Circulo: Vicio Tsun!


Tú + Yo= Error 404.

35. La sangre pesa más que el agua.

Uno de los lemas de Antonio de toda la vida era sacarle provecho a cada día de su vida, por más difícil que fuera este. No obstante, en esta ocasión, no veía ni una pisca diminuta de algo bueno.

Llegó a su habitación con lágrimas acumuladas alrededor de los ojos, veía entrecerrado por la hinchazón que tenían estos; algunas chicas, muy buenas, se acercaron a consolarlo, diciéndole que su madre tarde o temprano se daría cuenta de su error, que no era mala persona, pero a pesar de que lo agradecía, no era el consuelo que él estaba buscando. Necesitaba a sus amigos, a Lovino.

— ¿Antonio? —la voz de Gilbert lo distrajo de sus pensamientos, se encontraba al lado de Francis, ambos recostados en la cama del rubio, mirando una película. — ¡Qué te ha pasado, hombre! —ambos se levantaron casi corriendo al ver su semblante tan menguado. Se pusieron a su lado, Francis cerró la puerta y Gilbert lo sostuvo del brazos.

Las fuerzas de Antonio entonces llegaron a su límite ya que todo el día llevaba sin comer o beber agua, tan solo la cena del día anterior que no fue más que una manzana y un vaso de leche. Además por la mañana acostumbraba a hacer ejercicio junto a Francis y Gilbert, por lo que su cuerpo ya estaba exhausto. Todo se puso negro ante sus ojos, con los continuos llamados de sus amigos, quedo inconsciente sobre Gilbert.

Lo único que deseaba era que al despertar todo fuera un mal sueño. Lastimosamente la realidad le daría un golpe al hígado, dejándolo en una cuerda floja por el destino incierto al que todo eso llevaría.

Le costó un poco de trabajo abrir los ojos por la mañana, los rayos del sol todavía no pegaban y se sentía un viento frío entrar por hendidura de la ventana. Estaba bien cubierto por las mantas, aunque llevaba todavía el uniforme el cual ya estaba demasiado arrugado. Abajo en el suelo Gilbert estaba dormido, abrigado de pies a cabeza con un gorro y calcetines gruesos, en una colchoneta. Francis dormía en su cama, igual de fino que siempre. Aún adormilado Antonio tomó una de sus cobijas y la puso encima del alemán, quién la recibió gustoso.

Apenas iban a dar las siete de la mañana. Ni un domingo se había levantado tan temprano, ni siquiera en la hacienda.

Todo lo golpeó de pronto en cuanto miró las fotos en su buró. Los niños, las profesoras, su madre, Lovino tan preocupado. Sus ojos le ardieron en cuanto las lágrimas se volvieron a aglomerar en el borde, estaban demasiado irritados para volver a soportar el agua salada. La culpa lo inundó de pronto, esas horas dormido pudo aprovecharlas para dar aviso a Máximo o buscar por las afueras de la ciudad a los pequeños. Fue directo a su teléfono, tenía demasiados mensajes de Lovino preguntándole su paradero, si se encontraba bien; también más al fondo estaban los de sus mejores amigos, preguntándole por lo mismo. Ninguno era de las profesoras, avisando que los niños estaban bien o si ellas mismas lo estaban, intentó marcar una, dos, hasta cinco veces pero nadie contesto, estaban fuera de servicio o apagados.

Llamó un par de veces al abuelo de Lovino, nadie contesto, decía que el número estaba apagado y su buzón de voz inactivo. Lo único que se le ocurrió fue alistarse para ir rumbo a la estación de policía a pedir informes y ofrecer su ayuda en los equipos de búsqueda.

Dejó a sus amigos todavía dormidos y tomó una ducha sin esperar a que llegara a su temperatura, estaba helada, pero si esperaba a que se calentara perdería mucho más tiempo. Mientras el agua le resbalaba por el cuerpo, pensó en las palabras de su madre, en su mirada de desprecio al saber que prefería estar con Lovino. Cuando salió del baño, el BFT restante todavía no despertaba, así que dejó una nota para ellos y que llamaran a su celular para cualquier emergencia. Tenía bastante hambre pero sólo tomó un poco de las chucherías que Gilbert y Francis comieron el día anterior y un vaso de refresco que termino por despertarlo.

El pasillo del dormitorio estaba vacío. Antonio se dirigió a la puerta 404, donde tocó suavemente; nadie le contesto, volvió a tocar y se escuchó que alguien abría la puerta.

— ¿Qué haces levantado tan temprano? —preguntó Arthur, al igual que él acababa de tomar una ducha pues su cabello estaba escurriendo. — ¿Estás bien? —realmente debía verse muy mal como para preocupar a Arthur.

—Necesito ver a Lovi, ¿puedo pasar? Prometo no despertarlo. —sonrió seco, causándole un mohín al británico.

—Lovino no durmió aquí anoche. —Arthur abrió la puerta para que pudiera entrar, Antonio notó que en efecto, la cama de Lovino seguía intacta. —Pensé que estaba contigo, no lo he visto desde ayer por la mañana.

—Tuvo una reunión con su padre. —suspiró, tallándose la cabeza, salpicando unas gotitas de agua. —Demonios, lo olvide por completo.

—Antonio, estás demasiado pálido. ¿Quieres ir a la enfermería?

—No tengo tiempo para esas cosas. —cortó, girándose a la puerta. —Siento haberte molestado, por favor si Lovi vuelve dile que me marque a mi teléfono.

—De acuerdo. —Arthur cerró la puerta detrás del hispano, todavía preocupado por él. Quizás solo estaba siendo paranoico, Antonio siempre estaba bien, incluso aunque el mundo se acabara.

—.—.—.—.—

Lovino despertó con una terrible jaqueca, no sabía a qué hora paro de llorar, tal vez hasta las cuatro o cinco de la mañana que cayó del cansancio. Y ahora despertó a causa del maldito sol entrando por la ventana, también el calor que le comenzaron a dar las cobijas, miró el reloj de al lado, eran las doce del día y sus tripas lo sabían, pues empezaron a pedir comida.

Su teléfono sonó luego de que saliera del baño, asustándolo. Una mirada de tristeza se puso en su rostro en cuanto vio el nombre en la pantalla, era Antonio. Luego de dejarlo sonando hasta que este desistiera miró todas las llamadas y mensajes perdidos, tenía alrededor de diez desde las siete de la mañana.

El italiano se sentó en la cama destendida con el teléfono en sus manos, las lagrimas volvieron a recorrer sus mejillas. ¿Qué se supone que hiciera ahora? ¿Terminar con Antonio? No podía hacer eso, lo necesitaba más que nunca. Quizás podía llegar a un acuerdo con su maldito padre para que lo dejara en paz de una vez, aunque eso pudiera significar perder para siempre a Feliciano o a su abuelo.

Tomó el teléfono del hotel, marcando el número de servicio a la habitación. Algo de comida le podía ayudar a pensar mucho mejor. Tardó un poco en llegar, pero Lovino aprovechó para ducharse y alistarse; la mucama no le dijo que tenía poco tiempo para comer, ya que su estadía en el hotel solo había sido por una noche.

No obstante, pronto descubrió la razón.

Su padre tardó poco más de quince minutos en pararse delante de su puerta, mostrándole el recibo por la habitación. La rentó por la mitad de la tarde.

— ¿Qué estas haciendo aquí? —con voz cansada, casi rota, Lovino lo dejó entrar.

—Pensé que habías dicho que protegerías a Antonio sobre todas las cosas. —comentó él, a paso lento, mirando los detalles del lugar. — ¿Y qué ha pasado ayer? —le dio una sonrisa ladina, que provocó un ajetreó en el estomago de su hijo.

—Dije que sería a tu manera, ¿no es eso lo que quieres? Dejaré a… dejaré…—se quedó callado ante la atenta mirada de Blas. Lovino no podía hacerse a la idea, ni siquiera de pronunciar esas palabras.

—No, eso ahora no me conviene. —dijo Blas, negando con la cabeza. —Ya te dije que todavía tengo tratos con su padre. Esa clase de personas no saben separar los negocios de la familia, así que es mejor ser precavidos, Lovino.

