Circulo: Vicio Tsun.

Nota: En la primera parte del capítulo hay una brecha temporal entre Arthur y Lovino, siendo que en la parte de Arthur han pasado seis años desde Gakuen y en la de Lovino siete. Al momento de poner entre las separaciones Error 404 sabrán que las líneas temporales son las mismas. Donde la secuencia temporal obviamente sería la de Lovino.


Tú + Yo= Error 404.

41. No hay rosas sin espinas. [Extra1]

Arthur dejó su maleta en el suelo, comenzando a arrastrarla en dirección a la casa de enfrente, pasando por el sendero de concreto que se extendía hasta la puerta de la entrada, rodeado por un jardín bien cuidado donde sobresalían pequeñas flores o arbustos podados. Tocó dos veces la puerta de madera, pese a que traía llaves, esperando a que alguien le abriera, como supuso nadie lo hizo así que optó por hacer lo más lógico. Al entrar notó que la casa estaba bastante bien cuidada, en la mesa había una nota de la empleada domestica diciendo que había comida en el refrigerador. No pudo evitar sentirse decepcionado por tan sosa recepción. Es decir, no esperaba una fiesta o que le prepararan los banquetes más exquisitos, después de todo solo era Arthur, no obstante al menos hubiese deseado que alguien amablemente lo recibiera y le indicara donde estaba su habitación después de un viaje de casi doce horas.

—Supongo que no va a cambiar mucho tampoco. —se murmuró, sentándose en una de las sillas, recargándose en la mesa con su codo.

Su primer año estando separados Alfred y él lo supieron llevar bastante bien, se mensajeaban, llamaban o hacían videollamadas. El segundo pasó relativamente igual, con Alfred haciéndole turismo por Instagram de la Academia Militar en Texas, aunque estas fueron reduciéndose al pasar los meses. En el tercer y cuarto año las cosas se volvieron tensas entre ambos, ya que ninguno tenía tiempo para el otro, Arthur concentrado en su titulación, Alfred preso del riguroso sistema en la Academia. Incluso las vacaciones pasaron a ser un privilegio. Un vez que Arthur logró graduarse de la Universidad, comenzó a estar ocupado con los negocios de su familia e igualmente Alfred topó con pared cuando le tocó un profesor que incluso los mantuvo ocupados en los fines de semana.

Arthur intentó tomar un respiro del trabajo así que viajo directo a Estados Unidos, intentando pasar un tiempo con Alfred, casi tenían un año sin verse a pesar de las llamadas que hacían, videollamadas que se convertían en ver a Alfred dormir debido al agotamiento. Una vez que estuvo ahí se dio cuenta que era lo mismo, Alfred no tenía tiempo para él y verlo ahí lo presionaba de más por lo que Arthur tuvo que regresar a Inglaterra.

Por suerte, Alfred se acababa de graduar de la Academia de Pilotos Aviadores, muy a su desgracia Arthur no pudo ir a tiempo para verlo recibirse, tenía mucho trabajo acumulado que intentó acabar lo más pronto posible. Tanto Alfred como él se estaban aferrando con uñas y dientes a su amor, esperando que lo peor ya hubiese pasado.

El inglés no pudo evitar emocionarse, plantando una sonrisa en su rostro y relajándose. Aún no se lo comentaba a Alfred, pero sería grandioso que ambos pudieran vivir juntos después de todo eso. Arthur podría buscar un trabajo medianamente aceptable en Dallas o Houston.

Con los ánimos renovados ante ese pensamiento decidió explorar la casa, comenzando por el segundo piso donde estaban las habitaciones. No estaba seguro si dormiría con Alfred o en la habitación de huéspedes por el momento, dado que Alfred seguía viviendo con su padre y hermano. Se sentía como un ladrón explorando que robar. Dado a las experiencias pasadas donde durmió en la casa del americano se dirigió a la habitación de huéspedes, Arthur siempre insistía en quedarse ahí para no poner incomodo a Matthew o a su suegro.

Al momento en que tocó cama, todo el cansancio del vuelo y el transito de la ciudad, lo dejaron profundamente dormido.

Despertó cuando escuchó que algo se rompía contra el piso, más unos gritos alarmados en la planta baja. Arthur se talló el ojo, sorprendiéndose un poco de escuchar a Matthew gritando sobre la comida del horno o algo así.

— ¡Vas a despertarlo! —chilló Alfred a su vez, al igual que su padre. —Shhhh.

Al incorporarse en la cama Arthur notó con cierto asombro que ya no estaba en la habitación de huéspedes, sino en la de Alfred. Podría reconocer ese poster de Superman vs Batman en cualquier parte, pese a todas las quejas del americano, este fue a la firma de autógrafos. Miró más abajo, en la mesa larga que tenía Alfred pegada a la pared azul, algo desgastada por el paso de los años, habían cinco fotos de ellos pegadas en esta; desde Gakuen hasta el año anterior donde lo vio un solo día.

Se levantó bostezando, debía cambiarse para bajar, seguro que estaban preparando la cena. Su celular vibró, mostrando un mensaje de Lovino donde le pedía revisar los documentos en su correo, Arthur infló un poco las mejillas, no quería trabajar ese día, simplemente quería estar con Alfred.

Una vez que bajó, con la pijama puesta ya que pasaban más de las siete, notó que su novio estaba pegando brinquitos al borde de la escalera, emocionado de verlo. Arthur no pudo ocultar una sonrisa tímida, Alfred aún mantenía una actitud infantil con él, como si apenas acabaran de enamorarse. En aspectos físicos había madurado un poco más, gracias al entrenamiento de la Academia se notaba más formado, con hombros anchos y músculos en los brazos y piernas. Su yo adolescente casi había quedado en el olvido.

Cuando Alfred lo notó, no tardó en subir de dos en dos las escaleras, hundiéndolo en un abrazo eufórico.

— ¡Arthur, te extrañe mucho, mucho! —exclamó propinándole un montón de besos cortos en sus labios. El británico se sonroso, apartando la mirada. —Me sentí tan mal cuando no pude ir por ti al aeropuerto, y Matthew estaba trabajando al igual que mi padre y…

—Lo entiendo, lo entiendo. —palmeó su espalda, buscando consolarlo. —Yo también te extrañe. —murmuró en su oído, correspondiendo el abrazo.

La piel de Alfred se erizó, estremeciéndolo.

—Hueles bien, ¿tomaste un baño? —preguntó, separándose para evitar arrastrar a Arthur a la habitación.

—Sí, pensé que debería estar presentable, aunque me puse la pijama. —sonrió bajando junto a su novio. —Escuché a Matthew gritar, ¿todo bien?

—Se me cayó la lasaña que prepararon, así que pedimos una pizza. —murmuró decaído. Ahora que veía bien su rostro Alfred tenía ojeras, ¿estaba tan cansado? —Y Matthew fue por una soda al minisúper.

— ¿Y tu padre?

—Esta tomando un baño. —se encogió de hombros, volviendo a abrazarlo cuando estuvieron en la sala de estar. —De verdad te extrañe, no había día ni noche que no pensara en ti.

Arthur se giró a él, correspondiendo el abrazo, dándole un beso que ambos se encargaron de intensificar. El inglés notó con cierta sorpresa que Alfred reafirmó su agarre en sus caderas, evitando que se separara de él durante mucho tiempo. Una sonrisa americana apareció en su rostro, quitándole los mechones de cabello que caían con gracia en la frente del rubio, se seguía viendo igual de lindo sonrojado, incluso ahora que era un adulto más refunfuñón.

La puerta de la entrada se abrió, interrumpiendo su momento.

—Arthur, es un gusto verte. —Matthew casi corrió a él, dándole un fuerte abrazo, llevaba enredada en su cuello una de las finas bufandas que Francis le había dado.

—Lo mismo puedo decir, ¿qué tal va todo?

Alfred puso unos platos sin borrar la mueca de felicidad de su rostro, estaba emocionado por tener a su novio de nuevo a su lado. Esta vez se encargaría de reponer todos esos años perdidos.

Después de todo tenían toda una vida para amarse.

—.—.—.—.—

Lovino se dejó caer en su asiento, recargando la cabeza en el respaldo de la silla, le dolía horrible. Sentía que ya no podía teclear más en el informe de su computadora, lo peor de todo es que apenas llevaba la mitad de este, su madre lo necesitaba en dos días y lo poco que llevaba le tomó una semana, ¿cómo demonios le diría a Bianca que le diera prorroga? Seguro en la cena familiar que tenían cada mes ella le seguiría reprendiendo hasta cuando fuera al baño.

—Lovi, necesito que firmes esto. —Feliciano se metió a la oficina, sin tocar, Lovino gruñó. —Lo siento, fratello, es que es importante. Ludy dijo que estos papeles ya debieron haber sido entregados al correo, por lo que tengo que correr. —bufó, entregándole los papeles y sentándose en la silla de enfrente, recostando la mitad de su cuerpo en el escritorio. — ¿Cuándo podremos tener vacaciones, ve~?

—Dile eso a nuestra madre. —bufó él, colocándose los lentes para leer lo que iba a firmar. Feliciano con cuidado sacó su teléfono, tomándole una foto. — ¿Qué demonios haces?

—Te ves muy guapo con los lentes. —sonrió, bobo como siempre. —A lo mejor si te creo un perfil en Tinder consigas una novia super guapa.

—Sí, vete a la mierda, Feliculo. —rezongó él.

—Escuché que la asistente de Govert te invitó a salir. —comentó Feliciano, poniendo una sonrisa pícara. — ¿Irás?

—Tengo el trasero pegado a la banca, idiota. No tengo tiempo de salir, además le prometí a Bel que iríamos a ver una película en cuanto tuviera tiempo, esta muy aburrida. —dijo subiéndose los lentes, pasando de página.

— ¿Eh? ¿Y no te paso nada?

Lovino le dirigió una mirada confundida, luego captó el porqué. —Sí… Scott no lo sabe. La última vez que lo supo, me miró feo por todo el mes, creí que explotaría en cualquiera de ellas.

— ¿A Emma le gusta Scott?

—Y yo que voy a saber. —bufó, siguiendo su lectura. —Si tienes curia pregúntale a ella.

—Si no saliera con Ludy estoy seguro de que habría invitado a salir a Emma. —volvió a sonreír, pese a la mirada matadora que le dirigió su hermano.

—Aquí esta.

—Que rápido, ve~

—Todo sea para no ver tu horrible rostro. —gruñó Lovino, volviendo a su posición inicial, sin quitarse los lentes cerró los ojos.

—Buu. Lovi, tenemos el mismo. —se escuchó otro click de la cámara, y Lovino, en su misma pose, le lanzó una libreta en la cara a Feliciano. — ¡Esta bien, me voy, me voy! —lloró, corriendo afuera.

