3. Balas de haluro de plata
Aquel cuchitril en el que se había instalado recientemente le había parecido menos asqueroso en las fotos que le enseñaron en comisaría que en la vida real. Goteras por todas partes, rincones mugrosos, un fuerte olor a humedad que no bajaba de intensidad en ningún punto del piso, moho en cada junta de las baldosas del baño,… Al menos no había insectos pero empezaba a dudarlo a medida que pasaban los minutos allí dentro, colocando la ropa en el armario y deshaciendo la maleta.
Tenía que ser cuidadosa con sus cosas, con la apariencia que tendría que mostrar a partir de ahora. Ya no iba a ser nunca más Raelene Kenobi, agente de la JEDI. No. Ahora era Rey. Rey a secas. Una niña a la que habían dejado en la puerta de un orfanato del que no tardó mucho en escaparse, una chica que aprendió a vivir de todas las patadas que le dio la calle. Aunque aquella parte de su vida era fácil de recordar, por decirlo de alguna manera. Realmente la había vivido hasta que Obi-Wan dio con ella… Pero ese momento iba a omitirlo de su nueva vida. No. Rey no tuvo Kenobi que le sacara del vertedero y le diera un nuevo uso, un nuevo aspecto, una identidad. No. Rey siguió creciendo en las calles y malvivía haciendo trabajos de todo tipo, especialmente reparaciones, cosa que también era cierta en su vida real.
A Rey le encantaba reparar cosas. Desde droides sofisticados y complejos hasta el mecanismo más básico de una tostadora, no le importaba en absoluto. Sabía hacerlo… Y aquel iba a ser su pequeño pasaporte para entrar a trabajar en los cines Stellar Eclipse, que vaya nombrecito tan patético les había puesto el dueño. Aunque tampoco podía esperar mucho más de alguien que se hacía llamar "Líder Supremo"…
¿Líder Supremo de qué? Seguramente de los gilipollas traficantes de aquella zona.
Negó con la cabeza, intentando no reír en voz alta ante sus ocurrencias. Nuevamente se le había ido el hilo de su biografía situada a medio camino de la realidad y la invención creativa. Suspiró tras colocar un tablón en el suelo, donde había ocultado su arma, dinero extra, su antiguo teléfono móvil, su ordenador con información confidencial y demás cosas que estarían desubicadas en relación a su nueva identidad. Volvió a situar la alfombra sobre el tablón, ocultándolo desenfadadamente mientras se dirigía de nuevo hacia la cama, observando todo el arsenal que tenía en ella.
Iba a utilizar una de sus tácticas favoritas para ocultar los micrófonos pues esta vez iba más acorde que nunca a su identidad barriobajera. Y es que nadie solía preguntar por unas vendas firmemente sujetas a las muñecas. Mucho menos cuando se trataba de alguien que vivía constantemente en la cuerda floja. Nadie hacía preguntas cuando veía las vendas. Nadie diría nada y Rey sabía lo que pensarían. Intuirían que ella podría estar ocultando cualquier cosa, cualquier maldita cosa, menos unos micrófonos enanos, conectados vía satélite con su ordenador personal, grabando conversaciones cuando ella los activara, dándoles un pequeño toque por encima del vendaje y apagándolos del mismo modo.
Procedió a colocárselos, primero quitando la cinta adhesiva de detrás de los mismos y pegándolos en su piel. Luego colocaría un esparadrapo lo suficientemente fino como para que no obstaculizara la entrada de sonido pero sí lo suficientemente grueso como para que la fricción de la tela del vendaje no ensuciara el audio. Después, lo envolvió con una venda, en torno a su muñeca hasta cubrir la forma del aparato.
Y lo probó. Le dio un toque con el dedo y empezó a hablar, colocando la muñeca en distintas posiciones, alzando y bajando la voz en distintos tonos mientras movía la mano en todas direcciones, recreando mil situaciones posibles. Le dio otro toque para apagarlo y entonces removió la alfombra y quitó el tablón, alzando la pantalla de su ordenador y comprobando que se hubiera grabado todo perfectamente, comprobando si había algún problema.
Ni uno solo. Todo funcionaba como tantas otras veces había funcionado. Y volvió a guardarlo todo para comprobar de la misma manera el otro micrófono que se colocaría en la muñeca contraria.
Requería de dos micrófonos por si alguna vez iba a cacharrear con algo mientras tenía una conversación. Siempre dejaría una mano quieta, captando el diálogo mientras la otra trabajaba. Y podía turnar las manos, haciendo así que nadie se preguntara nunca por qué en una conversación siempre dejaba una mano quieta… Aunque jamás se diera esa situación. Para triunfar en ese trabajo de infiltración debía tener una mente paranoica activa, pensar en todas las variables posibles e imposibles, teniendo en cuenta cada detalle, cada gesto, cada movimiento. Y más todavía en esta situación. Iba a infiltrarse en un grupo que no había podido ser denunciado ni juzgado porque nunca, jamás, en la vida habían dejado huella. Ninguna pista evidente.
Finn y Poe eran los primeros testigos que escapaban con vida… Pero sólo eran testigos. Sin pruebas, su palabra contra la de ellos. Y para que se procediera una investigación más a fondo se necesitaba algo más consistente que la palabra de alguien. Así funcionaba la ley en esa parte de la galaxia.
