CAPÍTULO II

La vida en palacio

Anastasia refunfuñó que la dejasen en paz y se escondió bajo las mantas, donde la luz y la voz de su hermana no molestaban tanto.

—Nastia, ya es tarde —se quejó María, que a diferencia de ella ya estaba preparada para tomar el desayuno, con un bonito vestido blanco y el cabello peinado.

La pequeña bufó aún debajo de las mantas, estaba muerta de sueño. María se alejó diciendo algo como "tú verás", y cerró la puerta tras ella.

Tras unos minutos más así, al fin Anastasia se destapó y se incorporó. Se levantó arrastrando los pies, con la luz de una mañana gris pero cálida siguiéndola desde la gran ventana de la estancia, y fue hacia el aseo que compartía con su hermana.

Aún medio dormida, encendió las luces torpemente, haciendo que el mármol del lujoso baño y el oro de las decoraciones iluminasen la estancia con un brillante blanco. Se acercó al espejo, que parecía pulido en diamante de lo maravilloso que resultaba, y se observó. Le devolvió la mirada un rostro somnoliento y ceñudo. A pesar de lo caro que estaba pagando las horas sin dormir de la noche anterior, no pudo evitar sonreír al acordarse.

Cuando salió tras haberse aseado con abundante agua fría se sentía mucho más despierta, pero aún así le costó ponerse el vestido que le habían dejado preparado, idéntico al de María.

Mientras se cepillaba el pelo, alguien entró a la habitación. Anastasia se giró desde el tocador hacia la puerta para ver quién era, con el cepillo irremediablemente enredado en su cabello. Alejandra Fiódorovna, Emperatriz de Rusia, miraba a su hija pequeña debatiéndose entre el enfado y la desesperación.

—¿Se puede saber qué te hace tardar tanto? —la urgió con impaciencia.

—Tenía mucho sueño hoy, mamá —dijo ella con tono de disculpa y ofreciéndole una mirada angelical, aún con el cepillo enredado en el pelo.

Alejandra suspiró y se acercó a ella a pasos rápidos. Le arregló el pelo y se lo ató con un lazo. Hecho el trabajo, pareció ponerse de mejor humor. Besó a su hija en la frente y le sonrió, de la forma única en que lo hace una madre.

Anastasia se puso de pie y le dio la mano, dejando las dos juntas la habitación. Mientras caminaban por los pasillos hacia el comedor familiar, la mente de la niña volvió al patinaje en el hielo. Ensimismada, no se dio cuenta de que su madre volvía a mirarla con el ceño fruncido y se detenía de golpe.

—¡Anastasia! ¿Qué has hecho con tu vestido? —se agachó y comenzó a ajustárselo correctamente, mientras la niña bajaba la mirada preguntándose qué habría hecho mal esta vez—. Desde luego —se quejó su madre—, no hay quien pueda contigo.

Para cuando llegaron al comedor, Anastasia se moría de hambre. Como era de esperar, el resto de la Familia Real estaba ya allí, sentados en la mesa, y esperando a Anastasia y Alejandra. A juzgar por las expresiones de reproche de sus hermanos, la princesa supuso que llevaban un buen rato.

—Buenos días, mi rayo de sol —saludó cariñosamente el zar Nicolás, el único de la mesa que no parecía enfadado. Anastasia se acercó para darle un beso en la mejilla, y después tomó asiento.

En primer lugar, y aunque no lo manifestaron, para disgusto de los niños, se dio gracias en las oraciones. Después, los sirvientes de la cocina comenzaron a servir el desayuno.

Anastasia se lanzó con tal voracidad a la comida que tanto su madre como su hermana mayor Olga tuvieron que instarle a que comiese con más tranquilidad y educación. Obedeció, pero estaba tan distraída discutiendo con María acerca de el hecho de tener que esperarla porque no se levantaba a su hora, que por poco no se dio cuenta de que uno de los pinches de cocina que les servían esa mañana era Dimitri.

Eran pocas las veces que coincidían fuera de sus quedadas nocturnas, ya que el palacio era muy grande y normalmente el chico trabajaba dentro de las cocinas.

Cuando lo vio le costó disimular. Se mordió el labio inferior y sonrió. Durante una centésima de segundo, sus miradas se cruzaron, y le pareció que Dimitri sonreía también.

Fingiendo que prestaba atención a las riñas de María, a las que Olga se había unido, llevó su mano al centro de la mesa y cogió tres bombones de chocolate. No se molestó en disimular, todos sabían que Anastasia adoraba comer chocolate, pero no eran para ella. La única que se inmutó fue su madre, que simplemente murmuró que tuviera cuidado con mancharse el vestido blanco y continuó hablando con su padre.

