Circulo: Vicio Tsun.
Correción: Pendiente.
Tú + Yo= Error 404.
34. No hay camino fácil en la tierra de las estrellas.
Desde que tenía memoria Lovino detestaba pasar tiempo con sus padres, y mucho más si eran en completa soledad. Al salir junto a Feliciano la atención de ellos pasaba completamente a él, y el único momento donde se giraban a su persona, solían hacer unas comparaciones bobas antes de volverse a su hijo favorito. A los ocho años Lovino dejó de prestarles atención, al fin y al cabo sabía que, por más que doliera, nunca acabaría. Era mejor acostumbrarse que pasar toda su vida lamentándose sobre porqué sus padres no lo amaban, de hecho, llegó a la conclusión que nunca lo hicieron.
De todas maneras su consuelo fue que Feliciano no era quien estuvo pasando por todo eso.
— ¿Para qué me citaste aquí? —preguntó Lovino, sentándose delante de él. La mesera tomó sus órdenes antes de caminar apresurada rumbo a la cocina, se palpaba la tensión en el ambiente. Blas se enderezó en el respaldo de su silla, buscando una mejor posición. — ¿Es por lo de Sadiq?
—No. —contestó simple, enroscando su puño derecho en su palma izquierda, con los codos puestos en la mesa; Lovino odiaba esa mirada, lo estaba analizando como una rata de laboratorio.
— ¿Qué sucede entonces? —mantuvo al margen todo impulso de llenarle de preguntas o insultos referente a lo que vio antes de entrar al restaurante. Había que mantener la cabeza fría cuando se trataba de su padre, él mejor que nadie lo sabía, él mejor que nadie lo conocía.
—Siempre es un placer verte fingir. —dijo al fin Blas, volviendo a su postura triunfal. —Sé que los has visto, Lovino, no soy estúpido. Dime, ¿no tienes ni un poco de curiosidad sobre ello?
Su hijo se quedó callado ante la incógnita, con los labios apretados en una fina línea y ojos fijos en la mesa. Blas sabía que estaba conteniendo su boca, sus puños, todo su odio. Lo sabía, porque él le había enseñado a hacerlo.
—La tengo. Y mi respuesta es tan clara como el agua, no voy a dejar Antonio. —sentenció Lovino, dejando un aire electrizante. Blas se puso serio al notar el cambió de ánimo en su mirar, de conejo asustado pasó a un tigre enjaulado.
—Sabes que odio que pongas palabras en mi boca, Lovino. —su padre se mantuvo serio, incluso cuando la mesera llegó y dejó la orden en la mesa. —Por mí está bien, puedes seguir saliendo con él. No tengo ningún problema con ello.
— ¿Qué? —soltó de pronto, inclinándose sutil.
¿Acaso su madre había hablado con él? ¿También Blas reflexiono sobre sus acciones? Sin poderlo evitar un rayito de felicidad apareció en su mente, ¿podría haber algo más hermoso que estar con la persona que amaba sin pensar continuamente que alguien se interpondría entre ellos?
Por todos los cielos, no pedía el amor de sus padres, tan sólo que lo dejaran ser feliz.
— ¿Lo dicen enserio? —una curva se formó en sus labios, quizás su vida comenzaría a mejorar.
Lovino era consiente, de que incluso la propuesta de Bianca debía ser tomada con cuidado porque podía tenderle la mano para después agarrar su pie. Y si se trataba de Blas era trecientas veces más peligroso; sin embargo, esas últimas semanas se habían sentido tan bien, tan felices, tan inusuales que comenzó a pensar que de verdad todo podía cambiar. Su yo interno de los malos pensamientos fue suprimido con el amor de Antonio.
Así que se sintió estúpido cuando le dieron un golpe de realidad.
—Por supuesto. —declaró Blas. — ¿Sabes cuánto está invirtiendo su padre en una de mis empresas? ¿O cuánto me costó convencer a su madre para que me dejara comprar su parte de la hacienda? Necesito mantenerlos contentos, después podemos deshacernos de él.
La curva en sus labios fue disminuyendo a cada palabra que su padre daba.
— ¿De qué estás hablando?
—Necesito tu relación, Lovino, al menos hazla durar unos meses más-
— ¡Mi relación no es efímera! —protestó, golpeando la mesa con ambos puños. Varias personas se giraron en su dirección, ninguno de los Vargas prestó atención. — ¿Qué demonios estás haciendo con los Fernández? —gruñó, enterrándose las uñas. — ¿Por qué estás haciendo tratos con ellos si tanto los detestas?
—Tanto tiempo con ese pueblerino te ha hecho olvidar tus lecciones, Lovino.
— "Si quieres conocer a tu enemigo, se su amigo." —balbuceó, poniéndose pálido.
—He estado tentando terreno desde hace mucho tiempo. El divorcio tan solo fue la primera parte de mi plan, la verdad me sorprendió que te hicieras su novio, pero bueno, incluso el plan más perfecto puede tener algunas cuantas fallas; fallas que pueden ser superadas con las medidas correctas.
Lovino procesó cada una de sus palabras, sintiéndose agitado de pronto, el sudor frío recorría su frente y nuca. Tenía tantas ganas de salir corriendo, de llevarse a Antonio lejos y que nunca nadie pudiera encontrarlos.
— ¿Destrozaste… destrozaste a la familia de Antonio? —murmuró con los ojos acuosos. Estaba haciendo un gran esfuerzo por contener las lágrimas. —E- ¡Eres un maldito bastardo, hijo de puta! —gritó, poniéndose de pie.
Una sonrisa mortífera apareció en el rostro contrario.
—Destruiste a la familia de Antonio y aun así sonríes como imbécil. —bramó Lovino, a punto de destruir la taza en la cabeza de su padre. — ¿Quién te crees que eres, bastardo? ¿Por qué demonios has herido a la persona más importante para mí?
—Me sentiré triste, Lovino. —fingió ojos angustiados, sin borrar la mueca de su cara.
— ¡Me importa una mierda! —estalló de nuevo, harto de su padre.
En un tono glacial, tocando cada nervio de Lovino, Blas Vargas dio una simple orden. —Siéntate.
Casi fue por inercia que Lovino lo obedeció, su mente recordaba que podía pasar si no acataba ese mandato. Viejos recuerdos que deseaba mantener callados ahora más que nunca, ya que no deseaba demostrarle temor a su padre, no quería que supiera que aún lo podía dominar.
—No deberías actuar de forma tan arrogante, Lovino. —siseó Blas, enfureciendo su mirada. —Es por eso que tomo estas decisiones, alguien debe enseñarte modales.
— ¿Destruyendo una hermosa familia?
—Oye, yo solo fui quien planto la semilla, no quien la regó. —dijo observando entretenido las acciones de su hijo mayor. —Su madre es quien debió respetar su pacto de matrimonio. Yo no intercedí en la cama.
—Solo buscaste a quién ella se imaginó toda la vida.
—Ahí es donde puedes ver que tan relativo es el amor, Lovino. —explicó su padre, tomando un sorbo de café. —Aparece, se va y vuelve a aparecer.
—Eso es mentira. —murmuró apretando el mantel entre sus piernas.
— ¿Crees que Antonio te ama por tu precioso carácter? —Blas rio con fuerza, negando con la cabeza. — ¿Tan necesitado estas de amor para no darte cuenta? Lovino, ¡eres el futuro heredero de la familia Vargas! ¡De mis empresas y las de tu abuelo! ¡Por eso es que él dice quererte! ¿Quién en su sano juicio se fijaría en ti después de conocer esa horrible personalidad que tienes? Sería más fácil que se enamoraran de Feliciano que de ti.
Lovino sintió la puñalada en el corazón y se estremeció en su asiento.