Volvió a hablar, cambiando el tono al igual que la posición de la mano para luego comprobar la grabación en su ordenador. Y de nuevo todo en orden. En perfecto y claro orden.
Sonrió, borrando las pruebas de la memoria del computador, comprobando la batería, viendo que iba a aguantarle todo el día si no hacía uso del ordenador para nada más que grabar todo. Y cerró la pantalla antes de recolocarlo todo en su sitio. Se dirigió a la cama de nuevo, recogiendo los esparadrapos y vendajes, dispuesta a colocarlo en un cajón del baño hasta que vio un auricular color carne en la cama… Y recordó a Poe y su consejo, aquel que le dio anoche en la madrugada antes de que los medicamentos le hicieran efecto, dejándole totalmente dormido.
"Nunca viene mal tener a alguien al otro lado"
Y bajó los ojos, meditándolo mientras guardaba las vendas, sopesándolo. Iba a llevar el pelo recogido en tres moños, como cuando era niña… Temía que alguien percibiera el auricular… aunque aquel podía incrustarse en un punto muerto para la vista de cualquiera. Suspiró. Poe podría escuchar y hablarle.
Volvió a suspirar y agarró el auricular antes de tomar su abrigo con mil bolsillos, comprobando su imagen antes de salir de casa. Un body rojo de media manga, ajustado a su cuerpo con unos pantalones de cintura alta, negros y de pernera abierta. Juraría que ese conjunto lo había visto en alguna película. Se dio otra vuelta en el espejo junto a la puerta. Le quedaba bien y le hacía sentirse con fuerza.
…
Desde que era Raelene, su vida había estado enmarcada en las luces de neón de la ciudad, las calles asestadas de gente, colores, olores y sonidos apabullantes. El ruido constante del tráfico cuarenta pisos por debajo de su ventana en un rascacielos. El trasiego ansioso de todo el mundo yendo y viniendo al mismo ritmo, el tren y su chirrido, las paradas de autobuses y taxis, tacones al compás de los bordillos, alarmas y vértigo cuando miras el mundo al revés desde los espejos sucios en los que se convierten los charcos, difuminándolo todo con un filtro azul.
Pero ahora, al salir a la calle, la brisa acariciando su cara con las voces de todos los transeúntes y vecinos que le llegaban desde todas las callejuelas, era como volver a ser esa niña, Rey, que enfrentaba la calle como una forma de vida y no como una cuestión de paso. Cogió aire y empezó a andar, dejándose llevar, como si paseara, pero observándolo todo a su alrededor. No tardó mucho en tener controlados los establecimientos de venta más habituales, los carteles de letras rojas sobre blanco cerca de los soportales vendiendo frutas y verduras del día, camiones que cargaban y descargaban, gente que pasaba, que se paraba y hablaba. Era refrescante en comparación con la ciudad y la periferia no estaba tardando en volver a recordarle que su vida había tenido la naturaleza salvaje que no se ve a simple vista. Volvía a tener todos los radares puestos, mil ojos y todos sus sentidos en alerta a cuanto ocurría a su alrededor. Obi-Wan se lo había dicho, ella nunca perdería aquella capacidad, había sido su supervivencia. Y observando de nuevo a las personas, pudo ver quiénes eran simples vecinos y quienes tenían mucho más que esconder que una pistola al cinto. Situó los callejones, con salida y sin ella, situó los bares e hizo una lista mental de cuántos de aquellos lugares podían ser usados para cualquier cosa menos para lo que se anunciaban.
Y uno de esos lugares era el Stellar Eclipse, su objetivo. Se quedó fuera un momento, rezagada en un lateral de la calle, estudiándolo. El cine estaba situado en plena avenida y eso daba mucha amplitud de movimiento, pero también quería decir que cualquiera que entrara, se estaba dejando ver… Tampoco iba a ser tan ingenua de descartar una salida trasera, pero no había dado con ella. La fachada ostentaba una magnificencia deslustrada, como si fuera el último recuerdo de un tiempo muy, muy pasado. Los carteles de los últimos estrenos se veían tan discordantes con el cine como el cine mismo con todo lo que le rodeaba.
Esperó a que pasara un coche para cruzar la carretera y aventurarse a entrar de una vez por todas. Y el hall, con su ornamentación dorada y sus suelos de terciopelo rojo definitivamente la propulsaron a una época que, sabía, no era la suya. Miró a su alrededor, sin poder evitar que se le abriera la boca con sorpresa y admiración. Aquello era más, más de todo, simplemente más. Pero se forzó a seguir su papel, su guión, su escena seguía en marcha. Las taquillas estaban cerradas, los pasillos vacíos y no parecía haber nadie. Es como si no debiera haber entrado porque no estaba abierto. Y sin embargo…
De repente, vio a un hombre, recto, elegante, serio, vestido con una pulcritud desafiante, apareciendo por unas escaleras que sugerían una planta baja y dispuesto a seguir subiendo hacia la que sería la segunda. Rey no sabía qué le llamó más la atención, si su cabellera roja o sus manos cubiertas por unos guantes negros. Y aun así, ambos fueron conscientes de la presencia del otro. El hombre frenó en seco y ella se acercó.
