Circulo: Vicio Tsun.


Tú + Yo= Error 404.

40. La habitación 404.

— ¡POR TODOS LOS MALDITOS DIOSES DEJEN ESA MIERDA AHÍ!

El rugido que pegó Arthur Kirkland resonó por todo el salón haciendo un eco profundo que rebotó entre los pocos presentes que se encontraban ahí. Toris y Matthew se miraron sin saber qué hacer o cómo reaccionar, ¿deberían ir por algún té para relajar al pobre chico?

En tanto, los causantes de sus contantes gritos histéricos, dejaron el muñeco de nieve por el cual estaban peleando; Iván y Alfred. A mala suerte del rubio, Natalia parecía estar invocando a un demonio o algo parecido por todas las cosas que murmuraba detrás de su hermano, en la dirección de Arthur.

Nada fuera de lo usual de siempre.

—Te saldrán arrugas en las cejas. —comentó Francis, poniendo una mano en su mejilla. Gilbert sin prestarle atención, siguió comiendo las galletas.

Excepto por el hecho que Antonio no estaba ahí.

— ¿¡Ustedes qué demonios están haciendo aquí!? —le señaló, olvidándose por un momento de los otros dos.

—Estamos aburridos. —confesó Gilbert, luego de pasarse ruidosamente la comida. —Así que vinimos a molestarte.

— ¡Largo!

—Arthur-san, debería relajarse. —pidió Kiku apareciendo detrás. Iván sonrió en su dirección, saludándolo con la mano; el japonés lo ignoró por completo. —No es bueno para su salud.

—Es cierto, Arthur, se supone que poner los adornos es una parte divertida de la Navidad. —protestó su novio, callándose en automático al recibir la mirada de Arthur. Después de todo era en parte su culpa que estuviera así.

— ¿Qué le parece si vamos por algo a la cafetería? —siguió Kiku. —Quizás necesite fuerzas, las puede encontrar en los cupcakes en forma de Santa.

—Me pregunto cómo será Arthur cuando descubra el alcohol. —le dijo Francis a Gilbert, él lo miró, encogiéndose de hombros todavía masticando. —Creo que caerá en la perdición.

—Mientras me acompañe a tomar cerveza yo estoy bien. —contestó el albino, encogiéndose de hombros.

Alfred miró a Arthur marcharse con un mohín, ni siquiera se había girado a él y le sonreía esplendorosamente a Kiku mientras a él lo mataba con la mirada. Negó con la cabeza suavemente, no debería sentir celos por el japonés, él era muy buena persona y Arthur lo amaba a él nada más. Pero no podía evitarlo, le gustaba que las sonrisas de Arthur solo le pertenecieran a él.

—Miras tan bonito a Arthur, espero que Yao me miré así algún día. —comentó Iván sonriendo.

—Lo único que tendrás del hermano de Kiku es una orden de alejamiento. —se burló Alfred, con las manos en la cintura. — ¡Los chicos malos nunca reciben recompensas!

—Los héroes tampoco pueden recibirlas si ya no existen. —siguió Iván, volviendo a tomar el muñeco de nieve.

— ¡Ya te dije que el héroe lo pondrá en la entrada!

—Esto va en la parte alta.

Y volvieron a comenzar a discutir ahora sin que nadie los detuviera. Matthew y Toris se encogieron en sus hombros, siguiendo con la preparación de la comida. Faltaba una semana para la salida definitiva de la escuela, por lo que Iván decidió hacer la fiesta justo el día antes de la partida de todos.

Los de tercero se marcharían a diferentes universidades, se haría un nuevo cambio de habitación y se iniciaría un nuevo ciclo.

— ¿Qué están haciendo con el muñeco? —preguntó Ludwig, recién llegando con Feliciano cargando las cajas que faltaban de los adornos. Alfred sonrió nerviosamente mientras Iván soltó el muñeco por completo.

—Él comenzó. —señaló el ruso.

— ¡Ah!

Feliciano se quedó confundido ante las protestas que el americano estaba haciendo a su novio, buscó a su hermano con la mirada, él estaba allá al fondo con Emma y Roderich, poniendo todavía las luces. El austriaco parecía estarlo regañando, y Lovino terminó por aventarle la caja al rostro.

Su hermano no dejaba ver en absoluto su dolor, después de la despedida de Antonio en el aeropuerto, no regresó hasta el día siguiente donde todo su semblante volvió a ser el arisco de siempre, siguiendo con las maldiciones, las malas palabras y la mala actitud. Feliciano suspiró, no podía hacer nada, esa era su decisión, además presionarlo para hablar sería contraproducente; Lovino hablaría cuando quisiera hablar.

— ¿Qué estás haciendo, Feliciano? Necesitamos las luces. —le reprendió Roderich, ignorando la discusión del centro. —Tráelas de inmediato.

—Sí. —el italiano menor obedeció, acercándose con la red de luces.

—.—.—.—.—

Kiku se sentó frente a Arthur, los dos con sus respectivos tés. Una de las muchas cosas que tenían en común.

—Pronto te irás, ¿estás emocionado? —comentó Arthur, relajándose.

—A decir verdad, creo que lo extrañaré bastante, Arthur-san. —dijo Kiku, nostálgico. —He pasado grandes momentos con usted, pero lo voy a dejar en buenas manos así que me mantengo tranquilo.

— ¿Q-Qué quieres decir con eso? ¿Alfred? Yo lo cuido más a él. —bufó, trabándose, ruborizado.

—No solo Alfred, también Lovino-kun y Matthew-san. —explicó sonriendo. —Ha hecho un montón de amigos este año, me alegró mucho ver eso, al menos sé que no volverá a estar sólo.

—Kiku…

—Lo estaré esperando en la universidad, Arthur-san. Así que disfrute plenamente de Alfred mientras pueda, ustedes dos se merecen toda la felicidad.

Arthur se encogió en sus hombros, avergonzado por las palabras del nipones que lo habían hecho sumamente feliz. En esos momentos no sentía que alguien lo pudiera separar de Alfred, y aunque el siguiente año tuvieran que tomar caminos distintos, sabría que podrían superarlo.

