Circulo: Vicio Tsun.

Corrección: -ChibitaliaEsLoMás-Wattpad. (¡Muchas gracias!)


Tú + Yo= Error 404.

30. Cita 404.

Era extraño. Se sintió tan fuerte enfrentando a Scott, y en el momento que la puerta se cerró detrás de él y escuchó los pasos de su hermano mayor alejarse hasta perderse por completo, se dejó caer al suelo. Ni siquiera sabía que le faltaba oxígeno en los pulmones, ni que tenía los ojos secos por estar aguantando las lágrimas o que se estaba mordiendo la lengua para no gritar. Hizo todo en aquel momento, dio arcadas buscando que todo el aire llegará de una sola inhalación, comenzó a llorar halándose los cabellos, golpeando el suelo con los puños y gritó mordiendo una almohada lo más fuerte que pudo.

¡Todo eso era tan injusto! ¿Por qué tenía que acabar así? ¿Por qué no pudo decirle a Scott «Sí, te perdono»?

Arthur se acurrucó en su cama, sin dejar de llorar, buscando fuerzas para ir tras su hermano y rogarle ser una familia feliz. Sin embargo, ni sus piernas, ni su corazón respondieron a tal petición. Las heridas primero tenían que desinfectarse para poder sanar.

Se quedó dormido pensando en las palabras finales de Scott, y en los hubiera que habrían salvado su relación.

Cuando despertó escuchó una pequeña platica dentro de la habitación, sobre lo bien que se vería Lovino en traje de cordero haciendo un lap dance a Antonio. Obviamente Francis se ganó un golpe en la nariz por decir aquello, el italiano azotó la puerta antes de salir. Arthur se talló los ojos, intentando en vano quitar el rastro de lágrimas sobre sus mejillas rojas, con los ojos hinchados volteó a Francis que se dedicaba a criticar su ropa interior.

Mon Dieu! ¡Casi me matas del susto, Arthur! —chilló soltando sus boxers de patitos. —¡Mira la cara que tienes, no eres agraciado, querido, debes cuidarte todavía más!

— ¿Qué demonios estás haciendo aquí, rana estúpida? No estoy de humor. —gruñó Arthur, dándose cuenta que tenía dolor de cabeza.

—Pasaba por aquí. —sonrió, frotándose la barbilla, aquella mirada le causaba cierto malestar al inglés. Si bien era cierto que tenía debilidad por los ojos azules en rubios idiotas, los de Francis le recordaban a un día lluvioso en el mar donde no podías ver nada más allá de lo que él quisiera mostrarte. Quizás por eso le gustaban tanto los de Alfred, que se asemejaban con el cielo azul, tan brillante y despejado, que sólo quedaba amarlo.

—Estoy bien. No necesito que te preocupes por mí. —dijo de inmediato, abrazando su almohada.

—Mira a donde hemos llegado porque no me he metido, como tú lo has querido. —suspiró Francis, poniéndose de pie y cerrando la puerta con llave, no permitiría que alguien interrumpiera.

—Cerré una fase de mi vida, gracias por notarlo.

— ¿De qué forma?

— ¿Acaso había otra? —cuestionó Arthur, enojado. —Conocí lo que mis hermanos piensan en verdad de mí, le puse un alto a Scott, me quite un peso de encima con la destitución del Comité de Disciplina, no tengo que ser el próximo presidente de esta escuela ni el heredero de mi padre, y por primera vez puedo decir que estoy bien.

Francis lo miró casi sorprendido, no esperaba que se abriera tan fácil. Siempre Arthur terminaba rehuyendo ese tipo de pláticas.

— ¿Te sientes bien? —preguntó para asegurarse. Arthur lo miró mal, frunciendo la boca. —Lo siento, lo siento, pero hasta tu debes aceptar que esto no es normal.

— ¿Debo parar?

Non, non. Continúa. —el francés se sentó en una se las sillas, concentrándose en Arthur. —Pensé en meterme mucho antes, ¿sabes? Pero no quise hacerlo, al fin te estabas abriendo a otras personas además de Kiku y de mí, Lovino, Matthew, Alfred e incluso Antonio. Dejé que te las arreglaras tú sólo, incluso cuando sabía que yo fui el primero en aprender a amarrar agujetas.

— ¿Qué?

—Oh, Arthur, todos saben que quién aprenda a amarrar las agujetas primero sabrá resolver cualquier problema en la vida.

—Solo vienes a decir estupideces y burlarte de mí, ¿cierto?

—No. —sonrió Francis, dando brinquitos con la silla hasta casi pegarse a la cama, puso una mano en la cabeza de Arthur, revolviéndole los cabellos. —Vine a decir: estoy aquí.

—.—.—.—.—

Lovino dejó que Antonio guiará el beso, ya que el maldito español sabía lo que estaba haciendo. Sus movimientos eran suaves, jugaba con su labio inferior apresándolo entre los propios, sorbiendo antes de volver a repetir la acción, los primeros segundos Lovino siempre aguantaba la respiración, ganándose bromas de Antonio sobre que lo dejaba sin aire. Y luego, cuando se daba cuenta de que de verdad estaba ahí, besando a su mejor amigo de la infancia, a la persona que amaba, dejaba que sus sentimientos tomaran ligeramente el control, devolviéndole el gesto.

—Tus labios saben a dulce, Lovi. —dijo Antonio, besándole las mejillas.

—Deja tus putas cursilerías o te rompo los dientes. —gruñó este, pellizcándolo.

— ¡Pero es la verdad! —se quejó con un puchero. Puso una mano en la barbilla, y en automático Lovino supo que venía una idiotez. —Seguro que te comes un chocolatito o algún caramelo antes de venir conmigo, todo para que te ame más.

—Voy a tragarme una cebolla entera, imbécil.

— ¡Incluso así amaría tus labios, Lovi! —para confirmarlo le dio un beso rápido en los labios, apachurrándolo contra él en un abrazo. —Porque te amo, Lovi.

— ¡Lovi, Lovi, es lo único que sabes decir! —protestó Lovino, pataleando. Al hispano se le iluminaron los ojos y una sonrisa, que el italiano considero darle un nuevo nivel de estupidez, apareció.

— ¡Puedo llamarte de muchas formas! —dijo, preparando los dedos para comenzar a enumerar. —Amor, cariño, tomatito, mi favorito, cielo, solecito, tal vez Lovi-Love… o quizás te gusten más en italiano, amore mio, dolcezza, stellina mia, vita mia…

— ¡Lovi, definitivamente Lovi está bien, hijo de puta! —reprochó él, zarandeándolo, con la cara en un profundo color carmín.

—Oh, Lovi, ¡te han encantado! —chilló Antonio, emocionado, plantándole un beso más profundo, lo rodeó con los brazos por la cadera y con movimientos suaves, casi pausados, logró que Lovino se sentará en sus piernas, quedando uno frente a otro.

—Esto es muy vergonzoso, idiota.

—Estamos solos, Lovi, no hay de que avergonzarse. —dijo el otro, acariciándole la mejilla, retirando de su rostro algunos cabellos que se le escaparon, poniéndolos detrás de la oreja. —Soy el único que puede verte.

— ¿Por qué mierdas crees que estoy tan nervioso? —su boca tembló al decirlo y sus ojos divagaron de un lado a otro, avergonzado por lo dicho.

Antonio le buscó la mirada, hasta que pudo conectar ambas, tomó una de las manos de Lovino y la entrelazó con la suya; mientras, la otra seguía sobre sus caderas para evitar que terminará levantándose en uno de sus ataques de histeria.

— ¿Qué? —preguntó Lovino cuando el silencio se prolongó.

—Te amo. —contestó.

Un nudo se formó en el estomago del italiano, sentía que todo su cuerpo comenzaba a arder y que la saliva se le iba de la boca. Se humedeció los labios, parpadeó suavemente, absorto en Antonio. ¿Cuánto se podría querer a alguien? ¿Sería como esas películas donde los protagonistas se desvivían el uno por el otro?; Sintió los labios de Antonio de nuevo sobre su boca, lo acercó más al poner una mano sobre su cuello, cerrando los ojos. Lovino se dejó llevar y puso los brazos alrededor de los hombros del hispano.

Incluso al separar sus labios, siguieron en la misma posición, abrazados. Lovino recargado en el hombro de Antonio y viceversa.

