacó una cajetilla de cigarrillos, tomando uno, más por costumbre pues era uno de sus sitios donde podía permitirse ese derecho. El inglés puso ceño fruncido antes de que este pudiera encenderlo, Govert gruñó tronando la boca, guardando de nuevo el tubito de tabaco.
— ¿Qué es lo que quiere el mandamás de la escuela? —preguntó con burla. — ¿Me castigarás por tener un cigarro? Oh, espera…
—Sé que tú eres lo único cercano que tiene Scott para llamar amigo.
—No soy su amigo. —contestó este, recargándose en la pared, hundiendo sus manos en los bolsillos de su pantalón. — ¿Dónde crees que estamos, en la primaria?
—Lovino es tu amigo.
—Él es diferente a tu hermano.
Govert tenía un punto ahí.
— ¿Qué pasa? ¿Te la has liado con él otra vez? —preguntó ladeando su rostro para poder apreciarlo. Arthur agachó la cabeza, lo suficiente para que el mayor supiera que su deducción fue correcta. —Ya se le pasará.
—Esta vez es diferente…—comenzó Arthur, agarrándose el brazo derecho. —No puedo saber cuáles son sus pensamientos.
— ¿Lo has sabido alguna vez?
—Era muy fácil adivinarlos. Solo tenía que debía superar a Gales y a mi padre. Y ahora…
—No entiendo porqué me estas diciendo eso. Ya te lo dije, Scott no es mi amigo. —cortó Govert sin querer escucharlo más. —Simplemente me ayudó a cuidar a Emma. Un favor por un favor. Nuestras deudas están pagadas con el otro.
—Si pudieras tan solo…
—Tal vez debas comenzar a preocuparte más por ti. —dijo él, más serio. —Te hace mucha falta.
Arthur se quedó viendo su espalda hasta que giró en la esquina. ¿Preocuparse por si mismo? Entonces, ¿quién se preocuparía por Scott?
—.—.—.—.—
Emma se quedó platicando con él otro rato, antes de decir que debía apuntarse a las clases extracurriculares donde no fue capaz de ingresar en el medio año anterior por el cupo lleno. Lovino se despidió de ella, quedándose en un silencio casi incomodo con Govert, pues parecía muy centrado después de la platica con Arthur.
— ¿Qué te ha dicho el bastardo cejotas para que estés de esa manera? —preguntó Lovino, saliendo de la cafetería, Govert iba a su lado con las manos hundidas en su pantalón, jugando con la cajetilla de cigarrillos.
—Prefiero no hablar de eso.
— ¿Tan malo es?
—Nunca he considerado mi relación con Scott como amistad—dijo de pronto, enfurruñándose consigo mismo—siempre creí que era una relación de socios. Ya sabes, si tu me das algo yo te doy algo de igual valor a cambio.
—Él cubrió lo que hacías por Bel y tú guardaste su secreto, lo sé. ¿Y eso que tiene que ver?
—Estoy preocupado. —admitió más quedito. Lovino pensó que se quedo en silencio, por lo que no optó por decir algo más. Govert no tenía ni idea de que le podía preocupar Scott, para él era mejor no haberse relacionado con él, sin embargo, suponía que le tomó apreció por las acciones -casi- desinteresadas que tuvo por su hermana y él. Aunque era un Kirkland, Scott casi lo consideraba su igual, nunca lo miraba hacia abajo. E incluso quiso darle esperanzas de que se quedaría en el puesto del presidente estudiantil. —Creo que me preocupa Scott. —dijo al fin, con voz normal. Lovino se giró apantallado.
— ¿De verdad?
—Trata muy bien a mi hermana, pienso que de verdad se preocupa por ella.
Lovino frunció la boca, incomodo por el sentido de la conversación. Estaba listo para soltar su diccionario de malas palabras contra Scott, no obstante, no pensó ni un momento que a Govert le agradara de verdad el sujeto, porque después de todo sí había algo diferente en ellos, Govert amaba demasiado a su hermana por esa razón hizo lo que hizo, pero ¿qué razones podría tener Scott para hacerle eso a su propio hermano?
Fue cuando Lovino se dio cuenta, tras su último pensamiento, que estaba juzgando el libro solo por la portada.
— ¿Quieres hablar con él ahora mismo? —preguntó Lovino. Govert asintió con la cabeza, serio. —Antes de hacerlo ven conmigo, te tengo algo.
Fueron a la habitación de Lovino, por suerte encontrándola vacía. El italiano de inmediato fue a rebuscar en su cajón, donde guardo los recuerdos que había comprado, sacando solo el de Govert. Cuando este miró la pipa que su mejor amigo le estaba ofreciendo sus ojos se iluminaron con estrellitas que no encajaban con su rostro.
— ¿De donde la sacaste? —preguntó tomándola, parecía un niño que acababa de recibir un juguete nuevo.
—Feliciano me obligo a comprar regalos para ustedes. —dijo este, sin querer admitir que al momento de verla supo que le pertenecía ya a Govert.
—Siempre quise una así, pero mi padre no me deja tener una en casa hasta que sea mayor de edad.
—Bueno, ahora le puedes decir que tu mejor y más genial amigo del mundo te la obsequió.
— ¿Te has juntado con Gilbert? —preguntó Govert con repelús.
— ¡Cómo te atreves a compararme con esa patata olorosa! —vociferó.
—.—.—.—.—
Francis tarareó una canción bastante rítmica que Kiku le había pasado, aunque no entendía lo que decía ya que estaba en japonés, le encantaba. Iba cantando alegremente por el patio que daba a las canchas de Los Cazadores donde practicaban sus tiros, sin embargo, por la ligera lluvia que calló estas habían suspendidas y no retomadas por Vash, que estaba más angustiado de tomar el té con su hermana. Lo que el amante apasionado no esperó fue encontrarse con el mismísimo Scott Kirkland, disparando flechas a uno de los muñecos improvisados.
Se situó no muy lejos de él, resguardándose debajo de un árbol. Scott tiraba las flechas con tanto enojo que estás daban en todos lados menos en el blanco; al acercarse todavía más, tuvo que alzar las manos en señal de paz para que el mayor de los Kirkland no lo atravesara con una de sus flechas flameantes.
