Circulo: Vicio Tsun.
Corrección: -ChibitaliaEsLoMás-Wattpad. (¡Muchas gracias!)
Tú + Yo= Error 404.
31. Los días venideros.
Blas Vargas arrugó entre sus manos finas el papel que tenía entre estas. En la hoja sobresaltaba un pequeño texto de no más de tres renglones y una fotografía adjunta, que abarcaba la mitad del espacio sobrante. Lovino, su hijo mayor y futuro heredero, tomaba de la mano al imbécil pueblerino que recientemente le estaba colmando la paciencia, gracias a Máximo, su padre, que no lo bajaba del pedestal donde lo tenía.
"¡Antonio es tan bueno!, ¡Estoy impaciente de que Antonio se gradué y trabajé conmigo!, ¡Lovino se nota mucho más feliz desde que tiene a Antonio a su lado!, ¡Antonio!, ¡Antonio!, ¡Antonio!"
El padre de Lovino y Feliciano bufó, relajando su mente de la furia que buscaba apoderarse de él. Antonio Fernández no era más que un pueblerino inmundo que sabía trabajar la tierra y gracias a ello sus padres tenían suficiente dinero para vivir entre la gente con educación y clase, pero, ¡oh, sorpresa! Eso acababa de terminar. El maldito español no podía estar saliendo con su heredero, porque Lovino no tenía ese derecho, y sobre todo, porque él y su familia ya ni siquiera se consideraban de clase alta, no después de la venta de la hacienda.
De la cual por cierto, compró un cincuenta por ciento usando distintas personas. El otro cincuenta por ciento lo tenía su padre, Máximo, pero ya se haría de ella en cuanto el viejo muriera.
No obstante, una sonrisa se formó en su rostro al no sentir ni una piedrita en su zapato por el hecho de saber que Lovino salía con Antonio. Es más, mataría a dos pájaros de un tiro. Se sirvió una copa de vino tinto, con el movimiento de los hielos se sintió todavía más excitado de que su plan fuera a la perfección. Luego de unos momentos, disfrutando la vista fuera del ventanal de su oficina, tomó el teléfono de su escritorio que conectaba con el de su secretaria y esperó unos segundos pacientemente.
—Libera mi agenda para dentro de dos semanas, toda la semana completa. —ordenó y colgó.
Era hora de poner a su hijo en su lugar.
—.—.—.—.—
Cuando llegaron a la habitación 404, Lovino se dejó caer sobre su cama, restregándose la almohada en su cara. Últimamente al finalizar las clases Antonio pasaba a buscarlo a su salón, atrayendo el suspiro de todas las chicas a su alrededor, y lo llevaba a convivir junto al BFT, o muy pocas veces, sólo con él. Lo mismo casi sucedía con Arthur y Alfred, los cuales perseguían a Matthew y Francis, para que este último pensará muy bien las cosas antes de hacerle algo al hermano del héroe.
—Si paso más tiempo contigo, creo que heredaré tus cejas, imbécil. —protestó Lovino, ladeando su cara en dirección a Arthur.
—Heredar es pasar los genes, Lovino. —corrigió Arthur, que parecía una enciclopedia a causa de los términos mal utilizados por el BFT y su novio. — ¿Cómo es que logran pasar de año ustedes los idiotas?
—No lo sé, pregúntale al idiota de tu novio. —reprochó, frunciendo la nariz.
—Mejor le pregunto al tuyo. —bufó Arthur. — ¿Sabías que apenas paso la media del promedio? Incluso sacó menos que Gilbert en estadística, y eso ya es decir mucho.
—Pero si el cabrón estaba estudiando.
—No lo sé, Lovino, puede que lo estés distrayendo demasiado. —argumento Arthur, alzando las cejas. Lovino infló las mejillas, evitando que ese pensamiento se le metiera a la cabeza; el jodido cejón sólo buscaba molestarlo. —Tal vez deberías salir con alguien menos idiota.
—Pues descartamos a Alfred de ser así. —dijo Lovino, mostrándole el dedo de en medio. Arthur quiso protestar pero no encontró algo que pudiera defender a su novio. —Y el mío al menos sí tiene culo.
— ¡I-Idiota! —gritó el británico, sonrojado.
Pasaron unos momentos donde Arthur seguía hojeando el libro gigantesco que llevó a la cafetería, y Lovino buscaba una mejor posición para dormir. Cuando al fin la encontró, se recostó de lado, con la cabeza recostada en el antebrazo a manera de almohada, mirando a la pared contraria, por donde se encontraba su compañero de habitación. El italiano se mordió los labios ligeramente, tal vez no sería buena idea la pregunta que le rondaba por la cabeza, no obstante, el maldito inglés podría ser la única persona -casi- cuerda que se la podría contestar.
—Oye—llamó, aclarando su garganta. Arthur lo observó de reojo, indicándole que podía continuar. — ¿qué paso con tu hermano?
Arthur apretó con mucho más fuerza el lápiz que sostenía, tensándose. Habían pasado tres semanas tras eso y el tema para él quedo cerrado, al igual para Scott, del cual ya no sabía nada, ni siquiera se lo topaba entre pasillos o en los patios de la escuela. Kiku tampoco comentaba nada al respecto.
— ¿Por qué lo preguntas a estas alturas? —cuestionó, fingiendo serenarse, volviendo a escribir en su cuaderno.
—Nunca me lo contaste. —explicó Lovino. —Tengo curiosidad.
Arthur dejó sus ojos en el texto del libro, pero sin leerlo realmente. — ¿Es por lo que te dijo? —preguntó ahora él. —¿Sobre qué terminarás igual?
Lovino mantuvo el silencio, aunque una parte de él sabía que había un poco de verdad en las palabras de Kirkland, otra de verdad estaba preocupado por su compañero de habitación. Incluso si se mostraba bien por fuera, Arthur era igual que él, por lo que lo leía con mucha facilidad y podía decirse que era en viceversa. Ambos comprendían los sentimientos del otro al pensarlos sólo un poco.
—Antes tenía la creencia de que por más que lo intentara ninguna persona se quedaría a mi lado. —dijo atrayendo la atención del italiano. —Creí tanto en eso, que nunca me di cuenta que no eran ellos los que se alejaban, sino yo. Tenía tanto miedo de que me abandonaran de nuevo, y nunca me di la oportunidad de conocer a las personas que estaban a mi lado.
—Pero tienes al imbécil barbón y a Kiku.
—La maldita rana es igual que el imbécil español que te toco. —sonrió Arthur. —Se meten en tu vida sin preguntar, cuando menos lo esperas ya son parte de ella y te acostumbras tanto a su presencia que es imposible sacarlos de ella; lo mismo está sucediendo con Alfred, por supuesto.
El mayor de los Vargas ladeó la cabeza, formulando una pregunta. —Si el Batigordito no hubiese llegado… ¿te habrías enamorado del barbón pervertido? —curioseó.
— ¡Ni aunque renaciera tres veces! —chilló haciendo ademanes con las manos. Lovino le mandó una mira picara. —Esa maldita rana es… si pudiera le cortaría esos cabellos horribles que tiene en la cara. —Arthur suspiró, volviendo al tema principal. —Kiku es demasiado paciente, esperó y esperó hasta que yo pudiera llamarlo amigo.
—Es el único que no me cae mal de la banda de Feliciano. —bufó Lovino.
—La vida me puso buenas personas a mi lado, Lovino, y creo que todo lo que dolió antes está siendo recompensado ahora. —sonrió. —Soy feliz siendo solo Arthur Kirkland.
—Tus cursilerías son peores que las del bastardo de Antonio. —Lovino rodó los ojos, dándose la vuelta. Arthur chasqueó la lengua, volviendo a su escritura. El italiano en cambio se sintió mucho más relajado, él también tenía a buenas personas a su lado, a Emma y Govert, a Feliciano, a su abuelo y sobre todo a Antonio.
Arthur se volteó suavemente a Lovino, observando cómo su pecho subía y bajaba. ¿Qué habría pasado si aquel crío que creyó caprichoso y egoísta no hubiese dado la cara por él frente a Scott? Sonrió casi con cariño, queriendo revolverle los cabellos, pero sabía que sería golpeado por ello. Ya buscaría la manera de devolverle el favor.
Por lo mientras, estaba feliz de que Lovino Vargas fuera su compañero de habitación.
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Los días pasaban bastante rápido en la escuela, sin embargo, Lovino no veía ningún cambio en sus amistades. Tal como ahora, miraba con mala cara en dirección al Bad Friends Trio, los cuales le echaban porras a Gilbert para zambullirse con un embudo tres hot dogs licuados de manera infraganti con las licuadoras de la cafetería. Govert a su lado tenía una mano cubriendo su boca, intentando no mirar en dirección a ellos, quizás tuviera que ver con que se había comido uno antes de que ellos empezaran con sus tonterías.
— ¡Vamos, vamos, Gilbo! —gritó Emma, súper emocionada, sus ojos parecían tener forma de estrella por la emoción. — ¡Sííi, lo hizo! ¡Lo hizo, Lovi!
—Bel…
— ¡Nunca subestimen al grandioso yo! —exclamó el alemán, subiéndose a una de las mesas, apuntando con el dedo índice alguna dirección al frente de él. — ¡Dije que lo podría hacer y lo hice! ¡Alábenme! Kesesesese~
— ¡Eres asombroso, Gilbo! —gritó Antonio, con las dos manos en el aire, agitándolas emocionado.
— ¡El mejor! —secundó Emma, echándole papelitos que improvisó con las hojas de su cuaderno, simulando confeti.
