Circulo: Vicio Tsun.


Tú + Yo =Error 404.

32. Rómulo y Remo.

Había una vez una loba Luperca que crío a dos niños pequeños, gemelos igual que ustedes. Llamados Rómulo y Remo. —inició Máximo, sosteniendo el libro de cuentos. Lovino y Feliciano de aproximadamente cinco años se apretaron más en su mantita, descansando en el regazo de su abuelo; mirando las ilustraciones del libro. —Ellos fueron abandonados por su madre, para poder salvarlos de aquel que quería hacerles daño. Luperca entonces se apiadó de los bebés al verlos indefensos, ella decidió amamantarlos, hasta que fueron encontrados por Faustolo, quién decidió criarlos junto a su esposa en secreto.

Una vez que los niños crecieron, su padre adoptivo les contó su origen de procedencia, que su tío abuelo Amulio tenía mucha envidia de su hermano, que era descendiente del primer Rey de Alba Longa, así que decidió arrebatarle el trono. —al ver la cara de sus nietos, consternada, supo que estarían pensando que "el trono" era una especie de juguete. —Numitor, que era el heredero, tuvo una hija a la que Amulio mandó a la iglesia como monja, por lo que no se podía casar ni tener hijos. —Máximo omitió los detalles de las muertes, porque seguramente su nuera e hijo le reclamarían por las pesadillas de los pequeños. —Sin embargo, un día, el Dios de la Guerra, Marte, la vio y se enamoró de ella. De allí nacieron Rómulo y Remo.

¡Yo quiero ser Rómulo! —dijo Feliciano, alzando su manita. Lovino infló las mejillas, él quería ser también Rómulo.

¡No, yo soy!

Aguarden un momento, terminen de escuchar la historia y después deciden quién es quién. —pidió Máximo, deteniendo las pataditas que Lovino quería darle a Feliciano para que le dejara al personaje. —Continuó. Una vez que ellos descubrieron sus orígenes, volvieron a su pueblo de origen, destronando al rey impostor. Y posicionando a su abuelo como Rey. Él en agradecimiento les cedió algunas tierras, donde podrían construir su ciudad. Pero ellos no decidían donde sería fundada, por lo cual pelearon y decidieron que era bueno consultar el vuelo de las aves. En el sitio donde aparecieran más buitres sería el ganador.

¿Por qué tienen que ser buitres? —preguntó Feliciano, asustado.

Eso fue lo que decidieron ambos. —respondió Máximo. —Remo encontró seis aves en el lugar que quería construir, y fue contento a contarle a su hermano de su triunfo. No obstante, el de Rómulo tenía doce.

Sabía que Rómulo era el bueno. —sonrió Lovino. Feliciano asintió.

¿Y entonces Remo decidió construir con su hermano?

Bueno… —habían llegado a un punto de la historia donde Máximo no estaba seguro de continuar, había pensado que sus nietos se dormirían por la mitad de la historia. Pero estaban demasiado concentrados en ella. —Rómulo formó un rectángulo en el suelo, donde aquel que lo traspasara acabaría muerto. Remo lo desobedeció y al final Rómulo tuvo que cumplir su promesa.

Ya no quiero ser Rómulo. —murmuraron ambos, Máximo se detuvo del final, sorprendido.

¿Por qué dicen eso?

Porque él le hizo daño a su hermano. —explicó Feliciano, tomando la mano de Lovino. —Yo no le haría daño a Lovi.

Fue un mal hermano mayor. Ya estaban construyendo donde él quería, ¿no quería a su hermano?

Supongo que es más complicado que eso.

Pues Remo es más genial.

¡Síí! —secundó Feliciano.

Bien, bien, ahora es hora de dormir. —pidió el abuelo, acurrucándolos contra él. Ellos lo hicieron, dejando a Máximo en medio y cada uno de ellos a sus costados. Luego de rezar las oraciones que les había enseñado, se dispusieron a dormir.

Si encuentro a Rómulo en mi sueño le diré que está mal lo que hace. —dijo Feliciano, cerrando los ojos.

Máximo acarició la cabeza de ambos, dormir cerca de la chimenea les gustaba mucho a los tres. Y cuando estaba a punto de quedarse dormido también, Lovino le haló la pijama, llamándolo.

¿Qué pasa, Lovi?

Yo no voy a ser Rómulo. —balbuceó, acomodándose más en sus brazos. —Voy a proteger a Feliciano.

—.—.—.—.—

Lovino en esos momentos casi podía entender los celos de hermano que en su momento tuvieron (o aún tenían) Govert y Scott. El saber que un sujeto ajeno lograba que pusiera esas expresiones o que sintieras que te lo estaba arrebatando de tu lado, era lo peor. Más cuando te ponías a pensar que así como lograba hacerlo muy feliz, también lograría hacerle mucho daño si se lo propusiera.

¡Y más si se trataba de una patata bastarda!

— ¡Feliciano! —gritó, haciendo que ambos se despegaran al instante dando un brinco hacia atrás. Suerte que no había nadie más que ellos tres. — ¿Se puede saber, que carajos estás haciendo?

Ve~

— ¡Nada de "ve~", imbécil! ¡Respóndeme! —reprochó Lovino, ahora delante de él, con una mano amenazante dispuesta a aterrizar en la cabeza de su hermano menor.

—Estaba besando a Ludy. —contestó Feliciano, confundido. Ludwig quiso decir algo pero el aura morada que desbordaba Lovino se lo impidió, sería como echarle más leña al fuego. —Es lo mismo que tú haces con el hermano Antonio, Lovi.

Un pequeño rubor se le apareció en el rostro al mayor de los italianos, pero no dejó que aquello desviara su atención del tema principal.

— ¿Y por qué mierda lo estabas besando?

—Estoy saliendo con Ludy desde el inicio del año. —contestó él con una simpleza arrolladora. Ludwig dio un suspiró mental para los futuros gritos. — ¿No te lo había dicho? —se preguntó Feliciano, intentando hacer memoria.

— ¡NO, CARAJO, NO! —estalló, tirando del rulo contrario como si quisiese arrancarlo. — ¿Pero qué puta mierda haces saliendo con el maldito macho patatas? ¿¡Estás mal del cerebro o qué!?

— ¡Hermano, me duele, me duele! —chilló Feliciano, intentando soltarse.

— ¡Y todavía muy descarado me lo dices, maldito Feliculo! ¡Vete a la mierda! —protestó. — ¡Y tú deja de mirarme, maldición, ve a buscarte a otra persona que a mi hermano no vas a joderle el culo!

—Creo que deberíamos hablar de una forma más civilizada, hermano de Feliciano.

— ¡Civilizado mi culo, tarado! —Lovino haló a Feliciano, apartándolo del germano. — ¡No te quiero cerca de mi hermano, macho patatas! ¡Tú y tu estúpido hermano váyanse a rellenar las bolas!

A rastras se fue llevando a Feliciano, dejando a un confundido y preocupado Ludwig a solas con sus pensamientos.

— ¿Por qué mi hermano? —se preguntó.

Bueno, lo que fuera, de todas maneras tenía que regresar con Iván, Arthur y los demás porque ya habían pasado los diez minutos de descanso que les dieron para respirar de la sesión del G8. Tendría que explicarles porqué Feliciano no estaba, aunque seguro no les importaría, lo que hacía el italiano era todo menos decir algo productivo para el Consejo Estudiantil.

—.—.—.—.—

— ¿Me puedes explicar por qué carajos estás con esa bola de músculos patatera? —reprochó Lovino, sentando a la fuerza a su hermano en una banca, él tenía lagrimitas en el borde de los ojos por los recientes golpes y maltratos de su hermano mayor. — ¡Y sobre todo, ¿por qué carajo yo no lo sabía?!

Feliciano se quedó callado, sorbiéndose la nariz y murmullando algunos "ve~" por lo bajo.

— ¿Y?

—A mí me gusta Ludy, hermano.

— ¿¡Qué!?

Hiii! ¡No me pegues, Lovi, me duele!

— ¡Entonces no digas idioteces, Feliculo imbécil! —reprochó. Feliciano puso sus manos encima de su cabeza, para evitar los golpes de su temperamental hermano mayor. — ¿¡Cómo te puede gustar ese alemán que le da miedo hasta a su madre!? ¡Sólo tienes que mirarle la cara para saber que es un degenerado!

—Es lo mismo con el hermano Antonio. —le cortó Feliciano antes de que pudiera seguir llenando de insultos a su pareja. Al ver la cara de Lovino, que parecía invocar al mismísimo Dios del Inframundo, se apresuró a corregir. —N-No quiero decir que el hermano Antonio tenga cara de degenerado o algo así. —sacudió sus manos en forma de negación. —T-Tampoco Ludy la tiene… Lo que quiero decir, hermano, es que el sentimiento que tú tienes por el hermano Antonio es el mismo que yo tengo por Ludy.

—Por supuesto que no es igual. —contradijo Lovino, cruzándose de brazos. —Antonio es Antonio, puede ser un imbécil pero es uno con buenos sentimientos; en cambio el macho patatas… bueno, es el macho patatas.

—Ludy es una buena persona, hermano.

—Eso te ha dicho a ti.

— ¡Lovi, yo lo he comprobado! —exclamó poniéndose a la defensiva, una que Lovino pensó que era demasiado tierna; Feliciano con las cejas fruncidas y un puchero en su boca, con los puños alzados, pegados a su pecho, su rulo parecía tiritar de arriba abajo. —Cada vez que estoy en problemas él viene a salvarme, me ayuda con las cosas que no entiendo en la escuela y me deja dormir junto a él cuando tengo miedo por las noches. Es todo un hombre entre hombres. Me gusta mucho. —sonrió, sonrojado.

Lovino frunció las cejas a cada palabra de su hermano, era tan… tan… ¡idiota! ¿Cómo demonios podía enamorarse de un macho patatas? ¡Y sobre todo del hermano del imbécil de Gilbert, el cual era igual de idiota que este! Seguro que el alemán sólo estaba buscando aprovecharse de la inocencia de su hermano, para acercarse a la empresa de su familia y lucrar desde ahí; y pensando en su familia una idea fugaz se le vino a la mente.

— ¿Le has dicho a nuestros padres? —preguntó, buscando la serenidad, pese a que se moría de ganas de seguirle reprochando cosas.

Feliciano negó con la cabeza, abrazando sus manos contra su pecho.

—Ni siquiera te lo he dicho a ti, Lovi. —murmuró. —Por supuesto que tampoco a mamá o papá, ni tampoco al abuelo.

— ¿Lo quieres mantener en secreto? —conociendo a su hermano, era seguro que él quisiera divulgarlo. —No, es esa patata, ¿verdad? ¡Él te quiere mantener en secreto! ¡Sí bien que lo sabía!