-Disculpa… - empezó. Y aquel hombre le hizo un repaso de arriba abajo, estudiándola, calculando si presentaba una amenaza o no y, por el gesto torcido de sus labios, juzgándola. – ¿No sabrá, por casualidad, si necesitan cubrir un puesto de trabajo, verdad? – El pelirrojo levantó una ceja. Rey tragó saliva e hinchó el pecho, armándose de valor. Quizás esa no había sido la pregunta correcta si acaban de sufrir una baja. – Como técnico de sonido e imagen, me refiero…
Aquel hombre se mantuvo en silencio. Mirándola antes de dirigir los ojos hacia las escaleras, sopesando detenidamente si aquello que fuera a hacer pudiera esperar un segundo más. Suspiró, volteando hacia Rey con una mueca de molestia… Pero también de desubicación. Relajó la pose, encarándola totalmente antes de cerrar los ojos con pesadez.
-Disculpe… ¿Qué?- Al fin se pronunció. Su voz aterciopelada y pausada le dio a Rey la pista de que quizá aquel hombre le faltara su empujón diario para estar totalmente despierto.- ¿Técnico de sonido e imagen?- Volvió a repasarla.- ¿Se cree cualificada para llevar a cabo tal trabajo aquí, en nuestras salas?- Levantó una comisura, proyectando una superioridad que a Rey le disparó una alarma interna. Aquel tipo padecía un clasismo que era, cuanto menos, remarcable. Su forma de hablar y su entonación le delataban como si estuviera pintado con fosforito. Rió nasalmente y negó con la cabeza.- Vuelva por donde haya venido y…
-Conozco los proyectores de estos cines. Sé que no son modernos y que precisan de un trabajo cuidadoso al igual que su manipulación. Por eso estoy aquí… Porque me veo cualificada.- Tomó aire, alzando los ojos y dispuesta a vomitar toda la información que había absorbido durante la madrugada, cuando Poe cayó en combate ante los medicamentos que le ayudaban a dormir y a sobrellevar el dolor físico.- Tenéis dos salas en estos cines y, por las películas que anunciáis, sé que una de esas salas tiene proyector digital mientras la otra mantiene uno más "antiguo", quizá para mantener el aura clásica y hacer todavía más creíbles las sesiones que hacéis, intentando recordar épocas pasadas…- El pelirrojo cambió el peso de su cuerpo de pierna mientras ladeaba la cabeza, prestándole toda la atención.- Sé cómo funcionan las bancadas, cómo usar las lentes panorámicas y scope y…- Aquello fue el detonante para que el tipejo relajara su expresión. Apenas le dio margen para terminar la frase.
-¿Cómo se llama usted, señorita?
-Rey.- Anunció ella. Él tomó aire, volviendo a cambiar el peso de su cuerpo de pierna.
-Rey, ¿ha trabajado en cines anteriormente?- Ella asintió, pensando que quizá el saber manipular el proyector de su padre adoptivo contaba como experiencia. Aunque tampoco le asustaba lo que fuera que iba a encontrar en las cabinas de proyección. - ¿Puedo preguntar cuales?
-Por supuesto, pero lamentablemente cerraron.- Hux arqueó una ceja y Rey suspiró, fingiendo tristeza.- La gente no suele asistir a cines con proyectores tan antiguos teniendo en cuenta la calidad que brindan los proyectores de ahora…- Hux se pasó la lengua por dentro de la mejilla, con cuidado de no hacer demasiado bulto. Ella suspiró de nuevo y se alzó de hombros.- Acudí aquí porque tengo entendido que usan proyectores que son compatibles con mis aptitudes. Y me encantaría poder cubrir la vacante.
El pelirrojo se quedó en silencio, conduciendo los ojos nuevamente hacia el final de las escaleras, sopesando de nuevo si aquello podía esperar un poco más, o quizá tomando una decisión sin consultar. Rey lo supo por la forma en la que el pelirrojo tomó aire, hinchando los pulmones antes de soltarlo de forma determinante, virando sus ojos azules y fríos hacia ella, quién no puedo evitar congelarse bajo su efecto.
-Tenemos un proyector averiado en la cabina dos, segundo piso.- Rey asintió y el pelirrojo volvió a enderezarse frente a ella.- Arréglelo, si es que es capaz, y luego…- Hizo una pausa antes de cerrar los ojos brevemente y alzar un hombro, como si aquello que fuera a sentenciar fuese algo sin importancia.- Luego veremos qué pasa.
Rey le mantuvo el contacto visual, intentando no amedrentarse ante aquellos orbes azules que no dejaban de alarmarla, activando, una a una, todas sus alarmas de precaución. Finalmente asintió y le tendió la mano a aquel tipo, quien bajó los ojos a la extremidad de la chica, deteniéndose a mirarla y Rey sintió que sus ojos se habían puesto en las vendas. Alzó la vista nuevamente hacia ella.
-Hecho.- Rey intentó avivar de nuevo la conversación, o al menos sentenciarla. Y el tipo estrechó su mano con un apretón ligeramente fuerte.
-Sígame, Rey.- Habló mientras soltaba el agarre y conducía a la chica al segundo piso, subiendo por las escaleras.- Soy Armitage Hux, por cierto.