— ¿Por qué no mejor te desquitas conmigo en vez de Antonio? —dijo sin darle todavía la mirada. —Al diablo con tus inversiones, sé que esto es más personal de lo que dejas ver.
—Es justo lo que estoy haciendo, Lovino. —hizo un ademán rápido para que la mesera que se acercaba se marchara del lugar, ella obedeció de inmediato, traspillando con sus pies. —Vas a pertenecer a un negocio donde las personas atacan sin piedad, pero no a ti, sino a tu familia.
—No voy a pertenecer a tus negocios sucios, Blas.
—Wao. —soltó burlón. —Parece que aún no has aprendido la lección.
—Yo seré honesto, como mi abuelo. Ya te lo dije anteriormente, Blas, me importa una mierda tu linaje.
—Los negocios no son tan sencillos, Lovino. Eres cazado o eres el cazador.
—Protegeré a Antonio. —cortó firme, poniendo una mano encima de la mesa, dándole fuerza a sus palabras. —Lo protegeré de todo lo que tengas para nosotros, no voy a tenerte miedo, Blas. Haz lo que tengas que hacer, no me interesa, pero deja de ser tan cobarde, ven y atácame de frente. No a las personas que amo, hijo de puta.
—Cuida tu boca.
—Cuida la tuya. —gruñó ya sin importarle que fuera su padre, no, para Lovino Vargas, la persona que estaba delante suyo, no era más que un simple extraño. —Él me ha protegido todos estos años, es mi turno de protegerlo.
—Hablas en grande, niño. —las manos de su padre se entrelazaron, sin bajar la guardia ni un solo momento. — ¿Crees que él te perdonaría si supiera que yo compre su preciada hacienda? ¿Te perdonaría si supiera que fue en una de nuestras fiestas donde su madre conoció al sujeto con el que se volvió a casar? ¿Crees que te perdonará si se entera que puedo volver una empresa fantasma a donde su padre está invirtiendo?
—Sí, lo hará. —respondió, conteniendo las lágrimas dentro de sus ojos. La siguiente respuesta fue mucho más para él que para Blas. —Esa es la clase de idiota que es.
Blas borró la sonrisa de su rostro, sosteniéndole por minutos la mirada a su hijo. Antes de que Lovino pudiera ponerse de pie, él se adelantó.
—Te daré una última advertencia, Lovino. —dijo dejando en la mesa suficiente dinero para cubrir lo de la comida sin tocar y la propina. —Haz lo que quieras con ese pueblerino, tienes mi permiso.
— ¿A cambio de qué?
—De nada. —negó con la cabeza, simulando no creer que su hijo pudiera preguntarle eso. —Sal con él, enamóralo, aprovecha su bondad y después tíralo a la basura. A menos claro, que desees que su familia no sea lo único que pierda.
El silencio que siguió después de la salida de su padre fue agobiante.
—.—.—.—.—
— ¡Moriría por tener una hamburguesa en este momento! —chilló Alfred, sosteniendo con su tenedor una hoja de lechuga. — ¿De verdad es necesario estar haciendo todo esto? ¡Preferiría seguir acomodando la biblioteca!
—Cierra la boca. —reprochó Arthur, sentando delante de él, observándolo comer recargado en la banca de la cafetería. —Termina todo esto, llevamos una hora aquí sentados.
—Es una cita muy fea. —murmuró el americano, obedeciendo. — ¿Qué te parece ir al parque de atracciones? Podemos quedarnos al espectáculo nocturno y volver por la tarde a la escuela. —sonrió, agitando un tomatito en el aire.
—No puedo. —sentenció, cruzándose de brazos. —Mañana… —se quedó en silencio un momento, dándose cuenta de repente de algo que había olvidado. Alfred ladeó un poco el rostro, confundido por su expresión. —No es nada, se me ha pasado por completo que ya no tengo nada que ver con eso. —sonrió falso.
—Arthur…
—Asegúrate de terminar esa ensalada. —cortó de pronto, ladeando el rostro. —Ya que te estoy acompañando iré a pedir un poco de té frío, muero de sed.
El británico se puso de pie, ignorando de nuevo que Alfred lo llamara por su nombre. Arthur se formó en la pequeña fila que tenía la cafetería para pedir las ordenes, sumergiéndose en sus pensamientos; ya habían pasado casi dos meses desde la última vez que cruzo palabras con Scott. Y tampoco es que lo hubiese visto por la escuela, a lo mucho llevaba dos o tres veces, pero cada quién seguía su camino, sin topar con el otro.
El día siguiente sería el cumpleaños de su hermano mayor… ¿debía ignorarlo? Usualmente iría con un pequeño pastel comprado en la cafetería, donde ambos compartirían la mitad del pastelillo, y Arthur le daría un breve abrazo para volver a seguir con lo mismo de siempre. Pero esta vez ya no era lo mismo de siempre.
Al volver con su bebida, se topó que la mesa con Alfred ya estaba llena, por supuesto con el Bad Friends Trio quienes se reían de ver a su novio comer ensalada. Sin embargo, Antonio no estaba con ellos, recordaba haberlo visto salir casi volando de las penúltimas clases del día, después de eso ya no entró a más. Se acercó, sentándose al lado de Alfred, que aún ponía pucheros por la verdura.
— ¿Dónde está Antonio? —preguntó.
—Eh, no preguntes, que luego tu novio se la arma en grande. —reprochó Gilbert, picándole la mejilla a Alfred y robándose la bebida de Arthur.
—De verdad piensa que mi hermoso Toño se fijaría en la oruga fea que es Arthur. —Francis negó con la cabeza.
Arthur puso mala cara, pateando por debajo de la mesa a Francis, quién aulló de dolor.
—Recibió una llamada de la dirección, —dijo Gilbert, agitando el vaso de Arthur, al parecer todavía había un poco de té dentro de ella. El inglés dio un respingo al ver que se lo devolvía vacío. —no tenemos idea de adonde pudo haber ido. Dejó su teléfono en su habitación y la princesa no está por ningún lado.
—Seguro están teniendo una cita extrema por ahí. —comentó Francis. —Algo me dice que mi querido Lovi llegará con un dolor en la cadera hoy.
— ¿Eh? ¿Por qué? —preguntó Alfred, alzando una ceja. Arthur que estaba a punto de levantarse para ir por otro té, le dio un golpe seco, tapándole los oídos. Gilbert y Francis parecieron decir algo, pero dado el fuerte agarre de su novio, no pudo escuchar. — ¡Yo quería escuchar!
—No, no quieres hacerlo. —comentó sonrojado. El estadounidense pudo darse cuenta con eso a que tema se estaban refiriendo.
—Pero Arthur, si ellos ya lo hicieron siempre podemos pedirles consejos. —dijo Alfred, sujetándolo por la mano para detener su avanzar.
Tanto los ojos de Gilbert como los de Francis soltaron un destello de maldad.
— ¡Cierra la boca! —protestó, cubriéndose con la mano libre su rostro, con el color rojo abarcando hasta sus orejas. Una brisa de Otoño revoloteó un poco el cabello de todos, rodando por el suelo unas cuantas hojas secas.
Francis fue el primero en ponerse de pie, abrazando a Arthur por los hombros. Él busco con toda desesperación apartarlo.
—Así que nuestro lindo Arthur quiere robar la inocencia de nuestro virgen favorito. —sonrió pícaro, susurrando en su oído aquellas palabras. — ¿No puedes aguantar hasta la mayoría de edad, verdad Arty?
— ¡Te mataré!
—Lo siento, Arthur, se me ha escapado. —Alfred rascó su mejilla, agachando los ojos a empaque que tenía anteriormente la ensalada. Sólo quedaba un chícharo aplastado en una esquina.
— ¿Quieres que tengamos una plática de hombre a hombre? —preguntó Gilbert, dándole suaves codazos en el hombro a su compinche. —Se la ofrecería a Arthur, pero es una mariquita pervertida.
