Circulo: Vicio Tsun.


Tú + Yo= Error 404.

36. Lo que mi corazón quiere decir.

¿Por qué dolía tanto?

¿Por qué el dolor era tan insoportable que le estremecía el corazón al grado de querer arrancarlo de su pecho?

¿Por qué?

Si ya lo sabía. Sabía que Lovino estaba hablando de dientes para afuera, aquellos no eran sus verdaderos sentimientos. Él no le podía mentir, era la persona que mejor lo conocía, la única que lo hacía. Incluso Feliciano y Máximo hubiesen creído la mentira sin titubear tanto.

Abrazándose con fuerza, al pie del árbol torcido, donde por primera vez besó a Lovino, vio caer por completo la noche. La luz pálida de la farola lejana llegaba débilmente hasta él, oculto entre los espesos arbustos con espinas y florecillas creciendo a pesar del frío. Con calma Antonio se dejó resbalar por el tronco del árbol, quedándose recostado en el pasto, mirando a través de la frondosa copa del árbol un par de nubes que cubrían las estrellas apenas visibles en el cielo nocturno. Sus manos se extendieron a los lados, dejando que el frío penetrara en él.

¿De verdad era tan grave lo que estaba haciendo Blas? ¿Tanto que ni siquiera Lovino podía apoyarse en él? ¿Qué era tan grave para que él tuviera que decir palabras tan dolorosas? ¿Podría remediar algo si iba y hablaba con Blas? ¿Perjudicaría más a Lovino si lo hacía?

Sin duda Lovino lo estaba intentando proteger. ¿Entonces qué pasaba con su corazón que no podía entender de razones y punzaba constantemente? Su mente estaba recreando una y otra vez la escena, buscando alguna señal, alguna pista que le indicara que estaba haciendo Blas con Lovino. No había forma de que Lovino estuviera diciendo la verdad, ¿cierto? Porque esos te amo fueron tan sinceros cuando se los dijo, esas miradas que le daba cada vez que lo besaba, no podían ser mentira.

Lovino por más que todos lo tacharan de un crío egoísta y maleducado, siempre pondría a sus seres queridos antes que a él, Antonio sabía mejor que nadie eso, pero… de verdad… ¿se tenía que alejar tanto?

Las lágrimas comenzaron a fluir, una tras otra, escurriendo desde el borde del ojo hasta hacer una línea de agua con una gota que quedaba estrellada en el pasto, dada su posición. Las luces y las sombras se comenzaron a difuminar, uniéndose una con otras.

El mundo se le estaba viniendo encima y él no sabía como pararlo. ¿Desde cuando todo comenzaba a moverse a su alrededor a tal velocidad que apenas fue capaz de notarlo? ¿Esto acaso era una prueba de lo que le esperaba en la vida? Si era así, quería que parara. Deseaba tener un poco más de felicidad todavía.

—Umgh. —sollozó, poniendo las manos en su boca, las gotas de agua le resbalaban, perdiéndose entre su cabello.

¿Acaso debió intentarlo más duro? Insistir mucho más a Lovino, aunque lo hiciera enojar. Pedir ayuda a Feliciano desde el primer momento en que vio esa cara de tristeza en Lovino. Quizás… ¿debió decirle "quédate a mi lado"?

Se cubrió con los brazos los ojos, queriendo borrar las lágrimas, los recuerdos comenzaban a llegar amontonándose en su mente, sin dar tiempo a que terminara uno para comenzar otro. Tenía que parar, Lovino seguro estaba dando su mayor esfuerzo por llegar a una solución, buscando una manera de estar lo más pronto juntos, él regresaría una vez que todo se arreglara, le diría lo acontecido y entonces todo volvería a ser como antes.

Y aún con esos pensamientos, se cansó de aguantar su dolor, dejó que las lágrimas inundaran su rostro y los gimoteos se convirtieran en lamentos.

—.—.—.—.—

Lovino apagó el teléfono al momento en que envió el mensaje informando a su padre de lo acontecido. Se dejó caer en la primera banca que encontró, sopesando los hechos, la mirada de Antonio. El dolor era agudo, le traspasaba las entrañas y se detenía ahí sin querer salir. Tenía que ser fuerte. Lo peor ya estaba hecho, ahora tenía que pensar en la mejor forma para que Blas dejara tranquilo a Feliciano.

El cuchicheó de las personas estaba alejado de sus oídos y por más que intentaba concentrarse en lo más importante. La sonrisa rota de Antonio seguía y seguía regresando a su mente. Sus ojos se cristalizaron y él ahogó un sollozo en su garganta. No debía llorar. No podía. No tenía derecho.

¡Pero dolía tanto! ¡Sentía que su cuerpo estaba en mil pedazos! ¿Qué tenía que hacer para que dejará de doler? Si tan sólo pudiera arrancarse todos esos recuerdos, si pudiera ser un robot como su padre quería, esto no le estaría afectando.

¿Qué había hecho?

Se llevó una mano a la cabeza, halándose los cabellos con fuerza. Sus pies le rogaban regresar por el camino anterior, encontrar a la persona que abandonó en ese lugar y rogarle perdón. ¿Podría ser capaz Antonio de perdonarlo si supiera que su familia estaba destrozada por su culpa?

— ¿Lovi? ¿qué haces acá tan solito? —preguntó Emma, apareciendo de pronto. Lovino soltó su cabello, aspirando tan rápido como pudo una buena cantidad de aire. Necesitaba mostrarse fuerte.

—Yo… me cansé de caminar, quise sentarme por un rato. —comentó sin darle la cara. — ¿Qué haces tú tan tarde? Pronto se dará el toque.

—Vine por unas galletas. —respondió ella, buscándolo con la mirada. — ¿Te encuentras bien?

— ¡Estoy perfecto! —aseguró de inmediato, poniéndose de pie, sorprendiendo a la chica. —Iré a dormir, Bel, buenas noches.

—Buenas noches, Lovi. —murmuró viéndolo pasarla de largo.

Avanzó al paso más rápido que pudo, Bel terminaría herida con eso también. Seguro que ella jamás le perdonaría haber lastimado a Antonio. Sintió de pronto un tirón, que lo hizo voltearse con fuerza, Emma lo estaba sosteniendo del brazo, con una cara de inquietud infinita.

— ¿De verdad estás bien? —preguntó sin soltarlo. Al verlo directamente, Emma entreabrió la boca; de verdad debía lucir muy mal.

—Estoy bien. —contestó de la forma más fría que encontró.

—Lovi, sabes que puedes decirme cualquier cosa. Yo también soy tu amiga.

— ¡Dije que estoy bien! —estalló. Se soltó de ella en un movimiento brusco, tirándole la caja de galletas que llevaba consigo. Emma dio tres pasos atrás, sorprendida. —No te metas en mis asuntos. —concluyó, volviendo a huir de ahí.

Lovino básicamente corrió cuando se dio cuenta de que ya no estaba en el campo de visión de Emma. Su cabeza todavía era un caos e incluso tuvo que poner una mano en su boca y contraer su rostro para no terminar llorando. Las palabras de Antonio sobre seguir siendo amigos, ¿qué tan doloroso fue para él pronunciarlas?

—Ah, Lovino, te encuentro en buen… ¿momento? —Francis iba caminando por el pasillo, de una sonrisa había pasado a un gesto de desconcierto. — ¿Estás bien?

Él lo ignoró y paso derecho a la habitación 404, cerrando de un portazo. Arthur, que estaba a punto de reclamar que todo el mundo estuviera en contra de la pobre puerta, se quedó callado en cuanto vio la cara de su compañero. Las lágrimas estaban retenidas en los ojos, Lovino de inmediato se las quitó, respirando agitadamente, una, cinco, diez veces hasta recobrar un poco de compostura.

— ¿Qué hiciste? —preguntó Arthur, serio. Inconscientemente agarró una de las hojas de su cuaderno, donde tenía los apuntes que estaba estudiando, arrugándola con fuerza.

—Terminé con él. —respondió Lovino, con una sonrisa rota en el rostro. — ¿Qué otra cosa iba a hacer?

—Lovino… —el inglés arrancó la hoja poco a poco, hasta dejarla hecha bola en sus manos. Dio un suspiro grande, dejando el papel de nuevo en la mesa. — ¿Por qué tomaste esa decisión? Pudiste haberle dicho, él estoy seguro que lo habría entendido.

—No voy a arriesgarme. —los ojos de Lovino estaban vidriosos, contenía las ganas de llorar. —Si el plan no funciona pondría en mucho más peligro a Antonio.

— ¿Y si funciona?

Lovino se mordió los labios, retorciéndose las manos. Era claro que todavía no tenía la respuesta. Ni siquiera la confianza de que de que iba tener éxito el plan. Arthur se puso de pie dando un suspiro, sin embargo no se acercó a él, se quedó ahí con una mano en el escritorio y una mirada severa. —No tienes tiempo para llorar, andando. —espetó sin flexibilidad. —Iremos con Iván.

— ¿Qué?

—Es el único sujeto que nos puede ayudar en esta situación. —siguió, tomando del cajón la libreta de apuntes donde tenía los planes para Blas. Caminó en su dirección, agarrando la manija de la puerta sin girarla todavía se volteó a Lovino que ahora quedaba a su lado. —Hiciste lo que hiciste, no tienes tiempo de lamentar tu decisión, no te dejaré hacerlo.

—Arthur.

—Lastimaste a una buena persona, Lovino, eso tú lo sabes mejor que nadie. ¿Cierto? —preguntó apretando la perilla con fuerza. —Has que valga la pena.

—Estás enojado. —murmuró Lovino, agarrándose un brazo, con la cabeza agachada.

—Es mi amigo también, ¿cómo no voy a estar enojado? —siseó. El italiano pegó un brinquito al notar que el tono verde de sus ojos se volvía oscuro, similar a cuando enfrentó a Scott en la habitación. En definitiva ambos eran hermanos. —Pero, sé tus razones y prometí ayudarte. Así que lo haré.

Lovino exhaló, con la vista en el suelo. Arthur abrió la puerta, asegurándose primero que nadie del BFT estuviera merodeando por ahí.

—Además… tal vez yo habría llegado a la misma solución que tú. —suspiró Arthur, mucho más calmado.

El menor lo siguió sin discutir nada, no tenía fuerzas para eso. Mientras iba pensando en lo que hizo, pensó en lo que Govert le dijo, esperaba que él pudiera entenderlo, y hablando de él, justo iba subiendo cuando Lovino y Arthur dieron la media vuelta para la escalera; Govert tenía las manos metidas en los bolsillos y su rostro estaba rojo por el frío. ¿Se habría encontrado con Emma? ¿Ella le había dicho lo recién ocurrido?

—Govert, te encontramos en buen momento. —dijo Arthur, sin darle tiempo a Lovino de esconder su rostro. —Acompáñanos.

— ¿Qué estás diciendo? —susurró Lovino, cohibiéndose.

El holandés pasó su mirada de uno a otro, al parecer no le tomó mucho tiempo entender pues le dio el paso a Arthur y se colocó a lado de su amigo, comenzando a seguirlos. Lovino lo miró de soslayo, Govert de igual forma correspondió el gesto, sin borrar su seriedad. Quizás estuviera decepcionado por la decisión que tomó, después de todo fue él quien le dijo que debía decirle a Antonio.

—Aquí es. —dijo Arthur, luego de recorrer algunos metros del pasillo de primer año.

— ¿Eh? ¿Se han equivocado de habitación? Ya casi es hora del toque. —preguntó Eduard asomándose por la puerta, había unas enorme ojeras en sus ojos.

—Estamos buscando a Iván.

Eduard pareció sorprenderse todavía más, aunque no protestó nada, los dejó pasar soltando un bostezo. Iván estaba sentado en el escritorio de Eduard, ordenándole todo. Lovino entró con cierto temor, detrás de Govert que frunció la boca al notar el pequeño desorden en una de las camas.

— ¡Ahh, es inesperado que tengamos visitas! —dijo Iván, emocionándose. —Lo hubieras dicho hoy en la junta, Arthur, no pensaba que seriamos amigos tan rápido.

—Si Kiku me ve aquí comenzará a darme un sermón. —susurró Arthur, mordiéndose una uña. Negó rápidamente con su cabeza, alejando esos pensamientos. — ¿Recuerdas lo que te platique en la cafetería?

—Ah, sobre el chico que tiene problemas. ¿Es uno de ellos dos? —preguntó Iván, intercalando entre Govert y Lovino. —Yo digo que es él. —contestó, como si estuviese en un concurso, señalando en efecto a Lovino Vargas.

—Ehhh…—Eduard más forzado que nada simulo estar emocionado—el joven Iván es impresionante… ¿cómo lo supo? —y a completó su frase con desganados aplausos.

—He visto perezosos con más ánimos. —comentó Govert.

—Es porque él ya se ha metido en problemas. —explicó Iván, alzando uno de sus dedos en dirección a Govert. —Ahora le toca al otro, ¿no? ¡Qué emoción!

—El joven Iván siempre tan inteligente…—Eduard parecía estar arrastrando sus palabras.

—Lo que sea. Necesito que me ayudes. —pidió Arthur, miró un momento a Lovino y luego volvió a suspirar. —Te daré cualquier cosa a cambio.

—Iba a hacerlo sin ninguna condición, pero suena más divertido ahora que lo has propuesto. —sonrió. Arthur entreabrió la boca, queriendo protestar. Iván no lo dejó. —Será una salida al parque de diversiones, al zoológico y tu voto para la fiesta de Halloween y Navidad, ¿de acuerdo? Además estoy seguro que Kiku tiene alguna foto de Yao de niño, tendrás que conseguírmela.

— ¡¿Qué?! ¡Kiku lo sabrá enseguida!

—Entonces no lo haré. —dijo Iván de la forma más apacible.

—Sólo hazlo, yo la conseguiré. —comentó Govert, serio. Arthur puso los ojos en blanco al ver la convicción del otro.

—Entonces es un trato. —sonrió el ruso. — ¿Qué haremos entonces?

— ¡Estamos aquí para que nos ayudes a pensarlo! —protestó Arthur.

—Ah.

Iván comenzó a leer poco después la libreta de Arthur, pasando de hoja y hoja. Eduard se recorrió un poco para que Govert se sentara en su cama, Lovino y Arthur estaban ocupando las sillas de los escritorios e Iván en su cama. Pasaron unos minutos en donde Lovino seguía sin prestar atención a su alrededor, Govert y Arthur lo miraban con cierta preocupación.

—Ya acabé. —dijo Iván. —Es una porquería. —y lanzó la libreta justo al cesto de basura.

— ¡Qué haces! —gritó Arthur.

—Ni siquiera tienes algo trazado que nos pueda ayudar. —comentó sin entender el porqué de su molestia. —Es cierto que te dije que debían fingir y planear un ataque, pero sin duda ya han hecho un paso muy importante y ni siquiera tenían algo planeado. ¿No es así? —preguntó Iván en dirección a Lovino. —Puedo leer todo en tu cara.

—Es cierto que ya terminó con Antonio, pero…

—Incluso aunque el plan en contra de tu padre funcione nada asegura que lo tengamos en menos de una semana. ¿Eres consciente de eso? —cuestionó Iván, cortando a Arthur. —Puede llevar incluso más de un año. ¿Crees que su amor por ti duré tanto?

—Iván…—murmuró el inglés, tensándose, ¿había sido buena idea meter al ruso? Lovino también estaba bastante intranquilo con sus palabras, apretando con fuerza los puños, clavándose las uñas en las palmas.

—Lo hará, incluso si pasan mil años. —contestó a su vez Govert, indiferente. Lovino se giró a él, sorprendido. — ¿No es esa la clase de imbécil que es? —preguntó en su dirección.

—Govert. —un nuevo nudo se formó en la garganta de Lovino, eran exactamente las mismas palabras que él utilizó en contra de Blas. ¿Por qué parecían tan lejanas ahora?

—Bueno, pero lo importante es tener un plan lo más pronto que se pueda. —prosiguió el ruso, ignorando lo dicho por el holandés. —Luego de que estés libre, puedes reconquistarlo o qué sé yo.

—Gracias. —murmuró Lovino, sin alzar la mirada.

—No me agradezcas todavía. Además, seré recompensado así que ve esto como un intercambio. —dijo Iván.

—Pareces bastante emocionado. —notó Govert.

—Ese sujeto me recuerda un poco a mi padre cuando vivíamos en Rusia. —expresó, poniendo una sonrisa que intimido incluso al holandés. —Creo que es buena idea mostrarle que no hay que llevar a las personas a su límite.

Arthur entonces comenzó a tomar control de la plática, con ayuda de Eduard que estaba integrado gracias a Iván, iban anotando todas las ideas, pros y contras en la laptop. Lovino miró a su compañero de habitación con cierta pesadez, ¿por qué estaba tan metido en eso? ¿de verdad le importaba tanto?; él en cambio, ni siquiera quería estar escuchando las ideas, deseaba meterse en la cama y fingir que todo era una horrible pesadilla, que a la mañana siguiente que despertara, Antonio lo estaría esperando afuera de su habitación para acompañarlo rumbo a sus clases, jugando, abrazándolo y besándolo.

Comenzó a gimotear, limpiándose rápidamente las lágrimas en cuanto las sintió escurrir, todos se quedaron quietos; odiaba eso, ya que lo estaban mirando.

El británico miró al suelo, tal vez fue demasiado duro al presionarlo a ir con Iván. No había sido su intención hacerlo llorar, pero entre más rápido acabará aquella horrible situación, más rápido podrían estar Antonio y Lovino juntos de nuevo. No quería que ninguno de los dos sufriera.

Govert se puso de pie, yendo a Lovino, se inclinó a él y lo abrazó con fuerza. El italiano no pudo contener las lágrimas con eso, a pesar de haber dicho que no tenía derecho a llorar porque Antonio estaba sufriendo mucho más, no pudo con todo el dolor que se estaba acumulando en su pecho, quemando sus entrañas.

Quizás el día de mañana Govert y Emma también acabaran involucrados con su padre, pero aun así, el holandés con ese abrazo le dijo sin palabras que se quedaría a su lado, sin importar qué. Lovino estaba seguro que Emma haría lo mismo de estar ahí.

En ese momento Lovino lloró más que cualquier época anterior en su vida, más que cuando lo separaron de Feliciano, más que cuando su madre lo abandonó en la hacienda de los Fernández, más que cuando sus padres no contestaban sus llamadas o ignoraban su cumpleaños, mucho más que cuando Blas lo separó de Antonio, pues al menos esa vez sabía que volvería a él.

—.—.—.—.—

Ni siquiera supo cómo llegó a la habitación, sólo despertó en su cama con un terrible dolor de cabeza y ardor en los ojos que le recordaron todo la acontecido el día anterior. Decir que tenía fuerzas para levantarse era una gran mentira. Aún acostado, Antonio miró el reloj en el buró, pasaban de las once de la mañana. Francis ya no estaba en la recamara y había dejado una nota al lado del reloj, pidiéndole que no fuera a ninguna parte.

No es como si tuviera ganas de hacerlo de todas maneras.

Permaneció acostado en la cama hasta que dieron la una de la tarde, de nuevo tenía los ojos rojos, aunque ya no lloraba. Posiblemente ya ni siquiera tuviera una lágrima adentro. Antonio con trabajos se levantó, y arrastrando los pies se metió a tomar una ducha, odiaba la sensación de tristeza que venía después de las lágrimas, esa que te hacía meterte en cama todo el día y no comer por mucho que sintieras hambre.

Esta vez no se miró en el espejo, sabía que era un desastre andante. Acabó de bañarse al cabo de una hora, donde diez minutos los usó para ducharse y cincuenta para quedarse mirando un punto fijo de la loseta del baño. Volvió a meterse en cama, sin secarse el cabello, empapando su almohada y las sábanas.

Para cuando llegó Gilbert, volvía a despertar de una pequeña siesta.

—Toño. —llamó, mostrándole comida. Antonio le dio una sonrisa que le quebró el corazón a su mejor amigo. —Te traje esto para que desayunes.

—Gracias. —Antonio tomó entre sus manos la comida y así la mantuvo por unos cinco minutos hasta que las puso en su escritorio, sin ganas de introducirlas a su estómago. —Lo comeré más tarde, Gilbo.