Antes de que pudiera relajarse, su teléfono personal sonó, con una maldita melodía que ya lo tenía hasta los cojones. Sonaba casi cada puto día, Lovino refunfuñó dispuesto a no contestarle, pero al terminar la llamada sonaron un montón de notificaciones de mensajes, cuando se ponía así era mejor no ignorarlo o sería mucho peor. Capaz terminaba viniendo hasta su trabajo.

— ¿Qué carajos quieres? —preguntó Lovino, enojado.

Ehh… esa no es la forma de hablarle a tu nuevo socio.

—Vete a la mierda.

Deberíamos salir a comer, es muy aburrido estar en Italia sin nadie. Emma es buena compañía pero cada que salgo con ella Scott y Govert me quieren matar.

—Yo también, imbécil.

¿Qué dices, nos vemos para comer?

—Tengo que terminar un trabajo. —un suspiró de Sadiq se escuchó de otro lado, insatisfecho. —Supongo que una cena no me caería mal, pero no en un restaurante lujoso, tengo un ánimo de mierda no quiero tener que cuidar mis modales.

Trato, pasaré por ti a las ocho.

Lovino miró la computadora de nueva cuenta, no estaba seguro de poder avanzar mucho de aquí a las ocho pero deseaba despejar su mente un rato y salir con Sadiq siempre terminaba siendo agradable. La pantalla de la computadora se suspendió, dejando el color negro, donde Lovino se puso ver reflejado. Sus facciones de niño se había ido, dejando a un hombre apuesto, refinado y galante; odiaba admitirlo pero se parecía demasiado a Blas. Una sonrisa se hizo presente en él al pensar en su padre, tanto así que puso de nuevo en marcha el informe para su madre.

Blas Vargas. Faltaba poco para arruinarlo por completo. Siete años habían sido suficientes para poner a ese maldito bastardo en su lugar y ahora al fin estaba a punto de conseguirlo. Los contactos a los que podía recurrir su padre se iban esfumando uno a uno, desapareciendo u optando por aliarse con Lovino, así que cuando lograron quitarle la primera empresa a su padre, la cual paso a posesión definitiva de Yao Wang, una gran esperanza apareció en Lovino siendo que al fin pudo ver lo que Feliciano, Arthur y todos le decían; su maldito padre no era invencible.

Ahora con sus veintitrés años intentaba aprender todo lo posible de su madre y su abuelo, quién ya estaba retirado de los negocios por su salud, todo por supuesto quedó en posesión de Lovino. Feliciano ayudaba de vez en cuando gracias a Ludwig pues seguía apasionándose por las artes, tanto que algunos de sus cuadros ya hasta eran exhibidos en museos. A su desgracia, realmente no pero jamás lo admitiría, uno de sus pilares más fuertes era el macho patatas. Por supuesto en su equipo de trabajo no pudieron faltar Govert, Sadiq y Scott.

Las acciones de esa empresa estaban bastante bien divididas, Lovino siendo el dueño tenía una gran parte, sin embargo, su madre, Yao, junto a Sadiq y otro inversionista llamado Heracles conformaban lo demás. Arthur a pesar de que lo apoyaba incondicionalmente desde lejos, se abstuvo de participar en el proyecto pues las empresas Kirkland necesitaban de toda su atención dado a que era el único que podía heredarlas.

Todo estaba acabando relativamente bien.

Antes de que los pensamientos negativos comenzaran a llegarle uno tras otro, decidió concentrarse de nueva cuenta en su trabajo, olvidándose de todo lo demás.

—Lovino, es hora de ir a casa. —Govert se asomó a su oficina, alzando una ceja. El italiano sacó la cabeza del computador, tallándose los ojos.

— ¡Llevo dos horas esperando allá afuera, voy a pasar ahora! —el estruendo de Sadiq incluso sorprendió a Govert, que ya estaba adentro. — ¡Te dije a las ocho, crío, a las ocho!

— ¿Qué hora es?

—Las diez.

—Se me olvido. —contestó simplón Lovino, guardando el archivo y respaldándolo en dos USB. Sadiq abrió la boca ofendido, mirando a Govert quién lo miró feo.

—Ya te dije que Emma quería salir un rato por eso fuimos a las góndolas. Además, ¡ella tiene derecho a salir con quién guste! —reprochó Sadiq.

—Discutan cuando yo no este presente, imbéciles. —gruñó Lovino tomándose una pastilla para el dolor de cabeza. —Me esta jodiendo demasiado la cabeza para estarlos soportando.

— ¿Tú no trabajas o qué? —murmuró Govert, caminando detrás del italiano junto al turco. Sadiq le sacó el dedo de en medio. —Siempre te veo con Lovino o con mi hermana.

—Estoy de vacaciones. —sonrió el turco, poniendo pose triunfal. —Y quizás las prolongue.

—Dios, no. —bufó Lovino.

Los tres se dirigieron a un restaurante chino de por ahí cerca, no es que fuera la comida favorita de Lovino pero era el único lugar que no cerraba hasta casi las doce de la noche. Sadiq reprochó bastantes veces a Govert de haberse colgado de ellos.

El italiano pasó su mirada de uno a otro, mientras Govert le metía un montón de alas de pollo empanizadas al moreno, quién intentaba sacarlas. No es que no supiera las intenciones de Sadiq, ni que ese y quizás las prolongue referente a sus vacaciones se dirigían a él. Su fase de estupidez adolescente donde no se daba cuenta de las cosas había desaparecido, quizás perfeccionado gracias a que se fijaba en cada detalle de sus inversionistas, leer al turco no era difícil; Lovino sabía que gustaba de él, y en cualquier oportunidad que tuvieran a solas terminaría diciéndoselo.

A su desgracia Sadiq era uno de los amigos que no quería perder. Incluso por bastante tiempo se dijo que solo eran especulaciones suyas, dado a que el turco tenía muchas citas con chicas lindas, incluso hubo un tiempo donde intentó salir con Emma. Ni tenía la remota idea de que le gustaran los hombres. Govert por supuesto no tardó en darse cuenta, y casi como un hermano mayor, buscaba protegerlo también. No es que Sadiq fuera mala persona, todo lo contrario, lo único malo del moreno es que no se tomaba ninguna relación enserio. Y Lovino era igual.

Aunque eso a su vez le traía pensamientos sobre volver a buscar otra relación más allá de los encuentros nocturnos o cortejos en las calles.

Se despidieron de Sadiq a regañadientes de él, pues Govert y Lovino vivían en una distinta dirección. Al terminar la universidad Lovino decidió por cuenta propia salirse de la mansión de su abuelo para ir a vivir en un departamento para hacerse algo más independiente, Feliciano vivía con Máximo y Ludwig, mientras que Bianca iba de un lugar a otro por todo el trabajo que tenía y cuando los iba a visitar a Italia se quedaba en algún hotel lujoso pese a las quejas de Máximo. Lovino era consciente de que a su madre le incomodaba pasar tiempo con su antiguo suegro, le hacía pensar en Blas.

Govert vivía en dos pisos más abajo así que se despidieron con la mano hasta el día siguiente, aunque el holandés le preguntó antes de bajar si no quería cenar con ellos, pues Emma se encontraba de visita. El italiano negó con la cabeza, subiendo a su propio hogar; sitio que estuviera echo un asco si no fuera por la empleada domestica que iba por las mañanas-tardes.

Se sentó en el amplió sillón dejando su portafolio en la mesa, prendió el televisor acomodándose lo mejor que pudo y se quedó dormido en esa posición, dejando su mente descansar sin preocuparse por cambiarse o por adelantar un poco más de trabajo. Al despertar tuvo la sensación de haber soñado con Antonio de nuevo, solo que como siempre nunca podía recordar de que trataban o como lucía él en ellos.

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Alfred puso las manos de Arthur a los lados de su cabeza, hace un rato que se había quitado los lentes luego de haberlos tirado encima de la nariz contraria. Ambos tenías los labios rojos de tanto besarse, Arthur un poco más hinchados al recibir las mordidas que su novio había aprendido hacer. Los ojos color cielo de Alfred estaban ligeramente nublados, llevaba las mejillas sonrojadas al igual que las orejas, se veía demasiado impactante para Arthur, tanto que su cuerpo dio un ligero temblor.

—E-Estás pesado. —balbuceó, rehuyéndola la mirada. Reprendiéndose continuamente en su cabeza, por todas las estrellas del universo, ¿por qué siendo el mayor se encontraba tan nervioso? Su corazón bombeaba frenético. —Muévete, despertaremos a los demás.

—No voy a hacerlo. —contestó Alfred. Su voz palpitó en los oídos del otro, grave y segura, casi seductora. Joder, los nervios lo traicionaban.

— ¿Por qué te pones tan ansioso? —murmuró, cohibiéndose.

El americano le dio una respuesta silenciosa, volviendo a besarlo, soltando una de sus manos para tomarle la barbilla y girarlo. Lo mandó a callar al hacer posesión de sus labios. Con la otra mano, acarició el cuello de Arthur, sin despegar los ojos de él, sólo que este los mantenía cerrados con fuerza, sin saber qué hacer, si corresponderlo o detenerlo.

—A… Alfred… espera… alguien…

Lo calló de nuevo, esta vez las manos de Alfred se dirigieron a su cadera, alzándola ligeramente para pegar amabas pelvis con la otra. Arthur soltó un gemidito, cubriéndose rápidamente la boca con las manos. Alfred sonrió, estremeciendo su corazón, maldito americano siempre conseguía lo que quería.

— ¿Entonces? —preguntó, jugando con un mechón de su cabello, haciéndolo esperar.

Arthur balbuceó, queriendo pegarle, ¿de dónde demonios había aprendido todo eso? Alfred se mordió la lengua antes de decir otra palabra que arruinara por completo el ambiente, mejor se dedico a darle pequeños besos a su pareja por la base del cuello y la clavícula. El inglés se estremeció debajo de él, apretándose más contra él. Un poco más, solo un poco más para que Arthur dejará de pensar. Con una de sus manos comenzó a tentar la piel contraria, haciendo un roce casi nulo, solo las yemas de sus dedos simulaban tocar.

Las luces ya estaban apagadas, solo la luz lunar lograba infiltrarse por algunas rendijas de la cortina, dando en escasos puntos que Alfred encontró excitantes. Besó de nuevo a Arthur, tranquilo y pausado, con las manos encargándose de desabrochar la pijama que llevaba puesta, su piel seguía siendo tan suave como recordaba. El rubio para ese tiempo ya se había rendido por completo, recogiendo las piernas, arrugando las sábanas de la cama.

Ya ni siquiera sabía porque ponía resistencia, Arthur siempre acababa sucumbiendo ante él.