— ¿Serías capaz de interferir con la relación de Feliciano? ¿De verdad? —Lovino sentía todo el cuerpo cansado, ni siquiera las energías del desayuno le fueron suficientes para estar sosteniendo esa platica con Blas. —No lo es, ¿cierto?

—Todo depende de ti, Lovino. —sonrió. —Ya te he dicho que la responsabilidad de un hermano mayor es dar todo por el menor. La sangre ante todo, lo sabes, pero parecía que lo hubieses olvidado así que ¿qué podíamos hacer? Elaborar una forma de hacerte recordar, por supuesto.

— ¿Lo estás haciendo absolutamente por mí?

—Oh, no. —pareció que la idea le pareció graciosa, pues hizo una mueca de diversión y desagrado. — ¿Qué crees que pase si su padre se llega a enterar que la empresa puede convertirse en fantasma y que el "querido" Lovino le ha roto el corazón a la persona que más ama en el mundo?

—Eres un maldito enfermo. —reprochó, impotente. —Quieres que sean los Fernández los que rompan todos los lazos con mi abuelo.

—Tu cerebro comienza a funcionar, Lovino. —alzó sus manos, diciendo entre líneas que no era capaz de detenerlo. —No me mires con esos ojos. Si mi padre y tú se mantuvieran al margen, esto no estaría pasando con una linda familia. Es la culpa de ambos también, no intenten dejármela solo a mí.

— ¿Dónde están los niños del orfanato? —prefirió cambiar de tema antes de que sus palabras perforaran su cerebro. Aquello no era su culpa, debía mantener la cabeza firme ante ese pensamiento, ya que al momento donde sucumbiera ante él, Blas lo tendría por completo en la palma de su mano.

—Oh, los niños están bien. —dijo Blas, paseándose observando las dos pintura de la habitación, las cuales eran flores. —Cada uno ha sido dispersado a una buena casa hogar, incluso las dos profesoras consiguieron un trabajo estable.

Lovino lo observó escéptico.

—Sólo que Antonio tiene una versión distinta de los hechos, claro. —comentó como si fuese lo más natural del mundo.

— ¿Por qué me estas contando esto? Sabes que a la primera oportunidad se lo haré saber.

—Ay, Lovino. —suspiró decaído su padre, sentándose en la silla que rodeaba la mesa que aún tenía el desayuno a medio acabar de su hijo. —La primera opción que yo veo es que él solo piense que lo estás intentando animar, y la segunda, mucho más probable es que te crea, pero ¿qué te dice que no haré lo que se me antoje una vez que lo sepa?

—Tú…

—Tengo dinero, contactos y poder para hacerlo. Y una vez que se enteré, quedaras como mentiroso a sus ojos. ¿Será bueno para su relación?

Lovino se sentó delante de su padre, con ambas manos sobre su cabeza, buscando una buena solución a todo ello. Blas lo observaba con gracia, encontraba algo placentero en hacer todo eso.

—No me creas tan malo, hijo. Mira, como buen padre te daré un regalo. —sonrió. Lovino lo miró, él de verdad estaba pensando que era bueno. —Te dejaré estar con Antonio hasta finalizar noviembre. ¿Es bueno, no? Después tienes que deshacerte de él o si no quieres hacerlo, yo puedo lo haré por ti.

— ¿Qué dirá mi abuelo de todo esto? —contratacó con la última carta que su mente sacó.

— ¿Importa? —alzó una ceja, incrédulo. —Sólo tienes que obedecerme a mí, Lovino. Soy tu padre.

—Una vez que él se enteré…

— ¿Me estás provocando? —hizo el sonido de una serpiente en su boca, negando con la cabeza. —Creo que no entiendes quién está a cargo aquí. Además, mi padre esta en unas vacaciones muy lejos de aquí, patrocinadas por mí, vieras la sonrisa que puso cuando se las regalé. ¿No querrás quitarle la felicidad, verdad?

El italiano se sentía en un hoyo sin salida, con la oscuridad y el mundo absorbiéndole cada vez mas lejos. La luz que emitía Antonio poco a poco se comenzaba a alejar.

— ¿Qué hay de Feliciano?

La mirada de Blas entonces pareció cambiar a una mucho más dura y fría. —Si mi hijo o Bianca llegan a cambiar su percepción de mí, entonces puedes irte despidiendo de tu querido pueblerino. ¿Lo entiendes?

—Más que nunca. —sonrió melancólico. Blas se levantó y se fue.

Lovino pensó que encontrarse en la otra vida, tal y como Antonio se lo dijo, ya no sonaba tan descabellado.

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Arthur despidió a Toris con la mano cuando él dijo tener que hacer algo en la biblioteca. Alfred en cambió seguía estudiando bajo la presión de su novio, ya que pronto se harían nuevos exámenes, los más importantes del año pues evaluaban si podían seguir en la escuela o no.

—Mi cerebro esta cansado, Arthur. —chilló, golpeando su cabeza contra el libro. —No puede caberme más información en el cerebro. Necesito una hamburguesa, las hojas que me das de comer no me sirven.

Alfred miró a su novio, ningún reproche salía de su boca, estaba distante, demasiado distraído para el gusto del americano.

— ¿Arthur? —el silencio le contestó, incomodándolo. — ¡Arthur!

— ¿Eh? —parpadeó un par de veces el inglés, volviendo la atención a su novio. —Esta bien Alfred, puedes dejar de estudiar. De todas maneras faltan dos semanas, vamos a hacer otra cosa, ¿quieres comer?

— ¿Te sucede algo malo? —preguntó, girando su silla para quedar delante de Arthur. —Sabes que puedes decírmelo.

—Lo sé. —sonrió, cálido. Acarició su cabello, poniendo un mechón largo detrás de su oreja. —Estoy bien.

Alfred tomó su mano entre las suyas, sin despegar los ojos de su novio. Arthur le evitó por unos segundos la mirada antes de volver a centrarse en él; no podía contarle todavía sobre la oferta de la universidad, tenía mucho que pensar, sin embargo, no quería descuidar a Alfred por ello. Todavía no deseaba separarse de él.

—Te amor, Arthur. —dijo Alfred, poniendo sus labios sobre los suyos. El inglés se sorprendió al verlo tan cerca, debía dejar de sumergirse en sus pensamientos, le estaba faltando el respeto a Alfred por no prestarle atención.

—También te amo. —comentó entre el beso, rodeando con suavidad el cuello de su pareja con ambos brazos. Las palabras salían con más naturalidad cada día, Alfred lograba que bajara todas sus defensas sin ni siquiera esforzarse. —No tengo hambre todavía, ¿podemos quedarnos aquí viendo una película?

—Yo quiero una hamburguesa. —bufó el otro.

—No, estas en desintoxicación de hamburguesas. —rio Arthur, negando con el dedo. —Al menos espera estas dos semanas, que empezando la siguiente vamos a empezar a ir al gimnasio.

—En internet dicen que si tu novio te quiere cambiar es porque no les gustas. Es toxico.

—Todo es toxico para la gente de internet. —suspiró Arthur. —Además, no es que no me gustes, pero no quiero que tengas una enfermedad. Ellos no se van a preocupar por ti cuando eso pase.

Los ojos de Alfred destellaron alegres, un sonroso se hizo presente en su cara y atrapó a su novio en un fuerte abrazo de oso, haciendo que ambos se enroscaran entre las piernas contrarias. Arthur se quedó quieto sin saber el por que de la reacción contraria, pero respondió el abrazo.

—Te quiero, te quiero mucho, Arthur.

El británico le palmeó suavemente la cabeza, intentando quitárselo de encima. —Ya lo he entendido.

—De verdad te amo.

Ambos se quedaron recostados en la cama, mirándose directo a los ojos. Arthur comenzó a reír bajo, recordando el primer día que lo conocía, gritando que lo derrocaría del puesto presidencial, de eso ya casi un año. Alfred lo había conocido por completo en tan poco tiempo que sabía que si algún día se formaba una pelea entre ellos, el americano tendría todas las de ganar.