—Fran dijo que un guardia te trajo luego de encontrarte dormido en el pasto, cerca del árbol enredado. —Gilbert estaba jugando con sus dedos, sin mirarlo. — ¿Qué pasó?

Antonio hubiera agradecido que su amigo actuara de la misma forma que siempre, gritando y autonombrándose asombroso, comiendo un montón de dulces y brincando en las camas. Eso podría haberlo ayudado a olvidarse por un momento de todo. Pero sabía que estaba igual de preocupado que Francis, que por cierto, no llegaba.

— ¿Dónde está Fran?

—Parece que debía atender un asunto urgente y en cuanto lo terminara vendría corriendo hasta aquí.

—Ya veo. —suspiró. Antonio dejó caer con cuidado la cabeza en el hombro de su amigo, que estaba sentado al lado de la cama. Gilbert iba a volver a preguntar, cuando él respondió. —Lovi terminó conmigo.

Gilbert se giró a él, deshaciendo el gesto de Antonio, este dejó que su cuerpo se desvaneciera en la cama, cerrando los ojos para no ver los incrédulos de Gilbert. El alemán se mordió la lengua antes de decir cualquier cosa, arrugó con fuerza las sábanas entre sus dedos, comprimiendo su enojo.

— ¿A qué hora… ayer por la noche? —cambió su pregunta, casi incrédulo. ¿No era justo lo que le había pedido a Lovino que no hiciera? ¡Era un malnacido!

—Sí, antes de que apagaran las luces. —contó, con voz apagada. Antonio puso su mano izquierda cubriendo el ojo del mismo lado, buscando impedir que se le llenaran de nuevo de agua, lo cual por supuesto, no funcionó. —Gilbo, Lovi terminó conmigo diciendo que nuestra relación era asquerosa, pero yo sé que él no lo cree, sé que debe estar pasando por una situación demasiado dolorosa, por eso tomó esa decisión.

—Antonio.

—Soy un idiota. Él debe estarla pasando peor que yo. —gimió, arañándose el rostro a causa de la frustración. — ¡Y yo aquí llorando sin hacer nada para ayudarlo!

Demonios, ¿dónde estaba Francis que era el que sabía que decir en esos casos?

—Tú dolor también es importante, Toño. —Gilbert le puso una mano en la rodilla, buscando consolarlo e intentando tranquilizarse. Tenía unas ganas enormes de ir a reventarle la cara a Lovino. Reprimía sus sentimientos culposos también, él saber que pudo haber hecho algo para ayudar en el justo momento cuando comenzó a sospechar comenzaba a inundarle la cabeza. —No sé qué demonios esté pensando Lovino, pero estas tomando una culpabilidad que no es tuya. Tú no tienes la culpa de nada.

—Pero…

— ¡Pero nada! —exclamó, girándose en su dirección. — ¡No cargues con esos pensamientos! ¡Tienes todo el derecho de sentirte mal! ¡Lo amas más que nadie en el mundo y él termina haciendo esto!

—Gilbo…

—Ni Fran o yo hemos dicho nada. —comentó ya sin poderse detener. —Desde que tus padres se separaron no has querido mostrar que pasa por esa cabeza tuya. Seguiste como si nada hubiese pasado, luego con lo del orfanato, actuaste sin considerarnos y ahora quieres minimizar tu sufrimiento por el de Lovino. ¡Estás pasando cosas tristes! Si tienes que llorar hazlo que para eso está el Bad Friend Trio, ¡nosotros tres no solo somos para los buenos momentos, también estamos para los malos!

Gilbert volvió a mirar a Antonio, este estaba llorando a mares, sorbiéndose la nariz y limpiándose continuamente los ojos, que volvían a inundarse rápidamente.

—Yo… no quise hacerte sentir mal. —explicó trabado, buscando cualquier cosa para limpiar su llanto.

—Eres asombroso, Gilbert.—dijo Antonio, formando la primera sonrisa sincera del día. —Me alegra ser tu amigo.

—Toño. —murmuró haciendo un mohín, comprimiendo su propio rostro para no llorar.

Ambos se abrazaron al mismo tiempo, Antonio apretando los labios con fuerza para no parecer tan lamentable. Gilbert en cambio, palmeaba su hombro con fuerza, buscando animarlo. Era cierto que Antonio era el más alegre de los tres, siempre animando a todos con una sonrisa, intentando que todos se sintieran bien a su alrededor. Si bien, desde lo de Emma su actitud positiva maduro un poco más, eso de ocultar sus sentimientos debió ser tan doloroso para él, pues sus ojos no paraban de sacar todo lo que no fue expresado en su momento.

Ver a una persona tan alegre quebrarse por completo, Gilbert no quería presenciar algo así otra vez.

—.—.—.—.—

— ¿Qué estás haciendo, Arthur? —preguntó Francis, apareciendo detrás de él. En ese momento eran los únicos que se encontraban en la biblioteca.

— ¡Uwaa!

—Pareces bastante interesado en lo que estás escribiendo. —se sentó delante de él, pese a no ser invitado.

—No te interesa. —contestó, cerrando su libreta. —Vete de aquí

Francis suspiró, cruzándose de brazos, sin despegar los ojos azules de Arthur.

— ¿Qué están planeando? —dijo al fin, después de haber meditado bastante. Estaba serio, pese a eso mantenía una diminuta sonrisa en el rostro, como intentando comprender el qué.

—No sé de qué me estás hablando.

—El día de ayer mi mejor amigo llegó con la ayuda de uno de los guardias, venía medio inconsciente, estoy seguro de que no fue coincidencia de que Lovino llegara a su habitación con la cara apretada, aguantando las lágrimas, ¿me equivoco? —preguntó, el tono de su voz causo un estremecimiento en Arthur. — ¿Por qué lo hizo?

—Como si yo supiera.

— ¿Entonces tengo que preguntarle a Iván o a su compañero?

— ¡Metete en tus asuntos!

— ¡Este es mi asunto! —reclamó, alzando de más la voz golpeó la mesa, enojado. — ¡Antonio está en la habitación comprimiendo todos sus sentimientos! ¡Ya estaba pasando por bastante para que venga la persona que más ama a romperle el corazón!

—Francis…—murmuró el inglés, sorprendido. —Lovino… también está sufriendo. Comprende que hay cosas que él no puede contarle incluso a Antonio.

—Pero sí a ti, sí a Govert, sí a Iván al cual apenas conoce. —reprochó. —Sé que no es culpa de ninguno de ustedes, tal vez ni siquiera sea culpa de Lovino… —Francis apretó los dientes, diciéndose que Arthur no era la persona a la que debería estar culpando. —lo siento, no es a ti a quién debería estar reprochando. Sólo pensé que tu serías capaz de decirme que sucede.

Soltó un agotador suspiro, se levantó de la silla y se marchó.

Arthur mordió su labio, poniendo una mano en su frente. Era lógico que Francis y Gilbert estuvieran furiosos, Lovino había lastimado a una de las personas más importantes que tenían ambos. Y ahora que lo pensaba, Gilbert sería uno de los más peligrosos al momento en que Feliciano terminará con Ludwig.

Tenían que meter a Feliciano ya, esa fue a la conclusión que llegaron el día anterior con el ruso, pese a las quejas de Lovino. Lo mejor sería irlo a buscar, ya que así como Antonio, Lovino tampoco había salido de la habitación en todo el día.

Ya llevaba un buen tramo avanzado cuando sintió un abrazo por la cintura, con toda la euforia del mundo, lo giró por los aires.

— ¡Arthuuuur! ¡Hoy no hace frío! —cantó emocionado Alfred. —Ahh, que bonito es poder ver el sol. —comentó cuando lo bajó. —Y a ti, por supuesto.

El británico que ya tenía el rostro rojo, le dio un golpe para que callara.

—I-Idiota. —murmuró, notando las miradas de varios estudiantes, aunque a decir verdad la mayoría ya estaban acostumbrados a la euforia de Alfred.

—Como estaba haciendo mucho frío volvía casi de inmediato a la habitación, así que no podía tomar tu mano. —comentó, simulando un escalofrío. —Pero hoy no hace, según la aplicación del clima de mi teléfono dice que no hará frío hasta dentro de dos días. ¿Cómo eras capaz de salir estos días?

—Con abrigos. —bufó.

—Lo que sea, ¿vamos a comer algo? ¿o tienes junta otra vez? —preguntó, haciendo un puchero.

—No la tengo. Iván está concentrado en otra cosa por el momento, además el tema que estábamos debatiendo esta semana ya está cerrado por mayoría de votos. —resopló Arthur, Alfred balanceaba sus manos de adelante hacía atrás. El inglés miró de soslayo a su novio, tal vez aceptar las propuestas de las fiestas no sería una mala idea después de todo. —Seguro que te gustará.

— ¿Eh? ¿Qué es?

Arthur apretó sus labios, pensando en lo bonito que sería decirle que se lo diría a cambio de un beso. Seguro que Alfred no se lo esperaría y actuaría de forma linda. Su boca tambaleó un poco al momento en que las palabras quedaron atoradas en su garganta.

— ¿Arthur?

Sólo tenía… oh, mierda, ¿a quién quería engañar? Eso no iba con su personalidad. Seguro que algún día podría decirlo.

—Haremos una fiesta de disfraces. —comentó, frunciendo la boca por la falta de valentía. —Será para toda la escuela.

— ¡¿De verdad?! —exclamó emocionado, tomando sus manos entre las suyas. — ¡Eso es súper! ¡Podemos disfrazarnos a la par!

—Supongo. —se encogió en sus hombros, enfurruñado.

— ¿No estás feliz? —preguntó Alfred, ladeando la cabeza sin comprender. —De acuerdo, podemos ir con disfraces distintos. —bufó.

— ¡No es por eso, idiota! —reprochó Arthur .

—¿Entonces qué es? —Alfred se detuvo, apresando las mejillas de Arthur entre sus manos, mostrando la estupidez y determinación en sus ojos de que quería saberlo a toda costa.

Arthur entonces se estiró un poco sobre sus pies, pegando con delicadeza sus labios en los de Alfred. —Tan sólo tenía muchas ganas de besarte. —murmuró sonrojado, mirando para otro lado. — ¡V-Vamos!

—Con que es así. —sonrió Alfred, feliz. La mayoría del camino fue tonteando sobre el beso recién dado.

—.—.—.—.—

— ¿Qué les pasa a ustedes dos? —comentó Francis al llegar, trayendo una pequeña bolsita con comida, exactamente para tres. Antonio y Gilbert hablaban entre sollozos, sorbiéndose la nariz y señalándose el uno al otro. Francis se unió a ellos, dándole un abrazo a ambos.

No tardó mucho para que Antonio le relatara lo sucedido con Lovino, esta vez de una forma más calmada, ya sin llorar. Los sentimientos de Gilbert le alcanzaron perfectamente, por lo cual se sentía muy reconfortado. Aún así sus amigos podían notar ese destello de tristeza que se mantenía de forma permanente en las orbes verdes del hispano.

—Yo… tenía una ligera sospecha de que algo malo pasaba. —dijo Gilbert. —Luego con West casi pude confirmarlo.

— ¿Qué crees que pudo decirle su padre para que llegara a esa horrible solución? —preguntó Francis, cortando el filete que había llevado. Gilbert y Antonio tenían la misma comida.

—Puede que lo amenazara con hacerle algo a Feli. —supuso Antonio, no muy convencido. —Pero creo que incluso para Blas eso es llegar a los extremos. Es un muy mal padre con Lovi, sin embargo, siempre he visto que Feli es primero para él.

—Feli también ha estado actuando raro. —Gilbert se golpeó el pecho al atragantarse con un pedazo de pan. —West me dijo que ha intentado decirle algo y nunca puede.

— ¿Será que también quiere terminar con él? —dijo Francis, angustiado.

—Si es así, no quiero que eso pase. —murmuró el alemán, apretando sus cubiertos. —Ya lastimaron a mi mejor amigo, no quiero ver a mi hermano con el corazón roto también.

—Deberíamos arrinconar a Feliciano.

—No empieces Fran, esto es serio.

Mon Dieu! No me refería a eso. —exclamó poniendo los ojos en blanco. —Además antes de poder acercarme al dulce Feliciano tú hermano me pasaría con un tractor encima cinco veces.

—Eso es cierto. —secundó Antonio.

—Es porque ama a Feli. —Gilbert le sacó la lengua a Francis, remarcando su punto, el francés lo imitó de igual manera, causando una pequeña risa en Antonio, que alegró a ambos.

—Volviendo a lo de Lovino…—murmuró Francis, sin perder cada detalle de la reacción de Antonio. — ¿qué pasará ahora con su relación?

—Yo… acepté sin reprochar que termináramos, siempre y cuando siguiéramos tratándonos como amigos.

— ¡Antonio eso es…!—Gilbert se exaltó, haciendo que el español desviara la mirada. — ¿realmente estás bien con ello?

— ¿Qué dijo Lovino cuando le propusiste eso? —se interesó más Francis, bebiendo un sorbo de agua.

—Accedió.

— ¿Eso no es bueno? —preguntó el rubio a Gilbert. —Tal vez sólo quiera aparentar para su padre, de lo contrario hubiera querido cortar los lazos de inmediato.

—Todo esto me está revolviendo la cabeza. —se quejó el alemán, frotándose la cara. — ¿qué debemos hacer ahora? ¿irás a hablar con su padre?

—No lo sé. —suspiró Antonio, terminando su botella de agua. Francis le pasó la suya, ya que parecía buscar más. —Tal vez no sea la mejor idea, puede que intervenga con lo que Lovi está planeando.

Francis y Gilbert se dieron un vistazo rápido al notar que Antonio comenzaba a divagar en sus pensamientos otra vez, pensando en todo lo acontecido en su vida. Sus ojos comenzaron a pesarle de nuevo, el cansancio regresó a su cuerpo a pesar de no haber hecho nada y deseó hundirse en la cama; pero al mismo tiempo, no quería seguir preocupando a sus amigos, tampoco a Lovino, solo los pondría tristes si lo veían en ese estado.

— ¿Qué te parece ir al parque de diversiones? —preguntó más animado el alemán. —Sé que dijimos después de los exámenes, pero creo que no sería mala idea ir.

—Es verdad, apuesto que será divertido. —secundó Francis.

Antonio asintió, sin muchas ganas. Francis y Gilbert empezaron una plática más animada, preguntándose mutuamente a quién deberían invitar para hacer más divertido el viaje. El hispano aunque intentaba integrarse a la plática parecía bastante distante de ella, de verdad se estaba esforzando en sonreírles pero lo único que deseaba hacer en ese momento era ir con Lovino y pedirle que reconsiderara la decisión. Que le comentara lo que estaba yendo mal con su padre.

Sus amigos no tardaron en darse por vencidos, Francis comenzó a recoger los platos; al menos se alegraba de que Antonio no hubiese dejado de comer. Gilbert en cambió mandó al hispano a la cama, sentándose en el final del colchón una vez que este se recostó.

Gilbert miró a Francis preocupado, Antonio tenía los ojos cerrados, buscando volver a dormir, el francés le respondió de la misma manera. Ninguno de los dos tenía la menor idea de que hacer. Más que estar ahí para su mejor amigo.

—.—.—.—.—

Los días que siguieron Lovino intentó por todos los medios no toparse con Antonio, se levantaba a deshoras, ya que en las mañanas sería difícil no verlo. Iván junto a Arthur le aconsejaron seguirle la corriente a su padre, sólo que hasta ahora Blas no había contestado su mensaje, quizás estaba esperando el de Feliciano también, al cual por cierto todavía veía pegado al alemán musculoso.

Faltaban dos días para que el plazo terminara, ¿qué demonios estaba haciendo su hermano?

Eran aproximadamente las tres de la tarde cuando fue en su búsqueda, encontrándolo junto a Ludwig y Kiku, comiendo bajo una palapa afuera de una de las cafeterías menos frecuentadas por estudiantes. Antes de entrar Lovino los observó un buen rato por el vidrio, su hermano parecía estar bastante feliz platicando, Kiku como siempre mantenía una diminuta sonrisa en su rostro, observando a su hermano con la ternura con la que se vería a un hermano menor, Ludwig de la misma manera, sólo que en su mirar se notaba el amor que le tenía a su hermano. ¿Cómo demonios Feliciano se había hecho amigo de personas tan serias siendo él una bomba de "ve~s" y platicas sin sentido?

Lovino rascó su nuca, exhalando aire. Su hermano era increíble, por esa razón todos lo amaban, incluso si Blas le quitaba a Ludwig estaba casi seguro de que Feliciano nunca se quedaría sólo.

Puso una mirada fría, Feliciano no debería actuar como si todo estuviera bien, ¿qué estaba mal con él? ¿Por qué siempre era él quién lo pasaba bien?

—Últimamente Antonio se ha vuelto muy aburrido. —comentaron las chicas que salían de la cafetería. Lovino distrajo los pensamientos de su hermano, poniendo su atención en ellas. —Antes al menos aceptaba caminar con nosotros, ahora ni siquiera te dan ganas de acercarte por la mala cara que trae.

—El BFT era tolerable por él. —siguió la otra. —Si sigue así perderá toda la popularidad.

— ¿Ese no es Vargas? —murmuró una, fijándose en Lovino. —Escuché que terminaron. —se rio.

— ¿Ehh? ¿De verdad estaban saliendo? —preguntó sin molestarse en ocultar su voz. —Bueno, seguro que solo era un capricho que Vargas tenía, no hay manera en que su familia lo aceptara.

—Es cierto, Antonio es muy guapo pero no tiene lo que se necesita para pertenecer en esta sociedad.

Más estúpidas que podían simpatizar con su padre. Lovino guardó un resoplido de coraje, aquellas chicas que siempre buscaban la atención de Antonio, solo lo querían como un premio al cual presumir. Chasqueó la lengua, decidido en no pensar más en eso, al volver la mirada a la ventana notó que Feliciano lo estaba mirando desde el otro lado.

Lovino hizo un gesto con la cabeza para que saliera, su hermano miró por un segundo a Ludwig y a Kiku antes de disculparse con ellos y levantarse. El mayor de los italianos pudo notar entonces que el alemán se dio cuenta de su presencia, pues lo estaba observando con una mezcla de tristeza y lastima.

— ¿Qué pasa, Lovi? —preguntó Feliciano al llegar, traía una chamarra que le quedaba bastante grande, posiblemente de Ludwig. —Hace mucho frío hoy, ¿no quieres tomar una taza de chocolate caliente?

— ¿Por qué sigues con el macho patatas?

— ¿Eh? ¿A qué te refieres?

— ¡No te hagas el imbécil! El plazo que dio Blas esta por acabarse y tu sigues tonteando por ahí con él. ¿No entiendes que—?

—Ah, sobre eso. —Feliciano miró de reojo la cafetería, en dirección a Ludwig. —Decidí que no voy ha hacerlo.

— ¡Feliciano!

—No, no me pegues Lovi, antes escúchame. —imploró cubriéndose la cabeza con las manos. Algunos ve bajitos se le escaparon. —A-Arthur vino a buscarme hace poco, me explico que ustedes intentan un plan para hacer caer a Blas.

—Ese cejon idiota. —farfulló.

—Yo haré lo que me digan que haga, Ludy no sabe los detalles, sólo le dije que necesitábamos fingir que éramos amigos de nuevo. Y que tal vez después incluso dejar de serlo, fingiendo claro está. —aclaró de inmediato, se notaba que la sola idea le aterraba. —No quiero perderlo, ni como pareja, ni mucho menos como amigo.

Lovino se talló el rostro, frustrado. Aunque esta vez no se contuvo, le soltó una bofetada a su hermano menor. Feliciano se llevó la mano a la mejilla, sorprendido y asustado.

—Hablas y hablas, pero no comprendes nada. —espetó tronando los dientes. —Tú no sabes de lo que Blas es capaz. Si se entera de que le mentiste acabará con todo lo que amas. ¿Es qué puedes ser tan idiota?

—Te estás rindiendo muy rápido, fratello. —dijo Feliciano, dejando caer sus manos a los costados. —Renunciaste al hermano Antonio sin considerar que había una oportunidad para todo esto. Que podemos hacer que Blas reaccione o caiga.

— ¿Cuál es esa oportunidad de la que todos hablan y no soy capaz de ver? —preguntó, mirando a todos lados, simulando buscarla. Feliciano pareció molestarse por aquella reacción. —Es tan fácil para todos hablar, creer que todo en esta vida se puede resolver, que los malos siempre tienen su merecido.