—Gracias, Kiku, por estar conmigo. —murmuró el británico, Kiku se inclinó sutilmente a él, buscando escucharlo. Deseó sacar su celular para tomar la foto tan linda de su amigo, pero eso lograría avergonzarlo mucho más. —Sin ti… creo que no hubiera podido sobrevivir el primer año aquí.

—Es para mí un honor ser su amigo, Arthur-san.

— ¡Para mí también! —contestó, apretando el pantalón en la parte de sus piernas. —E-Eres mi mejor amigo.

—Luce muy lindo últimamente. —dijo Kiku, sorbiendo otro poco de su té. —Creo que Alfred-san llegó justo al tiempo en que usted estaba listo para querer a alguien.

— ¿Qué cosas dices?

—Ustedes dos se complementan bastante bien. —continuó. —Arthur-san necesitaba esa alegría de Alfred en su vida, y Alfred necesitaba un poco de su seriedad. ¿No lo cree?

—No lo sé. —comentó, apartando la mirada. —Y-Ya es suficiente, siento mi cara muy caliente.

—Se ve adorable a mi parecer. —y sin más le tomó una foto con su celular.

Luego de la pequeña sesión de fotos por parte de Kiku, logrando que Arthur no pudiera voltear a ver a ningún otro alumno en la cafetería, salieron de ella.

— ¿Para qué tomaste tantas fotos?

—No lo veré en un largo tiempo, es para recordarlo.

—Entonces yo también debí hacerlo. —murmuró Arthur, poniendo un mohín.

—Por cierto, Arthur-san, ¿se despedirá de Scott-san? —preguntó de pronto, sin escuchar lo último dicho. El británico se giró a verlo, ligeramente sorprendido. —Scott-san dijo que sería independiente de su padre y familia de ahora en adelante, ¿no? Pero por lo que pude saber, él no irá a la Universidad de Inglaterra.

— ¿Qué? Supongo que intentará trabajar o algo por el estilo.

—No. Feliciano-kun me ha dicho que su familia lo apoyará con los gastos para la Universidad de Italia. —comentó Kiku, preocupado. —Por lo que no irá con su madre, según me parece.

—Él está apoyando a Lovino, así que no me extraña que él le quiera devolver el favor de esa forma. Bien por Scott.

— ¿Usted está bien con eso, Arthur-san?

—No es que este bien o mal con ello. —contestó por inercia, ladeando la mirada. —Simplemente que aún no estamos listos para encararnos uno a otro. Cuando lo estemos ambos lo sabremos, ahora solo me queda ver por mí mismo, intentar ser feliz y la verdad espero que Scott también pueda serlo.

Aunque decía eso de corazón, una parte de él estaba deseando despedir a su hermano, tal vez sería la última vez que lo vería. Pero las heridas apenas comenzaban a cerrarse, decir que Arthur de vez en cuando no volvía a soñar con las palizas de Scott sería mentir, las tenía presentes todavía, solo que ahora era más sencillo porque tenía a maravillosas personas a su lado.

Ojalá Scott también pudiera encontrarlas.

—.—.—.—.—

—Entonces Feli iba corriendo con la escarcha en la mano pero una tira larga iba por sus pies y se calló, moviendo la escalera y tirando a Lovi encima de Roderich que a su vez se cayó encima de mí. —explicó Emma, señalando el chichón que traía en la cabeza. Govert tronó los dientes. —Fue un accidente, hermano, nadie tiene la culpa. Además Rod se llevó la peor parte, ¿no crees, Scotty?

— ¿Por qué ustedes dos están aquí? —preguntó el nombrado, irritado. Desde hace media hora que los dos habían llegado, irrumpiendo en su habitación y alegando sobre lo acontecido con Emma Morgens.

— ¿Scotty? —gruñó el rubio.

—No te pongas celoso, Govert. —bufó Scott, envolviendo algunos de los libros en periódico para que no se maltrataran en las cajas. —Ya te dije que no me interesa tu…

— ¡No se vuelvan a corregir! —protestó Emma, dándole un golpe en la espalda al pelirrojo. Este aún estaba bastante sorprendido de la fuerza de la chica. —Además Scotty es un apodo muy lindo, hermano, te hace perderle todo el miedo.

Govert lo observó por un momento, meditando las palabras de su hermana. —Supongo que tienes razón, Emma. Scotty, el Rey de las Sombras.

—Intenta decirme otra vez así. —una vena se hinchó en la cabeza del británico, buscándole pelea al hermano sobreprotector.

—Scotty. —repitió Govert, sin miedo. —Es bastante efectivo.

Emma tomó el brazo de Scott antes de que pudiera llegar a su hermano, remplazándolo por un abrazo. El pelirrojo en automático se quedó sin palabras, la chica al notarlo, jaló incluso a su hermano, haciendo que ambos se abrazaran mientras ella se escapaba del agarre.

—Sean amigos, quiéranse.

— ¡Que asco! —gritó Govert, separándose. Emma rio. —No te rías, Emma. Mira al pobre de Scotty, se quedó en blanco.

—Tal vez deberían pasar la noche juntos.

— ¿QUÉ? ¡Te has juntado demasiado con el BFT que tu cerebro se volvió inservible también! —reprochó su hermano.

—Hermano, que pervertido eres. —bufó ella. —Yo solo dije que deberían pasar una noche juntos, pero no dije como. —y puso una sonrisa gatuna.

— ¡Largo de mi habitación! —gritó Scott, empujando a ambos. No tardó mucho en que ambos se libraran de él, volviéndose a meter. — ¿Qué demonios hice para merecerlos? ¿No deberían estar con el mocoso Vargas?

— ¿Por qué estás hablando de mí, sádico imbécil? —preguntó Lovino, llegando.

—Scotty no quiere considerarnos sus amigos todavía, Lovi. —le acusó Emma, señalándolo con el dedo. — ¿Verdad que somos amigos todos?

—Antes de ser amigo de este bastardo prefiero ser amigo del macho patatas. —exclamó el italiano, acostándose en su cama. Govert se encogió de hombros y se tiró cerca del borde.

—Yo solo hago negocios, no amistades. —refutó Scott.

—Humm…—Emma se quedó pensando un buen rato, tanto que Govert y Lovino comenzaron a platicar de cosas triviales mientras Scott seguía acomodando las cajas para dejar la habitación impecable. — ¿Y qué tal si yo quiero ser tu primera amiga? —preguntó al fin, después de un tiempo.

