Circulo: Vicio Tsun.


Tú + Yo= Error 404.

38. Antonio y Lovino.

"Que tú padre e hijo me amen más a mi de lo que te aman a ti."

Blas encendió un cigarrillo al salir de la escuela, la ventana del carro estaba abierta por lo que el humo rápidamente se disipaba en el aire. Sus guardaespaldas y el chofer no le dirigían la palabra, cada uno iba en sus propias tareas. Al sentir el enojo crecer de nuevo en él, aplastó el cigarro en su mano, sin importarle la pequeña quemadura que obtuvo, y aventó la colilla a la calle.

¿Por qué Antonio siempre lograba sacarlo de sus cabales? Siempre era el único que podía hacerlo. Ni en su infancia, ni en su juventud o ahora en su vida adulta encontró a otra persona similar a él. Tal vez fuera porque al tener una vida de rico, se encontraba rodeado continuamente de personas hipócritas, avariciosas y egoístas; fue por eso que no tuvo ningún inconveniente de comenzar a actuar como ellos, pese a que su padre, Máximo, ni de chiste era similar a ellos.

Si las personas querían utilizarlo, él los utilizaría primero.

Su padre no entendía esos aspectos, por eso la mayoría de las personas querían aprovecharse de él. Y, muy a pesar de que Máximo intentó mantenerse al lado de su hijo, Blas se fue apartando por sí solo, abriéndose paso al mundo el mismo, sin cargar con el nombre de su padre. Blas no tardó mucho en darse cuenta que Máximo estaba decepcionado de la persona fría en la que se convirtió, y que él se culpaba por no poderlo detener.

Al final del día esos sentimentalismos le daban igual. Después de todo encontró a una persona que tenía los mismos pensamientos que él; Bianca. Y con ella no tenía que fingir sentirse bien o que le importaban las demás personas, ella lo había aceptado tal como era, una persona frívola. Quizás porque ella era igual. Y de esa aceptación o amor, como sea que las demás personas quisieran llamarle, salieron Lovino y Feliciano.

Cuando los vio por primera vez, no sintió lo que Máximo le dijo a él que sintió al verlo nacer, alegría o una calidez interior no pasó y vaya que tuvo curiosidad de experimentar eso.

Luego ambos comenzaron a crecer, siendo Feliciano quién mostró primero talentos especiales en las artes y Lovino nada. Por más que él era su futuro heredero, el siguiente en mantener en alto el apellido de la familia Vargas, no era más excepcional que los demás, ni siquiera más que su hermano menor. Bianca y Blas se sintieron molestos por ello, como si hubiesen sido estafados por no obtener lo que querían.

Por eso decidieron mandar a perfeccionar a Feliciano con su abuelo y aceptar la sugerencia del mismo para dejar a Lovino con unos amigos suyos. En la hacienda de los Fernández. Quizás Bianca lo hubiese hecho por seguir los consejos de su suegro, no obstante a Blas se le había ocurrido otra cosa, después de investigar a los propietarios de la hacienda, descubrió a su hijo, y pensó entonces que él podría ayudarle a perfeccionar a Lovino. Pero cuando menos se dio cuenta, Antonio se negó rotundamente a trabajar como esclavo o "ayudante", como solía decirle Blas, de Lovino. A pesar de ser un infante, tenía su pequeño orgullo. Incitado por sus palabras finales, Antonio tomó personal eso de que Lovino jamás sería su amigo, y por lo visto, le demostró lo contrario.

" ¡Él es mi amigo por su propia voluntad! Tú no debes de tener ni idea de lo grandioso que se siente eso." Le espetó Antonio, antes de que Blas se llevará a Lovino de nuevo a Italia.

Y mientras Lovino le relataba a su abuelo las cosas que vivió en la hacienda, con una enorme sonrisa en el rostro, emocionado y feliz; Blas lo escuchó con una pizca de molestia, con la misma expresión estoica de siempre. Antonio esto, Antonio el otro, Antonio era genial, Antonio era amable… Antonio, Antonio y Antonio. Y todo se volvió peor cuando su padre también descubrió "el diamante en bruto" que era el español.

Fue entonces que pensó que quería destruirlo.

Porque Antonio también estaba rodeado de personas hipócritas, sin embargo, él se seguía mostrando tan amable, tan solidario, tan natural. Incluso sus padres eran doble cara, a pesar de lo amorosos que se mostraban en la hacienda, ambos mantenían cerca a personas que no deseaban tan solo para mantener su estabilidad económica, aun cuando hablaban mal de ellos a sus espaldas, deseando su caída. Pero su hijo no. Antonio sonreía a todos, y si alguien no le agradaba, lo retaba sin más o mostraba su temperamento enojado.

¿Por qué él no era como ellos?

¿Por qué Antonio pensaba que el dinero no era tan importante?

¿Por qué a pesar de haberle destruido toda su vida fue capaz de ponerse de pie y sostenerle el puño con esa mirada de fiereza en los ojos?

Tal vez lo mejor sería que Antonio desapareciera de su vida de una vez por todas.

De todas maneras no es como si el mundo fuera a perder mucho.

—.—.—.—.—

¿Qué diferencia hay entre hacer lo correcto o lo incorrecto? Si al final de cuentas las personas más astutas salen ganando. La vida no era como esos cuentos que le contaba su madre en la noche, donde el príncipe derrotaba al dragón, salvaba a la princesa, terminaba casándose con ella y viviendo felices para siempre. Los dragones en la vida real eran casi intocables e increíblemente listos, te atacaban primero antes de que tu pudieras pensar en rescatar a la princesa.

Los príncipes bonachones en el mundo real eran comida de dragón.

Antonio dejó que el aire escapará de sus pulmones, mirando las estrellas, su aliento se transformó en humo en el frío de la noche e incluso jugó con él, mirando como este se difuminaba con el aire invisible que le calaba los huesos. En su mente rememoraba una y otra vez las palabras de su padre, sintiéndolas como espinas clavándose en su pecho, mucho más dolorosas que las heridas no curadas de su cuerpo.

"Iré por ti. Si es tan doloroso para ti, Antonio, iré por ti." Fue lo que le dijo. "Entonces nos alejaremos de todo esos problemas y comenzaremos desde cero. No tenemos nada, pero lo que ese hombre no sabe es que los Fernández con nada podemos hacer todo."

Se frotó las manos, buscando calentarse, la temperatura en la madrugada era mucho más intensa, apenas podía sentir sus dedos. Sería hermoso si tampoco pudiera sentir por dentro. Se recostó en la banca del parque donde estaba, queriendo dormir, a última hora lo primero que se le ocurrió para librarse de todo fue correr, escapar de sus amigos que estarían por llegar atiborrándolo de preguntas al verlo golpeado, huir de todos los pensamientos que le carcomían la cabeza, de sus sentimientos por Lovino. Y así lo hizo, escaló el árbol enredado, escapando de la escuela, yéndose hasta donde sus piernas aguantaron.

Ahora ni siquiera sabía dónde estaba, pero poco importaba.

Quizás debía haber ignorado el latir de su corazón, las ganas de pasar el resto de su vida con Lovino, fingir que sus sentimientos no existían y permanecer en amistad por siempre; aunque tal vez eso no cambiaría el presente tampoco, Blas odiaba todo de él, no sólo la relación con su hijo.

Antonio sentía que ya no podía llorar más, aunque sus ojos le demostraron que eso no era cierto, aún con el ardor, más agua resbaló por sus mejillas. Si se hubiera dado cuenta antes de que esa relación no tenía ni un futuro, ¿volvería a tomar la decisión de amar a Lovino Vargas?

Pasaron algunas horas y todavía no podía conciliar el sueño. Le pesaban los parpados, pero al momento de cerrarlos, recordaba todo lo dicho por Blas, también la conversación que tuvo con su padre. Le dolían las heridas pero eso no era lo peor, si no la sensación de vacío que se estaba apoderando de él. Aquella que le daba desesperanza y desasosiego.

No sabía que sentir. Estaba enojado, triste, intranquilo, quería volver a correr y alejarse mucho más de todos. La cabeza se sentía que le estallaría en cualquier momento. Su vida se estaba convirtiendo en un pozo sin fondo, donde ya casi no podía ver el cielo al estar cayendo por él.