— ¿Puedo tocar una canción para ti, Lovi? —preguntó estrechando el agarre. El menor abrió los ojos, confundido, ¿desde cuando el jodido de Antonio le pedía permiso para regalarle algo? Usualmente antes de que se diera cuenta, ya lo tenía.

—Supongo.

— ¿Me harías armonía? —se separó de él lo suficiente para conectar las pupilas.

— ¿Qué rayos estás diciendo? —cuestionó Lovino, frunciendo la boca. —Mi garganta está demasiado desafinada.

—Eso no importa, Lovi. —sonrió, acariciándole la espalda. —Seré el único que escuche.

—Aun así…

— ¿Lo harías por mí? —Antonio jugó con su rulo, causándole un estremecimiento, poniéndolo recto. —Anda, Lovi.

—Mierda…—susurró al ver la carita de ángel que ponía Antonio para que le concediera el deseo. Desde la obra escolar no había interpretado nada, y también en ella no le fue demasiado bien, pero si iba a hacer eso con su maldito novio, lo haría jodidamente bien. —Comenzaré a entonar.

— ¡Eres el mejor! —gritó Antonio, besándole la frente.

Ambos se pusieron de pie, Lovino comenzó a practicar bajando y subiendo la voz. Él siempre quiso aprender a tocar un instrumento musical, pero también en eso lograba superarlo Feliciano por lo que dejó rápidamente cualquiera que sus padres le impusieran, en cambio, la vocalización se le daba un poco mejor ya que Feliciano tenía la voz más débil, al igual que en la actuación, eran las dos únicas cosas donde Lovino podía ganarse una aprobación de su madre o su padre; lástima que estas estuvieran infravaloradas por Blas y a veces, por Bianca.

Antonio igualmente se puso a afinar su guitarra, aunque terminó mucho antes de Lovino pues la había ocupado justo el día anterior para endulzar los oídos de Francis, según él. Una vez que Lovino terminó, Antonio avanzó la mitad de su tarea. Colocó los últimos ajustes en su guitarra y miró a su pareja, ansioso.

— ¿Qué cantarás?

—No sabrás las notas.

—Las puedo buscar en internet. —mostró su celular, esperando la respuesta de Lovino.

El nieto mayor de Máximo rodó los ojos ante el positivismo de su novio. Refunfuñó un poco más pensando en alguna canción dentro de su repertorio mental. Y encontró la perfecta.

La guitarra de Antonio comenzó una melodía suave, azucarando el aire de ambos, Lovino cerró los ojos, buscando el valor que siempre lo ayudaba para comenzar a cantar. No había nada que temer, no había gente juzgándolo, tampoco sus padres ni nadie, solo Antonio, y él siempre amaría cada cosa que hiciera.

La vida es un millón de momentos, los días de prisa se van. Las horas nos escriben un cuento, tú boca que me pide más. Hay mil historias detrás del silencio, hay olas que se roba el mar. Tú abrazo se consume en el tiempo, y en ti yo quiero descansar. —Antonio desde el otro lado le sonreía fugazmente, sin perderse de las notas que seguían. Le encantaba la voz de Lovino. —Hay noches de hielo, hay alas caídas, llovizna en la acera, tú cara divina.

Realmente, ¿Qué hubiese pasado si no conociera a Antonio?

Si tuviera que elegir…

No, incluso si Antonio no supiera de su existencia, Lovino podía estar seguro de que él estaría buscándolo hasta en el último rincón del mundo, esperando encontrarlo.

Te elegiría a ti, besándome, cuidándome, sintiéndote. Tan sólo esos momentos, son los que guardo dentro.

—.—.—.—.—

— ¡Maldita rana, no te aproveches de la situación, suéltame! —gritó Arthur, pataleando. Francis se subió a la cama y decidió que era buena idea abrazarlo por la cintura mientras su cuerpo reposaba en las piernas de Arthur. — ¡Llamaré a la policía!

—Je-je-je, Arty, aún no te perdono que me hayas cambiado por Alfred.

— ¡Jamás en mi puta vida te hubiese elegido a ti! —chilló removiéndose y brincando de la cama, lejos de él. — ¡Alfred es mucho más lindo, atento y definitivamente no es un pervertido!

Francis se enfurruñó, cruzándose de brazos. —Eso es verdad, me dijo un pajarito que te lanzó una almohada cuando le dijiste atácame.

— ¡Cómo carajo te has enterado de eso! —estalló, tomándolo del suéter. Las venitas de sus ojos sobresalían dándole un aspecto psicótico. — ¡Ese imbécil no tiene que ir divulgando nuestra vida privada!

Pufufufu—rio Francis, con una mano sobre la boca. — ¿Y me dices pervertido a mí cuando quieres robar la inocencia de un chico cómo Alfred?

Arthur se sonrojó, soltando a Francis con un bufido se dio la vuelta, queriendo cerrar ese tema. ¿No estaban hablando de Scott hace diez minutos?

—Mira, Arthur, podemos ver el lado bueno de esto.

— ¿Lado bueno? —preguntó Arthur, alzando la ceja, girándose de nuevo a él.

—Si no fuera por ti, quizás Alfred se quedaría virgen hasta los cuarenta.

— ¡LARGO!

—Oh, vamos, Arty, sabes que es verdad. —le guiñó en ojo, mandándole un beso con la mano. Arthur lo tomó de su patilla, halándolo para ponerlo de pie. — ¡Ay, ay, destrozas mi hermoso cabello, tonta oruga!

— ¡No me llames oruga!

—Es cierto, te has convertido en una bella mariposa hoy, Arty.

Arthur puso un pie sobre su rostro, lo cual Francis respondió con un jalón de cabello que no tardó ni dos minutos en llevar a ambos al suelo, pataleando, arañando, mordiendo y llenándose de insultos. Una vez que quedaron hechos polvo con respiración agitada y ropa mancillada, los dos se miraron con las cejas fruncidas, se había hecho bastante tarde mientras peleaban, justo terminaban de dar las diez de la noche. Francis se puso de pie, agitando su cabello y quejándose sobre el trabajo que costaría desenredarlo.

—No era broma cuando dije que deberías ir a hablar con Alfy. —dijo Francis, más serio. —Una extraña idea le esta rondando la cabeza y estoy seguro que eres el único que es capaz de sacársela.

— ¿Una idea? ¿A qué te refieres?

—Yo dudo ser quién deba decírtelo, Arthur. —continuó suspirando. —Pero mira, —el francés se metió la mano a la bolsa del pantalón sacando dos boletos que tenían impresa la imagen de una noria por la noche. —mi madre me regaló estos dos boletos para un parque de atracciones por aquí cerca, no voy a utilizarlos así que te los regalo.

— ¿Un parque? —Arthur tomó el obsequio, confundido.

—Ya sabes, tienes que tener una cita normal para variar.

— ¡Mis citas con Alfred son muy normales! —protestó, ofendido.

Mon Chérí, —exclamó con una pose dramática. — ¡los chicos de nuestra edad no tienen citas en museos o en platicas de la comunidad científica, Arthur!

—N-No pensaba… de todas maneras Alfred no iba a aceptar. —dijo el inglés, sonrojado de que su intención fuera expuesta.

—Irás con Alfy a este lugar, se divertirán y te gustara mucho, ¿de acuerdo?

Francis no lo dejó contestar, salió por la puerta antes de que Arthur estrellara su despertador contra esta.

El británico de nuevo se tiró sobre la cama, dejando los boletos sobre la mesa de estudio; ahora no sólo tenía la melancolía de haber perdido a su hermano, sino también, la angustia de lo que tuviera su novio. Arthur se sentía en un pantano, hundiéndose cada vez más, en un punto donde ya quería dejar de luchar por salir de ahí.

Lo único que quería es que por una vez en su vida, algo saliera bien.

—.—.—.—.—

Cuando Francis abrió la puerta de su habitación, corrió por la cámara fotográfica, degustándose con la exquisita imagen en la cama de Antonio. Los dos castaños se encontraban dormidos de frente uno con el otro, entrelazando sus dos manos que quedaban pegadas al colchón. Sí, Antonio le agradecería muy bien por esa foto.

Al llegar la mañana, Antonio yacía en el suelo extendido de piernas y brazos, roncando. Se le veía muy feliz. Mientras que Lovino tenía la cama para él sólo, recostado boca abajo, con la cara hundida en la almohada de su pareja. El sonido de ambos estómagos logró despertarlos. El italiano se talló el ojo mientras buscaba con el otro al español, en cuanto lo vio incorporarse hasta sentarse con los cabellos revueltos, refunfuñó, evitando emanar una sonrisa. Le gustaba que los cabellos de Antonio revolotearan por todos lados y él bostezara como un niño pequeño, era adorable.

