Circulo: Vicio Tsun.


Tú + Yo= Error 404.

33. El curso de una tempestad.

Fue duro para Lovino comenzar a tallar los pisos, parecían tener una masa de tierra acumulada, hasta que Roderich subió a inspeccionar a los gemelos le dijo que el piso era así, solo tenía impermeabilizante y que podría dañarlos de seguir con eso. Lovino gruñó por lo bajo, era cierto que era el ático, pero ¿qué idiota sin cerebro ponía eso ahí? Aventó la escoba a un lado, enfurruñándose y sentándose en una de las cajas.

Joder, necesitaba que Antonio estuviera con él, pero el muy bastardo ni siquiera se asomó en las dos horas que llevaba allá arriba. ¿De verdad estaba tan enojado con él? Incluso lo mandó a casa. Lo más probable es que Antonio estuviera pensando que en realidad se había ido.

— ¿Lovino? —Arthur hizo ruido al subir por las escaleras que rechinaban con cada paso. — ¿Estás aquí arriba?

— ¿Qué sucede? —preguntó, sacándose las manos de la cara. Arthur hizo una mueca al verlo triste.

—Roderich me mandó a que te buscara. —dijo agarrándose del barandal, sin acercarse mas a él. —La comida está lista, después nos volveremos a intercambiar las tareas, así que ya no te tocará limpiar.

—Yo…—Lovino se mordió los labios, aguantándose las palabras.

Arthur le dio una sonrisa comprensiva, a veces se le olvidaba que Lovino tenía un año menos que él. Y, sobre todo, que si a él le parecía difícil expresar sus sentimientos a Lovino Vargas mucho más.

—Antonio sabe que no te fuiste. —le dijo, un poco incomodo, lo más probable es que Lovino lo mandara a la mierda por estarse metiendo en sus asuntos. —Sólo que de verdad esta ocupado, Roderich lo puso a trabajar en muchas cosas para la estabilidad de los niños, además nos tuvo que enseñar como hacer las mamilas para los bebés. Y los niños mayores le pidieron una disculpa, así que lo acapararon un buen rato. No te lo tomes a mal, él también esta muy preocupado por la manera en que te trató, se le nota en la cara, es como un libro abierto.

—Aún así… yo… me comporté demasiado egoísta.

— ¿No es siempre así? —preguntó Arthur. Lovino alzó la mirada para reprocharle, sólo que el inglés ya se encontraba delante de él, y en un gesto le puso la mano en la cabeza, acariciándola con cariño. —Es otra de las facetas que hicieron que se enamorara de ti. ¿De qué te estás preocupando?

—Él podría desenamorarse de mí. —murmuró.

—Creo que si eso pudiera pasar ya habría sucedido. —expresó él, analizándolo. —Antonio es un idiota, por eso es que te ama tanto.

—Arthur…

—Antes te hubiese dicho que era una pérdida de tiempo lo de ustedes dos, sin embargo, hoy puedo comprenderlo. El que es tener a una persona que te ame por quién eres, y no quiera cambiar absolutamente nada de ti. —sonrió. —Bueno, al menos eso es lo que pienso.

Lovino se limpió el moco que le estaba escurriendo por sollozo mal contenido, y apartó de su cabeza la mano de Arthur con un movimiento, volviendo a recobrar su dignidad. Arthur comprendió esto como una forma fugaz de decirle que ya estaba mejor y se dio la media vuelta, yendo de nuevo a las escaleras, con Lovino pisándole los talones.

Al inicio del año pensó que lo peor que le podía pasar en su vida escolar era tener de compañero de habitación al meticuloso Arthur Kirkland. Siempre serio, organizado, con buenos modales y comportamiento artificial, no obstante, hoy al verle la espalda, con las palabras gravadas en su mente, pensó vagamente que no era tan malo después de todo.

Cuando se dio cuenta todos los asientos alrededor de Antonio estaban rodeados por la parvada de mocosos. Arthur tenía un lugar apartado por Alfred, que le llamó al verlo entrar, tenía cargando al bebé de dos años que imitó su gesto y llamó al británico para que se sentara a su lado. Lovino pudo notar que únicamente quedaba un asiento, que para su desgracia estaba al lado de su hermano y del señorito. Que Dios se apiade de su pobre alma.

Fue la comida más ruidosa en la que Roderich tuvo el disgusto de estar. Incluso un par de veces se aventaron migajas de pan por encima de la mesa; pese a que Antonio intentaba controlar a los niños, igual que Ludwig, Arthur y él, simplemente el hecho de que Gilbert, Alfred y los niños no cooperaran era un caos. No fue hasta que Ludwig dio uno de sus usuales gritos que toda la mesa se quedo en silencio.

Por otro lado, Lovino no había levantado la vista de su plato en todo momento, sintiendo la mirada de Antonio sobre él cada que no le llamaba la atención a uno de los críos o comía. Al parecer Roderich se adueño de la comida, y, aunque apestaba un poco a quemado, no sabía tan mal. Y lo mejor para el italiano mayor: no eran papas. Los niños por mientras seguían hablando entre ellos, ya sin aventarse nada, Feliciano a su lado le estaba preguntando infinitas cosas, sólo que Lovino todo digno se negaba a contestárselas. Fue una comida incomoda, desastrosa, y sólo para unos, tranquila.

Al final decidieron que Govert seguiría limpiando con Roderich y Ludwig, Feliciano, Gilbert y Francis se encargarían de los niños más grandes, Matthew, Kiku y Emma de los de seis años; y Antonio seguiría apoyando a los bebés junto a Arthur, quién al parecer le encanto estar con ellos, al igual que Lovino y Alfred. Luego todos volverían a reunirse para la fogata que harían en el jardín.

Antonio se esperó al final para ver que todos los niños obedecieran hasta llegar a los cuartos, Arthur y Alfred se fueron adelantando también, los dos jugando con ambos bebés que llevaban en sus brazos. Sin embargo, gracias al agarre que Antonio mantuvo en la mano de Lovino, este se quedó a su lado.

—Lovi. —llamó cuando al fin se quedaron solos, él se encogió en sus hombros, recordando sus últimas palabras. —Lo siento mucho.

— ¡N-No! —se quejó, alzando la mirada. Antonio lo estaba observando tranquilo. —Tú no tienes la culpa, idiota. Yo… me comporte de una forma detestable, es normal que tú te enojaras. No quiere decir que me haya gustado que me gritaras, de hecho lo odié, te mereces una buena paliza por eso… sin embargo, sé que…

El hispano se acercó a él fundiéndolo en un profundo abrazo, pasando una de sus manos por las caderas del italiano y otra por su espalda, evitando que pudiera escapar. Lovino balbuceó un poco antes de poder reaccionar. Antonio lograba que una simple acción, le acelerará el corazón.

—Lovi, te amo, eso no va a cambiar en una discusión, ni en una semana, ni en un mes, ni en una eternidad. —murmuró en su oreja, erizando la piel contraria.

Lovino sintió que la boca le tembló, sin saber que responder. Así que cediendo ante sus instintos tomó el rostro de Antonio entre sus manos y unió sus labios contra los suyos. El español dominó en poco tiempo el beso, pasando una de sus manos por detrás de la nuca de Lovino, profundizándolo. Un mar de sensaciones recorrió el cuerpo de ambos. Se separaron ligeramente ruborizados, quizás por recordar donde se encontraban. Antonio entonces volvió a sonreírle, una sonrisa tan gigante como el tamaño de su corazón. Lovino se sintió afortunado por ser quién tuviera que cuidarlo.

Subieron poco después por las escaleras para llegar a los cuneros, ambos tomados de la mano. Lovino frunció la boca, avergonzado de que uno de los niños los mirará e hiciera preguntas extrañas.

¡Auch, auch, auch! ¡Ese es mi cabello, es el cabello del héroe! —gritó Alfred, sintiendo el tirón en su pequeño mechón de cabello. El niño parecía estar divirtiéndose por las quejas contrarias.

—Por eso te dije que lo dejaras de molestar. —reprimió Arthur, acunando al bebé. Una de sus manitas tenía apresado el dedo de Arthur.

—Yo sólo quería jugar con él. —bufó apartando la cabeza, el pequeñito entonces comenzó a llorar.

—De verdad parecen padres de estos niños. —dijo Lovino, con una ceja alzada.

Arthur se sonrosó, sonriendo, el bebé en sus brazos rió. — ¿De verdad crees que luzco como un buen padre?

—No, yo no dije eso. —siguió Lovino, poniendo mirada vacía.

—Yo creo que Arthur sería un excelente padre. —contestó Alfred, inflando las mejillas.

—Desde la herencia de las cejas ya empezamos mal. —bufó Lovino.

—Me sorprende que sepas el termino "herencia" y lo ocupes en una oración, Lovino. —dijo Arthur, frunciendo la boca ante el insulto.

— ¡Lovi sabe muchas palabras también! —protestó Antonio, defendiendo a su novio.

—Puras leperadas. —respondió Arthur, el bebé comenzó a pegarle suavecito en la mejilla, queriendo jugar con él.

— ¿Qué me dijiste, hijo de puta? —gritó Lovino, espantando al bebé de dos años que se escondió detrás de Alfred.

— ¡A Lovi no le gustan las peras! —secundó Antonio.

—Un idiota para un idiota. —bufó Arthur, rodando los ojos.

— ¡Hey, el héroe no te ha hecho nada! —chilló Alfred, poniéndose a la defensiva. Arthur se golpeó la cabeza con su mano disponible, ambos bebés lo imitaron.

—.—.—.—.—

—Mira, Lovi, primero tienes que esterilizar los biberones después de lavarlos. —explicó Antonio en la cocina, ya que ambos rubios se habían encariñado demasiado con los bebés considero prudente dejarlos solos con ellos mientras se preparaban las mamilas. — ¿Te va gustando esto de cuidar a los bebés?

—No me gusta cambiar pañales, apesta. —dijo, recargándose con aburrimiento en la mesa. —Al contrario de ti que parece que te encanta.

Antonio rió ante su comentario. —De hecho es lo que más me desagrada también.

— ¿Estás emocionado con tú hermano que viene pronto? —preguntó, recordando el tema. La cara de Antonio se iluminó por completo. —No sé para qué pregunto si ya conozco la respuesta.

— ¡Claro que estoy emocionado, Lovi! —contestó, ignorando lo último. —Por fin podré tener un hermanito; mis padres no quisieron tener otro cuando seguían juntos, primero porque tú llegaste, después porque se tenían que hacer cargo de la hacienda y de mí. Aunque al final no es un hermanito legítimo de mi papá y mamá, él no tiene la culpa de nada, así que lo amaré con todo el cariño que un hermano pueda tenerle a otro.

—Wao. Eres la cursilería en su máxima expresión. —comentó Lovino, con una sonrisa en el rostro. Antonio lo rodeó con sus brazos mientras aún estaba sentado en la silla, depositándole un pequeño beso en el cuello.