—Creo que tengo ganas de vomitar. —terció Francis, sosteniéndose la cabeza.
— ¡Fuiste el primero en decirle que lo hiciera! —gritaron Govert y Lovino.
Una de las empleadas mientras tanto regañaba a Gilbert por subirse a la mesa, y otro empleado más les traía un recogedor y una escoba a Emma y Antonio para que limpiaran el desastre que acababan de hacer; mientras el encargado amenazaba a todos sobre llamar a un profesor la próxima vez que agarraran material de la cafetería.
— ¿Por qué siempre salgo regañado yo también? —preguntó Lovino, suspirando.
—Eso debería decirlo yo. —protestó Govert.
De nuevo, no pasó mucho para que salieran de la cafetería y que el BFT hiciera otra de las suyas. Lovino y Govert se miraron, mientras le hermana de este ultimo intentaba cargar a un pesado Gilbert en su espalda para hacer carrera contra Antonio y Francis. Una vez que la chica lo consiguió, sólo dieron un pequeño trote y ambos terminaron de cara contra el suelo.
—Por eso te dije que Emma debía ir en tus hombros. —comentó Francis, negando con la cabeza.
— ¿Estás loco, Fran? —Gilbert se mordió las uñas, mirando en dirección a Govert. — ¡Me mataría si su hermana enreda sus piernas en mi cabeza! Aunque no la culparía por querer hacerlo.
—Gilbo, creo que deberías correr por lo pronto. —susurró Emma al ver el aura morada de su hermano.
Lovino miró a Emma, que intentaba lanzarse a su hermano en forma de ardilla voladora. De cierta manera, le preocupaba de que solo estuviera junto a esos tres idiotas, su hermano y él; Emma debería querer amigas también, para hablar sobre cosas de chicas o salir de compras, después de todo era una señorita.
— ¿En qué tanto piensas, Lovi? —apareció Antonio, pasando su mano por el frente de sus ojos, distrayéndolo. El italiano alzó una ceja, preguntándose si Antonio no estaría pensando lo mismo.
— ¿Crees que Bel esté bien con nosotros? —preguntó.
— ¡Por supuesto! —contestó feliz. — ¡Bel! ¿Te diviertes con nosotros? —gritó hacía ella.
— ¡Claro! —respondió ella, sosteniendo a su hermano por la cintura para que no moliera a Gilbert y Francis a golpes.
— ¿Lo ves?
— ¿Eres idiota? —cuestionó Lovino, irritado. —Me refiero a que ella debe querer pasar tiempo con chicas.
Antonio se rasco la barbilla, confundido. —Pero tiene a Fran.
—Eso fue lo peor que pudiste decir. —suspiró. Antonio frunció la boca, mordiéndose los labios. —Olvídalo, sólo hablaré con ella.
—Lovi…, no sé si sea lo mejor. —dijo el español, notablemente incómodo. Lovino lo miró sin lograr entender. —Bel tiene historia con la mayoría de las chicas de segundo y tercer año, incluso las que no se involucraron con ella de forma física, sabían que había que ignorarla y así lo hicieron.
—Pero no se puede quedar solo con nosotros.
— ¿Por qué no? —preguntó Antonio. —Si está con Govert y conmigo, podemos protegerla. Y ella se divierte mucho con nosotros…, no quiero que pase por algo triste de nuevo.
— ¿De qué tanto hablan ustedes dos? —se metió Francis, asomándose por los hombros de Antonio, lo mismo hizo Gilbert del otro lado. Ambos pusieron una cara picara, igualando sus pensamientos. —No me digan que están decidiendo a cual hotel ir.
— ¡Jódete bastardo pervertido! —chilló Lovino, sonrojado. Los hermanos Morgens no tardaron en igualar las caras de Gilbert y Francis. — ¡N-No es eso!
—Es cierto—dijo Antonio, sus dos mejores amigos en el mundo dieron cinco pasos atrás para lo que venía—Gilbo ya me ha recomendado uno muy bueno.
La patada voladora que le dio Lovino a Antonio causo una enorme sonrisa en Govert.
—.—.—.—.—
— ¡Arthuuuuur! —chilló Alfred, brincando en la silla con impaciencia. El británico poca atención le prestó, siguiendo concentrado en las formulas para responder el problema. — ¡Arthuuuuuuuuuuuuur! ¡Arthuuuuuuuuuuuuuuur! ¡ARTHUUUUUUUUUUUUUUUR!
— ¡¿Qué carajos quieres?! —gritó enojado, despegando la mirada del libro.
—Hehe. Entre más alargue la u, mejor respondes. —sonrió Alfred.
— ¿Alguna vez usas ese cerebro que tienes en la cabeza? —preguntó Arthur, poniendo los ojos en blanco. —Porque no lo parece en absoluto.
—Que malo. —hizo un puchero, inconforme. —Quiero ir a otra parte, tú habitación es muy aburrida.
—Ya te dije que podrías jugar con las cosas que tiene Lovino para distraerte.
—Pero Robín-Lovi me dijo que si volvía a encontrar uno de sus videojuegos llenos de kétchup me pondría el polvo pica-pica en el papel de baño. —se quejó enfurruñado. —Toris aún no me perdona la última vez, cada que va al baño, lleva su propio papel.
—Pobre chico. —murmuró Arthur, apiadándose. —Como sea, ¿Por qué no te pones a estudiar entonces? Los exámenes no tardan en venir.
—No quiero. —respondió, cruzándose de brazos, indignado. —Dijiste que iríamos al zoológico un día de estos.
—El domingo quisiera ir a una plática de…—Arthur tomó su calendario que estaba marcado con una conferencia, pero Alfred fue más rápido y volteó la silla para su lado, observándolo con un mohín en el rostro. —Alfred…
— ¡Quiero ir!
— ¿Tienes cinco años?
—Arthuuuur.
—De acuerdo, de acuerdo. —suspiró resignado. —Iremos.
— ¡Eres el mejor! —gritó emocionado, lanzándose a él, Arthur sonrió, recibiendo con gusto los besos que le dio Alfred. —Ahora, vayamos a comer algo, muero de hambre.
— ¡Acabas de comer hace media hora! —rechistó Arthur, deteniéndolo por el brazo. —Necesito acabar mi tarea.
—Aburrido. —murmuró encaprichado. Arthur lo soltó, dándose por vencido de intentar negociar con él. Alfred lo miró de soslayo y antes de que pudiera regresar a su asiento a sumergirse en números y letras, lo volteó, pegándolo contra él, tomando sus labios.
El británico no opuso resistencia, se giró por completo a Alfred, tomándolo de su chaqueta, haciendo más duradero el beso. Alfred rodeó a Arthur con sus brazos, acariciando suavemente la parte de su cadera. Cuando se separaron quedaron un momento más pegados, Arthur subió una de sus manos, rozándole una de sus mejillas. Junto a Alfred se sentía en completa libertad, él era la luz que se metió sin permiso en su vida, que ilumino toda esta y se quedó en ella.
—Arthur. —llamó Alfred, erizándole la piel. El británico sintió que la cara se le ponía roja y un revoloteo de mariposas se formaba en su estómago. Sin preverlo aventó a un lado a su novio, dando dos pasos atrás, sintiéndose agitado.
— ¿Por qué me has aventado así? —reprochó el americano, sentado en la cama. —Casi me pego con la pared.
—Lo siento…—tartamudeó sin darle la cara—me entraron ganas de ir al baño.
Alfred infló las mejillas al momento en que Arthur se metía al cuarto de baño, sin darle ni una vez el rostro, es más parecía esconderlo.
Él nada más iba a preguntar si podían ir a comer.
—.—.—.—.—
Lovino se sintió ansioso de ir hombro a hombro con Antonio, mientras caminaban sus manos casi llegaban a rozarse, pero nadie lo veía extraño dada la forma tan cariñosa como el español se comportaba con Lovino. Él le sonreía de vez en cuando, contándole anécdotas graciosas o que Arthur se había equivocado en un ejercicio en la clase de física y que Francis pudo resolverlo bien.
Mientras Antonio seguía hablando hasta por los codos, Lovino comenzó a pensar sobre lo bonito que era tenerlo a su lado. Él en su niñez jamás pensó que aquella amistad que tenía con Antonio terminara así, cuando era un niño mientras cosechaba tomates comenzaba a pensar que estaría rodeado de hermosas mujeres, pero jamás se casaría a menos que sus padres se lo impusieran, luego, cuando dejó de ver a Antonio y su padre lo llevó de nuevo a Italia, pensó que lo mejor era estar solo, pues su vida tal vez no estaba destinada a compartirse. Sin embargo, aunque él no apostaba a ello, ahí estaba, amando inmensamente a la persona al lado de él. Siendo feliz.
—Lovi, no me estás escuchando. —se quejó Antonio, deteniéndose.
—Lo siento, estaba pensando en otras cosas. —murmuró, restándole importancia con la mano. Al ver el rostro triste de Antonio, se sintió mal. —No es nada, sólo me desconcentre por un momento.
— ¿Te preocupa algo, Lovi? —preguntó volviendo a avanzar.
—Creo que no había estado tan relajado desde que vivía contigo. —se encogió de hombros, causándole una mueca de felicidad a Antonio. — ¡Quita esa cara de idiota!
—Lovi está enamorado de mí~ ¿por qué no estaría feliz por ello?
—Porque quedarás en el hospital si no lo haces. —reprochó, jalándolo de la oreja.
— ¡Perdona, Lovi, perdona! —chilló Antonio intentando zafarse del agarre. Cuando lo soltó siguieron caminando. —Por cierto, Lovi, ¿tienes algo que hacer el domingo?