—Se le llama esperanza. —contestó Feliciano.

Un pequeño fragmento del sueño que tuvo anteriormente se le vino a la cabeza a Lovino. Su hermano y él vestidos con trajes similares. Y el prado de un solo árbol como fondo.

— ¿Estás bien con esto, Lovi? No hay manera de que lo estés. —continuó Feliciano. —Que alguien más controle tu vida como si fueses una simple marioneta a la cual puede mover a su antojo. Decidiendo que con quién vas a casarte, cuantos hijos vas a tener, que vas a comer el día de mañana. A eso no puedes llamarle vida.

—Deja de tener sueños de niño, Feliciano, es tiempo de que madures.

— ¿Se supone que hagamos todo lo que nos dice él? —preguntó Feliciano, incrédulo. — ¿Vas a poder vivir sin lamentarte un solo día la decisión que has tomado?

— ¡Lo estoy haciendo por ti!

— ¡Nadie te lo ha pedido! —espetó él, con una fuerza que incluso atrajo las miradas de la cafetería. — ¡No te he pedido que dejes tú felicidad por la mía! ¿Cómo se supone que me sienta si mi hermano está dando todo por mí? ¿¡Quieres que simplemente este en la banca observando como pierdes todo por mi culpa?! ¿Quién podría vivir con eso? ¡No te estás poniendo en mi posición en ningún momento, tan sólo estás decidiendo por tu cuenta qué es mejor para todos!

—Eres un bastardo malagradecido. —Lovino volvió a golpearlo, con mucha mas fuerza, ahora a puño cerrado. — ¡Debiste haber permanecido ignorante como siempre! ¡Tú no sabes de lo que es capaz!

Tanto Ludwig como Kiku ya estaban afuera de la cafetería, observando llenos de pánico la escena. Fue en ese momento en que Lovino se dio cuenta que su hermano tenía el labio roto a causa del golpe anterior, aunque él no parecía notarlo. Lovino se cubrió el rostro con las manos, sin saber qué hacer.

— ¿De verdad soy tan lamentable que ni siquiera te puedes apoyar en mí? —preguntó Feliciano, con un tono de absoluta decepción. — ¿Qué soy para ti, fratello? ¿Una carga que has soportado todos estos años?

Lovino se quedó callado, observando los ojos de su hermano, estos estaban cristalizados, intentaba no llorar con todas sus fuerzas, se mordía constantemente los labios y temblaba al sacar aire por la boca.

—Supongo que es así. —inhaló un montón de aire por su boca temblorosa antes de soltar esa oración. —Lo siento, fratello, por no tardarme en reaccionar, por dejarte sólo con la carga de papá, por ser un mal hermano. De verdad, de verdad, perdón. Si fuera fácil volver en el tiempo le diría al antiguo yo que te insistiera mucho más cada que no me dejabas entrar a tu habitación, pero eso es imposible, no puedo volver en el tiempo, Lovi.

—Feliciano…

—A cambio de eso, dejaré de ser un estorbo para ti. —sonrió roto. Justo como Antonio. —Sólo no me pidas que me rinda con esto, es algo en lo que no voy a obedecerte por más que me pegues o me maldigas, no voy a dejar que papá controle más tu vida.

— ¡Feliciano!

—Me voy, fratello. —dijo avanzando.

Al verlo pasar a su lado, Lovino sintió que sus piernas comenzaban a temblar, ¿qué demonios estaba haciendo? ¿por qué todo le estaba saliendo mal? ¿qué tan sólo quería estar alejando a su hermano también? Miró delante de él, Kiku estaba calmando a Ludwig para que no fuera corriendo tras su hermano, el alemán de verdad parecía estar debatiéndose la vida o la muerte en aquella plática, sus piernas parecían dispuestas a correr de ser necesario. Debía amar mucho a Feliciano.

No quería perder también a su hermano. ¡Lo estaba haciendo por él! Todo…

— ¿Lovi? —Feliciano miró detrás de él, sorprendido por el reciente agarre en la chamarra, su hermano se estaba aferrando con fuerza a él.

—No me dejes sólo, maldición. —gimoteó entre lágrimas, soltándolo y abrazándolo por la espalda. —Nunca, nunca te he visto como un estorbo. —aseguró. —Siempre he querido protegerte, tu a pesar de que naciste con un montón de talentos, siempre estuviste a mi lado, nunca me apartaste incluso cuando yo te trataba mal. Cuando era niño te maldije muchas veces, deseando tu suerte; pero no tardé en darme cuenta que yo no quería para ti la vida que estaba teniendo. "Mientras él este bien todo saldrá bien" no sé cuantas veces repetí esa oración para aguantar todo lo que pasé con Blas. No quiero que él sea capaz de borrar esa estúpida sonrisa que siempre me anima. Feliciano, no quiero que estés en sus manos.

Ya no pudo aguantarlo más, los ojos de Feliciano rompieron a llorar tan sólo al escuchar la primera frase que le dijo su hermano. Se aferró con fuerza a sus manos, mientras las gotas de agua salada le caían a Lovino en las propias.

—Y vienes tú diciendo que quieres luchar, sin tenerle el menor miedo. Incluso logras superarme en eso. No quiero que te alejes de mí y no quiero que te involucres de más con Blas, si acepto una tengo que renunciar a la otra. Soy tú hermano mayor, se supone que yo debería protegerte, no al revés. Incluso Antonio pagó los platos rotos de mis absurdas decisiones.

—Lovi…

— ¿Qué se supone que haga? ¡Me estoy odiando tanto que ni siquiera soy capaz de mirarme en el espejo! —explotó, golpeando suavemente la espalda de su hermano. — ¡Quiero tener otra cara, otro apellido, quiero ser una persona totalmente diferente! ¿Qué hay de malo con eso? No quiero permanecer despierto pero no hay manera en la que pueda dormir pensando en todo lo que puede y hará ese maldito infeliz.

—Pa… Blas no es invencible, Lovi. —sollozó Feliciano, separando las manos de su hermano para poder darse la vuelta y abrazarlo de frente. —Sabemos su punto débil, hay que usarlo.

— ¿Sabes siquiera lo que estás proponiendo? —lloró, hundiéndose en su hombro. —Me estás pidiendo que deje ir solo a mi querido hermano a la boca del lobo. ¿Cómo podría hacer eso?

—Lo harás, porque confías en mí.

—.—.—.—.—

Antonio se colocó la gorra que Francis le dio, sin mucho ánimo. Era domingo por la mañana, se suponía que debería estar feliz por ir al parque de diversiones, no lo estaba. Había visto un par de veces a Lovino entre esos días, él jamás se volteó a mirarlo, ni por un segundo, de verdad que era convincente. Tanto Francis como Gilbert desviaban la mirada cada que Lovino pasaba, siguiendo las peticiones de Antonio sobre esperar a que todo el asunto se aclarara.

— ¡El héroe ya esta listo! —gritó Alfred, animado, trayendo los pensamientos de Antonio a la realidad.

—Idiota, deja de gritar, todos podemos escucharte. —bufó Arthur, corriendo detrás de él. Al ver a Francis puso mala cara, yendo de inmediato a donde su novio; al parecer habían tenido una pelea. Aun así el francés había invitado a Alfred.

—Andando, ya estamos todos. —dijo Francis.

— ¡Subiré un montón de veces a la montaña rusa! —expresó Gilbert, alzando un puño. Todos lo secundaron, unos más animados que otros.

Francis fue quién puso el transporte, en una pequeña vagoneta cupieron todos, siendo él quién fue de copiloto y los demás, algo apretados en la parte de atrás.

—Tío, no sé, si somos ricos ¿no deberíamos ir más cómodos? —preguntó Gilbert, enfurruñado al ser él quien iba sentado en las piernas de Antonio.

—Gilbo pesa mucho. —reprochó Antonio, poniendo mala cara.

—Debiste pedirle a Arthur que él contratara el auto. —secundó Alfred, sintiéndose apachurrado. El inglés no quiso argumentar con alguna de sus frases. Francis hizo un mohín en su dirección, el cual fue ignorado.

—El chico que mi madre manda para mí se puso de acuerdo con los trabajadores de Francia y esta haciendo una huelga. —suspiró, desinteresado. —No tuve más opción que hacer esto, pero ya que no quede entre los veinte primeros lugares de la escuela, mi madre me dijo que no tenía derecho al dinero por diez días.

— ¿Otra vez huelga? —Gilbert miró a Antonio el cual se encogió de hombros.

—No te preocupes, Gilbo, si quieres puedo llevarte en mis piernas. —le mandó un beso flotante, provocando un brinquito en Gilbert.

—Estoy bien así.

Llegaron pasada media hora, dado a que Francis ya había comprado los boletos, pudieron entrar con facilidad sin detenerse en la enorme cola que daba en las taquillas.

Una donde Lovino estaba.

—Me dijiste que te pagara el favor de llevarme en la moto. —espetó, sintiendo miles de venitas a punto de explotar dentro de sí. — ¡Estar formado aquí por dos horas, compensa todo lo que me diste he incluso me quedas debiendo, bastardo idiota! —gritó en dirección a Sadiq.

—Concuerdo con lo que él dice. —dijo Govert, detrás de ellos. —He perdido media vida aquí.

—A ti ni siquiera recuerdo haberte invitado. ¡Y a ti tampoco! —señaló detrás de él, a Scott. — ¡No quiero tener a un Kirkland cerca de mí!

— ¿De verdad esta bien que hayamos venido, Lovi? —preguntó Emma, al lado de Scott. —Me siento un poco mal de que él tenga que pagar todo.

—No te preocupes, linda, aunque no lo parezca soy gentil con las damas tan bonitas como tú. —sonrió Sadiq, queriendo acercarse. Govert de inmediato se le puso en medio, dándole la mirada de mil perros a punto de echársele encima.

—Quiero compensar la forma en la que te traté el otra vez. —dijo Lovino, sonriendo. Luego se dirigió a Scott. —Lo que no entiendo es qué hace el bastardo sádico aquí.

—Es mi invitado. —contestó la chica, dando una palmada en la espalda del pelirrojo. —Estoy segura que se habría quedado en su habitación todo el fin de semana.

—Wao, que lamentable. —se burló Govert.

— ¿Cómo podría decirle que no a Emma? —sonrió Scott, lo más forzado que pudo, casi tronándose un diente de tanto que apretó la mandíbula. El holandés tomó del brazo a su hermana, pasándola de su lado.

—Mi hermana debió sentir muuucha lastima por ti.

—Hey, hermano…

—Por supuesto. —continuó Scott, sin borrar la mueca de su rostro. — ¿Tal vez debería aprovecharme un poco más de su generosidad?

—Inténtalo, igual y podemos poner tu cara del mismo color que tu cabello. —siguió Govert.

—Lo siento, tu hermana no es mi tipo, Govert. ¿Estabas emocionado de que fuera tu cuñado?

— ¿Cómo podría? Sé desde un inicio que Scott Kirkland no esta interesado en las relaciones interpersonales. Además Emma es muy fea para ti, ¿no crees? —Bel estaba a punto de reprocharle eso a su hermano cuando él le puso una mano en la boca, silenciándola. —Tampoco es que sea muy inteligente.

—Corrección, ella es fea para cualquier chico.

—Corrección de tu corrección, ella es fea incluso para las chicas.

— ¡Dejen de corregirse! —protestó ella, dándole manotazos a ambos, reteniendo las lagrimitas que amenazaban por salirse.

—Yo no creo que sea fea en lo más mínimo. —dijo Sadiq, metiéndose. —Ni tampoco los chicos de allá que están esperando que ella este un momento sola. —señaló a una bolita de chicos, casi de la edad de Govert y Scott, que al verse vistos fingieron mirar a otro lado.

Lovino suspiró con cansancio, avanzando otro lugar en la fila. Sadiq en cambió aprovecho ese pequeño avance para poner una mano en el hombro contrario de la chica y jalarla hacia él.

—Gracias, Sadiq. Tú sí sabes apreciarme. —Emma sorbió su nariz, arrugándola segundos después en la dirección de los otros dos. —Debería ir contigo a otra parte.

— ¡No toques a mi hermana! —Govert quitó su mano del hombro, aventándola a un lado, poniendo a Emma detrás de él.

—Se supone que me invitaste a mí, ¿por qué estás queriendo irte con otro chico? —cuestionó Scott, que estaba a su lado.

Los tres de nueva cuenta comenzaron a discutir, provocando risas en los espectadores. Lovino se cubrió el rostro, no queriendo que lo relacionaran con ellos. Sadiq de nuevo se puso a su lado, riendo por lo bajo.

—Oh, por cierto, ¿dónde está tú novio? —preguntó.

— ¿Qué? —Lovino lo miró con repulsión, ¿había estado investigando sobre él?

—No me mires así. Da la casualidad que cuando fui a entregarte la tortuga me lo topé, incluso me amenazó con que no te diera más regalos, aunque no dijo nada sobre invitarte a salir. —le guiñó el ojo, pícaramente. — ¿Y? ¿Le dijiste que vendrías conmigo?

—Él no sale conmigo. —gruñó Lovino. Sadiq pudo sentir la pesadumbre en sus palabras, por lo que mejor decidió abandonar el tema.

—.—.—.—.—

— ¡Waa! ¡Eso fue super asombroso! —gritó Gilbert emocionado, con el cabello desordenado a causa del juego. Era como un martillo gigante que daba toda la vuelta y los dejaba al menos treinta segundos suspendidos en el aire. Francis a su lado se estaba peinando el cabello.

— ¡Quiero ir otra vez! —secundó Alfred. —Eek. ¡Arthur!

—Estoy bien. —dijo él, respirando con dificultad. Sentía que todo le daba vueltas y tomó el brazo de su novio con fuerza, buscando no caerse.

—Eres como un viejito. —se burló su novio, recibiendo un golpe. — ¡Ay!

— ¿Qué dices, Toño? ¿A dónde hay que ir ahora? —preguntó el francés, pegándole un codazo a Gilbert para que dejara de repetir que quería volver a subir.

— ¿Los columpios que giran en el aire? —dijo sin estar muy convencido, Alfred y Gilbert apoyaron la noción, echándose a correr para apartar un lugar en la fila mientras ellos caminaban.

Arthur intentó correr hacia su novio, sin embargo, el mareo todavía persistía. Francis le tendió el brazo, recibiendo una mirada aniquiladora.

— ¿No sueles venir mucho con Alfred a estos lugares, verdad? —preguntó Antonio, riendo.

—Yo no tengo tanta resistencia como ustedes, tarados. —protestó Arthur, sonrosado por ser expuesto.

—Oh, pobre Alfy, lo estaré invitando mucho a partir de ahora.

— ¡Ni se te ocurra! —espetó el inglés, tirándole el cabello, al parecer la incomodidad entre ellos había desaparecido. — ¡Y tampoco a Matthew!

—Oh, sí que lo invité. Pero me dijo que estaría con Kiku. —suspiró decaído. —El buen Kiku, sé que es encantador estar con él, pero no debería dejarme tan solito.

—Estás infestando a Matthew con tus gérmenes de rana idiota.

Ambos comenzaron una pelea verbal bastante estruendosa, tirándose del cabello o pellizcándose a medida que seguían avanzando. Una vez que llegaron a la fila, fueron los terceros en pasar, el problema llegó cuando se dieron cuenta que los asientos eran de dos.

— ¿Quién se sienta con quién? —preguntó Alfred.

—Es obvio que me voy a sentar contigo, idiota. —reprochó Arthur.

—Awww. —soltaron los tres miembros del Bad Friends Trio, con una cara de burla mezclada con ternura.

—El juego antepasado fuimos Fran y yo. —dijo Antonio. —Ahora le toca a Fran y Gilbo, yo puedo ir con la siguiente persona.

—Hubiéramos invitado a otro. —comentó Gilbert. — ¡Ya sé! Como Alfred y Arthur son pareja, no tienen porque estar juntos hoy, así que don cejotas irá con Toño y mi asombrosa persona irá con el chico héroe.

—No me molesta ir con la chica de atrás. —contestó Francis, guiñándole el ojo.

— ¡Ni se te ocurra intentar pasarte de listo! —le advirtió Arthur, subiéndose al columpio que le ofrecía el empleado, quién ya parecía bastante molesto porque estaban atrasando la fila. Antonio subió a su lado y se cerró el tubo de seguridad.

— ¡Kesesesese~!

Los gritos de Alfred y Gilbert se escuchaban de fondo y todavía ni se encendía el juego. De verdad que ambos se la estaban pasando bien. Arthur se aferró al tubo, no es que le tuviera miedo a las alturas pero no confiaba en la seguridad de esos juegos.

— ¿Debo de tomarte de la mano? —preguntó Antonio, burlón.

—Tch. ¡Cómo si quisiera, idiota!

Antonio al encenderse el juego atrapó rápidamente la mano de Arthur y la alzó al aire, girando hacia atrás dándole una mueca de sorna a Alfred. Quién empezó a gritar un montón de veces en el aire. Gilbert también gritaba, sólo que él estaba más asustado de que no fuera a tirar a ambos por tantos movimientos bruscos que hacía.

— ¡Deja de estarlo provocando! —Arthur por miedo no pudo soltarle la mano a Antonio, incluso se aferró a ella, un poquito solamente. Tenía miedo de moverse, ya estaban girando los columpios y estaban muy lejos del suelo.

—Pero es divertido. —dijo él, poniendo un rostro de fingida inocencia.

— ¡Te mataré cuando me baje!

Ya una vez en el suelo, lo primero que hizo Alfred fue correr a su novio y darle un abrazo de oso, sacándole la lengua a Antonio, que correspondió de la misma manera.

—Pensé que iba a morir allá arriba. —dijo Gilbert, pálido. —No me vuelvo a subir con Alfred. —siguió murmurando.

Pasaron un buen rato subiéndose a cada uno de los juegos que encontraron, hasta que se comenzó a hacer tarde; Arthur fue el que propuso ir a comer, ya que no deseaba subirse en el siguiente juego, al menos tendrían que esperar una media hora antes de poderse subir a juegos con volteretas, subidas y bajadas.

Se sentaron en una mesa rectangular, perfecta para los cinco. Antonio, Gilbert y Alfred pidieron una hamburguesa, mientras Francis y Arthur tomaron una de las ensaladas de pollo que vendían. Alfred que fue el mandado por las bebidas, notó que en el letrero del lugar había una bebida especial para parejas, con una sola pajilla de plástico en forma de corazón que tenía puntas en ambos lados. Se emociono al verla.

— ¿Por qué compraste esta? —preguntó Arthur, sonrojado. El BFT se estaba muriendo de la risa en sus propios asientos.

—Ahí decía que es de las parejas, Arthur. —sonrió. —Y la pajilla es bonita.

Arthur se quedó mirando el refresco con una extraña sensación en el estómago, no quería que Alfred se sintiera ofendido pero estaba seguro de que si lo hacía, no se quitaría a esos tres de encima toda la vida. Bueno, intentaría no tomar agua.

—Ehh. —comenzó Gilbert, lleno de sorna. — ¿No vas a tomar, cejón? Después de todo el chico héroe puso su propio dinero para comprarla.

Una venita se hinchó en la cabeza del inglés.

—Gilbo tiene razón. —continuó Antonio, conteniendo la risa. —Incluso les haremos una foto.

Francis sacó su teléfono para remarcar lo dicho, terciando la burla.

— ¡No tengo sed! —gritó él, buscando desesperadamente una forma de escape. Alfred suspiró, notando la vergüenza de Arthur.

—Esta bien, Arthur, sólo tómalo tú. —murmuró. —Yo tomaré cuando tú no estés tomando.

—Puu. No son divertidos. —protestaron los tres.

Pasó bastante tiempo en donde Alfred cumplió lo dicho, ya estaban a punto de terminar la comida; el Bad Friends Trio estaba jugando como siempre, quitándose comida uno del otro, o contando chistes tan malos que los clientes alrededor se les quedaban viendo. Alfred sonrió satisfecho cuando terminó de comer, ya que Arthur estaba observando al BFT, supuso que podía tomar el último trago de refresco, así que se encogió de hombros y estiró el cuerpo para no levantar el brazo.