— ¡Lovi, te has despertado antes que yo! —celebró bajito, alzando las manos en señal de victoria.

— ¿Por qué murmuras?

—Fran ésta dormido, no sabes lo irritable que puede ponerse si lo despertamos de su sueño de belleza. —dijo poniéndose de pie. —Vamos a desayunar, Lovi. ¡Hoy será un gran día!

— ¿Eh? —Lovino se incorporó, alzando una ceja. — ¿Tienes algo que hacer hoy?

—Bueno, —Antonio pico sus propias mejillas con dos de sus dedos, dándole una sonrisa a Lovino—esperaba que aceptaras salir conmigo.

—No quiero perder mi domingo con el estúpido BFT.

—Te equivocas, Lovi. —se apresuró a decir, abrazándolo por la espalda. —Sólo quiero pasar el día contigo. Nosotros dos.

Lovino se giró a él, sin saber como reaccionar. Antonio le besó la frente, tomándolo de las mejillas.

—I-Idiota, apártate un poco. —dijo haciéndolo a un lado.

— ¡No me has dado mi beso de los buenos días! —reclamó, parando sus labios, dispuesto a recibirlo.

— ¡Ni siquiera me he lavado los putos dientes!

— ¡A nadie le importa!

—Pensé que querías guardar silencio por tú amigo pervertido. —reprochó Lovino, apretando los labios de Antonio con la mano, impidiéndole llegar a él.

—Fran lo entenderá.

—Iré a lavarme. Contrólate un poco, imbécil. —lo golpeó en la espinilla, tumbándolo en el suelo. Antonio lo miró marcharse con los ojos llorosos.

Al entrar en su habitación, Arthur seguía dormido en su cama, Lovino se asomó ligeramente notando las ojeras que tenía el británico, seguro que no hace mucho había logrado conciliar el sueño. Ni siquiera dejándolo solo con sus pensamientos pudo descansar. No sabía que le había dicho Scott, sin embargo, podía darse una idea luego de ver el desastre que era la habitación, quizás no eran golpes físicos pero uno mental dolía mucho más.

Tomó su teléfono del buro, mandándole un mensaje a Alfred, al cual le extrañaba no ver ahí. Después, fue a ducharse.

—.—.—.—.—

Arthur despertó pasando el mediodía. Era la primera vez en mucho tiempo que lograba hacerlo, se sentía adormecido y acalorado por lo que no duró mucho tiempo en la cama. Se duchó rápidamente y salió, no sin antes recoger un poco el cuarto.

Tenía que seguir adelante por más triste que estuviera. Además, lo que mas anhelaba en ese momento era ver a Alfred y saber que le preocupaba. Él ya lo había consolado, ahora era su turno. Antes de que lograra salir de su pasillo, su celular sonó, con el número de su madre en pantalla, cuando no contestó siguió el de su padre e incluso el de Helen. Tenía que arreglar ese asunto también, sin embargo, tuvo suficiente con la despedida de Scott por ahora, así que siguió su camino a los dormitorios de primero.

Le mandó tres mensajes a Alfred antes de que se animará a tocar la puerta, ninguno de ellos fue contestado; incluso para Alfred, levantarse a la una de la tarde por mucho que fuera domingo, estaba mal. Toris abrió la puerta, sosteniendo un libro de álgebra en la mano contraria, al verlo lanzó una mirada fugaz a la parte donde se encontraba la cama de Alfred, un bulto envuelto en sábanas sobresalía de él.

—Al…

—Lo siento, joven Kirkland. —pidió el castaño, saliendo, logrando que Arthur retrocediera unos pasos al pasillo. —No creo que ver a Alfred en este momento sea buena idea.

— ¿Qué pasa? ¿Le duele le estómago? ¿Se siente mal? —preguntó preocupado.

—En absoluto, de hecho ayer ni siquiera bajó a tomar la cena. —explicó Toris, suspirando. —Desconozco los detalles, pero ayer Alfred me dijo que no le permitiera el paso si venía a buscarlo.

— ¿Qué? —Arthur se congeló en su lugar, sin poder procesar ni una palabra de lo que le decían. — ¿Puedes repetirlo?

—Joven Kirkland, Alfred no quiere hablar con usted. —dijo Toris dejando caer sus hombros.

— ¡Alfred! —Arthur quitó a Toris de su camino, azotando la puerta en un golpe sordo. El bulto bajó las sábanas pegó un brinco, haciéndose más bolita. El inglés se mordió la lengua para evita una maldición, y tiró de las mantas al menos cinco veces hasta que pudo dejar a Alfred en el suelo. — ¡Sal de ahí, tenemos que hablar! Si tienes algo que decir, dímelo en mi cara.

— ¡No quiero decirte nada!, ¡vete Arthur! —chilló él, jalando de nuevo las mantas. Arthur se puso de cuclillas, apartándole la cobija de la cara. — ¡Nooo!

—Deja de comportarte como un niño berrinchudo.

— ¡Pues eso soy, soy un mocoso idiota y berrinchudo, ahora vete! —expresó volteando el rostro a todos lados, negándole la mirada.

— ¿Qué sucede, Alfred? —preguntó una vez que el americano detuvo su pataleta. Arthur no quería pensar que las últimas palabras de Scott podrían hacerse realidad tan pronto.

Hubo un silencio incomodo en el aire, Alfred respiraba pausado, con la boca temblorosa y el cabello hecho un caos. Arthur aún en cuclillas, le puso una mano en el hombro, intentando reconfortarlo. ¿Qué lo había puesto así? ¿Acaso su madre daba luces de vida de nuevo? ¿O quizás se rompió una de sus figuras coleccionables?

—Creo que deberíamos terminar con esto.

El británico parpadeó un par de veces, esperando a que continuara. Alfred lo observó de reojo, esperando una reacción.

— ¿Terminar con qué? —preguntó Arthur, confundido.

— ¡Con nosotros, Arthur! —reprochó haciendo un mohín, conteniendo las lágrimas.

Arthur se fue de espaldas, quedando sentado delante de Alfred con una expresión asombrada, confundida, llena de desasosiego. Sus ojos intentaron buscar los azules de Alfred, en busca de una explicación, pero él ya se los negaba, mordiéndose el labio.

— ¿Por qué? —atinó a preguntar.

El americano se tardó unos segundos antes de contestar. —Yo soy malo para ti.

— ¿M-Malo? —la voz de Arthur sonó rota, y sin tener fuerzas para impedirlo, comenzó a llorar. Alfred se llevó una mano a la boca, soltándose a llorar también, no quería hacer eso, no quería que Arthur sufriera más. —Es… es una de tus bromas, ¿no? ¿Dónde está escondido el estúpido Bad Friends Trio? Los golpearé por esto. —el inglés se puso de pie, con las piernas temblorosas, buscando detrás de los muros.

Alfred quiso estrujarlo contra sí, decirle que él estaba ahí para él, sin embargo, no tenía derecho después de lo que le hizo pasar. Ya no podía ser el todo de Arthur Kirkland. En silencio se hincó ante él, y en cuanto Arthur se giró a él fue contemplado con una mezcla de horror, asombro y dolor.

—Lo siento, de verdad lo siento, Arthur. —Alfred bajó su cabeza, rogándole su perdón. Arthur de inmediato se puso de rodillas, intentando levantarlo; el americano apartó sus brazos, repitiendo la misma oración.

—Levántate. —ordenó, sollozando. —Al…

—No quería que esto pasara, ¿sabes? —murmuró conteniendo la voz, estaba a punto de romperse. Arthur se agachó a su lado, tomando una de las manos que se encontraban en el suelo. —Pensé que te ayudaría. No sabía que esas eran las respuestas de las preguntas, no tenía ni idea de que te perjudicaría.

—Lo sé, Alfred. Lo sé y tú no tienes la culpa de nada. —dijo Arthur. ¿Era por eso que quería terminar con él? ¡Era absurdo!