— ¡Aléjate de ese idiota, Alfred! —ordenó Arthur, intentando pegarle un manotazo a Francis, que este detuvo en el aire.
—Tu vienes conmigo. —siguió Francis, alejándose, arrastrando a Arthur con él.
—.—.—.—.—
Antonio llegó jadeante a la entrada del orfanato, un nudo estaba formado en su estómago y se apretó todavía más cuando vio únicamente a las dos profesoras afuera del lugar, sosteniendo bolsas sobre sus hombros. Ambas se veían devastadas, con las mejillas empapadas en lágrimas.
El portón tenía dos cadenas rodeando por donde se abrían ambas puertas, con tres candados sellando la entrada. En medio de las rejas se leía un cartel que decía "PROHIBIDO EL PASO" en letras grandes y rojas.
Un sentimiento de impotencia se hizo presente en el corazón del español.
— ¿Dónde están los niños? —preguntó de inmediato, abrazando a ambas. Ellas sollozaron un poco antes de contestar.
—Se los llevaron. —gimoteó una, sacando un pañuelo para limpiarse las lágrimas.
— ¿Quiénes? —varios malos pensamientos llegaron a la cabeza del hispano, los cuales buscaban la solución más pronta. Última vez que no cargaba su celular con él todo el día.
—Llegaron muchas camionetas blancas, —explicó la otra, se notaba mucho más tranquila ya. —y un sujeto que tenía varios documentos consigo, donde nos obligaba entregar a los niños. Al parecer este sintió era clandestino, según sus palabras, a pesar de todo los documentos que les enseñamos para demostrar que era un sitio seguro, que los niños estaban bien aquí, nos dijo que si seguíamos interfiriendo seríamos llevadas a la cárcel.
—Yo no puedo ir a la cárcel. —sollozó la otra profesora. —Mi madre me necesita, soy lo único que tiene.
—Tuvimos que ceder. —murmuró la tranquila, apretando los puños contra su costado. —No tuvimos otra opción… sin embargo, ellos nunca dijeron a donde los llevarían. Tampoco nos permitieron ir con ellos, simplemente nos sacaron, dándonos unos minutos para despedirnos y sacar nuestras pertenencias.
—Incluso los bebés…
Antonio soltó un par de lágrimas al escucharlas, mordiéndose el labio inferior con tanta fuerza que lo hizo sangrar.
— ¿No llamaron a la policía local?
—En los documentos había un sello de ellos. —murmuró una. —Llamamos en cuanto se fueron, y ellos dijeron que la información era correcta, que no podían dar más detalles por la seguridad de los niños.
—Entonces ellos estarán bien, ¿no? —preguntó, confundido.
—No estamos seguras, Antonio. —la profesora de nuevo rompió a llorar. —Todo esto es muy sospechoso, ¿cómo sabemos que esos documentos no son falsificados? ¿por qué nos los quitaron ahora ya que estábamos en permisos para que el gobierno sustentara esto? Incluso las familias de tus amigos nos estaban ayudando. Es muy confuso.
El hispano se puso de cuclillas, sosteniéndose la cabeza con ambas manos, intentando que su cabeza trabajara lo más que pudiera. Lo mejor que podía intentar hacer era llamar a Máximo, quizás él pudiera ayudarlo, pero su maldito teléfono estaba en la escuela y no sabía su número de memoria, tampoco el de Francis o Gilbert. Una idea le llegó a la cabeza, tal vez no se supiera los de ellos, pero sí el de Lovino; aunque no quería preocuparlo, era lo mejor que podía hacer.
Pidió uno de los celulares de las profesoras, el teléfono tardó un poco al conectar la llamada ya que era un modelo antiguo y por esa zona la señal era bastante mala. Cuando al fin descolgaron del otro lado, la cara de Antonio recuperó un poco de color. Las maestras a su lado estaban observando, intranquilas.
— ¡Lovi, que bueno que contestas! —suspiró, pegando un pequeño brinquito.
— … ¿Antonio? ¿Todo está bien? Saliste corriendo tan rápido que apenas pude preguntarte algo y…
—Siento interrumpirte, Lovi. Necesito un favor.
Hubo un pequeño silencio. — ¿Te ha hecho algo? —Antonio se pegó un poco más el aparato a la oreja, ya que no lo pudo escuchar con claridad, la llamada se entrecortaba.
—Lo siento, Lovi, no he escuchado.
— ¿Dónde estás ahora? Iré de inmediato.
—No, te veré en la escuela. —calmó Antonio. —Estoy bien, Lovi. ¿De acuerdo? Por el momento solo necesito el número de Máximo.
— ¿Del viejo? ¿Para qué? ¡Dónde estás!
—Vamos a tranquilizarnos…
— ¡Antonio, dime que no te ha pasado nada malo! ¡Yo… yo iré contigo!
Para cuando Lovino terminó esa oración, dos patrullas se pusieron enfrente de Antonio y las profesoras, que se miraron casi aterradas. No eran policías distritales, sino federales.
—Te veré en la escuela. —y colgó, dejando un grito de Lovino suspendido en la línea.
— ¿Ustedes son las cuidadoras de este centro? —preguntó uno de los agentes, examinó a Antonio por un momento, antes de volverse a las profesoras.
—Sí. —respondieron a coro.
—Temo que tendrán que acompañarnos. —ambas se tensaron, los ojos de la que antiguamente lloró volvieron a llenarse de lágrimas. —Tranquilas, ustedes no están en problemas por ahora, sólo necesitamos que describan los hechos ocurridos.
— ¿Paso algo malo? —se metió Antonio de pronto, dando un paso al oficial. — ¿Paso algo malo con los niños? Esos hombres dijeron que tenían permisos… ¡incluso las profesoras llamaron a la policía! ¿Por qué hasta ahora es este tipo de respuesta?
—Tranquilízate. —ordenó. —Se ha abierto una carpeta de investigación, puede que los niños hayan sido secuestrados.
Antonio ni siquiera sintió cuando sus rodillas tocaron el suelo en un golpe seco, tampoco que sus manos rozaron con fuerza en el pavimento. Sintió como si le clavaran una estaca en medio de su cráneo, un golpe seco, que lo partía por la mitad. Ni siquiera escuchó cuando las sirenas se alejaron, dejándolo en completa soledad, en un sitio que hasta ahora había estado lleno de risas y juegos.
—.—.—.—.—
La llamada de Antonio dejó consternado a Lovino, fue justamente después de que padre lo dejara que la recibió. ¿Acaso Blas ya tenía planeado algo por su respuesta? ¿sus contestaciones llenas de odio y repudio a su padre le habían traído graves consecuencias a Antonio?
Sin pensarlo más se puso de pie, dispuesto a ir a buscar de puerta en puerta si fuese necesario a su novio. Necesitaba saber que estaba bien, que tenía esa hermosa sonrisa plantada en su rostro.
Sus pensamientos divagaban en futuros inciertos, en reproches internos, en hubieras. Pero no pudo evitarlo, ese sabor a libertad, a poder vivir sin las normas de sus padres era tan exquisito, que al sentirlo perdido exploto por completo. Blas siempre hacía lo mismo, le recocía sus alas una y otra vez, solo para demostrar que se las podía volver a arrancar, cuando él quisiera, cuando él lo deseara.
— ¿A dónde vas tan apurado que ni siquiera te fijas por donde caminas? —preguntó Sadiq, luego de que Lovino chocara con él.
El italiano dio un brinco atrás, sintiéndose frustrado de tenerlo en frente.
— ¿Qué mierda estás haciendo aquí? —gruñó sintiendo algo similar al enojo crecer dentro de sí.