¿Qué pasaría con su padre? ¿Con su madre y el bebé en su vientre? ¿Con Lovino?

Antonio no podía salvarlos por más que lo intentara. No recuperaría lo que con años de esfuerzo su padre consiguió, e incluso si lograba hacerlo, su padre ya no lo vería. El bebé que estaba a punto de nacer no tendría hogar, tampoco una familia, e incluso si su madre lograba sacarlo adelante, tendría una madre retrograda que tal vez no lo aceptaría tal cual fuera. Y él no podría apoyarlo, porque había renunciado a conocerlo por querer estar con Lovino.

Lovino… ¿qué pasaría con Lovino Vargas?

Antonio se cubrió con las manos la cabeza, retorciéndose por el frío. Volvió buscar dormir, no obstante, la imagen de la persona que más amaba apareció en su mente, una y otra vez, torturándolo. En esos momentos lo que menos quería el hispano era pensar en él, por una vez, tan sólo una vez quería olvidarlo.

Pero no podía.

—Supongo que te amo demasiado, Lovi. —masculló entre dientes, sintiendo que las lágrimas volvían a bajar por las mejillas, irritándole más los ojos. —Te amo tanto que lo único que veo eres tú. Sigues siendo tú.

—.—.—.—.—

El día en que su padre regresó por él a España, Lovino ya amaba demasiado a la familia Fernández como para querer regresar a su vida anterior. Incluso los padres de Antonio intentaron en vano negociar que se quedara otro año, mostrándoles el desempeño que mantenía en la escuela; Blas por supuesto no lo permitió. Lovino supo desde esa vez que su padre le daba lazos para poder arrebatárselos.

En cuanto llegó a Italia, reencontrándose con su hermano al cual casi no vio un lustro junto a su abuelo quienes le dieron la bienvenida de manera cálida. Aunque sin fiestas o regalos, como a Feliciano la semana anterior a esa. Simplemente llegó y al día siguiente partió a la escuela, con su gemelo.

Lovino que ya estaba acostumbrado a que le reconocieran su esfuerzo, por mínimo que fuera, diciéndole palabras de aliento cada que algo le salía mal, que la siguiente vez lo haría mucho mejor, se topó con una enorme pared; las nuevas expectativas de sus padres. Él era el futuro heredero de la familia Vargas, ¡tenía que ser mucho mejor que todos!

No tardaron mucho para darse cuenta que a pesar de todo el primogénito no podía superar al segundo hijo. Feliciano era mucho mejor en las artes. Feliciano cocinaba mucho mejor. Feliciano esto, Feliciano aquello.

Por supuesto que a ojos de Lovino, a Blas poco le importó lo que pensará la gente de sus hijos. Si él no era bueno en eso, Blas haría que lo fuera, tan simple como eso. Y pesé a que muchos de los socios de Blas creían que el futuro heredero sería cambiado por Feliciano, él negó el hecho, presentando a Lovino.

Aún en el presente Lovino recordaba el estricto programa que seguía desde su regreso a Italia. Se levantaba, iba a la escuela, entrenaba esgrima, algunas técnicas de defensa personal, seguidas de sus clases intercaladas entre días de canto, piano y actuación. Por las tardes-noches, las tareas de la escuela y por último, clases de economía y finanzas con su padre. El fin de semana era mucho peor, porque su padre lo traía de un lado a otro, presentándolo a sus contactos, mostrándole como era el mundo afuera. Conoció a personas que nunca deseó y vio cosas que de niño poco comprendió, pero después lo hizo.

En ese tiempo lo único que lo mantenía feliz en la semana era pensar en las llamadas que Antonio hacía. Pero de pronto esas también se detuvieron. Y ahí fue donde su mente puso un alto total.

Se dio cuenta de que esforzarse al máximo no mantenía a sus padres felices, ellos no voltearían a verlo incluso si fuese la única persona en el mundo. Ya que ellos pensaban que si él lo hacía bien, Feliciano podía hacerlo mejor. Así que los mandó a la mierda y se rindió.

Comenzó a escaparse de la escuela a mitad de clase o dormía en ellas pese a las quejas de los profesores, les faltaba al respeto y los maldecía en voz alta. Eso lo llevó a ser expulsado unas tres o cuatro veces. Sus clases de esgrima se cancelaron al aventar la espada y golpear a puño cerrado a sus entrenadores o compañeros. Bianca tuvo que sacarlo de sus clases de piano, no sin haber pagado al menos cinco de ellos. El canto y la actuación fueron dejados de lado, aún con lo mucho que le gustaban, Lovino en ese punto llegó a creerse las palabras de sus padres, ¿para qué hacerlo si su hermano menor era mucho mejor de todas maneras?

Lo único que no pudo evitar fueron las clases con su padre, sus presentaciones y demás cosas.

Entonces cuando estaba a punto de decidir qué era mejor, si saltar o cortar, escuchó la conversación de su abuelo con Feliciano, diciéndole que Ludwig estaría en Gakuen con él, junto a su hermano Gilbert y toda la bola de imbéciles que eso conllevaba. Incluso Antonio.

Lovino se metió en su habitación pensando en la escuela nombrada, tanto lo pensó que incluso miró en Internet. Era un internado. Un lugar donde su padre no podía mantenerlo controlado. Dónde por al menos tres años, sin contar vacaciones, podía ser libre un momento. Y… Antonio estaría ahí.

Entonces un mal pensamiento apareció y con el paso de los días se intensificó. Desde hace dos años y medio que no hablaba con Antonio, si él no le hablaba quería decir que ya no le importaba ¿o no? Tal vez lo mejor fuera no asistir a Gakuen, de todas maneras solo invitó a Feliciano, a él nunca lo llamó.

¿Qué pasaría si se encontraba con Antonio y él ya no quería a la persona en la que se había convertido? ¿Qué pasaría si a sí mismo no le gustaba la persona en la que se convirtió Antonio?

Se enteró poco antes de iniciar la preparatoria que su abuelo convenció a Blas para que él y Feliciano fueran, siendo que Máximo quería que fuera una sorpresa para él volver a ver a Antonio. Y cuando Lovino lo descubrió primero se negó rotundamente, con esos pensamientos en su cabeza se encerró una semana entera en su cuarto, evitando a su abuelo y sus charlas. Al final lo logró atrapar y convencer de que estudiara en Gakuen.

Al llegar a la escuela todo se sintió horrible. No conocía a nadie. Feliciano se fue directamente con el macho patatas y Lovino odiaba pasar tiempo con él así que se fue por ahí, abandonando a su hermano.

No tardó mucho en que Antonio lo encontrara, abrazándolo con euforia por el reencuentro, acompañado de Francis y Gilbert que pronto comenzaron a molestarlo, haciendo comentarios burlones a su relación. Al verlo de nuevo, Lovino sintió que el corazón bombeaba con fuerza, Antonio era bastante más alto y ya no era el niño sucio que le obligaba a jugar con él. Su rostro era agraciado, su sonrisa mortal y sus ojos reflejaban todo el cariño y amor dados por sus padres.

Y quizás esto último era lo que más le dolería perder a Lovino.

—Mira esto, Lovi. Se te va a hinchar. —murmuró Emma, apretando el hielo contra su mejilla. — ¿Te duele mucho? ¿Debería ir por un analgésico?

—Estoy bien, Bel, gracias. —sonrió, dejándola hacer. Govert y Scott también estaban por ahí, asegurándose de que Gilbert no volviera a resurgir entre las sombras. El último más por pedido que por gusto. —Iré a dormir, ya pasan de las doce, y mañana tenemos clases.

—Debería acompañarte hasta tu habitación. —dijo Emma. —Así al menos estaré tranquila de que llegaste a salvo.

—Sí, porque una chica a la mitad de la noche es lo más seguro del mundo. —reprochó Govert cruzado de brazos.

— ¿Entonces tú lo acompañaras? —protestó Emma, a la defensiva.

—Puedo ir por mí mismo. —suspiró. —Seguro que tus dos demonios guardianes no te dejarán sola hasta que vean que tu puerta tiene un candado.

Emma apretó los labios en una fina línea, insatisfecha por la respuesta. Más que asegurarse de que el albino no lo volviera a atiborrar a golpes, no deseaba que Lovino se sintiera más sólo o más culpable de lo que ya lo hacía. Esos pensamientos negativos sobre su persona no traerían nada bueno, ella quizás podía entenderlo en ese aspecto.