— ¿No la tengo? —preguntó irónico, separando sus manos. Arthur se encogió sobre sus hombros, intentando canalizar el rechazo. —Supe muy tarde lo que pasaba contigo y Scott, ¡ni siquiera pude intervenir ante eso! ¡Dejé que te maltratara frente a mis ojos! ¡Dejé que se marchara sin un rasguño cuando tu peleaste con él! Scott hizo lo que quiso contigo y no pude defenderte ni una sola vez. Y cuando todo explotó… sólo miré tu espalda. —Alfred golpeó el suelo con ambos puños, irritado por todos esos pensamientos. — Corrí ingenuamente a buscar algo que pudiera ayudarte, tomé lo primero que encontré ni siquiera me moleste en mirar y te lo tendí sin saber que te haría más daño.

—Te estás castigando demasiado. —Arthur dejó que su mente se enfriara. Esto tenía solución, sólo era cuestión de que Alfred lo supiera también.

— ¡Es que no lo estoy haciendo! —gritó llorando, en un impulso hizo bola todas las sábanas que lo cubrían y lo arrojó a su escritorio, tirando un vaso de agua que se hizo pedazos en el suelo.— ¡Te hice daño, te hice daño! —chilló golpeando sus propias piernas. — ¡Deja de intentar suavizarlo! ¿Por qué no me odias? ¿Por qué me sigues sonriendo y diciendo que todo está bien? ¡Soy un total estorbo para ti! ¡Tú estarías mucho mejor sin mí!

Arthur lo tomó por las mejillas, en un golpe seco que resonó en la habitación. — ¡Deja de decidir lo que es mejor para mí! —Alfred se quedó en silencio, con las mejillas apachurradas de ese modo cualquiera que pasara podría pensar que Arthur estaba debatiendo en darle un beso o no. —Ni tú, ni Scott, ni nadie sabe lo que es mejor para mí. ¡Sólo yo lo sé! ¡Y yo decido que tú lo eres!

Alfred se soltó moviendo bruscamente la cabeza, llevando la mirada al suelo. —Si no te hubiese enfrentado ese día…todo el daño que te he causado yo no lo puedo borrar de mi memoria, Arthur. Perdiste demasiado desde que me conociste y yo sigo aquí con todos mis pedazos en su lugar, mientras los tuyos están dispersos por el suelo.

—Lo que perdí no es demasiado… —Arthur hizo una pausa, volviendo a tomar la cara de Alfred entre sus manos, de forma más suave, acariciándole las mejillas bañadas en lágrimas. —No es nada comparado con la felicidad que siento desde que te conocí.

—.—.—.—.—

Antonio movió de adelante hacía atrás la mano de Lovino, sin importarle las miradas que recibía de algunos adultos o varias chicas que primero lo miraban llenas de jubilo para luego decepcionarse. Lovino tenía la cara roja, con unos lentes de sol cubriéndole los ojos y una gorra negra la cabeza, parecía una persona famosa.

—Deberías quitarte la gorra. —dijo Antonio, asomándose a su rostro. —Presume tu belleza al mundo, Lovi.

—Lo que debería hacer es molerte a golpes por dejar que me convencieras de esto, imbécil español culo gordo. —reprochó, enterrándole las uñas en la mano.

—Dirás lo que quieras de mi culo, pero sé que te gusta. A todos les gusta. —Antonio le guiñó el ojo, dándole un beso rápido en la mejilla.

— ¡Jodete imbécil! —reprochó, soltándolo y adelantándose.

Lovino caminó rápido, queriendo disipar el sonrojo de su rostro, Antonio en cambio tenía las manos detrás de su espalda y lo seguía de cerca, tarareando una canción. Hubo una parte del parque donde ambos se quedaron solos, era un sendero muy bonito donde el viento danzaba con las hojas de los árboles. Lovino se asomó por el hombro si Antonio seguía detrás de él, en efecto, al conectar sus miradas el bastardo español le sonrió con una ternura inmensa. El italiano se estremeció, aquella escena parecía sacada de una perfecta película romántica, únicamente faltaba que Antonio lo alcanzará para besarlo.

Bel tenía razón, Antonio tenía las mejores escenas románticas porque en efecto, corrió a besarlo.

Antonio sonrió entre el beso, dándole entre risillas algunos más cortos, Lovino mordió su labio para mantenerlo quieto de una buena vez. Una chispa se encendió en los ojos del español, quién le lamió el labio inferior, apresándolo entre sus propios labios, chupándolo. Lovino apretó los puños a su costado, respondiendo con torpeza los movimientos contrarios.

—Lovi, te amo.

—Lo puedes decir tan fácil. —refunfuñó Lovino, separándose. Antonio sonrió de la misma manera boba que dejaba sin saliva a Lovino.

—Es que no sabía que podía ser mucho más feliz desde que te conocí. —comentó, volviendo a avanzar. — ¿Tú no piensas lo mismo, Lovi?

El italiano deseó decirle que se sentía el hombre mas afortunado del mundo con una sola de sus miradas llenas de amor. Que todo había cambiado desde que lo conoció, que lo amaba tanto que ya no podía imaginarse una vida sin él, sin sus caricias ni sus besos. Lovino abrió sus ojos con sorpresa cuando notó el sonrojo de Antonio.

— ¿Qué pasa? —preguntó. No era posible que él le estuviera leyendo la mente, ¿o sí?

—Nunca jamás me habías mirado de esa forma, Lovi. —respondió cubriéndose el rostro con su mano disponible. —Me arde el estómago.

— ¿A qué te refieres?

Antonio sonrió más tímido, justo como aquel día que ambos quedaron pegados en la habitación.

—A que me amas~ —cantó haciéndole un pucherito de cariño.

— ¡Cómo si lo hiciera! —gritó dándole con el canto de la mano.

— ¡Lovi me ama, Lovi me ama, Lovi me ama! —Antonio le bailo alrededor, atrayendo la atención de la gente que comenzó a reír. — ¡Auch, auch, auch! ¡Lovi, me duele, para! —pidió queriendo detener el intento de asesinato con el que amenazaba su novio.

Una vez que los golpes terminaron y un Antonio apaleado se tiró en el pasto boca arriba, Lovino se sentó a su lado, no sin antes quitarle la chaqueta a su novio para no ensuciar sus pantalones. El menor miró el cielo, estaba despejado, con un sol que no quemaba sólo calentaba, de esos días que eran perfectos incluso con la persona a su lado. Los árboles les dejaban una buena sombra, permitiendo el paso de rayos de sol a través de sus hojas. Se sentía tan relajado que no dudó en recostarse sobre el brazo de su pareja.

—Lovi…—le susurró en el oído.

— ¿Qué carajos quieres ahora? —reprochó saliendo de su paz mental.

— ¿Crees que estaremos así toda la vida? —preguntó Antonio, incorporándose sobre sus codos. Lovino abrió los ojos, sin comprender. —Juntos.

—No veo porque sea diferente. —respondió, volviendo a cerrarlos, avergonzado.

—Loviiii—chilló emocionado el mayor, inclinándose a él, dándole un abrazo. El italiano sintió de nuevo que su cara ardía, ¿Cuántas personas no estarían mirándolos ahora? Pero, siendo sincero con él mismo, ¿qué importaba? ¡Qué mirara el mundo entero si podía ver sonreír a Antonio todos los días de su vida!

Lovino le pegó un manotazo en la cara a su novio, apartándolo de él, logrando incorporarse.

— ¡Eso me dolió! —protestó, limpiándose la lágrima que le sacó. — ¿Por qué me pegaste, Lovi? No estaba haciendo nada malo.

— ¡Cállate, bastardo! —reprochó, escondiendo su cara entre sus manos. Malditos pensamientos traicioneros. ¿Por qué pensaba en cosas tan cursis? Capaz de que atraería hormigas por la miel que estaban derramando ambos, lo mejor era cambiar de ambientes y relajar su cerebro. —Vámonos.

— ¿Eh? Me gusta aquí. ¡Eh, espérame!

—.—.—.—.—

— ¿Lo dices enserio? —preguntó Alfred, aún con las mejillas apachurradas. Arthur asintió con la cabeza, totalmente serio. — ¿De verdad estás bien conmigo?

— ¿Crees que mentiría con algo como esto?

Los ojos de Alfred volvieron a centellar, llenos de vida, Arthur casi podía jurar que tenía estrellas y corazones en ellos. Con la manga de su sudadera de Superman se limpió lo más rápido que pudo los ojos, tallándolos con fuerza para borrar todo el rastro de lágrimas. El inglés suspiró con una sonrisa en el rostro, todo estaba bien ahora, podía volver a respirar. Antes de que se diera cuenta, Alfred ya lo tenía acurrucado en su pecho, besando en cada parte que podía.