— ¿De qué te ríes?

— Arthur Kirkland, ríndete ante el increíble poder del héroe. —citó aguantando una carcajada. Alfred se sonrojó por completo, avergonzado de su primer encuentro.

—N-No tienes que recordar cosas tan vergonzosas.

—Es imposible que me pidas olvidarlo, diste toda una mala impresión. —le beso los labios, dándole una sonrisa ladina. — ¿Y? ¿Acabaste con el príncipe y el Rey de las Sombras? —preguntó, acariciándole el rostro, retirándole los lentes para evitar que se lastimara.

—Descubrí que el Rey era más frágil de lo que pensaba. —murmuró, apretando más a Arthur contra su cuerpo.

— ¿Y el príncipe?

—Me enamoré de él. —Alfred pegó por completo su frente con la de él, dejando un firme agarre en sus caderas. —Muy cliché, ¿no?

—Nosotros somos un cliché. —dijo Arthur, volviendo a tomar sus labios.

—.—.—.—.—

—Tienes que tomar al menos el desayuno, Antonio. —regañó Francis, poniendo las manos en la cintura.

—Estoy perdiendo tiempo.

— ¿Y que hay de la escuela? Los exámenes están cerca, no puedes perderlos.

Justo el día anterior llegó a duras penas antes del toque de queda, por poco no lo dejaban entrar. Y al igual que el sábado no comió nada en todo el día; se había quedado medio día en la estación de policía y después él por su cuenta fue a buscar por la calle alguna pista, algún extraño del que se pudiera sospechar o algo similar.

— ¿Crees que me importan los exámenes en estos momentos? Estoy muy preocupado. —contradijo, frunciendo las cejas.

—Para eso esta la policía, incluso Gilbo te comento ayer que podía pedir apoyo de su familia. Tranquilo, estoy seguro que van a aparecer, debió ser un mal entendió por parte de los agentes. —su mejor amigo le puso la mano en su hombro, buscando tranquilizarlo. —Quizás estén lejos pero a salvo.

—No lo sé, Fran. No puedo dormir pensando en que la pueden estar pasando mal. —suspiró al final, dejando su peso descender en sus hombros.

— ¿Has hablado con Lovino?

—Ayer por la noche lo encontré, está bien. Le conté lo sucedido pero llevaba prisa, seguro para encontrar a Feli, ya sabes que cuando se encuentra con su padre le da tareas por hacer. —explicó Antonio, haciendo un mohín. Lovino también debía estar pasándola mal.

— ¿Le comentaste lo de tu madre? —preguntó Francis, preocupado, con la mano tallando su barbilla. Antonio negó con la cabeza, afligido. — ¿Le dirás?

—Sí, pero será luego. —suspiró. —Ahora su padre esta metido en su cabeza, sería darle un peso más encima y no quiero que sufra. Sé que le dolerá, pero creo que él no me perdonaría si no le cuento, dijimos que no más secretos después de lo que paso con Bel.

— ¿No te estás preocupando demasiado por Lovino? —susurró Francis, luego resopló. Su amigo no lo alcanzó a escuchar. — ¿Qué hay de ti? ¿Cómo te sientes?

—Yo pensé que mi plan funcionaría, no quería que mis padres me reprocharan mi relación con Lovi, así que me quede en silencio durante su divorcio. Desgraciadamente, ella no lo tomó de la mejor manera, lamento no conocer a mi hermano, pero dejar a Lovi es algo que no pienso hacer. —se puso de pie, tomando una sudadera. Su determinación subió un poco al pensar en su novio. —Volveré a buscar en las calles, ¿crees que puedas cubrirme hoy en la escuela?

—Antonio…

Francis miró a su mejor amigo salir por la puerta, no es como si pudiera detenerlo de todas maneras; no obstante, no era eso lo que lo tenía preocupado, sino los sentimientos de este. ¿Cuánto podría aguantar antes de quebrarse por completo? Además… ¿qué tan desastroso sería? Francis no estaba acostumbrado a ver al español en ese estado, pocas veces lo vio deprimirse o estar enojado por algo, y a comparación de esas ocasiones, estas eran mucho más graves. ¿Qué pasaría con su mejor amigo? ¿Sería capaz de aguantar tanto con una sonrisa?

—Toño, ya llamé a mi padre. ¡Puedes alabar a mi asombrosa e increíble persona! —gritó Gilbert entrando de un portazo a la habitación. — ¿Eh? ¿Dónde está?

—Decidió seguir su búsqueda sin sentido. —suspiró Francis lleno de pesadumbre. — ¿Has visto a Lovino?

—Humm… no. —contestó Gilbert en un gruñido sentándose a su lado. Ambos se quedaron mirando a la pared. —Iré con él, ¿estarás más tranquilo así?

— ¿Cómo se supone que me tranquilice? Estaré preocupado por ambos, los dos no pueden estar faltando a clases. —reprochó. —Y si tu hermano se entera me matará a mí primero.

—Iré. —le dio una palmada rápida en la espalda. —Tranquilo, Fran, él estará bien porque nos tiene a nosotros y a la princesa. Y más importante, a nosotros.

Gilbert salió corriendo en busca de su amigo, seguro iría a uno de sus árboles especiales para poder trepar por ahí. Ver tan preocupado a Francis le causaba un crudo escalofrío al albino, ¿realmente estaría Antonio tan mal? Siendo francos sabía que la relación de Antonio y Francis era mucho más estrecha que la de Antonio con él o la de Francis con él. Ellos tenían algo mucho más especial, lo cual cada que se lo ponía a pensar, lo ponía triste.

— ¡Antonio! —llamó al verlo. Para desgracia del alemán, se encontraba con Lovino.

—No puedes faltar a clases como si nada, los exámenes están próximos. —le reprochaba justo cuando llegó Gilbert. Casi de inmediato el albino puso una mala cara al verlo, Ludwig le contó su pequeño encuentro el día anterior, mucho antes de que Feliciano llegará con la noticia de que aceptó su relación. —Uh, patata bastarda.

Antonio se giró a su amigo y él de inmediato comprendió porque Francis tenía esa intranquilidad en sus ojos. A pesar de sólo llevar dos días así, se veía demasiado descompuesto; ojos hinchados por el llanto, al igual que sus labios seguro por estárselos mordiendo, ni siquiera se había peinado su cabello, ahora el largo le llegaba casi al hombro y salía disparado por todos lados.

—Lo siento, Lovi, tengo que ir. —besó su frente con suavidad, sintiéndose mucho más reconfortado al momento, en que supo que tenía a Lovino todavía a su lado. El italiano sonrió por lo bajo. —Volveré por la tarde, ¿de acuerdo? Comeré algo por ahí, aunque primero necesito ir al baño. —vio el que estaba al lado de la cafetería, por lo que se despidió con otro beso corto y fue casi corriendo.

Lovino y Gilbert se le quedaron viendo hasta que se perdió en la puerta.

— ¿Irás con él? —preguntó Lovino. —Asegúrate de que coma bien, estúpida patata.

—Tú no me hables. —protestó el albino, molesto. — ¿Por qué te has metido en la relación de West y Feli? Esta bien, yo tampoco sabía, pero no es como si hubiesen cometido el mayor pecado del universo.

— ¿Eh? —una venita sobresaltó en Lovino, comenzando a fastidiarse.

— ¡Él quiere mucho a Feli!

—Yo sólo dije lo que es obvio. —contestó Lovino, ignorando a su berrinche. — ¿Por qué otra razón estaría con el idiota de mi hermano?

—Mira, imbécil, que te lo hagan a ti todo el tiempo no significa que Feli tenga la misma puta suerte que tú. —reprochó de nuevo, limitando sus brazos a sus costados, si Antonio no estuviera por salir ya hubiese remarcado sus palabras con puñetazos. —No compares a Feli con la mierda de persona que eres tú.

A Lovino le comenzó a crispar una ceja a causa del enojo. — ¡Me vale una hectárea de mierda! —se puso firme, haciéndole frente al alemán. — ¡Llévate a tu puto hermano y dejen en paz al mío!

