Circulo: Vicio Tsun.
Notita: ¡Lamento no haberlo subido ayer! No me dio tiempo de terminarlo ; u;
Tú + Yo= Error 404.
Lovino estaba golpeando sus uñas contra el vidrio de su escritorio, con la barbilla recargada en la otra mano, pensativo. De pronto un sonrojo predominante inundo toda su cara y provocó que se hundiera entre la montaña de documentos que tenía acumulada. Puso sus manos encima de su cabeza, comenzando a maldecirse en voz baja acerca de lo estúpido que había sido ese día por llegar, tirarle una mierda de haré que te enamores nuevamente de mí o algo así, pegarle un porrazo y -casi- salir corriendo del hotel.
Al menos pudo apreciar que Antonio no parecía disgustado por su gesto, es más, parecía que le había agradado por el bonito rubor que cubrió sus mejillas morenas. Estúpido español idiota, ¿no se daba cuenta que sus expresiones tímidas eran las que más lo enamoraban?
Sacó rápidamente el celular de su bolsillo, mirando el último mensaje que le escribió Antonio justo después de Govert.
"Le has caído muy bien a João, dice que te estará esperando mañana." Contestó primeramente.
"¿Y qué hay de ti?" Preguntó Lovino a su vez. Al releerlo infló las mejillas, medio avergonzado de su pregunta.
"Me pondré muy feliz de verte de nuevo."
Bien, el mensaje podía ser interpretado de muchas formas, una mera cortesía por el tiempo que no se vieron; otra percepción es que estaba ansioso de recordar los días pasados y con la que más se quedaba Lovino es que de verdad tenía ganas de pasar el rato con él de nuevo. Lovino se mordió el dedo anular, mirando fijamente la pantalla, queriendo traspasarla para saber la respuesta absoluta.
De nuevo se cubrió la cabeza con las manos, estampando su frente con el escritorio. Sentía miles de bichos revoloteando por todo su estómago, acelerándole de paso su corazón. ¿Hace cuánto que no sentía esa clase de sentimientos, alegría, efusividad, melancolía, amor? A cada minuto que pasaba se dio cuenta que jamás esperó amar a otra persona que no fuera Antonio Fernández. Incluso si hubiese vivido toda la vida sin encontrarlo, lo seguiría esperando, incluso si hubiese aprendido a amar a otra persona, jamás habría sido tan intenso como el amor que le tenía a él.
Esperaba que Antonio sintiera lo mismo después de verlo. Lovino no estaba seguro de qué pasaría si todo acababa mal, mejor dicho, no quería pensar que algo podía salir mal.
— ¿Qué mierda estás haciendo? —preguntó Govert, asustándolo tanto que pegó un grito. Lovino alzó la mirada a él, tenía un aura oscura rodeándolo al ver todo el trabajo que había acumulado en su escritorio. — ¡Esos documentos debían estar ya!
—G-Govert… no te enojes. —Lovino tragó saliva, poniéndose nervioso. —V-verás, yo estaba pensando que… bueno… podría tomarme unas vacaciones a partir de mañana.
— ¿Ah? —más que una expresión confusa, sonó a un rugido de un tigre que buscaba devorarlo. — ¿¡Vas a dejarme el trabajo botado, imbécil!?
— ¡Tú ya tomaste vacaciones, tarado! —reprochó Lovino, apuntándolo con el dedo. — ¡Yo desde hace dos putos años que no tengo! ¿Ves esto? —señaló sus ojos, golpeándose repetidamente el pómulo con la yema de su dedo anular. — ¡Me saldrán arrugas en cuestión de nada!
— ¡Me importa una mierda que te vuelvas anciano a los veinte! —gritó Govert a su vez, azotando los documentos. — ¡Queriendo tomar vacaciones cuando me estoy partiendo el culo para que Heracles acepte la puta propuesta!
— ¡Eso es trabajo de Sadiq, imbécil!
— ¡También mío y más importante, TUYO! —espetó.
Ambos ya se tenían tomados de las camisas, lanzándose rayitos por los ojos. La secretaria de Lovino observaba todo desde la puerta, angustiada de que no se fueran a matar; aunque de todas formas no es que fuera la primera vez que lo observara, aunque solía pasar más con Scott o Bianca. Una vez que se siguieron gritando por veinte minutos más, incluso lanzándose los papeles apilados, ambos se tranquilizaron, limpiando el desastre hecho.
— ¿Por qué quieres tomar vacaciones así de la nada? —preguntó Govert, poniendo las últimas hojas en el mismo lugar. Lovino dio un brinquito, haciéndolo sospechar, Govert afiló la mirada a él haciéndolo sudar y sonrojar. —Tú… ¿te has conseguido una novia? Porque ¿no es ese idiota de Sadiq, cierto? —gruñó, cruzado de brazos.
— ¡Eh, claro que no!
—Tú cara no me convence. —murmuró Govert, cruzándose de brazos. — ¿De verdad estás saliendo con ese idiota? ¿Qué no sabes que tiene tres novias?
— ¡Qué no estoy saliendo con ese imbécil! —chilló molesto.
— ¿Entonces? —Govert frunció la nariz. Lovino no se acababa de acostumbrar que su amigo lo celara mucho más que su propio hermano, el complejo de hermano de Govert se extendía incluso a sus seres queridos.
—Yo…—agachó la mirada, mirando sus preciosos zapatos lustrados; Lovino apretó los puños, tenía suficiente confianza en Govert para decirlo, aunque su reacción lo atemorizaba un poco. —… encontré a Antonio. —dijo al fin, deshaciéndose de la pesada carga.
— ¿Enserio? —el rubio pareció sorprendido, aunque luego su rostro se volvió estoico. — ¿Dónde? Pensé que el imbécil de Gilbert no te diría nada.
—Fue casualidad. —contestó. —El macho patatas y Feliculo me dijeron que estaba aquí, en Roma, así que fui a buscarlo.
— ¿Cuándo paso eso?
—Hace algunos días. —murmuró, desviando la mirada.
— ¿Fue por eso que te la pasabas trabajando sin descanso? ¿Qué te dijo ese idiota para ponerte así?
—La primera vez me dijo que sería mejor que yo lo olvidara. —suspiró Lovino, encogiéndose en sus hombros. Govert apretó los dientes. —Pero cuando pensé en rendirme, me encontré con Francis. Fue entonces que me decidí a luchar por él.
—Lovino…
—Ya lo perdí una vez, si tengo la más mínima oportunidad de hacer que se quede entonces la tomaré. —respondió a sus reproches. —Sé que suena mal. Incluso parece que me he obsesionado con él, pero yo sé que no es así; tú los has visto, puedo hacer de todo con o sin Antonio, y seguiré así si el rechaza mi afecto, si veo que ya no tengo más que hacer a su lado.
— ¿De verdad piensas que esto esta bien? —preguntó, preocupado. —Quizás deberías buscar a otra persona…
—Escucha Govert, no estoy pidiendo autorización de nadie. —espetó completamente serio. —Lamento decir esto, pero ni tú ni nadie puede comprender lo que estoy sintiendo, las palabras salen fácil de la boca de cada persona. "Que tú amor es toxico, que tu amor está mal o que tú amor debería quedarse en el olvido." Bien, pues que ellos dejen su amor en el olvido si eso les hace felices. No pienso darle explicaciones a nadie sobre lo que estoy haciendo con MI vida, porque es mía y solo mía. Y si yo, puta madre, estoy diciendo que Antonio Fernández me hace feliz, ¡entonces lo hace! —Govert se quedó sin palabras, mirándolo pasmado— Y también estoy diciendo que si yo no lo hago feliz, entonces no seguiré a su lado. No voy a aferrarme a un amor que no puede ser, pero tampoco voy a volver a dejarlo ir sin antes poder decir "di lo mejor de mí".
Govert sonrió por lo bajo, mirando segundos después a su mejor amigo. —Has madurado mucho, mocoso. ¿Quién pensaría que estoy hablando con el que me llamó idiota de los pájaros?
— ¿Vuelves con eso? ¡Ha pasado mucho desde eso!—reprochó Lovino, avergonzado.
—Podría reprocharte un montón de cosas sobre esto, Lovino, pero ya vi que tomaste una decisión. —bufó, metiendo las manos en los bolsillos de su gabardina. —De todas maneras no es como si el maldito español idiota fuera un psicópata que te tratara del culo o que ambos dependieran del otro al grado de querer suicidarse juntos.
— ¡Esas cosas son espeluznantes! —chilló Lovino, atemorizado.
— ¿Entonces? Supongo que él no vivirá en Roma toda la vida, ¿verdad? —preguntó curioso. — ¿Tendrán una relación a distancia?
—No.
—No me digas que renunciarás a todo esto, porque te mato de verdad. —espetó poniéndose molesto.
—Eres demasiado extremista, imbécil. Deberías relajarte. —rezongó Lovino, poniendo los ojos en blanco. — ¿Cómo podría, siquiera imbécil, pensar en renunciar a lo que he logrado con esfuerzo, sudor y lágrimas? ¡Jamás haría esa estupidez! —apretó los puños, arrugando la nariz—Sería aceptar los pensamientos de Blas acerca de que el amor te cegaba en todo. No, primero muerto que volver a coincidir en un pensamiento con ese bastardo, ya viste en qué situación me puso pensar igual que él.
— ¿Entonces?
—Mi madre me ha dicho que ya tenemos suficientes recursos para iniciar una nueva empresa extranjera. —dijo Lovino, poniendo una sonrisa. —Decidí que la pondré en España, especialmente en Zaragoza.
—Supongo que ahí vive ese idiota.
—No, él está en Aragón, pero queda bastante cerca así que podré irme para allá en caso de que todo salga bien. —afirmó con la cabeza, cruzándose de brazos.
—Todo va a salir bien, idiota. —Govert le golpeó con el canto de la mano, reprendiéndolo. —Tan solo tienes que volver a sonreírle a ese imbécil para que vuelva caer ante ti.
—Él no es así de fácil. —gruñó Lovino, inflando las mejillas.
—Ya, claro, fingiré que creo eso. —bufó, tomando unos papeles de la mesa. —Será mejor que acabes de una vez, tonto, o ten por seguro que Bianca te dará porrazos en vez de vacaciones.
—.—.—.—.—
Antonio miró a Gilbert que iba y venía sobre la misma dirección, con la mano en su barbilla. Se veía molesto. Elizabetha en cambió estaba con su pequeño hermano a ver quién aguantaba más abdominales sobre una manta de Winnie The Pooh que João amaba demasiado. El pequeño parecía estar sufriendo por el castigo de Eli.
—Me estás jodiendo, Antonio.
—Gilbo, cuando me llamas por mí nombre completo me siento mal. —bufó picando sus dedos entre sí. —No es mi culpa, sabes que tengo que regresar.
—Lo sé, lo sé. —gruñó sentándose a su lado. —Pero pensé que podía convencerte de agarrar otra semana.
—Roderich se pondrá furioso si lo hago.
—Tsk. Ese maldito señorito bueno para tocar su puto piano pero no para trabajar. —rezongó, ganándose un golpe en la cabeza por su novia. — ¡Hey!
—No permitiré que hables mal del joven Roderich.
—Joven Roderich mis cojones. —murmuró por lo bajo, visiblemente celoso de que Elizabetha siguiera reprendiéndolo por llamar a su antiguo amor de forma despectiva. Basto otro golpe en el mismo lugar para que se tranquilizara.
—Toño, llevaré a João al parque de aquí afuera, parece que quiere correr un maratón alrededor. —sonrió ella, subiéndose a su pequeño hermano al hombro como si fuera un costal de patatas, este pataleaba llorando para que lo bajaran.
Una vez que cerraron la puerta ambos chicos escucharon todavía los gritos del pequeño, diciéndole que sería la última vez que le diría bastardo a su hermano.
—Lovino vino, ¿cierto? Me lo dijo Fran. —comentó Gilbert, subiéndose a la cama, abrazando sus rodillas. —Ni por él piensas quedarte, ¿me equivoco?
—No hay manera de que pueda estar a su lado. —sonrió Antonio, triste. —Tú ya lo viste, nuestro amor no puede contra todas las adversidades.
—Quizás sea diferente está vez, ustedes no terminaron porque lo deseaban sino por la interferencia de terceros.
Antonio negó con la cabeza, mirando al suelo. —Lovino me dijo que intentaría que volviera a amarlo, ciertamente nunca dejé de hacerlo, pero vuelvo a España pasado mañana, además mis jornadas en la hacienda son bastantes largas y cuidar a João no es lo más fácil del mundo, mucho menos a los niños del orfanato.
— ¿Estás seguro de qué es por eso? —preguntó Gilbert, sospechando. Antonio no contestó.
Gilbert salió junto a Elizabetha bastante angustiado por su amigo, notaba de nuevo esa mirada de tristeza y cansancio en su rostro, justo cuando hace dos días estaba sonriendo a todo lo que daba, divirtiéndose y festejando con ellos. Antonio había tardado año y medio en volver a contactarlos cuando se fue, Francis y Gilbert estaban al borde de la silla, esperando cualquier seña para mandarlo a buscar hasta por el último rincón de la tierra. Había sido un proceso increíblemente duro para el español, dado a que no tenían absolutamente nada, su padre y él lograron encontrar un trabajo en una hacienda pero el dueño solo pagaba a base de comida y techo, por lo que el padre de Antonio en busca de que su hijo no abandonara sus estudios, consiguió otro trabajo para generar ingresos, a su desgracia esto no le gusto al primer jefe y terminó echándolos, dejándolos de nuevo sin sitió donde dormir.
Fue entonces que Elizabetha, que ya trabajaba con la familia de Roderich en la pequeña parte que habían comprado de la hacienda Fernández, los llevó a ella, primero siendo rechazada por el padre de Antonio pues no deseaba volver a pisar el suelo donde terminó su matrimonio, con las insistencias de su hijo y la chica, accedió; fue entonces que Antonio los contactó.
Lo primero que hicieron ambos fue intentar ayudarlo, recibiendo una negativa ya que eso sería aprovecharse demasiado. Antonio les dijo que saldría adelante solo y de hecho, sí lo logró. Aunque abandono un año la escuela, volvió a ella donde pudo graduarse sin mayor dificultad. A los veinte años recibió a un pequeño João en la puerta de su casa, con la nota de su madre que le pedía cuidarlo por un tiempo (y al parecer ese tiempo era toda la vida), con el descaró de decirle todavía que rectificara su camino y no le enseñara cosas inapropiadas a su hermano. A primera instancia el padre de Antonio no quería a João, por lo que quedó a mero cuidado de Antonio, quién ya no pudo seguir la universidad gracias a eso y a su trabajo. Después de al menos un año, el padre de Antonio se acostumbró al chico e incluso jugaba con él, después de todo João no tenía culpa alguna.
Gilbert suspiró, atrayendo la preocupación de su novia.
Después vino lo peor, la enfermedad del padre de Antonio. Incluso pese a las quejas del hispano, ellos ayudaron en todo lo que pudieron con hospitales y medicinas, lastimosamente en tiempos y las heridas internas que tenía Antonio no pudieron hacer mucho. Gilbert jamás se cansaría de admirar las sonrisas que ponía su mejor amigo cada que le salía una nueva adversidad, aunque le dolía demasiado observar como una después de otra se volvía más rota. Luego de la muerte de su padre, él siguió adelante, cuidando de su hermano, gastando su poco tiempo libre con niños del orfanato. Incluso cuando Francis le dijo que Lovino volvió a aparecer en la vida de Antonio, sintió cierto alivio, algo de felicidad al fin en la vida de su amigo. Pero él estaba negándose a esa posibilidad.
—Él va a estar bien, Gilbert. —dijo Elizabetha. El albino parpadeó, dejando caer unas pocas lágrimas, ni siquiera supo en qué momento se sentaron en el parque. Su novia estaba en cuclillas, frente a él, tomando sus manos entre las suyas para reconfortarlo. —Antonio es de los sujetos más fuertes que he conocido.
—Sé que sigue amando a Lovino, lo sé. ¿Entonces por qué? —balbuceó.
Elizabetha hizo una pausa, mordiéndose los labios, no estaba muy segura de decir eso delante de su novio. Al final lo hizo. —Creo que para amar a una persona o volverla a amar, primero se tiene que amar a sí mismo.
— ¿Qué estás diciendo?
—Antonio esta tan roto que la única manera en que pueda reconstruirse es sí él mismo pone el pegamento.
—.—.—.—.—
Arthur dejó el pesado libro sobre la mesa, moviendo su cuello de un lado a otro para quitar los nudos que sentía. Había estado pegado tres horas ahí, leyendo una hermosa versión de la Divina Comedia que se había comprado justo hace unos días, eso lo distraía bastante de la planeación de la boda, pues su madre completamente alegre le dijo que lo ayudaría pero después Helen, su padre, Patrick y Gales también quisieron intervenir, así que Annie desistió y terminó por irlos a regañar a Inglaterra, aguardando para llegar la última semana; por lo que la planeación recayó completamente en él y Alfred, este último con menos tiempo libre pidió que fuera algo sencillo.
Obviamente en sueños la familia Kirkland haría algo sencillo.
El inglés se recargó de nuevo en la silla, cerrando los ojos. Una bonita imagen de Alfred y él en un altar de flores apareció su cabeza, sonrojándolo; inevitablemente se cubrió la cara con las manos, intentando quitar la vergüenza. Dios, ellos ya se conocían literalmente en todos los aspectos, ¿por qué seguía avergonzándose? Aun así sentía la inmensa felicidad apoderarse de su cuerpo, su corazón estaba totalmente cálido desde que conoció a Alfred F. Jones.