-¿Es usted del dueño de estos cines?- El pelirrojo volteó, subiendo las escaleras mientras Rey le seguía de cerca, percibiendo la sonrisa de orgullo que iluminó su cara durante un segundo.
-Uno de los dueños.- Anunció firmemente mientras llegaban al segundo piso. Una planta decorada igual que la recepción. Había un pequeño piano de pared, también antiguo. Dejando en evidencia que aquellos cines tenían más años de los que en realidad aparentaba.- Ahí tiene la cabina.- Habló Hux, señalando una puerta mientras se dirigía hacia ella, hurgando en el bolsillo de su gabardina y sacando un manojo de llaves, abriéndola.- Tómese el tiempo que le sea necesario, Rey.- La chica asintió.- Todavía está a tiempo de retirarse…
-No veo por qué debería hacerlo.- Hux terminó de abrir la puerta antes de voltearse hacia ella.
-Porque como rompa definitivamente el proyector… Se encargará usted de pagar un reemplazo.- Rey tragó saliva y asintió.- Estaré en mi despacho, la puerta de en frente.- Rey volvió a asentir.
Hux se hizo a un lado y la chica se adentró en la cabina mientras él cerraba la puerta, marchándose a terminar de realizar unas tareas.
La sala era pequeña, llena de mesas, cables, fundas de bobinas vacías y alguna que otra pelusa esparcida por el suelo. Sus ojos analizaron toda la habitación, viendo la cabina donde se encontraría la linterna, pasando ahora a la bancada y finalmente allí estaba el proyector. Se tronó los dedos, acercándose. No era nada que no hubiera visto antes, compartía un sistema de circuito muy parecido al proyector de su padre adoptivo. Con sus claras variantes, obviamente, pero ahí finalizaba la complejidad.
Empezó a toquetear, poniéndolo en marcha y viendo que realmente no iba, quizá un mal contacto, quizá alguna pieza enganchada impedía que se iniciara o quizá… Quizá sencillamente se había fundido algo por dentro.
Recorrió la sala con la mirada hasta llegar a un armario situado en una de las paredes. Se acercó a él, abriéndolo y allí encontró material suficiente para poder manipular el proyector. Sonrió de medio lado antes de voltearse de nuevo al aparato… Aquello iba a ser pan comido.
…
Hux había ido a por su teléfono móvil. Llamándole pues desde anoche no tenía ninguna novedad suya. ¿Alguno de sus hombres habría encontrado el cuerpo de Dameron? ¿Lo habría encontrado él mismo? ¿O quizá había dado con el desertor?
Empezó a llamarle mientras tamborileaba la mesa de su propio despacho, creando un traqueteo que no hacía más que ponerle nervioso pero que le era imposible evitar.
Se alejó de la mesa, dirigiéndose hacia la ventana que daba al callejón trasero. Mordiéndose el labio, sintiendo los toques al otro lado. Un toque, dos toques, tres toques… Pero nadie descolgaba. Cerró los ojos con pesadez. Quizá se habría quedado dormido en su casa, presa de una resaca que se causaría él mismo tras haber bebido demasiado la noche anterior.
Le conocía, eran muchos años ya de amistad… Pero no entendía cómo no contaba con él para estas cosas. Colgó el teléfono, comprobando que le había llamado a él, a su número personal pues tenía tres teléfonos. Uno para cada tipo de llamada. Y se maldijo, ya había marcado el que no era. Joder, cómo necesitaba un puto café. Y un cigarro…
Marcó otro número mientras conducía los ojos al exterior y entonces se quedó parado cuando vio allí su moto. No dudó en adelantarse, sacando medio cuerpo fuera de la ventana, comprobando si aquello acababa de aparcarlo ahí o…
Colgó el teléfono, volteando con rabia contenida ante la sola idea que se había formulado en su cabeza. Mira que le tenía dicho que no pasara las noches en su despacho, que no durmiera allí, que no era decoroso, ni profesional… Ni daba a entender cosas buenas.
Fue a salir por la puerta, abriéndola pero allí estaba la chica, a punto de llamar con los nudillos. Se quedaron mirándose durante un segundo y Hux fue a decir algo pero ella habló primero.
-Creo que está solucionado…- Hux rió nasalmente. No daba crédito. Sencillamente no era posible que una mindundi hubiera solucionado algo en menor tiempo que otros mecánicos… Pero pensó que aquellos mecánicos tampoco estaban cualificados en ese tipo de proyectores. Por la Fuerza, es que ya ni se vendían… Y ella…- ¿Se encuentra bien?
Y Hux fue a hablar hasta que la puerta junto a la sala dos se abrió.