— ¡D-Deja de besuquearme! —reprochó sonrojado.

—Arthur, la verdad… yo… no quería terminar contigo. —balbuceó jugando con sus dedos.

Arthur rodó los ojos. —Eso era bastante obvio.

—Cuando me enteré de que te di las respuestas y que todos te comenzaron a tachar de mentiroso y tramposo me sentí muy mal, porque le prometí al Rey de las Sombras que te cuidaría. —Arthur sintió un piquete en el pecho, muy reconfortante. —Pero, si yo fui el causante, ¿cómo podía remediarlo?

— ¿Y tú conclusión fue terminar conmigo?

—Si quemas la raíz entonces ya no hay maleza.

— ¡Es demasiado extremo, idiota! —Arthur aventó la frente de Alfred hacia atrás, con el dedo índice.

—Lo siento, Arthur. —Alfred lo rodeó aún más, estrujándolo. —No volveré a pensarlo nunca más.

El británico se giró a él, quedando entre las piernas de Alfred que se extendían a los lados, se besaron más tímidos que de costumbre, Alfred de nuevo interpuso su dominio entre el acto, Arthur subió ambas manos a los hombros del americano, apretando despacio. Al separarse no rompieron la barrera visual, en cambio se quedaron inmersos uno en el otro.

—Sé que no soy el mejor héroe de la historia, Arthur, sin embargo, lucharé en contra de quién sea o de lo que sea para hacerte sentir feliz todo lo que me permitas estar a tu lado. —esta vez fue el turno de Alfred para ponerse serio, tomando las manos de Arthur entre las suyas. —No quiero que vuelvas a sentir la soledad que has sentido hasta ahora. ¡Yo me encargaré de destruirla! —aseguró, besando su mano.

Arthur sólo tuvo el tino de sonrojarse.

— ¡Me encargaré de enseñarte todo lo que te has perdido hasta ahora! Jugaremos un montón, reiremos hasta que nos duela la barriga, ¡correremos por toda la ciudad de ser necesario!

— ¿Te das cuenta de las cosas que estás diciendo, tonto? —borboteó Arthur, agachando la cabeza para ocultar lo carmesí de su cara. Alfred lo tomó de la barbilla, alzándola, y le sonrió. Una sonrisa de héroe, de un idiota héroe enamorado.

—Te estoy diciendo mis votos de matrimonio. —confirmó Alfred, ladeando la cabeza como si fuese lo más obvio.

— ¿M-Matri…?

—Estoy enamorado de ti, Arthur Kirkland. —dijo de una manera tan calmada, tan increíblemente preciosa que Arthur sintió que su cuerpo se volvía gelatina. —Quiero ser la persona que siempre este a tu lado, Príncipe de las Sombras.

Alfred se acercó de nuevo a él, poniéndole una mano en la mejilla. La boca de Arthur también temblaba, deseaba con todas sus fuerzas decirle que desde que él llegó, todo su mundo había estallado en colores, que nunca sintió la necesidad de proteger como lo hizo con él o Matthew, que jamás se despertó agradecido de estar vivo. No obstante, al ver la mirada llena de calidez que le mandaba Alfred, supo que las palabras no eran necesarias, él lo entendía.

¡Achú!

Los dos chicos pegaron un brinco antes de girar la cara a donde provenía el sonido, parado al pie de la puerta, se encontraba Toris con la mano en la boca.

— ¡Lo siento, lo siento mucho! No quería interrumpirlos. —se apresuró a decir, soltando el libro que traía en la otra mano. —Tampoco estaba espiándolos o algo así… es que olvide mis llaves y volví por ellas, solo que están en el buro de Alfred y… ¡lo siento mucho! —Toris salió corriendo, azotando la puerta.

Alfred se comenzó a reír estruendosamente, mientras Arthur estaba debajo de las cobijas donde antes su novio se ocultaba. Pasaron unos minutos más hasta que el celular de Alfred timbró, el estadounidense miró a su novio una vez que vio el nombre en la pantalla.

—Es tú mamá. —dijo rascándose la mejilla. — ¿Qué querrá conmigo?

—Nada. Quieren hablar conmigo. —comentó Arthur, sentándose, dejando que las sábanas le resbalaran por la cintura.

—Toma entonces.

—No. —negó con la cabeza, rechazando la llamada. —Vamos a salir hoy tú y yo. Francis me regaló unos boletos para la feria.

—Creo que deberías hablar, Arthur. Resolverlo todo de una vez. —Alfred le puso un suave beso en los labios, animándolo. —Iremos al parque una vez que acabes, te estaré esperando en la entrada de la escuela. ¿Sí?

—Pero…

—El Príncipe de las Sombras no huye. —intervino, mostrándole el pulgar. —Así que anda, llámalos. Yo iré por los boletos a tu habitación una vez que esté listo.

— ¡Tendrás que subir a la noria conmigo por esto! —protestó Arthur antes de que Alfred lo enviara fuera de su habitación. El de ojos azules asintió con la cabeza, Arthur no pudo evitar una sonrisa, marchándose por el pasillo.

—.—.—.—.—

—Lovi, hemos estado caminando por media hora, ¿me podrías decir a donde vamos? —preguntó Antonio haciendo un puchero.

—Cierra la boca, ya estamos por llegar.

— ¿Me estás dando una sorpresa?

—Iremos a un restaurante. —contestó Lovino, con una sonrisa malvada en su interior.

—Eres tan malo. —reprochó Antonio, metiendo las manos en su pantalón. El menor lo miró de reojo, concentrándose en un mohín. — ¿Ya tienes hambre, Lovi? Por eso tienes pancita, te la pasas comiendo y durmiendo. Aunque yo la encuentro ado- —Antonio cerró la boca en cuanto sintió el puño chocar contra ella.

— ¡No estoy gordo, idiota!

— ¡Por supuesto, estas pachoncito! —gritó alzando los puños al cielo. Lovino gruñó, volviendo a adelantarle el paso.

Caminaron por unos minutos más hasta que Antonio llegó a uno de los restaurantes más encantadores que hubiese visto. El edificio era ancho, de dos pisos con un balcón que daba una bonita vista al parque de enfrente, en el barandal y en los pilares había enredados foquillos que seguramente encenderían por la noche y se vería maravilloso. Al entrar Antonio quedó mas maravillado todavía, no por lo esplendoroso del lugar, sino que a excepción de ellos dos, el gerente y pocos empleados, estaba vacío. Cientos de mesas desocupadas.

— ¿Lovi?

—Creo que el área del balcón es preciosa. —dijo después de saludar al gerente. —Puedes esperar ahí.

—Pero Lovi, aquí no hay nadie,… ¿esperar ahí? ¿Dónde irás tú? —preguntó confundido.

—A la cocina, ¿no es obvio? —Lovino se giró a él con una ceja alzada, vamos, Antonio no era lento como el idiota de Feliciano o tarado como el idiota de Alfred, ¡se debería dar cuenta de una buena vez!

—No entiendo nada.

— ¡Agh! —chilló causando un brinquito en todos los empleados, incluido el gerente. — ¡Estamos aquí solos e iré a cocinar la comida para nosotros dos!

— ¿Por qué estamos solos? —hizo una pausa, antes de procesar las palabras y que sus ojos se iluminaran, causando un rubor más en Lovino. — ¡Cocinaras para mí! ¡Lovi, preparaste una cita! Incluso rentaste todo este lugar. Se ve costoso, ¿de dónde sacaste el dinero?

—Te sorprenderá saber en cuanto esta evaluada la ropa de mi madre.

Antonio se acercó a él dispuesto a besarlo, pero notó a tiempo la incomodidad de Lovino al tener a tanta gente viéndolos, por lo que únicamente revolvió sus cabellos en señal de cariño. Después le pagaría como era debido.

—Entonces, ve allá, enseguida voy. —dijo Lovino, mientras el gerente le indicaba el paso a la cocina.

—De eso nada, Lovi. Cocinaré junto a ti. —cortó avanzando a su lado.

—E-Es mi sorpresa…

—Y esta la mía. —le golpeó con el dedo índice la nariz, dándole una sonrisa. —Quedará para chuparse los dedos.

—Haces eso y será la última vez que cocine para ti.

— ¡Es una expresión, Lovi! —chilló él con ánimo decaído. De vez en cuando olvidaba que Lovino era todo un quisquilloso para la cocina, sobre todo en la suya.