—Tranquilo, Scotty, solo voy pasando por aquí. —dijo tranquilamente, rodeando el arco. Scott bajó el arco, siguiéndolo con la mirada. —Vaya, eres muy malo en esto.
—Estoy fallando a posta.
—Seguro. —respondió Francis con su tono cantarín de siempre. —Y yo no fui al desfile de modas en febrero. —aún con Scott tras su espalda, saco su cartera, en específico una foto.
— ¿Por qué estás cargando una foto de mi hermano? —bramó este, notando el descaro que tenía de ponerla en la cabeza del muñeco mal hecho.
—Le hago magia negra todas las noches, pidiendo que deje de ser tan quejumbroso algún día. —contestó Francis, con su extravagancia natural. —Creo que comenzaré a hacerlo para ti también.
— ¿Qué quieres? —por el bien de su cordura mental (y la seguridad física del francés) decidió ir al grano. —No sueles hablarme a menos que quieras algo. —contestó al ver al rostro ofendido del otro.
—Yo solo pasaba por aquí, escuchando una canción de Kiku~
Scott sacudió su arco, sacándole una nueva sonrisa a Francis; por más que quisiera, desde que eran pequeños, nunca había logrado intimidar al otro. Kirkland había llegado a la conclusión de que era demasiado idiota para saber que aquello era una amenaza, solo que ya estaba harto de las charlas motivacionales que se atrevían a darle. Exasperado de que el otro solo estuviera revoloteando a su alrededor, comenzó a tomar sus cosas, siendo incluso ayudado por el francés. Al coger la aljaba Francis la tomó primero ofreciéndosela sin borrar su estúpida sonrisa.
—Tengo ganas de estrellar mi puño contra tu cara. —le dijo contrayendo su rostro en una mueca que a cualquiera le provocaría un horror inmenso.
—La envidia no es buena, Scotty. Sé que mi rostro es hermoso, pero incluso con un golpe no se destruirá. —contestó Francis, mandándole una mirada coqueta. Scott decidió que lo mejor era marcharse de ahí lo más rápido que sus piernas se lo permitieran. Al notar que este se marchaba Francis se apresuró a añadir: — ¡Estoy seguro que con algunas buenas mascarillas las espinillas de tu piel se irán!
Tal y como lo esperó, Francis lo estuvo siguiendo, dándole consejos de manicura y pedicura. Scott estuvo tentado a gritarle que no entendía ni un carajo de lo que estaba hablando, ¿por qué demonios él querría tener las manos de una estúpida princesita?
— ¡Cierra la maldita boca de una vez! —estalló cuando llegó a su habitación y el francés, sin su permiso, se inmiscuyó en esta.
—Non, non, Scotty—dijo este, tocando un nuevo límite a la paciencia de Scott. —Una persona con tu buen porte no debería hablar de esa forma.
—Lárgate de mi puta habitación antes de que decida rapar ese perfecto cabello tuyo. —expresó tomándolo por el chaleco. Lo aventó a su cama remarcando su punto. Francis se puso un dedo sobre el labio de abajo, fingiendo inocencia, causándole molestia al otro.
¿Por qué demonios tenía que lidiar con el peor de todo el Bad Friends Trio? Con el único que se revelaba ante sus amenazas o golpes. ¡Preferiría tener una charla motivacional con su estúpido padre!
— ¡Waa! ¡Crees que mi cabello es perfecto!
¡El maldito solo estaba escuchando las cosas buenas! Suficiente. Lo sacaría a patadas de ahí o en una bolsa negra de plástico por la madrugada, más le valía al imbécil francés tomar la primera opción. Francis aún con la misma aura deslumbrante, dejó que Scott lo tomara por los hombros.
—Scott, tengo que hablar contigo. —dijo Govert, girando el pomo de la puerta. —Tú hermano…
—Mas lento, Scotty~. —Francis soltó un gemidito fingido, al tiempo en que Govert entraba a la habitación. Ambos chicos de tercer año se quedaron hechos hielo en sus respectivas posiciones.
Govert tan rápido como había abierto la puerta, volvió a cerrarla, esperando conseguir un buen psicólogo para el futuro trauma que esa escena le traería.
—Tú…—la sonrisa que puso Scott le causo un horrible escalofrío en la nuca a Francis.
—E-Espera, Scott, tengo que hablar contigo. ¡E-Es importante!
—Definitivamente no podrás verte en tu estúpido espejo en años.
— ¿Estás satisfecho a donde esto ha llegado? —preguntó antes de que el primer golpe le llegara, incluso cerró los ojos. Sin embargo, Scott detuvo su puño a medio camino, soltándolo bruscamente cuando lo escuchó.
—Ustedes y sus estúpidas charlas sobre el amor y la amistad me dan dolores de cabeza. Lárgate de mi cuarto antes de que de verdad estrelle mi puño en ti.
Francis formó una sonrisa mucho más comprensiva, incorporándose en la cama, sentándose al borde. Scott le daba la espalda, agarrándose la cabeza llenó de estrés. El rubio notó lo solitaria que estaba la habitación, con las cosas de Scott como único adorno, el expresidente de la escuela estaba completamente solo.
—No voy a reclamarte nada. —dijo al fin, dando un suspiro. —Tienes razones para hacer lo que hiciste, aunque no sean las mejores, no soy nadie para cuestionar tus acciones.
— ¿Entonces qué estas haciendo aquí? —preguntó observándolo de reojo.
— ¿Qué estaré haciendo aquí? —devolvió la pregunta con una sonrisa, tomando uno de los libros de Scott. —Parece que los Kirkland no saben hacer otra cosa que no sea leer, por eso no tienen amigos.
Scott detuvo sus pensamientos por primera vez, no quería saber que estaba tramando Francis, ni lo que ganaría con esto. Solo disfruto arrebatarle el libro de las manos, pasándole otro que consideró mas entretenido para él. Un poco de compañía estaba bien de vez en cuando, por más molesta que fuera ella.