—Vamos Emma, quiero ir a dormir. —dijo su hermano, apartándola. Scott comenzó a andar junto a ellos.

—Espera… Lovi… ¿puedo decir algo? —preguntó sin saber si era correcto o no. El italiano la miró, esperando otra platica de reproches en forma de ayuda. La rubia apretó los puños en su falda, halando la tela. —Tal vez sientas que nadie puede entenderte, y quizás sea así, no es hasta que ellos lo viven que pueden sentir la misma desesperación que uno, la cual te hace pensar que estás hundiéndote en arenas movedizas y nadie puede salvarte. Sin embargo, mantente en pie, aférrate con uñas y dientes a lo que quieres, entonces no tendrás de nada de lo cual arrepentirte. Da pelea, incluso si eso significa mantener la cabeza agachada por un tiempo, lucha y lucha hasta no tener que ver nunca más hacía abajo. Incluso si sale mal, habrá más formas al final, he incluso si vuelven a salir mal, pensaremos en otras mucho mejores.

—Bel…

—Nosotros tenemos suerte, Lovi. Hay personas que nos aman con todo su corazón. —sonrió con la boca temblorosa, buscaba no llorar. —Nos aman tanto que no les importa manchar sus nombres. Yo tuve tres manos que me ayudaron a levantarme, mi padre, mi hermano y Scott. Tú tienes más de diez extendidas a ti, donde cada uno de ellos conoce los riesgos que ello traerá y están dispuestos a tomarlos por ti, sé que temes que se vean involucrados contigo o algo así. Pero… si ya están extendidas, ¿por qué no tomarlas?

Lovino miró el suelo, analizando cada una de las palabras de su amiga.

—Ellas no se moverán de ahí por más que las empujes. —siguió, concluyendo. —He incluso ellas serán las que te tomen si no quieres hacerlo. Al menos la mía lo hará. —sonrió, encogiéndose de hombros. Emma miró a su hermano, que volteó la mirada casi de inmediato.

—No diré algo tan vergonzoso como "la mía también" —farfulló, tomando el brazo de su hermana para jalarla. — ¡Definitivamente el plan funcionará! —dijo Govert, empujando a Scott con su otra mano para que avanzará también. Lovino alzó la cara, plantando una pequeña sonrisa en sus labios.

— ¡Emma! —gritó, dando algunos pasos a aquellos tres. La chica se giró sorprendida, era la primera vez donde Lovino la llamaba por su nombre y no por su apodo. — ¡Muchas gracias!

Lovino caminó por la dirección contraria, sobándose todavía la mejilla, ¿cómo decirlo? Las palabras de Emma le habían levantado bastante la moral. Incluso sintió una emoción momentánea de ir a hablar con Antonio, de contarle todo lo acontecido antes de que alguien más lo hiciera, es decir, Gilbert o Francis. Era mejor que lo oyera de él primero, si ya se iba a enterar de todas formas.

Pese a eso, todavía fue cuidadoso al entrar a los dormitorios, como muchos seguían en la concluida fiesta terminándose el ponche o comiendo golosinas, varios estudiantes deambulaban aún por ahí sin que los guardias dijeran nada. Tenía curiosidad del día siguiente, seguro que por primera vez en Gakuen se suspenderían las clases.

A su mala suerte, Francis ni Gilbert se veían, por lo que a lo mejor ya estarían contándole todo a Antonio en algún lugar de la escuela o en su dormitorio. Lovino tragó saliva con fuerza, ¿al saberlo el hispano comenzaría a odiarlo?

—.—.—.—.—

Arthur se despertó soñoliento, al entreabrir los ojos notó el rostro de Alfred muy cerca del suyo, ya que estaban ambos abrazándose para no caer de la cama del héroe. Toris del otro lado también estaba durmiendo. El sol ya entraba por la ventana, aunque era muy débil, Arthur pudo observar que el día no estaba del mejor humor, era nublado con pequeños rayos de sol colándose por las brechas de las nubes. Se fijó en el celular de Alfred que estaba en el buró y pasaban de las nueve de la mañana. El ruido de afuera era poco y no había voces en el pasillo, por lo que ese día se habían suspendido clases.

Bostezó perezoso, tallándose los ojos, Alfred estaba caliento, así que volvió a recostarse en su pecho. Queriendo volver a quedarse dormido, el brazo del americano le servía de almohada por lo que se terminó de acurrucar y cerró los ojos con una sonrisa. De esa manera le gustaría despertar todos los días de su vida, algo así estaría bien, poder amar a Alfred F. Jones hasta la muerte.

El héroe que lo había salvado y del cual estaba enamorado.

El celular de Alfred, que aún permanecía en su mano ya que olvidó ponerlo en su lugar al estar adormilado, vibró. El británico dio un mini saltito, volviéndose a despertar, al ver el número supo que era el padre de Alfred. Su novio seguía tan profundamente dormido que Arthur sintió pena de despertarlo, por lo que con mucho cuidado se levantó, saliendo de puntitas de la habitación para informarle al Sr. Jones que su hijo seguía dormido.

¿Alfred no se molestaría, verdad? Ambos ya tenían la absoluta confianza del otro. Además, sólo era su padre. Sin pensarlo ya mucho, contestó.

¿Alfred?

—Lo siento, Sr. Jones, soy Arthur. Alfred esta dormido. —respondió. —No quise despertarlo y tomé la llamada, lo lamento, ¿podría llamar más tarde? ¿o es muy urgente? Puedo despertarlo y…

Tranquilo, Arthur. —rio del otro lado el americano. —Pensé que estaría saliendo de clases por eso le llamé. No creí que estuvieran durmiendo juntos, ju, ju, ju.

Ante aquella insinuación Arthur se sonrojó. —N-No. ¡No es…! ¡Definitivamente no es lo que se esta imaginando! —contestó entre balbuceos. Las risas de su suegro no se hicieron esperar, logrando abochornarlo más.

No importa Arthur, de todas maneras Alfred dice que se terminará casando contigo así que da igual si lo disfrutan antes o después del matrimonio. —se burló. Su hijo tenía razón, resultaba muy fácil tomarle el pelo a los Kirkland.

Arthur apretó el teléfono en sus manos, súper rojo. ¡Definitivamente mataría a Alfred!

En fin, no llamé para eso. Y ya que me contestas puede que me quieras ayudar en algo. —sonrió del otro lado, olvidándose de lo anterior. — ¿Quisieras ayudarme a convencer a Alfred? Sé que puede sonarte extraño el favor que te estoy pidiendo, pero tal vez se esté perdiendo de una buena oportunidad.

— ¿A qué se refiere?

No quiere venir al campamento militar en vacaciones, pero va a venir un instructor muy importante en el tema de RVSM, y él quería estar en su curso desde hace tiempo, sólo que ahora ya no quiere.

— ¿R… qué? —preguntó sin entender. — ¿Es algo referente a la aviación?

¡Sí! Le ayudaría mucho, además el instructor es un buen colega mío y tiene muchas conexiones dentro de la militarizada por lo que le vendría bastante bien. ¿Podrías ayudarme? Sé que les estoy pidiendo que sacrifiquen sus vacaciones, ¡pero tú puedes venir con él! Sólo será esta vez, ¿sí?

—Intentaré convencerlo. —dijo Arthur, con una diminuta sonrisa. —De todas maneras él no me había dicho nada de un cambio de planes para ir con usted, incluso Matthew invitó a la rana apestosa de Francis. —Arthur frunció la boca antes de darse cuenta que se le había salido el insulto a Francis.

El señor Jones rio del otro lado. —Me alegra escucharlo, entonces te lo encargo, Arthur. Volveré a llamar más tarde.

—Sí.

Y ambos colgaron.

Arthur sostuvo el teléfono contra su pecho, incomodo por la conversación anterior. ¿Por qué Alfred no le había dicho nada de eso? El británico bufó con molestia, revolviéndose los cabellos; algunos de sus compañeros salían a penas de sus habitaciones, bostezando, saludándolo con un asentimiento de cabeza o alzando la mano. El sueño se le había ido por completo por esa platica, lo más probable es que Alfred no le hubiera dicho nada porque apenas tenían tiempo para ellos dos, por supuesto, por culpa de él; las juntas del G8, las clases, las tareas y el problema de Lovino consumían mucho tiempo, había días donde ni siquiera veía a Alfred. Era un novio terrible.