—Tú padre me dijo que estabas aquí, que podíamos tener un poco de diversión como la de la vez pasada. —sonrió, sacando un poco de su lengua, en una sonrisa divertida. Lovino casi le pega un puñetazo sin saber por qué. —Es muy descortés de tu parte irte sin avisarme, ¿qué pasaría si no te hubiese visto?
— ¡Me importa un carajo! —gritó sin poder evitarlo más. — ¡Muévete de enfrente, tengo prisa!
— ¿Te ha pasado algo, crio? No puedes ir caminando así por la calle, necesitas tranquilizarte.—Sadiq lo tomó por los hombros, Lovino entonces salió de su trance, mirando un poco a su alrededor, al parecer avanzó al menos tres calles en dirección oeste del restaurante. Había un letrero enorme por la parte detrás de Sadiq, que lucía letras en neón, diciendo discoteca. Al lado de la calle donde estaban ambos había una moto negra con rojo. Miró de nuevo al turco, llevaba un casco entre sus piernas.
—Necesito llegar de inmediato a mi escuela… —balbuceó como pudo, tomando el casco de Sadiq. — ¿puedes llevarme? Por favor.
—Si te ha pasado algo podemos hablarlo…
—No, no.
Un golpe lo suficientemente fuerte en su frente, dado por los dedos del turco, lograron que volviera en sus cinco sentidos. Lovino parecía ligeramente mareado al volver a poner los pies en la tierra.
—No sé qué emergencia tengas, pero algo te digo, las motos no son un juego. —reclamó, teniendo la atención fija del italiano. —Si te sueltas en un mal lugar o momento estás muerto.
—Yo…
—Andando, luego me pagaras el favor. ¿De acuerdo? —sonrió, revolviéndole los cabellos. Al parecer sólo llevaba un casco consigo, pues Lovino fue el único que se colocó al subirse a la moto. Sin embargo a Sadiq no parecía importarle.
— ¿Cómo puedes ver con ese maldito antifaz en tus ojos? —dijo Lovino, desconfiado. —No estoy seguro de que la moto sea el problema.
—Esta cosa es por mi seguridad, tengo un problema en los ojos, así que me ayuda bastante a poder ver. No te preocupes, veo bastante bien con esto, lo que rodea los ojos es una malla, no cubre la visión.
—Ya.
Era la primera vez que Lovino se subía a una motocicleta, si bien estaba preocupado por Antonio, la experiencia también lograba acelerarle el corazón. Había visto en las películas que los sujetos más geniales se sostenían de la parte trasera, para no aferrarse al cuerpo del conductor y justo iba a recrear esa escena cuando Sadiq puso en marcha la moto, provocando que Lovino diera un chillido, abrazándolo por detrás, recargando su cabeza en la espalda del turco. Este fue riendo una gran parte del camino, negando con la cabeza, llamándolo crío idiota.
La adrenalina de probar algo nuevo por el momento calmó los pensamientos negativos de Lovino. También ayudaba que Sadiq no lo dejará pensar, aceleraba y desaceleraba como si fuese todo un experto, causando sustos en el italiano y que, por supuesto, se aferrara todavía más a él.
En todo el transcurso que duro el viaje en la moto, el turco no pareció incomodarse porque un hombre lo estuviera abrazando, ni siquiera intento apartarlo. Al frenar el vehículo, Lovino pensó que tal vez ese sujeto era un poco, pero tan solo un poco genial.
—Estamos aquí. —dijo Sadiq, recibiendo el casco que le devolvía su acompañante.
—Gracias por traerme. —murmuró, estirando su mano para darse un apretón. —Prometo devolverte el favor.
Sadiq rió al ver su mano extendida, por gracia se la estrecho, halándolo para darle un fuerte abrazo de hombre a hombre como dijo entre risas. Lovino sintió que ese sujeto podía romperle un hueso o dos con semejante estrujón.
—Te veré después, crio. —se puso el casco, volviendo a encender el motor. —Ahora no puedes mandarme a la mierda con mis mensajes.
— ¡Claro que puedo! —protestó emberrinchado, sacándole el dedo de en medio después de que ya llevara media calle avanzada.
Lovino dio un respingo antes de girar sus pies en dirección a la escuela, tenía que encontrar al maldito BFT. En un vano esfuerzo intentó llamar al número donde Antonio le marcó, pero nadie atendía el teléfono y mandaban directo al buzón. Lo único que podía hacer era implorar que los lerdos de sus amigos supieran algo.
—.—.—.—.—
— ¿Y? —Francis parecía demasiado feliz con esa platica, Arthur en cambió podía personificar a la palabra incomodidad. — ¿Ya sabes cómo hacerlo?
— ¡Cómo sabría semejante cosa, rana idiota! —protestó. — ¡Por supuesto que no!
Francis dejó resbalar su cabeza por la mano donde estaba recargada, desconcertado.
— ¿No has buscado información o preguntado a un médico? ¿Has visto porno al menos? —reprochó negando con la cabeza.
Arthur miró fijamente a Francis, logrando incomodarlo. Tenía los ojos tan clavados en él que el francés aseguraba que en cualquier segundo pasarían a un plano tridimensional por la intensidad del momento, no le sorprendería en lo más mínimo que algo fuera a salir del suelo, eso confirmaría su teoría sobre que el inglés estaba invocando a un demonio con el poder de su mente.
Algunos estudiantes pasaron por afuera de la habitación, haciendo ruido, pero Francis no pudo despegar la mirada de Arthur, infaliblemente al menor descuido le desharía el hermoso peinado que le costó tres horas hacerse. Al final la tensión del momento fue desecha por Gilbert que entró alegando que Alfred se había echado a correr en la menor oportunidad, rumbo al "Rey de corazones", o sea, Iván.
—Gilbert. —llamó Arthur, ahora mirándolo a él. Francis suspiró, relajándose. — ¿Ya tuviste relaciones con alguien?
Mientras Francis se atragantaba con la saliva, el albino enserio pareció meditarlo. — ¿Relaciones? ¿Cómo cierres de negocios? —soltó una risa boba y continuó—nuestros padres todavía se encargan de esas cosas. ¿Qué pasa, Arthur? ¿Estás interesado en lo policial? No creo que a tu padre le guste mucho.
— ¡No, imbécil! —le gritó el británico, dándose una palmada en la frente. —Me refiero a… —maldito alemán idiota que no entendía nada—, si ya tuviste…—pico ambos dedos índices entre sí, queriendo enfatizar.
— ¿Un choque de dedos?
— ¡Sexo, idiota descerebrado!
Francis estalló en risas al notar el sonrojo en la cara de Arthur. Los colores también subieron por la cara de su mejor amigo, que balbuceó varias incoherencias sin poder contestar.
— ¡A- A- A qué vienen esas preguntas! —se rascó la cabeza, revolviendo sus cabellos, camino de un lugar a otro en la habitación hasta volver a salir de ella, riendo estruendosamente.
—Así que quieres tener cositas con Alfred. Ju-ju-ju—rio Francis, intrigado. Arthur se volteó a él con una mirada asesina. —No te enojes conmigo, tú lo acabas de decir.
—Nuestra relación ha evolucionado demasiado. —comentó Arthur. Lo mejor era terminar eso cuanto antes o la maldita rana no lo dejaría tranquilo, además él parecía tener experiencia. —Quiero hacerle saber que me es importante hasta en lo exterior.
—Owww, mi Arty ya está creciendo. —chilló el rubio emocionado.
—Tal vez debería preguntarle a Antonio, aunque no las haya tenido con Lovino todavía, quizás con Emma…
— ¿Ehhh? —ahora fue el turno de Francis de pegar un grito.— ¡Para tu carro, Arthur! No digas esas cosas tan fuerte…—corrió hasta él, cubriéndole con una mano su boca, buscando silenciarlo. —puede perder su cabeza si Govert lo llega a escuchar.