— ¿Crees que podamos adoptar a algún bebé cuando estemos más grandes? —preguntó él, cerrando los ojos, Lovino pudo contemplarlo de reojo, su rostro lucía pacifico, deseando que aquella pregunta se hiciera realidad. —Me encantaría poder formar una hermosa familia contigo, Lovi. Pasar nuestros años en la universidad juntos, graduarnos, vivir juntos, como trabajaré en la empresa de "mi viejo" tú serás mi jefe, así que pasaré incluso ese tiempo contigo, nos casaremos, adoptaremos uno o muchos niños y nos haremos viejitos juntos, al final, quiero que me entierren a tu lado. He incluso, si existe la reencarnación, intentaría buscarte en la siguiente vida.

Lovino apretó sus manos una contra la otra, nervioso por las palabras de su novio, el sonrojo ya dominaba gran parte de su rostro y orejas. Incluso su rulo se había erizado. Antonio ya había imaginado toda su vida a su lado, y no es que Lovino no lo hubiera hecho, es que nunca había pensado que podría ser de otra manera. Contemplaba a Antonio en todo y para todo. No podía imaginarse una vida donde él no lo estuviera acompañando en su día a día, y si regresaba en sus recuerdos, aquellos años donde su padre lo separó de Antonio y su familia, donde hubo una brecha de tiempo, en donde casi no supieron uno del otro, eran días tan lejanos, tan tristes y sofocantes que no los podía recordar.

¿Era posible que pudieran estar separados de nuevo?

— ¿Te la estás imaginando, Lovi? —preguntó Antonio, abriendo los ojos, Lovino le había apretado con fuerza los brazos sin darse cuenta, como si no quisiera dejarlo ir.

—Tú… siempre me has protegido, Antonio. —comenzó, el silencio reinó en la cocina, sólo el agua hacía un leve ruido de fondo, casi imperceptible al oído. —Con todo ese amor que me diste desde pequeños, me cautivaste por completo. Al principio pensé que ibas detrás de todo ese dinero, como Blas me hizo creer, pensé que nadie me podía amar por quién era, que no merecía la felicidad por fallar en cada cosa que me proponía. Y un día, bajé a rastras del auto de mi madre, entré en una casa donde pensé que jamás encajaría, te conocí y entonces, me hiciste ver que yo valía un poco, que podía valer igual que Feliciano. —cerró con fuerza los ojos, evitando que las lágrimas se le escurrieran, su cuerpo temblaba ligeramente; no estaba tan acostumbrado a la sinceridad.

Antonio con cuidado se soltó de sus manos, y dio la vuelta para ponerse en cuclillas, delante de él. Ambas manos del español se posaron en su rostro, acariciándolo con una suavidad, con una ternura que las lágrimas se le escaparon con sutileza. El rostro de Antonio se acercó, el agua comenzó a hacer un poco más de ruido al momento que comenzaba a hervir.

—Lovi, tú no sabes cuánto vales, tú no sabes que lo vales todo. —dijo al fin, depositando su mirada en la contraria, pausadamente se acercó a un más a su rostro hasta besar los labios contrarios.

Todo había sido tan rápido, tan natural, que a ninguno de los dos les parecía raro, que sus manos coincidieran con las contrarias, que sus sonrisas le pertenecieran al otro, que sus ojos se conectaran bajo el título de dos tontos enamorados. (*)

—.—.—.—.—

Arthur terminó de cambiar al pequeño que le apretó gustoso las manos por el favor hecho. Mientras Alfred estaba a su lado, observando con el otro niño en sus brazos, el cual se chupaba la mano y de vez en cuando lo embarraba con su saliva.

—Te has vuelto todo un experto en los cuidados de los bebés. —le comentó Alfred.

—Eso no es cierto, sólo me estoy esforzando de más porque es un día. No creo poder aún con semejante responsabilidad. —suspiró Arthur. Alfred notó de reojo como miraba a ambos niños, que ahora jugaban juntos con los peluches dentro de la cuna, parecía melancólico. Seguro recordando algo en el pasado con sus hermanos, con Scott, en los días felices.

En cierta manera lo envidiaba un poco, por mucho que ahora su relación con ellos fuera pésima, tenía recuerdos. Él en cambió no podía recordar nada de Matthew más que por una o dos fotos que su padre tenía de pequeños, juntos. Alfred sacudió su cabeza, evitando que esos pensamientos entraran, no le gustaba estar deprimido o triste.

Honey! ¿Qué te parece si cuando nos casemos adoptamos a un niño?

H-H-H-Ho… HONEY? —estalló Arthur, ruborizándose de pies a cabeza. — ¡Qué cosas estás diciendo, idiota! —reprochó, cubriéndose el rostro. — ¡No digas cosas tan vergonzosas! —murmuró.

Alfred sonrió, acercándose con una sonrisa pícara en el rostro, se colocó delante de Arthur con las manos en los bolsillos de su chaqueta, inclinando su espalda al frente para estar a la altura de la cara contraria. El inglés entreabrió los dedos de sus manos, dejando ver una parte de sus ojos verdes que resaltaban más a causa del color rojo.

—Eh… ¿entonces no puedo decirte darling? —susurró, juguetón, Arthur volvió a cerrar sus dedos, evitando la mirada. Mientras el americano, lo fue acorralando contra la pared, causando un estremecimiento en Arthur, ¿qué rayos estaba pasando con su mocoso inocentemente idiota? —Quizás, sweetheart o Bunny…

Antes de que Arthur pudiera darse cuenta, tenía a su novio pegado a su lado, con ambas manos bloqueando su escape a cada lado de su cabeza. El británico se retiró las manos de la cara, nervioso, con el corazón bombeando a todo lo que daba, y conectó de manera tímida con él.

Alfred entonces sintió un revoloteó de mariposas en su estómago, más una sensación estremecedora en todo el cuerpo, casi deliciosa. Supo que no podía dar marcha atrás con su broma. Arthur se veía demasiado adorable, con esos labios fruncidos, sonrojo que le cubría todas las mejillas y el borde de las orejas, con la mirada centellante, ciertamente era la primera vez que lo veía tan indefenso.

Sintió unas tremendas ganas de plantarle un beso tan apasionado que jamás pudiera borrarlo de su piel.

— ¿Qué están haciendo ustedes dos? —preguntó Lovino, arqueando una ceja. Antonio se pasó derecho con los niños que al verlo de inmediato quisieron abrazarlo.

Contrario a lo que el americano pensaba, incluso se preparó para el futuro golpe agachándose, Arthur ladeó el rostro y con discreción salió de la habitación, pasando a un burlón Lovino. Antonio al fondo también se estaba aguantando las risas, lo único malo que este le veía a eso es que todo el Bad Friends Trio no estaba reunido.

Alfred enrojeció de pronto, pasando rápidamente al italiano, saliendo tras su novio. No iba tan lejos, pero iba en dirección al jardín; antes de que Arthur pudiera salir por la puerta de la cocina que daba en la parte trasera, Alfred lo tomó del brazo, deteniéndolo.

—Yo lo siento, Arthur, no quería molestarte de esa forma. —murmuró apenado.

Inexplicablemente recibió un prolongado beso que volvió a electrizar su piel. Los labios de Arthur eran suavecitos, sabían a menta porque no hace mucho que se había lavado los dientes, y su cuerpo pegado al suyo le reconfortaba en maneras inimaginables. Quería apretarlo contra sí, cada día de su vida.

—No estoy enojado. —jadeó Arthur, al separarse, con una mano sobre su chaqueta, y la cabeza gacha. —Es que… hay veces que quiero abalanzarme sobre ti. —confesó fugaz. Al notar sus palabras aparto apresurado su agarre, con los colores subiendo en su cara a cada balbuceo. Sin poder evitarlo comenzó a sudar frío, estaba tan nervioso que incluso temblaba.

— ¿Abalanzarte…?—susurró Alfred, procesando sus palabras. El rubor también cubrió su rostro en cuanto pudo captarlas al final; luego de recordar una pequeña conversación que tuvo con Francis después de contarle lo de la almohada en la cara de Arthur. Su mirada azulada se dirigió al suelo de manera automática, poniendo una mano sobre su boca, que tiritó.

Hubo un momento en silencio, pero no era de incomodidad, era un silencio extraño. Uno casto, sin malas intenciones, fascinante, de esos que ya no se encontraban en el mundo.

—P-Puedes hacerlo…—contestó Alfred al fin, Arthur dio un pequeño brincó casi imperceptible, aún sin darle la mirada. —Si tienes ganas de hacerlo, puedes hacerlo, Arthur. —tomó al inglés de las manos, rogándole con la mirada que volteara a verlo.

Arthur aún con la cabeza gacha a causa de la vergüenza, entendió su indirecta cuando Alfred tiró más fuerte de sus brazos. Con toda la pena del mundo subió su rostro, recibiendo otro beso, uno de esos que lo calmaban ante cualquier crisis. Al visualizarlo pudo notar que su novio estaba igual o quizás más rojo que él.

—No tienes porque contenerte. —le dijo de nuevo, ahora los dos con la mirada sobre el otro. —Las parejas hacen eso y aquello, ¿no? Yo no puedo entenderlo todavía muy bien, pero me encantaría que todas mis primeras veces fueran contigo, Arthur.

— ¡Qué cosas…!—Arthur se echó para atrás, sin embargo, Alfred le sostuvo con fuerza. Él no se estaba riendo, era completamente serio en ese asunto. —De… de acuerdo. —contestó, tímido.

Ante su respuesta el yanqui lo jaló para sí, abrazándolo con fuerza y depositando un beso en la coronilla de la cabeza. Arthur se inclinó sobre su pecho, aún agitado por todo ese asunto; ¿desde cuando Alfred comenzó a madurar a esos pasos agigantados? ¿por qué parecía que lo superaría en cuestión de nada?

Aún así no dejó que esos pensamientos inundaran por completo su cabeza, le hacía feliz tenerlo a su lado, de esa manera, buscando reconfortarlo.

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Al llegar la noche todos se reunieron en el jardín trasero haciendo una pequeña fogata donde todos hicieron un circulo alrededor. Eran las nueve de la noche por lo que aún había varias luces de la calle, carros y de la casa, los bebés eran los más abrigados, pues Antonio, pese a las quejas de Roderich no permitió que alguien se quedara adentro mientras todos disfrutaban afuera, además aún las noches eran cálidas.

Alfred y Arthur que se habían encariñado con los bebés eran quienes los llevaban; si no fuera por lo jóvenes que se veían pasarían por una familia. En cambio Antonio y Lovino estaban bastante separados por una pila de niños, a excepción de unos cuantos que ya habían encontrado a su amigo ideal, como Gilbert que le mostraba sus mejores bromas al niño de doce años, Emma que al final se encariño con la niña que tenía el cabello pintado de azul igual que ella y Roderich que al final del día se encariñó con la mayoría.