—No, Lovi, fui yo quién se lo pidió. —lo intervino antes de que ardiera en llamas. Lovino alzó una ceja a él, confundido.

— ¿Por qué?

—Te lo iba a decir, es decir…, cuando supiera que iba a funcionar. —susurró, agachando la cabeza. —Y sí funcionó, pero en ese momento tú te estabas dando cuenta de tus sentimientos por el hermano Antonio, yo no quería arruinar eso.

— ¿A qué te refieres?

—Si yo te decía lo que pasaba con Ludy, entonces Lovi, habrías abandonado la idea de tener sentimientos hacía él. No quería que eso pasara.

Una venita se crispó en la ceja de Lovino, escuchando su comentario, no quería ofenderse, sin embargo, estaba poco seguro de poder lograrlo.

—Sin rodeos, Feliculo, ve al puto grano.

—Lovi, yo no quiero que te sacrifiques por mí. —explicó, tomando seriedad. —Estoy seguro que tú me habrías incitado a decírselo a mamá y papá, entonces ellos estarían bien con esto, sin embargo, la presión sobre ti sería mucho más intensa de lo que ya es. El hermano Antonio te ama, y tú lo amas a él, renunciar a tan bonitos sentimientos sólo por querer que tu hermano sea feliz, no me parece justo.

—Feliciano…

—Te has vuelto mucho más alegre. —sonrió el menor, tomando las manos de su hermano entre las suyas. —Sonríes mucho más tiempo, me gusta eso Lovi, tus ojos no lucen cansados o tristes por estar añorando los años que pasaste en la hacienda del hermano Antonio. Incluso abriste tu corazón a nuevas personas, me siento muy orgulloso de ti. No quiero que pierdas esa felicidad.

—Incluso aunque digas eso, —Lovino quitó sus manos de las contrarias, apartando un poco la mirada de él antes de volver a dársela. —me puedo defender yo sólo, Feliciano, no necesito que me cuides. Además, debiste decirme que salías con el macho patatas. Es obvio que estoy en contra, eres demasiado confiado con todos, no te preocupa que te puedan estar utilizando y al final tus sentimientos acaben heridos.

—Conozco a Ludy desde hace cuatro años, hermano. Tú conoces a Gilbo desde la infancia, ¿de verdad crees que son malas personas?

La verdad, no. Gilbert podría ser un idiota sofocante, amante de los pechos, sin cerebro, una patata olorosa, pero sabía tan bien como Feliciano que él en el fondo, muy en el fondo -y aunque le costara admitirlo-, era buen sujeto. Lo mismo sucedía con Ludwig.

— ¡Aún así no me gusta que andes con él!

—Hermano…

Lovino quiso gritarle que terminara con esa relación, no obstante, las palabras no salieron de su boca por más que lo intentó. Feliciano lo observaba con tristeza, desasosiego y desconcierto. Maldita sea, la jodida patata lo estaba haciendo feliz y eso era jugar chueco; bueno, no es que quisiera que Feliciano sufriera, sin embargo, le chocaba que su felicidad tuviera el nombre de Ludwig-alemán-macho patatas.

— ¡Ahg! ¡Me largo!

Se puso de pie, dejando a un asustado Feliciano por la fuerza que puso al levantarse; estaba seguro de que lo iba a golpear. Lovino se perdió entre el primer edificio que encontró, irradiando furia.

—.—.—.—.—

—Estoy muerto. —comentó Arthur, saliendo del estudio perteneciente a Iván. De la misma forma iban Ludwig, Toris, Roderich y Vash. Iván en cambio tatareaba una canción mientras revisaba su celular, al cual le acababa de llegar un mensaje. Matthew tenía una sonrisa en el rostro, asegurando que nadie había vuelto a escucharlo.

— ¡Arthuuuuur! —exclamó el chico héroe, fundiéndolo de pronto en un abrazo eufórico.

Roderich se tapó los oídos al escuchar el grito, mandándole una fea mirada a Alfred, prosiguió con la discusión que tenía con Ludwig. Vash en cambio se quedó contemplandolos, debatiendo internamente sobre traer su escopeta o no, por tan desagradable escena que estaban mostrando, al final decidió que no valía la pena y se marchó.

—A-Alfred… no puedo respirar. —se quejó Arthur, golpeando suavecito su espalda.

—Ah, lo siento. —sacó la lengua en forma de disculpa. —Es que te tardaste mucho allá adentro, pensé que nunca saldrías.

—Lo siento, tratar con Iván es todo un asunto. Ya veo porque su padre acepto el proyecto del G8, así él no tendría que escucharlo todo el tiempo. —bufó, comenzando a avanzar. Matthew se puso al lado de su hermano, que le paso una paleta que traía en el bolsillo de su chaqueta café. —Me duele demasiado la cabeza por los gritos de Ludwig a Feliciano, y los reproches del señorito llamándonos idiotas cada que dábamos una idea.

—Yo puedo darle un masaje, joven Arthur. —se ofreció Matthew.

—No, Matthew, debes estar igual o más agotado que yo; esos idiotas tienden a ignorarte a pesar de que tus propuestas son de las mejores. —suspiró. Alfred miró confundido a su hermano, que dio un respingo, a decir verdad todos los que salieron se veían agotados; ¿y cómo no estarlo? Desde la última clase se habían metido en el despacho, y hasta ahora, que era el tiempo de la cena salieron, ni siquiera tomaron la comida.

— ¡Vamos a comer, seguro que eso les levanta el ánimo! —propuso Alfred, manteniendo su alegría.

—Lo siento hermano, iré a dormir.

— ¿Eh? Pero si no has comido nada desde el desayuno, te pondrás enfermo, Matthew. —le reprochó, tomándole la temperatura con la mano para remarcar sus palabras.

—Tengo algunos waffles y miel de maple en mi habitación, así que no hay que apurarse. —sonrió. —Aparte me falta la tarea por hacer y las luces se apagan en hora y media, tengo que darme prisa. Nos vemos. —se despidió, casi corriendo, para evitar que su hermano pudiera decirle algo más.

—Se fue…—murmuró haciendo un puchero.

Arthur pensó en la tarea que también tenía acumulada, por supuesto que también los exámenes volvían a estar cerca, aparte tenía que checar las propuestas que se hicieron ese día. Ah, de sólo pensarlo le entraba más fuerte el dolor de cabeza.

—Vamos, yo sí tengo hambre. —le dijo Arthur, siguiendo el camino a la cafetería más cercana. Alfred lo siguió, tomando su mano entre la suya, entrelazándola.

—Oye, Arthur. —llamó, con la boca fruncida en un adorable mohín.

— ¿Qué pasa? ¿Quieres hamburguesas? Ya te dije que para la cena hay que comer ligero.

—No, no es eso. —exclamó, ligeramente sonrosado, había un poco de verdad en las palabras de su novio. —Es sólo que no te he besado en todo el día.

— ¿Q-Qué cosas estás diciendo?

— ¿No se puede? —preguntó bajando los hombros, en señal de derrota. —Tienes razón… hay mucha gente… seguro que te da pena que nos vean juntos.

Arthur quiso golpearlo un par de veces para que aprendiera que no podía chantajearlo así. Sin embargo, Alfred tenía razón, era la primera vez en todo el día que lo veía, incluso él lo extrañó durante el proceso de la tarde. A decir verdad no entendía porque a estas alturas le seguía apenando darle un beso a su novio en público, dado que toda la escuela sabía de su relación; pero no podía evitarlo.

Ante esto le dio un pequeño beso fugaz en la mejilla, apartándose apenado por su falta de valor. Alfred en cambió parecía muy feliz por el beso recibido, al igual que siempre, sus ojos brillaban en felicidad.

—Oye Arthur, ¿qué te parece emparejar la situación? —preguntó una vez que lo alcanzó, emocionado. Su novio lo contempló sin entender. —Un beso en la otra mejilla para que estemos a mano.

— ¡No voy a hacer eso!

— ¡Eh, entonces déjame a mí dártelo! —frunció sus labios, haciendo el ademán de un beso, abrazando a Arthur por los hombros.

— ¡Aléjate de mí, tonto! —gritó, poniéndole una mano en el rostro, intentando apartarlo. — ¡Alfred!

Forcejearon un poco más antes de que Alfred lograra su objetivo, un desliñado Arthur suspiró. El americano tomó la mano de su novio al ver que no se iba a mover, llevándoselo a la cafetería. Varios de los alumnos habían mirado la escena y muchos tenían una fea expresión en su rostro, mientras otro tanto los contemplaban con indiferencia y una minoría se alegraba por ellos; pese a eso, a ninguno de los dos les importaban los pensamientos de sus compañeros de escuela, Alfred porque era demasiado despistado para darse cuenta y a Arthur le daba absolutamente igual, primero tenían que fijarse en sus vidas antes de criticar la suya.

Luego de pedir su merienda decidieron sentarse en las bancas cerca de la fuente, para poder relajarse mejor ya que la cafetería era el mismo caos a las horas de comida.

— ¿Qué tanto haces con el Rey de Corazones? —preguntó Alfred, mordiendo una dona. Arthur lo miró de soslayo, al tiempo en que bebía su té.

— ¿Quién?

—El Rey de Corazones, así es como decidí que sería el nombre de villano de Iván. —dijo alzando uno de sus dedos, Arthur negó suavemente con la cabeza, limpiando con una servilleta la mancha de glaseado que Alfred tenía en el borde de la boca.

— ¿Al menos sabes quién fue el Rey de Corazones? —cuestionó.

—Bueno, al principio no estaba seguro de ponerle así, es decir, sé que el Rey de Corazones no era malo, pero no podía cambiarle de genero a Iván. Eso es una decisión que tiene que tomar él.

—Te lo tomas demasiado enserio. —comentó Arthur, extrañado.

—Entonces decidí que era mejor el Rey de Corazones. Sólo le falta gritar, "¡Qué le corten la cabeza!".

—Quisiera ser yo quién se la cortara. —bufó el inglés, recordando el martirió. — ¿Puedes creer que quiere hacer excursiones, festivales y cientos de cosas sin sentido?

— ¿Eh? ¿Qué tiene de malo? —preguntó Alfred, la verdad sonaba emocionante.

—Escucha Alfred, esta escuela tiene un nivel académico muy alto además que es demasiado prestigiosa. ¿Qué crees que pasaría si hijos de funcionarios importantes del gobierno, sea cual sea su país, salen a excursiones? ¿O sí las puertas de la escuela se abren demasiadas veces al año a todo público? —Al parecer Alfred comenzaba a enlazar las piezas, por lo que se quedó callado un momento. —Además los festivales requieren mucho tiempo, los padres no estarán de acuerdo, se supone que los hijos vienen a Gakuen a salir ya con un amplió criterio en los negocios, no ha perder el tiempo. Una clara muestra son los padres de Lovino o los de Ludwig.

