Circulo: Vicio Tsun.


Tú + Yo= Error 404.

39. Quizás en la otra vida…

Lovino se ajustó la corbata de color vino, observándose en el espejo para dejarla completamente firme. Se puso el saco negro, que combinaba con todo el conjunto, gracias a Bianca, y se terminó de echar atrás el flequillo que siempre le cubría la frente.

—Recuerda mantenerte firme. —dijo Arthur, sentado en la cama. —No dejes que te intimide, todos te estamos apoyando, recuérdalo.

—Lo mantengo presente. —suspiró Lovino, volteándose a él. —Desde la semana anterior que no has dejado de repetírmelo. Tú, Govert, el imbécil de Feliciano e incluso tu odioso novio.

—Es para darte fuerzas. —contestó Alfred, frunciendo la boca. Estaba en la cama de Arthur, leyendo un comic. — ¡Tú eres el héroe, Robín-Lovi! You can!

Él le dio una media sonrisa asintiendo con la cabeza. De la llamada de su abuelo ya habían pasado dos semanas, dos largas y tortuosas semanas. Donde cada vez que miraba pasar al español se le comprimía el corazón hasta casi hacerlo reventar, muchas veces tuvo ganas de correr a él y pedirle que se mantuviera a su lado. ¿Por qué su abuelo no pudo llamar un poco, tan solo un poco antes? Todo sería maravilloso si Antonio estuviera ahí, tomando su mano para reconfortarlo.

El italiano suspiró, tomando su celular, Feliciano le acababa de mandar un mensaje diciéndole que el auto que los llevaría acababa de llegar. Miró la foto en su buró, una donde Antonio y él estaban, la tomó por un segundo contemplándola a gusto, esa era la primera etapa del plan, faltaban muchas más, sin embargo, una vez que eso acabara podría volver al lado del español, ahora era su turno de esforzarse por él.

Salió de la habitación escuchando las porras del chico héroe al igual que unas, mucho más bajas, de Arthur. Al llegar a la planta baja, se encontró con su hermano menor que estaba recargado en la pared, diciendo algunas palabras por lo bajo, seguro dándose fuerzas para no echarlo a perder.

—Ya estoy aquí.

—Andando, fratello. —sonrió, renovando los ánimos de Lovino, su mayor fuerza estaba ahí.

— ¿Qué tanto estabas murmurando? —preguntó el mayor mientras caminaban. Notó a su vez que su hermano llevaba una cadena alrededor del cuello, aunque la figura que pendía de ella estaba oculta entre su camisa.

—Las palabras que me dijo Ludy antes de salirme de la habitación. —comentó Feliciano, apretando sus manos, nervioso.

— ¿Y qué fue?

—"Estaré aquí cuando regreses, así que no te rindas." —recitó, tranquilizándose al decirlo en voz alta. —Y me regaló esto. —Feliciano llevó una mano a su cuello, sacando la cadena, la cual mostró la cruz de metal que colgaba de ella. —Es uno de sus objetos más preciados, y me lo dio a mí. Incluso me dijo que si tenemos que volver a ser a amigos o fingir desconocernos, estaba bien, que él esperará por mí. "No porque ellos no puedan sentirlo, significa que nosotros tengamos que olvidarlo."

Lovino subió al auto al final, dejando que el chofer cerrara la puerta, pensando que el macho patatas de verdad amaba a su hermano. Pudo comprender entonces el porque de la decisión de Feliciano al decirle todo; ambos confiaban tanto el uno en el otro, en el amor que se tenía, que si debían esperar años para estar juntos estaba bien porque lo harían.

Quizás debía aprender un poco de su hermano menor, pero ahora ya no tenía caso pensar en los hubiera. Tal y como lo había dicho Antonio, primero que nada debía hacer esto por sí mismo.

Fratello, si esto sale mal…

—Buscaremos más y más ideas hasta conseguir una que funcione. —cortó dándole una mirada firme. —Feliciano, nos tenemos el uno al otro, no lo olvides.

—Jamás lo haría.

Lovino bajó del auto impasible, Feliciano de igual manera intentaba mostrar serenidad, aunque seguía murmurando las palabras de Ludwig. Los empleados de inmediato los llevaron dentro del hotel, guiándolos hasta una de las habitaciones más pomposas, seguro gracias a Bianca. Lo primero que vieron al momento que el chaperón abrió la puerta, fue una mesa de cristal, con un florero que contenía claveles de color rosa, en donde dos sillas esperaban ser ocupadas ya que en las otras tres estaban el abuelo Máximo, Bianca y Blas a su lado, tomando su mano. Seguro mandando un mensaje codificado de que ella estaba de su lado.

Los empleados no tardaron en abandonar el lugar, dejando un silencio incomodo con su salida.

En otro momento Lovino hubiera puesto una cara llena de fastidio de tener que estar ahí, escuchando a sus padres hablar de lo magnifico que era Feliciano, con su abuelo buscando integrarlo a la platica aunque también alabando a su hermano menor.

—Vamos, Lovi. —dijo su hermano, tomando su mano para avanzar a su lado. Él asintió, caminando.

—Me da gusto verlos. —comentó Máximo, revolviéndole el cabello a ambos al estirarse un poco.

—Lo mismo digo, abuelo. —respondió Feliciano, sonriendo. — ¿Dónde fuiste?

—Pasé un buen rato en México, aunque fue muy poco tiempo para apreciar toda la cultura.

Mientras ellos dos seguían hablando, Lovino conectó ojos con Blas, su padre alzó una ceja al notar la misma mirada que había puesto en el restaurante en su primer encuentro. Y aunque intentó no darle la mayor importancia, ya que su hijo era más de palabras que de acciones concisas, una parte de él advirtió que pudo haber despertado algo imparable.

— ¿Ahora te rebajas a golpear a personas que no son de tú especie? —preguntó Lovino, rompiendo la platica de su abuelo y Feliciano.

—No sé de que me hablas. —respondió su padre con desdén.

—Pensé que tenías más agallas que estas. —replicó su hijo, de igual forma. —Supongo que sólo fueron suposiciones mías. ¿O es porque tú padre está aquí?

— ¿De qué estás hablando, Lovino? —se metió Máximo, intercalando miradas entre ambos.

— ¿No te lo dijo? El muy bastardo ahora se dedica a golpear a chicos a los que les dobla la edad. —explicó sin apartar la mirada de su padre. — ¿O acaso por tantos halagos que recibes acerca de lo joven que te ves, creíste que eras uno de verdad?

—Pregunté…

—Blas golpeó al hermano Antonio. —dijo Feliciano, sintiendo un escalofrío recorrer su espalda. —A eso se refieren, abuelo.

— ¿Qué? ¿Por qué lo hiciste? —Máximo cambió su rostro pacifico por total seriedad. Al ver que su hijo no contestaba, golpeó la mesa con su puño. — ¡Blas!

—Eso a ti no te interesa. —expresó, indiferente. —Son asuntos míos.

— ¡Antonio es mí asunto!

—No. No lo es. —renegó, volviéndose a su padre. —Él no es tú familia.

—Puff. —una risa mal contenida escapó de los labios de Lovino. — ¿Familia? ¿Nosotros? ¿Según quién?

—Según la sociedad. —comentó Blas. Lovino soltó una maldición en su mente, todavía estaba demasiado tranquilo, debió suponer desde un principio que el imbécil de su progenitor no tenía ni una pizca de sentimientos por ellos. — ¿Cómo se vería la familia Vargas si de repente un pueblerino viene a controlar nuestras empresas ya que el heredero tiene el capricho de quererlo a su lado porque según él se enamoró?

—Supongo que me chupa un huevo. —contestó Lovino, cruzándose de brazos, recargándose en la silla.

—No hay nada de malo en que Lovino ame a Antonio y viceversa, él es muy trabajador además de que…

—Oh sí. —se burló Blas, interrumpiendo a Máximo. — ¡El asombroso Antonio! ¿Cómo puedo olvidar sus tantas virtudes? Me las has recordado desde el día que lo conociste.

—Porque es cierto. —contratacó Lovino, seco. —Sólo tienes envidia de ver a alguien que se esfuerza al máximo para obtener lo que quiere.

Blas negó con la cabeza, manteniendo una sonrisa en el rostro, pero no dijo nada.

—Aún así, no vengo aquí a hablar de Antonio. —siguió Lovino, disipando la idea con una mano. —Vengo a hablar por mí mismo.

Lovino miró a su madre, ella no había dicho ni una sola palabra desde que entraron. Bianca todavía tenía la mano de Blas encima de ella, aunque eso no significaba que su madre no pudiera hablar por presión de su padre, la mujer era completamente independiente. Nadie podía decirle que hacer, por lo que su hijo no pudo evitar sentirse traicionado. "Cambiar", sí, claro.

—No heredaré nada tuyo. —dijo no sin antes tomar todo el aire que pudo, de manera discreta, por la nariz. —Quítame el apellido o lo que se te pegue la gana, me importa una mierda, no tengo interés en ninguna de tus empresas.