Despertó por la mañana ya acostumbrado a despertarse temprano, aunque debido al cansancio de la noche anterior durmió un poco más, despertando justo a las nueve. Alfred ya no se encontraba a su lado, ni siquiera lo había escuchado marcharse. Miró su celular y leyó el mensaje que el americano le dejó, diciéndole que regresaría por la noche al igual que el día anterior, Arthur supuso que lo mismo pasaría con Matthew y el padre de ambos. Al menos tendría el consuelo de que el fin de semana lo pasarían juntos, pues eran los días que Alfred no estaba trabajando en la Academia.

Una vez que se terminó de arreglar y puso a lavar las cobijas, notó que la empleada acababa de ingresar a la casa. Cuando ayer por la noche la mencionaron Arthur pensó que era una mujer mayor, pero era todo lo contrario, era una chica de unos dieciocho años, de piel morena y coletas bajas adornadas con dos moños enormes de color rojo.

—Eh… hola. —saludó con una sonrisa.

— ¡Eeek! —chilló ella, asustada, pues no lo había visto. Aunque luego pareció recordar que le habían dicho sobre la estancia de ese chico. —Ah, eres el chico que vivirá con la familia… ¿verdad? —lo inspeccionó con la mirada, esperando cualquier reacción fuera de lo usual para llamar a la policía.

Arthur intentó no reír ante las reacciones contrarias. —Sí, soy Arthur Kirkland. ¿Y tú?

—Ah. —ella sonrió, había contestado bien el nombre. —Mi nombre es Michelle Seychelles. (*)

Hubo un momento de silencio incomodo donde ambos se miraron sin saber que decir. La chica carraspeó, mirando a varios puntos de la habitación, Arthur se rascó la cabeza y encogiéndose de hombros de marchó de ahí, subiendo las escaleras, rumbo a la habitación de Alfred de nueva cuenta, quizás lo mejor sería salir a dar una vuelta y comprar algunas cosas. Aunque primero haría lo que Lovino le pidió por la noche, no quería que el italiano le comenzara a gritar por el teléfono.

Paso alrededor de una hora cuando de repente Arthur comenzó a notar el olor a quemado. Miró por la ventana y en efecto, estaba saliendo humo por la ventana de abajo. Bajó corriendo en dirección al humo, que era en la cocina al parecer, encontró a la chica abanicando con una tabla de corte el humo para que saliera, en un plato tenía un bizcocho todo quemado.

— ¿Qué…?

— ¡Ah! ¿Por qué estás aquí? —preguntó avergonzada. Arthur alzó una ceja. —E-Es que como eres un invitado pensé que podrías comer un pastel… o algo así. —balbuceó evitando su mirada por la vergüenza. —Pero fallé… como siempre. —murmuró lo último, decepcionada de sí misma.

—Debiste seguir mal la receta, déjame ayudarte. —sonrió, remangándose la camisa hasta los codos, Michelle sonrió sorprendida de que fuera bueno en la cocina. Sin saber en que se estaba metiendo.

Alfred sonrió internamente, seguro que Arthur se emocionaba de verlo llegar. Ojalá no hubiera salido, quería ir a ver una película con él o ir a cenar o en su defecto repetir sin contenciones lo de la noche anterior. Notó las luces encendidas de su habitación y las de abajo, aun así el olor a quemado le pegó directo a la cara cuando entro a la casa. Puso los ojos en blanco, ¿por qué Arthur estaba intentando cocinar?

— ¡Te estoy diciendo que con cinco cucharadas! —gritó Arthur, revolviendo algo en un bol, salpicando fuera de este. Su rostro estaba lleno de harina y masa.

— ¡La receta dice siete, siete! —protestó Michelle, apuntando con el dedo su celular. — ¡Si le echas cinco volverá a quedar como antes!

— ¡Si le echamos siete se volverá a quemar!

— ¡Eso no tiene nada que ver!

El estadounidense se quedó parado en el arco de la cocina, observando a los dos que corrían de un lado a otro, intentando seguir todos los pasos. En mesa de la alacena estaba todo lleno de harina, mantequilla, huevos rotos y allá en el fondo, en un rincón oscuro, todos los panques que formaban una torre quemada. Incluso algunos sacaban todavía algo de humo, ¿desde qué hora habían estado cocinando?

— ¿Qué están haciendo? —preguntó al fin, cuando ambos se dejaron caer en las sillas luego de haber metido el siguiente pastel al horno.

— ¡Hiii!

— ¿Cuándo llegaste? —Arthur lo miró con una sonrisa, acelerando el corazón de Alfred. Aunque después pareció darse cuenta de su atuendo y el desastre de masa. — ¡Ah… esto!

— ¡Lo siento mucho, todo fue su idea! —acusó Michelle haciendo una palmada con sus manos, buscando perdón. — ¡No tenía idea de que cocinara tan mal!

— ¡Puedo escuchar eso! —gritó Arthur, sonrosado. — ¡Y tú tampoco sabes!

— ¡El primero que hice sola no quedó tan mal como el tuyo! —protestó la chica, a la defensiva. Arthur le apachurró las mejillas, estirándoselas. — ¡Me duele, me duele!

Alfred frunció ligeramente la boca, esa acción Arthur siempre la tenía con él. Aunque después de ver todo el desastre se le quitó, lo mejor era que Michelle limpiara todo de inmediato o su padre se lo pondría hacer a él.

—Será mejor que vayas a arreglarte, Arthur, tenía planeado salir contigo. —sonrió Alfred, atrayendo la atención de ambos. —Por cierto, Michelle, ¿no fuiste a la universidad hoy?

—Se me pasó el tiempo volando. —comentó ella, rascándose la mejilla.

—Sí, eso suele pasar mucho con Arthur. —se burló su novio. El le miró feo, provocando que desviara la mirada para no terminar con un hoyo en la cabeza. —Andando.

—Por supuesto que no, tonto. —se quejó el inglés, con las manos en la cintura. —Tengo que ayudar a limpiar este desastre también.

—Ehhh… pero incluso salí temprano para pasar el rato juntos. —bufó emberrinchado. —Seguro terminas hasta mañana.

—Quizás si nos ayudas acabemos mas rápido.

Un pequeño estallido se escuchó dentro del horno, los tres chicos se voltearon a su dirección, había masa regada por el cristal que mostraba adentro. El pastel había explotado.

My God, ¿nos iban a dar de comer eso? —preguntó Alfred, retrocediendo.

— ¡Cierra la boca! —protestaron ambos, llorando.

Una vez que los tres terminaron de limpiar y Alfred deposito todos los residuos en bolsas negras a las cuales les puso con papel de cuaderno, material radiactivo, Michelle se fue rumbo a casa alegando que debía pedir sus tareas. Arthur se quedó al fin solo con Alfred. Este lo miraba sospechosamente desde el sofá, ocultándose entre él, la tarde se iba desvaneciendo dando paso a la noche.

— ¿Y dónde querías ir?

— ¿Piensas ir con harina en las cejas? —preguntó Alfred, en un bufido. Arthur frunció la boca y al verlo voltearse una sonrisa maligna se impregnó en su rostro, tomó la masa que aun no se terminaba de secar de su cara y se la restregó en las mejillas de Alfred. — ¡Hey!

—Para que no me faltes al respeto, mocoso, aún soy más grande que tú. —reprochó Arthur con las brazos cruzados sobre su pecho.

Alfred sonrió, saltando del sofá para ir a abrazarlo pese a la suciedad. Arthur retrocedió hasta quedar entre la pared y su novio.

— ¿Qué? —cuestionó frunciendo la boca.

—Te ves lindo.

—Ya. Soy la persona más atractiva del mundo con masa en la cara. —satirizó.

—Para mí lo eres. —sonrió Alfred.

Maldita sea, ¿por qué tenía que ser tan lindo? Arthur mordió sus labios, guardando los insultos que querían salir por la vergüenza. Alfred le buscó la mirada, inclinando su rostro para que no pudiera huir de él, Arthur entonces pegó sus labios con los suyos siendo recibidos gustosos por el contrario. Sabían a harina con azúcar. Al separarse del beso ambos se miraron completamente embelesados por el otro, cada día reafirmaban que su amor duraría toda la eternidad.

—Te amo, Arthur Kirkland.

— ¿Ya no soy el Príncipe de las Sombras? —bromeó, recordando su antiguo mote.

—Ya no. Pero si te hace feliz, sigues siendo un príncipe para mí.

—.—.—.—.—

Había pasado otro mes en un abrir y cerrar de ojos, donde Lovino de nuevo comenzaba a replantearse sobre eso. Sadiq a su lado le pasó el brazo por los hombros, poniendo su rostro cerca del suyo, buscando un contacto más allá que Lovino negó al aventarlo a un lado. Ni de chiste iba a dejar que ese bastardo le terminara robando un beso, primero muerto que acostarse con otro tío. El turco infló las mejillas, sus avances no daban frutos.

— ¿Por qué no te buscas a alguien más para joderle el culo? —preguntó Lovino, alzando una ceja.

—Podría pero tu rechazo solo hace que me gustes más. —sonrió Sadiq encogiéndose de hombros. —Además tú y yo sabemos que jamás podría pasar algo más allá de sexo.

—Sí, pues si lo sabes tan bien, hijo de puta, vete a la mierda. No te voy a dejar mi culo.

—Que maldito asco. —gruñó Govert, sentado delante de ellos, junto a Scott que estaba revisando su celular sin prestarles atención.

—Oh, vamos, Govert. Aunque bueno, si te da asco siempre puedes dejarme a tu…—un tenedor paso rozando la cara del turco que se quedó tieso.

—Se me resbalo. —comentó Scott, volviendo la mirada a su teléfono.

—Ah, Scott. —Sadiq puso el brazo sobre la mesa, riendo. —Estás celoso de que la preciosa Emma acepto salir conmigo el domingo, ¿verdad?

—No estaría celoso de ti ni aunque fueras la última persona en la tierra.

—Ustedes tres son muy aburridos. —chasqueó el turco, cruzándose de brazos. —Por cierto, crío, el otro Kirkland imbécil me mandó los borradores de los contratos para que los cheques. Al parecer Kiku quiere comenzar a invertir en el proyecto también.

—Kiku es al único que le muestras respeto.

—Porque es Kiku. —sonrió Sadiq, encogiéndose de hombros.

Una vez que terminaron su estruendoso almuerzo por parte de Sadiq, Lovino volvió a su departamento, queriendo descansar. A su suerte el día siguiente no tendría que trabajar por lo que podría pasársela holgazaneando y viendo películas de Netflix.

—Lovi, por fin llegas. —comentó Emma, saludándolo, estaba en su cocina. Un buen olor llegó a Lovino, la chica estaba preparando algo. —De verdad que cuando acepte venir con mi hermano a Italia pensé que pasaría buen tiempo con él, pero me abandona en la casa.

—Bel, te dije que no debías venir a cocinar, se supone que eres la invitada. —reprochó Lovino, poniéndose de pie, ahora recordaba que apenas había tomado el desayuno.