Entretanto, Lovino haló a su hermano a su lado, alejándolo de Ludwig que frunció la boca con molestia. Kiku estaba junto a ellos, además, no es que Feliciano y él estuvieran haciendo algo malo, mucho menos delante de los niños.

— ¿Pasa algo con Lovino-kun, Ludwig-san? —preguntó Kiku, preocupado. Él suspiró, relatándole los recientes hechos; Kiku era la única persona que sabía de su relación con Feliciano. —Ya veo, los celos de hermanos son bastante intensos. —comentó. —Creo que lo mejor que puede hacer es sentar a Lovino-kun ha charlar con usted.

—Pero él no quiere charlar.

West! ¿Por qué estás tan triste? —Gilbert le dio un manotazo en su espalda, buscando animarlo con esa característica sonrisa suya. — ¿Te has peleado con Feli? Ya no lo veo mucho contigo.

—No es eso, hermano.

— ¡No te preocupes, tú asombroso hermano mayor te ayudará a reconciliarte con él! —exclamó soltando una carcajada al final. — ¡Hey, Feli! —se dio la vuelta, llamando al menor de los italianos, lo cual no esperó fue recibir el dedo de en medio de Lovino como respuesta. — ¡Ese crío!

—Hermano, te estoy diciendo que no es eso.

—Me las va a pagar. —bufó Gilbert, sin escucharlo.

—No me escucha en absoluto. —murmuró Ludwig, decaído. Kiku sonrió intentando comprenderlo.

— ¿Desea que yo interceda por usted? —preguntó Kiku una vez que Gilbert se fue a molestar a Lovino. Feliciano estaba riendo falsamente a su lado, mirando de reojo de vez en cuando a Ludwig.

—No, Kiku, puede generarte muchos problemas con Lovino. —Kiku sonrió al escucharlo decir el nombre de su cuñado, aunque en el fondo pensó que eso no era necesariamente bueno. —Además, este problema lo tengo que resolver con Feliciano, lo quiero y no deseó estar separado de esta manera con él.

El japonés se llevó una mano a la boca, sorprendido por la declaración tan bonita de uno de sus mejores amigos. — ¡Tiene todo mi apoyo, Ludwig-san! —dijo de inmediato, emocionado. —Lo estaré apoyando en todo lo que pueda, no lo dude ni un momento.

—Pareces bastante emocionado. —comentó sacando una pequeña risita.

—Por supuesto, Ludwig-san, es como en los mangas que leo, el amor siempre triunfa al final. Y este no va a ser la excepción. —sonrió.

El alemán deseó en el fondo que su amigo tuviera razón. Amaba a Feliciano, y no importaba quien se interpusiera entre ellos, lucharía por él.

Antonio junto con Roderich fueron a la cocina para traer los malvaviscos, al regresar, el español venía cargando una de las guitarras que al parecer era de la clase de música que tenían cada semana los niños, ya que una de las profesoras también tocaba ese instrumento. Lovino entonces lo miró sentarse, en medio de la media luna formada, Feliciano tomó su mano, seguro que estaba emocionado por oír tocar al bastardo de Antonio. Él comenzó a afinar, hasta que una dulce melodía inundó el tímpano de todos, era suave, casi melancólica.

Justo cuando todos se perdieron en el sonido, Lovino sintió su teléfono vibrar, por suerte ya que de lo contrario hubiese arruinado la música de Antonio y el señorito le acribillaría con la mirada. Se levantó con cuidado, sin distraer a nadie, ya era por la quinta vibración que se animó a contestar; el número de su padre.

— ¿Qué? —preguntó Lovino, a secas. Blas rió del otro lado ante su contestación.

—Cuida tus modales, Lovino, aún estas hablando con tu padre. —remarcó, serio. Lovino murmuró un quedo sí, que no paso imperceptible por Blas. —Mañana necesito que vayas a una reunión en el centro, uno de los herederos de una importante empresa con la que tenemos negocio se reunirá ahí contigo, sería bueno que se conozcan ya que van a ser socios en el futuro.

— ¿Qué? No puedes decidir simplemente cual es el destino de cada uno de mis días. —gruñó Lovino, intentando por todos los medios no alzar la voz. —Ya tengo planes, estoy en ellos de hecho, no puedo ir mañana.

—Espero entiendas que no te lo estoy pidiendo de favor. —siseó Blas. —Además, pasar rato con un montón de críos y el pueblerino de tu novio no es más importante que los futuros negocios.

— ¿Cómo…?

—Sé muchas cosas, Lovino. —cortó. —Así que ni porque tengas a Bianca de tu lado, creas que me puedes faltar al respeto como padre, sigo con la autoridad de poderte mandar. Por el bien de todos, será mejor que vayas ¿de acuerdo?

— ¿A qué te refieres con por su bien? —exclamó, pasando saliva. Su padre al parecer no lo escuchó por estar atendiendo a su secretaria con algunos papeles importantes. Al ocurrir eso, su mente intentó enfriarse lo más rápido que pudo, si se le subía la sangre a la cabeza terminaría gritando y preocupando a Antonio. —De acuerdo, iré.

—Buen chico. —sonrió Blas. —Saluda a tu hermano de mi parte.

Y ambos terminaron la llamada al mismo tiempo. Lovino apretando el teléfono con molestia, ¿por qué demonios Blas sabía de lo de él y Antonio? He incluso sabía que se encontraba en el orfanato, junto a los demás, ¿acaso había mandado a alguien para seguirlo? Miles de ideas llegaron a su cabeza, abrumándola. No obstante, volvió a intentar tranquilizarse, las palabras de Blas sólo eran eso, palabras.

Antonio al parecer todavía no dejaba de tocar, aunque ahora la melodía era más animada y Gilbert junto a Francis le hacían armonía con una desafinada canción que únicamente los niños, Feliciano y Alfred seguían estruendosamente. Lovino volvió a tomar asiento junto a su hermano, ni siquiera quiso protestar cuando a su lado vio a Ludwig, después de todo estaba Kiku también. Y lo más seguro es que terminaría haciendo enojar de nuevo a Antonio por arruinar el ambiente o asustar a los niños.

Una vez que Antonio terminó de tocar, decidieron que era tiempo para ir a dormir y Alfred junto con Arthur subieron a los bebés con ellos. Roderich decidió ir tras de ellos junto a Emma, que ya también se veía bastante agotada. Govert quiso seguirla, sin embargo, Lovino lo volvió a sentar en su lugar de un golpe detrás de las rodillas, obligándolo a ir con él y Feliciano. Antonio fue junto al BFT contándole grandes hazañas a los niños más grandes.

Cuando ya todos estuvieron recostados en sus camas, muchos no tardaron en quedarse dormidos rápidamente. Antonio, como era de esperarse, estaba en medio de todos los niños, durmiendo plácidamente.

—Arthuuuur. —chilló su novio en voz baja; extrañamente se había asustado porque los pasillos del orfanato estaban muy oscuros por la noche y el baño quedaba demasiado lejos; así que Alfred tomó la decisión de abrazarse todo lo posible a Kiku que parecía más asustado por el hecho de que Alfred no lo dejaba respirar. —Vamos a dormir ya, Kiku nos hará compañía. Tú a mi derecha y él a la izquierda, así estaré seguro.

—Que envidia, quisiera unirme. —dijo Francis, con su barbilla recargada en una de sus manos.

—Definitivamente, no. —contestó Arthur, protegiendo a su mejor amigo y su novio.

—No seas tan celosito, Arty~ —sonrió acercándose a él, tomándolo de la barbilla. —Tengo amor para los tres.

Arthur le quitó la mano con un manotazo. Alfred ya estaba en medio de la cama más grande, con Kiku a su lado que se mostraba de más incómodo, prefería dormir solo con Arthur o mejor con Ludwig o Feliciano, ya estaba acostumbrado después de todo a las patadas y abrazos de este último.

Lovino miró a su novio rodeado de mocosos, era casi obvio que ese día no dormiría con él, aún así la esperanza fue lo último que se murió. La mayoría de ellos ya había tomado una cama, Feliciano tenía a Ludwig y Roderich a su lado; Matthew dormía con Gilbert y Francis; Arthur, Alfred y Kiku, así que un poco apenado pidió dormir con Emma y Govert, la chica de inmediato acepto, tomando esa excusa para poner a su hermano en medio, él protesto bastante, pero al fin de cuentas aceptó.

—.—.—.—.—

Lovino miró el mensaje de su padre, eran las nueve de la mañana y él se moría de sueño gracias a la buena idea de Roderich de despertarlos a la siete para poder preparar el desayuno entre todos. Al parecer el señorito había despertado mucho más temprano a su novio pues el traía un rostro peor que el suyo, con un ojo medio abierto, prestando atención a los reproches de Roderich; el mayor de los italianos frunció la boca, sintiendo un poco de celos del pianista, sabía que su relación con Antonio era muy buena, pero le comenzaba a molestar que se la pasara detrás de él, sin dejarlos tener tiempo.

—Bastardo. —llamó al fin cuando pasaban de las diez y media, el desayuno acababa de concluir y Roderich quería comenzar a organizar a todos, así que antes de que pudiera hacerlo, Lovino atrajo a Antonio por el brazo a un rincón un poco más alejado de los demás.

— ¿Qué pasa, Lovi? No te preocupes, me aseguraré de que me toque una actividad contigo para darte muchos besitos. —sonrió él, bastante alegre. Al parecer el comer lo volvió a animar.

— ¡No los quiero! —protestó ruborizado. Antonio hizo un mohín ante su rechazo. —Me tengo que ir. —y le mostró superficialmente el mensaje que Blas le envió. —El jodido de mi padre me ha organizado una reunión con un imbécil hijo de uno de sus socios, así que tengo que ir.

— ¿Eh? ¿Así de pronto? —comentó lánguido, sus hombros cayeron sin poderlo evitar. —Supongo que no queda otra opción. Al menos me gustaría poder acompañarte, por si te encuentras con tu padre.

Lovino sonrió en su interior, Antonio siempre quería protegerlo.

—Te lo iba a decir ayer, pero no quería arruinar el ambiente, los niños parecían muy contentos con la fea canción tuya y de tus amigos. —le reprochó, golpeando la nariz contraria con sus dedos. Su novio se llevó una de sus manos a ella, quejándose del dolor. —Quédate cuidando a estos mocosos, después de todo fuiste tú quien organizó esto, seguro que el señorito no dejará de ser un dolor en el culo si vas y te sales de aquí como si nada.

—Bueno, en eso tienes razón. —suspiró. —Rod puede ser bastante intenso a veces.