Al momento en que puso los labios en el popote, Arthur con toda la cara roja, impulsó su cuerpo al frente, igualando el acto del otro lado. Alfred lo observó maravillado, su cara se sintió caliente de pronto.

Antonio golpeó con suavidad el pecho de los otros dos, sorprendido por la escena. — ¿No sienten que sus corazones fueron agitados? —preguntó.

—La envidia me empieza a corroer. —aseguró Francis, mordiéndose los labios.

—Conseguiré una novia y definitivamente haré eso. —protestó Gilbert, golpeando la mesa repetidas veces.

Arthur se puso de pie en un movimiento brusco, sin darle la cara a ninguno comenzó a avanzar. Alfred rio bajito, corriendo a alcanzarlo, tomando rápidamente su mano, soportando todas las protestas que Arthur le dio, aún con el rostro de color carmesí.

—.—.—.—.—

Tardaron bastante en entrar, pero en el momento en que lo hicieron Lovino, Govert y Scott fueron jalados de un lado a otro por Emma y Sadiq. La chica ordenó dejar los juegos manuales de lado y las casas embrujadas o de espejos al final; Sadiq apoyó su noción, siendo la aceptada pues no tomaron en consideración lo que Scott protestó o Govert pidió, quizás era la forma personal de Emma para cobrarse la pelea en la fila. Además, era obvio que ellos no estaban acostumbrados a esos sitios, por lo que algunas cosas las consideraban tontas, las cuales eran las más divertidas.

Aunque al final Emma terminó cediendo un poco a uno de los juegos manuales, pues Scott y Govert comenzaron a apostar, muy a su modo, quién podía ganar alguno de los regalos que ofrecían. Sadiq por supuesto no dudo en unirse a ellos también.

—Me pregunto para qué quieren los regalos de aquí. Son horribles. —dijo Emma, bajando una muñeca vudú. —No. Creo que me asusta más que los dueños del lugar hayan dejado que vendieran esto.

—Son idiotas. —contestó Lovino.

Emma le ofreció algodón de azúcar, con el cual fue sobornada para que los dejara ir a tirar. Lovino aceptó gustoso, sonriendo al notar el saborcito que dejaba y la manera en la que se disolvía. Sin quererlo recordó aquella cita con Antonio, donde le dio a probar lo mismo.

—Te pusiste triste. —dijo Emma, cohibiéndose en sus hombros. — ¿Recordaste a Toño?

— ¿Ya sabes lo de Antonio? —preguntó Lovino, entre sorprendido y molesto. —Recuérdame no contarle nada de nuevo a tu hermano.

—Él no fue quién me lo dijo. —suspiró ella. —Antonio me lo contó después de que le insistí mil veces. Me pidió que me quedará a tu lado, aunque lo hubiese hecho incluso si él no me lo pedía. Te quiero, Lovi. Así como mi hermano sé que te quiere. Por favor, no te alejes de nosotros.

—No lo haré. —suspiró formando una curva pequeña en sus labios. —Hay un motivo del porqué con Antonio, pero no puedo decírtelo.

—Ya veo. —dijo Emma, tirando el palito ya terminado del algodón al cesto de basura. — ¿Considerarás pedirme ayuda en dado caso que la necesites?

—No puedo prometer nada, Bel.

—Mejor cambiemos de tema. Este lugar es para divertirse. —sonrió, no queriendo demostrar que las palabras de su amigo habían dolido mucho.

—Sí. —Lovino miró a Scott, que estaba apuntando a la cabeza de Govert y viceversa. — ¿Qué hay con Scott? ¿te gusta?

—Puff. ¿Qué cosas dices, Lovi? —rio Emma. —No quiero que este solo, es todo. Arthur era todo lo que tenía y ahora lo perdió, bajó que circunstancia, no lo sé, pero es feo estar sin nadie a tu lado. Él me ayudo y ayudó a mi hermano con lo que pasamos, y no pidió nada a cambio. Tiene un pequeño corazón bondadoso en esa mente fría. No sé si pueda llegar a él, pero si quiero hacerle saber que tiene alguien con quien contar. Igual que tú. —sonrió en su dirección. —Aunque me haya dicho fea.

—Gracias, Bel. —dijo Lovino, respondiéndole el gesto. —Necesito muchos amigos ahora.

—Necesitas a Antonio. —corrigió ella, encogiéndose de hombros fue en dirección a los otros tres chicos, que parecían discutir con el dueño, quién por cierto estaba súper asustado.

Terminaron yendo a comer luego de eso, a uno de los restaurantes que estaban ahí, ya que Scott no aceptó ir a los puestos que se encontraban distribuidos. Se sentaron en una mesa con un sillón en forma de media luna. Scott llevaba su guillotina tamaño escala en una bolsa que compró en una tienda de recuerdos, llevar un instrumento de pena capital en una bolsa transparente con diseño de animalitos le ponía a mas de uno los pelos de punta. Govert a su vez se había ganado una muñeca bastante tétrica, que estaba rota en la parte de los pómulos, de igual forma la llevaba en una bolsa similar a la de Scott. Y por último Sadiq, llevaba un libro de ocultismo bajo el brazo.

— ¿Para qué quieren esas cosas? —preguntó Emma, pegándose todo lo que pudo a Lovino, él también imitó su acto, alejándose de ellos.

—Lo necesito para mi colección. —dijo Scott, desinteresado.

—Estoy seguro que esto tiene algo oculto, lo pondré en la habitación del estúpido BFT. —contestó Govert.

—No sé que sea esto, pero parecía divertido, así que los seguí. —Sadiq se encogió de hombros, sonriente.

Una vez que pidieron su comida, Emma comenzó a hablar sobre el próximo evento que habría. Sería temprano por lo que todavía podían verlo y regresar a la escuela a tiempo. Ya iban a la mitad de la comida, cuando otro tema surgió.

—Por cierto, Lovi, ¿por qué no invitaste a Feli? —preguntó Emma. Lovino frunció los labios.

—Los hermanos menores son un dolor en el trasero, por eso. —se quejó Scott, bebiendo su té. Le dio un vistazo rápido a Lovino antes de desviarlo a la ventana.

—Estoy completamente de acuerdo. —dijo Govert.

— ¡No estés de acuerdo con ello! —protestó Emma.

—Lo siento, Bel, si tuvieras uno sabrías lo difícil que es. —siguió Lovino.

— ¿Quieres venir conmigo al gusano? —preguntó Sadiq a Emma. —Parece que van a quejarse bastante.

—Sí quiero. —le sacó la lengua a su hermano, que estaba a punto de ponerse de pie para ir con ella al igual que Scott. —No, quédense. Sadiq es más divertido que ustedes dos. —les sacó la lengua a ambos, tomando del brazo al turco.

— ¿Deberías salir conmigo entonces?

—No lo arruines. —pidió la chica soltándolo.

Ellos volvieron a tomar asiento, queriendo descansar un rato de la espontaneidad de esos dos. Scott miró a ambos con disgusto, maldiciendo la hora en que no pudo negarse a la chica dada la insistencia de esta.

— ¿Te has dado cuenta que debes apretar la cuerda de tu hermano? —preguntó Scott, burlón. — ¿No dijiste que no lo harías?

—Aún lo sostengo. —dijo Lovino, apretando los puños debajo de la mesa. —No tocaré a Feliciano para mis propios intereses, jamás. ¿Qué hay de ti? ¿No te sientes sólo sin el cejon yendo atrás de ti como perro faldero?

Scott afiló sus ojos en la dirección de Lovino. Era diferente a la vez que lo enfrentó, reclamándole los golpes a Arthur, en esta ocasión parecía mucho más duro con sus palabras y no estaba temblando de miedo. Quizás había conocido a alguien mucho peor.

—No lo estoy.

—Emma no cuenta. —intervino Govert.

—Lo sé.

Lovino comenzó a incomodarse. Era obvio que Govert estaba celoso e inquieto porque su hermana estuviera pasando tiempo con Scott Kirkland, después de todo no era la dulzura encarnada en persona. Emma podría salir lastimada. Volvía a caer en cuenta que de nuevo se parecía mucho a esos dos y a la vez no. Govert haría lo que fuera para proteger a su hermana, incluso mancharse las manos; mientras Scott había buscado controlar a Arthur para que no fuera sometido por nadie, sólo que falló miserablemente al no darse cuenta que él fue quien lo sometió.

— ¿En qué estás pensando? —preguntó Govert, mostrando preocupación.

—No es lo que crees. —respondió Lovino. Borrando la cara de Antonio que apareció en su mente de repente. —Creo que los tres somos un asco como hermanos mayores.

—Habla por ti. —dijeron ambos al mismo tiempo, serios. El italiano soltó una carcajada.

Lovino pensó en la manera en que contribuyo a tapar los ojos de Feliciano, pintándole a Blas como el perfecto padre, dejándolo fuera e incluso apartándolo tanto que ahora confiaba más sus llantos en una patata musculosa. No era mejor que ellos dos, ni siquiera sabía quién era el peor.

—Scott. —dijo de pronto, tornándose serio. —Voy a necesitarte.

Eso pareció desconcertar bastante al británico, pues incluso puso mala cara. Govert exhaló aire, no le gustaba el rostro de Lovino, parecía una persona totalmente diferente e incluso Scott podía notarlo.

— ¿Qué quieres de mí?

—Ayúdame sin protestar cuando te lo indique y créeme que no olvidaré eso. Te devolveré el favor, sea lo que sea. —Lovino no quitó ni por un segundo los ojos de los contrarios. Scott era perspicaz, sabía el valor de esas palabras.

—No puedo negarme, no vas a permitir que lo haga. ¿Cierto? —preguntó formando una sonrisa.

—En efecto. Aunque… tal vez tengas que servirme por una buena parte de tu vida. —Lovino no quería decir esas palabras, no a la persona que había lastimado a Arthur, pero tenía qué.

—Los Kirkland no están para servir, ¿no me dijiste eso un día? —dijo Govert, irónico.

—En efecto, no lo están. —contestó Scott, bebiendo el último sorbo de té. —Pero yo ya no soy uno de ellos, ¿o sí? —preguntó a Govert.

—Te contaré después. —concluyó Lovino, poniéndose de pie junto a su amigo.

—Un favor por un favor. —Scott los imitó. Los tres se pusieron en marcha para ir en busca de Emma y Sadiq.

El rubio pensó en el transcurso las últimas palabras de Scott, mientras Emma pensaba que Scott los ayudó en todo por tener un buen corazón en alguna parte de él, lo cierto era que no conocía en verdad a Scott Kirkland. Él se basaba únicamente en la ley de la supervivencia para vivir, atacando desde las sombras. Por suerte él se iría el siguiente año a cualquier otro lugar y Emma no tendría que volver a preocuparse por él.

Un favor por un favor. Fueron las mismas palabras que le dijo a él cuando le ofreció ayudarlo en su venganza a cambio de proteger su secreto.

—.—.—.—.—

— ¿Qué están haciendo aquí? —preguntó Emma, tensándose. Sadiq a su lado veía divertido a Antonio, quién puso un mohín al momento de verlo.

— ¿Por qué estás con él, Bel? —Antonio intentó tomar el brazo de su amiga, sólo que Sadiq no se lo permitió.

—Oh, bueno…

—Emma. —llamó Govert desde atrás.

Fue en el momento en que Lovino y Scott aparecieron detrás de él que todo en el parque comenzó a moverse mucho más lento, el ambiente casi se volvió irrespirable para todos los presentes y más de uno tragó saliva. Arthur sólo miró por unos momentos a su hermano mayor, antes de desviar la mirada a cualquiera de los otros. Alfred que tenía su mano atrapada entre la suya, la apretó, indicándole que estaba a su lado. En cuanto a Antonio y Lovino, el primero quitó los ojos de Sadiq y casi con incredulidad miró a su antigua pareja, no queriendo que sus suposiciones fueran ciertas.

—Siento escalofríos, ¿es normal esto? —preguntó Sadiq, sin saber que pasaba. El aire tenso se disipó un poco con eso.

—Que sorpresa encontrarlos. —dijo Emma, buscando ayudar también. — ¿Estaban yendo al evento?

—Queríamos pasar primero por la casa de los espejos. —respondió Francis, poniéndose delante de Antonio, como buscando protegerlo.

—Es justo a donde nos dirigíamos también. —le palmeó la espalda Sadiq, riendo. Francis se quejó por el salvajismo incluido. —Emma estaba diciendo que han puesto unas luces muy bonitas que hacen hermosa la vista. —la chica apretó los dientes, ¿ese chico no podía leer el ambiente? — ¡Vamos todos!

Ninguno de los presentes pudo decir nada para disolver la idea, ya que era demostrar que nada estaba olvidado o que la promesa de seguir siendo amigos no era verdadera. Así que sin objetar nada, las diez personas que conformaban los dos grupos, avanzaron juntos, en completo silencio. El turco, parecía estar analizando la situación con cierta gracia, veía de reojo a Antonio que iba rodeado de su amigo rubio y albino.

Una vez que llegaron, había un letrero en la entrada diciendo que sólo podían entrar de dos en dos.

Emma comenzó a morderse las uñas nerviosa, ¿debería ir con Lovino? ¿con Antonio? ¿con Scott? ¿con Govert? Oh, ¿por qué todos estaban siendo tan masoquistas? Bien podían decir que no querían estar ahí.

—Decidamos por la suerte. —la sonrisa que puso Sadiq le advirtió a los más intuitivos que no lo hacía por inocente.

—Escucha, yo estoy con él. —dijo Arthur, sin soltar la mano de Alfred. —Así que entraré si no les molesta.

—Sí, me molesta. —chistó Sadiq, deteniéndolo al tomarlo detrás de la camisa. Alfred se giró al mayor, molesto. —Dije que decidiríamos por suerte.

— ¿Por qué estás pensando que puedes tomar decisiones aquí? —espetó Lovino, cruzado de brazos. —Entraré con Govert y Emma irá con Scott. Tú puedes ir con el que sobre del otro grupo. Andando.

Lovino avanzó con las cejas fruncidas, todo sin darle una sola seña a Antonio de que quería ir con él. Su demás grupo lo siguió sin protestar, fue cuando Sadiq volvió a repetir la acción de Arthur, solo que con Emma, poniéndola a su lado, rodeándola con el brazo.

—Entonces tomaré una prisionera.

— ¿Tienes cinco años? —gruñeron los tres.

—Calma, calma. —pidió Francis, deseando con todas las ganas que todos los espejos de allá dentro se quebraran y el encargado saliera a decir que volvieran otro día. —Hagamos lo que dice o no será divertido para nadie. —suspiró.

Después de todo, ¿cuántas posibilidades había de que tocara con la persona menos deseada?

Sadiq había propuesto taparles los ojos para hacer más divertido su juego sádico. Sólo él y Francis habían quedado fuera de eso, al ser los organizadores, por lo cual tendrían que ir juntos. En cambió los otros, sacaron papelitos con números, los impares irían juntos, lo mismo con los pares. Francis desde ese día juró que comenzaría a estudiar probabilidad y estadística. Definitivamente el destino estaba conspirando en contra de cada uno.

1 y 3. Scott y Arthur.

5 y 7. Govert y Gilbert.

2 y 4. Emma y Alfred.

6 y 8. Antonio y Lovino.

9 y 10. Francis y Sadiq.

A varias de las personas les pareció divertido el juego, por lo que los que iban en grupos grandes de amigos, copiaron la técnica de ellos. Francis miró con cierta pesadez a la gente, si tan sólo supieran la situación de cada uno de ellos, no les parecería tan gracioso. A decir verdad, intentó intervenir, sobre todo al ver a la primera pareja, pero Sadiq los mandó sin más, y el encargado cerró la puerta, dado a que era una caminata de diez a quince minutos, los siguientes entrarían en cinco minutos, para no topárselos. Así que los demás permanecieron vendados hasta su turno.

Arthur se quitó la venda improvisada con su suéter que le pusieron en la cara, recibió bastante luz al quitársela por lo que parpadeó un par de veces. Justo iba a voltear a ver quién le tocó, cuando notó que su hermano ya iba por delante, sosteniendo con fuerza su propio saco.

Quería morir.

Lo siguió al ver que la puerta por donde entró no habría, ese momento lo debería estar pasando con Alfred no con su hermano. ¿Por qué demonios habían obedecido a ese chico raro? ¡Govert ni siquiera le habría permitido tocar una sola de las hebras de su hermana! Pese a eso miraba de reojo varias veces a su hermano. Ya hacía casi tres meses desde que no se dirigían la palabra y al parecer el estaba conforme con eso, pues lo ignoraba, tal cual no existiera. Y no es que Arthur estuviera ansioso de ser él quien diera el primer paso. Las luces del lugar iban cambiando cada ciertos metros, las primeras siendo blancas, las segundas verdes, las terceras azules y purpuras, las cuartas rosas y las quintas eran pequeños puntitos que se veían reflejados en los espejos de una manera casi mágica. Definitivamente tenía que entrar de nuevo con Alfred. Salieron casi tan rápido como entraron, ya que Arthur quería contemplarlas bien con su novio, por lo que no observó mucho, aparte la compañía no era deseada por ninguno de los dos. Al salir cada uno se fue a una jardinera distinta, esperando a los demás.

Los segundos que entraron fueron Govert y Gilbert. Al verse de inmediato los dos pusieron mala cara, maldiciendo su suerte y a Sadiq. Govert avanzó ignorándolo. El alemán en cambió a un paso más lento, contemplaba todo maravillado por las bonitas luces, los cuartos estaban adornados muy bonitos, el que más le gusto al albino fue el de las luces purpuras y azules, ya que en ese momento se intercalaban una a la otra, inundando la habitación en un solo color por varios segundos. De igual forma cuando salieron, Gilbert se dirigió a Arthur y Govert a Scott.

Los terceros fueron Emma y Alfred, ambos comenzaron a conversar animadamente a comparación de los demás.

—Deberías volver a entrar con Arthur. —dijo ella, cruzándose de brazos. —Este sitio es para las parejas, podrías darle un beso y se verían reflejados miles de veces en los espejos. Waaa. —chilló ella agitada.

Alfred se emocionó con la idea, alzándose las gafas, asintió. —Volveré a entrar después del evento, seguro que Arthur también está pensando lo mismo.

—Quisiera decir que tengo envidia, pero no la tengo en absoluto, ustedes se ven tan lindos juntos. —dijo Emma, dando brinquitos.

— ¡Yo también lo creo!

Al momento de salir, notaron con incomodidad que estaban separados. Govert y Scott charlaban en voz baja, mientras que Arthur regañaba a Gilbert por treparse en el árbol. Alfred miró a Emma, ambos con una falsa sonrisa se encogieron de hombros, yéndose a donde se supone que pertenecían.

Francis pasó saliva con dificultad al ver entrar a la penúltima pareja. No sabía que iba a suceder allá adentro, pero por todos los cielos, correría de ser preciso para alcanzarlos. Ya era suficiente la preocupación que tenía por la primera pareja. Es que, Antonio y Arthur se la estaban pasando muy bien ese día, ¿por qué debieron encontrárselos?

Al quitarse el suéter, Antonio notó que Lovino lo estaba observando sin expresión alguna.

—Andando, Lovi. —sonrió extendiendo la mano al frente para darle el paso. Lovino asintió con la cabeza, avanzando.

La primera sección de luces blancas fue tan incomoda que Lovino quería echarse a correr y terminar con eso. Sin embargo, Antonio estaba tranquilo, observando los pequeños detalles de la habitación. Al llegar a las luces verdes, notaron que los espejos que tenían marco, estaban adornados con ramas, flores y piedras de río.

—A que son bonitas, Lovi. —dijo Antonio tomando una de las flores blancas, pequeña. Se la extendió, dejándola en sus manos. —Estás no las ves mucho por aquí, debieron traerlas de algún campo.

—Es bonita. —sonrió Lovino, volviéndola a poner donde Antonio la tomó. Él ya se estaba adelantando rumbo a las luces azul y purpura. — ¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó sin poder evitarlo, sonaba muy egoísta y estúpido, pero ¿de verdad él podía ver todavía el mundo lleno de colores? Lovino no era capaz de hacerlo, sentía que iba a colapsar en cualquier momento al no tenerlo a su lado.

—Fran y Gilbo me invitaron. —contestó él, señalando un espejo que lo hacia ver gordo. —Mira este, Lovi.

—Ah.

— ¿Qué pasa? ¿No te gusta verte gordito? —bromeó.