—.—.—.—.—
Gilbert y Antonio miraron con curiosidad el pasillo de los de tercero, tras una de las paredes que daban a las escaleras. Ambos querían asegurarse de que Francis saliera todavía en dos piezas, solo que él no salía bajo ningún motivo y ya llevaban ahí una hora. Estaban comenzando a preocuparse de verdad. ¿Qué estaría haciendo Scott con él? ¿Lo habría aventado por la ventana? ¡Pero eso era ilegal!
—Yo digo que consigamos un tronco y derribemos la puerta. —comentó Antonio a Gilbert.
—Pues mi asombrosa persona cree que es mejor y mucho más genial tirar la puerta con una patada.
— ¿No hay una opción donde no dañen propiedad de la escuela? —se quejó una voz a sus espaldas. Roderich Edelstein.
—Ugh. —resopló Gilbert, rodando los ojos y concentrándose si salía su extraño amigo.
—Rod, estoy feliz de verte. —dijo Antonio con los ojos iluminados. — ¿Crees que puedas tocar a la habitación de Scott y traer a Fran?
— ¿Soy tu criada? —preguntó ofendido. Antonio hizo un puchero, desencantándose con la idea. —Por cierto, estoy feliz de que tomaras mi consejo.
Gilbert le puso una mano en la cara al austriaco, aplastándole los lentes. —Toño no siguió el consejo de ninguna reinita como tú. ¡Él siguió su corazón, como lo haría todo un hombre!
—Quita tus sucias manos de mi rostro. —espetó enojado Roderich.
—Tal vez si no estuvieras estorbando por aquí, no tendrías que comerte mi mugre, señorito.
— ¿Ha pasado algo interesante entre ustedes en vacaciones? —preguntó Antonio, notando la tensión entre las miradas de ambos.
— ¡Nada! —respondieron a coro.
Roderich suspiró, subiéndose los desacomodados lentes, recobrando su compostura. —Solo vine a dejar un sobre a Kiku, no sé porque me detengo hablando con ustedes, tontos.
— ¿Eh? ¿Yo también? —preguntó Antonio, señalándose.
— ¡El que le dice tonto a alguien es el verdadero tonto! —rezongó Gilbert, sacándole la lengua. Roderich volvió a respirar, contó hasta diez y se dirigió a la habitación del japonés.
Antonio miró a su mejor amigo, con una ceja alzada. —Ha pasado algo entre ustedes.
— ¡Sólo se cree la gran cosa cuando la gran cosa SOY YO! Kesesesese~
—No pensé que a Rod le gustaran las playas, él es más de ir a conciertos de orquesta o museos. —comentó Antonio, recordando los regaños que le proporciono este cuando ambos tenían once años y él se quedo dormido en un teatro.
—Tch. Sólo fue a joderme la vida. —se quejó el alemán, dejándose resbalar por la pared. Los alumnos de tercero que pasaban para bajar por las escaleras miraban a los chicos con una ceja alzada. Si se querían ocultar no lo estaban haciendo bien.
— ¿Por qué lo dices?
Las mejillas de Gilbert se sonrojaron, asombrando al mismo Antonio que casi se fue de espaldas por las escaleras.
—No me digas que-
— ¡Claro que no! —reprochó este, cubriéndose el rostro. — ¡No podría con mi asombrosa persona!
—Debiste disfrutar ver la ropa de playa que llevaba. —sonrió Antonio, picándole la mejilla con picardía. — ¿Qué fue? ¿Un bikini?
—Kesesesese~ ¡Nunca te lo diré! —y corrió escaleras abajo. Antonio, siguiéndole el juego, fue tras él. Ambos olvidándose por completo de su otro mejor amigo.
—.—.—.—.—
Llegó a paso lento a la oficina de Vasili, Arthur dudó incluso en tomar la manija de la puerta. Quería renunciar al concurso, no estaba de ánimos para hacer la trivia de siempre. Kiku se encontró con él antes de que decidiera entrar, llamándolo justo a tiempo.
—Arthur-san, es un gusto verlo. —dijo el japonés. —Lamento haber demorado tanto en llegar, Yao-san me retuvo por una semana más en China.
Arthur se quedó pensando un poco, la verdad ni se había dado cuenta de que su mejor amigo no había estado a su lado todo este tiempo, es decir, con trabajos notaba a Alfred. Tal vez su estado emocional era más grave de lo que creyó en un principio.
—Claro, Kiku. —respondió a secas. — ¿Cómo te ha ido con el asunto de Iván?
El japonés desvió la mirada a los ventanales que daban al patio, perdiéndose en la luminosidad que proyectaba el sol en el suelo. Arthur pudo deducir su respuesta antes de que la dijera. —No ha ido bien. —Kiku apretó el tablero que llevaba contra su pecho, molesto con su hermano mayor. —Creo que Yao-san no le da la importancia que se merece al asunto.
— ¿Le has dicho que te estaba acosando para entregarle las cartas?
—Yao-san estuvo bastante ocupado en la primera semanas de vacaciones y Im Soo me acaparó en la segunda semana. Apenas pude comentárselo.
— ¡Por ahí hubieses comenzado Kiku! —reprochó el inglés, poniendo las manos en la cintura. —Yao es demasiado despistado, creerá que solo es un conflicto entre amigos.
—Tal vez le estoy dando muchos problemas.
—Piensas demasiado las cosas.
—En eso nos parecemos usted y yo. —sonrió amigable. Arthur le devolvió el gesto, sin poderse molestar con él. —Pero…, sobre la universidad, lamento no habérselo comentado. —dijo volviendo a agachar el rostro. Arthur sintió una punzada en su pecho, era claro que Kiku no asistiría a la universidad de Gakuen.
—Nos queda medio año juntos, entonces. —dijo fingiendo la mejor sonrisa que le salió. Decidió no esperar a que Kiku se diera cuenta y abrió la puerta del director.
Vasili estaba ordenando los papeles de su escritorio, sellando o firmando algunos, a comparación del antiguo director todo parecía moverse por todos lados. Poco sofisticado para ser la oficina del directivo, aunque al mismo tiempo daba la sensación de que realmente estaba haciendo su trabajo.