—Como sea, te llamaré en cuanto esté en la escuela. —sonrió, ocultando su vergüenza por segundos, consiguió inclinarse a él y darle un beso en los labios. Antonio lo abrazó eufórico en cuanto lo sintió separarse y le llenó con un montón de besitos el rostro. —Ya… ya… ¡te estoy diciendo que ya basta, imbécil!

—No te veré en todo el día, Lovi, es lo mínimo que merezco. —se quejó Antonio, frunciendo la boca. Lovino alzó la mano dispuesto a tirarle un golpe, sin embargo, el español la tomó ya en el aire y con su otro brazo rodeó las caderas del italiano, atrayéndolo a él; Lovino sintió que el tiempo se detuvo y su corazón era lo único que latía a cien kilómetros por hora. —O tal vez por la noche quieras mejorar lo que hicimos en mi habitación. —susurró al borde de su oreja, estremeciendo con su aliento cada uno de los huesos de Lovino. Antonio deposito un beso rápido en el cuello antes de soltarlo e irse donde los demás, despidiéndolo con la mano.

Todos los tonos rojos tomaron la cara del heredero de la familia Vargas, no pudo articular ni una palabra en al menos un minuto, donde no perdió de vista la espalda de Antonio.

¿Qué demonios acababa de pasar?

Sin que pudiera darse cuenta ya se encontraba afuera del orfanato, tomando el auto que su padre había enviado, ni siquiera se percató de que Feliciano iba dispuesto a alcanzarlo para preguntarle a donde se dirigía. Lovino únicamente estaba concentrado en aquella sensación de escalofríos mezclados con nerviosismo, era extraño, pero se sentía bien. Debió estar muy rojo pues más de una vez el chofer le pregunto si se sentía mal o presentaba algún síntoma de fiebre.

Al llegar al restaurante miró por los enormes ventanales que tenía este, Blas le había dicho que sólo tenía que decir en la recepción su nombre y en automático lo conducirían a la mesa. Ugh. Ojalá no fuera uno de esos hombres aburridos que se sentaban en mesa para dos y que parecían impacientes a que su cita llegara; aún decaído por tener que pasar su domingo así, decidió que era mejor terminar con esa reunión lo más pronto que pudiera, así tal vez tendría tiempo de volver por Antonio y regresar juntos a la escuela.

Cuando estaba en recepción, volvió a mirar por las mesas, no había ninguna chica linda ahí que pudiera acertar en su teoría de que Blas se equivocó al decir "hijo", pero como siempre, su maldito y manipulador padre nunca se equivocaba. Una vez que dijo su nombre, contrario a lo que el creía, lo condujeron al segundo piso, donde todo estaba dividido por pequeñas habitaciones, donde los funcionarios podían tener platicas mucho más privadas, le toco la que quedaba pegada a la derecha, la número cuatro.

—Por favor, cuando estén listos para ordenar toquen el timbre que esta sobre la mesa. Disfrute su estancia. —dijo el mesero, sonriéndole. Lovino pasó por la puerta que le dejaron abierta, notando una silueta que estaba parada frente a la ventana, observando el mar de personas.

—Oh, al fin llegó el hijo pródigo de los Vargas. —exclamó su acompañante con un acento que Lovino no pudo descifrar de donde era. El tipo era fornido, moreno y tenía el cabello corto, de color castaño; extrañamente cuando se giró a él, tenía un antifaz cubriéndole la mitad de la cara. —Pareces muy pequeño.

— ¿Disculpa?

—Estrechemos manos. —dijo él, alegremente, extendiéndole el brazo. Lovino aceptó un poco dudoso de que fuera la persona correcta. —Mi nombre es Sadiq Adnan. Mucho gusto, niño Vargas.

—Lovino Vargas. —se presentó él, incomodo. — ¿Podemos tomar asiento?

—Eh, ¿de verdad estás conforme con un sitió tan apretado? —preguntó él, alzando una de sus cejas. Lovino lo miró confundido. —Bueno, pareces todo un niño mimado, así que yo creo que sí.

Genial, Blas le agendo una cita con un maldito loco que formulaba preguntas para contestárselas él solo.

— ¿Qué tal si vamos a una feria que queda como a cinco cuadras de aquí? Seguro que la viste antes de llegar, mocoso.

¿Mocoso? —pensó Lovino, comenzando a irritarse. —Yo solo vine aquí porque mi padre me lo ordenó, no te hagas ideas erróneas, no me agradan los socios de mi padre y no me agradas tú, ¿por qué no sólo comemos y fingimos que esto salió bien? Seguro que tu padre también te obligo a esto.

—Sí que eres un crio todavía. —rió él, dándole un golpe en la espalda, haciendo que Lovino fuera hacia adelante por la fuerza aplicada. —Mi padre no me ha obligado a nada, a decir verdad, te vi en el baile que organizo tu familia, y mi padre me dijo que el tipo con cara de amargado era quien heredaría las empresas de los Vargas en un futuro, por eso estoy aquí y no con tu hermano.

—Ya…—Lovino tomó asiento, apretando el menú con fuerza, fingiendo prestarle atención a que cosa pedir. Eran demasiado obvias las intenciones de ese sujeto, le causaba repulsión, para lo único que lo buscaba era porque sería el heredero de una inmensa fortuna que seguro pensaría, al igual que todos los socios de su padre y abuelo, que él no sabría apreciar y ellos podrían intervenir para quedarse con algo.

Sadiq se sentó frente a Lovino, recargado en una de sus manos, contemplándolo con firmeza; logrando incomodar e intimidar al otro. Joder, ¿porqué no podía quitarse esa puta mascara del rostro? Maldito Antonio y sus historias de terror, le patearía el culo por dejar que lo intimidaran.

—Tienes una cara muy fina, te pareces mucho a tu madre. —dijo él, simple. —Si te pones un vestido seguro que terminas pareciendo una mujer.

— ¿Qué? —Lovino se descolocó por esos comentarios al azar. ¿Qué carajos iba mal con ese sujeto? Antes de reprocharle, decidió calmarse, lo peor que podía hacer era seguirle el juego. — ¿Puedes ignorarme? —pidió. —Yo solo vine a comer, no me interesa formar una amistad contigo.

—Vaya, ¿quién diría que tienes carácter?

—No me conoces de nada, maldito bastardo, déjame tranquilo. —Lovino, exasperado, se corrió a un lado al notar las intenciones del otro queriéndose sentar a su lado.

—Mira esa boca.

— ¡Qué me dejes en paz!

—Vamos a la feria. —sentenció Sadiq, tomándolo por los hombros lo obligó a ponerse de pie y se lo llevó a rastras del restaurante.

Lovino pegó gritos un par de veces, atrayendo la atención de la mayoría de los clientes; incluso los meseros se acercaban a preguntar si todo iba bien, Sadiq entre risas les explicaba que todo andaba de maravilla, obviamente Lovino con maldiciones le decía que todo eso no era cierto y reclamaba su libertad.

—Será mejor que llamemos a la policía. —dijo el gerente, mandando a uno de sus meseros por el teléfono del local.

—Eso será un problema. —comentó Sadiq, frunciendo la boca. — ¿Debería hablar con Blas?

Una vena se hincho en la cabeza de Lovino, ¿acaso todos los malditos bastardos que conocía tenían que recurrir al chantaje para obtener algo de él? ¡Los mandaría a volar con una buena patada mortal!

El italiano intentó morder la mano del turco, la cual le quedaba cerca de la boca gracias al agarre que mantenía este con su brazo en el cuello. Sin embargo, Sadiq quitó de su alcancé su extremidad, dándole una sonrisa juguetona, volviéndola a poner y a quitar como si Lovino se tratara de un perro.

— ¡Ya me cansé de ti, estúpido bastardo, idiota! —pataleó él, zafándose de Sadiq, metiéndole una patada en la espinilla. — ¡Puedes acusarme con mi puto padre o con quien quieras, hijo de perra, vete a la mierda!

Tanto el gerente como el turco y los meseros comprimieron la boca en un pequeño círculo, sorprendidos por la reacción tan agresiva del contrario. Lovino respiró tres veces, se echó un mechón de cabello por detrás de la oreja y salió caminando del establecimiento con toda la tranquilidad del mundo, intentando no matar a alguien con la mirada, pues ya todo el restaurante se encontraba mirándolo.

Al salir del establecimiento, lo primero que hizo fue acelerar el paso, volteando de vez en cuando para ver si el maldito (y extravagante) sujeto no lo seguía. Para su suerte, las primeras dos cuadras las recorrió en completa soledad, esquivando a las personas que iban y venían ya que era una calle muy transitada, justo al pasar a la acera de la tercera calle, sintió un tirón en su hombro.

— ¡Pensé que ya no te alcanzaría! ¡Sabía que tenías tantas ganas de ir a la feria como yo! —exclamó Sadiq, pegándole un golpe en la espalda, que le sacó pequeñas lagrimitas al italiano.

— ¡Qué mierda, claro que no! —protestó enojado. — ¡Te dije muy claro que te fueras a la mierda!

—Preferí mejor venir al parque. —señaló adelante, justo en la siguiente calle se iniciaba el terreno donde la feria estaba colocada. —Ya sé, mira, si me ganas en alguno de los juegos de tiro, te dejaré en paz y me iré sin más, sin decirle a tu padre por supuesto que casi haces que me lleve la policía. —sonrió. Lovino chasqueó la lengua. —Y si pierdes, seguirás jugando conmigo hasta que termines ganando o yo me canse, a ver qué ocurre primero. Por supuesto, si aceptas esto ultimo tampoco le diré a tu padre.

—Como si me importara lo que ese bastardo me dijera, siempre se la pasa reclamando por cosas triviales. —protestó, cruzándose de brazos. —Tengo mejores cosas que hacer que pasar mi rato con un maldito desconocido.

— ¿Eh? —Sadiq hizo un gesto, seguro que intentaba recordar algo. — ¿Apoco querías pasar un rato con ese chico con el que estuviste bailando en la fiesta?

Justo Lovino iba a decirle que ¿por qué demonios sabía eso? Si estaba seguro que todos en ese momento estaban mirando el baile de sus padres, Antonio y él se perdieron en su propia burbuja, nadie tuvo porque mirarla, era su momento especial, su pequeño secreto.

—Está muy escuálido, no sé que te impresiona de él. —el turco se encogió de hombros, desinteresado.

—No hables de Antonio como si le conocieras de algo. —reprochó casi de inmediato, poniéndose a la defensiva. Sadiq volvió a mirarlo, con una pizca de intriga.

—Entonces, ¿aceptas? Puedes llevarle el premio que ganes. —Sadiq se encogió de hombros, restándole importancia. Y al parecer dio en el clavo pues el italiano remilgoso pareció pensarlo. Quizás no sería mala idea, disimulando malamente se recorrió un poco la manga de la camisa que llevaba, observando la pulsera de hilo que aún portaba desde esa cita tan maravillosa que tuvo con Antonio.

—Iré con otra condición.