— ¡Arthur, estoy aquí! —gritó él, llegando con una inmensa sonrisa en el rostro. El británico lo miró ligeramente espantado por la ruidosa intromisión. Lo primero que hizo Alfred al pararse delante de él, fue inclinarse y darle un profundo beso que lo derritió por completo entre sus brazos.
— ¿P-Por qué fue eso, idiota? —murmuró desviando la mirada a cualquier punto de la habitación.
—Te ves lindísimo sonrojado, pensé que ya estaba claro. —contestó el americano, tomando su mano y poniéndolo de pie. Arthur obedeció recibiendo un intenso abrazo.
— ¿Qué es…?
—Le pedí a Michelle que se fuera a casa. —susurró en su oído, deslizando sus manos debajo de su ropa, el contacto estremeció a Arthur, las yemas de sus dedos eran de una temperatura diferente a la suya, aunque no estaban frías. Arthur le puso una mano en el rostro, buscando apartarse.
—Pronto nos vamos a casar, tenemos muchas cosas que planear, no hay tiempo para esto. —reprochó sonrojado hasta las orejas.
—Arthur—Alfred tomó su mano entre la suya, entrelazando sus dedos, dándole un beso en el dedo anular izquierdo, justo donde estaba el anillo de compromiso. — ¿me dirás que no? —lo miró con un mohín, fingiendo un puchero.
—I-Idiota… sabes que no. —infló las mejillas, sucumbiendo de nuevo a él.
Alfred no esperó ni un segundo más, casi con hambre lo tomó por las caderas, volviendo a besarlo con mucha más intensidad que la anterior; a duras penas Arthur le pudo seguir el beso. Las manos del americano no tardaron en desabrochar el chaleco azul marino de su novio, siguiendo con la camisa blanca; a veces Alfred se preguntaba por qué su novio se ponía tantas cosas encima.
Siguió con pequeños besos por su cuello, lamiendo por el cuello hasta el lóbulo que apresó entre sus dientes; sin dejar que sus manos pararán de recorrer el cuerpo contrario que ya se encontraba empotrado contra el escritorio, donde tiraron incluso el libro que anteriormente estaba leyendo Arthur.
—A-Alfred…—recibió otro beso, era claro que él no quería dejarlo hablar. Pero estaba siendo demasiado rudo, Arthur no estaba para nada acostumbrado a eso. —Deberíamos… ir a la habitación…
Su novio se relamió los labios, haciendo saltar el corazón del británico, maldito yanqui idiota. Alfred mejor no contestó, tan sólo desabrochó el cinturón del contrario al igual que el botón de su pantalón e intentó bajarlo; Arthur detuvo rápidamente sus manos, impidiendo su avance.
—H-Hay que ir…
— ¿Por qué? —preguntó con una sonrisa maliciosa. — ¿Eres tan pervertido que lo recordarás cada que vengas aquí? —murmuró en su oreja, apretando debajo el pene de Arthur que gimió cerrando los ojos. — ¿Me equivoco? Después de todo no es algo que el perfecto Arthur Kirkland, haría, ¿cierto?
— ¿Qué cosas dices? —balbuceó, pasando sus manos por los hombros de su pareja, aferrándose a ellos al sentir que la mano de Alfred subía y bajaba haciendo fricción. —Hoy estás muy altanero, mocoso…agh.
—Shhh. —El americano puso un dedo en sus labios, besando la frente de Arthur con cariño.
Aún con el gesto de reproche que intentaba mantener Arthur en su rostro, siguieron en lo suyo, el británico tomando más iniciativa que al principio logró quitarle la playera a su novio y más tímido que el otro beso por todo su cuello, apresando de vez en cuando con los labios. Alfred subió sus manos a los pezones de Arthur, pellizcándolos suavemente, logrando causar un espasmo en él. El americano sonrió al obtener lo que quería, quizás el británico no se daba cuenta pero siempre que pasaba eso, comenzaba a frotarse con él, buscando un contacto mucho más profundo al balancear sus caderas. Un movimiento terriblemente efectivo en él.
Rodeando con un brazo las caderas de Arthur logró que ambos penes comenzaran a frotarse uno con el otro, haciendo sonidos morbosos a sus oídos. Arthur gemía débilmente, con una mano en su boca para no dejar salir los sonidos, con cuidado Alfred la retiró, volviendo a entrelazar sus dedos.
—Déjame escucharte, Arthur. —pidió, en un jadeo.
—I-Imbécil… si alguien nos escucha…
Alfred lo besó de nuevo, haciendo su cabeza hacía atrás para adentrar la lengua que comenzó un vaivén similar al de abajo. Arthur con su mano tomó ambos miembros, provocando un gemido en ambos, Alfred por su lado lamió rápidamente dos dedos para comenzar a insertarlos. Al meter el primero Arthur tembló, al segundo arqueó la espalda pegándose por completo a su pareja.
El británico buscó de nuevo los labios de Alfred, pidiéndole que aguardara un poco más, este así lo hizo, intentando estirar lo mejor que podía para que no doliera al momento de meterlo. Al ver el rostro sonrojado de su novio, entreabrió los labios, guardándose esa imagen en su mente, lo amaba, lo amaba tanto que jamás se permitiría olvidarlo. Pese a las quejas de Arthur, logró voltearlo, dejando que su novio se inclinara en el escritorio y alzara las caderas.
—Relájate, Arthur. —pidió, inclinándose sobre él, susurrando en su oreja.
—Como si pudiera. —gruñó él, apretando el borde del escritorio al sentir que comenzaban a penetrarlo. Maldición, dolía aún con la preparación dada. Aun así respiró hondo al menos tres veces, recibiéndolo por completo. Alfred esperó unos segundos para que se acostumbrara.
Al momento en que se comenzaron a mover, como siempre Arthur dejó de pensar que alguien pudiera escucharlos, enterró las uñas en la madera del escritorio y dobló las rodillas al sentirse embestido, los gemidos pronto inundaron toda la habitación, rebotando por ella hasta volver a ellos. Alfred comenzó a besar la espalda de su novio a medida que seguía arremetiendo, intercalando los besos con sus manos para masturbar a su pareja.
—Se siente tan bien…—jadeo Alfred, tomando uno de los brazos de Arthur para voltearlo y que quedará por completo encima del escritorio.
Arthur dobló las rodillas y se recargó con los codos sobre la madera, estirando ligeramente las manos para que Alfred lo abrazará. El americano deseó sin duda tener una cámara en ese momento para capturar el momento. Gruñó suavemente al verse provocado y accedió a la petición contraria, no sin antes dar una embestida mucho más fuerte que hizo gemir mucho más fuerte a Arthur.
—Te amo, Alfred. —murmuró Arthur abrazándose por completo a él.
—También te amo, Arthur, jamás lo olvides. —susurró él, volviendo a besarlo. Alfred se sentía en el verdadero paraíso al tener a Arthur a su lado, gimiendo su nombre, poniendo expresiones tan hermosas únicamente para él.
Amaba cada parte de ese chico y tenía que dejarlo ir.
Una vez que terminaron, Alfred se recostó con Arthur en el suelo, mirándolo de lado al igual que él. El británico sonrió, estaba tapado con la chaqueta del Alfred, pero la temperatura comenzaba a descender pues ya se acercaba el invierno. Alfred poco a poquito se acercó más a él, poniéndole un beso en la frente, Arthur se acurrucó, descansando en su pecho. No tardó mucho en quedarse dormido, mientras Alfred lo observaba, acariciando su rostro y cabello. Ojalá pudiera parar el tiempo, así Arthur podría estar siempre con él. Con cuidado besó sus labios, intentando no despertarlo.
Cuando comenzó a temblar a causa del frío, Alfred lo cargó con cuidado llevándolo a su habitación, arropándolo entre las mantas; después bajó para limpiar todo el desastre hecho. Al momento en que tocó recoger las pertenencias de Arthur, notó que la billetera del inglés estaba al lado del pantalón, de esta salía una pequeña foto la cual era la primera que se tomaron en Gakuen; el americano sintió que las lágrimas se acumulaban en su rostro, apretando la imagen, decidió quitarla de donde pertenecía y guardarla en su bolsillo.
Algo le decía que él la necesitaría más que Arthur.
La mañana siguiente Arthur se extrañó de verlo ahí a su lado, Alfred lo estaba observando cuando despertó, dándole un abrazo de oso también.
— ¿No irás a trabajar? —preguntó, moviéndose, mala idea la cadera le dolía todavía.
—Al parecer tu tampoco. —sonrió, metiendo las manos por las sábanas para sobar la zona adolorida y de paso acercar más a su novio. — ¿Qué te parece si tenemos una cita después de tanto tiempo?
—Acabamos de tener una el fin de semana. —Arthur puso los ojos en blanco, sin entenderlo.
—Es cierto… ¿y sí nos quedamos en casa viendo películas hasta quedarnos dormidos? —preguntó, besando sus mejillas de nuevo. Arthur sonrió al sentir cosquillas.
— ¿Qué pasa contigo? Estás muy meloso desde ayer.
—Sólo quiero hacerte saber que eres mi persona más importante. —murmuró en sus labios, jugando con sus labios sin llegar a besarlo todavía.
—Siempre lo he sabido, tonto. —Arthur pegó por completo sus labios, poniendo ambas manos en sus mejillas. Los ojos de Alfred destellaron de felicidad.
—Jamás lo olvides, ¿de acuerdo?
—Parece que dirás tus votos de matrimonio. —se burló el inglés, sin comprender. Con sus manos acarició el rostro de Alfred, quitando los mechones rebeldes de cabello. — ¿Cómo podría olvidarlo si estarás todos los días de mi vida recordándomelo? —preguntó, inocente.
Alfred sintió que un nuevo nudo volvía a atorarse en su garganta, y en efecto, no pudo darle una respuesta a Arthur. Tan sólo lo abrazó con fuerza, desconcertando al inglés, este sintió las primeras lágrimas resbalarle por la espalda, estaban tibias. Aunque intentó llamarlo varias veces, Alfred negaba con la cabeza, sin detener el llanto. Lo único que pudo hacer fue susurrarle que todo estaría bien y acariciarle la espalda con sumo cuidado, como si fuera a romperse.
—.—.—.—.—
Lovino se sentía como si se fuera a derretir en cualquier momento, el simple hecho de haber encontrado a Antonio y de convencerlo de salir por la tarde-noche, le puso infinitamente feliz. Al menos no tendría que esperar hasta el día siguiente para verlo, aunque también lo haría. Puso una nueva sonrisa boba, segundos después la quitó por parecer estúpido y al instante volvió a ponerla otra vez, así estuvo por al menos cinco minutos.
— ¡Crío, salgamos a comer algo! —gritó Sadiq, apareciendo por la puerta. Lovino pegó un brinco, maldiciéndolo en voz alta. Su secretaria se disculpó mil veces, de verdad, le tendría que aumentar el sueldo a la pobre chica que siempre tenía que lidiar con la bola de raros de sus amigos o familia. — ¿Qué dices, quieres venir conmigo?
—Apenas hace dos días salimos a comer. —gruño Lovino, carraspeando para fingir que leía el informe maltratado en su escritorio. Incluso se puso las gafas lo más rápido que pudo, que incluso se había lastimado el ojo. Pensó que sería Govert reclamándole de nuevo no haber avanzado nada.
—Estoy aburrido.
—Ya. Pues regrésate por donde viniste. —contestó el italiano, retirándose las gafas para observarlo y de paso sobarse. — ¿Por qué maldita sea en vez de estar perdiendo el tiempo, y más importante haciéndomelo perder a mí, no vas con Heracles y le presionas para firmar los jodidos documentos?
Sadiq sonrió por lo bajo. —Si hago que los firme, ¿comerás conmigo?
—Sí, sí, claro. —murmuró Lovino, escribiendo algunas cosas en su computadora.
El turco ensanchó mucho más su sonrisa, sentándose cómodamente en la silla y poniendo los pies arriba del escritorio, al tiempo en que sacaba unas hojas engargoladas de su maletín y las lanzaba a donde Lovino. Él inmediatamente se giró, buscando los mejores insultos en su repertorio, hasta que notó la firma que deseaba.
—Listo, Su Majestad. —comentó Sadiq, satírico.
— ¿De verdad…? —Lovino tomó las hojas, mirando una a una, haciendo su sonrisa cada vez más grandes provocando alardeos en el contrario. Al momento que se giró a él, con una increíble alegría en el rostro, Sadiq tuvo que carraspear para no quedarse embobado en su rostro. — ¡Con esto ya lo tenemos todo! —festejo, poniéndose de pie de un salto.
—Por supuesto, estás hablando con el increíble negociador, Sadiq Adnan.
— ¿Cómo lograste convencerlo? —preguntó Lovino, volviéndose a sentar, sin borrar la sonrisa. El turco hizo un mohín, había esperado al menos un abrazo.
—Le dije que dejaría a sus gatos en paz. —comentó encogiéndose de hombros. —Sobre todo a Kiku.
—Ya. —Lovino puso los ojos en blanco. No pensaba que fuera tan fácil de convencer.
—Oh, pero no te pongas celoso, crío, por el momento solo estoy interesando en ti. —sonrió.
—Sí, vete a la mierda. —contestó Lovino, ignorándolo, festejando internamente el nuevo contrato.
—Entonces, ¿a qué hora iremos a comer? —preguntó Sadiq cruzándose de brazos. —Tengo algo que proponerte.
— ¿Qué es?
—Salir conmigo, por supuesto. —chasqueó sus dedos, apuntándolos con ellos segundos después. Lovino sintió la cara ligeramente sonrosada por lo directo de su compañero. ¿Cuántas veces iba a decírselo?
—Pues mi respuesta seguirá siendo la misma. —dijo sin prestarle atención. —Además, ya tengo un compromiso hoy así que puedes irte a la mierda tu solo.
— ¿Ehhh? —se cruzó de brazos insatisfecho. — ¿No deberíamos ir a festejar mi súper increíble contrato?
—Prometí que estaría en otra parte.
—Bueno, te puedo acompañar.
Lovino dejó lo que estaba haciendo, lo cual ni siquiera él sabía que era y lo miró fijamente, Sadiq tenía la sonrisa socarrona en su rostro. —Definitivamente no.
— ¿Qué? Si es un negocio yo puedo ayudarte y si vas con una chica linda puedo traer a otra.
—Podemos ir otro día, con Govert y Scott ya que ellos también estuvieron bastante involucrados con Heracles. No es un brindis que solo te corresponda a ti. Además, ya te dije que no tengo intención de salir con alguien que me engañará en menos de una hora.
De pronto el turco golpeó la mesa, sorprendiendo al contrario que se contrajo ligeramente asustado. Usualmente Sadiq remataba con una frase irónica sobre sus quejas. Sin que pudiera esperarlo, Lovino fue sujetado por la corbata de su traje y atraído a su captor, quién apresó sus labios entre los suyos.
—Voy enserio contigo, crío. —susurró apretando más el agarre en su ropa, bastante molesto. —Estoy cansado de que me tomes a la ligera.
Lo soltó chasqueando la lengua y saliendo del despacho dejando a un Lovino completamente desconcertado.
—.—.—.—.—
Antonio estaba jugando con sus manos, inquieto sobre lo que pasaría a continuación. Sentía una presión enorme sobre su pecho. Su pequeño hermano se había quedado bajo los cuidado de Eli y Gilbert que lo llevaron a un parque de diversiones, más que nada porque la húngara se sentía arrepentida de ponerlo a hacer ejercicio como loco. Además a Gilbert le gustaba que lo llevaran entre ambos, pues parecían una bonita familia.
Miró las luces del parque, se veían hermosas, había pequeños focos blancos al borde del césped y varios troncos también tenían luces hermosas o figuritas iluminadas. Era un lugar muy bonito, de hecho varias personas se estaban tomando varias fotos. Al ver una pareja en la figura de corazón pensó en Lovino, bajó la mirada casi de inmediato. Tenía que rechazarlo apropiadamente, hacerle entender que sería mejor si ambos seguían su vida como hasta ahora; aunque Antonio pasaría cada noche pensando en él.
No es como si ya no lo amara, lo amaba y al volver a verlo su corazón dio un vuelvo enorme y luchó con todas sus fuerzas para impedirse no abalanzarse sobre él. Los pensamientos negativos se apoderaron de nuevo de él, inundando su mente en una laguna oscura.
Primero había sido Emma, salió lastimada por amarlo de una forma horrible. Luego había sido Lovino, junto a Máximo, a su padre e incluso a su madre. Todos salían lastimados por amarlo, porque él los amaba. Antonio sorbió su nariz, sintiendo las lágrimas acumularse. No podría ser casualidad, definitivamente él tenía la culpa. Por eso no podía estar con Lovino otra vez, tenía miedo de volver a lastimarlo, de que Lovino volviera amarlo y resultará de una forma mucho más horrible.
Alzó la mirada, sacudiendo la cabeza, haciéndose cosquillas con su cabello cuando este le rozó. A lo lejos pudo distinguir a Lovino, venía paso a paso, similar a un robot; no pudo evitar una risita, cubriéndose con la mano. El italiano incluso llevaba, por lo que se veía, sus mejores ropas. Antonio se sintió un poco mal, él simplemente se vistió con lo primero limpio que encontró.
—Y-Ya estoy aquí. —tartamudeó Lovino, mordiéndose la lengua.
—Te ves bastante lindo, Lovino. —dijo Antonio, sonriéndole.
La parte interna de Lovino estalló en pequeños gritos que se quedaron ahogados en su mente. Había hecho bien en pasar a una tienda a comprar ropa nueva.
— ¿Vienes de trabajar? —preguntó el hispano, mirando su maletín que estaba cruzado por su cuerpo con una correa.