—Oh, Kirkland, que bueno que te veo. —comentó Vasili, sacudiendo una hoja. —Necesitas firmar esta hoja para ir al concurso de conocimiento.
—Yo…
—Tus padres ya han confirmado la asistencia. —prosiguió sin dejarlo terminar. Arthur cerró lentamente sus parpados, estremeciéndose. —Me dijeron que no te dijera nada, así que has como si no te lo he dicho. Por cierto, tu hermano se rehúsa a verme por lo que me harías un favor si se lo das a firmar también.
— ¿Por qué a Scott?
— ¿No lo sabes? —preguntó extrañado. —Es uno de los miembros de honor, creo que le darán una medalla o algo así.
Kiku acató cada expresión corporal de su amigo. Estaba tenso, ansioso y nervioso. ¿Qué había pasado exactamente en las vacaciones con Scott?
—Entonces, ve. —dijo Vasili entregándole las dos hojas. —Será pasado mañana, por lo que espero que te hayas preparado como es debido. Ahora, puedes retirarte.
Arthur le dio un vistazo rápido a Kiku, quién hizo una reverencia con la cabeza, dejándolo marcharse. Al salir de la habitación recargó su cabeza en la puerta. ¿Por qué sus padres habían hecho eso? ¡No estaban en las mejores condiciones para verse! ¿Es qué Sr. Kirkland se quería arreglar con Scott de una vez por todas, ahora con su madre incluida?
Con desasosiego deambuló por el edificio directivo, recargándose un par de veces en las paredes. Tanto Scott como sus medios hermanos y él aceptaron desde hace mucho tiempo atrás que a ellos no les tocaba un final con una hermosa familia feliz, que la grieta era demasiado grande para restaurarla.
Ya era hora que sus padres también se dieran cuenta.
El día tan esperado llegó, con un Alfred apoyándolo con una pancarta enorme, hecha por Matthew, Francis, Antonio y Emma, que también se unió al desastre en el último momento. Scott finalmente llenó el documento con ayuda de ella, pues fue la chica quién amablemente le pidió firmarlos. Los autobuses de la escuela nunca se llenaban para ese tipo de eventos, solo iban los intelectuales de la escuela, que a percepción de Arthur eran terriblemente pesados y ninguno se llevaba bien con el otro.
Si no fuera por la bola de alborotadores que se colaron en el autobús, ese ambiente lo hubiera ahogado antes de llegar a la competencia.
—Bien, entonces, ¿cuál es la capital de Canadá? —preguntó Alfred, que estaba sentado a su lado. Por detrás estaban Francis y Gilbert, este último le había puesto una toalla alrededor del cuello y le sobaba los hombros tal cual lo haría un entrenador de box a su competidor. Por delante iban Matthew y Emma, la chica sosteniendo una botella de agua. Y en los asientos de al lado, Antonio y Lovino platicaban uno con el otro, ignorando a los demás.
—Ottawa. —contestó recibiendo un chorrito de agua por parte de Emma directo en la cara.
—Emma, querida, el agua solo es para cuando conteste mal. —dijo Francis, haciéndose un rulo de cabello.
— ¿Y no se equivocó? —preguntó ella a Matthew, esperando una confirmación, él negó con la cabeza. — ¿Qué no es Toronto?
—Ese es solo un estado de Canadá. —gruñó uno de los chicos del autobús, visiblemente enojado por la poca capacidad intelectual de los presentes.
— ¿Canadá no es de Estados Unidos? —preguntó ahora Alfred, confundido.
— ¿Dónde queda Canadá? —siguió Gilbert mirando las respuestas en las tarjetas de Alfred. — ¿Alguien sabe que existe siquiera?
Matthew sonrió con un tic nervioso en la ceja. —Yo vengo de Canadá, esta arriba de Estados Unidos.
Gilbert le pegó en el pecho a Alfred, sorprendido, él le devolvió la misma mueca, Arthur suspiró al notar que estaban pensando exactamente lo mismo, lo cual estaba seguro sería una estupidez. — ¡Canadá es un país flotante!
— ¿QUÉ? —literalmente, todos los chicos que no eran de ese grupo corearon con incredulidad la pregunta.
Arthur se cubrió el rostro, rojo hasta los huesos.
—Kesesese~ Viejo, ¡podemos llegar en avión!
— ¡Esta decidido! ¡Iremos a Canadá en las vacaciones de invierno! —secundó Alfred, siendo terciada por Emma y un Francis que solo seguía el juego.
Al fondo del autobús Scott iba con los brazos cruzados, sentado al lado de Govert, el cual estaba mas que nada por su hermana.
—Estoy preocupado por el futuro de Emma. —dijo Scott.
—Dímelo a mí. —contestó Govert, con una gotita resbalando por su sien.
Llegaron al auditorio donde se llevaría a cabo el concurso, muchos autobuses de distintas escuelas ya se encontraban ahí, pues no tardaría mucho en iniciar. Los compañeros de Arthur agradecieron bajar del carro a cualquier Dios existente, no estaban seguros de poder tolerar otra canción más sobre los colores en inglés interpretado nada más y nada menos que por el BFT, lo cual era demasiado ilógico dada la nacionalidad de Arthur.
Ya que Vasili ni Iván los acompañaban los hermanos Kirkland fueron los que tomaron las riendas junto al profesor e indicaron a los alumnos por donde comenzar a moverse. Los que solo iban para dar porras, entraron por la puerta principal, cantando el nombre de Arthur. Y los participantes entraban por una puerta al costado del auditorio. Caminar al lado de su hermano lo puso mucho más nervioso, antes si Scott estaba enojado participar en este concurso era un punto factible para que le volviera a hablar.
— ¡Pero si son mis rivales favoritos! —gritó la voz de Mikken, apareciendo de la nada, para abrazarlo por los hombros. — ¿Están listos para que mi escuela les pateé el trasero? ¡Tenemos un arma definitiva!
—La cual por supuesto no eres tú. —dijo Scott, quitándose sus manos de encima, Arthur no tardó en imitarlo.
—Anko, —llamó Lukas, igual de serio que siempre, a su lado estaba un chico que Arthur jamás había visto pero supuso que sería de primer año. —el profesor nos está llamando.