—Voy a luchar por que West sea feliz. —gruñó Gilbert. Antonio iba saliendo del baño confundido por las reacciones de ambos. —Porque eso hacen los hermanos, buscar que sus hermanos menores sean felices.

—Inténtalo. —retó Lovino. Mantenía una sonrisa interna, a Gilbert se le caería la cara de la vergüenza cuando su hermano lo calmara diciéndole que su relación ya había sido aceptada.

—Eres una mierda, princesa. —Gilbert escupió a un lado, sin apartar sus ojos rojos de los contrarios. —Un jodido egoísta que sólo busca su felicidad.

—Eso no es verdad, Gilbert. —comentó Antonio, llegando a defender a su novio.

—No te metas, Antonio.

Pese a que Lovino se encontraba enojado con Gilbert en ese momento, sintió que el aire se volvía asfixiante cuando Antonio y Gilbert chocaron miradas, diciendo miles de palabras con sólo un vistazo. Una presión similar a la que sintió al enfrentarse a Scott. Paso saliva, sin saber qué hacer, podía mandar a Gilbert a la mierda y llevarse a Antonio de ahí, o podía remarcar el hecho que Antonio estaba de su lado, lo cual seguro heriría a la maldita patata apestosa.

—Tch. Tengo que ir a clases. —bufó al final, siguiendo su camino, repitiéndose una y otra vez que aunque lo detestará, Gilbert era uno de los amigos mas queridos de Antonio y lo que menos quería era provocarle más dolor a su novio. Con lo que vendría sería suficiente.

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Arthur miró con desagrado a Iván, él tenía que ir a clases pero el ruso lo interceptó antes de llegar, diciendo que debían arreglar unos asuntos pendientes. Aún no le acababa de agradar, siempre sonreía y le causaba repelús, no era una mueca franca como la de su Alfred, sino.. una mucho más siniestra.

—Arthur. —dijo su nombre con ese tono lleno de azúcar. —Me enteré de tu carta a Osaka, ¿ahí es donde estudiará Kiku?

—Es un crimen estar revisando la correspondencia de los demás. —cortó de pronto.

—No revisé nada. —explicó Iván, recargándose en ambas manos, resaltando su curiosidad en su par de ojos violetas. —Verás, el domingo por la tarde el director de la universidad llamó a mi padre, creo que intentó convencerlo de que hiciera lo propio contigo, de verdad te quieren este año. Luego investigué el porqué, resulta que habrá una competencia de universidades en Japón, necesitan el prestigió de todos los candidatos. Estoy seguro de que es una gran oportunidad para ti.

— ¿Y? Eso no tiene nada que ver contigo. —bufó, negándole la mirada al voltear la cabeza. —No metas tus narices donde no te llaman.

—Pero sí me importa, Arthur. —contestó el ruso, afligido. —Verás, mi padre no quiere que dejes la escuela tan pronto, pero eso depende de ti. Me ha pedido que te convenza, y yo le he dicho que no es necesario, ya que no abandonarías al héroe aquí, ¿verdad?

Los ojos del británico se dirigieron al suelo.

—Ya veo. No has tomado una decisión todavía.

— ¿Puedo irme a mis clases ahora? —preguntó, tomando su maletín. Iván asintió imitándolo.

—Yo te recomendaría no ir. —dijo Iván, antes de salir. Arthur lo contempló, incitándolo a continuar. —Si te vas, creo que perderías un año importante en tu vida, ahora puedes darte un respiro porque tu hermano no te esta pisando los talones y estás feliz con Alfred.

—Iván…—los ojos de Arthur se abrieron con sorpresa, formando una diminuta sonrisa. Iván tenía sentimientos buenos después de todo, quizás como era un año mayor que él, lo veía como un ejemplo a seguir y esa era su manera de decirlo sin avergonzarse.

—Además, si te vas será muy fácil aplastar a Alfred. —dio una risilla cantarina y se adelantó.

— ¡No lo hagas! —reprochó, dándose un golpe suavecito en la mejilla por creer semejante cosa. Las niñerías de Alfred ya se le estaban pegando.

Arthur llegó cinco minutos después de que el profesor entrara, así que recibió la mirada de todos, algunas desaprobatorias. Él pasó sin mirar a nadie, remarcando que ellos no tenían derecho a juzgarlo. Extrañamente no vio el desorden causado por el Bad Friends Trio. Sólo Francis estaba en el aula y parecía sumamente distante a ella, no parecía tener ganas de conversar con nadie; tuvo que sentarse al lado de Emma, que tenía la única banca disponible, la chica también estaba en su mundo, haciendo alguna clase de tarjeta a primera hora de la mañana.

De todas maneras Arthur también se desconcentró por la mitad de la clase, la carta seguía resonando en su cabeza. Quizás sería buena idea comentarle a Alfred, su padre le había conseguido todo el mes de noviembre para pensarlo, así que faltaba bastante para su respuesta, no debía apresurar las cosas. Además aún no estaba seguro de como reaccionaria su novio, ¿y si le pedía que se quedara, sería capaz de sacrificar tan buena oportunidad por amor?

La clase terminó antes de lo previsto, el profesor salió y Arthur se recostó en la banca con dolor de cabeza, observando a su compañera colorear como niña pequeña.

— ¿Qué estás haciendo, Emma? ¿Una carta para tu hermano? —preguntó, cerrando los ojos.

Bel lo miró, frunciendo la boca en desaprobación. —No. Ayer fue el cumpleaños de Scott, mi hermano me lo dijo por la noche, Arthur. ¿No lo pasaste con él?

Maldición, ¿por qué tuvo que preguntar?

—Scott y yo ya no hablamos más. —comentó en voz baja, solo para que ella escuchara. —Ambos estamos bien con la distancia, Emma.

Ella pareció no querer comentar nada, después de todo no había nada que pudiera hacer para cambiar la decisión de ambos. Al menos a Arthur le alegraba un poco que Scott no estuviera solo por completo, Emma y Govert, aunque este último diera miedo, eran buenas personas, sin duda se mantendrían a su lado.

— ¿Sabes dónde están Toño y Gilbo? —Emma cambió de tema, dirigiéndole una sonrisa gatuna. —No he visto a Toño desde el sábado.

—A decir verdad, no. Seguro que la rana sabe.

—Fran esta bastante distraído hoy. —ambos miraron a la banca de Francis, él miraba por la ventana, manteniendo el cuaderno de la clase anterior todavía sobre la mesa.

—Debe estar pensando en el próximo desfile de modas. —ridiculizó Arthur, justo cuando el profesor entraba al aula.

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—Lo siento, Toño. —se disculpó Gilbert por tercera vez siguiéndolo por detrás. —Debes admitir que la princesa también se paso de la raya con West. Sólo estoy defendiendo a mi hermano menor.

Ya habían salido de la escuela, y pese a las quejas de Antonio, Gilbert lo siguió.

—Lo sé, pero me da coraje que le grites a Lovi. —reprochó, volteando siempre a todos lados, por si llegaba a ver algo. —Sé que él puede ir bastante lejos cuando se trata de proteger a Feli, tampoco estoy de acuerdo con sus métodos utilizados. Feli merece ser feliz.

— ¡Y West también! —remarcó alzando un puño. — ¡Él es casi tan asombroso como yo!

—No debí exaltarme, Gilbo, perdón. —se disculpó dándole un abrazo. El albino sonrió, correspondiéndolo casi de inmediato. —Vamos a seguir buscando, ¿de acuerdo?

Luego de al menos tres horas sin encontrar algo sospechoso, Gilbert metió a la fuerza a Antonio a un restaurante, pidiendo el almuerzo para ambos. Ya que el español parecía estar a punto de caerse desmayado.

— ¿Cómo piensas ayudarlos si te estás descuidando tanto? Te vas a deshidratar si continuas así, ni siquiera has traído una botella de agua. Y no comes desde antier. —le reprochó, molesto. —Fran me encargo cuidarte, así que haré mi trabajo como tu asombroso y magnifico amigo.

—Gracias por cuidarme Gilbo. —sonrió a medias. —Tú y Fran son mis mejores amigos.