— ¿Robín Lovi?

—Su padre es un importante empresario dentro de Italia, por supuesto en gran parte es gracias a su abuelo, pero Blas Vargas es una persona peligrosa. Domina los mercados locales en un cuarenta por ciento, tiene empresas alrededor del mundo y será heredero de los bancos que tiene el abuelo de Lovino.

—No sabía que Robín-Lovi fuera una persona tan importante. —dijo Alfred, sorprendido. —Es decir, conocí a sus padres, fueron muy groseros, pero no pensé que fuera tan rico.

—Esto lo sé porque manejaba estos asuntos con Scott antes. —explicó, suspirando. —La verdad también me pareció sorprendente. Yo conocía a Lovino desde mucho antes, sólo que no sabía que su familia era tan importante; mi padre únicamente mantiene una relación formal con el abuelo de este.

—Por cierto, Arthur, ¿Qué hay de ti? —Alfred sacó otra dona, fingiendo no prestarle atención, aunque esta estaba completamente en su novio. — ¿Eres tan rico como Lovi?

— ¿A qué viene eso?

—Me da curiosidad. —respondió, apartándole la mirada.

—No. —declaró, dejando el vaso de té ya terminado al lado suyo. —Mi padre tiene negocios importantes y eso, pero no ha salido del Reino Unido, ni siquiera se ha expandido por Europa.

—Aún así es impresionante. —masculló, formando un pucherito. No es que se avergonzara de su padre, pero se sentía un poco intimidado por el dinero, Arthur y Lovino eran de una sociedad mucho más elevada.

—Pero como dije, eso es solo de mi padre. —Arthur tomó su mano que tenía la dona y llevó esta a la boca de su novio, despertándolo de sus pensamientos. —Yo voy a formar lo mío con mis propias manos. —Alfred le volvió a sonreír, mucho más alegre, siempre podía leerle el pensamiento. —Y espero que con las tuyas también.

— ¿Eh? No quiero. —contestó Alfred, desinteresado. —Los ricos son ricos porque no gastan dinero. Yo quiero comprarme toda la comida que se me antoje y las figuras de superhéroes que vengan en los siguientes años. Así que paso.

Con una vena en la frente por la molestia, Arthur le estrelló la dona en la cara a Alfred.

—.—.—.—.—

—Mierda, cejotas, ya pasan de las doce, ¿puedes apagar la malita luz de tu estúpida lampara infraganti? —protestó Lovino, sacándose las sábanas de la cabeza. — ¡Además quita esa puta música que parece que estoy en un funeral!

—Deja de gritar, Lovino. —silenció Arthur, haciendo señas para que se callara. —Vendrán a darnos una advertencia.

— ¿Por qué a mí, imbécil, si el que no se quiere dormir eres tú?

—Estoy haciendo mi tarea. —se justificó, mostrando su libreta. —Algo que pude haber hecho desde antes si el tonto de tu hermano no se hubiese ido a bobear por ahí. Al menos servía para mandarlo a sacar copias o escribir en la pizarra las ideas que teníamos.

—Ni me lo menciones. —gruñó Lovino, poniéndose de peor humor.

— ¿Eh? ¿Te peleaste con él?

— ¡No es de tu incumbencia, gilipollas! —el italiano se dio la vuelta, tapándose con la almohada. Arthur chasqueó la lengua, concentrándose mejor en su libreta. —Por cierto, cejotas idiota—llamó Lovino desconcentrando de nuevo a Arthur que acababa de llegar a la respuesta de un problema y por la interrupción se le fue de la mente, iba a reprocharle pero Lovino prosiguió—, Antonio quiere que tú, el gordito y Casper nos acompañen al orfanato de la última vez este sábado hasta el domingo por la noche.

—Eso se dice con anticipación.

— ¿Y? ¿No tienes nada mejor que hacer, o sí? ¿Acaso tú y el idiota de Alfred al fin van a dejar de ser vírgenes? ¿Hasta se pusieron una fecha en específico?

— ¡No es eso, idiota! —Arthur, sonrojado, le lanzó su almohada, que cayó por la espalda del italiano. — ¡Está bien, iré!

—Je, sabía que no podía ser eso. —se burló Lovino, causando que Arthur arrimará la silla a una distancia suficiente para patearlo al estirar el pie.

Una vez que termino su tarea eran aproximadamente las dos de la mañana, al estar tan concentrado en esta pudo mantener el cansancio mental al margen, sin embargo, después de respirar con alivio, el grandioso y perfecto Arthur Kirkland se quedó dormido encima del escritorio.

Un rayo de luz le pegó en el rostro a Lovino, anunciándole que era hora de despertarse; extrañamente se sentía muy relajado por el sueño, no sentía que le hiciera falta, además las cobijas ya lo estaban acalorando. Lo cual era demasiado extraño, se las quitó perezosamente y tomó el teléfono que estaba en su mesita de estudio, aunque antes de ver la hora su vista pudo enfocar a Arthur Kirkland, con la cabeza inclinada hacia atrás, los brazos cruzados en su pecho; durmiendo.

Eran las 11:23 a.m.

— ¡Gilipollas imbécil! —chilló Lovino, levantándose de golpe. Arthur se despertó por el grito, cayéndose de la silla en el proceso.

— ¿Por qué estás gritando ahora? —preguntó, tallándose el rostro, se sentía adormilado todavía.

— ¡Casi es medio día!

— ¿Qué? —aquello despertó de golpe a Arthur, levantándose y mareándose por unos segundos, se atrevió a mirar el reloj despertador que no había escuchado sonar. Inclusive si no hubiese sonado, estaba seguro que su despertador biológico haría el trabajo, como lo hacía en vacaciones. —Demonios…—miró su tarea en el escritorio, la clase comenzaba a las ocho y terminaba a las nueve, hacerla fue en vano.

— ¿Por qué no me has despertado? —reprochó Lovino, acusándolo con el dedo. Arthur alzó una de sus grandes cejas entre consternado y confundido.

— ¿Soy tú despertador o qué? —dijo molesto. — Además, ¿desde cuándo te preocupa no ir a clases?

—Desde que mi madre me dijo que tenía que hacerlo si quería mi mesada completa. —contestó.

—Lo haces por el dinero entonces…—murmuró Arthur, ya se le hacía extraño que se preocupara tanto. —Aún podemos llegar a las ultimas clases.

— ¿Eh?... ¡Que pesado eres, de verás! —Lovino se volvió a tirar a la cama, bostezando. —Si ya nos quedamos en cama, hay que aprovecharlo.

— ¡Eres un flojo de lo peor! —espetó Arthur, halándolo del tobillo hasta tirarlo de la cama. — ¡Levántate!

— ¡Tú no eres mi madre!

— ¡Si yo fuera tu madre no serías tan holgazán! ¡Vamos, date un baño! —gritó el inglés, volviendo a jalarlo rumbo a la bañera.

— ¡Me bañe ayer por la noche, imbécil, cómo si no supiera que haces por las mañanas cuando te tardas cuarenta minutos allá adentro! —chilló Lovino, tirando de sus cabellos rubios.

— ¿¡Eres idiota!? ¡No hago esa clase de cosas!

— ¡No me digas idiota, maldito cejotas pervertido!

Ambos se quedaron a medio forcejeo en el suelo cuando la puerta se abrió, notando al prefecto en turno, con una sonrisa casi maligna en su rostro y de brazos cruzados, contemplándolos.

Sería el primer castigo de Arthur Kirkland.

—.—.—.—.—

— ¡Eh, Lovi! ¿Qué estás haciendo? —preguntó Antonio, apareciendo detrás de él. El italiano pegó un brinco por el susto, casi tirando los libros que llevaba cargando.

— ¡No me espantes así, bastardo! —gritó, pegándole una patada. — ¡Estoy cumpliendo un castigo así que estoy de muy mal humor para estarte soportando!

—Oh, querido Lovino, tú siempre estás de mal humor. —contratacó Francis, llegando al lado de Gilbert.

— ¿Por qué te castigaron, Lovi?

—Por pendejo, ¿Por qué más? —comentó Gilbert, burlándose. — ¡Tienes que aprender al grandioso yo! ¡Muy pocos profesores pueden atraparme!

—Las técnicas de escape de Gilbo son asombrosas, Lovi, deberías probarlas.

—Prefiero ponerle a la pizza piña antes que seguir un consejo de ese gilipollas imbécil. —farfulló Lovino, volviendo a avanzar.

— ¿Eh? ¿Qué tiene que ver la pizza en esto? Si sabe muy rica. —dijo Gilbert, confundido. Francis le dio unas palmaditas en el hombro, compadeciéndolo. Lovino por mientras le sacó el dedo de en medio como pudo.

—No me has respondido, Lovi. —se metió de nuevo Antonio, poniendo sus manos para ayudarle a cargar; lo cual salió igual a lo que Francis y Gilbert se imaginaron, Lovino le paso el peso completo a su novio. Antonio sonrió forzado, siguiendo el rumbo de su pareja.

—El maldito cara de culo de Arthur se quedo dormido y no me despertó, y el prefecto nos descubrió.

— ¿Eh? ¿Arthur se ha quedado dormido? —los ojos de Francis centellaron tal cual niño pequeño con un juguete nuevo. — ¿Lo han castigado a él también?

—Sí, y bien merecido que lo tiene.

—Entonces me despido. —dijo Francis, con una sonrisa en el rostro. —No quiero que empiecen la burla sin mí. ¿De casualidad no sabrás donde está, querido Lovi?

—Lo sé, pero como me caen de la mierda no les voy a decir. —Lovino les sacó la lengua, apresurando a Antonio para que le siguiera el paso.

Tanto a Gilbert como a Francis se les formó una venita palpitante en la frente y una sonrisa de enojo en el rostro. Ese mocoso se merecía una buena lección.

Ambos se tardaron un buen rato buscando a Arthur, parecía que los profesores estaban gozando en sobremanera el castigo del muchacho, pues ahí fue donde lo encontraron, en el salón de profesores de matemáticas. El más joven de los Kirkland estaba calificando algunos exámenes, mientras varios profesores se dedicaban a contarle sus vidas por partes, seguro con la esperanza que Arthur hablará bien de ellos a su padre.

—Pufufufu. —rio Francis. —El ambiente perfecto para un cerebrito como él.

—Eh, Fran, yo no puedo pasar ahí. —susurró Gilbert, escondido entre un muro y la puerta. —Si el profe de estadística me ve, me va a caer la gorda.

— ¿Por qué? ¿No entregaste los ejercicios de nuevo? —reprochó su amigo. —Si los hiciste con Toño y conmigo.