—Sí. Fue un día bastante agitado. —rio Lovino, sentándose a su lado. —Govert me comenzó a gritar por cosas insignificantes. Tuve que escaparme para poder venir, así que tengo que regresar una vez que terminemos aquí.
—Me hubieras mandado un mensaje, podríamos vernos mañana. —comentó preocupado. —No deberías saltarte el trabajo, es importante.
—Tú eres mucho más importante. —contestó Lovino por inercia, en voz alta. ¡Se supone que debía haber sido un maldito pensamiento! —E-E… Es decir… ¡ya había quedado contigo, bastardo! ¡Es de muy mala educación cancelar a último minuto y estaba seguro que no tendrías otra cosa mejor que hacer que estar conmigo!
—De hecho pude haber comenzado a empacar. —dijo Antonio, rascándose la mejilla. —João abrió las maletas por la tarde, buscando que ponerse y desacomodo todo de nuevo.
—Podemos ir—aseguró Lovino—puedo ayudarte a empacar, bueno, sí tú quieres.
— ¿Te has saltado el trabajo para ir a empacar?
—Con tal de estar contigo estaría bien.
MALDITA SEA, ¿POR QUÉ SE LE ESTABA SALIENDO TODO LO QUE PENSABA?
Lovino se cubrió el rostro con las manos, totalmente avergonzado de lo dicho. Antonio hundió la mano en sus propios cabellos, ocultando su cara entre el brazo. ¿Por qué Lovino nunca podía dejar de ser lindo? Le hacía mucho más difícil todo.
—Lovino…
Bien, primero lo primero, regresar el estúpido mote.
—No hablamos mucho en el departamento, lamento haberme ido así de pronto. —dijo apretando las manos en puños. Diciéndolo antes de que perdiera todo el valor. —Y después llegar a decirte cosas estúpidas así como así.
—De verdad te has vuelto muy franco. —sonrió.
Maldita sea, ¿lo estaba diciendo enserio? Lovino apretó los dientes, ¡era obvio que no se arrepentía de lo último! Quizás de las palabras empleadas sí, un poco, pero no del significado. ¿Por qué no intentaba leerlo un poco? ¡A Antonio siempre se le facilito eso!
—Supongo… —fue lo único que pudo contestar. Lovino sintió ganas horribles de golpearse, tenía que empezar a hablar hasta los malditos codos o Antonio se iría. ¿Dónde demonios estaba todo lo que memorizo la noche anterior frente al espejo? —… escuché que trabajas con Roderich.
—Sí, creo que fui yo quién te lo dijo. —ocultó una risa, mirándolo fijamente. Los colores llegaron a la cara de Lovino, queriendo golpearse contra el poste de luz que estaba a cinco metros de él. —Pero sí, Roderich ha sido de gran ayuda para mí, y lo ha hecho sin pedirme algo a cambio es muy raro de él, ¿no crees?
—A lo mejor le gustas al bastardo. —bufó con mal humor, sin querer pensar que fuera eso.
—No, no, Rod después de Eli decidió darse un tiempo para él mismo.
—No sé de quién mierdas me hablas. —contestó desinteresado. Al menos confirmo que el señorito no quería a Antonio, aunque conociendo lo despistado que era el español no le extrañaría que no se hubiese dado cuenta.
— ¿Y tú cómo vas? —preguntó mirando las luces, estás reflejaban en el rostro de Antonio, haciendo relucir sus facciones. —He escuchado mucho de tus empresas.
Lovino sintió entonces emoción, quizás Antonio compartiría su mismo entusiasmo al decirle que la persona que había arruinado su vida había caído por completo.
—Lo logré. —dijo Lovino, volteando a él con una sonrisa. Antonio lo miró sin comprender. —Destrone a Blas, ese hijo de puta ya no puede dañar a nadie, ni a ti ni a mí. Así que podemos estar completamente tranquilos, no hay manera que algo más pueda separarnos.
Antonio hizo un mohín momentáneo, quizás fue a impresión de Lovino pero parecía por segundos fugaces ligeramente triste de escucharlo; llegó a la conclusión de que solo era por recordar las cosas desagradables que le hizo ese bastardo. Pues no tardó mucho para que pusiera una mano sobre su cabeza, regalándole un sonrisa encantadora que atravesaba su corazón como una flecha.
—Eres genial, Lovino, estoy muy orgulloso de ti.
— ¿N—No… —tomó aire, ruborizándose hasta las orejas— no me dirás Lovi?
¡Por todos los malditos cielos, quería que la tierra se lo tragara por completo! Ni siquiera era capaz de mirar a Antonio a la cara, tan sólo desvió el rostro, ahogando su grito internamente. Al ver que Antonio no contestaba, lo miró lentamente de reojo, sin querer conectar sus miradas; ¡primero muerto que dejar que lo viera así! ¡Debía ser al revés maldita sea!
—Puff. Eso fue demasiado adorable. —se rio de buena gana, atrayendo algunas miradas que solo incendiaron el rostro de Lovino todavía más. — ¡Faltaba más, Lovi, de verdad siento que estoy viendo a un nuevo tú! ¡Me encanta!
Le encantaba, es decir, ¿podía tomar eso como que él, Lovino Vargas, le seguía encantando? Había sido elogiado… ¿cómo podría contestarle ahora? Ehhh…
— ¡Por supuesto, imbécil, ¿quién te crees que soy?! ¡El súper casanova Lovino! ¿Qué acaso no te habías dado cuenta? ¿¡Eres idiota!? —chilló con la mente en blanco absoluto, pegándole un golpe a Antonio para quitarse la vergüenza.
Un segundo.
¿QUÉ DEMONIOS ESTABA HACIENDO? Lovino se quiso dar un golpe en la frente, ¿por qué no podía ser honesto de una vez por todas y sonreírle, diciéndole que estaba feliz por el cumplido dado? Mínimo un puto gracias. Ah, definitivamente no servía intentar actuar lindo, jamás lo lograría.
—Eso me dolió. —se quejó Antonio, sobándose la cabeza.
—Haz recibido peores míos, ya perdiste la costumbre, bastardo. —reprochó Lovino, cruzándose de brazos e inflando las mejillas.
—Eh, Lovi, yo debería ser el enojado. —bufó Antonio. Un pequeño rugido en su estómago se escuchó, haciendo que Lovino lo mirará. —Lo siento, no he comido todavía, tuve que alistar a mi hermano para que lo llevaran al parque y ordenar un poco la habitación.
Lovino se cruzó de brazos. —No deberías descuidarte tanto, ¿quién cuidará del mocoso si no eres tú?
—Tienes razón.
—Andando. —se puso de pie, poniéndose delante de él. El español lo miró sin comprender. —Haré algo para que comas, ya me está entrando hambre a mí también.
— ¿Eh? ¿EH? ¿Cocinarás para mí? —exclamó bastante feliz. Lovino se guardó una sonrisa interna, sin querer dejar ver que su expresión volvió a emocionar a su corazón.
Comenzaron a avanzar, por el sendero de las luces, relucían hermosas. Lovino las miraba con absoluta fascinación, en cambio el hispano iba a su lado, contándole como Roderich era sumamente estricto con el trabajo y que solo le faltaba un látigo para comenzar a golpearlos; aunque a Francis casi ya se lo había hecho por tomarle fotos dormido, pero todo se resolvió cuando el austriaco contacto a Matthew para acusar a su acosador novio.
—Fran estuvo llorando por una semana que Matthew no le contestaba. —se burló.
Lovino miró las manos del hispano, estás se movían al ritmo que relataba la historia, mientras que en él se formaba una necedad enorme de tomarlo de las manos. Todavía sentía a Antonio bastante distante de él, no quería pensar que las palabras que le dijo en la habitación eran ciertas. Ese día sería su mayor intento, por eso en la noche estuvo imaginándose la cita perfecta, ese día sabría si debía aferrarse un poco más o dejarlo ir para siempre.
— ¿Lovi? —Antonio lo llamó sorprendido, mirando la mano que el italiano le había tomado, entrelazando sus dedos. Lovino volvió a tener un rubor en las mejillas, pero lo miró con reproche ante su incógnita.
— ¿Qué tiene de malo tomar la mano de la persona que amo? —preguntó lo más franco que pudo, haciendo sonrojar también a Antonio. —Es algo que no todo el mundo puede hacer, desaprovecharlo sería una estupidez.
Antonio sintió un tirón dentro de su pecho, dio un paso a Lovino, extendiendo la mano suelta a él queriendo acariciar su rostro. No pudo hacerlo. Sintió de nuevo esa oscuridad rodearlo, congelarle la sangre, por lo que quitó de inmediato el agarre contrario, dando dos pasos atrás. Desvió la mirada de Lovino, soltando un jadeo al momento.
— ¿Antonio? —Lovino intentó avanzar a él, pero a cada paso, el hispano lo retrocedía. — ¿Te encuentras bien?
—Escucha, Lovi… Lovino—completó, volviendo a poner la distancia que ya había sido acortada. —regresaré a España, yo como te dije, no puedo ofrecerte lo mismo que antes. No hay forma que pueda volver a amarte, así que no lo intentes más, por favor.
El italiano entonces quiso tomarse esas palabras enserio, deseó que su corazón las escuchará por completo, dejar de aferrarse a ese amor. Después de todo, ¿no se suponía que Antonio ya le estaba dando la total negativa? Sin embargo, ¿cómo podía escucharlo? ¿cómo podía acceder a eso si quién lo decía estaba llorando sin darse cuenta?
Lovino pensó en algún momento de la noche que Antonio podría romperle el corazón con una negativa rotunda, no obstante, lo que lo quebraba no era el "no"de Antonio, sino lo terriblemente destrozado que se veía él, ahí, intentando convencerlo de renunciar a él.
—V-Volveré al hotel. —siguió, limpiándose de inmediato las lágrimas al sentirlas por sus mejillas. —Adiós.
Lovino miró como su espalda se alejaba cada vez más, sin mirar atrás; justo como aquella vez que Antonio caminó detrás de él, pero ahora de manera triste y dolorosa. ¿Qué había hecho Antonio en ese entonces?
Por supuesto. Correr para atraparlo.
E imitando el gesto como un niño pequeño, corrió a él, rodeándolo con sus brazos en un fuerte abrazo. Antonio dejó de caminar, tensándose de inmediato.
— ¿Qué estás…?
—No tienes que volver a amarme. —dijo Lovino, estrechándolo aún más. —Únicamente quiero que vuelva el Antonio que conocía.
—.—.—.—.—
—Arthur, ¿qué tal si cocinas para mí? —preguntó Alfred, recargando sus codos en el escritorio y a su vez, la cabeza en las manos, con una curva larga en los labios.
El inglés se volteó a él como si estuviese loco.
— ¿Qué hay de malo? Quiero que mi prometido me cocine, ¿es tan malo? —murmuró en un mohín. —Deberías comenzar a practicar.
—Estás enfermo. —fue a la conclusión que llegó él, volviendo a su lectura, la cual era sobre qué flores escoger. —Vete a dormir.
— ¡No me mandes a dormir! —reprochó, inclinándose a él sobre la silla. — ¡Tengo hambre!
—Ordena una pizza.
—Tú me dijiste que debía dejar de comer comida chatarra.
—Sí claro y vas a hacerme caso. —bufó el inglés con una sonrisa burlona. —No te la crees ni tú.
—Ehh… ya veo… sigues siendo un asco en la cocina, ¿verdad? —preguntó burlón. —Tal vez debería pedirle a una enfermera linda que me preparara algo, ellas cocinan bastante bien, ¿sabes?
Arthur inmediatamente lo aniquiló con la mirada. — ¡Sólo por esta vez, idiota! ¡Ni siquiera pienses que estoy celoso! —rechistó, cerrando el libro de flores de golpe. Alfred sonrió, haciéndose el inocente. — ¡Te prepararé lo mejor que tengo, que hasta me pedirás más!
Alfred dudaba mucho que así fuera pero su novio ya se había ido corriendo rumbo a la cocina. Cuando estaba a punto de seguirlo, Arthur gritó desde allá: — ¡No vengas o te meteré harina hasta por las orejas! —Así que sería sorpresa. Al menos el americano esperaba no morir intoxicado.
Ya estando en el estudio aprovechó para leer los apuntes de Arthur acerca de su boda, miró los números del teléfono que tenía anotados para el juez, el banquete, el pastel y todo lo demás. Tomó su celular del bolsillo y comenzó a marcar uno a uno, pidiendo la cancelación de los servicios. Jamás dejaría hacer a Arthur algo tan triste como eso; cerró los ojos, con las pestañas mojadas al aguantar las lágrimas, gracias a todo lo sagrado que nadie pedía explicaciones sobre el porqué y accedían a no ponerse en contacto con la otra persona.
Una pequeña sonrisa se formó en sus labios al escuchar las maldiciones de su novio desde la cocina, claro estaba que el olor a quemado ya se había extendido por toda la casa.
Miró las fotos del escritorio, tenía una de su familia con Arthur, todos se veía tan perfecto ahí. Su padre ya sabía que tenía que ir a Níger, aunque le pidió que no dijera todavía nada a Arthur, mientras que Matthew había llorado toda la noche anterior al enterarse. Tendría que partir en tres días, contando ese, por lo que al día siguiente debía decirle a Arthur sí o sí. No pudo hacerlo antes, quería disfrutar su última semana con él de la forma más esplendorosa que pudo, así si moría, lo haría con una sonrisa.
Jamás se arrepentiría de amar a Arthur Kirkland.
Se limpió las lágrimas con la manga del suéter, poniendo su mejor rostro, apretó la foto entre sus manos y le pegó un beso en donde se encontraba Arthur.
—Te amaré hasta el final de mis días, Arthur. —murmuró.
Paso todavía una hora más donde Arthur lo dejó sumido en sus pensamientos, recordando cosas del pasado, entre ellas escuchaba la licuadora, batidora y el refrigerador abriéndose una y otra vez. Comenzó a reír, ¿qué clase de comida estaba preparando?
— ¡Está listo! —dijo Arthur, apareciendo de pronto, bañado en harina y masa con jalea de fresa escurriendo de un mechón de su cabello. Aun así parecía bastante feliz. Corrió a él y lo tomó de la mano, llevándolo hasta la cocina, en ese pequeño trayecto Alfred volvió a memorizar su expresión.
En la mesa de la cocina estaban dos platillos, un plato de scones con mermelada de fresa y en otro un panque que parecía haber sido recortado con unas tijeras por los bordes que tenía quemados. Alfred se guardó la risa, aunque sentía que sus labios no tardarían en traicionarlo.
—Patrick me enseñó a hacer los scones. —sonrió bastante orgulloso de su trabajo. —Saben más increíbles si les pones la fresa.
Alfred casi estaba seguro que los scones estaban desprendiendo un conjuro macabro.
—Ehh… ¿Qué tal si pruebo el pan primero? —preguntó nervioso. —Hay que dejar lo mejor para el final, ¿no?
—Claro. Mira, también hice un poco de té. —ofreció, poniendo la tetera en la mesa, sirviéndole en una taza. Al menos no había bajado al infierno por completo, los tés de Arthur eran exquisitos.
Alfred tomó despacio el pan, lucía bastante bien a decir verdad, a excepción de lo quemado que ya había sido retirado por Arthur. Armándose de valor le dio la primera mordida, sintiendo el pan crujir en su boca, ¿¡por qué rayos un pan dulce estaba salado!? Debió exclamar eso en su rostro, pues Arthur pareció notarlo y agachar la mirada.
Ojalá Arthur pudiera entender que no era el único que sucumbía ante el otro.
Tomando mucho más coraje, consiguió meterse casi tres cuartas partes de lo que sobraba, masticando lo más rápido que pudo y pasándoselo con el té.
— ¡No debiste comértelo, te hará daño! —reprendió el inglés, preocupado.
— ¿Qué estás diciendo? ¡Estaba delicioso! —contestó de inmediato Alfred, sirviéndose un montón de té, casi acabándose toda la tetera.
—Claro que no, tú cara lo dice todo.
El americano frunció la boca, inflando las mejillas, tomo dos scones y después de bañarlos completamente en mermelada de fresa, comenzó a comerlos. Estaban demasiado duros y sentía que se le rompían los dientes, pero no importaba, ver a su novio intentando ocultar su felicidad era suficiente para querer comerse todo lo demás.
Aunque su estómago no pensó lo mismo, pues no tardó mucho en sentirse enfermo e irse corriendo al baño.
—Te lo dije. —bufó Arthur, sobándole el estómago después de haber tomado un baño y limpiar todo su desastre. Todavía le sorprendía que su suegro no lo hubiese corrido por arruinarle dos hornos. — ¿Por qué querías comer mi comida, tonto?
— ¿Por qué? Porque te amo. —contestó, atrayéndolo a él, haciendo que se acurrucara a su lado. — ¿Qué otra respuesta sería?
—Alfred… —Arthur se recostó sobre su brazo, mirándolo fijamente a los ojos. —Tu eres el único idiota que lo haría.
— ¡Por supuesto! —contestó feliz. —Soy tú idiota después de todo.
Arthur lo besó, tomándolo casi por sorpresa, rodeó con sus brazos alrededor de su cuello, pegándose por completo a él. Alfred no tardó en comprender, por lo que lo dejó debajo suyo, repartiendo sin fin de besos por todo él. Recorriendo su cuerpo con caricias que estremecían al otro. Siguió repitiéndole cuanto lo amaba entre susurros, entre besos.
Ya que esa sería su última noche juntos.
—.—.—.—.—
—Sigo siendo el mismo, Lovino, no sé de qué me estás hablando. —murmuró Antonio, poniendo las manos encima de las suyas, buscando apartarlo.