—Llegas bastante tarde, me voy de aquí en una semana. —contestó Scott, sin prestarle mucha atención.

—Nunca es tarde para hacer amigos, Scott. —dijo ella, poniéndose en su campo de visión, ayudándolo a envolver sus libros. —Tu estarás al lado de Lovi durante mucho tiempo, según he entendido. Y mi hermano permanecerá al lado de Lovi también. Así que nos veremos por mucho tiempo todavía.

— ¿Si digo que sí me dejarás en paz?

—Si dices que sí entonces seré tu amiga y eso significa que nos divertiremos juntos.

— ¿Y si digo que no?

—Me seguiré esforzando para que digas que sí. —comentó en voz baja, mas en un modo de advertencia.

Scott suspiró con fuerza, sentándose en el suelo, mirando a la chica. Emma siempre le había caído bien, la había respetado por su capacidad de levantarse a pesar de todo lo que vivió, y ella siempre lo trató sin miedo. Tal vez ser su amigo no sería tan malo, además, él se iría a Italia en una semana, la chica se quedaría en Gakuen otro año y después se volvería con su padre a Bélgica. ¿Qué le costaba darle por un momento lo que quería?

—De acuerdo. —comentó desinteresado. Emma en cambió el regalo una bonita sonrisa.

Govert miró a Lovino y él le devolvió el gesto. Aunque le molestaba bastante que su hermana estuviera en contacto con alguien peligroso como Scott Kirkland, no podía hacer nada, más que nada porque en el fondo, muy, muy en el fondo a ambos también les preocupaba.

—.—.—.—.—

Un nuevo día caía en Gakuen, donde el último examen se haría el día siguiente.

— ¿Qué es lo qué estás haciendo? —preguntó Arthur, pateando la pata de la silla, con un aura aterradora rodeándolo. Alfred pegó un brinquito en su asiento, cubriéndose con el cuaderno la cabeza.

— ¡Nada, nada en absoluto! —chilló Alfred, cerrando los ojos.

— ¡Estás leyendo comics mientras te explicó álgebra! —gritó furioso, tomando el librito de Superman #344 y arrugándolo entre sus manos.

— ¡Arthur, es de colección, es de colección!

— ¡Cierra la boca! —protestó, echando el libro a un lado. — ¡Si no vas a estudiar no me hagas perder el tiempo, yo también tengo que hacer lo mío!

— ¡Pero tú fuiste el que me puso a estudiar! —contestó llorando al ver a Superman perdido. —Yo estaba leyendo tranquilamente…

— ¡Si no lo hago, repetirás todos los exámenes!

— ¡LA PUTA MADRE, DEJEN DE GRITAR EN MI HABITACIÓN! —tronó Lovino, sacándose las mantas de encima, recién despertando.

— ¡Tú también deberías estar estudiando!

—¡A nadie le interesa! Si van a tener sus peleas nupciales háganlo donde nadie pueda escucharlos. —cortó aventándoles una almohada.

— ¡Robín-Lovi se está saliendo de control! —chilló Alfred, poniéndose detrás de Arthur.

—Solo te aventó una almohada. —murmuró el británico con los ojos en blanco. —A mí me ha aventado hasta la lampara.

Lovino se sentó en la cama, con dolor de cabeza, así habían sido los últimos días. Además, por las tardes se quedaba estudiando con Feliciano y el macho patatas hasta entradas horas de la noche, claro, con el permiso especial de Iván. Por las mañanas la escuela, por las tardes pasar tiempo con Govert y su hermana, y en las noches dormir profundamente, eso lo distraía ahora que Antonio ya no estaba ahí. Así no podía torturarse pensando en él.

—Por cierto, Robín-Lovi, ¿dónde pasarás tu vacaciones?

—En Italia, imbécil, ¿dónde más?

—Bueno creí que… quisieras venir con nosotros al campamento militar de mi padre. Pasaremos un buen rato. —sonrió Alfred, mirándolo con ojos centellantes a través de sus anteojos. Arthur apartó la mirada, sin querer dejar ver que le encantaba esa cara de su novio.

— ¿Y hacer de mal tercio? Prefiero mil veces que parta un rayo. Además, ¿por qué carajos pasaría mis merecidas vacaciones en un sitio donde me levantan a las cinco de la mañana? —refunfuñó, metiéndose al baño, antes de cerrar la puerta agregó: — ¡Ni que fuera un idiota, como ustedes!

—Vaya mala actitud. —murmuró Arthur. Alfred dejó caer sus hombros, desanimado. —No te preocupes, él va a estar bien, creo que se siente peor si actuamos considerados con él.

—Supongo. Aun así me preocupa. —contestó torciendo el gesto. — ¿crees que deba comprarle otro traje de Robín?

—No creo que eso le ayude en lo más mínimo.

— ¡Entonces iré a comprárselo! —gritó, alzando un puño. — ¡No te preocupes, Robín-Lovi, serás un perfecto Red Hood! —dicho esto salió corriendo. Arthur estaba a punto de seguirlo, pero decidió no hacerlo al final, después de todo tenía mucho que estudiar también.

—Pensé que habías ido con el héroe de pacotilla. —dijo Lovino al salir de su ducha. —Déjame decirte que cualquier cosa que me traiga será quemada junto a la pila de comics que tiene en su habitación.

—Él sólo quiere animarte. —sonrió Arthur al imaginarse los lloriqueos de Alfred. —No puedes culparlo.

—Bien, pero no me lo pondré.

Pese a que Arthur pensó que Lovino se iría de la habitación, grande fue su sorpresa cuando se sentó en la silla de su escritorio y tomó los cuadernos de su mochila.

— ¿Qué estás haciendo? —preguntó Arthur, pasando saliva.

— ¿Tus cejas no te dejan ver? Estoy estudiando.

— ¿¡Por qué!?

— ¡Es lo que me pediste que hiciera hace treinta minutos, gilipollas imbécil! —protestó, lanzándole un libro al rostro.

Arthur se sobó el rostro, tomando el libro del lomo, haciendo que sus páginas se abrieran a los lados mostrando varias páginas contestadas. Una sonrisa se plantó en el rubio, vaya que se lo estaba tomando enserio. Lovino se sonrosó al ver su sonrisa, por lo que fue hasta él y le arrebato el libro.