—Entonces ¿sí?
—No, claro que no. —corrigió de inmediato. —He incluso si fuera así, jamás lo diría. Bel es una mujer y merece todo el respeto.
—Lo siento, no quise ofender a Emma. —se disculpó, sobándose el brazo. —Solo quiero reunir información.
— ¿Has probado con ver porno? —preguntó Gilbert, sobre la cama de Antonio.
— ¿¡Cuándo demonios entraste de nuevo!? —gritaron los dos.
—Me tomó de sorpresa la primera vez, ahora mi asombroso ser ya lo ha digerido. —Gilbert les sacó la lengua a Arthur. —Deberías preguntarle a Roderich, seguro que él estará encantado de responderte.
—Seguro que me termina sacando a patadas de su alcoba para llevarme a la iglesia más cercana. —protestó Arthur.
—Ve porno.
—Lo que dice Gilbo tiene lógica, —argumentó Francis— puedes aprender técnicas ahí.
—Créanme que preguntarle a ustedes es lo último que deseaba hacer, trio de idiotas.
Los dos se miraron uno al otro, asintiendo con la cabeza, con una mirada de complicidad. Francis se puso de pie, al igual que Gilbert. El Bad Friends Trio pusieron una mano sobre los hombros de Arthur, mostrándole el pulgar. Arthur se sintió en una montaña nevada, pensando en que tal vez sí no era mala idea ir a ver porno.
—.—.—.—.—
Luego de un buen rato sentado afuera del edificio, Antonio decidió que era mejor volver a la escuela, al menos así podría ser de ayuda al contactar a Máximo. Y también podría tranquilizar a su novio, y buscar tranquilidad en él. Volvió en taxi ya que entre más tiempo recortara mejor, seguro que todos los niños estarían bien, no podía estar sucediendo algo tan grotesco y frente a las narices de todos.
El transcurso fue demasiado silencioso, usualmente él se ponía a conversar con los choferes para alegrar su día, pero esta vez se dedicó a mirar la ventana, dando varios suspiros entre tiempos. El día no se prestaba para estar triste, había sol, el otoño ya estaba en el clímax, por lo que muchas hojas secas decoraban las calles y caían con gracia en los autos estacionados.
Llegó a la escuela con dolor de cabeza y ojos cansados. Muchas de las chicas que siempre lo buscaban lo miraban extrañadas de su semblante tan decaído, no obstante fueron lo suficientemente sutiles para dejarlo tranquilo cuando se fijaron que no estaba para hablar en esos momentos.
La situación que a continuación se presentó, le dio la teoría que lo del orfanato no era casualidad.
—Antonio. —llamó su madre, saludándolo con una mano, frente a él. Acaba de salir del edificio administrativo, con su vientre abultado, que remarcaba sus siete meses y medio de embarazo. Lo más probable que terminara dando a luz en algún hospital cercano. Una diminuta sonrisa apareció en el rostro del hispano, saber que su hermanito nacería pronto le llenaba el corazón de felicidad, pese a la tristeza que abarcaba su ser en ese momento. — ¿Dónde estabas? ¿Por qué te ves tan mal, cariño?
—Salí por un momento, ya te contaré. —sonrió con pocas ganas. — ¿Qué estás haciendo aquí?
—Compré una casa en una ciudad cercana, así podremos vernos de vez en cuando, de aquí hasta que te gradúes de la universidad. Tampoco quiero que estés muy lejos de tu hermano. —dijo con la tranquilidad de siempre, una que lograba relajar a Antonio. — ¿Te parece si vamos a sentarnos? Hay algo que quiero hablar contigo.
—Necesito hablar con Máximo, será rápido.
—Oh, él no se encuentra disponible, cielo. —comentó, preocupada, dirigiéndose a una de las bancas cercanas a la fuente; ya que era sábado y la mayoría de los estudiantes salía, se encontraban vacías. —Su hijo le regaló unas vacaciones y le pidió que se mantuviera descansando por durante un mes.
— ¿No puedo contactarlo? —la cara de Antonio palideció, asustando a su madre.
— ¿Te sientes bien? ¿Necesitas ir al doctor?
—Yo… lo necesito.
—Cariño, sabes que puedes contar conmigo para lo que sea. Si hay algo en lo que pueda ayudar. —Antonio negó con la cabeza, sería un estúpido si le daba problemas a su mamá dado su estado. No podía recibir estrés.
—No, no es nada grave. —mintió, volviendo a poner una sonrisa falsa. — ¿De qué es lo que quieres hablarme?
Su madre hizo una pausa, era claro para Antonio que se trataba de un tema delicado. ¿Sería algo relacionado con su padre o quizás su nueva pareja la comenzaba a tratar mal?
—Es sobre tu relación con Lovino.
¿Cuántas gotas de agua faltaba para que el vaso se derramara?
—.—.—.—.—
Lovino buscó en la mitad de la escuela, sin embargo, Antonio no se encontraba en ninguna parte, tampoco podía encontrar a sus amigos o siquiera a Arthur. Le mandó aproximadamente veinte mensajes a su teléfono, pidiéndole que le marcara en cuanto fuera posible. Todavía no había respuesta. Sólo un mensaje diciendo de Sadiq, "¿ya encontraste lo que estás buscando?" pese a que pudo dejarlo sin responder, Lovino decidió no hacerlo, y le costó un corto "no".
Entre la búsqueda de Antonio, se topó con la última escena que deseaba ver ese día. Feliciano besando a la patata horrorosa de Ludwig.
— ¡Sepárate de mí puto hermano, patata horrorosa! —se interpuso Lovino, abriendo a ambos con sus brazos, furioso. Feliciano traspilló con sus pies, sorprendido de la intervención; algo dentro le decía que era buen momento para echarse a correr. — ¡Qué carajo piensas que haces besando al macho patatas, stupido fratello! Ma vaffanculo, va'!
—Hermano, no es lo que crees. —dijo Feliciano, nervioso de la futura golpiza. —I-Iba a quitarle una pestaña a Ludy y me resbalé. ¡Sólo es eso, de verdad, ve~!
— ¡Cómo si fuera tan estúpido para creerme semejante chorrada! —espetó, enojándose todavía más. — ¿Crees que tengo cinco años?
—Lov-
—Oh, no, tú ni te atrevas a dirigirme la palabra, merda muscolare. —gruño Lovino, queriendo soltar un golpe a sus músculos, pero sabía que tendría poco efecto en él. — ¡Sé lo que vi, imbéciles, vayan a engañar a su puta abuela que a mí no podrán hacerlo! ¡Ven aquí, Feliciano!
—Ve~ Pero… hermano…
— ¡Cierra la puta boca antes de que te la cierre yo! —lo atrajo de un jalón, poniéndolo detrás de su persona. Ludwig miró a Feliciano con preocupación, Lovino estaba tomando una reacción demasiado estruendosa. — ¡Andando! ¡Y a ti, estúpido macho patatas, ni se te ocurra volver a acercarte a mi hermano!
— Fratello, ¡eso es muy injusto! —Feliciano, al cual Lovino iba tirando de su muñeca para avanzar, quiso poner el freno en sus pies pero Lovino no se lo permitió y siguió avanzando, ni importándole si incluso tenía que arrastrar a su hermano menor. — Fratello! Fratello!
Ludwig suspiró, sabiendo que lamentaría aquello, no obstante caminó unos pasos rápidos para darle alcancé a esos dos. Lovino al verlo acercase se detuvo, poniendo las manos en la cintura, Feliciano en cambió se levantó sacudiéndose el uniforme, había caído y se llenó de tierra al momento que su hermano siguió avanzando con él en el suelo.