Anastasia esperó a que Dimitri estuviese a su lado y pidió educadamente que se le sirviera más leche. Cuando él, diligentemente, obedeció, la niña le metió los bombones en el bolsillo. Supo que su amigo se había dado cuenta cuando le miró con el rabillo del ojo e incluso pareció ruborizarse.

Cuando terminaron de desayunar, todos se levantaron y salieron de la cocina. Anastasia se quedó la última y mientras dejaba la estancia se giró levemente para observar a Dimitri, que recogía la mesa con los demás criados. Se miraron mutuamente una última vez, antes de que las puertas del comedor se cerrasen a espaldas de Anastasia. Y ella sonrió para sí, pensando en cómo el mundo tan grande que Dimitri y ella habían creado era invisible para todos los que los rodeaban.

Las lecciones de aquella mañana resultaron tremendamente aburridas. Y ello, sumado al sueño, hicieron de la mañana de Anastasia una muy larga.

En primer lugar tuvo Francés. Normalmente, estudiar idiomas se le hacía ameno, pues tenía mucha facilidad. Pero aquella mañana no estaba por la labor de participar en la clase. Margaret Eagar, su institutriz, se pasó una hora recriminándole en Francés su mala actitud.

En la clase de Historia, lección que compartía con sus hermanos, estuvo mirando por la ventana sin apenas prestar atención, con los brazos cruzados sobre la mesa de estudio.

Parecía que nunca iba a acabar, pero al llegar la media mañana los cinco niños dejaron su estudio, habiendo llegado su merecido tiempo libre. Salieron a jugar fuera. Olga y Tatiana prefirieron dejar a los pequeños y pasearon por su cuenta, pero María, Anastasia y Alexéi se enzarzaron en un juego en el que un príncipe, en este caso nadie mejor que el futuro zar, debía rescatar a una princesa.

Anastasia bufó.

—Otra vez no —se quejó—. Siempre tienes tú el papel más divertido y a nosotras nos toca ser princesas.

—¿Y qué quieres? —repuso su hermano sin comprender—. Sois chicas.

Anastasia, para sorpresa del chico, se ofendió por su comentario.

—Pues no me da la gana ser la princesa.

Súbitamente, tomó a su hermana por los hombros.

—Yo seré el villano. Y tú —señaló a Alexéi, tomando las riendas del juego— tienes que luchar contra mí.

A pesar del cambio en las reglas, tanto a María como a Alexéi pareció gustarles la idea. Así que los dos pequeños se debatieron en combates imaginarios, mientras María los observaba desde su "prisión", el celador que había junto a ellos.

Tres figuras salieron del palacio en aquel momento. Anastasia se giró con curiosidad, y reconoció a sus padres. El tercer individuo también era inconfundible. Con su hábito de monje, Rasputín caminaba con los zares, en apariencia aconsejándoles como de costumbre.

De inmediato, los tres niños dejaron su juego y se detuvieron a mirar. Anastasia miró a María, adivinando sus pensamientos. A ninguna de las dos les gustaba. Aquel hombre, de hecho, les inspiraba terror y desconfianza. No era el caso de sus padres y sus hermanos.

La enfermedad de Alexéi había ido a peor conforme él crecía. La hemofilia llenaba sus días de dolor y agotamiento. Y, un día, apareció Rasputín, proclamándose como un hombre santo con la habilidad de sanar. Nadie podía negar que sus efectos sobre Alexéi parecían milagrosos, de pronto, el niño dejaba de encontrase mal y jugaba con sus hermanas con la vitalidad de un niño sano.

El zarevich fue el primero en fiarse plenamente de él. Y tras él, la zarina. En un principio, al zar no le gustaba Rasputín, pero vista la ayuda que proporcionaba a su hijo, también él comenzó a confiar en él.

Y así pasó a ser su consejero y confidente. La figura de Rasputín, en tan solo un año, se había vuelto tan influyente e importante en la corte imperial como la de cualquier noble.

A veces incluso se le trataba como a uno más dentro de la familia real. Comía o cenaba con ellos o los acompañaba en sus paseos y viajes. Al final, Olga y Tatiana también se volvieron muy cercanas a él. Y solo María y Anastasia se veían incapaces de ver un amigo en Rasputín. Las dos notaban algo, una intuición muy negativa hacia él.

No era tan solo su aspecto siniestro. Las dos niñas pensaban que la influencia que ejercía sobre su padre y su madre y la confianza que tenía con sus hermanos era incluso nociva.

Alexéi saludó a los tres desde la distancia. Nicolás y Alejandra respondieron alegremente, mientras que Rasputín simplemente elevó una sonrisa tranquila.