— ¡Cierra la boca, no digas nada! —gritó, volteándose.

—Como gran favor hacía ti, te enseñaré lo que no entiendas. —dijo Arthur, señalándose. — ¡Estoy dispuesto a ser tu profesor!

—Vete a la mierda. —contestó el italiano, volviéndose a sentar. Arthur chasqueó la lengua, refunfuñando por lo bajo.

—Ustedes se llevan bastante bien. —sonrió Matthew en la cama de Arthur.

— GYAAAAAAAAAA.

El retumbó de nuevo por todo el edificio, Lovino se arrogó a su cama, cubriéndose con las mantas y Arthur se había escondido fugazmente debajo del escritorio.

— ¿Era Matthew, cierto? —preguntaron ambos al mismo tiempo.

— ¡Por todos los cielos, Matthew, pensé que las clases con Ludwig estaban funcionando! —gritó Arthur saliendo del escritorio, no sin llevarse un buen golpe en la cabeza.

—Creo que me conformo con que no haya querido lanzarse de nuevo por la ventana. —sonrió el canadiense.

— ¡Ponte un maldito cascabel! —regañó Lovino, debajo de las mantas. — ¡Me provocaras un infarto algún día!

—Lo siento, Lovi.

Al ver la mueca de tristeza en su rostro, el italiano volteó el rostro. —Da igual. Por cierto, ¿Cuándo demonios entraste?

—Cuando te sonrojaste porque el joven Arthur estaba orgulloso de ti. —contestó Matthew, poniendo una sonrisa.

— ¡Y-Yo no estoy orgulloso de él! —gritó el británico.

— ¡Ni yo sonrojado!

—Sí, sí. —Matthew hizo un movimiento de mano, pasando a otro tema. —Lo que vine a decirle al joven Arthur es que el joven Iván me mandó a llamarlo para ponernos de acuerdo con la fiesta de Navidad.

— ¿No puede ser después de los exámenes? —suspiró Arthur.

—Después de los exámenes son las vacaciones. —contestó Matthew, ladeando la cabeza.

—Sí, cejotas, ¿eres idiota? —se metió Lovino.

— ¡Tú cállate! —espetó. —Bien. Andando Matthew.

El canadiense se puso de pie sin borrar la sonrisa, Arthur puso una mueca de huraño al pensar de nuevo en la relación de Francis y Matthew, a suerte de él Francis todavía no descubría que eso los emparentaría.

—.—.—.—.—

Alfred infló las mejillas con disgusto, aunque había retado a Iván a un duelo para que le diera un permiso especial que le permitiera salir a la calle por unas cuantas horas, este se había negado rotundamente y, después de haberlo hecho enojar, Alfred se encontraba tendido en el frío pasto con los lentes chuecos y atado de manos a uno de los árboles.

Kesesese~ —Gilbert se llevaba riendo un buen rato, sentado en la banca, mirando a su dirección. —Ahora sí lo hiciste enfadar, chico héroe.

— ¡Los héroes se ven envueltos en problemas muy a menudo! —chilló el americano, pataleando. — ¡Es responsabilidad de los ciudadanos rescatarlo cuando el héroe es derrotado!

—Tus ciudadanos te están ignorando. —señaló Gilbert al par de chicos que pasaban por ahí, concentrados en sus asuntos.

— ¡Tú me estás viendo!

— ¡Yo soy el asombroso y más temible villano de todos los tiempos! —gritó Gilbert, subiéndose a la banca y poniendo un pie en el respaldo de la misma. — ¡Jamás podrás derrotarme, héroe!

—No eres un villano. —bufó Alfred, buscando acomodarse los lentes con la nariz. —Eres más del tipo antihéroe. Iván es el villano, el Rey de Corazones. —concluyó con un tono dramático en su voz.

— ¡Puedo ganarle a ese niñato en cuanto a ser villano! —protestó, emberrinchado. —Y tener un nombre más cool.

— ¿Dónde está Francis? —Alfred lo ignoró, forcejeando con la cuerda de sus muñecas.

—Esta estudiando. —murmuró Gilbert decaído. —Sin Toño aquí la mitad de mis fuerzas convencedoras se han ido.

— ¿Qué?

—Me pone a estudiar así que hui. —confesó, señalándose. — ¿Ya ves como sí puedo ser un gran villano?

—Veo, veo… que probablemente vivas una vida corta. —sonrió Alfred nervioso. Cuando Gilbert iba a preguntar por qué, sintió unas manos encima de sus hombros, escuchando unos ve~ de fondo.

WEST!

—Intente detenerlo, Gilbert. —dijo Feliciano, con ojos llorosos y dos chichones en la cabeza. — ¡Pero no pude y ahora tengo dos horas más de estudio! —lloró.

— ¡Lo siento, Feli, fue mi culpa! —contestó Gilbert, zafándose del agarre de su hermano menor y queriendo consolar al único italiano que le caía bien. — ¡Hey, West! ¿Crees que está bien hacer llorar a la persona que amas? Hiiiii! —soltó un chillido en cuanto notó la mirada de su hermano, en un vivido color rojo. — ¡Iré a estudiar, iré a estudiar!

Aunque luego de pronunciar esas palabras intentó echarse a correr llevándose a Feliciano con él. Por supuesto, Ludwig los atrapo en cuestión de segundos.

— ¡Antes de que se vayan, desátenme! —gritó Alfred, forcejeando. — HELP ME, PLEASE!

Era tarde, los chillidos de Feliciano y Gilbert junto a los gritos de Ludwig ordenándoles silencio opacaban todo ruido alrededor.

Paso un buen rato acostado ahí, cantando canciones de Disney o el himno nacional de Estados Unidos. Los estudiantes seguían ignorándolo, así que dejó de pedir ayuda hasta el atardecer. Mientras su estómago rugía por un poco de comida, Alfred también se estaba preguntando cual era la posición más cómoda para dormir atado, tal vez debería intentar sentarse y dormir con las manos atrás. Aunque una duda más grande era si se haría amigo de las ardillas.

—No preguntaré nada esta vez. —jadeó Arthur, llegando.