—Lo que estás diciendo es una estupidez.

— ¿Por qué? ¿Es tan difícil creer que ya no quiero seguir dependiendo del sujeto que le arruino la vida a la persona que amo y busca arruinársela a mi hermano menor? —preguntó Lovino con sorna. —Diciendo eso en voz alta ya no suena tan ridículo, ¿o sí?

—Yo… —Feliciano exhaló aire, poniéndose recto. —tampoco quiero nada tuyo. A partir de hoy, tú ya no tienes hijos así que puedes buscar a otra persona a quién controlarle la vida, nosotros no vamos a ceder.

¡Oh, cielos! ¡Vaya que le había costado mucho soltar esa línea!

—No pueden hacer eso. Ya saben lo que está en riesgo.

—Has lo que te plazca. —dijo Lovino, haciendo que su padre de nuevo le prestara atención. Feliciano dejó caer sus hombros al notar que ya no lo miraban. —El macho… digo, Ludwig y Gilbert ya han informado a sus padres, así que los Beilschmidt dejaran de invertir en tus empresas, es una pena perderlos.

—Lovino, no me duele ni un poquito. —contestó Blas. — ¿A quién le importan esos alemanes? No tenían ni el cinco por ciento de mis empresas.

— ¿Estás seguro? —murmuró Feliciano. Su padre lo miró mal, esperando a que siguiera. —Yo vendí mi parte a los Kirkland hace algunas semanas.

—No puedes hacer eso sin mi permiso.

—Puede hacerlo con el mío. —se metió Bianca, tomando palabra por primera vez y dejando un silencio sepulcral en la mesa. Lovino la miró lleno de sorpresa. Su madre en cambió, quitó con suavidad la mano de su esposo encima de la suya. —Al igual que yo puedo hacer lo que quiera con mis acciones, las cuales están en proceso de venta con Wang Yao.

—Bianca…—al parecer Blas tampoco salía de su asombro, era la primera vez que se veía así, traicionado, como si hubiese recibido un baño de agua helada.

—Se hará una junta en dos semanas, así que todos los detalles se definirán ahí. —completó ella. Lo siguiente que dijo, dejó completamente helados a todos, pues podían percibir el dolor en su rostro y en sus palabras. —Igualmente en pocos días te llegará la solicitud del divorcio.

— ¿Qué diablos estás diciendo? —espetó Blas, enojado, poniendo las manos en la mesa, saliendo de su trance. —¿por qué estás haciendo esto?

— ¿Ah? ¿Acaso tú no hiciste lo mismo? —se burló Lovino, alzando las comisuras de sus labios. Él se giró, pegándole una bofetada a Lovino para que dejará de hablar.

— ¡Blas! —se metió Máximo, poniéndose de pie.

—Fuiste tú quién provocó todo esto, padre—rio Lovino, con despreció puro. Feliciano tomó del brazo a su madre, poniéndola detrás de él por cualquier ataque de ira que pudiera tener el otro.— ¿querías que fuera más como tú? Aquí tienes tus frutos. Sin embargo, yo perfeccione lo que tú no pudiste, tener buenas personas a mi lado.

—Me encantará cuando tu magia de la amistad llegue a su fin. —dijo él, ya a un lado de la mesa. Lovino se puso de pie de igual forma, justo a unos centímetros de distancia. —No sabes que el mundo sólo está lleno de lobos que buscan devorarte, no podrás con ellos.

—Tú… ¿qué sabes de mí? —gruñó Lovino, dándole un empujón a su padre apartándolo. — ¿Qué derecho tienes de sermonearme?

—Es obvio que Bianca cayó en las redes del "amor y la amistad" —expresó Blas, volteándola a ver. —Es una lástima, de verdad sentí que eras la única persona que me comprendía. Y es muy lindo lo que tratas de hacer por tus hijos, sin embargo, el único dueño de las empresas soy yo, así que la junta terminará fallando a mi favor.

—Tus palabras no parecen tan convincentes, Blas. —Lovino se puso al lado de su hermano, protegiendo a su madre. — ¿No suenan lejanas a tus oídos?

— ¿Quieres darme un golpe económico? No va a funcionar, querido hijo, necesitarías tener mucho poder para hacerlo.

— ¿Y quién dice que no lo tengo? —preguntó Lovino, dejándolo callado. —Déjame recontar. Tengo a la familia Kirkland de mi lado, independientemente del heredero, Scott o Arthur, ambos están conmigo. Tengo a Yao Wang. A la familia Morgens, que serán poca cosa para ti, pero escuché que su padre es uno de los mejores abogados en Bélgica. Cuento con la familia Beilschmidt y ¿qué te dice que los Bonnefoy no cooperaran conmigo cuando les has destrozado a sus mejores amigos?

Blas pareció comprender entonces en que situación lo estaban poniendo.

— ¡Ah, como pude olvidarlo! —Lovino se golpeó la cabeza, fingiendo no poder creerlo. —Mi familia está de mi lado. Dime entonces, padre, ¿qué tienes tú? ¿Dinero? Te arruinaré hasta que implores. ¿Prestigió? ¿Qué tanto te quedará una vez que todos sepan la clase de basura que eres? ¿Cariño? Hoy perdiste todo lo que te quedaba.

—Lovino.

— ¿Qué? ¿Me volverás a amenazar con Antonio? Cualquier cosa que tengas para él, te la regresaré con intereses. Lo mismo va para cualquier plan que tengas con mis amigos, o con los de Feliciano. Así que, ¿qué esperas? Serán muy entretenidos estos próximos años. —sonrió, concluyendo.

—Esperó que mantengas esa misma sonrisa cuando vuelvas a mí. —espetó Blas, volviendo a recuperar la compostura. Lovino frunció las cejas. —Bianca, asegúrate de no hacerme perder mucho tiempo con los papeles del divorcio.

Máximo siguió con la mirada a su hijo mientras él tomaba su abrigo, directo a la salida. ¿Cómo es que todo había acabado de esa manera? ¿Por qué no había podido Blas pedir perdón e intentar que su familia no se fracturara en dos? De verdad que nunca pudo entender a su hijo, no lamentaba haberlo tenido, lo amaba, sin embargo, estaba tan decepcionado de la persona en la que se había convertido.

—Blas. Te lo estoy rogando, olvida tu orgullo y vuelve con tu familia. Estás a tiempo. —pidió Máximo, dando un paso a él. Lovino iba a reprochar, pero Feliciano lo detuvo. Era algo en lo que ellos no podían meterse. —Si cruzas por esa puerta, todo estará perdido para ti, ¿no puedes verlo?

—Siempre he trabajado solo, ¿por qué debería de importarme ahora?

—Ayúdame a reconstruir está familia.

— ¿Por qué no vas y lo haces tú mismo? —contestó Blas, dándole una mirada llena de cólera.

Máximo suspiró, antes de que su hijo cerrará la puerta, habló: —Tomate a tu hijo enserio.

Al escuchar la puerta cerrarse, las piernas de Lovino fallaron y un enorme suspiro que no supo estar conteniendo, salió. Feliciano se puso a su lado, dándole un fuerte abrazo, que fue correspondido casi de inmediato.

—Lo hiciste muy bien, fratello, lo hiciste muy bien. —dijo sin romper la acción.

—Gracias, Feliciano. —murmuró él, recobrando el aliento. —Por dejarme lidiar con esto.

—Yo me hubiera quebrado a la tercera oración. —comentó, dando una risita al final. —Fuiste magnifico, Lovi, no hay manera en que él no sintiera la presión.

La mano de su madre tomó la suya, sobándosela. Lovino la miró, sintiendo las lágrimas comenzar a acumularse, Bianca tenía los ojos rojos pero no lloraba, ella después de todo amaba a Blas.

—P-Perdón… perdón por haber dudado de ti, mama. —murmuró, apretando su mano. —Y-Yo creí que…

—También habría dudado de mí. —comentó ella, pellizcándole las mejillas con cariño. —Hasta hace unos momentos yo seguía titubeando acerca de esto, Lovino. Era normal que tu lo hicieras. Tenías todo el derecho de dudar de la persona que hasta hace poco te trato mal.

Feliciano soltó a su hermano, dejando que ellos tuvieran su momento privado, mientras él iba con su abuelo, quién seguía mirando la puerta con tristeza.

—Abuelo.

—Tranquilo, Feli. —dijo el mayor, acariciando su cabeza. —Yo definitivamente estoy de su lado. Sólo espero que Blas pueda darse cuenta algún día de que esta en un error, incluso si ustedes no pueden perdonarlo, yo podré porque es mi hijo.

—No es eso, abuelo. —respondió Feliciano, negando con la cabeza. —Quiero decirte, que Lovi y yo estamos aquí para ti. Eres muy importante para nosotros. Te amamos.

Máximo se abrazó a su nieto, escondiendo la mirada entre sus hombros, esos niños eran demasiado buenos.

—.—.—.—.—

—Yo me llamaré Allen tú serás Oliver. —dijo Alfred asomándose por la puerta de entrada al edificio. Arthur encarnó la ceja, incrédulo. — ¿Crees poder llorar?