—Nada en realidad. —se encogió de hombros, indiferente. — ¿Tienes algún plan?
Los ojos de Antonio se iluminaron, emocionados. — ¿Quieres venir conmigo al orfanato de la última vez? —Lovino alzó una ceja sin comprender. —Verás…, me han llamado porque una de las cuidadoras tuvo que renunciar ya que se casó y se mudó a otro lugar, entonces no hay suficiente personal para cuidar a los niños y las maestras deben estar agotadísimas.
—Ya lo creo, esos mocosos son todo un ejército.
— ¿Entonces me acompañaras? —preguntó, tomando sus manos. Lovino bufó, asintiendo con la cabeza. — ¡Perfecto! Porque necesitamos más personas.
— ¿No iremos solos? —cuestionó en reproche.
—Claro que no, Lovi. Es mucha carga para dos estudiantes, y tú no sabes como cuidar de los niños más pequeños. —explicó, haciéndose pequeñito ante la mirada de advertencia de Lovino. —N-No estoy seguro… de que podrías cambiar un pañal… o bañarlos.
— ¡No me digas inútil!
— ¡No, no, no! —ante los tirones de cabello, Antonio se cubrió la cabeza con las manos.
Lovino sonrió satisfecho de sacar su frustración, Antonio en cambio se dejó caer en una banca de forma estrepitosa, descansando los golpes de su novio.
—De acuerdo, ¿a quienes tienes? —preguntó, aunque ya supiera la respuesta.
—Por supuesto a Gilbo y Fran, también a Bel… y si viene Bel pues Govert también.
—Ese idiota terminará aventando a un mocoso por la ventana. —comentó Lovino. Antonio se puso recto, asustado. —Estoy bromeando, bastardo.
—También vienen Feli junto con Ludwig y Kiku. —sonrió el hispano, mucho más tranquilo. — ¿Podrías intentar convencer a Arthur junto a los demás?
—Con los demás te refieres a Alfred y Matthew, ¿no? Supongo que dirán que sí.
—Yo…—Antonio jugaba con sus manos, observándolo nervioso. —quisiera que le dijeras a otra persona también. Yo lo intenté—suspiró, decaído—, pero Rod me mandó al demonio.
— ¿Quieres que invite al señorito? ¿De verdad?
—Aunque no lo parezca él es muy bueno cuidando niños, Lovi. También me encantaría invitar a Vash, pero ya me amenazó con su escopeta de tiro más de una vez.
—No le diré a ese estirado. —contestó enojado. —Trataba muy mal a Feliciano cuando era pequeño, lo sé, él me lo dijo, aún así ese bastardo le tiene mucho apreció.
—Ah, ¡con que era eso! Estás celoso de Ro…—un puño se estrelló en la boca de Antonio, dejándolo retorciéndose, Lovino se paró y se fue.
—.—.—.—.—
— ¿Qué quieres? —preguntó Arthur, incomodo de que lo estuviera mirando fijamente. Iván se recargo más en la mesa, con las manos sobre sus propias mejillas, sonriente. — ¿Tienes algún problema conmigo otra vez?
—No, dah. A menos que tengas interés en separarme de Yao.
—Mis intereses por Yao son nulos. —suspiró. —En cambio por Kiku…
— ¿Sabes? —interrumpió, molestando al Kirkland. —Necesito tu ayuda.
— ¿Mi ayuda? —Arthur alzó una ceja, incrédulo. —No pienso hacer nada como lo que le hiciste hacer a Kiku, además, te advierto que no quiero que molestes más a Kiku o…
— ¿O? —Iván sonrió, causándolo un escalofrío por toda la espalda al rubio.
—O-Olvídalo. —murmuró, volviendo a hundir sus ojos entre la mesa de la biblioteca. — ¿Qué quieres?
—La verdad Arthur no tengo idea de como manejar la presidencia escolar. Mi padre ha rechazado cada propuesta que he hecho, me estoy comenzando a molestar kolkol. —dijo con el mismo tono dulzón que siempre usaba, ojalá aquella voz fuera tan dulce como su portador.
—Eso debiste pensarlo cuando nos arrebataste el puesto. —suspiró.
—Intenté hablar con tu hermano y no quiso ayudarme, a pesar de que le dije que tendría su pase de nuevo a Gakuen. —Iván parecía verdaderamente afectado por el rechazo de Scott, pues se recostó en la mesa, con tristeza. —Dijo que ya no quería tener nada que ver con eso y me tuve que ir de ahí antes de que me atravesara con una de sus flechas.
—Scott…—pensó Arthur, avergonzado. —Pienso lo mismo que él, yo tampoco iré a la universidad de Gakuen.
—No, no, quiero ofrecerte otra cosa a ti. —Iván de nuevo recupero su energía, más emocionado. —Si me apoyas entonces seremos buenos amigos.
— ¡Como si quisiera! —gritó Arthur en su mente. —Es muy amable tu oferta, Iván, pero…
— Y no diré nada sobre que Alfred duerme un montón de noches en tu habitación con el otro chico de mal carácter. —concluyó, soltando una risita.
— ¿Qué necesitas que haga? —preguntó, sometiéndose de inmediato al juego de Iván. Definitivamente tendría que hacer que Alfred cumpliera las reglas de ahora en adelante.
—Mi padre aceptó una de mis solicitudes, pero me dijo que yo tenía que reclutar a los otros siete miembros. —explicó. — ¿Conoces algo sobre el G8?
—Eh… sí. Es un grupo de ocho países que son los más industrializados a nivel mundial, ahí se debate y se toman decisiones respecto a la política y la economía…
—Está bien, Arthur, no necesito una introducción. —cortó al ver que el inglés se ponía como profesor a punto de dar un tema. —Sólo creo que sería bueno traer eso al sistema de la escuela, en vez de como lo hacían tu y Scott, que sólo consistía en el Consejo Estudiantil y el Comité Disciplinario.
—Puede funcionar. —comentó intrigado. — ¿Cada uno desarrollaría un puesto?
—No, todos tendrán que conocer cada área, y en conjunto tomaremos una decisión. ¿Qué te parece? ¿Verdad que es bueno? —exclamó alegre.
— ¿Y ya has pensando en quién lo hará? No puedes escoger a los de tercero, por lo que Kiku queda descartado. —Iván hizo un gesto inconforme. —Ya que estoy en esto, solo faltarían seis personas, ¿Tienes a alguien más en mente?
—Mi amigo Toris es muy responsable. —dijo de pronto, emocionado. Arthur puso los ojos en blanco, no estaba seguro de que Toris pensara lo mismo en cuanto a amistad, pero era buena idea, ya que compartía habitación con Alfred podía notar lo ordenado que era.
—Espero que no se niegue.
—No veo porque lo haría, somos amigos. —afirmó de nuevo Iván. — ¿Has pensado en alguien?
—Sí, hay un chico en primero llamado Ludwig, es bastante responsable a comparación de su hermano. —se quejó, recordando que Gilbert había quedado castigado por bailar durante una de las clases. —Y los antiguos tesoreros, Roderich y Vash, saben manejar muy bien el dinero. —comentó, alzando los dedos para contarlos. —Suponiendo que todos acepten, que lo harán, nos faltarían dos.
— ¿Qué hay de tu novio y esos chicos con los que luego te juntas?
—Si vamos a hacer esto, quiero a personas que se lo tomen enserio, no a quienes vayan sólo a jugar. —apuntó. Iván asintió sorprendido. —Pero ya que mencionas a Alfred, quizás le podría preguntar a Matthew, él es muy responsable también. Y la rana aunque no me guste admitirlo se toma las cosas de manera responsable de vez en cuando… de todas formas, es lo de menos, hay que ir a preguntarle a los demás primero.
—Te lo tomas demasiado enserio. —sonrió Iván, poniéndose de pie. Arthur frunció la boca, sonrojándose. —Dah. Eso lo hace mucho más divertido.
Arthur suspiró, de ser posible al primero que sacaría del equipo sería a Iván.
—.—.—.—.—
Lovino miró un buen rato a Antonio, concentrándose sobre todo en la frente, mientras el hispano seguía y seguía hablando sobre los mocosos del orfanato. Estaba demasiado emocionado con la idea de ir a cuidarlos por dos días, pues saldría de la escuela el sábado por la tarde al finalizar las clases y llegaría hasta el domingo por la noche, antes de que la escuela cerrara.
—Comeremos muchos dulces. Seguro que se emocionaran tanto, que no querrán que me vaya.
—El que no se va a querer ir eres tú, idiota. —reprochó Lovino. — ¿Te piensas dedicar a ser cuidador o algo así? El anciano de Máximo estará muy decepcionado si le botas el trabajo.
—Por supuesto que no lo haría, Lovi. —dijo Antonio, jugando con la cuchara de su plato. —Aunque tampoco es una idea que me desagrade, me gustan mucho los niños.
—Lo sé.
—Pero si vemos el lado bueno, tendré un hermanito en cuestión de nada. —aplaudió emocionado. —En pocos meses podré cargarlo, estoy seguro de que mi madre me permitirá cuidarlo cada que quiera. Y si mi padre se volviese a casar, tendré otro más.
— ¿Crees que tú padre se vuelva a casar? —preguntó Lovino, analizando cada expresión del rostro de Antonio, en busca de una pizca de tristeza. No habían hablado mucho del tema después de todo.
—Tal vez por ahora no, —respondió en un suspiro—sin embargo, creo que él tiene derecho de ser feliz como mi mamá lo es.
—Es verdad, tú padre es muy buena persona. —tuvo ganas de decirle a Antonio que era idéntico a él, pero se abstuvo. —Siempre me trató como un hijo.