— No, no es por eso, es que fui yo quien puso polvos pica pica en su asiento. —confesó divertido. —Si me ve aquí voy a acabar igual que la princesa y el cejón.

—De todas maneras no podemos hacerle burla con tantos profesores adentro. —suspiró Francis. —Vamos a molestar al noviecito de Toño, que ya se lo anda ganando.

—Perfectamente de acuerdo.

Volvieron a tardarse en encontrarlos, ahora Antonio estaba acomodando algunos instrumentos de química en el laboratorio, mientras Lovino limpiaba una y otra vez la misma parte de la mesa, fingiendo hacer algo. El alemán y el francés, sin hacer ruido, se escurrieron a su lado, con sonrisas pícaras; Antonio paso a otra habitación, para trapear de adentro hacia afuera.

—L-o-v-i-n-i-t-o. —murmuró Francis en su oreja.

— ¡Serás cabrón, no me des esos sustos! —chilló haciéndose a un lado, pegando con el pecho de Gilbert. — ¿Qué carajos quieren ahora, par de idiotas?

—Eres muy malo, Lovi. —Francis se acercó a su rostro, poniéndolo incomodo, pues el alemán no se apartaba tampoco de su espalda. — ¿No quieres que el tío Francis te enseñe buenos modales? —la mano del francés, se deslizó por el mentón del italiano.

—Menudo asco. —Lovino se apartó haciendo una mueca de repudio. —Vete a la mierda, barbudo.

—Mira lo que tengo aquí. —Gilbert mostró un jabón, sacado de su sudadera roja que gracias a Arthur tenía la palabra "idiot" bordada en la capucha. —Podemos hacerlo con esto.

—Las groserías de Lovino últimamente me han herido mi corazón. —Francis tomó el jabón que Gilbert le ofrecía. —Deberíamos lavar esa boquita.

— ¿Qué carajos creen que…?—Gilbert lo sostuvo por debajo de los hombros, causándole un susto a Lovino, ¿de verdad esos dos iban a hacerlo? Eso era llegar ya a otro nivel. Francis en cambio le sostuvo las piernas con una mano, queriendo evitar sus patadas y se fue acercando peligrosamente con la barra de jabón a su boca. Lovino ladeó el rostro pero los brazos de Gilbert hicieron que volviera a poner la cabeza derecha. — ¡SUELTENME!

Y sin más, Francis la metió.

Antonio iba saliendo del cuarto donde tenían las sustancias después de un trapeo exitoso. Francis y Gilbert por mientras se reían a carcajadas, agarrándose el estómago, mientras Lovino masticaba lo que tenía en la boca con un malestar en el rostro, aparentemente avergonzado.

— ¿Qué hacen, chicos? —preguntó confundido.

—Le dimos a probar a Lovino el jabón que hicimos en la cafetería con ayuda de las chicas. —dijo Francis, alzando el puño. —Parece que se reusaba así que tuvimos que forzar un poco las cosas.

— ¿Y? ¿Qué tal sabe, Lovi? —Antonio lo miró esperanzado, había costado mucho hacerlos y darle los detalles de la textura del jabón con el fondant.

— ¡A mierda! ¡Pensé que era un jabón de verdad! —chilló, levantándose de su asiento.

—Ese era el chiste, Lovi tontito.

— ¡Tú madre, imbécil! —gritó, aventando a Gilbert a un lado. El alemán chasqueó la lengua, mirando a otra parte, justo a la puerta donde venía caminando el prefecto en esa dirección.

— ¡Es el prefecto! —susurró Gilbert, paranoico. — ¡Vámonos de aquí!

—Sólo ayudaré un poco más a Lovi con…—comenzó Antonio, mostrando los instrumentos de limpieza en sus manos,

— ¡Dijo, vámonos! —con ayuda de Francis tiraron de los brazos de Antonio, comenzando a correr.

— ¡Ustedes tres vengan aquí! —gritó el prefecto al notarlos, corriendo a donde estaba Lovino, pero el Bad Friends Trio ya le llevaba una buena delantera.

— ¿Han hecho algo? —preguntó Lovino, alzando una ceja. ¿Ahora en qué se había metido Antonio?

—Ellos hacen de todo. —rechistó el hombre, jadeando.

—.—.—.—.—

—Nunca creí decir que odio a los profesores de aquí. —se quejó Arthur, sobándose la cabeza. Alfred a su lado tenía las manos hundidas en su chaqueta, escondiendo entre una de ellas la mano de Arthur. Comenzaba a hacer frío, ya que entre el castigo y la junta con Iván se había hecho tarde. —Me empezaron a dar todas sus actividades, de pronto tenía un mar por hacer. Luego con Iván, comenzó a decir en la reunión que todos tendríamos que colaborar en cada área y Vash junto a Roderich comenzaron a reprochar por la tesorería. Él para solucionarlo dijo que de ello se tendría que encargar Toris, ¡pero él no sabe nada de las finanzas! Por supuesto que esos dos no lo aceptaron y siguieron peleando.

—Pero al fin de cuentas terminaron aceptando formar parte del G8, ¿no? —preguntó Alfred, despreocupado.

—Sí, no sé cómo aguantaría esto sin tu hermano. —bufó. —El pobre Matthew tenía ideas muy buenas que nadie escuchaba por el barbullo, no obstante recurrió a mí para poder decirlas. La mayoría de ellas fueron aceptadas.

—También me tienes a mí. —Alfred hizo un mohín, apretando la mano de Arthur que se encontraba en su bolsillo.

—Es verdad. —sonrió. —Por cierto, ¿te has disculpado con Kiku por meterlo en tus andadas?

— ¡Qué cruel! Estaba preocupado por ti, Arthur. —bufó.

—Sólo te hubieses acercado a mí para preguntarme. —respondió el inglés, con obviedad. —Te gusta complicarte mucho las cosas.

— ¡Un héroe tiene que hacer lo que un héroe tiene que hacer! —gritó alzando su otro brazo, apuntando en alguna dirección lejana.

—Me estás avergonzando. —reprochó Arthur, bajando su brazo.

Alfred olvidó el reproche que iba a hacer cuando vio pasar al BFT corriendo de un lado a otro, persiguiendo a una bolita de chicas que alzaban una caja de galletas sobre ellas.

—Ahora que lo recuerdo. —intervino Arthur. —Lovino me ha dicho que lo acompañemos al orfanato donde fui el otra vez.

— ¿Eh?

—Me gusto ese lugar, así que será bueno que vayamos. —dijo, pese a recordar todas las patadas y manos pegajosas que recibió encima. —Antonio es muy buen cuidador, por lo que estoy seguro que nos enseñará correctamente los cuidados.

—Yo también puedo cuidar niños. —reprochó Alfred, inflando las mejillas.

—Lo dudo mucho. —respondió Arthur, con mirada vacía. —Es mejor que sigamos los pasos de Antonio, estoy seguro de que si no fuera por el abuelo de Lovino haría un muy buen trabajo como profesor de kínder o primaria.

—Tú lo conoces más…—murmuró Alfred, ladeando el rostro, encaprichado.

—Hemos estado un par de años juntos. —se encogió de hombros, restándole importancia. —Al igual que con Francis y Gilbert.

—Ya veo. —Alfred lo miró de reojo, no parecía que Arthur estuviera poniendo una cara especial para él. —Por eso te cuidó cuando estaba enfermo y te defendió de Scott, ¿no?

—Antonio considera hasta a las plantas sus amigas. —un poco confundido Arthur respondió. —Aunque no me guste para nada admitirlo, el Bad Friends Trio son buenas personas.

— ¡Awwwwwns! —gritaron detrás de él, las últimas tres personas que deseó escuchar. — ¡Arthur cree que somos lindos!

—Listo, chicos, me les caso mañana. —continuó Francis. Arthur se giró a ellos con gotitas de sudor en la frente. —Alfred, espero puedas entenderlo, esto es por ti. No complaces a mi Arty. —puso una mano en el hombro del americano, dándole el pésame.

— ¿Eh? ¿Es verdad? —Alfred se giró a Arthur, siguiéndoles el juego, con lágrimas al borde de los ojos.

— ¡Jodanse!

—No, no, Arthur, primero es la boda y después la luna de miel. —dijo Antonio, negando con la cabeza.

—Pervertido. —secundaron Gilbert y Francis imitando el gesto de su compañero.

— ¡Muéranse! —rechistó, intentando golpearlos. — ¿Quién en su sano juicio se fijaría en ustedes tres?

—Lo mismo decíamos de ti, cejon, y ahora mírate. —contestó Gilbert, abrazándolo por los hombros. —Tienes al chico héroe a tu lado. No es mucho, pero lo mejor que te pasara en toda tu vida.

— ¡Hey! —Alfred reprochó, no sabiendo bien la razón, pero sabía que eso pudo haber sido un insulto.

— ¡Alfred es mucho más que ustedes tres juntos! —defendió Arthur, sacándose el abrazo de Gilbert.

—No más que Lovi. —anotó Antonio, asomándose por su hombro ya que se encontraba detrás de él.

— ¡Quítate de encima! —ordenó Arthur al sentir su abrazo, al instante el resto del BFT se unió al abrazo, dejando a un desconcertado Alfred. — ¡Váyanse a la mierda!

—Arthur necesita todo el amor del mundo. —dijo Francis.

—Fran, ese es mi trasero. —protestó Antonio, mirando detrás de él.

—Me estoy sofocando. —comentó Gilbert.

— ¡Eso debería decirlo yo, trío de imbéciles! —gritó Arthur, soltando golpes por doquier. Francis se apartó en cuanto sintió un golpe en la nariz, quejándose de su cutis. Gilbert se agachó antes de recibir uno, y queriendo responderlo, dio un puñetazo que quedo estrellado en la cara de Antonio cuando Arthur se hizo a un lado.

— ¡Lo siento, hombre! —se disculpó el alemán al ver el aura roja de su mejor amigo.

— ¡Suéltame de una maldita vez, Antonio! —gritó de nuevo Arthur. Alfred se sintió completamente excluido del juego, ni siquiera podía encontrar una brecha para decir una de sus frases geniales; y no era por el modo del BFT, de hecho ellos siempre se encargaban de meter en su juego a todos, no obstante, Alfred sintió unas necesidades enormes de retirar el abrazo que Antonio tenía encima de su novio.

— ¿Qué pasa, hero? —preguntó Francis, aun sobándose la nariz. Gilbert intentaba esquivar los golpes de Antonio con el cuerpo de Arthur.

—Nada. —contestó inflando las mejillas.

— ¿Quieres un abrazo del tío Francis?

—No quiero que me toques el trasero. —dijo Alfred.

—Oh, querido, tú no tienes que tocar.