—Claro que no, eso se tiene que sentir. —murmuró también asomándose.

— ¿Qué están haciendo? —preguntó Francis detrás de ellos, junto a Matthew. La pareja pegó un brinco, poniéndose rectos.

— ¡No espantes así, idiota! —reprochó Arthur, desplomando sus hombros. Alfred seguía asomándose por la puerta, observando a todos lados.

— ¿De quién se esconden? —se metió Francis, queriendo ver también, nada más que la mano de Arthur le echó la cabeza hacia atrás, pegando sin querer con la de su cuñado.

— ¡Ay!

— ¡Lo siento, Matthew, no te vi!

—Tus ojos ya andan tan mal, seguro por ver tanto porno. —dijo Francis, sobando la cabeza del canadiense.

—Nos estamos escondiendo de Iván. —dijo Alfred, cruzado de brazos en lo que Arthur lo sustituía para vigilar la puerta. —El muy… tomó los cuadernos de Arthur sin consultarlo y todo iba bien hasta que Kiku le dijo que sus cuadernos del año pasado eran material reciclado.

—Se convirtieron en nuevos cuadernos. —añadió Arthur.

—Sé que es reciclar, tarado. —contestó Francis, cruzado de brazos.

—Así que fuimos por los cuadernos a su oficina y nos los llevamos. Y ahora nos está buscando. —suspiró, mirando a su novio. Luego miró a Matthew. — ¡Hermano!

Ugh. —Matthew mantuvo la sonrisa en su rostro, mientras una gotita de sudor resbalaba por su nuca.

— ¡Tienes que encontrar una manera de distraerlo, Matthew! —pidió, tomándole las manos. El canadiense dio un brinquito. —Por favor, tú también eres miembro del G8, ¿no puedes decirle por favor que es innecesario llegar a esos extremos? Todos necesitamos nuestros apuntes para estudiar.

—P-pero… —murmuró, rogándole con la mirada al francés que lo salvará. Francis en cambió se encontraba peleando a Arthur, y se encontraban por el suelo rodando.

—Ya intentamos buscar a Kiku para pedirle ayuda, pero él dijo que no le daría más fotos de Yao a Iván.

—A la única explicación que llegó, Arthur, es que estabas tonteando con tu tortolo por ahí que se te olvido todo lo demás. ¿Eres idiota? —preguntó Francis, dándole un manotazo para que lo soltara y se pusiera de pie. Arthur gruñó con las mejillas sonrosadas. — ¿No se supone que eres el sujeto más inteligente de la escuela o algo así? Incluso fuiste a un concurso… o acaso, ¿la estupidez es contagiosa? —y dio un paso atrás, pisando el pie de Matthew.

— ¡Ay!

—Si ese fuera el caso ya me habría contagiado de ti hace mucho. —gruñó Arthur. —Oh mira, ahí tienes la explicación. Con razón.

— ¡Idiota!

— ¡Tarado!

— ¡Héroe!

Ambos rubios miraron a Alfred con los ojos en blanco. — ¡No es una competencia, retrasado! —chilló Arthur.

—Jeje. Así que aquí estaban. Kolkol. —sonrió Iván, tomando el hombro de Alfred. —Es un gusto verte, Alfred, pensaba que estarías repitiendo exámenes como acostumbras.

— ¡T-Todavía no empiezan! —contestó nervioso. Todos los demás retrocedieron. — ¡No me abandonen!

— ¿Dónde están los cuadernos, Alfred? —preguntó, acariciándole la cabeza antes de apachurrarla entre sus manos.

— ¡Duele, duele, duele! ¡Me la estás arrancando! —gritó, pataleando.

—Oh, miren, ya se está haciendo tarde. —dijo de pronto Francis, tomando la muñeca de Matthew. Acción que no paso desapercibida por el héroe. —Creo que deberíamos ir a nuestras habitaciones a descansar.

—No estoy cansado. —comentó Matthew. Francis le pegó un codazo, buscando que siguiera el plan. —Auch. Bueno, sí lo estoy. —concluyó, torciéndose por el golpe.

Una vez que Iván consiguió que soltaran donde estaban los cuadernos, ya que los alumnos le estaban molestando demasiado y quizás eso acabaría en un genocidio, se marchó tarareando una canción media tétrica que Arthur pudo reconocer como el tono de London Bridge is falling down; un escalofrío recorrió su espalda, asustándolo, ojalá el maldito puente no se refiriera a él.

Alfred en cambió estaba tendido en el suelo de manera dramática, fingiendo estar muerto.

—Levántate. —le pateó Arthur la pierna. —Ya se fue.

— ¡El héroe tal vez perdió la batalla pero no la guerra! —gritó.

—Tal vez debiste decírselo cuando todavía podía escucharte. —dijo el británico, poniendo los ojos en blanco.

El americano bufó, ignorándolo. Se sentó en el suelo, mirando a Arthur con el ceño fruncido.

—Yo no se lo diré. —completó Arthur.

— ¡No iba a pedirte eso! —chilló Alfred avergonzado.

— ¿Entonces qué es?

— ¿No crees que mi hermano ha pasado mucho tiempo con Francis últimamente? —preguntó, inflando las mejillas. — ¿Por qué será?

—Porque la maldita rana lo obliga, ¿por qué va a ser? —Arthur se cruzó de brazos, pensando.

— ¿Estarán saliendo juntos? —cuestionó Alfred, incomodo. Arthur abrió la boca, anonadado. —Esta noticia te impacta más a ti que a mí.

— ¡Imposible! ¿Matthew con la rana retrasada de Francis? ¡Qué le vio!

— ¡Lo mismo que tu le viste cuando fue tu primer amor! —se quejó Alfred, levantándose de un salto y apuntándolo con el dedo.

— ¿¡Cuando vas a olvidarlo!?

—.—.—.—.—

Antonio bostezó, tallándose el ojo izquierdo, la noche anterior Gilbert y Francis poco lo habían dejado dormir por estar viendo películas de terror por la tarde, Gilbert despertaba gritando como loco y Francis se metió en su cama, aferrándose por completo a él. Aún no entendía como les podía causar miedo eso, él había visto películas más grotescas y esas apenas le causaban un cosquilleo.

Lo malo es que tuvo que ir a devolver los DVD prestados, dado a que sus amigos tenían planes para ese día. Gilbert con su hermano y Francis con Matthew, a los cuales había visto muy juntos últimamente, aunque el francés no había comentado nada sobre querer invitarlo a salir o si le gustaba. Quizás le preguntaría después. Sería gracioso ver como el cejon y el chico héroe reaccionarían.

Mientras iba a caminando por la acera, una moto pasó a su lado, a la cual no le prestó atención hasta que esta fue poco a poco en reversa, y luego comenzó a avanzar con él. Antonio se alejó unos pasos más a la izquierda, siendo cuidadoso, no fuera a hacer uno de los hombres de Blas, aunque lo dudaba, había mucha gente por esa calle.

—No voy a hacerte nada, niñato. —protestó Sadiq, sacándose el casco. En automático Antonio comenzó a caminar mucho más rápido, frunciendo la boca y maldiciendo por lo bajo. — ¡Hey, no me dejes hablando solo!

Dobló en la esquina, queriendo perderlo de vista entre el tumulto de gente. No obstante, se le olvidaba que tenía muy mala suerte últimamente.

—Te alcancé. —sonrió Sadiq, tomándolo por el hombro. — ¿Por qué estás huyendo de mí?

—No estoy huyendo, simplemente no me agradas. —respondió Antonio, entre dientes. — ¿Podrías dejarme en paz?

—Ah, estás celoso de que sea amigo del crío malcriado. ¿No? —preguntó, burlón. —Incluso fuimos al parque de diversiones juntos.

—También fueron otros.

—Oh sí, el idiota Kirkland y el rubio complejo de hermano. —recordó. —Y la dulce y tierna Emma.

— ¡No te acerques a Bel! —protestó, girándose a él. — ¡Ella es demasiado buena para un tipo como tú!

—Ehh… así que quieres monopolizar a todos. —continuó llenó de sorna, irritando más a Antonio. —Entonces, ¿con quién me puedo quedar? ¿Lovino o Emma?

—Con Govert, ¡a él puedes llevártelo a donde sea! ¡No lo extrañaremos!

— ¿Por qué estás tan molesto conmigo? —Sadiq le pasó una mano por los hombros, estrechándolo. — ¿No puedes prestarme a Lovi un poquito?

—No le digas "Lovi", tú no eres cercano a él. —reprochó, celoso.

—Pero Lovi me dijo que no estaba saliendo contigo. ¿Por qué debería contenerme? —preguntó, picándole una mejilla.

Antonio se quedó callado, buscando que las palabras no se colaran dentro de sí. Ya no tenía caso que le doliera, incluso si era así, Lovino tenía razón, ellos dos ya no eran nada.

—Eres demasiado molesto, ¿puedes dejarme en paz? —dijo quitándoselo de encima, olvidándose de sus pensamientos. —Estaba muy bien hasta que llegaste, por cierto, ¿no venías en una moto?