Antonio sonrió, alegre de que Lovino se sintiera parte de su familia. —Creí que mis padres no aceptarían nuestra relación. —confesó. —Suelen ser bastante religioso, aún así, al día siguiente después de los tarros de cerveza que bebimos me dijo que era más que obvio.
—No por nada es tu padre. —respondió Lovino, recordando el mensaje del padre de Antonio.
—También me alegra mucho que te hayas arreglado con tu mamá, Lovi. —dijo de pronto, haciéndolo escupir el agua. Él no le había comentado nada al respecto. Antonio al ver la cara de su pareja llena de confusión, prosiguió. —Se vio que te trataba de una manera muy diferente, además te viste mucho más feliz que cualquier otra ocasión.
Ese era Antonio Fernández, su mejor amigo de la infancia, su pareja, la persona que amaba; podía leerlo a la perfección cada que quisiera.
—Idiota.
—Hehe.
—Tu cabello se ha vuelto mucho más largo. —dijo Lovino, una vez que acabaron de comer. Como se encontraba al lado de Antonio, pudo fácilmente agarrar un mechón de su flequillo, extendiendo el rizo hasta casi llegar a la punta de la nariz.
—Lo sé. —exclamó emocionado. —Fran me ha dicho que lo deje crecer, hasta poder formar una coleta. Ha dicho que me vería mucho más guapo.
Lovino chasqueó la lengua, maldito francés, no le bastaba tener a Antonio en su habitación ahora también lo quería monopolizar. ¿Qué le diría después; qué tenía que dejarse la barba?
—Pues no me gusta. —comentó soltándole el mechón. Antonio abrió la boca, sorprendido. —Me gusta poder ver tu rostro.
Se quedaron en un silencio prolongado, Lovino mirando al frente con un sonrojo sobre sus mejillas y Antonio iba cambiando su rostro de decepción por uno infinitamente alegre.
—O-Olvídalo. —cortó Lovino, ladeando el rostro a la derecha, evitándolo.
— ¿Te gusta mi rostro, Lovi?
— ¡Dije que lo olvidaras!
— ¡Te gusta mi rostro! —chilló emocionado. Lovino gritó un cállate entre tanto Antonio le hablaba a la chica de la mesa contraria, pidiéndole prestada una liga para el cabello, ella aceptó confundida pero feliz de que el príncipe se volviera por un momento a ella. Lovino se llevó una mano a la frente, negando con la cabeza; el hispano sujeto su flequillo y los mechones alrededor con la liga, poniéndolos como si fuera un cuerno de unicornio.
Se veía absurdo.
—Listo, Lovi, ahora puedes enamorarte todavía más de mí. —se volteó a su novio, que ya iba por la salida de la cafetería. — ¡Lovi, espérame! —gritó, recogiendo rápidamente sus cosas.
—.—.—.—.—
Alfred llevaba un buen rato escondido detrás de uno de los árboles, espantando a uno que otro despistado cada vez que se contenía un grito o golpeaba al pobre tronco. Un par de lagrimillas se asomaban de sus ojos, indignadas de lo que contemplaban. Iván, su nuevo peor enemigo, y Arthur, su little wing, estaban juntos, rodeando a Toris que se notaba a leguas que quería salir disparatado de ahí. Al final, el lituano asintió un montón de veces con la cabeza, procediendo a retirarse.
—Te dije que no se negaría, dah. —le dijo Iván a Arthur, pasando al lado del árbol donde malamente Alfred intentaba esconderse.
— ¡Eso fue porque lo llenaste de miedo! —reprochó el inglés, deteniéndose un momento para contemplar la figura detrás del árbol. Iván lo llamó desde más adelante, Arthur se encogió de hombros, avanzando, seguro que Alfred estaría jugando a las escondidas con el Bad Friends Trio.
Siguieron caminando por un buen rato, sin notar la presencia del americano que iba de árbol en árbol desconcertando a los estudiantes que pasaban cerca suyo, pues al menor indicio de que Arthur o Iván ladearan el rostro, corría al sitió más cercano para esconderse, incluso detrás de las chicas.
Mientras Alfred seguía su persecución, Arthur e Iván ya habían dado con Vash en el campo de tiro, él en automático respondió que sí una vez que Iván le prometió que Roderich no sería el que le diera órdenes.
—Estará muy molesto cuando descubra el plan que tienes. —dijo Arthur a Iván, ahora buscaban a Roderich. —Él piensa que será él quien le de las órdenes a Roderich.
—Pues yo nunca dije eso. —Iván se encogió de hombros, restándole importancia.
—Ya…
Arthur volteó detrás de él, visualizando una parte de la chaqueta café de Alfred en la cafetería, detrás de la puerta. Se volvió a encoger de hombros al pensar que solo estaría comprando una dona por el medio día.
— ¿Acaso son idiotas? —protestó Roderich, al contarle el plan que tenían. — ¿Cómo piensan llevar el dinero de la escuela sin un tesorero?
—Seríamos todos los encargados.
—Me niego. —se cruzó de brazos, insatisfecho. — ¿A quién le caerá la responsabilidad si se llegan a terminar los fondos o hay algún problema?
—Será más fácil encontrar una solución entre todos. —dijo Iván, ingenuamente.
— ¡Idiota! —apuntó el señorito, sorprendiendo al ruso. Arthur se preparó para el futuro sermón de una hora y media. — ¿Cómo es posible que actúes tan despreocupado siendo el presidente de la escuela? Muchos alumnos cuentan contigo…
Alfred que escuchaba todo detrás de una puerta, sintió sus piernas dormidas cuando por fin Roderich terminó de llamar idiotas sin cerebro a su novio e Iván. Aún así, al final el austriaco aceptó ir a la plática inicial para convencerse del todo sobre el plan de ambos chicos. El americano tuvo que forzar sus piernas a moverse cuando escuchó que se retiraban de la habitación, por suerte, Gilbert acababa de abrir la puerta del cuarto de Antonio y Francis, en la cual Alfred lo volvió a meter.
— ¿Qué sucede chico héroe? —preguntó, sosteniendo la bolsa de basura en la mano derecha. Francis que se arreglaba el cabello volteó a ellos.
—Arthur esta con Iván. —acusó.
—Oh, ya se había tardado. —dijo Francis, volviéndose al espejo, Gilbert le restó importancia con un gesto y volvió a salir. Alfred en cambio, se acercó al francés, esperando a que continuara. —Es obvio que Iván lo iba a necesitar, no sabe nada acerca de esta escuela y Scoty junto a Arty han estado por mucho aquí.
—Entonces no los debió de quitar…
—No importa, de todas maneras me sorprende que Arty hubiese aceptado de nuevo, ¿será masoquista? Le gusta llevar demasiado peso en sus hombros, creo que contigo es suficiente.
—Eso fue grosero. —protestó Alfred. —Pero si va a estar ocupado… entonces me constará mucho trabajo verlo, como antes. No quiero eso.
—Te has equivocado de persona entonces, Alfy, yo no soy Arty.
— ¡Claro que no! —refunfuñó. — ¡Arthur es muy lindo, tú no! —y le sacó la lengua antes de seguirle los pasos a su novio.
—.—.—.—.—
—Que cruel eres, Lovi. —protesto Antonio, sentado en una de las bancas frente a la fuente con forma de delfín. Lovino detrás de él, pasaba con sus dedos las hebras de Antonio, intentando peinarlo. —Me dejaste todo abandonado ahí.
—Tenías una liga con adornos de conejo, por supuesto que me piraría de ahí en cuanto te despistaras. —recriminó, jalándole los cabellos. Antonio cerró los ojos por el dolor, conteniendo dos lagrimitas; con el cuello echado para atrás los ojos cerrados y la nariz fruncida, a Lovino se le alborotó el corazón, sin contenerse demasiado o siquiera pensar en que lugar se encontraban, le dio un beso en los labios.
Antonio abrió los ojos rápidamente, pasmado por la acción del otro. Lovino lo estaba besando, frente a todos, Antonio contrajo sus manos en la banca, aferrándose con fuerza a ella, tan emocionado. Al separarse, el italiano alzó la mirada justo al frente, centrándose cautelosamente en los pocos estudiantes delante de ellos, sobre todo en las chicas que antes del beso se intentaban acercar a Antonio. Ya era momento de ponerle un alto a todo el coqueteo constante; Antonio era suyo.
El hispano se volteó a él, aún sentado en la banca, maravillado. —Lovi…—curveó sus labios en una sonrisa, tomándole la mano.
—Date la vuelta, aún no termino de peinarte. —bufó, soltándose con cuidado, poniéndose de nuevo a sus espaldas. A decir verdad estaba sorprendido de que sus celos lo hubiesen dominado.
Antonio obedeció, con una cara de bobo plantada en su rostro; los demás estudiantes siguieron el curso de siempre, incluso las chicas se dieron media vuelta y desparecieron de ahí.
—Estaba muy sorprendido, Lovi. —confesó, sintiendo cosquillas cuando los dedos de Lovino rozaban la piel. —Pensé que preferirías que nadie se enterara.
—No soy fanático de que las personas se metan en mi vida. —dijo, sosteniéndole el cabello en una coleta con la misma liga; un pequeño mechón ondulado se formaba. —Pero me gusta menos que nos estén interrumpiendo a cada rato.
— ¿Eh?
—Además, mi madre ya lo sabe al igual que Feliciano, ¿qué importa? —se encogió de hombros, sentándose al lado de Antonio.
—Supongo que tienes razón. —Antonio le apachurró las mejillas, dándole otro beso. —Entonces ahora ya te puedo tomar de la mano, ¿no es verdad?