—.—.—.—.—

—Siento que ya había hecho esto antes. —comentó Govert, rememorando una antigua escena con Scott.* Lovino y él estaban detrás de unos arbustos, observando a las dos personas delante de ellos.

—Cierra la boca, que nos van a descubrir. —calló Lovino.

Feliciano y Ludwig estaban delante platicando animadamente de quién-sabe-qué-cosa. Govert observó a su amigo, confundido por el reciente interés en su hermano; eran pocas las veces en todo el ciclo escolar que los vio interactuar, aunque sabía que se llevaban bien.

—Esa patata bastarda puede engañar al ingenuo de Feliculo pero a mí no.

— ¿Estás celoso de tu hermano?

—Pufff. No. ¿Crees que soy tú o Scott? —refunfuñó. —Sólo sé que el macho patatas quiere algo de mi hermano y yo voy averiguar qué es.

— ¿No crees que si han salido desde el inicio del curso ya lo haya obtenido? —preguntó Govert, desinteresado.

— ¿A qué te refieres? —Lovino se giró a él, desconcertado. Govert cerró ambos puños y de forma lateral los golpeó suavemente contra el otro. Los colores subieron a la cara del italiano, sólo basto eso para que saliera de su escondite y fuera directo a su hermano. — ¡FELICIANO!

Govert soltó una risilla, poniendo atención en la escena, seguro que se pondría divertido.

— ¡Feliciano! —le volvió a gritar Lovino, para que pudiera darse cuenta de su presencia. La pareja delante pegó un brinco del susto, Feliciano pisándole en la sorpresa un pie a Ludwig.

— ¡Ay, lo siento, Ludy!

—N-No es nada. —contestó el alemán, aunque se quería sobar el pie. Volvió su vista a Lovino, esperando a que empezara a gritar en cualquier momento.

— ¿Qué te dije de la maldita patata bastarda? —le acusó con el dedo, Feliciano se hizo para atrás, asustado. — ¡Y tú, maldito macho patatas, profanador, aléjate de mi hermano!

¿Profanador? —se preguntó Ludwig. —Hermano de Feliciano, no estamos haciendo nada malo, simplemente conversábamos.

—Sí, ahora se le dice "conversar" —bufó Lovino. —Vente para acá a la de ya, Feliculo.

—Hermano…

— ¡Nada de hermano, idiota, dije a la de ya! —lo jaló hasta ponerlo en su espalda. —Me vas a acompañar todo el jodido día para ver que no tengas nada que ver con esta patata, y ni pongas esa cara que el que la tiene peor soy yo.

—Lo siento, Ludy. —murmuró Feliciano, bajando la cabeza.

—No, Feliciano, yo-

—¡Vámonos! ¡Y tú también, Govert! —le gritó a los arbustos. Ludwig se sobresaltó en cuanto vio al rubio salir por ellos, quitado de la pena y con las manos en los bolsillos.

Lovino tiró de su hermano menor, siendo seguido por Govert. Ludwig hizo una mueca con la boca, detestaba eso, aunque tampoco le parecía mantenerlo en secreto. Lo mejor era esperar a que las cosas se aplacaran, Lovino ya se acostumbraría a la idea, después de todo era con Feliciano con el que estaba saliendo, no con él.

—.—.—.—.—

— ¡Feli, hace mucho que no te veía! —gritó Antonio, estrujándolo en sus brazos, Feliciano imitó su gesto, sonriente.

—Es extraño que ustedes dos pasen tiempo juntos. —comentó Francis. — ¿Todo está bien, Feli?

—Sí. —arrastró un poco su contestación, atrayendo la atención de Gilbert.

— ¿Y dónde está mi hermano? —preguntó más extrañado todavía de no verlo acompañado de Feliciano. — ¿Está con Kiku?

— ¡Qué carajos nos importa donde este esa patata, si tantas ganas tienes de verla ve a buscarlo que nos haces un favor! —gritó Lovino, sentándose de golpe y con expresión enfadosa en el rostro.

Antonio miró a Feliciano preocupado, lástima que él tenía la cabeza en otra parte para darse cuenta. A Francis tampoco le pareció la contestación de Lovino, aun así decidió que era mejor cambiar de tema.

— ¿Antonio ya te ha invitado al orfanato este fin de semana? —cuestionó Francis, acariciándole suavemente la cabeza a Feliciano.

—Oh, sí, estoy muy emocionado. Ve~. Kiku y… Ludy también van a ir. —miró a su hermano que rechistó la lengua al escuchar el mote cursi que tenía el macho patatas. —Kiku está muy feliz de poder ir, ya que en su infancia perteneció a uno, creo que puede ser de ayuda hermano Antonio.

—Eso no lo sabía. —el español sonrió por no ser grosero, pero su mirada iba de sus amigos a Lovino incontables veces, preocupado por la pelea que había tenido con Feliciano. Lo más probable es que no le quisiera decir nada. Mejor decidió concentrarse en la plática. —Pero se necesita toda la ayuda posible, incluso por eso hemos invitado al enojón de Govert.

— ¿Quién?

—El sujeto que venía conmigo. —bufó Lovino. Su hermano se olvidaba muy fácil de Govert, pero no de Emma.

—No estarás engañando a nuestro Antonio, ¿verdad? —preguntó Francis, buscando meter cizaña.

—Dudo que la princesa cambie al príncipe por un Govert.

Ve~ Aunque de miedo es muy bien parecido.

—No me ayudes, Feli. —suspiró Antonio, sintiéndose un poco apachurrado por la falta de negativa de Lovino.

—Yo he tocado un par de veces esos músculos, me parecen encantadores. —suspiró Francis. Gilbert puso una mueca de asco en su rostro.

—Dudo mucho que superen a los de Ludy, él es muy macho. —sonrió Feliciano. Su hermano casi se atraganta pasando saliva.

—.—.—.—.—

Era viernes cuando Alfred se dio cuenta que al día siguiente sería su séptimo mes con Arthur, así que aquella tarde se dedicó a hacerle un pequeño presente, el cual le daría antes de irse al orfanato con los demás. Alfred puso más tinta roja en el corazón que dibujó en la hoja, hasta no dejar rastro del color blanco. Era la primera vez que hacía un dibujo para alguien, a excepción de sus bocetos de comics, pero ellos estaban ya incinerados. Se encontraba en las palapas afuera de la cafetería, casi era hora de ir a su habitación, no obstante, quería darle los últimos detalles a la carta.

— ¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó Antonio, sosteniendo dos vasos con chocolate caliente. Alfred lo miró, poniéndose rojo en el acto, cubrió con ambos brazos el papel y los colores que tenía esparcidos por la mesa.

— ¡Nada, ya me iba a dormir! —contestó lo más rápido que pudo.

Antonio se sentó con una sonrisa en el rostro, haciendo notar que también pertenecía al Bad Friends Trio.

— ¿Le estás escribiendo una carta de amor a Arthur? —preguntó, con sorna. Alfred se escondió entre sus brazos. —Oh, oh, oh, parece que no me equivoqué. Está bien, no me burlaré, déjame ver.

— ¡Lo mismo dijeron cuando quise darle un regalo a Arthur! —protestó Alfred, inflando las mejillas en dirección al español. — ¡No voy a mostrártela, me copiarás la idea y seguro que le darás una igual a mí novio! —sus ojos azules resaltaron con molestia.

— ¿Qué? —Antonio se descolocó, ladeó la cabeza ligeramente, sin llegar a comprender al americano. — ¿Por qué le daría una carta al cejón?

— ¡No puedes engañar al héroe! —gritó, golpeando la mesa, sorprendiendo a Antonio. —Sé que te gusta Arthur en secreto, pero él es mi novio, y ya me dijo que me ama sólo a mí.

— ¿De qué rayos me estás hablando? —contestó Antonio, poniéndose de pie, frunciendo las cejas y apuntando con el dedo al otro. — ¡A mí no me gusta Arthur! ¡Yo amo a Lovi! ¿Por qué demonios me gustaría el enano enojón versión Tinkerbell sin magia?

—Yo te vi. —acusó Alfred, sin ceder. —Como lo cuidabas y te preocupabas por él. Le diste de comer incluso en la boca.

—Sí, porque de lo contrario el Peter Pan psicópata me hubiese tirado por la ventana. —rechistó Antonio, rememorando las amenazas y paliza de Scott Kirkland. Al ver el ceño fruncido de Alfred, el hispano suspiró. —Si me gustará el cejon, lo cual no es así, ¿por qué demonios estaría con Lovi? Al cual amo. —remarcó la última palabra, esperando hacerlo comprender. — ¿Lo ves? No tiene sentido.

Alfred se agarró la barbilla, meditando las palabras de Antonio. —No… ¡Es una coartada!

— ¡Claro que no! —gritó Antonio también. — ¡Tú eres el único tonto que podría fijarse en un enano quejumbroso adicto al orden y al té como lo es Arthur!

— ¡Robín-Lovi no se queda atrás! —contratacó Alfred. —Al menos mi Arthur es ordenado, a Robín-Lovi le tienen que recoger la recamara todavía… bueno, a mí también, pero… ¡Lovi es mucho más enojón que Arthur!

—Al menos Lovi cocina bien. —presumió el hispano, poniendo cara de autosuficiencia.

—Arthur sabe mucho más que todas las enciclopedias de esta escuela, juntas.

—Lovi me preparó una cita con un restaurante fino para nosotros solitos, luego me cocinó. —Antonio alzó las cejas de arriba hacia abajo, alardeando. — ¿A dónde vas con Arthur, eh? ¿A museos?

Alfred volvió a inflar las mejillas, enfurruñado. —Al menos yo tengo la aprobación de toda su familia. ¡Incluso la del Rey de las Sombras! —atacó, apretando uno de los crayones hasta romperlo por la mitad.

Antonio Fernández se quedó callado por largos segundos, mirando con disgusto la cara de triunfo que tenía Alfred. Era cierto, ¿por qué no lo sabían ni su madre o Blas? No, no era tiempo de concentrarse en esa pregunta, tenía que ganarle a Alfred.

— ¿Así? Pues déjame decirte que el primer amor de Arthur fue Fran.

Hubo un largo silencio, Antonio reía bajito mientras su rival mantenía la cabeza gacha. Al alzar la cara, el hispano notó pequeñas gotitas de lágrimas acumuladas en los ojos de Alfred; este se puso de pie, guardó su carta y colores, tomó su mochila y ante la mirada expectante de Antonio, se adelantó unos pasos, antes de volverse a él.

— ¡LE DIRÉ A LOVI QUE TE ESTÁS METIENDO CONMIGO! —chilló, echándose a correr.

— ¿¡Qué tienes cinco años!? —protestó Antonio, echando la silla para atrás, decidiendo entre si correr a alcanzarlo o llevar el chocolate caliente a Francis. Al final, iba por el mismo rumbo, así que aunque el chocolate le rebotara en las manos y se quemara horriblemente, corrió tras Alfred.