— ¿Cuál? —el turco lo miró emocionado.

—Que tú pagues todos los juegos. —y se adelanto sin darle tiempo de contestar. Sadiq lo pensó un momento antes de aceptar y seguirlo.

Pasaron varios puestos donde Lovino terminó fallando todos. Sadiq en cambió ganaba unos cuantos pero dejaba los premios o se los regalaba a los niños que pasaba, desinteresado de quedarse con alguno. Volvieron a detenerse en uno de carreras, donde debían hacer correr a los caballos de juguete disparando a los blancos de abajo.

— ¡No, imbécil, tírale al otro lado! —se quejó Lovino, apuntando su propia arma al caballo de madera que corría en el escaparate del fondo. — ¡Qué! ¡Esto es una verdadera estafa! —chilló, azotando el instrumento en la pequeña mesita.

—Tú eres muy malo tirando. —dijo Sadiq, frunciendo la boca.

— ¡Tú eres una mierda y no me ando quejando! —rezongó.

—De hecho sí lo estás haciendo. —el turco se encogió de hombros, restándole importancia. —Bueno, no importa, de todas maneras soy mejor en otras armas que con las de fuego.

—Eso da miedo en muchas formas. —murmuró Lovino, poniendo mala cara.

—En fin, aunque nuestro equipo haya sido un fracaso por tu culpa, significa que todavía tienes que pasar rato conmigo. —sonrió a su acompañante, tomándolo del brazo para guiarlo al otro juego que estaba justo en frente de ellos. Lovino miró los regalos, no había nada que le gustara para regalarle a Antonio. Así que solo le siguió el juego a Sadiq, y mientras él tiraba los dardos, observó un puesto más al fondo, había muchísimos peluches colgados y otros exhibidos en dos mesas que estaban al lado del pequeño local.

— ¿Qué pasa? ¿Viste a alguna chica linda? —preguntó, dejando recargada su barbilla en el hombro de Lovino. Él se quitó casi de inmediato, mirándolo con repulsión.

— ¡No, quiero ir al puesto de allá! —señaló. —He visto algo que me gusta.

—Ehh…—Sadiq alzó una ceja confundido. —De acuerdo, vamos.

Lovino se adelantó dejando a su acompañante detrás, a pesar de que no lo veía, sabía que iba con esa sonrisa que lo irritaba. Al llegar al puesto, una mujer muy mayor los atendió, Lovino tuvo que repetirle varias veces que quería dos oportunidades para jugar, una para Sadiq y otra para él.

Era un juego muy simple, tirar una torre de botes apilados, Lovino ya había practicado su puntería en los demás juegos y en ninguno tuvo la suerte de rozar si quiera algo. No obstante, lo había visto de lejos, una tortuga gigante demasiado adorable como el idiota de su novio. Necesitaba regalárselo, esa tortuga debía ser suya.

Tiró uno, dos, las tres bolas y no lo consiguió. Sadiq intentó lo mismo, solo que con más desgana al ver la pasión que emprendía su compañero, era más divertido cuando este se estaba quejando por cualquier cosa. Lovino sacó su propia cartera al verse frustrado y pagó por adelantado cinco juegos, de los cuales dos tomó el turco. Volvió a fallar en los otros tres y Sadiq, a decir verdad, poco lo intentaba.

—Esto ya no es divertido, niño. —se quejó, recargándose en la mesa de peluches. —Vamos a otro juego.

—Necesito esta tortuga. —gruñó Lovino, volviendo a tirar.

—Eres muy malo en esto, crio. Déjalo ya, seguro que tu novio estará feliz con que le tires unos besos. —sonrió pícaro, causando un sonrojo en Lovino.

— ¡Lárgate tú si quieres, yo conseguiré esa maldita tortuga!

Sadiq suspiró, encogiéndose de hombros, dirigiéndose al puesto de comida que estaba tres locales más a la izquierda. En cambio Lovino siguió tirando, hasta acabar con todo el dinero en su billetera. Al darse cuenta que no podía lograrlo se sentó encaprichado junto al turco, que masticando su emparedado, lo miró desconcertado. Cuando vio la comida, Lovino se dio cuenta que se moría de hambre.

— ¿No tienes que regresar pronto a la escuela? —preguntó Sadiq, ignorando los ojos del italiano que se dirigían algunas veces a su comida.

— ¿Tú como sabes eso? —respondió poniéndose a la defensiva, ¿Cuánta información le había dado Blas a ese tipo?

—Voy en la universidad de Gakuen, —se señaló, sorprendido de que no lo supiera— y hace dos años fui a la preparatoria. ¿Cómo no podría saberlo? Esos malditos directivos siempre me echaban bronca cada que llegaba a las doce de la noche.

Lovino sintió un tirón que contrajo todo su cuerpo, con que era eso, por supuesto. Se talló la mitad del rostro, molesto por no haberse dado cuenta antes; al verlo levantarse, Sadiq decidió seguirlo hasta afuera de la feria, en el transcurso no volvieron a cruzar ninguna palabra, de hecho, el italiano iba delante de él, sin prestarle atención. Una vez que estuvieron afuera, Sadiq decidió jalarlo del brazo ya que uno de los carros estaba saliendo y casi estampa a Lovino.

— ¿Qué te pasa, crio?

— ¿Por qué no le dices al estúpido de mi padre que se meta en sus propios asuntos? —dijo de pronto Lovino, frunciendo su rostro por el enojo. — ¡No voy a dejar a Antonio! —le espetó en su rostro, Sadiq se sintió consternado por una milésima de segundo. —Ni por un turco imbécil ni por nadie.

—Oye…

—Ve y dile que-

— ¿Por qué no vas y se lo dices tú? —se quejó Sadiq, alzando la voz. Lovino pegó un brinco al verlo enojado. — ¿Acaso el niño mimado de los Vargas no puede darle la cara a su propio padre?

—Tú eres el que fuiste mandado por Blas. —comentó Lovino, en un tono mucho más calmo gracias al susto. —Seguro te mando para fingir querer ser mi amigo, ese bastardo, siempre hace cosas como esas. Sólo para estar al tanto de toda mi vida.

—No me interesa ser el espía de tu padre. —gruñó de nuevo él. —Se dio la casualidad de que mi padre trabaja con el tuyo, quise conocer a mi futuro socio y resultó ser un sujeto que me causa diversión, fin del asunto.

— ¿Soy tu puto payaso o qué?

Sadiq se enderezó, haciendo notar la diferencia de alturas entre ambos, la expresión fanfarrona de su rostro volvió, junto a una sonrisa algo torcida. Y, justo cuando Lovino pensó que lo obligaría a volver a la feria o peor todavía, acompañarlo hasta su escuela, Sadiq le hizo una seña de despedida con la mano, mientras un auto negro se detenía frente a ellos y él subía con la tranquilidad del mundo.

Lovino se quedo pasmado… No, ¡¿acaso el maldito pensaba abandonarlo ahí?!

Antes de que el auto arrancara, el turco bajó el cristal de su ventanilla, le dio una sonrisa y dijo con el ánimo de siempre:

—Nos veremos después, Lovino Vargas. —y se marchó.

El italiano se quedó parado unos cuantos minutos todavía ahí, sin podérselo creer. ¿Qué demonios iba mal con ese idiota? ¡Arrastrarlo hasta ahí, hacerlo gastar dinero y botarlo sin más! Frustrado quiso sacar su teléfono, dispuesto a llamarle a su chofer que lo había llevado del orfanato al restaurante, pero no lo encontró por ningún lado; al estar distraído jugando, alguien vio la oportunidad de sacárselo.

Una mueca de desesperación se plantó en su rostro. Estaba varado en un lugar que no conocía, y no faltaba mucho para que la escuela diera el toque de queda. Antonio estaría demasiado preocupado por él, además que se llevaría una buena regañina de los profesores, y de su estúpido padre que tenía toda la culpa en esto.

Debió hacerle caso al tonto de Arthur cuando le dijo que memorizara el numero de emergencias de la escuela.

Antes de que pudiera regresar a la feria y pedir ayuda, un sujeto enorme se le puso enfrente; Lovino iba a protestar cuando le vio el rostro. Oh, joder. Desvió la mirada a un lado casi al instante, chasqueando la lengua con enojo. El hombre comenzó a avanzar, y de inmediato Lovino fue tras él. Subieron en una vagoneta color blanca, el tipo enfrente, Lovino en la parte de atrás, donde otra silueta ya lo esperaba.

— ¿Has hecho un buen trabajo, Lovino? —preguntó su padre, regalándole una fría sonrisa.

— ¿Qué estás haciendo aquí? —protestó casi de inmediato Lovino, ignorándolo. — ¿Me estabas siguiendo?

—Sadiq me llamó hace un momento, me dijo que te dejó tirado por ahí, y da la casualidad que pasaba por aquí, quise recoger a mi querido hijo. ¿Tan malo es?

—Bueno, encuentro muchas fallas en esa explicación. —respondió él, recargándose en el auto, mirando por la ventanilla. Blas se quedó en silencio, haciendo pauta para que continuara. —Primero que nada, decir que me quieres suena lindo, pero dejemos de mentirnos, ambos sabemos que no es verdad.

—Eso es muy cruel, Lovino. Pensé que ahora que tu relación con Bianca había mejorado, podríamos pasar tiempo de calidad.

—Y segundo…—Lovino lo miró de soslayo, evitando sus palabras. —contigo no existen las casualidades.

Blas dejó de fingir, poniendo un rostro mucho más severo. —Preguntaré de nuevo, ¿has hecho un buen trabajo?

—Lo mandé a la mierda si eso te preocupa. —con los brazos cruzados sobre su pecho, Lovino fingía una sonrisa, mientras sus dedos se clavaban con fiereza entre su piel. — ¿Por qué te ha dado el afán de espiarme? ¿Te has vuelto una clase de morboso obsesionado con su propio hijo?

—Debo proteger mis intereses personales, Lovino. —dijo su padre, pasando de los insultos dichos. —Como el que mi primogénito este tonteando con un idiota pueblerino.

—Sólo estás celoso porque Antonio está siendo considerado como uno de los herederos de los vienes del viejo de Máximo, ¿verdad? —sonrió Lovino, burlón. —Puede que tu padre ame mucho más al hijo de otra persona que al propio, ¿acaso no es irónico?

— ¿De qué hablas, Lovino? Yo sí amo a Feliciano. —contratacó Blas, devolviéndole la sonrisa. Lovino crispó una ceja, y mordió el borde de sus labios, no queriendo dejar ver sus sentimientos. —Y sí, tal vez tienes un poco de razón, es duro que tu padre halagué a otros mientras tú das el máximo en tus empresas. Quizás ya no tenga nada que halagar de mí, por eso reconoce los esfuerzos de un campesino. No lo culpo, son como monos de circo cuando los ves esforzarse con tantas ganas, pensando en que pueden ser algo en la vida.