-¿Se puede saber a qué viene todo este jaleo? – Rey sintió cómo se le quedaba el aire en el pecho, mirando con cierta confusión a la figura negra que, de repente, se había cernido sobre ellos como si no fuera pleno mediodía. Tragó saliva mientras todas las alarmas sonaban con fuerza en su cabeza, avisándola de todas las señales de peligro de muerte que emanaban de él. Porque ese tenía que ser él, era él. Las fotos de los archivos no le hacían justicia alguna pero definitivamente no la habían preparado para esa primera impresión. Este era el tipo que casi había matado a Poe, y que no lo había hecho no porque no hubiera tenido toda la intención de conseguirlo. Cada músculo tenso, cada gesto, cada centímetro en él, reforzaba las radiografías de todos los huesos rotos de su compañero, todas las heridas y moratones, incluso aquellas lesiones que le acompañarían de por vida. Kylo extendió las manos, grandes, fuertes, seguras, reforzando su pregunta. - ¿Qué es tan malditamente urgente que no puedes parar de llamarme? – Hux le miraba con cansinez. Ni tenía la mañana para aguantar gilipolleces, ni se había tomado el café, ni se había fumado su cigarro. Y ahora se le acumulaban, sin duda. Y entonces fue cuando Kylo pareció que caía en la presencia de una tercera persona, girando la mirada hacia ella. - ¿Qué pasa, has perdido al Vulptex blanco? La sesión infantil empieza a las cinco, niña. – Hux puso los ojos en blanco antes de adelantarse.
-Pues debe estar de suerte, porque acaba de ser contratada y se está llevando gratis todo un espectáculo. – Le dijo, cortante como el filo de una navaja de barbero, el pelirrojo, sin moverse de su sitio, inalterable, incluso cuando Kylo le dirigió una mirada feroz.
-¿Contratada? –Repitió, como si quisiera asegurarse de que había escuchado bien. - ¿Acaso va a cobrar de tu bolsillo?
-No, le vas a pagar tú. Porque te ha arreglado el proyector de la cabina dos en menos de diez minutos mientras tú decidías si seguir o no en… -Kylo hizo un movimiento con la mano y Hux se calló al instante. Se pinzó el puente de la nariz, cerrando los ojos con fuerza, despejándose, aceptando que, después de los últimos acontecimientos, tener a alguien que pudiera llevar la parte técnica del cine era, cuanto menos, justo lo que necesitaba.
-Está bien, yo me encargo. – Hux asintió levemente con la cabeza antes de dar la vuelta sobre sus talones, sacando la cajetilla de tabaco del interior de su chaqueta, y marchándose, por fin, a por su café. Rey vio a Kylo entrar de vuelta a su despacho, estirando los brazos por encima de su cabeza, desperezándose. Y Rey, a su espalda, no podía sino seguir con la mirada los movimientos de sus músculos bajo la camiseta negra. Una simple apreciación de toda la fuerza que exhibía como si nada y que a ella no hacía más que devolverla mentalmente aquella habitación blanca y aséptica del hospital en la que su amigo había luchado por su vida con todo el cuerpo roto en mil pedazos, o el miedo en su estado más crudo que mostraba aquel chaval, Finn. – Por favor, sígame, señorita… - Y se giró hacia ella a mitad de camino, requiriendo una respuesta, centrando la mirada en ella.
-Rey. – Contestó, sintiendo todo el peso de sus pupilas sobre ella, como si fuera consciente de ella por primera vez en el rato que llevaban, sabiendo que acaba de dar con el momento exacto en el que se daba cuenta de que no le tenía miedo. Quizá estaba algo rota porque, sin duda, debía tenérselo. O quizá era su yo del pasado tomando el control. Había visto tipos como él antes, sólo tenía que andarse con pies de plomo mientras estuviera cerca, y correr más ligera que una pluma cuando le tuviera aún más cerca. Kylo asintió y anduvo hasta posicionarse detrás del escritorio de madera, sentándose con la contención necesaria para que no pareciera que se dejaba caer, al tiempo que extendía la mano hacia la silla que se situaba frente a él, invitándola a copiar su gesto.
-¿Por qué estás interesada en trabajar aquí, Rey? – Rey se contuvo de fruncir el ceño, sin adivinar del todo ni poder concretar el tono con el que había pronunciado su nombre. Al levantar la mirada, un contrato se extendía ante ella y una parte de sí misma tuvo que enfundarse valor para aguantarle la mirada.
-Porque, a día de hoy, lo que no sirve, se sustituye. Sin embargo, eso no quiere decir que sea mejor. –No se había preparado ningún discurso para este momento. Había estado demasiado centrada en Poe, preparando una coartada, en los micrófonos antes de salir de casa, o en estudiar todos los ángulos de la calle, y ni siquiera se había planteado que le hicieran una pregunta así, simplemente había ido… y había corrido todos los riesgos desde el minuto uno. Eso consiguió centrarla aún más. Ahí, en su vida, no existía Poe, ni todo lo que había al otro lado del velo. Ese hombre que tenía delante era un asesino en sus mejores días y sus nudillos pelados le daban una ligera idea de los baratos que solían salirle los instrumentos que usaba para conseguirlo. Y ella tenía una misión que sacar adelante. – Este cine es el mayor ejemplo que conozco de perseverancia y resistencia al paso del tiempo y creo, sinceramente, que debe mantenerse tal y como fue concebido. Y yo sé entenderme con todo el material necesario para ello. – Le vio estrechar los ojos, como queriendo descubrir la trampa en todo aquello. No iba a encontrarla, no la había. Era la más pura verdad adaptándose a las circunstancias que ella dirigía.