Lovino pegó la cabeza a su espalda, negando. —No. Tal vez se te olvide, pero yo te conozco tanto como tú me conoces a mí, Antonio. Sé que algo no anda bien contigo, y temo que eso sea mi culpa, que por todo lo acontecido ya no puedas tener esa sonrisa que tanto nos atraía a tu alrededor. Ahora tu aura es mucho más triste.
—Hoy vine a decirte esto, Lovino, yo no puedo abandonar…
—Nadie tiene que abandonar nada. —bufó, estrechándolo más. —No tienes que sacrificar nada para estar a mi lado y yo tampoco para estar contigo. Ya no hay que temer a nada, Antonio, porque sé que puedo afrontarlo solo o contigo, y yo quiero que sea contigo.
—Escucha-
—No tú escucha. Me prometí que si volvía a encontrarte lucharía, daría lo mejor de mí para cumplir esas promesas que nos hicimos uno al otro. —Lovino lo tomó por las mejillas, impidiendo que volteara a otro lado. —Quiero tener una vida a tu lado, Antonio, pero si tu no lo quieres así entonces no hay manera que yo busque quedarme, respetaré cualquier decisión que tomes por tu felicidad.
—Yo… no hay manera…—balbuceó, mordiéndose los labios y apretando su rostro con fuerzas para no comenzar a llorar. —…no hay… Lovi… ¡yo no puedo estar contigo, saldrás lastimado de nuevo! —soltó de pronto, cubriéndose los ojos con ambas manos.
¿Lastimado? ¿Por qué?
— ¿A qué te refieres, Antonio?
— ¡Ah, crío, te encontré! —gritó Sadiq de pronto, abrazándolo por los hombros. Antonio abrió los ojos aún cubiertos. —Ohhh. ¿Ahora a quién estas rechazando?
—Sadiq, cállate. —Lovino intentó soltarse de su agarre, pero únicamente consiguió que lo apresara más.
—Lo siento, chico, la razón por la que Lovi te rechazo es porque está saliendo conmigo. —sonrió coquetamente, dándole un besito a Lovino en la cabeza.
Antonio se descubrió la cara, bajando las manos. Lovino ya se había separado de Sadiq, negando por completo sus palabras. Grande fue la sorpresa del turco al encontrarse una cara conocida.
—Ah, tú eres el sujeto que salía con Lovi antes, ¿no? —sonrió, aunque su sonrisa era mucho menos amigable que la primera. — ¿Te atreves a buscarlo de nuevo? ¿No sabes cuánto ha sufrido por tú culpa?
— ¡Que te calles! —espetó Lovino, aventándolo a un lado. El hispano, tomó aire, limpiándose las lágrimas. —Antonio, este sujeto es un imbécil, olvida todo lo que te ha dicho.
—No, Lovi, él tiene razón. —sonrió, encogiéndose de hombros; Sadiq alzó una ceja, confundido. —Por mí culpa Blas te llevó al límite. Si yo no te hubiera amado, entonces quizás todo hubiese sido diferente.
—Oye…—Sadiq lo miró con sorpresa, e incluso dio algunos paso a él.
—Sabes que eso-
— ¿No es verdad? —preguntó Antonio. —No te mientas, Lovi. —hizo una pausa, intentando recobrar el tono normal de su voz; la cual llegó a Lovino opaca y triste. —Regresaré a mi hotel, hasta luego.
Lovino intentó seguirlo pero Sadiq lo impidió, tomándolo por el brazo. —No es buena idea, Lovino, necesita estar un rato solo.
— ¿Qué mierda estás diciendo, tarado? ¡Él ya ha estado mucho tiempo solo! —Lovino se llevó una mano a la cabeza, apretando los ojos con fuerza, le dolía el corazón. — ¿Por qué le dijiste esto, imbécil? Él que lo busco, fui yo.
— ¿Por qué demonios harías eso? —preguntó Sadiq. —Te vi, crío, te he observado bastante tiempo como para decir que ese idiota español te hizo sufrir mucho más que tu padre. Él fue quién se marchó, ¿no es así? Antonio fue el único que se fue.
— ¡No, cierra la puta boca, tú no sabes nada! —espetó, enojado. —Deja de hablar de él como si lo conocieras, idiota, no tienes la más mínima idea de lo que sucedió con nosotros ¡así que no te atrevas a hablar como sí esto te correspondiera!
— ¡Estoy hablando porque lo hace! —reclamó Sadiq. — ¡Ya te dije que voy enserio contigo, me importa lo que haces, idiota! ¡Buscar a tu antiguo amor es lo más enfermo que puedes hacer, supéralo de una buena vez!
Lovino gruñó por lo bajo, haciendo rechinar sus dientes de tan fuerte que los estaba apretando.
— ¿Cuánto tiempo vas a seguir detrás de él, esperando que vuelva a ti? —preguntó de nuevo Sadiq, mucho más calmado. — ¿Qué pasa si él ya no te ama como antes? ¿Y si ya no te gusta su nuevo yo? Lovino, hay millones de personas en el mundo, ¿por qué tienes que aferrarte a algo que no puede ser?
— ¿Y tú como sabes que no puede ser? —contestó irritado. — ¿Vienes del futuro acaso? ¿O tienes un libro donde ya está escrito que va a pasar conmigo? No, incluso así, no podrías saberlo. Las cosas pueden cambiar, Sadiq, no necesariamente tiene que ser un amor dependiente. No sé qué demonios se imaginen cuando digo que quiero recuperar a Antonio, a lo mejor piensan que estaré tirado a sus pies o abandonaré todo mi amor propio por él. ¡Claro que no! Eso, eso es un amor enfermizo. No lo que yo trato de hacer, ¿qué tiene de malo querer intentar de nuevo con alguien? Mientras no afectemos a terceros, mientras no nos afectemos a nosotros mismos, dime, ¿qué demonios tiene de malo volver a intentarlo? Sé que hay un billón de personas allá afuera, que podría intentar enamorarme de cualquiera, pero no quiero, ¡y nadie puede obligarme a hacerlo!
—Lovino.
—Vienes y te entrometes en una plática que no te correspondía, intentando hacer que yo corresponda tus sentimientos, pero lo siento, incluso si Antonio me rechaza o lo que sea, no hay manera de que me enamoré de ti. —explicó Lovino mucho más tranquilo, incluso con tacto. —Si hubiese la posibilidad, ¿no crees que ya habría ocurrido? —preguntó, con las cejas fruncidas, preocupado de no ser demasiado rudo. —Me agradas, me agradas demasiado, pero te consideró un amigo como Govert, Scott o Bel. No puedo imaginarme besando o tocándote.
—Está bien, está bien, crío, detente ahí mismo. —pidió el turco, sintiendo como su corazón y sus sentimientos comenzaban a ser destruidos. No obstante, mantuvo la cara neutral, sin dejar que escapara algún lamento o lloriqueo. —Lo he comprendido.
—Gracias por intentar amarme, Sadiq. —sonrió Lovino, dándose la vuelta, yéndose por otro camino alterno al del español.
Había rechazado por completo, Sadiq se quedó sin palabras, nunca pensó que le fuera a doler tanto.
—.—.—.—.—
— ¡Ah, Lovi! —sonrió Emma al verlo llegar. Govert y Scott estaban rodeando la mesa, parecía una reunión de gánster por la cara de amargados que se cargaban, aunque a decir verdad era bastante natural. —Sadiq dijo que teníamos algo que celebrar, pero tú huiste a la primera oportunidad. Y pues él… no ha llegado.
Lovino suspiró, se sentía mal por el turco pero todo lo que había dicho era verdad. Además todavía las últimas palabras de Antonio, antes de que fueran interrumpidos, seguían rezumbando en sus oídos.
— ¿Sucedió algo? —preguntó Govert, más intuitivo. —Luces bastante mal.
— ¿Te encontraste con tu padre de casualidad? —indagó Emma, preocupada.
— ¿O se acabó la pasta en ese restaurante al que siempre vas? —siguió Scott, indiferente.
Lovino tomó asiento en la sillas, en la mesa había pizza, sodas y alcohol, a su desgracia no tenía animo para estar celebrando nada.
—Hace unos días volví a encontrarme con Antonio. —confesó, decaído. Emma llevó una mano a su boca, sorprendida.—Feliciano me pasó en donde se estaba quedando, y pensé ingenuamente que podía ir de nuevo a él como si nada hubiese pasado, pidiéndole que estuviéramos juntos de nuevo.
—Lovino, eso…
— ¿Es enfermo? —preguntó él, poniendo una sonrisa falsa. No de nuevo, por favor. —Como le dije a Bel, yo he logrado salir adelante sin Antonio he buscado incluso amar a otras personas, no obstante jamás he podido hacerlo. En fin, eso no es lo que me preocupa por ahora.
— ¿Entonces?
—Hoy cuando me encontré con él, antes de que Sadiq interviniera dijo algo. Dijo que si me volvía a amar entonces de nuevo saldría lastimado. No pude preguntar a qué se refería porque Sadiq acabo interviniendo. —se cruzó de brazos, echando la cabeza para atrás angustiado. — ¿Por qué saldría lastimado? ¿Está saliendo con alguien? ¿Tiene problemas con la mafia o algo así? Es que no lo entiendo.
—Quizás es una manera cobarde de decirte que ya no te quiere más a su lado.
—Scott. —cortó Emma, pegándole una patada. El pelirrojo arrugó la nariz en su dirección. —Dudo que sea así, Lovi, si fuese el caso de tener a otra persona te lo hubiese dicho de frente, y sobre lo de lastimarte…—la chica se quedó pensando unos segundos, antes de hacer un ruido de sorpresa, llevándose las manos a la boca. —No…no, no, no.
— ¿Emma?
—Hermano, ¿recuerdas lo que te dije cuando me preguntaste porqué Antonio no sabía lo que pase en la escuela? —preguntó Emma. Lovino la miró extrañado que sacará a relucir de nuevo el tema. Govert negó con la cabeza. —Me mentí a mí misma diciendo que jamás pasaría, que Antonio era demasiado fuerte para pensarlo. Que jamás se quebraría.
— ¿Qué quieres decir Bel? —preguntó Lovino, angustiado. — ¿Qué está pensando Antonio?
—Lovi… Toño sentía que era su culpa lo que me estaba pasando en ese tiempo, porque me amo. —contestó ella, apretando su falda. —Se le quedo como un pensamiento al principio, pero después…
Lovino se puso pálido de pronto, agarrándose con fuerza el corazón.
—Blas arruinó a su familia e hizo que ambos nos separáramos.
—No entiendo, ¿eso que tiene que ver? —preguntó Govert confundido.
— ¿Qué pensarías tú si da la casualidad que a cualquier persona que ames termina lastimada por terceros que tienen que ver contigo?
—Las chicas idolatraban demasiado a Antonio, por eso me hicieron eso. —continuó Emma.
—Y Blas lo odiaba tanto porque mi abuelo lo hizo también. —concluyó Lovino.
De pronto las palabras de Emma le llegaron de un golpe, aquel día donde el admitió haber golpeado a esas malnacidas que atacaron a su hermana.
"¿¡Cómo crees que se sentiría una persona si le dijo me están lastimando porque me ama!? ¡Sentiría que ya no puede amar a nadie más!"
Emma se cubrió el rostro, sollozando, Scott se puso a su lado acariciándole la espalda, preocupado por ella. Lovino se dejó resbalar por la silla mordiéndose fuertemente los labios. Scott y Govert se miraron, sin saber cómo reaccionar. Govert no se había hecho esa pregunta durante mucho tiempo. ¿De verdad seguía odiando a Antonio? Ciertamente no sabía la respuesta, pero le parecía bastante triste que la persona que una vez le buscaba pelea, sonriéndole entre las bromas que se hacían, que vio amando a su mejor amigo, Lovino, tuviera esa clase de pensamientos.
—Por supuesto que no idiota. —balbuceó Lovino agarrándose con fuerza el cabello. —Tú no tienes la culpa de nada.
Govert metió las manos en su abrigo, apretándolas con fuerza, oscureciendo la mirada. Antonio era tan idiota, siempre pensando en los demás antes que en sí mismo, incluso si eran incorrectos sus pensamientos, ¿por qué había llegado a tan aterradora conclusión?
—.—.—.—.—
La noche cayó muy pronto, Arthur estaba acurrucado con él en el sillón, ambos mirando una película. Alfred sentía que su corazón se le saldría en cualquier momento. Era ahora, tenía que decirle ahora a Arthur, no podía irse sin despedirse de él. Jamás podría ser tan cobarde. Con cuidado lo separó de sí, poniendo pausa a la aplicación.
— ¿Qué pasa? ¿Quieres más botana? —preguntó Arthur mirando el tazón vacío. —Debes dejar de comer tanto o no caberas en el traje de boda. —se burló, tomando el tazón, levantándose.
—Espera, Arthur. —llamó, encogiéndose en sus hombros, con la mirada perdida en la mesa y su vaso vació. El inglés volteó a él con una sonrisa, esperando que dijera algo referente a la boda.
No, no podía… dolía mucho.
—Estaba bromeando tonto, no te preocupes. —comentó Arthur, sonriendo, pensando que se lo tomó enserio al ver su rostro tan serio.
—No es eso. —empuñó sus manos, enterrándose lo más fuerte que pudo las cortas uñas, buscando hacerse el mayor daño. Arthur entonces comenzó a preocuparse al verlo tan nervioso y preocupado, antes de que tomara la palabra, Alfred lo soltó: —No voy a casarme contigo.
Pareció como si el mundo se hubiese detenido, todo sonido quedó opacado a su alrededor, al igual que las luces y el mundo. Arthur soltó la primera risita, con un dedo en los labios, riendo por lo bajo. Alfred se mordió los labios, temblando.
—Ya, claro. Te casarás con el Príncipe de las Sombras o algo así, ¿no? —sonrió el inglés, negando con la cabeza, dando la vuelta para seguir con su camino. — ¿De qué quieres? Creo que todavía hay de las bolitas de queso.
Alfred se inmediato se puso de pie, corriendo a él para abrazarlo por detrás. Arthur seguía bastante tranquilo incluso con eso, sonriéndole a medias, llenando el tazón. Alfred deslizó sus manos por las suyas, evitando que siguiera con la tarea.
— ¿Qué pasa, no quieres? —preguntó Arthur, volteando a él, aprovechando para darle un beso suave en los labios.
Esa simple acción le partió el corazón a Alfred.
—M-Me iré a una misión a Níger mañana. —balbuceó, enterrando su rostro entre el cuello de Arthur. —Llevará aproximadamente cinco años, Arthur, si es que no muero allá. E incluso si no pasa, no es seguro que pueda regresar a tu lado después de eso, me seguirán enviando hasta ganar la guerra o que ya no les sirva. Perdóname, Arthur, perdóname.
— ¿Qué demonios estás diciendo, Alfred? Esto no es gracioso, para ya. —pidió, buscando soltarse, Alfred lo apresó más en su abrazo.
—Quisiera estar bromeando, que todo fuera un absurdo sueño y poder despertar a tu lado cada día de mi vida, Arthur, pero no lo hago. Esto es la realidad. —murmuró, tomando sus manos entre las suyas. —Tengo que partir mañana, no tengo opción.
Arthur se quedó en silencio, totalmente inmóvil en su agarre.
—Cancelé todo, hoy por la tarde envié la cancelación de la boda a todos los invitados. —Alfred sintió las lágrimas escurrir de sus ojos, pegando contra el cuello descubierto de Arthur. —Yo, sé que soy de lo peor, nunca me perdonaré hacerte esto, Arthur. Quisiera haber pasado cada día de mi vida contigo, amándote hasta el final, pero el destino no lo quiso así; y yo no puedo pedirte que me esperes, porque ni siquiera sé que voy a volver. —aspiró todo el aire que pudo, sollozando al mismo tiempo. —Tienes que ser fuerte, Arthur.
— ¿Cómo… CÓMO DEMONIOS QUIERES QUE SEA FUERTE? —estalló Arthur, soltándose tan pronto que Alfred no pudo retenerlo. Se alejó de él, pegándose por completo a la mesa, sentía que el oxigeno le estaba faltando, que todo se ponía oscuro a su alrededor. Sin poderlo evitar cayó de rodillas con las manos cubriendo su rostro. Alfred cerró los ojos, apretando la mandíbula. — ¡TE VOY A PERDER, IMBECIL!
—Arthur…
— ¿POR QUÉ NO ME LO DIJISTE, POR QUÉ ESPERASTE HASTA EL ÚLTIMO MALDITO DÍA? —lloró lanzando golpes al aire para que Alfred se alejara de él. — ¿Por qué no renunciaste a la misión? ¿por qué accediste a ella?
—Sabes que eso no está en mis manos. —con esfuerzo tomó su mano, queriendo limpiar las lágrimas de su rostro, fue rechazado. —Si no voy seré considerado un traidor.
— ¡Entonces pagaré, pagaré para que te dejen estar!
—Arthur, escúchame bien. —pidió tomándolo por los hombros. —Esto es lo que yo quiero hacer también. Es mi decisión parcial. Si no voy ahora, entonces sería desertor, no podría vivir en Estados Unidos e incluso tú te verías afectado por eso. Jamás podría renunciar de esta manera a mi sueño y de paso afectarte a ti.
—Alfred, sé que tú…—balbuceó sin saber que decir, todo estaba siendo demasiado claro para él. — ¿por qué ahora? Yo podría esperarte todo lo que me resta de mis días.