Los empleados lo siguieron confundidos, no sabía si se trataba de una pareja por lo mal que el pequeño trataba al más alto, que miraba entretenido a cada punto del restaurante; Antonio raras veces iba a lugares lujosos, a no ser que Francis o Gilbert lo invitaran, sus padres consideraban que la base de todo era la humildad y no deseaban ser vistos como los más poderosos del mercado, por lo mismo las fiestas que tenían los Fernández eran en la hacienda ayudados por los mismos empleados o gente del pueblo.

Se quedo maravillado al ver la cocina y cientos de ingredientes apilados para la aprobación de Lovino. Dos cocineros estaban ya esperándolo, dispuestos a seguir sus órdenes.

—Me gusta este lugar, es como las cocinas que salen en la televisión. —sonrió Antonio, tocando el área de metal. —Mamá siempre quiso una así, aunque amaba la de madera.

—Creo que ya no será necesaria la intervención de ustedes, adiós. —dijo Lovino, haciendo un ademán con la mano, sin ni siquiera mirarlos, cosa que molesto al español. Lovino sintió un golpe ligero en la cabeza a puño cerrado, reprochado su mala actitud.

—No seas grosero, Lovino. —regañó Antonio, poniéndose el mandil que una linda mesera le pasó.

—Lo lamento, les pagaré por hacerles perder el tiempo, pueden retirarse. —se disculpó.

Antonio dio una palmada con ambas manos, feliz. —Entonces, ¿qué harás de cocinar?

—Prepararé Orecchitte a la pugliese como entrada, pollo con salsa de tomate y queso mozzarella, y de postre tiramisú de chocolate. ¿Alguna objeción? —preguntó poniendo una cara de pocos amigos. Antonio negó con la cabeza, con la boca hecha agua, imaginándose las delicias que le prepararía su pareja, ya ni siquiera estaba seguro de querer intervenir.

Antonio le sonrió en cuanto notó que se movía, se dispuso a hacer lo mismo hasta que Lovino tomó su brazo, mirando abajo.

— ¿Qué pasa? —cuestionó preocupado el español.

—No soy Feliciano. —murmuró avergonzándose de sí mismo, él ya sabía que Antonio lo adoraba por quién era, pero la cocina era una de las cosas en las que su hermano lo superaba al por mayor. El hispano tomó la mano de su pareja, llevándosela a la boca para besarla.

—Ya sé que no eres Feli, Lovi tontito. Si quisiera probar la comida de Feli entonces iría a donde él. —Lovino justo iba gritarle que mejor fueran a comer a otro sitio, pero Antonio le puso un dedo en los labios, silenciándolo. —Soy muy lamentable, Lovi, estoy demasiado emocionado porque hiciste esto por mí y yo sólo te invite a bailar.

— ¿Qué quieres decir?

— ¿Puedo hacer algo rápido, antes de que comencemos? —preguntó pegando la frente a la contraria. Lovino se separó por milímetros, confundido de su actitud.

—No irás a besarme, ¿o sí? Eso ya esta muy gastado, idiota. —balbuceó, sonrojado. Los demás empleados, salvó las chicas que miraban emocionadas, se hicieron de la vista gorda observando lo bonito del suelo.

—Tienes razón, entonces haré algo más osado. —Lovino sintió de pronto sus pies correr, directo a la salida; justo al pararse en la puerta, donde el tumulto de la gente en la acera pasaba pensando en sus asuntos, los autos pasaban por la avenida deteniéndose por el semáforo, y los niños y enamorados paseaban del otro lado en el parque; Antonio con la mano entrelazada en la de Lovino, alzó el brazo de ambos, tomando aire: — ¡YO AMO AL ÚNICO E INIGUALABLE LOVINO VARGAS!

— ¿Qué mierda es…?

Soltando la mano de Lovino, quién rápidamente corrió adentro del restaurante, Antonio simuló un megáfono con ambas manos. — ¡LOVI ES TODO MÍO! —sentenció extasiado. — ¿Eh, Lovi? —volteó a ambos lados, en busca de él, al girarse dentro del restaurant, las meseras señalaron la cocina, mostrándole el pulgar en señal de aprobación, incluso los chicos parecían simpatizar con él.

Al entrar por la puerta de la cocina lo primero que escucharon fue las ollas, cacerolas y sartenes estrellarse contra las paredes. El gerente del recinto sonrió por lo bajo, tendrían instrumentos de cocina nuevos.

—.—.—.—.—

Mientras Arthur caminaba al punto de reunión con sus padres, donde la camioneta de la familia Kirkland que lo llevaría esperaba afuera del portón principal, recordó cada uno de los acontecimientos desde que Scott habló con Annie. Luego rememoró los más antiguos, las golpizas de Scott, sus amenazas, lo solitaria que se sentía la mansión Kirkland, lo triste que era ver a su madre de mucama, el abandono de su hermano, la tristeza de no poder ver a su madre, la tristeza de no poder ver a su padre, el divorcio de ambos y aquello concluyó con el último año nuevo que los cuatro pasaron juntos.

Era increíble. Todo eso en un cuarto de vida. ¿Qué le depararía el futuro entonces?

—Joven Kirkland, sus padres lo están esperando en la cafetería a tres cuadras de aquí. —dijo el chofer, abriendo la puerta.

—Sí, porque no hay mejor lugar que la cafetería pública para hablar de los problemas personales. —suspiró Arthur, el conductor alzó una ceja, confundido. —Lo siento, no es nada.

En el transcurso del camino fue mentalizándose sobre que decirles, como actuar, remarcarles lo mal que lo hizo sentir todo ello; no obstante, al llegar a la cafetería, notó que ambos adultos tenían ojeras oscuras, el cabello apenas arreglado y sus ojos se notaban tan cansados como si no hubiesen dormido por días. Le dio un abrazó a cada uno, y los tres entraron al lugar.

Después de que pidieran té para los tres y galletas para acompañar, la mesera se retiró, dejando un ambiente incomodo en el lugar. Annie le evitaba la mirada a su hijo, culpándose de lo acontecido; mientras que el señor Kirkland buscaba las mejores palabras para iniciar la conversación, luego de lo dicho por Scott, no tenía ni la menor idea de cómo hacer sentir seguro al menor de sus hijos.

— ¿Los decepcionó saber que haría trampa para ganar la competencia? —preguntó al fin el rubio, harto por tanto silencio.

Annie negó con la cabeza, su padre guardó silencio. —Cariño, sabemos lo que pasó, el director nos los explicó ayer por la tarde.

—Seguro no les dijo que yo estuve de acuerdo en hacerlo.

— ¿Por qué lo harías? —preguntó su padre, contrariado. —Eres muy inteligente Arthur, no hay necedad.

El inglés más joven se sonrojó ante la respuesta tan cerrada y confiada de su padre, era similar a la situación de Scott. No tenía ni la menor idea que creyeran tanto en él.

—P-Pensé que eso me podría ayudar con la relación de Scott…—suspiró, tomando una de las recientes galletas que la camarera les puso. —fue mi último intento.

— ¿Último? —preguntó Annie.

—Ayer dejamos las cosas tan claras como el agua. —sonrió recordando la conversación. Sus padres se dieron una mirada fugaz, comprendiendo. —No estorbaré en su camino y él no estorbará en el mío.

— ¿Por qué tienen que olvidar que son hermanos? —cuestionó su madre, apretando los ojos para no llorar. —Son tan hermosos juntos, podrían llegar a hacer grandes cosas, juntos.

—Eso no dependió de mí, madre. —dijo Arthur, tomando un sorbo de té. —Lo intenté tanto que terminé estrellado contra el suelo incontables veces.

— ¿Por qué te quedaste callado?

—Ya te lo expliqué.

—No, no conmigo. —corrigió Sr. Kirkland. — ¿Por qué no le dijiste a Scott como te sentías?

Hubo otro silencio, mucho más prolongado, hasta que al fin habló: —Me callé porque era más cómodo engañarme. —explicó Arthur, empuñando la mano en la oreja de la taza. Sus ojos se habían oscurecido. —Pensar que Scott algún día se daría cuenta de mis sentimientos, que volveríamos a ser los hermanos unidos que éramos. Quería estar con mi hermano por más que doliera.

Annie se llevó una mano a la boca, dejando que sus lágrimas resbalaran al fin. El señor Kirkland tenía la cabeza agachada, sopesando cada palabra de su hijo.