—Te tomas demasiadas libertades conmigo, bastardo.
—Ehhh, Lovi, quiero estar muy acaramelado contigo todos los días, ¿Sabes cuánto me he estado conteniendo? —se quejó.
—Te has aguantado porque quieres, imbécil, no me eches el perro muerto a mí. —contestó Lovino, cruzándose de brazos.
—Así que también me quieres tomar de la mano. —comentó Antonio, cerca de su oído. Lovino se avergonzó y se retiró de su lado, poniéndose de pie. —Te has puesto como un tomate, Lovi.
— ¡De quién es la culpa, cursi de mierda!
Antonio lo contempló, aún sentado en la banca, se veía tan lindo, tan sonrojado y reprochándole sobre quién sabe qué cosa, pues estaba seguro que ni él mismo se entendía. Con cuidado, Antonio se puso de pie, abrazándolo por el frente, pegándolo a su pecho, dejando una mano sobre su espalda y otra en la cabeza de Lovino, impidiendo que se escapara. El hispano se dobló un poco, hasta dejar su boca cerca de la oreja de Lovino.
Su respiración era caliente, y estremecía cada rincón de Lovino, incluso sus pensamientos.
—Lovi. —habló y todos los sentidos de Lovino se prepararon, sólo que Antonio dejó caer la cabeza en su hombro, sorbiéndose la nariz. —Se me ha olvidado lo que iba a decirte.
Lovino se quedo en blanco, con una ceja crispándole por el enojo.
—.—.—.—.—
—Ve~ ¡Suena muy interesante, yo también me quiero unir! —exclamó Feliciano estirando los brazos al cielo.
—Esto es muy serio, Feliciano. —dijo Ludwig, antes que Arthur lo regañara. —Y no puedo hacerlo, lo siento.
— ¿Eh? ¿Por qué no? —cuestionó Iván, decepcionado.
—Tú eres el que estaba intimidando a Kiku, ¿no es así? —preguntó, molesto. Feliciano miró a Iván, preocupado. — ¿Cómo puedo relacionarme con alguien así? ¿Por qué lo estás haciendo Arthur?
—No me quedo otra opción. —suspiró.
—Si Kiku me hubiese obedecido desde el principio, nada hubiera pasado, él tiene la culpa, no yo. —se quejó Iván. —Además, Ludwig, tú eres muy bueno en estas cosas. Creo que podemos confiar en ti.
Arthur exhaló en cuanto vio que Ludwig tomaba de buena manera esos comentarios. Sin embargo, el hermano pequeño de Gilbert, no dejó que los halagos le comieran la cabeza.
—Lo siento, mi respuesta es la misma. Además, tengo que ayudar a Feliciano y a mi hermano con sus estudios, me comen todo el día.
—Ya veo. —Iván miró a Feliciano, causando que este se escondiera de inmediato en la espalda de su mejor amigo. —Entonces no hay ningún problema que él se una con nosotros, ¿verdad?
—Te dije que quiero personas responsables en esto. —recriminó Arthur.
—Pero no tenemos otra opción, Arthur. —dijo Iván, calmado. —Ludwig no aceptará a menos que incluyamos a su novio, es lo mismo que tú harías si Alfred fuera inteligente, ¿no?
— ¡No somos novios! —gritó Feliciano de inmediato, a Ludwig le crispaba la ceja, molesto por el comentario. —Aunque acepto gustoso formar parte de eso, vee~ Si Ludy no entra entonces yo estaré muy solo ya que Kiku está estudiando para los exámenes de la universidad.
—Bueno, la primera junta será mañana antes de las clases, en la antigua oficina de Scott Kirkland. —sonrió, despidiéndose con la mano. Arthur le lanzó una fea mirada a Iván, rezongando el hecho de que haya incluido a Feliciano.
— ¡Jamás dije que sí! —gritó Ludwig, aunque muy tarde.
—Ahora sólo queda encontrar a Matthew. —dijo Arthur cuando se le pasó el coraje. —Seguro está en una biblioteca estudiando.
—Ya veo, entonces vayamos, dah.
— ¿Estás seguro de que quieres a Feliciano Vargas en el equipo? Creo que si vamos a escoger a un Vargas, Lovino sería el mas indicado. —Arthur se rascó la mejilla, pensándolo. —Es muy flojo y desordenado, pero creo que lo puede hacer bien.
—Oye, Arthur, quiero un chocolate caliente. —pidió Iván, señalando la cafetería.
—No me estás escuchando. —se lamentó. — ¿Quiere chocolate? ¿No es muy temprano para eso? Se toma por la mañana o por la noche, hace calor.
Iván se adelantó, ignorando su comentario, el inglés no tuvo mas remedio que seguirlo.
—Yo cuando quiero un chocolate a esta hora, nunca lo consigo. —murmuró Alfred, molesto. — ¿Por qué a él no le dice que tiene que cuidar los azucares? ¡Es tan injusto!
—.—.—.—.—
Lovino se separó por un momento de Antonio, ya que ambos deseaban ver una película solos, el italiano ordenó que se encargara de sacar a Francis y a Gilbert se su habitación mientras el compraba las chucherías que comerían durante la película. Sin embargo, antes de que pasara a la caja a pagar, notó Govert en los estantes de los artículos de higiene, parado de una manera muy sospechosa, por lo que le fue a advertir que quitara esa postura o le acusarían de robarse algo.
— ¿Qué estás haciendo? —preguntó Lovino, apareciendo detrás de él, Govert lo golpeó con su bufanda al voltearse rápidamente. — ¡Fíjate, idiota!
—Ah, eres tú. —suspiró Govert. — ¿Qué quieres?
—Esa es mi pregunta, los empleados te están mirando de manera sospechosa. —señaló a los chicos de la caja que se asomaban para ver qué pasaba. —Te acusaran de robarte algo si no sales de aquí.
—Si fuera tan fácil…—gruñó el holandés, apretando los puños sobre el desodorante para hombre que tenía en sus manos.
— ¿No encuentras lo que vas a comprar? —preguntó Lovino, confundido, los estantes estaban muy bien abastecidos, después de todo era una escuela para ricos. —Podemos preguntarle a alguien…
— ¡No! —intervino su amigo, adquiriendo un tono rosado en las mejillas. —No podemos pedir ayuda.
Lovino se rascó la cabeza sin lograr entender, era raro que Govert mostrara una expresión tan vergonzosa, usualmente era el chico que no cambiaba de expresión por más que tuviera al mejor payaso frente a él.
— ¿Qué vas a comprar?
Govert alzó una de sus manos, señalando el estante de las chicas, justamente la sección de higiene femenina.
— ¿Eres una especie de pervertido? —preguntó Lovino, dando tres pasos atrás.
— ¡No seas idiota! —reprochó él molesto por la sospecha. — ¿Estar tanto tiempo con el imbécil de Antonio te ha afectado el cerebro?
— ¿Entonces para qué demonios…? Ah…—se quedó callado un buen rato, apartando la mirada de Govert. Ojalá hubiera seguido su camino por completo, no necesitaba saber ciertas cosas de Emma. —Sólo tómalos y ya. —murmuró sonrojado.
—Si fuera tan fácil entonces no estaría parado aquí desde hace veinte minutos. —reprochó Govert.
—Es tu hermana, bastardo, debes poder hacer esto por ella. ¿Cómo es que el grandioso Govert no puede comprar toallas femeninas pero sí golpear chicas?
— ¡Eso y esto son diferentes cosas! —acusó, tomándolo por el rulo, Lovino lo pateó en la espinilla, alejándose. — ¡No me dejes solo o le diré al bastardo de Antonio que le trajiste a todo mundo regalos de Italia menos a él!
Lovino se regresó como un rayo en dirección a su mejor amigo. — ¡Eso fue porque él llegó a Italia!
—Sí, seguro que él lo entiende. —rio perverso. — "Lovi, Lovi, eres muy malo, ¡pero te perdonaré si dejas que te dé un montón de besitos delante de todos!" —Govert lo imitó, exagerando sus expresiones. El italiano se imaginó que no estaría muy lejos de esa reacción a la de Antonio.
—Simplemente paguemos todo junto, podemos esconderlas entre las frituras y el refresco. —murmuró Lovino. Justo Govert las iba a tomar cuando dos chicas se acercaron, tomando las propias, de inmediato Lovino y Govert se voltearon al estante de hombres, fingiendo observar los precios.
—E-este se ve mucho más durable. —fingió Lovino, mostrándole un desodorante, Govert asintió un par de veces con la cabeza.
Las chicas se les quedaron mirando otro rato antes de irse a pagar.
—Tómalas. —ordenó Lovino, asomándose por si venía alguna otra chica.
— ¿Por qué les toma tanto tiempo decidir que comprar? —preguntó Vash, detrás de ellos. Lovino y Govert se giraron a él, sorprendidos. El rubio más bajo que ambos se abrió espacio entre ellos con las manos, tomando dos paquetes de toallas sanitarias. Luego miró a Govert, negando con la cabeza. —No puedo creer que seas mayor que yo.
Govert se cubrió el rostro con una mano, ocultando su vergüenza. El suizo hizo a Lovino a un lado, tomando un paquete de jabones.
—Vamos, las compraré por ti. Dile a tu hermana que debe tener mucho más cuidado. —concluyó, haciéndole una seña a Govert para que lo siguiera.
—Es todo un hombre. —dijo Lovino a Govert. Su amigo no pudo estar más que de acuerdo.