—La dejé estacionada.

—Cinco billetes a que ya no está. —apostó el hispano con una sonrisa. El turco lo miró sin comprender. —Ve a ver si no me crees.

—Pero tú vienes conmigo. —y lo jaló para que lo siguiera.

Antonio comenzó a reprochar que le cobrarían recargo por devolver tarde las películas, sin embargo, el otro no lo escuchaba. Y en efecto, al llegar a donde Sadiq estacionó su motocicleta esta ya no estaba. El turco se quedó estático, con la boca media abierta.

— ¡Cómo fue que lo supiste! —reclamó a Antonio, zarandeándolo. — ¿Tuviste algo que ver en esto?

— ¡Claro que no, yo estaba contigo cuando pasó! —le dio un golpecito en la nariz con la mano, alejándolo. —Todos saben que esta zona es muy conocida por los robos de autos, bicicletas y motos. No es mi culpa que no lo supieras y ¡nadie te pidió seguirme!

—Pero te veías tan solito sin Lovi a tu lado.

Maldición, lo estaba haciendo a propósito.

— ¡Suerte encontrando tu moto! —Antonio se dio media vuelta, despidiéndose con la mano. Sadiq por supuesto no lo dejó y lo abrazó por detrás.

—Ayúdame a encontrarla.

—Ni en sueños.

—Te compraré algo, lo que tú quieras.

— ¿Una casa? —preguntó Antonio, cruzado de brazos, alzando una ceja.

—Un helado. —sonrió Sadiq.

—Puedo comprarlo por mí mismo.

— ¿Qué tal dos helados?

—Me voy.

— ¡No le diré más Lovi a Lovi! —gritó, poniéndose delante de él. —Y los dos helados.

Antonio meditó un poco, aunque ya estaba del todo convencido con solo escuchar la primera oferta. —Hecho. ¡Pero tienes que cumplirlo!

—Te compraré tu casa si no lo hago. —bufó.

—.—.—.—.—

—Sé lo que pasó con Antonio, excepto que Blas lo había golpeado. Dudo que incluso su padre lo sepa. —dijo Máximo, sentado en la silla. Bianca y Feliciano estaban preparando algo de comer, intentando distraer su mente. —El padre de Antonio me llamó un montón de veces, como yo no estaba disponible supuso que yo estaba al tanto de todo y no haría nada ya que se trataba de Blas.

—Pero ya lo arreglaste, ¿no? Su padre aún confía en ti.

Máximo negó con la cabeza, poniendo una mano en su frente, le comenzaba a punzar constantemente por todo el estrés de aquella situación.

— ¿Por qué no? ¡Tiene que entenderlo, tú no sabías nada! —reprochó Lovino, indignado; atrayendo en el proceso la atención de su hermano y madre.

—Tranquilízate, Lovino, he intenta ponerte en los zapatos de ellos. —regañó su abuelo, silenciándolo. — ¿Cómo podrían sonreírme después de lo que mi hijo les ha hecho?

—Ese bastardo es completamente independiente, sus acciones solo las carga él.

— ¿Estás seguro?

No, por supuesto que no. Cada acción que había hecho Blas les afectó en primer plano, por mucho que su padre tuviera la culpa de todo.

—Escucha con atención, Lovino. Lo que estás haciendo no es un juego, no es que me encante, pero una de las tareas de ser padre es corregir a sus hijos cuando se equivocan, aunque también es perdonarlos cuando se dan cuenta que han hecho mal. Así que si Blas regresa a mí, no me juzgues cuando lo haga.

—Jamás podría hacerlo. —suspiró Lovino. —Pero también debes entender que yo no voy a perdonarlo.

—Lo sé.

—Lo que ganemos de las acciones será devuelto a la familia de Antonio. —Máximo volvió a negar con la cabeza, contrayendo a Lovino. — ¿Por qué no?

— ¿Crees que lo primero que quise no fue devolverle todo el dinero al padre de Antonio? —preguntó, ofendido. —Por supuesto que lo intenté, incluso les pagaría los intereses. Se negó por completo, su padre no quiere volver a saber nada de nosotros.

Lovino sintió que se le clavaba otra estaca al corazón.

— ¿Ni siquiera de mí? —Máximo asintió con la cabeza. —Supongo que yo fui el único que pensó en ellos como familia.

—Lo tuyo no tiene que ver con Blas. —comentó su abuelo, desviando la mirada.

— ¿Qué?

—Le rompiste el corazón a la persona que más ama en el mundo, su hijo. —murmuró Máximo, decaído. —Lovi, tu pusiste a Feliciano antes que todo, incluso de Antonio. Dime entonces, ¿por qué sientes pena cuando alguien hace lo mismo que tú? No es justo que pienses así. Los lastimamos al no intervenir o al apartarlos, no sé tú, pero suena bastante lógico que ya no quieran saber nada de nosotros.

—Antonio todavía me ama. —murmuró, Lovino, apretando las manos en su pantalón. —Y yo a él.

—Lo sé. Y sé también que Antonio todavía me quiere. —sonrió. —Pero por el momento no podemos estar a su lado, es algo que tú sabes, por eso viniste hoy a declararle la guerra a Blas.

Bianca y Feliciano sirvieron los platos, Lovino notó con cierto pesar que su madre tenía rastros de lágrimas en sus mejillas, seguro un par de gotas se escaparon mientras cocinaba. Comieron en silencio, cada uno en sus pensamientos, Lovino no notó sabor alguno en la comida, y al terminar, tampoco dijeron nada sabiendo que volverían a verse muy pronto.

Feliciano y él subieron al auto que ya los esperaba, uno diferente, pues pertenecía a su abuelo. Bianca subió en el suyo y Máximo se fue en otro.

—Mamá esta muy triste. —dijo Feliciano al avanzar unas calles. —Yo… no te dije nada porque pensé que te exaltarías, fue algo muy riesgoso, Lovi, pero quise confiar en ella.

—No voy a reprocharte nada, Feliciano. Gracias a ti también, esto resultó. —le acarició con cariño la cabeza.

—Sobre el hermano Antonio, ahora que esto comienza, creo que sería bueno que hablarás con él. —pidió, tomándole la mano. Lovino alzó las cejas, con sorpresa. —Estoy seguro que se mantendrá a tu lado.

—Aun no puedo asegurar que esto va a salir bien, Feliciano. —contestó, soltando su mano. —Hasta no poderle ofrecer la felicidad que él merece, que él me mostró, no podré estar a su lado.

— ¿Y qué pasará si llega otra persona a su vida? Una que lo haga volver a enamorarse.

—Significará que no estábamos predestinados en esta vida.

—.—.—.—.—

—De verdad, Arthur, no creo que debamos estar tan preocupados por Matthew. —suspiró Alfred, siguiéndolo con la espalda encorvada y brazos caídos. —A mí no me molesta si sale con Francis.

Arthur se detuvo, mirando detrás de una pared a la pareja que andaba tranquilamente por las calles, se estaban dirigiendo a un parque. Francis y Matthew iban riendo, seguro por algo dicho por el francés.

—No es que me moleste, en absoluto. —contestó Arthur, desviando la mirada.

—Estás mintiendo. —Alfred encarnó una ceja, obviando el hecho. —Mira, piénsalo así, si te interpones estarías siendo como el padre de Robín-Lovi o como el Rey de las Sombras, ¿no crees?

— ¡No estoy buscando interponerme!

— ¿Entonces por qué los estamos siguiendo si bien nosotros podríamos tener una linda cita ya que te dignaste a no estar estudiando? —preguntó el americano, apachurrándole las mejillas. —Matthew tiene el derecho de salir con la persona que considere correcta.

—Ya te dije que no es eso. —murmuró el inglés, apretando los labios al finalizar. Ambos dejaron de seguirlos para irse a sentar en una de las primeras bancas del parque, era un mediodía templado, por lo que Arthur podía sentir que su nariz estaba un poco fría. —Es sólo que… pensé que Matthew tendría la suficiente confianza para decírmelo. Igual Francis.

— ¿Te sientes abandonado?

— ¡Claro que no!

Alfred rascó su cabeza, inflando las mejillas. —En todo caso el que se debería sentir mal por ello sería yo, soy su hermano.

Arthur lo miró, luego desvió la mirada, tenía razón. —Lo siento, Alfred.

—Pensé que ya teníamos la suficiente confianza para contarnos esas cosas, supongo que todavía falta mucho para que eso se pueda lograr por completo. Quizás solo siente pena de contármelo. —murmuró más para él que para su novio. —Está bien, Arthur, sé que Francis no es tan malo como aparenta, y también hay cosas que no le he contado a Matthew. Por lo que no tengo derecho de reprocharle nada.

— ¿Qué tipo de cosas? —preguntó Arthur, observándolo de reojo, por debajo. — ¿Cosas que no puedes contarme a mí tampoco?