— ¿Cómo supiste que estaba aquí? —preguntó Alfred, sonriendo. — ¿Nuestro amor nos permite una comunicación telepática a través de espacio-tiempo?

—Sí… seguro. —contestó Arthur, intentando desatarlo. — ¿Por qué no gritaste para que alguien te ayudara?

—Parece que no conoces a los estudiantes de esta escuela. —sollozó Alfred, limpiándose una lagrimita falsa al tener su primera mano desatada. —Todos han caído ante la jerarquía del Rey de Corazones. ¡Es mi deber como héroe, derrocarlo!

—Puedes postularte para el siguiente año. —comentó Arthur, terminando con los nudos. —Iván dice que le pareció divertido aplastar a Scott en la elección, aunque realmente no haya sido así, por lo que abrirá una convocatoria para presidente de la escuela a principios del año que viene. También del G8.

— ¡Entonces lo haré! —gritó emocionado, intento levantarse de golpe pero sus piernas le fallaron un poco, doblándose. —Pero primero creo que necesito ir al baño.

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El último examen paso bastante rápido, con el anuncio de que la fiesta de Navidad sería ese día por la tarde ya que muchos estudiantes partían al día siguiente del último examen pues todas sus calificaciones finales serían entregadas por email y los reprobados, al ser el último examen y más importante, no tenían derecho a repetirlo lo cual llevaría a que fueran expulsados.

A suerte de Alfred, logró un puntaje aprobatorio en el examen.

—Incluso un freak como tú, puede hacerlo si se lo propone. —dijo Lovino, bostezando.

— ¿Ehhh? ¿Qué hay de ti, Robín-Lovi? —protestó, inflando las mejillas. — ¡Eres tan malo como yo!

Lovino le enseñó sus exámenes, no era una calificación magnifica como las de Arthur pero al menos era mayor que la suya.

—Tengo más intelecto en una neurona que lo que tú tienes en todo el cerebro. —espetó con sorna.

— ¡Que malo!

—No soy malo, soy sincero. —respondió Lovino, encogiéndose de hombros.

Ve~ Mira, Lovi, saqué dos puntos más que la ves anterior. —se metió Feliciano, enseñando su examen. —Con esto estoy seguro de que logré pasar. Estaremos otro año más juntos, quizás el año que sigue hasta en el mismo salón.

—No me desees tan mala suerte. —gruñó Lovino. —Con el padre que me tocó es suficiente.

— ¡Ehhh, eres muy cruel Lovi! —lloró su hermano.

—A partir de ahora ya no serás Robín-Lovi, serás Lovi el rompecorazones.

—Te voy a romper la cara si no te callas. —sentenció Lovino, apartando a ambos. Capaz le terminarían contagiando la idiotez.

—Por cierto, Lovi, mamá me llamó y me dijo que estará en una pasarela en París con los Bonnefoy para Navidad, intentó cancelar pero no pudo. —dijo Feliciano, tomando del brazo a su hermano. —Así que solo estaremos con el abuelo hasta año nuevo que es cuando ella regresa.

—Ella debería saltarse el trabajo para ir con ustedes. —bufó Alfred. — ¡La Navidad se festeja en familia! ¡Aparte llega Santa!

Los gemelos se voltearon a él, desconcertados.

— ¿Sigues creyendo en Santa Claus? —preguntó Lovino, tragando saliva.

— ¡Claro que no! —gritó Alfred, sonrojado. — ¡Simplemente me emociona la época!

—Ah, claro.

— ¡Es la verdad, Lovi!

—.—.—.—.—

Arthur se sentó en la silla de su escritorio, con una caja mediana entre sus piernas, donde en ella estaba hundido su último examen con excelente calificación, por supuesto. Los libros, los papeles y bolígrafos le hicieron suspirar, acababa de terminar un año escolar, uno que le había cambiado la vida por completo y aunque al principio pensó que quizás sería uno de los peores, la vida le había dado algo que llevaría consigo toda la vida.

Por supuesto Alfred, aunque no el único en realidad, también estaba Lovino Vargas. ¿Quién diría que al final le terminaría tomando aprecio? El mocoso muy a su manera, se daba a querer.

Comenzó a tomar varios de los papeles de su escritorio, poniéndolos en la caja para mandarlos a la basura. Los libros se irían a la biblioteca escolar como siempre y lo poco que sobrara de la limpieza con él. Por ejemplo, la carta de Alfred que tenía muy bien guardada en su cajón. Al verla el británico no pudo evitar sonreír, amaba a ese chico con todo su corazón. Apartó la carta junto a las demás cosas que se llevaría a su casa y aún con la sonrisa, tomó los siguientes papeles, donde venía una foto de su familia.

Ni siquiera recordaba que la tenía ahí. Era antigua, Arthur todavía era un bebé de un año en esa foto y su hermano estaba en los brazos de su padre, picándole la cara. Miró con melancolía la foto, de haber sido todo diferente, tendría un montón de fotos más con su hermano, madre y padre. Y ahora que Scott se estaba graduando de Gakuen quizás era el único recuerdo alegre que tendría de él, ya que las otras fotos que adornaban la mansión del Sr. Kirkland tenían expresiones secas.

Arthur se mordió el labio, poniendo la foto justo al lado de la carta de Alfred.

Su mente por un vago momento pensó en salir corriendo de la habitación e ir a buscar a Scott, verlo por una última vez. Sin embargo, el recuerdo de todo lo acontecido anteriormente detuvo esos pensamientos. Todavía no era tiempo, todavía las heridas no cicatrizaban, todavía le tenía miedo a su hermano mayor.

Quizás más adelante, cuando su cuerpo olvidara y su mente perdonara, iría a él.

— ¡Arthur, Robín-Lovi me dijo que abandonarás por Francis! —gritó su novio, entrando a la habitación.

— ¡Es tu culpa por decir que el bastardo de Antonio gustaba de él! —reprochó Lovino por detrás. — ¡Él gusta de mí!

Antonie gustaba de mí también. —siguió Francis, no obstante, al ver el puchero que puso Matthew negó frenéticamente con la cabeza, dedicando a abrazarlo. — ¡Pero yo sólo gusto de Matty!