—Sólo salgamos de aquí. —pidió sin darle la cara.

— ¡Lovi! —gritó Antonio, tomándolo del brazo y jalándolo hacia él. Lovino se quedó inmóvil, pasmado por la reacción contraria, su corazón comenzó a bombear frenéticamente. —Estabas a punto de golpearte con un espejo, mira por donde vas. —pidió.

Lovino alzó la mirada al espejo de enfrente, Antonio también lo observaba con una tristeza infinita. Un golpeteo le llegó al pecho y de inmediato se zafó del hispano. Jadeando, todo el aire se le agotó con esa imagen. Él estaba sufriendo, de verdad sufriendo, sólo que no lo dejaba notar.

— ¿Qué pasa? ¿Te estás sintiendo mal? —preguntó alarmado, hincándose a su lado. Lovino ni siquiera supo en que momento llegó al suelo. —Intentaré pedir ayuda, espera aquí.

—Estoy bien. —murmuró Lovino, descubriéndose el rostro, bajando la mano al suelo. —Sigamos.

Al llegar a la sección de las luces rosas, el teléfono de Antonio comenzó a sonar, provocando que ambos dieran un brinco del susto, ya que todo estaba en completo silencio. El hispano se detuvo, Lovino lo imitó al ver que miraba confundido el número del teléfono, pues no lo tenía registrado; así que sin importarle, siguiendo la corazonada, se acercó a él, colocándose a su lado, Lovino reconoció el número al sólo darle un vistazo.

Era su padre, ¡¿qué demonios?!

—No contestes. —ordenó firme, tomándole la muñeca. Antonio se giró a él, extrañado.

— ¿Lovi?

—No contestes. —repitió sin quitar el tono demandante de su voz.

— ¿Tú conoces el número? —preguntó Antonio. Su celular entonces dejó de sonar, cambiándolo por el de Lovino. El italiano cerró los ojos con fuerza, y antes de que pudiera impedirlo, Antonio le quitó el propio teléfono, mirando el nombre que aparecía en la pantalla. — ¿Es tú padre?

— ¡No contestes! —tronó Lovino, buscando desesperadamente quitárselo de las manos.

Antonio frunció las cejas con molestia, en un movimiento brusco se llevó el teléfono a la oreja, contestando. — ¿Qué es lo que quieres con Lovi? —habló, incluso Lovino pudo sentir un escalofrío al escuchar sus palabras. Antonio estaba siendo frío.

Así que están juntos.

— ¡Antonio, dame el teléfono! —demandó Lovino. Él apenas le dio un vistazo rápido. Antonio tuvo el teléfono un buen rato en su oreja, al parecer Blas le estaba diciendo algo. Lovino escuchó unas voces, Francis y Sadiq parecían estar discutiendo por algo, los pudo ver entrando en su sección. Al momento en que volvió a Antonio, él ya le estaba tendiendo el celular.

—Lo siento, Lovi, me precipite al tomarlo. —sonrió. —Tú padre me puso en espera, supongo que no quería hablar conmigo.

— ¿Qué fue lo que te dijo?

—Oigan, se supone que los grupos no deben encontrarse. —intervino Sadiq, empujando a Lovino. Antonio le dio una mirada rápida a Francis, que él pareció comprender bien.

— ¡Antonio!

— ¡Hay que ir por un helado después! —dijo Antonio en voz alta, dejándolo ir con el turco. Ambos no tardaron mucho en salir, dejando solos a Francis y Antonio.

— ¿Qué pasó?

—Te lo diré en la habitación, cuando estemos con Gilbo. —aseguró, alzando un puño para darle firmeza a sus palabras. —Se sentirá mal si te lo digo primero a ti. Y por ahora, quiero asegurarme de mantener el BFT demasiado unido. No quiero perderlos a ustedes también.

Y ambos salieron.

—Antonio, con una mierda, ¿qué fue lo que te dijo? —le atacó Lovino al momento de verlo salir, ambos grupos prestaron atención de forma inmediata. — ¡Tienes que decírmelo!

— ¿Así como tú le estás diciendo lo que ocurre? —preguntó Gilbert, quién a pesar de no comprender de que iba la cosa, escupió un par de las palabras que se había estado guardando.

—Eso no te incumbe. —le apartó Govert de un empujón.

—Hermano. —Emma miró a todos, nerviosa.

—Ya te dije que me puso en espera, Lovi. Puedes llamarlo para confirmarlo. —incitó Antonio. —Gilbo, no es nada, ¿de acuerdo? —pero el alemán comprendió que era algo que no podía ser contado ahí.

— ¡Tienes que decirme que fue lo que te dijo! ¡No intentes ocultármelo, te conozco tan bien como este par de imbéciles! —rechistó, tomándolo por la playera.

—Si te esta diciendo que no es nada, no lo es. —dijo Francis, quitando su agarre.

Detrás de ellos Alfred miraba la escena confundido e igual de nervioso que Emma. ¿Por qué todo se tornó así de repente?

—Me vale una mierda lo que tú digas. —Lovino le aventó la mano a Francis, provocando molestia en Gilbert. — ¡Dímelo!

— ¿Por qué no mejor tú dices lo que estás escondiendo? —remarcó el alemán, dándole un fuerte empujón al italiano, que se estrello en Govert.

— ¡Gilbo! —protestó Antonio, metiéndose en medio de ambos. —Lo siento, Lovi, no puedo decirte. —dijo de pronto, pensando en la mejor manera de solucionar eso. —Te lo diré después, ¿sí? Por ahora separémonos, esto es muy incómodo para todos.

—Incluso si tuviera algo que ocultar, no te lo contaría a ti, estúpida patata. —bramó el italiano, apartando a Antonio para devolverle la acción a Gilbert, el cual le tomó las manos con fuerza, acercándolo de un jalón.

— ¡Pero yo no soy tu mejor amigo, princesa! No me tienes que rendir cuentas a mí. —le gritó en la cara.

Lovino sabía que se arrepentiría mucho de las siguientes palabras que diría, pero de verdad, estaba rogando a todo dios existente que su futuro plan funcionara para poder redimirse. —Govert no me pide semejantes estupideces. —soltó, mordiéndose la lengua al final.

Gilbert lo soltó, incrédulo. Govert pareció consternado de igual forma por sus palabras. Fue tarde cuando Lovino se dio cuenta del efecto en todos los presentes, en Antonio. El español se quedó en blanco un par de segundos insignificantes para cualquiera menos para el BFT, Arthur y Lovino; este último notó una tormenta de emociones comprimiéndose en sus verdes ojos. Sus labios se hicieron una línea fina, formando una torpe mueca que seguro quería simular una sonrisa. Gilbert y Francis en cambió parecían mucho más afectados que lo que Antonio dejaba ver.

— ¿CÚAL DEMONIOS ES TÚ PROBLEMA? —estallaron ambos, furiosos.

Lovino le dio un vistazo rápido a Scott, él alzó una ceja, luego torció los ojos al recordar el pequeño trato acordado. Antes de que pudiera intervenir, fue Arthur el que se puso en medio de ellos junto a Alfred. Deteniendo los movimientos perezosos de su hermano.

—Sólo vámonos. —pidió a el BFT. —El evento comenzará dentro de poco, quiero ir a verlo.

—Arthur tú…

—Yo también quiero ir, chicos. —dijo Antonio, abrazando a ambos por los hombros. —Para que Arthur sea quién no los pida, de verdad ha de querer ir con nosotros.

Francis miró a Gilbert y este imitó su gesto. Estaban preocupados por su mejor amigo. Lovino en cambió se sintió la persona más estúpida del mundo; había herido de nuevo a Antonio.

—Antonio. —llamaron Francis y Gilbert, dejando de avanzar, el español que ya estaba unos metros más adelante no se giró a verlos, sólo se quedó parado. — ¡Tú eres nuestro mejor amigo!

—Lo sé, chicos. Gracias. —y siguió avanzando.

Arthur miró a Lovino, luego a Emma, Govert e incluso a su propio hermano. Sadiq fue ignorado al ser el causante de semejante desastre. Tomando la mano de Alfred para sacarlo de ese incomodo lugar, se volvió a girar a Lovino. El BFT se estaba perdiendo en la multitud y tendría que apresurarse para alcanzarlo.

—Esto no es parte del plan, Lovino. —dijo Arthur, sus palabras le retumbaron a Lovino, se sentían como el viento de invierno congelándolo. —No sé que pienses que estás haciendo, pero debes dejar de tenerte tanta estima, el amor de Antonio se va a quebrar por completo y cuando busques regresar a él, te encontraras con algo impenetrable. ¿Recuerdas la barrera que tu tenías al conocerlo? Estará de nuevo ahí, sólo que serás tu quién tenga que escalarla ahora.

— ¿Significa que ya no me ayudarás?

—Y conociéndote, te rendirás antes de intentar escalar. —le escupió, clavándole las palabras al corazón. —Si estás bien con esto, bien, destruye cualquier sentimiento que él quiera tener por ti. Yo voy ayudarte porque lo prometí y he llegado a estimarte. —Lovino ni siquiera pudo mirarlo. —Sólo te pido una cosa, si de verdad vas a hacerlo, no seas tan cobarde para volver a él con la cola entre las patas. Eso jamás podría perdonártelo.

Lovino se encogió sobre él mismo, afectado. Si el plan era hacerlo sentir mal, les estaba saliendo a la perfección.

—.—.—.—.—

Antonio se detuvo luego de recorrer un buen tramo de gente. El evento que se haría estaba completamente fuera de su alcance en esos momentos. Talló su frente con molestia, al grado de irritarse la piel. Gilbert y Francis a su lado se mantenían callados, las palabras pasaban a sobrar en esos momentos, no había ninguna que pudieran decir sin maldecir a Lovino.

Arthur y Alfred estaban jadeantes cuando llegaron, seguro que terminaron corriendo para alcanzarlos.

— ¿Has hablado con el padre de Lovino? —preguntó Arthur, directo, guardándose la sutileza para después.

—Sí. Por favor, no le digas todavía nada a Lovi. —pidió, volteándose a él. —Si él se entera sé que se interpondrá a toda costa. He comprendido con lo que acaba de hacer que esta recio a negármelo todo y otras cosas más. Iré a hablar con su padre.

— ¿Qué fue lo que te dijo?

—Su dirección. El nombre del hotel donde se está quedando y el número de su habitación. —suspiró. —No sé cuánto duré su estadía todavía, así que iré mañana mismo.

— ¡Mañana hay escuela!

— ¿Qué otra opción tengo? —cuestionó irritado. El temperamento calmado se le estaba saliendo de las manos, comenzaba a frustrarse.

Francis miró a Arthur, él desvió la mirada al sentir aquellos ojos que le rogaban que dijera algo. Su lealtad estaba muy dividida en esos momentos, por una parte, sabía lo peligroso que sería para Antonio ir solo con el padre de Lovino, ni siquiera estaba seguro de que lo volvería a ver después de eso. Y por otro lado, no había forma de que traicionara la confianza de Lovino, tampoco es que el terco de Antonio fuera a dimitir sólo por eso, incluso agitaría todavía más sus ganas de ir.

— ¿No puedes darme tiempo? —preguntó, dando un paso a él. —Sólo unos días más. Te prometo que incluso si Lovino no lo quiere, te diré todo. Únicamente necesito terminar algo.

—Incluso tú lo sabes. —una risa irónica se escuchó salir de la boca de Antonio. Se sentía patético.

—Por favor. —rogó Arthur, tomándolo del brazo.

—También te lo pido. —se metió Alfred, respaldando a su novio. —Sé que es una locura, dado a que no tengo ni la menor idea de lo que pasa, pero si algo sé, es que Arthur está buscando por todos los medios resolverlo. Y sí él lo prometió, lo cumplirá. Confía en su palabra.

—Confiamos en ella. —dijeron los tres al mismo tiempo.

—Tres días, ni uno más. —espetó Gilbert, pegándole con un dedo en medio de la frente del inglés. —Mi asombrosa paciencia va a estallar en cualquier momento, pero la puedo controlar por tres días más.

Era imposible que el plan con Iván quedará en tan poco tiempo. Arthur cerró los ojos con fuerza, sabiendo que no tenía otra opción más que aceptar.

—Hecho.

— ¿Por qué has decidido los días tú, Gilbo? —le reprochó Francis, buscando suavizar la plática.

— ¡Porque soy el más asombroso de los tres!

El BFT siguió discutiendo por un par de tonterías, típicas de ellos. Alfred miró a Arthur preocupado, ¿no estaba cargando demasiado en sus hombros? Sabía que se preocupaba por la situación, incluso él estaba angustiado, sin embargo, presionarse de tal manera comenzaría a afectarlo. Torció los labios, pensando, no podían ir de nuevo a los espejos, cabía la posibilidad de que Scott y los demás estuvieran todavía ahí.

—Ustedes dos deberían ir al evento. —dijo Antonio, separándose de sus amigos que intentaban atraparse. —No han tenido mucho tiempo juntos hoy, por nosotros, y el idiota enmascarado. —lo último lo murmuro con disgusto.

— ¿Y qué hay de ustedes? —preguntó Arthur.

—Iremos a subirnos de nuevo a los juegos. Llámame en cuanto acabe. ¿De acuerdo? Tenemos que volver juntos a la escuela después de todo. —sonrió.

Era una forma sutil de decir que ya no quería ver más a Lovino ese día. Ambos asintieron, marchándose por donde llegaron.

Pasaron un rato en silencio, sin soltarse de las manos, Arthur le dio una media sonrisa un rato después.

—Siento haberte metido en esto, no tenía idea de que esto pasaría o que llegaría tan lejos. —comentó, perdiéndose en las manchas que tenía el suelo a medida que avanzaban. De cemento se fue convirtiendo en loseta lila con purpurina. —Lovino está siendo un idiota.

—Creo tener una idea de que esta pasando. —dijo encogiéndose de hombros. —Algo de lo que me dijo Toris ¿no?

—Sí.

—Robín-Lovi lo debe estar pasando mal. —la temperatura comenzaba a descender a medida que la tarde se iba perdiendo. El americano se metió la mano de Arthur junto a la suya en la bolsa de su chaqueta, intentando calentar ambas. —Pero no hay manera de que esto salga bien.

Se detuvieron al no poder seguir avanzando por la cantidad de gente aglomerada. Delante de la vaya donde las personas se amontonaban, estaba un lago que se fue iluminando con pequeñas luces blancas en los alrededores, subiendo por el quiosco que estaba en medio y al cual nadie podía acceder.

— ¿A qué te refieres?

—Cuando pensé que eras tú, me sentí terriblemente decepcionado. —explicó. —No me sentí para nada considerado, aunque se hiciera para protegerme o algo así, me quedé toda la noche preguntándome ¿dónde quedaban mis sentimientos en todo eso? Quizás Antonio sea diferente, pero no hay forma en que él no haya pensado en lo mismo al menos por un segundo.

—Alfred…

Los fuegos artificiales comenzaron a resonar inundando con diferentes colores el cielo que quedaba reflejado a su vez en el lago. Dando una vista preciosa. Alfred recargó un instante su cabeza en la de Arthur; los sonidos del cielo combinados con los de la tierra daban un ambiente precioso.

—Te amo, Arthur. —susurró en su oído, para que únicamente él escuchara.

—Y yo a ti, héroe. —le sonrió, pegando su frente con la suya. Alfred entonces jugo con ambas narices, plantándole un besito después.

—.—.—.—.—

Lovino despertó temprano, apenas pudo dormir la noche anterior como los últimos días. Arthur ya estaba levantado, organizando quién sabe qué cosa en su portafolio; lo hacía todas las mañanas, debía ser el portafolio más limpio del mundo.

— ¿No puedes dormir? —preguntó, sin voltearlo a ver. En la noche anterior ni siquiera se hablaron al encontrarse. —Enhorabuena. Estaba a punto de despertarte de todas maneras.

— ¿Para qué? —gruñó de malhumor.

—Vístete, iremos con Iván. Tenemos que apresurar esto para antes de pasado mañana. —dijo serio.

—No hay forma que tengamos un plan a ese tiempo, en una semana ya era de por sí difícil y como viste, no se nos ocurrió nada más allá de afeitarle la cabeza. Además ese bastardo llamó a Antonio, tengo que averiguar qué le dijo. A Feliciano tampoco le ha contestado el mensaje, no sé que mierda esta tramando ahora.

—Yo sé lo que le dijo a Antonio. —soltó de pronto, centrándose en Lovino. —Apúrate.

— ¿Cómo…? ¡Tienes que…!

—No. —Arthur alzó una mano, deteniéndolo. —Te lo diré siempre y cuando dejes esos pensamientos pesimistas de lado y me ayudes de una buena vez con esto. Feliciano incluso parece tener muchas más ganas que tú, pese a que apenas descubrió lo imbécil que es su padre, se supone que eres quien debe estar a la cabeza de esto, no yo. Pero estás aquí, sintiendo compasión por la mala suerte que te toco vivir.

El italiano se mordió los labios, queriendo evitar sus palabras.

—Dije que nos vamos. —ordenó de nuevo el británico, en un tono mucho más severo.

Ya en la sala de juntas, con un Lovino desarreglado y un Arthur que hasta las cejas le brillaban, Iván les comenzó a repartir folletos que anunciaban la fiesta de Halloween para el miércoles. Algo en lo que todavía Roderich ni Vash estaban de acuerdo, al ser horario escolar, aun así ya contaban con los permisos del director y profesores. Arthur indicó como tenían que doblarlo y los tres comenzaron a trabajar mientras platicaban; Eduard ya estaba tomando notas al mismo tiempo que ponía los anuncios en las páginas de la escuela y mandaba invitaciones a los correos del alumnado.

— ¿Se supone que Feliciano busque evidencia en la oficina de Blas? —cuestionó Lovino, molesto. —Ni loco dejaría que él entrará ahí. Además, Blas sabrá, ya no va a confiar en Feliciano.

— ¿No hay forma de entrar en el sistema? —dijo Arthur hacía Eduard.

—Es bastante difícil. —Eduard se subió las gafas, tallándose los ojos. —Llevó desde la pequeña sesión que tuvieron en nuestra habitación intentando entrar a las cuentas y al sistema. Tiene mucha seguridad.

—Debe estar ocultando algo. —comentó el inglés.

—No necesariamente. Mi abuelo siempre ha sido muy cuidadoso en como funciona el dinero, por eso la seguridad es mucha. —discrepó Lovino. —Además Blas tiene una perfecta fachada, yo lo sé, lo he visto un montón de veces relacionarse con gente poderosa pero similar a mi abuelo y a tú padre, Arthur, todos piensan que es fantástico.

—Será difícil conseguir aliados entonces. —Iván frunció la boca, disconforme.

—La otra gente con la que trata es más peligrosa, muchos de ellos tienen que ver con la mafia, pero Blas no esta completamente relacionado con ellos, es una relación más cordial que requerida. —Lovino se talló la barbilla, analizando. —No quiero relacionarme con ellos para pedir ayuda.

—Es cierto, deberle a los tipos malos no es bueno. —dijo Iván, negando con la cabeza. Arthur lo miró, cansado, era el peor de todos para decir eso.

— ¿No conoces algún tipo de fraude que este haciendo? Podemos atacar por ahí. —preguntó Eduard.

—Blas sólo es un malnacido. —chasqueó Lovino. —Fuera de eso dudo mucho encontrar algo para que la policía pueda arrestarlo. Incluso si fuéramos a ello, me llevaría mucho tiempo, tendría que regresar a Italia.

— ¿Qué hay con lo que le hizo a la familia de Antonio? —Arthur sintió que su mente estaba trabajando a mil por hora. —Eso es fraude.

—La empresa a la que estaba invirtiendo no esta al nombre de Blas. Uso terceros. Los únicos que sabían que estaba detrás de ello son el usurpador y el padre de Antonio, ya que Blas fue quién le recomendó hacerlo. Sólo dirá que él no tenía idea. —espetó, enojándose. —Ese maldito infeliz.

— ¿De verdad no crees que tú madre nos ayude? —preguntó Iván, lucía estresado por la situación.

—No. Ella dijo que ya cambió, pero si se trata de Blas… esos dos se aman de verdad. —bufó, asqueado. —Y son la misma mierda, así que se comprenden muy bien.