—Matthew y yo, desde lo acontecido con la expulsión, no hemos vuelto a tocar el tema de ella. —confesó Alfred, apretando el fierro de la banca. —Tampoco es que hablemos mucho de esos días donde no nos teníamos el uno al otro.

— ¿Y por qué no lo hablas con él? Estoy seguro que no se negará.

—Ya sé que no lo hará, el problema soy yo. Aún no estoy preparado para escuchar todo lo que paso, de ella en particular. —contestó, negando con la cabeza, alborotando sus cabellos. —El simple hecho de pensarlo, me incomoda, no quiero saber nada sobre ella, pero tal vez para Matthew sí es importante, y él sí es preciado para mí.

Arthur se quedó callado, sin saber que decir. Alfred que siempre estaba sonriendo o jugando tenía esos pensamientos, y seguro más, dentro de su cabeza.

— ¿Y qué pasa si la vuelves a ver? —preguntó.

—Ya no siento nada por ella, Arthur. Me es absolutamente indiferente. —contestó poniendo una mueca. —Incluso si ella volviera ahora, no podría regresar el tiempo para reparar lo hecho.

"¡No lo entiendes! ¡No voy a dejar de odiarte solo porque te dignaste a tener una charla conmigo!" Las palabras de Scott volvieron a la mente de Arthur, notando de nuevo que en efecto, tenía razón.

—Pero ahora puedes reparar lo roto con Matthew. Sé que se quieren mucho, demasiado. Él va a comprenderlo, Alfred. —palmeó su cabeza, con cariño. —Y puede que sea difícil para ti, pero lo será todavía más si dejas pasar mucho más tiempo. Si te guardas todos esos pensamientos solo para ti, tú corazón comenzará a endurecerse, no quiero que pasé eso.

Alfred sonrió, tomando la mano de Arthur que estaba ahora sobre su pecho, cerca de su corazón; entrelazando los dedos de ambos.

—No hay manera de que eso pueda pasar si te tengo a mi lado, Arthur.

—.—.—.—.—

Caminaron por un largo rato, mirando entre todas las calles, Sadiq ya había reportado la desaparición a la policía por lo que Antonio sugirió no seguir buscando, ya que podrían meterse en problemas y otra paliza ya no sería tolerada por su cuerpo.

— ¿Por qué no te compras otras? Si estas en Gakuen significa que eres rico.

—Uno no se hace rico gastando en cientos de cosas. —protestó Sadiq. —Además esa moto es cara, será mejor que no tenga ningún rasguño.

— ¿Cómo conociste a Lovi?

—Su padre me lo presentó. —contestó indiferente. —Creo que quiere que hagamos negocios juntos, al principio no estaba muy de acuerdo ya que es un niño mimado, sin embargo, ahora ya lo estoy considerando.

— ¿Estás con Blas?

Sadiq lo miró sin comprender, pensando que el calor a lo mejor ya le estaba afectando. Al girar por la esquina notó que un auto estaba estacionado en medio de la calle, con las puertas abiertas. Antonio se detuvo, dando un paso atrás.

—Oye, eso luce peligroso, vayámonos de aquí.

— ¡Ahí esta mi moto! —señaló detrás del auto. Un joven que parecía de la edad del turco estaba recargada en ella, mirando en dirección al pequeño callejón. —Ese crío se las verá conmigo.

— ¿Estás loco? ¡Llamemos a la policía! —murmuró Antonio, jalándolo.

—Además personas pueden estar en peligro. —continuó Sadiq, preocupado. — ¿Qué pasa si se trata de una chica y le están haciendo algo malo?

Bien, Antonio no pudo debatir nada ante eso.

—Yo me encargaré del chico de la moto y tú de los que estén en el callejón.

— ¡Me estás cargando a mí todo el trabajo!

Aun así Sadiq ya se estaba adelantando, agachado para que no lo vieran. Antonio miró los DVD, podría abandonar al turco e ir a su encargo, después de todo Sadiq no le agradaba. No obstante, en cuanto su acompañante soltó el primer puñetazo al chico de la moto, no dudo en correr rumbo al callejón, pateando a la primera persona que vio, haciendo que callera al suelo.

La escena lo desconcertó bastante, el que estaba tirado de espaldas, sobándose el golpe le dio una mirada fulminante al voltearse. Antonio apretó la boca en una fina línea, pasmado, con el tiempo detenido alrededor, siendo los únicos sonidos presentes la corrida de Sadiq a él.

— ¡Lo noqueé de un golpe! —festejó al llegar. — ¿Blas?

Así que no estaba soñando.

— ¿Te estaban asaltando estos chicos? —preguntó al ver la escena a su alrededor. El chofer tenía el labio roto y estaba desmayado, recargado en una de las paredes. Mientras los otros dos chicos, seguro los asaltantes, estaban en el suelo, gimiendo de dolor. — ¿O tú los estabas asaltando?

—Agarraron mal día para meterse en mi camino. —gruñó él, poniéndose de pie. —Y todo iba bien hasta que un imbécil me metió una patada en la espalda.

—Lo sé, pero no te enojes con él, es un buen chico. —Sadiq palmeó la cabeza de Antonio, dándole ánimos. El hispano quitó el agarre de un manotazo.

—Me iré ahora.

—Aún no te compro tus helados. —contestó Sadiq. —Te llevaré en mi moto o Blas puede llevarnos ya que lo hemos salvado.

—Ustedes no hicieron nada. —bufó el italiano, mirando a su chofer.

—Ya te dije que puedo comprarlos por mí mismo. Ahora déjame tranquilo. —Antonio tomó las películas del suelo, donde las aventó; Sadiq se encogió de hombros.

—Por cierto, ¿dónde está Lovi…no? —preguntó Sadiq, atrayendo una mirada matadora de Antonio. —Dije Lovino, definitivamente dije Lovino.

Antonio suspiró, estaba con dos personas que le desagradaban de infinita manera, ¿por qué seguía ahí? Justo iba a darse la vuelta cuando uno de los chicos que se encontraba en el suelo se levantó rápidamente, buscando clavar una navaja en alguna parte del padre de Lovino. Sadiq se movió al mismo tiempo que Antonio, jalando a Blas para el frente y el español deteniendo el arma con su mano.

— ¡Pudiste darle una patada! —gritó el turco, preocupado, golpeó de nuevo al chico que quedo completamente inconsciente en el suelo, al lado del otro. —Mira lo que te ha hecho, se ve profunda. —comentó preocupado, mirando la mano.

—Está bien, sólo hay que vendarla. —Antonio quitó la mano de él, incomodo.

Blas en cambió les estaba dando la espalda a ambos, con la mirada perdida en los asaltantes en el suelo. — ¿Por qué lo hiciste?

—Esa no es la forma de hablarle a la persona que te salvó. —reclamó Sadiq. —Si no fuera por Antonio tendrías un hoyo en alguna parte del cuerpo.

—Eso es exagerado, tan solo lo habría rasguñado. —se metió Antonio.

— ¡Entonces lo hubieses esquivado en vez de tomar la navaja y apretarla entre tus manos! —reclamó de nuevo.

—Eres muy amable en ayudarme, niño. —dijo Blas, girándose a Antonio sin expresión alguna. —Es por eso que me repugnas. ¿Por qué no simplemente dejarme morir?, ¿no sería como devolverme el favor?

—Ya te dijo que…

—No tengo la más mínima intención de cobrarme todo lo que me has hecho. —confesó Antonio, interrumpiendo a Sadiq, engarrotó los dedos para que la mano no se entumiera, la sangre seguía fluyendo. —Sería darte mucha importancia.

Antonio se dio la vuelta, ignorando a ambos, dispuesto a ir a la farmacia más cercana para tratar su herida, no obstante no avanzó ni dos pasos cuando Blas ya lo tenía acorralado en la pared, tomándolo del cuello de la chaqueta; el dolor recorrió la espalda del hispano, lo había estrellado con demasiada fuerza.

— ¡Blas!

— ¡Esto es tú maldita culpa! —bramó Blas, dejando pasmado a ambos chicos. — ¡Fuiste tu quién le llenó la cabeza de falsas esperanzas! Déjame decirte algo, niñato, cualquier cosa que Lovino y lo demás quieran hacer contra mí, tú y tú estúpida familia serán quienes paguen los platos rotos. ¡Mientras te tenga delante de mí, voy a destrozarte hasta que no quede ni una pizca de ti!

Una última gota cayó al vaso, volteándolo por completo.

— ¿¡Qué demonios piensas qué es mi vida!? —estalló Antonio, tomándolo de los brazos para ahora estrellarlo en la otra pared. — ¡No eres mi dueño para decidir qué hacer con ella!

—¡Todo será mejor mientras tú no existas!

El corazón de Blas estaba demasiado frío, lo único que le importaba era él, nadie más. Esto era así, no había nada que pudiera hacerse por él.

— ¿¡Por qué no puedes comprender el dolor de los demás!? —gritó Antonio, sacándose sus manos de encima, estrellando su puño contra la cara del mayor. Blas dio tres pasos atrás, poniendo una de sus manos en su mejilla, sopesando el dolor. —¿Torturar a los demás es tan divertido para ti? ¡No soy un juguete que puedes patear cada que te frustras!