— ¡Toño tiene pésimos gustos, kesesese! —rio Gilbert pasando, no sin aventar primero a un lado a Lovino, haciendo que se golpeara con un mueble.

Arthur puso los ojos en blanco al ver la procesión que se estaba realizando en su habitación.

Ve~ Lovi, tengo hambre, vamos a comer.

—Hace poco te di las salchichas que cocine con Kiku. —comentó Ludwig, entrando y cerrando la puerta.

—Con razón, no te preocupes Feliculo, te daré algo bueno de comer. —Lovino abrió uno de sus cajones y le lanzó una barra de chocolate a la cara de su hermano. Él sonrió, abriéndolo.

— ¿Por qué están todos aquí? —preguntó Arthur, sofocándose en el abrazo de oso que mantenía su novio sobre él, queriendo superar el de su hermano y Francis.

— ¿No es obvio? Venimos por ti a comer. —suspiró Alfred, inflando las mejillas.

—Mi Matty no quería ir sin ti. —bufó Francis, buscando apartar a Gilbert con una mano.

Buuu~ todos tienen pareja menos yo. —se quejó el albino.

—Porque eres una patata mierdosa. —rechistó Lovino.

— ¡Tú tampoco tienes! —señaló, lanzándole una almohada, aunque después pareció arrepentirse de sus propias palabras.

—Lo tengo, estúpida patata. —contestó Lovino, devolviéndole un libro que le dio en la cara.

— ¿Y Kiku? —preguntó Arthur a su novio, mientras Gilbert y Lovino comenzaron a pelear.

—Dijo que los de tercero se vieron forzados a participar en la fiesta de Iván, así que están decorando. —comentó Francis ganándole la palabra a Alfred. —Vieras que lindo se veían Govert y Scott en los trajes de Santa Claus.

— ¿Los hizo disfrazarse?

—La linda de Emma les estaba tomando fotos.

— ¡Hey, tú! —señaló Alfred, pateando en el proceso a Francis y liberando a Arthur de su agarre. — ¡Al único que le tienes permitido decir lindo es a mi hermano!

—Es cierto, rana idiota, —se metió Arthur, tirándole de cabello. —intenta engañar a Matthew y verás cómo te va.

— ¡Mi cabello!

—Joven Arthur. —el canadiense se alarmó, buscando que Arthur y Francis terminaran su pelea.

—Estoy de acuerdo, barbón. —siguió Lovino, aventándole a Gilbert, tirándolos encima de la cama de Arthur. Para suerte del británico, guardo a tiempo sus cosas importantes al verlos entrar.

Matthew sonrió levemente, no es que le gustara que maltrataran a su novio, pero le alegraba tener a tantas personas que lo quisieran.

— ¡No estoy pensando en hacerle nada! ¡Déjenme en paz! —chilló Francis, poniéndose detrás de su amigo.

—.—.—.—.—

El paso de la fiesta de Navidad no fue tan sorprendente, de hecho se asemejo bastante a la fiesta de bienvenida a principios de año. Excepto por los gritos abiertos de Alfred al ver todos los Santas adornando, con Arthur por supuesto siguiéndolo para que no destruyera nada.

Lovino miró el vaso de ponche que tenía en la mano, agitándolo, viendo las ondas formarse en el interior. Las luces se veían muy bonitas, la música era buena y todos estaban rodeándolo, jugando con él o platicando, incluso Gilbert que se turnaba entre molestar al señorito y a él. Quién sabe cuándo lo había perdonado, o si lo hacía por petición de Antonio pero aunque jamás lo admitiría en voz alta, le agradaba que le siguiera hablando.

Govert se puso a su lado, luego de que Emma terminará liberándolo de la sesión de fotos, dejándole todo el paquete a Scott quién lo mataba con la mirada desde la distancia.

—Mañana es el último día que estaremos juntos. —murmuró Govert, comiendo algunas galletas en su traje de Santa.

—Sí… lamento que no me acompañes a Italia.

—Emma quiere que pasemos las vacaciones con mi padre, lo extraña bastante. —comentó él, escondiendo una sonrisa en el vaso que se llevó a la boca. —Después de todo lo que paso este año, creo que es bastante justo.

—Ese día en el árbol…—Lovino carraspeó, volteando a otro lado para ocultar su sonroso.

— ¿De verdad pensaste que estaba hablando con un pájaro? —preguntó Govert, riendo.

— ¡Estabas hablando con uno! —chilló él, avergonzado. — ¡Mierda, cállate!

—No fue mala idea hablarte. —sonrió el rubio. —Aunque me hiciste gastar para nada.

—Idiota.

—Tú padre. —Lovino no ocultó la risa de aquello y Govert se contagió de ello.

Definitivamente ambos conocieron a una persona grandiosa ese día bajó la sombra de un árbol.

Emma llegó poco después, arrastrando a Scott, que vestía igualmente de Santa.

— ¿Qué estás mirando, mocoso? —preguntó el británico, agriando su expresión.

—Lucías muy feliz cuando Bel te estaba tomando las fotos por allá. —contestó Lovino, burlándose.

—Por cierto, Lovi, toma. —sonrió la chica, extendiéndole un regalo de navidad. —Espero que te guste.

—Yo no te traje nada. —murmuró Lovino, frunciendo la boca, Emma le restó importancia con la mano. Scott se cruzó de brazos, mirando de reojo el regalo. El italiano rompió con cuidado el papel, mostrando una de las fotos enmarcadas que se tomaron antes de las primeras vacaciones, con una de las sonrisas de Antonio resplandeciendo sobre todo lo demás. —Gracias, Bel.

—Todos te queremos aquí, Lovi. —dijo ella, revolviéndole los cabellos. —No volverás a estar solo, ¿lo entiendes?

Ojalá lo hubiese comprendido desde el principio.

—Sí, Bel, ahora lo hago.

La corrida de Alfred vestido de Santa los distrajo de la plática. Pese a eso, Lovino siguió mirando la foto, aquello seguía dándole fuerzas para soportar todo lo que se venía.

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Arthur se levantó por las ocho de la mañana, bostezo ligeramente antes de volver la mirada a la cama de al lado, Lovino seguía igual de dormido que siempre, con las cobijas cubriéndolo de pies a cabeza por el frío que estaba haciendo por las noches. La mañana estaba helada también. El vuelo salía a las doce del día por lo que todavía sobraba tiempo, ya que solo llevaban maletas de mano.