Se metió de nuevo a la habitación, Toris al parecer estaba en el baño y Alfred seguía dormido, haciendo uso de todo el colchón ahora. Arthur puso el celular a donde pertenecía, sentándose al lado de su novio. Los disfraces del día anterior estaban regados por el suelo, por lo que se dedicó a acomodarlos y doblarlos.

Seguro que también el que Alfred no quisiera ir al curso era por él, para pasar más tiempo juntos. ¿Pero no veía que aquello era importante para su futuro? Además, todavía estaba el asunto de Lovino, Arthur no estaba del todo seguro de poder acompañar a Alfred a Estados Unidos. ¿Qué estaba pensando?; se dio una bofetada por la barbilla, enojado con él mismo; Lovino sin duda era importante pero su novio debía ser su prioridad.

—Saldré a tomar el desayuno. —dijo Toris al salir ya arreglado. — ¿No vienes? Alfred tardará un poco más en despertarse.

—No, no. Lo esperaré o no podré quitármelo de encima por no hacerlo. —sonrió Arthur. —Te veré más tarde, Toris, gracias por dejarme quedar. —El lituano sonrió y salió.

Tal y como dijo Toris, Alfred tardó otro rato en despertar, siendo que el británico ya tenía hambre al de las pocas veces en que se quedaba sin desayuno tan tarde, optó por despertarlo. Al recibir los primeros empujones, Alfred comenzó a quejarse. — ¡Despierta, idiota, me estoy muriendo de hambre! —espetó, dándole unos golpecitos en los cachetes. — ¡Que te despiertes! —gritó, tomando una pierna de él y provocando que callera de la cama.

— ¡Ya estoy despierto! —chilló Alfred al sentir el sentón. — ¡Malo, malo, eres muy malo!

— ¡Tú no te despertabas!

— ¡Estaba intentando que me dieras un beso para despertarme! —protestó, parándose. — ¡Has pasado mucho tiempo con Robín-Lovi!

— ¿Por qué demonios quieres que haga semejantes cursilerías? ¡Claro que no lo haría! —rechistó, sonrojado. Malditos Jones, siempre hacían que se pusiera rojo.

—Te ves muy lindo todo sonrojado Arthur, pero de verdad estoy pensando que quiero a un novio y no a un luchador de la WWA.

— ¿QUÉ?

— ¡Nadaaaa! ¡No dije nada! —y se encerró en el baño.

Una vez que salieron de la habitación, Alfred por supuesto con un chichón en la cabeza y las mejillas infladas se dirigieron a la cafetería. La mayoría de los alumnos ya se estaban yendo a las clases que restaban, mientras que muy pocos, al igual que ellos, apenas se dirigían a desayunar/almorzar. Muchos de los estudiantes se le quedaron viendo al menor de los Kirkland con sorpresa, era inusual que él estuviera a esas horas por ahí, aunque de todas formas ya nada era raro desde que se encontraba con Alfred.

Al sentarse, cerca de la ventana, comenzaron con la comida. Hoy Alfred había aprendido que Arthur sin su desayuno balanceado era como un ogro, bueno, más de lo usual.

—Por cierto, ¿qué pasa con las vacaciones en el campamento de tu padre? —preguntó Arthur, entrando de lleno con el tema. Alfred alzó una ceja sin comprender. — ¿Vamos a ir?

—No creo que sea lo mejor… —murmuró Alfred, desviando la mirada. —Pensé que sería bueno ir a otra parte para que estemos más relajados los dos. Últimamente casi no hay tiempo para nosotros.

Así que sí era por eso.

— ¿Eres tonto? —preguntó Arthur, clavando con fuerza la cuchara en el yogurt con almendras. Asustando a su novio. — ¿Por qué desaprovecharías semejante oportunidad de conocer a un veterano? Sé que no hemos podido estar mucho tiempo juntos, pero eso ha sido mi culpa, no tienes que sacrificar tus propios sueños para remediarlo. En todo caso debería ser yo quién lo haga.

— ¿Cómo…?

—Eso no importa. —negó con la cabeza, aún con ambas cejas fruncidas. —Lo siento, Alfred, soy un novio horrible. Es sólo que…

—Yo sé que estás pasando, Arthur. —interrumpió, dejando de comer. —Sé que eres la clase de persona que te preocupas mucho por tus amigos, incluso te preocupas por la gente que apenas conoces, esa fue una de las cosas por las que me enamoré de ti. Ahora estás apoyando a Robín-Lovi con lo de su padre, eso es muy importante, él te necesita. —sin darse cuenta apretó los puños, encima de la mesa. —Además tienes lo del G8.

— ¡Tú también eres importante para mí! —espetó, contrariado. —Mira, soy consiente de que todo lo que acabas de decir es transcendental, Lovino esta en una situación difícil y quiero apoyarlo en lo más que pueda, y el G8 no es algo que me gustaría abandonar, pero… tú siempre estás ahí para mí cuando yo lo necesito, yo quiero hacer lo mismo. O acaso, ¿no me tienes la confianza para contarme estás cosas?

—No, no. Yo no quise hacerte sentir de esa manera. —explicó Alfred, afligido. —Ya tienes demasiadas cosas en la cabeza, agregarte más sería como cavar tu tumba.

—Tus problemas son importantes para mí, Alfred. —sonrió, tomando uno de sus puños al extender una mano. —Son mi prioridad, aunque eso ya lo sabes, creo que debo recordártelo de vez en cuando.

Alfred apretó los labios, mordisqueándoselos por dentro.

— ¿Estás seguro de que quieres ir? ¿No sería mejor estar con Robin-Lovi? —preguntó bajando la mirada.

—No soy el único que lo esta apoyando, ¿o sí? Además no es como si fuera a dejar de hacerlo, simplemente lo haré por unas semanas de lejos. —sonrió, volviendo a su yogurt. —Y lo más seguro es que me mandará a la mierda si quisiera acompañarlo.

—Es cierto. —rio.

—.—.—.—.—

— ¿Cómo demonios te has caído para tener semejantes heridas? —preguntó Francis, molesto, tomándolo del brazo con la suficiente fuerza para que no intentara escaparse de nuevo. Antonio cerró un ojo al sentir el algodón llenó de alcohol limpiándole la sangre del labio y del rostro.

—Viejo, la primera pregunta aquí es ¿dónde demonios estaba anoche? —corrigió Gilbert. —Y después el por qué tiene la cara toda mallugada.

—Gracias, Gilbo. —murmuró Antonio.

—Por suerte hoy no hubo clases o estarías en problemas por faltar de nuevo. —regañó de nuevo el rubio.

— ¿Nos estás diciendo la verdad? ¿Nadie te ha golpeado, verdad, Toño? —reprochó Gilbert, sin terminarse de creer que su amigo estuviera en tal mal estado.

— Ya les dije que tuve que salir de urgencia porque recibí una llamada falsa que uno de los niños del antiguo orfanato se había escapado para verme. Y sobre los golpes, ¿quién me ha podido golpear? Todos estaban en la fiesta. —mintió Antonio, quejándose después por la presión de Francis. — Inclusive si alguien quisiera, me puedo defender solo.

—Supongo…—murmuraron ambos.

Francis y Gilbert, tal como sospechó, lo bombardearon con preguntas al verlo llegar. Antonio que apenas había podido dormir la noche anterior, negó con la cabeza y se fue directo a la cama, quedándose dormido como una roca, así que sus dos amigos tuvieron que esperar a que despertara, ambos con el ceño fruncido. Ya mas despierto, Antonio había dicho un par de mentiras para convencerlos. Ingeniosamente él había dicho que se calló por las escaleras de manera estrepitosa al resbalar. No quería decirles que el padre de Lovino estuvo ahí, no quería preocuparlos todavía más al contarles todo eso.

—Te van a doler mucho más.

—Ya, ya. Iré con la enfermera, seguro que me receta pastillas. Odio las pastillas. —se quejó, inflando las mejillas. —Por cierto, ¿Vash no los mandó a buscarme? ¿Está bien que no haya regresado?