El resto del día transcurrió tranquilamente, como de costumbre. Terminaron sus lecciones matinales, comieron en familia y estudiaron por la tarde. En su tiempo libre Anastasia vagó por el palacio, en parte huyendo de su institutriz, que quería darle una hora extra de clase por su despite de la mañana, y en parte con la secreta esperanza de ver a Dimitri.

Al final, ni Margaret la encontró ni ella encontró a su amigo. La familia se reunió de nuevo en el comedor para cenar, y Dimitri no estaba allí como por la mañana.

A mitad de la comida un guardia irrumpió en la estancia. Todos guardaron silencio mientras un guardia susurraba algo al zar. Él, sin bajar la voz, respondió.

—¿No se me ha avisado antes?

El guardia murmuró una disculpa. El zar le dio permiso para salir y dio un largo suspiro, pensativo. Su esposa le lanzó una mirada inquisitoria, pero pareció que había pasado una eternidad cuando Nicolás se decidió a hablar delante de los niños.

—Creen que alguien entró en el palacio anoche.

Alejandra miró a su marido con los ojos muy abiertos, y Anastasia y sus hermanos comenzaron a intercambiar miradas de confusión.

—Según parece —continuó el zar— solo pudieron ser una o dos personas. No oyeron ruido ni pasos.

—¿Por qué piensan que alguien entró? —preguntó la zarina—. ¿Encontraron a alguno?

—No. Pero había una ventana abierta. Y rompieron el jarrón de Olga.

De pronto, Anastasia dirigió la mirada a su plato y se mordió el labio inferior, evadiéndose de la conversación y recordando aquel jarrón, que tanto le gustaba a su madre, haciéndose añicos sobre la alfombra.

—Nastia, ¿estás bien? Te has puesto roja.

Tatiana, desde el otro lado de la mesa, la miraba con el ceño fruncido.

Anastasia asintió repetidamente.

—Sí —musitó.

—No os preocupéis —padre sonrió para tranquilizarles, probablemente pensando que la actitud de Anastasia se debía al miedo—. No hicieron nada. Tal vez fue un guardia sin querer que tiene miedo de confesar.

Todos parecieron pensar que aquella era una explicación muy razonable, y el resto de la cena se desarrolló con normalidad.

—Niños, id a dormir —dijo el zar de pronto.

Los niños tenían ya las protestas preparadas, pero antes de que pudiesen pronunciar una palabra, su padre les lanzó una mirada severa, inquebrantable. Cuando él, siempre tan cariñoso, pasaba a comportarse de esa forma, los niños ya sabían que solo les quedaba la opción de obedecer.

En silencio, preguntándose por qué los echaban tan pronto y de forma tan repentina, se levantaron y salieron uno a uno del comedor. Pero a Anastasia no se le pasó por alto la mirada de preocupación que intercambiaron sus padres cuando ellos pensaban que sus hijos no les prestaban atención.

• • •

—Nos ocultan algo.

María, desde su cama, resopló.

—Nastia, ya te lo he dicho. Es normal que estén preocupados, pero solo fue una persona...

—¡Pero papá le quitó importancia! —Anastasia se puso de pie—. Está pasando algo malo, y no nos lo quieren contar...

Ambas callaron, pensativas.

—¿Crees que tiene algo que ver con Rasputín? —preguntó de pronto María, susurrando con miedo.

—No lo sé —Anastasia suspiró y volvió a su cama.

Se tumbó y se giró hacia la ventana. Las largas y tupidas cortinas la tapaban casi por completo, pero había un pequeño resquicio por el que entraba la luz de la luna. La niña estuvo observando un trozo del oscuro cielo desde allí hasta que, poco a poco, se fue quedando dormida.

A pesar de sus preocupaciones, estaba muy cansada.

Nota de la autora: vaaale, un año después de subir el primer capítulo ". Además, he de decir que es un capítulo algo aburrido, pues lo he escrito más que nada para adaptar la vida de los Romanov a mi historia. También tengo que señalar que este fanfic estará lleno, LLENÍSIMO, de manipulaciones históricas, para seguir el argumento de la película. En este notablemente se ve en la vida de Anastasia y sus hermanas, ya que aunque formaban parte de la realeza imperial rusa, y vivían en una familia en la que las riquezas sobraban, la zarina Alejandra las crió de una forma muy austera. Y, por otra parte, la relación con Rasputín, al contrario de lo que se muestra en la película, era por parte de toda la familia muy cercana. Sin más que decir, espero que os guste :D y nos vemos en el siguiente... Sea cuando sea. "