—No. ¡Jamás me lo perdonaría! —espetó, negando frenéticamente con la cabeza. —Tienes que continuar con ella, Arthur, ser fuerte y valiente como siempre has sido. No hay manera en que sepamos si yo voy a volver, he incluso si lo hago, habrán pasado demasiados años.
—Quédate a mi lado. —lloró Arthur.
—Arthur, sé que lo que te estoy pidiendo tú me dirás que es imposible. Pero a partir de mañana, tienes que seguir sin mí. —murmuró, dándole besos por todo el rostro, recogiendo sus lágrimas. Arthur lo abrazó con fuerza, llorando mucho más fuerte. —Si es preciso que me odies para seguir avanzando, hazlo.
— ¿Por qué me estás haciendo esto? ¿Acaso hice algo mal? ¿Puedo remediarlo?
—Jamás has hecho nada mal, Arthur. Eres el amor de mi vida, la única persona que quise, que quiero y que querré en mi vida. —susurró, acariciándole la cabeza, sus cabellos rubios le hacían cosquillas en el rostro. —Pude sentir todo el amor que me brindaste, no podría estar más feliz con eso, tengo miles de recuerdos hermosos a tu lado, te recordaré cada noche al dormir y cada día al despertar. Nunca me arrepentiré de amarte, Arthur.
—Por favor, por favor, no te vayas. —suplicó.
—Si algún día encuentras a otra persona a la cual amar, sé muy feliz Arthur. —siguió Alfred sin escucharlo. —Este donde este, yo voy a estar feliz por ti. Ama a esa persona igual o más de lo que me amaste a mí, y cuando sea hora de encontrarnos en el otro lado del mundo que nadie ha visto, por favor, enamórate de nuevo de mí.
—Alfred…
El nombrado acurrucó en sus brazos a Arthur, sacando de su bolsillo dos pequeñas argollas de oro, las que usarían para casarse. Con cuidado retiró el anillo de compromiso de Arthur y el suyo, dejándolos en el suelo con cuidado. El inglés lo miró sin comprender, aún con las lágrimas cayendo fluidamente.
—Arthur Kirkland, has sido la persona más maravillosa que he conocí. Ese día en el que te enfrenté en el colegio, quedará por siempre en mi memoria como el mejor día de mi vida, el día en el que conocí al amor de mi vida. Si no te hubiera conocido, todo habría sido tan diferente, quizás ni siquiera podría hablar con Matthew todavía. Así que si alguna vez llegas a sentir que no vales nada, Arthur, recuerda que para mí lo vales todo. Y pase lo que pase, te amaré siempre, aunque nuestros destinos jamás se vuelvan a cruzar, aunque sufra lo que sufra, sea que estemos cerca o estemos lejos, jamás me olvidaré de ti y todo lo feliz que me hiciste. —al concluir tomó el anillo y lo puso en el dedo anular izquierdo, terminando con un beso en la mano. —Gracias por pertenecer a mi vida, Arthur.
Los labios del inglés tiritaron, y temblando, tomó el anillo que le pertenecía colocar. Mirando con los ojos acuosos a Alfred F. Jones.
—Dolerá no despertar a tu lado, dolerá no verte, dolerá no tener tu sonrisa otra vez. —jadeó, ahogando el llanto en su garganta. —Seguirás en mi mente hasta que la muerte reclame mi nombre, Alfred, pero cada día que te recuerde recordaré entonces lo que tú me enseñaste; que puedo ser feliz. Y si algún día llegó a amar a otra persona, estoy seguro que nunca será más de lo que te ame a ti, sin embargo, procuraré no llorar cada que pronuncie tu nombre. Te extrañaré todos los días de mi vida, pero seguiré adelante, aprenderé a vivir sin ti no importa cuanto tiempo me tome. —puso el dedo en el mismo dedo que él lo tenía, repitiendo la acción de Alfred al besarlo. —Pero antes del adiós, siempre ten presente que desde el primer momento que te vi mi corazón fue robado por ti. Gracias por enamorarte de mí, Alfred.
El estadounidense no pudo soportarlo más, se tiró por completo a sus brazos, besando sus labios con todo el amor que tenía dentro.
— ¿Cómo no podría enamorarme de ti? —balbuceó entre el llanto, siendo acompañado por Arthur. —Eres lo mas maravilloso que me ha pasado en la vida y tengo que perderte, porque soy un idiota.
—Alfred.
—Cualquiera que se enamoré de ti, será la persona más afortunada del mundo. Esos sentimientos que tu tuviste por mí Arthur, tan maravillosos y mágicos, por favor nunca vayas a olvidarlos.
Ambos se besaron de nuevo, dejando escurrir varias lágrimas. Al ser su última noche juntos, pasaron recordando todos los momentos vividos, los que se amaron, los que pelearon.
Los que marcarían por siempre su vida.
Cuando llegó la mañana, seguían platicando. Alfred subió acompañado de Arthur por su maleta, dándole el último vistazo a su habitación. Matthew se levantó de igual manera, seguido de su padre quienes prepararon el mejor desayuno del mundo; Arthur le sonrió como si fuera otro día cualquiera, aunque por dentro se sentía morir. Al terminar el desayuno todos fueron en el auto de Arthur, este iba manejando, pidiéndole a Alfred que por favor no dejara sin reservas de comida a las armadas estadounidenses.
Una vez que estuvieron en la militarizada, varias familias acompañaban a sus respectivos hijos o esposos, Arthur volvió a sentir que el nudo cerraba su garganta. No obstante aguantó un poco más, debía despedir a Alfred con una sonrisa.
—Te extrañaré. —dijo Matthew, abrazando a su hermano luego de su padre. —Por favor cuídate mucho, tienes que regresar a salvo.
—Lo haré. —murmuró Alfred. —Si te llegas a casar con Francis y él te hace algo malo, vendré corriendo con toda la armada americana para ponerlo en su lugar. ¿De acuerdo? Asegúrate de que se enteré.
—Alfred, eres el mejor hermano que pude tener. —sonrió Matthew.
Al llegar el turno de Arthur, ambos se abrazaron con toda la fuerza que pudieron. El inglés se aferró unas segundos más, aspirando su aroma, su esencia. Lo último que tendría de él.
—Adiós, Príncipe de las Sombras. —sonrió Alfred, dándole un beso final.
—Adiós, héroe. —continuó Arthur su juego, respondiendo el beso.
Al avanzar junto a los demás reclutas, Alfred no volteó a verlo ni un solo segundo, no quería ver el llanto en sus ojos, sabía que eso sería suficiente para abandonar todo y quedarse con Arthur.
Al momento en que lo perdió de vista, Arthur apretó fuerte los dientes, intentando parar las lágrimas. Alfred lo había dejado atrás, no podía hacer nada, ese era su sueño y él no tenía ningún derecho de intervenir. Siempre se lo dijo, al momento en que él estorbara en la vida de Alfred se haría a un lado, porque no tendría caso insistir en que se quedará, Alfred justamente le había enseñado eso.
Y aunque lo juró, nunca pensó que doliera tanto, tanto como para pensar que su vida había acabado.
No había nada que hacer, Alfred al irse no sólo consiguió romperle el corazón sino también fragmento cada parte de su alma.
—.—.—.—.—
Lovino despertó más temprano de lo usual, poniéndose de malas al instante. Todavía sentía la resequedad en sus ojos después de haber llorado mitad de la noche. Se metió a la ducha, dejando que el agua caliente se llevará esos horribles pensamientos. Es que, ¿cómo no se había dado cuenta que esos eran los pensamientos de Antonio? ¿Quizás Antonio habría caído en depresión? Eso sería horrible. Una persona tan positiva con Antonio, hundiéndose cada vez más; ¿dónde estuvieron sus malditos amigos todo este tiempo?
No.
¿Dónde estuvo él todo este tiempo?
El imbécil de Blas destruyó todo lo que Antonio amaba, incluyéndolo. Y él fue tan estúpido para dejar que lo hiciera, pensando que así protegía lo que debía ser protegido, jamás estuvo tan equivocado en su vida. Si ahora miraba en retrospectiva, el que debía ser protegido en ese tiempo era Antonio, no su hermano. Feliciano nunca dudo de contar con Ludwig, incluso le contó totalmente el plan y él lo aceptó aunque eso significara no verlo más. Y él… desechó el amor de Antonio.
Aunque ya no era tiempo de ver a quién le pasaba la bola de la culpa. Era tiempo para actuar.
Antes de marcar el número de Antonio, decidió revisar su correo, tenía que ir a trabajar en cuestión de nada pero primero tenía que ver si no tenía algún compromiso importante, Bianca le cancelaría sus vacaciones express al instante si metía la pata. Al menos eso tenía de consuelo, poder ir con Antonio a pesar de todo. E incluso su madre no tomó a mal el hecho de tener una empresa en España; aunque esto último, aunque Lovino no lo supiera, era porque Bianca de verdad quería verlo de nuevo junto a Antonio.
— ¿Alfred? —preguntó al ver su correo. Lovino puso cara de fastidio. — ¿Me va a volver a presumir que se va a casar? Ya verá, le regalaré un kit de cocina a Arthur para que lo intoxique.
Al abrir el mensaje por segundos se quedó en blanco. Era un mensaje formal, bastante bien hecho a decir verdad, donde el texto no era más de dos párrafos, explicando la cancelación de boda.
Lovino no tardó ni dos segundos, marcando el número de Alfred, queriendo maldecirlo en voz alta por hacerle eso a Arthur. No contestó. Así que marcó el número de su amigo, preocupado de él, tardó en entrar la llamada seguro porque sería de noche por allá.
— ¿Qué pasa, Lovino? —preguntó el británico del otro lado, su voz tenía rastros de haber llorado. — ¿Ya te has enterado?
—Sí…—murmuró. — ¿Qué es lo que ha pasado?
—Tuvo que irse.
—Sí, pude leer eso, ¿pero cómo te ha podido dejar así? ¿¡es idiota!? —reprochó poniéndose de pie y golpeando la mesa de la computadora. —Por todos los cielos, mañana iré contigo.
—No es…
—Me vale mierda que no sea necesario, así que mándame la dirección de donde te estás quedando en este instante.
—Quiero estar sólo, Lovino.
— ¡No! ¡Maldita sea, no! —reprochó pensando en Antonio. — ¡No estás sólo, imbécil!
—Gracias Lovino. —balbuceó del otro lado, comenzando a llorar. —Es lo que más necesitaba escuchar.
Pasaron un rato más hablando, con Arthur contándole lo sucedido. Al colgar Lovino sintió que se le revolvía el estómago, ¿cómo todo ese maravilloso amor había acabado así? Si un amor tan puro, como el que tenían esos dos acababa de una forma tan horrible, con el destino de uno incierto mientras el otro se caía en pedazos, ¿qué podría esperar del amor de Antonio y él?
Se alistó para el trabajo con lo primero que encontró, más apurado por llegar que por la presentación. Lo primero que hizo al entrar fue casi correr al elevador, ignorando los saludos de los empleados, no se dirigió a su oficina sino a la de la persona que necesitaba Arthur en esos momentos.
— ¡Scott!—Lovino entró a su oficina sin avisar, estrellando la puerta de grueso cristal que rebotó haciendo un estruendo el cual atrajo la mirada de todos sus empleados.
El británico lo miró extrañado, dejando de leer los documentos en sus manos. Lovino cerró la puerta, intentando tranquilizarse, aspiró una buena cantidad de aire antes de dejarlo salir. Cerró la puerta, dándole después una mirada triste a Scott. Está bien, comenzaba a alertarlo.
— ¿Ha pasado algo con Emma? —preguntó, poniéndose de pie, tomando su chaqueta y ordenando rápidamente todo lo de su escritorio. Lovino negó con la cabeza, cerrando los ojos. — ¿Entonces…?
—Es Arthur. —dijo de pronto, sin poder darle el rostro.
Scott lo miró sorprendido, es decir, sabía que su hermano estaba viviendo muy bien. Desde ese día lejano en Gakuen, no había vuelto a hablar más con él, ni con Alfred. ¿Qué iba tan mal que Lovino llegó a la conclusión de decírselo?
— ¿Qué sucede? —preguntó, dándose cuenta a su vez que quizás su instinto protector hacía su hermano menor, nunca se fue.
—Alfred… —Lovino soltó un suspiró, sabiendo lo horrible que sonaría eso. —abandonó su compromiso con él. Ellos ya no van a casarse.
Scott inconscientemente apretó los puños contra su cuerpo, rememorando una y otra vez las palabras que le dijo el héroe antes de que se marchará por siempre de la mansión Kirkland. Juró que protegería a su hermano, que lo pondría por delante de él.
"…pero sí el destroza tu alma, estaré ahí para ti."
Lovino se le quedó viendo un buen rato, preocupado de la mirada que Scott estaba poniendo, básicamente recobrando su título como Rey de las Sombras.
—Si quieres ir con él está bien. —dijo Lovino, asintiendo con la cabeza. —Pondré a otra persona en tu puesto por un tiempo. Yo partiré mañana a Estados Unidos.
El pelirrojo lo miró, era como estar en un glacial cada que Scott le ponía la mirada encima. Ese día Scott se fue al instante del trabajo, de forma tan calmada que parecía que sus pasos resonaban por el piso pulido, tenía un aura que provocaba que la mayoría se apartara de él, agachando la mirada. Al ir rumbo a la aerolínea, se detuvo justo antes de entrar, pensando… ¿qué demonios le diría a Arthur? ¿cómo podría llegar ante él y decirle que todo ya estaba en el olvido? Seguramente él sería la última persona que quisiera ver, después de todo en tantos años su hermano no se veía con el menor interés de buscarlo o si quiera preguntar por él.
Scott le había advertido que ese amor acabaría tan rápido como apareció. Sin embargo, le habían callado al hacerlo durar. Ahora que estaban tan felices, a punto de casarse, ¿qué iba mal con Alfred? ¿por qué llegaba a esa solución?
Su teléfono sonó, distrayéndolo, al sacarlo notó que tenía un mensaje de su madre.
"Iré con Arthur, ¿vendrás?"
Justo estaba debatiendo qué responder cuando otro más llegó, de un número que no tenía registrado.
"Sé que me sigues detestando, Scott, pero por tu hermano, por todo el tiempo que ambos compartieron juntos cuidándose uno a otro. Apóyalo. Te necesita." Era su padre.
El británico apretó el teléfono en sus manos, releyendo una y otra vez el último mensaje. "Por todo el tiempo que compartieron juntos cuidándose uno a otro." No. Sintió que las lágrimas se le juntaban en los ojos, aunque apretó el gesto para no verse lamentable. Si tan sólo hubiese sido mejor, si se hubiese quedado a su lado, quizás nada de eso estaría pasando.
"Iré." Contestó a su madre, abriendo al tiempo la puerta de la aerolínea, listo para comprar los boletos rumbo a su hermano.
—.—.—.—.—
Lovino llegó al departamento de Antonio, escuchando varios murmullos dentro, junto a la "asombrosa" voz de Gilbert. Tocó la puerta siendo recibido por João que parecía bastante alegre de tenerlo ahí.
—Lovi, ¿tú me invitarás a jugar, verdad? Todos están muy tristes adentro. —dijo en la puerta. —Creo que Alfred hizo que Arthur se pusiera triste.
El italiano acarició la cabeza de su mini-cuñado con cariño, cargándolo en brazos. Gilbert se asomó al ver que su "hijo adoptivo" estaba siendo cargado por Lovino; de inmediato puso mala cara, queriendo sacarle el dedo de en medio, sin embargo, al ver João en sus brazos, se contuvo. Mejor fue a arrebatárselo.
—Ni siquiera pienses que me bajarás como su tío favorito. —reprochó Gilbert, sacándole la lengua.
—Mi tío favorito me llevaría a jugar. —comentó João. —Lovi me llevará.
—No le digas Lovi—reprochó pegándole un golpecito en la cabeza—dile princesa horrorosa que bien le queda.
—Las princesas son bonitas. —reclamó el niño. —Y Lovi es bonito.
— ¿Tiraste una especie de maldición con los Fernández o qué demonios? —preguntó Gilbert con los ojos en blanco.
En la cama de Antonio, estaban Francis, la novia de Gilbert que al parecer era la tal Elizabetha, una lindura sin duda y el mismo Antonio, que lo miró desconcertado. Seguro pensó que por lo del día anterior, no volvería a ir.
— ¿Quién…?
—Ah, él es Lovino Vargas. —dijo Antonio presentándolos. —Lovino ella es Eli. Elizabetha Héderváry. La novia de Gilbo.
— ¿Estás bien con esa patata olorosa? —preguntó de inmediato Lovino, notando que su mini-cuñado ya estaba encima de Gilbert, demandando ir al parque. — ¿Por qué?
—Es una larga historia. —sonrió la chica. Lovino pudo notar en esos hermosos ojos verdes que cuando miró a Gilbert, lo miró con un amor exquisito.
—Oh-oh. Lovi, venías con toda la intención de atacar a Antonio, ¿cierto? —se burló Francis.
— ¡Fran!
—Muérete, pervertido.
Antes que alguien volviera a tomar la palabra, se escucharon nuevos toques en la puerta.
— ¿Estás esperando algo, Toño? —preguntó Francis, desconcertado. Acababan de decidir ir a comer. Él negó. —Gilbo si João no está matándote con su peso, ¿podrías abrir la puerta?
Tanto el albino como el niño se pusieron de pie, peleándose por quién debería abrir la puerta.
— ¡Ah, hermano, hay una linda chica parada aquí afuera! —gritó João, emocionado.
Lovino fulminó a Antonio con la mirada, cruzándose de brazos; escuchó la risita de Eli de fondo al ver su reacción. El hispano miró a otro lado, sin entender. Cuando se iba a poner de pie, Emma fue entrando con un regalo en sus manos, acompañado de Govert que a leguas se veía que no tenía ganas de estar ahí.