De ser posible al alemán le encantaría tener cero interacción con el hermano de Feliciano; cada que lo veía lo insultaba o en casos extremos, lo golpeaba lanzándole lo que tuviera en la mano. Dios se apiadará de la persona que saliera con semejante fiera.
—Sólo hablemos. —pidió, serio. Lovino agudizó su mirar, en dirección a Ludwig. —Por favor.
— ¡No tengo nada de qué hablar contigo, macho patatas! —farfulló, poniendo detrás de él a Feliciano. —Sólo te estabas aprovechando de mí hermano para ganarte al viejo de Máximo, ¿no es así?
— ¿Qué dices, Lovi? —reprochó Feliciano, sorprendido de que sacará eso a flote. ¡Ludwig lo quería a él, no a su abuelo!
—Eso no es verdad. —contestó el alemán, frunciendo la boca.
Lovino observó de reojo a Feliciano, quién lo miraba incrédulo.
—Vámonos, Feliciano.
— ¡Pero, hermano—!
— ¡Te estoy diciendo que amo a Feliciano! —gritó Ludwig, tomando la mano del menor de los italianos, que abrió los ojos bastante sorprendido, con un adorable sonroso cubriendo sus mejillas. No obstante, los ojos azules de Ludwig estaban fijos en su hermano mayor. — ¡Yo no quiero la fortuna de nadie!
Lovino mentiría si dijera que no sintió un escalofrío recorrer toda su espalda. Justo iba a arremeter con un sinfín de maldiciones, cuando Feliciano se puso recto y apartó con suavidad la mano de Ludwig. Él pareció comprender su mirada, pues se tranquilizó bastante.
— ¡Nos vamos a la de ya! —espetó Lovino, llevándose a su hermano.
Caminaron un buen rato, el viento danzaba en los cabellos de ambos, sintiéndose ligeramente nostálgicos de sus días de infancia. Lovino sujetaba con firmeza la muñeca de Feliciano, impidiéndole cualquier escape que quisiera hacer; el cielo sólo sabría en cuanto tiempo lo alcanzaría, era un prodigio del escape. Al final Lovino se detuvo en la misma banca donde Antonio le contó lo sucedido con Emma.
—Bien, comienza. —dijo Lovino en tono lúgubre, tronando la lengua. Feliciano se encogió en sus hombros, asustado. — ¡Feliciano!
—Hermano, no pensé que te fuera a molestar tanto. —murmuró sintiéndose pequeñito. —Tú tienes al hermano Antonio.
—Antonio y yo somos muy diferentes a ti y tu estúpida patata parlante. —expresó enojado.
—Ludy es muy amable conmigo. —dijo Feliciano, sosteniendo con fuerza sus rodillas. —Siempre está preocupado por mí, me cuida y me deja dormir en su cama cuando tengo miedo.
— ¿Y? Eso lo hará Kiku también, ¿no?
—Supongo…—balbuceó, mordiéndose los labios. —Pero Ludy es diferente.
— ¿En qué sería diferente el macho patatas? —gruñó, cruzándose de brazos. — ¿En ser absurdamente musculoso?
—Hermano, no es justo. —comentó Feliciano, enterrándose las uñas, Lovino se giró a él con una ceja alzada.
—Por supuesto que no, ¿qué estudiante de primer año tiene semejante cuerpo? Ni siquiera el imbécil de Govert que es el más fuerte que conozco.
—No me refiero a eso. —cortó Feliciano, poniéndose de pie. Lovino lo imitó, creyendo que escaparía. — ¡No es justo que reproches mi relación con Ludwig!
—.—.—.—.—
Scott miró a su alrededor, un montón de estudiantes pasaban a su lado, platicando y riendo entre ellos. Muchos de ellos eran de su misma escuela, esa mañana tuvieron su tercer examen para ingresar a la Universidad de Gakuen; gracias a que él ya no asistiría, tuvo que darse de baja esa mañana, por lo que volvía sin ninguna prisa. Además ese día su estómago estaba demasiado sensible para su gusto, últimamente no tenía mucho apetito así que según la enfermera sus defensas estaban bajas.
Extrañamente Govert también volvía, iba más delante de él, agitando su larga bufanda bicolor, con las manos hundidas en los bolsillos, estaba solo, igual que él. Aunque Scott en el fondo sabía que eso no era verdad, Govert caminaba sin compañía por la sencilla razón de que quería hacerlo, si lo deseaba podía llamar a su hermana, al nieto idiota de los Vargas o inclusive al estúpido BFT.
Scott era el único que no tenía a nadie a su lado. Ni siquiera a su hermano.
Los estudiantes siguieron desfilando a su alrededor, sin preocuparse por hacerle conversación o caminar a su lado, y aun así no eran tan descuidados como para chocar con él. El mayor de la familia Kirkland nunca se había dado cuenta de eso, siempre con la cabeza sumergida en la presidencia de la escuela, con demasiado trabajo para preocuparse de sus relaciones humanas. Demasiado ocupado para hacer un amigo.
Siempre tratando ser el mejor.
Avanzó un paso y de pronto sintió un tirón en el estómago que lo hizo doblarse hasta tener que hincarse. Sus compañeros comenzaron a murmurar, nadie se le acercó para comprobar si estaba bien. Se levantó luego de un rato, con un poco de sudor en el rostro que se limpió rápidamente con la palma de su mano. Ya nadie caminaba a los alrededores, solo vio a un guardia a lo lejos que se siguió derecho. Con un suspiró, aferrándose a su portafolio siguió avanzando, con la frente en alto.
Debía ser fuerte, apretar los dientes, morder su lengua y no bajar jamás la mirada. Nadie se atrevería a meterse con él, seguía siendo un alumno excelente y no necesitaba de nadie para seguir adelante, llegó a la cima con su propio esfuerzo y ahí se quedaría. Entonces…, ¿por qué demonios se estaba deseando volver a su habitación y encerrarse todo el día en ella? ¿por qué ponía tanto esfuerzo en poder mantener la frente en alto?
Solo un día podía darse por vencido, dejarse mirar atrás. Paso saliva, girando sus talones, caminando rumbo a otra dirección.
— ¿Scott? —dijo Emma, rascándose la cabeza. — ¡Woah! ¡Mira ese rostro! ¿Te encuentras bien? —se acercó a él, tocándole las mejillas y frente. Sus manos eran tibias.
— ¿Qué haces aquí, Emma?
—Estoy buscando a mi hermano, pero me ha mandado un mensaje hace segundos, que ya se ha subido al transporte. —explicó, buscando sostenerlo. — ¿Deberíamos llevarte a la enfermería? Luces exhausto. Aunque conozco a una enfermera mejor, está en la otra escuela.
—No creo que él guste de atenderme. —dijo Scott, recordando la paliza dada a Antonio.
—Podemos ir con la de aquí.
Scott apartó suavemente la mano que le puso sobre el brazo, sonriéndole. Una sonrisa terrible, sosa y cansada. Emma lo miró angustiada.
—Estoy bien, me he mareado. Llamaré a alguien para que venga a recogerme.
— ¿Seguro? —ella parecía desconfiada.
—Admitirlo debe ser suficiente para que me dejes ir, mi orgullo se verá manchado si te dejo ir conmigo. Además, podemos tener problemas con tu hermano, me matará antes de poder llegar con el doctor.
—Hmmm. Es cierto, pero unos buenos golpes en esa cabeza dura que tienes no estarían nada mal. —Emma volvió a tomarlo del brazo, entrelazando ambos. Scott se contrajo, sorprendido. —Vamos a la enfermería.
—.—.—.—.—
— ¡Tengo todo el derecho de cuestionarte porque soy tu jodido hermano mayor! —espetó Lovino, poniéndose a la defensiva. — ¿Cómo no me voy a preocupar de que estés saliendo con esa masa de músculos?
—Yo no te reproche nada cuando comenzaste a salir con el hermano Antonio. —dijo Feliciano, volviendo a bajar la voz.