— ¡Es suficiente! —reclamó su hijo, en un rugido.

— ¿Sientes a tú novio identificado con esto? —preguntó, soltando una diminuta risa al final. — ¿O tal ves te has sentido identificado cuando he dicho lo duro que es que tu padre reconozca a otros y no ha ti? Oh, Lovino, deberías saber que no has hecho méritos para ganarte mi reconocimiento.

—Yo no quiero tu maldito reconocimiento. —escupió, conteniendo su enojo.

Blas observó por encima a su hijo, con una soberbia que erizaría a cualquiera. Lovino le devolvió la mirada desafiante. Se quedaron en silencio todo el transcurso del viaje, Lovino sin despegar los ojos de la ventana deseaba llegar lo más rápido posible, bajarse del auto para no compartir nada del mismo aire con su padre. Sabía que contestarle traería una consecuencia, por supuesto que lo sabía, joder, como esperaba que tan sólo fuera un golpe por parte de uno de sus guardaespaldas.

Llegaron a la escuela por eso de las nueve y media, el guardia los dejó pasar después de informar al director y que este de forma casi inmediata diera la orden al saber que Blas venía junto a él. Lovino comenzó a impacientarse, ¿Por qué demonios nadie lo golpeaba y ya?

— ¿Qué esperas para salir del carro? —preguntó Blas, alzando una ceja; el sujeto enorme de antes ya tenía la puerta abierta para Lovino. — ¿Acaso quieres un beso de buenas noches?

Lovino se encogió en sus hombros, bajando del auto. Luego vio a su padre marcharse sin más. Siguió al guardia que lo acompañaría hasta su habitación, sin prestar atención a nada más que no fuera la extraña sensación que tenía en la mente. ¿Por qué sus sentidos de defensa se habían disparado?

No, seguro estaba siendo paranoico, seguro que Blas se desquitaría en las vacaciones dejándole un montón de trabajo o prohibiéndole ver a su abuelo, a Feliciano o lo más probable a Antonio.

Se aferraría a esa idea.

—.—.—.—.—

A decir verdad el segundo día en el orfanato pasó demasiado rápido gracias a la cantidad de energía que tenían los niños, además las profesoras llegaron mucho más temprano de lo previsto, totalmente renovadas por lo que fue mucho más fácil controlar a los pequeños, por eso de las siete de la tarde todos se terminaron despidiendo, prometiendo que intentarían visitarlos más seguido. Gracias a Roderich que se rehusó a volver a subir en un camión, contrataron el servicio de dos camionetas, propiedad de la familia de Ludwig y Gilbert.

Arthur subió al lado de su novio en la parte trasera del auto, junto con Ludwig, Kiku, Emma y Roderich. A la suerte del británico el BFT decidió irse en la otra, o mejor dicho, Roderich los obligó a irse en la otra, quedándose él con las personas menos estruendosas. Alfred tomó su mano por encima del asiento, inclinando su cabeza hasta tocar el hombro de su novio; Arthur sonrió con cariño, quitándole los lentes con cuidado y doblándolos para mantenerlos en sus piernas.

Llegaron todavía temprano a la escuela por lo que Arthur decidió que iba ir a ver a Iván antes de irse a acostar para cancelar la junta que tenían en la mañana. Estaba demasiado cansado.

— ¡El héroe irá contigo! —gritó Alfred, pegándose a él. Arthur lo miró complacido, se veía muy bien sin las gafas. —Aunque antes, ¿puedes darme mis lentes? —preguntó señalando su mano.

—Oh, sí, lo siento. —dijo, entregándoselos. — ¿De verdad no puedes ver sin ellos?

—Eh… puedo ver distancias largas, pero las letras se me terminan cruzando tarde o temprano. —dijo Alfred, sonriente. —Por eso uso lentes, Matthew también pasa por lo mismo.

—Ya veo. —murmuró Arthur.

—Arthur cree que te ves apuesto así. —susurró Francis en su dirección, para luego irse a reunir con sus amigos.

— ¡Claro que no, imbécil! —chilló queriendo ir a golpearlo. En cuanto se dio cuenta de sus palabras se giró a Alfred que parecía bastante abatido por lo dicho. —N-No quise decir eso.

Alfred frunció la boca en un puchero que incluían lagrimitas en sus ojos, se acercó a su novio y lo tomó por ambos brazos. Arthur volvió a sonrojarse a causa de su cercanía y que los demás que aún se encontraban ahí, como Kiku, Matthew y Roderich los miraban.

— ¿No crees que me veo bien? —preguntó, sacándose los lentes de repente.

Maldita sea. Arthur apretó los dientes al sentir la insistencia de Alfred sobre su agarre, el americano parecía casi divertido de tenerlo en esa situación.

— ¡Te ves horrible! —y le soltó un golpe en la cabeza, por ponerlo en semejante vergüenza. Roderich le restó importancia y siguió a Arthur en su búsqueda de Iván, al igual que Kiku, para hacerle respaldo.

— ¡Eso fue muy cruel, Arthur! —gritó Alfred, haciendo ademanes en el cielo con las manos, avanzando junto a su gemelo que mantenía una sonrisa en el rostro.

Llegaron a la habitación de Iván, que compartía con otro chico de primero, el cual era rubio y llevaba lentes. Arthur lo vio un par de veces antes de renunciar a su puesto del Comité de Disciplina Estudiantil, si no mal recordaba su nombre era Eduard Von Bock. Él salió con la pijama puesta, subiéndose las gafas con desgane.

— ¿Está Iván?

Eduard torció los ojos a dentro de la habitación, al parecer tenía poca satisfacción de hablarle a su compañero.

—Sí. Adelante. —murmuró, volviendo a su puesto en el escritorio donde tenía su laptop encendida.

— ¿Estamos celebrando una clase de fiesta? —preguntó Iván, sonriente. — ¿No me digan que quieren ser todos mis amigos?

—Negativo. —respondió Kiku casi de inmediato. El aura de Iván pareció deprimirse.

—No tienes que ser tan directo, Kiku. —le murmuró Arthur.

— ¿Podríamos suspender lo de mañana? —preguntó Roderich. —A decir verdad estos dos últimos días han sido muy agotadores, no creo poder concentrarme mañana tan temprano.

—Por mí está bien, dah.

Alfred que venía mucho más atrás entró de pronto a la habitación, frotándose la nariz ya que sin querer se había dado un golpe al querer espantar un mosco de su alrededor. Tanto el chico héroe como Iván chocaron miradas, dándose una sonrisa nada cordial, incomodando a todos los presentes; incluso Eduard pareció notarlo, pese estar inmerso en el PC. Arthur sintió que era mejor sacar a su novio de ahí antes de que Iván se molestara y decidiera hacer la junta por la mañana.

—Camina. —le dijo Arthur, tomándolo por la mano, incitándolo a avanzar.

Ante la atenta mirada de Iván dejaron la habitación. Alfred gritó alegremente al salir ileso de ahí, ganándose un regaño del prefecto que estaba dando la última ronda y los mandó a dormir. Ya que Arthur tenía que subir, el americano lo llevó hasta las escaleras donde siempre se separaban, Roderich y Kiku decidieron esperarlo en el pequeño pasillo de las escaleras, que daba a las siguientes.

—Nos vemos mañana. —sonrió Alfred, con las manos hundidas en el pantalón. —Te amo, Arthur.

—Idiota. —murmuró, dándole un abrazo; Alfred lo correspondió, depositando un beso sobre su cabeza. —Nos vemos mañana.

Justo al separarse, Lovino iba subiendo las escaleras, soltando un pequeño silbido al verlos tan abrazados. Se dieron un corto beso, y Arthur subió a la par de Lovino, juntándose con los otros dos que decidieron platicar sobre la junta de mañana. Cuando llegaron a la habitación 404, Lovino se dejó caer sobre su cama con todo el cansancio del mundo, Arthur se metió al baño y decidió ducharse rápidamente antes de irse a dormir.

Cruzaron pequeñas palabras antes de dormir, Arthur dándose cuenta casi al instante de que su compañero de habitación no se encontraba del mejor humor del mundo, por lo que decidió dejarlo dormir. Al día siguiente, saliendo de la habitación, junto con Arthur, Lovino pudo notar la figura de Antonio parado al lado de su puerta, tarareando una canción. Ni Francis o Gilbert se encontraban a su lado, así que con toda la tranquilidad del mundo Lovino se acercó a él, después de la noche anterior le alegraba en sobremanera ver a Antonio; aunque este no tenía porqué saberlo.

— ¿Qué hay con tu cara de idiota tan temprano? —preguntó Lovino, poniéndose a su lado. Arthur que pasaba cerca de ellos, puso los ojos en blanco al escuchar a su compañero de habitación.

— ¡Lovi! Dijiste que me llamarías en cuanto llegaras. —reprochó Antonio, plantándole un beso en los labios después. Algunos de los compañeros del hispano se detuvieron, contemplándolo un poco sorprendido, a decir verdad el rumor de que ambos salían se había divulgado más rápido que Arthur levantándose por la mañana después de su primer castigo. Pero ninguno de los dos le daba la suficiente importancia al asunto. —No lo hiciste.

—Perdí mi teléfono. —comentó encogiéndose de hombros. —El sujeto con el que me cito el idiota de Blas resultó ser un imbécil estruendoso. Me llevó a rastras a una estúpida feria e hizo que jugara con él todo el rato, luego me dejo abandonado a mi puta suerte.

— ¿Tuviste una cita con otro chico? —se quejó Antonio, inflando ligeramente las mejillas. —Me pondré celoso.

—Te estoy diciendo que fui obligado. —Lovino tiró de su oreja, acercando su boca a ella. — ¿No me oyes o qué?

—Sólo estaba jugando, Lovi. —se sobó la oreja, limpiándose una lagrimilla en su ojo. — ¿Cómo volviste entonces?

Lovino se tensó, recordando a su padre; Antonio ladeó el rostro para poder apreciarlo mejor ante su reciente silencio.

—Blas está por aquí. —le contó, molesto. —El muy bastardo tuvo que rematar mi día de mierda con su presencia.

— ¿Estás bien? —preguntó Antonio, tomándole la mano. Lovino de inmediato se sintió reconfortado; le gustaba mucho que su novio se preocupara por él, tal vez fuera porque era de los únicos tres en el mundo que lo hacían.

—Ya sé desde hace mucho tiempo que no soy la persona favorita de mi padre. —contestó, restándole importancia. —Y me vale mierda llegar a serlo, así que sí estoy bien.

—Tal vez no seas la persona favorita de Blas, Lovi, pero eres la mía. —le dijo Antonio, deteniéndose por un momento de su caminata al salón de clases. El italiano se sonrojó, apartando la mirada de la contraria. Entonces con toda la ternura del mundo, Antonio tomó suavemente su mentón, haciendo que volteará a él y le deposito un pequeño beso en sus labios. —La próxima vez yo te acompañaré a cualquier reunión que tengas, así nadie te hará pasar un mal rato.