Kylo no perdió un solo detalle de ella, demostrándose a sí mismo cuánto había pasado por alto en el primer vistazo. Aprovechó cada segundo en el que ella leía el contrato, con el bolígrafo en la mano, para estudiarla. No parecía gran cosa pero sabía que arreglar ese proyector en menos de diez minutos era admirable. Se fijó en sus manos, y en las vendas que cubrían sus brazos, y supo al instante que era una de esas personas que simplemente habían pasado demasiado tiempo en la calle, ganándose la vida. Así que le cuadraba que supiera manejarse con material técnico sin presentarle un absurdo título de alguna universidad al otro lado del maldito país. Su pelo recogido remarcaba su cara llena de pecas de sol y los labios entreabiertos mientras leía, hicieron que se diera cuenta de golpe que no debía pasar mucho tiempo con ella a solas. O terminaría pasando todo el que pudiera.
Con ese último pensamiento haciéndole salivar, se recostó sobre el respaldo de la silla. Debía contenerse. Había pasado demasiado tiempo solo, y esa soledad, aunque viniera con el puesto que tenía en la organización, era una emoción que se le clavaba como un millón de alfileres desde hacía mucho más tiempo del que podía recordar. Estaba siempre solo, siempre. Sí, arriba del todo, pero solitario, como si un páramo de la más absoluta nada se extendiera entre él y la persona más cercana, entre él y el mundo que parecía seguir empeñado en rodearle y exigirle una presencia que nadie más reclamaba.
Esa chica no sería ni más ni menos que todas las demás. A doce parsecs de nada que pudiera rozarle. Y así seguiría.
-¿Todo el material? –Le preguntó a la chica. - ¿Incluso un retroproyector?- Ella no levantó la cabeza, pero alzó los ojos hacia él, mirándole a ras de las cejas y Kylo contuvo el aire en el pecho mientras la veía asentir con firmeza antes de devolver su atención al papel, al tiempo que firmaba y le daba la vuelta sobre la mesa para arrastrarlo hasta él.
-Especialmente. – Le contestó, con una seguridad firme. Ese era su terreno. O lo había sido durante el tiempo suficiente. – Si tiene unos diez años de antigüedad en adelante, sé arreglarlo.
Kylo alzó ambas cejas cuando Rey soltó aquello, mirándola con incredulidad mientras punteaba el contrato con el dedo, dando toques que resonaban a madera, pensando y, quizá, poniendo en duda sus aptitudes. Rey podía notarlo en su mirada seria que juzgaba en silencio. En su cabeza. Pero su aspecto le decía algo más… Parecía cansado. Cansado y desesperado pese a intentar esconderlo todo bajo llave. El orfanato le enseñó a leer a las personas y Kylo no parecía muy distinto a todos los demás, sólo un poco más complejo. Un droide que le llevaría un par de días en saber descifrar… Pero, a fin de cuentas, lo conseguiría.
Él siguió dando toques, observándola detenidamente. Y al final tomó aire, hinchando el pecho y expandiendo los hombros mientras desviaba la mirada y se llevaba una mano a la frente, pasándola y peinando su pelo una vez llegó a él.
-¿Disponibilidad?- Preguntó con pesadez, como si le estuviera haciendo un favor piadoso al contratarla.
-Absoluta.
-¿Vehículo propio?
-Vivo cerca.- Oh, Kylo frenó el recorrido de su mano justo en su nuca. Se reacomodó y Rey tragó saliva.
-¿Acabas de mudarte?- Ella frunció levemente el ceño y Kylo se adelantó un poco, sólo un poco, sobre la mesa. Pero Rey sentía que lo tenía peligrosamente encima, acechando.
-Sí. Así es.- Él sonrió de medio lado, largando un suspiro nasal mientras la miraba como si hubiera pillado a un mentiroso. Rey se mantenía firme, serena, intentando que su cara de póker no se moviera ni un centímetro.- ¿Por qué lo pregunta?- Y Kylo desencajó la mandíbula, sopesando sus próximas palabras mientras se volvía a recostar en el respaldo de la silla, haciendo que Rey se relajara un poco. Él apoyó ambos codos en los posa-brazos de la silla, dejando las muñecas muertas y las manos caídas sin gracia hacia abajo. Ella se mordió el labio por dentro… Aquella actitud de sobrado de turno la sacaba de quicio.
-Respóndeme a algo…- Hizo una pausa, alzando ahora ambas manos sin despegar los codos del sitio.- Con sinceridad.- Ella asintió y Kylo volvió a echarse hacia delante. Y Rey se enderezó en la silla.- ¿De dónde vienes?- Ella suspiró.
-De ningún lugar…- Kylo alzó una ceja y Rey rodó los ojos como si se avergonzara de decirlo.- De Jakku.
-¿De Jakku?- Ella asintió.- ¿Tenéis cines en Jakku?
-Había dos…- Kylo asintió, desviando la mirada antes de volver a ponerla sobre ella.
-¿Y cómo has podido tú pagar un piso en metálico?- Rey achicó un ojo y Kylo echó la mandíbula hacia delante, como si le estuviera costando mucho trabajo contenerse. Pero Rey aquella mañana estaba rápida. Y en su mejor momento.
Tras aguantarle la mirada bajó los ojos un segundo para luego alzarlos a él. Tragando saliva y parpadeando varias veces. Luego le miró.