—Oigan…—Sadiq intentó meterse, queriendo apartarlos.

— ¡Cállate, no te entrometas! —tronó en su dirección, deteniendo su avance. Sadiq así lo hizo, sorprendido. — ¿Cómo puedes vivir de esta forma? ¡Entiende de una vez que lo único que consigues es que las personas que deberían amarte te odien! ¡Incluso Feli ya se dio cuenta que clase de basura eres! ¡Deja de usar trucos sucios en contra mía, tan sólo porque tu padre logro amarme más a mí!

Blas se soltó del agarre de Antonio, agitado, con las venas palpitándole. Quería hacerlo desaparecer en ese mismo momento.

—Me culpas a mí por haberle llenado la cabeza de ideas a Lovino. No son ideas. —reprochó, sintiendo escurrir por sus dedos la sangre todavía. —Es lo que se supone que tu debiste haberle enseñado. Lovi tuvo que aprender de otros que podía ser amado por quién era, a que estaba bien equivocarse.

—Puras estupideces. —bufó Blas, apartándose por completo, andando hasta su vehículo.

— ¡Él hubiese sido muy feliz! —gritó de nuevo Antonio, deteniendo el paso de Blas. —Si tan sólo le hubieses demostrado un poco de cariño, él hubiese sido muy feliz. —El italiano se giró a él, observándolo en silencio. Antonio entonces volvió a avanzar, siendo seguido por Sadiq; el chofer de Blas comenzaba a despertar. —Dime algo, Blas. ¿Valió la pena todo lo que hiciste? —preguntó Antonio, de espaldas a él. — ¿No eres tú quién está más solo que nunca?

—Esto no ha terminado. —contestó.

—Por supuesto que no, para ti, acaba de comenzar.

Y se marchó.

—.—.—.—.—

—Comenzaba a ser divertido y ustedes comienzan con sus cursilerías. —suspiró Francis con las manos en la cintura. Matthew estaba detrás de él, sonriendo tímidamente.

— ¡Eek! ¿Desde cuando estás ahí? —preguntó Arthur, ruborizado. Alfred hizo un puchero en su dirección. — ¿Y sabías que te estábamos siguiendo?

— ¿Cómo no podría darme cuenta con tus gritos de mamá regañona? —Francis rio, poniendo su mejor acento inglés. — ¡Me siento solito y necesito que Alfred me de amor!

— ¡Jamás dije eso! —reprochó sonrojado, pegándole en la cabeza. Como siempre, ambos comenzaron a pelear atrayendo la atención de todos.

— ¿D-Desde dónde comenzaron a escuchar, Matthew? —preguntó Alfred, desviando la mirada.

—No es necesario que hablemos de eso ahora, hermano. —sonrió el canadiense, encogiéndose de hombros. —Hagámoslo cuando estés listo.

Alfred frunció la boca, apartando los ojos de él. Matthew era el mejor hermano que alguien pudiera desear.

— ¿Y estás saliendo con él? —preguntó, señalando a Francis que estaba rodando en el suelo con Arthur. Una anciana venía a lo lejos, con una manguera para separarlos.

—Sí. —respondió sonrojado.

— ¿QUÉ? ¿ENSERIO? —gritó sorprendido, echándose para atrás. — ¡Pensé que Arthur estaba siendo exagerado!

— ¡Te lo dije! —reprochó Arthur. — ¡Espere, señora, no!

— ¡Mi cabello! —se quejó Francis.

Una vez que quedaron todos empapados, escurriendo agua y recibiendo un sermón que duró al menos diez minutos, la señora se fue, advirtiéndoles que la próxima vez usaría la máxima potencia.

—Todo es tu culpa, rana idiota. —Arthur se sorbió la nariz, sintiendo frío.

—Shhh. ¿Quieres volver a invocar a la señora? —protestó Francis, poniéndole un dedo en medio de los labios.

—Toma, Arthur. —dijo Alfred, quitándose la chaqueta de aviador y colocándola encima de sus hombros. Francis formó una o con una boca, mirando después a Matthew.

— ¿Debería darte mi chaqueta, Matty?

Definitivamente todos en el Bad Friends Trio eran idiotas, incluso por separado.

— ¡Sólo conseguirás que él también se moje! —reprochó Alfred. — ¡Tienes que cuidar a mi hermano favorito si vas a salir con él!

—Es tú único hermano. —comentó Francis, poniendo los ojos en blanco.

— ¡No corrijas a tu cuñado! —le picó con el dedo en medio de la frente; Francis tomó el mismo apretándolo entre su mano. — ¡Duele, duele, duele!

—Lo estás lastimando. —Arthur le soltó un manotazo a Francis, haciendo que lo soltara. Ahora que lo pensaba, si Matthew y Francis se llegaban a casar, ¿SERÍA FAMILIA DE ESA RANA IDIOTA?

— ¡Olvida todo lo que te dije, Arthur! —gritó Alfred, tomando la mano de su hermano. — ¡Definitivamente este tipo es el mal!

—Hermano…

— ¡Yo te salvaré, Matthew! —y comenzó a correr, dejando a los dos rubios atrás. Francis con vergüenza ajena, ya que la gente los miraba, y Arthur seguía con la cara compungida ante sus anteriores pensamientos.

—.—.—.—.—

Luego de ese día todo siguió el trascurso normal, Bianca le informó a Lovino que los papeles del divorcio ya estaban firmados y ella sería su representante legal en la junta de inversionistas. La cual falló a favor de ellos, después de todo, las intervenciones de su abuelo fueron de gran ayuda. Lovino respiró fuertemente al recibir aquella noticia, y cuando la comunico a todos los que estaban apoyándolo, estallaron en felicidad, incluso Arthur lo había abrazado.

Nada más que todavía faltaba una persona para convencer, Francis.

Así que juntando todo el valor del mundo, fue a la habitación de Antonio, esperando hallar al francés ahí. La fiesta de despedida/navidad, ya estaba siendo preparada por los demás, así que era posible que no lograra encontrarlo. A su mala suerte, sí lo localizó.

—Oh, Lovi. —sonrió Matthew, abriendo la puerta. — ¿Buscas a Antonio?

—No, no. —tartamudeó sorprendido de encontrarlo ahí. — ¿Qué estás haciendo aquí, Matthew?

—Ah…

—Esta saliendo conmigo, ¿hay algún problema con eso? —preguntó Francis, asomándose por la puerta. Lovino miró intercaladamente a ambos.

— ¿QUÉ MIERDA?

—Vaya reacción. —suspiró el francés. — ¿En qué puedo ayudarte, Lovino? Antonio no está y si Gilbert te ve puede que tu carita linda no salga tan linda de aquí.

—No le tengo miedo a esa estúpida patata. —bufó, abriéndose paso entre ambos.

—Claro, pasa.

— ¿Qué estaban haciendo? ¿Estudiando? —Lovino miró los cuadernos regados en la cama, algunos tenían varias boronas de borrador. — ¿Cuánto puede equivocarse una persona?

—Dime que es lo que quieres, por favor. —pidió el rubio. —No es como si me agradara ver tu rostro.

—Pensamos igual. —contestó. —Sólo necesito que me ayudes, eres lo que me falta para que esto funcione.

— ¿De qué hablas?

Matthew se sentó en la cama de Antonio, tomando agua; fue esa la excusa que tomó Lovino para ver la parte de la habitación de Antonio, toda foto con él había sido removida de su habitación, incluso la de sus amigos, sin embargo, había bastante ropa en la cama y una maleta cerca del escritorio. ¿No era demasiado pronto para empacar? Todavía ni comenzaban los exámenes.

— ¿No es muy pronto para que empiece a empacar? —soltó, sin contener su curiosidad. Francis alzó una ceja sin comprender, Lovino señaló la maleta.

—Si quieres respuestas ve y pídeselas a Toño no a mí. Si es todo lo que tienes que decir, estamos ocupados y…

—Blas arruinó la vida de Antonio, pero eso ya lo sabes. Sé que fui un cobarde por no decirlo, también que Antonio me necesitaba mucho en esos momentos, créeme que si hubiera sido más fuerte no habría hecho muchas cosas. No obstante, comienzo a cambiar, a ver cosas que antes no veía. —explicó, jugando con sus dedos enguantados, estaba haciendo un frío infernal. —Quiero que me ayudes a convencer a tu familia de comenzar a inmiscuirse en los asuntos de Blas, por favor, si se los pides tú…

—Lovino, ¿me estás diciendo que quieres dejar a tu familia en la ruina?

—Sí. Bueno, en realidad solo a Blas…

—Lo lamento, no puedo ayudarte con eso. —dijo, sorprendiendo al propio Matthew. —Mira, mi familia no es como los Kirkland, tampoco como los Beilschmidt, mi padre y madre son unos adictos en negocios que no dudaran en querer inmiscuirse también con tu abuelo. ¿Puedes ver el peligro que eso representa?

—Él no los aceptará si me das esa advertencia.