— ¡Definitivamente ganaremos! —gritó causando revuelo entre los participantes. — ¡El Rey del Norte domina todavía!
—Rey del Norte, tienes salsa de tomate en tu traje. —dijo el chico al lado de Lukas.
— ¡Por poco…!
Scott siguió avanzando con Arthur y los demás chicos detrás de ellos, todos habían tenido suficiente con el estruendoso grupo del autobús. El rubio comenzó a gritarles desde atrás con su característica actitud de siempre; Mikken era uno de los pocos rivales que tenía Scott, pese a que él no lo consideraba como tal y solo pensaba que era una persona ruidosa, solían competir desde el primer año de Scott en Gakuen. La verdad cualquiera diría que el chico rubio no sería inteligente, sobre todo su mejor amigo que siempre lo acompañaba: Lukas. Sin embargo, de las dos competencias que se hacían anualmente, su escuela solía quedar siempre en segundo lugar gracias a él, sin superar a Gakuen.
Al llegar al espacio designados a ellos el silencio se apoderó del lugar, todos estaban concentrados en sus notas y Arthur comenzó a extrañar el ruido de los idiotas que vinieron a apoyarlo. Scott se marchó con el profesor, pues los que solo iban a ser reconocidos tenían lugares designados para ellos.
—Arthuuuur~—el danés lo tomó por los hombros, en un nuevo saludo amistoso. Llevaba la misma insignia que el profesor le puso a Scott por lo que no participaría. — ¿Listo para perder?
— ¿He perdido alguna vez contra ti, idiota? —preguntó dándose la vuelta, separándose de su abrazo. Mikken puso una sonrisa en el rostro, alzando los brazos al cielo con alegría, después señaló a la persona que estaba detrás de él. El joven albino que lo miraba con una indiferencia total, ni siquiera parecía saber de quién se trataba. A su lado se encontraba Lukas, igual de indiferente, cruzado de brazos, jugando con la cruz que sostenía un mechón de cabello, ajeno a lo que el danés hacía.
—No te enfrentaras a mí. —aclaró sacudiendo la mano disipando la idea. —Ni a Luk.
— ¿Tienes tanto miedo de perder ante mí? —dijo socarrón dándole su mejor faceta de burla.
—Tengo una carta mejor guardada. —le guiñó el ojo, volviendo a señalar donde estaba el chico parado. Él volteó por unos segundos, antes de volver al desdén. —Ya sabes que los de tercer año no podemos participar.
—Ya. —rodó los ojos, no estaba ni un poco impresionado por el otro chico.
—Escuche que Scotty no pudo hacer más para salvar la presidencia. —ronroneó con burla. —Lastima, estaba esperando ansioso de que firmaras un tratado de paz con Luk ahora que me voy.
—Para de llamarme así. —reprendió el otro al escucharlo.
— ¿Tomará la presidencia de tu escuela? —exclamó Arthur.
—Así es. —sacó su lengua, lleno de burla. — ¡SOMOS INCREIBLES! ¡WO-HOO!
—No es de extrañar. —Arthur puso un tono de burla en su voz, dándole una mirada entre fiera y divertida. —Después de todo eligieron a un idiota como tú para representarlos.
—Demasiado ácido, Arthur. —tembló abrazándose. —Los celos y envidias sólo te envenenan el alma.
— ¡No estoy celoso!
—Bien.
—Bien. —imitó volteándose, avanzando a su propio grupo, pues se separó bastante en su platica con el danés.
El profesor regresó a ellos, llamando a todos para que hicieran una rueda alrededor de él. Entregó unas hojas a cada uno, donde tenían que volver a llenar sus datos. Luego de eso, los hicieron colocarse en filas especiales para ellos en el auditorio, Arthur escuchó la porra que le mandaron los chicos al verlo salir. La competencia comenzó unos cinco minutos después, siendo las semifinales, Gakuen se tendría que enfrentar al que pasara a la ronda final; el inglés visualizó a sus padres en las bancas de en medio y se giró casi de inmediato cuando sintió que iba a tener contacto visual con Annie.
Scott, Mikken y dos chicos de las otras escuelas repartían los exámenes escritos mientras que los profesores daban la hoja de respuestas. Pasaron después a las preguntas orales, donde como siempre, la escuela de Mikken salió vencedora entre las otras dos. Al voltear a ver como se encontraban Alfred y los demás, Arthur tuvo que contener una risa, notando que Lovino y Antonio se quedaron dormidos con la cabeza recargada en el otro, Emma jugaba con Matthew chocando sus palmas, seguramente cantando una canción pues estaba moviendo los labios y Matthew intentaba seguirla; Francis incomodaba a Govert muy a su manera, y Alfred junto a Gilbert se reían de unos chistes estruendosamente.
Antes de que se llegara a la final, el presentador dio un descanso de diez minutos, donde se les designó un cuarto a los participantes para evitar cualquier tipo de trampa. Arthur extrañamente notó que en la mesa del cuarto estaba una libreta muy parecida a la que Alfred le dio, supuesto regalo de Iván. Y de verdad que lo era, tenía toda la información que la de Iván.
— ¿De donde sacaron esto? —preguntó Arthur a sus compañeros.
—Fue la guía que nos dio el profesor Lumpick —contestó el chico pecoso. — ¿A ti no te la dieron?
—Sí, pero fue Iván. —dijo hojeándola nuevamente. —Va contra las reglas tenerlo aquí.
—Puff. —bufó una chica de coletas. —No estarás pensando que podemos lograrlo sin tu hermano, ¿verdad?
— ¿De qué hablas?
—Qué tu no eres Scott. —respondió por ella el pecoso. —Eres como su versión desgastada. Mira, al principio yo tampoco estaba de acuerdo, pero al ver a tus amigos, estoy seguro de que te han contagiado su idiotez.
— ¡Canadá flota! —se burlaron otros dos, repitiendo sus palabras.
—Gakuen no va a perder por tu culpa. —dijo de nuevo la chica de coletas.
—Iré a hablar con el profesor…
Fue innecesario ya que este venía entrando con gotitas de sudor resbalando por su frente. Al cerrar la puerta rebuscó entre su saco, mostrando finalmente una hoja mal doblada.