— ¡Mi asombrosa persona no le tiene miedo a Vash! —se quejó Gilbert, señalándose. —Además Iván dijo que tenías que pasar tiempo con las chicas y chicos que ganaron los primeros fantasmas, ya que nadie pudo atraparte no pueden monopolizarte. Pasaras un día con cada uno de ellos, con la hermana de Vash, el héroe, Govert también encontró uno por más que no nos guste, y dos chicas que fueron afortunadas.

— ¡Les pedí que encontraran uno! —lloró.

— ¡No pude hacerlo, estaba seguro que si volvía a la fiesta terminaría de reventarle la boca a…!

Francis le dio un manotazo en la mejilla, sonriéndole al castaño. —Iván a Iván. —dijo, concluyendo la oración del albino. —Gilbo te quería ganar para tener los cuadernos de Arthur.

— ¡Qué cruel! —protestó Antonio, pellizcándole una mejilla al alemán. — ¡Y yo pensé que querías rescatarme!

— ¿Cómo se vería un tipo queriendo rescatar a otro? —chilló Gilbert.

— ¡Super cool!

—Gilbo, ¿en qué siglo estás?

—Se me olvida que estoy rodeado de gays. —bufó, sentándose al lado de Antonio, haciéndole rebotar en la cama. Los otros dos miembros del BFT se voltearon a él con una sonrisa pícara. — ¡Yo no lo soy!

— ¿Deberíamos hacer un trío? —preguntó Francis, Antonio alzó sus cejas varias veces. Los dos se acercaron peligrosamente al albino, arrinconándolo en una esquina de la cama.

— ¡Ustedes me dan repelús! ¡Quítense de encima! —los pateó, soltando manotazos al azar.

— ¡Estábamos jugando, Gilbo! —chilló Antonio, sobándose del golpe que había sido dado justo en los otros golpes proporcionados por los guardias de Blas.

—Tch. Incluso deshiciste mi peinado. —bufó Francis, levantándose para ir por un cepillo.

—Además es imposible que nos enamoremos de ti. —le dijo el hispano, metiéndose entre las sábanas, pateando a Gilbert.

— ¿Qué? ¡Por qué! ¡Soy asombroso! —protestó él. — ¡Todos aman a mi increíble ser!

—Eres demasiado ruidoso. —Francis lo miró por el espejo, cepillándose el cabello. —No podría estar en medio del acto y que se te ocurriera la brillante idea de cabalgarme agitando tu camisa en el aire. Te creo capaz de hacerlo.

— ¿Y por qué diablos estoy abajo? ¡Seguramente el que te la metería seria yo! —gritó Gilbert, ofendido. —Además, estoy seguro que al momento de tener sexo eres el peor de nosotros tres, ¡él más sucio!

—Definitivamente estarías abajo. —reprochó Francis, volteándose. — ¡Incluso en un trío serías el que estaría hasta abajo!

— ¿Por qué están hablando de sexo cuando yo claramente dije "enamoremos"? Tienen una mente muy sucia, los dos. —señaló Antonio, mirándolos con fingida incredulidad.

—Tampoco podríamos enamorarnos de ti. —recitaron ambos.

—Por supuesto que lo harían, no traten de negarlo. —contestó Antonio, señalándolos.

—Eres demasiado cursi. —dijo Gilbert. —Tanta melosidad me reduciría veinte años de vida.

—Lo siento, Toño, amo tu cuerpo pero eres demasiado despistado para mi gusto. —comentó Francis. —Y no te gusta vestir a la moda.

—Creo que es más por lo último que por lo primero. —bufó el español. — ¡Como sea! ¡Ni quien quisiera que unos bichos raros como ustedes se enamoraran de mí!

— ¿Bichos? —se quejó Francis.

—Uno que no deja de autonombrarse asombroso, no quiero imaginarme si tuviera que casarme con él, muy seguro en el altar le pediría al cura decir: " ¿Aceptas a este increíble, asombroso, maravilloso y más, como tú mejor compañero en su increíble, inserté más sinónimos, vida y en la muerte?" —dijo Antonio hacía Gilbert, él se rascó la cabeza, sonriendo. No estaba en desacuerdo con esa idea. —Y tú, te pasarías criticando la ropa de los invitados, arreglándome como francés del siglo XV.

—Me gusta más la del siglo XVIII. —corrigió Francis.

— ¿Y qué me dices de ti, Toño? Tú boda…

—No hay nada que podamos decir, Gilbo. —Francis negó con la cabeza. —Su boda será tan alegre que todos no la pasaremos bien.

—Chicos. —Antonio lagrimeó un poco, atrayendo a Gilbert para que se acostara a su lado, él se dejó hacer, metiéndose en las cobijas. —También deberías dormir con nosotros, Fran.

—Olvídalo. Recuerdo que la última vez que dormimos así, uno de ustedes me dejó el ojo morado por el golpe que me dieron al estar dormidos. ¿Y por qué quieren dormir ahora? ¡Son las tres de la tarde!

—El día se presta. —respondieron a coro.

Francis suspiró resignado, Gilbert estaba jugando a una pelea de almohadas con Antonio. Ciertamente estaba poco convencido de decirle a Antonio sobre lo de Lovino, quizás debería escucharlo de él, ellos por más que quisieran proteger a Antonio, contar ese asunto no era su responsabilidad. Así que fingiendo ir al baño, mandó el mensaje de texto a Gilbert pidiéndole que se mantuviera callado por un rato más; le darían oportunidad a Lovino de contarlo por él mismo.

—.—.—.—.—

Lovino se despertó desganado, las heridas causadas el día anterior por Gilbert le punzaban constantemente, tenía un moretón enorme en las costillas. Arthur no estaba en su cama, así que se sintió aliviado de que ese día no fueran a la sala de juntas, no tenía ánimos para llenarse los oídos de falsas esperanzas. En esos momentos Antonio debía odiarlo. Aún así, junto valor para marcarle de nuevo a su abuelo, queriéndole dar una esperanza también a Antonio cuando fuera a hablar con él, que ese problema se arreglaría y podían volver a estar juntos. Al no contestar a la décima llamada, colgó.

Luego de un baño prolongado encontró mucho más valor y marcó el número de su madre. De nuevo nadie atendía el teléfono. Lovino no sabía por qué se estaba sintiendo tan decepcionado si era consiente de que eso podía pasar. Tal vez Bianca ya lo supiera y sus palabras bonitas hubiesen quedado olvidadas en el pasado, para apoyar a su esposo.

Salió de la habitación, guardando el celular en su bolsillo, esperando la anhelada llamada de su abuelo.

—Lovi. —llamó Matthew, saludándolo. El italiano alzó una mano, sin darle mucha importancia. — ¿Has visto a Antonio?

— ¿Por qué debería? —preguntó a secas. —A este punto ya debe odiarme, sus amigos le debieron contar todo.

—No me refiero a eso. —susurró, pegándose más a él. —Pude verlo cuando iba bajando las escaleras de los dormitorios, tenía una bandita en la mejilla y otra por la ceja, además de algunas otras cicatrices.

— ¿Qué? —Lovino se volteó a él, sin comprender. ¿Acaso Antonio se metió en una pelea?

— ¿Crees que este bien?

—Los bastardos como él nunca mueren. —bufó sin borrar el rostro preocupado. Matthew hizo un mohín, tal vez no fue buena idea contarle. Lovino intentó desviar la atención a otro tema de conversación, no obstante, la imagen de Antonio aparecía continuamente en su cabeza. Tenía que detenerse o echaría todo a perder, Blas debía seguir creyendo que ya no podía dañarlo con hacerle mal al español, debía mantener la cabeza fría, sus sentimientos al margen.

Pero simplemente su corazón no pensaba igual, así que terminó despidiéndose de Matthew y salió corriendo, buscando con la mirada la cabellera castaña alborotada que caracterizaba a su Antonio. Al encontrarlo se dio cuenta que estaba con Vash y su hermana, parecían estar discutiendo, al mirar bien también Iván se encontraba ahí con Natalia por detrás.

El italiano se le quedó mirando a Antonio de manera insistente, buscando que conectara con él. Suspiró con cansancio y mejor se acercó de una buena vez.

—Ah, es Lovino. —saludó Iván, el italiano de inmediato recibió una mirada fulminante de Natalia.