-El dueño del anterior cine en el que yo trabajaba me dejó dinero en herencia tras su muerte…- Rey usó un tono triste que pareció relajar la mandíbula de Kylo.- No demasiado, tampoco tenía mucho más… -Se esforzó por recordar a aquel hombre que ya había difuminado su memoria con el paso del tiempo. Recordaba aquellos cines cerca de su orfanato… Y la muerte del dueño destrozó a todos los niños del hospicio, que solían ir los miércoles por el día del espectador. Perderse en sus recuerdos fue un acto que ayudó a consolidar, en parte, su historia frente a Kylo.- Y vi en la holored que este cine es el único que siguen usando proyectores antiguos… No es que no sepa llevarme bien con los digitales pero… -Se alzó de hombros, mirando a Kylo antes de pasarse el dorso de la mano por el ojo, intentando ocultar unas falsas lágrimas.- Soy de esas que adora lo tradicional en el cine…- Y algo pareció iluminarse en la cara de Kylo al escuchar aquello. Se la quedó mirando, intentando ver más allá de ella. Finalmente, bajó los ojos antes de volver a acomodarse en la silla, observándola.
-¿El gusto por lo tradicional es puramente tecnológico o también se aplica al cine mismo? – Le preguntó. Rey cogió aire. Juraría que podía visualizar una parte retorcida de él relamerse por cada minuto que permanecía allí sentada. No era incómodo. El peligro nunca le resultaba incómodo, sólo apremiante.
-Soy de la creencia de que ambos ámbitos están íntimamente relacionados, puesto que asumen las mismas formas particulares implícitas en situaciones tan generales como los recursos de los que se disponían, las características del público y las convenciones artísticas del momento.- Acaba de soltar todo eso casi sin darse cuenta, algo que Poe le recitaba y ella copió casi cogiendo carrerilla, mientras Kylo la miraba con una intensidad que comenzaba a hacer que le temblaran las manos. De hecho, terminó dejándolas caer sobre su regazo, por debajo de la mesa. Le vio alzar las cejas, como sugiriéndole que siguiera hablando, que iba por buen camino aunque ella sólo pudiera sentir un lodazal a su alrededor. -Su énfasis en la armonía formal, la destreza técnica y el control de las respuestas del espectador, está ligada a una estética clásica y a un tratamiento narrativo que sólo es posible si los elementos cinematográficos se subordinan a la narración. – Empezó a retorcerse los dedos con nerviosismo, a sabiendas de que su cara no mostraba ninguna emoción ansiosa."Hola, glándulas suprarrenales. En este momento, me pilláis fatal". - Y ese desglose metonímico es fruto de la fragmentación de los planos y la causalidad de los personajes que sólo las cámaras y proyectores antiguos han sabido captar, por superposición de planos, los juegos de sombras y luces e incluso sus defectos de fábrica. – Se quedó en silencio, esperando alguna reacción por su parte, la que fuera. Y sin embargo, permaneció callado durante unos segundos tan largos que terminó pensando que igual tenía que ingeniárselas de otro modo para acercarse a él porque su plan A no iba a dar resultado.
-Es posible que contratarte sea la mejor decisión que haya tomado nunca por este cine, Rey. – Dijo sin más, sin decirle si se había equivocado en algo, si estaba de acuerdo o si la tomaba por una idiota. Por ahora, lo único que sacaba en claro es que no ponía en duda su experiencia, la de haber trabajado en otros cines. Aunque la verdad era siempre mucho más simple. – Quizás deberías aprovechar las horas libres que te quedan antes de empezar formalmente tu primer día de trabajo. –Rey asintió y sin mediar palabra más, que ya había dicho suficientes, se levantó, sintiendo las pupilas de Kylo clavadas en su espalda, y se dirigió a la puerta… Frenándose a sí misma con el pomo en la mano. Lo sopesó antes de volverse y verle con la mirada aun clavada en ella.
-¿Cómo sabías lo del… ? – Se quedó callada a la mitad de la pregunta cuando le vio alzar una ceja. Incluso juraría que le había visto mover las comisuras de los labios. Definitivamente, si fuera un dibujo animado, le habría pillado relamiéndose el hocico.
-Se nota que no eres de aquí, niña, pero el cine no es lo único que controlo. – Y ahí estaba, la sonrisa predadora que hizo que se todo el vello de su cuerpo se pusiera de punta, indicándole que ese, justo ese, era un buen momento para correr lejos… si aún conservaba el instinto de supervivencia. Le dedicó un último vistazo antes de darse la vuelta y cerrar la puerta tras ella, conteniendo las ganas de apoyar la espalda en ella y empezar a hiperventilar, o correr escaleras abajo sin mirar atrás.
En cambio, mantuvo el paso firme, tranquilo. Y la cabeza alta. La espalda recta. Y el rostro lo más neutral posible. No se cruzó con nadie, lo cual fue algo que agradeció. Ni siquiera cuando salió a la luz del día, al aire de la calle, en la amplitud de aquella avenida llena de gente tranquila y vida sin prisas, ni siquiera entonces consiguió respirar tranquila. Se negó a mirar hacia atrás mientras se alejaba, intuyendo que, quizás, le vería asomado por alguna ventana. No quiso arriesgarse, ya había cubierto todos los cupos por lo que quedaba de día.