—.—.—.—.—

Arthur subrayó una nueva oración del resumen que había hecho sobre los primeros tres capítulos del libro, las luces se apagarían pronto por lo cual debía darse más prisa, no quería postergarlo hasta la mañana porque de lo contario se retrasaría más. Lovino en cambio veía una película en su teléfono, con el volumen bajo para que el estricto Kirkland no lo sacara de su propia habitación.

— ¡Robín-Lovi! —vociferó Alfred, haciendo un estruendo al entrar. Arthur y Lovino pegaron un grito del susto.

— ¡Lovi, no le creas!, ¡lo que te diga no es cierto! —gritó a su vez Antonio, entrando tras él.

— ¿Qué demonios les pasa a los dos? —cuestionó Arthur, molesto; por su interrupción había hecho un rayón por la mitad de la hoja.

— ¡Vienes hecho una mierda, Antonio! —reprochó Lovino al ver las manchas de chocolate en su uniforme.

En automático ambos comenzaron a hablar, interrumpiéndose continuamente o acusándose con el dedo. Lovino y Arthur se miraron sin comprender, lo único que les quedaba claro es que se estaban hartando de ellos. En cambio sus parejas dejaron de ponerle atención a ambos y comenzaron a atacar la personalidad del otro.

—Ya basta, los dos. —cortó Arthur, tomando a Alfred por la oreja. Escuchando un lastimero "¡Lastimas al héroe!". — ¿Por qué andas buscando pelea con el idiota de Antonio?

— ¡Porque él quiere arrebatarte de mi lado! —acusó, apuntándolo con el dedo.

— ¡Claro que no! —gritó a su defensa el hispano. Lovino arqueó una ceja en su dirección. —No es cierto, Lovi, yo te amo nada más a ti. Tú eres todo lo que necesito en esta vida y en la otra.

— ¡Cierra la boca! —chilló él, sonrojado.

—Es cierto, Arthur, yo lo he estado observando. —Alfred le lanzó una mirada aniquiladora a Antonio. —Él te curó cuando estabas enfermo.

—Porque Scott se lo ordenó.

—Pero el gilipollas de tu hermano no le ordeno cargarte mientras bajabas la barda. —objetó Lovino, cruzándose de brazos, ladeando el rostro. —Tienes dos piernas en perfecto estado, cejon, pudiste bajar por ti solo.

— ¡Eso, eso! —reprochó Alfred. —Además él sabe quién fue tu primer amor, nunca me lo quisiste decir. —chilló.

Antonio pegó un brinquito al ver la cara de Arthur, girar tal cual exorcista en su dirección, con un grito ahogado el español se puso detrás de Lovino, escudándose.

—Yo… él empezó, Arthur. —se excusó. —Intentó hacerte parecer más genial que Lovi.

Alfred y Lovino se hicieron un paso para atrás, esperando que la reacción del rubio no fuera tan catastrófica para dañarlos a ellos también.

—.—.—.—.—

— ¿Por qué será que siempre me pasan estas cosas a mí? —preguntó Antonio, sentado en la cama de Gilbert, Roderich le curaba las heridas causadas por Arthur.

—Será porque eres idiota. —contestó Roderich, pegándole una bandita en el codo.

—Yo sólo quería remarcar que Lovi es mejor que todo el mundo. —murmuró, chillando al sentir gotas de alcohol caerle en la abertura que tenía en el nudillo, una pequeña y superficial. —Ese héroe es un idiota.

—Como tú. —siguió Roderich, desinteresado.

—Por suerte Arthur no tiene dominada la técnica de Lovi, de lo contrario estaría en problemas. —sonrió, medio idiota.

— ¿Eres masoquista? —el señorito lo miró preocupado por su salud mental. Antonio decidió que era mejor cambiar de tema.

—Por cierto, Rod, ¿vendrás al orfanato con nosotros?

—Creí que había sido claro la primera vez.

—Hay muchos niños, seguro que te encanta. Tendremos juegos, además necesito que alguien me ayude a explicar cómo cuidarlos, iremos bastantes. —comenzó a contarlos con los dedos, hasta que recibió un golpe en la frente por parte del austriaco. —Será divertido.

—Seguro que no me vas a dejar en paz hasta que diga que sí, ¿verdad?

—Me conoces muy bien, Rod. —sonrió. El austriaco suspiró, tallándose la frente y alzándose los lentes para frotarse los ojos. — ¿Entonces?

—Más te vale no dejarme solo con esos idiotas. —contestó.

—Por eso no tienes amigos. —respondió Antonio, ganándose un golpe.

—.—.—.—.—

— ¿Llevas tu cepillo de dientes? —preguntó Arthur, metiendo en su mochila su pijama, a su lado Alfred estaba sentado en su cama, balanceándose.

— ¡¿Eres mi madre?! —protestó él, irritado de sus constantes preguntas; incluso le había revisado la mochila superficialmente para ver si llevaba lo esencial para una noche.

—Estoy muy seguro de que te faltará algo. —comentó Arthur, revisando la libreta donde apunto lo básico para pasar una noche y todo un día afuera de la casa, mejor dicho del internado. Una muda de ropa extra, utensilios de higiene básica, un abrigo para la noche y un regalo para los niños, pero ese estaba en su escritorio; además Antonio había dicho que prepararían algo para comer en el lugar o pedirían pizza. — ¿Qué hay de tu abrigo para la noche?

—Lo tengo justo aquí. —señaló su inseparable chaqueta de aviador, que reposaba en la cama. —Tengo todo lo de tu lista.

—Supongo que sí. —sonrió, palmeando su cabeza. Alfred frunció la boca al verse tratado como un niño pequeño nuevamente. —Será mejor que vayamos a la puerta, ya casi es la hora de la reunión. Incluso Lovino ya se fue a donde Antonio.

— ¡E-Espera, Arthur! —llamó, tomándolo de su mano. Él se giró, confuso. Alfred metió la mano en el bolsillo de su pantalón, donde tenía la carta que había hecho. —Yo…—agachó los ojos, ruborizándose. ¿Qué si a su novio le parecía una niñería aquella carta?

— ¿Qué pasa, Alfred? —preguntó, girándose por completo a él. — ¿Te sientes mal?

—No es eso. —murmuró, sacando la mano de su bolsillo. —Estoy bien, vamos.

—Oh, antes de eso, casi se me olvidaba. —sonrió, caminando a su escritorio, sacó de un cajón una caja envuelta en papel color crema, con un moño de regalo color azul claro. —Toma esto. Son los chocolates que viste la semana pasada, cuando fuiste al baño regrese a comprarlos. —explicó.

Alfred se mordió los labios, sintiéndose un poco mal de que el único regalo que a él se le ocurriera fuera una carta y Arthur en cambio…

—Gracias. —susurró.

Arthur se acercó a él, con un gesto de comprensión en el rostro, cuando quedo cara a cara con Alfred le dio un beso en los labios. Deslizando su mano a los bolsillos contrarios sacó la carta, en un movimiento rápido se deshizo de las manos de su novio que deseaban impedir el agarre.

— ¿Por qué estás tan inseguro últimamente? —preguntó Arthur, con las manos en la cintura, sin arrugar el sobre. —No es propio de ti.

—Es que…Arthur tú eres genial, y hay muchas personas igual de geniales a tu lado, ¿cómo no puedo tener miedo de perderte? —se estremeció, apartando la mirada.

—Pero yo estoy enamorado de ti, ¿no es así? —preguntó, deseando borrar el rubor de su rostro. Alfred volvió a alzar la mirada, esperando que continuara. —Además, —Arthur se rascó la mejilla, avergonzado de sus palabras—para mí no hay nadie más genial que tú, Alfred.

—Arthuuur. —sollozó, mordiéndose los labios.

—Puede que tú no lo veas, sin embargo, eso no impide que lo seas. —concluyó, rascándose la nuca. — ¡A-Ahora vámonos o seguro que nos toca sentarnos al lado de Francis!

Alfred esperó que pasara a su lado, para poder abrazarlo por la espalda. Arthur se tensó, mientras el sonrojo se extendía por todo su rostro.

—Arthur, te amo. —murmuró el americano, sobre su oído. Aquellas palabras hicieron que el corazón del inglés bombeara mucho más rápido.

—L-Lo sé, ahora vamos…

No obstante, Alfred se aferró todavía más a él, sin querer dejarlo ir.

— ¿Tú también me amas?

— ¡Te lo acabo de decir! —balbuceó, dejando que su rostro se escondiera entre los brazos del héroe.

—Quiero escucharlo. —murmuró Alfred, con voz ronca. Los vellos de la nuca de Arthur se erizaron ante el contacto con el aliento contrario.

Arthur subió una de sus manos, apretando suavemente el brazo de Alfred. Se maldijo en el interior, ¿Cuándo sería capaz de negarle algo a él?

—Te amo. —dijo al fin, aceptando con gusto el beso que Alfred le dio al concluir.

—.—.—.—.—

—Lovi, ¿me dirás por qué te has enojado con Feli? —preguntó Antonio mientras caminaban rumbo a la parada de autobuses. Pese a las quejas de Roderich por pedir un transporte privado. Lovino gruñó a Antonio, advirtiéndole que no era un tema con el cual meterse. —Parece serio, Feli no está muy alegre como siempre. ¿Estás bien?

— ¡Deja de hacerme tantas preguntas, imbécil! —reprochó Lovino, adelantándose hasta quedar pegado a Govert. Antonio soltó un suspiro decaído.

— ¿Qué pasa, Antonie? —cuestionó Francis, pasando su brazo alrededor de los hombros. — ¿Lovino no está satisfecho con lo que hicieron en la habitación? —susurró a su oído.

— ¡B-Basta, Fran! Lovi se enojará si sabe que les conté. —reprochó bajito, con las mejillas sonrosadas.

—No creo que sea yo el que deba preocuparte. —señaló Francis a Gilbert, que buscaba el momento perfecto para hacerle burla a Lovino referente a ello. En cuanto Antonio notó que iba a abrazar a Lovino y Govert por los hombros, logró tomar su cabeza con una mano, apretándola con una fuerza apantallante, forzando una sonrisa.

— ¡Me la arrancas, Toño, la estás arrancando! —chilló él con lágrimas en los ojos, pataleando. Govert y Lovino se voltearon a ellos, con una ceja encarnada.

— ¡Ustedes sigan con su plática! —ánimo con la mano contraria. —Sólo hablaré un momento con él. —dijo y lo llevó junto a Francis que tenía alzado los brazos y negaba con la cabeza. — ¡Gilbo, ¿qué tenías pensado hacer?! —regañó Antonio, soltándolo.