Al salir del almacén Vash le tendió la bolsa negra a Govert, sacando el desodorante. Seguro era lo único que fue a comprar y al encontrarlos en esa situación sólo ayudó. Govert tomó la bolsa, apartando la mirada. Lovino de igual forma se hizo el desentendido y dejaron que el suizo se marchara.
— ¿Quieres acompañarme a dejarlas…?
— ¡Oh, mira allá va Antonio! ¡Nos vemos! —tan rápido como el viento Lovino desapareció de su lado, Govert gruñó con fuerza, el bastardo español no se observaba por ninguna parte.
—.—.—.—.—
—Ehh, así que él es Matthew. —sonrió Iván, estirando las mejillas del canadiense. —No sé porqué pero me recuerdas a alguien que me cae muy mal.
— ¡Le vas a arrancar la piel! —protestó Arthur, buscando la manera de quitar sus manos de encima. Iván hizo un mohín y cedió ante la insistencia. —Matthew es el hermano gemelo de Alfred, eso ya lo sabías.
—Tiene tan poca presencia que ni siquiera lo había notado. —contestó, perdiendo el interés.
—Pensé que había mejorado bastante estos últimos meses, joven Arthur. —Matthew lo miró en busca de una confirmación, el inglés asintió medianamente de acuerdo. Una sonrisa se formó en su cuñado. —Que alegría. —luego volvió a concentrar su atención en el tema central. — ¿Entonces soy un candidato para el nuevo Comité de Estudiantes?
—Eres muy responsable, Matthew, seguro que nos irá bien si te nos unes. Ahora tenemos doble de carga por Feliciano. —Arthur le mandó una mirada de reproche a Iván, que no le presto la menor atención. — ¿Crees que podrías?
—Por mí esta bien si con eso puedo ayudarlo, joven Arthur. —sonrió emocionado. — ¿Cuándo empezamos?
—Mañana antes de las clases nos veremos para acordar los primeros movimientos, además todavía hay que convencer de todo a Ludwig y a Roderich. —suspiró el inglés. —No te preocupes, solo lleva una libreta especial para las sesiones.
— ¿Tenemos que llevar algo así? —preguntó Iván, confundido. — ¿Para qué?
—Para anotar las ideas que surjan mientras hablamos, hay que llevar un registro también. —explicó contrariado. — ¿Cómo llevabas las sesiones del Consejo Estudiantil hasta ahora?
—Ehh…—Iván lo pensó por un momento, antes de curvar sus labios en una sonrisa—, no he tenido ninguna desde que dejaron la presidencia.
— ¡Entonces los chicos del Consejo han de estar esperando un llamado! —regañó Arthur. — ¿De verdad para qué tomaste la presidencia?
—Eso es obvio. —contestó simple. —Quería tener acceso al número de Yao.
—Joven Arthur. —llamó Matthew, el inglés se volteó a él con expresión cansada. — ¿Es muy tarde para renunciar?
—Matthew, no te atrevas a dejarme solo con estos idiotas. —pidió Arthur, tomándolo de los brazos para impedir su escape.
Alfred en el fondo observaba, detrás de un pilar de la biblioteca, encima de las escaleras para ser preciso. ¿Por qué Arthur no lo estaba considerando a él también? Quizás no fuera el mejor promedio de la escuela, pero últimamente pensaba que lo estaba haciendo muy bien, incluso le ganó una vez en resolver un problema de álgebra a Matthew, aunque al final lo tuvo mal, sin embargo, el procedimiento era correcto por lo que valía, ¿no?
— ¿Qué está haciendo ahí, Alfred-san? —preguntó Kiku, parándose delante de las escaleras.
— ¡W-Waaa! —con rapidez se sostuvo de estas, evitando una catastrófica caída. —Kiku, no me des esa clases de sustos.
—Lo siento mucho. —el japonés hizo una reverencia, disculpándose. Alfred bajó con cuidado, sintiéndose mal de hacer que le pidiera perdón. — ¿Buscaba un libro en particular allá arriba?
—No, ¿por qué lo haría? —cuestionó, despistado.
—Estamos en la biblioteca, Alfred-san, eso se suele hacer aquí. —respondió Kiku con la calma de siempre. Alfred apenas le prestó atención, pues buscaba a Iván y a su novio con la vista, no obstante, parecía que ya habían salido de ahí. — ¿está buscando a alguien?
—A Arthur. —dijo formando un ademán triste al final, bajando los hombros. — Ha estado con el villano entre villanos toda la tarde, ni siquiera ha venido para ir a comer.
— ¿Villano entre villanos?
—Iván Branginski. —respondió, sacando la lengua al final en señal de repulsión. El japonés casi igualó el blanco de su camisa. — ¿Qué pasa, Kiku?
— ¿Por qué está con él?
—No lo sé, pero lucen bastante sospechosos.
— ¡Andando, Alfred-san, tenemos que averiguarlo como sea! —dijo Kiku mientras ya le sacaba tres metros de distancia, el americano tuvo que apresurar su paso para alcanzarlo.
—.—.—.—.—
Lovino decidió que no era buena idea contarle a Antonio lo sucedido con Govert, para preservar la integridad de Emma, por supuesto; ya que era demasiado gracioso para burlarse del holandés.
Al llegar a la habitación, notó que su novio ya estaba arreglando las mantas en el suelo, para poder observar la televisión desde ahí. Además, tenía un tazón preparado junto a dos vasos para el refresco. Lovino sonrió, por más simple que fueran las cosas, Antonio se encargaba de hacerlas jodidamente especiales.
—Te tardaste, Lovi. —bufó Antonio. —Así que me puse a arreglar aquí, Fran me dijo que debía ser un ambiente más "romántico", pero no sé hacer uno de esos.
—Me quede conversando un momento con Govert. —explicó. —De todas formas toma esto.
Antonio frunció la boca al escuchar el nombre de su rival, pero después se encogió de hombros.
— ¿Qué te parece ver una película romántica? —preguntó, mostrando las que Francis tenía apiladas en su escritorio, sacadas especialmente para ellos dos. —Gilbo y Fran se han llevado las demás, así que son las únicas que tengo.
Al examinarlas, Lovino notó que cada título era mucho más meloso que el anterior.
—Yo hubiese preferido mirar una de terror. —hizo un mohín Antonio, comiendo una fritura. —También se las han llevado.
—Gracias al cielo. —murmuró Lovino.
—Pongamos esta, Lovi. —pidió emocionado, mostrando Diario de una pasión. Lovino puso los ojos en blanco, odiaba esa película, era demasiado dramática.
—Prefiero esta. —dijo pasándole la película de 10 cosas que odio de ti.
— ¿Me estás tratando de decir algo, Lovi? —preguntó con los ojos aguados por las futuras lágrimas.
— ¡No, no! Olvídala, mejor veamos esa. —señaló la segunda en la pila, Amor y otras adicciones. —No la he visto, supongo que será interesante.
Antonio asintió, dejándose caer al lado de Lovino cuando terminó de poner la película. Poco a poquito se fue arrimando a él, hasta quedar completamente juntos; Lovino suspiró, pero le restó importancia, después de todo eso eran lo que hacían las parejas enamoradas. No fue hasta las primeras escenas explicitas que ambos comenzaron a ponerse rojos, e incluso Antonio se separó un poco de su novio, avergonzando.
—Y-yo no pensé que se tratara de esto. —murmuró Lovino, con la acara agachada para ocultar su rubor. — ¿Quieres que la quitemos?
—No sabía que Fran tuviera esta clase de películas. —respondió Antonio, rascándose la nuca.
—Es de esperarse del maldito barbón. —recriminó Lovino. —Hasta te puedo asegurar que mientras él tiene este tipo de películas, la olorosa patata está repleto de Disney.
—Bueno, eso es verdad. —rió. Luego los ojos de Antonio se le quedaron viendo un rato, al ver que Lovino no le entendía, continuó hablando. — ¿Y yo, Lovi? ¿Sabes cuales tengo?
—Por supuesto, eres un maniático del terror. —bufó rodando los ojos. —Tendrás tantas que ni siquiera podré contarlas con mis dedos.
—Que agradable. —dijo Antonio, sintiéndose reconfortado. Que Lovino lo conociera tan bien como viceversa, lo ponía de buen humor.
Al verlo sonreír de manera tan exquisita, Lovino sintió un vuelco en su corazón y miles de mariposas decidieron alborotarse en su estómago. Aunque aún tenía el cabello amarrado con la liga de conejo, algunos mechones más cortos que no alcanzaban a llegar por detrás de la cabeza, se le escaparon, posicionándose por su rostro. Se veía demasiado apuesto. Para desgracia del italiano, su abuelo se hizo presente en su cabeza, con la estúpida pregunta de si deseaba tocarlo. Por supuesto que deseaba tocarlo, darle un montón de besos y abrazarlo todo el día, lastima que le causara tanta vergüenza como para morir.
— ¿Lovi?
Era muy extraño, desde que estaba con Antonio comenzaba a conocer facetas de él mismo que no conocía. No sabía que podía amar a alguien así, tampoco que le darían celos las chicas que alguna vez considero hermosas, o que quisiera marcar territorio antes de que alguien se le ocurriera acercarse a Antonio. Estaba completamente seguro de que hubiese sido al revés.
Tampoco se habría imaginado que pudiera tomar la iniciativa de esa manera.
Lovino tomó la cara del hispano entre sus manos, besándolo primeramente con una infinita calma, tan dulce, tan placentero que los segundos se convirtieron en minutos. Los ojos de ambos se miraban entrecerrados, mientras las manos de Antonio se posaron sobre la cintura de su pareja y las propias de Lovino entre el cuello y el mentón de Antonio.