—Lovino, ¿no vas a despertarte? —espetó, lanzándole la almohada. — ¿A qué hora sale tu vuelo?

—Te vale mierda, imbécil. —gruñó, tapándose la cara con la misma. —A la una cuarenta.

—Entonces me iré primero.

—Humm. —Lovino se dio la vuelta, dándole la espalda, queriendo dormir todavía.

—No vas a despedirte de Govert su vuelo sale…

—Bien, bien, cejotas, ¿qué quieres? —el italiano se sentó de golpe en la cama, quitándose las cobijas hasta la cintura, volteándolo a ver. Arthur sonrió por dentro.

—Solo quería darte esto. —dijo aventándole algo que sacó rápidamente del cajón. La última cosa que tenía. —El siguiente año no compartiremos habitación así que es mi regalo de despedida. Fue un asco ser tu compañero, me compadezco del pobre al que le toque.

Lovino tomó la figurita lanzada, que había quedado en sus cobijas, era un llavero de gato; como el que le había dado a Arthur, a diferencia que este era un gato café bastante ceñudo y el inglés le había puesto un alambre pegado a su cabeza, simulando su rulo.

—Imbécil copión. —protestó, enfurruñado. Arthur soltó una carcajada al ver el parecido entre ambos.

—Sea lo que sea, puedes llamarme. —comentó Arthur, atrayendo la atención de Lovino. —Así sean las dos de la mañana, voy a estar ahí para ti. ¿De acuerdo? Ya no tienes que estar solo.

—Lo sé.

Arthur se puso de pie, dispuesto a darse una ducha, antes de entrar al baño Lovino volvió a hablarle.

—Gracias, Arthur. —comentó, sonrojado. —Nunca creí que podría contar contigo, me alegra haber sido tu compañero de habitación.

—Tu también lo hiciste conmigo, ¿lo olvidas? ¿Cómo no podría estar ahí para ti? —sonrió. —Además sabía desde el primer momento en que te vi en la habitación que te colgarías de mí. —bromeó.

— ¿Así? ¡Pues yo sabía que eras un tarado desde el principio!

— ¡Y yo sabía que eras un mocoso horroroso!

— ¡Pues yo sabía que te iba a encantar tenerme como compañero de habitación!

Sin querer habían vuelto a su rutina usual, la cual en cierta forma se extrañaba, hacía bastante que no discutían por cosas tan triviales como esas. Lejos de estar enojados, cuando Arthur se metió al baño, esquivando en el proceso una almohada, ambos pusieron una sonrisa en su rostro.

Ya cuando acabaron de alistarse, ambos se miraron con cierta nostalgia, no es como si no se fueran a ver pero sería algo extraño al principio compartir con otro. Ambos se habían complementado bastante bien. La habitación 404, era especial.

—Extrañaré el árbol donde lanzaste mi celular, si no fuera por eso quizás no habría conocido a Govert. —comentó Lovino, alzando el asa de su maleta. —Y a Emma tampoco.

—Estoy seguro que el siguiente año será igual de bueno que este, Lovino. —suspiró Arthur. —Aunque Antonio no esté da por hecho que en donde quiera que se encuentre, está pensando cada noche y cada día en ti.

—Eso hasta que me olvide. —masculló.

—Sería algo imposible. —Arthur se acercó a él, dándole un profundo abrazo. —Eres muy difícil de olvidar. Créeme, lo he intentado.

Lovino se aferró a él, correspondiendo el abrazo, ahora que no tenía a Antonio a su lado estos eran mucho más valorados. Sentir que alguien estaba orgulloso de él, sobre todo se sentía maravilloso cuando esa persona era una a la que le había tomado tanto aprecio.

—Volverás a encontrarte con él, entonces ambos podrán ser felices hasta el final, sin que nadie o nada se interponga entre ambos. ¿De acuerdo? —se separó de él, poniendo sus ojos verdes sobre los suyos. —No hay manera de que Antonio pueda olvidarte, así que tú no lo olvides.

—Jamás lo haría. —sonrió.

—Entonces, Lovino—Arthur volvió a su maleta, arrastrándola, Lovino lo siguió hasta que ambos estuvieron afuera y la puerta se cerró. —hasta el siguiente año.

—Hasta el siguiente año. —respondió el italiano.

—Devolveré la llave a los profesores, puedes adelantarte. —dijo Arthur, caminando, Lovino no tardó en imitarlo, siguiéndolo.

—También fue mi habitación, te acompañaré.

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Una vez que se subieron al avión, Francis sentado al lado de Matthew y Arthur junto a Alfred, se relajaron por completo. Arthur tenía tomada la mano de su novio entre la suya, Alfred tenía los audífonos puestos pues el británico estaba leyendo un libro, así que se quedó dormido a poco de la media hora.

Arthur lo miraba de vez en cuando, con una expresión dulce, de verdad todo de ese chico le encantaba. Lo supo desde el primero momento que lo vio, mientras era acorralado por ser el origen del mal, esos ojos lo cautivarían por completo si seguía perdiéndose en ellos. Y dicho y hecho, ahora no podía ni quería librarse de ellos.

Amaba a Alfred con cada parte de su ser y así deseaba que fuera toda su vida.

¡Arthur Kirkland, ríndete ante el increíble poder del héroe!

—Me rindo, héroe. —murmuró, depositando un pequeño beso en sus labios.

Al despertar Alfred notó que la mayoría de los pasajeros estaban dormidos, incluido su hermano y Francis. Excepto Arthur que seguía inmerso en su lectura, sin percatarse de que lo estaba observando. Se veía tan perfecto ante sus ojos, con esa expresión seria, buscando analizar lo que leía, los ojos verdes le brillaban ante cualquier emoción que le provocara el libro.

Cuando vio la sonrisa que puso en alguna parte de su lectura, Alfred entonces pudo recordar el deseo en la fuente. "Que Arthur Kirkland pueda ser feliz." Era todo lo que quería, y aunque al principio no pidió que fuera con él, ahora haría que así fuera.

La fuente de verdad era mágica, no sólo le dio felicidad a Arthur sino también a él. Se aseguraría de aprovecharlo cada día de su vida.