—Pensé que sería divertido hacer una broma. —bufó inflando las mejillas. —El segundo chico más virge…

Al escuchar el golpe todos se giraron a ellos, deteniendo el avance.

— ¡Un mosquito! —gritó Antonio, cubriéndole la boca a su mejor amigo. — ¡Había un mosquito en la boca de Gilbo!

Ellos se encogieron de hombros, restándole importancia; todo lo que hiciera el Bad Friends Trio no necesariamente tenía que tener una explicación. Sin embargo, Roderich se acercó a ellos con las manos en la cintura.

—Antonio, ya que me hiciste venir por este camino, no quiero que me causen ninguna vergüenza. ¿Entendieron? —recriminó, apuntándolos con el dedo; Gilbert y Antonio asintieron con la cabeza, el primero más que nada por la falta de oxígeno que le estaba provocando su amigo. —De verdad, ¿eres tonto? ¿cómo se te ocurre traer a una docena de estudiantes en autobús?

—Yo digo que tú eres el tonto, niño bonito. —refunfuñó Francis, picándole la mejilla al señorito. — ¿Crees que si llegamos en autos de lujo los niños jugaran con nosotros?

—Eso es cierto. —se metió Ludwig. —Seguro que nos tacharían de tipos malos.

— ¡Tú eres un tipo malo! —gritó Lovino más allá, aniquilándolo con la mirada que le dio. — ¡Vete a la mierda!

—Ugh. —suspiró el alemán, desviando la mirada. Feliciano se encogió de hombros, con la cabeza gacha; acto que no paso desprevenido por ninguno del círculo.

—Toño, creo que estás matando a Gilbo. —dijo Emma, asomándose por detrás de Roderich.

—Ah, lo siento, Gilbo. —Antonio quitó la mano de su amigo, que ya tenía la cara morada por la falta de aire. —Venga, el camión ya viene en la otra cuadra.

Francis y Antonio levantaron al otro miembro de su grupo, que giraba su cabeza a causa del mareo. Lovino y Govert fueron los primeros en subirse al autobús, sentándose en el asiento detrás del chofer, apartándose de los demás por la conversación que mantenían. Alfred y Arthur que hasta ahora se encontraban en su mundo subieron después, luego Emma y Matthew, Roderich se negó rotundamente en sentarse al lado de Gilbert y Francis por lo que Antonio tuvo que estar a su lado, escuchando los reproches constantes del señorito. Al final subieron Feliciano, Ludwig y Kiku quienes compartieron asientos en la parte trasera del autobús.

—Ya quiero conocer a esos niños. —dijo Alfred, poniéndose en las piernas la mochila que traía consigo. —He escogido los mejores comics para ellos.

—Oh, eso es increíble, Alfy. —comentó Francis, asomando su cabeza por en medio de ellos. Arthur se apartó poniendo mala cara. —Estarán muy contentos de tu regalo.

— ¿Regalo? —preguntó el americano, poniendo rostro de estupefacción.

— ¿No es así? —incluso Arthur pareció confundido, hasta que capto la idea. Sabía que al héroe se le terminaría olvidando algo. — ¡No pienses que ellos se conformaran con que se los prestes!

— ¿EHHH? —chilló Alfred, abrazando su mochila. — ¡Tengo comics aquí desde los diez años!

—Vaya, vaya. —suspiró Francis, regresando a su asiento con un mareado Gilbert.

—Pero…

—Esos mocosos son demonios disfrazados de niños. —dijo Arthur, poniendo las manos sobre los hombros de su novio; rememorando todas las patadas, jalones de cabellos y manos llenas de caramelo que lo atacaron.

—Arthur, lo estás asustando. —dijo Francis, sonriendo forzado, ¿los niños no podrían ser tan malos, verdad?

—Eres un exagerado, cejon. —respondió Antonio desde el otro lado, pese a las señales de silencio que le demandaba Roderich; en automático todos los demás fingieron no conocerlos. Incluidos Lovino y Emma. La demás gente del autobús volteó a ellos, molesta por el ruido. —Es que no son así Rod. —bufó a su compañero de asiento. —Todos los niños de ahí son muy lindos, te dan un montón de abrazos, besitos e incluso te regalan sus dibujos. —puso una cara llena de alegría, antes de cambiarla por uno de despreció total a Arthur. —A ti no te quieren por ser demasiado cejon, les das miedo, esas cejas no son naturales.

— ¡Qué-!

—No te preocupes, podrás simpatizar con Govert. —le consoló riendo al final tal bruja de un cuento. El nombrado volteó a él, gruñendo.

— ¡Eso no es cierto! —gritó Emma, volteándose en su asiento, pellizcando la nariz de Antonio. — ¡Mi hermano es muy guapo!

—Emma, siéntate. —ordenó Roderich pero la chica siguió defendiendo la galanura de su hermano.

Detrás de Arthur las cosas tampoco iban bien, el inglés podía escuchar perfectamente la conversación de Gilbert y Francis con las chicas que estaban detrás de ellos, intentando sacarles su número telefónico o una cita. Alfred en cambio miraba por la ventana, tarareando la canción de The Avengers: Earth's Mightiest Heroes.

Luego de un rato de peleas, gritos y risas estruendosas lograron llegar a su destino.

Alfred fue jalado por Gilbert y Francis pese a las quejas de Arthur, quién resignado fue a donde Matthew, Kiku y Roderich, manteniendo una conversación sobre el G8 e Iván. Mientras tanto Lovino iba platicando con Emma, sobre el tema que anteriormente le molestaba a Lovino, ella parecía incomoda al escucharlo pero aun así comprendía el punto de su amigo. Feliciano y Ludwig caminaban en silencio, siendo perseguidos por la mirada de Antonio, que a su vez iba al lado de Govert quién lo observaba con una ceja encarnada. Definitivamente el español no servía para hacer espionaje.

Al llegar al portón, todos los niños se encontraban afuera, aventándose tierra entre ellos o tirando del pasto para arrojárselo a uno de sus amigos. Las profesoras corrían uno detrás de otro, buscando la manera para mantenerlas en orden; pero se podía ver a simple vista que estaban demasiado agotadas para perseguirlos o regañarlos.

Antonio se puso enfrente de su grupo, los cuales se preguntaban si era muy tarde para echarse atrás, ya que los niños no los habían visto podían correr en dirección opuesta. Antonio aplaudió un par de veces, consiguiendo la atención primero de dos, que gritaron su nombre al verlo, atrayendo la atención de todos los demás incluidas las maestras. El español se giró a su compañía, dándoles entrada una vez que abrieron el portón. Los niños los miraron extrañados, retrocediendo en cuanto vieron los rostros quisquillosos de Govert y Roderich.

Luego de unos cuantos abrazos, besos y que Antonio cargara a la mayoría como un árbol humano, comenzaron las presentaciones. Lovino busco la cabeza de la mocosa que le había declarado la guerra, pero no lograba verla por ningún lado.

— ¿Dónde está Lidia? —preguntó a Antonio, él puso una mueca de tristeza al igual que unos cuantos niños.

— ¿Recuerdas que dije que una de las profesoras se casó y se mudó? Bueno, Lidia se fue con ella. —dijo, poniendo una sonrisa resignada. —Ni siquiera me pude despedir.

—Muchas gracias por venir de nuevo, Antonio. —dijo una de las maestras, limpiándose las manchas de tierra con la bata. —Entonces te dejamos, queremos descansar lo más que podamos.

— ¡Claro! —aseguró él.

— ¿Qué quieren decir con que se van? —preguntó Govert, alarmado.

— ¿Nos dejarán solos con ellos? —cuestionó Roderich. ¿Qué clase de profesoras tenían esos niños?

—Ustedes son los amigos de Antonio, estoy segura que podrán arreglárselas solos. —comentó la segunda, tomando las mochilas detrás de los pilares que daban a la puerta principal del edificio. —Sólo será esta tarde y mañana, estarán bien.

—Vamos chicos, ni siquiera hemos empezado y ya se están quejando. —regañó Antonio, meciendo a un pequeño de dos años. —Las profesoras están cansadas, tener que cuidar de todos ellos no es fácil.

—Eso se puede ver. —dijo Matthew, queriendo volver a su modo invisible para desaparecer de ahí.

—Antonio, no me dijiste nada de esto. —reprochó de inmediato Roderich al ver salir a las profesoras. — ¿Cómo se supone que un montón de colegiales se encarguen de estos niños? ¿Qué tal si uno de nosotros fuera una mala persona? ¿De verdad que tipo de gente atiende este lugar?

—Bueno, es cierto lo que dices pero…

—Yo hablé con mi padre al respecto por teléfono, cuando nos trajiste la primera vez. —dijo Arthur, cargando a un niño que le tiraba de los cabellos. —Este lugar no está afianzado, es más como voluntariado. Se les paga una sueldo x a las profesoras, pero fuera de ahí no obtienes otra ayuda por parte de organizaciones o del gobierno.

Gilbert detrás de ellos comenzaba a perseguir a una niña que le había pateado, siendo perseguido a la vez por su hermano para que se tranquilizara.

—Él me dijo que haría lo posible, pero eso fue antes de lo que sucedió con… Scott. —murmuró, bajando al niño que igualmente fue a perseguir al alemán. —Buscaré hablar de nuevo con él.

—En fin, no creo que sea tiempo de ponernos a hablar de ello. —suspiró Antonio. —Primero que nada hay que dividirnos las tareas.

Una vez que consiguieron reunir a todos, con cada uno de ellos cargando a un niño o sosteniéndolo por los hombros para que no escapara, Ludwig se puso al lado de Antonio, tomando su característico porte militar para cualquiera que hiciera alguna interrupción. Antonio y Roderich guiarían por la experiencia que tenían cuidando niños. Al principio, Gilbert y Matthew harían equipo con los niños de ocho a doce años, los cuales eran cinco; Emma, Francis y Kiku, se encargarían de los de cinco a siete años, que eran seis; y Govert, Alfred y Arthur con los bebés de uno y dos años. En cuanto a los demás, Feliciano sería el encargado de limpiar las habitaciones y Lovino junto a Ludwig los que limpiarían el jardín. Todo esto decidido por el juego de palitos.

Obviamente el primero de todos en reprochar fue Lovino.

— ¿Por qué carajos estoy con el macho patatas? ¡Joder! Cámbiamelo. —le dijo a Govert, este estaba a punto de aceptar irritado de que le tocara cuidar a los más pequeños.

—No, Lovino. —cortó Roderich molesto. —Si se andan cambiando de lugar no podremos tener un control aquí.

—Sólo será un momento, Lovi, rotaremos después de comer, ¿vale? —preguntó Antonio, sonriéndole. —Te daré muchos besitos si lo haces.

— ¡No los quiero!