—Ya te dije que ese bastardo y yo somos aparte.
—No lo son. Yo quiero a Ludwig, tú quieres al hermano Antonio, ¿cuál es la diferencia entre el amor? Amor es amor, hermano. —respondió.
—Seguro sólo sientes gratitud por la patata bastarda. —Lovino hizo un ademán con la mano, quitándole importancia al asunto. En automático supo que cometió un error pues los ojos de su hermano menor se inundaron en lágrimas. —Feliciano…
— ¡Eres muy cruel, Lovi! —lloró, apretando los puños contra su pecho. — ¡Mis sentimientos no son tan superficiales!
—Jamás dije que-
— ¡Tú no eres el único con el derecho de querer a alguien! —gritó de nuevo, sorbiéndose la nariz. — ¡Tal vez estás celoso de que sea mucho mejor que tú en eso también!
Feliciano se llevó una mano a la boca, con los ojos bien abiertos dejó que las lágrimas resbalaran con mucha más facilidad por sus mejillas. Era consciente del error que había cometido, uno terrible y por supuesto que él no lo creía, Lovino era su hermano mayor y lo amaba mucho, Feliciano en su vida jamás se creyó mejor que él, pese a todas las veces que lo escucho. Pero el enojo era una emoción terrible, te hacía decir cosas dolorosas aunque no las creyeras.
El silencio se prolongó entre ellos, ambos sabían que debían pedir una disculpa. Lovino observó a su hermano menor, tenía los ojos clavados en el suelo, buscando las mejores palabras. Siendo honestos, él había herido los sentimientos de su hermano primero.
Al ver los pasos de su hermano mayor acercarse, Feliciano se contrajo, esperando recibir un golpe, pese a eso lo único que obtuvo fue una caricia en la cabeza, revolviéndole los cabellos.
—Lo siento, Feliculo. —dijo Lovino. Feliciano alzó su cara, contemplando el rostro serio de su hermano. —Fue mi culpa que dijeras esas palabras.
—Ve~.
—Vamos a hablar. —y lo atrajo a la banca donde antes estaban sentados, permitiendo que su Feliciano se recostara en sus piernas. —Cuéntame bien como paso lo de la maldita patata.
—Al principio no quise aceptar porque no estaba seguro que quisiera a Ludy de esa manera, hemos sido mucho tiempo mejores amigos, ve~—sonrió al recordar los momentos de amistad vividos. —Y no quería que nuestro grupo con Kiku se desintegrara. Así que la primera semana me negué. —confesó, sintiéndose un poco tenso todavía. Lovino comenzó a acariciar su cabeza, buscando tranquilizarlo.
Lovino quiso decirle un "hiciste bien", pero se abstuvo.
—Después lo escuché hablar con Kiku, parecía muy decaído.—suspiró. —A mí siempre me han gustado las chicas guapas, me siguen gustando. —afirmó, asintiendo con la cabeza. —Sólo que no me gusta cuando imagino a Ludy con otra persona a su lado. ¿No te paso con el hermano Antonio?
—Me pasa todos los jodidos días. —farfulló Lovino. —Vieras la cantidad de mujeres que se le pegan dentro y fuera de la escuela a ese bastardo.
—Entonces me di cuenta que no quería a alguien más con Ludy aparte de mí.
—Aun así todavía me enoja que te hayas tardado demasiado en decírmelo conociendo lo chismoso que eres.
—Mamá te dio permiso de salir con el hermano Antonio, ¿no? —comentó, cerrando los ojos. —No quería que te reprocharan por mis decisiones.
— ¿De qué hablas?
—Seguro te dirían que fue tu culpa que ahora me gustaran los hombres y te obligarían a dejar al hermano Antonio. —contestó, estremeciéndose, tomando la mano de Lovino. —No quiero que por mi culpa sufran ustedes dos, ve~. Ludy tampoco puede hablar todavía muy bien del tema, por lo que es muy pronto para que hagamos presentaciones formales.
—Feliciano. —los ojos de Lovino se cristalizaron; ¿Cómo que el hermano menor se estaba preocupando por el mayor? Debía ser al revés. —No tienes que guardar tus sentimientos por mi culpa.
Él negó con la cabeza. —Tal vez parezca que no me doy cuenta, pero sí lo hago. Sé que todos te juzgan solo porque yo supe hacer unas cosas antes que tú. Y no es justo, Lovi. Por eso, sé que serías al primero que señalarían si mi relación con Ludy sale a la luz. No quiero que te juzguen por esto.
—A mí poco me interesa lo que digan los demás de mí, Feliciano. —expresó aún más preocupado.
—Pero hermano, a mí sí me importa. Esto es lo único que puedo hacer por ti, cuando te empiezan a decir de cosas me congelo, soy un cobarde, no puedo hacer nada por mi hermano mayor. —se contrajo y Lovino comenzó a sentir su pantalón mojado a causa de las lágrimas de Feli. —Así que estoy bien con esto, déjame hacerlo, Lovi.
Lovino volvió a acariciarle la cabeza, limpiando con su otra mano las lágrimas de su hermano.
— ¿De cuándo acá me pides permiso para algo? —suspiró, resignado.
— ¡Loviii! —chilló emocionado.
—Sólo quiero preguntarte algo más. —Feliciano giró medio rostro, esperando su pregunta. — ¿Me dirás si él te llega a lastimar, verdad?
—Sí. —respondió su hermano.
Si algo sabía Lovino, y ese día reconfirmaba, es que Feliciano era muy bueno para guardar sus sentimientos y pensamientos.
—.—.—.—.—
Arthur se sentó en su escritorio, mirando fijamente la carta que recién le entregaron después de llamarlo para recibir un paquete, el regalo de Scott que había ordenado varios meses atrás, justo para el día siguiente, no obstante, al ver el sobre aquello dejó de preocuparle. El silencio abarcaba cada centímetro de la habitación y un corazón agitado latía dentro de él. El sobre era casi en su totalidad blanco, sellado con cera con el logo de la escuela, mismo logo y nombre que se encontraban en la parte del frente, sobre la esquina superior derecha. "Universidad de Osaka".
No premedito más, sabía casi exactamente lo que diría el sobre, y tal como lo sospecho, se encontró con una carta de bienvenida para estudiar ahí. Era a donde tenía planeado ir con Kiku, solo que la carta de aceptación había llegado un año antes.
Y por alguna extraña razón no se sentía feliz al respecto. El nombre de Alfred seguía apareciendo continuamente en su cabeza.
Tomó su teléfono, que recién compró junto a Alfred ya que al americano le molestaba que Arthur no tuviera fotos de ellos dos juntos, y marcó a su padre, el cual seguro había influenciado en aquella decisión. Paso un rato esperando a que su secretaria lo comunicara, pues al parecer estaba ocupado en una junta que acabaría en diez minutos, los cuales se prolongaron a veinte, con Arthur pegado al teléfono.
— ¿Qué pasa, Arthur? —preguntó su padre, parecía estar estresado.
—Me ha llegado una solicitud para unirme a la Universidad de Osaka, ¿has tenido algo que ver? —fue directo al grano, para no causarle algún problema.
—Recuerdo haberlo comentado hace un mes con el director de la universidad, ya que me dijiste que a esa querías ir, no lo vi mal. Nunca pensé que fuera a actuar tan rápido. —Arthur esperó un momento, del otro lado su padre estaba dando indicaciones a un empleado. Se sentía frustrado. —Lo siento, Arthur, ¿quieres que le llame para rechazarla?
—Yo…—el inglés se talló su frente, nervioso. Era una gran oportunidad la que le estaban dando y no se sentía seguro de rechazarla, podría ser que el director se ofendiera, y para el siguiente año acabar rechazado. —No lo sé.