— ¿Qué estás diciendo? Ya tiene tratos con ellos. —comentó el francés. —Simplemente les darán el privilegio de tenerlos en sus manos. Lovino, no debes confiar en todos los que te vayan a tender la mano. Si lo que te estoy diciendo llegase a pasar, ¿crees que Antonio me lo perdonaría?

—No… pero…

— "Su hijo nos deja meternos más, ¿por qué el padre no?" —citó encogiéndose de hombros. — ¿Con quien se pondrán al final?

— ¿Qué dices? ¿No son los Fernández sus mejores amigos, por qué harían negocios con Blas?

—Amistad y negocios son dos cosas diferentes, eso ellos lo saben mejor que nadie. —Francis lo miró fijamente, notando la determinación en los ojos del italiano. —Incluso aunque aceptara hacerlo, ¿qué te dice que me escucharán? Jamás lo hacen.

Matthew agachó la mirada, preocupado por Francis.

—Esto es por Antonio, ¿podrías hacerlo por él?

El rubio cerró los ojos con fuerza, apretando la mandíbula. Sabía muy bien en que punto atacar, no había nada que no hiciera por sus dos mejores amigos.

—Haré lo que pueda y si algo sale mal, no digas que no te lo advertí.

—Correré el riesgo. —sonrió, estrechando su mano.

—.—.—.—.—

— ¿Qué estás diciendo? —preguntó Arthur, sosteniendo los papeles con fuerza. — ¿Por qué?

Feliciano estaba callado, sentado al lado de Ludwig, con la mirada agachada escuchando lo dicho por Iván. El italiano sintió que las lágrimas comenzaron a acumularse en su rostro, impotente de hacer algo se soltó a llorar, cubriendo su rostro entre sus manos; Ludwig le acarició la espalda.

—No podemos hacer nada, Arthur, fue decisión de su familia y él está de acuerdo con ello. —comentó Iván, sin algún tipo de expresión en su rostro. —Los que pagan, mandan.

—Aún así, no puede irse faltando tan poco para los exámenes.

—Eso ya se arregló. —siguió Iván. —Sus exámenes fueron adelantados y la boleta de calificaciones entregada. Así que ya no hay razones para que Antonio se quede en la escuela.

— ¿Y cuándo se supone que se va? —espetó, poniendo las manos en la mesa.

—Hoy por la tarde. —contestó, ladeando el rostro sin comprender su furia innecesaria a él.

—Tengo que ir a buscarlo. —murmuró Arthur, saliendo de su lugar. —Francis debe saber a dónde irá. ¡Tenemos que detenerlo!

—Como en las novelas. —comentó Iván con una sonrisa. —Eso mismo haré con Yao cuando intente subirse a otro avión.

— ¿El joven Yao no viaja cada semana? —preguntó Toris.

—Detalles, Toris.

Arthur no esperó a su conversación, salió corriendo rumbo a la habitación del BFT. Antonio ¿ni siquiera pensaba despedirse de él? ¿dónde quedaba entonces su amistad de tantos años? Llegó sin ningún contratiempo al quitar de su camino a todos los que se interponían, de hecho casi estaba seguro de que había tacleado a alguien. Al tocar nadie le abrió, aunque a su suerte, Roderich venía saliendo de su habitación; ahora entendía porque no estaba en la reunión del G8.

— ¿Sabes donde esta Antonio? —preguntó, jadeando.

— ¿Qué estás haciendo aquí, Arthur? ¿Te estás saltando la reunión?

—Lo mismo puedo decir de ti. —comentó, acido.

—Ah…—el austriaco desvió la mirada, sin saber qué mentir. —Ugh. Iván debió de habértelo dicho, ¿no es así?

— ¿Dónde está?

Roderich miró su habitación, señalándola. Arthur lo apartó de en medio, abriendo. Francis y Gilbert estaban ahí, abrazando a su mejor amigo. Al girarse a ver quién estaba en la puerta, pegaron un brinquito.

— ¿Qué estás haciendo, Antonio? ¿Por qué te vas de esta forma?

—Owwns. El cejotas está triste porque no te ibas a despedir de él. —sonrió Gilbert, burlón. Francis también lo imitó.

—Sí, lo estoy. —comentó Arthur, sorprendiendo a los tres. — ¿De verdad que no ibas a hacerlo? ¿Cómo demonios sé que volvería a verte si Iván no viene y me lo dice? ¡También somos amigos! —reclamó.

—Arthur…

—Eso es lo más lindo que le he oído decir en dirección a nosotros. —sollozó Francis, limpiándose una lagrimita de su ojo con su inseparable pañuelo bordado. Gilbert soltó una carcajada, ruborizando a Arthur, aunque sabía que no esta no era burlona.

— ¿Quieres un abrazo, Arthur? —preguntó Antonio, extendiendo los brazos. —Son gratis.

—Ahora entiendo porque el chico héroe estaba celoso de ti. —le murmuró Gilbert a Antonio.

Pese al orgullo que todavía guardaba dentro de sí, luego de todas las humillaciones de Scott, las exhibiciones de las peleas con Francis o las demostraciones vergonzosas de Alfred en lugares públicos, se acercó a Antonio paso a paso, preso de la vergüenza.

Mon dieu! ¡De verdad lo va a hacer! —exclamó Francis, emocionado.

—Estaba bromeando pero ahora siento pena de bajar los brazos. —susurró Antonio a Gilbert.

— ¡Cómo si lo fuera a hacer, idiota! —gritó Arthur, pegándole en medio del rostro, todavía sonrojado. — ¡Prefiero patearte al trasero antes de dejar que me abraces!

— ¡Código rojo, código rojo! —gritó Gilbert, subiéndose a la cama y haciendo un megáfono con sus manos. — ¡Un enano enojón anda suelto! ¡Esto no es un simulacro, repito, esto no es un simulacro!

Un gritó agudo de Francis provocó que todos se cubrieran los oídos. Una vez que terminó y todos lo miraron, carraspeó. —Lo siento, pensé que debíamos darle más realismo.

— ¡Pero no reventándonos los tímpanos! —se quejó Gilbert.

— ¡No grites, Gilbo, te escuchamos!

— ¡Tú no grites, Toño!

— ¡Dejen de gritar los dos! —se metió Arthur, dándoles una palmada en la cabeza.

— ¡También lo estás haciendo!

Definitivamente esas peleas sin sentido serían una de las cosas que más extrañarían. Se rieron un rato antes de que se quedaran en silencio, recordando algunas cosas de su infancia.

— ¿Te acuerdas de la madriguera y los conejos? —rio Antonio, señalándolo. Arthur chasqueó la lengua, ¿cómo podría olvidarlo si todavía tenía la cicatriz de los dientes en su cabeza? Pese a que la zona ya estaba cubierta por cabello.

—Fue la última vez que confié en ustedes.

—Scott me pegó una paliza de las buenas. —rememoró Gilbert, temblando. —Lo recuerdo y me duele.

Ahora que lo recordaba, Scott se había quedado con el conejo al final, intentando educarlo.

—No fue nuestra culpa que te hayas creído que el conejo era el de Alicia en el país de las maravillas. —se burló Francis, controlando las risas.

— ¡Va tarde, va tarde, por eso no deja de correr! —citó Antonio, sin contenerse.

— ¡Tenía siete años! —protestó sonrojado. Maldito el día en que Helen grabó aquello y repartió copias entre la familia de esos tres.

—Y cuando se metió en la madriguera la madre lo comenzó a morder por agarrar a su hijo. —Gilbert estalló en carcajadas. — ¡Le diré a mi madre que me encuentre ese vídeo para subirlo a Internet!

— ¡Ya basta! —chilló, aventándoles las almohadas.

Jugaron un rato aventándose las almohadas, golpeándose unos a otros, burlándose de Arthur. El británico jamás podría ganarle al BFT en cuestión de burlas. Al terminar, estaban tendidos en el suelo, recibiendo los regaños del señorito por destrozarle todas las almohadas que contrabajos remendó.

Las horas habían pasado muy rápido, y era hora de que Antonio se marchará.

—Los contactaré en cuanto me establezca en un sitio. —dijo Antonio, abrazando a sus dos amigos de nuevo. —Así que no se preocupen por mí, ¿de acuerdo? Estaré bien.

—Por supuesto. —Gilbert le chocó los puños, con los ojos rojos. — ¡Tú puedes, viejo, no me defraudes! ¡Eres casi tan asombroso como yo!

—Extrañaré compartir habitación contigo. —murmuró Francis, abrazándolo. —Estaremos aquí para ti, por siempre, no lo olvides.

—Me pondré a llorar, chicos. —sonrió abrazándolos a ambos. —Los extrañaré.

Cuando llegó el turno de Arthur de despedirse, estaba junto a Roderich, que estaba cruzado de brazos, mirando a Antonio.

—Lo siento, Rod, cuando sea rico te pagaré tus almohadas. —dijo, revolviéndole los cabellos.

— ¡Hey!

—Nos veremos pronto.