—Lo siento, Lovi, te hemos seguido. —comentó ella, nerviosa.
— ¡Oh, querida Bel! —Francis se puso de pie, dándole un fuerte abrazo; Govert lo miró feo, aunque no dijo nada.
—Tipo estás más alto. —Gilbert le pegó un buen manotazo en la espalda, desbalanceándolo.
—Es un gusto volver a verlos, chicos. —saludó Antonio, abrazando a ambos. Govert mucho más alejado, por supuesto.
—Creo que es una enorme reunión. ¿Qué les parece ir a comer? —preguntó Eli, saludando a la chica. Al menos ya no era la única con esa bola de idiotas. —Además, todavía tenemos que hablar de lo de Arthur.
Al llegar al restaurante, el pequeño hermano de Antonio se fue corriendo rumbo a los juegos, dejando a los mayores hablando. Antonio lo observó con una sonrisa, siempre lograba hacer muchos amigos muy rápido, por lo que no estaba tan preocupado. Lovino se sentó a su lado, poniéndolo nervioso, Emma y Govert también tomaron asiento en las sillas restantes a su lado, mientras que sus amigos estaban de frente.
—Te fuiste sin despedirte, tonto. —reprochó Emma, dándole un golpe. —Si no fue porque Lovi nos dijo, hubiera estado muy preocupada por ti.
—Lo siento, Bel, sabes que no me gustan las despedidas.
Comenzaron a platicar de cosas triviales, de como habían estado en esos años. Lovino escuchó atentamente a Antonio mientras hablaba, todo había sido como le relato rápidamente Francis cuando le reclamó. El italiano miró tentativamente la mano de Antonio que reposaba sobre su pierna, casi incitándolo a tomarla. Estiró despacio el brazo, deslizando su propia mano por la pierna de Antonio hasta llegar a su mano, el español pegó un brinquito al sentirlo, mirándolo confundido.
— ¿Qué?
Lovino lo ignoró, comenzando a comer con la otra mano. Aunque pudo sentir la mirada de Eli sobre ellos la mayoría del tiempo. Antonio no dijo nada, también comenzó a comer rápidamente, queriéndose guardar las palabras.
La mano de Antonio se sentía cálida, pero al mismo tiempo rasposa por la labor de campo. Como siempre su mano envolvía la propia de Lovino, transmitiéndole una alegría encantadora. Lovino tenía sus dedos cerrados en los de Antonio, y a medida que pasaba la cena, Antonio fue cerrando poco a poco los suyos; reconfortando al italiano. Esa acción que para muchos sería nada, para él significaba un montón de cosas que lo ponían infinitamente feliz.
Al ver que la mayoría se había sumergido en sus propias platicas, Emma con Francis, Gilbert y Eli con Govert, el primero de estos presumiendo a su maravillosa novia y a él también; Lovino atrajo la atención de Antonio, tirando de su mano. Él se giró, con la mirada agachada, nervioso.
—Antonio, lo de ayer, lo que dijo Sadiq no es verdad yo no estoy saliendo con él. —dijo en voz baja, para que los demás no le prestaran atención. —También quisiera hablar contigo después de esto.
De verdad, Antonio no acababa de acostumbrarse a la sinceridad de Lovino. Lo hacia lucir mucho más atractivo y adorable, pues podía notar todo el rubor en su rostro y lo mucho que se estaba esforzando por decir aquello.
¿Cómo podía negarse otra vez cuando ponía semejante expresión en su rostro?
—De acuerdo, Lovi. —sonrió, apretando con fuerza su mano. —Hablaremos bien después de esto.
—La boda de Arthur fue cancelada. —dijo de pronto Francis, atrayendo la atención de la mayoría. Lovino agachó la mirada, suspirando. —Mira esto, mira, es un mensaje de Alfred.
— ¿Nos están jugando una broma? —sonrió Gilbert, incrédulo. —Esos dos idiotas se aman más que los enamorados en las películas de Disney. Diles que no vamos a caer.
—Mi regalo de boda se reducirá a un tapete de entrada. —comentó Eli, negando con la cabeza.
—Es verdad. —dijo de pronto Lovino, llevando todas las miradas a él. —Hablé con Arthur por la mañana, lo que dice Alfred en el mensaje es verdad. No van a casarse, ya está todo cancelado.
— ¿Qué? —Emma se puso de pie, alertada. — ¿Y Scott lo sabe?
—Sí, mañana partirá a Estados Unidos.
—Lo siento, me tengo que ir. —anunció Emma, tomando su abrigo y bolso. —Te llamaré después Toño, por favor despídeme de tu hermano. Mañana te acompañaré al aeropuerto, ¿sí? Adiós.
En automático todos se giraron a Govert con una ceja alzada. El rubio desvió el rostro, sin intenciones de seguir a su hermana; sólo terminaría haciendo mal tercio entre esos dos. Al menos esperaba que tomará un taxi hasta el departamento de Scott.
— ¿Scott y Bel? —preguntó Francis, abriendo la boca. — ¿Podrías haberlo imaginado?
—Bel es la única que conozco que puede dominar fieras. —dijo Gilbert, señalando con el mentón a Govert. —Con un hermano como ese no me extraña que quiera a Scott. Lo que extraña a mi asombroso ser es que él lo acepte. Siento que se va a acabar el mundo mañana.
— ¡Cállate! —reprendió Govert.
—Chicos, intenté marcar a Arthur, pero no contesta. —comentó Antonio, mirando su teléfono.
—Es normal, Toño, todos quieren saber qué demonios pasó. Arthur debe estar destrozado para estar dando explicaciones. —suspiró Francis. —Pasado mañana tengo que volver a mi trabajo, no puedo abandonarlo así como así, pero iba a regresar con Matthew una semana antes de la boda, así tendré que esperar para visitarlo.
—Yo no soy tan cercano a él. —comentó Gilbert incómodo. —Dudo que se sienta a gusto conmigo, pensará que solo estoy siendo curioso.
—Iré mañana con él. —se metió Lovino. —Igual Scott y al parecer toda su familia. Arthur no estará solo, por lo que no tienen de qué preocuparse.
—Aún así. —murmuró Francis. —Se supone que el BFT es un buen amigo de Arthur, debemos estar ahí para apoyarlo.
—Podría ir Toño. —dijo Eli, mirándolo.
—Es imposible, João tiene que ir a la escuela, además mis deberes con Roderich.
—Dejame eso a mí. —dijo la castaña, alzando un brazo y cerrándole el ojo. —Además Gilbert quiere mucho a João por lo que puede cuidarlo por unas semanas, ahora Arthur necesita que alguien vaya a animarlo un poco. ¿Verdad, Lovi?
— ¿Eh? Sí, claro. —pese a que se sentía mal por Arthur, no pudo evitar sentirse feliz al pensar que compartiría viaje con Antonio.
— ¿Qué dices Toño? Hazlo por Arthur, hablaremos con el señorito.
—Si él no acepta, intentaré negociar con él después. ¿Qué te parece? —murmuró Lovino, con un hilo de voz.
—Awww. —soltaron todos, menos Govert que se intentaba aguantar las risas por las expresiones de su amigo.
—Incluso serás el acompañante de Lovi. ¿No estás feliz? —dijo Eli, mirando con cierta picardía a ambos. —Cuidaremos lo mejor que podamos a João, no tienes que preocuparte por él. Aparte me harías un gran favor, así podría ver que tan mal padre es Gilbert. —susurró lo último, inclinándose en la mesa.
— ¡Escuché eso! —reprochó su novio.
— ¿Quieres viajar conmigo? —preguntó Lovino, apartando la mirada, con las orejas rojas. Antonio asintió.
Govert agudizó la vista, notando cierta incomodidad en Antonio. Así que había hecho bien, después de todo, acompañando a su hermana y en no seguirla con Scott. Pondría finalmente a ese español en su lugar.
Cuando terminaron de comer, João ya estaba siendo cargado en la espalda de Gilbert, completamente dormido. Eli iba a su lado, tomando la mano de su novio, bromeando con él. Francis iba platicando con Lovino acerca de Arthur y como deberían animarle, así que a Govert no le tocó de otra más que ir con Antonio.
—Así que Bel y Scott, ¿estás de acuerdo con eso? —preguntó Antonio. —Se me hace muy gracioso.
—Emma tiene derecho a amar a quién quiera. —dijo Govert igual de serio. —No puedo vivir la vida por ella, lo único que haré es romperle los dientes a quien se atreva a romperle el corazón.
—Sigues igual que siempre. —rio Antonio, nervioso. — ¿Y cómo ves a Scott? ¿Sí la quiere?
—Ese imbécil se le queda mirando como su fuera todo lo que había estado buscando. —soltó chasqueando la lengua. —Cuando mi hermana sonríe, Scott tiene que desviar la mirada para no terminar ruborizado. Es un imbécil, ¿por qué no simplemente le dice lo que siente?
—Después de lo de Arthur, quizás teme que esos impulsos vuelvan a flote. —dijo Antonio, metiendo las manos en los bolsillos. —Teme herir a Bel.
—No lo va a hacer. —Govert cerró los ojos, negando con la cabeza. —Ese idiota ya aprendió la lección, por eso va ir en busca de Arthur.
—Espero que al menos algo bueno salga de esto, y logren arreglarse.
—Como tú te tienes que arreglar con Lovino. —soltó de pronto, parando los pasos de Antonio. Govert se giró a él; los demás iban más atrás, platicando entre ellos. —Ayer Emma y él comenzaron a decir cosas muy extrañas, acerca de que te sentías culpable de toda la desgracia que paso, ¿es así Antonio? ¿lo es?
—Yo…
—Por eso quieres decirle de una vez a Lovino que ya termine con todo esto.
—Hey ¿por qué se detienen? —preguntó Francis, llegando con los demás. Al ver la expresión de su amigo supo que algo iba mal con su conversación. —Chicos, ¿qué están haciendo?
—Pensé que ya no huirías de tus sentimientos, que amabas tanto a este idiota llamado Lovino Vargas que jamás renunciarías a él como lo hiciste con Emma. —Govert se acercó peligrosamente a Antonio. Gilbert ya le estaba pasando el niño a Eli, esperando intervenir en la futura pelea. —Te dije que eras un imbécil descerebrado, que te preocupabas demasiado por lo que los demás pensaran de ti.
—Govert, para esto por favor. —pidió Lovino.
Al ver que Govert lo primero que hizo fue brindarle un abrazo a Antonio, los tres chicos se quedaron sin habla. Estrechándolo entre sus brazos, Antonio sintió que no podría aguantar mucho tiempo las lágrimas y en efecto, al momento en que Govert acarició su cabello, se soltó a llorar.
— ¡Tú no tienes la culpa de nada, imbécil! —protestó Govert, enojado, apretándolo contra sí queriendo unir cada una de sus partes. — ¡Tú jamás has tenido la culpa! ¿Por qué estás pensando eso?
—Ellos… siempre salen lastimados…—murmuró entre sollozos. —Por mí.
— ¡Claro que no! ¿Eres idiota, de verdad? —preguntó Govert, separándolo pero dejando sus manos en sus hombros. Completamente serio, con la mirada fija en él, habló. — ¡Nadie tiene la culpa más que los que hicieron semejante estupidez! ¿¡Cómo podrías tener culpa de que te amaran, imbécil!? Es más, ¿cómo podrías pensar que si te aman saldrán heridos? ¡Es todo lo contrario!
—Govert tú no sabes nada, Emma también salió herida por mi culpa e incluso tú.
— ¡La única culpa es de las personas que la lastimaron! —reprochó de inmediato. — ¡Ellas fueron quienes lo hicieron, quienes la humillaron! ¿Qué no te das cuenta? ¿Por qué estás tomando como tuyo algo tan horroroso y que no te corresponde? ¡Por ti Emma se volvió mucho más fuerte, por ti Emma supo sonreír ante cualquier adversidad! ¡Mi hermana te ama tanto que incluso dejo su amor hacía ti de lado para que tú fueras feliz con Lovino!
Lovino miró sorprendido a Govert, al igual que Antonio. Emma sin duda era maravillosa.
—Y Lovino también pudo hacerle frente a su padre gracias a ti también. ¡Esos son los méritos que te mereces no otros!
—Govert, lo que dices…
— ¡TÚ NO TIENES CULPA DE NADA! —gritó justo delante de su rostro, queriendo que esas palabras penetraran hasta su cerebro. —Lamento ahora más que nunca haber sido uno de las personas que te hizo pensar así.
El rubio volvió a abrazarlo, dejando que Antonio comenzara a llorar en su hombro. Lovino miró a Francis, tenía una sonrisa dibujada en su cara al igual que Gilbert y Eli. Seguramente ellos habían hecho todo lo posible por decirle lo mismo, por borrarle esos pensamientos; quizás al ser tan cercanos, no pudieron hacerlo. No obstante, que Govert, siendo el mayor "rival" de Antonio, dijera semejantes palabras para recuperarlo, esperaba que lograran su efecto.
—.—.—.—.—
Arthur miró sin expresión alguna el agua caer sobre las calles casi vacías de la ciudad, la mayoría de las personas ya estaban resguardadas en su casa, la noche caía haciendo más espeso el paisaje a medida que la lluvia seguía intensamente. Los empleados del restaurante lo miraban unas cuantas veces, esperando a que se marchara en cualquier momento, después de todo ya estaban por cerrar. Muy a su pesar, Arthur tomó el paraguas negro que llevaba, dejando el dinero del té frío que nunca tomó y se marchó.
Pensó en pedir un taxi al sentir que la lluvia lo mojaba incluso con el paraguas, sin embargo tenía ganas de caminar. Mientras lo hacía muchos recuerdos borrosos comenzaron a atiborrarse en su mente, incomodándolo, haciendo que quisiera soltar el paraguas y echarse a correr lamentando su existencia.
¿Por qué? ¿Por qué todo había acabado así? ¿Por qué no podían regresar el tiempo y quedarse por siempre en los días de felicidad?
Su historia había quedado con miles de páginas blancas por rellenar.
—Alfred. —se abrazó a sí mismo, sollozando. —Regresa. —pidió al cielo.
Rezaba a cualquier tipo de dios existente, pero al parecer todos estaban sordos y ciegos. Llevaba a penas un día así, ¿cómo demonios seria el resto de su vida entonces? A pesar de que le dijo que seguiría viviendo, su corazón le pedía perecer ahí mismo, de esa manera quizás podrían volver a encontrarse de nuevo.
Dejó de sentir las gotas cayendo en su cabeza y parte de su espalda, miró unos zapatos muy bien lustrados y un pantalón formal azul oscuro delante de él. Arthur alzó su rostro, todavía cubierto por lágrimas, intento levantarse pero sus piernas temblaron y lo dejaron de nuevo en el suelo. Entonces el sujeto que lo cubría con el paraguas, se agachó, quedando en cuclillas delante de él.
—Estoy aquí, como te lo prometí. —sonrió Scott, poniendo una mano encima de su cabeza, acariciándola con cuidado.
Arthur apretó los dientes, abalanzándose sobre su hermano, haciéndolo soltar la sombrilla. Scott lo acurrucó en sus brazos, tal y como cuando eran niños, Arthur comenzó a llorar con fuerza, gritando y pataleando. El mayor de los Kirkland, lo escuchó en todo momento, brindando palabras de apoyo.
Debió decirle estoy aquí en vez de aplastar contra el suelo. Debió decirle no llores, hermano en vez de patearlo en el estómago. Debió hacer muchas, muchas cosas en vez de otras. Y no podía decir que todo quedaba en el pasado, no, Scott no se dejaría olvidarlo, pero al mismo tiempo, ya no viviría en él.
Ahora estaba ahí, escuchando los sollozos de su hermano menor, acariciándole el cabello diciéndole que pronto todo mejoraría. Quizás Scott se sentiría culpable de lo hecho a Arthur para toda su vida, y era lo justo. No obstante, aprovecharía la oportunidad que le fue dada, definitivamente esta vez protegería a su hermano.
Una camioneta se paró delante de ellos, e inmediatamente, sin esperar al chofer, cinco personas bajaron corriendo de ella, corriendo a abrazar a las dos personas tiradas en el suelo. Arthur aún en el pecho de su hermano, apenas reparó en los demás; en cambió Scott, miró a cada uno de ellos, sintiendo las tibias lágrimas inundar su rostro. Gales abrazó a sus tres hermanos, haciéndoles ver lo patéticos que se veían todos llorando a mitad de la calle en medio de una lluvia. Patrick en cambió tomó las manos de Arthur, mirando con dolor a su hermano mayor. Scott observó también a sus padres, Helen acariciaba hincada los cabellos de Arthur, murmurando palabras alentadoras; Annie fue la primera en abrazar a Scott y a Arthur, apretándolos con fuerza, llorando a la par de su hijo menor… y su padre, el Sr. Kirkland, le estaba sonriendo, aún con los ojos llenos de lágrimas por el dolor de Arthur.
Scott poco a poco le devolvió la sonrisa, encogiéndose de hombros. ¿Por qué tardó tanto tiempo en darse cuenta que pudieron ser una increíble familia?
Arthur ni siquiera supo en qué momento llegó a un hotel de lujo, donde toda su familia estaba hospedada, incluso Scott estaba ahí. Su hermano estaba a su lado en la cama, mirándolo con tristeza. El británico, intentó incorporarse pero por el llanto comenzó a dolerle la cabeza, al igual que por las preguntas que ya no tenían respuesta.