— ¡Yo sí! —gritaron a coro los niños. Antonio le mandó una sonrisa autosuficiente a su pareja, que seguramente lamentaría más tarde.

—El equipo de Kiku estará en el salón de pinturas, pongan una actividad entretenida. —ordenó Roderich, indicando que niños les tocaban al mismo tiempo. —Y por todos los cielos, Kiku, no dejes que pinten lo que Francis les ponga.

— ¡Puedo escucharte! —reprochó este, indignado.

—Hablo enserio. —le murmuró al final.

—Estarán bien conmigo y con Emma-san. —el japonés hizo una reverencia, dándose la vuelta, rumbo a la dirección de sus compañeros.

Feliciano ya se había ido a las habitaciones de arriba, en busca de un trapeador y una escoba; sería como estar de nuevo en la ex-casa de Roderich. Además, así podría relajar un poco más su mente de la pelea con su hermano. En cambio Lovino y Ludwig comenzaron a discutir arduamente por las cosas de jardín que Lovino no quería cargar, tampoco le agradaba estar limpiando desastres que él no había hecho, ni siquiera los suyos los limpiaba.

—Anda, Lovi, ¿puedes hacerlo?

— ¿Por qué carajos no lo haces tú y me dejas de estar jodiendo a mí, eh? —cuestionó, irritado. Antonio frunció la boca, confundido de su actitud.

—Lovi, ¿quieres que hablemos un momento? Puedo decirle a Rod que lo dejaré a caro un ratito, me preocupa que estés tan…

— ¡No tengo nada, metete en tus asuntos!

—Waa, la princesa está mega encabronada. —dijo Gilbert, poniéndose al lado de Antonio una vez que Lovino le arranco una pala de las manos a Ludwig. —No quiero ser West, pobrecito, lo estará jode y jode.

—No quiere decirme que le pasa. —le comentó Antonio, preocupado. — ¿Será que no quería venir?

—Creo que es el momento menos indicado para preocuparte por tu relación, Antonio. —se metió Roderich. —Necesito que me ayudes a explicarle a estos tres como tratar a los bebés. El de un año ya comenzó a llorar.

—Sí, tienes razón. —Antonio salió de su trance, dándole unas palmadas a Gilbert en la espalda. —Te lo encargo, Gilbo.

— ¡Espera, no sé con quién me toca!

—Le toca conmigo, joven Gilbert. —dijo Matthew, apareciendo detrás de él.

— ¡Un fantasma! —chilló él, brincando detrás del niño más alto.

— ¡Un fantasma! —gritaron de igual forma ellos, echándose a correr en todas direcciones. Matthew intento llamarlos, pero ellos se habían ido por la cocina, por las escaleras rumbo a las habitaciones y por afuera del jardín.

Gilbert miró a su acompañante con una sonrisa nerviosa, Matthew en cambió suspiró, resignado.

—.—.—.—.—

—Son dos bebés, les aconsejaría que se encargaran de ellos por turnos. —dijo Antonio, alzando al más pequeño en busca que dejará de llorar. Govert tenía un rostro sofocado por el llanto, no estaba seguro de poder aguantarlo; Arthur en cambió parecía emocionado de tener al niño en sus manos, y ponía atención a cada detalle que comentaba Antonio sobre sus cuidados. Y Alfred por mientras le enseñaba sus comics al bebé de dos años.

Roderich trató al primero con naturalidad pura, como Antonio, era claro que tenía tacto con los niños y sabía cuidarlos, lo cual era muy extraño dado a que no tenía hermanos. En cambio Arthur, tuvo que pedir tres veces ayuda a Antonio para poder cargar a al bebé de un año, tenía demasiado miedo de tirarlo. Cuando fue el turno de Alfred comenzó a hacer brincar en el aire al pequeño de dos años, hasta que Antonio y Roderich le calmaron; en cuanto a Govert, el niño que le tocó comenzó a llorar, contagiando al otro.

—Quita tú cara de voy a matar a alguien. —reprendió Antonio a Govert. — ¡Son bebés, no mini-Antonios!

—Al menos sabe que lo odias. —comentó Roderich, quitándole el bebé a Govert. El pequeñito se acurrucó en su pecho.

— ¡Yo he encontrado a mi otro Robín! —gritó Alfred, aún con el de dos años.

— ¡Alfred, lo estás cargando mal! —espetó Roderich, alertando a los demás; Antonio rápidamente le acomodo el niño en sus brazos.

Sorry! ¿Lo he lastimado?

—No, no es nada grave, solo que su cabeza estaba colgando y eso puede ser perjudicial para ellos. —explicó. —Sólo basta con que lo acunes en tus brazos o lo pongas de esta manera, frente a ti.

— ¿Cómo es que no han conseguido más personal las profesoras? —le dijo Roderich, furioso a Antonio. — ¿Cómo pueden cuidar de estos niños si sólo son dos?

—Aunque me preguntes, no lo sé. —suspiró Antonio. —Pero debe ser duro encargarse de ellos, mientras cuidan a los otros once.

—Esto es inaudito, necesitan más personal.

—Espera, Rod. —cortó Antonio, yendo a donde Alfred. —Se ha hecho del baño, creo que sería buena idea enseñarles como cambiar un pañal.

— ¿Y si ustedes dos se encargan de estos y nosotros de los mocosos de allá afuera? —preguntó Govert, poniendo mala cara en cuanto olio el producto.

—A mí me gustan los bebés, ¡son perfectos para ser mis secuaces!

—Quedamos en que tomaríamos turnos. —se metió Arthur. —No es fácil cuidar a los bebés, pero los mocosos de afuera son peor que dinamita.

Antes de que Antonio pudiera decir algo, la puerta se abrió estruendosamente, dejando entrar a cinco niños corriendo. Seguido de ellos, venían Matthew y Gilbert, buscando atraparlos.

— ¡Gilbo, ellos no pueden estar aquí! —reprendió Antonio. Quiso pasarle al bebé a Govert pero este se soltó a llorar de nueva cuenta. — ¡Sácalos!

— ¡Ya lo sé! —gritó él, atrapando a uno y cargándolo hasta que le mordió la mano.

— ¡Chicos, cierren la puerta! —Emma venía corriendo atrás de otra niña, ambas llevaban el cabello pintado con manchas de color azul. Seguro les habían vaciado el bote de pintura. — ¡Krys, ven conmigo!

— ¡Quiero estar con Antonio! —y los demás corearon con ella, volviéndose a él, comenzaron a pedir que fuera a jugar con ellos.

—Lo siento, Toño, se me salieron de control en el aula de pinturas. Fran y Kiku salieron a perseguir a los que se fueron al jardín.

—Pero ellos no pueden estar en el jardín, Lovi y Ludwig lo están arreglando. —expresó, angustiado. La cabeza le comenzaba a doler a causa del lloriqueo constante y las réplicas de los niños. Por suerte Roderich ya había atendido el asunto del pañal.

—Por eso era mejor que decidiéramos en base a aptitudes. —reprochó Govert.

— ¡Se metió debajo de la cama, Toño! —acusó Gilbert al pequeño. Él le saco la lengua como contestación, los demás intentaban de la misma forma ayudar, pero sólo terminaban tirando cosas o con un golpe.

— ¡Es suficiente, bastardo! —se quejó Lovino, llegando. —No puedo trabajar con esta patata andante, ¡me está torturando! Además la bola de mocosos salió al patio y están arrancando todo de nuevo.

Antonie, no dijiste que mi cabello quedaría tan mal después de-

— ¡CIERREN LA BOCA! —gritó Antonio, exhausto. Con cuidado, pero firme, le paso al niño que amenazaba con volver a llorar a Govert. — ¡No los traje aquí para cuidarlos a ustedes también!

—Antonio…—los niños más grandes se juntaron en una bolita, sosteniendo las lágrimas. Era la primera vez que les alzaba la voz.

—Los que estaban en la sala de pintura, vuelvan allá, de inmediato. —ordenó, señalando la puerta. Emma y Francis tomaron a dos de los niños de la mano, diciéndoles palabras tranquilizadoras, aunque ellos estuvieran igual de sorprendidos. —Emma, dile a Kiku que vuelva contigo, yo me encargo de los que están afuera. —la rubia asintió rápidamente, perdiéndose por la puerta.

—Vamos, chicos. —antes de que pudiera decirle algo, Gilbert y Matthew sacaron a sus niños a cargo, buscando animarlos cantando una canción. Muchos de ellos tenían lágrimas escurriendo en sus mejillas.

—Iré al jardín, Ludwig se quedara a cargo de los bebés junto con Roderich y Arthur. —continuó. —Alfred y Govert se encargaran de arreglar lo de allá afuera.

—Entendido. —respondió Govert, todo lo que fuera para no soportar a los niños.

— ¿Y qué se supone que haga yo? —preguntó Lovino, molesto por el grito anterior.

—Ve con Feli y ayúdale con las habitaciones.

— ¡Otra cosa!

—Regresa a la escuela. —concluyó Antonio, pasándolo de largo, rumbo al jardín. Lovino sintió que todos sus músculos se tensaban al instante. Govert paso al lado de su amigo, poniéndole una mano en el hombro, dándole ánimos, Alfred le alzó el pulgar de igual forma.

—Antonio tiene razón, —dijo Roderich, levantando los talcos y pañales tirados. —si vas a quejarte de todo lo que hagas, no deberías estar aquí.

—Sólo es un día, Lovino. Sé que todo esto es nuevo para nosotros, pero Antonio estaba verdaderamente ilusionado de que lo acompañáramos. —siguió Arthur, acunando al bebé más pequeño.

—Lo sé mejor que nadie. —gruñó, apretando los puños contra su cuerpo. Se dio media vuelta y salió, dejando a los otros dos. No se sentía molesto con Antonio en absoluto, era normal que terminara alterado cuando los niños estaban haciendo lo que querían pese a tener a trece semi-adultos con ellos. Lo que le molestaba era que caía en cuenta como se estaba comportando, como un niño mimado caprichoso que le buscaba bronca hasta a las moscas; justo como cuando había conocido a Antonio.

No era justo para su novio quién estaba esforzándose.


(*) Capitulo 17. El relato de un lobo solitario.


¡Listo, estamos al corriente con los capítulos mensuales! XP Vamos iniciando con el arco de Spamano, lento pero seguro. En fin, ¿qué les ha parecido? Hoy no tengo mucho que comentar, sin embargo, espero que les haya gustado c:

¡Nos vemos en el siguiente capítulo!

Agradeciendo reviews a: Loveless1039, aoi-chan, Amiyei, Yensen.02 & Sybilla Kahler. (¡Ya estamos por llegar a los doscientos reviews! ¡Muchas gracias por todo su apoyo, las adoro!

Desde la Tierra de las Historias,

MimiChibi-Diethel.