— ¡No cambies el tema, tonto, mi hermana no se irá con ese sujeto! —reclamó Vash, en modo sobreprotector. Lovino alzó las cejas, en Gakuen se veían mucho los tipos con complejos de hermanos.

—Pero ella fue la primera en encontrar el primer fantasmita. —reprochó Iván con un puchero. —Merece a Antonio.

— ¡Míralo, está todo golpeado, seguro que se metió en una pelea!

Lovino se giró a la cara de Antonio, era cierto lo que le había dicho Matthew. Aunque para su sorpresa, el hispano apenas le prestó atención. Eso congelo a Lovino en su lugar, haciendo que apretara los puños contra su cuerpo, lo peor que se había imaginado estaba sucediendo. Eso era lo que quería. ¿No? Que Antonio se alejara de él para siempre, que no tuviera que ver nunca más con él y eso le ayudaría a restaurar su vida. Podría ser feliz de nuevo con quién quisiera.

—Está bien, podemos elegir a otro de los ganadores, Vash me apuntará con su escopeta si algo le pasa a Liech. —sonrió Antonio.

—Hermano no creo que el joven Antonio sea de los que buscan pelea. —contestó Liech. —Pero no importa, yo solo quería ganar para estar con mi hermano. —sonrió ella. —Puedo cederle mi lugar con el joven Antonio a alguien más.

—Liech…—Vash sonrió, luego miró mal a los demás. —Ahí lo tienen.

—Das miedo, Vash. —murmuró Antonio.

Sin decirle nada a nadie Lovino se dio la vuelta, estaba a punto de volver por donde llegó cuando miró la pulsera que tenía colgada en su gafete de estudiante, ya que los accesorios no estaban permitidos en Gakuen. Se mordió los labios y giró, resbalando un poco.

Estaba actuando de forma egoísta, había sido él quien le dijo que deberían separarse, aun así, pese a que lo sabía, tomó la mano de Antonio y sin darle tiempo a darse cuenta de la situación, se lo llevó corriendo de ahí, sin importarle que ambos casi cayeran por la brusquedad del momento. A todo esto el hispano iba gritando su nombre, pidiéndole que se detuviera, pero sin aplicar presión a sus palabras. Pasaron corriendo uno de los edificios, hasta llegar a la parte trasera.

— ¿Para qué me has traído aquí? —preguntó Antonio, jadeando.

—Ya sé que lo sabes, no finjas demencia, bastardo. —dijo Lovino, apretando los puños. —La patata bastarda y el imbécil barbón debieron decírtelo.

Aquello descolocó un poco a Antonio, sin embargo, lo ignoró.

—Ayer te dije que dejaras de venir a mí. —respondió Antonio a secas. Se puso derecho, metiendo las manos a los bolsillos de su pantalón. —Para ser una persona que me aparta cada que tiene oportunidad, me buscas demasiado, Lovi.

—Deja de actuar así, no va contigo.

— ¿También me vas a decir cómo actuar ahora? —el tono de su voz era molesto, y Antonio se mordía los labios continuamente. — ¿Después de todo?

— ¿Qué te pasó? —preguntó buscando tocarle el rostro. Antonio lejos de recibir la caricia apartó su cara, evitando el contacto.

¿No se había peleado con el BFT por su culpa o sí? ¿por intentar defenderlo? ¡No! ¡Antonio los necesitaba más que nunca! ¿Qué demonios estaban pensando los otros dos al pelearse con él?

— ¿Te peleaste con el BFT? —cuestionó de nuevo Lovino, alzando una de sus manos. Antonio volvió a apartarse de él, desviándole la mirada, con los brazos cruzados en su pecho. — ¿Qué te pasa? Estoy preocupado por ti.

— ¿No pudiste decírmelo antes? —fue la respuesta de Antonio.

—Yo… mira, no sé lo que ellos te dijeron, pero ellos no comprenden.

— ¿Ellos? ¿Quiénes? —Antonio puso una cara de confusión total, causando consternación en Lovino. — ¡Tú padre fue quién me lo dijo y por tu reacción me acabas de confirmar que tú ya lo sabías todo desde el inicio!

El rostro de Lovino se puso horriblemente pálido, sentía que le habían dado un puñetazo en el estómago. Tuvo que ponerse en cuclillas para no caerse, inhalando y exhalando aire con fuerza. Miró de nuevo la cara del hispano y comenzó a temblar, aterrado.

— ¡Por todos los cielos, él te hizo eso! —gritó, poniéndose de pie en un saltó, sus manos volvieron a estirarse en la dirección contraria, Antonio retrocedió varios pasos hasta chocar con pared. — ¿Dónde demonios…? ¿Cuándo demonios sucedió? ¿Él estuvo aquí? ¡Feliciano!

Antes de que pudiera echarse a correr, Antonio lo volvió a tomar del brazo, firme.

— ¡Suéltame! —reprochó, forcejando. —Sí el maldito de mi padre lo vio con el macho patatas será el fin.

Antonio obedeció, provocando que Lovino traspillara. —Tenía razón. —resopló una risa mal hecha, incrédula y dolorosa. Tanto que el otro paró su carrera. —No estabas haciendo esto para protegerme o por algo que tuviera que ver conmigo.

—Antonio.

—Duele. —contestó con los ojos cristalizados. Pensaba que ya lo le quedaban lágrimas pero de nuevo se había equivocado. —De verdad es tan doloroso que se está volviendo fastidioso. —Exhaló aire por la boca, mirando a un punto muerto del lugar, pensando en las palabras de su padre antes de terminar la llamada.

Pensó en Lovino, entrelazando sus acciones en su mente junto a lo dicho por Blas. ¿Debería aceptar de una vez que Lovino y él no tenían ningún futuro juntos? Por aferrarse a él se vio obligado a fingir que no lo veía a pesar de que sus ojos nunca lo perdían de vista, a disimular que estaba bien, porque su esperanza fue que Lovino volvería a él en cuestión de nada.

Había pensado que Lovino sería la persona con la que despertaría cada mañana después de graduarse. Pero ese futuro estaba alejándose cada vez más, a pasos agigantados que Antonio temía nunca atraparlo. Se prometió que nunca perdería a Lovino, incluso le dijo a Blas que no tenía intención de dejarlo ir y se mantenía firme en ello. Sin embargo, ahora se daba cuenta que Lovino fue quien lo dejo ir.

—No podía decírtelo, Antonio. —comentó Lovino, encogiéndose en sus hombros, mordiéndose el labio y apretando los ojos para no lagrimear. —Era demasiado doloroso para mí pensar que me terminarías odiando. No podía soportarlo. Ahora tu actitud es similar a la que pensé que tendrías, no me equivoqué en eso.

—Estás mintiendo, Lovi. —espetó Antonio, sin bajar la mirada en un solo momento. —Tus pensamientos jamás se enfocaron en mí sino en Feli. Querías salvar a Feli a toda costa incluso si eso significaba sacrificarme a mí.

—Antonio…

—Está bien, no voy a reprocharte nada. Quizás no lo entienda del todo, y jamás lo haga, sin embargo, sé que amas a Feli sobre todas las cosas. —sonrió, con una voz más calmada. Ni siquiera sentía el nudo en su garganta o que sus ojos ardían por las lágrimas. Ya no era capaz de sentir nada. —Y no me duele que lo hagas por él. Lo que me duele, Lovi, es que olvidaste que yo estaría ahí para ti, aunque el mundo se acabara.

—Eso no es verdad, ¡yo jamás podría-!

—Sabes que yo jamás podría odiarte. Tú asumiste cada una de mis acciones, tan sólo te rendiste desde el principio. —cortó, completamente serio, pese a que las gotas de agua seguían inundando sus mejillas. —Me excluiste por completo y no tenías derecho. Me trataste como si no te importara, como a un idiota al cual le podías manipular la vida sin que se diera cuenta.

—Jamás quise…

— ¡DÉJAME TERMINAR! —tronó opacando cualquier otro sonido a su alrededor. —Yo te necesitaba cerca Lovi, tan cerca que con un simple abrazo podías volver a poner todas las piezas en su lugar, pero no estabas ahí.