¿Cómo demonios habían llegado a eso? ¿Dónde quedaban todos los recuerdos lindos que compartieron, las palabras, las caricias y los sueños que tuvieron juntos? Ya esperándolo, comenzó a llorar de nuevo, a retorcerse por los recuerdos, metiéndose los dedos en la herida él solo.
Es que esto no tenía sentido.
Pero de lo que Arthur se estaba olvidando es que el amor no lo tenía.
—.—.—.—.—
Cuando llegaron a Estados Unidos, aún estaba presente el silencio incomodo de la noche anterior. Lovino suspiró, lo mejor sería no concentrarse por el momento en ellos, estaban ahí para apoyar a Arthur. Aunque Antonio le prometió que hablarían, pero quizás todas sus palabras ya habían sido robadas por Govert.
Llegaron al hotel, Lovino puso los ojos en blanco, maldito Gilbert les había rentado una habitación con cama matrimonial. Sabía que no debió dejarlo a cargo de eso. Antonio paso derecho, ignorando aquello.
— ¿Quieres ir hoy con Arthur? —preguntó Antonio, rompiendo el hielo. Ambos estaban desempacando las maletas. — ¿No estás cansado?
—Tengo sueño, pero estoy preocupado. —dijo Lovino.
—Será mejor que descansemos, Lovi. —el italiano lo miró ruborizado, feliz de que el mote siguiera ahí. —Angustiaremos a Arthur si piensa que nos estamos desgastando por él, ya sabes como es. —sonrió. —Además ahora mismo debe estar con su familia, al menos eso es lo que me dijo Bel. —mostró su celular, un mensaje de la chica quién al parecer acompañó a Scott, decía que este mismo salió a buscar a Arthur junto a la familia Kirkland.
— ¿Lo salió a buscar? ¿Es decir que no lo han encontrado? —preguntó llenándose en pánico.
—Tranquilo, seguro que Scott lo puede encontrar. Tiene un sistema para encontrar a Arthur, ¿recuerdas? —sonrió, bromeando. No es que fuera mucho, de hecho era casi nulo, pero podía observar un pequeño cambió en Antonio. Tan solo quedaba esperar que siguiera creciendo y haciéndose mucho más fuerte, hasta recuperar la alegría que tanto lo caracterizaba.
Lovino tomó la mano de Antonio antes de que él volviera a agarrar otra de sus ropas. —Gracias por acompañarme, Antonio. A Arthur le pondrá muy feliz verte también, creo que a pesar de todo, será una buena sorpresa.
—Yo… quería hablar con él. —dijo el hispano, formando una media sonrisa. —Sé que es difícil terminar una relación, pero tampoco quiero que lo vea como el fin del mundo. Tiene que salir adelante, es ese el Arthur que conozco. No quiero que se le olvide jamás.
El italiano tiró de él, pegando sus labios con los suyos, cerrando los ojos. A pesar de que esperaba una respuesta negativa, sintió a Antonio corresponderle con ternura, sin necedad de apresurar el beso.
—Antonio.
—Dime, Lovi, ¿lo que me dijiste iba enserio? —preguntó, firme. —Sobre hacer que me enamorará nuevamente de ti.
Lovino se sonrojo, poniéndose tenso al momento que se lo recordaron. Al ver la mirada verdosa de Antonio, fija en él, asintió lentamente con la cabeza.
—Me encantaría poder estar de nuevo contigo. —balbuceó, tropezándose con las palabras. —Seguir con lo que jamás debió terminar y si vuelve a terminar mal, al menos sabré que lo intenté y que tu lo hiciste también. Entonces podré irme feliz, c-claro… si llegase a pasar, aunque yo tengo toda la intención de que esto resulte bien. —se cubrió el rostro con las manos, tapándose por la vergüenza.
—Ya veo. —Antonio bajó su maleta, terminando de acomodar su ropa.
Lovino lo miró a través de sus dedos, ligeramente decepcionado de que no dijera nada más.
—Entonces prepárate para que pierda pronto, Lovi. —contestó subiéndose a la cama, quedando delante de él, quitando con cuidado las manos de su cara. —Me gustas, Lovi, de verdad me gustas. Jamás he dejado de quererte. Pero ahora mismo no puedo ofrecerte mi amor. —besó ambas manos del italiano, mirándolo fijamente a sus ojos.
—Lo entiendo. —murmuró, asintiendo con la cabeza.
—Tomaré ayuda psicológica. —dijo Antonio de pronto, pasmando al otro. —Govert tiene razón, no es normal que me sienta así y es algo que Fran y Gilbo ya me venían diciendo antiguamente. Quiero estar bien por ti, por mi hermano, por mis amigos y mucho más importante, por mí.
— ¿Entonces?
—Una vez que vuelva a estar bien conmigo mismo, ¿podríamos intentarlo de nuevo? —preguntó acariciándole el rostro. —Estoy seguro de que aunque pasen mil años, los sentimientos que tengo no van a desaparecer.
Lovino no contestó, tan solo se inclinó a él y lo abrazo con fuerza, Antonio lo rodeó por las caderas correspondiendo el abrazo.
—.—.—.—.—
— ¿Qué haces aquí? —preguntó Arthur, mirando a Scott. No era en forma de reclamo, de hecho su voz no trasmitía sentimiento alguno.
—Vine aquí por ti. —respondió Scott. —Todos lo hicimos. Mi madre y Helen están preparando algo delicioso para comer, Gales y Patrick están esperando que despiertes para llevarte de un lado a otro y nuestro padre tuvo que salir un momento a atender algo de la empresa.
— ¿Nuestro? —sonrió Arthur, alzando sus enormes cejas.
—Lamento que nuestra reunión sea así, Arthur. —dijo Scott, dando un suspiro al final. —Pero al enterarme de esto no me pude quedar de brazos cruzados, pensando que pronto estarías mejor, tenía que asegurarme que lo estuvieras. Sé que mis errores del pasado no pueden ser perdonados pero…
Arthur tomó su mano por encima de las mantas, negando con la cabeza.
—Gracias, por venir por mí. —dijo apretando con fuerza. —Me hace feliz haber recuperado a mi hermano mayor, sea en las circunstancias que sean.
—Arthur.
—Voy a estar bien, Scott. No olvides que tú fuiste quién me hizo fuerte. —y no lo dijo de mala manera, ni para recordar esos días oscuros. —Seré fuerte porque lo prometí, no obstante, cuando sienta que me derrumbe ahora sé que contaré con tu apoyo.
Scott se acercó a él, antiguamente Arthur se habría apartado como conejo asustado o agachado la cabeza, hundiéndola entre sus hombros, esperando algún golpe. Sin embargo, ahora su pequeño hermano menor recibió gustoso su abrazo.
— ¡Eh, Gales, que Scott está acaparando a Arthur sólo! —gritó Patrick, avisando a su hermano.
Gales apareció corriendo por la puerta, aventando a su hermano de sangre por algún lado. Al mirar a sus medios hermanos abrazados, curveó sus labios. — ¡Pensé que lo estaba golpeando, Patrick idiota!
— ¡¿Cuántos años crees que tengo?! —gritó Scott, separándose.
Patrick aprovechó para tirarse al lado de Arthur, apostándole cincuenta a que Scott ganaba la pelea que iban a tener. A pesar de lo triste que sentía su alma, Arthur no pudo evitar una carcajada al ver a Patrick en modo ardilla voladora, derribando a sus dos hermanos mayores, y a las dos madres, comenzar a reprenderlos a coro.
—.—.—.—.—
Lovino se sentó al lado de Arthur, quejándose de todo el trabajo acumulado que le daría Govert al llegar de nuevo a Italia. Y que todavía el maldito, así le dijo Lovino, quería un aumento de sueldo. Arthur miró a Antonio de su otro lado, él le sonreía, encogiéndose de hombros.
—Me da gusto que ustedes vuelvan a estar juntos. —dijo al fin. Lovino se atragantó con su saliva, toda su fase seductora quedaba en el olvido cuando se avergonzaba. —Fue demasiado triste para mí, ver como todo terminaba entre ustedes, pero viéndolos aquí ahora, me hace creer que el destino nos juega malas pasadas pero termina recompensándonos.
—Sé que duele, y va doler todavía más, Arthur. —comenzó Antonio tomando su mano. —Pero tienes a todos nosotros para apoyarte, no pienses que no podrás volver a levantarte porque en el momento en que lo hagas, entonces será cierto.
—Puede parecerte pesado que todos estén encima de ti, pero es porque se preocupan.
—Parece que estoy recibiendo consejos de sabios en vez de un quejumbroso y una luz solar. —rio, agradecido. —Gracias chicos, sé que se preocupan por mí. Al igual que mi familia, y los demás. Pero eso no hace que deje de doler, solo es hace que el dolor sea más ameno.
—Siempre es así. —respondieron ambos.
—No voy a olvidarme de este amor, jamás lo haré. Pero lo usaré para impulsarme, no para retroceder. Eso fue lo que aprendí de ti, Lovino. —le dijo Arthur, sonriendo. —Haré lo mejor que pueda para salir adelante, y aprenderé a amar a nuevas personas, aunque todavía no es tiempo de eso sé que podré hacerlo.
—Arthur…
—Después de todo tengo a un hermano psicópata, a un excéntrico y a uno sádico que ya comienza a ser domado por la linda Emma. ¿Lo sabían? Yo me quede con la boca abierta cuando él la llevó al departamento donde se esta quedando mi familia. Dada las circunstancias, escuché a Patrick decirle a Emma "no soportaremos otro corazón roto", claro, sé ganó un golpe sincronizado de su madre, mi madre y Scott.
—Tener de cuñado a Govert jamás lo esperé, tan solo espero no quedarme sin hermano recién cuando lo acabo de recuperar.
Los tres siguieron bromeando al respecto de la relación de Emma y Scott, logrando sacar risas en Arthur.
— ¿Por cierto, dónde está Kiku? Me extraña no verlo aquí. —dijo Antonio, buscándolo con la mirada.
—Ayer que Kiku me llegó a visitar, trajo compañía también. —suspiró. —Como mi madre lo quiere tanto, al igual mi padre, atiborraron a Heracles con tantas preguntas que hasta a mí me sorprendió. Es decir, ni siquiera a las parejas de sus hijos les hicieron tantas preguntas.
—Bueno, cualquiera se preocuparía por Kiku. —rio Antonio. —Incluso yo quisiera saber si la persona que eligió lo merece.
—Así que a eso se refería el imbécil de Sadiq. —murmuró Lovino, recordando su plática anterior.
Pasaron alrededor de una hora platicando, burlándose de ellos mismos y las cosas que pasaron. Al verlos marcharse, Arthur sonrió, Lovino estaba hombro a hombro con Antonio aunque ninguno de los dos se tomaba de la mano. Esperaba verlos pronto, esta vez tan juntos que no volvieran a separarse. Miró el dedo de su mano, donde tenía el anillo de matrimonio que Alfred le puso antes de marcharse.
Era inútil pensar que volvería a él. El futuro era incierto y no podía detener toda su vida por esperarlo. Así que lloraría lo que tenía que llorar, y avanzaría.
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[Cinco años después]
—Scott, ¿quieres quedarte tranquilo? —preguntó Arthur, acomodándole el corbatín. —Asustarás a Emma si llegas al altar con esa cara.
—Pensé que tendría que salvar a Scott de casarse con una chica fea, pero creo que será al revés. —dijo su padre, caminando con el bastón en su dirección.
—Cierra la boca, anciano. —protestó el pelirrojo.
—Emma también debe estar muy nerviosa, mira que atreverse a casarse contigo cuando tienes un hermano como yo. —dijo Patrick, tirado en el sofá de la habitación. Recibió una mirada aniquiladora de Scott, y bufó. —Soy el más atractivo de los Kirkland, ¿Cuándo van a aceptarlo?
—Cuando te quites todas las cirugías y sigas diciendo lo mismo. —contestó Gales, entrando. —Que fea cara, Scott.
— ¡Ya cállense! ¡Ni siquiera sé por qué están aquí!
—Porque tenemos que burlarnos. —respondieron a coro los cuatro. Scott sintió que su cerebro explotaría de tan hinchado que estaba por estarlos soportando, quizás se podría relajar si todos se marcharan.
— ¿Y? ¿Ya tienes tus votos de matrimonio? —preguntó Arthur.
—Improvisaré. —suspiró Scott. —No quiero estarle leyendo un papel a Emma.
—Awww.
— ¡Váyanse!
Si Scott se sentía que no podía con la bola de idiotas que tenía por hermanos y padre, no se quería imaginar la habitación de Emma, donde estaba reunido el BFT, Lovino y su hermano. Definitivamente su esposa tendría que conseguirse amigas, aunque tenía a Elizabetha.
— ¡Chicos, no avienten el ramo! —pidió Emma, corriendo tras él.
Basto con un golpe de Elizabetha para que todos se quedaran quietos, juntos en un rincón. —De verdad, ¿por qué están aquí? ¡Ustedes son chicos!
— ¡Igualdad de género! —protestó Gilbert.
—Estoy seguro de que cuando me casé con el bastardo de Antonio ustedes dos estarán bien metidas en nuestras habitaciones. —reprochó Lovino, poniendo feliz a Antonio. — ¡Quita esa cara, imbécil!
—Pero Lovi, me pone feliz que digas que vamos a casarnos.
—Y a mí me da repulsión lo meloso que ustedes son. —gruñó Govert, volviendo a ayudar a su hermana con el vestido. Ya que el padre de ambos había dejado el mundo hace dos años, él sería quien la llevaría al altar. Se sentía bastante emocionado a decir verdad, aunque no lo dejaba notar.
—Govy esta celoso~. —señaló Antonio, haciendo una hilera con su trio de amigos, bailando. —Govy esta celoso~. —cantaron los tres, sacando un pie y volviéndolo a meter, repitiendo el acto tanto con manos.
— ¡Claro que no, trio de idiotas!
—Es normar que lo estés. —dijo Elizabetha, palmeando su hombro. —Es tu hermanita.
— ¡Qué no lo estoy!
—Miren, ya me he puesto el velo. —dijo Emma, dándose la vuelta. Todos en automático sonrieron, la novia era preciosa, aunque mentalmente Gilbert pensó que el año pasado cuando se casó con Eli, ella se veía mucho mejor.
Sonó la primera llamada por el altavoz, la llamada del novio. Emma respiró profundo, dando brinquitos en sus tacones, estaba impaciente.
—Iremos afuera. —anunciaron todos, saliendo del cuarto.
Govert fue el último, dándole un fuerte abrazo a su hermana. —Te esperaré antes de llegar al jardín, así te acompañaré al altar.
—Lo sé, hermano, lo ensayamos bastante.
Antes de salir Govert volvió a girarse a ella. —Te ves preciosa.
Arthur al lado de su hermano, miró a la chica que caminaba a ellos, su hermano la miraba con devoción absoluta. ¿Quién diría que semejante lindura conquistaría el duro corazón de su hermano? Se sentía bastante feliz por él, al fin se notaba contento con lo logrado en su vida, no llevaba presión alguna en sus hombros.
Ojalá Alfred estuviera ahí, sería maravilloso. Matthew al menos estaba, al lado de Francis que también se notaba bastante contento. Sonrió, negando con la cabeza, miró la primera fila donde estaba Michelle saludándolo alegremente, emocionada por la boda.
Había sido hace algunos meses, cuando se la había topado de nuevo en Inglaterra, al parecer la chica estaba trabajando con la familia Bonnefoy porque Francis parecía conocerla bastante bien. Fue por pura casualidad, sin nada planeado, ella entró a su vida y logró quedarse. Cuando se dio cuenta que podía amar a Michelle casi tan intensamente como a Alfred, decidió que era momento de cambiar de hoja, de darse una nueva oportunidad y dejarlo ir para siempre.
—Acepto. —contestaron ambos, ahora esposos, llevándose el aplauso de toda la tribuna.
Lovino estaba consolando a Govert que estaba intentando aguantarse las lágrimas. Antonio estaba celebrando con Gilbert y Francis al mero estilo del BFT.
Antonio y Lovino volvieron después de cuatro años, apenas llevaban un año como pareja oficial. Antonio había vuelto a ser el mismo de antes con algo de ayuda psicológica, volvió a amarse a sí mismo y todos sabían que cuanto de amas a ti mismo, entonces estás listo para amar a quién sea.
Arthur no podía estar más que feliz por ellos.
En medio de la fiesta, Antonio salió un rato, tomando algo de aire. Aunque notó que alguien los estaba observando desde una distancia donde no era reconocible, por lo que bajó la pequeña montaña que los elevaba, pisando con cuidado el pasto para que no le dijeran nada. La vista al mar se veía preciosa. Y cuando se fue acercando a la persona que tenía delante, se quedó estático.
—Héroe. —sonrió saludándolo. Alfred que tenía las manos hundidas en su chaqueta de aviador se encogió de hombros, con una sonrisa. — ¿Por qué…? —Antonio recordó a Michelle, estaba bailando con Arthur.
—Pude escaparme unas horas de mi equipo. —comentó tranquilo. Antonio lo miró más profundamente, tenía varias cicatrices en el rostro. —Tengo que volver en cuestión de nada, por favor, no digas que estuve aquí. Cuando me enteré de que Arthur estaba aquí, quise venir a verlo, al menos de lejos. Me hace feliz que este con Michelle, ella es una buena chica.
— ¿No vas a regresar de nuevo?
—He sobrevivido todo este tiempo por pura suerte. —comentó. —Y la suerte se acaba, ¿no crees? Me mandaron a estar otros dos años en la frontera de Níger. La zona más peligrosa, si vuelvo, volveré como un héroe. Y sino, moriré como uno.
—Para Arthur siempre has sido un héroe. Y para nosotros también.