—Pero ya no es así. —dijo al fin, volviendo a alzar la cabeza. Ambos adultos notaron con cierta incredulidad la mirada firme en las esmeraldas de Arthur. —Estaré con las personas que me quieran a su lado, sin rogar, sin humillarme, sin hacer nada que no me guste. Alfred me ha enseñado eso, que soy libre, que alguien puede amarme por quien soy.

—Es todo un héroe, ¿no es así? —preguntó Sr. Kirkland, regalándole media sonrisa. —La primera vez que lo vi, lo supe, que jamás te dejaría ir.

—Supongo que ambos lo interpretaron de diferente manera.

Annie se limpió las lágrimas, sorbiéndose la nariz, mirando a Arthur platicar un poco más alegre sobre Alfred. Ese chico le sacaba unas expresiones tan sinceras a Arthur, que incluso ella había olvidado que tenía. Ojalá todo pudiera ser diferente, teniendo a sus dos hijos a su lado, apoyándose uno a otro, ojalá ni ella ni su antiguo esposo hubiesen cometido tantos errores, marcando a sus dos niños en el proceso.

— ¿Vendrás a visitarnos en vacaciones, Arthur? —preguntó el señor Kirkland, como un niño pidiendo un juguete costoso.

—No, lo siento. —respondió más tenso. Los dos adultos abrieron la boca, dispuestos a llenarlo de disculpas o compensaciones. Arthur puso una mano enfrente, asustado. —Quiero estar con Alfred, él estuvo este tiempo conmigo, quiero devolverle el favor. No sé cuánto tiempo pueda estar con él todavía.

—Cariño, ¿a qué te refieres con ello? —preguntó Annie, alarmada. —Por nosotros no hay ningún problema, te apoyamos en todo. Eres libre de amar a quién desees.

Arthur se sonrojó, avergonzado de la declaración en voz alta de su madre. Incluso su padre, aunque asintió con la cabeza, se mostró incómodo cuando todos voltearon a verlos.

—Yo… quiero ir a estudiar la universidad con Kiku. —dijo firme, poniéndose recto. —Su programa me atrae mucho, además es una de las mejores en el mundo, y podré formalizar negocios con él en cuanto ambos terminemos la carrera.

— ¿Cuándo tomaste esa decisión? —preguntó su padre, serio.

—En el momento que Scott me dijo que no ingresaría a Gakuen. —soltó contrayendo a sus padres en el asiento.

— ¿Qué?

—Ayer me lo dijo, pero dudo mucho ser quién debe decirles los detalles. —suspiró. —Yo sólo quería entrar a la Universidad de Gakuen porque sentía que si mi hermano estaba ahí, yo también, pero ya no es así. Kiku me habló sobre el programa de su universidad y lo he estado considerando como segunda opción. Aunque ahora es la primera.

— ¿Estás seguro? —preguntó Annie. Arthur asintió con la cabeza. —Si es tu decisión está muy bien cariño, no obstante… ¿Qué le dirás a Alfred?

—Nos llevamos un año, de todas formas tendríamos que dejarnos de ver. —murmuró encogiéndose en sus hombros. — ¡Pero lo esperaré! —aseguró. —Sea cual sea su opción para el futuro, yo voy a esperarlo, hasta que él decida que ya no me quiere en su vida.

Sr. Kirkland abrazó a su hijo por los hombros, revolviéndole el cabello. — ¿Quién diría que el misterioso Arthur Kirkland tendría un corazón tan amoroso?

—Padre, basta. —respondió ruborizado.

—Dudo que eso pase. —dijo Annie, ambos hombres voltearon a verla, sorprendidos. —Me refiero a que Alfred decida que ya no te quiere en tu vida.

— ¿Lo crees?

—No lo dudes. —respondieron ambos.

Los tres terminaron sus respectivos tés en cuanto Arthur se disculpó por tener que dejarlos, pues Alfred lo estaba esperando.

—La próxima vez que comamos juntos, trae a Alfred. —pidió su padre, poniendo una mano en el hombro, con una sonrisa sincera. —Prometo no desmayarme.

—Ni pegar el grito al cielo. —completó Annie.

—Ni pegar el grito al cielo. —completó Sr. Kirkland, rodando los ojos.

Arthur asintió, le dio un beso a ambos y se subió en una camioneta distinta a la de sus padres, se sentía tan emocionado, tan feliz, que necesitaba ver a Alfred en ese mismo instante.

—.—.—.—.—

Con una bandita en el cachete, Antonio estaba degustando muy bien la pasta preparada por ambos, las meseras se acercaban con cautela a dejar los platos, sonriendo nerviosas. El español llevaba tres platos de pasta, dos de comida y cuatro de postre. Lovino observaba casi fascinado cada bocado que daba su pareja, dispuesto a reprochar en cualquier mueca de desagrado, aunque ya se estaba dando cuenta de que Antonio de verdad estaba disfrutando cada mordida que daba.

—Lovi, se te caerá la baba de verme tanto. —murmuró curveando su boca.

— ¡Nadie te está mirando, idiota! —reprochó concentrándose en su plato. — ¡Te pondrás gordo si sigues comiendo tanto!

— ¿Eh? ¿Ese no es el objetivo de tu comida, Lovi? —preguntó confundido. El italiano alzó una ceja, confundido. —Rellenarme para que nadie más pueda fijarse en mí.

—Si quisiera un idiota con una dona en vez de estómago, iría con Alfred. —farfulló ofendido.

—Pero tú comida es deliciosa, ¿cómo esperas que no la coma tantas veces como pueda?

—Sólo es algo sencillo, te aburrirás de ella cuando la comiences a comer todos los días.

— ¡Imposible! —estalló Antonio, sonriente. —Jamás, nunca, jamás, jamás me cansaría de la comida de Lovi. ¿Debo gritarlo de nuevo? Ahora estamos en el balcón por lo que mi voz se expandirá…

— ¡No, no grites, solo siéntate y cállate! O te juro que esta vez mas de un sartén te dará en la cara. —reprochó golpeando la mesa con ambos puños.

—Bien. —murmuró Antonio, haciendo un mohín. —Entonces dime que me amas.

— ¿Eh? —la cara de Lovino se coloreó en todos los tonos de rojos existentes.

Antonio se separó de la mesa, poniéndose de pie, volviendo a formar el megáfono con las manos. — ¡LOV…!

— ¡Te amo! —cortó lo más rápido que pudo, tomándolo del brazo por encima de la mesa, sin importarle que se ensuciara la manga de su camisa con el pollo. — ¡Te amo, maldito bastardo! ¡Lo dije, ahora jódete!

El hispano tomó su mano haciendo que rodeara la mesa para atraerlo a él, puso las dos manos sobre el rostro de Lovino, acariciándole con los pulgares ambas mejillas. Lovino tenía la mirada hundida entre el pecho de ambos, sin querer darle la mirada, avergonzado.

—Yo también te amo, Lovi. —susurró atrayéndolo de un movimiento, fundiendo el cuerpo con el suyo en un abrazo. —Más de lo que creí amarte. Cada día te amo mucho más que el anterior, siento que mi corazón va estallar cada vez que te veo, mi mente se derrite por completo al pensar en ti y deseo tenerte entre mis brazos todos las horas del día, apretar mis labios contra los tuyos cada día de mi vida.

Tal vez Lovino no lo notará, pero Antonio estaba muy avergonzado de decir aquellos pensamientos tan sinceros en voz alta, era como si su boca no se pudiera controlar y buscará las palabras más hermosas para decirle a Lovino cada vez que lo veía. Al no sentir ninguna respuesta, se sintió rechazado, quizás fue demasiado lejos esta vez, Lovi no era un chico romántico y las palabras bonitas podrían ser solo empalagosas para él. Se intentó separar, pero el italiano contuvo el abrazo, recargando la frente en el hombro del español.

Sin poder articular palabra, Lovino tomó posesión de sus labios, dejando sus manos sobre los hombros del español, aferrándose a ellos. Antonio lo contempló sorprendido, conmovido se dejó guiar por su pareja, este nervioso intentaba recrear los movimientos que captaba de besos anteriores; apresó suavemente el labio inferior de Antonio entre los suyos, estirándolo antes de volver a sellar sus labios contra los suyos. Lovino bajó sus manos por los brazos de Antonio, acariciándolo por encima de la ropa, dejándose llevar.