—Puedo cuidarme solo, bastardo.

—Pero el chiste de que nos amemos, Lovi, es que no tengas que hacerlo. —le sonrió, revolviéndole los cabellos. —Te veré más tarde.

Lovino torció el gesto, sintiéndose un poco avergonzado de que dijera e hiciera cosas tan cursis en frente de medio mundo. No obstante, era tan bonito encontrar amor todos los días, en la misma persona.

Una vez que llegó a su salón, Matthew lo saludo con una sonrisa, comenzando a contarle lo acontecido cuando se fue del orfanato. Al parecer las profesoras habían llevado un pastel para recompensar el esfuerzo de todos, sin embargo, terminó en una guerra de comida, donde al final tuvieron que volverse a esforzar para dejar todo el jardín limpio. Y, luego de eso, Roderich no quiso saber nada de un autobús y todos regresaron dividiéndose en dos camionetas, proporcionadas por la familia de Ludwig y Gilbert.

—Me fuí de ahí a tiempo. —sonrió Lovino, feliz de haberse librado del olor a patata.

—Todos te extrañamos mucho, Lovi. —dijo Matthew, tímido. Él lo miró sorprendido, eso era muy inusual. —Puede parecerte extraño, pero cuando tú o el joven Arthur no están, se siente un ambiente muy diferente, sobre todo cuando se trata de Antonio, me he acostumbrado a verlos juntos.

—Eres la primera persona que me dice eso. —confesó Lovino, apenado.

—Seguro que tus amigos, a señorita Emma y el joven Govert piensan igual.

—No lo sé. —respondió él, dando por terminada la conversación y regresando su vista al frente, Matthew sonrió al ver las orejas de su compañero ruborizadas.

—.—.—.—.—

Arthur seguía pasando demasiado rato con el G8, sus juntas comenzando al terminar las clases y concluyendo casi a la hora de la cena, donde salía con todo menos con ganas de pasar el rato con los gritos de alguien más, tenía suficiente con los de Ludwig. Sin embargo, se sentía mal de poner mala cara cuando Alfred llevaba al menos una hora esperándolo afuera de la oficina, por lo que lo recibía con mejor ánimo.

Fue el miércoles, que al salir de la junta, no se encontró con su novio. Extrañado se giró a Matthew, preguntándole su paradero, él se encogió de hombros sin saber responderle. Arthur entonces sacó su teléfono, marcando su número, Alfred no contestó, así que decidió ir a buscarlo en su habitación, antes de llegar se encontró con Toris que traía una sonrisa en el rostro, cargando tres libros en sus brazos.

—Oh, Toris, ¿sabes dónde está Alfred? —preguntó.

—Sí, recibió un castigo por parte del profesor de química, ya que hizo que todos tuviéramos que evacuar el laboratorio. —comentó. —Debe estar en la biblioteca.

— ¿Cómo hizo estallar el laboratorio? —Dijo poniendo los ojos en blanco.

—Es algo que no soy capaz de entender. —murmuró Toris.

El menor de la familia Kirkland se despidió del chico y fue rumbo a la biblioteca indicada. Una vez que llegó lo busco entre los pasillos, hasta que al fin dio con él; se encontraba en una de las mesas, completamente dormido. Los lentes se desacomodaban y parecían incomodarlo, además llevaba el uniforme sucio por manchas entre griseas y polvo de los libros. Arthur se sentó justo enfrente de él, recostándose en la mesa, sobre su brazo, mirándolo y quitándole los lentes una vez más; comenzó a acariciarle con cariño sus cabellos, jugando con el pequeño mechón que sobresalía.

Cuando el joven Kirkland notó que no eran los únicos en la biblioteca ya que algunos profesores y la encargada seguían ahí, se levantó de inmediato, yendo a buscar un libro junto a hojas blancas para terminar unos ejercicios que descargó de Internet. Para cuando volvió, su novio se acababa de despertar.

— ¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó el americano, estirándose.

—Te vine a buscar. —declaró, dejando las cosas en la mesa. —Y ya que estabas dormido aproveche para hacer mis deberes.

—Me quedaré entonces hasta que termines. —se sintió feliz ante la respuesta de Arthur, por lo que se quedó recargado en su brazo, observándolo con una curva en sus labios. Pese que esto sólo duró un par de minutos, pues constantemente distraía a su novio, ya que le encantaba verlo fruncir sus grandes cejas o hacerle mohines.

Alfred en ese momento creía no poder encontrar a otra persona que le importara tanto como Arthur. Sólo con sostenerle la mano, era la persona más feliz en todo el universo, dudaba que otra persona se pudiera sentir así, tan contento, tan enamorado al punto de sonreír cada día como idiota, aunque según Lovino él lo era mucho antes de enamorarse de Arthur.

—Arthur. —llamó una vez en la biblioteca, distrayendo a su novio de un problema de química que estaba a punto de resolver.

— ¿Qué, Alfred? —contestó seco, molesto porque la respuesta se le había ido de la cabeza y tenía que comenzar desde el principio. —Me has estado hablando cada diez minutos desde que despertaste, ¿por qué no te pones a estudiar un poco? Si repruebas esta vez, no te ayudaré con el examen de recuperación.

No había mentiras más bonitas que las que Alfred sabía que no eran ciertas. Arthur se desvelaría con él todas las noches hasta que estuviera seguro que él pasaría el examen.

—Podría pasar miles de horas contigo, sin aburrirme. —comentó, tomando su mano por encima de la mesa.

— ¡Entonces demuéstralo, maldición! —rechistó él, soltándose. Alfred abrió la boca, ofendido. —No me dejas concentrar en absoluto.

— ¡Te estaba diciendo una cosa súper linda! —protestó él.

— ¡Las únicas palabras que te aceptaré esta semana serán: "¡Arthur, pasé mis exámenes, no tenemos que dormirnos tarde!"!

—No puedes quejarte. —bufó Alfred. —Se te ve la sonrisa de oreja a oreja cuando ves que acabo de aprenderme algo nuevo.

— ¡Cómo si lo hiciera!

Mon dieu! —exclamó Francis, encontrándoselos, tanto Alfred como Arthur se giraron a él, enojados. — ¿Dónde está el amor que desparramaban hace unas semanas? Estaban tan melosos que pensé que ya no tenía oportunidad con Arty.

— ¡Eh, quita tus manos de encima, estúpida rana! —chilló Arthur, golpeándole el rostro.

—Es verdad, Arthur es mío. —Alfred rápidamente se colocó al lado de su novio, dándole un abrazo de oso. — ¡Consíguete el tuyo!

—Oh, pero si ya lo tengo. —sonrió Francis, jalando al reservado Matthew a su lado, ya que se encontraba detrás de él. —Mira, él mío es canadiense, Arty.

— ¡Como si te fuéramos a dejar! —exclamaron ambos, retirando a Matthew de sus brazos. Alfred abrazó a su gemelo, preguntándole sobre lo que Francis pudo haberle hecho mientras Arthur y Francis se golpeaban mutuamente con los libros y sus puños.

No tardó más de un minuto para que los echaran de ahí, con la amenaza de llamar a un profesor de no hacerlo.

— ¡Mira lo que hiciste! —se quejó Arthur hacía Francis. — ¡Tenía que terminar mi tarea!

— ¡Lo sé, oruga tonta, estoy en tu misma clase! —gritó Francis. — ¿Ahora qué voy a hacer? Quería ayudar a Matty a estudiar también.

— ¿Eh? —Arthur se giró al gemelo de Alfred, el cual intentaba calmar a su hermano de pelear con la encargada de la biblioteca. —Es raro que Matthew tenga problemas con los estudios, lo hace muy bien cuando está conmigo.

Francis se echó un mechón de cabello hacia atrás, poniendo cara de soberbia. Arthur frunció la boca, esperando cualquier estupidez que pudiera soltar.

— ¿No es obvio? No sabe ir a la moda. La última vez que llevó ropa informal, disfrazó ropa formal como informal, ¿puedes creerlo? —negó con la cabeza, indignadísimo. —Entonces pensé, que como Alfy, necesitaba lecciones de moda.

—Alfred no necesita tu ropa ridícula. —bufó Arthur. —Mucho menos Matthew.

— ¡Eres muy cruel, Arthur! —se quejó el francés. —Tú puedes tener a uno de los gemelos pero yo a ninguno. Incluso con Lovi.

—Yo no "tengo" a ese idiota. —dijo Arthur, haciendo comillas con los dedos.

—Lo sé, pertenece a mi querido Toño.

— ¿Podrías dejar de hablar de las personas cómo si fuesen objetos? —preguntó Arthur, Francis le sonrió de lado, mirándolo de soslayo. — ¡N-No es que me importe cómo te refieras a ese idiota! Aghh, ¡muérete, rana estúpida! —concluyó, volteándose para ocultar el sonroso de sus mejillas. — ¡Vámonos, Alfred!

— ¡Claro! —sonrió este, tomando la mano de su hermano a su vez. Francis alzó una ceja en dirección a Matthew.

—Yo… lo siento, hermano. —murmuró, volviendo a su naturaleza fantasmagórica. La pareja se giró a él, confundidos. —Me voy a quedar con el joven Francis por hoy.

— ¿Te sientes mal, Matthew? —preguntó Arthur, tomándole rápidamente la temperatura de la frente con la mano.

—Eh…no. —contestó el canadiense, sorprendido de la reacción. —Es sólo que… el joven Francis tiene cosas muy interesantes que contarme.

— ¿Qué le has hecho a mi hermano? —preguntó Alfred, tronando los dedos de sus manos.

— ¡Uwaaaa! —chilló Francis, escondiéndose detrás de Arthur. — ¡Quítamelo de encima!

—Yo me estoy haciendo la misma pregunta, idiota. —Arthur puso las manos en su cintura, al mirar a Matthew él le sonrió nervioso. —Pero supongo… que si Matthew lo dice, está bien. —aunque su rostro no parecía muy convencido al decirlo.

—Me están tratando como si fuera la peor influencia del mundo. —suspiró Francis.

—Lo eres. —respondieron ambos.

—Bueno, si Arthur da el visto bueno, no tengo de que quejarme. —Alfred se encogió de hombros, despreocupándose. — ¡Vamos a comer hamburguesas, Arthur! —y corrió en busca de su objetivo.

—Estoy preocupado por tu futuro, Arty.

— ¿Eh? ¿Por qué? —preguntó él, girándose a su 'amigo' de infancia. Los ojos del francés destellaron con sorpresa y casi al mismo tiempo la cambió por una de ternura y picardía junta. Arthur apretó la boca en una fina línea, sonrojándose. —Estupid froggy!