Callejeó por el barrio, perdiéndose a sí misma constantemente, sintiendo los nervios como nudos marineros en sus rodillas, llevándola de un lado a otro sin quedarse en ningún sitio, asegurándose de que nadie la seguía, captando resquicios de conversaciones ajenas. Algunas le sorprendieron. Había gente que no sólo no tenía miedo de cuchichear sobre la Primera Orden, sino que hablaban de uno u otro de los miembros con la misma naturalidad con la que se habla de un vecino que va todos los días a comprar el pan a la misma panadería.
Y eso le daba a entender que no pasaría de mañana el hecho de que alguien de la Primera Orden supiera ya donde vivía ahora que estaba en la plantilla de trabajadores del cine. No quiso entrar en pánico pero no pudo evitar sobresaltarse y dar un respingo que casi la tira del bordillo cuando el pinganillo chisporreteó en su oído.
-¿Rey? – Le llegó la voz rasposa de Poe, la misma voz que había estado chivándoselo todo en aquella entrevista. - ¿Hola? – Rey levantó la mirada al cielo, sintiendo que, pasara lo que pasara, podía empezar a respirar con cierta normalidad. - ¿Ya ha dejado de funcionar este chisme de mierda? ¿O es que se ha quedado sin batería? – Rey sonrió sin prestar atención a la gente que pasaba por su lado. No iba a quitarse ese pinganillo en toda la misión. Poe acababa de salvarle el culo con una facilidad alarmante. No quería ni imaginarse qué hubiera pasado si hubiera estado sola, completamente sola, como lo había estado su colega antes que ella. – Oye, en serio, ¿Funciona esto, o qué? Rey, vas a tener que arreglar este cacharro porque no te oigo, no te recibo. Si me estás diciendo algo, no te estoy escuchando nada. ¿Me has podido oír a mí? ¿Has dicho lo que te iba diciendo? Si ese hijo de mil hienas te ha seguido preguntando cosas que no he oído, espero no tener que recogerte del foso de los tiburones porque no tengo las piernas como para cargar mucho peso. – Rey rió nasalmente.
- Estoy aquí, Poe. Estoy dentro. – Y aunque el éxito no sabía a victoria, sí que se sentía como una prórroga para coger aliento y carrerilla.
…
No muy lejos de aquella acera, apenas un paso de cebra y unos metros más allá, el humo que salía de una prístina taza de café se confundía con el humo gris de su cigarro. Difuminado por la sombra de aquella terraza a la que le gustaba volver, en la que le guardaban su sitio y le dejaban en paz la mayor parte del tiempo, sólo destellaba la ceniza al rojo de la colilla en conjunto con el color de su pelo. No se sobresaltó cuando su teléfono vibró sobre la mesa haciendo tintinear la cucharilla. Dio una calada, aguantando el aire ardiente en sus pulmones, mientras aceptaba la llamada sin mirar el nombre en la pantalla.
-Sí, justo la estoy viendo cruzar la calle. – Soltó el aire, y el humo dibujó pequeños remolinos grises delante de sus ojos, como siguiendo la figura que había sido su objetivo y su punto de mira desde que la había visto torcer la esquina. - ¿La has contratado? Sí, sé que habrá que tener un ojo puesto en ella, se la ve avispada y eso a veces es más un problema que una ventaja. – Silencio. Su dedos largos y enguantados por el forro negro sostenían el cigarro con elegancia, entre el índice y el corazón, los mismos dedos que sostenían el gatillo. – No, no me importa. Si lo haces tú es trabajo que me quitas. – Dejó el cigarro entre sus labios, mientras sostenía el auricular con el hombro y usaba la mano libre para remover el café. – Sinceramente, creo que ya pasas tiempo más que suficiente en ese cine, el único negocio que llevamos que no da un verdadero beneficio pese al trabajo que acarrea consigo y todo lo que nos ayuda a cubrir. – Puso los ojos en blanco con la respuesta que escuchó al otro lado, le dio el último sorbo a su café, y la última calada. Dejó el dinero sobre la mesa y la colilla en el cenicero. – Sólo digo que ahora es una trabajadora más, tú verás… Sí, está bien, adiós. –Y se levantó de su sitio y se fue de allí sin mediar palabra.
…
Kylo no se había despegado del amplio ventanal desde que había visto marcharse a la chica, andando avenida abajo, con el paso firme, ligero y sin mirar atrás ni un instante. Se guardó el teléfono en el bolsillo trasero de los pantalones y destensó la mandíbula, girándose sobre sus talones mientras sus ojos caían de nuevo en los papeles que ella acababa de firmar.
Se pasó la mano por el pelo, apartando los mechones que caían sobre su frente, intentando racionalizar algo que carecía de lógica desde el momento en el que había sido plenamente consciente de ella. Sentía la sangre bajo su piel hormigueando ante la idea de volver a verla y las yemas de sus dedos le picaban desde que se había fijado en sus pecas. Su cabeza no hacía más que formular preguntas que estaba deseoso de observarla reflexionar y darle alguna respuesta que no esperaba.
Volvió de nuevo la cabeza hacia la ventana, hacia la luz del día y la vida de la calle bajo sus pies. Ardía algo en él que llevaba larguísimas décadas sin sentir, desde que era un crío lo suficientemente pequeño, inocente e ingenuo como para estar a más de media galaxia del hombre que era hoy. Sentía curiosidad. Toda la curiosidad del mundo. Sobre esa chica… Rey.
Y la curiosidad es por dónde empiezan todas las cacerías.