—Sé que Francis es tu mejor amigo. —dijo Gilbert, ladeando la cara a la avenida, varios autos pasaban y él simulaba verlos. —Yo sólo soy tu amigo, ustedes comparten más cosas juntos.

—Eso no es verdad, Gilbo. Tú también eres mi mejor amigo. —manifestó Antonio, ofendido. —Eres tan importante como Fran o Lovi en mi vida.

—Yo… sé que soy asombroso, pero…—las mejillas se le sonrojaron, ser reconocido de esa manera le alegraba bastante. —Está bien.

—Acabemos de comer esto, quiero seguir buscando.

Antes de terminar con el desayuno un mensaje de una de las profesoras le llegó a Antonio, este lo abrió casi de inmediato, atrayendo también el interés de Gilbert. La sonrisa que puso su amigo entonces fue suficiente para que el corazón de Gilbert se alegrara por completo. Unas cuantas lágrimas de felicidad se escaparon de sus ojos.

— ¡Todo está bien, Gilbo! ¡Ya los encontraron! —sacudió sus manos con emoción, limpiándose las lágrimas. —Mira, incluso me adjuntaron varias imágenes de ellos y sus respectivas direcciones.

—Te dijimos que seguro era una confusión. —suspiró Gilbert, Antonio asintió con la cabeza, feliz. —Me alegra que todo este resuelto ahora, ¿quieres que vayamos a verlos?

La sonrisa del hispano flanqueó por un momento, mostrándole a su amigo su celular. A varios de ellos los habían llevado a diferentes estados, bastantes alejados que al menos tardarían un día en llegar.

—Lo siento, Toño.

—No, esta bien, me da gusto que estén a salvo. —sonrió, abrazándolo. —Esa era mi prioridad, ya tendré vacaciones para ir a visitar a uno por uno.

Mientras dejaba un momento solo a Antonio para ir al baño Gilbert pensó que aquello era demasiado extraño, si algo le había enseñado su padre como detective privado era a desconfiar de las casualidades. ¿Acaso aquello no era demasiada suerte? Los niños desaparecían, la policía federal se metía y formaban todo un teatro, luego ellos volvían a aparecer como si todo fuera planeado y hubiese sido descubierto.

Sacudió su cabeza, debía dejar de ver películas policiacas y de hablar con su padre sobre sus casos. Era imposible que alguien quisiera dañar a los niños o a Antonio.

Mientras tanto en la mesa Antonio le avisaba a Lovino y a Francis sobre el reciente mensaje, diciendo que pasaría rápidamente con la policía para corroborar. Francis le mandó un montón de caritas de felicidad, en cambió Lovino contestó con un breve mensaje "me alegro mucho".

Después de todo, ¿qué preció pagó Lovino por ello?

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Govert se acercó a Lovino, tirándole encima de la mesa dos hojas engrapadas. El italiano se alzó, contemplando sin llegar a entender a que venía todo eso. Sus compañeros de salón casi se amontonaban en una esquina, queriendo alejarse todo lo posible del holandés.

— ¿Qué es esto?

—Pensé en lo que me dijiste. —Govert se aclaró la garganta, evitándole la mirada a Lovino. —Sobre cuidar a mi hermana.

— ¿Ingresarás a la universidad de Gakuen? —dijo Lovino, leyendo las hojas. Sí que era una sorpresa bastante agridulce, por una parte, feliz de que su amigo se quedara y por otra, las palabras de su padre no le daban un respiro ni un solo segundo.

—Lo medité bastante con mi almohada. Y esta me dijo que llorarías demasiado si me veías marchar.

— ¡Nadie haría semejante cosa por un imbécil con complejo de hermana! —protestó el italiano, poniendo mala cara.

—En fin. Solo vine a comunicártelo. —tomó de nuevo las hojas, y de marchó en dirección a la puerta.

Lovino volvió a recostarse en su pupitre. ¿Por qué todas las cosas comenzaban a salirle bien cuando debía alejarse de todos?

Matthew detrás de él observaba angustiado a su amigo, desde el inicio de clases había estado apagado. Toda esa energía que tenía renovada regresada de vacaciones se esfumó en un instante, y el canadiense no sabía la causa. Las última semanas parecía llevarlo bien, sin embargo, pudo cambiarse en un fin de semana. ¿Qué sería tan grave para que ni siquiera le alegrara lo que su amigo le decía?

Al terminar las clases Matthew se decidió a alcanzarlo, Lovino apenas reparó en él.

— ¿Hay algo en lo que te pueda ayudar, Lovi? —llamó con su voz tranquila, esquivando a los estudiantes que no lo veían. —Luces muy triste.

—No hay nada que se pueda hacer. —suspiró más para él. Matthew no dijo nada. —Él tiene todas las de ganar y yo todas las de perder.

— ¿De quién hablas?

Él le sonrió abatido, luego pareció reaccionar y volvió a tomar confianza en su persona, mostrando a su yo de siempre. Las cejas del canadiense crisparon suavemente ante tal cambio, desconcertado. —Nada. —cortó de pronto Lovino, adelantándose. Matthew ya no buscó seguirle el paso, estaba seguro de que algo estaba ocultando, él conocía esas facetas muy bien, las usaba su madre en el pasado al querer mentirle diciendo que todo estaría bien. Sólo esperaba que lo de Lovino en el futuro sí estuviera bien.

Recibió una llamada de su padre casi una hora después de finalizar sus clases, parecía que Blas no podía aparecer o llamar en otro momento donde no estuviera comiendo, pues era justo lo que estaba haciendo.

Ya hice lo que me pediste. —dijo aburrido. —Deberías saber que le quitas el sazón a las cosas, no esta mal divertirse de vez en cuando, Lovino.

—Cumpliré mi parte del trato. —contestó su hijo, ignorando todo lo demás. —Sólo deshaz todo.

Uhmmm…—Blas pareció divagar el otro lado de la línea. —No puedo hacer lo de su padre, eres consiente de eso, ¿no? Si paro la empresa entonces toda su inversión se perderá y si no lo hago él seguirá siendo un buen socio mío, así que no hay trato en ello. A mí me conviene que la empresa siga funcionando y a él también, estoy seguro. —explicó.

— ¡Tú dijiste que lo harías!

¿Entonces lo hago? —su voz contenía un deje de burla que prendía la furia en Lovino. —Por mí está bien, yo no pierdo nada si disuelvo la empresa ya que no invertí en ella.

Lovino cortó con brusquedad la llamada, poniéndose de pie con la misma intensidad decidió ir rumbo a su habitación, esperando a que Arthur no estuviera ahí. Quería soledad, que sólo él pudiera ver sus lágrimas. Sin embargo, Antonio lo interceptó mucho antes de poder llegar, corriendo le llegó con un abrazo por la espalda, un temblor recorrió al italiano y con todas las fuerzas del mundo, tragó su dolor.

— ¡Lovi, ya todo esta bien! —gritó llenó de alegría. Le dio un par de vueltas en el aire antes de volver a dejarlo en el suelo. —Fue un malentendido, hubo una serie de confusiones y creyeron que era una trata de personas o algo así, todo se resolvió. Los niños están a salvo.

—Me alegro por ellos y por ti.

— ¿Te sientes mal, Lovi? Luces extraño. —un piquete en el pecho de Lovino llegó, descomponiéndolo por un momento, como siempre Antonio podía ver a través de él.

—Sólo estoy algo cansado. —fingió una molestia, arrugando las cejas. —Ya sabes que el fin de semana me la pasé con el imbécil de Blas y muy preocupado por ti. —le dio un golpe para remarcar lo último. Al menos el color de Antonio había mejorado desde la mañana.

—Lo siento mucho, sé que te prometí acompañarte y luego te corté la llamada, pero fue un asunto que me preocupo bastante. —suspiró, dándole un corto beso en los labios.

Varias chicas llegaron atrayendo la atención del español, detrás de ellas estaba Gilbert quién parecía aliviado de encontrar a Antonio, pues se había echado a correr sin más. El albino se situó al lado de Lovino, contemplando que el príncipe de la escuela volvía a brillar entre las chicas.