— ¿Qué fue eso, joven Francis? —preguntó Matthew una vez que Arthur corrió a alcanzar a Alfred.

—Lo entenderás cuando te enamores. —sonrió, revolviéndole los cabellos. —Por el momento tenemos que ir a otra biblioteca a estudiar.

—Pero ya nos han corrido de todas.

—.—.—.—.—

La semana pasó muy rápida para Lovino, entre la escuela y el cuidar que su hermano menor siguiera tan inocente como lo conocía, Antonio y él no pudieron pasar mucho tiempo a solas. Sin embargo, ese viernes en particular, Antonio se encargó de monopolizarlo por completo, abrazándolo y llevándoselo aparte de Feliciano.

—Casi no hemos pasado tiempo juntos.—le reclamó, pegándole con un dedo en la punta de su nariz. —Requiero mi dosis de Lovi al menos toda la semana.

—Eso son todos los días. —murmuró Lovino. Antonio lo apretó mas contra él, ya que tenía a su novio sentado entre sus piernas, encima de su cama, sin dejarlo ir.

—Entonces ya sabrás que me haces mucha falta. —dijo Antonio, dejando caer su barbilla en el hombro de Lovino. —Espero mi recompensa.

—Te voy a reventar la boca a golpes, haber si te gusta esa recompensa. —reprendió él, tirándole un cabezazo. Antonio se dio el propio contra la pared.

— ¡Eso me dolió mucho! ¡Y fueron dos, Lovi, no uno!

—Si te pegaste por retrasado no me andes echando la culpa a mí, bastardo.

—Ehh.. eres muy malo conmigo. —Antonio hizo un mohín que de inmediato quitó al formar una sonrisa pícara. — ¿Debería ser malo contigo también, Lovi?

—Puff. —Lovino soltó una carcajada al escucharlo, confundiendo al otro. —Tú no podrías ser malo ni aunque el mundo dependiera de ello.

— ¡Hey! Yo puedo ser tan malo como… las personas malas. —al terminar esa oración soltó un quejido de insatisfacción, incluso él sabía lo estúpido que se escuchó eso. —Justo ayer me metí en la fila para comprar en la cafetería, Lovi.

—Corrección. A la chica que estaba adelante le gustaste y te metió en la fila.

— ¿Te pusiste celoso, Lovi? —preguntó juguetón.

—Claro que no, tarado. Si cualquiera pudiera robarte de mi lado entonces ya te habrías ido hace mucho. —decretó, torciendo su boca al final. Quedándose con aquellas palabras que Arthur le dijo en el ático del orfanato, referente a su relación con el hispano.

Antonio no dijo nada más, con una enorme curva en sus labios, se dedico a abrazarlo todavía más. Quizás sus palabras no fueran dulces, pero saber que Lovino estaba tan seguro de su amor, le reconfortaba bastante. Y es que así como Antonio conocía el corazón de Lovino, esto también aplicaba en viceversa.

—Lovi. —murmuró Antonio muy cerca de su oreja, haciéndolo estremecer. Lovino se giró a él, recibiendo de improviso los labios del hispano contra los suyos, cálidamente, lo tomó del rostro, acomodándose contra él, profundizando el beso. Antonio deslizó su mano de la espalda a su cadera, sin querer dejarlo ir. —Cada vez que te beso, siento que mi corazón dejará de latir en cualquier momento.

—Para con tu cursilería. —reprochó Lovino, sonrojándose. Antonio besó su frente, en un gesto de felicidad. — ¡Qué pares!

Él en cambió lo volvió a fundir en un abrazo de oso, besando cada parte de su rostro que el italiano le permitió ya que estaba pataleando todo el tiempo, removiéndose entre sus brazos.

Después de todos los arrumacos que le dio Antonio, Lovino pudo salir al fin de su habitación cuando Francis y Gilbert entraron estruendosamente a esta, cantando una canción de Moana, a la cual, por supuesto, Antonio no tardó en unirse. Al llegar a su cuarto Arthur no estaba, así que decidió darse un baño e ir a la cafetería después. Mientras se daba el baño su teléfono comenzó a sonar muchas veces, sólo que al tenerlo a bajo volumen Lovino no pudo escucharlo a tiempo; al salir de la ducha, notó que el celular se iluminaba unos segundos antes de apagarse, dándole la indicación de que tenía un mensaje.

Ya que encendió el celular, pudo ver que tenía tres llamadas perdidas de Blas. Y un solo mensaje que indicaba claramente una dirección, la hora y la fecha. El día de mañana a las doce del día. Lovino quiso mandarlo a la mierda, sin embargo, recordando lo de la semana anterior desistió, todavía estaba bastante intranquilo por ese hecho. Así que con todo el fastidio del mundo contestó un simple "de acuerdo".

Una sensación de incomodidad se hizo presente en su pecho, pero de nuevo la ignoró, no fue hasta el día siguiente que se dio cuenta que debía aprender a escuchar a sus instintos.

En aquella mañana, una vez que terminaron las primeras clases un profesor fue a sacarlo del aula, gracias al permiso metido por Blas, ya que usualmente las clases del sábado duraban hasta la una. Con mala cara siguió al maestro que iba recordándole que no se metiera en problemas ya que llevaba el uniforme de la escuela todavía puesto, aunque él mismo se corrigió al decir que "no había de que preocuparse ya que iba con su padre". Lovino rodó los ojos, ojalá pudiera decir eso; ir con Blas significaba dos cosas, la primera era una junta de negocios donde lo "mostraría" a la sociedad en la que se integraría después de salir de la universidad, siempre rodeado de adultos que lo miraban como menos, y otros chicos con los cuales no cruzó más que dos palabras en todas las reuniones que tuvo a lo largo de ocho años. Y la segunda, significaba lo peor, pasar todo el día con él.

Por mucho que odiara la primera, esperaba que fuera esa.

Dio un suspiró, exasperado, aún detrás del profesor; ya estaban mucho más cerca de la puerta, cuando notó a un estudiante pasar a su lado corriendo.

— ¡Joven Fernández! —gritó el maestro, Antonio aún con su mochila por salir de la última clase, siguió corriendo, haciendo que esta, al ser cruzada, rebotara una y otra vez contra su cuerpo.

— ¡Antonio! —Lovino se adelantó a su cuidador, sólo que este lo detuvo para impedir que escapara. Por suerte el español logró escucharlo, justo al salir por la puerta principal, que a ese punto ya se encontraba abierta ya que los de tercero, por el ingreso a la universidad, solían salir mucho antes; Antonio lo más rápido que pudo le hizo una seña, buscando tranquilizarlo, lejos de eso, al ver su rostro tan preocupado Lovino sintió que debería correr tras él. Sin embargo, su novio ya se había subido a un taxi que lo esperaba.

—Bueno, de todas maneras no creo que nadie lo note. —suspiró el profesor.

Lovino subió al auto todavía consternado, había un sujeto al lado del conductor, para cuidar que no escapara o si alguien preguntaba, era su "guardaespaldas". No se dirigió a ninguno de los dos como siempre, pero a ambos les pareció extraño que no subiera el vidrio que los separaba. Intentó mandarle mensajes a Antonio, ninguno fue contestado, entonces Lovino cayó en cuenta que lo mas probable es que no lo llevara consigo, dado a que él estaba acostumbrado a dejarlo en su habitación.

Solo podía quedarse deseando que no fuera nada grave.

Bajó del coche todavía preocupado, a medida que iba avanzando sus pies fueron cada vez mucho más lento. Antes de que diera vuelta para subir los escalones del restaurante, un mensaje llegó a su teléfono; inmediatamente lo abrió, esperando que fuera Antonio, a su sorpresa era un mensaje de Sadiq. Lovino rodó los ojos, seguramente el maldito de su padre le pasó el teléfono a ese acosador de mierda, aunque ha decir verdad era el primero que recibía. ¡Aun así, el bastardo de Antonio era el único que tenía derecho de invitarlo a salir, todos los demás chicos podrían irse a la mierda!

Y mientras le contestaba exactamente eso, que se fuera a la mierda y que se metiera su "salida" por el culo, chocó con un hombre el cual iba con una mujer que Lovino no alcanzó a ver bien, más que nada porque se le cayó el teléfono y ellos siguieron su camino. Después de maldecirlos en voz alta, dirigió su mirada a ellos con furia, ellos ya unos metros adelante seguían su camino tomados de la mano.

La mujer parecía estar diciendo algo por lo que el hombre volteó su rostro, aunque no fue eso lo que desconcertó a Lovino, sino que cuando la mujer ladeó también el rostro pudo reconocerla por micro segundos.

¿Aquella no era la madre de Antonio? ¿Qué estaba haciendo allí? Una idea fugaz se le vino a la mente, casi asustado entró con paso apresurado al restaurante, ignorando al mesero que le dio los buenos días y le preguntaba si quería una mesa.

Pudo visualizarlo antes que Blas a él, una mesera cubría el campo de visión de su padre, pero no el de Lovino, y ella recogía tres tazas y tres platos de la mesa. Un escalofrío recorrió la espalda de Lovino, sintiendo la respiración agitada, se dirigió de nuevo al mesero que se mostraba confundido, justo al momento en que la mesera se retiraba y Blas veía como su hijo fingía llegar de nuevo al establecimiento, hizo una seña para que lo dejaran pasar y el mesero se encogió de hombros, permitiéndole el acceso.

Mientras se dirigía a él, miles de pensamientos llegaron a la cabeza de Lovino, uno tras otro, cada uno mucho peor que el anterior.

¿Qué demonios estaba planeando su padre?


(*) Inspirado en el escrito de Mario Benedetti: "Todo fue tan fluido, tan espontaneo, tan natural, que a ninguno de los dos nos pareció raro que, de pronto, mi mano estuviera en su mano y que nos miráramos a los ojos como dos tontos." [ "Los Novios" (1959), Montevideanos.] (perdón por arruinar su prosa, ; u; , no me espante por las noches, plz)


¡Hola! ¿Qué tal ha estado este capítulo? Debo decir que flaquee un poco ya que la personalidad de Sadiq no es mi fuerte, es la primera vez que lo manejo (lo mismo sucede con Iván) pero espero poder pulir esta técnica pronto. Otra cosa es que a mediados del mes se surgió una idea, misma que ya escribí, tal vez más de una me odie ya que es referente al spamano c:

Quisiera comentarles algo gracioso, he estado viendo mucho videos creppy, ya que deseaba incluir una historia de terror al momento de que los demás estuvieran en la fogata, pero se salió de control y tengo un borrador con la matanza de todos los personajes xd Al final decidí no incluir la historia, porque no me sale escribir bien el terror, yo soy más flores y comedia.

En fin, pasaré a agradecer sus reviews a: aoi-chan, Loveless1039 & Yensen,02. ¡Gracias por seguirme apoyando!

Con cariño,

MimiChibi-Diethel.