—Y yo te dije que no tengo nada que hacer en el departamento de mi hermano. —suspiró abatida. —Aún no encuentro un buen trabajo, así que cuento con mucho tiempo.

—Puedes venir a trabajar en la empresa.

— ¿Con Scotty y Govert como mis jefes? No, gracias. —concluyó estirando la palabra. —Quiero vivir la juventud que me queda.

—Tienes veinticuatro años, Emma.

—Por eso. —y le guiñó el ojo. —Hablando de eso, ¿crees que tu madre no quiera contratarme? No sé mucho de modas, pero siempre puedo aprender.

—Mi madre es muy estricta en su ámbito, no hará una excepción porque seas mi amiga. —Lovino se encogió de hombros, sirviendo dos vasos de agua de frutas. — ¿Y no querías trabajar en un restaurante?

—Lo hice… duré una semana. —comentó ella, abatida.

— ¿Qué hizo Govert ahora?

Emma se cubrió el rostro, negando frenéticamente con la cabeza, Lovino tuvo que agarrar el sartén para que la chica no se fuera a quemar.

—Fue a comer ahí. —bufó avergonzada. — Estuvo fulminando a cada uno de mis compañeros y al gerente. Fue tan vergonzoso que decidí renunciar al terminar mi turno, incluso preguntó si alguien me ayudaba con las charolas.

—Ugh. Govert puede ser bastante… pero ¿sólo por eso renunciaste?

—Creo que no me explique bien, mi hermano fue a comer ahí y cuando él va a comer… —la chica lo incitó a que completara la oración. Unos segundos después Lovino tenía la respuesta con una sonrisa pícara en el rostro. —No te burles.

— ¿Cuantos años tienes, Bel? Pareces una niña de preparatoria toda nerviosa por ver al chico que le gusta.

— ¡No es culpa mía! —chilló ella, ruborizándose. —Cometí tantos errores ese día que de verdad si no renunciaba ellos terminarían despidiéndome.

—Entonces fue más por lo segundo que por lo primero.

—No, definitivamente fue más por lo primero. —concluyó ella, negando con la cabeza de nueva cuenta.

—Deberías pedirle a Govert que te diera tu espacio, ya no tienes diez años. —Emma jugó con la comida de su plato, frunciendo la boca. Ambos sabían que el rubio no lo hacía con mala intención, de hecho él no había hecho nada más que asegurarse que su hermana estuviera bien. Simplemente Emma se ponía nerviosa con su presencia. —Y sobre todo pedirle que no lleve a Scott con él.

— ¡Ah, Lovi, eres el peor! —bufó agitando las manos.

—Pero me sorprende bastante, no sueles actuar incomoda cuando salimos o está de visita con Govert y conmigo. ¿Por qué en el trabajo es diferente?

—Puff, Lovi no comprendes a las chicas. Ninguno de ustedes lo hace, ¡complejos de hermanos! Sabía que debía ir a ver a Liech, ella comprende lo que es tener a un hermano así.

—Hey, no me llames complejo de hermano, yo ya acepte la relación del macho patatas con mi hermano.

—Lovi, no sé si lo recuerdas, pero hace un año te pusiste como loco porque pensaste que Ludwig le iba a proponer matrimonio a Feli. —comentó ella, entrecerrando los ojos con desaprobación.

—Feliciano es muy joven para casarse todavía. —reprochó Lovino, cruzándose de brazos y volteando a otro lado, avergonzado.

—Ya, claro.

Comieron a gusto, relatando cosas que les habían ocurrido en la semana. Emma era la confidente de Lovino, le escuchaba a todas horas, incluso cocinaba para él cada que iba a Italia. El italiano no sabría que hacer ahora si los Morgens desaparecieran de su vida, tanto Govert como Emma ya significaban demasiado.

—Por cierto, Lovi, cuando fui a dejarle la comida a mi hermano te vi salir con una chica super bonita. ¿Es tu novia? —preguntó curiosa, lavando los platos con la ayuda de Lovino al cual se le resbalaban continuamente, estrellándolos.

—No. Y no sé a quién te refieras. —contestó simple. Emma suspiró, ya lo había dado por hecho.

Desde Antonio, Lovino no volvió a tener otra relación formal, no es que le pareciera mal, Lovino era todavía joven y bastante apuesto, pero Emma extrañaba ver las dulces expresiones de su amigo.

Cuando terminaron se fueron a sentar al sillón, no sin antes hacer unas palomitas para hacer un maratón nocturno de películas o series. Esa era la vida de Lovino Vargas, una más entre el montón de personas que estaban en la tierra; pasando tiempo con sus amigos, trabajando, quejándose del tráfico y añorando a alguien al cual ya no podía tener. Intentó muchas veces buscar a Antonio, por redes sociales, intentando que Gilbert o Francis le dijeran algo pero nunca funcionaba. Un año después de entrar a la Universidad de Gakuen, se enteró por medio de Roderich que Antonio estaba trabajando en España en una cafetería, sin embargo, al salir de vacaciones e ir hasta ella no encontró nada más que un local cerrado por incumplimiento en los pagos y ni una sola alma que supiera donde estaba Antonio.

Ya había perdido la cuenta de cuantas noches había soñado con él, despertando llorando.

Sus amigos por supuesto eran un enorme distractor que no lo dejaban sumergirse en la soledad o depresión, las salidas con Govert y Scott, los días de maratón con Emma e incluso las comidas familiares le relajaban bastante. Todo iba bastante bien en su vida, Blas ya no estorbaba tanto en ella, su padre poco a poco se fue apartando más y más de ellos, al punto donde ahora su empresa más importante estaba a punto de ser comprada por Wang Yao.

—Lovi. —llamó la chica, interrumpiendo sus pensamientos, él la miró con una pequeña sonrisa. — ¿Estás bien? ¿Quieres hablar?

—He hablado bastante estos siete años, Bel. —comentó, exhalando aire al final. —Hice todo lo que estuvo a mi alcancé, logré mis objetivos, todo está bien. ¿No?

—Pues no. —cortó Emma, arrugando sus finas cejas. —No eres feliz, Lovi. Y eso es lo más importante.

—Lo intento lo mejor que puedo. —murmuró, encogiéndose de hombros. —Simplemente no he encontrado con nadie esa conexión que tenía con Antonio. Sé que a estas alturas ya debí haberlo superado, ¿Cuántos años han pasado? ¿siete?

—Debes dejar de aferrarte a algo que ya no puede ser, Lovi.

—No busco aferrarme a ello. —explicó Lovino, cansado. —Jamás lo he hecho. He continuado con mi vida, he intentado amar a otras personas, he buscado la felicidad hasta por debajo de las piedras y aun así, no puedo. Él fue lo más importante en mi vida, y el simple hecho de pensar que jamás volveré a verlo me hace creer que pasaré cada día de mi vida añorándolo.

—.—.—.—.—

Alfred miró a su novio con una sonrisa en el rostro, se veía tan increíble en medio de esa conferencia donde dictaba que hacer con las problemáticas que se estaban presentando en la empresa. Con mucho cuidado, para que ni siquiera se percataran de que estaba moviendo el brazo, sintió la bolsita de su saco, una cajita abultada seguía ahí, esperando su momento para ser liberada. Estaba demasiado nervioso, era un paso bastante grande y aún estaban jóvenes, al menos eso decían sus compañeros del trabajo, diciéndole que debía experimentar más. Pero Alfred estaba seguro de que no quería a nadie más en su vida que no fuera Arthur Kirkland. Es que él… era simplemente perfecto. Arthur era el único que lo ponía a temblar con una mirada, con una sonrisa.

Desde que lo conoció y se enamoró de él, hasta ahora, donde ambos se pertenecían el uno al otro, se dio cuenta que Arthur fue la cosa más maravillosa que le pudo ocurrir en toda su vida.

Conocían casi todo del otro, y lo que no sabían lo comenzaban a descubrir poco a poco sin ninguna prisa.

—Por fin acabo. —suspiró Arthur, tallándose la frente. —Pensé que los accionistas me comerían vivo allá arriba, suerte que mi padre me dijo como enfrentarlos.

—Yo creo que fue magnifico. —comentó Alfred, dándole un beso en la frente. Arthur se sonrojo, apartándose ligeramente. —Bien hecho.

—Bueno… también… me dio ánimos que estuvieras aquí. —murmuró Arthur, rehuyéndole la cara.

— ¿Qué dijiste? —preguntó a pesar de haberlo escuchado perfectamente.

—…que me dio ánimo que …—Arthur alzó levemente la mirada, notando la enorme sonrisa que tenía Alfred en el rostro. — ¡Que el Producto Interno Bruto de la empresa haya aumentado!

— ¡QUE CRUEL! —rechisto atrayendo la atención de los demás funcionarios, Arthur lo ignoró, comenzando a avanzar. —¡Arthur Kirkland, detente ahí ahora mismo!

Pese a ya ser adultos, y con todos los empresarios mirando, Arthur se echó a correr a la primera oportunidad que tuvo, siendo perseguido por Alfred. En tiempos pasados el inglés le habría sacado una buena ventaja, sin embargo, gracias al entrenamiento militar del americano, lo alcanzó en cuestión de nada, solo que al estar los pisos demasiado pulidos, ambos se estrellaron contra el piso cuando Alfred jaló del saco a Arthur, queriendo evitar que siguiera corriendo. Ya en el suelo ambos se miraron, sobándose las partes afectadas y simplemente comenzaron a reír.

Salieron del edificio aun bromeando sobre lo acontecido, algunos de los inversionistas de Arthur también se reían con ellos, pues era casi natural que eso pasara cada que estaba con Alfred. Subieron a la camioneta del inglés, solo que Alfred decidió tomar el volante por esa ocasión pese a las quejas de Arthur de manejar más cuidadosamente.

El británico comenzó a quejarse cuando no llegaban a su destino, pues se estaba muriendo de hambre, no había desayunado ese día más que un té por el miedo de vomitar todo en la conferencia. Alfred intentó apaciguarlo diciendo que las reseñas de Google sobre ese restaurante no mentían, aunque a decir verdad estaba intentando ir a todo menos a un restaurante.

Llegaron a una zona demasiado verdosa, en Bristol, lamentablemente el viaje de Alfred en un globo se vio opacado cuando leyó en Internet que solo se hacía en ciertas festividades. Pero el lugar era tan hermoso que era perfecto, la tarde ya estaba cayendo, por lo que los tonos naranjas del cielo le daban toque encantador. Bajaron del auto, con Alfred tendiéndole una chamarra a Arthur para que no muriera de frío.

— ¿Vamos a comer pasto? —preguntó sarcástico, molestándose por el hambre que tenía.

—Shhh. —Alfred sonrió, poniendo un dedo en sus labios para luego depositarle un pequeño beso en ellos. —Ven aquí, te tengo una sorpresa.