—Profesor.
—Luego, Arthur, —cortó él alisando la hoja encima de la libreta— fue difícil, pero conseguí una hoja de respuestas.
— ¿QUÉ? —gritó el inglés, sin poder concebirlo. Lo creería de un alumno, pero ¿un profesor? ¡Él no ganaba nada con eso! — ¿Qué demonios está ocurriendo aquí? ¿Qué rayos está haciendo usted?
—Echa un vistazo, Arthur, tú eres quien contestará el oral y al que mandaremos en caso de muerte súbita. Siendo tú dudo que te cueste memorizarlas, puedes darles los vistazos que quieras, tenemos seis minutos todavía. —sonrió yendo por él, cogiéndolo de la mano.
— ¡Esto esta mal! ¿Por qué se está jugando el trabajo de esta manera? —preguntó un pálido Arthur, quitándole la hoja de las manos. El profesor Lumpick se mostraba apacible, sin borrar la curva sobre sus labios. Había cierta diversión en sus ojos que se veían ligeramente oscuros.
—Si ganamos entonces los ejecutivos que ascendieron a Vasili prometieron considerarme para el puesto en caso de que él haga un mal trabajo, y por favor, ¿correrlos a ustedes del Comité Presidencial para meter a su hijo? ¡Si yo soy el director, Arthur, los pondré de nuevo en el lugar que merecen!
Arthur nunca en su vida esperó escuchar una razón tan estúpida como esa y teniendo al BFT cerca, sus expectativas eran muy bajas.
— ¡Solo es un puesto en la escuela! —dijo al fin, sin digerir las palabras de su profesor. — ¿A quién le importa? ¡No volveremos aquí en cuanto nos graduemos!
— ¿Cuánto piensas decepcionar a tu hermano? ¿No es suficiente con que tuviera que renunciar por ti? —intervino el pecoso, apretándole el hombro, remarcando sus venenosas palabras.
—Es verdad, Arthur. —siguió la chica de coletas —Tenemos que ganar a toda costa, ¿a quién le importa si hacemos un poco de trampa?
—Yo…
— ¿Crees que Gakuen se puede permitir una derrota después de tantos escándalos en el último año? —preguntó otro. —El instituto está perdiendo su prestigio, pronto dejaran entrar a cualquiera. —concluyó con desprecio.
—Solo finge que piensas un poco las respuestas. —comenzó alguno de los nuevos miembros. —No se darán cuenta.
Arthur se mordió la lengua al querer protestar. ¿Qué les sucedía a todos ellos? ¿Acaso no se daban cuenta de qué le estaban pidiendo? ¿Qué había con su moral? ¿Con el remordimiento? ¿Con la falta de confianza que se estaba apoderando de él?
—No le diremos a nadie. —dijo el anterior. —La familia Kirkland seguirá estando en la cima.
—Estoy seguro que Scott estará de acuerdo con esto.
—Puede que reconsidere darle un exentado para los primeros semestres de la universidad. —sonrió Lumpick de nuevo, él ya se veía como el nuevo director, dando pasos alrededor de Arthur logró estremecerlo y al mismo tiempo captar su atención. — ¿No lo sabes? El director puede recomendar a los alumnos que considere aptos y pasarlos de lleno a la carrera, justo lo que tu hermano quería ¿no es así?
—Sí… sí, pero esto es incorrecto.
—Y así como puedo recomendarlo, sería igual de fácil negarle la entrada. —completó, mirando las uñas de sus dedos, en un acto completamente desinteresado. — ¿Le harías eso a tu hermano?
—¿Dejaras que Gakuen quede en segundo lugar?
—Por favor, Kirkland, es un estúpido examen solamente.
—Incluso tu hermano saldrá beneficiado.
—Ese trofeo es nuestro por ley.
Los comentarios de sus compañeros hicieron que el inglés retrocediera hasta toparse con una pared, apretando la hoja entre su pecho y manos. No tenía ningún amigo ahí, solo personas que pensaban en ganar, ganar y ganar, no había otra opción más que ganar; Arthur negó con la cabeza, recordando el lema de su madre, siempre había dos opciones, pese a que esta era perder.
Y eso significaba al mismo tiempo, no volver a hablar con su hermano, nunca más.
— ¿Entonces?
—De acuerdo. —suspiró Arthur, entregándole la hoja de nuevo. Puede que la acción estuviera mal, puede que la espina en su cabeza lo terminara acabando, sin embargo, todos saldrían ganando, Gakuen tendría un nuevo trofeo, al igual que él, Scott saldría beneficiado y quizás…, solo quizás su relación mejoraría un poco.
— ¡Eso! —celebraron los estudiantes, algunos incluso lo abrazaron.
—No te vas a arrepentir. —dijo Lumpick, en un porte autosuficiente. —Y llevaras un nuevo trofeo a tu mansión.
Arthur asintió con la cabeza, dando un último suspiro, mirando la guía que había estudiado con tanto entusiasmo, al ser un regalo de Alfred sin querer lo había aprendido de memoria. Según Lumpick esta contenía todas las preguntas del examen escrito y si se memorizó toda esta, no tendría ningún problema para el oral, por lo que la hoja de respuestas no volvió a pasar por sus manos. Se repitió varias veces que aquello estaba bien, que era por un bien mayor, no solo para la escuela sino también para Scott. Al abrir la puerta, dejó todos esos pensamientos de lado.
Al menos hasta que Scott apareció delante de él.
—Ven conmigo. —Scott tomó su muñeca sin preguntar, tirando de él. Los alumnos de las otras escuelas, entre ellos Mikken y compañía se giraron a verlos. El anuncio de que se requería a todos los concursantes de nuevo en el auditorio no hizo que ninguno se moviera de su lugar.
—El concurso comenzara pronto, debo ponerme en posición. —murmuró Arthur, intentando soltarse. Lumpick y compañía se asomaron por la puerta.
— ¿Sucede algo malo, joven Kirkland? —preguntó el profesor.