Lovino se separó con la respiración agitada, sin poder mirar a los ojos a Antonio, quién tenía una sonrisa estúpidamente adorable en el rostro. ¿Cómo podía parecer tan feliz con una acción tan simple que él le daba todos los días?

— ¿Te puse tan feliz, Lovi? —preguntó, picándole la mejilla. —Crearé poemas más bonitos sin duda.

— ¡Cierra la boca!

—Es que, estaba tan contento con tu sorpresa, no pude evitarlo Lovi. —murmuró sobre sus labios, dándole cortos besos. —Pones en mi boca las palabras.

—Idiota enamorado. —bufó alejándose de él. Al darse la vuelta, Antonio lo abrazó por la espalda, recargando su barbilla en su hombro.

—Creo que nací para amarte.

— ¡E-Es suficiente! —balbuceó, sintiendo un centenar de mariposas revolotear por todo su estómago. —Eres un maldito cursi. —lo acusó con el dedo.

—Estoy confundido, Lovi. ¿No te gusta que te diga cosas bonitas?

Lovino contuvo un grito interno, ¡el maldito bastardo solo estaba jugando con él! ¡A nadie engañaba con esa cara de imbécil inocente! ¡Sólo un idiota le creería!... pero si lo decía enserio… ¿se sentiría triste Antonio si lo negaba pese a que no eran sus verdaderos sentimientos? ¿qué tal si no podía leerlo esta vez y de verdad creía que no le gustaba su modo cursi?

—Yo… ehh… bueno….—tartamudeó, buscando la mejor respuesta dentro de su mente.

Antonio pegó una risa suave, palmeando su cabeza. — ¡Estoy bromeando, Lovi, por supuesto que sé que te gusta!

Mientras el español se doblaba de dolor por el golpe en el estómago que le dio Lovino, este mismo se preguntaba de que parte había heredado lo masoquista.

Una vez que salieron del restaurante, con las despedidas del gerente y las meseras que les deseaban una bonita relación, llorando y casi aplaudiéndoles (pues contemplaron el acto del balcón), se dirigieron al parque de enfrente. Antonio tomó de nuevo la mano de Lovino, este correspondió el apretón, poniendo la frente en alto, sin llevar la gorra o los lentes oscuros. Él también demostraría que estaba orgulloso de que Antonio fuera su pareja, tenía todo un príncipe a su lado, ¿por qué no regocijarse un poco?

Al menos eso pensó hasta que Antonio decidió comprarle un globo de helio, con la forma de una tortuga. Luego, a pesar de que ambos se encontraban llenos, compró un algodón de azúcar, que le dio un tono más rosa a la situación. Lovino contempló a Antonio, mientras él decidía cual era la mejor de las pulseras que vendía una señora de edad avanzada, dispuesto a regalársela. ¿Cómo podía algo tan simple convertirse en algo tan maravilloso? Es decir, él le había rentado un restaurante entero, le preparó comida de primera calidad e incluso buscó una de las mejores vistas en la ciudad, y a pesar de eso, Antonio lo había superado con un globo, un dulce y una pulsera de hilo.

Mientras Antonio le ponía la pulsera, Lovino soltó una carcajada, ganándose una mirada confusa.

¿Qué tenía ese chico que lo volvía loco con tan poco?

—.—.—.—.—

Estaba retrasado. Alfred llevaba diez minutos sin aparecer, pese a que se supone que ya se encontraba ahí, y Arthur no podía hacer otra cosa más que mirar su reloj cada cinco segundos, voltear a ambos lados sintiendo calor dentro de su pecho y visualizar de nuevo el reloj. Pasaron otros cinco minutos, repitiendo su acción, antes de que lograra verlo, esquivando a la gente, corriendo a él.

— ¡Lo siento, Arthur! —gritó, jadeante, sudando por todos lados. Arthur miró su cara roja por la corrida, contuvo una risa de burla y extendió su pañuelo. —Iván volvió a molestar a Toris sobre lo de querer ser su amigo, ¡incluso nos siguió hasta acá!

—El héroe tuvo que interceptar al villano, ya. —dijo dándole una palmadita en el hombro. Arthur pensó en el fondo que Iván tenía serios problemas de socialización.

Alfred miró la cara de su novio, tenía sus enormes cejas fruncidas en manera de desaprobación, pero en su cara había una sonrisa diciéndole que no estaba ni un poco molesto. Así que le devolvió el gesto, tomó el pañuelo bordado que le ofrecía y con el; limpió su sudor. A pesar de traer ropa de verano, su cuerpo parecía con toda la intención de quemar esos kilos de más.

— ¡Sería genial ir a un balneario! ¡Estoy sudando demasiado! —dijo, echándose aire con la mano. — ¡Ya sé, comamos helado!

Arthur lo miró, intentando guardarse cada una de las expresiones que tenía el americano en su cara. Se veía adorable antes sus ojos. Aunque no lo pareciera para los demás, Arthur sabía que se había esforzado en su vestimenta, intentando verse más normal para él, intentando no avergonzarlo con sus gustos. Nunca sintió tanta necesidad de decirle que lo amaba como era.

— ¿Te gusta? —dijo sonriendo. Arthur le prestó atención, sonrojándose levemente ¿Cuánto tiempo lo había visto? —Le pedí a Francis ayuda, —Alfred rascó su mejilla, apretando los labios— dijo que es lo mejor que podía hacer con la ropa en mi armario. Luego… creo que tengo una cita para ir de compras con él.

—Como si fuera a permitir que él te vistiera a su gusto. —bufó Arthur, cruzándose de brazos.

—Dijo que tú también podías venir, así mataría a dos pájaros de un tiro. —se encogió de hombros, restándole importancia.

—Yo creo que te ves genial con lo que siempre te pones. —dijo de pronto, avanzando. Alfred le contempló la espalda, embozando una sonrisa, feliz por el cumplido.

— ¡Ojalá pudiera decir lo mismo! —gritó corriendo para alcanzarlo.

— ¡Muérete!

Entre tanta gente fluyendo, Arthur se pegó al hombro de su novio, Alfred con sus ojos siempre centellantes ladeó el rostro sin borrar la alegría, la cual se hizo mucho más inmensa en cuanto Arthur entrelazó su mano contra la suya.

El peso del mundo se sentía como una pluma sólo al estar tomados de la mano.


¡SÍÍÍÍ! ¡Capitulo nuevo! Lamento la demora, salí de vacaciones y no me lleve a mi bebé por lo que todo el proceso que tengo durante todo el mes tuvo que ser reducido a días. Y no se preocupen, este capitulo es de mayo, por lo que el de Junio será subido durante este mes.

¡Muchas gracias por todo su apoyo, llevamos treinta capítulos y contando! ¡WU~HUU! Eso es más de lo que he escrito en cualquier Long-Fic y lo máximo de capítulos que he escrito en drabbles. ¡MUCHAS GRACIAS!

En fin, hay una duda general que anda rondando por los reviews y es sí el FanFic ya esta llegando a su final y ¿quién soy yo para dejarlas con las dudas? Efectivamente, Error 404 esta llegando a sus arcos finales, le quedan aproximadamente dos. El Spamano, por supuesto que esta lleno de feels (de una vez advierto xD) y otro general, donde concluiríamos con el FF; no obstante, aunque ya sean los arcos finales, puedo decir que a la velocidad en la que se sube capitulo estaríamos concluyendo hasta el próximo año como máximo. Así que, espero sigan apoyándome como hasta ahora, de verdad me alimenta mucho el ánimo que me dan con cada una de sus palabras dirigidas a mi escrito. Ya son tres años con este FF y desde el fondo de mi corazón, han logrado que cumpla una meta en mi vida que es alcanzar sus corazones con mis escritos.

Ay, me puse sentimental.

En fin, pasemos a lo importante, agradecer sus reviews:

Amiyei, Dark-nesey, aoi-chan, Loveless1039, Aristocles Prionsa, qwerty2307, Sybilla Kahler & Yensen. 02. ¡Muchas gracias!

Y claro, quiero dar un super agradecimiento a mi querida Beta que me ha estado apoyando mucho desde el capitulo anterior. ¡Muchas gracias! Por favor, si pudieran seguirla en su Wattpad sería fabuloso, su nombre : -ChibitaliaEsLoMas-; tiene una ortografía preciosa.

¿Alguien siente la misma dulzura que yo al escribir este capítulo? Jajaja ni yo sé dónde saque tanto romance.

Desde la Tierra de las Historias,

MimiChibi-Diethel.