—Gracias. —sonrió. — ¿Estás con Robín-Lovi? —preguntó, Antonio asintió, notando a su vez que Alfred estaba mirando a todos lados, como si esperara que le atacaran.
Sin duda las guerras eran aterradoras, justo ahora, mientras ellos estaban celebrando un hecho importante en sus vidas miles de personas morían peleando por intereses políticos. O los que regresaban, volvían paranoicos o inclusive completamente locos.
—Lo logramos, después de todo. Somos felices. —respondió, quitando los pensamientos de su cabeza. Esa era la vida que había escogido Alfred.
—Me alegro mucho, al menos ahora sí sé que no ibas detrás de Arthur.
— ¡Hey!
Se quedaron un momento en silencio, con el americano mirando fijamente a la cima de la colina.
—Maldita sea, pensé que estaría tranquilo pero quiero correr hacía él y estar para siempre a su lado. —murmuró Alfred.—No, no puedo hacerlo. —negó con la cabeza al ver la mirada de Antonio. —Arthur es feliz, si yo apareciera seguramente él se comería la cabeza y sufriría.
—Alfred…
—Prometí que lo pondría por encima de mí. —dijo con la mirada perdida, aguantándose el nudo en su garganta.
Unos pasos secos resonaron detrás de ellos, en el frío cemento. El americano se sorprendió bastante, aunque le regaló una sonrisa completa al momento que su reloj de mano comenzaba a sonar.
—Alfred.—comentó Scott, apareciendo por el sendero, fumando un cigarrillo.— Arthur está allá arriba, no te verá si te quedas aquí.
El americano negó, limpiándose con la mano la lágrima que escurría por su mejilla. —No es donde debo estar, él ya no me necesita más. Espero que él logre entender que en mi corazón siempre estará, que no hay día ni hora, ni segundo no haya pensado en él. En todo lo que significó para mí.
—Siempre estaré en deuda contigo.
—Puedes pagarme quedándote al lado de Arthur, como yo no lo pude hacer. —sonrió, estrechando su mano.
—Gracias por amar a mi hermano, tonto héroe.
—Vive una buena vida, Rey de las Sombras. Felicidades por tu boda. —concluyó, dándose la vuelta. —Antonio, no vuelvas a perder a Lovino.
—Jamás. —prometió, alzando un puño.
Al avanzar por el sendero, notó que Antonio y Scott subían de nuevo la colina platicando entre ellos. Miró más en la cima, casi enterrando los pies al suelo cuando notó dos figuras, aunque sólo una lo observaba desde arriba. Ni siquiera Scott o el hispano se habían dado cuenta, Arthur lo miraba al lado de Michelle, dada la distancia donde se encontraban no podía observarlo bien, no sabía que cara estaba poniendo.
Sus pies dieron un paso a él, por mero instinto, pero entonces Arthur tomó la mano de la chica y la alzó en el aire, haciendo que ella lo mirara. Alfred entonces comprendió el significado de ello, retrocedió los mismo pasos que había avanzado y hundió de nuevo las manos en la chaqueta, avanzando por el camino anterior.
La promesa ya estaba cumplida. Alfred miró el anillo en su dedo, no se lo había quitado nunca, y jamás lo haría.
Y tal como dijo, días después volvió al campo de guerra, está vez sin despedirse de nadie. Odiaba dejar a Matthew solo, a su padre también, lamentablemente los disparos no cesaban ni un solo minuto. Aunque a decir verdad, sentía mucho menos presión que la vez anterior, pudo ver a Arthur, verlo ser feliz de nuevo.
Ya no tenía nada de qué arrepentirse.
Se dejó caer en una zanja, con varios cuerpos en ella, todos estaban muertos. Los disparos comenzaron a escucharse mucho más cerca, así que Alfred dejó la metralleta que tenía en sus manos a un lado, sacando la foto que anteriormente le había robado a Arthur. La apretó en sus manos, recordando la bonita sonrisa de Arthur, sus expresiones maravillosas, avergonzadas, tímidas, sensuales y cariñosas.
Todo pudo haber sido tan diferente, con una vida al lado del inglés, repetirle cada mañana que lo amaba y escucharlo de vuelta. Pero la vida siempre era demasiado inesperada, un día estabas sonriendo y al otro llorando. Se intentó dar todo lo que se pudo dar, y ese amor que se le quedo dentro para siempre, fue su impulso para salir de aquellas situaciones donde vio casi la muerte.
Agradecía haber encontrado a Arthur Kirkland en su vida, supo, desde que escuchó lo temible que era el Presidente del Comité Disciplinario por parte de Scott, que ese chico sería algo importante en su vida. Aunque en esos momentos sólo pensó que trataría de un chico malhumorado al cual debía derrocar, un villano entre villanos que resultó ser el amor de su vida.
—Hasta siempre, Príncipe de las Sombras.
Sonrió y esperó.
—.—.—.—.—
—Maldita sea, Sadiq, ¿por quién me tomas, bastardo? —preguntó Lovino, en el mismísimo modo legendario, según Sadiq. Sus ojos casi lo incineraban. — ¡Llevaste a los inversionistas a un centro nocturno!
— ¡Eran unos viejos, vieras lo mucho que se divirtieron! —protestó, señalándolo. — ¡Uno incluso pagó por dos!
— ¡Se supone que era una cena, imbécil!
— ¡Ellos querían verte, pero como estabas con tú español imbécil dándole amor hasta el amanecer tuve que improvisar! —le acusó, picándole la frente con su dedo. Lovino se sonrojó, pegándole de paso un cabezazo. — ¡Duele!
— ¡Cierra la puta boca!
— ¡No puedes censurarme! ¡Libre expresión! —chilló alzando los brazos.
— ¡Te voy a aplastar los huevos para demostrarte mi libre expresión! —sonrió Lovino, tomándolo de la corbata en completo modo sádico. Sadiq pensó que había sido transferido todo el sadismo de Scott, bueno, al menos el personal porque el pelirrojo seguía siendo un maldito en la oficina.
—Al menos firmaron. —reprochó, cruzándose de brazos. — ¿De qué te estás quejando? ¿Acaso no soy el mejor en esto de convencer personas?
—Tsk. Ni siquiera puedo reprocharte a gusto.
Sadiq al verlo más relajado, se inclinó en el escritorio, dándole una mirada pícara. — ¿Cuándo le vas a decir a Tontonio?
— ¿Qué? ¿Quién…? ¡Govert!
—No, de hecho fue la linda de Emma. —Sadiq volvió a recargarse en la silla, girando en ella. —Aunque lo de Tontonio sí fue de Govert.
—Hoy por la tarde. —murmuró, ruborizándose de nueva cuenta. —Le dije Roderich hace un mes. Parece que el maldito señorito es su puta secretaria, tengo que sacarle primero la cita a él para poder ver al bastardo de Antonio.
—Será su amante.
—Imbécil, claro que no. —reprochó Lovino, cruzándose de brazos, poniendo un mohín.
—Estás de broma, ¿no crío? ¡Estás celoso del señorito! —el turco estalló en carcajadas, haciendo sonrojar todavía masl al italiano que comenzó a lanzarle todas las carpetas que tenía en la mesa. — ¡Cómo si el imbécil idiota de tu español fuera a enamorarse de otro, sería tarado!
— ¿Cuántas veces vas a insultarlo? —gruñó Lovino.
La amistad con Sadiq se volvió tensa después del rechazo de Lovino, aunque al parecer al turco solo le duró medio año pues volvió a hablarle como normalmente lo hacía, bromeando incluso sobre el hecho de haberlo dejado ir. Ahora parecía estar sentando cabeza en cuestión de las mujeres, había conocido una chica en Mónaco, con la que salía en esos momentos, llevaban casi todo un año; lo cual era bastante para el turco.
Salió de su trabajo más temprano de lo usual, sintiéndose bastante nervioso de lo que estaba a punto de hacer. Es decir, apenas hace un año que Antonio y él había formalizado de nuevo su relación, el español seguía yendo a terapia aunque cada vez menos. Lovino lo acompaño en toda la travesía, recuperando primero la amistad que tuvieron, pero realmente no podría llamarse del todo amistad si se besaban cada que tenían oportunidad.
Mientras iba en el auto en dirección a la hacienda, pensó en todo lo que había pasado, desde que lo conoció y el pequeño Antonio tomó su mano, ofreciéndole su amistad; prometiendo que se quedaría a su lado para siempre. Luego de nuevo en Gakuen, donde ambos se dieron cuenta de sus propios sentimientos luego de pasar por una mala racha con lo de Govert y Emma, esas dos personas que Lovino adoraba incluso como su familia; pasando por lo peor que pudo pasar, Blas. Ese maldito bastardo que estaba perdido en el mundo, y Lovino esperaba que así se quedara, no deseaba verlo nunca más. Blas que consiguió separarlos, destrozar el corazón de ambos. Y pasando a no hace más de cinco años, donde lo había vuelto encontrar, con varias personas diciéndole que Antonio ya no era para él, que ya no podían volver a los años anteriores.
¡Al demonio lo que ellos pensaran, era la vida de ambos y querían pasarla con el otro hasta el final!
Tocó el claxon, siendo recibido por el mismísimo Roderich que estaba al lado de su esposa, Liech. Cuando bajó del auto, sintió que las piernas no le respondían, Liech fue bastante amable en ayudarlo a bajar del auto. Roderich en cambió rodo los ojos al ver que caminaba similar a un robot, con el ramo de rosas rojas en sus manos, dejando algunos pétalos en el camino.
Se encontró a Antonio cosechando tomates, parecía bastante contento pues silbaba una canción. Lovino entonces junto todo el aire posible, haciendo ruido, atrayendo la atención de su novio en el proceso.
— ¿Lovi? ¿Saliste temprano hoy? —preguntó Antonio, sosteniendo un tomate que se veía bastante apetitoso. Ahora que lo pensaba no había comido nada, seguro que por el nerviosismo acababa vomitando. —Mira, tendremos muy buenos tomates este año, Roderich me dice que estoy loco al cantarle a las plantas pero ve, no podrá negarlo después de esto.
Al ver a su novio todo nervioso, ocultando algo tras su espalda de muy mala forma pues las rosas se inclinaban a la derecha, haciéndolas notar.
— ¿Son para mí? —preguntó Antonio, levantándose de un salto. El sombrero que tenía en la cabeza, bajo a sus hombros.
Lovino no respondió, tan solo las estrello sin cuidado en su rostro, espiándolo en el proceso.
— ¡Ay!
—N-No te quejes, idiota. ¡Tengo algo muy importante que decir! —reprochó el italiano, a decir verdad quería deseaba dar una disculpa pero se hacía lo que se podía.
— ¿Qué pasa, Lovi? —preguntó Antonio, sobándose la nariz que era donde la espina lo lastimo. Sostenía el ramo con una sonrisa, oliendo a ratitos las rosas. Lovino tembló, encogiéndose en sus hombros. — ¿Estás embarazado? —preguntó de pronto, buscando relajarlo.
Sólo ganó un golpe en el rostro.
— ¡Estaba bromeando, Lovi! ¡Broma, broma! —chilló, intentando cubrirse con las rosas. — ¡Me duele!
Al parar sus golpes Antonio intentó darle un beso, que dejó suavecito en sus labios, Lovino frunció la boca sin querer responderlo. El aroma de las rosas iluminaba todo alrededor, estremeciéndolo. Se sentía flotando, la garganta estaba seca, sin querer dejar salir las palabras solo tomar a Antonio como suyo y besarlo de nuevo hasta el amanecer.
Antonio llevaba todo los huecos que quedaban en su alma y corazón, casi se sentía caminar por los cielos. Lovino sonrió, el tiempo era oro, ¿por qué lo estaba desperdiciando todavía más?
—Me estoy enamorando de ti cada vez más. —soltó de golpe, tomando una de sus manos. —Antonio, vamos a cumplir la promesa que hicimos aquel día. Estemos juntos en la mañana, tarde, noche de todos los días, hasta en los fines de semana. Estemos juntos para toda la eternidad.
—Lovi. —los ojos de Antonio se iluminaron, dándole un enorme abrazo que reconfortó por completo a Lovino. — ¿por qué me estás diciendo esto? Me haces muy feliz. —comenzó a besarle todo el rostro, con las manos en sus mejillas, Antonio lo besó un buen rato, jugando con sus labios, mordiéndolos con suavidad, dejándolos ligeramente hinchados.
—Siempre te voy a elegir a ti, Antonio. —sonrió Lovino, abrazándolo. —Siempre has sido tú.
—Lovi… Te amé, te amo y te amaré hasta que el último de mis huesos se vuelva polvo, he incluso ese polvo te seguirá amando. —dijo Antonio, acariciando su rostro. —No hay forma en que te vuelva a dejar ir, también quiero pasar todos mis días contigo, ya no quiero volver a añorarte nunca más, deseó que mi deseo de la fuente de cumpla.
— ¿Deseo?
—El deseo que siempre he pedido desde que era pequeño, desde que te conocí. Que…
Lovino cubrió su mano, negando con la cabeza. —Es la regla de los deseos, tonto, si lo dices nunca se cumplirá. —sonrió. —Pero ahora mismo, sin conocerlo, intentaré cumplirlo. —tomó la mano de Antonio, besándolo con infinita dulzura, distrayéndolo con el beso logró colocar un anillo en su dedo.
Al sentirlo, Antonio se separó, mirando su mano.
— ¿Quieres casarte conmigo? —preguntó Lovino.
Antonio volvió a regalarle una maravillosa sonrisa que Lovino siempre guardaba en su mente, desde niños. El español lo tomó por las caderas y lo cargó, dándole vueltas en el aire.
— ¡Por supuesto, Lovi tontito! ¡Ni siquiera tienes que preguntarlo! —gritó feliz, bajándolo levemente para plantarle un enorme beso que dejó erizada la piel de ambos. — ¡Me has hecho la persona más feliz del mundo! Te amo, te amo, te amo. —y continuó besándolo.
Lovino también estaba sonriendo, disfrutando de todo el amor que Antonio le estaba brindando. Ya no había nada más que les impidiera estar juntos, eran lo que mas habían amado en toda la vida y lo siguieron siendo hasta el final de sus días.
A pesar de todas las dificultades que tuvieron en su momento, cuando pensaban que ya no volverían a estar juntos y que tendrían que esperar a que el destino o la casualidad los juntara de nuevo en otra vida; este los engaño, volviéndolos a juntar, esta vez sin nada que pudiera interponerse entre ellos, porque Antonio y Lovino tenían esa clase de amor que inspiraba a otros a amar, a ser felices.
Incluso si aprendieron a no necesitarse, a vivir bien sin el otro; sabían que se necesitaban para rellenar ese hueco en sus corazones, no podía ser llenado por otro. Porque habían sido hechos el uno para el otro, siempre, todas las vidas que vivieran, sin importar las circunstancias o las adversidades vivirían amándose.
Por eso fue que el destino recompensó todo ese amor que se tuvieron. Cuando Antonio cerró los ojos, ya de viejo, se plantó una semilla en tierra fértil y cuando Lovino lo acompañó en la eternidad, se regó esta, haciendo nacer un hermoso árbol enredado. Justo donde Lovino había soñado, en un prado.
El prado de un solo árbol.
Que salió producto de todo su amor, y que nadie nunca se atrevió a talar o a quemar. Siendo ahí donde miles de enamorados se juraban amor eterno, aunque claro, solo los verdaderos perduraban hasta la eternidad.
De esta forma, cuando el mundo pereció, ellos perecieron con él.
—.—.—.—.—
Arthur abrió los ojos, notando que los colores se habían vuelto monocromos, todo lucía en blanco y negro a excepción de él. Miró la cama y vio a sus hijos llorando, pidiendo que regresara, hizo una mueca confundida y caminó tranquilamente afuera de la habitación.
Lo primero que vio fue los enormes ventanales del hospital, el cielo aborregado seguía sin colores, y los edificios se veían demasiado grises. Recordaba estar sufriendo hace algunos momentos, seguro que había muerto, pero ahora ya ni siquiera era capaz de sentir un pellizco en la mano.
— ¿Finalmente te rendirás ante mí? —preguntó la voz, probando que pegará un brinquito de sorpresa.
Al voltear poco a poco a él, recordó el tono de voz infantil y amoroso de aquella persona. Mientras que su cuerpo ya no podía sentir ni un pinchazo, el alma comenzó a dolerle a montones al ver a Alfred recargado en la pared, mirándolo con una sonrisa en su rostro. A sorpresa de Arthur, era lo único que no se mostraba griseo, traía toda su alegría consigo y los ojos azules brillaban más fuerte que nunca.
—A-… —se le atoraron las palabras en la garganta, buscó aire que no consiguió y se vio a sí mismo limpiándose continuamente las lágrimas que ya escurrían por su rostro, y las gotas que caían fuera de este simplemente se desvanecían en el aire.
Sintió un abrazo que lo reconfortó al instante, Arthur se aferró por completo a él, balbuceando, dándole pequeños golpes en el pecho, reclamando su abandono.
—Pero ya estoy aquí, ¿no es verdad? —preguntó separándose ligeramente, Arthur sorbió sus lágrimas mirándolo con un mohín. —Incluso muerto tus cejas no son normales.
— ¡IDIOTA!
Ambos se miraron por un segundo y después estallaron en carcajadas lamentosas, pues los dos volvieron a llorar, aunque esta vez fue de alegría.
La alegría de estar juntos para toda la eternidad.
FIN.
¡Muchas gracias por todo el apoyo a lo largo de estos cuatro años!
~Feliz Año Nuevo~
¡Nos veremos algún día!
MimiDiethel.