—Piénsalo, pediré tiempo, ¿de acuerdo? Me tengo que ir, hay bastante trabajo hoy.
—De acuerdo. Gracias, padre. —murmuró y colgó.
Faltaba poco para terminar el año escolar, uno que Arthur estaba seguro jamás olvidaría. Nunca pensó que semejante oferta podía llegar, pero dado su promedio y su conducta, era obvio que más de una escuela se fijaría en él. Pero…, su corazón se comprimía cada que pensaba en Alfred, ¿no era muy pronto para dejarlo? ¿qué pasaría con él?
¿Qué diría él al respecto si debía dejarlo?
—.—.—.—.—
Lovino se separó de su hermano, luego de que este se emocionara en irle a contar a Ludwig sobre haber aceptado su relación. En cierta manera a mitad de la plática Lovino se dio cuenta que justo estaba actuando como su padre, las palabras de Scott volvieron a reafirmarse en su mente, pero con una sonrisa supo que había hecho lo correcto, la felicidad de su hermano menor siempre sería primero.
Si alguien lastimaba a su hermano, era su responsabilidad remediarlo.
Ahora más que nunca tenía muchas ganas de ver a Antonio, pero él todavía no respondía sus mensajes, así que se fue caminando rumbo a la entrada, para esperar verlo pasar. De lo contrario se comenzaría a comer las uñas de la incertidumbre. Antes de llegar a la puerta, vio que se acercaba a paso tranquilo con su madre a una de las bancas cercanas a la fuente. Experimento una sensación desagradable como si hundieran los dientes en su garganta, recordando toda conversación con Blas.
— ¿Qué pasa con Lovi? —preguntó Antonio a su madre. Lovino se escondió cauteloso detrás de un arbusto, escuchando la plática entre ambos, quería ver si sus sospechas eran verdaderas.
—Me dijeron que estás saliendo con él. —dijo ella, seria. —Es mentira, ¿cierto?
El italiano sintió un golpe en el pecho, aceptando lo que vendría.
— ¿Y qué si es verdad? —respondió Antonio, con absoluta calma. —Lo es. —concluyó al ver la cara de estupefacción de su madre.
— ¿Es alguna especie de moda entre los jóvenes? —preguntó aturdida. —Sabes que no estoy a favor de ello, Antonio. Tú tienes muchas chicas lindas siguiéndote, Lovino es un buen chico, pero él…
— ¿Qué quieres que haga? —exclamó Antonio, su tono de voz se puso firme. — ¿Deseas que termine con Lovino?
—Sí. —su madre hizo una pausa, acariciando su estómago. —No serás un buen ejemplo para tu hermano de lo contrario.
Antonio de inmediato se puso de pie, observándola consternado. — ¿Qué?
—Cariño, sabes que lo que digo tiene sentido. Yo… yo no puedo permitir que estés al lado de este niño si sigues con un hombre.
La cara de Antonio descendió una escala más en palidez. Toda la cabeza le comenzaba a dar vueltas y las lágrimas se comenzaron a acumular en sus ojos, llenos de impotencia. ¿Acaso estaba escuchando bien?
— ¿Me estás dando a escoger entre Lovi o mi hermano? —expresó, un temblor se hizo presente en su cuerpo, sin poder contener más las lágrimas varias comenzaron a caer. Había sido un día horrible. Lovino detrás del arbusto también se quebró, sin poder creer lo que la que alguna vez considero su madre decía.
—No, cariño. Su amistad puede seguir, yo nunca he tenido problema con ello. Pero, una relación… sabes que eso no está bien.
— ¿Y cometer adulterio sí? —murmuró Antonio. Su madre contrajo las cejas molesta.
—No voy a permitir que me hables de esa manera, Antonio.
—Y yo no voy a permitir que nadie decida mi vida, mamá. —sentenció, dejando un silencio cortante en el aire. —Yo… no dije nada cuando ustedes dos se divorciaron. —comenzó, limpiándose las lágrimas, dejando un borroso rastro en sus mejillas, sus ojos estaban demasiado rojos. —Y no lo hice por la sencilla razón de que si yo no decía nada, entonces ustedes tampoco podrían decirme nada.
—Eso y esto son cosas muy diferentes, Antonio.
— ¿Por qué? —preguntó, cayendo al desdén. — ¿Por qué se trata de ti?
—Antonio.
—No necesito conocer a mi hermano. —dijo Antonio, provocándole una fractura al corazón de Lovino; él más que nadie sabía cuánto anhelaba Antonio tener un hermano menor. —Sólo siento lastima de que él no conozca de verdad lo que es una familia que te acepte por lo que eres.
— ¿Estás dejando a tu verdadera familia por ese chiquillo?
—Ese chiquillo te considero su madre la mitad de su vida. —contestó el hispano, dejando callada a su madre. —Mi padre lo acepta, así que estaré bien, ya no es necesario que te preocupes por mí. Aprenderé a vivir sin ti.
— ¡Antonio!
—La sangre no pesa más que el agua. —dijo de pronto, dándole una mirada tan triste a su madre, que unas lágrimas se resbalaron de sus ojos. —Yo amo a Lovi, madre, esos sentimientos no van a desaparecer solo porque a ti no te gusten.
—Perfecto. —contestó ella, con un enojo frío. —Suerte con ese niño, espero que no te arrepientas después.
Antonio la observó marcharse con la mirada perdida en algún punto del mundo. Su cuerpo parecía desfallecer poco a poco, llevó una mano a su rostro, buscando contener las lágrimas que salían una tras otra. Lovino lo veía aún detrás de los arbustos, dispuesto a irlo a abrazar, se puso de pie, queriendo echar a correr en su dirección.
Su teléfono timbró tres veces antes de eso.
Sabía de quién se trataba, sabía que no debería mirar eso e ir a Antonio para acurrucarlo en sus brazos. Aun así, abrió la conversación, dos de los mensajes eran fotos. Una del orfanato cerrado, el cual provocó sufrimiento en cada centímetro de su piel y espíritu, la siguiente imagen era el de un expediente policiaco donde se intentaba localizar a los niños y la última imagen era la captura de pantalla de una llamada con la madre de Antonio, luego de que ella se marchara de la escuela. El tercer mensaje era una nota de voz, la cual con las manos temblándole, abrió.
" ¿Debería seguir con Feliciano y Ludwig?"
Lovino apretó los puños a su costado, enterrándose las uñas en las palmas, poniendo sus nudillos en color blanco. Tenía el estómago revuelto, un nudo en la garganta que amenazaba con estallar en cualquier momento, apretó sus dientes hasta causarse dolor de cabeza, y dio marcha por otro rumbo, aguantando todas las ganas de reventarle la cara a su perfecto padre.
"Será a tu manera."
Blas en el hotel, soltó una risa al ver llegar el mensaje, observando por la ventana la noche que caía tan fría que le helaba los huesos a cualquiera que fuera un tonto para descubrirse.
El show acababa de comenzar.
¡Hola!
¿Qué tal con el spamano? Entramos a la mitad de las bombas que tendrán estos dos. Se viene lo bueno. El Usuk no fue predominante hoy, pero también entramos en un pequeño arco con ellos. Nada peor que el spamano, no se angustien, su arco principal fue el del Rey de las Sombras… y hablando de este, ¿qué les ha parecido verlo en el capítulo? No estaba seguro si ponerlo o no, sin embargo, me animé, quiero que Scott también pueda ir evolucionando como personaje, aunque su participación ya no será tanta como antes.
En fin, pasemos a agradecer sus bellísimos reviews a Loveless1039 (¡Les mando mucho besos y abrazos, gracias por comentar!).
Ya casi llegamos a los 200 reviews, ¡MUCHAS GRACIAS A TODAS!
Desde la Comarca,
MimiChibi-Diethel.