Al cerrar los ojos, el beso de Lovino subió de intensidad, tanteando con la lengua los labios contrarios. Él comprendió la indicación, abriendo la boca, sintiendo como esta se deslizaba a través de ella. Antonio remarcó el agarre en Lovino, sosteniéndolo con mucha más fuerza, causándole un jadeo que sólo provocó que lo atrajera por completo a su persona. De pronto estaban completamente pegados, acariciándose el cabello, el rostro, el cuello.
Dejaron de pensar para pasar a sólo sentir.
—.—.—.—.—
— ¿Eh? No te diré. —dijo Matthew. Por órdenes de Kiku, Alfred había sido mandando con su gemelo para preguntar sobre su conversación con Arthur e Iván. Antes de que pudiera protestar, Matthew replicó. —Seguro estás pensando en algo sobre salvar al joven Arthur, ¿no es verdad? —Alfred pegó un brinquito al verse descubierto. —No sé de quién, pero no es así, hermano, puedes estar tranquilo.
— ¡Eso usted no lo sabe! —reprochó Kiku entre las sombras, Matthew casi se cae del susto al verlo salir detrás de unos libreros. —Lo siento, Matthew-san, ya que se trata de Iván, no podemos bajar la guardia.
— ¡Cierto, cierto! —coreó Alfred.
—De verdad no es nada malo. —confesó Matthew. —Ellos me han pedido ayuda para un proyecto que tienen en mente, al principio yo también me sorprendí de ver al joven Arthur con el sujeto que le quitó el puesto, pero creo que es una gran idea.
— ¿Y qué idea es? —indago el japonés.
—Aún no estoy seguro, mañana por la mañana lo sabré. —sonrió.
Al ver que Matthew no contestaría más preguntas, salieron de la biblioteca.
—No pudimos sacarle nada a Matthew. —suspiró Alfred, luego infló las mejillas hasta causarse dolor. —Su lealtad debería estar con su heroico hermano, no con el villano.
—Alfred-san, lo mejor será colarnos a la reunión mañana. —dijo Kiku, con ojos brillosos por la emoción. —Estoy seguro que si nos escondemos en un sitió de la sala, será fácil saber cuales son las intenciones de Iván con Arthur-san.
—Kiku…—Alfred imitó su gesto, determinado a salvar a su novio. —Eres el mejor amigo que un héroe puede tener.
—Gracias, Alfred-san. —sonrió.
— ¿Quizás podríamos vestirnos de los Power Rangers? —preguntó exaltado. Kiku se hizo a un lado, contemplándolo con escepticismo. El americano empezó a jugar con sus dedos, nervioso y avergonzado. —Me gustaban mucho cuando estaban pequeños, pero en la academia militar de mi papá no podía vestir otra cosa que no fuera el uniforme de la milicia, así que nunca pude vestir ninguno en Halloween.
— ¿Entonces como los conocía?
— ¿Eh?
—Si usted paso su infancia en la milicia, más de una cosa me sorprenden, sin embargo, ¿cómo conocía esos programas si ahí no tienen televisor?
—Eso no es correcto, Kiku. —explicó. Su rostro tomó una semblante más divertido a medida que continuó. —Junto con mi amigo Dave solíamos colarnos todas las mañanas a la habitación de mi papá, él tenía su propio televisor, por lo que lo prendíamos. Aunque siempre nos terminaba descubriendo y dando dos horas más de carreras.
— ¿Y por qué es muy malo en los estudios? —preguntó de nuevo, de la manera menos ofensiva que encontró.
—Que nos lo dieran no significaba que lo cumpliéramos. —rio, travieso. —Nos la pasábamos hablando sobre los capítulos de los Power Rangers o de comics, a mi papá le gustan mucho los comics así que los domingos que teníamos libres leíamos un montón de ellos para comentarlos durante la semana.
—Tuvo una infancia bastante peculiar.
—Yo creo que fue divertida. —concluyó Alfred, acomodándose los lentes. —Gracias a ello no fue sofocante estar ahí.
— ¿Y por qué su padre decidió meterlo a Gakuen? —cuestionó de nuevo, Kiku en el instante que vio que los hombros de Alfred se tensaban supo que había cometido un error. —Lo lamento, Alfred-san, estoy siendo demasiado curioso.
—N-No…
—Intentaré buscar ropa de color negro, —sonrió—recuerdo que era el que más me gustaba cuando era niño.
—Yes! —gritó Alfred, olvidándose del tema anterior y alzando un puño en señal de celebración.
—.—.—.—.—
Antonio contempló a Lovino debajo de él, con ojos centellantes, mejillas sonrojadas, respiración agitada. Seguro que él estaría igual o mucho peor. El uniforme de ambos estaba desarreglado, la corbata de Lovino se había perdido desde hace mucho, dejando los tres primeros botones de la camisa entreabiertos. El saco de ambos era una maraña de arrugas.
Los cabellos de Antonio se habían soltado gracias a la constante fricción de los dedos de Lovino sumergiéndose en ellos. El español se volvió a inclinar a él, depositando otro beso igual de intenso en sus labios, ocupando su mano derecha en tomar la de Lovino, entrelazando ambas. Por su lado, la izquierda acariciaba con el pulgar un poco de la piel expuesta de la cadera.
Una sensación electrizante inundó a Lovino, tal cual el primer beso dado, detrás de los arbustos, Antonio lograba que cada beso, cada caricia, se sintiera mucho mejor que la anterior. Lovino puso su mano disponible en la mejilla de Antonio, palpando la suave piel del otro, seguro por las cremas de Francis.
Las caricias de Antonio entonces empezaron a subir por su estómago, tocando cada parte que alcanzaba. Lovino se estremeció, pese a que las manos contrarias estaban tibias, como siempre. Su contacto visual se hizo mucho más intenso cuando Antonio dejó que su rodilla se metiera por las piernas de Lovino, ambos pasaron saliva casi al mismo tiempo. No es que se sintieran expuestos, en absoluto, sabían que el otro lo conocía hasta lo más profundo del alma, sin embargo, era la inexperiencia lo que impedía continuar.
Lovino apretó mucho más la mano de Antonio, asintiendo lentamente con la cabeza. Puede que no estuviera muy seguro de hacerlo, sin embargo, sentía la necedad de tocar a Antonio, de conocerlo en otra faceta más, una que nadie más que él conocería. El español balbuceó un poco, sin encontrar palabras adecuadas para la ocasión, sólo podía pensar en llenar de besos a su novio y así lo hizo, se inclinó a él, besándolo.
Ambos tenían ese no sé qué que volvía loco al otro.
Antonio se levantó de Lovino, atrayéndolo con él, el italiano continuó con el beso, hasta notar las intenciones del español. Se sentó en la cama para después ser recostado de la forma más linda que Antonio encontró, lenta pero llena de caricias y besos. Lovino volvió a mirar a su novio arriba de él, sus ojos seguían siendo tiernos, no obstante, una chispa iba creciendo a cada mimo dado. Se pregunto vagamente si Antonio también vería algo similar en sus ojos.
—Te amo, Lovi. —sonrió, pegando la frente con la de él. Lovino le devolvió el gesto. —Fue la decisión perfecta haberte besado ese día. Me moría de ganas de saber cómo sabían tus labios.
—Sigues diciendo cosas vergonzosas. —murmuró Lovino, apartando la mirada de él.
—Dejaré de hablar entonces. —dijo Antonio, besándolo de nuevo.
Lovino curveó ligeramente la espalda al sentir las manos de Antonio desabrochando su cinturón. Quiso detenerlo, sólo que la sensación que se introdujo en su pecho, lo detuvo, y mejor se ocupó en poder quitarle la camisa a Antonio. Con cuidado el hispano se fue deshaciendo del pantalón de Lovino, dejándolo primero a la mitad de las rodillas para seguir besándolo, luego aventándolo por debajo de la cama.
El italiano carraspeó la garganta al verse contemplado de manera absorta por Antonio, incluso se había echado a un lado para recorrer su cuerpo de arriba abajo. Sólo consiguió que le metiera un golpe en el rostro por avergonzarlo de esa manera. Antonio no se quejó, al contrario, volvió a él, poniéndose de nuevo encima, tomando ambas manos de Lovino con las propias las sostuvo al costado de su cabeza, mientras sus piernas fueron apresadas por las aún vestidas de Antonio.
Se inclinó a él, deteniéndose un momento en sus labios, decidiendo descender por el cuello, primero besando; causando cosquillas en el italiano; secundando con lamidas tímidas o besos intercalados entre la base y por detrás de la oreja. Lovino soltó un jadeo, las cosquillas comenzaban a ser remplazadas por una sensación mucho más placentera. Al ver las facetas de su pareja, Antonio sintió una presión en la parte baja, que hasta ahora había mantenido al margen. Es que Lovi se retorcía tan lindo.
—T-Te dije que dejarás de mirarme. —reprochó Lovino al abrir los ojos, frunciendo las cejas pese a su rubor.
Antonio asintió con la cabeza, bajando ahora por su pecho, no sabía que tan correcto podría hacer eso con un chico, pero aun así lo hizo. Soltó una de las manos de Lovino, y comenzó a apretar uno de los pezones contrarios, mientras con su boca atendía al otro; lo primero que hizo el italiano fue llevarse la mano suelta a la boca y apretar la que sostenía su novio. Doblo una de sus rodillas, pegando con el trasero del español.
Un gemido mal escondido llegó a los oídos de Antonio, luego de que su rodilla comenzara a masajear suavemente su miembro, sin descuidar por supuesto la parte de arriba. Antonio se volvió de nuevo a la boca de Lovino, besándolo con la misma delicadeza de antes, dando mordidas suaves cada que se separaba de él, sumergiendo a ambos de nuevo en un mar de sentimientos.