Lovino se le quedó mirando un largo rato, sorbiéndose las lágrimas para que ninguna escapara. Antonio suspiró con fuerza, las heridas todavía le punzaban, aunque ver a Lovino a punto de llorar pero no poderse acercar a él y consolarlo, se sentía como si miles de alfileres de clavaran en su cuerpo.

—Te amo, Lovino Vargas. —soltó de pronto, haciendo contraste con sus antiguas palabras. El italiano arrugó su rostro, ya no pudo evitarlo, soltó el primer gimoteó, luego el segundo y todos los demás. — ¿Tú me amas a mí?

— ¡Te odio! —gritó Lovino, golpeando su pecho. Antonio lo resistió bastante bien, pese a sus heridas. — ¡Te odio mucho! ¡No te amo en absoluto! ¡De verdad, de verdad te odio! … ¿por qué? … ¿por qué me amas? —balbuceó, empuñando su mano en la sudadera de Antonio. —A pesar de todo, yo… te amo. —se estiró para darle un beso, tomando en rostro de Antonio entre sus manos.

Fue un pequeño roce de labios, apenas un contacto.

—Antonio, solo tienes que esperar un poco, un poco más. —lloró, sosteniéndolo con fuerza por los brazos. —Yo… estoy planeando algo con los Kirkland y Govert. Una vez que esto pase, podremos ser felices de nuevo, comenzar otra vez. Sólo… sólo tenemos que seguir así un poco más.

—No. —cortó Antonio, separándolo al tomarlo por los hombros y alejarlo de él con suavidad.

— ¿Qué? —los ojos de Lovino destellaron con incredulidad, sintiendo todo su cuerpo temblar.

—Voy a dejarte ir.

—.—.—.—.—

Ese día estuvieron todo el tiempo juntos, pese a las múltiples quejas de Roderich cuando encontró a Arthur, sobre que Iván no estaba mintiendo al ofrecerlos. Aun así el británico intentó no desanimarse al darse cuenta que eso significaba que no volvería a ver sus cuadernos, por suerte tenía los antiguos apuntes de Kiku y podría estudiar con el odioso BFT, pero probablemente eso ultimo sería un horrible dolor en el trasero.

—Hice bien en ganarte entonces. —sonrió Alfred, balanceando su mano de adelante hacía atrás. —Podremos pasar toda la semana juntos sin que nadie nos moleste.

—Se supone que debería ser así siempre. —contesto Arthur acariciándole la cabeza. Alfred hizo más grande su mueca, haciendo que el corazón de Arthur volviera a latir con más fuerza. ¿Cuánto quería ese chico que lo amara? Cada reacción que tenía le hacía amarlo cada vez más. El rubio intentó quitar la mano, sólo que su novio no se lo permitió, deteniéndola con delicadeza, lo incitó a seguir con el mimo.

Maldición, Alfred era jodidamente adorable.

—Cada momento a tu lado es especial, Arthur. —dijo fundiéndolo en un abrazo. —Si paso un solo segundo contigo quiero estar otro y otro más, hasta que esos segundos se convierten en minutos, esos minutos en horas, luego esas horas en días y meses. Dónde pronto se convertirán en años.

Oww. Ojalá mi novio dijera cosas tan dulces como esas. —murmuró una de las chicas que pasaba a su lado, junto a una amiga.

Quiero un novio como ese. —respondió la otra.

Arthur correspondió el abrazo, monopolizando a su novio, escuchó las risas de fondo pero no lo soltó. Jamás se permitiría borrar cada una de las escenas que compartía con Alfred, las guardaría hasta el día de su muerte en su corazón.

—No me alcanzarían las palabras para decirte todo lo que quiero decirte. —murmuró escondido entre su pecho, con las orejas rojas, se aseguró de que sólo Alfred pudiera escucharlo. —Hiciste que mi mundo se expandiera, mostrándome tantas cosas diferentes a las que vi. Todo es dulce cuando estoy contigo, Alfred. Si tuviera la oportunidad de regresar el tiempo, siempre escogería volverme a enamorar de ti.

Alfred sintió en ese momento que su corazón se le detenía, las arterias se le tapaban y una felicidad infinita estallaba dentro de él.

— ¿Ya ves como tú también puedes decir cosas así de cursis? —rio Alfred, al ser lo primero que se le ocurrió. —Sólo tienes que dejar de ocultarte entre tus cejas.

— ¡Acabas de arruinar todo el momento! —protestó, dándole una patada, casi tirándolo.

— ¿¡Eres una mula!? —gritó Alfred, sobándose. — ¡A partir de ahora serás Arthur la Mula! ¡Ay, ay, ay, no me patees más! ¡Duele!

— ¡Pues deja de provocarme! —rechistó, cruzándose de brazos.

Alfred sonrió, dándole una ligera patada detrás de las rodillas, haciéndolo doblarse. Arthur se volteó a él, frunciendo la boca, el americano alzó las manos en manera de paz, sin borrar la mueca de su rostro. Entonces siguieron avanzando, ya sin esperarse nada, el británico devolvió el gesto aunque al ser la primera vez que lo hacía, no midió la fuerza y logró doblarlo por completo.

— ¡Eso dolió, Arthur! —chilló arrodillado en el suelo, mirándolo feo.

— ¡Te lo mereces! —rio él, con las manos en la cintura. —Ya te había guardado muchas.

— ¡Apenas hace dos minutos me acabas de golpear! —protestó, al intentar ponerse de pie, jaló la mano de Arthur y poniendo una sonrisa de Cheshire, le plantó un buen beso en los labios. —Con este pago será suficiente.

Una brisa fría paso por el lugar, haciendo temblar a Alfred, que aún estaba de rodillas en el suelo. Arthur con la boca temblorosa, en vez de plantarle un golpe como quería, agarró valor de quién sabe donde y se inclinó de nuevo a él, agarrándolo por los bordes de la capucha de su sudadera, dándole un beso mucho más duradero, hasta dejar a ambos sin aliento.

—Incluso cóbrame intereses. —murmuró cerca de sus labios.

—Puff. —rio Alfred, apartándose. — ¿Qué fue eso?

Arthur sintió que la cara comenzaba a hervirle, y haló bruscamente la capucha de Alfred hacia abajo, logrando cubrirle el rostro.

— ¡Muérete, idiota! —gritó, echándose a correr.

Alfred traspilló al ponerse de pie lo más rápido que pudo, luego siguió a Arthur. — ¡No es verdad, me amas, me amas mucho!

— ¡NO ES AMOR! —contestó Arthur desde adelante, volteándolo a ver, Alfred estaba a punto de alcanzarlo, así que intentó aumentar la velocidad pero al no estar tan acostumbrado a correr, sus pies se le cruzaron, logrando que cayera de frente al duro concreto.

—Eso te pasa por negarle tu amor al héroe. —suspiró Alfred al verlo en el suelo, se puso de cuclillas, picándolo con el dedo. — ¿Estás bien?

— ¡Me acabo de romper la boca, por supuesto que no estoy bien, idiota!

— ¡Luces excelente para mí! —protestó Alfred. Arthur sólo tenía un pequeño raspón en la nariz. —Un chico de diecisiete años cayéndose a plena luz del día por correr, es digno de ver. ¿Estás seguro que no eres un abuelito atorado en un cuerpo joven?

— ¡Cállate! —reclamó Arthur sentándose, acariciándose la nariz. —Deberías lucir preocupado por mí, y te estás burlando. —bufó, haciendo un mohín.

— ¡Ah! —los ojos de Alfred destellaron con alegría y antes de poderlo evitar, ya lo estaba cargando al estilo princesa de cuentos. — ¡No te preocupes, Arthur, el héroe está aquí para ti!

— ¡No era a lo que me refería, idiota! —chilló al momento en que su novio se echaba a correr.

Por supuesto no tardó mucho para que ambos se fueran de lleno contra el suelo.

—.—.—.—.—

— ¿Estás hablando enserio?

—He intentado sacar fuerzas de donde ya no hay. Me está doliendo tanto que podría cortarme y no sería capaz de sentirlo, porque el dolor interno es mucho más fuerte. — expresó Antonio mirando al cielo, inmutable. —Sé que seguirás poniendo a Feli antes de cualquiera, porque es tu hermano y eso está bien. —comenzó, su nariz estaba roja a causa del frío. La temperatura descendió algunos grados más, estremeciendo a ambos. — Lovi, tú ya no estás solo, hace meses que dejaste de estarlo, entonces, ¿por qué sigues actuando como si lo estuvieras todavía?