Arthur lo siguió sin soltar su mano, ojalá fuera comida.

Siguieron por la ruta del sendero hasta desviarse un poco cerca de un árbol que proyectaba una perfecta sombra con colores naranjas traspasando sus hojas. De fondo tenían uno de los monumentos antiguos de la ciudad, dándoles la foto perfecta, lastimosamente no había ningún fotógrafo cerca.

— ¿Qué pasa, Alfred?

—Desde el día que te conocí sentí que había encontrado algo maravilloso. —comenzó juntando todas las fuerzas posibles para no echarse a correr por el nerviosismo. No. Esto era algo que anhelaba con toda su alma, tan solo pensar en la satisfacción que eso le traería era suficiente para morir con una sonrisa. —No pude saberlo a primera instancia, alguien tuvo que darme el empujón para que me diera cuenta que estaba enamorado de ti, y aunque esa persona nos quiso separar más que nadie, no ha pasado ni una sola noche donde no le agradezca por haber hecho que me diera cuenta de mis sentimientos hacia ti.

—Al…—la cara de Arthur se estaba poniendo cada vez más roja a cada palabra que daba.

—No, déjame terminar. —pidió en un jadeo. —O mi valor se irá.

Se pauso por un momento, clavando la mirada en Arthur, los ojos azules centellantes ese día se veían mucho más preciosos que de costumbre.

—Me autoproclame héroe un montón de veces, Arthur, sin embargo, el verdadero héroe aquí eres tú. —sonrió, tomando sus manos, bajando suavemente su cabeza, las beso con una ternura infinita. —Hiciste que me enamorara por completo de ti, Arthur Kirkland. Y no hay día en que pueda pensar lo contrario, amo cada parte de ti, cada centímetro perteneciente a tu cuerpo y a tu mente. Cada minuto a tu lado es como leer mil comics del Capitán América en su versión original o en tus palabras, leer mil libros de pasta dura firmados por Arthur Conan Doyle. Soy tan feliz de tenerte a mi lado, no hay nada que ame más que estar contigo.

Arthur sintió la boca seca, con las mejillas fundiéndose en un profundo y hermoso tono escarlata por las palabras de Alfred. Incluso si le daba la palabra ahora, no tenía ninguna para decir.

—Así que por favor…—soltó una de sus manos, haciendo que el corazón de Arthur se detuviera por unos segundos que le parecieron una eternidad. —has que cada día de mi vida se igual de maravilloso que hasta ahora, despertemos juntos cada mañana, quédate a mi lado todas las noches de nuestra vida y cuando la muerte reclame nuestro nombre, vayamos juntos a ella. —y enseñó el anillo que contenía la caja negra. — ¿Te quieres casar conmigo, Príncipe de las Sombras?

A decir verdad Alfred estaba esperando que Arthur llorara, se había imaginado toda una perfecta escena donde él lo terminaba consolando, abrazándolo contra sí y besándolo un montón de veces. Muchas veces Arthur le había dicho que él superaba sus expectativas cada que el británico esperaba algo de su persona, no obstante, debería decirle a su novio que no era el único en hacerlo; Arthur también lo hacía.

Pues al momento que le mostró el anillo, Arthur metió la mano en su pantalón, sacando el propio con una sonrisa casi incrédula en el rostro. Alfred lo miró con la misma mueca en el rostro, ambos soltaron una carcajada antes de lanzarse a los brazos contrarios, llenándose de sí, acepto.

Desde que Alfred había llegado a su vida, todo había sido maravilloso. No había otro sitio donde quisiera estar que no fuera entre sus brazos.

—.—.—.—.—

Feliciano estaba de visita ese día, feliz de pasar un rato con su hermano mayor. Además Lovino sentía que lo miraba cada cinco minutos, buscando decirle algo. Cuando el mayor terminó hastiándose de sus miraditas, se volteó a él, aporreándolo con una cuchara limpia que usaría para revolver la pasta.

— ¿Qué demonios quieres? —protestó enfurruñado. — ¿No sabes que si cocino de malhumor me saldrá mal? Después no quiero estar escuchando tus lloriqueos.

—Tienes razón, Lovi, mejor te lo digo después de comer.

—Ahora me lo dices, Feliculo.

—Noooo. He pasado un año pidiéndote tu pasta, ve~, no me arriesgaré a perderla. —protestó él poniendo un tierno mohín al cual Lovino no pudo resistirse. ¿Por qué tenía que tener a un hermano jodidamente adorable?

—Bien, ¡pero me lo tienes que decir!

—Lovi, no te enojes, te saldrán arrugas.

— ¡Jodete!

Una vez que terminaron de comer y que Lovino terminó más rojo que un tomate al recibir tantos halagos de su hermano. Se sentaron en el sofá, con Feliciano trayéndole bebidas a ambos, después de todo sería una conversación bastante larga.

— ¿Qué pasa, Feliculo? —preguntó afilando la mirada en su dirección, poniéndolo más nervioso. — ¿Es algo del macho patatas? —su hermano negó con la cabeza, afligiéndose. — ¿Es de Blas?

—Sí. —comentó mirando a otro lado. —Antier por la mañana se firmó el último documento que le quita todo poder en sus empresas, ya no tiene absolutamente nada. Sus deudas con el banco provocaron que le quitaran sus propiedades y no hay manera de que lo pueda recuperar, todos sus conocidos le dieron la espalda.

—Supongo que ese canalla te ha de haber buscado o al abuelo.

Feliciano negó con la cabeza, sorprendiendo y molestando un poco a Lovino, habría dado lo que fuera para verlo arrastrándose ante ellos, rogarles por su perdón el cual nunca se le daría.

—Blas se perdió, no sabemos donde está. —comentó Feliciano, suspirando. —Mamá pensó que también vendría a ella, nunca paso, y con esto sabemos que nunca lo hará. Aun a pesar de todo, tiene su orgullo, el cual lo llevo a estar completamente solo.

—Que se mantenga así el hijo de puta. —bramó Lovino, apretando el vaso en su mano. Feliciano lo miró de reojo, preocupado por su hermano, no le gustaba verlo en ese estado tan lleno de rabia y con sed de venganza. —El día que vuelva a aparecer ante mis ojos lo aplastaré peor que una cucaracha.

—Lovi…

Su hermano resopló por la nariz, guardándose el enojo, no quería preocupar a Feliciano con esas cosas. Por eso tenía a Scott y a Govert, ellos se encargarían de encontrar a ese maldito bastardo.

—Hermano, tú sacrificaste tu relación con el hermano Antonio porque me querías proteger. —dijo Feliciano, jugando con sus manos. Atrayendo la atención de Lovino. —Fuera o no correcto lo hiciste por mí. Dejaste que el amor de tu vida se marchara, y no sabes cuanta culpa he sentido desde entonces.

—Tú no tuviste la culpa, Feliciano. —argumento al instante, ¿cuándo dejaría de tener esos pensamientos? —Yo tomé la decisión, yo decidí que Antonio no podía ayudarme, que no podía entender la situación, decidí excluirlo de mi vida y después quise regresar como si nada hubiese pasado, como si no tuviera un corazón que pudiera quebrarse. —suspiró. —El que no lo valoro, el que no lo amo tanto como él me amo, fui yo.

—Lovi…

Hubo un momento de silencio entre ambos, donde Lovino quedó sumergido en sus pensamientos, volviendo al pasado, imaginándose por instante que Antonio se encontraba a su lado. Desgraciadamente tuvo que regresar al presente.

—Pero la vida continua, tuve que seguir de pie porque fue lo que él me enseñó. No podía defraudarlo incluso en eso, y así lo hice. Mírame ahora, con veintitrés años tengo logré el objetivo que me puse, destroce al bastardo de Blas, tengo una empresa que mantengo a la par de nuestra madre, un montón de socios que me ven más como un amigo que alguien a quien utilizar, sigo aprendiendo de vejestorio de Máximo y tengo al mejor hermano del mundo. En este punto puedes darte cuenta que no necesito a Antonio en mi vida.

— ¡Lovi!

De pronto las lágrimas comenzaron a brotar de Lovino, inundando su rostro, él se llevó en automático las manos a sus ojos, comprimiendo las lágrimas, sólo que no pudo más. Se soltó a llorar sacando toda la frustración de tantos años.

— ¡No lo necesito, no lo necesito para nada! Sin embargo, ¡lo busco para todo! —se limpió en vano las lágrimas, pues seguían fluyendo con intensidad. — ¡Lo busco cada que despierto, cada que hago algo bien busco esa sonrisa que añoraba día a día, busco sus abrazos, sus besos, su todo! ¡Lo amo, maldita sea, lo sigo amando cada día más! ¿por qué soy tan patético? ¿por qué no puedo superarlo? ¿por qué sigo añorándolo?

Feliciano sorbió su nariz, conteniendo el nudo en la garganta, ver que su hermano se derrumbaba como muros de papel, le dolía. Por suerte, tenía algo que quizás podría arreglarlo.

—Hermano, —le acarició la espalda, suavecito, tranquilizándolo—tengo algo para ti. —Feliciano le mostró una fotografía en su teléfono, casi de inmediato Lovino le arrebató este de las manos.

— ¿De dónde la sacaste…?

—Ludy me la mostró. —dijo Feliciano, deslizando el dedo en el aparato, mostrándole más imágenes.

Era Antonio, con Francis y Gilbert, en un bar, sonriendo, divirtiéndose. Y no era cualquier bar, era uno que Lovino conocía muy bien, quedaba cerca de su empresa.

—Son de la semana pasada. —explicó. Lovino se giró a su hermano, incrédulo, él había estado ahí el mismo sábado. ¿Cómo demonios no lo vio? ¿Antonio lo habría visto? ¿Él sí pudo superarlo después de tanto tiempo? —Gilbert ha estado ocultándole a Ludy todo tipo de información acerca del hermano Antonio, pero ese día Gilbert se puso muy ebrio y al día siguiente tenían una reunión importante familiar, por lo que Ludy tuvo que ir por él. Fue muy amable al tomar las fotos antes de irlo a recoger.

—Ese macho patatas…

—Los dos estamos conscientes, Lovi, de que estamos juntos gracias a ti. —sonrió Feliciano. —Así que hermano, con eso confirmamos que el hermano Antonio está aquí, en Italia, en Roma, cerca de nosotros. ¿Qué esperas para ir por él?

Lovino sonrió a su hermano, una sonrisa tan sincera que Feliciano se la devolvió de igual manera.

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Antes de que Lovino decidiera ir a donde se encontraba Antonio, quiso primero ver a su abuelo, quizás fuera porque estaba tan nervioso que buscaba posponerlo por un poco aunque luego la culpa lo carcomía por dentro. Si por esas acciones lo perdía de nuevo, jamás podría perdonárselo.