—Luces como mierda. —dijo Gilbert en voz baja a Lovino, sumergiendo sus manos en los bolsillos de su pantalón.

—Tú te miras igual todos los días y no suelo recordártelo. —contratacó Lovino, frunciendo el ceño. Usualmente ellos se miraban con riña al terminar de insultarse, pero esta vez Gilbert parecía analizarlo con sus jodidos ojos rojos. Maldito alemán imbécil, ¿quién se creía para verlo de esa manera? Le sacó el dedo de en medio antes de irse rumbo a Antonio, separándolo de las chicas al tomarlo de la mano.

¿Quizás después de todo no había sido una coincidencia?

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— ¿Qué crees que sea lo mejor, Kiku? —preguntó Arthur luego de haber expuesto el tema de la universidad. El japonés estaba bastante tranquilo como siempre, bebiendo una taza de té.

—Creo que debería permanecer aquí. —dijo al fin, terminando de meditarlo. —No lo malentienda, Arthur-san, me encantaría que me acompañara en la universidad y poder vernos todos los días, como siempre, pero soy consiente de que usted en este momento es mucho más feliz aquí. Las cosas llegarán a su debido tiempo, hay que saber esperarlas.

— ¿Y si no me aceptan en la universidad para el año que sigue? —lo miró serio, agradeciendo su reflexión. —Ya no estaremos juntos.

Kiku se inclinó al inglés, acercándose demasiado, logrando incomodarlo. Lo observó detenidamente y al final le dio un golpecito en la frente.

—Arthur-san. ¿Irá a la escuela a estudiar o a estar conmigo? —cuestionó volviendo a su posición inicial.

— ¡Claro que voy por estudiar! —objetó, sonrosándose. —Pero también tu estarás ahí, no me cae mal. Además… me gusto el programa académico, es todo.

— ¿Y a considerado otras opciones?

—No…

El nipones suspiró, guardando su compostura, era consiente del porqué la decisión de Arthur y cuanto le estaba costando aceptarla o negarla. Kiku sabía que su amigo no podía recomponer su autoestima de un día para otro, por más que Alfred estuviera para él, todavía tenía heridas internas, y él al ser la persona con la que Arthur más se abrió, podía verlo como si se tratara de un cristal.

—Arthur-san, usted ya no es el mismo de antes. —dijo de pronto, dejando de lado la taza. —Sé que piensa que yo me perderé o jamás volveremos a hablar. Lo mismo sucede con Alfred.

—Eh, yo-

—Déjeme concluir, por favor. —pidió sin perder el tono sereno y severo. —Usted estuvo solo mucho tiempo, lo sé, fue Arthur-san quién me lo contó. A partir de eso sintió que era su deber estarlo, complacer a su hermano y no necesitar de nadie; eso es diferente ahora, usted en este momento sabe que no tiene que estar solo.

—No entiendo a dónde quieres llegar, Kiku.

—Incluso aunque yo me vaya lejos, no dejaré de quererlo. Seguiremos siendo amigos a pesar de todo. —expresó, sonriente. Arthur lo miró, sorprendido de sus palabras tan directas. —Arthur-san, se puede notar a kilómetros que lo de usted con Alfred no es una relación pasajera, es algo que se embonó casi al instante, pero todavía no se solidifica por completo.

—Kiku…

—A mí realmente me gusta verlos juntos. —confesó. —También ver a Arthur-san tan contento y dulce cuando se trata de estar con Alfred. El año siguiente por más que los dos no quieran, van a tener que separarse, ¿para qué adelantarlo? Mi consejo es que se quede, solidifique esa relación y los dos sepan que su amor a pesar de todo va a sobrevivir incluso aunque estén en diferentes continentes. Hay otras universidades, hay otras oportunidades, tomé un respiro que nadie lo va a juzgar.

Kiku tenía razón, estaba dándole demasiadas vueltas al asunto, si fuera el mismo Arthur que sucumbía a cualquier capricho de su hermano hubiese tenido la respuesta al instante que tomó la carta, hubiera ido sin importarle nada. Pero ya no era el mismo, era mejor, él podía decidir por sí mismo.

Salió con la mente más tranquila. Kiku al parecer debía rellenar varios formularios para la escuela así que declinó la oferta de acompañarlo a caminar por el patio central.

— ¡Arthur! —su novio estruendoso le cubrió los ojos con ambas manos. — ¿Quién soy?

— ¡Tonto, tú voz es demasiado evidente! —reclamó, descubriendo su visión. El americano apretó sus labios, inflando las mejillas. — ¿Qué estás haciendo?

—Nada, estaba buscando a alguien con quién jugar. —suspiró, aburrido. —Y te vi. —le sonrió, esplendoroso como siempre. — ¿Quieres venir conmigo?

—Tch. —chasqueó su lengua, sonrojándose. Alfred le tomó la mano al ver su expresión, se veía demasiado adorable cuando todavía en vano intentaba guardar sus sentimientos.

—Deberías probar ser un poco más adorable, Arthur.

—Soy un hombre, ¿por qué demonios debo ser adorable? —chistó, frunciendo las cejas. Alfred contuvo una risa.

—Si supieras que ya lo eres. —contestó, doblando en el siguiente edificio, rumbo a las habitaciones. Arthur le pellizcó la mejilla, buscando que se retractara. —Si mis mejillas quedan colgando será tu culpa. —acusó. —Tendrás que tomar responsabilidad.

— ¿Ah? ¿Por qué lo haría si tú mismo lo buscas?

—Creo que con mil besos podrían sanar de todas maneras. —sonrió, dándole uno de estos en los labios.

— ¡Deja de juntarte con ese trío de idiotas! —gritó, avergonzado.

Llegaron a la habitación de Arthur, al parecer Lovino se encontraba con Antonio ya que las risas al pasar en la habitación de Antonio y Francis resonaban muy fuerte, entre los chillidos de este por alejarlos de su persona. Arthur sentó a Alfred en la cama, igualando el acto al lado de él.

— ¿Me dirás que te ha pasado por tu cabeza estos últimos días? —preguntó Alfred curioso.

—Sí. Me llegó una carta de la universidad donde pensaba estudiar con Kiku. —contestó, sacándola de un cajón para poder mostrársela.

— ¿Ya te rechazaron sin ni siquiera hacerte un examen? Si que tienes mala suerte. —rio, abriendo la hoja.

— ¡Claro que no, idiota! ¡Es una carta de aceptación!

Alfred dejó de leer, girándose pasmado. Arrugó el papel de los bordes donde lo sostenía. — ¿Te vas a ir? —preguntó, con temor en su voz. Arthur le tomó la mano, pero su novio se la apartó rápidamente. —Ah, con que era por eso… ¿qué podemos hacer? Es una gran oportunidad para ti. —se puso de pie, evitándole la mirada. —S-supongo que podíamos esperar esto, eres el maravilloso Arthur Kirkland. ¿Cómo no iban a fijarse en ti?

—No pienso ir.—aclaró de inmediato, evitando que sus palabras quedaran suspendidas en el aire. —Fue la decisión a la que llegué.

— ¿Por qué no? ¿Te estás deteniendo por mí? —preguntó, afligido. Un montón de emociones se comenzaban a mezclar en su interior, una parte de tristeza y alegría por la oferta de su novio, y la otra porque no quería retrasarlo, deseaba avanzar a su lado. ¿Por qué no podía ser tan inteligente como él?

—No. —suspiró. —Quiero estar contigo, eso es más importante para mí en estos momentos. Sé que es una gran oportunidad, pero… yo no tengo prisa. No he disfrutado nada de mi vida hasta ahora, y justo cuando lo estoy haciendo llega algo como esto, son dos caminos que se abren para darme a probar.

Alfred tiró la hoja y el sobre al suelo, confundido por las palabras.

—Creo… no, estoy seguro que la vida me esta dando a escoger. Si quiero seguir igual toda mi vida, sacrificando felicidad y amor por trabajo, trabajo y trabajo. Ya estoy cansado de pensar únicamente en eso, quiero disfrutar todo lo que hasta ahora me he dado cuenta que tenía y nunca supe aprovechar.

—Arthur.