— ¿Qué hay de las acciones de las empresas? ¿No eres dueño de una parte?

—Sólo del diez porciento por el momento en las de él, no es idiota para darme más poder.

— ¿Y qué hay en las de tu abuelo? —preguntó Iván. Lovino lo miró, llevándose una mano a la boca sus dedos presionaban finamente sus labios, de verdad que no había considerado eso.

—No tengo idea, él jamás me ha forzado para que me meta en esos asuntos. Así que simplemente pasé de ellos.

—Waa, tu irresponsabilidad sí que es legendaria. —regañó Arthur.

—Pero a mí si me lo dijo, fratello. —Feliciano irrumpió de pronto, con Ludwig a su lado. Kiku estaba haciendo unos trámites para la universidad así que le fue imposible acompañarlo esa mañana. —Te lo dije, Lovi, tienes que usarme.

— ¿A qué te refieres, Feliciano? —preguntó Arthur antes de que Lovino pudiera hablar.

—Blas tiene un sesenta por ciento de las acciones de sus empresas, donde diez le pertenecen a Lovi y veinticinco a mí. Actualmente eso no ha cambiado. —comentó, Ludwig sacó de su portafolio cuatro reportes que paso entre Iván, Arthur y Lovino, quedándose él con uno.

—Pero eso no es todo. —prosiguió Ludwig. —Otro quince por ciento le pertenece a Bianca Vargas. Donde ella las ha puesto a nombre de Feliciano, sólo que eso ha cambiado ya, ella inició un trámite para que ambos tuvieran mitad y mitad. —señaló a Lovino.

— ¿Eso no tiene que decidirse en una junta? —preguntó Arthur. —Estoy seguro de que mi padre me lo dijo.

—No, eso se hace únicamente cuando mueres y no hay un testamento o alguien pelea para quedarse con las acciones. —respondió Ludwig. —Bianca puede hacer con sus acciones lo que le plazca siempre y cuando no afecte directamente a la empresa. Si los miembros piensan que son un peligro ellos dos puede llevarse a cabo la reunión donde Blas tendría la última palabra.

—Seguimos en las mismas entonces. —farfulló Lovino. —Si intentamos darle un golpe económico, no tenemos suficiente.

—Lovi, debes escuchar más al abuelo cuando hable. —reclamó Feliciano, poniendo un mohín. —Actualmente eres el mayor accionista de sus empresas, eso quiere decir que eres el heredero de todo cuando él muera.

— ¡Imposible! ¿Qué hay de ti?

—Recuerdo haberle dicho hace algún tiempo que no me dedicaría a ello. —dijo. —Así que ya no fui incluido dentro de la empresa.

Arthur miró asombrado a Lovino. —Seguro que te lo terminas gastando en tomates. —se burló.

— ¡Claro que no!

Feliciano se rio, sentándose al lado de Ludwig. —Con eso, puedes hacerlo, Lovi. Aunque a decir verdad, tienes que esperar a que el abuelo… muera para tomar esas acciones. —murmuró, cohibiéndose al pensarlo. —Pero quizás si le llamamos…

—Si pudiera localizarlo todo sería mucho más fácil. —suspiró. —Blas le pagó unas malditas vacaciones y quién sabe cuando regrese el vejestorio ese.

—Así que volvemos al inicio. —resopló Arthur.

—Me pregunto si es realmente así. —comentó Iván, doblando otro tríptico, poniéndolo sobre la pila que ya tenía. —Ahora tenemos información que puede ser usada en un futuro.

—Necesito tener un plan para antes de pasado mañana. —remarcó el inglés. —De lo contrario puede pasar algo malo.

—Pasado mañana es la fiesta de Halloween. —Iván alzó una ceja, confundido. — ¿Por qué necesitas eso cuando vas a estar celebrando?

—Yo…

—Eso no importa. —se metió Lovino, poniendo las manos en la mesa. —Tal vez… sí sea buena idea pedirle ayuda a mi madre.

— ¿Estás seguro? —preguntó Eduard. —Por como te expresaste puede ser contraproducente, corres el riesgo que le diga a tu padre.

— ¿Entonces que se supone que haga?

—Tranquilo, Lovi. —pidió Feliciano. —Ya te dije que hay que usar su debilidad.

— ¿Cómo podría? —susurró sin darle la cara a su hermano.

— ¿Qué piensas hacer, Feliciano? —preguntó Arthur, ignorando por un momento el pesar de Lovino. — ¿Tienen algo en mente?

—Exponerlo. —dijo aguardando un suspiro. Lovino se giró a él, sin comprender. —Yo no soy la única debilidad de Blas, ¿o sí? Mamá también lo es.

—Es muy inocente tu plan. —reprochó Lovino. — ¿Qué te dice que Bianca no estará de su lado? Además, terminará superándolo, y será peor.

—Aparte de su mamá, creo que si podemos comprobar que él fue quién hizo fraude a la familia de Antonio y todo lo que hizo antes de eso, como separar a su familia, mostrándoselo a las personas correctas, una gran parte se irá de su lado. —comentó Ludwig. —La gente que confían en tu abuelo no quieren a las personas así, ellos hacen negocios buenos, por lo tanto, ¿qué les dice que Blas no intentará lo mismo con ellos?

—Macho patatas, ¿sabes lo que estás arriesgando aquí? Tú familia…

—Él no hará nada. —dijo totalmente serio. —Porque ya he advertido a mi padre de esto.

— ¡Pero…!

—Hermano, es otra cosa que estoy pidiendo. —dijo Feliciano, interviniendo. —Ahora es la familia de Ludy solamente, pero Kiku prometió hablar con Yao esta tarde. —los ojos de Iván parecieron iluminarse con el simple nombramiento de su persona amada. —Me ayudará a pedir el apoyo de su padre.

—Feliciano. —Lovino lo contempló sorprendido, sin terminarse de creer que su pequeño hermano hubiera pensado en eso.

—Me gustaría que también Arthur nos pudieras ayudar con tu padre.

—Eh… claro. —respondió aturdido.

—De igual forma que nos ayudaras a convencer a los Bonnefoy de esto.

—Si incluyes a Francis entonces Antonio sabrá todo lo que esta pasando. —cortó Lovino, negando con la cabeza. —No.

—Lo necesitamos. Tienen que intervenir en cualquier negocio de los Vargas. —dijo de pronto, desconcertando a todos. —Deben pedirles que inviertan, que compren acciones, debe haber presión a partir de ahora para meterse en cualquier asunto relacionado con Blas. Solo con Blas, no con mi abuelo, por favor.

—Eso es obvio, pero… ¿no será contraproducente? —preguntó Arthur, confundido. —Tan sólo hará más rico a tu padre.

—Los primeros años, sí. —sonrió Feliciano, estremeciendo a muchos, excepto a Iván que parecía cada vez más emocionado. — ¿quién dice que eso durará para siempre? Entre más acciones compren, lo estarán orillando a tener que ir cediendo la empresa poco a poco, él ya no será capaz de tomar decisiones por sí solo.

— ¿Eres consciente de lo que estás pidiendo? —se metió Eduard, asombrado. —Los Vargas pueden quedar en la ruina.

—Quizás sí, si consideras que dependemos de Blas. ¿Pero de verdad todo ese dinero que me van a dar a cambio de decidir toda mi vida vale tanto la pena? —preguntó Feliciano, cerrando los ojos. —No. No lo vale. Prefiero trabajar con mis propias manos y construir mi futuro yo mismo a que decidan por mí cada una de mis acciones y a quién debo amar. Nunca pensé que tendría que luchar por mi libertad.

—Hecho. —dijo Lovino, mirando a su hermano. —Sólo una cosa.

— ¿Qué es, Lovi?

—Yo estaré a la cabeza de todo esto, tú simplemente me estarás ayudando desde las sombras. De otra manera, no hay forma en que acepte esto teniéndote a ti al frente.

— ¡Lovi!

—No sabes manejar a Blas. —habló de manera calmada, buscando razonar con él. —Te descubrirá antes de poder chasquear los dedos. Necesito ir yo.

— ¿Estás seguro?

—Sí. Le quiero hundir la primera daga a ese bastardo yo mismo. —sonrió, arrugando algunos folletos.

— ¡Hey, vas a tener que volver a imprimir esos! —se quejó Iván.

—Espera un momento. Estoy seguro de que lo he visto antes. —paro Arthur, bajando la mirada. Por estar tan concentrada en la plática había tomado otro folleto, solo que este era distinto.—¿Qué es? ¿Este no es uno de los comics de Alfred? —preguntó, tomándolo de la punta. El papel estaba arrugado, con algunas tiras desgarradas, pintado de naranja con algunos de los bocetos de las invitaciones en cada hoja.

—Ups. —sonrió Iván.

— ¡Es uno de los que yo le compré! —reclamó, enojado.

Mientras continuaban los reclamos de Arthur, Lovino no quitó ni por un segundo la mirada de su hermano menor que platicaba con Ludwig sobre las hojas que les habían dado. ¿Por qué la diferencia entre ellos se remarcaba una vez más? Lovino había decidido acobardarse y no decir nada, queriendo proteger a su hermano sobre todas las cosas, lastimando a Antonio cada que podía, siendo terco con sus propios sentimientos, poniendo peros a cada idea que le daban para enfrentar a Blas. Mientras que Feliciano decidió ir por lo grande, incluso considerando y aceptando las consecuencias que todo eso traería, hasta incluyó a Ludwig y le advirtió sobre todo.

De nuevo su pequeño hermano le había superado.

—.—.—.—.—

Arthur terminó de pegar la última pancarta con ayuda de Toris, él aún tenía que seguir entregando panfletos por lo que siguió su camino despidiéndose de él. Le dolía la cabeza, eso de estar puliendo los detalles del plan contra el padre de los Vargas, consumía mucho tiempo, incluso habían faltado a clase; luego la junta del G8 donde Iván pidió a todos que fueran a colocar la publicidad de la fiesta, adueñándose de los tiempos de Vash y Roderich para que terminaran de hacer el inventario de todo lo comprado.

Por suerte se había apiadado de él y sólo lo mandó a colocar las lonas que eran cinco.

A penas eran las cuatro de la tarde por lo que fue a buscar a Alfred para tomar algo juntos. También debía buscar a Antonio, tal vez el plan que formaron eran de años, hasta que los gemelos Vargas cumplieran la mayoría de edad para formar parte de la empresa, sin embargo, debía asegurarse que ahora Antonio no fuera a la boca del lobo.

No tardó en encontrarlo, extrañamente comiendo solo. Además de que ninguna de las chicas ya parecía interesada en estar cerca de él.

— ¿Ha pasado algo? —preguntó, tomando asiento enfrente. Antonio lo miró sin comprender, con la cuchara aún en la boca. — ¿Dónde están los otros dos idiotas?

—Fran esta ayudando a Matthew con los panfletos. —contestó, volviendo a hundir la cuchara en el pudín. La demás comida estaba intacta. —Y Gilbo creo que fue a ayudar a su hermano. No estoy seguro.

— ¿Qué hay de las chicas? —miró a su alrededor, nadie les estaba prestando atención. —Hoy pareces un ser invisible.

—No lo sé. —se encogió de hombros, indiferente. —Desde hace varios días me han estado evitando. Supongo que las ojeras de mi cara deben lucir muy mal.

—Antonio.

—De verdad que no lo sé. —afirmó, bajando las manos. —Aunque a decir verdad, no me parece extraño, últimamente todos se están alejando de mí. —suspiró, mirando el pudin que ya iba por la mitad. —Ya me has desanimado. —fingió sorber una lagrimita. — ¿será el efecto de tus cejas?

— ¡Idiota! —dijo pegándole en la cabeza. —Además ¿por qué estás comiéndote el postre primero?

—Tengo que endulzar mi vida. —contestó Antonio con una sonrisa curvea.

—Ugh. Más cursi no puedes ser. —farfulló el inglés, compungido, tomando uno de los brócolis.

—De verdad que se te han pegado las malas mañas del chico héroe. —protestó Antonio. —Ni siquiera te has lavado las manos.

—Estoy muy seguro que tú no te ibas a comer eso. —se encogió de hombros Arthur, ignorándolo para tomar los demás. —Hay un exceso de tomate en esa ensalada.

—Porque son los más ricos.

—Sobre lo que te dije en la feria… —comentó, mirándolo. —Estoy trabajando en esto, pero llevará más tiempo que tres días, no obstante, no vayas con Blas, por favor.

—No lo haré. —dijo Antonio, picando con el tenedor los tomates y lechugas. —Pude ver por tu desesperación y por la de Lovi que nada bueno me espera si voy ahí. No tengo más opción que esperar a que alguien quiera ilustrarme.

—Tienes que mantenerte fuerte, Antonio.

—Eso es lo que hago. —murmuró, formando una mueca.

Aunque eso no funcionaba en absoluto, ya que a la percepción de Antonio fingir que aceptaba la decisión de Lovino y nada pasaba lograba preocupar a todos mucho más. ¿Qué deseaban que hiciera entonces? No podía entenderlos. Lovino tomó la decisión de terminar con él, aceptando volver a ser su amigo, sin embargo lo evitaba cada que lo veía con demasiada obviedad y luego en el salón de los espejos parecía molesto porque él estaba ahí, pasando un buen rato con el BFT, Arthur y Alfred. De verdad que no entendía que quería que hiciera. Lo mismo ocurría con Gilbert y Francis, sabía que estaban preocupados por él, pero era cansado que lo arrastraran de un lado a otro para animarlo, y cuando Antonio los veía sin que se dieran cuenta, ponían caras tristes.

Arthur se levantó de ahí luego de terminar de compartir la comida de Antonio, dejándolo ahí, haciendo algunos deberes en los que explicó mas de tres ejercicios. Debía ser difícil para el hispano que todos se estuvieran compadeciendo de él y que Lovino buscara apartarlo cada vez más.

—Alfred, voy a pasar. —anunció, abriendo la puerta.

— ¡No puedes! —gritó desde el otro lado, poniendo su peso en la puerta para que el británico no pudiera abrirla.

— ¿Qué? ¿Por qué no? —reprochó Arthur, moviendo la perilla bruscamente. — ¿Qué diablos estás haciendo allá adentro?

— ¡Nada en absoluto! ¡Tienes que irte, Arthur! —dijo Alfred, poniéndole seguro a la puerta. — ¡Estoy ocupado!

— ¡Ah, yo también estoy ocupado, mocoso! —protestó Arthur, haciendo mohines. — ¡Incluso si me pides que me quede no lo haría!

Dicho esto marchó rumbo a su habitación no sin antes darle una patada a la puerta.

—.—.—.—.—

El día de la fiesta por fin llegó, Arthur suspiró con cansancio una vez que terminaron de decorar todo el salón donde se llevaría a cabo, dado a que Iván los obligó a vestirse primero para que ninguno escapará antes de la fiesta. Aunque él había desaparecido media hora antes de que comenzara. Su disfraz era el de un brujo, con sombrero de pico y capa brillante, en alguna parte del salón tenía su cetro y la barba blanca.

— ¿Dónde esta Iván? —preguntó a Toris, él estaba en la puerta, afinando los últimos detalles de los globos en la entrada. Gracias a que Iván, eligió su traje, era una botarga en forma de botella con la palabra vodka. Arthur esperaba que los chicos no fueran tan crueles para tirarlo.

—No lo sé, hace rato salió y se llevó consigo a Vash. Es raro que esté con él.

—Sí, por lo general, Vash lo evita. —murmuró Arthur. —Como sea, avísame cuando los veas, ya que es Iván quien debe estar para recibir a los invitados.

—Claro Arthur. Por cierto, Matthew me dijo que terminó de poner las verjas alrededor. Y según Roderich las cámaras funcionan bien así que todo está listo.

—Entonces hay que entrar para descansar un poco, estoy seguro de que esto se saldrá de control. —suspiró.

—Joven Arthur, ¡boo! —dijo Matthew, apareciendo detrás de él, iba cubierto con una manta blanca, simulando un fantasma.

Arthur se llevó una mano a la boca, ocultando su sonrisa. —Eso fue adorable, Matthew.

—No creo que fuera el efecto que deseaba causar. —bromeó Toris.

— ¿Qué les parece? ¿Doy miedo? —preguntó Feliciano, corriendo a ellos junto a Ludwig. Su rostro estaba pintado de verde, con el cabello peinado hacia atrás y en su cuello estaban dos tornillos de juguete, simulando ser Frankenstein. Ludwig a su lado llevaba un traje de gladiador.

—Creo que da más miedo tu hermano cuando se pone de malas. —comentó Arthur.

— ¿A quién se le ocurrió esto? ¡Idiotas! —gritó Roderich, corriendo a ellos, alzando el vestido ampón color morado que vestía. A pesar de las quejas, incluso se había puesto la peluca larga del mismo color que su cabello, con un moño lila. — ¡Dónde está ese tonto de Iván!

—Te ves bien, Roderich. —dijo Ludwig.

Ve~ ¡A que sí! —Feliciano se acercó a él, revoloteando a su lado. —Estoy seguro que muchos chicos no creerán que eres tú.

— ¡Cierra la boca! —espetó. —Arthur, ¿se puede saber qué es esto?

—Aunque me preguntes a mí no tengo idea. —respondió ocultando sus risas. —Pero te ves muy bien, my lady.

— ¡Idiota!

Comenzaron a platicar de trivialidades comiéndose las botanas que estaban en la mesa. Toris comentando varias veces que terminaría sofocado en ese disfraz, buscando ayuda para que alguien junto a él fuera contra los deseos de Iván, Arthur se sentía avergonzado con él, usualmente alegaría a su lado pero ahora tenía que ser paciente con el ruso o de lo contrario dejaría de ayudar con el plan de Lovino.

Entre la charla notó una figura asomándose por la puerta trasera, varias veces hasta que pudo notar que era Alfred. Arthur dejó a sus compañeros del G8 y fue hasta donde él, justo llegó a la puerta cuando el americano volvió a asomarse, emocionándose al verlo.

— ¡Arthur! —y lo jaló, cerrando la puerta detrás de sí.

— ¿Qué estás haciendo? —preguntó al salir. Alfred ya tenía su disfraz puesto, del Capitán América.

—Pensé que ya que somos novios debemos vestirnos a conjunto. —dijo emocionado. —Pero tú disfraz también es bueno. —sonrió mostrándole la bolsa. —Es de Black Widow.

— ¡Cómo si me fuera a poner algo así, imbécil! —protestó, totalmente sonrojado. Tirando la bolsa de Alfred de un solo manotazo. Había un traje de licra color negro de cuerpo completo. — ¡Serás idiota!

— ¡Espera, Arthur, no me pegues! —chilló cubriéndose con el escudo. — ¡Estuve dos días con Toris haciéndolo, no puedes negarte usarlo!

— ¡Cómo si me importara!

— ¡Gyaaaaa! —gritó el americano, sintiéndose masacrado por su novio.

—.—.—.—.—

— ¿Por qué tienes golpes por todos lados? —preguntó Matthew a su hermano, preocupado. — ¿Te han molestado?

—Los tiene porque se los busca, Matthew, no te compadezcas de él. —decretó Arthur, cruzado de brazos.

—Te dije que era mala idea desde el principio, Alfred. —dijo Toris, dándole la bienvenida a los alumnos. Ya hace veinte minutos acababa de iniciar la fiesta y todavía no terminaban de llegar todos, aunque el ambiente de adentro ya estaba caluroso.

—Debí pedírselo a Matthew. —murmuró Alfred con las mejillas infladas.

—Eso no pasará. —contestó su gemelo, negando con la cabeza.

— ¡Ohhh, Matty, pareces un malvavisco! —gritó Emma, lanzándosele encima en un abrazo. Iba vestida con un traje largo de peregrina al compás de su hermano, con el cabello atado en trenzas. —Ya sé lo que están pensando chicos, Govert podía lucir mucho mejor vestido de marinero o de espadachín pero en cuanto le dije que yo quería vestirme así, me obligó a comprarle un disfraz de hombre.

—Ya, Govert, ¿de verdad no pudiste comprar tu propio disfraz?

—No tenía intensiones de venir. —suspiró desanimado, golpeando el suelo algunas veces con su tridente. Emma llevaba en su mano una antorcha. — ¿Debería cazar algún Kirkland por brujo? —sonrió malicioso.