—Como quieras. —bufó, desviando la mirada.

—Cuida bien de tu chico héroe, Arthur, ya te dijimos que es lo mejor que vas a encontrar. —extendió su mano a él, solo que Arthur la tomó y lo jaló para darle un fuerte abrazo.

—Lamento no haber podido hacer más por ti. —susurró en su oído. Antonio devolvió el abrazo con fuerza.

—Arthur, hiciste la cosa más magnifica. —respondió, cerrando los ojos. —Te quedaste al lado de Lovi. Le mostraste un camino alterno. Muchas gracias.

Se separaron y los cuatro lo acompañaron hasta la salida de la escuela. En el momento en que lo vieron subir al coche, ninguno de los otros tres pudo detener la corrida que emprendió Arthur, mientras marcaba el número telefónico de Lovino.

—.—.—.—.—

Lovino comenzó a correr hasta sentir que sus piernas desfallecían, tropezó varias veces, incluso hubo tres ocasiones donde se estrelló contra el suelo, haciendo sangrar su nariz. Por todos los cielos, aquella era su última oportunidad para alcanzarlo, para no dejarlo salir de su vida.

Si bien sabía que eso podría ocurrir en algún tiempo del siguiente año, ya que Antonio se graduaría de Gakuen, recorrerlo al ahora era más que doloroso. Sabía que no podía mantenerlo a su lado, sin embargo, irse sin despedirse era una sensación horrible, significaba que quizás… no volvería a verlo jamás.

—Antonio. —dejó salir su nombre en un jadeo, entrando al aeropuerto. ¡Maldición, ni siquiera sabía en qué puto vuelo iba!

Corrió rápidamente a la sección de abordaje, esperando ver su cabellera despeinada o a chicas baboseándolo. No obstante no encontró uno ni lo otro, por lo que quizás ya había pasado seguridad. No, eso no podía estar ocurriendo. Quería verlo por última vez aunque fuera para tatuar en su mente la imagen de su rostro.

Un mensaje de Feliciano llegó, diciéndole el número del vuelo a su suerte, todavía faltaban cuarenta minutos para que despegará el avión. Dejó escapar un fuerte suspiró, atrayendo la atención. Aún tenía tiempo, posiblemente Antonio todavía estuviera por ahí, solo era cuestión de encontrarlo.

Lovino mantuvo la vista clavada en el teléfono, esperando a que Antonio contestara su llamada pero todo se iba directo a buzón. ¿Lo estaba evitando? ¿No quería verlo ni por un momento? Estos pensamientos comenzaron a abrumarlo, tanto que no vio a una sombra ponerse a su lado. Al girar un poco su rostro, intentando localizarlo con la mirada, pudo darse cuenta de quién era la persona a su lado, haciendo que su corazón temblara entre emocionado y nervioso, se veía tan perfecto con esa hermosa sonrisa en su rostro, pero no una falsa o triste como las veces anteriores, esta vez era pura, totalmente sincera y dedicada a él.

Nervioso, miró a todos lados, ruborizándose incluso por no saber que decir.

— ¿Qué haces aquí, Lovi? —dijo Antonio, lo más calmado que pudo. Lovino entorpeció sus palabras y no pudo articular ninguna. — ¿Quién te lo dijo?

—Arthur. —murmuró. —No volverás a Gakuen, ¿verdad?

Antonio se quedó callado, dándole su temida respuesta. En su lugar, cambió el tema de conversación. — ¿No crees que la tarde es preciosa? La puedes ver a través de los enormes ventanales, como se desvanece para dar paso a la noche.

—Yo… quería despertar a tu lado cada día de mi vida. —dijo Lovino, mirándolo fijamente, sin llegar a tocarlo. Antonio sonrió. —Quería hacer muchas cosas a tu lado, cocinar juntos, tener un montón de citas, comer palomitas de maíz mientras veíamos una película de terror y tu me abrazabas por detrás, buscando reconfortarme. Pensar en el futuro contigo no era aterrador. Soñar contigo es lo más maravilloso que he hecho.

—Recuerdo un sueño, no sé si tu lo hagas. —intervino Antonio. —De cuando éramos niños, sobre convertirnos en astronautas y viajar por toda la vía láctea. ¿Puedes recordarlo? —sonrió nostálgico; Lovino ocultó sus ojos entre su flequillo, mordiéndose los labios. —Cuando te vi aquí parado, buscándome, pensé que podíamos platicar como lo hacíamos antes, pero ahora, teniéndote aquí a mi lado me di cuenta que no quiero hacerlo.

El italiano inhaló todo el aire que pudo, buscando una forma de tranquilizarse y que sus ojos no lo traicionaran, estaba seguro que si hablaba se rompería por completo.

—Renuncié a ti pensando que eso sería lo mejor para ambos, que algún día podríamos superarlo, pero luego pensé que este tipo de cosas son las que nunca superas en la vida. No importa cuanto lo piense, Lovi, estoy totalmente enamorado de ti. —dijo, haciendo pausas entre sus palabras, confesando de nuevo lo que ya era sabido por todos.

Lovino moría de ganas de abrazarlo, besarle como nunca antes, de sentirlo de nuevo. De decirle que aguardará a su lado. Que lo amaba tanto que no podía imaginarse levantarse mañana sin tenerlo cerca.

—No hay manera de que pueda borrarlos, y aunque hubiera una, no quiero hacerlo. —Lovino comprimió sus puños, la boca le estaba temblando. —Te amo, Lovi, te amo y tal vez te ame hasta el final de mis días, no lo sé. Lo que sí sé, es que pensaré en ti y sonreiré al hacerlo, porque has sido la persona más maravillosa que he tenido el placer de conocer. No importa que tan lejos estemos uno del otro.

Lovino sintió que toda la sangre se le drenaba del cuerpo, sus piernas casi desfallecían en el acto. Y, cuando las manos de Antonio se pusieron sobre su rostro, para que lo mirara, tuvo que sacar sus últimas fuerzas para mantenerse en pie. —Gracias por amarme, Lovi. —dijo él.

Sin preverlo, Lovino se estiró, uniendo la boca de ambos en un magnifico beso que los hizo sentir de nuevo esa descarga eléctrica pasar de uno al otro. Tal como su primer beso. Las lágrimas, que ya se habían vuelto un habito, no tardaron en escurrir en las mejillas de ambos.

—Por favor, quédate. —murmuró Lovino, soltándolo.

No sería capaz de volver a llamarlo, de jugar con él, de tomar su mano o besarlo.

—Mi promesa sigue en pie, Lovi. —dijo Antonio, limpiándose los ojos. —Ya sea en esta o en la siguiente vida, voy a volver a encontrarte.

Lovino ahogó un gemido mal contenido, aferrándose por completo a él, sin querer dejarlo ir. Lo amaba tanto y aún así le estaba diciendo adiós, uno que era definitivo. Antonio igualmente lo abrazó, quedando en absoluto silencio por esos momentos.

—Me tengo que ir, Lovi. —dijo Antonio, al escuchar el primer llamado de abordaje. Lovino negó con la cabeza, sin despegarla de su pecho.

Soltarlo sería dejar que Antonio se llevará la mejor parte de él, su primer y único amor, la persona a la que había admirado, querido y amado por tanto tiempo. Lovino alzó la mirada, memorizando hasta el último detalle de su rostro, Antonio le acariciaba la cabeza, conectando los ojos con él. Ojalá pudiera parar el tiempo.

Lovino lo soltó poco a poco hasta dar un paso atrás, alejándose.

—Te amo, Lovino. —Antonio besó su frente, luego su mejilla hasta finalizar con sus labios.

— ¡También te amo, Antonio! —contestó de inmediato. El hispano sonrió con ganas, alegrándose de la respuesta, incluso sus mejillas se habían coloreado.

Sin decir nada más, pues sabía que de lo contrario se arrepentiría de su decisión, tomó su maleta dándole una ultima mirada cargada de sentimiento a Lovino. Se dio la media vuelta y se marchó. Lovino esperó todo el rato, hasta que en un impulso, cuando Antonio comenzó a entrar a la siguiente habitación, Lovino corrió hasta donde le era permitido y tomó con fuerzas las correas entre sus puños.

— ¡Hasta el día que nos encontremos de nuevo! —gritó Lovino, viéndolo perderse entre la gente.

Nunca sabría si Antonio logró escucharlo.


¡Se acerca el final! Estamos a tres capítulos de terminar este FF. ¡ESTOY EMOCIONADA Y A PUNTO DE LLORAR!

¿Qué les ha parecido el desenlace del spamano?

Tengo muchas emociones encontradas, así que guardaré todos mis comentarios para el siguiente capitulo o terminaré dando spoilers. Y paso a agradecer a las hermosas personitas que siempre me comentan y me animan con sus hermosos comentarios, son una parte importante dentro de mi escrito, me siento muy afortunada de tenerlas como lectoras. ¡Gracias, muchas gracias!

Alex Makenshi. No te preocupes por no comentar, me alegra saber que sigas leyendo. :3

Con cariño,

MimiDiethel.