—Sí. Y usted lo sabe. —gruñó Scott, dando un peso aterrador a cada palabra pronunciada, un tono profundo, seco y rasposo le salía de la garganta; parecía más imponente que nunca. —Se ha robado las respuestas del examen y esa guía que le dio a Arthur contiene partes de este.
— ¿Quién…?
— ¡Lo acabo de escuchar! —rugió. Los malditos ni siquiera fueron cuidadosos al cerrar la puerta. — ¿Ibas a salir aún sabiéndolo? —Scott se giró a su hermano menor, apretándole mucho más el brazo hasta causarle daño. — ¿Es enserio?
—Yo… Gakuen… es por mi culpa.
A extrañes de todos y sorpresa de Arthur, Scott no lo golpeó, en cambio, sostuvo su barbilla ejerciendo presión para mantenerla alzada y que su hermano no pudiera despegar los ojos verdes de los propios.
— ¿Por qué de pronto estas dudando de tus capacidades? —preguntó furioso. — ¿Crees que eres menos inteligente que todos esos idiotas que están en el auditorio?
Mikken estuvo tentado a reprochar, siendo Lukas quién lo impidió, llevándolo al auditorio a base de empujones.
—No, yo…, es que tú…
— ¡Yo creo en ti! —exclamó su hermano, soltándolo bruscamente. — ¡Maldición, Arthur, ¿cómo mierda se te ocurre hacer trampa?!
— ¿Crees en mí?
Scott no esperó a que alguien más hablara, ni siquiera Arthur, lo arrastró fuera de ahí, quitando a todo aquel que se le cruzara en su camino. El inglés apenas podía reaccionar, y mientras los dos se dirigían a la salida, el presentador comenzó a anunciar la descalificación de Gakuen, nombrando los hechos y seguramente presentando las pruebas. Scott no se detuvo hasta sacar a su hermano menor de ahí, pues las miradas parecían querer comérselo vivo.
Los amigos de Arthur no tardaron en llegar justo en donde se encontraba el autobús, solo que entre ellos no se encontraban ni Francis, Matthew o Alfred. Lovino le explicó rápidamente que Alfred había ido al baño después del anuncio de la descalificación y que como no regresaba Matthew y Francis fueron a buscarlo.
—Tengo que hablar contigo. —dijo Scott. —Puedes buscar a tu novio después.
—Bien.
Ya que ninguno de ellos quiso regresar en el autobús, y que Scott se aseguró que Vasili se enterara de lo sucedido, todos volvieron juntos en distintos carros. Al llegar a la escuela, a sorpresa de todos, Scott ordenó que los tres faltantes tuvieran la oportunidad de ingresar a cualquier hora; Iván no se negó, simplemente pidió unas disculpas muy artificiales a los hermanos Kirkland, puede que no supiera de la guía, pero ese tonito de dulce alegría lo hacía poco creíble.
En cuanto a los hermanos Kirkland, luego de que Arthur calmara los ánimos de Antonio y Lovino -este mucho más discreto- sobre querer defenderlo, accedió a ir a la habitación con su hermano mayor. La tarde ya transcurría, dejando los tonos naranjas adentrarse por la ventana. Antes de ingresar Arthur recibió un mensaje de Francis, diciéndole que ya se encontraban en la escuela y más le valía hablar con Alfred. Esto lo alerto bastante, ¿ahora que fue lo que hizo mal?
Adentrarse con Scott le trajo varios recuerdos desagradables sobre ser zambullido por él en el suelo y al mismo tiempo las confesiones de cada uno de sus hermanos sobre ser el favorito de su padre, y cómo estaba de acuerdo con eso, pero no se sentía orgulloso de serlo.
—No volveré a meterme contigo. —dijo Scott, hojeando el libro de Sherlock Homes: Estudio en Escarlata. Un vago recuerdo le vino a la cabeza, el cuanto Arthur amaba ese libro por encima de todos. Scott lo dejó de nuevo, con cuidado, encima de la repisa, volteándose a su hermano menor. —Y no estudiaré en la Universidad de Gakuen.
— ¿Qué? —Arthur se irguió, anonadado. Hasta donde él sabía Scott era quién más deseaba entrar a esa universidad; con las primeras pruebas tan cercanas cambiar de opinión no era la mejor idea que pudiera tener alguien. —Si es por mí…
—Debes dejar de tenerte tanta estima, Arthur. —cortó Scott, frunciendo las cejas. —Yo puedo tomar mis propias decisiones sin ser influenciado a comparación de ti. También, me iré de la casa de mi madre al finalizar mis estudios aquí.
Arthur sintió un bote de agua fría cayéndole en todo el cuerpo. Scott formó una sonrisa pequeña en el rostro al verlo comprimirse de ese modo sobre sí mismo, seguro echándose la culpa. Una parte de él deseó, anheló, que sufriera más, que acabará con un vacío que ni siquiera Alfred fuera capaz de llenar. Y la otra, que a medida que pasaban los días se extendía por cada parte de su cuerpo lo incitaba a reconfortarlo, decirle que toda la culpa la tenía él por ser tan mal hermano mayor.
—No volveré a topar camino contigo. No heredaré la fortuna Kirkland. No seré más que un desconocido para ustedes, para ti. —sus ojos verdes centellaron entre la luz que disminuía a medida que el sol se ocultaba.
—Mi madre…
—Con ustedes me estoy refiriendo a tú padre, su esposa e hijos, incluyéndote. —explicó, metiendo las manos en los bolsillos del pantalón. —Mi madre es diferente.
Arthur notó con dolor que él no deseaba referirse a Annie como la madre de ambos.
—Era todo lo que tenía que decir, me retiro. —dijo Scott, avanzando lentamente a la puerta. Arthur intentó extender los dedos de su mano a él, los recuerdos donde Scott lo mantenía sobre el suelo, con el pie pisándole la cabeza lo detuvieron, volviendo rápidamente a bajar la mano hasta su pierna.
— ¿Sabes por qué después de tanto me quede a tu lado? —preguntó Arthur, retorciendo sus manos. Scott se detuvo, girando una parte de su cuerpo, incitándolo a continuar. —Si bien en cierto que en el fondo sabía que no solo era por todo el estrés que tenías encima, sino por ser el favorito de mi padre, en algún momento llegué a pensar que si me esforzaba tanto como tu quisieras, si lograba hacer todo lo que tu quisieras… podríamos estar de nuevo juntos.