— ¡Hablando de Kirkland's! —gritó Emma, soltando a Govert, corriendo entre las personas detrás de ellos. Los demás chicos alzaron el cuello una pequeña bolita se había formado. Emma comenzó a volver, trayendo consigo, casi a rastras al mayor de la familia Kirkland. Vistiendo un traje de Rey. —Se me fueron mis ahorros en comprar todos estos trajes así que como mínimo, tenían que usarlos. —dijo ella, feliz, volviendo a abrazar a Matthew.

— ¿No vas a separarte de él? —preguntó Govert, intentando quitar a su hermana del fantasma.

—Matthew luce adorable, a comparación de ti. —respondió sacándole la lengua. —Y Scott es un Rey.

—El Rey de las Sombras. —completó Alfred, riendo. Recibió al instante una mirada fulminante de Scott. —Y-Yo sólo decía. —tartamudeó, nervioso.

—Apenas me puedo mover con esto. —dijo Scott a Emma. — ¿Puedo ir a mi habitación ahora?

— ¡Tonterías! —respondió la chica, tomándolo del brazo. —Vendrás conmigo y mi hermano.

—Diviértanse. —sonrió Toris, dejándolos pasar.

— ¿Dónde demonios está Iván? —preguntó Arthur, cruzándose de brazos.

Varios gritos comenzaron a venir desde el fondo, un montón de chicas vestidas de manera diferente, unas más atrevidas que otras, marchaban en un circulo que cubría algo. Alfred miró a Arthur sin comprender, él se encogió de hombros, Matthew se puso detrás de ellos, para que las chicas no lo terminaran tirando. Una vez que pasaron sin que ninguno pudiera ver quien o quienes iban en medio, la última chica que iba en la bolita, trajo por detrás a Iván junto a Natalia y Eduard, disfrazados de Michel Miyers, una duquesa ensangrentada y Jason.

— ¡Hasta que apareces! —reprochó Arthur. — ¿Dónde estabas?

—Prometí que haría algo para que esas chicas convencieran a todos de venir. —sonrió, explicando.

— ¡Arthur! ¿Has visto pasar a Antonio? —preguntó Francis, alborotado, a su lado Gilbert estaba jadeando.

—No, no tengo idea.

— ¡Tú, origen del mal! —le gritó Gilbert al ruso. — ¿Dónde está Antonio? ¡Lo tienes secuestrado desde la tarde!

— ¿Es Antonio quién acaba de pasar? —preguntó Arthur, sorprendido. —Ya se me hacía raro que las chicas no estuvieran sobre él estos días. ¿Tú lo hiciste?

—Ellas decidieron dejarlo por unos días para no arruinar la sorpresa, estaban seguras de que a alguna se le escaparía.

—Con que era eso. —suspiró.

Francis y Gilbert que iban de mosqueteros pasaron a la fiesta, dispuestos a buscar a Antonio entre las masas.

—Arthur-san. —llamó Kiku, trayendo consigo a Lovino. El nipones simulaba un muñeco cosido y Lovino se había vestido de vampiro, seguro usando el vestuario de la obra del fantasma de la ópera. —He traído a Lovino-kun.

—Iré a buscar a mi hermano. —gruñó, no queriendo ser grosero con Kiku.

Mientras iba avanzando por la fiesta, dejando a los otros atrás, inmiscuyéndose entre la gente. Varias chicas estaban haciendo ruido por la esquina del escenario donde estaba montado el DJ. Vio con cierta gracia que Scott estaba peleando con los chicos que pisaban su vestimenta estruendosa, Emma a su lado buscaba consolarlo, así que mejor se dirigió a ellos.

Paso una hora en la fiesta, donde cada vez se iba poniendo más animado, Arthur estaba seguro de que alguien puso alcohol en los primeros ponches. Luego asignaron a un guardia para cuidarlos.

El toqueteó del micrófono hizo que la mayoría pusiera atención. Iván y Natalia estaban parados en medio del escenario.

—Ahora, tenemos una sorpresa que consiste en una búsqueda del tesoro. Irán por todo el jardín trasero, buscando pequeños fantasmitas de luz. —explicó, sacando uno de su bolsillo. —Los primeros cinco que encuentren uno de los diez escondidos, y lleguen aquí tendrán un regalo especial. —Iván asintió hacía Natalia y ella fue a la parte de atrás, llamando a alguien.

No tardó en aparecer Antonio con las manos arriba, moviéndose lentamente hacía Iván. La escopeta de Vash se clavaba en su espalda, ordenándole caminar, mientras vestía un traje de cazador. Un montón de chicas gritaron a todo pulmón; Lovino se mordió el labio, apretando con fuerza los dientes. ¿Qué mierda estaba pensando ese sádico ruso? Antonio iba vestido con un pantalón rasgado, descalzo y sin camisa, con un collar de picos en su cuello, en sus manos un par de guantes en forma de patas y sobre su cabello alborotado, unas orejas peludas en pico.

—Waaa. —Emma se cubrió la boca, sonrosada. Govert chasqueó la lengua queriendo cubrirle los ojos.

—Tendrán como premio a Antonio. —dijo. Natalia a su lado movía los dedos, simulando admiración.

— ¿¡Y yo para qué lo quiero!? —gritó un chico en el fondo.

—Aunque sólo es el primer premio, por supuesto. —respondió Iván. —Si encuentran los fantasmitas podrán elegir entre Antonio, los cuadernos de Arthur…

— ¿QUÉ? —gritó el inglés, mirando como Natalia tenía una pila de cuadernos en una mesita. Al parecer eso atrajo mucho interés en varios alumnos.

—Y un permiso especial, sin la firma de sus padres.

— ¿Cuándo fue que decidió eso? —dijo Roderich, alzándose las faldas para ir donde Arthur. Muchos alumnos aullaron felices.

—Además, los cinco ganadores podrán escoger a uno de los representantes del G8 para ser su sirviente personal por una semana, ya que estamos cerca de los exámenes, será de gran ayuda, ¿no creen?

— ¡Sólo obedezcan a mi hermano, pedazos de basura! —gritó Natalia, enojada.

— ¿Nos está dando como premios? —reclamó Roderich.

—Yo quiero a Arthur. —dijo uno detrás. Alfred lo miró ofendido, abrazando a su novio y señalándose primero, luego al chico y haciendo al final con su dedo pulgar una línea dibujada en su cuello.

—Tener a Roderich también sería buena idea, luce muy bien como chica. —murmuró otro.

— ¿Quién dijo eso? ¿Eres idiota? —protestó.

—Ellos aceptaran, no se preocupen. —comentó Iván, notando el inconformismo de algunos.

—Por cierto, el que logre atrapar a Antonio, se llevará todos los premios y los demás en automático perderán.

Una gran conmoción se armó entonces, un disparó de Vash al la pila de globos al fondo fue suficiente para que todos quedaran en silencio. Por suerte ellos no sabían que eran balines y no balas de verdad.

—Le daremos a Antonio diez minutos para que se esconda, los fantasmitas ya están escondidos por lo que no hay problema. Por cierto, si el príncipe de la escuela se les logra escapar, no contará como haberlo atrapado. Pueden pelear por él si es preciso.

— ¡Iván! —reprochó Vash.

— ¡Comencemos! —gritó, opacando su regaño.

Antonio miró a sus captores, que señalaron la salida de la parte trasera. Él suspiró, sintiendo otra vez la presión de la escopeta al ver que no avanzaba. Francis y Gilbert lo estaban esperando a los lados de la puerta.

—Chicos, definitivamente uno de ustedes me tiene que encontrar. —lloró, siendo sacado por Vash. — ¡Hace mucho frío aquí afuera! —y le cerraron la puerta.

Emma miró a Lovino con cierta curiosidad, lucía enojado, se veía muy lindo apretando los puños y clavándose los colmillos de vampiro fuera del labio. Se formó una sonrisa en su rostro, casi similar a la del BFT, y acercándose a su amigo, comenzó a hablar.

—Antonio se veía muy bien, ¿no crees? —preguntó, jugando con sus trenzas. —Muchas chicas van a querer atraparlo.

—Sí… pues no me importa. —murmuró cruzándose de brazos.

—Podrán hacerle esto y lo otro, él no podrá negarse. —continuó divertida. —Incluso puede que un chico lo termine escogiendo. —luego se acercó a la oreja de Lovino, murmurando. —O peor aún, mi hermano.

— ¿Por qué debería de temer a eso? —protestó Lovino, extrañado.

—Mira su rostro. —continuó Emma, Lovino la obedeció, girándose a Govert. Estaba estoico como siempre. — ¡Es el rostro de la maldad!

Lovino alzó una ceja en su dirección, extrañado por la actitud de la chica.

— ¿No recuerdas que a mi hermano realmente no le gusta Antonio? —preguntó, cautelosa, más que nada porque no deseaba que Govert la escuchara y terminará regañándola. —Estoy segura de que él será capaz de atraparlo en cuestión de nada y ¡baam! Cuando menos te lo esperes Toño tendrá la cabeza rapada o pintada de azul.

—Yo no creo que… tsk… sólo lo haré porque quiero los cuadernos del imbécil de Arthur, ¡sólo por eso! Y si lo atrapo los tendré.

—Pufff. —rio Emma, sintiendo que su deber había acabado ahí.

Pasaron los diez minutos donde todos estaban nerviosos. Los representantes del G8 tuvieron que subir al escenario, la mayoría malhumorados. Roderich reclamaba continuamente a Vash sobre su participación, aunque el suizo seguía insistiendo que nadie lo escogería por ser tan paranoico. Alfred en cambió le había encargado su escudo a Arthur, he incluso se quitó la máscara de la cara, dispuesto a dar lo mejor para encontrar el fantasmita; no sin antes declararle la guerra a Iván tal cual héroe.

Muchos alumnos salieron corriendo en dirección al jardín. Otros más se quedaron dentro del salón, disfrutando la fiesta, Arthur los reconoció como los de mas alta cuna, la mayoría de ellos no necesitaba nada de lo que Iván ofreció solo estaban en la fiesta por mera formalidad. Aunque a decir verdad le sorprendió ver a su hermano seguir a Emma a el jardín. De verdad que no sabía como reaccionar a ese hecho.

— ¿Cómo se te ocurre subastarnos? —dijo Arthur, sentándose en el escenario.

—Pensé que sería divertido.

—Sí, claro.

En el jardín todos estaban rebuscando entre las matas, siguiendo la orden de los guardias de no destrozar o lastimar a las plantas de lo contrario serían descalificados. Alfred comenzó a buscar con la mirada en las copas de los árboles, ya que en la tierra no parecían tener éxito; el BFT restante se dedicaba a encontrar a Antonio junto a otra parvada de chicas. El jardín era demasiado amplio incluso para la cantidad de personas, seguía sobrando espacio.

Alfred comenzó a sentirse inquieto, rebuscando más fuerza en los arbustos. Nadie trataría a Arthur como oferta en su presencia, además si alguien más encontraba el fantasmita, le quitarían una semana con Arthur. ¡Eso no estaba permitido! Se arrastró por la tierra, queriendo entrar en arbusto que casi daba a los límites del área, ahí fue donde encontró el primero. Casi pega un grito de emoción, sólo que lo guardo dada a la indicación de Iván sobre que podían pelear por ello, de verdad, ¿quién había dejado que fuera el representante de la escuela?

Una vez que volvió al salón, notó que una chica de trenzas ya había encontrado uno, ella sonreía tímidamente, al lado de Vash.

— ¡El héroe encontró uno! —gritó, corriendo al escenario. Arthur sonrió aliviado.

—Ehh… que aburrido. —comentó Iván. —Era más divertido ver cómo te morías de celos cuando otra persona eligiera a Arthur, dah.

— ¡Lo hiciste apropósito! —acusó Arthur.

—Así que básicamente estamos siendo tratados como ganado por esta pareja de idiotas. —bufó Roderich.

De nuevo afuera, Lovino quitó sin ánimos unas cuantas hojas, simulando buscar. Ciertamente estaba mirando a todos los lados en busca de Antonio, más allá, casi al fondo del jardín los arbustos se volvían mucho más espesos y tenían espinas por los que varios descartaron la idea de buscarlo ahí, otros cuantos intentaban asomarse para ver si sobresalía algo del hispano.

Cuando los primeros curiosos se apartaron, Lovino aprovechó para irse introduciendo poco a poco, dada la capa le era más fácil cubrirse de los rasguños que causaban las espinas y se movía lento. Ya iba llegar al final, lamentándose de que Antonio no estuviera ahí y tuviera que volver por el mismo camino, su cara se sentía arañada. Asomó la cabeza por un arbusto, notando la silueta parada casi pegado a ellos. Se le iba a escapar un grito del susto, pero Antonio rápidamente le tapo la boca con la mano, pidiéndole silencio.

— ¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó en voz baja, siendo ayudado por el español a salir. Una franja blanca estaba pintado a pocos centímetros, en cualquier descuido te podías salir y quedar expulsado del juego, ya que había cámaras y los guardias seguro estarían observando.

—Es la única forma donde no me encuentren. —susurró. —Iván me dijo que viniera aquí, que nadie se atrevería a pasar esos arbustos, y dos minutos antes de finalizar el juego saliera con cuidado y me echará a correr, que alguien me taclearía. Ese chico da miedo.

— ¿Por qué te metiste en este juego? —desvió la mirada de Antonio, cubriéndose con la capa pues el frío se estaba haciendo presente.

—Lovi, no creo que hayas visto la escopeta que tenía en mi espalda. —contestó.

— ¿Sólo fue por eso entonces? Ya veo. —alzó las cejas, rodando los ojos. Dios, los celos eran aterradores, no debía acercarse a Antonio y era justo lo que estaba haciendo.

— ¿Por qué más dejaría que me ofrecieran como ganado? —reprochó, frunciendo la boca. Bien, al menos Antonio era un despistado que no se daba cuenta cuando tenía verdaderos celos. —Cómo sea, ya que me encontraste estaría bien que nos fuéramos de una vez.

— ¿Quieres que me maten allá afuera, bastardo? —dijo, cruzándose de brazos. —El imbécil narizón ha dicho que pueden pelear por ti, no quiero que me lastimen.

—Deberías dejar de fijarte en la apariencia de los demás. —suspiró Antonio, moviendo las piernas, no podían sentarse ya que traspasarían la línea, siendo Lovino descalificado y él echado al matadero.

—Es su culpa, ¿para qué te elije a ti? Bien pudo subastar a otro imbécil bien parecido. —gruñó. Antonio lo miró con sorpresa, ruborizándose suavemente.

— ¿Viniste por mí, entonces? —preguntó Antonio, sutil, jugando con los dedos de sus manos.

—Los cuadernos de Arthur, los cuadernos de Arthur. —protestó Lovino sin darle el rostro. —Si te atrapo directamente tengo un montón de premios que pudo utilizar, elegiré al bastardo cejon para que me ayude en los exámenes.

—Pero también me ganas a mí. —comentó volteándose a él, asegurándose de mantenerse dentro de la línea todavía.

—E-Es obvio que no te ocuparé. —apretó sus labios en una delgada línea, aún sin verlo. —Te daré a Govert para que te rape o algo así.

—Lovi…—Antonio deslizó con cuidado su mano en la de Lovino, entrelazando sus dedos. Sus ojos tenían un ligero brillo de complicidad. — ¿de verdad no podría tener un uso para ti? —murmuró, acercándose.

— ¡N-No te acerques! —reprochó, con el rostro completamente volteado a un lado, aunque sin soltar su mano. — ¿E-En qué me puede servir un bastardo como tú? —tartamudeó. Esas malditas esperanzas de que el plan funcionara bien le hacían bajar sus defensas.

—Podrías besarme. —murmuró cerca de su oído. Su aire era caliente, además Lovino ya estaba contra su pecho, mordiéndose los labios. —O tocarme.

— ¿Quién querría…?

Antonio puso sus dedos fríos en el rostro de Lovino, jalándolo delicadamente para que se girara a él. Al momento sus ojos chocaron, trayendo un sinfín de emociones en los estómagos de ambos; el hispano no dudo en absoluto, besó a Lovino con una ternura infinita, deslizando su otra mano por las caderas del chico. Lovino quería apartarlo, lanzarlo lejos incluso si eso significaba que alguien más lo tendría, pero su corazón le ordenó responder el beso en ese instante, olvidarse de los demás.

Casi con desesperación besó a Antonio, tomando su rostro entre sus manos, dejando que el español lo pegará a la pared de arbustos, con ambas manos en sus caderas, fundiendo sus cuerpos el uno con el otro. Lovino paso sus brazos por detrás de la nuca contraria, buscando de alguna manera profundizar el beso, mientras Antonio recorría sus manos entre la espalda y la cintura, queriendo tocar todo lo que pudiera. Al separarse, Antonio lo abrazó con fuerza, hundiendo el rostro entre su cuello, aspirando su aroma. Lovino de igual manera le respondió con fuerza, aferrándose a él.

Antonio inhaló aire por la boca, sin quererse despegar ni un segundo. Fue Lovino quién le dio un empujón, sacándolo de la línea blanca. Una luz parpadeó en una de las cámaras anunciando que alguien había salido. Lovino lo miró desconcertado, apenas parecía reaccionar de lo que había hecho; Antonio entreabrió la boca, incrédulo de su reacción.

El italiano se llevó una mano a la cabeza, agarrándola con fuerza. Fueron los primeros gimoteos de Antonio los que lo hicieron temblar y llenar sus ojos de agua.

—No vengas a mí, Lovi. —murmuró con voz rota, dejando que las lágrimas escaparan de sus ojos. El corazón de Lovino, quién pensaba que no podría romperse más, estalló en diminutas fracciones. —Si tú vienes a mí, entonces yo quiero ir hacía ti.

El español ahogó un sollozo, poniendo una mano a su boca, limpió con brusquedad sus lágrimas y caminó a la derecha, buscando una salida de los arbustos sin tener que pasar por las espinas. Lovino se puso en cuclillas, todavía agarrándose la cabeza, cubriéndose el rostro para tapar las lágrimas. Era un estúpido.

En el pasado ambos habían sido mejores amigos, en el ahora eran personas que se amaban y muy seguramente en el futuro serían lo que se conoce como "primer amor", olvidándose hasta el grado de no recordar su rostro.

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Dentro del salón Feliciano y Ludwig bajaron del escenario para ir con Kiku a donde estaba la comida. El japonés platicaba alegremente con Arthur y Alfred, tomándoles una foto con su celular, con el americano presumiendo el fantasmita con el que había ganado a Arthur. Otros dos concursantes ya habían entrado con el propio fantasma, escogiendo a Roderich y Ludwig; todos querían ganar por la semana de exámenes.

— ¿Cómo van con lo de Lovino-kun? —preguntó Kiku, preocupado. —He hablado con Yao-san, él me dijo que hará todo lo posible para invertir en las empresas de los Vargas. Le he especificado que se tiene que limitar a Blas, pero cuando se trata de negocios es difícil que escuche.

—Creo que Lovi ya lo ha aceptado. —suspiró Feliciano.

—Si tan sólo no fuera tan terco para volver con Antonio. —refunfuñó Arthur. —Aún teme que el plan fallé, quiere que Blas piense que ya no pude usarlo para lastimarlo.

Fratello no tiene confianza en el plan.

—Es algo en lo que no podemos intervenir. —dijo Ludwig, palmeando el hombro de Feliciano. —Él debe entender por sí mismo que manipular la vida de Antonio de esa forma está mal. Y que él lo ama a pesar de todo.

— ¿Qué estás…?—Gilbert jaló a Roderich, cubriéndole la boca. Estaban debajo de la mesa, escuchando la conversación del grupito de Arthur. Ya que Gilbert se metió a buscar a Antonio al salón, incluso entre los manteles, para asegurarse de que no se había vuelto a meter, mientras Francis seguía su búsqueda allá afuera.

¿Manipular la vida de Antonio? ¿A qué se referían?

—Todos ya le hemos dicho que le tiene que decir. —comentó Arthur, cruzado de brazos. —Incluso Govert y Emma. Ahora se ha unido con Scott, ¿qué demonios está pensando?

— ¿Tendrá otro plan en mente? —cuestionó Kiku.

—De ser así no entiendo porque no nos los ha contado. Pedir ayuda de Iván me costó caro. —bufó.

—Lo sé, Govert-san me lo dijo, tuve que ceder una de mis fotos de Yao-san de pequeño. —protestó Kiku.