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Lovino se sentó al lado de su hermano que estaba sorbiéndose la nariz luego de haberse despedido de Kiku, aunque el japonés le aseguró una y mil veces que intentaría llamarlo varias veces a la semana. Ludwig sorprendió al italiano cuando le dio un abrazo al japonés, quién sonrió gustoso.

Aunque lo que le dejó por completo atónito a Lovino, fue que Gilbert le deseó buena suerte antes de marcharse con Ludwig.

"Dile a ese bastardo que nadie que se meta con mis amigos sale ileso."

Y aunque Lovino sintió que el noventa y nueve por ciento de la frase iba dedicada a Antonio, el uno por ciento restante sintió que iba dirigido a él. No es que le alegrara saber que le importaba a la patata bastarda, bueno un poco quizás, pero muy poco. Casi nada.

Se quedó dormido junto a su hermano la mayoría del trayecto, sin pensar nada más que su abuelo los aguardaba con una sonrisa en el aeropuerto. Llegaron de noche a Italia, siendo recibidos por más que una sonrisa, sino con un montón de besos y abrazos, más la excentricidad de Máximo al decirles que los llevaría a cenar a un lugar maravilloso con muchas muchachas lindas.

Al recibir el aire frío en el rostro, ver las luces que anunciaban la Navidad cercana, Lovino miró al cielo, pensando en Antonio.

Quería ir a buscarlo hasta el final del mundo en ese mismo momento. Quería estar a su lado, besarlo, tocarlo, decirle cuanto lo amaba. Pero la realidad era bastante cruel de aceptar y quizás nunca lo haría, saber que quizás jamás lo volvería a ver de nuevo le quemaba cada parte dentro de sí.

Nunca se lo había dicho, el deseo pedido en la fuente, Antonio jamás le dijo que pidió. Ni Lovino tampoco, pues el deseo no se había cumplido.

Deseó poder ver una lluvia de estrellas con él, volver a los tiempos de antes. Ahora se daba cuenta que el tiempo no volvería a los días de su niñez, ya no veía a Antonio como la persona que iba siempre delante de él, tomando su mano para que no se detuviera; en esos momentos era completamente consiente de que lo amaba con todo su corazón y que, aunque él siempre se miró detrás de los demás, Antonio siempre lo vio a su lado, como un igual.

—Lovi, es hora de irnos, tengo hambre. —comentó Feliciano, sobándose el estómago.

La noche traía consigo recuerdos distantes que nunca sucumbirían en la oscuridad de su memoria, siempre los mantendría presentes, dándose fuerzas para seguir avanzando.

Por Antonio, por su hermano, pero sobre todo por él: Lovino Vargas.

Definitivamente si la vida le daba otra oportunidad, haría que se quedará. Sólo que por ahora, era momento de cambiar de hoja.

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Arthur miró la puerta de su habitación con los ojos en blanco, debían estar bromeando. Aunque a decir verdad ya no sentía la mismas ganas de salir corriendo de ahí como la primera vez, hace un año exactamente, y muy a diferencia de esa, no había nadie esperándolo para darle una advertencia de que pasaría si pasaba algo con la persona de allá adentro. Era lo único que lo ponía melancólico a decir verdad.

— ¿Qué mierda, imbécil? Mueve tu puto culo que desde hace cinco minutos estoy detrás de ti. —bufó Lovino, pegándole una patada.

— ¡Me dolió, tarado! —gritó Arthur, buscando devolvérsela.

— ¡Pues no era para sobarte, cejotas idiota! —respondió el italiano. — ¡Mira el tamaño de esas cejas, parece que tienes una puta granja ahí!

— ¡Lo dice quién tiene un maldito rulo que le saca un ojo a alguien!

Definitivamente Lovino no había cambiado en absoluto en esas cortas vacaciones, de todas maneras Arthur no esperaba que lo hiciera. Lo que sí no esperaba en absoluto es que le hubiese tocado la misma habitación que el año pasado.

—Pensé que hacen buena pareja juntos. —apareció de repente Iván, sacándole un grito horroroso a Lovino, que se trasladó de inmediato detrás de Arthur. —Así que pedí que los dejarán así.

— ¿Qué?

—Ah, por supuesto, esto no tiene nada que ver con que Alfred me haya encerrado en mi habitación antes de marcharse. —sonrió Iván de manera tétrica. —Ni tampoco que comparta habitación con él.

Ambos compañero de habitación se tensaron en su lugar, uno compadeciendo a su novio y el otro recuperándose del susto metido.

— ¡Arthur, no te preocupes, él héroe derrotará al malvado villano! —gritó desde lejos Alfred, muy al final del pasillo.

— ¿Qué demonios le hiciste? —preguntó Arthur poniendo los ojos en blanco.

—Le tiré los comics por la ventana. —contestó en su usual tono dulzón.

—Eso me trae varios recuerdos. —murmuró el inglés. —Como sea, asegúrense de no matarse mientras duermen.

Ambos chicos se metieron a la habitación, ignorando lo demás.

—Estamos de nuevo aquí. —susiró Arthur, dejando la maleta en la cama. —Ahora sí puedo desempacar a gusto. Pásame lo tuyo para que pueda ordenarlo.

Lovino lo obedeció sin rechistar mucho, de todas maneras el inglés terminaba haciéndolo por voluntad propia.

Un nuevo año había comenzado, pero eso ya era otra historia.


Tengo una pregunta para ustedes, como pudieron notar este es el "final" por así decirlo, aunque no de las parejas. Mi pregunta es, ¿quieren que los dos capítulos que siguen sigan con el mismo formato presentado hasta ahora? Es decir, una parte Lovino, otra parte Arthur.

O quieren que un capítulo completo sea de Arthur y otro de Lovino. Donde obviamente en el primer final se contaría con algunos spoilers de la otra pareja. Si quieren este tengo otra preguntita, ¿cuál desean que cuente primero? ¿El final del spamano o el del Usuk?

Me haría muy feliz si pudieran participar y no decirme "el que tú quieras" ; u; estoy teniendo conflictos con esto, help me plz.

Agradezco sus preciosos reviews a: Alex Makenshi y Loveless1039. ¡Muchas gracias por comentar!

Con cariño,

MimiDiethel.