—Oh, Lovi. —su abuelo lo recibió con un beso, dejándolo pasar. — ¿te sirvo algo de comer?

—Yo… solo estoy de paso. —balbuceó agachando la mirada. Máximo sonrió, sabia por parte de Feliciano que Antonio estaba cerca, aunque se sentía bien por su querido nieto no podía evitar sentirse intranquilo.

— ¿Ya lo has visto? —preguntó Máximo, curioso, el color rojo se asentó en el rostro de Lovino.

—No… estaba a punto… pero—agarró su brazo, evitándole la mirada.

—Dudo mucho que quiera unirse a mi negocio. —suspiró Máximo. —Parece que está trabajando en una hacienda en España y cuida de un orfanato al mismo tiempo.

— ¿Cómo lo sabes? —preguntó Lovino, sorprendido.

—Me lo dijo Gilbert, creo que él borracho suelta bastante información. —sonrió su abuelo, recordándolo.

—Entonces, ¿sólo está de vacaciones?

—Así parece. —dijo Máximo. —Según mi informe lo ha estado planeando con Francis y Gilbert, su plan era ir a Austria o algo así, sin embargo, Francis tuvo unos asuntos urgentes aquí en Roma por lo que lo trasladaron aquí.

— ¿En qué hotel se está hospedando?

—No creo que sea buena idea ir a verlo, Lovi. —soltó de pronto, queriendo demostrar su intranquilidad. —Me hace feliz que este aquí, pero…

— ¿Por qué? ¿Está comprometido? ¿Se va a casar? —el corazón de Lovino comenzó a latir demasiado rápido, temeroso de la respuesta contraria. Máximo negó con la cabeza. — ¿Entonces?

—Deberías dejar ir este amor, Lovi, ya ha pasado demasiado tiempo, ninguno de los dos siguen siendo los mismos. No quiero que sufras más.

—Abuelo, —Máximo se sonroso al ser llamado así, era pocas veces donde Lovino no le decía viejo idiota o vejete. —estoy sufriendo por no tenerlo a mi lado. Si él me dice que ya no me necesita en su vida lo entenderé, daré un paso atrás y seguiré mi vida como hasta ahora; pero si hay una mínima esperanza la tomaré, ya lo dejé ir una vez, no pienso cometer ese error de nuevo.

Máximo le sonrió, dándole un abrazo, le revolvió los cabellos llenó de cariño.

—Entonces Lovi, ¿qué estás haciendo aquí? —preguntó al separarse. Lovino entendió al momento y dando vuelta sobre sus talones, se echó a correr.

Lovino merecía toda la felicidad que pudiera encontrar.

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Se sentía nervioso, las manos le sudaban y se estaba mordiendo muy fuerte la lengua que seguro no tardaría en arrancarse un pedazo. Paso saliva con dificultad, iba a dar un paso, pero retrocedió dos, temblando. Había tantas preguntas en su cabeza, algunas demasiado negativas, aun así en muchas se formaba un "y si…" como respuesta. La incertidumbre le provocaba excitación y angustia al mismo tiempo, era un mar de emociones atrapadas en una sola persona.

—Vamos, Lovino, eres el jodido Romeo de muchas damiselas, todas y en ocasiones todos caen a tus pies, no te puedes acojonar por un español imbécil. —se gruñó. —Así que aprietas el culo y entras al jodido hotel o le pondrás cátsup a la pizza por todo un mes.

Y se dio valor, aspirando hondo, dando unos pasos hasta que se derritió por completo al escucharlo de nuevo.

— ¿Eres Lovino? —preguntó detrás de él Antonio, haciendo sonar un poco las bolsas que llevaba en sus manos, seguro de haber ido al minisúper de la esquina. — ¡Eres Lovino Vargas! ¿Verdad? —su voz tan alegre resonó como la melodía más dulce de una canción.

Antonio se adelantó unos pasos, buscando su rostro. Entonces Lovino pudo contemplar a su primer y único amor; el príncipe que alguna vez causo suspiros en las chicas de preparatoria se había vuelto todo un Rey. Sus facciones maduraron, dejando una barbilla predominante, su cuerpo estaba bien formado seguro por trabajar en la tierra, sus ojos seguían tan brillosos como Lovino los recordaba, no, incluso más. Y como siempre, llevaba su cabello alborotado, disparándose a todos lados, corto hasta la nuca.

— ¿Eh? ¿Te sientes bien? No dices nada. —Antonio pasó una mano por el frente de Lovino, despertándole de su ensueño. Inmediatamente Lovino le volteó el rostro, ocultándole el sonrojo. El español soltó una risilla al verlo. —No has cambiado en nada, Lovino.

Una punzada de dolor se hizo presente en su pecho al notar que el estúpido mote, que nunca se dio cuenta que amaba demasiado, no estaba.

—Bueno…—el hispano se incomodó al ver que no respondía, así que decidió dejarlo en paz. —, fue un gusto volver a verte. Adiós.

Adiós… ¿Adiós de nuevo? ¡No!

— ¡No, espera! —pidió Lovino, sosteniéndolo por el brazo. Antonio se giró a él, confundido. —Y-yo… yo… vine porque sabía que estabas aquí.

—Hmm…—la mueca que hizo Antonio provocó que el corazón de Lovino se detuviera. —Entonces pasa. —sonrió.

Tal vez… él sí lo superó después de todo.

La habitación de Antonio era bastante sencilla, ni siquiera tenía cocina o algo así, simplemente un baño pequeño y la cama con un closet pegado a la pared donde tenía como cinco cambios de ropa y tres pares de zapatos, más la cama que era individual y estaba destendida. Antonio algo avergonzado intento extender las cobijas para que cubriera lo más que pudiera.

—Lamento no ofrecerte comida, pero no tengo donde hacerla. —rascó su cabeza, apenado. Luego miró la bolsa, sonriendo. —Traje algunos sándwiches del mini super y juguitos, ¿quieres unos?

Lovino estaba seguro que si comía algo en ese momento terminaría sacándolo a causa del nerviosismo. Aun así aceptó gustoso un jugo de manzana y el emparedado. Antonio se hizo a un lado de la cama, dejándole espacio para sentarse, con todo y e ambiente incomodo, el italiano obedeció. Comieron en silencio durante los siguientes minutos, ambos se miraban sin que el otro se diera cuenta; seguro más adelante Lovino se reiría de lo idiotas que ambos fueron. Así siguieron hasta que ambos terminaron.

—Y… ¿qué has hecho? —preguntó Antonio, buscando terminar con la incomodidad. Lovino se giró a él, carraspeando. —Escuché de Fran que vas muy bien con las empresas de Máximo.

Lovino sintió un tirón en el estómago, ¿dónde estaban los absurdos motes? ¿Dónde estaba el Antonio que tanto amaba y que se hubiese deshecho de esa incomodidad en unos segundos, lanzándose a él en un abrazo?

Oh, por supuesto, él se había encargado de destruirlo.

—Sí… vamos bastante bien. —contestó, girándose para sentarse encima de la cama. Antonio alzó el borde de los labios, formando una diminuta sonrisa, incitándolo a continuar. —Govert me ayuda bastante… y aunque no me guste el macho patatas también.

Al escuchar la carcajada que soltó Antonio sintió que el cuerpo se le entumecía y luego un escalofrío recorría su espalda.

—Sigues diciéndole así, no has cambiado en nada definitivamente. —rio de buena gana, mirándolo.

Por todos los cielos, todo el valor que había juntado se esfumo al escucharlo reír.

— ¡Es lo que es! —reprochó fingiendo molestia.

—Gilbo me dijo una vez que Ludwig estaba irritado porque le habías llamado así en una conferencia. —se agarró el estómago al recordarlo, limpiándose una lagrimita. Una chispa de esperanza se prendió en Lovino, iluminando su mirada, Antonio seguía preguntando por él incluso en ese tiempo.

— ¿Y qué hay de ti? —preguntó Lovino, mucho más interesado. Antonio calmó su risa, poniendo una mueca mucho más natural, más alegre.

—Trabajo con Roderich en España. —comentó alzándose de hombros. —Su familia compró una parte de la antigua hacienda de mi padre, así que me ofrecieron trabajo ahí cuando termine la preparatoria.

— ¿Y la universidad?

—Ah…—pareció incomodarlo, pues desvió la mirada. —No la estudié.

Un golpeteó se hizo presente en el corazón de Lovino, era por su culpa, por la culpa de su maldito padre.

— ¿Y no piensas retomarlo?

—Supongo que sería buena idea, pero tengo muchos gastos en estos momentos. —se encogió de hombros. —Pude venir aquí gracias a que Gilbo y Fran me regalaron el viaje, que era a Austria pero por asuntos de Fran tuvimos que hacerlo aquí.

Así que no había venido con la esperanza de encontrarse con él.

Lovino pasó saliva, olvidándose por un momento de los pensamientos deprimentes que se le estaban viniendo a la mente. ¿Y qué si no fue por él? Había jurado a las estrellas que si la vida le daba oportunidad haría que se quedará, y ahora lo tenía ahí, ¿por qué se estaba acobardando?

—A-Antonio…

El español lo miró, esperando a que continuara. Justo cuando Lovino iba a soltarlo, golpearon la puerta suavemente, era una voz femenina que al parecer iba con un niño pues hacía demasiado ruido. Lovino se puso pálido, ¿qué demonios?

—Espera un momento. —pidió levantándose. —Además que bueno que estás aquí, quiero que conozcas a alguien.

Lovino no pudo mirar a la puerta, tan solo al abrirla Antonio se quedó unos segundos platicando con la mujer de afuera. Aunque tuvo que volver la mirada cuando sintió un peso extra en la cama, que lo miraba incesante, afilando sus pequeños ojos en dirección a él. Lovino conectó sus miradas, era como ver al antiguo Antonio de niño solo que con una coleta en su cabeza. Eran malditamente idénticos y parecía tener al menos siete u ocho años.

Antonio volvió a entrar a la habitación, sin ninguna compañía contrario a lo que pensó Lovino.

— ¡Él es lindo! —dijo el pequeño Antonio, abrazándolo. — ¿es tu amigo?

—Sí. —respondió Antonio, mirando con calidez la escena delante de él. —Su nombre es Lovino Vargas, tienes que presentarte. —pidió a su mini yo.

—Ah, mi nombre es João. —se presentó sonriendo, el niño fue hasta Antonio y se sentó al lado de la cama. —Toño la señora me ha dado muchos dulces.

—No debes comerlos todos. —reprendió intentando quitarle la bolsa.

— ¿Él es tú…?

—Es mi hermano menor. —dijo Antonio, con la bolsa de dulces en sus manos. — ¿No notas el parecido? Somos casi idénticos a cuando yo era pequeño.

Lovino quiso darse una bofetada por lo paranoico que fue.