Roderich miró a Gilbert, dispuesto a hablar, pero dada su cara angustiada mejor decidió seguir escuchando con él. Después de todo Antonio también le preocupaba.

—Como sea, hay que concentrarnos por completo en el plan, si Lovino tiene otro esperemos que no arruine el nuestro. Blas va a caer. Aunque todavía me falta pedirle ayuda a Francis.

—Puedo hacerlo por usted, Arthur-san.

—No, el problema no es que cooperé. Sino que tendremos que decirle todo lo que Blas le hizo a Antonio, eso lo pondrá como loco. Saber que la vida de su mejor amigo esta destruida por él, no sé cómo vaya a reaccionar.

— ¿Destruida? —murmuró Roderich en dirección a Gilbert. — ¿Se refiere al divorcio de sus padres?

—Sé que el hermano Antonio no lo culpará de eso. Ni tampoco del fraude que le hizo Blas a su padre, ¡mi abuelo incluso hará todo lo posible para que recuperen su fortuna! —aseguró Feliciano.

Pareció que un balde de agua le cayó a ambos chicos escondidos. Roderich iba a ponerse de pie, solo que Gilbert no se lo permitió, pidiéndole que gateará hasta salir de ahí. Ambos se pusieron de pie sin ser vistos por el otro grupo, el austriaco miró a Gilbert, este tenía los ojos cerrados, con los puños apretados a su costado, inhalando y exhalando aire por la boca.

—Tenemos que hablar con ellos, quizás lo malinter- ¡Gilbert!

Por la música muy pocos escucharon su grito. En tanto el alemán ya estaba afuera del jardín buscando como loco el rulo de Lovino. Ahí estaba, con Scott, Emma y Govert platicando, parecía triste, pero no le importó, caminó directo a él con furia ciega.

Gilbert se dejó caer en medio de ellos, gruñendo por lo bajo. La sangre le ardía en el cuerpo, borboteando por el enojo. Al mirar a los presentes se dio cuenta que ni siquiera se debería estar conteniendo; Lovino no le agradaba, Govert no le agradaba, Scott no le agradaba y su relación con Emma era absolutamente neutral. El hermano mayor de Arthur lo miró con una ceja alzada, esperando a que dijera para que estaba ahí.

— ¿Necesitas algo, Gilbo? —se aventuró a preguntar Emma, confundida. Intercaló miradas entre Lovino y Govert, sin saber a quién buscaba.

—Sí. Hablar con ustedes tres. —señaló a todos menos a Scott. Gilbert se cruzó de brazos, ladeando su cabeza de un lugar a otro.

— ¿Qué quieres? —preguntó Lovino, antipático. Gilbert gruñó, tomándolo de la muñeca para jalarlo. Era el más importante en esa conversación después de todo.

—Espera—cortó Govert, deteniéndolo y quitando su agarre de Lovino. — ¿el imbécil español te ha pedido que vengas por él?

—Mi asombrosa persona no es sirviente de nadie, tarado. —siseó él. —He venido por mi cuenta.

— ¿Qué coño quieres? —refunfuñó Lovino. —Dilo de una vez y no me hagas perder el tiempo, estúpida patata.

Extrañamente para todos Gilbert estaba muy obediente ese día. Quizás fuera porque no le importaba que los demás lo escucharan. Ya estaba harto de eso.

—Necesito que hables con Antonio sobre la mierda que está pasando en tu familia y la familia de él. —dijo de pronto. Lovino sintió que la sangre se le drenaba del cuerpo.

— ¿Cómo supiste…?

—Eso a ti no te importa. —reprochó dándole la mirada más fría que alguna vez le vio poner. —Si te estoy ordenando que lo hagas, entonces lo harás.

— ¿Te lo dijo Feliciano? —cuestionó. —No, debiste escucharlo por accidente en estos momentos. Esos idiotas ¿de verdad están hablando de eso aquí?

— ¿No piensas decirle nada a Antonio? ¿Enserio? —puede que Gilbert y él se llevaran horriblemente mal, pero pudo notar como tenía una ligera decepción en el tono de su voz. — ¿Te importa tanto el dinero que ni siquiera puedes advertirle a tu mejor…? Ah, espera. Que ya no lo es.

—No necesito tus reproches, estúpida patata. —Lovino se cruzó de brazos, enojado. —Ni que creas algo de mí.

—Supongo que no te importa que le diga a Antonio.

—No lo harás. —intervino Govert, poniéndose delante. —Al menos no con todos los dientes.

—Tus amenazas me son insignificantes, no puedes con mi asombroso ser. —Gilbert infló su pecho.

—Gilbo, por favor, Lovi está trabajando en una solución tan rápido como puede…—intervino Emma.

—Querida Emma, —Francis apareció de pronto, recibiendo una mirada fiera de Scott. Había estado escuchando la mayor parte de la conversación, pues siguió a Gilbert en cuanto lo vio salir del salón, pensando que lo estaba buscando. — ¿por qué lo sabes y no has dicho nada?

—Mi hermana no les debe nada…

— ¿Por qué no buscar una solución con Antonio? —cuestionó Gilbert. —Y tú. —dijo a Govert. —Me puedes volar todos los dientes, cortarme las piernas para que no llegue a él o cortarme los brazos para que no le pueda escribir. Aun así buscaré una forma de decirle que su supuesto amigo, es un imbécil, como siempre supuse.

—Deja de ser tan dramático. —se quejó Scott.

—Gilbo, cálmate un poco, hay que hablar esto de la manera mas civilizada. —pidió Francis.

— ¿Calmarme? —pareció recibir una bofetada por parte de Francis. Eso era todo, su asombroso e increíble limite llegó a su fin. — ¿Cómo puedo calmarme si están a punto de dejar en la bancarrota a uno de mis mejores amigos, Fran? ¿Cómo puedes estar tu tan tranquilo? ¿Estás con ellos?

— ¡No, claro que no! Simplemente creo que hay una explicación para todo esto. Lovino ha de tener sus razones.

— ¿Qué? —hizo medio berrinche enfrente de todos, halándose los cabellos al final. — ¡TODOS USTEDES SOIS INCREIBLES! —bramó soltándole un puñetazo a Lovino. Emma soltó un grito, y las demás personas se giraron por completo en aquella dirección, observando. — ¡Tú principalmente, estúpida princesa! ¡Eres la hipocresía en persona!

—Gilbert.

— ¿No fueron ustedes, bola de imbéciles, los que presionaron a Antonio para que hablara sobre lo que paso con ustedes dos? —señaló a Emma, furioso. Volteó a Lovino, irradiando llamas. — ¡Te pusiste a chillar y patalear porque Antonio no quería decirte lo que paso!

—Tú no sabes nada. —farfulló Lovino, con la mano en la mejilla.

— ¡Conoces sus sentimientos mejor que nadie y aun así decidiste echarlos a la basura! ¡Aceptas ser su amigo y lo mandas al carajo! ¡ÉL ESTA ENAMORADO DE TI! —lo tomó de la ropa, gritándole lo último enfrente de su cara.—Sabes si quiera, pedazo de basura, ¿qué tan infeliz se siente de no tenerte a su lado? ¿Cuántos sentimientos no está comprimiendo para no ponerte incomodo?

Nadie pudo ser capaz de objetar nada en esa frase.

—Y ahora vienes, diciéndole que ya ni siquiera es tu amigo, a quitarle lo mucho que su familia ha trabajado. Pues discúlpame si no lo comprendo, imbécil. —escupió, volviéndole a dar otro puñetazo, junto a una patada en el estómago al tenerlo tirado. Fue entonces que Ludwig intervino, tomando a su hermano por debajo de los brazos, comenzando a llevárselo pese a las miles de maldiciones que soltaba.

Al perderse Ludwig y Gilbert, todo se puso en silencio, incluso la música ya no sonaba dado a que Iván mandó a pararla cuando se enteró de la pelea afuera. Lovino se puso de pie, sacudiéndose y sobándose las heridas. Emma corrió a atenderlo, esperando a que aquello no fuera tan grave.

—Vamos, Lovi, te pondremos hielos. —dijo ella, avanzando a el salón.

—Lovino. —llamó Francis, parándose más alejado. Emma negó con la cabeza, pidiéndole que se marchara. —No te inquietes, no voy a golpearte. Sólo quiero que sepas una cosa, si lo que estás haciendo lo haces para proteger a Antonio, déjame decirte que él no necesitaba eso. No necesitaba que huyeras de tus sentimientos, tampoco que te sintieras culpable de algo en lo que obviamente no lo eres, ni que pensarás que su futuro iba a ser mejor si no estaba a tu lado. —el despreció en cada palabra casi era palpable, comenzaba a doler mas que los golpes de Gilbert. —Lo único que Antonio necesitaba era que estuvieras a su lado.

—.—.—.—.—

Al salir de los grandes arbustos, Antonio se quitó la diadema de orejas que tenía, echándola a un lado. Todavía Vash no lo encontraba, por lo que mejor sería irse a su habitación y avisarles a los chicos que se había ido. De todas maneras alguien iba a ganarlo, así que encontrarlo no era necesario. Se abrazó los brazos, sintiendo el frío. Llegó a su habitación, tomando la primera playera y chamarra que encontró, cambiándose también los pantalones y abrigándose por completo. Quería dormir.

Llegó un mensaje a su teléfono, pensando que era la respuesta de Francis lo dejó. No obstante, siguió una llamada que lo puso de mal humor. Tan sólo deberían volver y ya. Tomó el celular sin mirar el número, pues tenía los ojos cerrados, cubierto hasta la cabeza con las cobijas.

— ¿Qué pasa Fran, Vash te esta amenazando? —preguntó. —Dile que cumpliré con lo que prometieron, aunque no debería, solo que ya no quiero estar ahí.

— ¿Y qué tal si vienes conmigo? —dijo la otra voz. Antonio entreabrió los ojos al no reconocer, separándose el teléfono de la oreja para ver el número, no estaba registrado. — ¿Blas?

—Necesito que vengas ya mismo a la dirección que te di. ¿Por qué no lo has hecho? —reclamó. —Te la di por algo.

Antonio se sentó en la cama, aún con el teléfono en la oreja. — ¿Para qué me quieres ahí?

— ¿No tienes curiosidad sobre por qué el amor que te profesó mi Lovino terminó tan rápido?

—Sé muy bien que le pediste que terminara conmigo. —contestó Antonio, apretando las cobijas entre sus manos. —Tal vez me tengas en el concepto más bajo de inteligencia, pero incluso yo puedo darme cuenta de eso, más si se trata de Lovi. —Tocaron a la puerta, distrayéndolo. Antonio se puso de pie, seguro que Vash estaba del otro lado. —No quiero hablar más contigo, déjame tranquilo. —y cortó.

—Que lastima Antonio porque yo tengo muchas cosas que decirte. —dijo Blas al momento que abrió la puerta. Él apenas iba a decir algo cuando los guardaespaldas del italiano lo tomaron, dándole un golpe en el estomago para silenciarlo. Antonio forcejó incluso si le faltaba el aire, lastimosamente contra dos no pudo hacer nada. Lo metieron a la habitación, empujándolo a la cama.

Blas entró a paso lento, observando el lugar, cerrando la puerta con seguro.

— ¿Qué es lo que quieres conmigo? —preguntó, recuperando el aire a duras penas.

— ¿Qué no quiero contigo? Esa es la verdadera pregunta, Antonio. —se sentó en la silla de Francis, poniéndola justo enfrente de él. —Dime algo, ¿cómo un pueblerino como tú puede estar en esta institución tan prestigiosa? ¿por los esfuerzos de tu padre? No, eso no es verdad, la verdadera respuesta sería por los esfuerzos de padre.

—Para qué me preguntas cosas que tú mismo vas a contestarte. —replicó, sobándose el estómago.

— ¿De verdad creíste que te dejaría con Lovino? ¿con mi heredero? —se burló Blas, yéndose al verdadero punto. — ¿Por qué pensarías eso?

—No pensé que mi relación con Lovi perteneciera a otra persona. —espetó Antonio, enojado.

— ¿Estás intentando provocarme? —miró a uno de los guardias, el cual golpeó a Antonio en el rostro, dejándolo tendido de nuevo en la cama. — ¿Será buena idea?

El español se volvió a levantar, limpiándose la sangre del labio roto, poniendo una sonrisa.

—Porque estás aquí he de suponer que más que un daño físico pretendes hacer uno emocional. —escupió sangre a un lado. — ¿Por qué no vas al punto? Así tú no ves mi rostro más de la cuenta y yo no veo el tuyo, ambos sabemos que sentimos la misma repulsión por el otro.

Blas comenzó a revisar algunos archivos y mensajes en su celular, escuchando los sonidos quejosos de Antonio al momento en que recibía una paliza. Luego de cinco minutos de golpes interminables por todo el cuerpo, Blas indicó que era momento de detenerse. Antonio lo miró desde la cama, sin fuerzas para levantarse, sin perder el orgullo en sus ojos.

—Simplemente eres una piedra en mi zapato, Antonio. Una que me ha lastimado por mucho tiempo. —dijo él, poniéndose de pie para tomarlo de los cabellos y empujarlo al suelo. —Una mancha que comienzo a borrar. —rio, pegándole una patada él mismo. —Dime, ¿te has puesto en contacto con tu padre?

— ¿Le has hecho algo a mi padre? —preguntó, buscando levantarse, volviendo a caer cuando el padre de Lovino le puso su pie en la espalda.

—Digamos que ya no podrás quedarte más en esta escuela. —sonrió Blas. —Ya que ustedes no tienen más dinero que poder ofrecer. Vuelven a arrastrarse en el suelo como las cucarachas que son.

—No entiendo…

—Eso me da igual. Por cierto, no creo que recurrir a tu madre sea buena idea. —comentó bajando el pie. —Ella está en la misma situación. Tal vez debería llamar a servicios sociales para que vayan a recoger a su pequeño bastardito una vez que nazca.

— ¿Qué hiciste? —Antonio se sentó como pudo en el suelo, adolorido, con sólo uno de sus ojos abiertos. — ¡Explícamelo!

—Tan solo le mostré a Lovino lo relativo que es el amor, con el gran ejemplo de tus padres. —Blas se sentó de nuevo, sin quitar la sonrisa de su rostro. —Cielos, eres tan poco intuitivo, ¿cómo logras pasar de año?

— ¿Provocaste el divorcio de mis padres? —jadeó.

—Bingo.

— ¿¡Por qué harías algo así!? —gritó parándose de golpe, queriendo ir hasta él, uno de los hombres lo sostuvo, evitándolo. — ¡Nosotros no te hemos hecho nada!

—Claro que sí. ¿Sabías que Máximo te estaba considerando como un potencial accionista? No iba a permitir que eso pasara. —dijo Blas, lleno de desagrado. — ¿por qué lo haría? Luego vienes y enamoras a Lovino, ¡y él acepta! Como si tuviera este tipo de derechos. Me pone enfermo.

— ¿Lo de los niños también fue tú culpa? —preguntó, recordando los recientes hechos.

—Así es.

— ¿Por qué me estás diciendo esto ahora? —reclamó Antonio, de rodillas en el suelo, con una mano sobre su cabeza. — ¿qué quieres de mí?

—Que te vayas y jamás vuelvas a aparecer frente a mí. Ni frente a Lovino. Desaparece por tu cuenta o yo me aseguraré de hacerlo.

—Ya tienes todo lo que quieres, me destruiste, me separaste de Lovi, ¿en qué podría un pueblerino como yo afectarte? —Antonio sorbió su nariz, ya ni siquiera sabía si estaba llorando por el dolor de los golpes, el de su corazón o por ambos.

—Mi padre regresará muy pronto. Y para cuando él lo haga, tú ya no debes estar aquí.

—Si ya nos dejó en la ruina, ¿cómo podría pagarme siquiera un boleto para regresar con mi padre? —bramó.

—Ese no es mi problema. Simplemente hazlo. No te diré cuando regresa Máximo, pero apresúrate o será muy tarde. —sonrió, poniéndose de pie dispuesto a retirarse. — ¿Qué pasa? ¿Te has quedado sin palabras? Usualmente siempre terminas diciendo la última palabra.

—Siento lastima por ti. —dijo Antonio, mirándolo sentado debajo de la cama, lamiéndose las heridas. Blas se giró por completo a él, confundido. —A pesar de ser yo quién esta sangrando, a pesar de ser yo a quien le arruinaste la vida, sigo sintiendo tanta lastima por ti como la primera vez que te vi, intentando humillar a Lovi cada que pudieras, llevándotelo incluso a rastras.

— ¿Qué?

—Porque es la única forma en la que puedes conseguir que alguien este a tu lado. —concluyó, buscando mantenerse en pie. —Teniendo un padre como el abuelo Máximo es extraño que haya salido un corazón frío como tú. Él debió amarte demasiado, realmente mucho, para que no quisieras aceptar otro amor que no se pareciera a ese.

—Cierra la boca. ¿No ves en qué posición estás?

—Ya me lo has quitado todo, mi familia, el dinero que con esfuerzo mi padre ganó, incluso a Lovi. No quiero que me hieras más, pero si lo vas a hacerlo, ¿qué puedo hacer? —sonrió, escupiendo un poco de sangre justo en sus pies.

Blas quiso estrellarle su pie en ese momento incontables veces en la cabeza. Sin embargo, no dejó que la furia lo controlara. —Es lamentable verte. ¿Al fin y al cabo qué has logrado con esa actitud tan estúpida que tienes? —espetó.

—Que tú padre e hijo me amen más de lo que te aman a ti.

Antonio logró mantenerse en pie, parándose recto, con las heridas punzándole. Notó una furia ciega en Blas, esta vez no mandó a sus guardias a agredirlo, sino que personalmente intentó estampar un puño en la cara de Antonio, él cuál fue sostenido por las ya débiles manos contrarias.

—No tengo ninguna intención de renunciar a Lovi. Tampoco de irme de aquí. —dijo Antonio, apretando con las pocas fuerzas que tenía la mano de Blas, hasta lograr doblarla. —Eres la mayor porquería que he conocido, pero incluso tú sabes a quién tenerle miedo. ¿No es así? —lo soltó, aventándolo a un lado. — ¿Dices que lo terminaré lamentando? No. Lo único que lamentaría por el resto de mi vida, sería dejar a Lovi en manos de una escoria como tú.

—Podría matarte aquí mismo.

—Déjame ver entonces. —retó Antonio. — ¿Cuál de los dos lo hará? —dijo a los guardaespaldas. — ¿Deberíamos filmarlo?

Blas se puso recto de nuevo, sacudiéndose el traje. —Es mi última advertencia. —habló, pasando de largo en la habitación, sin darle ninguna indicación a sus hombres.

—Y está es la primera para ti. —concluyó Antonio, cerrando la puerta de un golpe sordo.

En el segundo posterior abrió la boca, buscando que el aire llegará a sus pulmones, inhalando todo lo que podía. Sus piernas temblaron, haciéndolo caer en el suelo, al momento las lágrimas volvían a inundar su rostro y torpemente tomó su teléfono para marcar a su padre.

¿Antonio? ¿Por qué llamas tan tarde?

—Lo siento, papá. —sollozó mientras hablaba, su padre del otro lado comenzó a preocuparse. —De verdad lo siento. Por mí culpa… lo siento, lo siento.

¿Te enteraste tan pronto? —preguntó su padre, comprendiendo. —Esto no es tu culpa.

Antonio ahogó un gemido, sin poder contenerse más tiempo, terminó por romperse. —Lo siento, papá.

Ya te dije que…

—Lamento que Lovi sea la persona que amo. —completó entre lamentos. Del otro lado de la línea se hizo el silencio total.


¿Sorpresa? No, ya no xD

Estoy aquí porque llegué a una resolución cuando estaba escribiendo este capítulo, porque no quería hacerlo, sentía que debía dejar más suspenso hasta noviembre. Pero, entonces, me pregunté ¿por qué? ¿por qué esperar un mes si tengo la inspiración ahora mismo? Y bien, estén esperando capítulos continuos que me he propuesto acabar esta historia antes del 2019. Así que espero que sigan disfrutando como hasta ahora c:

Me he quedado sin palabras luego de un capítulo tan largo. 25, 267 palabras. Creo que no quiero ver otro documento de Word por el resto de mi vida (?)

MimiDiethel.