—A-Antonio. —logró completar Lovino entre beso y beso. Su pareja poco prestó atención, quitando las manos entrelazadas, Antonio recargo uno de sus codos en la cama, dejando a la otra mano explorar, tantear, la parte de abajo donde las caderas ya jugaban un papel importante.
Al sentir la mano de Antonio tocar su pene, Lovino se contrajo, poniendo su palma en el hombro del hispano, con los dedos enterrándose en él. El italiano cerró los ojos, apretando los labios para evitar que otro sonido vergonzoso se le escapara; Antonio hizo un mohín, queriéndolo escuchar, aún así sabía que era contraproducente pues los estudiantes afuera de la habitación podrían escucharlo y se meterían en un gran aprieto.
—Lovi, haré algo un poco más osado. —susurró Antonio en su oído, mordiéndole el lóbulo al concluir.
El español se bajó el pantalón junto a los calzoncillos, igualando lo último con Lovino, tomando ambos miembros para comenzar a frotarlos entre sí. Tanto Lovino como él, se hundieron en el hueco del hombro contrario, temblando ante la sensación de la fricción.
—B-Bastardo…—murmuró Lovino con los ojos aguados. Antonio le lamió los labios, dándole un besito después ya que jadeó por el deleite.
La mano de Antonio se movía de arriba abajo, de forma constante, apretando cada dos veces la punta de ambos miembros. Lovino le enterró las uñas en su espalda, arqueándose por una sacudida, Antonio lo beso nuevamente, jugueteando con la lengua contraria. El movimiento de ambos con sus caderas, seducía al otro, Lovino guardando gemidos entre besos, Antonio apretando con fuerza la almohada debajo de la cabeza de Lovino, para callarlos.
Tardaron frotándose uno contra el otro, repartiéndose besos y caricias. Lovino fue el primero en correrse, dejando escapar un gemido que el español calló con un beso. Seguido por unos minutos de diferencia, Antonio repitió su acción, dejándose caer suavemente en su pareja al terminar. Con la respiración agitada de ambos, se miraron ladeando el rostro, sonriendo.
Sin saber porqué ambos comenzaron a reír, volviendo a entrelazar sus manos.
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— ¿Qué están haciendo ustedes dos? —preguntó Arthur, con un pilar de hojas bajo el brazo. Al momento de entrar por la puerta del ex-estudio de su hermano, se topó con dos figuras queriéndose esconder bajo el escritorio, Kiku con una banda negra puesta en la frente y Alfred con una bufanda roja rodeándole el cuello; según ellos la representación de los Power Rangers.
— ¡Shhhh! ¡Se supone que no puedes vernos, Arthur! —reprochó su novio.
— ¡Es imposible que no los vea, tarado! —espetó él, pellizcándole la mejilla. — ¿Qué están haciendo a estas horas de la mañana aquí sin un permiso?
—Fue mi idea, Arthur-san, no regañe a Alfred-san, por favor. —pidió apenado el japonés, de inmediato Arthur soltó a su novio, avergonzado de la reverencia que estaba haciendo Kiku.
—No, no, Kiku. Yo sé cómo es Alfred, no necesitas echarte la culpa.
—Solo queríamos saber porqué estás con Iván. —bufó Alfred, guardándose sus reproches para después. —Estuvieron mucho tiempo juntos, ni siquiera me fuiste a saludar en todo el día.
— ¿Estás celoso? —suspiró Arthur, pese al sonrojo de sus mejillas. —No hay de que preocuparse, Iván me pidió ayuda sobre el Consejo Estudiantil. Formaremos un grupo que ayude a resolver los problemas de los estudiantes, por eso estábamos reuniendo personas. —el inglés miró a su pareja con reproche, tirando nuevamente de sus mofletes. —Además, tonto, ¿de verdad crees que a estas alturas me fijaría en alguien más aparte de ti?
Los ojos de Alfred destellaron tal cual dos estrellas fugaces en el cielo nocturno.
— ¡Arthur!
El nipones se sonrojó al escuchar a su mejor amigo, incómodo volteó al lado de la ventana, mirando de soslayo el beso que Alfred le dio a Arthur. Su lado amante del BL lo traicionaba.
—Entonces está completamente seguro que Iván no lo está extorsionando, ¿verdad?
Justo Arthur iba a asentir, cuando las manos del antes nombrado se posaron en los hombros de Kiku, estremeciendo a todos.
— ¿Qué cosas dices, Kiku? —preguntó Iván, un aura morada se desprendía de él. — ¿Cuándo he hecho semejante cosa? KolKol.
—Veee~ Tengo mucho sueño, Ludy. —bostezó Feliciano entrando junto a su inseparable alemán.
—No me culpes a mí, tú dijiste que querías involucrarte en esto. —regaño Ludwig, queriendo apartarlo de él, pues lo abrazaba para que lo cargara.
Al ver a Kiku el rastro de sueño de Feliciano se borró dejando un rostro de felicidad. — ¡Pero si es Kiku, vee~, ¿también te reclutaron?!
—Oh, no, yo solo vine a asegurarme que Arthur-san estuviera bien. —respondió.
—Buenos días. —Toris apareció tímidamente por la puerta, precisamente al lado de Roderich y Vash que se echaban miradas de mala muerte.
—Ya estamos todos aquí, dah.
—No es verdad, falta Matthew. —cortó Arthur, preocupado. —Ya debería haber llegado, él es muy puntual.
— ¿De qué hablas, Arthur? Matthew lleva aquí desde que entró el villano. —señaló Alfred a su gemelo, sentado en una de las sillas que formaban una media luna.
—Eh, lo siento.
—De verdad me recuerdas a una persona que detesto mucho. —repitió Iván, picándole con saña la mejilla. El canadiense solo sonrió nervioso.
— ¡Hey, no te metas con los más débiles! —reprochó Alfred, poniéndose delante de su hermano como un escudo protector, brazos y piernas abiertas. Matthew quiso decirle que no era débil, pero mejor lo dejó así. —No cabe duda que eres el villano entre villanos.
— ¿Puedo golpearte? —preguntó Iván, fingiendo una sonrisa.
—Te llamaré…—Alfred golpeó un par de veces su frente con el dedo índice, buscando un nombre. Al ver que no encontraba ninguno, Kiku decidió empujarlo poco a poco a la salida, haciendo una reverencia antes de cerrar la puerta.
—Tengo curiosidad sobre el nombre que me pondrá, dah. —dijo Iván, recuperando el ambiente habitual.
—Feliciano se quedó dormido. —suspiró Ludwig, viendo a su mejor amigo dormir plácidamente en una silla.
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Luego de las clases Lovino decidió ir por la escuela, caminó con las manos dentro de los bolsillos, sintiendo la nariz fría a causa de la reciente ventisca. La escuela últimamente le parecía mucho menos intimidante, quizás porque tenía al odioso de Antonio pegado a cada maldito segundo sobre él. También tenía a Matthew para hablar entre clases y de vez en cuando se juntaba con Alfred para hacerle alguna travesura a Arthur; poniéndoselo a pensar, Alfred lucía mucho más enamorado que nunca, cada que Arthur pasaba a su lado se le quedaba viendo como idiota o sus mejillas se sonrojaban y decía una estupidez para borrar sus pensamientos.
Quizás él fuera igual con Antonio y no se daba cuenta.
Se sonrojó de pensarlo, ¿por qué él parecería un idiota enamorado? No era Antonio o Alfred, ¡él sabía controlarse por todos los cielos!
De repente las escenas de lo que sucedió el día anterior en la habitación del hispano inundaron su cabeza, haciendo que su cara hirviera por lo rojo que se había puesto. No le desgradaba en absoluto, sin embargo, las conversaciones se volvieron un poco bochornosas con Antonio al encontrárselo por el pasillo, algo que superarían apenas tuvieran tiempo para hablar, por supuesto.
Mejor decidió pensar en otro tema, centrándose en su amigo; Govert tendría que conseguirse una novia pronto si no quería pasar toda la vida contando gatos. ¿Quién sería la adecuada para él? Las de segundo y tercero no, ya que les tenía demasiado rencor por Bel. Alguna de primero, pero el tipo se cargaba una cara de te voy a matar que seguro más de una lo demandaba. ¿De la universidad? Pero el bastardo aún no se decidía a cual ir.
Tal vez Scott Kirkland, los dos tenían su lado sádico, su cara amargada, y su complejo de hermanos en común. Y hablando de complejo de hermanos… posiblemente tuviera que desarrollar uno; ya que cuando vio que Feliciano se inclinaba para darle un beso al macho patatas, Lovino Vargas, se quedó en blanco.
¡Yo!
Ah, lo siento muchísimo, prometí dos capítulos pero algunos problemas personales lograron bloquear mi mente y hasta que no llegué a la solución de ellos, no pude escribir nada. De verdad, una disculpa, pero el siguiente capitulo ya esta comenzando a ser escrito, por lo que tal vez lo tenga antes de finalizar el mes.
Bueno, pasemos a lo mejor, ¿qué tal el capítulo? Ya estamos iniciando con el arco de Spamano, introduciendo a una de las parejas prometidas al inicio del fic. Je, je, je. En fin, hoy lo dejo corto, así que pasaré a agradecer sus reviews:
Aoi-chan, Naty, Yensen.02, TeaxCoffee, Aristocles Prionsa & Sybilla Kahler. ¡Muchas gracias por dejarme su impresión, me hace feliz poder leerlas!
Desde la Tierra de las Historias,
MimiChibi-Diethel.