—Te lo dije la última vez, yo comenzaré a decidir lo que es mejor para mí.

El estadounidense sonrió, acercándose a él, dándole un beso prolongado, chocando sus labios con suavidad, subiendo las manos al rostro contrario. Arthur lo abrazó al sentirlo, con el corazón acelerado. Estaba seguro de que nadie, ni en el pasado, ni en el futuro podría hacerle sentir lo que Alfred provocaba en él. Una explosión de sentimientos que amenazaba con volverlo loco.

— ¿Yo soy lo mejor para ti? ¿De verdad? —preguntó, quedándose a una distancia donde sólo las narices se pudiera tocar. — ¿No te estoy atrasando?

—Estoy avanzando contigo, Alfred. —contestó serio. Él sonrió, buscando su boca de nuevo, dejándolo preso entre sus brazos.

—.—.—.—.—

Lovino infló las mejillas al verse sentado con Ludwig, Feliciano y Antonio, todos en una misma mesa. La alegría de este último si bien no estaba en su cien por cierto había mejorado demasiado. Ocultaba el dolor de su madre demasiado bien, quizás porque sabía que estaba haciendo lo correcto.

Antonio y Feliciano parloteaban sin parar sobre lo recién acontecido en la vida de ambos, sobre la relación con Ludwig y lo del orfanato. Su hermano menor pegó el brinco al escuchar a Antonio, pidiéndole que si ocurría otro problema todos los que habían ido a jugar con los niños ayudarían. El corazón de Lovino se comprimió, ¿qué pasaría si la perfecta imagen de su padre se le borraba a Feliciano? Era obvio que si pasaba traería consecuencias, sin embargo, ¿qué tan bien lo aceptaría él?

Él que siempre fue amado, él que nunca fue separado de ellos, él que no sabía nada de nada. Él que podía ser feliz.

— ¿Lovi, qué pasa? —preguntó Feliciano al darse cuenta de la mirada. — ¿Estás celoso de que esté platicando con el hermano Antonio? Pero ya sabes que es todo tuyo. —sonrió, bobo como siempre.

— ¡Idiota! ¿Por qué no te llevas al macho patatas a comer salchichas por ahí?

—Eh, Lovi, pensé que querías proteger la castidad de Feli. —comentó Antonio. Sonrojando al alemán, que llevó una mano a su cabeza.

— ¡No me refería a eso, imbécil! —protestó, asqueado. — ¡Y tú, mierda, deja de imaginarlo maldita patata musculosa pervertida! —chilló.

— ¡Claro que no lo estoy haciendo! —le contestó Ludwig, golpeando la mesa. Antonio comenzó a reír, mientras Feliciano los observaba confuso.

—Antonio, tarado, deja de intentar pervertir a mi hermano. —bufó su novio, pegándole en la parte de atrás de la cabeza.

— ¡Me dolió, Lovi!

— ¡Pues no era una caricia, bastardo!

Feliciano volvió a sonreír al ver la pequeña discusión que Antonio quería disolver a base de besos y abrazos, en cuanto a su hermano, repitiendo la misma escena de siempre, lo golpeaba e intentaba apartarlo. El menor de los italianos le sonrió a su ahora aceptado novio, quién le devolvió la sonrisa mucho más cansada por los constantes gritos de su hermano.

—Por cierto, Lovi. ¿Qué tal van los negocios con el socio que te recomendó papá? —preguntó Feliciano, interesado. — ¿Crees que yo también podría conocerlo?

— ¿Para qué?

—Bueno, eso hace que no puedas estar con el hermano Antonio ¿no? Tal vez si nos rotamos una semana sí y otra no, sería fantástico. Ludy puede acompañarme, sabe mucho de negocios también. —este asintió, sin darle importancia.

—No. —contestó Lovino, desabrido. Antonio notó el mal humor que comenzaba a emanar. —Si quieres algo así, dile a Blas que te ceda uno.

—Pero papá siempre me deja a cargo de las cosas más sencillas cuando le digo. —murmuró, insatisfecho. —La última vez me puso a conocer a las chicas de la familia Biachi, al final resultó que no era necesaria la participación y se pudo cerrar el negocio sin ellos. Lo mismo con los Fiore y De la Rosa.

—Me vale mierda, no andes metiendo tus narices en los asuntos que Blas me da a mí. —le evitó la mirada, dirigiéndola a la ventana.

—Lovi, tan malo. —bufó.

La convivencia terminó varios minutos después, el ambiente se había vuelto demasiado pesado para seguir ahí, así que las dos parejas se fueron por distintos lados.

— ¿Por qué no hablas con tu padre del asunto? —preguntó Ludwig. —Estoy seguro que si le expones tus molestias, él te dará algo importante.

—Yo carezco de valor para hacerlo. Sólo puedo quejarme con Lovi como un niño llorón. —suspiró Feliciano, comprimiendo sus puños. —Mi hermano piensa que no lo sé, que mi padre le da los sujetos más difíciles de llevar a Lovi, yo quiero ayudarlo, pero jamás me lo han permitido.

— ¿Los sujetos más difíciles? —el alemán detuvo a Feliciano, angustiado. — ¿Peligrosos?

—Ludy… tengo un mal presentimiento. —confesó, pegando la cabeza al pecho de Ludwig. Él palmeó su hombro, buscando consolarlo. —Sé que mi padre debió haber venido por algo, y estoy casi seguro que es por la relación que Lovi tiene con el hermano Antonio.

— ¿Hará que termine con él?

—Peor. Mucho peor. —Feliciano se mordió los labios, hasta el punto de casi rompérselo. —De eso no me cabe duda.

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— ¿De verdad quieres intentarlo? —preguntó Arthur, carraspeando. Alfred asintió con la cabeza, mirando el suelo, sus orejas estaban rojas. — ¿Por qué?

—No hay explicación. —dijo, dándole un vistazo de reojo, ya que el inglés se encontraba sobre la cama, pegado a la cabecera de esta, abrazando sus rodillas. —Sólo pensé… que algún día lo vamos a hacer de todas formas.

— ¿Fue por lo que te dije en el orfanato?

— ¡Haces muchas preguntas, Arthur! —se quejó Alfred, girándose. —Q-Quiero… poder… complacerte. —a cada palabra dada el tono de su voz gradualmente fue disminuyendo hasta formar un tono demasiado insípido.

—Fue muy persuasivo de mi parte, no tienes que sentirte forzado.

— ¡Jamás lo haría! —gateó sobre la cama hasta quedar casi pegado a él, Arthur se sonrojó, pegándose a la pared. El corazón le estaba latiendo demasiado rápido, acomplejado por la propuesta de su novio. —Yo también quiero.

— ¡Hace unas semanas ni siquiera lo considerabas! —reprochó.

— ¡Pero ya lo hice! —exclamó, sonrojado. —Es lo que importa, ¿no? ¿O es que ya te arrepentiste? —bajó su mirada, disgustado. —Tendrías que verme desnudo y… —sus ojos divagaron por el colchón, reprimiéndose por ser tan idiota.

— ¿Qué estás pensando, tonto? —cuestionó Arthur, dejando su dramatismo y acercándose de nuevo a su novio. Abrazándolo. —Amo toda parte de ti, —confesó, abochornado. —no hay necedad de pensar en cosas como esas, Alfred.

— ¿Entonces por qué?

—Decidí investigar por mi cuenta, reunir información. —comentó Arthur, dando pequeños brincos llegó al buro al lado de su cama, alborotando un poco la ropa interior sacó un cuaderno tamaño profesional, varias hojas ya se habían gastado, pero Arthur en vez de iniciarlo por el frente lo abrió en la última página.

— ¿Qué es esto? —preguntó, tomándolo. La letra de Arthur era muy bonita, cursiva y limpia, parecía un escrito antiguo.

—Son mis investigaciones. —señaló, sentándose a su lado. —Vi al menos trece vídeos en páginas porno, hice casi siete páginas de anotaciones.

Alfred comenzó a comprender entonces, al principio se quedo hecho piedra, unos segundos más tarde sus labios temblaban en busca de hacer estallar la risa que aguardaba su boca. En cambio su novio, comenzó a pasar las hojas, saltándose las anotaciones, mostrándole imágenes, algunas graciosas otras muy graficas.