—Lograste que tu madre te dejara verlo. —sonrió, mirando al pequeño. Antonio apartó la mirada de él, al parecer había dicho algo que no debía. — ¿Qué…?

—Nada, déjalo. —cortó. Su pequeño hermano ni siquiera reparó en ello, comiendo una paleta.

Seguro había pasado por más adversidades que tuvo que enfrentar completamente solo. Lovino no pudo evitar volver a culparse por eso. Tal vez ni siquiera tenía derecho a volver a inmiscuirse en su vida.

— ¿Te sientes mal? —preguntó João, ofreciéndole un dulce. —Mi hermano siempre dice que hay que tener una sonrisa en el rostro por más mal que te este yendo. O algo así.

—Sí, tu hermano es bastante genial. —contestó Lovino, aceptando el dulce. Antonio desvió la mirada, sintiendo las mejillas ruborizadas por el comentario.

Lovino miró el dulce dado, suspiró y se puso de pie. —Entonces, hay que salir alguna vez. —dijo guardándose el dulce. —Me encantaría poder platicar contigo de nuevo.

—Claro. —sonrió Antonio. —Te daré mi número. —lo anotó en una hojita del block que tenía en el buró. —Aunque sería bueno que fuera en esta semana, ya que regresaremos pronto a España.

—Yo no quiero. —murmuró su hermano, cruzándose de brazos. —Significa ir a la escuela.

El italiano arrugó el papel entre sus manos, mirando el número telefónico. Sintió que el nudo en la garganta volverse a formar, ahora sabía donde encontrarlo, incluso como contactarlo, pero ¿por qué todo se sentía como si no se pudiera volver a recuperar?

— ¿Lovino?

— ¿Podemos volver a intentarlo? —preguntó Lovino, tropezando con sus palabras. Antonio abrió los ojos sorprendido, contemplándolo expectante en la cama. —Nosotros dos… ¿crees que pueda darse algo de nuevo?

— ¿Ya no son amigos? —preguntó João.

—Te has vuelto muy directo, Lovino. —comentó Antonio saliendo de su sorpresa gracias a su hermanito. —Antes te habrías puesto diez mil veces rojo, soltando patadas por todos lados antes de decir nosotros.

—Estoy siendo serio con esto, bastardo. —contestó apretando los puños, sin importarle que aplastara la hoja. Antonio sonrió con cierta nostalgia, recordando esos apodos.

—Yo tengo que volver a España en una semana. —explicó, casi desinteresado, Lovino sintió un piquete de enojo en su interior. ¿Por qué el parecía tan desesperado y Antonio tan poco interesado? ¿De verdad olvido el amor que tanto se profesaron? —Hay un orfanato que estoy cuidando, así que los niños me están esperando y no tengo mucho tiempo debido a mis deberes en la hacienda, Roderich es demasiado estricto conmigo. ¿Sabes? Ya le he dicho que no es mi culpa que Elizabetha haya escogido a Gilbo antes que a él, digo, él tuvo su oportunidad y por tonto la desaprovecho.

¿Aquello acaso era una indirecta?

—Me importa muy poco la relación de la patata bastarda y aquella chica, te estoy preguntando de nosotros. —gruñó. Antonio puso sus ojos sobre los de Lovino, contemplándolo con curiosidad.

— ¿Se supone que estemos sólo una semana juntos? —preguntó.

— ¡N-No!

¿Por qué… por qué había pensado que todo podía tener un final feliz?

Lovino contuvo su boca, chasqueando la lengua, lanzándole el papelito con su número al suelo. — ¿Sabes qué? Olvídalo. Me doy cuenta que estoy perdiendo mi tiempo contigo, a ti no te interesa, tú pudiste hacer lo que yo no, olvidarte de lo que vivimos. Sé que cometí un error en el pasado, sé que hice que te decepcionaras de mí, sé que me amabas una infinidad…—las lágrimas se acumularon en sus ojos, sorprendiendo al hispano, Lovino casi pudo notar una pequeña reacción en el cuerpo contrario, parecía que tenía ganas de ir a darle un abrazo. —, pero veo que ya no es así, y está bien. Me alegro por ti, Antonio. Sólo quisiera que me dijeras como lo hiciste, ¿cómo arrancaste todos esos sentimientos de ti? Porque yo también deseo hacerlo.

—Hermano, él esta llorando. —murmuró el pequeño, preocupado. — ¿Quieres otro dulce?

—Lo siento, Lovino. —dijo Antonio, congelando cada centímetro de la persona contraria. —Yo… no puedo darte la felicidad que tú estás buscando.

—Antonio…

—Es hora que tú también me dejes ir. —sonrió, evitándole la mirada.

Lovino tembló, cerró los ojos con fuerza y salió corriendo de la habitación con las lágrimas escurriendo por sus mejillas. Sentía algo quemarlo por dentro. Que se iba expandiendo hasta destruirlo por completo. Sintió ganas de odiar a Antonio, de maldecirlo hasta que su corazón sanará, pero no podía, lo amaba infinitamente que sería incapaz de hacerlo. Gritó varias veces sin importarle que los transeúntes lo miraran raro, estuvo a punto de ser atropellado al menos tres veces, pero lo único que le importaba a Lovino era seguir corriendo, sin mirar atrás, sin querer volver al pasado que le llenaba la mente de hubiera. Si tan solo hubiera amado lo suficiente a Antonio para ponerlo a la par de su hermano, ahora estaría a su lado. Si tan solo Blas no hubiera existido, estarían juntos para siempre, amándose hasta la eternidad. Si tan solo no hubiera sido tan estúpido, Antonio lo seguiría amando.

.

—Lovino… Lovino…—murmuró su pequeño hermano en la ducha, Antonio estaba tan inmerso en sus pensamientos que ni siquiera lo escuchaba. —Lovino… ¡Ah, Lovi! —gritó de pronto, sacándolo de sus pensamientos.

— ¿Qué?

—Lovino es Lovi, ¿no? —preguntó ingenuamente. —Es el chico del que siempre le preguntas a Fran. ¿No es verdad?

—Sí, supongo que lo he hecho un par de veces.

—Hermano, ¿por qué estás llorando?

—No, no estoy llorando.

—Hermano…

— ¿Qué pasa, ya quieres salir?

—No. Acabo de recordar otra cosa… Lovi, ¿no es el chico del que siempre nos cuentas?

—Es hora de salir. —contestó Antonio, ignorando la pregunta anterior. Antes de que su hermano pudiera volver a retomarla, formuló otra. — ¿Qué has jugado con la señora de enfrente?

.

Pasaron exactamente unos días efímeros, donde Lovino no se despegó del trabajo ni un solo segundo e incluso pasó altas horas de la noche en vela, esperando caer de agotamiento, era la única forma en la que podía dormir. Govert le insistió varias veces en relajarse, sin embargo, no podía. Las palabras de Antonio le seguían quemando las entrañas. ¿Cómo era posible que todo el amor de antes se hubiese esfumado como si nada? ¿Dónde quedaba su vida juntos?

Ese día recibió muy a su disgusto un mensaje de Francis Bonnefoy, citándolo a una cafetería cerca de su trabajo. Realmente ya no tenía mucho contacto con él una vez que Blas recibió el primer golpe económico, Lovino se encargó de sacarlos del proyecto pues tal y como lo había advertido Francis hace varios años, su familia quería involucrarse demasiado. No le tenían rencor pero dese ahí ningún otro trato había sido firmado con ellos. A excepción de Bianca que trabajaba con ellos en la industria de la moda.

Francis se sentó enfrente de Lovino, rascándose la barbilla, una vez que la mesera les pidió la orden, le sonrió al italiano.

—Lovino, querido, no has cambiado en nada. —dijo. —Aunque me he enterado que eres todo un prodigio para eso de los negocios, ¿herencia de tu padre?

—De mi abuelo. ¿Para qué me has citado aquí? —respondió cortante.

—Tan frío como siempre. —Francis suspiró, yendo directo al grano. —Antonio me dijo que lo fuiste a visitar.

— ¿Y? ¿Qué importa? Ya cada quién tomó su camino. —Lovino le negó la mirada, molestándose por el comentario. Francis, con cuidado, atrajo la barbilla contraria para que se girar a verlo.

—Antonio sabe que llorar sólo hace sufrir. —comenzó Francis, acomodándose con su bebida una vez que la chica la trajo. —Cuando terminó su relación definitivamente, se desahogó conmigo, me pidió que me quedará a su lado hasta que sus ojos se secaran, cosa que hubiese hecho aunque no me lo pidiera, por supuesto. Lloró toda la noche y parte de la tarde… y después de eso, volvió a sonreír.

— ¿Por qué me estás diciendo esto?

—Porque no eres el único que ha sufrido. —gruñó Francis, dejando con fuerza el vaso vació sobre la mesa. Lovino se encogió un poco, el francés lucía aterrador enojado. — ¿De verdad crees que Antonio superó todo de la noche a la mañana? ¡Por favor! Le tenían prohibido ver a su hermano por defender una relación que se fue a la basura, tu familia hundió a la suya en la ruina total, ¿sabías acaso que su padre murió hace dos años? ¿Qué su madre botó a su pequeño hermano con él porque no podía sobrellevarlo?

—Yo…

—Crees que eres el único que sufre, como siempre, eres la victima de todo, Lovino. —cortó. —E incluso ahora, estoy seguro que al verte te recibió con una sonrisa en el rostro. Lo sé, es mi mejor amigo, lo conozco tanto como tú. Pero ¿Qué haces tú? Le propones una relación sin bases ni esperanzas. ¿Qué esperabas que te dijera, Lovino? "Sí, acepto, ahora mismo me vengo a vivir a Italia contigo, voy a dejar mi trabajo que me ayudará a recuperar la hacienda de mi padre y a todos los niños del orfanato, seguro no me extrañaran." ¿Ves lo horrible que suena?

— ¡Jamás le pediría hacer eso! —reprochó.

—Oh, entonces, ¿tú dejarías de ser el CEO de tus empresas sólo por ir tras él? —preguntó afilando sus ojos azules. Lovino se quedó callado, analizando su respuesta. —Fuiste a él sin bases sólidas, Lovino. Pero ya es tiempo de madurar, el amor no es capaz de resolver cualquier problema.

—Yo sólo quería recuperarlo. —murmuró, apretando el pantalón por encima de las rodillas.

—Antonio te ama, te ha amado desde hace mucho tiempo y te va a seguir amando hasta que la muerte reclame su nombre. —dijo Francis, logrando alzar la mirada de Lovino, esperanzada. —Pero él es realista, Lovino, él sabe que no puede ofrecerte un amor eterno como lo hizo en el pasado, a pesar de que te ame con todas sus fuerzas. Sus objetivos ahora son lo más importante para él, así que si vas a meterte, no estorbes en ellos.

— ¿Disculpa? —Lovino se puso recto, ofendiéndose.