Scott amplió suavemente los ojos, anonado por la confesión de Arthur. Ahora que lo pensaba, ni siquiera se había cuestionado los sentimientos o pensamientos de su hermano menor.
—Cuando me pediste formar parte del Comité Escolar, pensé que eso no era para mí. —siguió, encogiéndose de hombros. —Y tú hiciste lo que hiciste después. Tuve miedo. Y, aunque Kiku influyó en mi decisión, al entregarte la respuesta me diste una sonrisa casi idéntica a la de cuando éramos niños. Fue la última vez, lo intenté y no he logrado otra sonrisa sincera que sea tuya.
—Yo…
—Deja que concluya. —pidió sin mirarlo. —No tenía idea que sintieras eso por mí, lo que le dijiste a nuestro padre, quiero decir. He estado dándole vueltas a cada una de las palabras tuyas, de Gales y de Patrick, y he llegado a una conclusión.
— ¿Cuál es? —preguntó Scott, girando su cuerpo por completo.
—Que no merecía ese trato, de ninguno de ustedes. —dijo Arthur, poniéndose de pie. —Que no soy el culpable de sus actos, ni de los actos de nuestros padres. Sé que apenas eras un niño cuando te dejaron a cargo de mí, pero yo también lo era Scott, tú solo me desechaste cuando decidiste no quedarte atrás, no pensaste que tal vez podríamos llegar a algo mucho más grande juntos.
Scott no pudo responderle nada, sabía que su hermano tenía razón, solo se concentró en su dolor.
—Como te dije, no estoy interesado en seguirte. Así que tus expectativas de lograr lo que tu no pudiste, son peso muerto sobre mis hombros. No lo siento.
—Te lo dijo. —sonrió a medias, recordando las palabras dichas a Alfred.
—Lo único que pesa en mis hombros en este momento eres tú. —bien, Scott no esperó que esas palabras le dolieran tanto. — ¿Tiene que acabar así? Nuestra hermandad, ¿debe de terminar así?
—Tuve errores que no pueden ser perdonados, Arthur. —comenzó Scott, Arthur se fijó que sus puños se comprimían entre los bolsillos. — ¿O puedes perdonarme justo ahora? ¿Puedes verme y sonreír como si no te hubiese hundido contra el piso incontables veces? ¿Puedes hacerlo?
—Justo ahora, no. —contestó después de unos segundos.
Scott volvió a avanzar, volviéndose a detener cuando tomó el picaporte. Cerró los ojos, mordiéndose con fuerza el labio inferior. ¿Por qué de repente el mundo parecía devorarlo? ¿Por qué le dolía tanto salir de esa habitación hasta el grado de tener que retener las lágrimas? ¿Por qué recordaba el tiro con arco y fuegos artificiales?
—Entregaste tú corazón muy fácil. —dijo de nuevo, pasando saliva, queriendo eliminar el nudo en su garganta. Aun así, Arthur notó el tono casi roto de su voz. —Y de esa manera fácil terminará.
—Te equivocas, Scott. No terminará de esa manera, lo que siento por Alfred espero que lo sientas un día por alguien.
—Si tu corazón se parte en mil pedazos, yo no estaré para ayudarte a levantar las piezas.
—Gracias a ti, creo que puedo levantarlas solo. —contestó Arthur, observando su espalda. Scott ya no lucía tan imponente como antes, esa grandeza que un día Arthur sintió que desbordaba su hermano se trataba únicamente de veinte centímetros más de altura.
—Pero…, si él desgarra tu alma, estaré ahí para ti. —se volteó a él rápidamente, remarcando las palabras con la mirada fugaz de que le dio.
Arthur sonrió con tristeza, asintiendo con la cabeza. Así fue como al final del ocaso, la puerta de la habitación 404 se cerró.
(*) Acá es un juego de palabras americanas y británicas, donde en Estados Unidos se utilizan las palabras exhausted o very tired, sin embargo, en Inglaterra la expresión más común es Knackered. (Se apreciaría mejor si escribiera en inglés LoL)
Aclarando algunos puntos: No me he olvidado de los padres Kirkland, solo que de por sí el capitulo quedó enorme, pase su escena al otro capítulo. Al igual que la platica de Francis con Arthur. Y por último, ni Iván ni Vasili tuvieron que ver con la guía, ellos solo pensaron que era buena porque un profesor de confianza la dio.
Con esto se concluye el arco del UsUk: El Rey de las Sombras. Salvó por los últimos detalles que se irán esparciendo por los demás capítulos. ¡Realmente espero que lo hayan disfrutado tanto como yo! Sobre todo, con el final agridulce que estuve a punto de tomar un camino más rosa (no puedo con los finales tristes).
IMPORTANTE: Tengo una encuesta para ustedes. Sobre una decisión importante dentro del fic. ¿Desean que haya lemmon (relaciones sexuales explicitas)? En lo personal no siento la necedad de escribirlo, pero al mismo tiempo no le encuentro nada malo ya que nuestras parejitas son adolescentes, ¿y qué adolescente no tiene las hormonas alborotadas? Dejaré la encuesta en mi perfil de Fanfiction, pero también pueden dejarme su respuesta en un review. Intentaré tomar la mejor decisión a partir de sus respuestas.
Y para finalizar: ¡Un capítulo más! ¡Y qué capitulo, por Dios, se me cayeron los dedos al escribirlo! Estaba pensando en dividirlo en dos, sin embargo, el capítulo que sigue es uno de mis favoritos (lo he estado planeando desde el inicio del fic) así que no podía desplazarlo más. Espero que lo hayan disfrutado, tómense el tiempo que necesiten para leerlo *corazón*
Agradeciendo sus preciosos y hermosísimos reviews a:
Alex Makenshi, aoi-chan (¡Muchas gracias por tu regalo!, ¡Te ha quedado chulísimo!), qwerty2307,Dark-nesey & Sybilla Kahler.
Desde la Tierra de las Historias,
MimiChibi-Diethel.