—Le pregunté a un doctor que conozco. —dijo. Alfred alzó una ceja, su pequeño novio lucía demasiado feliz al presentarle semejante búsqueda, parecía estar exponiendo un descubrimiento muy importante. —Me dijo que la forma más fácil de dilatar es comprando lubricante.

— ¿Dilatar? ¿Qué vas a dilatar? —cuestionó confundido.

Arthur paso a señalar una imagen, la cual mostraba la forma correcta de insertar los dedos en el ano. El americano se atraganto con su saliva, poniéndose por instinto de pie.

— ¿QUÉ?

— ¿Por dónde pensabas que entraría? —cuestionó indignado.

—P-Pero… pero por ahí, ya sabes, sale…

—Sé muy bien lo que sale. —dijo, ordenándole volver a sentarse con la mirada. Arthur adelanto unas tres hojas más, llenas de anotaciones. Esta también tenía imágenes, con anotaciones a los costados o en el pie de ellas. —Por eso también investigué como limpiarlo.

— ¿Te lo han dejado de tarea o algo así? ¡Esto es muy detallado!

— ¿Sabes lo peligroso que puede ser si no se abre correctamente o lo sucio que puede acabar? ¡No! Yo siempre he sido precavido con todo, así que lo haremos según el doctor, según lo que he investigado. —sus ojos mostraban tal determinación que Alfred no fue capaz de protestar nada. —Si fuera chica todo sería más fácil, sin embargo, ambos somos hombres así que nos tendremos que turnar.

—Arthur, basta. —Alfred se cubrió el rostro con ambas manos, completamente rojo.

—No te preocupes, Alfred, prometo que lo haré bien.

— ¡Estoy perdido, de verdad perdido! —chilló, dándose la vuelta.

— ¿Eh? ¿¡Por qué!? —cuestionó su novio, indignado.

—.—.—.—.—

—Lovi, ¿me dirás que te ha dicho Blas? —preguntó Antonio, bajando la voz para no crispar a su novio.

Lovino aguardó un momento, sosteniéndose la mano ambos caminaban bajo la reciente luz de luna, las farolas se iban encendiendo, alumbrando el camino. Él negó con la cabeza, más que nada para borrar sus pensamientos. Se volteó a Antonio, dándole la mejor de sus sonrisas, ocultando todo.

—Ya sabes, lo mismo de siempre. Nada a lo que no este acostumbrado. —chasqueó la lengua al final, queriendo enfatizar esto. —Negocios, negocios y más negocios. Parece que no puede pensar en otra cosa el muy maldito.

—Lamento que te haya hecho pasar un mal rato. —Antonio le revolvió los cabellos. —Estoy seguro de que si hubiese ido no tendrías una mala cara.

—No estés tan seguro. —bromeó. —Lo pones de tan mal humor que me quitaría la mesada de todo un año. —Antonio rio, endulzando los tímpanos de Lovino. —Además, sé que aquello era muy importante para ti, me encantaría haber estado ahí para ti también.

— ¡Loviiii! ¡Estás muy dulce hoy! —chilló, emocionado, pegándole un abrazo que casi tira a ambos.

— ¡Tranquilízate idiota, luego porque te golpeo!

—Es que es raro que me digas cosas tan lindas. —se despegó de él, con el pulgar de su mano izquierda acarició su mejilla, dándole un besito rápido en los labios. —Estoy muy feliz de que estés a mi lado, Lovi. Te amo.

—También te amo, Antonio, jamás lo dudes. —susurró, reafirmando al apretar su mano con más fuerza.

Las emociones estallaron en el hispano, que volvió a abrazarlo, lleno de felicidad. Parecían que le acababan de dar la mejor noticia del mundo.

—L-los demás nos están mirando. —comentó Lovino, buscando esconderse entre el pecho del español.

—No me interesa. —contestó él, fortificando su agarre. —Pueden observar cuanto te amo, Lovi. ¡Y cuanto me amas tu a mí! —gritó infantilmente, emocionándose todavía más. La felicidad emanando de él se podía palpar, contagiando a las demás personas, parecía que todas sus preocupaciones se habían desvanecido. Su mirada le erizaba la piel a Lovino, atesoró cada una de las sonrisas de Antonio, cada beso y gesto que le hizo hasta llegar a la puerta de su habitación.

Una vez que el hispano se perdió dentro, Lovino cambió la alegría de su rostro por una melancolía absoluta. Sacó su celular, mirando la foto que tenía como fondo de pantalla con él, Lovino con mala cara porque ese día Antonio le había echo escupir la leche al sorprenderlo por detrás y Francis había sacado la foto en el momento preciso. Pese a que era una foto vergonzosa para él, también era una de las fotos que tenían la sonrisa más alegre del español, por eso la guardaba con tanto anhelo.

Lovino rememoró las palabras de su hermano en la cafetería, saber que deseaba involucrarse en los asuntos con él y Blas era muy peligroso. Blas no era como su abuelo, sus contactos no eran amistades viejas, solo personas que se utilizaban unas a otras. Feliciano no podía inmiscuirse en eso, porque en el momento que lo hiciera, entonces le daría el derecho a Blas de controlar su vida, tal y como lo hacía con él. Debía impedirlo, igual como tenía que parar el negocio de su padre con el de Antonio, era consiente que Blas sería capaz de dejarlo en la calle por mero capricho.

Recibió un mensaje de Feliciano, al tiempo en que la habitación de Antonio volvía a abrirse, saliendo con Francis.

—Eh, Lovi, ¿todavía no te metes? —preguntó angustiado.

—Estaba hablando con el jodido socio de mi padre. —mintió. —Me acaba de cortar la llamada. ¿A dónde vas?

—Fran y yo le haremos una visita a Rod y Gilbo. —le guiñó el ojo, buscando mantenerlo en secreto. —Fuentes secretas nos han dicho que Rod ha estado durmiendo con mascarillas. —susurró cerca de él.

—Irán a hacerle burla.

—A menos claro, que nos permitas quedarnos en tu habitación, Lovinito. —Fran abrazó a Antonio por los hombros, alzando las cejas. —Muero por ver como ha avanzado Arthur con cierta cosa.

—Primero muerto antes de que contamines mi cuarto con tus gérmenes pervertidos, bastardo barbón. —gruñó.

—Que cruel.

—Hasta mañana, amore mío. —Antonio le mandó un beso en el aire que Francis fue calificando a medida que seguían su camino.

— ¡Idiota! —le gritó Lovino, girándose para abrir su puerta de una vez.

Pero antes abrió el mensaje de Feliciano.

«Papá sabe lo mío con Ludy, quiere hablarme de ello, Lovi. ¿Qué hago?»

«Todo estará bien, no te preocupes. Mañana pensaremos en algo.

Tendrá solución, de eso me encargo yo.» contestó, tecleando lo más rápido que pudo.

«Gracias, Lovi. Te amo.»

Seguro en esos momento su hermano era un mar de nervios, y aunque deseaba ir lo más rápido con él, debía confiar en que Ludwig haría buen honor a su titulo como novio. Más le valía.

Al entrar se lamentó, conteniendo sus fuerzas para no romper todas sus cosas cuando al fin logró entrar a su cuarto, Arthur se estaba bañando. ¡Maldito fuera su padre! ¡Maldito su linaje y todo lo que él representara! ¿Por qué cuando pensaba en algo para contratacarlo él siempre hacía otro movimiento para atraparlo? ¡Era un desgraciado infeliz!

Las lágrimas de frustración comenzaron a bañar sus mejillas, al tiempo en que entendía que su padre iba totalmente enserio. Por lo pronto, debía proteger a Feliciano, era su deber como hermano mayor, pese a que le doliera en el alma, Antonio pasaba a segundo plano.

—No hay nada que no haría por Feliciano. —dijo, observando la foto de su pantalla. —Lo siento, Antonio.

Después de todo Blas y Scott tenían razón, la sangre pesaba más que el agua.


¡SURPRISE!