—Lo que escuchaste. Si vas a ser un estorbo para Antonio, hazte a un lado. —Francis se puso de pie, dejando el dinero en la mesa. —Por otro lado, si realmente sigues amando a Antonio como lo dices, piensa una buena estrategia para que ese amor no se pierda. Es todo lo que tenía que decir.

Lovino miró la suave lluvia caer en las calles de Italia, así permaneció un buen rato, pidiendo cafés que tan solo le duraban un minuto. Francis muy a su pesar tenía razón, llegó con Antonio pensando que este le correspondería en el primer instante, que su amor no se habría ido con el paso del tiempo, llegó proponiéndole felicidad eterna sin preocuparse de nada más que él. Por todos los cielos, se sentía un completo idiota, diciendo de dientes para afuera que haría que se quedará de nuevo a su lado y en el primer rechazo salió corriendo sin mirar atrás.

Soltó un suspiró, cerrando los ojos, escuchando las gotas de agua golpear el vidrio de la ventana. Una sonrisa se formó en su rostro a medida que iba recuperando las fuerzas.

Si algo le había enseñado Blas con tanta mierda que causo, era que antes de rendirse tenía que luchar con uñas y dientes hasta el final. No entendía porque lo había olvidado pero era hora de recuperarlo.

Además, lo peor ya había pasado. Ahora podía ser feliz con quién quisiera, y él deseaba ser feliz con Antonio. E intentaría que Antonio pensará lo mismo. De lo contrario, admitiría la derrota. Pero lo haría luchando.

Ya no guardaría más sus sentimientos.

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La primera vez que lo vio siempre se quedaría tatuado en su mente, ahí asomándose detrás del muro con incomodidad y molestia en el rostro, frunciendo sus enormes cejas, como cuidándose de alguien. Alfred no sabía en ese entonces de qué se estaba escondiendo, así que cuando lo reconoció como Arthur Kirkland, el temible Presidente del Comité Disciplinario, no tardó en correr a él, subiendo las escaleras de dos en dos hasta llegar a su lado y exclamar:

— ¡Arthur, ríndete ante el increíble poder del héroe!

Jamás olvidaría la cara de desconcierto que puso el inglés, que fue cambiada poco a poco a una de molestia y después, gracias a la intervención de Scott Kirkland, tristeza absoluta. Aunque su conclusión fue acertada, sobre que Scott era el Rey de las Sombras y Arthur el Príncipe, sintió algo especial en el primer momento que Arthur comenzó a gritarle, pese a todo no le había llamado raro o le había pedido que se alejara de él con una expresión de asco. Era reconfortante pensar que podía tener un amigo de juegos con el estricto Kirkland.

Ahora que lo veía en retrospectiva fue increíblemente bello como se enamoró de él, ese apoyo que le dio Arthur sin titubear mientras el director de la escuela quería expulsarlos de la escuela, sacrificándose y parándose delante del director y sobre todo de la persona a la que más miedo le tenía, Scott Kirkland. Y gracias a este mismo se había dado cuenta de sus sentimientos dando paso a lo más bonito que tenía en su vida, Arthur Kirkland.

Alfred miró el paisaje que se expandía por la ventana frontal de la avioneta, llevaba un buen rato en el cielo, practicando algunas cosas que su superior le había pedido ya que tendría que enseñárselo a los nuevos cadetes de la militarizada, las flores del campo se veían hermosas, sería bueno poder bajar y tomar algunas para llevárselas a Arthur, seguro que se pondría rojo hasta las orejas y le reprimiría por no estar concentrado en sus entrenamientos, aun así pondría las flores en agua, intentando darles el máximo de vida posible, después guardaría los pétalos para que se marchitaran y los pondría en la caja especial que mandó a hacer para ellas.

Así de lindo era su prometido.

Inevitablemente miró su mano derecha, que ahora se encontraba enguantada pero debajo del guante podía sentir el anillo de plata en su dedo, grabado con su nombre. No es que le pareciera gran hazaña casarse, después de todo el divorcio arruinaba toda la magia, como con sus padres, lo que le emocionaba hasta el alma, más que la boda o la fiesta, era que Arthur lo había elegido a él para compartir toda su vida, y ahora lo demostraban ante sus amigos, sus familia y el mundo.

Practicó un poco más antes de confirmar su aterrizaje en la explanada de la academia, allí ya lo esperaban sus compañeros, los cuales le informaron que los superiores habían invitado a veinte de ellos a una comida con el Comandante Superior, en la cual Alfred estaba incluido. Puso una mueca algo tristona, amaba las fiestas y pasar rato con sus amigos, pero esas flores le dieron muchas ganas de estar con Arthur todo lo que restaba del día y pasar la noche a su lado, murmurando te amo a su oído.

Recobró ánimos al encogerse de hombros y cuando sus amigos le prometieron que comerían un montón y tomarían cerveza. Muy a su suerte Arthur envió un mensaje cuando ya se estaba en el auto, diciendo que se quedaría hasta tarde en el trabajo por un asunto super urgente.

Y así eran sus días que pasaban uno tras otro amando a Arthur Kirkland.

—Disculpe, ¿qué acaba de decir? —preguntó Alfred, dejando la bebida en un golpe seco sobre la mesa. Todos sus compañeros también estaban demasiado aturdidos.

—Me pidieron enviar a veinte de ustedes a la misión de Níger. Obviamente no puedo darles los detalles por aquí, pero los estaré esperando mañana por la mañana en mi oficina para aclarar los detalles. —dijo firme, sin una pizca de duda en su voz.

Oh, Dios, no. Faltaba tan poco para su boda y le salían con eso.

—Alfred, cálmate. —pidió su compañero de al lado, notando sus temblores. —Provocarás que malinterpreten tus palabras. Espera hasta mañana, ¿puedes?

El americano no bebió ni comió más esa noche, tampoco muchos de sus compañero que se notaban igual de desconcertados que él. Sabían que ese día podía llegar, ir a la guerra, después de todo para eso estaban entrenados y siendo Estados Unidos un país tan estúpidamente ambicioso en poder, era casi extraño que algún militar no fuera enviado. Pero… faltaban tres semanas para su boda, Arthur estaba tan emocionado por ella y muy probablemente ni siquiera la podrían adelantar, pues lo más seguro es que partieran en cuestión de días y si no iba sería considerado traidor a su patria.

Detuvo el auto unas dos calles antes de llegar a su hogar, soltándose a llorar encima del volante, sin poderse contener. Imaginándose las sonrisas del amor de su vida.

¿Cómo podría decirle que quizás jamás volvería a verlo?

—.—.—.—.—

Lovino miró a Antonio fijamente, esperando alguna reacción. El español se ruborizó, tomando el ramo de rosas que le ofrecía. Su hermano en cambio parecía bastante ofendido que solo le trajeran obsequios al mayor, Lovino sonrió mostrándole un carro a control remoto.

— ¡Yei, gracias! —gritó metiéndose corriendo a la habitación.

— ¿Q-Qué es esto…?—preguntó Antonio, principalmente sorprendido de verlo ahí.

—Es mi declaración de guerra. —comentó Lovino lo más neutral que pudo pese a que en su interior se moría de vergüenza. —Voy a hacer que te enamores nuevamente de mí.

—Eso es…

— ¿Imposible? —sonrió alzando una ceja incrédulo. —Lo siento, bastardo, lo imposible ya paso y fue que yo me enamorara de ti. Así que no te tardes mucho para pedirme que me case contigo. —espetó en tono autoritario.

—Hermano, ¿te vas a casar? —preguntó João, apareciendo detrás de él.

— ¿Qué? ¡No!

—Sí, lo harás. —reprendió Lovino, metiéndole un golpe. —Seré tu cuñado, ¿no estás emocionado?

—Golpeaste a mi hermano.

—Te compraré un montón de juguetes.

— ¡Bienvenido a mi familia! —contestó emocionado.

— ¡No me cambies por juguetes! —gritó Antonio, ofendido.

Lovino después de volver a salir del hotel, ya con el número de Antonio grabado en su teléfono, se puso de cuclillas en medio de la banqueta, completamente avergonzado de sus palabras. Ojalá eso no durará mucho o moriría de un hervor en la sangre. Miró detrás de él, a la ventana del español, él se estaba asomando con una mano sobre sus labios, al parecer estaba un poco avergonzado de la temeridad del italiano.

Siguió avanzando por la calle, totalmente rojo de que lo hubiese visto en esa posición. Además, maldita sea, se le había olvidado invitarlo a la boda de Arthur.

¡Qué rayos! ¡Por eso tenía su teléfono!

"Irás conmigo a la boda de Arthur." Demandó. Su celular no tardó mucho en devolverle el mensaje.

"Tengo que regresar a España pasado mañana, le dije a Arthur que le mandaría su regalo después. :c" Contestó.

"¡Mañana vendré por ti, así que ni te atrevas a escapar de mí, bastardo!"

Volvió a meter su celular a su bolsillo, simulando desinterés, minutos más tarde volvió a sonar. Lovino murmuró por lo bajo, ¿qué tanto le había escrito para tardarse tanto?

"¿Qué no piensas venir a trabajar?"

A su desgracia sólo era Govert.


(*) Sorry, es que si no le ponía Seychelles a Seychelles pensaría todo el fic que era otro personaje xD Y João, vendría siendo Portugal en versión mini en este fic.


Se me salieron las pinches lágrimas al escribir la petición del UsUk ; u; AHHHH! Y por lo que estoy viendo el siguiente capitulo va a ser bastante largo, así que espérenlo con ansias QUE YA ES EL ÚLTIMO CAPITULO, ALV! (sorry, me emocioné)

Gracias por sus votos, ganó por bastantes que se relatara la historia como siempre. Hay un comentario que me gusto bastante donde me dijeron que esta era la esencia del fic, no lo había pensado así por lo que me hizo bastante feliz.

Espero que lo hayan disfrutado, mucho, no saben lo malditamente feliz que me siento (quizás por todo los dulces que me comí intentando mantenerme despierta para escribir esto) pero estamos a punto de acabar este fic que me tardé cuatro años en escribirlo, siento que dejó una esencia muy importante para mí aquí… con ustedes. Pero, vamos, dejemos esto para el final c:

Ahora a agradecer sus preciosos y maravillosos reviews. Loveless1039, Alex Makenshi, Isabel. V, Cinnia17 & Aristocles Prionsa. ¡MUCHAS GRACIAS! (No había recibido tanto amor en FF desde hace varios capítulos).

Por cierto, ¡FELIZ NAVIDAD!

Espero que se la pasen excelente y coman mucho, muchísimo. Este es mi regalo de Navidad para todas y todos ustedes.

We wish you a Merry Christmas and Happy New Year~

(but- el año nuevo todavía no, así va la canción xD)

Con todo el amor del mundo,

MimiDiethel.