—Antonio.

—Yo quiero que seas feliz, Lovi, es una lástima que no pudo ser conmigo. —sonrió, volviendo la mirada a él. —Te deseo de todo corazón que seas feliz, que puedas despertar con una sonrisa cada mañana y no te resguardes en el rencor y la venganza hacía tu padre. Has hecho muchos amigos, de esos que se quedan contigo para toda la vida. —Antonio se acercó a él, poniéndole una mano en el rostro, limpiando la lágrima que iba resbalando. —No seas tontito, tienes que confiar más en las personas que te rodean.

—Pero…

—Tú padre es un imbécil. —soltó, asintiendo con la cabeza. —Puede ser un hombre muy inteligente, pero al final de qué sirve eso si no puedes hacer que nadie te ame. El abuelo Máximo regresará dentro de poco, Lovi, hasta ese entonces tienes que mantenerte fuerte y no contactes a tu madre hasta que él regrese de su viaje, no sabemos si Bianca se va a poner de tu lado o el de la persona que ama.

—Antonio, por favor. —titubeó, tomando su mano, ambas estaban frías.

—Es momento que dejemos el nosotros atrás, Lovi. —completó dándole un abrazo fuerte, Lovino lo abrazó con la misma intensidad, llorando sobre el abrazo. —Tienes que mirar adelante siempre, mira atrás sólo para darte fuerzas, no te aferres al pasado. Estás haciendo esto por varias personas pero, por favor, nunca olvides que tienes que hacerlo primero por ti.

Antonio lo miró, queriéndose grabar cada parte de él. Tenía unas malditas ganas de besarlo, pero ya no podía dar marcha atrás a sus palabras.

—No…—un hilo de voz salió de su garganta. El dolor le estaba quemando por dentro y no tenía idea de cómo pararlo.

—Lovi, estoy confiando en ti ahora. —concluyó. —Te estás sobrecargando de estrés por mí culpa, no quiero que lo hagas. No quiero que dudes pensando que Blas me puede hacer lo que sea, se firme en cada una de tus decisiones y líbrate de una buena vez de él. Siendo tú, estoy seguro de que lo puedes hacer.

Antonio se separó de Lovino, pese a que el italiano intentó aferrarse a él una última vez. La tarde estaba cayendo dejando el cielo de color naranja. Al ver su espalda marcharse, con las manos hundidas en la cangurera de su sudadera, con los cabellos alborotados aún atados por una coleta que ya le llegaba al ras de los hombros. Deseó detenerlo, incluso si eso significaba echar a perder todo. Ojalá fuera fácil dejar de amar a una persona, que de un día para otros los sentimientos terminaran borrados al igual que los recuerdos. De esa manera ya no dolería en el futuro.

Porque Lovino era completamente consiente, de que ese momento, sería del que se arrepentiría el resto de su vida.

—.—.—.—.—

Arthur se dejó caer en su cama con una sonrisa en el rostro. El día había estado maravilloso, se pudo concentrar en Alfred toda esa tarde, sin clases, ni juntas, ni nada.

—Arthur, sin duda eres un abuelito. —se quejó Alfred, sentado en la cama, observando a su novio entre las sábanas. —Apenas son las ocho de la noche y ya estás dormitando.

— ¡Claro que no, tarado, simplemente estoy recostado! —contestó, levantándose de pronto, aunque al final se terminó mareando y volvió a desvanecerse en la cama.

Alfred sonrió, lanzándose para abrazarlo con fuerza. Arthur buscó apartarlo pero el chico héroe ya lo tenía en un firme agarre, contra su él. El inglés se estremeció en el abrazo, entrelazando una de sus manos con las de Alfred que estaban en el colchón. Arthur buscó sus labios con timidez, siendo correspondido de inmediato, los labios del americano sabían a leche de fresa, estaban semihúmedos gracias a la misma e igual que siempre, lo acariciaban con una calidez llena de ternura, amor e inocencia. Le encantaba poder besarlo una y otra vez.

Le fascinaba estar enamorado de Alfred F. Jones.

Pese al sonrojo que traían siempre esas acciones a su rostro, decidió ser el primero en tantear la lengua con la contraria; los ojos de Alfred estaban cerrados, intentando seguirle el ritmo. Se separaron, jadeantes por el beso tan duradero, aún les faltaba mucho por practicar.

El americano puso su mano encima de la suya, dándole una mirada significativa. Los labios de Arthur temblaron levemente, desvió la mirada por un segundo, antes de volver a besarlo. Esta vez Alfred tomó más el control, haciendo que ambos se recostaran en la cama.

Todo a su alrededor había cambiado por la llegada de Alfred. La primera vez que vio aquellos ojos azules tan llenos de luz, supo que le cambiarían la vida, por eso se mantuvo cerca y no se había equivocado. Incluso ahora los días tristes se iban alejando poco a poco, hasta que en un futuro se convertirían en recuerdos borrosos, sustituidos por felicidad.

Las respiraciones de ambos se mezclaban entre el aire frío de la tarde, que comenzaba a ser sustituido por el calor de sus cuerpos, los besos calientes y las caricias que dejaban la piel ardiendo a cada toque.

Cuando Alfred escuchó de Arthur Kirkland por primera vez, pensó que era el peor villano que un chico de preparatoria podía tener, similar a los adultos que te obligaban a estudiar y hacer deberes, al menos así lo sintió. Luego, al verlo y retarlo, se alegró de que alguien lo tomará enserio en cuanto a ser el héroe. Aunque nada más fuera para seguirle el juego un rato. Después de que Arthur terminará defendiéndolo y casi expulsado por su culpa, notó que también era un interés más allá de derrotarlo como villano (aunque el verdadero villano era Scott después de todo, como siempre supuso). Y entonces el Rey de las Sombras le dio la pista que necesitaba, al principio sólo lo hizo como prueba-error, quizás no estuviera enamorado de él y todo resultaría en un incómodo malentendido.

Pero resultó que Arthur sí le gustaba. Que deseaba protegerlo y sacarlo de la jaula de oro donde lo tenían preso para mostrarle el mundo divertido que él conocía y en el proceso aprendió también un poco del mundo oscuro de Arthur. Le gustaba, lo amaba, el británico con grandes cejas y que refunfuñaba por todo, se había convertido en su todo.

Tardó un tiempo, pero estaba bien. Ahora el corazón del Príncipe de las Sombras, Arthur Kirkland, era todo suyo.

Arthur lo besó de nuevo, dejándole en claro que debía continuar, así que se cubrieron con la manta y volvieron a olvidarse de todo.

—.—.—.—.—

Lovino se limpió las lágrimas después de llorar un buen rato en el mismo lugar. La tristeza fue sustituida por un vació absoluto que comenzó a llenarse con enojo, rencor y sentimientos destructivos. No era justo, ¡y toda la maldita culpa la tenía su estúpido padre! ¡Definitivamente lo destruiría social, económica y sentimentalmente!

Ya no había nada que lo detuviera. Ni siquiera los pensamientos de las repercusiones que eso le traería a Feliciano.

De ahora en adelante, ya era momento de poner un alto a sus debilidades. Suficiente de sentirse inútil, de pensar que todo volvería a ser un fracaso solo porque sus padres siempre lo creyeron y él en su momento lo hizo también. Después de todo, lo poco que hizo bien, por esos pensamientos, fue él mismo quién lo destruyó.

A su suerte, la llamada de su abuelo que tanto había estado esperando, llegó.


Ah, perdón por la demora, sé que dije que comenzaría a actualizar más seguido pero no podía encontrar un buen inicio para el capítulo. Ya se viene el desenlace definitivo para el arco spamano, ¿qué piensan ustedes que será, un final triste o feliz?

Y por supuesto, ¿qué esperan que sea para el UsUk, feliz o triste? Porque nunca se sabe. C:

Lamento no haberlas nombrado en los capítulos anteriores, pero de verdad, eran cincuenta páginas y al pasarlo a la plataforma mi mente ya estaba a mi limite. Así que, gracias a: Loveless1039.

¡Hasta la próxima!

MimiDiethel.